Almendro (2) - En esta isla todo el mundo está loco.

Se llamaba Pepone bramó casi, y para tranquilizar a Leonardus que pedía a gritos un mecánico le dijo que él mismo había enviado a los hombres a buscarlo y que no tardarían en volver. Después, como un juglar que hubiera esperado impaciente a su público, comenzó a recitar una historia probablemente repetida mil veces. Hablaba en italiano mezclado con el español que había aprendido en la Argentina, dijo, a donde había ido con su familia cuando su padre era contramaestre en el Messimeri y la desgracia no se había abatido aún sobre ellos. Porque aunque costara creerlo, ésta había sido la isla más rica del Mediterráneo. En las calles adoquinadas con piedras de la Capadocia se levantaban casas señoriales construidas con mármoles de Carrara, maderas perfumadas de Oriente y cristales de Venecia, y en las márgenes del puerto se sucedían los almacenes y los tinglados, y los obradores de jarcias y los talleres donde se confeccionaban las velas más fuertes y mayores de todo el Levante. ¡Ah, la época de los veleros! Barcos con vida y temblor, barcos huraños o sumisos, alegres, pesados, perezosos, no como los mastodontes de humo y chimeneas que los sustituyeron. Yo aún he conocido esta ensenada tan llena de veleros que desde aquí un bosque de mástiles habría escondido las laderas. Y miró con melancolía las ruinas donde crecían ahora, inocentes y silenciosos, el mirto y el tomillo. En la entrada de la bahía y a veces casi en mar abierto se alineaban los veleros fondeados a la espera de un amarre libre donde atracar y descargar la mercancía. Traían damascos y piedras preciosas, o granos y especias que cambiaban por armas, grandes cajones claveteados que desaparecían en las sentinas de los barcos y zarpaban rumbo a las guerras. Vociferaban los vendedores ante las aduanas y frente al mercado, y señaló del otro lado de la plaza un sombrío edificio vacío ahora y medio en ruinas, y cantaban las adivinas la suerte de los marineros, y mujeres hermosas y altivas envueltas en sedas se acercaban al puerto a despedir a los que partían a países lejanos. Y del otro lado por la parte de la playa, se extendían hasta el agua huertas bordadas como jardines en cuyos lindes daban sombra higueras, cerezos, albaricoqueros y nísperos, y había caminos de almendros y viñas verdes hasta el mar, y los pescadores volvían al atardecer cargados de pescado que colocaban como un dibujo sobre las cestas, y de las laderas bajaban los rebaños de ovejas cuya leche agriada envolvían las mujeres con hierbas olorosas y escurrían en paños de lino hasta convertirla en grandes quesos que llevaban envueltos en paños blancos sobre la cabeza, camino del mercado. ¿Veis aquello?, y señaló un pilón de cemento en la otra esquina de la plaza junto a una columna medio derruida. Allí había una fuente con siete caños, y grandes esculturas de la sabiduría, la gracia y el poder, con peces y sirenas y hojas de acanto.

