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Edmond Dantès. Bonapartista acérrimo: tomó parte activa en el regreso de la isla de Elba. Tener en el mayor secreto y bajo estricta vigilancia.

El inglés encontró fácilmente la ficha relativa al abate Faria; pero parece que la historia que le había contado el señor de Boville le había interesado vivamente, puesto que después continuó hojeando hasta que llegó a los documentos relativos a Edmond Dantès. Allí, encontró cada cosa en su sitio: denuncia, interrogatorio, petición de Morrel, apostilla del señor de Villefort. Dobló cuidadosamente la denuncia, se la metió en el bolsillo, leyó el interrogatorio, leyó la petición que tenía la fecha el 10 de abril de 1815, en la que Morrel, siguiendo el consejo del sustituto, exageraba, con excelente intención, ya que Napoleón reinaba en aquel momento, los servicios que Dantès había prestado a la causa imperial, servicios que el certificado de Villefort hacía incontestables. Entonces comprendió todo. Esa alusión a Napoleón, guardada por Villefort, se había convertido bajo la segunda Restauración en un arma terrible en las manos del fiscal del rey. Así que no se asombró, al hojear el registro, de esa nota que habían puesto como apostilla al lado de su nombre:
Edmond Dantès. Bonapartista acérrimo: tomó parte activa en el regreso de la isla de Elba. Tener en el mayor secreto y bajo estricta vigilancia.
Debajo de esas líneas, con otro tipo de letra, había escrito: «Vista la nota de arriba, nada que hacer».
Solamente que, al comparar la caligrafía de la escritura de la nota que seguía a su nombre con la del certificado situado al pie de la demanda de Morrel, adquirió la certeza de que la nota era de la misma grafía que el certificado, es decir, que había sido trazada de puño y letra por Villefort.
En cuanto a la nota añadida a la anterior, el inglés comprendió que había debido ser consignada por algún inspector que habría tenido un interés pasajero por la situación de Dantès, pero que, al ver los informes que acabamos de citar, le había puesto en la imposibilidad de que ese interés tuviera las consecuencias deseadas por el preso.
Como hemos dicho, el inspector, por discreción y para no incomodar al alumno del abate Faria en sus investigaciones, se había alejado y leía Le Drapeau Blanc.
Así que no vio al inglés plegar y guardar en su bolso la denuncia escrita por Danglars bajo el cenador de la Reserve, y que tenía el matasellos de Correos de Marsella, 27 de febrero, recogida a las seis de la tarde.
Pero, hay que decirlo, aunque lo hubiera visto, daba muy poca importancia a ese papel y demasiada a sus doscientos mil francos, como para oponerse a lo que hacía el inglés, por muy incorrecto que fuera.
—Gracias —dijo este cerrando ruidosamente el libro de registro—. Ya tengo lo que necesito; ahora me toca a mí cumplir mi promesa. Hágame una simple transferencia de su crédito; reconozca en esa transferencia que ha recibido la suma que voy a pagarle.
Y cedió su sitio en la mesa al señor de Boville, que se sentó sin cumplidos y se apresuró a escribir la cesión indicada, mientras el inglés contaba los billetes de banco sobre el reborde del libro de registro.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo

El conde de Montecristo, es, en principio, la historia de una venganza. Edmond Dantès es un joven marino que, en el día de su compromiso con la bella Mercedes, es víctima de un complot y encarcelado en el castillo de If, de donde no deberá salir jamás. Gracias al abate Faria, a quien conoce en la prisión, adquiere una educación y averigua la existencia de un maravilloso tesoro escondido en la isla de Montecristo. Fingiendo su muerte, logra escapar de la fortaleza y se enrola con unos piratas en busca de una fabulosa fortuna. Su siguiente objetivo, convertido ya en un rico y poderoso noble, será llevar a cabo la más despiadada venganza nunca imaginada.
Se trata de una sólida novela de aventuras, con una rica y compleja trama y multitud de personajes, a través de los que Dumas se adentra en las pasiones más profundas del ser humano, en su codicia y en sus ansias de poder, pero en la que también se habla de amor, lealtad y justicia.

Sin embargo, tres hombres protestaban en nombre de las letras, esa eterna república que no tiene Césares ni reconoce Napoleones. Estos hombres eran Lemercier, Ducis y Châteaubriand.

Bonaparte volvió a Milán, donde encontró la ciudad iluminada y poseída del mayor alborozo. Masséna, a quien no había visto desde la campaña de Egipto, le esperaba y obtuvo el mando del ejército de Italia en premio de su heroica defensa de Génova.
El primer cónsul volvió a París en medio de las aclamaciones de los pueblos. Su entrada en la capital se efectuó de noche; pero cuando al día siguiente los parisienses supieron su regreso, se dirigieron en masa a las Tullerías con tantos gritos y entusiasmo, que el joven vencedor de Marengo se vio obligado a salir al balcón y saludar a las masas congregadas.
Pocos días después, una dolorosa noticia vino a consternar la alegría nacional: Kleber había caído en El Cairo bajo el puñal de Soliman-al-Alebi, el mismo día en que Desaix caía en las llanuras de Marengo bajo las balas de los austriacos.
El convenio firmado por Berthier y el general Melas en la noche que siguió a la batalla, condujo a un armisticio concluido el 5 de julio, roto el 5 de septiembre y renovado después de ganarse la batalla de Hohenlinden.
Durante este tiempo, las conspiraciones seguían su curso. Ceracchi, Arena, Topineau-le-Brún y Demerville, habían sido detenidos en la Ópera, donde se acercaban al primer cónsul para asesinarle. La máquina infernal había estallado en la calle de Saint-Nicaise, a veinticinco pasos detrás de su coche. Por si esto fuera poco, Luis XVIII escribía a Bonaparte una carta tras otra para que le devolviese su trono.
Por último, el 9 de febrero de 1801 se firmó el tratado de Luneville, que reforzaba todas la cláusulas del tratado de Campo-Formio; cedía de nuevo a Francia los estados situados en la orilla izquierda del Rin, señalando el Adige como límite de las posesiones austriacas, obligaba al emperador de Austria a reconocer las repúblicas cisalpina, bátava y helvética y, por último, cedía la Toscana a Francia.
La República estaba en paz con el mundo entero, excepto con Inglaterra, su antigua y eterna enemiga. Bonaparte quiso intimidarla con una gran demostración. En Bolonia se formó un campamento de doscientos mil hombres y en todos los puertos del norte de Francia se reunió un inmenso número de buques chatos, destinados a transportar este ejército. Inglaterra se atemorizó ante el poder militar francés y el 25 de marzo de 1802 se firmó el tratado de Amiens.
Entretanto, el primer cónsul avanzaba insensiblemente hacia el trono y Bonaparte se iba convirtiendo poco a poco en Napoleón. El 15 de julio de 1801 firmaba un concordato con el Papa; el 21 de enero de 1802 aceptaba el título de presidente de la república cisalpina; el 2 de agosto siguiente era nombrado cónsul perpetuo y el 21 de marzo de 1804 mandaba fusilar al duque de Enghien en los fosos de Vincennes.
Concedido este último testimonio a la Revolución, se planteó a los franceses la siguiente cuestión:
«¿Debe ser Napoleón Bonaparte emperador de los franceses?».
Cinco millones de firmas contestaron afirmativamente y Napoleón subió al trono de Luis XVI.
Sin embargo, tres hombres protestaban en nombre de las letras, esa eterna república que no tiene Césares ni reconoce Napoleones.
Estos hombres eran Lemercier, Ducis y Châteaubriand.

Alexandre Dumas
Napoleón

La historia de Napoleón ha dado lugar a una producción bibliográfica oceánica que ha invadido la literatura y la mitología más allá del campo específico de la historia. Verdaderamente, lo mismo entonces que después, el Emperador es un personaje que ha hecho soñar y ha inspirado a numerosos escritores y novelistas. Uno de ello es Alexandre Dumas, el autor de Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, cuyo padre fue general del propio Emperador, como fue el caso también de Victor Hugo. Con su biografía sobre Napoleón, escrita de forma esquemática, Dumas, anticipándose al regreso a Francia de las cenizas del Emperador en 1840, supo captar mejor que nadie la cresta de la ola del entusiasmo napoleónico para, de una forma breve, sencilla y fácil de leer, escribir en el momento justo el libro apropiado.

