Mostrando entradas con la etiqueta Julio Caro Baroja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julio Caro Baroja. Mostrar todas las entradas

LOS CONSEJEROS Y LA SUPREMA

4. LOS CONSEJEROS Y LA SUPREMA
Creo que al llegar a este momento hay que hacer nuevas observaciones respecto a la carrera inquisitorial en su fase más elevada. Aparte y por encima de las inquisiciones provinciales funcionaba la Suprema. El presidente de ella era el Gran Inquisidor o Inquisidor general. Asistían a éste los consejeros, que se nombraban entre antiguos inquisidores provinciales o entre letrados y prelados conocidos por su experiencia. Por privilegio de Felipe III, fechado a 16 de diciembre de 1618, a partir de aquella fecha siempre había un dominico entre ellos.
Las causas más graves, las causas de apelación, las que ofrecían discrepancia de criterio, las que presentaban grandes dudas y las relativas a delitos de los ministros del Santo Oficio, se veían en la Suprema y ésta ratificaba las sentencias. Cada año también se recibían en ella los informes de las inquisiciones provinciales respecto a la marcha de las causas seguidas en ellas, el número de procesados, de presos, etc. Cada mes informaban respecto a asuntos económicos. Se reunía el Consejo (que era uno de los grandes del reino) los lunes, miércoles y viernes por la mañana; los martes, jueves y sábados, por la tarde; intervenían en las sesiones vespertinas dos consejeros de Castilla. Siempre que hubo negocios graves hubieron de trabajar en firme los consejeros. Así, en 1528, cuando se trató de resolver el negocio de las brujas de Navarra. Más tarde, a medida que se presentaban casos como los de los judaizantes de Murcia, dirigido por fray Luis de Valdecanas, o los luteranos de Valladolid (1588). Discutían los consejeros; votaban por orden de antigüedad, del más moderno al más antiguo. Había a veces juntas extraordinarias, en que participaban miembros de otros tribunales. Pero no todo el tiempo se invertía en negocios de esta índole. Fue el del Santo Oficio uno de los tribunales más discutidos en cuestión de preeminencias, lugares y honores. Con los obispos, con las chancillerías y sus miembros, con los municipios, tuvo siempre graves y largos pleitos por asuntos de etiquetas y honores. Los inquisidores dan fe de la importancia que concedían a esto. Simancas se vanagloria de la rapidez con que llegó a ser de los que votaban en último lugar. Las pompas de los autos, las procesiones y otras ceremonias daban lugar a mil quehaceres ajenos a lo más específico en la función inquisitorial.

Julio Caro Baroja
El señor inquisidor

El señor inquisidor examina el estilo de vida de los funcionarios permanentes de la Inquisición, los criterios seguidos para su incorporación y promoción y las formas de actuación del Santo Oficio.
Este ensayo fue escrito por Julio Caro Baroja después de una ardua tarea de investigación y en él sostiene que se ha escrito mucho sobre la Inquisición, pero de manera abstracta y que, sin prescindir de tantas interpretaciones, proclamadas por diferentes escuelas y pensadores y realizadas en distintos momentos históricos sobre las actuaciones de la Inquisición, el Santo Oficio debería ser juzgado a partir de las actuaciones de sus verdaderos protagonistas, es decir los señores inquisidores.
La obra constituye el primer capítulo de la recopilación de trabajos El Señor Inquisidor y otras vidas por oficio publicado por Caro Baroja en 1994.

