Le había cegado el brillo de una sencilla recompensa

La noche del 8 al 9 de abril de 1863, un fuerte temporal azotó las playas andaluzas. En la playa de Conil apareció, a poca distancia, una goleta, casi desmantelada. La pareja de guardias formada por Atilio Campos y Francisco Villorín lograron aprestar una barquichuela y acudir en socorro de los náufragos. Fueron recompensados con una cruz sencilla de María Luisa. Un año más tarde, en una noche de tormenta, fue hallado muerto, ahogado, en la playa, el guardia Villorín. Estaba sin guerrera y descalzo y se supuso que se había lanzado en socorro de alguna persona. No era así. Era algo más. Se supo después que Villorín había tomado la costumbre de acudir a la playa en los días de marejada. Le había cegado el brillo de una sencilla recompensa, el honor de su sacrificio.

Cuerda de presos
Tomás Salvador, 1953

teniendo a sus pies un león manso, de que recibieron no poco susto los embajadores

Este Monarca residió casi siempre en Madrid; construyó nuevas torres en el Alcázar para custodia de sus tesoros; recibió en él a los embajadores del Papa, de Francia, de Aragón y de Navarra, y envió como tal, cerca del célebre conquistador de Oriente Timur Lenk (Tamorlan) al noble caballero madrileño Ruy González Clavijo, su camarero, quien a su regreso de Samarkanda escribió su curiosísima Relación de viaje, que anda impresa. Fundación de este monarca fue también el Real Sitio del Pardo, a dos leguas de Madrid, que casi vino a ser su corte. Falleció en Toledo, para donde había convocado las Cortes, en 25 de Diciembre de 1406, a la temprana edad de veinte y siete años, dejando a su hijo y sucesor D. Juan II, niño de catorce meses, bajo la tutela de su madre doña Catalina y de su tío el príncipe D. Fernando el de Antequera, que gobernó el reino durante doce años a nombre del Rey menor, con la bravura e hidalguía que le reconoce la Historia, hasta que en 1412 heredó y fue proclamado rey de Aragón. En 1418 falleció la Reina madre en Valladolid, y fue declarado mayor de edad el rey D. Juan II, verificando luego su casamiento con su prima doña María, hija del Infante de Antequera; trasladóse a Madrid en 20 de Octubre de 1418, y al año siguiente se abrieron las Cortes en el Alcázar Real, con inmensa concurrencia de príncipes y magnates.
En 1433 recibió a los embajadores de Francia, arzobispo y senescal de Tolosa, estando sentado en su trono Real y teniendo a sus pies un león manso, de que recibieron no poco susto los embajadores. El célebre valido y condestable D. Álvaro de Luna vivió en Madrid largo tiempo en la casa-palacio de Álvarez de Toledo (que hoy no existe), contigua a la parroquia de Santiago, en cuya casa le nació un hijo, con cuyo motivo hubo grandes fiestas en la villa, dispuestas por el Rey, padrino del recién nacido. Pocos años antes había muerto en ella el célebre D. Enrique de Villena, maestre de Calatrava, eminente literato y astrólogo, cuyos preciosos manuscritos fueron quemados, de orden del Rey, por Fr. Lope Barrientos, en los claustros de Santo Domingo, con sentimiento de los amantes de la ciencia; fue sepultado en el antiguo monasterio de San Francisco.
En tiempo de esto monarca hubo varios bandos sobre el gobierno de la villa, que tuvo gran dificultad en apaciguar. Al reinado de D. Juan el II corresponden también las dos grandes calamidades de las lluvias e inundaciones de 1434, que quedó señalado en Madrid por el año del diluvio, y la gran peste de 1438, y de él recibió Madrid una Real cédula de que en lo sucesivo no pudiera ser enajenado de la corona Real, así como también, por otro privilegio de 8 de Abril de 1447, la merced de poder celebrar dos ferias anuales, una por San Miguel y otra por San Mateo, en remuneración de las villas de Cubas y Griñón, que pertenecían a Madrid y que dio el Rey a un su criado llamado Luis de la Cerda.
Don Enrique IV, conocido en la historia por el desdichado apodo de el Impotente, sucedió a su padre D. Juan en 1454, y heredando la afección de aquél hacia la villa de Madrid, residió casi constantemente en ella, dándola, ya todo el carácter de corte de Castilla. En ella reunió en varias ocasiones las Cortes del Reino, recibió a los embajadores de los monarcas extranjeros, y al legado del Papa, que le trajo el estoque y el sombrero bendecido, según costumbre en la noche de Navidad; celebró con grandes funciones sus segundas bodas con la princesa D.ª Juana de Portugal, y festejó a los enviados del Duque de Bretaña con incomparables fiestas en Madrid y en el Real sitio del Pardo, cuyo relato asombra todavía, y que terminaron por el célebre Paso honroso, sostenido en el Camino de aquel real sitio por D. Beltrán de la Cueva, privado del Rey. Este, en memoria de aquella suntuosa fiesta, fundó en el mismo punto el monasterio de San Jerónimo del Paso, que después trasladaron los Reyes Católicos a lo alto del Prado.

El antiguo Madrid. Paseos histórico-anecdóticos por las calles y casas de esta villa
Ramón de Mesonero Romanos, 1861

además de eso no hay aquí negros, ni indios, ni sucios

7 de abril

Palabras oídas en Buenos Aires a Fernando Vizcaíno Casas, escritor de mucha venta y popular consideración en España, Dios le bendiga: «Buenos Aires está muy bien, parece Barcelona o Madrid, y además de eso no hay aquí negros, ni indios, ni sucios». Con esto se demuestra que un escritor no tiene que ser, forzosamente, un ser humano. También declaró esta persona importante y ya mayor que venía con la esperanza de ser diana del asedio sexual de las «muchachas porteñas», pero esta presunción siempre se puede perdonar: la esclerosis mental no escoge profesiones ni edades, un imbécil es un imbécil, incluso cuando escribe libros.

Cuadernos de Lanzarote I
José Saramago, 1994

Pasa el tiempo y con más arrugas y menos dientes mastican en silencio los criados

