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Ciclamor=Árbol de Judas (10) - Se encontraban ante algo peor que el horror de la oscuridad: el del horror de la luz del sol.

Flambeau se inclinó hacia la señora y le expresó su simpatía; después dijo al hombre:
—Me pareció, señor, que usted era el cuñado de la señora Flood.
—Soy el doctor Oscar Flood —replicó el otro—. Mi hermano, el esposo de esta señora, está en la actualidad de viaje en el Continente, obligado por sus negocios, y ella dirige el hotel. Su abuelo estaba parcialmente paralítico y tenía mucha edad. No se sabía que nunca hubiera salido de su dormitorio; así es que las extraordinarias circunstancias…
—¿Ha llamado al médico y a la Policía? —preguntó Flambeau.
—Sí —replicó el doctor Flood— llamamos después del horrible descubrimiento, pero no podrán llegar antes de algunas horas. Esta posada está tan apartada… Sólo acuden a ella gente que van a Canterbury o más allá. Por eso solicitamos su valiosa asistencia hasta…
—Si podemos prestar alguna —dijo el padre Brown abstraído hasta parecer incivil—. Haríamos mejor en ir a ver las circunstancias en seguida.
Se dirigió hacia la puerta y casi tropezó con un hombre que estaba de espaldas. Un grueso y fornido joven con el cabello negro, descuidado, sin peinar. Sin embargo, hubiera podido parecer hermoso, a no ser por la ligera desfiguración de uno de sus ojos, la cual le daba apariencia siniestra.
—¿Qué demonios está usted haciendo —chilló— llamando a Tom, Dick o Harry, si, al fin y al cabo, han de esperar a la Policía?
—Me haré responsable ante la Policía —repuso Flambeau con cierta magnificencia y el aire decidido de haber tomado el mando de todo.
Avanzó hacia la entrada y, como era mucho más grueso que el fornido joven y sus bigotes eran tan formidables como los cuernos de un toro español, el joven fornido se colocó detrás con un inconsciente aire de haber sido adelantado. El grupo salió al jardín y subieron por el enlosado sendero hacia la plantación de moreras. Flambeau oyó que el sacerdote decía al doctor:
—No parece querernos mucho, ¿verdad? A propósito, ¿quién es?
—Su nombre es Dunn —dijo el doctor con cierta reserva—. Mi cuñada le dio el empleo de cuidar del jardín porque perdió un ojo en la guerra.
A través de las filas de moreras se veía el paisaje del jardín presentando ese rico y siniestro efecto propio de los momentos en que la tierra es más brillante que el cielo. Más allá, donde la luz del sol se quebraba, las copas de los árboles parecían pálidas llamas verdes contra un cielo oscurecido por la tempestad y cruzado por franjas púrpuras y violeta. La misma luz parecía desgarrar el prado y los cuadros del jardín y, a pesar de su luminosidad, eran más sombríos y misteriosos bajo aquella luz. Los parterres del jardín estaban adornados con una profusión de tulipanes, que eran como gotas de sangre oscura. De alguno de ellos se hubiera podido afirmar que eran verdaderamente negros. La hilera terminaba, aproximadamente, con un gran árbol el cual, en parte por algún confuso recuerdo, fue asociado por el padre Brown con el llamado árbol de Judas. Lo que promovió esta asociación de ideas fue el hecho de colgar de una de sus ramas, como un fruto maduro, el seco y flaco cuerpo de un anciano con una larga barba que el viento agitaba grotescamente.
Se encontraban ante algo peor que el horror de la oscuridad: el del horror de la luz del sol. Porque aquel fantástico y caprichoso sol pintaba al árbol y al hombre con alegres colores de decoración de teatro. El árbol estaba en flor y el cuerpo colgaba envuelto en una bata verde y llevaba en su oscilante cabeza un casquete escarlata. Calzaba unas babuchas rojas, una de las cuales había caído sobre la hierba como una mancha de sangre.
Pero ni Flambeau ni el padre Brown se fijaban en esto. Estaban ambos con los ojos fijos en un extraño objeto que parecía salir del centro de la contraída figura del muerto, y que gradualmente reconocieron como el oxidado y oscuro puño de una espada del siglo XVII, la cual había traspasado completamente al cadáver. Ambos quedaron inmóviles al contemplarlo, hasta que el inquieto doctor Flood, cuya impaciencia parecía aumentar ante la perplejidad de los otros, dijo, haciendo crujir impaciente sus dedos:
—Lo que más me intriga es el estado actual del cadáver. Y eso que ya tengo una idea…
Flambeau avanzó hacia el árbol e inspeccionó con una lente el puño de la espada. Por alguna extraña razón, en aquel mismo instante el sacerdote, con inocente malicia, giró sobre sus pies como una peonza, dio la espalda al cadáver y miró a hurtadillas en dirección opuesta. Tuvo tiempo de ver el cabello rojo de la señora Flood en el otro extremo del jardín, vuelta hacia un joven moreno demasiado borroso con la distancia para ser identificado, que en aquel momento montaba en una motocicleta y desaparecía seguidamente, dejando tras de sí sólo el ruido del vehículo amortiguado. La mujer se volvió y empezó a andar hacia ellos, atravesando el jardín, justamente cuando el padre Brown se volvía también y comenzaba una minuciosa inspección del puño de la espada y del cuerpo colgante.

G. K. Chesterton, El escándalo del padre Brown, Los relatos del padre Brown - 5,

El célebre clérigo pequeño y rechoncho, con un amplio sombrero y una amplia cara, apoyado casi siempre en un raído paraguas, creado por aquel —un tanto regordete también— que sabía demasiado, vuelve a recorrer mundo y a codearse con comunistas y delincuentes para resolver cuanto enigma se le presente para gozo de sus finos lectores.

Ciclamor (9) - los recuerdos que yo tenía corrían en el cristal del tren como si se volviesen viejos en un instante,

Lisboa al revés y faroles de barcos, varias Lisboas y varios barcos superpuestos por el movimiento del Tajo, una Lisboa plegándose en otra y la otra en otra y en esto la primera otra vez, mi madre conversando con un hombre, el hombre vació un cubo en el patio y empujó la puerta, traje en la gabardina de Rui una lata de petróleo, la jeringuilla, el periódico y el encendedor para calentar la cuchara, hace siglos que no hay quien pedalee en el triciclo dos casas más adelante porque su sobrina no se hizo novia de un doctor, pide limosna en la calle, le habrán dicho que su sobrina pide limosna en la calle y la tía
—No me mortifiques, cállate
Dália giraba y giraba con su vestidito azul, parece un ángel, parece un hada, parece una princesa ¿no?
—Cállate
yo a Dália en la colina de Chelas
—¿Quieres tu triciclo, Dália?
y Dália con la boca abierta agitándose en los trapos, qué ha sido de tus dientes, Dália, qué les ha sucedido a tus dientes de esposa de doctor, sabías que tienes el triciclo esperándote con ruedas nuevas, Dália, sabías que tu tía
—Cállate, no te he oído, cállate
corriendo la cortina, el cerrojo, los estores
—No me mortifiques, cállate
Dália en Bico da Areia intentando acordarse
—¿Me conociste de dónde?
acuclillándose a la entrada del barrio con una esperanza de limosnas, esas heridas en los dedos, esas uñas sin color, se notaba el viento de Trafaria con unos jirones de música colgados de los hombros como tu chaqueta, Dália, cuando las flores de la genciana se abran en mayo nos hacemos novios, ¿quieres?, Dália y la fantasma
—Sácame de aquí a esta fantasma, Judite
la fantasma a la espera de que los gitanos quietos, el espejo del armario vacío, ninguna farola en el barrio, tirando del tapón de la lata de petróleo con los dientes, ordenando a la terraza
—Abre la boca, bebe
Dália apretaba el émbolo con la ayuda de la fantasma en una vena de la lengua, las de los brazos y las piernas sin sangre, se buscaba debajo de la ropa y las líneas de los huesos le roían la piel, Vânia adelgazaba así y el gerente observando lo holgado de la blusa
—Por casualidad no estarás enferma, ¿no, Vânia?
si mi abuela recorriese su cara entendería, mi abuela en un hoyo que mi padre no alisó, lo alisaron dos individuos con gorra y el cura con el misal en el pecho quejándose del frío
—Más deprisa
ni una campana que repicase lutos por ella, la muchacha del dedo en el libro con nosotros
no, una vecina
ni un boj ni un tronco, un rectángulo en el comienzo de la cuesta con un crucifijo a la entrada
el cementerio de los judíos, decían ellos
cipreses en harpilleras para plantar después, sauces, ciclamores, Vânia
—Nunca he estado tan bien
en una ocasión llevamos a mi abuela a Bico da Areia, todo quedaba atrás en la ventanilla
es decir los recuerdos que yo tenía corrían en el cristal del tren como si se volviesen viejos en un instante, separándonos de cosas al final antiguas, la casa, el gato, las mimosas, la risa de mi madre se acabó en la boca
—Abre la boca, fantasma
llevamos a mi abuela hacia el peldaño del portón, gemidos de cuna de gaviotas y ella preocupada intentando sujetarnos
—No entiendo el mar, Judite
en el cuartito del fondo donde el cesto de las sábanas sin lavar, la caja casi vacía con el juego de cubiertos de metal chapado que íbamos vendiendo o entregándolos en la terraza donde el petróleo ahora
la fantasma los entregaba en la terraza donde el petróleo ahora, el dueño rascaba el tenedor o la cuchara con la navaja, los pesaba en la mano, los guardaba en el cofre y medía un cuartillo de vino, mi madre a mi abuela
—Venga a comer, madre
y ella ovillada de miedo
—No entiendo el mar, Judite
—¿El dueño de la terraza es mi padre, madre?
mi madre muda o si no
—¿Qué has venido a hacer aquí? Vete ya
y antes de irme la fantasma ayudaba a Dália con la vena de la lengua
o mejor la fantasma sola pensando si yo pudiese ayudar a Dália con la vena de la lengua, el resto de la lata de petróleo en el toldo, uno de los perros corrió pegado a la última casa y se hundió en la duna, si en esa época hubiese conocido al señor Couceiro le habría pedido que hablase con mi abuela y le explicase el mar en latín, la ciudad al revés, los faroles de los barcos, la fantasma acercaba el encendedor al periódico y el periódico al petróleo, el dueño de la terraza en la vivienda justo a la izquierda del barrio con un santo en una hornacina y azulejos y cactus, la esposa del delantal sabía con certeza