Historia de una cortesana. LXXV

LXXV
El curso de los sucesos había cambiado en el espacio de un año.
Aquel insignificante Bonaparte de quien todo el mundo se burlaba, victorioso después de una campaña que se podía parangonar con los más brillantes hechos de armas de Alejandro, de Aníbal y de César, había sido calificado por el Directorio con el nombre de hombre providencial, y la República francesa le entregó una bandera en la cual aparecía escrito, en letras de oro:
El general Bonaparte ha destruido cinco ejércitos, triunfado en diez y ocho batallas y en sesenta y siete combates, ha hecho prisioneros de guerra a 160.000 soldados enemigos, enviado a Francia 160 banderas, 1.180 piezas de artillería, para enriquecer nuestros arsenales, 200 millones al Tesoro y 51 barcos de guerra; las obras maestras de arte para embellecer nuestras galerías y nuestros museos, preciosos manuscritos para nuestras bibliotecas; en fin, ha dado la libertad a diez y ocho pueblos.
Fácilmente se comprenderá el pesar que tales honores a nuestro enemigo producían a la corte de Nápoles, a sir Guillermo Hamilton y a mí; a mí, como amiga de la Reina, de cuyos odios y de cuyas simpatías participaba; a sir Guillermo, como embajador de Inglaterra.
La Reina fue acometida de un acceso de furor, como pocas veces vi en ella, el día en que el Gobierno de las Dos Sicilias se vio obligado a reconocer a la República cisalpina.
El tratado de Campo-Formio, firmado entre Francia y Austria, tenía grande importancia. Francia extendía, de un lado, sus fronteras hasta los Alpes, y del otro, hasta el Rhin; Austria perdía en territorio, pero ganaba en súbditos; la República cisalpina crecía, al paso que la de Venecia decaía y pasaba a ser propiedad del emperador.
La paz parecía asegurada; pero sir Guillermo se sonreía con su diplomática sonrisa, cuando le hablaban de la duración de esa paz.
—En tanto que Inglaterra esté en guerra —decía—, el mundo, y sobre todo Francia, no sabrá vivir en paz.
La Reina, que tampoco tomaba en serio dicha paz, aprovechó aquel transitorio sosiego para celebrar las bodas del príncipe heredero con la archiduquesa Clementina. Poco diré de ese Príncipe, que desempeñó un papel secundario durante mi permanencia en la corte de Nápoles, y nada de esa Princesa que no desempeñó ninguno.
El Príncipe tenía a la sazón veintiún años, y era un joven muy instruido. Puesta la mirada en Europa, no perdía uno solo de los detalles del gran drama histórico que se desarrollaba en su seno, y, sin embargo, al parecer, no veía nada; asustado de las violencias de su madre, procuraba mantenerse ajeno a las cuestiones que se presentaban, aunque fuesen de la mayor importancia para el trono de las Dos Sicilias, y por lo tanto, para él, que era su heredero. Lo mismo que el Rey, en medio de todos aquellos trastornos, parecía interesarle más una cacería en Astroni o en Persano que la caída y advenimiento de una república, parecía dedicar más atención a los descubrimientos de Mesmer, de Montgolfier y de Lavoisier, que al armisticio de Brescia o al tratado de Tolentino. Su madre le quería poco, y en la intimidad, decía de él que era tan estúpido como su padre.
El predilecto de María Carolina era el príncipe Leopoldo, que entonces tenía ocho o nueve años. Es verdad que era una criatura adorable, radiante de belleza, muy travieso e inteligente.
El otro Príncipe era un niño de seis años, de poca salud, llamado Alberto, que tuve el dolor, más adelante diré cómo, de ver morir en mis brazos.
Una escuadra napolitana fue a Trieste para buscar a la joven archiduquesa, y la condujo a Manfredonia, en donde la esperaba el príncipe Francisco, por más que las ceremonias del matrimonio debían llenarse en Foggia, o sea, a cinco o seis leguas del interior.
El Rey y la Reina acompañaron a su hijo; dicho está, que yo iba con ellos. Sir Guillermo Hamilton se había quedado en Nápoles.
Yo estaba ansiosa por ver a la novia, que, por lo demás, se decía que no valía gran cosa. Esa opinión habría sido acertada, si la inalterable palidez de su cutis y la profunda melancolía de su semblante no hubiesen dado a la fisonomía de la Princesa un gran interés. ¿De dónde procedían esa palidez y esa melancolía? Nadie lo supo jamás. Quizás de algún amor contrariado; quizás fuese ese signo fatal impreso en la fisonomía de los que están destinados a morir jóvenes.
El matrimonio se celebró en la segunda quincena del mes de junio, y con tal motivo se concedieron muchas gracias y favores. Acton, primer ministro, fue nombrado capitán general. Cuarenta y cuatro sillas episcopales fueron ocupadas por otros tantos nuevos obispos; con lo cual, el Rey hacía un verdadero sacrificio, porque, mientras estaban vacantes dichos cargos, él cobraba sus rentas. A los oficiales que en la guerra de Italia se habían declarado contra Francia, se les concedió grados y condecoraciones. En fin, a muchos habitantes de Foggia se les dio el título de marqués, en recompensa de los enormes gastos que habían hecho con ocasión de la boda del Príncipe heredero.
Quiero hablar del asesinato del general francés Duphot.
Lo contaré con algunos detalles, porque este incidente determinó la ocupación de Roma por los franceses, y, por consiguiente, la proclamación de la República romana.
Hoy día, que escribo lejos de los sucesos y singularmente de los odios de la época, espero poner en mi relato la imparcialidad de un historiador.
Después que se hubo autorizado a la Romanía para constituirse en república, se formó un partido republicano en Roma.
Ese partido se componía particularmente de artistas franceses, residentes en la ciudad, los cuales habrían creído faltar a sus deberes de patriotas si no hubiesen procurado por todos los medios hacer prosélitos a la causa del gobierno que representaban.
José Bonaparte, hermano de Napoleón Bonaparte, era embajador. La familia había progresado al arrimo poderoso del hombre providencial, como le llamaba el Directorio.
José Bonaparte, en el que, a la sazón, ni se adivinaba al futuro usurpador del trono de Nápoles, hacía todos los posibles para contener a los republicanos, diciendo que no era aún llegado el momento.
No obstante sus esfuerzos, el 26 de diciembre de 1797, advirtieron al embajador que se preparaba un movimiento; los despidió, suplicándoles que se opusiesen, si podían, a ese movimiento durante algunos días más.
Se retiraron, prometiendo dedicarse a ello.
Al día siguiente, el caballero de Azara, ministro de España, avisó personalmente a José Bonaparte la proyectada demostración.
En efecto, el 28 de diciembre, se verificó el motín. Acometidos por los dragones, fusilados por una compañía de infantería, los republicanos se refugiaron bajo los pórticos del palacio Corsini, que habitaba el embajador.
Como el suceso que siguió ha sido narrado de muchas diferentes maneras, me limitaré a transcribir aquí el parte oficial de José Bonaparte; de ese parte, nos fue remitida una copia, y de ella saco lo que se va a leer. El documento es desconocido, o poco menos, lo cual, a mi ver, le comunicará un cierto interés.