Me sorprendí, en fin, de lo poco que, en realidad, se sabe de Andalucía,

Aún hacia 1946, habían andado pidiendo dinero por cortijos y caseríos algunos hombres armados. Fueron famosos, por entonces, tres hermanos, de los cuales, el que hacía de jefe, era conocido por «El Cubiles». Los cambios en todo, de 1930 a 1949, habían sido lentos. La idea de contemplar una Andalucía con mucho rasgo antiguo, con «color local», era imaginable, aunque trajes, transportes, etcétera, eran ya distintos a los del XIX romántico. Dejando detalles técnicos a un lado, recuerdo que de Bujalance fuimos a Porcuna y que allí conocimos a un hombre original: un cantero y lapidario que llevaba dieciocho años construyéndose una casa de piedra, de arenisca dorada, con bóvedas, escaleras, ventanas, etc., en donde para nada entraba la madera, el ladrillo, el yeso, y en donde, sin embargo, se simulaba el empleo de estos materiales. Hasta las mesas y las sillas eran de piedra y la mesa principal la constituía un bloque de siete toneladas. La casa de piedra daba una impresión rara de poca utilidad, y los vecinos de su constructor le tenían por hombre al que no sabían si había que admirar o si había que burlarse de él. Era como de algo más de cincuenta años, rubicundo, nervudo, con una mirada gris, algo extraviada a veces. Hablaba de su empresa, en la que pensaba invertir aún cinco años, con tono humorístico. Pero en el fondo se veía que creía que había hecho algo notable y por hacerlo había luchado, incluso, con las autoridades.
Sentí cierta simpatía por este enemigo técnico de Le Corbusier, aunque la casa no me gustara mucho. Me hizo reflexionar más sobre la arquitectura popular también: pero donde tuve más revelaciones a este respecto fue poco después, en Los Pedroches. Andábamos por Pozoblanco el día 16 de noviembre y paramos en el hotel Damián. A la hora de la comida del mediodía se organizó una conversación muy animada entre varios huéspedes y unos comisionistas. El tema era de los secuestros y casos de bandolerismo acaecidos en Sierra Morena, también entre Marbella y Estepona y en Bélmez, hacía poco. Los secuestros de niños, ancianos ricos y personas del régimen hacían pensar en los relatos de Zugasti, de la época del 68. Pero saliendo de este ámbito y por otro motivo quedé muy prendido de interés por los pueblos del valle de Los Pedroches, como La Añora y El Guijo. Me chocó un tipo de casa hecho a base de bovedillas de arista o crucero. Me chocaron otros varios elementos del arte popular, de un goticismo retardado, los esgrafiados, las cruces ovifilas que encontré, hechas de varios modos, con fin decorativo y un sin fin de peculiaridades de las que no tenía ni la idea más remota.
Me sorprendí, en fin, de lo poco que, en realidad, se sabe de Andalucía, pese a la cantidad de viajeros, ensayistas y otra clase de escritores que han dejado páginas y páginas sobre aquella tierra atractiva: acaso más para el turista que para muchos de los que viven en ella. Pensé en escribir algo, ya desde esta primera ocasión y durante el resto del viaje agucé la vista y el oído con este objeto.
Cuando, sin embargo, aproveché o empecé a aprovechar más, fue poco después, al llevar a cabo otro recorrido por la Andalucía occidental: de la sierra de Cádiz a Huelva. El contraste entre la campiña y la sierra y entre la costa y los pueblos del interior de Huelva era fortísimo, y durante el viaje tuvimos ocasión de tratar a mucha gente interesante y de distinto carácter. El 24 y 25 de noviembre andábamos por Grazalema, y en la ribera fuimos huéspedes de Julián Pitt-Rivers, al que encontré allí por vez primera, en trance de preparar su tesis. Parte de ella apareció después con el título de The people of the Sierra y dedicada a mí. Esto supuso y supone una de las mayores recompensas en mi vida profesional. Porque resultó posible que un historiador y etnógrafo sirviera de algo a un antropólogo social de la escuela de Oxford. Partíamos de intereses distintos, acaso de ideas distintas, y Foster, Pitt-Rivers y yo constituíamos un triángulo: el punto de vista inglés y el americano lo representaban muy bien cada uno de los dos. No puede decirse que el mío era el español, puesto que en 1949 no había ninguna escuela por aquí. Mi cabeza funcionaba de modo distinto, por lo mismo que mi formación no era angloamericana en total, sino medio alemana, medio francesa también. La estancia en Grazalema fue como la estancia en un laboratorio. Mas con independencia de esto, recuerdo las horas de la ribera y como muy placenteras. Despejaron algunas de mis dudas y gocé de la amistad y del paisaje con delicia. La bajada a Cádiz fue agridulce, por lo mismo que dejábamos algo excepcional en nuestros recorridos. De todas formas, también en Cádiz encontramos gente amiga y amable. Gessa, Aramburu, don Álvaro Picardo y otros nos informaron sobre muchos aspectos de la vida en la capital y en la provincia. Allí, con Arcadio de Larrea, nos metimos por vez primera en los ámbitos musicales, nos introdujeron en los misterios del «cante grande» y el «liviano» o «chico». También escuchamos desarrollar una serie de especulaciones sobre sus orígenes y cambios, que daban lugar a serias controversias.