EL HUEVO DEL BASILISCO

1
Pasa el tiempo y con más arrugas y menos dientes mastican en silencio los criados bajo los altos techos de las cocinas del castillo Gottorp. Hunden los pies en el humo de un barreño y, en sus pláticas, más gruñidas que habladas, los matices del color blanco se nombran de cinco modos. El mismo blanco que sólo es monotonía para Martino da Vila, quien observa, dibuja, y luego muestra un retrato idealizado a las cocineras que baten manteca y despluman perdices. Así gana una ración de estofado y la noticia inédita, importante: ayer, un hojalatero se cayó por el puente que lleva al castillo.
Van a cumplirse cuatro años desde la noche en que azotaran al señor de Welldone en los parterres de Louisenlund. Desde aquella infame jornada, no se ha reclamado a Martín en los salones; nadie muestra interés por sus dotes más allá del celo en sus labores de preceptor. Esa circunstancia, para un carácter que a veces se cree honorable, y otras se sabe resignado, ha sido, al fin, más alivio que inconveniente. Y cuando se ha puesto a desmigar en algún rato perdido la amargura que le ocasiona el olvido de los señores y la falta de oportunidades, esa acidia de las ideas se vuelve compasión por uno mismo. Así ha ido velando lápices como si fuesen espadas, frascos de tinta como cotas de malla, el grabado amarillento y manchado de humedad del Campo Vaccino como escudo transfigurado de la muy antigua y muy ilustre casa de los Viloalle.
En aquella cocina, hace sus tres comidas y mata las horas el profesor Da Vila; oye voces nuevas en aquel oscuro alemán y, al comprenderlas, asimila la satisfacción de aquellos servidores de tez rubicunda y rudo aliento, minúsculos cortesanos, según se consideran, cuyos padres o abuelos huyeron de la atónita mirada del mulo y del arado partido en suelo rocoso. Algunas noches, en combate fatiga y curiosidad, desde el ujier hasta el mamporrero imitan las veladas en el salón de la princesa Luisa con el orgullo de quien ha observado mucho a los señores, sabe cómo se mueven, casi adivina qué piensan, y la menor sonrisa de esos señores basta para iluminarles el día. Martín de Viloalle lee en voz alta la gaceta de Brunswick, o les traduce la más jugosa de Leyden, cuyos números atrasados le consigue Dieter, un secretario del canciller. Por orden de antigüedad en el servicio, mozos de cuadra y jardineros, costureras y lavanderas, el profesor de música y el adiestrador de caballos, se acomodan en torno a las mesas. Domésticos efluvios de grasa y jabón impregnan y espesan cacerolas y camisas.
Durante años resonó la voz de Martín en esa cocina y todos supieron de la subida al cielo de una gallina, de un gato y de un cordero; el modo inédito en que esos pobres animales sobrevolaron los empolvados peluquines de la corte de Versalles en un artefacto con forma de globo que idearon los señores Joseph y Étienne de Montgolfier. Eso fue en el ochenta y tres. Y durante los años siguientes, la voz de Martín agradó veladas del servicio con noticias sobre la independencia de las colonias inglesas en América y la formación de sus nuevas y raras instituciones; explicó el divertido, pero, ay, imposible argumento de La folle journée où le mariage de Figaro, la comedia francesa de Beaumarchais que a nadie deja indiferente. Constató las habladurías acerca de la sofocada revuelta del campesino noruego Lofthuus contra nada menos que el rey de Dinamarca, el rey de todos ellos y, sin más comentario, leyó la sentencia a Lofthuus: cincuenta latigazos y el vitalicio encierro en la fortaleza de Akershus. Se humedeció el dedo, pasó página, hizo oídos sordos a un murmullo que en realidad no se produjo.
Hoy por hoy, los asiduos a la cocina están poco inclinados al relato de convulsiones labriegas cuando alcanza su cénit de emoción el llamado asunto del collar que aún bulle en la corte francesa, en París, en toda Europa. Con cada nueva entrega de ese escándalo formidable, las bocas se abren, la fantasía se desborda, las cucharillas suspenden el agitar de infusiones. Y lee o traduce Martín, y leyendo, a veces se entrecorta y no da crédito. Se queda pensativo y le sobresalta lo pensado. El impaciente carraspeo de su audiencia hace que vuelva a este mundo, a esas cocinas.
El asunto del collar es sólo un caso ridículo de estafa cuyas consecuencias se han multiplicado por verificar de mal modo rumores que se fundan en el hastío, el rencor, el modo en que llenan sus páginas libelos y gacetas y, eso hay que callarlo, en lo mucho que ofende el sentido común los desparpajos de una corte derrochadora. Sin embargo, nadie provoca los hechos para que obtengan esa consecuencia hiperbólica. Esta sólo ocurre si, a posteriori, muchos sacan provecho, queja y agitación del absurdo.
Así va.
Mediante una serie de ardides de lo más teatral, una puta con ínfulas, madame de la Motte, engañó doblemente a unos joyeros y a un noble eclesiástico de rimbombantes títulos, el cardenal de Rohan, que anhelaba reconciliarse con María Antonieta obsequiándole con un collar valiosísimo en el cual la reina se había fijado, pero no podía, ni debía, ni al parecer quiso nunca, adquirir. Madame de la Motte y sus secuaces se quedaron con las joyas y el dinero. Hubo equívocos y denuncias a la reina. El rey se enfadó, temió conjuras, hizo prender al cardenal de Rohan. Los estafadores también cayeron. El juicio está siendo de aúpa.
El perfil de Rohan, arzobispo de Estrasburgo, comendador de la Orden del Espíritu Santo y Gran Limosnero de Francia, un ejemplo de la diabólica jerarquía católica, es tan enorme como el de los demás caracteres de la farsa: putas que se fingen señoras; libertinos con falsos títulos; joyeros con atributos de personajes de commedia dell’arte; y el rey Luis, equivocándose siempre y en todo. Sobre ellos, en grado a la polémica que causan, la reina María Antonieta —víctima unas veces de la calumnia, alegoría otras de las desgracias de la frivolidad— y ese esotérico visionario, el conde Cagliostro. Este último, llamado el Gran Copto, tuvo en esa trama un papel muy secundario. Sin embargo, es un personaje tan espléndido que desde los magistrados hasta los libelistas se las ingenian para atribuirle culminantes escenas, grandes momentos.
Para mayor amenidad y complemento a la lectura, recogido sobre sí y con la carpeta de dibujo en las piernas, Martín traslada al papel los rasgos fisonómicos de los personajes sobre quienes ha leído. Y enseguida va de mano en mano la ilustración de madame de la Motte, la sensual estafadora, y algún criado silba un aire de concupiscencia. Y estalla la risa ante la visión del cardenal de Rohan, postrado de hinojos en el bosquecillo de Venus de los jardines de Versalles, comiendo una rosa ante la falsa reina, un simulacro que los embaucadores, con la mayor licencia, tomaron de la obra de Beaumarchais recién estrenada, y así la vida de la estafa, que es la propia vida, imita al arte.
El signore Da Vila hace un croquis del collar y, si la descripción de la gaceta de Leyden no exagera, el famoso collar es horrendo, pesado como un yugo y muy capaz de desnucar a la dama que ose lucirlo. La escena de turbamulta frente al Palacio de Justicia, cuando el de Rohan llega a declarar en su carroza, levanta cejas incrédulas: es imposible, se proclama en las cocinas, que pueda agolparse tanta gente y tan airada y decir esas cosas a gritos: ocurre en Schleswig desacato de tal medida y no hay árboles para colgar a la chusma.
También dibuja Martín al conde Cagliostro, el supuesto maquinador en la sombra —aunque nadie haya encontrado una prueba que le inculpe—, y a la condesa, su mujer, con fama de poco casta. Antes de trazar la primera línea, ya sabe que no es la primera vez que les dibuja. En el pasado, y de modo fugaz, el llamado Gran Copto y esa tal Serafina, cuyos encantos ayudan al marido a ganar influencias por medio del chantage, ya formaron parte de su biografía. El tal Cagliostro es el obeso oportunista siciliano con verrugas a quien Welldone ofreciera una lección sobre auténtica oportunidad en una logia de Brandenburgo; y la tal condesa Cagliostro, la hermosa rubia de la feria de Hannover. Martín de Viloalle los había dibujado y ahora los volvía a dibujar. Él sabía de su existencia verdadera; que la «mirada penetrante que seduce, hipnotiza y esclaviza», según las gacetas, era la de alguien adiestrado en la amargura y en los desdenes del camino, un emblema de mal augurio cada huella en el húmedo y pulverizado aserrín de las posadas.
Si el señor de Welldone llegase a conocer qué prodigiosas alturas de influencia —o de escándalo, gracia no menor— ha logrado aquel gañán siciliano que se hace llamar conde Cagliostro, quizá siguiera las agitadas sesiones del parlamento francés con mayor entusiasmo aún que la servidumbre. Como si lo tuviese delante, Martín ve a Welldone hojear la gaceta, y oye aplicar la pródiga sarta de insultos, no tanto a Cagliostro, sino a esos libelistas, magistrados y vulgo que han hecho de él una sombra hechicera, el reverso de un héroe.
Pero tales palabras jamás serán dichas.
Como otras veces, un día de abril de 1784, hace ya dos años, el secretario Dieter le prestó a Martín la Gaceta de Brunswick. Sin aviso que dispusiera su ánimo, Martín leyó una noticia que el mismo Dieter había rodeado con tinta roja:
El gran químico Pierre Joseph Macquer murió en París el mes pasado, así como el famoso viajero charlatán conde de Saint-Germain.
Al margen, como es hábito, una apostilla en caligrafía minuciosa, de un hombre ilustrado, Dieter: «¡Vivimos tiempos de luz!».
Fue leer la noticia y el comentario y sentirse sacudido. Aún no sabe Martín de dónde vino el impulso, pero como si fuese un Viloalle de verdad, un Viloalle cualquiera, el espeluzne se resolvió en indignación. Martín recorrió las galerías a buen paso y exigió satisfacciones a Dieter sobre lo que consideraba maliciosa burla. Cuando el secretario oyó aquel tono de retadora frialdad, tan lejana a la reserva habitual del dibujante, no tuvo una palabra de amonestación, que hubiera sido legítima, mucho mejor situado como se halla en la jerarquía de la corte. Cuando el de Viloalle recuperó la cordura, vio la turbación extrema de Dieter: ignoraba que el llamado conde de Saint-Germain fuese Welldone, y la amistad que unía al viejo con Da Vila. Pocos recordaban que Welldone y el italiano habían llegado juntos a esa tierra.
Al poco, Dieter encontró más disculpas de las exigidas para aliviar lo que en Martín parecía duelo y era desazón. Así, una tarde, el secretario entró en el gabinete de dibujo. Entre las manos llevaba una gaceta que, con las hojas abiertas y oscilantes, parecía una garza real. Tras el saludo de rigor a Friedrich y a Christian, Dieter dejó el periódico sobre una repisa y con aire de triunfo señaló:

