Las Rive están espléndidas como siempre, espumas blancas en un azul inmenso que se difumina en violeta en la distancia.

Es el 20 de mayo, no el 1.º, como esperaban y creían acosando a los alemanes en el valle del Natisone. La brigada Garibaldi, italiana y comunista, que libera la frontera oriental de los nazis y de los fascistas, masacra a la brigada Osoppo italiana y democrática. Svoboda narodu, libertad a los pueblos; la Garibaldi-Natisone quería ser la que se la diera a los italianos y a los eslovenos de Trieste, pero los yugoslavos la enviaron a liberar Liubliana, el 6 de mayo. Es algo hermoso, casi un gesto obligado, dado que el Duce había proclamado Liubliana provincia italiana; ahora es justo y bueno que llegue un italiano empuñando las armas y la sangre de los compañeros caídos, los camaradas italianos que murieron por la libertad de los italianos y eslavos. Un italiano para liberar Liubliana de nazis, fascistas, domobranci, belogardisti. Pero después quieren ir a Trieste, a liberar junto a los compañeros eslavos su Trieste, y cuando el mando supremo esloveno se opone, empiezan a marchar a pie, hacia Trieste. Es ahí, es en Trieste donde debe terminar la guerra y debe comenzar el mundo nuevo de la libertad y la fraternidad socialista.
Se trasladaron a pie, no en esos dos bonitos caballos blancos que ahora los llevan de paseo por la ciudad como otras veces los carros llevan turistas y niños. Irán a Trieste a pie, y si los yugoslavos quieren detenerlos peor para ellos, para todos; si un hermano golpea a un hermano, no importa qué hermano golpea a cuál, si Abel se cargaba a Caín era lo mismo. Hemos luchado, hemos muerto también por Trieste y tenemos el derecho y el deber de estar allí cuando la ciudad sea liberada, gracias también a nuestra sangre. Afortunadamente los yugoslavos, viéndonos tan decididos, cedieron, nos dieron incluso algunos camiones para ir a Trieste y así llegamos, pero el 20 de mayo, ya tarde, pocos días después de que los yugoslavos hubieran abierto fuego contra una manifestación filoitaliana causando muertos y heridos.
¿Qué se puede hacer si se llega el 20 y no el 1.º de mayo? Le dan dos hermosos caballos blancos, dos lipizanos salidos de las caballerizas que no desmerecerían en Viena, donde, por lo demás, en esos días tienen otras cosas de las que preocuparse más que de los lipizanos blancos. Y los dos cruzan la ciudad a caballo, dos corredores fuera de tiempo. Las Rive están espléndidas como siempre, espumas blancas en un azul inmenso que se difumina en violeta en la distancia. Un encantador Ring vienés con vistas al mar: los dos jinetes atraviesan la plaza Unità, por encima de ellos estatuas neoclásicas pregonan glorias comerciales pasadas, espléndidos sets abandonados de una película que ya no está en circulación. Dos partisanos a caballo bajo las estatuas del emperador Carlos y el emperador Leopoldo, suben por la avenida XX Settembre donde ya es verano, una noche precoz escondida entre las ramas que pronto se ensancha y se esparce como el vino oscuro de la crátera rota, oscureciendo el cielo y las fachadas de las casas. Los dos cabalgan, al final de la avenida está Villa Orientale, burdel modesto pero fiable que ha visto días mejores. Más arriba está San Giovanni, donde había montado la carpa el circo de Buffalo Bill y los falsos verdaderos indios andaban a caballo, honor al Sachem, al comandante y a sus guerreros, con plumas y la estrella roja. El comandante se acuerda de cuando jugaba de niño a los indios; no tiene el tocado de plumas, es cierto, pero tiene el caballo blanco, un regalo del Komanda Mesta Trst. Por lo demás, entre los uniformes desaliñados de la Garibaldi-Natisone y las chaquetas y sombreros andrajosos de los apaches, como pronto se empezará a ver en las películas, no hay tanta diferencia.

Claudio Magris
No ha lugar a proceder


«Submarinos usados. Compro y vendo.» Con este anuncio, aparecido en el Piccolo Banditore el 26 de octubre de 1963, arranca la novela. No es una invención, se publicó de verdad. Quien lo puso fue un profesor triestino, coleccionista obsesivo de armas y de todo tipo de parafernalia bélica. En él se ha inspirado Claudio Magris para construir esta narración hipnótica e inquietante que arranca con un hombre empeñado en montar un «Museo total de la Guerra para la llegada de la Paz y la desactivación de la Historia». Junto al profesor que lo ha concebido, aparece otro personaje central, el de Luisa, hija de una judía deportada y de un sargento afroamericano. Ella será la encargada de poner a punto ese museo, cuyas salas acumularán objetos que cuentan historias. Y así, en esta novela que contiene muchos relatos, van apareciendo la Risiera di San Sabba, en la periferia de Trieste, que fue el único campo de exterminio nazi que existió en Italia; el asesinato de Heydrich en Praga a manos de la resistencia checa; la trata de esclavos africanos; la peripecia del soldado alemán ejecutado por la Wehrmacht por negarse a disparar contra la población civil polaca; los zapatos de un partisano esloveno; la violencia en la América colonial; la celebración del último cumpleaños de Hitler en el castillo de Miramare… Y de fondo Trieste, ciudad fronteriza, mezcla de etnias y culturas, convertida después de la guerra en el experimento del Territorio Libre de Trieste…
Magris ha escrito una novela prodigiosa que rompe los moldes más acartonados del género y muestra una vez más el alcance de su ambición literaria. Una novela sobre la capacidad del ser humano para generar horror, pero también sobre la necesidad de la memoria, del amor y del combate —épico o cotidiano— contra la barbarie.



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