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Cerco a Cascorro

Cerco a Cascorro
Darse una vuelta por El Rastro de Madrid lleva sin más remedio a una plaza en donde hay un soldado de bronce sobre un pedestal, con una lata de petróleo, una antorcha y una cuerda. Una estatua que tiene mucho que ver con lo sucedido el 24 de septiembre de 1895.
Estábamos los españoles en plena bronca con los cubanos —nosotros intentando amarrar Cuba y ellos tratando de que la soltáramos—, cuando se dio una de las más famosas batallas de aquella guerra por la independencia, la batalla de Cascorro, que se hubiera perdido si no llega a ser por el tipo de la lata de petróleo, la antorcha y la cuerda.
Cascorro está tierra adentro, cerca de Camagüey. Allí estaba acuartelado el Regimiento de Infantería María Cristina nº 63 cuando llegaron los independentistas cubanos al mando de un general en jefe con malas pulgas, Máximo Gómez. Aquel que, cuando le preguntaron quiénes eran sus mejores generales para acabar con los españoles en Cuba, respondió: «Los generales junio, julio y agosto». Porque en estos meses las enfermedades tropicales mataban más españoles que las balas.
El Regimiento español atrincherado en Cascorro estaba acogotado por el asedio y a punto de sucumbir, cuando un soldado español llamado Eloy Gonzalo, en plan torero, dijo eso de «dejadme solo». Agarró una lata de petróleo y una antorcha, y se ató una cuerda a la cintura. Se deslizó en la noche hacia el campamento cubano, esparció el petróleo, prendió fuego con la antorcha y salió por pies. Aquella acción dio un par de días de respiro hasta que llegaron refuerzos españoles, y entonces los que corrieron fueron los cubanos.
¿Que por qué el soldado Eloy Gonzalo llevaba una cuerda atada a la cintura? Porque no se fiaba de que su plan tuviera éxito y pidió a los compañeros de su regimiento que, en caso de que muriera, tiraran de la cuerda y recuperaran su cadáver. El soldado Eloy se libró de morir en aquella refriega, pero no salió vivo de Cuba. Murió en la isla dos años después. Se lo llevó la disentería, una enfermedad tropical. O sea, que acabó matándolo uno de los más efectivos generales de las tropas cubanas. El general junio.

Nieves Concostrina
Se armó la de San Quintín
Y otras menudas historias de la Historia

Tras el extraordinario éxito de Menudas historias de la Historia —40.000 ejemplares vendidos—, Nieves Concostrina vuelve a agudizar su ingenio para regalarnos más de trescientas nuevas historias, tan menudas y divertidas como la primera vez.
Una colección de sucesos, pifias y barrabasadas que ha rastreado siglo tras siglo y que no deja a nadie libre de una insólita peripecia: políticos, militares, reyes, artistas, obispos, inventores…
• El encuentro de fútbol que irritó al Führer
• ¡A por los templarios!
• El calculador ojo de Saladino
• La madre que parió a los Cien Mil Hijos de San Luis
• La increíble boda de Quevedo
• El emperador mocoso
Se armó la de San Quintín es una clara muestra de que la Historia NO es aburrida; que lo que hay que saber es contarla y transmitirla como lo hace la autora de este magnífico libro.

