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metralla y balas entran por la ventana en la curia

El general Linkenbach se muestra duro y se niega con desprecio, el 29 de abril, a prometer al obispo de Trieste, monseñor Antonio Santin, que salvaría la ciudad, pero las cosas se precipitan, se superponen a un ritmo exponencial. El Zeitrafferphenomen no respeta a nadie, ni siquiera el amor por el orden de un general de la Wehrmacht, puedo atestiguarlo personalmente, repetía a menudo, basta el gesto con el que un par de días más tarde, el 3 de mayo, dobló cuidadosamente su chaqueta, cuando se la quitó y me la entregó. El glioblastoma trastorna relojes y taquímetros, el tiempo se contrae y se recupera; el Tercer Reich está cayendo en segundos, un barrio conquistado cambia la geografía y la historia de Europa, Hitler cae, avanza Stalin o quien lo representa, el CMT-KMT de Tito dispara en las afueras y San Giacomo, las brigadas Pisoni y Foschiatti de los Voluntarios Italianos de la Libertad en el centro de la ciudad y frente al puerto, el CMT-KMT dispara contra los alemanes, pero también contra el CLN, metralla y balas entran por la ventana en la curia, donde el obispo tendido en el suelo para evitarlas intenta negociar por teléfono con el mando alemán pero no sabe bien con cuál, el ejército, la marina o la policía.

Claudio Magris, No ha lugar a proceder, Traducción: Pilar González Rodríguez, novela, 

Algunos hechiceros, como es sabido, tienen tetillas adicionales

Algunos hechiceros, como es sabido, tienen tetillas adicionales; otros al simple contacto del dedo de un demonio, quedan afectados de insensibilidad en una o más pequeñas zonas del cuerpo en las cuales el pinchazo de una aguja no les produce dolor ni promueve derrame alguno de sangre. Grandier no tenía ni pezones ni tetas extra; ergo debía de llevar en alguna otra parte de su persona esas señales especiales por medio de las cuales pone su rúbrica el diablo. Pero ¿en qué parte se hallaban tales improntas? No más tarde del 26 de abril la priora había dado la respuesta. Tenía cinco marcas en total: una en la espalda, en el sitio mismo donde son marcados con hierro candente los criminales; dos más en las nalgas, muy cerca del ano, y una en cada testículo.
A fin de verificar la exactitud de esa declaración, se le ordenó al cirujano Mannoury que hiciese una pequeña vivisección. En presencia de dos boticarios y varios doctores Grandier fue despojado de sus ropas, afeitado todo su cuerpo, vendados sus ojos y sistemáticamente pinchado hasta el mismo hueso con un estilete largo. Diez años antes, en el salón de Trincant, el párroco se había mofado de ese burro ignorante y fatuo. Ahora el burro, aprovechando la ocasión, procuraba su venganza. El dolor era terrible y los alaridos del preso se oían a través de las ventanas, no obstante hallarse tapiadas. Abajo, en la calle, una multitud de curiosos se hacía compacta, a medida que crecían los alaridos de dolor. En el sumario oficial de cargos por los cuales fue condenado Grandier consta que, debido a la gran dificultad de localizar las pequeñas áreas de insensibilidad, solamente fueron descubiertas dos de las cinco que señaló la madre priora. Para Laubandemont, sin embargo, aquellas dos eran más que suficientes.

Aldous Huxley, Los demonios de Loudun,


Winston dejó de escribir, en parte porque le había dado un calambre

De pronto empezó a escribir como llevado por el pánico, solo consciente en parte de lo que hacía. Con su caligrafía pequeña, pero infantil, fue trazando líneas torcidas en la página y acabó desprendiéndose al principio de las letras mayúsculas y por fin de los puntos y aparte.
4 de abril de 1984. Anoche fui al cine. Todo películas bélicas. Una muy buena de un barco abarrotado de refugiados que bombardean en mitad del Mediterráneo. El público se lo pasó en grande con los planos de un hombre muy gordo que intentaba huir a nado del helicóptero que le perseguía, primero se le veía chapoteando en el agua como una marsopa, luego aparecía a través de la mira de las ametralladoras del helicóptero, después lo llenaban de agujeros, el agua se volvía de color rosa y se hundía como si los agujeros hubiesen dejado entrar el agua, la gente se moría de risa al ver cómo se hundía, luego había un bote salvavidas lleno de niños que sobrevolaba un helicóptero, había una mujer de mediana edad que tal vez fuese judía sentada a popa con un crío de unos tres años en brazos, el bebé lloraba de miedo y ocultaba la cabeza entre sus pechos tratando de protegerse, la mujer lo abrazaba y lo consolaba aunque ella también estaba aterrorizaba y procuraba taparlo como si creyera que sus brazos podían detener las balas, luego el helicóptero, soltaba una bomba de veinte kilos con un terrible resplandor y el bote se encendía como una caja de cerillas, después había un plano genial del brazo de un niño volando por los aires, yo creo que debieron de rodarlo desde un helicóptero, y hubo muchos aplausos en los asientos del partido aunque una mujer de la parte de los proles organizó un escándalo y se puso a gritar que no deberían proyectar esas cosas delante de los niños, que no estaba bien delante de los niños, hasta que la policía la sacó; no creo que le ocurriera nada porque a nadie le importa lo que digan los proles, es una típica reacción prole y nunca…
Winston dejó de escribir, en parte porque le había dado un calambre. Ignoraba a santo de qué había escrito todas esas incongruencias. Pero lo raro era que mientras lo hacía había acudido claramente a su memoria un recuerdo totalmente distinto, hasta el punto de que se vio capaz de escribirlo. Era, comprendió de pronto, ese otro incidente el que le había decidido a volver a casa y empezar el diario.

George Orwell en 1984


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