—Este hombre es imparable —dijo Chiqui dando un bufido y al ir a levantarse Martín la retuvo.
—Siempre había fiesta y alegría —continuó el barquero sin darse por enterado— porque había dinero —y movió el índice y el pulgar bajo los ojos de Chiqui—, mucho dinero. Veinte mil habitantes tenía esta isla, más de veinte mil, sin contar con los forasteros que podían llegar a ser dos o tres mil más. Pero luego vinieron los barcos de vapor y poco a poco fueron pasando de largo, y quedamos abandonados en ese extremo del Mediterráneo. Eso fue el principio. Más tarde vino una guerra, después otra. Ahora quedamos apenas doscientas personas. Todos se fueron, a todos se nos llevaron cuando comenzaron los bombardeos. Los italianos nos invadieron, los ingleses los expulsaron a bombas, se quedaron con la isla y la convirtieron en un polvorín. A nosotros nos enviaron a Palestina, al Irak, a Australia. Y cuando todo acabó, aquí no quedó nada ni nadie.
De pronto se calló. Una figura alta y sombría atravesaba la plaza flanqueada por dos perros alanos, fuertes y pardos con las orejas caídas, el hocico romo y arremangado y el pelo corto, que marchaban a su mismo paso vacilante. El hombre llevaba un alto birrete del mismo color de ala de mosca que la sotana raída y una larga barba le llegaba casi hasta la cintura, y aunque caminaba erguido sin mirar más que al frente era evidente que intentaba conservar el equilibrio. Pero aun así, formaban los tres un conjunto altivo.
—Es el pope con sus perros que va a tocar la campana de la tarde.
Se hizo un sitio entre Andrea y Chiqui y agachándose como si fuera a contar un secreto jocoso, o quizá temeroso de que el pope pudiera oírle, se tapó la boca con la mano y añadió:
—Siempre está borracho. Por esto está aquí, por borracho. Dicen que fue desterrado hace muchos años pero ahora es él quien manda aquí. —Y recuperando la amplitud de gestos que había utilizado para cantar los tiempos gloriosos de la isla sentenció—: Como un rey destronado que se erige a sí mismo reyezuelo.
—¿Por qué lleva esos perros? —preguntó Chiqui a Leonardus.
—Porque le gusta —contestó Pepone—, porque está loco. En esta isla todo el mundo está loco. Mira ésta —y señaló el muelle—, Arcadia, la visionaria.
Era una vieja alta, delgada, de huesos estrechos y alargados como las sombras, envuelto el cuerpo y la cabeza en un harapo continuo que arrastraba como un manto demasiado largo, del mismo color tostado que la piel de su rostro sin mejillas. Caminaba por el muelle dando someros tumbos y a los pocos pasos desapareció en un portal o en una bocacalle, era difícil saberlo desde allí.
—Está buscando su casa. Volvía del pueblo cuando la sorprendió el bombardeo y no logró encontrarla. No había más que un inmenso agujero, y desde entonces hurga en las ruinas buscando a sus hijos. —Y se rio—. No come ni duerme jamás, no tiene casa, no habla con nadie la vieja Arcadia, se limita a canturrear y caminar desde el alba hasta la noche cerrada y buscar sin descanso desde hace más de cuarenta años.
—Pues vaya isla a la que hemos ido a parar —dijo Chiqui.
Llegaron entonces los dos hombres y el mecánico que Pepone había enviado a buscar. Saltaron a bordo y se volcaron los tres sobre el motor hablando entre sí como si a nadie más importara la avería. Y entonces Pepone, recuperado su papel de intermediario, se dirigió a Leonardus y después de reclamarle el pago de la operación de remolque, le comunicó con una seguridad no exenta de cierta alegría que no podrían zarpar por lo menos hasta el día siguiente, porque no había en la isla la pieza de recambio que necesitaban. Y añadió que habían tenido suerte, aunque por el tono parecía indicar que no la merecían en absoluto, porque el barco que una vez cada semana hacía la travesía de ida y vuelta desde Rodas, llegaba precisamente los miércoles, es decir, mañana. Dimitropoulos, el mecánico, iría a llamar ahora mismo siempre que el teléfono funcionara, y ellos, entretanto podían visitar el pueblo, e hizo un amplio gesto con el brazo para dar a entender que algo habría por ver en aquellas calles vacías y aquellas laderas desoladas. Él, por supuesto, estaba a su disposición para llevarles con la barca a donde quisieran. ¿Deseaban acaso visitar la cueva azul, la más hermosa de cuantas cuevas había en las islas del Dodecaneso? Hoy precisamente era el día adecuado porque la calma permitiría entrar en ella sin dificultad. ¿O preferían mañana por la mañana cuando la luz del sol, y señaló el lejano segmento de horizonte entre las bocanas del puerto, entrara por la ranura y se polarizara en tonos irisados de color azul? Él vivía allá, en la casa ocre junto al café. No tenían más que llamarle y gustosamente les atendería.
Rosa Regàs
Azul
Azul es la historia de una pasión amorosa entre Andrea —una mujer casada, periodista y con una complicada vida social— y un muchacho más joven, Martín Ures, que llega del interior de la Península para descubrir un variado mundo de gentes y trabajos, y sobre todo, esa capacidad alquímica del amor que lo convierte en algo definitivamente peligroso.
Cuando la relación parece resquebrajarse, Martín y Andrea se embarcan en un pequeño crucero y, a lo largo de los dos días que dura la escala en una desolada isla griega, descubren la naturaleza real de sus ataduras. Rosa Regàs nos invita a una travesía que se convierte, por un azar inexorable, en una revelación. Con un estilo preciso, lírico, de una deslumbrante eficacia en el análisis de los sentimientos y situaciones, la autora consigue hacer próximos unos personajes que han experimentado una transformación apenas perceptible pero demoledora, alcanzados por el poder intensamente azul del mar y de la noche.

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