La última víctima de la Inquisición

La última víctima de la Inquisición
Allá va una efeméride con dos caras, una buena y otra mala. Primero, la mala. El 31 de julio de 1826 fue ejecutado en Valencia, con la recurrente excusa de la ley de Dios, Cayetano Ripoll, un maestro de escuela catalán que no llevaba a misa a sus alumnos. Y ahora, la parte buena. Aquél fue el último auto de fe que pudieron celebrar los diabólicos tribunales eclesiásticos que se repartían por España y que vigilaban la observancia de la fe católica. Cayetano Ripoll fue la última víctima de la barbarie, pero a él, la verdad, le dio igual llevarse a la tumba tan dudoso honor.
No fue la Inquisición quien ordenó ejecutar a Cayetano Antonio Ripoll, porque la Inquisición, aunque seguía existiendo, se había visto obligada trece años antes a suspender sus maléficas prácticas por orden de las Cortes de Cádiz. Pero como la Iglesia de aquel tiempo buscaba mil recovecos para seguir haciendo de las suyas con el beneplácito del Borbón Fernando VII, en sustitución del anestesiado Santo Oficio se crearon las Juntas de Fe, que venían a ser el mismo perro con distinto collar. Y le tocó a Cayetano.
Fue el Tribunal de la Fe del arzobispado de Valencia, presidido por el infausto obispo Simón López García —Satanás lo tenga en su gloria—, quien firmó la sentencia del maestro Cayetano Ripoll, acusado de leer libros malos (o sea, los de la Ilustración francesa), de tener cierto tufillo a masón y de no llevar a sus alumnos a misa, y acusado también por haber sustituido, no se lo pierdan, el tradicional saludo de «Ave María» por el de «Alabado sea Dios». Con argumentos tan contundentes en la mano, se le tachó de hereje y se le condenó a la horca, aunque para conseguir la oportuna puesta en escena al reo se le subió a un barril con llamas pintadas para que figurara una hoguera, y el cadalso fue adornado con caras de demonios y fuegos infernales. Todo muy teatrero.
Cayetano Antonio Ripoll, buen hombre y buen maestro, fue la última víctima de aquella pesadilla inquisitorial. No obstante, todavía hubo que esperar ocho años más para que la Inquisición y los Tribunales de la Fe se fueran definitivamente al infierno.

Nieves Concostrina
Menudas historias de la Historia
Anécdotas, despropósitos, algaradas y mamarrachadas de la Humanidad

¿Cómo es posible que Adolf Hitler fuera candidato al Premio Nobel de la Paz?
¿Qué hacía Búfalo Bill dándose un garbeo con los sioux por las Ramblas de Barcelona?
¿Era el marqués de Sade, padre del sadomasoquismo, un hombre sensible?
¿Cuántas personas escucharon realmente la famosa locución radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles?
La historia universal es sin duda el mejor anecdotario que existe. El devenir de la humanidad es un continuo de despropósitos, coincidencias, exageraciones, curiosidades y difamaciones.
Nieves Concostrina —que ya nos deleitó con las «andanzas» más divertidas de los muertos en «Polvo eres»— nos conduce con mucho humor en un sorprendente viaje por algunos de los hechos más curiosos que han moldeado nuestra historia.

El primer plan, porque hubo dos, estaba preparado para llevarse a cabo el 3 de julio de 1874, víspera del Día de la Independencia,

Abraham Lincoln tuvo una suerte distinta, porque su caso quedó sólo en tentativa de rapto. Decimosexto presidente de Estados Unidos —dieciseisavo, según algún kamikaze del lenguaje—, Lincoln merece historia al margen, porque ha sido movido diecisiete veces de sitio. Siempre dentro del mismo cementerio de Oak Ridge, en Springfield (Illinois), lo cual convierte al mandatario en el mayor conocedor de aquel recinto. Uno de aquellos ajetreos se produjo a raíz de un intento de secuestro por parte de otro grupo de chapuzas. El primer plan, porque hubo dos, estaba preparado para llevarse a cabo el 3 de julio de 1874, víspera del Día de la Independencia, cuando los estadounidenses están distraídos dando los últimos toques a majorettes y carrozas. El cerebro de la operación era Big Jim Kinelly, un mafioso especializado en la falsificación de papel moneda y sumamente cabreado porque habían encarcelado a Benjamin Boyd, un compinche imprescindible para llevar a término la imitación de los dólares. Big Jim improvisó una banda para secuestrar los restos de Lincoln y exigir como canje la libertad de Boyd. De paso pidió 200.000 dólares en efectivo. A ser posible de curso legal.
Uno de los integrantes de la banda, alias El Bocazas, cometió la insensatez de contar a una prostituta amiga los planes de secuestro, olvidando que las putas son putas pero, a veces, muy patriotas. La ramera trasladó tal revelación a la policía de Illinois y el plan quedó desbaratado.
Big Jim no se rindió. Seleccionó una nueva banda más espabilada y se marcó una nueva fecha para el secuestro: el 7 de noviembre de 1876. Sin embargo, también en esta ocasión alguien se fue de la lengua y el intento de secuestro llegó a oídos policiales. Los agentes infiltraron un topo dentro de la banda, el cual fue dando el correspondiente parte sobre los planes de los delincuentes, de tal forma que el día fijado para el rapto, cuando la banda entró en el gigantesco mausoleo de Lincoln —el más grande de Estados Unidos— se encontró con más uniformes que en el desembarco de Normandía. Nadie más intentó secuestrar a Lincoln. Y aunque lo hubieran intentado… no lo habrían encontrado.
A raíz de los dos intentos, el Gobierno estadounidense decidió sacar el ataúd con los restos del presidente del sarcófago que lo guardaba. Así se aseguraban el fracaso de futuras tentativas. Durante once años Abraham Lincoln estuvo escondido en su propio mausoleo, pero muy pocos supieron exactamente dónde. Las gentes que acudieron a visitar el sarcófago de su mandatario más querido entre 1876 y 1887 dejaron su más sentido homenaje a un cubículo de piedra vacío de contenido. No fue la primera vez, ni ha sido la última, que los países han recurrido a esta argucia para salvaguardar los huesos de alguien con alta trascendencia política. ¿Qué personaje español no está donde todo el mundo cree que está?