Tomo la narración del embajador en el punto que he interrumpido la mía:
… Un artista francés nos advirtió que la turba era numerosa y que había distinguido entre la multitud a algunos espías bien conocidos del Gobierno que gritaban más fuerte que los demás: «¡Viva el pueblo romano!, ¡viva la República!». Le encargué que bajase inmediatamente a dar a conocer mi voluntad a los amotinados. Los militares franceses que me rodeaban me pidieron permiso para disolver a los grupos por medio de la fuerza, lo cual demostraba su fidelidad; tomé las insignias de mis funciones y rogué a los oficiales que me siguiesen. Prefería hablar personalmente a los revoltosos, cuya lengua me era familiar.
Al salir de mi despacho, oímos una descarga cerrada; era un piquete de caballería que, entrando en mi jurisdicción sin advertírmelo, la había atravesado al galope y hecho fuego por los tres amplios pórticos del palacio. La multitud corrió entonces hacia los patios y escaleras. A mi paso, encontré moribundos, fugitivos acobardados, a gente pagada para excitar y denunciar el movimiento. Una compañía de fusileros siguió de cerca a los jinetes: la encontré que avanzaba por el vestíbulo. Al verme, se detuvo. Busqué con la vista al jefe; estaba oculto entre las filas, y no pude distinguirle. Pregunté a la tropa con qué orden entraban en la jurisdicción de Francia; les mandé retirarse, y se retiraron algunos pasos. Creyendo haber solucionado el asunto por ese lado, me dirigí hacia los amotinados que estaban refugiados en el interior de los patios. Algunos de ellos avanzaban ya contra las tropas, a medida que estas se alejaban; les dije con resuelto acento que el primero que se atreviera a pasar adelante, tendría que verse conmigo. Al mismo tiempo, el general Duphot, Scherlack, dos oficiales más y yo tiramos de la espada para contener a aquella turba indefensa, o cuando más, armada de alguna pistola y algún puñal.
Pero, mientras nosotros estábamos ocupados en aquel sitio, los fusileros, que no se habían retirado sino para ponerse fuera del alcance de las pistolas, hicieron una descarga cerrada. Algunas balas perdidas mataron a los hombres de las últimas filas. Los que nos encontrábamos en el centro, fuimos respetados. Luego, la compañía volvió a retirarse, para cargar de nuevo.
Aprovecho este momento; doy al coronel Beauharnais y al agregado militar Arrighi, encargo de contener a la turba, que estaba animada de diversos sentimientos, y me adelanto con el general Duphot y el ayudante Scherlack para resolver a sus jefes a cesar en el fuego; los intimó a retirarse de la jurisdicción de Francia, diciendo que el embajador se encargaría de hacer castigar a los amotinados, y que, si me obedecían, todo se arreglaría bien y sin efusión de sangre. El temerario Duphot se coloca, de un salto, entre las bayonetas de los soldados, a los que se esfuerza por tranquilizar. El general Scherlack y yo le seguimos instintivamente.
Arrastrado por la corriente, Duphot avanza hasta una puerta de la ciudad llamada Settimiana; veo un soldado que le dispara en pleno pecho; el herido cae, y vuelve a levantarse apoyándose en la espada. Le llamo, quiere venir a mi lado. Un segundo disparo le derriba; sobre su inanimado cuerpo se hacen más de cincuenta disparos. Scherlack me indica un camino que nos conduce a los jardines del palacio y nos pone a cubierto de los disparos de los asesinos de Duphot y de los de otra compañía que llegaba haciendo fuego del otro lado de la calle. Los dos oficiales, rechazados por esta segunda compañía, vienen a reunirse con nosotros; tenemos que afrontar un nuevo peligro: la nueva compañía podía entrar nuevamente en el palacio, a donde mi mujer y mi hermana, que al otro día debía contraer matrimonio con el bravo Duphot, habían sido transportadas por mis secretarios y dos jóvenes artistas.
Llegamos al palacio por el jardín; los patios estaban atestados de los cobardes iniciadores de esta escena horrible. Había allí unos veinte muertos, entre los cuales figuraban algunos ciudadanos pacíficos. Entro en palacio; los escalones están ensangrentados, los moribundos, los heridos lanzan gemidos. Se consigue cerrar las tres puertas de la fachada que mira a la calle. Los lamentos de la prometida de Duphot, de ese joven héroe que a la vanguardia de los ejércitos de los Pirineos y de Italia, había constantemente salido victorioso, asesinado indefenso por cobardes bandidos; la ausencia de su madre y de su hermano, que habían salido de palacio para ver los monumentos de Roma; el tiroteo que continuaba en las calles y contra las puertas del edificio; las principales habitaciones del vasto palacio Corsini que yo habitaba llenas de gentes cuyas intenciones yo ignoraba; estas circunstancias y otras muchas han comunicado a esta escena un carácter de crueldad inconcebible.
Mandé llamar a mis criados; tres se encontraban ausentes; uno estaba herido. Hice colocar las armas que nos habían servido para el viaje, en la parte del palacio ocupada por mí. Un sentimiento de orgullo nacional que no pude dominar inspiró a los jóvenes oficiales el plan de ir a levantar el cadáver de su infortunado general; llevaron a cabo su propósito con ayuda de algunos criados fieles, pasando por un camino extraviado y bajo el fuego de la soldadesca cobarde y desenfrenada.
Encontraron el cuerpo del general, que poco antes palpitaba con sublime heroísmo, acribillado, desnudo, cubierto de montones de piedras…
A las seis de la mañana, catorce horas después del asesinato del general Duphot, no había yo recibido aún la visita de ningún romano encargado por el gobierno de informarse del estado de cosas. Resolví pedir mis pasaportes y salir de Roma inmediatamente. Partí, en efecto, después de haber dejado asegurada la protección de los pocos franceses que quedan en los Estados romanos. El caballero Angliolini ha sido comisionado para librarles pasaportes para Toscana, en donde me encontrarán con los oficiales y los sirvientes que no me han abandonado en el peligro.
Al terminar este relato, creería injuriar a los republicanos si insistiese sobre la venganza que el Gobierno francés debe tomar de este Gobierno impío, voluntariamente asesino de los primeros embajadores que se ha dignado enviarle y de un general distinguido como un prodigio de valor en un ejército que cuenta tantos soldados como héroes.
Ciudadano ministro: pronto estaré en París, no bien haya puesto en orden los asuntos pendientes, y le daré informes acerca del Gobierno de Roma, y a conocer mi opinión referente al castigo que conviene imponerle.
Este gobierno no se contradice: astuto y temerario para realizar el crimen, cobarde y rastrero cuando lo ha perpetrado, a la hora presente está arrodillado ante de Azara suplicándole que venga a Florencia y me convenza a volver a Roma. Esto me escribe este generoso amigo de los franceses, digno de residir en un país que sepa mejor reconocer sus virtudes y su noble lealtad.
JOSÉ BONAPARTE.
Florencia, 30 de diciembre de 1797.

