Alerce (8) - Blancas y violetas, verdes y marrones se presentaban las praderas.

Así eran estas mujeres. Sus piernas asomaban debajo de las faldas de lana marrón adornadas con ribetes rojos, azules o naranja, de un palmo de ancho; los pañuelos que llevaban a la cabeza, con las puntas cruzadas sobre el pecho, eran de un estampado barato con dibujos modernos de fábrica, pero algo en sus colores o en la distribución de éstos recordaba los siglos remotos de los antepasados. Este algo era mucho más antiguo que los trajes regionales en general; era una mirada retardada que había recorrido todos aquellos tiempos y que llegaba turbia y cansada, pero sentía uno esta mirada fija en él al mirarlas. Calzaban unos zuecos, tallados como las piraguas en una sola pieza de madera, y en las suelas llevaban, a causa de los malos caminos, dos planchas de hierro en forma de cuchilla, sobre las cuales andaban con sus medias azules y marrones, igual que las japonesas. Cuando se las hacía esperar, no se sentaban a la vera, sino en la tierra plana del camino, con las rodillas dobladas como los negros. Y cuando subían por las montañas montadas en sus burros —cosa que ocurría de vez en cuando—, no se sentaban en las faldas sino que, al estilo de los hombres y con los muslos al aire, se sentaban en los cantos de madera de las albardas, con las piernas dobladas indecorosamente, dejándose llevar con un suave balanceo de todo el busto.
Pero eran también de una amabilidad y gentileza que desconcertaban por su franqueza. «Haga el favor de pasar», decían erguidas como duquesas cuando se llamaba a la puerta de su casa; o cuando se estaba charlando con ellas un rato en el campo, alguna preguntaba de pronto con la máxima cortesía y discreción: «¿Me permite que le tenga el abrigo?» Cuando un día el doctor Homo le dijo a una encantadora muchacha de catorce años «ven al heno» —simplemente porque en aquel momento el heno le parecía tan natural como el pasto para los animales—, aquella cara infantil, bajo el alero que formaba el pañuelo de los antepasados, no se asustó lo más mínimo; risueña resopló por la nariz y los ojos, levantó las puntas de sus pequeños zuecos en forma de barco, y con el rastrillo al hombro por poco se cae bruscamente sentada, si todo eso no hubiera sido sólo la fingida expresión de asombro graciosamente torpe ante la concupiscencia del hombre, como en una opereta. Otro día preguntó a una campesina alta, con aspecto de hacer papeles de viuda teutona en el teatro, «¿¡Dime, eres aún virgen!?», y le cogió la barbilla, otra vez sin pensarlo mucho y porque las bromas de los hombres deben tener cierto sabor; pero ella dejó que su barbilla reposara en la mano de él y le contestó muy seria: «Sí, desde luego.» Homo casi se desconcertó. «¿¡Tú eres virgen todavía!?», dijo asombrado y se rió. Ella se rió también. «¿¡Dime!?» siguió él interesándose, jugueteando con su barbilla; ella le sopló en la cara y contestó riendo: «¡Desflorada!»
—Cuando te haga una visita, ¿qué me darás? —siguió preguntando.
—Lo que quiera.
—¿Todo lo que quiera?
—Todo.
—¿De veras, todo?
—¡Todo! ¡Todo!, y era una pasión representada de forma tan excelente y fervorosa, que le desorientó mucho esa autenticidad de teatro a mil seiscientos metros de altura. Ya no se le quitó de la cabeza que esa vida, más clara y más sabrosa que cualquier vida anterior, no era realidad sino un juego flotando en el aire.
Mientras tanto había llegado el verano. Cuando vio por primera vez la letra de su hijo enfermo en una carta que recibió, una reacción de dicha y de posesión secreta le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies; el que conocieran ya su paradero le parecía enormemente reconfortante. Él estaba aquí, sí, ahora lo sabían todo y él ya no necesitaba explicar nada. Blancas y violetas, verdes y marrones se presentaban las praderas. Él no era ningún fantasma. Un bosque encantado de viejos troncos de alerces, cubiertos de un vello verde claro, poblaba la pendiente esmeraldina. Debajo del musgo vivirían cristales violetas y blancos. En un lugar en medio del bosque el arroyo saltaba sobre una piedra que parecía una gran peineta de plata. Ya no contestaba a las cartas de su mujer. De los secretos de esta naturaleza, uno era el pertenecerse mutuamente. Hubo una flor