António Lobo Antunes, ¿Qué haré cuando todo arde?,

António Lobo Antunes se adentra en el mundo marginal y desconocido del travestismo, la homosexualidad y la drogadicción para narrarnos la historia de una familia llena de conflictos y rupturas, a través de los recuerdos de Paulo, un joven que creció bajo la tutela de un padre travesti y una madre alcohólica. Su vida discurre entre las calles de un humilde barrio lisboeta, donde consigue las drogas que le ayudan a evadirse de una realidad que le supera y el centro psiquiátrico en que los doctores tratan de encarrilar su existencia.

Ciclamor (8) - La quinta de Landor

La quinta de Landor. Para formar pareja con «La posesión de Arnheim»
Esta espléndida descripción de una pequeña y hermosa casa de campo está impregnada de un poético elemento autobiográfico. Se sitúa en una parte del país que Poe conocía bien, pues vivió, durante su estancia en la Universidad de Virginia (1826), en medio del escenario que inspiró a tantos y tantos artistas de la Hudson River School. En el verano de 1848 habría realizado un viaje a través de uno o dos de los condados a orillas del río. Su intención, según parece, era la de escribir una suerte de crónica que, esperaba, fuese publicada por su editora de Pennsylvania, Eli Bowen. La casa del relato no es otra, entonces, que la que el propio autor habitó junto a su madre y su esposa en 1826, aunque ligeramente idealizada al servicio de su pluma.
La idea germinal de «La quinta de Landor» surge como secuela de «La posesión de Arnheim» y empieza a tomar forma en octubre de 1848. En enero de 1849, en una carta dirigida a su amiga, la señora de Charles Richmond —a quien llama «Annie»—, deja constancia de que terminó el relato «no hace mucho». El texto, pues, tenía que editarse en el número de marzo del American Metropolitan Magazine, pero el cierre de la publicación en febrero retrasó la aparición de la narración, que, a la postre, sería la última que el escritor vería impresa en vida.
En el párrafo final de «La quinta», tal y como fue publicada en primera instancia, Poe menciona que en su mente corría la idea de escribir una segunda parte. No obstante, es casi seguro que el autor no llegó a concebirla plenamente, aunque tuviera planes de hacerlo y hubiera recopilado información para ello.
Durante una excursión a pie que hice el verano último por uno o dos de los condados ribereños de Nueva York, me encontré, al declinar el día, algo desconcertado respecto a la ruta a seguir. La tierra era harto ondulante, y mi camino, desde hacía una hora, serpenteaba y serpenteaba tan intrincado en su esfuerzo por mantenerse dentro de los valles, que no sabía ya en qué dirección se enclavaba el lindo pueblo de B., donde había yo decidido detenerme para pasar la noche. Apenas había brillado el sol —hablando con propiedad— durante el día, desagradablemente caluroso. Una niebla humosa, parecida a la del verano indio, envolvía todas las cosas y aumentaba, por supuesto, mi incertidumbre. No es que me inquietase mucho el lance. Si no llegaba al pueblo antes de ponerse el sol o antes de oscurecer, era más que posible que apareciese pronto una pequeña granja holandesa, o algo por el estilo, aunque, en realidad, las cercanías (quizá por ser estas más pintorescas que fértiles) estuvieran despobladas a grandes trechos. En último caso, con mi mochila por almohada y mi podenco de centinela, vivaquear al aire libre era precisamente la cosa que más podría divertirme. Vagué, por tanto, bien a mis anchas —confiando mi escopeta a Ponto—, hasta que al fin, cuando me dedicaba a comprobar si alguno de los numerosos pequeños claros que se abrían aquí y allá eran efectivos senderos, uno de ellos me condujo a una indudable carretera pública. No cabía equivocación. Se hacían de todo punto visibles los rastros de unas ruedas ligeras, y aunque los altos arbustos y la maleza, con exceso crecida, se entrecruzaran en lo alto, no había obstáculo alguno abajo ni aun para el paso de una carreta de las montañas de Virginia, el vehículo más ambicioso en su clase que conozco. Sin embargo, aquella carretera, excepto en lo de estar abierta a través del bosque —si el de bosque no es un nombre demasiado importante para tan escasa reunión de árboles— y excepto en las señales evidentes de las rodadas, no tenía el menor parecido con ninguna de las que había yo visto antes. Las rodadas de que hablo eran solo apenas perceptibles, habiendo sido marcadas sobre una superficie compacta, aunque suavemente mojada y más semejante al terciopelo verde de Génova que a ninguna otra cosa. Era césped, sin duda, pero un césped como rara vez lo vemos fuera de Inglaterra, tan corto, tan espeso, tan liso y de un color tan intenso. Ni un solo obstáculo existía en la rodada, ni siquiera un trozo de leña o una ramita seca. Las piedras que antes obstruían la vía habían sido colocadas con cuidado —no tiradas— a lo largo de las cunetas, como para marcar sus límites en la zanja con una especie de precisión totalmente pintoresca, semiexacta y semidescuidada. Ramos de flores silvestres crecían en libertad, con exuberancia en los espacios intermedios.
Por mi parte ignoraba qué inferir de todo aquello, naturalmente. Había allí arte, sin duda, lo cual no me sorprendía, ya que todas las carreteras, en sentido ordinario, son obras de arte; no puedo decir que causara mucho asombro el simple exceso de arte manifestado: cuanto parecía haber sido hecho aquí, podía hacerse con los «recursos» naturales (como se dice en los libros sobre el paisaje de jardinería), con muy poco trabajo y gasto. No; no era la cantidad, sino el carácter del arte lo que me impulsó a tomar asiento sobre una de aquellas piedras floridas, para contemplar por un lado y por otro, durante media hora o más, con pasmada admiración, aquella avenida de aspecto mágico. Había algo que se iba evidenciando mejor a medida que yo miraba: un artista, y uno de los de ojos más delicados con respecto a la forma, había dirigido todos aquellos arreglos. Había puesto el mayor esmero en conservar un justo medio entre la elegancia y la gracia por una parte, y lo pintoresco, en el verdadero sentido del término italiano, por otra. Había allí pocas líneas rectas, e interrumpidas con frecuencia. El mismo efecto de curva o de color aparecía habitualmente duplicado, aunque rara vez; mas desde cualquier punto de vista, por doquiera se hallaba la variedad en la uniformidad. Era una pieza de «composición» en la que el gusto del crítico más descontentadizo hubiera indicado apenas una enmienda.
Al entrar en aquella carretera torcí a la derecha, y al levantarme continué en la misma dirección. El camino era tan sinuoso, que en ningún momento pude seguir su curso más de dos o tres pasos hacia delante. Su carácter no sufría ningún cambio material.
Ahora sonó gratamente en mis oídos un murmullo de agua, y pocos instantes después, cuando torcía yo por la carretera más bruscamente que antes, divisé una especie de casa situada al pie de una suave pendiente enfrentito de mí. No podía ver nada con claridad a causa de la niebla que ocupaba todo el pequeño valle de abajo. Se levantó una leve brisa, empero, cuando iba el sol a ponerse, y mientras yo permanecía en pie sobre la cumbre de la ladera, la niebla se disipó en espirales por grados, y flotó sobre el paisaje.
Cuando este se halló por entero ante mi vista —así, gradualmente, tal como lo describo: trozo a trozo, aquí un árbol, allí un resplandor de agua y de nuevo allá el remate de una chimenea—, no pude impedirme de imaginar que el conjunto era una de esas ingeniosas ilusiones que se exhiben con el nombre de «cuadros desvanecientes».
Entretanto, durante el rato que había tardado la niebla en desaparecer, el sol se había puesto detrás de las suaves colinas, y desde allí, como si hubiera hecho un ligero paso de balancé hacia el sur, volvió a mostrarse de lleno ante mi vista, refulgiendo con un brillo purpúreo a través de una grieta que se abrió en el valle desde el oeste. Así, repentinamente —como al conjuro de una varita mágica—, el valle entero y cada cosa con él se hicieron brillantemente visibles.