Alexandre Dumas
Historia de una cortesana

La protagonista de esta novela, lady Hamilton, narra su vida, poco antes de morir, al sacerdote que la asiste después de haber vivido romances con varios personajes de la alta sociedad inglesa, hasta caer en desgracia, abandonada y pobre. Gracias a su belleza llegó a convertirse en la favorita de la reina María Carolina de Nápoles donde conoció al almirante Nelson en 1793 con quien tuvo una hija.

Y el mosquetero, con su sangre fría habitual, fue a sentarse ante los restos del desayuno.

—Amén —dijo Athos—, y ya volveremos sobre eso más tarde, si es ese vuestro gusto; pero por el momento lo que más me preocupaba, y estoy seguro de que tú, D’Artagnan, me comprenderás, era recuperar de aquella mujer una especie de firma en blanco que había arrancado al cardenal, y con cuya ayuda ella debía desembarazarse de ti y quizá de nosotros impunemente.
—Pero esa criatura es un demonio —dijo Porthos tendiendo su plato a Aramis, que trinchaba un ave.
—Y esa firma en blanco —dijo D’Artagnan—, esa firma en blanco, ¿ha quedado entre sus manos?
—No, ha pasado a las mías; no diré que haya sido sin esfuerzo, porque mentiría.
—Querido Athos —dijo D’Artagnan—, ya no seguiré contando las veces que os debo la vida.
—Entonces, ¿nos dejasteis para volver junto a ella? —preguntó Aramis.
—Exacto.
—¿Y tienes esa carta del cardenal? —dijo D’Artagnan.
—Aquí está —dijo Athos.
Y sacó el precioso papel del bolsillo de su casaca.
D’Artagnan lo desplegó con una mano cuyo temblor no trataba siquiera de disimular y leyó:
El portador de la presente ha «hecho lo que ha hecho» por orden mía y para bien del Estado.
3 de diciembre de 1627.
RICHELIEU.
—En efecto —dijo Aramis—, es una absolución en toda regla.
—Hay que romper ese papel —exclamó D’Artagnan, que parecía leer su sentencia de muerte.
—Muy al contrario —dijo Athos—, hay que conservarlo por encima de todo, y yo no daría este papel aunque lo cubrieran de piezas de oro.
—¿Y qué va a hacer ahora ella? —preguntó el joven.
—Pues probablemente —dijo despreocupado Athos— va a escribir al cardenal que un maldito mosquetero, llamado Athos, le ha arrancado por la fuerza su salvoconducto; en la misma carta le dará consejo de desembarazarse al mismo tiempo que de él de sus dos amigos, Porthos y Aramis; el cardenal recordará que son los mismos hombres que encontró en su camino entonces, una buena mañana hará detener a D’Artagnan y para que no se aburra solo, nos enviará a hacerle compañía a la Bastilla.
—¡Vaya! —dijo Porthos—. Me parece que estáis haciendo bromas de mal gusto, querido.
—No bromeo —respondió Athos.
—¿Sabéis —dijo Porthos— que retorcerle el cuello a esa maldita Milady sería un pecado menor que retorcérselo a estos pobres diablos de hugonotes, que nunca han cometido más crímenes que cantar en francés salmos que nosotros cantamos en latín?
—¿Qué dice el abate a esto? —preguntó tranquilamente Athos.
—Digo que soy de la opinión de Porthos —respondió Aramis.
—¡Y yo también! —dijo D’Artagnan.
—Suerte que ella está lejos —observó Porthos—; porque confieso que me molestaría mucho aquí.
—Me molesta en Inglaterra tanto como en Francia —dijo Athos.
—A mí me molesta en todas partes —continuó D’Artagnan.
—Pero puesto que la teníais —dijo Porthos—, ¿por qué no la habéis ahogado, estrangulado, colgado? Sólo los muertos no vuelven.
—¿Eso creéis, Porthos? —respondió el mosquetero con una sonrisa sombría que sólo D’Artagnan comprendió.
—Tengo una idea —dijo D’Artagnan.
—Veamos —dijeron los mosqueteros.
—¡A las armas! —gritó Grimaud.
Los jóvenes se levantaron con presteza a los fusiles.
Aquella vez avanzaba una pequeña tropa compuesta de veinte o veinticinco hombres; pero ya no eran trabajadores, eran soldados de la guarnición.
—¿Y si volviéramos al campamento? —dijo Porthos—. Me parece que la partida no es igual.
—Imposible por tres razones —respondió Athos—; la primera es que no hemos terminado de almorzar; la segunda es que aún tenemos cosas importantes que decir, la tercera es que todavía faltan diez minutos para que pase la hora.
—Bueno —dijo Aramis—, sin embargo hay que preparar un plan de batalla.
—Es muy simple —respondió Athos—: tan pronto como el enemigo esté al alcance del mosquete, nosotros hacemos fuego; si continúa avanzando, nosotros volvemos a hacer fuego; hacemos fuego mientras tengamos los fusiles cargados; si lo que quede de la tropa quiere todavía subir al asalto, dejamos a los asaltantes bajar hasta el foso, y entonces les echamos encima de la cabeza ese lienzo de muralla que sólo está en pie por un milagro de equilibrio.
—¡Bravo! —exclamó Porthos—. Decididamente, Athos, habéis nacido para general, y el cardenal, que se cree un gran hombre de guerra, es bien poca cosa a vuestro lado.
—Señores —dijo Athos—, nada de repeticiones inútiles, por favor; que cada uno apunte bien a su hombre.
—Yo tengo el mío —dijo D’Artagnan.
—Y yo el mío —dijo Porthos.
—Y yo ídem —dijo Aramis.
—¡Entonces fuego! —dijo Athos.
Los cuatro disparos de fusil no hicieron más que una detonación y cuatro hombres cayeron.
Entonces batió el tambor, y la pequeña tropa avanzó a paso de carga.
Entonces los disparos de fusil se sucedieron sin regularidad, pero siempre enviados con igual precisión. Sin embargo, como si hubieran conocido la debilidad numérica de los amigos, los rochelleses continuaban avanzando a paso de carrera.
Con los otros tres disparos de fusil cayeron dos hombres; sin embargo, el paso de los que quedaban en pie no aminoraba.
Llegados al pie del bastión, los enemigos eran todavía doce o quince; una última descarga los acogió, pero no los detuvo: saltaron al foso y se aprestaron a escalar la brecha.
—¡Vamos; amigos míos! —dijo Athos—. Terminemos de un golpe: ¡a la muralla, a la muralla!
Y los cuatro amigos, secundados por Grimaud, se pusieron a empujar con el cañón de sus fusiles un enorme lienzo de muro que se inclinó como si el viento lo arrastrase, y desprendiéndose de su base cayó con horrible estruendo en el foso; luego se oyó un gran grito, una nube de polvo subió hacia el cielo, y eso fue todo.
—¿Los habremos aplastado desde el primero hasta el último? —preguntó Athos.
—A fe que eso me parece —dijo D’Artagnan.
—No —dijo Porthos—, ahí hay dos o tres que escapan cojeando.
En efecto, tres o cuatro de aquellos desgraciados, cubiertos de barro y de sangre, huían por el camino encajonado y ganaban de nuevo la ciudad: era todo lo que quedaba de la tropilla.
Athos miró su reloj.
—Señores —dijo—, hace una hora que estamos aquí y ahora la partida está ganada; pero hay que ser buenos jugadores, y además D’Artagnan no nos ha dicho su idea.
Y el mosquetero, con su sangre fría habitual, fue a sentarse ante los restos del desayuno.

Alexandre Dumas
Los tres mosqueteros
Las novelas de D’Artagnan 

La acción se sitúa durante el reinado de Luis XIII, en Francia. D’Artagnan es un joven de 18 años, hijo de un noble gascón, antiguo mosquetero, de escasos recursos económicos. Se dirige a París con una carta de su padre para el señor de Treville, jefe de los Mosqueteros del Rey. En una posada, durante su ruta, D’Artagnan desafía a un caballero que acompaña a una bella y misteriosa dama.

María Antonieta comprendió que allí estaba la tempestad.

Este hombre la miraba con extraña fijeza.
¡Era el mismo personaje del castillo de Taverney, el que vio en el jardín de las Tullerías, el hombre de palabras amenazadoras y de actos misteriosos y terribles!
Una vez fija la mirada de la reina en aquel hombre, ya no pudo separarla de él; porque ejercía en ella la fascinación de la serpiente sobre el pájaro.
El espectáculo comenzó; la reina hizo un esfuerzo, rompió el encanto y pudo volver la cabeza para mirar la escena.
Se representaban los Acontecimientos imprevistos.
Mas por mucho que se esforzase María Antonieta para distraer su pensamiento del hombre misterioso, a pesar suyo, y como por efecto de una fuerza magnética más poderosa que su voluntad, volvíase y dirigía una mirada de espanto hacia el temible personaje.
Y el hombre continuaba en el mismo sitio inmóvil, sardónico, burlón. Aquello era una obsesión dolorosa, íntima y fatal, una cosa semejante a la pesadilla durante la noche.
Por lo demás, en el teatro flotaba una especie de electricidad. Aquellas dos cóleras suspendidas no podían menos de chocar, como sucede en los días tempestuosos de agosto, cuando dos nubes, llegando de dos extremidades del horizonte, se encuentran y producen el relámpago, si no el rayo.
No tardó en presentarse una oportunidad.
Madame Dugazon, mujer encantadora, debía cantar un dúo con el tenor, y decir estos versos:
¡Oh!, ¡cómo amo a mi ama!
La valerosa mujer se adelantó hasta el borde del escenario, y levantando los ojos y los brazos hacia la reina, hizo la fatal provocación.
María Antonieta comprendió que allí estaba la tempestad.
Volvióse espantada y fijó involuntariamente los ojos en el hombre de la columna.
Entonces creyó verle hacer una señal de mando, a la que toda la platea obedeció.
En efecto, con una sola voz, voz terrible, todos los espectadores que la ocupaban gritaron a la vez.
—¡Ya no hay amo ni ama! ¡Libertad!…
Pero a este grito, palcos y galerías contestaron:
—¡Viva el rey! ¡Viva la reina! ¡Vivan para siempre nuestro amo y nuestra ama!
—¡Ni uno ni otra! ¡Libertad, libertad, libertad! —vociferó por segunda vez la platea.
Después de esta doble declaración de guerra, así lanzada y aceptada, la lucha comenzó.
La reina profirió un grito de terror y cerró los ojos, sin fuerza ya para mirar a aquel demonio que parecía el rey del desorden y el espíritu de la destrucción.
En el mismo instante los oficiales de la guardia nacional la rodearon, formando una barrera con sus cuerpos, y la condujeron hasta fuera del teatro.
Pero en los corredores siguió persiguiéndola este grito:
—¡Nada de amo ni ama! ¡Nada de rey ni de reina!
Se llevó a la reina desmayada a su coche.
Y aquella fue la última vez que asistió al teatro.
El 30 de septiembre, la Asamblea, por boca de su presidente Thouret, declaraba que había cumplido su misión y terminado sus sesiones.
He aquí, en pocas líneas, el resultado de sus trabajos que habían durado dos años y cuatro meses.
La desorganización completa de la monarquía.
La organización del poder popular.
La anulación de todos los privilegios nobiliarios y eclesiásticos.
Mil doscientos millones de asignados decretados.
La hipoteca sobre los bienes nacionales.
La libertad de cultos reconocida.
Abolición de los votos monásticos.
Supresión de las órdenes de prisión.
Legalidad de los cargos públicos.
Supresión de las aduanas interiores.
Institución de la guardia nacional.
Y, en fin, la constitución votada y sometida a la aceptación del rey.
Hubiera sido necesario tener muy tristes presentimientos para creer —rey o reina de Francia— que debía temerse más de la Asamblea que iba a reunirse que de aquella que acababa de disolverse.

Alexandre Dumas
La Condesa de Charny
Revolución francesa - 4

Los sangrientos sucesos posteriores a la toma de la Bastilla continúan. La familia real es trasladada de Versalles a París, a las Tullerías más exactamente, escoltada por el pueblo, que ha asaltado el palacio para hacer justicia por su propia mano. Un miembro de la Asamblea General, el doctor Guillotín, empieza a dar forma al invento que lo hará famoso.
La familia real es apresada en Varennes y conducida a París. Luis XVI, secretamente y con ayuda de Charny y Bouillé, empieza a planear la huida. Mientras tanto, se proclaman los derechos del hombre y del ciudadano, y al grito de: Libertad, igualdad y fraternidad se inicia la revolución.
El ciudadano Juan Bautista Drouet, es el primero en reconocer al rey en su fuga por el camino de Varennes, y da la voz de alarma. La familia real es apresada y conducida por la fuerza a París. Charny, al conocer el secreto de su esposa Andrea, empieza a amarla, sobre todo por el motivo del ocultamiento. Lamenta haberse dado cuenta tarde del tesoro que tiene a su lado. Andrea conoce la felicidad y, aunque durará poco, para ella será suficiente. (…el amor ha sido dado al hombre para que tenga la medida de lo que puede sufrir…).
Reaparece Angel Pitou, que se ha convertido en capitán y héroe de la revolución, pero sigue siendo el noble e inocente enamorado de Catalina a pesar de todo. Esto terminará por revertir su mala suerte en el amor, al convertirse tempranamente en un buen padre de un niño de quien tal vez él no hubiera esperado.

