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Algarrobo (5) - Jamás había manejado una pistola, era mitrista, era pálido, lo habían engendrado en un sótano.

«Entonces mi padre murió en un duelo, por defender el honor de su padre», dijo el senador. En el diario de los Varela, en La Tribuna, se había mancillado, dijo, la memoria de Enrique Ossorio diciendo que había sido desde siempre y hasta su muerte un espía al servicio de Rosas, un traidor, un loco y un salvaje. «Se vistió de negro y fue a batirse en una quinta cerca del río. Jamás había manejado una pistola, era mitrista, era pálido, lo habían engendrado en un sótano. Jamás en su vida le había visto la cara al hombre cuya cara sería la última que viera en su vida». El padre del senador había dejado una nota que decía: «Son las cinco de la mañana. No me he movido en todo el día de mi casa. Todas las noticias que tengo del muy mandria ahijado de los señores que le sirven de padrinos en este lance», citó el senador lo que había escrito su padre, «me confirman en la certeza de que ese es para mí menos que nada, aunque estos caballeros hablen de él como si fuera gente, dejó dicho mi padre», dijo el senador. «M’hijita, le escribió a mi madre, si la desgracia es la que me está aguaitando en el campo de honor, sé que usted sabrá criar con decencia y en el amor a Dios, a la Patria y al general Mitre a ese hijo mío que lleva en las entrañas, o sea yo», dijo el senador. «Una madrugada clara de 1879 murió mi padre». Una brisa helada llegaba del río, solo se escuchaba el rumor suave del viento entre los árboles. «Mi padre se alzó las solapas del fraque, pero como temió que eso pudiera confundirse con un gesto de temor se quitó la chaqueta y su camisa blanca se destacó sobre el fondo oscuro de los algarrobos». El lance había sido concertado a diez pasos. «Mi padre no se santiguó porque no quiso que se viera que le temblaban las manos. Las dos pistolas se alzaron hacia el cielo y antes que se apagara el estampido de los disparos mi padre estaba muerto», dijo el senador.
«En esas épocas, en este país», dijo, «los gentlemen argentinos eran, sin saberlo, hegelianos. Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, el que afronta hasta el fin el riesgo de la muerte se afirma así como señor, como pura autoconciencia. Se mataban, puede decirse, entre ellos porque ninguno quería ser un esclavo. Se mataban, entonces, entre ellos, estos señores, para probarse que eran caballeros argentinos y hombres de honor, con lo cual los caballeros argentinos y los hombres de honor disminuían. Lo que visto desde mi óptica actual, y dejando de lado mi lealtad filial, me parece, desde ya, una ventaja. De haber seguido esa costumbre quizás hubieran ido desapareciendo, uno detrás de otro, todos los gentlemen que han ayudado a convertir a este país en lo que ahora es. Era una especie de genocidio señorial: cualquier altercado, cualquier palabra cruzada a desgano se convertía de inmediato en un duelo. Había que terminar con esa costumbre que obligaba a los señores a matarse entre ellos para probar que eran caballeros argentinos, que sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos habían sido caballeros argentinos. Ahora bien, fíjese usted, mi padre murió en ese duelo, en 1879, y fue el primer caso de crimen de honor presentado en el país ante un jurado y en sesión pública. Ese juicio en el que fue juzgado el hombre que había matado a mi padre en un duelo es un acontecimiento. Un acontecimiento», dijo el senador. Porque ¿qué era, dijo, un acontecimiento, cuál era, dijo, en ese caso, el acontecimiento? «No el duelo», dijo, «sino el acontecimiento de ese juicio». Un acontecimiento como aquel no era, en general, conservado por los historiadores y sin embargo, dijo, quien deseara conocer la significación de nuestro mundo moderno, el que deseara conocer qué se había abierto en el país justamente hacia 1880 debía saber descifrar allí el umbral mismo del cambio, de la transformación. Eso más o menos fue lo que dijo el senador respecto al duelo que había llevado a su padre al sepulcro. «Por primera vez, en el juicio llevado adelante contra el duelista que mató a mi padre, contra ese mandria asalariado de los Varela, la justicia se separó y se independizó de una mitología literaria y moral del honor que había servido de norma y de verdad. Por primera vez la norma de la pasión y del honor dejan de coincidir», dijo el senador, «y se instala una ética de las pasiones verdaderas. Porque en realidad estos caballeros, estos gentlemen, estos señores habían descubierto que era frente a otros, con otros frente a quienes debían probar quién era el esclavo. Habían descubierto», dijo el senador, «que tenían otro modo de probar su hombría y su caballerosidad y que podían seguir viviendo de cara a la muerte sin tener necesidad de matarse entre ellos, sino más bien uniéndose entre ellos para matar a quienes no se resignaban a reconocerles su condición de señores y de amos. Como por ejemplo», dijo, «a los inmigrantes, a los gauchos y a los indios. De modo», concluyó el senador, «que la muerte de mi padre en un duelo y el juicio posterior es un acontecimiento que, en cierto sentido, está ligado, o mejor, yo diría», dijo el senador, «que acompaña y permite explicar las condiciones y los cambios que llevaron al poder al general Julio Argentino Roca».