El propio coup d’œil,[269] cuando el sol se deslizó en la posición que he descrito, me impresionó mucho más que cuando, de niño, asistía yo a la escena final de algún espectáculo teatral bien ideado, o algún melodrama. Nada faltaba, ni siquiera la monstruosidad del color, pues la luz del sol brotaba de la grieta, toda teñida de naranja y de púrpura, mientras el intenso verde del césped en el valle se reflejaba más o menos sobre todos los objetos desde la cortina de vapor que seguía cerniéndose en lo alto, como si le costase trabajo abandonar en definitiva un cuadro tan encantadoramente bello.
El vallecillo, en el cual escudriñaba yo así por debajo de aquel dosel de niebla, no tenía más de cuatrocientas yardas de largo, en tanto que su anchura variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o quizá hasta doscientas. Era más estrecho en su extremidad norte y se ensanchaba al avanzar hacia el sur, pero sin mucha regularidad exacta. La parte más amplia era de unas noventa yardas en el extremo sur. Las laderas que circundaban el valle no hubieran podido ser llamadas con propiedad colinas, salvo por el lado norte. Allí se elevaba un reborde escarpado de granito a una altura de unos noventa pies, y como ya he dicho, no tenía el valle en aquel punto más de cincuenta pies de ancho; pero, cuando el visitante avanzaba desde aquel risco hacia el sur, encontraba a su derecha y a su izquierda declives menos altos, menos abruptos, menos rocosos. Todo, en una palabra, iba inclinándose y suavizándose hacia el sur, y aun así, el valle entero estaba rodeado de lomas más o menos elevadas, excepto en dos puntos. Ya he hablado de uno de ellos. Se hallaba muy hacia el norte y el oeste, allí donde el sol poniente, como he descrito antes, se abría camino en el anfiteatro a través de una recortada grieta natural abierta en el terraplén granítico; esta grieta tendría diez yardas de anchura en su parte más amplia, hasta donde la mirada podía penetrar. Parecía ascender como una calzada natural hacia los escondrijos de las montañas y de las selvas inexploradas. La otra abertura estaba situada directamente en el extremo sur del valle. Allí las laderas no eran en general más que suaves inclinaciones, extendiéndose de este a oeste y en una extensión aproximada de ciento cincuenta yardas. A la mitad de aquel espacio había una depresión cuyo nivel era el ordinario del suelo del valle. En lo tocante a vegetación, así como respecto a las demás cosas, el paisaje descendía y se suavizaba hacia el sur. Al norte, sobre el precipicio escabroso, a unos pasos del borde, se alzaban los magníficos troncos de los nogales americanos, nogales negros y castaños, entremezclados con algunos robles, y las recias ramas laterales, proyectadas por los nogales principales, se extendían sobre el borde del risco. Avanzando hacia el sur, el explorador veía al principio la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados y con menos carácter de Salvator; luego divisaba el olmo apacible, al que sucedían el sasafrás y el curbaril, y después el suave tilo, el ciclamor, la catalpa, el arce, seguidos de unas variedades cada vez más graciosas y modestas. Toda la superficie de la ladera sur estaba cubierta solo de arbustos silvestres, salvo algún sauce plateado o algún álamo blanco. En el fondo del valle mismo (pues debe recordarse que la vegetación mencionada hasta aquí crecía únicamente sobre las rocas o las laderas de las colinas) se veían tres árboles aislados. Uno era un olmo de buena altura y exquisita forma. Se alzaba vigilando la puerta sur del valle. Otro era un nogal americano mucho más grueso que el olmo, aunque los dos eran muy hermosos: parecía estar encargado de custodiar la entrada del noroeste, surgiendo de un grupo de rocas en la propia boca del barranco, proyectando su gracioso cuerpo en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados. Sin embargo, a unas treinta yardas al este de dicho árbol se alzaba la gloria del valle y sin disputa el árbol más magnífico que había yo visto nunca, a excepción acaso de los cipreses del Itchiatuckanee. Era un tulípero de triple tronco —el Liriodendron tulipifera—, del orden natural de los magnolios. Sus tres troncos se separaban del tronco padre a tres pies, aproximadamente, del suelo, y apartándose de manera muy leve y gradual no estaban espaciados más de cuatro pies en el punto donde el tronco más ancho se extendía en follaje, es decir, a una altura como de ochenta pies. La altura total del tronco principal era de ciento veinte pies. Nada puede superar en belleza la forma y el color verde lustroso, intenso, de las hojas del tulípero. En el caso presente tendrían esas hojas sus buenas ocho pulgadas de ancho, pero su gloria quedaba totalmente eclipsada por el fastuoso esplendor de la profusa floración. ¡Figuraos, en tupido ramillete, un millón de los mayores y más resplandecientes tulipanes! Solo así podrá el lector hacerse una idea del cuadro que quisiera describirle. Y añádase a ello la gracia firme de los puros y finamente veteados troncos como columnas, el más grueso de los cuales tenía cuatro pies de diámetro, a veinte de la tierra. Los innumerables ramos de flores, mezclándose con los de otros árboles apenas menos bellos, aunque muchísimo menos majestuosos, llenaban el valle de aromas más exquisitos que los perfumes de Arabia.
El suelo general del anfiteatro era de césped, de la misma clase que el que había yo encontrado en la carretera, y si acaso, de más deliciosa suavidad aún, más espeso, aterciopelado y milagrosamente verde. Era difícil concebir cómo se había podido alcanzar toda aquella belleza.
He hablado ya de dos aberturas en el valle. De la situada al noroeste partía un arroyuelo que descendía a lo largo del barranco, con un suave murmullo y una ligera espuma, hasta estrellarse contra el grupo de rocas junto a las cuales se alzaba el nogal americano aislado. Allí, después de circundar el árbol, se dirigía un poco hacia el nordeste, dejando el tulípero a unos veinte pies al sur, y no teniendo otra alteración en su curso hasta llegar cerca de la mitad del camino entre los linderos este y oeste del valle. En aquel punto, después de una serie de revueltas, torcía en ángulo recto y seguía por lo general en dirección sur, serpenteando a veces, hasta desembocar al fin en un pequeño lago de forma irregular (aunque toscamente ovalada) que se extendía refulgente cerca del extremo inferior del valle. Este pequeño lago tenía tal vez un centenar de yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal hubiera podido ser más límpido que sus aguas. Su fondo, que se veía con claridad, estaba formado todo él con guijarros de una fulgurante blancura. Sus orillas, revestidas de ese césped esmeralda ya descrito, redondeadas más bien que cortadas en terraplén, se hundían en el claro cielo de debajo; y tan claro era aquel cielo, y reflejaba a veces tan a la perfección todos los objetos de encima, que era muy difícil determinar dónde terminaba la efectiva orilla y dónde comenzaba la reflejada. Las truchas, y otras variedades de peces de que aquella laguna parecía materialmente repleta, tenían todo el aspecto de verdaderos peces voladores. Era casi imposible creer que no estuviesen suspendidos por entero en el aire. Una ligera canoa de abedul que reposaba, plácida, sobre el agua, reflejaba en ella sus fibras más pequeñas con una fidelidad no superada por el espejo más a conciencia bruñido. Una islita grata y risueña, con sus flores en plena lozanía —en la que había el espacio suficiente para contener una casita pintoresca, semejante a una pajarera—, se elevaba sobre el lago no lejos de la orilla norte, con la cual estaba unida por medio de un puente que, aunque muy primitivo, parecía inconcebiblemente ligero. Estaba formado por una sola tabla ancha y gruesa de madera de tulípero. Tenía esta cuarenta pies de larga, y abarcaba el espacio entre orilla y orilla con un arco reducido, pero perceptible, que prevenía toda oscilación. Del extremo sur del lago salía una continuación del arroyuelo que, después de serpentear treinta yardas quizá, pasaba al cabo por la «depresión» (ya descrita) en la mitad de la pendiente sur, y cayendo por un escarpado precipicio de un centenar de pies, se abría su tortuoso e inadvertido camino hacia el Hudson.
