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Los bombardeos más fuertes de aquel tiempo creo que fueron los de agosto y los de septiembre.

Al principio del verano llegó de París Francisco Lucientes, con quien me unía una amistad excepcional. Venía como corresponsal de Ya en Alemania. Para mí fue una alegría inmensa tenerle en Berlín.
Lucientes se fue a vivir al Hotel Edén, y luego a una pensión que creo que estaba en la Rankestrasse. Lo que no se me ha olvidado es el número de la casa: 222, que nos era muy difícil decirlo a los taxistas. Después Paco vino al Hotel Imperial, en el 181 del Kurfürstendamm, donde yo había ya estado. Hacíamos la vida juntos, y durante el verano íbamos con frecuencia a los lagos de los alrededores. De lo que más me acuerdo es de los hoteles de Haus Gatov y de Potsdam.
Los bombardeos más fuertes de aquel tiempo creo que fueron los de agosto y los de septiembre.
En septiembre volví a encontrarme mal de salud y andaba preocupado con que me pudiera repetir el ataque, cuando recién entrado octubre me ocurrió un disgusto personal, convertido más tarde en noble raíz amistosa, que me desquició mayormente los nervios, entrándome tal antipatía por Berlín que decidí no sufrirlo más.
Coincidió todo aquello con que a Francisco Lucientes no le gustaba Berlín ni poco ni mucho ni quería seguir en su puesto, porque antes que nadie tuvo una idea muy clara de cómo había de seguir y de terminar la guerra, y hablándome él de volverse a París le dije que con él me iba, pareciera mejor o peor a mi periódico la decisión.
Precipitadamente salí con Lucientes para París el 8 de octubre de 1940, con un permiso de ida y vuelta que pedí en el Ministerio, donde no dije la verdad de mis propósitos.
El 9 de octubre dormí en el Hotel Ambassadeur, donde provisionalmente quedé instalado. Me encontraba mal y muy deprimido y le rogué a Paco que se quedara aquella noche en el hotel, pero él me explicó que no le era posible y que a la mañana siguiente vendría a despertarme.
Sentía una angustia terrible y como un presentimiento de que me iba a morir aquella noche. Entonces le pedí a Paco que me dejara el número de su teléfono por si me encontraba mal. Lo apunté, pero él me dio un número falso. Lucientes era un tanto misterioso e impenetrable en su vida íntima. Menos mal que no me morí, y que a la mañana siguiente él vino a buscarme.
En un carnet de notas tengo apuntadas algunas cosas de estos primeros días en París.

César González-Ruano
Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias

Quizás el secreto del arte de González-Ruano esté en la perfecta armonización de los contrarios. De ahí que su prosa tan resabiada y sutil sea a la vez tan aparentemente vigorosa y espontánea, tan llena de pasión y de escepticismo, de ternura y de crueldad, de curiosidad por todo y de desgana ante todo. En pocos escritores se adivina tan a las claras como en él que el estilo es el hombre, que vida y estilo deben corresponderse íntimamente, sin frivolidades ni componendas, en la obra de todo verdadero escritor.

28 de marzo (y rara vez tienen la para mí elemental atención de dirigirse a las mujeres,)

En este año de 1936, que tan viajero se inició con las escapadas a Marruecos, salí de Madrid en dirección a Roma el sábado 28 de marzo. Fue mi primera escala Barcelona, donde, avisado por mí, me esperaba en el apeadero del Paseo de Gracia Manolo Bueno. Le vi por la ventanilla con su gabardina, su boina, su bastoncillo, y le encontré cierto aire con esos veraneantes de Biarritz a quienes el otoño se les ha echado encima.
Mi amistad con el gran escritor, sin ser asidua, era entrañable. Teníamos en la vida muchos puntos de coincidencia y semejanza en la manera de mirar y considerar las cosas, si bien él albergaba un mayor escepticismo que yo y tenía voluntariamente cerrados los ojos a la esperanza, mientras que yo nunca los abrí tanto al milagro.
Pasé el día con Manolo, dando algunas vueltas por Barcelona y comiendo y cenando en su agradable pisito del Paseo de San Juan. Creo que vivía Manolo con una sobrina suya, pero en aquellos días estaba completamente solo y no tenía ningún servicio. M*** estaba encantada de la sencillez de este escritor, al que ella admiraba y a quien en todos sentidos creía persona importante. Aunque M*** entonces era un chiquilicuatro de poco más de veinte años, Manolo la trataba como una gran dama de experiencia, e incluso la consultaba continuamente en sus conversaciones los problemas o las cuestiones sobre lo que se discurría. Este gran estilo de gentilhombre mundano, tan grato, tan elegante y europeo, se va perdiendo, desgraciadamente, cada vez más. Yo observo cómo los jóvenes actuales, con excepciones escasas, hablan entre sí, se dirigen siempre al hombre, y rara vez tienen la para mí elemental atención de dirigirse a las mujeres, ni aun siquiera a la señora de la casa cuando está en ella el hombre y en cuanto la conversación se vuelve un tanto apasionante.
Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias de César González-Ruano



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