Ricardo Piglia
Antología personal

«Antología personal», del escritor y crítico literario argentino Ricardo Piglia, reúne ficciones, ensayos, conversaciones, cuentos e intervenciones públicas. Según refiere el propio autor, elaboran y registran imaginariamente experiencias vividas, pues en un mundo de vivencias virtuales, donde se ha perdido el sentido de la memoria privada, la utopía reside en construir artificialmente las mismas y tener como propias algunas que nunca lo han sido.

ni siquiera entiende que la novela está situada el 16 de junio de 1904

LA COPISTA
La noche del primer encuentro, Kafka ha construido imaginariamente la figura de una lectora atada a sus manuscritos. Una figura sentimental que une la escritura y la vida. La mujer perfecta en la perspectiva de Kafka (pero no solo de él) sería entonces la lectora fiel, que vive su vida para leer y copiar los manuscritos del hombre que escribe.
Se trata de una gran tradición: basta pensar en Sofía Tolstói, que copia siete versiones completas de La guerra y la paz (al final pensaba que la novela era de ella y empezaron los conflictos brutales con el marido). Hay que leer su diario y el de Tolstói. La guerra conyugal.
Y si seguimos con las lectoras-copistas rusas, podemos recordar la historia de Dostoievski, que Kafka conocía muy bien. Ese momento único (sobre el que Butor escribió un bellísimo texto) en que, apremiado por sus deudas, debe escribir al mismo tiempo Crimen y castigo y El jugador (uno a la mañana y otro a la tarde) y decide contratar a una taquígrafa, Anna Giriegorievna Snitkine. Entre el 4 y 29 de octubre de 1866 le dicta El jugador y el 15 de febrero de 1867 se casa con ella, luego de pedirle la mano el 8 de noviembre: una semana después de terminar el libro y un mes después de haberla conocido. Una velocidad dostoievskiana (y una situación kafkiana). La mujer seducida por el simple hecho de ver la capacidad de producción de un hombre. La mujer seducida mientras escribe lo que se le dicta.
Y está Véra Nobokov. La sombra rusa, la mujer que anda con un revólver para proteger al marido, su «ayudante» en las clases en Cornell (esa es la palabra que usa Nabokov al presentarla) y, sobre todo, la copista, la que copia interminablemente los manuscritos, la que copia una y otra vez las fichas donde su marido escribe la primera versión de sus novelas. Y, además, la que escribe en su nombre las cartas. En la biografía de Stacy Schiff, Véra, se puede ver cómo se construye esa figura simbiótica de mujer-de-escritor, de mujer-dedicada-a-la-vida-del-genio. Véra escribe como si fuera su marido. Ocupa, invisible, su lugar. Escribe en lugar de él, por él, y se disuelve.
La inversa, desde luego, es Nora Joyce, que se niega a leer cualquier página de su marido, ni siquiera abre el Ulysses, ni siquiera entiende que la novela está situada el 16 de junio de 1904 como recuerdo del día en que se conocieron. Nora se sostiene en otro lugar, muy sexualizado, al menos para Joyce. Eso es visible en las cartas que él le escribe. (Las cartas de Kafka a Felice son iguales a las de Joyce en un punto: le ordenan por escrito a la mujer lo que debe hacer, e incluso a veces lo que debe decir y pensar. La escritura como poder y disposición del cuerpo de otro. Otra forma de bovarismo: la mujer debe hacer lo que lee).
Pero Nora es la musa, es Molly Bloom. Otra idea de mujer. Otro tipo de vampirismo funciona ahí. En todo caso, para Joyce el copista era… Beckett, que fue su secretario en París durante varios meses.