Nieves Concostrina
Polvo eres
Peripecias y extravagancias de algunos cadáveres inquietos

No importa que sean santos, mandamases, escritores o músicos: algunos personajes no descansan ni después de muertos. Estas amenas y por momentos desternillantes páginas nos cuentan sus innumerables peripecias.
Nieves Concostrina −responsable del espacio radiofónico diario «Polvo eres» en Radio 5 Todo Noticias y colaboradora los fines de semana en el programa No es un día cualquiera de RNE (Radio 1), dirigido por Pepa Fernández− nos deleita también con una miscelánea de esquelas asombrosas, gazapos funerarios y divorcios póstumos.
«Con este libro −afirma− sólo pretendo demostrar que la muerte (de otros) puede llegar a ser tan interesante, extravagante o divertida como la propia vida. Y que Dios, o quien sea, nos pille confesados».

24 de marzo (Lo haremos esta noche)

Ver a Steve McQueen subido en una moto alemana y correteando por un campo huyendo de los nazis invita de inmediato a pensar en la escena final de la película La gran evasión, aquel intento de huida de un campo de prisioneros de decenas de soldados de las fuerzas aéreas aliadas. Pero el caso es que la gran evasión existió, y se produjo en la noche del 24 de marzo de 1944: setenta y seis hombres protagonizaron una huida en masa que cabreó mucho al Führer.
La gran evasión fue una operación planificada al milímetro en la que colaboraron seiscientos prisioneros, aunque bien es cierto que no todos estuvieron por la labor de fugarse por temor a las represalias. Otros, en cambio, acataron el Convenio de Ginebra, ese que dice que la primera obligación de un oficial prisionero es intentar escapar.
Los barracones del campo se convirtieron a espaldas de los alemanes en una perfecta cadena de montaje en la que durante dos meses los prisioneros trabajaron como hormiguitas estajanovistas. Unos se dedicaron a los túneles; otros, a la cartografía, porque había que hacer mapas para que los fugados supieran a dónde dirigirse; otros falsificaron documentos de identidad, salvoconductos y todo tipo de carnés o impresos que pudiera pedir un alemán; varios más confeccionaron ropa, y otro puñado fabricó brújulas cuyas agujas hacían con cuchillas de afeitar imantadas.
Hasta que llegó el momento y aquel 24 de marzo corrió de boca en boca entre los prisioneros la frase: «Lo haremos esta noche». Doscientos veinte prisioneros estaban listos para la fuga, pero solo setenta y seis pudieron salir del túnel y llegar al bosque. Un centinela los descubrió.
Setenta y tres de los fugados fueron detectados en los días siguientes, pero solo veintitrés volvieron vivos al campo de prisioneros. A Hitler se le encrespó el bigote con aquella gran evasión y ordenó ejecuciones sumarísimas. Los cincuenta asesinados volvieron al campo en cincuenta urnas de cenizas. Aquella gran evasión se quedó en solo tres evadidos que lograron alcanzar las fronteras aliadas, pero mereció la pena.
Se armó la de San Quintín y otras menudas historias de la Historia de Nieves Concostrina



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