El lago tenía en algunos sitios treinta pies de profundidad; pero el arroyuelo rara vez pasaba de los tres, y su mayor anchura era de ocho, aproximadamente. Su fondo y orillas eran como las de la laguna, y si existía un defecto que se le pudiera achacar desde el punto de vista de lo pintoresco, era su excesiva limpieza.
La extensión del verde césped estaba realzada aquí y allá por algún brillante arbusto, tal como la hortensia, la bola de nieve común o la siringa aromática, o más a menudo, por un grupo de geranios de numerosas variedades en magnífica floración. Crecían estos últimos en tiestos cuidadosamente sepultados en la tierra, de modo a darles la apariencia de plantas indígenas. Además de todo ello, moteaba de un modo exquisito con sus ovejas el terciopelo del césped un rebaño considerable que vagaba por el valle en compañía de tres gamos domesticados y de un gran número de patos de brillante plumaje. Un enorme mastín parecía estar vigilando a todos aquellos animales, sin excepción.
A lo largo de las colinas del este y del oeste —donde, hacia la parte superior del anfiteatro, eran más o menos escarpados los linderos— crecía la hiedra en gran profusión, de tal modo, que solo podía vislumbrarse algún trecho de la desnuda roca. De igual manera, el precipicio del norte estaba casi por entero revestido de viñas de una rara exuberancia; algunas brotaban del suelo en la base de la roca, y otras, de los bordes de la superficie.
La ligera elevación que formaba el lindero inferior de aquel pequeño dominio estaba coronada por un muro de piedra lisa, de una altura suficiente para impedir que los gamos se escaparan. No se observaba ninguna clase de barrera por otra parte, pues en ninguna otra parte era necesario un cercado artificial: si alguna oveja perdida, por ejemplo, hubiese intentado salir del valle por el barranco, habría encontrado interrumpido su avance, después de unas cuantas yardas, por el saliente escarpado de la roca desde donde se desplomaba la cascada que atrajo al principio mi atención cuando me acerqué a la finca.
En resumen, las únicas entradas o salidas se hacían por una puerta que ocupaba un paso rocoso en la carretera, a algunas yardas por debajo del punto en el cual me había detenido para reconocer el paisaje.
Como ya he descrito, el arroyo serpenteaba con mucha irregularidad a lo largo de todo su curso. Sus dos direcciones generales, conforme he dicho, eran al principio de oeste a este, y luego de norte a sur. En la revuelta, la corriente huía hacia atrás, haciendo una curva casi circular, de modo a formar una península que era muy parecida a una isla, y que encerraba la sexta parte de un acre. Sobre aquella península se elevaba una casa habitable, y al decir que aquella casa, como la terraza infernal que vio Vathek, «était d’une architecture inconnue dans les annales de la terre»,[270] quiero dar a entender simplemente que su tout ensemble[271] me impresionó por el más agudo sentimiento de novedad y de limpieza —en una palabra, de poesía— (pues me sería difícil emplear otros términos que estos precisamente, para dar una definición más rigurosa de poesía en abstracto), y no quiero decir en modo alguno que se distinguiese bajo ningún aspecto solo por poseer un carácter outré.[272]
En realidad, nada podía ser más sencillo, más sin pretensiones en absoluto que aquella quinta. Su maravilloso efecto consistía por completo en su artística disposición, que era como la de un cuadro. Hubiese yo podido imaginar, mientras la miraba, que algún eminente paisajista la había construido con su pincel.
El punto de vista desde donde había yo contemplado el valle al principio no era ni por asomo, aunque se acercara, el mejor para examinar la casa. La describiré, por tanto, tal como la vi después, situándome sobre el muro de piedra en el extremo sur del anfiteatro.
El edificio principal tenía veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho, o cosa así, y de seguro, no más. Su altura total, desde el suelo hasta el ápice del tejado, no excedía de dieciocho pies. Al extremo oeste de aquella construcción se unía otra, una tercera parte menor en todas sus proporciones: la línea de su fachada retrocedía unas dos yardas de la fachada de la mayor, y la línea de su tejado estaba, naturalmente, mucho más baja que la del tejado contiguo. Haciendo ángulo recto con aquellos edificios, y más atrás del principal —no con exactitud en la mitad— se extendía un tercer cuerpo, muy pequeño, y en general, una tercera parte menor que el ala oeste. Los tejados de los dos mayores eran muy inclinados, describiendo desde la parhilera una larga curva cóncava y superando en cuatro pies los muros de la fachada, de modo a formar los tejados de dos galerías. Estos tejados últimos no necesitaban, por supuesto, soportes; pero como tenían el aire de necesitarlos, unos ligeros y muy bien pulidos pilares habían sido adaptados a ellos solo en las esquinas. El tejado del ala norte era simple prolongación de una parte del tejado principal. Entre el edificio mayor y el ala oeste se elevaba una altísima y muy esbelta chimenea cuadrada de consistentes ladrillos holandeses, negros y rojos, alternados; la coronaba una ligera cornisa de ladrillos salientes. Sobre los caballetes se proyectaban los tejados también mucho: en el edificio principal el saliente era de unos cuatro pies hacia el este y de dos hacia el oeste. La puerta principal no estaba colocada con simetría en el cuerpo principal del edificio, pues se hallaba un poco al este, con las dos ventanas al oeste. Estas últimas no bajaban hasta el suelo, sino que eran mucho más largas y estrechas que de costumbre, tenían unas sencillas hojas parecidas a puertas y unos cristales en forma de rombos, pero muy anchos. La puerta misma era de vidrieras en su mitad superior, también de cristales en forma de rombos, con una hoja movible que la protegía durante la noche. La puerta del ala oeste estaba colocada en el muro lateral y tenía una sola ventana orientada hacia el sur. El ala norte no tenía puerta exterior, y también solo una ventana hacia el este.
El muro que sostenía el caballete oriental estaba realzado por una escalera (con balaustrada) que lo cruzaba en diagonal, con la subida hacia el sur. Bajo el techado del ancho alero saliente, aquellos escalones daban acceso a una puerta que conducía a las buhardillas, o más bien al desván, pues aquella parte no estaba iluminada más que por una sola ventana orientada hacia el norte, y parecía haber sido destinada a cuarto almacén.
Las piazzas del cuerpo principal y del ala oeste no estaban soladas, como es costumbre; pero ante las puertas y las ventanas, anchas losas de granito llanas e irregulares se encajaban en el delicioso césped, proporcionando en todo tiempo un cómodo piso. Excelentes pasos de la misma materia —no muy bien ajustados, sino que dejaban entre las piedras frecuentes espacios por los que salía el aterciopelado césped— conducían, aquí y allá, desde la casa, a una fuente de cristal, que manaba unos cinco pasos más lejos, a la carretera o a uno o dos pabellones situados al norte, más allá del arroyo, y completamente ocultos por algunos curbariles y catalpas.