El conde de Saint-Germain, cuya muerte fue mencionada en estas páginas el seis de abril, no merece los adjetivos que contra él se emplearon en su momento. Poseía atributos extraordinarios que sólo vemos en los señalados por la Gloria. Personas sobre cuyo juicio no cabe sospecha certifican que era hombre de profundidad en materia de conocimientos de Naturaleza y que empleó cuanto sabía para el bien de los hombres. Grandes príncipes, llenos de discernimiento, le otorgaron benevolencia y protección.
Leído el breve elogio, Martín agradeció la cortesía de Dieter con más cortesía, y así pasaron media hora, en abundante surtido de reverencias para júbilo de los infantes. Martín estaba seguro de que el mismo secretario había redactado esas líneas obedeciendo órdenes, y desde luego, la presteza no tenía como objeto aliviar la ofensa a un dibujante; así que Martín indagó las causas verdaderas de tanto azoro.
Cuando el rey Cristián de Dinamarca —o su regente, porque el buen Cristián delira de continuo— nombró a Carlos de Hesse-Kassel jefe de los ejércitos de Noruega, se apaciguaron de una vez las ambiciones del príncipe, nunca demasiado firmes, pero animadas durante algún tiempo por los fuegos de la juventud; la misma inquieta ambición que Welldone intuyó sólo verle. El poco luto por la reciente muerte de Federico II ha sido ejemplo de esa desilusión por los faros del poder. Carlos fue, es y será príncipe de Schleswig-Holstein; Schleswig-Holstein, un principado danés, y el rey de Dinamarca se subirá a los árboles, se creerá una mona, o lo que su demencia tenga menester, y una nueva generación surgirá para alimentarse de la carroña aún palpitante de sus mayores.
Quizá la misma debilidad de los años ha ido alejando el interés del príncipe por la filosofía à la mode, cuya mezquindad se empeña en medir y clasificarlo todo con la misma minucia que el canciller Koeppern lleva los vulgares asuntos de gobierno. Por ese motivo, el interés de Carlos se concentra en el llamado Saber Esotérico. Desde hace años, el príncipe pasa las jornadas entre cartas astrológicas, enseñas mágicas y gruesos volúmenes que le envían desde Praga.
Se dice también que, animado por el duque de Brunswick, el príncipe acudió, hace ahora cuatro veranos, a una reunión de maestros masones en el convento de Wilhembad, y le interesó mucho lo que allí se dijo y quiso consolidarse. En primer lugar, la historia secreta de un saber tan antiguo como el hombre; en segundo, la necesidad de que ese Saber y ese Misterio no se pierdan, y si se han perdido, se recuperen; y en tercer lugar, cuánto misterio encierra, al cabo, el tan traído y llevado Misterio. La sorpresa mayúscula se la llevaron Carlos y el de Brunswick al enterarse durante las asambleas de cuál era la mayor ausencia entre aquellos iniciados; quién el hombre en cuyo poder se hallaba el manantial de conocimientos sobre lo allí debatido. Y Carlos y el de Brunswick supieron de esa lamentable ausencia por boca de personajes que, como bóvedas vivientes, hacen resonar en cada frase los ecos de la gravedad, la hondura y el aplomo. Eran doctores franceses y ginebrinos, nobles de altura y buenos burgueses de Weimar, Leipzig, Danzig, Breslau, Königsberg, Görlitz, Dresde, Magdeburgo, Mecklemburgo, Rastemburgo, Augeburgo, Kreisburgo, Brandenburgo y hasta cortesanos de Sans-Souci quienes, entre suspiros, añoraban al Gran Venerable. Si la misión era detallar el verdadero carácter de la orden, si se necesitaba elegir sabios de la Antigüedad con cuya doctrina medirse, si había que acordar grados de jerarquía en cada obediencia y unificar obediencias diversas, si se requería un prócer que canalizase los misterios, lo alto y lo bajo, lo esotérico y lo mundano, el conocimiento de las élites, de las universidades y del nuevo pensamiento que abría puertas a la Humanidad, si cabía establecer una división tajante entre lo arcano y lo ilustrado, y si era fundamental que alguien evitara lo que podría pasar en aquellas reuniones, y sin duda pasó, que cada cual se fue por su lado con un sentimiento algo menos fraternal que a la llegada, sólo quien se hizo llamar Gran Venerable poseía dominio suficiente de la materia y, sobre todo, autoridad única para alcanzar conclusiones duraderas. Sin embargo, para la general desilusión, el rumor más extendido durante aquellas jornadas del verano del ochenta y dos era que el conde de Saint-Germain —el gran filósofo, no el militar— había partido en busca de nuevos conocimientos a las montañas entre la India y la China, lugares donde monjes de túnica grana soplan trompetas de media legua. ¿Qué podían hacer? Discutir, disentir, lamentarse…
Fue mucho el pasmo de Carlos y el de Brunswick. No dijeron esta boca es mía respecto al paradero del ausente. Callaron y siguieron atentos los debates y cualquier información sobre Welldone. Para su vergüenza, iba a ser cierta la tan cacareada sabiduría de aquella momia con pasta retorcida y verdosa en el relleno del cráneo. El mismo pingajo a quien, según se enteraron de regreso, una familia de Eckenfiorde había acogido por caridad.
Desde entonces, como si el mismo Caifás descendiese a Cristo de la cruz para insuflarle vida, el príncipe viajaba cada tanto a Eckenfiorde para escuchar, para debatir, para anotar cada una de las palabras del readmitido cortesano. Nunca lo trajo a Gottorp: era diáfano que, por muy sabio que fuera —o quizá por ello, ahora que su renovado prestigio le consentía ser Diógenes o más—, al viejo le dominaba el gusto de manifestar opiniones del modo más inconveniente.
Pese a la limpieza del prestigio de Welldone, o quizá por ello, Martín no tuvo más noticia suya y ahora entendía la razón. Desde la noche de los latigazos, y después, había solicitado varias veces permiso al reverendo Mann para visitarle y este se lo había negado. Martín deduce que, al principio, el reverendo quería desligarle de la figura caída en desgracia —y lo había conseguido—. Después de la rehabilitación, Mann impedía que, por medio de Martín, se hiciera simpático en la corte el nuevo y quizá envidiado consejero del príncipe.
—Que dos más dos sumen cuatro, alteza, resulta exacto y hasta necesario, yo diría; pero que sumen cinco fascina, entretiene y consuela. Voltaire era un merluzo. De los muertos, alteza, sólo la verdad.
Con todo, el de Viloalle se alegró de que los últimos días del viejo transcurrieran de ese modo. Porque lo único que alivia su conciencia es la seguridad de que Welldone encontró en sus últimos años un ápice de la calma necesaria; porque una voz trémula susurra que la calma última del viejo será la propia calma cuando llegue su hora.

Francisco Casavella
Lo que sé de los vampiros
Premio Nadal 2008

y del zarapito que bajó de las nubes el año de la nieve

5 abril

Estuve con Melecio en lo de Muro a ver parcelas. Al llegar, el hombre se puso de recordatorios, y que hay que ver lo que habíamos furtiveado allí los dos, treinta años atrás. Que todavía se recordaba de la perdiz aquella que tropezó con el cable del tendido y se quebró un ala, y del zarapito que bajó de las nubes el año de la nieve. ¡La madre que le echó! Este Melecio tiene una memoria de elefante.
La parcelilla, con media docena de pinos y cuatro carrascas, se deja ver. Y andábamos así, mirándola, cuando me entró el apuro, tomé el portante y, sin encomendarme a Dios ni al diablo, me llegué a las oficinas, firmé unas letras, aflojé el bolso, y a otra cosa, mariposa. Ya soy propietario. Me quedé más ancho que largo pero Melecio, que es hombre cabal, se hacía de cruces y que compraba parcelas como quien compra cacahuetes. Traté de animarle para que se quedara con la vecina pero, lo que él dijo, para venir ¿con quién? Con la flauta, le dije entonces, por decir algo; aquí sonaría de maravilla. Pero él que la flauta era animal de interiores, que se acatarraba con el sereno. Me dejó parado como siempre que sale con esas peteneras.