Morrel e hijos

Morrel e hijos
El que hubiera abandonado Marsella algunos años antes, conociendo a fondo la casa de Morrel, y hubiese vuelto en la época a que hemos llegado con nuestros lectores, la habría encontrado muy cambiada.
En vez de ese aroma de vida, de felicidad y de holgura que exhalan, por decirlo así, las casas en estado próspero, en lugar de aquellos alegres rostros que se veían detrás de los visillos de los cristales, en vez de aquellos corredores atareados que cruzaban por los pasillos con la pluma detrás de la oreja, en vez de aquel patio lleno de fardos, retumbando a los gritos y a las carcajadas de los mozos, hallara a primera vista un no sé qué de triste, un no sé qué de muerto.
En aquellas oficinas sólo quedaban dos de los numerosos empleados. Uno era un joven de veintitrés o veinticuatro años, llamado Manuel Raymond, que enamorado de la hija de Morrel, permanecía en el escritorio, a pesar de todos los esfuerzos que hacía en contrario su familia. El otro era un viejo empleado en la caja; llamábase por apodo Cocles, apodo que le habían dado los jóvenes que en otro tiempo henchían aquella casa poco menos que desierta, y apodo en fin, que había sustituido tan por completo a su propio nombre, que según todas las probabilidades no habría vuelto ahora la cabeza si le llamaran por aquél…
Cocles permanecía al servicio del señor Morrel, habiéndose verificado en la situación de aquel hombre un cambio muy singular. Había ascendido a cajero y descendido a criado. No por esto dejaba de ser siempre el mismo Cocles, bueno, leal, sufrido, pero inflexible en cuanto a la aritmética, en lo cual se las tenía tiesas hasta con el mismo señor Morrel, aunque no conociese otra teoría que su tabla de Pitágoras, que se sabía de memoria, ya de corrido, ya salteado, y a pesar de cuantas artimañas se emplearan para hacerle cometer un error.
Cocles era el único que se mostraba impertérrito en medio de la general desgracia que pesaba sobre la casa de Morrel, pero no se juzgue mal de esta impasibilidad, que no era falta de cariño, sino todo lo contrario, una convicción invencible.
Así como las ratas, que según dicen, van abandonando poco a poco el buque sentenciado de antemano por las borrascas a irse a pique, así como estos animales egoístas cuando leva el ancla ya lo han abandonado del todo, así la turba de agentes y corredores que vivía de la casa del armador, habían ido poco a poco desertando del despacho y de los almacenes como ya se ha dicho, pero Cocles los vio marcharse sin pensar siquiera en la causa. Todo en él, repetimos, se reducía a cuestión de números, y como en los veinte años que llevaba en el escritorio de Morrel había visto siempre efectuarse los pagos con tanta exactitud, no comprendía que pudiera faltar aquella exactitud, ni suspenderse aquellos pagos, como el molinero que posee un molino en un río muy caudaloso no comprende que pueda secarse el río. Hasta la fecha, en efecto, nada había podido destruir la creencia de Cocles. Los pagos del fin del mes anterior se efectuaron con rigurosa puntualidad. Cocles había rectificado una equivocación de ochenta sueldos cometida por el naviero contra su bolsillo, y el mismo día se los había devuelto. Morrel, con una sonrisa melancólica, los tomó y los echó en un cajón casi vacío, diciéndole:
—Bien, Cocles: sois el non plus ultra de los cajeros.
Y Cocles se marchó reventando de orgullo, porque un elogio del señor Morrel, el non plus ultra de los hombres honrados de Marsella, lo apreciaba más que una gratificación de cincuenta escudos.
Pero desde ese fin de mes tan glorioso, había pasado el señor Morrel horas muy crueles. Para atender a aquellos pagos agotó todos sus recursos, y hasta había hecho personalmente un viaje a la feria de Seaucaire a vender algunas alhajas de su mujer y de su hija y una parte de su plata, temeroso de que el recurrir en Marsella a tales extremos hiciera dar por segura su ruina. Con tal sacrificio pudo salir del apuro la casa de Morrel, pero la caja quedó completamente exhausta.
Con su habitual egoísmo, el crédito iba alejándose de ella por los rumores que circulaban, y para hacer frente a los cien mil francos del señor de Boville a mediados del mes actual, y a otros cien mil que iban a vencer el 15 del mes siguientes, no contaba en verdad el señor Morrel sino con la vuelta del Faraón, cuya salida había anunciado un buque que acababa de llegar, y que había salido al propio tiempo que él.
Pero la llegada de este buque, procedente, como El Faraón, de Calcuta, fue quince días atrás, mientras que del Faraón no se tenía noticia alguna.
Este era el estado de la casa de Morrel e hijos, cuando en la misma mañana en que hemos dicho ajustó con el señor de Boville su importantísimo negocio el agente de Thomson y French, de Roma, se presentó en casa del señor Morrel.
Manuel salió a recibirle, y como toda cara nueva le asustaba, porque en cada cara nueva veía un nuevo acreedor que inquieto por la fortuna de la casa venía a sondear al comerciante, Manuel, repetimos, quiso evitar esta visita al señor Morrel, e hizo mil preguntas al recién venido, el cual le manifestó que nada podía decir al señor Manuel, pues necesitaba entenderse con el señor Morrel en persona.
Llamó el joven suspirando a Cocles, que apareció al punto, recibiendo la orden de llevar al extranjero al gabinete del naviero. Cocles salió y el extranjero le siguió.
En la escalera tropezaron con una joven muy linda, de dieciséis a diecisiete años, que miró al extranjero con visible inquietud. Cocles no reparó en esta mirada, pero sí, al parecer, el extranjero.
—El señor Morrel está en su despacho, señorita Julia, ¿no es verdad? —le preguntó el cajero:
—Sí…, creo que sí —respondió la joven vacilando—. Cercioraos antes, Cocles, y si está, anunciad a este caballero.
—Será inútil anunciarme, señorita; el señor Morrel no conoce mi nombre —respondió el inglés—. Este caballero sólo tiene que decir que soy el comisionista principal de la casa Thomson y French, de Roma, con la cual está en relaciones la de vuestro padre.
La joven se puso pálida y siguió bajando, mientras Cocles y el extranjero seguían subiendo. Ella entró en el despacho de Manuel, y Cocles, con una llave que poseía para entrar a todas horas en el de su amo, abrió una puerta situada en un rincón del rellano del piso segundo, condujo al extranjero a una antesala, abrió otra puerta, que volvió a cerrar detrás de sí, y dejando un instante a solas al comisionado de la casa de Thomson y French, regresó al punto, haciéndole señas de que podía entrar.
Halló el inglés al señor Morrel sentado delante de una mesa, palideciendo al contemplar las columnas de números de su pasivo.
Al ver al extranjero, cerró el señor Morrel el libro de caja y se levantó para acercar una silla; luego que le vio sentado, se volvió él también a sentar.
Catorce años habían cambiado al digno negociante a quien conocimos de edad de treinta y seis al principio de esta historia. Ahora frisaba en los cincuenta; sus cabellos habían encanecido, su frente, poblada de melancólicas arrugas, y su mirada, en otro tiempo tan firme, era a la sazón irresoluta y vaga, como si temiera a cada momento verse obligado a bajarla ante una idea o ante un hombre.
El inglés lo contempló con un sentimiento de curiosidad mezclado de interés.
—Caballero —le dijo Morrel, a quien parecía molestar el examen de que estaba siendo objeto—. Caballero, ¿deseáis hablarme?
—Sí, señor. Sabéis de parte de quién vengo, ¿no es verdad?
—De parte de la casa Thomson y French, según me ha dicho mi cajero.
—Os ha dicho la verdad. En todo este mes y el próximo necesita la casa de Thomson y French pagar en Francia unos cuatrocientos mil francos, y conociendo vuestra probidad, ha reunido todo el papel que corría vuestro, encargándome que lo hiciera efectivo a medida que venciera.
Morrel exhaló un profundo suspiro y se pasó la mano por la frente, cubierta de sudor.
—¿Entonces tenéis pagarés míos? —preguntóle al inglés.
—Sí, caballero, pagarés que importan una suma considerable.
—¿Cuánto? —preguntó Morrel con acento que en vano quería que pareciese firme.
—Ahí los tenéis —respondió el inglés sacando un legajo de su bolsillo—. Aquí tenéis un endoso de doscientos mil francos hecho a nuestra casa por el señor de Boville, inspector de cárceles. ¿Reconocéis deber esta cantidad al señor de Boville?
—Sí, caballero. Son unos fondos que colocó en mi casa al cuatro y medio por ciento hará pronto cinco años.
—¿Y debéis reembolsársela…?
—La mitad el 15 de este mes, y la otra mitad el 15 del próximo.
—Muy bien. Ved ahora valores importantes: treinta y dos mil quinientos francos, pagaderos a fin de este mes. Son pagarés vuestros que nos han traspasado sus tenedores.
—Los reconozco —dijo Morrel, poniéndose colorado de vergüenza al pensar que por primera vez en su vida no podría hacer honor a su firma—. ¿Es esto todo?