La mujer-copista y la mujer-musa: mujeres de escritores. La mujer fatal que inspira y la mujer dócil que copia. O dos tipos distintos de inspiración: la que se niega a leer y la que solo quiere leer. Dos formas de la esclavitud. De hecho, Nora es la sirvienta de Joyce (y había trabajado como criada en un hotel en Dublín). En todo caso, las dos son criadas. Como la que cruza en el final de «La condena». O, mejor, como la criada a la que le muestra que se ha pasado la noche escribiendo.
También en Borges hay mucho de eso. En su relación con las mujeres como lectoras, primero está el vínculo con la madre. Y luego la serie de mujeres-secretarias que le copian los textos (recordemos que Borges era ciego).
Todos los escritores son ciegos —en sentido alegórico a la Kafka—, no pueden ver sus manuscritos. Necesitan la mirada de otro. Una mujer amada que lea desde otro lugar pero con sus propios ojos. No hay forma de leer los propios textos sino es bajo los ojos de otro.
Kafka antes que nadie. Sensible a la mirada del otro, lee sus propios textos con los ojos del enemigo. En distintos momentos, todos ellos decisivos, somete sus escritos a la mirada del otro puro, especialmente de su familia, y sufre las consecuencias de esa lectura hostil. Bastaría recordar su iniciación como escritor.
El joven Kafka ha empezado a escribir lo que será una primera versión de América. Sentado a la mesa familiar, rodeado de parientes, hace ver que escribe. Uno de sus tíos le arrebata el texto. ¿Por curiosidad? «Se limitó a decir, dirigiéndose a los demás presentes, que lo miraban: “Lo de costumbre”; a mí no me dijo nada. Yo seguía sentado, inclinado como antes sobre mi escrito, cuyo escaso mérito acababa de quedar patente». La lectura enemiga, la mirada hostil (y familiar). Hay muchas escenas parecidas en el Diario. Siempre se le arruina lo que escribe porque lo lee desde los ojos del otro-hostil.
En cambio, la mujer lo acompaña. Le escribe a Felice sobre América: «Es preciso, pues, que lo termine, seguramente que usted también opina así, de modo que, con su bendición, el poco tiempo que pudiera emplear […] lo transferiré a este trabajo. […] ¿Está usted de acuerdo? ¿Y va usted a no abandonarme a mi, pese a todo, espantosa soledad?» (carta del 11 de noviembre de 1912).
Están los dos movimientos: la soledad de la escritura y la necesidad de un contacto ligado a la lectura de sus textos. Piensa en una mujer que lo mire compasivamente, comprensivamente, frente a la cual adopta una posición infantil, subordinada y menor, que hace recordar al Ferdydurke de Gombrowicz. «Hoy te enviaré “El fogonero”, a ver si lo acoges con cariño, siéntalo a tu lado y elógialo, como él lo desea», le dice en la carta del 10 de junio de 1913. Y cuando le envía su primer libro, le escribe: «Te ruego que seas considerada con mi pobre librito. Son aquellas pocas hojas que me viste ordenar la noche en que nos conocimos».
Y están los dos movimientos de la mujer-lectora-ayudante. Por un lado, la copia de los manuscritos que es preciso pasar a máquina. El momento de la socialización, tan necesario para Kafka: imaginar una mujer amada, la mujer-máquina-decopiar, que se ocupa de ese paso decisivo.
Y, por otro lado, la lectura y la escucha atentas. La mujer dispuesta a acompañar lo que se escribe. Leer a alguien en voz alta lo que se acaba de escribir es un ejemplo clásico de este movimiento. Hay muchos testimonios que señalan que a Kafka le gustaba leer sus textos en voz alta. Es lo que de hecho hace con sus hermanas inmediatamente después de terminar «La condena», como si la lectura fuera una continuidad de lo que ha escrito esa noche. Se levanta, pasa al otro cuarto y lee en voz alta lo que acaba de escribir.
Cuando Kafka ya se ha desengañado de Felice, hacia el final, cuando ella lo ha decepcionado, el 24 de enero de 1915 escribe en su Diario: «Tibia petición de que le permitiera llevar un manuscrito y copiarlo». Ahora es la copista indiferente.