Julio Caro Baroja
Los Baroja
Memorias familares

Un prodigioso libro de memorias, que es a la vez un certero retrato de un país, la España de antes y después de la guerra; de una fascinante familia de intelectuales, escritores y artistas, los Baroja, y del itinerario vital e intelectual de su autor. Los Baroja se divide en dos partes, la primera, titulada Los personajes, se centra en la infancia del autor, y allí aparece un niño con unas dotes de observación dignas del mejor novelista; asoman prodigiosamente recreados los personajes familiares que lo envolvían, sus abuelos, sus padres —el editor Rafael Caro Raggio y Carmen Baroja— y sus ilustres tíos —el escritor Pío y el pintor Ricardo—; se describen los espacios en los que habitaba, el mundo rural y austero de Vera de Bidasoa y el agitado Madrid de la llegada de la República; y aparecen también las primeras lecturas que le abren a ese niño inquieto y curioso nuevos horizontes… La segunda parte, que cubre los años que van de 1936 a 1956, retrata la España desolada de la posguerra y la evolución profesional del autor, interesado por la antropología, el folclore, la historia y la lingüística, su interés por la inquisición y la brujería, sus viajes por África y América.

Esta mujer, natural de Lyne, cerca de Dalry, en el condado de Ayr, fue condenada a la hoguera el 8 de noviembre de 1576.

Procesos de brujos y brujas que vivieron durante el siglo XVI en tierras nórdicas, pero de las consideradas célticas más que germánicas, indican que también en ellas la Brujería estaba relacionada por entonces con creencias mitológicas más que con un Satanismo formal. Así, por ejemplo, en Escocia. Ello se ve claro en el conocido proceso de Bessie Dunlop, dirigido por jueces protestantes. Esta mujer, natural de Lyne, cerca de Dalry, en el condado de Ayr, fue condenada a la hoguera el 8 de noviembre de 1576. Como otras muchas que sufrieron la misma pena, era partera y curandera. Según declaró, desde 1547 se le aparecía un fantasma de cierto vecino suyo muerto en la batalla de Pinkie y llamado Thome Reid. El fantasma le aconsejaba en sus curas y la inducía a obrar bien. La primera vez que se le apareció pasaba la mujer por momentos de angustia. La segunda le recomendó que se hiciera católica, la tercera se le presentó estando en familia, pero quedó invisible para los demás.
La llevó luego a un sitio próximo al horno de la casa, aconsejándola que no metiera ruido. Allí se le aparecieron cuatro caballeros y ocho damas elegantísimas que le invitaron a ir con ellos. Bessie permaneció callada y las figuras aquellas desaparecieron en un torbellino. El fantasma, que había estado oculto durante la entrevista, una vez que se fueron, le aclaró que aquellas damas eran las «buenas hadas» que residían en la «corte de Elfos». Bessie siguió sin aceptar la invitación, por lo que el fantasma se incomodó algo. Pero, de todas maneras, la siguió protegiendo. Al fin, sin embargo, después de unas curas y adivinaciones fallidas dio con sus huesos en la cárcel y tras de un proceso en el que manifestó que no había conocido en vida a Reid, fue quemada.