Diario de un jubilado por Miguel Delibes

Winston dejó de escribir, en parte porque le había dado un calambre

De pronto empezó a escribir como llevado por el pánico, solo consciente en parte de lo que hacía. Con su caligrafía pequeña, pero infantil, fue trazando líneas torcidas en la página y acabó desprendiéndose al principio de las letras mayúsculas y por fin de los puntos y aparte.
4 de abril de 1984. Anoche fui al cine. Todo películas bélicas. Una muy buena de un barco abarrotado de refugiados que bombardean en mitad del Mediterráneo. El público se lo pasó en grande con los planos de un hombre muy gordo que intentaba huir a nado del helicóptero que le perseguía, primero se le veía chapoteando en el agua como una marsopa, luego aparecía a través de la mira de las ametralladoras del helicóptero, después lo llenaban de agujeros, el agua se volvía de color rosa y se hundía como si los agujeros hubiesen dejado entrar el agua, la gente se moría de risa al ver cómo se hundía, luego había un bote salvavidas lleno de niños que sobrevolaba un helicóptero, había una mujer de mediana edad que tal vez fuese judía sentada a popa con un crío de unos tres años en brazos, el bebé lloraba de miedo y ocultaba la cabeza entre sus pechos tratando de protegerse, la mujer lo abrazaba y lo consolaba aunque ella también estaba aterrorizaba y procuraba taparlo como si creyera que sus brazos podían detener las balas, luego el helicóptero, soltaba una bomba de veinte kilos con un terrible resplandor y el bote se encendía como una caja de cerillas, después había un plano genial del brazo de un niño volando por los aires, yo creo que debieron de rodarlo desde un helicóptero, y hubo muchos aplausos en los asientos del partido aunque una mujer de la parte de los proles organizó un escándalo y se puso a gritar que no deberían proyectar esas cosas delante de los niños, que no estaba bien delante de los niños, hasta que la policía la sacó; no creo que le ocurriera nada porque a nadie le importa lo que digan los proles, es una típica reacción prole y nunca…
Winston dejó de escribir, en parte porque le había dado un calambre. Ignoraba a santo de qué había escrito todas esas incongruencias. Pero lo raro era que mientras lo hacía había acudido claramente a su memoria un recuerdo totalmente distinto, hasta el punto de que se vio capaz de escribirlo. Era, comprendió de pronto, ese otro incidente el que le había decidido a volver a casa y empezar el diario.

George Orwell en 1984


No hablemos más de esto, que es hora de dejarlo. Ya no fumo:


Estoy fumando el último cigarrillo como premio a haber estado sin fumar hasta ahora. Hoy hace cuatro meses, nos despertamos en Gorizia, con dos «efes», una de felicidad y la otra de fumar. El segundo no me ha abandonado hasta ahora, la primera ha ido aumentando. El segundo está ahí por mi intervención, la primera, gracias a la tuya. De modo que ¡somos iguales!
Último cigarrillo, 16. III ’97, 4 h. p.m.
Mi adorable esposa,
Me entristece y alegra tu tristeza y no siento la necesidad de explicarte ni una cosa ni otra. No creas que estoy mejor que tú. Por el momento, fumo como una bestia. ¡Ah!, ¿pretendías que estuviera sin humo estando sin Livia? Confiesa que con ello tenías la intención de atentar contra mi vida y quedarte viuda…
Ettore
Trieste, 23. III ’97, 6 h. p.m.
El último cataplasma que envío a mi Livia en relativo al humo. No hablemos más de esto, que es hora de dejarlo. Ya no fumo:
I. Por la conocidísima promesa que hice y que hasta ahora no he mantenido.
II. Para ser aún alguien o algo sano y fuerte.
III. Para poder criticar a aquellos de mis semejantes que no sean tan fuertes como yo.
IV. Para poder conservar el placer del humo cuando todos los demás vicios me sean prohibidos.
V. Para no acostumbrar a mi hijo al humo ya desde su nacimiento.
Ettore Schmitz
Manifiesto provisional
(lo romperemos cuando Livia haya hecho copia de él)
Ettore Schmitz
por última vez promete
que no volverá a fumar
3 de abril
11 h. a.m. 1897
Esta fecha de números impares
será quizás más útil
que las otras fechas redondas
buscadas, establecidas, razonadas
14. V ’97 10 h. a.m.
La cabeza me daba vueltas, me sentía trastornado, la vida me parecía tan gris que no conseguía evocar tu cara blanca, no me gustaban ni mi novela, ni el recuerdo de anoche; mascaba tabaco de forma exagerada por Veruda, por las diecisiete colas que tu padre me comió, por la forma en que tu madre me dio ciertas instrucciones, porque Schreiber hace que me retrase y porque el tiempo no mejora… y fumé el último…
El mundo se aclaró y pude encontrar un título para mi novela:
El carnaval de Emilio

Ettore Schmitz
llamado también Italo Svevo
Trieste, 18. VI ’97

Italo Svevo en Del placer y del vicio de fumar
Cartas a la esposa

Cartas: LA MISMA A LA MISMA. 2 de abril.

XVII
LA MISMA A LA MISMA
2 de abril.
Ayer hacía un tiempo magnífico y me vestí como una joven amada que desea agradar. Mi padre, al pedírselo, me ha dado dos caballos grises y una calesa de última moda, lo más elegante que puede verse en París. Yo era como una flor bajo una sombrilla forrada de seda blanca. Al subir por la avenida de los Campos Elíseos he visto venir hacia mí a mi Abencerraje montado en un caballo de la más admirable belleza: los hombres, que ahora son casi todos unos perfectos chalanes, se detenían para contemplarle.
Me ha saludado y yo le he hecho una seña amistosa para animarle; ha moderado el paso de su caballo, y he podido decirle:
—No os habrá parecido mal, señor barón, que os haya pedido la carta, puesto que ya no es útil… Habéis sobrepasado ese programa…
Y he añadido en voz baja:
—Poseéis un caballo que os distingue sobremanera.
—Me lo ha enviado mi intendente de Cerdeña, pues este caballo de raza árabe ha nacido entre mis matorrales.
Esta mañana, querida, Henárez montaba un caballo alazán inglés, muy bello también, pero que ya no llamaba la atención: la punta de ironía que había puesto yo en mis palabras había sido suficiente. Me ha saludado y yo le he respondido con una ligera inclinación de la cabeza. El duque de Angulema ha hecho comprar el caballo de Macumer. Mi esclavo había comprendido que se salía de los límites de la sencillez al llamar la atención de los ociosos en la calle. Un hombre debe hacerse notar por sí mismo y no por su caballo o por otras cosas. Tener un caballo demasiado bello me parece tan ridículo como llevar un gran diamante en la camisa. Me he sentido encantada al poderle pillar en una falta, pero quizás en su gesto había algo de amor propio, permitido a un pobre proscrito. Estas puerilidades me agradan. ¡Oh vieja razonadora! ¿gozas tanto tú con mis amores como sufro yo con tu sombría filosofía? Mi querida Felipe II con faldas, ¿te paseas a gusto en mi calesa? ¿Ves esa mirada aterciopelada, humilde y llena, orgullosa de su servidumbre, que me lanza al pasar el hombre verdaderamente grande que lleva mi librea y que luce siempre en el ojal una camelia roja, mientras yo llevo siempre una camelia blanca en la mano? ¡Qué claridad proyecta el amor! ¡Cuánto comprendo ahora a París! Todo en esta ciudad me parece inteligente. Sí, el amor es aquí más bello, más grande, más seductor que en ninguna otra parte. Decididamente he reconocido que jamás podría yo atormentar, inquietar a un necio ni ejercer el menor imperio sobre él. Sólo existen los hombres superiores para comprendernos bien y para que podamos actuar sobre ellos. Pobre amiga mía, perdón, olvidaba a nuestro l’Estorade; ¿no me has dicho que pensabas hacer de él un genio? Adivino por qué lo mimas: para llegar un día a ser comprendida. Adiós, estoy un poco loca y no quiero continuar.
Memorias de dos jóvenes esposas de Honoré de Balzac en La Comedia Humana