A no más de seis pasos de la puerta principal de la quinta, se alzaba el tronco muerto de un fantástico peral, tan revestido desde la copa al pie por magníficas flores de bignonia, que exigía un minucioso examen el determinar qué especie de fenómeno podía ser aquello. De las diversas ramas de aquel árbol colgaban jaulas con diferentes clases de pájaros. En una, amplio cilindro de mimbre con un anillo en el remate, retozaba un sinsonte; en otra, una oropéndola; en una tercera, el descarado gorrión de los arrozales, mientras tres o cuatro prisiones más delicadas resonaban agudamente con el canto de los canarios.
Los pilares de la piazza estaban enguirnaldados de jazmín y de madreselva, en tanto que del ángulo formado por el cuerpo principal y su ala oeste, enfrente, brotaba una parra de una exuberancia sin igual.
Despreciando toda contención, había trepado primero hasta el tejado inferior y luego hacia el superior, y a lo largo del borde de este último seguía retorciéndose, lanzando sus zarcillos a derecha y a izquierda, hasta alcanzar el caballete del este, dejándose caer y arrastrándose sobre la escalera.
Toda la vivienda, con sus alas, estaba construida, conforme a la vieja moda holandesa, con alfarjías anchas y no redondeadas en los cantos. Este material posee la peculiaridad de dar a las casas el aspecto de ser más anchas en la base que en el remate, a la manera de la arquitectura egipcia, y en el caso presente, aquel efecto sumamente pintoresco estaba ayudado por numerosos tiestos de flores que circundaban casi la base de los edificios.
Las alfarjías estaban pintadas de un gris oscuro, y un artista puede imaginar sin esfuerzo hasta qué punto se fundía aquel tono neutro a maravilla con el verde vivo de las hojas de los tulíperos que sombreaban parcialmente la quinta.
Desde el sitio próximo al muro de piedra, como he descrito ya, se veían los edificios con gran facilidad —pues el ángulo sudeste se proyectaba hacia delante—; de modo que la mirada captaba enseguida la totalidad de las dos fachadas con el pintoresco caballete del este, y al mismo tiempo tenía la plural visión del ala norte, de una parte de un lindo tejado del invernadero, y casi de la mitad de un ligero puente que se arqueaba sobre el arroyo en la proximidad de los edificios principales.
No permanecí mucho tiempo sobre la cumbre de la colina, aunque sí el suficiente para contemplar por completo el paisaje a mis pies. Era evidente que me había apartado de la carretera del pueblo, y tenía así una buena disculpa de viajero para abrir la puerta frente a mí y preguntar mi camino, en todo caso; por lo cual, sin más rodeos, avancé.
Después de franquear la puerta, la carretera parecía extenderse sobre un reborde natural que iba descendiendo a lo largo de la pared noroeste de las rocas. Me condujo al pie del precipicio norte, y luego al puente, y bordeando el caballete del este, a la puerta de la fachada. En mi marcha observé que no se podían ver los pabellones.
Cuando torcía la esquina del caballete, el mastín saltó hacia mí, silenciosamente amenazador, con los ojos y todo el aspecto de un tigre. Le alargué mi mano, sin embargo, en prueba de amistad, y no he conocido nunca perro más sensible a aquel llamamiento hecho a su cortesía. No solo cerró su boca y meneó su rabo, sino que me ofreció de veras su pata, después de haber extendido también sus afabilidades a Ponto.
Como no vi campanilla alguna, golpeé con mi bastón sobre la puerta, que estaba entornada. Inmediatamente avanzó una figura hacia el umbral, una joven de unos veintiocho años de edad, delgada o más bien ligera, y de una estatura superior a la mediana. Cuando se acercaba con cierta modesta decisión, con su paso de todo punto indescriptible, me dije a mí mismo: «He encontrado, de seguro, la perfección de lo natural, en oposición a la gracia artificial». La segunda impresión que me hizo, aun siendo la más viva de las dos, fue una impresión de entusiasmo. No había penetrado nunca en el fondo de mi corazón hasta entonces una impresión novelesca tan intensa, si es que puede llamarse así, o de tal espiritualidad como la que brillaba en sus ojos muy hundidos. No sé cómo sucede esto; pero esa peculiar expresión de ojos que a veces se apodera de los labios es el hechizo más poderoso, si no el único, que capta mi atención hacia una mujer. «Novelesca», con tal que mis lectores comprendan a fondo lo que quisiera encerrar en esa palabra; «novelesca» y «femenina» me parecen términos recíprocos, y, después de todo, lo que el hombre ama verdaderamente en la mujer es su «femineidad». Los ojos de Annie[273] (oí que alguien, desde el interior, la llamaba su «¡querida Annie!») eran de un «gris espiritual»; su cabello, de un castaño claro: esto fue todo lo que tuve tiempo de observar de ella.
Ante su muy cortés invitación, entré, pasando primero por un vestíbulo bastante espacioso. Habiendo venido especialmente para observar, noté que a mi derecha, al entrar, había una ventana parecida a las de la fachada de la casa; a la izquierda, una puerta conduciendo a la estancia principal, mientras enfrente de mí otra puerta abierta me permitió ver una pequeña habitación, del mismo tamaño que el vestíbulo, arreglada para gabinete de trabajo y con una ancha ventana saliente que daba al norte.
Al pasar a la sala de confianza, me encontré con mister Landor, que tal era su nombre, como supe después; se mostraba afable, incluso cordial en sus maneras; pero precisamente en aquel momento estaba yo más atento a observar el decorado de la casa, que tanto me había interesado, que el aspecto personal del morador.
El ala norte, lo vi entonces, era un dormitorio; su puerta abierta conducía a la sala de confianza. Al oeste de esta puerta se veía una ventana sencilla que miraba al arroyo. En el extremo oeste de esta sala de confianza había una chimenea y una puerta que daba acceso al ala oeste, donde, al parecer, se encontraba la cocina.
No puede haber nada más rigurosamente sencillo que el mobiliario de la sala de confianza. Cubría el suelo una alfombra de nudo de excelente tejido, con un fondo blanco sembrado de figuritas verdes, circulares. Las cortinas de las ventanas eran de muselina de chaconada blanca, bastante anchas, y cayendo en pliegues paralelos hasta el suelo, hasta el mismo suelo. Los muros estaban tendidos con un papel francés de gran finura, de fondo plateado, que tenía una tira de un verde pálido corriendo en zigzag sobre él. Lo realzaban en toda su superficie no más de tres exquisitas litografías de Lulien à trois crayons,[274] colgadas en la pared, sin marcos. Uno de estos dibujos representaba una escena de riqueza o más bien de voluptuosidad oriental; otra era una «escena de carnaval» de un brío incomparable; el tercero era una cabeza de mujer griega, un rostro tan divinamente bello, y, sin embargo, con una expresión de vaguedad tan provocativa como nunca había atraído mi atención.
Los muebles más importantes consistían en una mesa redonda, unas cuantas sillas (incluyendo entre ellas una mecedora) y un sofá, o más bien un canapé de madera de arce lisa, pintada de un blanco crema, con un ligero fileteado verde, y el asiento de bejuco. Las sillas y la mesa «hacían juego»; pero las formas de todas habían sido, evidentemente, trazadas por el mismo cerebro que planeó el trazado de «los terrenos»: imposible concebir nada más gracioso.
Sobre una mesa había unos cuantos libros; un ancho y cuadrado frasco de cristal contenía algún nuevo perfume; una lámpara lisa, de vidrio esmerilado, astral (no solar), con una pantalla italiana, y un búcaro grande lleno de flores espléndidamente lozanas. En realidad, las flores, de magníficos colores, formaban el solo decorado de la estancia. La chimenea estaba casi repleta por un florero con brillantes geranios. Sobre una rinconera triangular, colocada en cada esquina de la habitación, había también un florero semejante, que solo se diferenciaba de los otros en su delicioso contenido. Uno o dos bouquets más pequeños adornaban la repisa de la chimenea, y unas violetas recién cogidas se apiñaban sobre las ventanas abiertas.
Este trabajo no tiene otro objeto que dar con detalle una descripción de la residencia de mister Landor tal como la encontré.
[Trad. de Julio Gómez de la Serna]