—No, caballero, que tengo aún unos cincuenta y cinco mil francos, traspasados a nuestra casa por las de Pascal y Wild y Turner de Marsella. Importan estas sumas doscientos ochenta y siete mil quinientos francos.
Era indescriptible lo que estaba sufriendo en aquellos momentos el pobre Morrel.
—¡Doscientos ochenta y siete mil quinientos francos! —repitió maquinalmente.
—Sí, señor —repuso el comisionista—. Ahora, pues —prosiguió después de una breve pausa—, no debo ocultaros, señor Morrel, que aun reconociendo vuestra probidad sin tacha hasta el presente, dícese por Marsella que no estáis en disposición de hacer frente a vuestros créditos.
A esta salida casi brutal, palideció Morrel.
—Caballero —dijo—, hasta el presente, y hace ya veinticuatro años que recibí la casa de manos de mi padre, que a su vez la había regentado treinta y cinco, hasta el presente ni una firma de Morrel e hijos se ha desairado en mi caja.
—Ya lo sé —respondió el inglés—, pero habladme de hombre honrado a hombre honrado: ¿pagaréis éstas con la misma exactitud?
Morrel se estremeció, mirando al que le hablaba así con una firmeza que antes no había tenido.
—A preguntas hechas con tal franqueza hay que responder necesariamente de la misma manera. Caballero, pagaré si mi buque llega sano y salvo, como espero, pues con su llegada recobraré el crédito que me han quitado las desgracias de que he sido víctima, pero si me faltase El Faraón, si me faltase mi último recurso…
Las lágrimas se agolparon a los ojos del desdichado armador.
—¿De modo que si os faltase ese último recurso…? —le preguntó su interlocutor.
—Pues bien —repuso Morrel—, mucho me cuesta decirlo…, pero acostumbrado ya a la desgracia, necesito acostumbrarme también a la vergüenza… Pues bien…, me parece que me vería en la precisión de suspender los pagos…
—¿No contáis con amigos que puedan ayudaros en esta ocasión?
Morrel se sonrió con tristeza.
—Bien sabéis, caballero —contestó—, que en el comercio no hay amigos, sino socios.
—Es cierto —murmuró el inglés—. ¿Luego no tenéis más que una esperanza?
—Una sola.
—¿Que es la última?
—La última.
—De suerte que si os sale defraudada…
—¡Estoy perdido, caballero, completamente perdido!
—Cuando yo me dirigía a vuestra casa, entraba un buque en el puerto.
—Ya lo sé. Un joven que me ha permanecido fiel, a pesar de mi desgracia, pasa mucha parte del día en un mirador de esta casa, con la idea de poder traerme alguna buena noticia. Por él me enteré de que había llegado ese navío.
—¿Y no es el vuestro?
—No, es La Gironda, buque bordelés, que viene también de la India, como el mío.
—Tal vez haya visto al Faraón y os traiga noticias suyas.
—¿Queréis que os diga una cosa, caballero? Casi tanto temo saber noticias de mi bergantín, como estar en incertidumbre… la incertidumbre encierra algo de esperanza.
Luego añadió el señor Morrel con voz sorda:
—Esta tardanza no es natural. El Faraón salió de Calcuta el 5 de febrero, hace más de un mes que debía haber llegado.
—¿Qué es eso? —dijo el inglés aplicando el oído—. ¿Qué es ese barullo?
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Qué ocurrirá ahora? —exclamó Morrel, palideciendo.
En efecto, en la escalera se oía un ruido extraordinario, gentes que iban y venían y hasta lamentos y suspiros. Levantóse Morrel para abrir la puerta, pero le faltaron las fuerzas, y volvió a caer sobre su sillón. Los dos hombres estaban frente a frente. Morrel temblando de pies a cabeza, el extranjero mirándole con profunda compasión. Aunque había cesado el ruido, Morrel al parecer aguardaba alguna cosa. En efecto, el ruido debía tener su causa y además un resultado. Al extranjero le pareció oír que subían muy quedito la escalera, y que los pasos, que eran como de muchas personas, se paraban en el descansillo.
Alguien introdujo una llave en la cerradura de la primera puerta, cuyos goznes se oyeron rechinar.
—Sólo dos personas tienen la llave de esa puerta: Cocles y Julia —murmuró el naviero.
Al mismo tiempo abrióse la segunda puerta, apareciendo la joven, pálida y bañada en llanto. Morrel se levantó temblando de su asiento, teniendo que apoyarse en el brazo de su sillón para no caer. Quería preguntar, pero le faltaba la voz.
—¡Oh, padre mío! —dijo la joven juntando las dos manos—, perdonad a vuestra hija el ser portadora de una triste nueva.
Morrel palideció intensamente y Julia se echó en sus brazos.
—¡Oh, padre mío! ¡Padre mío! —murmuraba—. ¡Valor!
—¿De modo que El Faraón se ha perdido? —balbuceó Morrel.
La joven no respondió, pero con la cabeza, que reclinaba en el seno de su padre, hizo una señal afirmativa.
—¿Y la tripulación? —inquirió Morrel.
—Se ha salvado —respondió la joven—. La ha salvado el navío bordelés que acaba de llegar.
El bueno del señor Morrel levantó las manos al cielo, con un sublime ademán de gratitud y resignación.
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó—. Al menos sólo me herís a mí con este golpe.
No obstante su impasibilidad, el inglés se sintió afectado por la escena; una lágrima humedeció sus ojos.
—Entrad —añadió Morrel—, entrad, pues me presumo que estáis todos a la puerta.
En efecto, pronunciadas apenas estas palabras, apareció sollozando la señora Morrel, seguida de Manuel. En el fondo de la antecámara se percibían las rudas facciones de siete a ocho marineros medio desnudos.
La vista de estos hombres hizo estremecerse al inglés. Dio un paso como para salirles al encuentro, pero se detuvo, ocultándose, por el contrario, en el rincón más oscuro del gabinete. La señora Morrel fue a sentarse en el sillón, cogiendo una de las manos de su marido, mientras Julia reclinaba la cabeza sobre el pecho de su padre. Manuel se había quedado en medio de la estancia, como lazo que uniese a la familia de Morrel y a los marineros de la puerta.
—¿Cómo sucedió? —preguntó el naviero.
—Acercaos, Penelón —dijo el joven—, y contadnos cómo ocurrió la desgracia.
Un marinero viejo, tostado por el sol del ecuador, adelantóse dando vueltas entre sus manos a los restos de su sombrero.
—Buenos días, señor Morrel —dijo, como si hubiera salido de Marsella la víspera o si llegase de Aix o de Tolón.
—Buenos días, amigo —contestó Morrel, no pudiendo menos de sonreírse, a pesar de sus lágrimas—. Pero ¿dónde está el capitán?
—Por lo que al capitán se refiere, señor Morrel, se ha quedado enfermo en Palma, pero si Dios quiere, aquello no será nada, y dentro de pocos días le veréis volver tan bueno y sano como vos y como yo.
—Está bien… Hablad ahora, Penelón.
Penelón mudó la mascada de tabaco del carrillo derecho al carrillo izquierdo, púsose la mano sobre la boca, volvió la cabeza para arrojar a la antesala una gran dosis de saliva negruzca, adelantó una pierna y contoneándose dijo:
—Poco antes del naufragio, señor Morrel, estábamos así como quien dice entre el cabo Blanco y el cabo Bojador, con una buena brisa sudsudoeste tras ocho días de calma y contraventeo, cuando el capitán Gaumard se me arrima, porque yo estaba en el timón, y me dice: «Compadre Penelón, ¿qué me dices de aquellas nubes que se van formando allá abajo?».
»Justamente yo las atisbaba en aquel momento.
—¿Lo que yo os digo, capitán? Pues creo que suben más de prisa que lo que deben y que son más negras que lo que conviene a nubes de buena intención.
—Yo también opino lo mismo —me respondió el capitán—, y voy a tomar mis precauciones. Tenemos muchas velas para el viento que correrá pronto… ¡Atención! ¡Eh! ¡Cerrad las escotillas! ¡Halad los foques!
»Ya era tiempo. No bien se había ejecutado la orden, cuando el aire se nos echó encima, poniendo al buque de costado.
—Bueno —dijo el capitán—, todavía tenemos mucha vela. ¡Carga la grande!
—Seis minutos más tarde estaba cargada la vela mayor, y navegábamos con la mesana, las gavias y los juanetes.
—¿Qué es eso, compadre Penelón? —me dijo el capitán—. ¿Por qué mueves la cabeza?
—Porque en vuestro lugar, es un decir, yo no haría tan poca cosa.
—Me parece que tienes razón, perro viejo —me contestó—; vamos a tener una bocanada de aire.
—¡Ah, capitán! —le respondí—. El que cambiara una bocanada de aire por aquello que pasa allá abajo, no saldría perdiendo, a buen seguro. Es una tempestad en regla, o yo soy un topo.
»Es como si dijéramos que se veía venir el viento como se ve venir el polvo en Montedrón. Afortunadamente se las había cara a cara con un hombre bien templado.
—¡Cada cual a su puesto! —gritó el capitán—. ¡Coged dos rizos a las gavias! ¡Largad las bolinas! ¡Brazas al aire! ¡Recoged las gavias! ¡Pasad los palanquines por las vergas!
—Poco era eso aún para aquellos sitios —dijo el inglés—. En su lugar yo habría cogido cuatro rizos, y me habría deshecho de la mesana.
Aquella voz firme, inesperada y sonora, estremeció a todo el mundo. El marino miró al que con tanto aplomo criticaba las maniobras de su capitán.
—Hicimos otra cosa, caballero —le contestó con algún respeto—. Cargamos la mesana y pusimos el timón al viento, para dejarnos llevar de la borrasca. Diez minutos más tarde, cargadas también las gavias, navegábamos a palo seco.