nací el primero de abril de 1795 en Schnabelewops


DE LAS MEMORIAS DEL SEÑOR DE SCHNABELEWOPSKICapítulo I
Mi padre se llamaba Schnabelewopski, mi madre se llamaba Schnabelewopska; como hijo legítimo de su matrimonio, yo nací el primero de abril de 1795 en Schnabelewops. Mi tía abuela, la vieja señora de Pipitzka, cuidó mi primera infancia y me narraba muchas consejas hermosas y, a menudo, me arrullaba con una canción cuya letra y cuya melodía se han escapado de mi memoria. Nunca olvidaré, sin embargo, el modo misterioso con el que meneaba su cabeza temblosa mientras la cantaba, ni la nostalgia con la que entonces asomaba su único gran diente, ermitaño de su boca. De cuando en cuando me acuerdo también del papagayo cuya muerte ella había llorado a lágrima tan viva. Ahora, la anciana tía abuela ha muerto también, y tal vez sea yo el único ser en todo el vasto mundo que aún sigue pensando en su querido papagayo. Nuestra gata se llamaba Mimi y nuestro perro se llamaba Joli. Éste tenía un buen olfato para las personas y esquivaba encontrarse conmigo cada vez que me veía asir el látigo. Una mañana dijo nuestro criado que el perro estaba con el rabo entre las piernas y que la lengua colgaba más que de costumbre, y el pobre Joli fue lanzado al agua, junto con algunas piedras que se le habían atado al cuello. Así fue como se ahogó. Nuestro criado se llamaba Prrschtzztwitsch. Hace falta estornudar si se quiere pronunciar correctamente este nombre. Nuestra criada se llamaba Swurtszka, que en alemán suena algo áspero, pero, en polaco, sumamente melodioso. Era una mujer entrada en carnes y rechoncha, de cabellos blancos y dientes rubios. Además correteaban por casa dos hermosos ojos negros que tenían por nombre Seraphine. Era mi graciosa y queridísima primita, y juntos jugábamos en el jardín, espiando el ajetreo de las hormigas, cazando mariposas y plantando flores. Un día mi prima se rió como una loca cuando metí en tierra mis menudos calcetincitos, convencido de que brotarían de ellos un buen par de pantalones para mi padre.
Mi padre era el alma más benévola del mundo y durante largo tiempo fue un hombre muy gallardo: la testa empolvada, por detrás una coletilla garbosamente trenzada, que no caía, sino que se hallaba sujeta a la coronilla mediante una peineta de concha de tortuga. Sus manos eran de una blancura deslumbrante y yo las besaba a menudo. Siento como si aún aspirara su dulce perfume y como si éste penetrara, pujante, en mis ojos. He querido mucho a mi padre, pues nunca pensé que pudiera fallecer.
DE LAS MEMORIAS DEL SEÑOR DE SCHNABELEWOPSKI por Heinrich Heine

31 de marzo (no sé si la confianza que ya nos une me permite expresarle sin reservas mis sentimientos, pero debo decirle que es usted un necio.)


El «Ercole»
De los diarios del 30 y 31 de marzo y 1 de abril de 1897
Al Narrador le molesta un poco tener que registrar este canto sinalagmático entre Simonini y su abate fisgón, pero parece ser que justo el 30 de marzo, Simonini reconstruye de forma incompleta los últimos acontecimientos en Sicilia, y su texto se complica con muchos renglones borrados de forma impenetrable, otros tachados con una X, aún legibles, e inquietantes de leer. El 31 de marzo se introduce en el diario el abate Dalla Piccola, como para desbloquear puertas herméticamente cerradas de la memoria de Simonini, revelándole lo que Simonini se niega en redondo a recordar. El 1 de abril, Simonini, tras una noche inquieta en la que recuerda haber tenido conatos de vómito, vuelve a intervenir, irritado, como para corregir las que considera exageraciones, indignaciones moralistas del abate.
En definitiva, el Narrador, no sabiendo a quién darle la razón, se permite relatar aquellos acontecimientos tal como considera que hay que reconstruirlos, y naturalmente se asume la responsabilidad de su reconstrucción.
Nada más llegar a Turín, Simonini hizo llegar su informe al cavalier Bianco y al cabo de un día le llegó el recado que lo volvía a convocar a una hora tardía en el lugar desde el cual la carroza lo conduciría a ese mismo saloncito de la vez pasada, donde lo esperaban Bianco, Riccardi y Negri di Saint Front.
—Abogado Simonini —empezó Bianco—, no sé si la confianza que ya nos une me permite expresarle sin reservas mis sentimientos, pero debo decirle que es usted un necio.
El cementerio de Praga de Umberto Eco


30 de marzo (fue expulsado de su cargo en 1801 como infiel o fautor de herejes)

El gran inquisidor Abad cayó en 1794 por presiones de otros altos dignatarios de la Iglesia, hostiles a su punto de vista, y fue recluido en un monasterio castellano. Le sucedió un prelado más afín a las ideas de la Roma de entonces: el erudito arzobispo de Toledo Lorenzana. Pero la época era difícil para que nadie triunfara del todo: ni los llamados jansenistas, de tendencia regalista, ni los ultramontanos. Pudieron los «ortodoxos» luego, a posteriori (en tiempos de Fernando VII e Isabel II), hablar de ataques contra el «clero» durante ella. La realidad es que del mismo clero partían muchas sugerencias e ideas contrarias al viejo espíritu del Santo Oficio. Durante el corto ministerio de Jovellanos, el mismo funcionario al que había encomendado Abad La Sierra la tarea revisionista, fue encargado de nuevo de recoger documentos que justifican no ya la reforma, sino incluso la abolición del Santo Oficio. Era este funcionario el célebre don Juan Antonio Llorente, nacido el 30 de marzo de 1756 en el pueblo riojano de Rincón de Soto. Desde 1782, poco más o menos, este sacerdote había abandonado las referidas ideas «ultramontanas», y su punto de vista en asuntos eclesiásticos era el de otros muchos españoles letrados de su época, y de antes, que en lo que a la Inquisición se refiere, por lo menos, no pudieron opinar con la autoridad que él tuvo y con el conocimiento que le dieron sus exploraciones internas. Llorente fue, en principio, un clérigo regalista más y contrario a las pretensiones de Roma. Pero no era lo mismo oponerse a Roma en la época de Carlos III o Carlos I que enfrentarse con la curia en tiempos de Felipe II y aun de Felipe IV; como no es lo mismo sentar principios desamortizadores en el siglo XVII que a comienzos del XIX. Llorente tuvo una vida azarosa en una época difícil. Comisario del Santo Oficio de Logroño en 1785, secretario luego de la Inquisición de Corte, fue expulsado de su cargo en 1801 como infiel o fautor de herejes (caso que se dio varias veces antes, pero de modo menos escandaloso, en relación con algunos altos funcionarios del Santo Oficio). De 1805 a 1808 trabajó al servicio de Godoy en diversos estudios histórico-políticos, y en 1808 abrazó la causa francesa de modo inequívoco. Así, pues, el 11 de marzo de 1809 fue llamado por José Bonaparte para participar en las tareas del Consejo de Estado y contribuyó no poco a la liquidación del Santo Oficio, decretada por Napoleón poco antes. Se le encargó escribir su historia, y en esta y otras empresas relacionadas con la vida del clero siguió sirviendo al mismo rey José.
El señor inquisidor de Julio Caro Baroja



29 de marzo (A una muchacha el viento le levantó la pollera. A un cura le levantó la sotana.)