bermeja que no existió en el mundo de ningún otro hombre, sino sólo en el suyo; así lo había dispuesto Dios como un milagro. Hubo un sitio en el cuerpo que se ocultaba y que nadie más que uno podía ver, a menos que muriera. En aquel momento, esto le pareció tan maravillosamente absurdo e inadecuado como sólo puede serlo una religión profunda. Entonces se dio cuenta de lo que había hecho al aislarse ese verano y dejarse llevar por su propia corriente, que se había apoderado de él. Entre los árboles cubiertos de cabellos cardenillos se arrodilló con los brazos abiertos, cosa que no había hecho en su vida, y tuvo la sensación de que en aquel momento le habían quitado de sus brazos a su propia persona. Sintió la mano de su amante en la suya, su voz en sus oídos; su cuerpo entero era como si ella lo acabase de tocar, y se sintió a sí mismo como una forma integrada por otro cuerpo. Pero había derogado su vida. Su corazón se había vuelto sumiso ante la amante y pobre como un mendigo, de su alma casi emanaban votos y lágrimas. A pesar de ello, lo cierto era que él no se volvería atrás; de un modo extraño, su excitación estaba adherida a una visión de las praderas en flor que rodeaban el bosque, y a pesar del ansia de futuro que sentía, tuvo la sensación de que su cadáver descansaría allí entre anémonas, nomeolvides, orquídeas, gencianas y la deliciosa acedera color verde parduzco. Se tumbó en el musgo. «¿Cómo llevarte conmigo allá?», se preguntó Homo. Y su cuerpo sintió un extraño cansancio, como una cara que se disuelve en una sonrisa. Había creído vivir siempre en la realidad, ¿pero existía otra cosa más irreal que el que para él una persona se distinguiera de todas las demás? ¿Que en el sinnúmero de cuerpos hubiera uno del cual su íntima razón de ser dependiera casi tanto como de su propio cuerpo? ¿Cuya hambre y cansancio, oído y vista estuvieran unidos a los de su persona? A medida que el niño crecía, subía también aquella savia, como suben los secretos de la tierra por un arbolillo, hasta transformarse en nuevo humus de cuidados y de amabilidades. Él quería a su hijo, pero tan cierto como que éste iba a sobrevivirle, lo era que antes de quedarse solo habría matado en él la reciprocidad. Y de repente se notó ardiente de una nueva verdad. No era hombre inclinado a la fe, pero en esos momentos su alma estaba iluminada. Los pensamientos alumbraban tan poco como velas humeantes en esta gran claridad de su sentir, era sólo una magnífica palabra evocadora de la juventud: reintegración. Se la llevaba siempre consigo, hasta la eternidad, y en el instante en que se entregó a esta idea, desaparecieron para él los pequeños estragos que los años habían ocasionado en la amante; fue un primer día eterno. Se desvaneció toda contemplación mundana, toda posibilidad de saciedad e infidelidad, pues nadie sacrificaría la eternidad por la frivolidad de un cuarto de hora; por primera vez experimentó el amor como sacramento indudablemente celestial. Reconoció la providencia particular que había guiado su vida hacia esta soledad, y sintió el suelo bajo sus pies, lleno de oro y piedras preciosas, no ya como un tesoro de este mundo, sino como un mundo encantado creado para él.
A partir de ese día se sintió desatado de un vínculo, como si fuera una rodilla anquilosada o una mochila pesada. Libre del apego al deseo de estar vivo, del horror a la muerte. No le ocurrió lo que siempre había creído que le pasaría a uno cuando cree próximo su fin estando aún en plena posesión de sus facultades, y es que entonces gozaría la vida más desenfrenado y sediento; él se sintió simplemente desligado y lleno de una ligereza deliciosa, que le convirtió en el sultán de su existencia.

Robert Musil
Tres mujeres

Tres mujeres es la historia de tres arquetipos: Grigia, La Portuguesa y Tonka. Musil es uno de esos artistas que se desenvuelven con gran facilidad a través de un personaje femenino, y en cambio sufren prejuicios literarios ante los caracteres masculinos. En esta obra, Musil, interesado en la psicología, vio que el mundo irracional, intuitivo y alienado en el que se desenvolvía la burguesía instigadora de la primera guerra mundial tomaba forma con mayor ajuste en heroínas que en héroes.

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