—¿Y dentro de tres meses —exclamó Albert con alegría—, vendrá usted a llamar a mi puerta?

—Pues, ¿cuándo estará usted en París?
—Yo —dijo Albert—; ¡oh! ¡Dios mío! Dentro de quince días, o tres semanas a más tardar; el tiempo que tarde en llegar.
—Pues bien —dijo el conde—, le doy tres meses; ya ve que le doy un largo plazo.
—¿Y dentro de tres meses —exclamó Albert con alegría—, vendrá usted a llamar a mi puerta?
—¿Quiere usted fijar el día y la hora? —dijo el conde—. Le advierto que soy de una puntualidad desesperante.
—Día y hora —dijo Albert—; eso me va de maravilla.
—Pues bien, de acuerdo —tendió la mano señalando un calendario colgado cerca del espejo—. Hoy estamos a 21 de febrero, son las diez y media de la mañana —dijo, sacando el reloj—. ¿Querría usted esperarme el 21 de mayo próximo a las diez y media de la mañana?
—¡De maravilla! —dijo Albert—. El almuerzo estará listo.
—¿Y usted vive en…?
—Calle del Helder, número 27.
—¿Vive usted solo, no le molestaré?
—Vivo en el palacete de mi padre, pero en un pabellón al fondo del jardín, totalmente separado.
—Bien.
El conde cogió su bloc y escribió: calle del Helder, n.º 27, 21 de mayo, a las diez y media de la mañana.
—Y ahora —dijo el conde guardando el bloc en un bolsillo—, esté tranquilo, la aguja de su reloj no será más exacta que yo.
—¿Le veré antes de que me marche? —preguntó Albert.
—Eso depende; ¿cuándo se va usted?
—Mañana, a las cinco de la tarde.
—En ese caso, le digo adiós. Tengo un asunto en Nápoles y no estaré de vuelta hasta el sábado noche o el domingo por la mañana. Y usted —preguntó el conde a Franz—, ¿usted también se marcha, señor barón?
—Sí.
—¿A Francia?
—No, a Venecia. Me quedo aún un año o dos en Italia.
—¿Así que no nos veremos en París?
—Me temo que no tengamos ese honor.
—Entonces, señores, buen viaje —dijo el conde a los dos amigos dándoles una mano a cada uno.
Era la primera vez que Franz tocaba la mano de ese hombre; se sobresaltó, pues era una mano helada como la de un muerto.
—Por última vez —dijo Albert—, está decidido, bajo palabra de honor, ¿no es eso? Calle del Helder, número 27, el 21 de mayo a las diez y media de la mañana.
—El 21 de mayo a las diez y media de la mañana, calle del Helder, número 27 —repuso el conde.
Y tras esas palabras, los dos jóvenes saludaron al conde y salieron.
—¿Qué le pasa, Franz? —dijo Albert al volver a sus habitaciones—. Parece muy serio.
—Sí —dijo Franz—, se lo confieso, el conde es un hombre singular, y veo con inquietud esa cita que le ha dado en París.
—¡Esa cita… con inquietud! ¡Ah, vamos! ¿Pero, está usted loco, mi querido Franz? —exclamó Albert.
—¡Qué quiere usted! Loco o no, es así.
—Escuche —repuso Albert—, y me alegro que se presente la ocasión de decirle esto, pero siempre me ha parecido bastante frío con el conde, que, por su parte, por el contrario a mí siempre me ha parecido perfecto respecto a nosotros. ¿Tiene algo especial contra él?
—Quizá.
—¿Es que le había visto antes en otro sitio?
—Justamente.
—¿Y dónde fue eso?
—¿Me promete no decir ni una palabra de lo que voy a contarle?
—Lo prometo
—¿Palabra de honor?
—Palabra de honor.
—Está bien. Entonces escuche.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo


El conde de Montecristo, es, en principio, la historia de una venganza. Edmond Dantès es un joven marino que, en el día de su compromiso con la bella Mercedes, es víctima de un complot y encarcelado en el castillo de If, de donde no deberá salir jamás. Gracias al abate Faria, a quien conoce en la prisión, adquiere una educación y averigua la existencia de un maravilloso tesoro escondido en la isla de Montecristo. Fingiendo su muerte, logra escapar de la fortaleza y se enrola con unos piratas en busca de una fabulosa fortuna. Su siguiente objetivo, convertido ya en un rico y poderoso noble, será llevar a cabo la más despiadada venganza nunca imaginada.
Se trata de una sólida novela de aventuras, con una rica y compleja trama y multitud de personajes, a través de los que Dumas se adentra en las pasiones más profundas del ser humano, en su codicia y en sus ansias de poder, pero en la que también se habla de amor, lealtad y justicia.


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