Viernes, 29 de marzo.
Qué viento asqueroso, me costó un triunfo llegar por Ciudadela desde Colonia hasta la Plaza. A una muchacha el viento le levantó la pollera. A un cura le levantó la sotana. Jesús, qué panoramas tan distintos. A veces pienso qué habría ocurrido si me hubiese metido a cura. Probablemente, nada. Tengo una frase que pronuncio cuatro o cinco veces por año: «Hay dos profesiones para las que estoy seguro de no tener la mínima vocación: militar y sacerdote». Pero creo que lo digo por vicio, sin el menor convencimiento.
Llegué a casa despeinado, con la garganta ardiendo y los ojos llenos de tierra. Me lavé, me cambié y me instalé a tomar mate detrás de la ventana. Me sentí protegido. Y también profundamente egoísta. Veía pasar a hombres, mujeres, viejos, niños, todos luchando contra el viento, y ahora también con la lluvia. Sin embargo no me vinieron ganas de abrir la puerta y llamarlos para que se refugiaran en mi casa y me acompañaran con un mate caliente. Y no es que no se me haya ocurrido hacerlo. La idea me pasó por la cabeza, pero me sentí profundamente ridículo y me puse a imaginar las caras de desconcierto que pondría la gente, aun en medio del viento y de la lluvia.
¿Qué sería de mí, en este día, si hace veinte o treinta años me hubiera decidido a meterme a cura? Sí, ya sé, el viento me levantaría la sotana y quedarían al descubierto mis pantalones de hombre vulgar y silvestre. Pero ¿y en lo demás? ¿Habría ganado o habría perdido? No tendría hijos (creo que habría sido un cura sincero, ciento por ciento casto), no tendría oficina, no tendría horario, no tendría jubilación. Tendría Dios, eso sí, y tendría religión. Pero ¿es que acaso no los tengo? Francamente, no sé si creo en Dios. A veces imagino que, en el caso de que Dios exista, no habría de disgustarle esta duda. En realidad, los elementos que él (¿o Él?) mismo nos ha dado (raciocinio, sensibilidad, intuición) no son en absoluto suficientes como para garantizarnos ni su existencia ni su no existencia. Gracias a una corazonada, puedo creer en Dios y acertar, o no creer en Dios y también acertar. ¿Entonces? Acaso Dios tenga un rostro de croupier y yo sólo sea un pobre diablo que juega a rojo cuando sale negro, y viceversa.
La tregua de Mario Benedetti




28 de marzo (y rara vez tienen la para mí elemental atención de dirigirse a las mujeres,)

En este año de 1936, que tan viajero se inició con las escapadas a Marruecos, salí de Madrid en dirección a Roma el sábado 28 de marzo. Fue mi primera escala Barcelona, donde, avisado por mí, me esperaba en el apeadero del Paseo de Gracia Manolo Bueno. Le vi por la ventanilla con su gabardina, su boina, su bastoncillo, y le encontré cierto aire con esos veraneantes de Biarritz a quienes el otoño se les ha echado encima.
Mi amistad con el gran escritor, sin ser asidua, era entrañable. Teníamos en la vida muchos puntos de coincidencia y semejanza en la manera de mirar y considerar las cosas, si bien él albergaba un mayor escepticismo que yo y tenía voluntariamente cerrados los ojos a la esperanza, mientras que yo nunca los abrí tanto al milagro.
Pasé el día con Manolo, dando algunas vueltas por Barcelona y comiendo y cenando en su agradable pisito del Paseo de San Juan. Creo que vivía Manolo con una sobrina suya, pero en aquellos días estaba completamente solo y no tenía ningún servicio. M*** estaba encantada de la sencillez de este escritor, al que ella admiraba y a quien en todos sentidos creía persona importante. Aunque M*** entonces era un chiquilicuatro de poco más de veinte años, Manolo la trataba como una gran dama de experiencia, e incluso la consultaba continuamente en sus conversaciones los problemas o las cuestiones sobre lo que se discurría. Este gran estilo de gentilhombre mundano, tan grato, tan elegante y europeo, se va perdiendo, desgraciadamente, cada vez más. Yo observo cómo los jóvenes actuales, con excepciones escasas, hablan entre sí, se dirigen siempre al hombre, y rara vez tienen la para mí elemental atención de dirigirse a las mujeres, ni aun siquiera a la señora de la casa cuando está en ella el hombre y en cuanto la conversación se vuelve un tanto apasionante.
Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias de César González-Ruano



27 de marzo (No me interesaba ninguna de las cosas de la lista, sólo el regador.)

«27 de marzo —Anoche tuve un sueño formidable cuando me acosté pensando en la lista de cosas que tengo que contar.
Más que un sueño fue una alucinación aunque no sé qué es alucinación pero debe estar bien, yo he adivinado lo que querían decir muchas palabras. Me puse a pensar en esas cosas y sin que me quitaran las ganas de dormir no me dejaban dormir. Estaba lo de China y Paco saliendo del salón, la barbaridad que le dijo ayer Catalina al tío Nicolás, lo que le tengo que decir a China de que convenza a su padre, la emoción que me da cuando me habla la señorita Elisa y lo de la habitación de la abuela que van a arreglar. También de las vacaciones que empiezan mañana. Decía primera, segunda, etc., y me acordaba muy bien de todas las cosas. Entonces se me ocurrió que sería muy bonito contarlas no una detrás de otra sino mezclándolas dejando a medio contar la tercera por ejemplo y saltar a la primera y luego un poco de la cuarta y volver a la primera o a la quinta y así siempre, pero con mucho cuidado y mucho tiento para que no se perdiera el sentido de ninguna y que al final fuesen como una misma cosa, como si pintase un cuadro. Entonces tuve esa alucinación porque no estaba dormido pero veía al regador como no es posible verlo sin que sea de verdad. Le daba el sol y estaba metido en una acequia con agua hasta la rodilla… Estaba sin afeitar y quemado por el sol y llevaba sombrero de paja y un calzoncillo azul largo de labrador que se le pegaba a las piernas porque estaba empapado. La camisa también se le pegaba a la espalda empapada en sudor. El regador levantaba una trampilla para dejar salir un poco de agua para un campo y luego otra para otro y metía los brazos en el agua, que hacía un sonido muy agradable como de palabras a media voz. El labrador caminaba unos pasos y seguía metiendo los brazos en el agua y levantando y bajando trampillas. Había muchas una para cada campo porque allí se juntaban dos o tres acequias. Era una tontería pero me gustaba con locura verlo y ver al regador metiendo las manos y los brazos en el agua y cómo el agua le obedecía tan suave qué gusto. Era tan sencillo que yo estaba encantado y me dio la impresión de que el ruido de mi corazón o sería que mi atención tenía alguna fuerza misteriosa, el caso es que el regador me miró sorprendido, yo me asusté y él también y de repente desapareció. Ni agua ni yerba en las orillas ni un silo que también había visto a lo lejos, nada. Me desperté pero no es eso porque no había llegado a dormirme, no sé cómo decirlo… Por más esfuerzos que hice por volver a ver al regador hasta haciéndome el dormido no pude. No me interesaba ninguna de las cosas de la lista, sólo el regador.
La zancada de Vicente Soto


26 de marzo (El Diario debía ser leído como un oráculo.)

