Ciclamor (7) - —Obedeció a su esposo, según tengo entendido —contestó Lucinda—, me parece recordar que fue su esposo el que le pidió que mintiera. Rompió él en franca y alegre carcajada.

La primera cosecha de Malvern estaba en sazón. Pierce se levantaba al amanecer, para gozar del placer de recorrer sus campos, llenos de fruto. En los establos podía oírse otra vez el rumor del ganado, el ordeño de las vacas y el relincho de los caballos. No todo estaba pagado aún; pero con la cosecha tendría dinero contante para hacer frente a los pagos. No sentía ningún temor.
El año había sido extraordinariamente bueno. El invierno, hacia su final, se presentó templado, y la primavera se adelantó, con una explosión de rododendros en los bosques. Durante los años de guerra se había olvidado por completo de toda clase de belleza, y ahora pensaba que todo aquello se le mostraba por vez primera, los encendidos brotes de los arces, la lila verdeante y temprana, los botones vigorosos del ciclamor y del cornejo. Durante la primavera, había espiado con constante ansiedad cada indicio de vida y floración. El azúcar escaseaba todavía y tenía que recurrir al azúcar de arce, a la que su padre y su abuelo habían recurrido también en otras épocas de escasez, aunque él, por fortuna, jamás tuvo que consumirlo, hasta ahora, desde que era dueño y señor de Malvern. Simientes seleccionadas y frescas habían sido arrojadas a los surcos recién abiertos, trigo para el pan, maíz y avena para el ganado, cebada y centeno para la volatería y los caballos. No tenían café, pero el centeno proporcionaba un buen sustitutivo, si se preparaba con un ligero tueste, bañado en melaza. Tampoco disponían de colorantes, y se las había arreglado obteniendo tinte marrón, para los arneses, de las nueces silvestres; amarizo del azufre y rojo obscuro de las moras parásitas. Lucinda se había entregado a los quehaceres de la casa; pero él no se saciaba nunca, no se hartaría jamás, hasta que muriera, de aquella maravilla natural y única que eran sus campos, llenos de vida nueva.
Sus preocupaciones se extendieron asimismo a las instalaciones adicionales de la granja. En la lechería ordenó la construcción de nuevos pilares y estanterías. Era un gran consuelo, mientras cabalgaba por las tierras de labor, lejos del caserío, saber que en Malvern estaban los odres llenos de mantequilla, las cántaras llenas de leche y las prensas cuajando quesos sin interrupción.
Aquella mañana de julio, vagando al azar, llevó a su jaca hasta la sombra de un peral y la detuvo, para arrancar una pera amarilla, que empezó a mordisquear con fruición, saboreando el dulzor con parsimonia, como si se tratase de un licor fino y aromático. Llegado octubre, tendría también compota de peras y otras frutas. Y para el invierno, jamones y buenos tocinos y embutidos. ¡Que le dieran cinco años tan sólo, y Malvern estaría en pie, como siempre marchando por sí mismo!
Con todo aquello, sin embargo, apenas cien dólares, en moneda efectiva, estaban disponibles en su bolsillo. Había hecho el milagro sin dinero, pagando a los hombres con amabilidades, alimentándolos con lo que Malvern tenía y nada más. Durante el invierno tuvieron que soportar privaciones. Él y Lucinda se habían sentado a la mesa, más de una vez, con vajilla fina y cubiertos de plata, pero con un pan de maíz en la cestilla y gachas y judías negras como menú, sin apelación. Como sopa, cocimiento de coles. Bien; aquello estaba acabado. Malvern estaba en sazón otra vez. Ahora tenían carne, verduras y patatas de la mejor calidad, sembradas con simiente cambiada a Molly MacBain por gallinas y un gallo.
Se sonrió al recordar a Molly y sintió sonrojo, aun bajo el ardiente sol veraniego. Lucinda iba a tener un bebé, al comienzo del otoño. Se lo había anunciado la noche anterior, aunque para él no era un secreto su estado, desde algunos meses atrás. No quiso, a pesar de ello, darse por aludido, esperando que por sí misma lo confesara.
—Señor Delaney… —le había dicho, la pasada noche, en la habitación.
—Bien, ¿qué ocurre? —había preguntado, a su vez, mientras se vestía para la cena, pues su mujer le obligaba a presentarse en la mesa de punta en blanco, como solía hacerlo antes de la guerra.
Lucinda se había puesto el vestido de tafetán amarillo, del que constantemente se quejaba de que estaba hecho un guiñapo, en una sola pieza gracias a las manos y la paciencia de Georgia. A él no le parecía que estuviese hecho un guiñapo, ni le veía rotos o cosidos por ninguna parte, cuando ella, sentándose a su lado, dejó caer sobre el regazo sus manos, como pétalos de magnolia.
—Debes contar con un aumento de familia, señor Delaney —dijo.
—¡De veras! —exclamó. Luego se inclinó hacia ella y le tomó ambas manos—. ¿Cuándo, si puede saberse?
—En la primera quincena de septiembre, probablemente —replicó Lucinda.
Se mantenía seria, erguida, llena de dignidad. Él se levantó, la cogió por la cabeza y la besó en la frente, con ternura.
—Mucho cuidadito con mi «pompadour» —advirtió ella, temiendo por su peinado, y entonces él se sentó de nuevo.
—¿Cómo la llamaremos, Luce? —preguntó.
—He pensado en Zafiro —opinó ella—; es un nombre bíblico.
Él se quedó meditando unos momentos. Luego objetó:
—¿No fue una mentirosa, Luce, esa Zafiro? —preguntó.
—Obedeció a su esposo, según tengo entendido —contestó Lucinda—, me parece recordar que fue su esposo el que le pidió que mintiera.
Rompió él en franca y alegre carcajada.

John Sedges, Hasta que la muerte nos separe
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La acción transcurre en EE.UU, en los años inmediatamente posteriores a la guerra de Secesión. Las tensiones de la guerra civil se encarnan en la historia de dos hermanos enfrentados por la guerra, convencidos ambos de que han defendido la causa más justa. El choque de dos concepciones de la vida sirve de fondo al drama de dos hombres incapaces de comprender el cambio que se ha operado en el país. De este enfrentamiento surge una apasionante historia de amor entre un blanco y una mestiza, plasmada con gran maestría.

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