Y en el mismo párrafo aparece como una extraña que se desconecta: «También le he leído algo mío, las frases se embrollaban de forma repulsiva, sin la menor conexión con la oyente, que estaba tumbada en el canapé, con los ojos cerrados, y acogía mi lectura sin decir palabra».
Ya no hay vínculo entre ellos, todo ha terminado a esa altura. Pero Kafka registra los dos movimientos que están en el origen de la relación y que Felice ya no realiza. Ni la lectoracopista, que copia lo que lee; ni la lectora-oyente, a la que se le leen textos en voz alta, tendida en el canapé.

Ricardo Piglia
El último lector


Sólo vemos una vez a don Quijote leer libros de caballería y es cuando hojea el falso Quijote de Avellaneda, donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido: precisamente en el momento en que la novela pone en escena su capacidad de absorber el mundo para ficcionalizarlo todo. Tenemos las fotos en que Borges intenta descifrar las letras de un libro que sostiene casi pegado a su cara; la de Joyce, un ojo tapado con un parche, leyendo con una lupa de gran aumento. Y hay una instantánea en la que el Che Guevara, trepado a una rama en plena selva boliviana, se concentra en la lectura, y tenemos también a Hamlet apareciendo por primera vez en escena con un libro en la mano. Y a Anna Karenina, a Madame Bovary; a esos lectores tan locos, geniales e inadecuados como Hamlet y Alonso Quijano que son Bouvard y Pécuchet. ¿Qué significan estas escenas de lectura, escenas secundarias y casi irrelevantes para las tramas novelescas, pero en las que asoma su sistema secreto? Piglia vuelve a mostrar que es uno de los grandes maestros en la construcción de itinerarios insólitos para leer la literatura contemporánea, en un libro extraordinario que, en palabras del autor, es «el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito».

La música

La música
ESTABA AMANECIENDO cuando el comisario Croce sintió un rasguido en el aire, como una música. Después, a lo lejos, vio un resplandor, tal vez era el fuego de un linyera o una luz mala en el campo. «Comparo lo que no entiendo», pensó. La realidad estaba llena de señales y de rastros que a veces era mejor no haber visto. Desde hacía meses vivía de prestado en la casa medio abandonada de un puestero en la estancia de los Moya, esperando que se resolviera el expediente de su cesantía y le pagaran la jubilación.
El resplandor se había apagado de golpe pero la claridad persistía al fondo de la hondonada. Las vacas se habían arrimado al alambrado y mugían asustadas por esa luz tan blanca. El cielo estaba limpio y en el aire vio un pájaro —una calandria, pensó— que volaba en un punto fijo, aleteando sin avanzar.
Bajó por el cauce del arroyo seco y cortó camino entre las casuarinas. El Cuzco lo seguía, olfateando la huella con un quejido, el pelo hirsuto, la mirada vidriosa.
—Vamos —le dijo Croce—. Tranquilo, Cuzco.
De pronto el perro salió corriendo y empezó a ladrar y a hurgar en la tierra. En el pasto, en medio de un círculo de ceniza, había una piedra gris. Croce se agachó y la estudió; se levantó, la miró de lejos, volvió a inclinarse y pasó la mano abierta por el aire, sin tocarla. Era como un huevo de avestruz y estaba tibia. Cuando la alzó, el pájaro que volaba inmóvil pareció quedar suelto y se alejó con un graznido hacia los álamos. El material era rugoso, muy pesado; el objeto venía de los confines del universo. Un aerolito, decidió Croce.
En el almacén de los Madariaga todos festejaron la llegada de Croce con la piedra («el cascote») que había caído del cielo. La apoyaron sobre una mesa y vieron que era un imán: sintieron un tirón en las rastras, las tijeras de esquilar del viejo Soto no se abrían, las monedas se deslizaban por la tabla y hasta los cascarudos y un mamboretá fueron atraídos por la piedra y quedaron pegados en el borde.
—Se puede hacer plata con esa cosa —dijo Iñíguez.
—En un circo —arriesgó Soto.
—En la ruleta, en Mar del Plata… —siguió Ibáñez—. La movés y la bolita va al número que quieras.
—Tiene un silbido —dijo Soto, escuchando con una mano en la oreja.
—Es la ley de gravedad —dijo Croce—, lo que pesa, se viene abajo… —Los parroquianos lo escuchaban, intrigados—. Vaya uno a saber en qué época empezó a caer y a qué velocidad. Parecía una llamarada en el campo…
—La enciende la fricción en la atmósfera —tanteó Ibáñez.