Avanzaba lentamente, a ciegas. Había una salida pero tardé en encontrarla. Di vueltas, durante días, hasta que una tarde se me ocurrió que también tenía que tener en cuenta el modo en que los acontecimientos estaban escritos. La forma en que había sido narrada mi vida, el estilo de las notas. Entonces, de a poco, todo se empezó a aclarar. Una mañana, después de casi veinte horas de trabajo, con una sencillez extraordinaria comprendí algo esencial: no era necesario regresar al pasado. Las repeticiones se producían invariablemente. Pero había que invertir el orden. Avanzar desde el presente hacia el porvenir. El Diario debía ser leído como un oráculo. Todo estaba claro. Ahora sólo tenía que probar lo que había descubierto. Iba a tomar un acontecimiento y escribir sus efectos como si estuviera narrando algo sucedido el día anterior. Busqué un hecho trivial. Me acuerdo de que era el 26 de marzo, había pasado unos días en París y había vuelto, el día anterior, en el tren de las 17.20 que llega a Saint-Nazaire a las 21.03. En el compartimiento una mujer había ocupado el asiento que yo tenía reservado. Era rubia, de ojos lívidos, y me senté frente a ella en un lugar vacío. Al rato subió una vieja muy amable que se empezó a quejar por el precio del pasaje. La habían estafado, le habían cobrado dos veces el mismo viaje. Nos mostraba el billete y sonreía y parecía un poco loca. Iba a Saint-Nazaire a visitar a su hijo, pero nadie la esperaba. Quería darle una sorpresa, le había comprado un kilo y medio de naranjas. La muchacha me miró como buscando ayuda y yo intervine en la conversación. La vieja repitió la letanía: la habían estafado, iba a visitar a su hijo, que no la esperaba. Al rato me aburrí y me puse a leer. La muchacha tranquilizaba con dulzura a la mujer, que ahora se quejaba de su hijo. Cuando el tren llegó a Saint-Nazaire las ayudé a bajar y después vi a la muchacha y a la anciana que iban juntas hacia la fila de los taxis.
Encuentro en Saint-Nazaire de Ricardo Piglia

25 de marzo (quien sostenía ser el gobernador supremo de las islas)

En 1811, cierto capitán Haywood, a bordo del Nereus, visitó Tristán da Cunha. Encontró allí a tres norteamericanos que vivían en la isla y se dedicaban a curtir pieles de foca y a almacenar aceite. Uno de ellos, llamado Jonathan Lambert, se decía soberano de aquella tierra. Había despejado y cultivado unos sesenta acres, ocupándose del cultivo de café y caña de azúcar, que le habían sido proporcionados por el ministro norteamericano en Río de Janeiro. Pero la colonia fue finalmente abandonada, y en 1817 el Gobierno inglés tomó posesión de las islas, enviando a tal efecto un destacamento desde el cabo de Buena Esperanza. No las retuvo mucho tiempo, sin embargo, pero cuando evacuó la región, renunciando a su dominio, dos o tres familias inglesas se instalaron allí con independencia del Gobierno. El 25 de marzo de 1824, el Berwick, al mando del capitán Jeffrey, que había zarpado de Londres con destino a la tierra de Van Diemen, llegó a las islas, encontrándose a un inglés llamado Glass, ex cabo de artillería, quien sostenía ser el gobernador supremo de las islas, y tenía bajo su mando a veintiún hombres y tres mujeres. Dicho personaje dio informes muy favorables sobre el clima y la productividad del suelo. La población se ocupaba principalmente de la caza de la foca y del acopio de aceite de elefante marino, traficando con el cabo de Buena Esperanza, pues Glass era dueño de una pequeña goleta.
Cuando llegamos nosotros, el gobernador residía aún en la isla, pero su pequeña comunidad se había multiplicado y había 56 personas en Tristán da Cunha, fuera de una pequeña colonia de siete almas en Nightingale Island. No tuvimos dificultades en procurarnos todas las vituallas que necesitábamos; ovejas, cerdos, novillos, conejos, aves, cabras, pescado de diversas clases y vegetales abundaban muchísimo. Como habíamos fondeado cerca de la isla principal, con un fondo de 18 brazas, pudimos embarcar todas las provisiones sin inconvenientes. El capitán Guy compró además a Glass 500 pieles de foca y algo de marfil. Nos quedamos una semana, durante la cual soplaron vientos del norte y del oeste, y el tiempo se mostró algo brumoso. El 5 de noviembre izamos velas y rumbeamos hacia el sur y el oeste, con intención de buscar un archipiélago denominado islas Auroras, sobre cuya existencia las opiniones estaban muy controvertidas.
Narración de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe



24 de marzo (Lo haremos esta noche)

Ver a Steve McQueen subido en una moto alemana y correteando por un campo huyendo de los nazis invita de inmediato a pensar en la escena final de la película La gran evasión, aquel intento de huida de un campo de prisioneros de decenas de soldados de las fuerzas aéreas aliadas. Pero el caso es que la gran evasión existió, y se produjo en la noche del 24 de marzo de 1944: setenta y seis hombres protagonizaron una huida en masa que cabreó mucho al Führer.
La gran evasión fue una operación planificada al milímetro en la que colaboraron seiscientos prisioneros, aunque bien es cierto que no todos estuvieron por la labor de fugarse por temor a las represalias. Otros, en cambio, acataron el Convenio de Ginebra, ese que dice que la primera obligación de un oficial prisionero es intentar escapar.
Los barracones del campo se convirtieron a espaldas de los alemanes en una perfecta cadena de montaje en la que durante dos meses los prisioneros trabajaron como hormiguitas estajanovistas. Unos se dedicaron a los túneles; otros, a la cartografía, porque había que hacer mapas para que los fugados supieran a dónde dirigirse; otros falsificaron documentos de identidad, salvoconductos y todo tipo de carnés o impresos que pudiera pedir un alemán; varios más confeccionaron ropa, y otro puñado fabricó brújulas cuyas agujas hacían con cuchillas de afeitar imantadas.
Hasta que llegó el momento y aquel 24 de marzo corrió de boca en boca entre los prisioneros la frase: «Lo haremos esta noche». Doscientos veinte prisioneros estaban listos para la fuga, pero solo setenta y seis pudieron salir del túnel y llegar al bosque. Un centinela los descubrió.
Setenta y tres de los fugados fueron detectados en los días siguientes, pero solo veintitrés volvieron vivos al campo de prisioneros. A Hitler se le encrespó el bigote con aquella gran evasión y ordenó ejecuciones sumarísimas. Los cincuenta asesinados volvieron al campo en cincuenta urnas de cenizas. Aquella gran evasión se quedó en solo tres evadidos que lograron alcanzar las fronteras aliadas, pero mereció la pena.
Se armó la de San Quintín y otras menudas historias de la Historia de Nieves Concostrina



23 de marzo (Ha vuelto el invierno. La nieve cae en espesos copos.)