Edgar Allan Poe, Cuentos completos, Penguin Clásicos,

Edgar Allan Poe llevó a cabo lo que ningún escritor había logrado antes: liberar las terribles imágenes que atesora el subconsciente para dejarlas caminar entre sus páginas. Abanderado de la novela gótica y precursor del relato detectivesco y de la ciencia ficción, sus historias llevan el suspense y el desasosiego hasta una perfección nunca alcanzada y quizá jamás alcanzable de nuevo.
Cuentos completos reúne un total de setenta piezas, de las cuales siete eran inéditas hasta ahora en castellano. Thomas Ollive Mabbot, máxima figura en el estudio de la obra de Poe, firma la esclarecedora introducción. Asimismo, a cada relato corresponde una sucinta nota editorial, anexos que completamos, cerrando el tomo, con los prefacios que el propio autor compuso para Tales of the Folio Club y Tales of the Grotesque and Arabesque y los escritos de su coetáneo y principal valedor europeo, Charles Baudelaire.

Ciclamor (7) - —Obedeció a su esposo, según tengo entendido —contestó Lucinda—, me parece recordar que fue su esposo el que le pidió que mintiera. Rompió él en franca y alegre carcajada.

La primera cosecha de Malvern estaba en sazón. Pierce se levantaba al amanecer, para gozar del placer de recorrer sus campos, llenos de fruto. En los establos podía oírse otra vez el rumor del ganado, el ordeño de las vacas y el relincho de los caballos. No todo estaba pagado aún; pero con la cosecha tendría dinero contante para hacer frente a los pagos. No sentía ningún temor.
El año había sido extraordinariamente bueno. El invierno, hacia su final, se presentó templado, y la primavera se adelantó, con una explosión de rododendros en los bosques. Durante los años de guerra se había olvidado por completo de toda clase de belleza, y ahora pensaba que todo aquello se le mostraba por vez primera, los encendidos brotes de los arces, la lila verdeante y temprana, los botones vigorosos del ciclamor y del cornejo. Durante la primavera, había espiado con constante ansiedad cada indicio de vida y floración. El azúcar escaseaba todavía y tenía que recurrir al azúcar de arce, a la que su padre y su abuelo habían recurrido también en otras épocas de escasez, aunque él, por fortuna, jamás tuvo que consumirlo, hasta ahora, desde que era dueño y señor de Malvern. Simientes seleccionadas y frescas habían sido arrojadas a los surcos recién abiertos, trigo para el pan, maíz y avena para el ganado, cebada y centeno para la volatería y los caballos. No tenían café, pero el centeno proporcionaba un buen sustitutivo, si se preparaba con un ligero tueste, bañado en melaza. Tampoco disponían de colorantes, y se las había arreglado obteniendo tinte marrón, para los arneses, de las nueces silvestres; amarizo del azufre y rojo obscuro de las moras parásitas. Lucinda se había entregado a los quehaceres de la casa; pero él no se saciaba nunca, no se hartaría jamás, hasta que muriera, de aquella maravilla natural y única que eran sus campos, llenos de vida nueva.
Sus preocupaciones se extendieron asimismo a las instalaciones adicionales de la granja. En la lechería ordenó la construcción de nuevos pilares y estanterías. Era un gran consuelo, mientras cabalgaba por las tierras de labor, lejos del caserío, saber que en Malvern estaban los odres llenos de mantequilla, las cántaras llenas de leche y las prensas cuajando quesos sin interrupción.
Aquella mañana de julio, vagando al azar, llevó a su jaca hasta la sombra de un peral y la detuvo, para arrancar una pera amarilla, que empezó a mordisquear con fruición, saboreando el dulzor con parsimonia, como si se tratase de un licor fino y aromático. Llegado octubre, tendría también compota de peras y otras frutas. Y para el invierno, jamones y buenos tocinos y embutidos. ¡Que le dieran cinco años tan sólo, y Malvern estaría en pie, como siempre marchando por sí mismo!
Con todo aquello, sin embargo, apenas cien dólares, en moneda efectiva, estaban disponibles en su bolsillo. Había hecho el milagro sin dinero, pagando a los hombres con amabilidades, alimentándolos con lo que Malvern tenía y nada más. Durante el invierno tuvieron que soportar privaciones. Él y Lucinda se habían sentado a la mesa, más de una vez, con vajilla fina y cubiertos de plata, pero con un pan de maíz en la cestilla y gachas y judías negras como menú, sin apelación. Como sopa, cocimiento de coles. Bien; aquello estaba acabado. Malvern estaba en sazón otra vez. Ahora tenían carne, verduras y patatas de la mejor calidad, sembradas con simiente cambiada a Molly MacBain por gallinas y un gallo.
Se sonrió al recordar a Molly y sintió sonrojo, aun bajo el ardiente sol veraniego. Lucinda iba a tener un bebé, al comienzo del otoño. Se lo había anunciado la noche anterior, aunque para él no era un secreto su estado, desde algunos meses atrás. No quiso, a pesar de ello, darse por aludido, esperando que por sí misma lo confesara.
—Señor Delaney… —le había dicho, la pasada noche, en la habitación.
—Bien, ¿qué ocurre? —había preguntado, a su vez, mientras se vestía para la cena, pues su mujer le obligaba a presentarse en la mesa de punta en blanco, como solía hacerlo antes de la guerra.
Lucinda se había puesto el vestido de tafetán amarillo, del que constantemente se quejaba de que estaba hecho un guiñapo, en una sola pieza gracias a las manos y la paciencia de Georgia. A él no le parecía que estuviese hecho un guiñapo, ni le veía rotos o cosidos por ninguna parte, cuando ella, sentándose a su lado, dejó caer sobre el regazo sus manos, como pétalos de magnolia.
—Debes contar con un aumento de familia, señor Delaney —dijo.
—¡De veras! —exclamó. Luego se inclinó hacia ella y le tomó ambas manos—. ¿Cuándo, si puede saberse?
—En la primera quincena de septiembre, probablemente —replicó Lucinda.
Se mantenía seria, erguida, llena de dignidad. Él se levantó, la cogió por la cabeza y la besó en la frente, con ternura.
—Mucho cuidadito con mi «pompadour» —advirtió ella, temiendo por su peinado, y entonces él se sentó de nuevo.
—¿Cómo la llamaremos, Luce? —preguntó.
—He pensado en Zafiro —opinó ella—; es un nombre bíblico.
Él se quedó meditando unos momentos. Luego objetó:
—¿No fue una mentirosa, Luce, esa Zafiro? —preguntó.
—Obedeció a su esposo, según tengo entendido —contestó Lucinda—, me parece recordar que fue su esposo el que le pidió que mintiera.
Rompió él en franca y alegre carcajada.

John Sedges, Hasta que la muerte nos separe
,
La acción transcurre en EE.UU, en los años inmediatamente posteriores a la guerra de Secesión. Las tensiones de la guerra civil se encarnan en la historia de dos hermanos enfrentados por la guerra, convencidos ambos de que han defendido la causa más justa. El choque de dos concepciones de la vida sirve de fondo al drama de dos hombres incapaces de comprender el cambio que se ha operado en el país. De este enfrentamiento surge una apasionante historia de amor entre un blanco y una mestiza, plasmada con gran maestría.

Ciclamor (6) - LA BALADA DE ADAM HENRY

LA BALADA DE ADAM HENRY
Tomé mi cruz de madera y la arrastré por el arroyo.
Yo era joven e insensato y obcecado por un sueño
de que la penitencia era una bobada y los fardos para bobos.
Pero los domingos me habían dicho que viviera según normas.
Las astillas me cortaban el hombro, la cruz pesaba como plomo,
mi vida era estrecha y piadosa y casi estaba muerto,
el arroyo era un baile alegre y la luz del sol bailaba en derredor
pero yo tenía que seguir andando con los ojos clavados en el suelo.
Entonces saltó del agua un pez con un arcoíris en las escamas.
Perlas de agua bailaban y colgaban de regueros de plata.
«¡Lanza la cruz al agua si quieres ser libre!».
Y yo arrojé mi carga al río a la sombra del ciclamor.
De rodillas en la orilla de aquel río, en un trance de éxtasis
recibí su dulcísimo beso mientras ella se inclinaba sobre mi hombro.
Pero ella buceó hasta el fondo gélido donde nunca la hallarán
y yo lloré a mares hasta que oí de las trompetas el sonido.
Y Jesús de pie en el agua me dijo:
«Ese pez era la voz de Satanás y tienes que pagar el precio.
Su beso era el beso de Judas, su beso traicionó mi nombre.
Que quien»

Ian McEwan, La ley del menor,

Acostumbrada a evaluar las vidas de los demás en sus encrucijadas más complejas, Fiona Maye se encuentra de golpe con que su propia existencia no arroja el saldo que desearía: su irreprochable trayectoria como jueza del Tribunal Superior especializada en derecho de familia ha ido arrinconando la idea de formar una propia, y su marido, Jack, acaba de pedirle educadamente que le permita tener, al borde de la sesentena, una primera y última aventura: una de nombre Melanie. Y al mismo tiempo que Jack se va de casa, incapaz de obtener la imposible aprobación que demandaba, a Fiona le encargan el caso de Adam Henry. Que es anormalmente maduro, y encendidamente sensible, y exhibe una belleza a juego con su mente, tan afilada como ingenua, tan preclara como romántica; pero que está, también, enfermo de leucemia. Y que, asumiendo las consecuencias últimas de la fe en que sus padres, testigos de Jehová, lo han criado, ha resuelto rechazar la transfusión que le salvaría la vida. Pero Adam aún no ha cumplido los dieciocho, y su futuro no está en sus manos, sino en las del tribunal que Fiona preside. Y Fiona lo visita en el hospital, y habla con él de poesía, y canta mientras el violín de Adam suena; luego vuelve al juzgado y decide, de acuerdo con la Ley del Menor.

Ciclamor (4) - —No, con ochenta basta. Empeñaré el reloj, y el abrigo, que ya no hace frío…