—Muy viejo era el buque para atreverse a tanto —dijo el inglés.
—Eso fue precisamente lo que nos perdió. Hacía ya doce horas que andábamos de aquí para allá dados a los demonios, cuando el barco empezó a hacer agua.
—Penelón, viejo mío —me dijo el capitán—, me parece que nos vamos a fondo. Dame el timón, y baja a la sentina.
—Dile el timón, bajé en efecto… ya había tres pies de agua… Vuelvo a subir gritando: ¡A las bombas! ¡A las bombas! —aunque era ya un poco tarde. Pusimos manos a la obra, pero cuanta más agua sacábamos más entraba.
»¡Ah! —dije al cabo de cuatro horas de trabajo—, puesto que nos vamos a fondo, dejémonos ir, que sólo una vez se muere.
—¿De ese modo das el ejemplo, maese Penelón? —me dijo el capitán—. Espera, espera un poco.
—Y se fue a su camarote a coger un par de pistolas y salió diciendo:
—Al primero que se aparte de la bomba le pego un tiro.
—Bien hecho —dijo el inglés.
—Nada hay que reanime tanto como las buenas razones —prosiguió el marinero—, sin contar que en este intervalo el tiempo se había ido aclarando y calmándose el aire. Sin embargo, el agua no cesaba de subir, poco, es verdad, unas dos pulgadas por hora, pero subía. Dos pulgadas por hora, ya veis, parece cosa despreciable, pues a las doce horas suman veinticuatro pulgadas, y veinticuatro pulgadas hacen dos pies. Dos pies, con tres que ya teníamos, sumaban cinco…, ¿eh? ¿Si podrá pasar por hidrópico un buque que tiene en el estómago cinco pies de agua?
—Vamos —dijo el capitán—, me parece que el señor Morrel no se quejará. Hemos hecho por salvar el barco cuanto estaba en nuestro poder. Pensemos ahora en salvar a los hombres. Muchachos, a la lancha, ¡pronto!
—Habéis de saber, mi amo —dijo Penelón—, nosotros queríamos mucho al Faraón, pero por mucho que el marinero quiera a su barco, quiere más a su pellejo. Conque no nos lo dijo dos veces. Y reparad que también el buque, lamentándose, parecía que nos dijese: «¡Idos pronto, pronto!». No se engañaba el pobre Faraón. Materialmente lo sentíamos hundirse bajo nuestros pies.
»En un instante echamos la chalupa al mar, y nosotros saltamos a ella.
»El capitán fue el último, o por mejor decir no lo fue, pues que no quería abandonar el navío. Yo, yo fui el que le cogí a brazo partido, y se lo eché a mis camaradas, saltando detrás de él. Ya era tiempo. No bien había yo saltado, cuando el puente se abrió con un ruido semejante al de las bordadas de un navío de a cuarenta y ocho.
»Diez minutos después se hundió por delante, luego por detrás, púsose a dar vueltas como un perro que quiere morderse la cola, y por último…, ¡adiós, mundo…! ¡Prrrrrrum…! ¡Adiós, Faraón!
»En cuanto a nosotros, estuvimos tres días sin comer ni beber…, como que ya hablábamos de echar suertes a ver a quién le tocaba servir de alimento a los otros, cuando vislumbramos a La Gironda. Le hicimos las señales consabidas, nos vio, se dirigió a nosotros y nos echó su chalupa y nos recogió. Este es el caso, señor Morrel, tal como ha pasado, a fe de marino, bajo la palabra de honor. ¿No es verdad, muchachos?
Un murmullo general de aprobación manifestó que el orador reunía todos los sufragios, así por lo verdadero del fondo, como por lo pintoresco de la forma.
—Bien, amigos míos —dijo el señor Morrel—, fuisteis valientes y muy bien me figuraba yo que no tendríais la culpa de esta desgracia, sino mi destino. Es voluntad de Dios y no culpa de los hombres. Decidme ahora, ¿cuánto se os debe de sueldo?
—¡Bah!, no hablemos de eso, señor Morrel.
—Al contrario, hablemos —repuso el naviero con una triste sonrisa.
—Pues bien se nos deben tres meses —añadió Penelón.
—Entregad doscientos francos a cada uno de esos valientes, Cocles. En otros tiempos, amigos míos —prosiguió Morrel—, hubiera yo añadido: Dad a cada uno doscientos francos de gratificación, pero estos tiempos son muy malos, amigos míos, y no me pertenece el poco dinero que me queda. Perdonad, y no por eso me queráis menos.
Penelón hizo un gesto de enternecimiento y volviéndose a sus compañeros, cambió con ellos algunas frases.
—En cuanto a eso, señor Morrel —añadió luego, trasladando al otro carrillo su mascada de tabaco, y arrojando a la antesala otro salivazo, que fue a hacer compañía al primero—, en cuanto a eso…
—¿A qué?
—Al dinero…
—Y bien, ¿qué?
—Que dicen los camaradas, señor Morrel, que por lo de ahora les bastan cincuenta francos a cada uno, que esperarán por lo demás.
—¡Gracias, amigos míos, gracias! —exclamó el naviero, conmovido hasta el fondo del alma—. ¡Qué gran corazón tenéis todos! Pero tomad los doscientos francos, tomadlos, y si encontráis un buen empleo, aceptadlo, porque estáis sin ocupación.
Esta última frase causó una impresión singular a aquellos dignos marineros, que se miraron unos a otros con aire de espanto. Falto de respiración el viejo, por poco se traga el tabaco, pero por fortuna acudió a tiempo con su mano a la garganta.
—¿Cómo, señor Morrel, nos despedís? —murmuró con voz ahogada—. ¿Estáis descontento de nosotros?
—No, hijos míos —contestó Morrel—, sino todo lo contrario. No os despido…, pero… ¿qué queréis?, ya no tengo barcos, ya no necesito marineros.
—¿Que no tenéis barcos? —dijo Penelón—. Pues construiréis otros…, esperaremos. Gracias a Dios, ya sabemos lo que es esperar.
—No tengo dinero para construir otros, Penelón —repuso Morrel con su melancólica sonrisa—; por lo tanto no puedo aceptar vuestra oferta, aunque me sea muy satisfactoria.
—Pues si no tenéis dinero, no debéis pagarnos. Haremos como el pobre Faraón, navegar a palo seco.
—Callad, callad, amigos míos —respondió Morrel con voz entrecortada por la emoción—. Os ruego que aceptéis ese dinero. Ya nos volveremos a ver en mejores circunstancias. Manuel, acompañadlos —añadió—, y haced que se cumplan mis deseos.
—¿Volveremos a vernos, señor Morrel? —dijo Penelón.
—Sí, amigos míos, por lo menos así lo espero. Id.
E hizo una señal a Cocles, que salió delante, seguido de los marineros y de Manuel.
—Ahora —dijo el armador a su mujer y a su hija—, dejadme solo un instante, que tengo que hablar con este caballero.
Y con la mirada indicaba al comisionista de la casa de Thomson y French, que durante la escena había permanecido inmóvil y de pie en un rincón, sin tomar otra parte en ella que las palabras que ya hemos dicho.
Las dos mujeres miraron al extranjero, de quien ya se habían olvidado completamente, y al retirarse la joven le dirigió una mirada de súplica, mirada a la que él contestó con una sonrisa que parecía imposible en aquel semblante de hielo.
Los dos hombres quedaron a solas.
—Ea, caballero —dijo Morrel dejándose caer de nuevo en su sillón—, ¡ya lo habéis visto! ¡Ya lo habéis oído! Nada tengo que añadir.
—Ya he visto, caballero —respondió el inglés—, que os viene otra desgracia, tan inmerecida como las anteriores. Esto me afirma más y más en mi propósito de seros útil.
—¡Oh, caballero! —murmuró Morrel.
—Veamos —prosiguió el comisionista—. Yo soy uno de vuestros principales acreedores, ¿no es cierto?
—Sois al menos el que posee créditos a plazo más corto.
—¿Deseáis una prórroga para pagarme?
—Una prórroga me podría salvar el honor, y por lo tanto la vida —repuso Morrel.
—¿De cuánto tiempo la queréis?
Morrel, vacilante, dijo:
—De dos meses.
—Os concedo tres —respondió el extranjero.
—¿Pero creéis que la casa de Thomson y French…?
—Eso corre de mi cuenta. Hoy estamos a 5 de junio.
—Sí.
—Renovadme entonces todo ese papel para el 5 de septiembre a las once de la mañana. A esa hora vendré a buscaros. (El reloj marcaba en aquel momento las once de la mañana.)
—Os esperaré, caballero —dijo Morrel—, y, o vos quedaréis pagado…, o muerto yo.
Renováronse los pagarés, rompiéronse los antiguos, y el desgraciado naviero tuvo por lo menos tres meses de respiro para allegar sus últimos recursos.
Acogió el inglés sus muestras de gratitud con la flema peculiar a los de su nación, y despidióse de Morrel, que le acompañó hasta la puerta, bendiciéndole.
En la escalera encontró a Julia, que hizo como si bajara, pero que en realidad estaba esperándole.
—¡Oh, caballero! —dijo juntando las manos.
—Señorita —respondió el inglés—, si en alguna ocasión recibís una carta… firmada por… por Simbad el Marino…, efectuad al pie de la letra lo que os encargue, aunque os parezca extraño mi consejo.
—Lo haré, caballero —respondió Julia.
—¿Me prometéis hacerlo?
—Os lo juro.
—Bien. Adiós, entonces, señorita. Proseguid como hasta ahora, siendo tan buena hija, que confío que Dios os recompensará dándoos a Manuel por marido.
Julia exhaló un grito imperceptible y púsose encarnada como una cereza, apoyándose en la pared para no caer.
El inglés prosiguió su camino, haciéndole un ademán de despedida.
En el patio halló a Penelón con un paquete de cien francos en cada mano, como dudando si debía llevárselos o no.
—Seguidme, amigo mío, tengo que hablaros —le dijo.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo


El conde de Montecristo (Le comte de Montecristo) es una novela de aventuras clásica de Alexandre Dumas (padre) y Auguste Maquet. Éste último no figuró en los títulos de la obra ya que Alexandre Dumas pagó una elevada suma de dinero para que así fuera. Maquet era un colaborador muy activo en las novelas de Dumas, llegando a escribir obras enteras, reescribiéndolas Dumas después. Se suele considerar como el mejor trabajo de Dumas, y a menudo se incluye en las listas de las mejores novelas de todos los tiempos.
Edmundo Dantés ha pasado veinte años encarcelado en el castillo de If. Allí conoce al padre Faria que le desvela la existencia de un tesoro oculto en la isla de Montecristo. Dantés huye de la prisión y encuentra el tesoro. A partir de ahora su objetivo es vengarse de las personas que lo encarcelaron. Tras un año en Oriente, regresa a Francia con una nueva identidad: el Conde de Montecristo.

—¿Y dentro de tres meses —exclamó Albert con alegría—, vendrá usted a llamar a mi puerta?

—Pues, ¿cuándo estará usted en París?
—Yo —dijo Albert—; ¡oh! ¡Dios mío! Dentro de quince días, o tres semanas a más tardar; el tiempo que tarde en llegar.
—Pues bien —dijo el conde—, le doy tres meses; ya ve que le doy un largo plazo.
—¿Y dentro de tres meses —exclamó Albert con alegría—, vendrá usted a llamar a mi puerta?
—¿Quiere usted fijar el día y la hora? —dijo el conde—. Le advierto que soy de una puntualidad desesperante.
—Día y hora —dijo Albert—; eso me va de maravilla.
—Pues bien, de acuerdo —tendió la mano señalando un calendario colgado cerca del espejo—. Hoy estamos a 21 de febrero, son las diez y media de la mañana —dijo, sacando el reloj—. ¿Querría usted esperarme el 21 de mayo próximo a las diez y media de la mañana?
—¡De maravilla! —dijo Albert—. El almuerzo estará listo.
—¿Y usted vive en…?
—Calle del Helder, número 27.
—¿Vive usted solo, no le molestaré?
—Vivo en el palacete de mi padre, pero en un pabellón al fondo del jardín, totalmente separado.
—Bien.
El conde cogió su bloc y escribió: calle del Helder, n.º 27, 21 de mayo, a las diez y media de la mañana.
—Y ahora —dijo el conde guardando el bloc en un bolsillo—, esté tranquilo, la aguja de su reloj no será más exacta que yo.
—¿Le veré antes de que me marche? —preguntó Albert.
—Eso depende; ¿cuándo se va usted?
—Mañana, a las cinco de la tarde.
—En ese caso, le digo adiós. Tengo un asunto en Nápoles y no estaré de vuelta hasta el sábado noche o el domingo por la mañana. Y usted —preguntó el conde a Franz—, ¿usted también se marcha, señor barón?
—Sí.
—¿A Francia?
—No, a Venecia. Me quedo aún un año o dos en Italia.
—¿Así que no nos veremos en París?
—Me temo que no tengamos ese honor.
—Entonces, señores, buen viaje —dijo el conde a los dos amigos dándoles una mano a cada uno.
Era la primera vez que Franz tocaba la mano de ese hombre; se sobresaltó, pues era una mano helada como la de un muerto.
—Por última vez —dijo Albert—, está decidido, bajo palabra de honor, ¿no es eso? Calle del Helder, número 27, el 21 de mayo a las diez y media de la mañana.
—El 21 de mayo a las diez y media de la mañana, calle del Helder, número 27 —repuso el conde.
Y tras esas palabras, los dos jóvenes saludaron al conde y salieron.
—¿Qué le pasa, Franz? —dijo Albert al volver a sus habitaciones—. Parece muy serio.
—Sí —dijo Franz—, se lo confieso, el conde es un hombre singular, y veo con inquietud esa cita que le ha dado en París.
—¡Esa cita… con inquietud! ¡Ah, vamos! ¿Pero, está usted loco, mi querido Franz? —exclamó Albert.
—¡Qué quiere usted! Loco o no, es así.
—Escuche —repuso Albert—, y me alegro que se presente la ocasión de decirle esto, pero siempre me ha parecido bastante frío con el conde, que, por su parte, por el contrario a mí siempre me ha parecido perfecto respecto a nosotros. ¿Tiene algo especial contra él?
—Quizá.
—¿Es que le había visto antes en otro sitio?
—Justamente.
—¿Y dónde fue eso?
—¿Me promete no decir ni una palabra de lo que voy a contarle?
—Lo prometo
—¿Palabra de honor?
—Palabra de honor.
—Está bien. Entonces escuche.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo


El conde de Montecristo, es, en principio, la historia de una venganza. Edmond Dantès es un joven marino que, en el día de su compromiso con la bella Mercedes, es víctima de un complot y encarcelado en el castillo de If, de donde no deberá salir jamás. Gracias al abate Faria, a quien conoce en la prisión, adquiere una educación y averigua la existencia de un maravilloso tesoro escondido en la isla de Montecristo. Fingiendo su muerte, logra escapar de la fortaleza y se enrola con unos piratas en busca de una fabulosa fortuna. Su siguiente objetivo, convertido ya en un rico y poderoso noble, será llevar a cabo la más despiadada venganza nunca imaginada.
Se trata de una sólida novela de aventuras, con una rica y compleja trama y multitud de personajes, a través de los que Dumas se adentra en las pasiones más profundas del ser humano, en su codicia y en sus ansias de poder, pero en la que también se habla de amor, lealtad y justicia.


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