Ciclamor (2) - El sueño lo llevó nuevamente a Tennessee: Chickamauga, Knoxville, Chattanooga y otras innumerables escaramuzas y la bala que esperaba no vino en su busca.

Gilbert recibió el nombramiento de coronel de un regimiento de Caballería y Cass se alistó como soldado en los fusileros del Mississippi. «Podrías ser capitán —dijo Gilbert— o comandante. Tienes bastante seso para ello y bien pocos son los que lo tienen». Cass contestó que prefería ser soldado y «marchar a la par de los demás hombres». Pero no pudo decirle la razón ni tampoco que, aunque marchase con los demás hombres y llevase un arma en la mano, jamás quitaría la vida a ningún enemigo. «Tengo que marchar a la par de los otros», escribió en su Diario, «pues son de los míos y con ellos debo compartir toda la amargura y aun en mayor medida. Pero no puedo quitar la vida a ningún hombre. ¿Cómo puedo arrancársela a ningún adversario, yo, que he privado de la suya a mi amigo y con ello he hecho uso de mi derecho a la sangre?». Y así Cass partió para la guerra, portando consigo su mosquete, carga que para él no suponía nada, y colgado de un cordón; junto a la carne del pecho, debajo de su casaca gris, el anillo que otrora fuera el de casamiento de Duncan Trice y que una noche Annabelle le había colocado en el dedo en tanto él tenía la mano colocada sobre su pecho.
Cass marchó hacia Shiloh, por entre los verdes campos, pues era a principios de abril, y luego por entre los bosques que ocultaban el río. (El cornejo y el ciclamor estarían florecidos por entonces). Atravesó los bosques, oyó el silbido del plomo sobre su cabeza, vio los caídos sobre el terreno y al día siguiente salió de entre la espesura y tomó parte en la difícil retirada hacia Corinth. Estaba seguro de que no sobreviviría a la batalla. Pero salió con vida y avanzó por el «camino lleno de gente, como en un sueño». Y escribió: «Experimenté que en adelante viviría en ese sueño». El sueño lo llevó nuevamente a Tennessee: Chickamauga, Knoxville, Chattanooga y otras innumerables escaramuzas y la bala que esperaba no vino en su busca. En Chickamauga, cuando su compañía vaciló ante el fuego enemigo y pareció a punto de destrozarse en el ataque, ascendió rápidamente la colina y no pudo comprender su propia inviolabilidad. Y los hombres se rehicieron y continuaron. «Parecía extraño que yo, que en la voluntad de Dios buscaba la muerte sin hallarla, pudiera durante mi búsqueda conducir a ella a quienes no la deseaban». Ante las felicitaciones del coronel Hickman no pudo «encontrar palabras con que responder».
Pero si hubo de vestir la casaca gris con el espíritu irritado y con esperanza de expiación, la llevaba con orgullo, pues era una prenda igual a la de los demás hombres junto a quienes marchaba. «He visto hombres que llevaron a cabo hazañas heroicas sin perder nada por ello». Y agregó: «No es difícil amar a los hombres por las cosas que aguantan y por las palabras que no pronuncian». Cada vez más tuvieron entrada en el Diario los comentarios del soldado de profesión entre las oraciones y los escrúpulos —críticas sobre el mando— (de Bragg después de Chickamauga), satisfacción y orgullo impersonal en el manejo de la artillería («la batería de Marlowe es excelente»), y finalmente la admiración por las fintas y las demoras llevadas a efecto por la virtuosidad de Johnston en su aproximación a Atlanta, en, Buzzard’s Roost, Snake Creek Gap, New Hope Church, Kenesaw Mountain («siempre existe alguna especie de gloria, no importa cuán maculada u oscurecida, en las manos de cualquier hombre que se conduzca bien, y el general Johnston se conduce así»).
Luego, más allá de Atlanta, la bala lo encontró. Yació en el hospital, donde fue pudriéndose lentamente hacia la muerte. Pero antes de que se produjese la infección, cuando la herida de la pierna ni siquiera parecía grave, supo que se acercaba su fin: «Moriré —escribió en el Diario—, y con ello se me evitará el final y la última amargura de la guerra. He vivido sin hacer bien a ningún hombre, he visto sufrir a otros por mi pecado y no pongo en duda la justicia de Dios, que otros han sufrido por mi culpa, pues es posible que solo a través del sufrimiento del inocente afirme Dios que los hombres son hermanos, hermanos en Su Santo Nombre. Y en esta sala y conmigo en este instante, hay hombres que sufren por los pecados propios y extraños a la vez. Es un consuelo saber que solo sufro por los míos». No solo supo que iba a morir sino que la guerra había terminado. «Ha tocado a su fin; todo ha terminado menos la muerte, que seguirá avanzando todavía. Aunque la llaga ha alcanzado el punto máximo y ha reventado, el pus seguirá manando. Los hombres se reunirán y morirán con el pecado común del hombre y con la culpa que los envió hasta aquí desde lugares lejanos y desde fuegos lejanos. Pero Dios, en Su Misericordia, me ha ahorrado el fin. Bendito sea Su nombre».
No había nada más en el Diario, a no ser la carta para Gilbert, escrita con letra extraña, dictada por Cass luego de haberse debilitado demasiado para manejar la pluma. «Recuérdame, pero sin pena. Si alguno de nosotros es feliz, ese soy yo…».

Robert Penn Warren, Todos los hombres del rey, Premio Pulitzer 1947,

Todos los hombres del rey, la obra cumbre de Robert Penn Warren, está inspirada en una figura histórica: Huey Long, el que fuera autócrata gobernador de Louisiana.
El protagonista de la novela, Willie Stark, al igual que Huey Long, es un personaje de poderosa y compleja personalidad, bigger than life: orador adorado por las masas, dictador sin escrúpulos que se mantiene en el poder gracias a la corrupción y el chantaje, defensor de oprimidos, demagogo. Aunque, de hecho, la vida de Huey Long no es más que un pretexto para una obra enteramente original centrada en el tema inagotable del conocimiento de uno mismo.
En una historia de creciente intensidad se entrelazan los destinos de tres hombres y una mujer. En el centro, Willie Stark, un joven abogado de origen humilde, apasionado por la política, que llega a gobernador del estado: un hombre atrapado entre sus sueños de justicia social y su despiadado afán de poder. Su poderosa vitalidad arrastra hacia él a Anne Stanton, a su hermano Adam y a Jack Burden, vástagos insatisfechos de familias aristócratas. En contraste con Stark, Adam Stanton es el idealista puro para quien la idea, el verbo, debe quedar fuera de todo contacto con los hechos; Jack Burden, testigo y narrador, es un espectador desarraigado en búsqueda de una fe, que al final de la historia se verá obligado a adentrarse en la hoguera de la historia y afrontar el veredicto inexorable del tiempo.

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