Y una vez más le contó a Carlos la historia que tanto le ofendía. Desde su arribada de Burdeos, en cuanto Castro Gomes se hubo instalado en el Hotel Central, él había pasado a dejar su tarjeta dos veces, la última a la mañana siguiente de la cena de Ega. Pues bien, ¡el señor aún no se había dignado agradecer la visita! Luego, ellos se habían ido a Oporto. Allí, mientras se paseaba a solas por la Praça Nova, los caballos de una calesa se habían desbocado con dos señoras gritando; Castro Gomes se había lanzado a atrapar el freno, pero los caballos le habían repelido contra las verjas y se había dislocado un brazo. Se tuvo que quedar en Oporto, en el hotel, cinco semanas. Él, sin demora (siempre con el ojo puesto en la mujer) le había enviado dos telegramas: uno de condolencia, lamentando el accidente; otro de demostración de interés, pidiendo noticias. ¡Y ni a uno ni a otro había respondido el muy bestia!
—¡Increíble! —exclamaba Salcede paseándose por la terraza y recordando tamañas injurias—. Pero ¡me las pagará!… Aún no he pensado cómo, pero le va a costar caro… ¡Yo desconsideraciones no admito! ¡A nadie!
Y ponía ojos amenazadores. Desde el lance en el Grémio, en que el raquítico despavorido se había achantado, Dâmaso se había vuelto feroz. A la menor ya hablaba de «partir caras».
—¡A nadie! —repetía, con los pulgares tironeando del chaleco—. Desconsideraciones ¡a nadie!
En aquel preciso instante se oyó adentro, en el despacho, la voz rápida de Ega, y casi de inmediato apareció en la terraza, con prisa y como descompuesto.
—¡Hola, Dâmasozinho!… Carlos, ¿tienes un momento?
Bajaron al jardín, deteniéndose junto a los ciclamores en flor.
—¿Tienes dinero? —le preguntó Ega ansiosamente.
Le contó su terrible apuro. Tenía una letra de noventa libras que vencía al día siguiente. Y además, le debía veinticinco libras a Eusèbiozinho, el cual se las había reclamado en una carta indecente. Era excesivo…
—Quiero pagar a ese canalla. Y cuando le vea, le pegaré la carta a la cara con un escupitajo. Y por si fuera poco, ¡la letra! Y todo lo que tengo son quince tostones…
—Eusèbiozinho es un hombre de orden… En fin, necesitas ciento quince libras —dijo Carlos.
Ega dudó, un poco ruborizado. Ya le debía dinero a Carlos. ¡Siempre se dirigía a él, como a un cofre inagotable!…
—No, con ochenta basta. Empeñaré el reloj, y el abrigo, que ya no hace frío…
Carlos sonrió y subió al cuarto a extender un cheque, mientras que Ega buscaba con todo cuidado un bonito botón de rosa que ponerse en el ojal. Carlos no tardó en volver, cheque en mano: ciento veinte libras, para que Ega estuviese cubierto.
—¡Que Dios te bendiga! —dijo el otro guardándose el papel con un suspiro de manifiesto alivio.

José María Eça de Queirós, Los Maia, Episodios de la vida romántica,

Los Maia es una de las obras más conocidas del escritor portugués Eça de Queirós. Su primera edición se realizó en Oporto en 1888. La obra cuenta la historia de la familia Maia a lo largo de tres generaciones. Los Maia relata la historia del deterioro de una gran familia portuguesa a través de dos de sus miembros: el viejo Afonso de Maia, el patriarca y un hombre admirado y su nieto, el joven Carlos de Maia, idealista, diletante y romántico, representante de la elegancia finisecular y auténtico protagonista del relato. Al hilo del desprendimiento, de la conclusión del tiempo y de un modo de vida, los personajes viven su tiempo y su vida y la novela escenifica los ritos del amor (y del escondido sexo burgués del siglo XIX, de adúltero o de pago).

Ciclamor (3) - CUARENTA AÑOS EN MONTAGNOLA

CUARENTA AÑOS EN MONTAGNOLA
Cuando vine a Montagnola, hace cuarenta y un años, buscando un refugio, y alquilé una pequeña vivienda, bajo cuyo balconcito había junto a tardías magnolias un enorme ciclamor en flor, yo era una persona «en la mejor edad» y tenía intención, tras una guerra de cuatro años que también para mí acabó en la derrota y el fracaso, de empezar de nuevo. Y Montagnola era entonces una pequeña aldea, ni pobretona ni mísera como tantas otras de la región, sino modesta y recatada, donde había unas casas señoriales de época antigua y dos o tres casas nuevas de campo; pero presentaba un aire marcadamente campesino. Hoy, unos decenios más tarde, ya no soy persona en la mejor ni en la buena edad, sino uno de los viejos achacosos y algo estrafalarios de la comunidad que no piensa en empezar nada de nuevo, que apenas abandona ya su solar y ha comprado allá arriba en el cementerio de St. Abbondio una pequeña y bonita parcela. Montagnola ya no es una aldea ni tiene ya aire campesino, es un pequeño suburbio con el cuádruple de habitantes, con un espléndido edificio de correos y con comercios, un café y un quiosco de periódicos; entre nosotros la llamamos «ciudad Segelfose», pensando en Hamsun.
Así cambian con los años las personas y las cosas, y no hay nada que hacer. Pero en estos decenios he vivido en Montagnola muchas cosas buenas, maravillosas, desde el verano ardiente de Klingsor hasta hoy, y tengo mucho que agradecer a la aldea y a su paisaje. Muchas veces he intentado expresar mi gratitud. Muchas veces he entonado la canción de estos montes, de estos bosques, viñedos y valles; también aquel balconcillo en la vivienda de Klingsor y aquel alto ciclamor —el más alto que yo he visto, más tarde una tempestad de primavera lo arrasó— fueron descritos y loados por mí. He gastado cientos de pliegos de buen papel de pintar y muchos tubos de pintura para expresar con colores de acuarela o pluma de dibujo mis respetos a las viejas casas y a los tejados de madera, a los muros de los jardines, al castañar, a los montes próximos y lejanos. También he plantado muchos árboles y arbustos, una masa de bambúes en la linde del bosque y muchas flores, y así tengo la esperanza de que, aun sin haberme convertido en tesino, la tierra de St. Abbondio me dará amable acogida, como lo han hecho durante tanto tiempo el palazzo de Klingsor y la casa roja de la colina.
(1960)

Hermann Hesse, Pequeñas alegrías,

Este volumen reúne más de cuarenta artículos publicados en diversos periódicos y revistas —no recogidos hasta ahora en forma de libro— y una veintena larga de escritos dispersos en tomos monográficos. Ordenados cronológicamente —desde «Pequeñas alegrías» (1899), que da título al volumen, hasta «Cuarenta años en Montagnola» (1960)—, ofrecen al lector un corte transversal autobiográfico de la vida de Hermann Hesse y dejan traslucir ese perpetuo talante de viajero y esa insatisfacción ante la vida sedentaria y estereotipada que le caracterizaron. Apuntes nacidos en las pausas de trabajo en torno a sus obras mayores, son también, dentro de su estilo subjetivo próximo al del diario, ejercicios de distensión que le permiten expresar los temas en otro plano, más directo y cotidiano.

Ciclamor (2) - El sueño lo llevó nuevamente a Tennessee: Chickamauga, Knoxville, Chattanooga y otras innumerables escaramuzas y la bala que esperaba no vino en su busca.

Gilbert recibió el nombramiento de coronel de un regimiento de Caballería y Cass se alistó como soldado en los fusileros del Mississippi. «Podrías ser capitán —dijo Gilbert— o comandante. Tienes bastante seso para ello y bien pocos son los que lo tienen». Cass contestó que prefería ser soldado y «marchar a la par de los demás hombres». Pero no pudo decirle la razón ni tampoco que, aunque marchase con los demás hombres y llevase un arma en la mano, jamás quitaría la vida a ningún enemigo. «Tengo que marchar a la par de los otros», escribió en su Diario, «pues son de los míos y con ellos debo compartir toda la amargura y aun en mayor medida. Pero no puedo quitar la vida a ningún hombre. ¿Cómo puedo arrancársela a ningún adversario, yo, que he privado de la suya a mi amigo y con ello he hecho uso de mi derecho a la sangre?». Y así Cass partió para la guerra, portando consigo su mosquete, carga que para él no suponía nada, y colgado de un cordón; junto a la carne del pecho, debajo de su casaca gris, el anillo que otrora fuera el de casamiento de Duncan Trice y que una noche Annabelle le había colocado en el dedo en tanto él tenía la mano colocada sobre su pecho.
Cass marchó hacia Shiloh, por entre los verdes campos, pues era a principios de abril, y luego por entre los bosques que ocultaban el río. (El cornejo y el ciclamor estarían florecidos por entonces). Atravesó los bosques, oyó el silbido del plomo sobre su cabeza, vio los caídos sobre el terreno y al día siguiente salió de entre la espesura y tomó parte en la difícil retirada hacia Corinth. Estaba seguro de que no sobreviviría a la batalla. Pero salió con vida y avanzó por el «camino lleno de gente, como en un sueño». Y escribió: «Experimenté que en adelante viviría en ese sueño». El sueño lo llevó nuevamente a Tennessee: Chickamauga, Knoxville, Chattanooga y otras innumerables escaramuzas y la bala que esperaba no vino en su busca. En Chickamauga, cuando su compañía vaciló ante el fuego enemigo y pareció a punto de destrozarse en el ataque, ascendió rápidamente la colina y no pudo comprender su propia inviolabilidad. Y los hombres se rehicieron y continuaron. «Parecía extraño que yo, que en la voluntad de Dios buscaba la muerte sin hallarla, pudiera durante mi búsqueda conducir a ella a quienes no la deseaban». Ante las felicitaciones del coronel Hickman no pudo «encontrar palabras con que responder».
Pero si hubo de vestir la casaca gris con el espíritu irritado y con esperanza de expiación, la llevaba con orgullo, pues era una prenda igual a la de los demás hombres junto a quienes marchaba. «He visto hombres que llevaron a cabo hazañas heroicas sin perder nada por ello». Y agregó: «No es difícil amar a los hombres por las cosas que aguantan y por las palabras que no pronuncian». Cada vez más tuvieron entrada en el Diario los comentarios del soldado de profesión entre las oraciones y los escrúpulos —críticas sobre el mando— (de Bragg después de Chickamauga), satisfacción y orgullo impersonal en el manejo de la artillería («la batería de Marlowe es excelente»), y finalmente la admiración por las fintas y las demoras llevadas a efecto por la virtuosidad de Johnston en su aproximación a Atlanta, en, Buzzard’s Roost, Snake Creek Gap, New Hope Church, Kenesaw Mountain («siempre existe alguna especie de gloria, no importa cuán maculada u oscurecida, en las manos de cualquier hombre que se conduzca bien, y el general Johnston se conduce así»).
Luego, más allá de Atlanta, la bala lo encontró. Yació en el hospital, donde fue pudriéndose lentamente hacia la muerte. Pero antes de que se produjese la infección, cuando la herida de la pierna ni siquiera parecía grave, supo que se acercaba su fin: «Moriré —escribió en el Diario—, y con ello se me evitará el final y la última amargura de la guerra. He vivido sin hacer bien a ningún hombre, he visto sufrir a otros por mi pecado y no pongo en duda la justicia de Dios, que otros han sufrido por mi culpa, pues es posible que solo a través del sufrimiento del inocente afirme Dios que los hombres son hermanos, hermanos en Su Santo Nombre. Y en esta sala y conmigo en este instante, hay hombres que sufren por los pecados propios y extraños a la vez. Es un consuelo saber que solo sufro por los míos». No solo supo que iba a morir sino que la guerra había terminado. «Ha tocado a su fin; todo ha terminado menos la muerte, que seguirá avanzando todavía. Aunque la llaga ha alcanzado el punto máximo y ha reventado, el pus seguirá manando. Los hombres se reunirán y morirán con el pecado común del hombre y con la culpa que los envió hasta aquí desde lugares lejanos y desde fuegos lejanos. Pero Dios, en Su Misericordia, me ha ahorrado el fin. Bendito sea Su nombre».
No había nada más en el Diario, a no ser la carta para Gilbert, escrita con letra extraña, dictada por Cass luego de haberse debilitado demasiado para manejar la pluma. «Recuérdame, pero sin pena. Si alguno de nosotros es feliz, ese soy yo…».