23 de marzo
Ha vuelto el invierno. La nieve cae en espesos copos.
Superfluo, superfluo… No podía encontrar una fórmula más precisa. Cuanto más escarbo en mi interior, cuanto más atentamente examino mi vida pasada, más me convenzo de la estricta verdad de esa expresión. Superfluo. Ni más ni menos. Esa fórmula no se aplica a los demás hombres… Los hombres son malos o buenos, inteligentes o estúpidos, agradables o desagradables, pero no superfluos… No quiero decir, entiéndame bien, que el mundo no pueda prescindir de ellos… Ya lo creo que sí; pero su inutilidad no es su característica principal, su rasgo distintivo. Cuando habláis con ellos, el término «superfluo» no es el primero que acude a vuestros labios. En cuanto a mí, lo único que puede decirse es que soy un hombre superfluo, supernumerario. Eso es todo. Por lo visto, la naturaleza no contaba con mi aparición y, en consecuencia, me trató como a un huésped inesperado e inoportuno. No en vano, un gran aficionado a las bromas y los juegos de naipes dijo una vez que mi madre, el día que me trajo al mundo, había hecho un renuncio. En estos momentos hablo de mí mismo con la mayor serenidad, sin rastro alguno de amargura… ¡Ya es agua pasada! A lo largo de toda mi vida siempre he encontrado mi lugar ocupado, quizá porque lo busqué donde no debía. He sido receloso, tímido e irritable, como todos los enfermos. Además, como consecuencia probablemente de un exceso de amor propio o, más en general, de la desafortunada organización de mi persona, entre mis pensamientos, mis sentimientos y la expresión de esos pensamientos y esos sentimientos siempre se ha interpuesto un obstáculo incomprensible, absurdo e insuperable. Y, cuando tomaba la resolución de vencer a cualquier precio ese obstáculo, de derribar esa barrera, mis gestos, mis ademanes y todo mi ser denotaban una tensión penosa. No sólo parecía afectado y poco natural, sino que lo era. Yo mismo me daba cuenta y me apresuraba a encerrarme de nuevo en mí mismo. En tales momentos se apoderaba de mí una terrible angustia. Analizaba hasta el último rincón de mi cerebro, me comparaba con otros, recordaba las menores miradas, las menores sonrisas, las menores palabras de aquellas personas ante las cuales me habría gustado abrir mi corazón, lo interpretaba todo en el peor sentido, me reía sarcásticamente de mi pretensión de ser «como todo el mundo»; y de pronto, en medio de esa risa, me hundía en la tristeza, caía en una especie de desesperación irracional; llegados a ese punto, retomaba mis tentativas anteriores. En resumidas cuentas, giraba en redondo como una ardilla en su rueda. Pasaba días enteros ocupado en esa tarea dolorosa e inútil. Y ahora, hagan el favor de decirme, ¿qué necesidad tiene nadie de un hombre así? ¿Por qué me sucedía eso? ¿Cuál es la causa de esa meticulosa preocupación por mi propia persona? ¿Quién lo sabe? ¿Quién podría decirlo?
Recuerdo que una vez partí de Moscú en diligencia. El camino era bueno y el cochero había agregado un caballo de refuerzo a los otros cuatro. Ese desdichado caballo, completamente inútil, atado de cualquier manera al tren delantero con una cuerda gruesa y corta que le rozaba sin piedad la grupa, le raspaba la cola y le obligaba a cabalgar de una forma muy poco natural, imponiendo a todo su cuerpo la forma de una coma, despertaba en mí la más profunda compasión. Le señalé al cochero que por esa vez había podido prescindir de un quinto caballo… Por toda respuesta sacudió la cabeza, le propinó al menos diez latigazos seguidos, atravesándole todo el lomo descarnado, hasta el vientre hinchado, y terminó diciendo con un poso de ironía: «¡Ya lo ve usted, ha acabado poniéndose al paso! ¡Qué diablos!».
También yo acabé poniéndome al paso. Por fortuna, la estación de postas no quedaba lejos.
Superfluo… He prometido demostrar lo acertado de mi definición y me dispongo a cumplir esa promesa. No considero necesario mencionar la multitud de menudencias, de acontecimientos e incidentes cotidianos que a los ojos de cualquier persona juiciosa habrían constituido pruebas irrefutables en mi favor, o mejor dicho, de mi punto de vista. Será mejor que empiece sin más preámbulos con un acontecimiento bastante importante que desterrará de una vez para siempre cualquier duda que pueda quedar sobre la exactitud del término «superfluo». Repito que no tengo la menor intención de entrar en detalles, pero no puedo pasar por alto una circunstancia bastante curiosa y relevante; a saber, la extraña actitud que adoptaban mis amigos (también yo he tenido amigos) cada vez que coincidíamos en algún sitio o los visitaba. Era como si se sintieran incómodos. Al venir a mi encuentro, sonreían con aire forzado y me miraban no a los ojos ni a los pies, como hacen ciertas personas, sino más bien a las mejillas, me apretaban la mano con premura y decían con cierta precipitación: «¡Ah, buenos días, Chulkaturin!». (El destino había tenido la deferencia de concederme semejante nombre.) O bien: «Pero mira quién está aquí, si es Chulkaturin», y a continuación se apartaban y se quedaban inmóviles unos instantes, como si se esforzaran por recordar alguna cosa. Yo me daba cuenta de todo, pues no carezco de perspicacia ni de capacidad de observación. En general, no puede decirse que sea tonto. A veces hasta se me ocurren unas ideas bastante divertidas, no carentes de originalidad; pero, como soy un hombre superfluo, encerrado en mí mismo, me da pavor expresar mis pensamientos, tanto más cuanto que estoy convencido de antemano de que lo haré espantosamente mal. A veces hasta me parece extraña la forma en que habla la gente, esa naturalidad y desenvoltura… «¡Qué desparpajo!», se me pasa por la cabeza. En cualquier caso, debo reconocer que, a pesar de mi ensimismamiento, a veces me entraban ganas de hablar. No obstante, sólo en mi juventud he sido capaz de pronunciar las palabras que se me pasaban por la cabeza; en la edad adulta casi siempre he conseguido dominarme. Decía en voz baja: «Será mejor que nos callemos», y al punto me tranquilizaba. A la hora de guardar silencio todos nos las arreglamos bastante bien; en particular, nuestras mujeres son auténticas maestras en ese arte: cualquier señorita rusa de sentimientos elevados muestra tal dominio a la hora de callar que hasta un hombre experimentado siente estremecimientos y se empapa de un sudor frío ante semejante espectáculo. Pero no se trata de eso, y además no me corresponde a mí juzgar a los demás. Paso a ocuparme del relato prometido.
Hace algunos años, como consecuencia de un cúmulo de circunstancias bastante insignificantes, aunque muy importantes para mí, tuve que pasar unos seis meses en la capital del distrito de O. Esa ciudad ha sido levantada en un declive y presenta una disposición bastante incómoda. Cuenta con unos ochocientos habitantes, que viven en medio de una pobreza indescriptible; sus casuchas no se parecían a nada conocido; en la calle principal, surgían aquí y allá, a modo de pavimento, temibles losas calizas mal labradas, que hasta los carruajes evitaban. En medio de la plaza, de una suciedad asombrosa, se alzaba un diminuto edificio amarillento lleno de agujeros oscuros, ocupados por personas tocadas de grandes gorras que daban la impresión de dedicarse al comercio. En ese mismo lugar descollaba una pértiga abigarrada de una altura poco común; a su vera, por si fuera menester, las autoridades habían estacionado un carro de heno amarillento, a cuyo alrededor se paseaba una gallina propiedad del municipio. En resumidas cuentas, la vida en O. no era ninguna maravilla. En los primeros días de mi estancia en la ciudad casi me vuelvo loco de aburrimiento. En ese sentido debo reconocer que, aunque sin duda soy un hombre superfluo, no es porque yo lo haya querido así. Por culpa de mi propia condición de enfermo no puedo soportar nada enfermizo… No he huido de la felicidad; al contrario, he tratado de alcanzarla tanto por la derecha como por la izquierda… Así pues, no debe sorprender que pueda aburrirme como cualquier otro mortal. Me encontraba en O. por asuntos del servicio…
Definitivamente Teréntevna ha tomado la resolución de matarme. He aquí una muestra de nuestra conversación:
Teréntevna: «¡Ah, señorito! Se pasa usted el día entero escribiendo. Tanto escribir le va a hacer mal».
Yo: «¡Es que me aburro, Teréntevna!».
Ella: «Pues beba una taza de té y acuéstese. Si lo quiere Dios, sudará usted un poco y descabezará un sueñecito».
Yo: «Pero es que no tengo sueño».
Ella: «¡Ah, señorito! ¿Por qué dice eso? ¡Que Dios nos proteja! Acuéstese, acuéstese. Será lo mejor».
Yo: «¡Por mucho que me tumbe, no dejaré de morirme, Teréntevna!».
Ella: «No lo quiera Dios… Entonces, ¿le traigo el té?».
Yo: «¡No me queda ni una semana de vida, Teréntevna!».
Ella: «¡Ay, señorito! ¿Por qué dice eso?… Voy a preparar el samovar».
¡Ah, criatura decrépita, amarillenta y desdentada! ¿Es posible que ni siquiera para ti sea un hombre?
“Diario de un hombre superfluo” de Iván Serguéievich Turguénev


22 de marzo (Los Reyes Sagrados morían en el agua)


Asesinato en el baño.
La conversación con el erudito me suministró materia para pensar. Los Reyes Sagrados morían en el agua, según el rito más antiguo, el de los tiempos de la Diosa Madre, que deja su huella en algunas tradiciones históricas: Osiris, Hércules, Minos y Agamenón perecen asesinados en el baño.
Había algo en estas historias que resultaba familiar. Una antigua tradición de Jaén señalaba el asesinato de un rey moro en los baños de la Magdalena, en el subsuelo del actual palacio de los condes de Villardompardo, un tal Alí, muerto el 22 de marzo de 1018.
Recordé el peñón de Uribe, mencionado en la oración del gitano y su emotiva leyenda: un muchacho casadero que llevaba al hospicio a su padre impedido lo depositó sobre el peñón de Uribe para descansar y despedirse de él. El anciano rompió a llorar. «¿Por qué lloras, padre?», preguntó el hijo. «Porque recuerdo el día en que llevé a mi padre al hospicio, como ahora haces tú conmigo. También yo lo senté en esta piedra para despedirme de él». El hijo, arrepentido, cargó de nuevo con el padre y lo condujo de vuelta a casa.
Los Templarios y la Mesa de Salomón de Nicolás Wilcox (Juan Eslava Galán) 

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