—Hay que dar cuenta —dijo Madariaga.
—Claro. Prestame el teléfono —dijo Croce.
Tenía que ver. Llamó a Rosa, la bibliotecaria del pueblo, y ella le dijo que iba a averiguar. Croce pidió una ginebra, la primera del día era siempre la mejor. Por ahí la piedra le cambiaba la suerte.
Al rato lo llamó Rosa. Había hablado con Teruggi, del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, sí, era un aerolito, tenían que analizarlo, y además le dijo que los objetos extraterrestres son de quien los encuentra y no del dueño del lugar donde caen. A Croce le gustó esa distinción y también la palabra extraterrestre.
—Dice que te van a recompensar y qué querés.
—Cómo qué quiero…
—A cambio. Plata no, algo…
—No sé. —Se quedó pensando—. Un telescopio.
Rosa se largó a reír.
—¿Y para qué un telescopio?
—Para verte a vos de lejos…
—Mirá que bien… Cualquier cosa podés pedir —siguió ella—. En el universo no hay propiedad. Pensalo —dijo y cortó.
Un trueque, eso también le gustó. A veces, en tiempo de sequía, no había un peso en el pueblo y al maestro le pagaban con gallinas, a Croce no le cobraban la comida en el restaurante del hotel, a Rosa le pagaban el sueldo con medicina para el dolor de los huesos. Siempre había querido tener un telescopio. En la noche, en el campo, se puede ver muy bien el firmamento. La luz de las estrellas no viene del espacio, viene del tiempo. Soles remotos, muertos hace miles y miles de años. Pensar eso lo aliviaba cuando no podía dormir y en la cabeza le zumbaban los presagios y los malos pensamientos. Con el telescopio, por ahí las noches se le hacían cortas y algo podía aprender sobre el universo.
Lo sacó de la meditación una llamada del doctor Mejía, un abogado de La Plata que le estaba tramitando la jubilación y el retiro. Querían consultarlo sobre el asunto del marinero yugoeslavo que había matado a una copera en un piringundín por Quequén. Croce había leído algo sobre el asunto.
—Messian, el defensor de oficio anda desorientado y quiere que visites al detenido.
—¿Para?
—Nadie lo entiende, habla en croata…
—¿Y yo qué puedo hacer?
—Andá a verlo, pobre pibe. Está preso en Azul.
A mediodía subió al coche y salió para el sur. Lo consultaban como si estuviera en actividad y le decían comisario y él era un excomisario, estaba retirado, en disponibilidad, pero lo llamaban igual al teléfono del almacén de los Madariaga, como si fuera su despacho. «Sí, claro, cómo no», pensaba, «un despacho de bebidas…». Lo divirtió el símil. «Mi despacho», pensó. Podía poner una bandera y un retrato del general San Martín y detener a todo el mundo, menos a los borrachos y a los que vendían whisky de contrabando. Había dejado el aerolito al cuidado de Rosa en la biblioteca.
—Ojo, atrae todos los metales… —le había dicho.
—Ya veo —dijo Rosa—. Me tironea la rodilla. Subila ahí, en el costado.
Tenía una rótula de aluminio, pero caminaba sin renguear, bella y liviana, y con el bastón le mostró el hueco en la estantería donde ubicar la piedra.
La miraron un rato.
—Brilla.
—Titila. Parece que estuviera viva —dijo Rosa.
A veces dormía con ella, dormir es un decir, se pasaban la noche conversando, discurriendo, tomando mate. De vez en cuando se metían en la cama. A Rosa no le gustaba que los vieran juntos. Nadie quiere que lo vean con un policía. «Pero yo soy un expolicía, estoy retirado». Ella se reía, se iluminaba. «Por eso no, Croce… es que sos muy feo».
En la cárcel lo estaba esperando el abogado de oficio, flaquito y activo, fumaba nervioso. Y mientras entraban le hizo un resumen del caso.