Robert Penn Warren, Todos los hombres del rey, Premio Pulitzer 1947,

Todos los hombres del rey, la obra cumbre de Robert Penn Warren, está inspirada en una figura histórica: Huey Long, el que fuera autócrata gobernador de Louisiana.
El protagonista de la novela, Willie Stark, al igual que Huey Long, es un personaje de poderosa y compleja personalidad, bigger than life: orador adorado por las masas, dictador sin escrúpulos que se mantiene en el poder gracias a la corrupción y el chantaje, defensor de oprimidos, demagogo. Aunque, de hecho, la vida de Huey Long no es más que un pretexto para una obra enteramente original centrada en el tema inagotable del conocimiento de uno mismo.
En una historia de creciente intensidad se entrelazan los destinos de tres hombres y una mujer. En el centro, Willie Stark, un joven abogado de origen humilde, apasionado por la política, que llega a gobernador del estado: un hombre atrapado entre sus sueños de justicia social y su despiadado afán de poder. Su poderosa vitalidad arrastra hacia él a Anne Stanton, a su hermano Adam y a Jack Burden, vástagos insatisfechos de familias aristócratas. En contraste con Stark, Adam Stanton es el idealista puro para quien la idea, el verbo, debe quedar fuera de todo contacto con los hechos; Jack Burden, testigo y narrador, es un espectador desarraigado en búsqueda de una fe, que al final de la historia se verá obligado a adentrarse en la hoguera de la historia y afrontar el veredicto inexorable del tiempo.

Ciclamor (1) - Arrancaba yo, después de comer, las alas a las moscas de entre la cortina y la vidriera, cuando advertí al muchacho en el jardín.

Arrancaba yo, después de comer, las alas a las moscas de entre la cortina y la vidriera, cuando advertí al muchacho en el jardín. No sé cuántos años tiene. No sé cuántos años tengo Tampoco sé los años de la que me trae la comida y me da órdenes. Tal vez doscientos. O trescientos. O mil. No pregunto. No digo nada. Bajo las escaleras si me llama, mastico lo que me da, aparto el plato, agarro el violín, me levanto. Le faltan dos cuerdas. Las que quedan son blancas como mi pelo. El del muchacho es castaño. Las voces que conversan conmigo son mucho más oscuras. A veces me mandan a dormir, Duerme, yo me pongo el pijama encima de la ropa, me quito los calcetines, me extiendo, las voces se callan, y me quedo mirando el sonido de los ratones en el revestimiento de las paredes, que devoran los ladrillos en un jadeo presuroso. No puedo matarlos porque las voces me lo prohíben. No puedo matar a la de la comida. Ni a las palabras. No puedo matar casi nada. No puedo arrancarles alas a las moscas y verlas pasear por la mesa de piedra palpando migajas con la trompa. No hace falta fuerza para arrancar alas. La tarde en que rompí las cuerdas del violín tuve que tirar mucho más.
Ésta es mi casa. El muchacho tiene otra. Grande. Y cerdos. Las voces odian a los cerdos. Me prometieron que cualquier día me dejan acercarme allí con un cuchillo y arrancarles una pata o dos. Es una cuestión de tiempo. Me siento en la mecedora de mi cuarto y espero. Entonces vienen las sombras, los muebles empiezan a crepitar, un aliento me susurra en la oreja Acuéstate, y enseguida viene la mañana y me despierto con el olmo que entra por la veranda como cuando fuimos en automóvil a Galicia, tú dijiste, abrazada a mí, Fíjate, y un ciclamor, estremecido de niebla, se arrimaba a las puertas para tocarnos los pies. Los empleados del hotel servían el desayuno en la cama, la azucarera, la tetera y la mantequera centelleaban, quitabas siempre la nata de la leche con la cuchara mientras yo enderezaba la almohada para oír las olas abajo en la playa, bajo la lluvia, los pájaros, el largo ronquido de motor del agua. Las voces aseguran que arrastran el mar hacia aquí, las olas ahogarán a las farolas de la calle hasta el porche de la cocina y no tendré que comer, tocar el violín ni ocuparme de nada.
Un cura entró en la salita preguntando por el muchacho. No golpeó. Debe de tener una llave como la mujer de la tartera. Quería saber si yo lo había visto la última semana, en los últimos días, y que necesitaba una respuesta por un asunto importante. Se fue al poco rato, después de mirarme arrugando la frente. Las voces me avisaron que no podía matarlo y que la playa había comenzado a crecer en el jardín. Debía de esconderse bajo la hierba pero me topé luego con el muchacho paseando con las manos en los bolsillos, solo, en medio de las begonias. Las voces me aseguran que lo conozco. No es verdad. O es verdad y no lo sé. Poco interesa. Si quiero arrancarles las patas a los cerdos ¿quién me lo impide? En medio de las flores el muchacho miraba mi casa. Podía correr tras él, amenazarlo con el cuchillo. ¿Para qué? Me basta aquel campo de olivos, tu grito, el automóvil contra un árbol, personas que se acercaban entre gesticulaciones gritando frases en español. Las moscas no gritan. Ni tú. Ni las voces. Nunca. Yo abro la boca y no sale sonido alguno. Mis dientes se estremecen en silencio como la hierba. De cualquier modo hacía tiempo que el cura buscaba al que las voces dicen que es mi hijo. Yo también. Con todo sólo veía en el jardín al viejo con gorra y tijeras que regaba las flores. Y ahora allí estaba el muchacho. Delgado. Sin el mechón de costumbre en la frente. No me quedé contento. Ni triste. No he aprendido lo que es eso. Pero sé que allí hay alguien a quien puedo matar como se mata a una gallina cuando las voces me dejen.

António Lobo Antunes, Tratado de las pasiones del alma

Un terrorista —el Hombre— y un Juez de Instrucción se enfrentan, desde posiciones encontradas, en un interrogatorio que va mucho más allá del intento de conseguir información. Los dos hombres se conocen desde niños y en la conversación saldrán a relucir —en un entremezclarse de tiempos y voces pasados y presentes— todas sus diferencias ideológicas y de clase: el juez proviene de una mísera familia campesina y el terrorista es nieto del dueño de las tierras donde ésta trabajaba.
Con un lenguaje desbordante, riquísimo en recursos expresivos —donde cada palabra parece haber sido pulida hasta alcanzar una nueva categoría—, Lobo Antunes profundiza admirablemente en el alma humana hasta su médula más desnuda.

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