Aliso (9) - Volvió a mirar sendero arriba —era un sendero, las huellas resplandecientes así lo indicaban— y vio un zorro sentado a treinta o cuarenta metros.

Las mariposas aletearon, pero no alzaron el vuelo. Michaela se abofeteó un lado de la cara y después el otro. Las mariposas seguían allí.
Despreocupadamente, Michaela se dio media vuelta y miró pendiente abajo, hacia el cobertizo y, más abajo, la caravana. Esperaba verse tendida en el suelo, envuelta en telarañas, prueba indiscutible de que se había desconectado de su cuerpo y convertido en espíritu. Pero no había nadie, excepto los escombros y los leves sonidos que producía Garth Flickinger, todavía enfrascado en su búsqueda del tesoro.
Volvió a mirar sendero arriba —era un sendero, las huellas resplandecientes así lo indicaban— y vio un zorro sentado a treinta o cuarenta metros. Tenía la cola perfectamente enrollada alrededor de las patas. La observaba. Cuando dio tres pasos vacilantes hacia él, el zorro se alejó al trote sendero arriba, sin detenerse más que una vez para mirar atrás. Pareció dirigirle una sonrisa amigable.
«Por aquí, señora».
Michaela lo siguió. Su faceta curiosa ya estaba totalmente despierta, y se sentía más alerta, más consciente, de lo que se había sentido desde hacía días. Después de recorrer otros cien metros, las mariposas posadas en los árboles eran tantas que revestían las ramas por completo. Debía de haber miles. Demonios, decenas de miles. Si la atacaban (acudió a su memoria la película de Hitchcock sobre pájaros vengativos), la asfixiarían. Pero Michaela no creía que eso fuese a ocurrir. Las mariposas eran observadoras, nada más. Centinelas. Precursoras. El zorro era el guía. Pero ¿adónde la guiaba?
Llevó a Michaela hasta lo alto de un promontorio, luego por una estrecha hondonada, de nuevo ladera arriba y después a través de un bosque de abedules y alisos cubierto de maleza. En los troncos había manchas de aquella blancura extraña. Frotó una con las manos. Le brillaron las yemas de los dedos, y al cabo de un instante el resplandor se desvaneció. ¿Había habido capullos allí? ¿Era ese su residuo? Más preguntas sin respuesta.
Cuando apartó la mirada de la mano, el zorro había desaparecido, pero el zumbido había cobrado intensidad. Ya no le parecía el sonido de cables de alta tensión. Era más potente, más vital. La tierra misma vibraba bajo sus pies. Se encaminó hacia el ruido y de pronto se detuvo, tan atónita como Lila Norcross se había quedado allí mismo hacía algo más de cuatro días.
Delante se extendía un claro. En el centro un árbol nudoso compuesto de muchos troncos entrelazados de color rojizo ascendía hacia el cielo. Hojas prehistóricas semejantes a helechos brotaban de sus ramas. Percibía su aroma a especia, un tanto parecido al de la nuez moscada, pero en esencia distinto de todo lo que había olido en su vida. Aves exóticas como para llenar un aviario silbaban, gorjeaban y trinaban en las ramas altas. Al pie, un pavo real del tamaño de un niño extendió en abanico su cola iridiscente para deleite de Michaela.
No estoy viendo esto, o si lo veo, también lo ven todas las mujeres dormidas. Porque ahora soy como ellas. Me he quedado dormida entre los escombros de ese cobertizo de meta, y en torno a mí se teje un capullo mientras admiro este pavo. Debo de haber pasado por alto mi propio estado en algún momento, así de simple.

Stephen King & Owen King
Bellas durmientes

En un futuro tan real y cercano que podría ser hoy, cuando las mujeres se duermen, brota de su cuerpo una especie de capullo que las aísla del exterior. Si las despiertan, las molestan o tocan el capullo que las envuelve, reaccionan con una violencia extrema. Y durante el sueño se evaden a otro mundo. Los hombres, por su parte, quedan abandonados a sus instintos primarios.
La misteriosa Evie, sin embargo, es inmune a esta bendición o castigo del trastorno del sueño. ¿Se trata de una anomalía médica que hay que estudiar? O ¿es un demonio al que hay que liquidar?

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