La noche del 8 de mayo de 1972, después de desembarcar en Quequén, Sandor Pesic, junto con otros tres marineros del barco Belgrado que venía a cargar trigo en los silos del puerto, se fue a tomar unas copas al bar Elsa, un cabaret en la zona mala del puerto. Estuvieron un rato ahí bebiendo cerveza con las chicas. Sus compañeros se retiraron, pero Pesic se quedó porque le gustaba estar bajo techo, en la luz, sentado a una mesa, como si fuera de ahí, dijo el abogado, y concluyó, amargado, me saqué la lotería con este individuo. «Debe pensar que individuo es una palabra jurídica», pensó Croce mientras pasaban los retenes y las rejas y cruzaban los pasillos. «Un masculino, podría haber dicho», pensó Croce, «cómo no, un varón, un mocito desgraciao, sería mejor».
Pesic, solo y algo bebido, sin hablar castellano, presenció esa noche una pelea de las alternadoras Nina Godoy y Rafaela Villavicencio con un cliente. Como la pelea subía de tono, Pesic quiso intervenir para calmarlos, pero recibió un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. Cuando despertó, Nina estaba muerta en el piso y la otra mujer gritaba y lloraba pidiendo ayuda. El hombre, el cliente, ya no estaba. La policía detuvo a Pesic cuando volvió al barco. Había huido, asustado, en medio del tumulto. Lo encarcelaron, el Balcanes partió y él quedó solo, en ese país perdido.
En el juicio lo declararon culpable del asesinato de Godoy y lo condenaron a veinte años de prisión. De las muchas personas que testimoniaron, Pesic era el único sin antecedentes penales. Rafaela, única testigo de lo que pasó esa noche, declaró cinco veces y en todas contó una historia distinta. Al escuchar la sentencia, el marino se agarró la cabeza y empezó a llorar mientras murmuraba en su idioma.
El abogado de oficio preparaba la apelación y no sabía para dónde agarrar.
—Usted, Croce, quién sabe, por ahí encuentra algo…
—Mejor voy solo —dijo el comisario.
El yugoeslavo era un chico rubio, de cara flaca y ojos celestes, tendría dieciocho años, calculó Croce, diecinueve cuanto más, y estaba sentado en el catre, con la espalda apoyada en la pared. En el hueco de la ventana había puesto una foto donde se lo veía sonriendo y tocando el acordeón a piano al lado de una muchacha con el pelo suelto que lo besaba en la mejilla. Le había puesto una vela y unas flores a la fotografía, como si fuera un altar.
—Qué decís, che, soy el comisario Croce —dijo Croce para abreviar.
El yugoeslavo habló un rato en croata y Croce lo escuchó con atención, como si lo comprendiera. Después sacó papel y lápiz y con señas le pidió que le dibujara la escena. Pesic hizo un cuadrado y luego otro al lado y otro cuadrado abajo y otro al costado, como quien hace una pajarera o cuatro mesas de billar vistas de arriba.
En el primer cuadrado hizo unas rayas y había que imaginar —por el birrete— que era un marinero sentado a una mesa con dos mujeres —a las que les había dibujado las melenitas— y varias botellas.
«Nina y Rafaela», pensó Croce.
En el segundo estaba el marinero tirado en el piso, con puntos negros en lugar de ojos y zzzz escrito al lado, en el idioma universal de las historietas.
«Estaba borracho y se había dormido o lo habían dormido de un golpe».
En el otro dibujo, junto al muñequito acostado, había una puerta cerrada y un globito que decía toc, toc.
«Dormido había soñado o había oído que alguien golpeaba la puerta», dedujo Croce.
En el último dibujo aparecía una de las mujeres tirada en el piso y Pesic sostenido de los bazos por dos muñequitos forzudos.
—Y cuando estabas dormido o desmayado, golpearon la puerta —dijo Croce.
Pesic lo miró sin entender, Croce le mostró el segundo dibujo y Pesic volvió a hablar largamente haciendo gestos con la mano, quizá con la ilusión de que lo comprendiera. Imposible.
Entonces Croce puso las manos juntas en la cara y cerró los ojos.
—¿Estabas dormido? —preguntó.
Pesic negó con la cabeza, expectante.
—¿Cómo no? Primero entra uno y después el otro —dijo Croce mostrando primero un dedo y después dos—. ¿O había sido uno solo que golpeó dos veces?
—No —dijo Pesic con un gesto. Croce recordó de pronto que en los Balcanes para decir sí, se hacía el gesto de mover la cabeza de arriba abajo y para decir no, hacían el gesto de sacudir la cara de un lado al otro.
—Ahá —dijo Croce—. Sí.
El chico sonrió por primera vez. Después mostró un dedo y después dos dedos.