Julio Caro Baroja
Las brujas y su mundo
Un estudio antropológico de la sociedad en una época oscura

Este estudio clásico de Julio Caro Baroja acerca de Las brujas y su mundo cubre un amplio ámbito histórico y cultural: las características de la magia negra en el mundo grecolatino, la hechicería femenina entre los pueblos germánicos y eslavos, la adoración del demonio en la Europa medieval, la extensión de la práctica del sabbat a partir del siglo XIV, la brujería vasca en el vasca en el siglo XVI y los grandes procesos inquisitoriales de comienzos del siglo XVII (como el de las brujas de Zugarramurdi), la crítica de la Ilustración a la concepción mágica del mundo, la persistencia en el siglo XX de ese género de creencias dentro de sectores rurales colindantes con centros urbanos e industriales altamente desarrollados, etc. Estas investigaciones resultan especialmente útiles para descubrir la función que las creencias mágicas desempeñan en las distintas sociedades y mostrar el carácter cambiante y elástico que para los hombres de diferentes épocas y culturas tienen las fronteras de la realidad.

30 de marzo (fue expulsado de su cargo en 1801 como infiel o fautor de herejes)

El gran inquisidor Abad cayó en 1794 por presiones de otros altos dignatarios de la Iglesia, hostiles a su punto de vista, y fue recluido en un monasterio castellano. Le sucedió un prelado más afín a las ideas de la Roma de entonces: el erudito arzobispo de Toledo Lorenzana. Pero la época era difícil para que nadie triunfara del todo: ni los llamados jansenistas, de tendencia regalista, ni los ultramontanos. Pudieron los «ortodoxos» luego, a posteriori (en tiempos de Fernando VII e Isabel II), hablar de ataques contra el «clero» durante ella. La realidad es que del mismo clero partían muchas sugerencias e ideas contrarias al viejo espíritu del Santo Oficio. Durante el corto ministerio de Jovellanos, el mismo funcionario al que había encomendado Abad La Sierra la tarea revisionista, fue encargado de nuevo de recoger documentos que justifican no ya la reforma, sino incluso la abolición del Santo Oficio. Era este funcionario el célebre don Juan Antonio Llorente, nacido el 30 de marzo de 1756 en el pueblo riojano de Rincón de Soto. Desde 1782, poco más o menos, este sacerdote había abandonado las referidas ideas «ultramontanas», y su punto de vista en asuntos eclesiásticos era el de otros muchos españoles letrados de su época, y de antes, que en lo que a la Inquisición se refiere, por lo menos, no pudieron opinar con la autoridad que él tuvo y con el conocimiento que le dieron sus exploraciones internas. Llorente fue, en principio, un clérigo regalista más y contrario a las pretensiones de Roma. Pero no era lo mismo oponerse a Roma en la época de Carlos III o Carlos I que enfrentarse con la curia en tiempos de Felipe II y aun de Felipe IV; como no es lo mismo sentar principios desamortizadores en el siglo XVII que a comienzos del XIX. Llorente tuvo una vida azarosa en una época difícil. Comisario del Santo Oficio de Logroño en 1785, secretario luego de la Inquisición de Corte, fue expulsado de su cargo en 1801 como infiel o fautor de herejes (caso que se dio varias veces antes, pero de modo menos escandaloso, en relación con algunos altos funcionarios del Santo Oficio). De 1805 a 1808 trabajó al servicio de Godoy en diversos estudios histórico-políticos, y en 1808 abrazó la causa francesa de modo inequívoco. Así, pues, el 11 de marzo de 1809 fue llamado por José Bonaparte para participar en las tareas del Consejo de Estado y contribuyó no poco a la liquidación del Santo Oficio, decretada por Napoleón poco antes. Se le encargó escribir su historia, y en esta y otras empresas relacionadas con la vida del clero siguió sirviendo al mismo rey José.
El señor inquisidor de Julio Caro Baroja



Blogs y Webs

  • Sofia - Sin tilde, sí, la capital de Bulgaria. A ella dedicó este libro Juan Eduardo Zúñiga, uno de los escritores españoles más secretos del siglo XX y, sin em...
    Hace 6 días
  • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
    Hace 8 años