Uno había golpeado dos veces. Raro.
—¿Lo había despertado o lo había oído en sueños? —preguntó Croce.
Pesic hizo unos gestos incomprensibles pero después cerró los ojos y Croce infirió que había escuchado los golpes mientras dormía.
—Si habían golpeado a la puerta dos veces, era una señal. Entonces el crimen había sido planificado y no era el resultado de una pelea casual. Y usaron a Pesic de chivo expiatorio. Primero lo desmayaron… —Croce había hablado en voz alta como le sucedía a veces mientras pensaba para adentro y Pesic lo miró asustado.
—No entendés ni jota —le dijo Croce.
El chico se tapó la cara y empezó a llorar. Croce le apoyó la mano en la cabeza.
En la pared del fondo de la celda había una leyenda grabada en la piedra. Meo sangre. Soy José Míguez. Yuta puta. Había cruces para marcar el tiempo y el dibujo primitivo y brutal de una mujer desnuda con las piernas abiertas. «La muerte siempre llama dos veces», pensó de golpe Croce.
Pesic era el condenado esencial, metido en una historia siniestra, en un puerto miserable, en un país desconocido. «Debe pensar», pensó Croce, «soy el náufrago de todos los náufragos, voy a morir solo en esta celda inmunda». Pero ¿sería inocente? En el momento del hecho estaba dormido, no podía recordar nada, pero su salvación estaba en ese sueño.
—¿Te acordás qué soñaste? —preguntó Croce y dibujó torpemente un títere dormido (zzzzz) y luego hizo un globo que le salía de la frente con nubes, un árbol, una casita con una chimenea de la que salía humo. El globo estaba dibujado con una línea de puntos que parecía temblar en el aire.
Pesic tomó el papel y dibujó una escalera circular y un mono subido a un árbol que en el cuadro siguiente ya había bajado y caminaba arrastrando los brazos hasta una puerta cerrada al fondo. Miró a Croce y después dibujó la puerta por el lado de adentro con el toc toc al costado. Se quedó quieto un instante y luego señaló a la chica de la foto y cerró los ojos. «Soñó con ella», dedujo Croce. Pero ¿la escalera y el mono? Esperó a ver, pero Pesic ya se había retirado a su cueva interior y miraba el vacío, hosco y callado. Entonces Croce juntó los dibujos y se despidió con una mueca compasiva.
—Se los llevo al defensor —dijo.
Afuera esperaba el abogado. Cruzaron por los mismos pasillos por los que habían entrado.
—Está embromado el hombre —dijo Croce—. Tuvo un sueño o vio algo mientras estaba dormido. Un mono, una escalera. —Le mostró los dibujos—. En el sueño escuchó golpear dos veces. En realidad era el asesino que venía de la calle. Golpeó la puerta dos veces para avisar… ¿a quién? —dijo Croce y se voló un poco como siempre que estaba ante un caso difícil—. Los golpes habían sonado antes y no después. Los escuchó en sueños y marcan la entrada del asesino. En un crimen hay siempre una pausa, todo se detiene y vuelve a empezar. Es lo que pasó: alguien entró y mató a la chica. ¿Me entiende?
—Más o menos —dijo el abogado mirando los dibujos—, pero yo ¿cómo lo pruebo?
«Suerte que ya no soy más policía», pensó Croce mientras se alejaba. No podía dejar de pensar en el chico encerrado en la celda. «No tiene a nadie con quien hablar», pensó mientras salía del presidio y subía al auto y lo ponía en marcha. La ruta estaba medio vacía. «¿Qué puedo hacer por el chico?», pensaba mientras conducía y caía la tarde; la luz de los ranchos ardía, a lo lejos, en el campo abierto, y en el horizonte se oía ladrar los perros, uno y más lejos otro y después otro. «Los que no salen nunca de la cárcel son los cristianos como este», pensaba Croce mientras entraba en el pueblo. Cruzó la calle principal y saludó a los que lo saludaron desde las mesas en la vereda del hotel Plaza.
Por fin detuvo el auto frente a la biblioteca y tocó bocina. Rosa salió y se apoyó en la ventanilla.
—Ya sé lo que quiero a cambio de la piedra que cayó del cielo.
—Ah, bien…
—Una «verdulera», una Hohner me gustaría. —Rosa se empezó a reír—. Sí —dijo Croce—. Ahora, en lugar de resolver los casos, les pongo música.
En las noches de verano, cuando las altas ventanas de la cárcel estaban abiertas, se escuchaba el acordeón a piano de Pesic que tocaba las lejanas melodías de su país. Cuando llegaba el invierno, el sonido dulce de la música solo se oía en los pasillos de la prisión y los presos agradecían poder vivir con el ritmo de esas extrañas canciones en el aire.
El 8 de junio de 1984, casi diez años después de la visita de Croce, fueron detenidos en España dos argentinos de avería, Carlos Farnos y Juan Hankel, que confesaron su responsabilidad en el asesinato de la copera de Quequén. El caso se reabrió. Efectivamente Farnos estaba en el lugar y Hankel golpeó dos veces la puerta para entrar. El gobernador Jorge Aguado redujo la pena de Pesic a ocho años y cuatro meses. El yugoeslavo dejó la cárcel de Azul por buena conducta en 1985. Tenía veintinueve años. Había pasado años y años preso por un crimen que no había cometido. Al salir declaró que solo deseaba llegar cuanto antes a su pueblo natal, Trebinje, en Yugoeslavia. Los diarios señalaron que el único objeto personal que se llevó consigo fue «su acordeón a piano». Y que en su español tentativo y austral dijo que agradecía al «hermano argentino» que se la había «obsequiado».
«Obsequiado, ¿dónde habrá aprendido ese verbo, el pobre cristo?», pensó Croce. Salió al patio con el mate en la mano. Era noche cerrada y las estrellas titilaban en el cielo. «Lástima no tener un telescopio», pensó mientras veía brillar las Tres Marías en la insondable oscuridad.

Ricardo Piglia
Antología personal
LOS CASOS DE CROCE


«Antología personal», del escritor y crítico literario argentino Ricardo Piglia, reúne ficciones, ensayos, conversaciones, cuentos e intervenciones públicas. Según refiere el propio autor, elaboran y registran imaginariamente experiencias vividas, pues en un mundo de vivencias virtuales, donde se ha perdido el sentido de la memoria privada, la utopía reside en construir artificialmente las mismas y tener como propias algunas que nunca lo han sido.

26 de marzo (El Diario debía ser leído como un oráculo.)

Avanzaba lentamente, a ciegas. Había una salida pero tardé en encontrarla. Di vueltas, durante días, hasta que una tarde se me ocurrió que también tenía que tener en cuenta el modo en que los acontecimientos estaban escritos. La forma en que había sido narrada mi vida, el estilo de las notas. Entonces, de a poco, todo se empezó a aclarar. Una mañana, después de casi veinte horas de trabajo, con una sencillez extraordinaria comprendí algo esencial: no era necesario regresar al pasado. Las repeticiones se producían invariablemente. Pero había que invertir el orden. Avanzar desde el presente hacia el porvenir. El Diario debía ser leído como un oráculo. Todo estaba claro. Ahora sólo tenía que probar lo que había descubierto. Iba a tomar un acontecimiento y escribir sus efectos como si estuviera narrando algo sucedido el día anterior. Busqué un hecho trivial. Me acuerdo de que era el 26 de marzo, había pasado unos días en París y había vuelto, el día anterior, en el tren de las 17.20 que llega a Saint-Nazaire a las 21.03. En el compartimiento una mujer había ocupado el asiento que yo tenía reservado. Era rubia, de ojos lívidos, y me senté frente a ella en un lugar vacío. Al rato subió una vieja muy amable que se empezó a quejar por el precio del pasaje. La habían estafado, le habían cobrado dos veces el mismo viaje. Nos mostraba el billete y sonreía y parecía un poco loca. Iba a Saint-Nazaire a visitar a su hijo, pero nadie la esperaba. Quería darle una sorpresa, le había comprado un kilo y medio de naranjas. La muchacha me miró como buscando ayuda y yo intervine en la conversación. La vieja repitió la letanía: la habían estafado, iba a visitar a su hijo, que no la esperaba. Al rato me aburrí y me puse a leer. La muchacha tranquilizaba con dulzura a la mujer, que ahora se quejaba de su hijo. Cuando el tren llegó a Saint-Nazaire las ayudé a bajar y después vi a la muchacha y a la anciana que iban juntas hacia la fila de los taxis.
Encuentro en Saint-Nazaire de Ricardo Piglia

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