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Herodes en el Finisterre

Herodes en el Finisterre
Alguna vez he hablado de este misterio: en tiempo de Adviento, por los caminos de Galicia que llevan a la punta final de la tierra conocida, al Finisterre, hay gentes que encuentran en los caminos a un raro viajero, un extranjero sin duda, que va ligero, sin tiempo a detenerse en una taberna a echar una taza de vino, no da ni los buenos días ni las buenas tardes, y deja tras de sí un insólito perfume. Los perros le temen, y le ladran al arrimo de los caseríos, sin osar correrlo, y menos morder. El forastero toma atajos como si fuese del país y conociese los senderos que van entre pinares o maizales, o baja a pasar los ríos por vados donde, en los álamos y los chopos, anida la paloma torcaz. Algunos que lo vieron aseguraron que lleva en la cabeza un gorro rojo. Es más bien corto de talla, y bracea al andar como si estuviese practicando una instrucción militar dada a lo pomposo. Evita las iglesias y los puentes, pero en cada fuente que encuentra se detiene a beber algo y enjuagar la boca. En algunos lugares secaron por más de un año algunas fuentes, y se dice que fueron aquéllas en las que bebió el viajero. Parece que come a escondidas de lo que lleva en un zurrón de piel, y no le importa la lluvia ni la noche, ni lo detiene, bajando de O Cebreiro a Portomarín a cruzar el Miño, la nevada. A su paso se aparta el lobo, y los gallos no cantan alba hasta que el forastero se haya alejado… Finalmente, hay quien asegura que si pasa cerca de una casa perdida en el campo, en el hogar se apaga el fuego, y niños que duerman despiertan llorando. Sí, se sabe quién es: nada menos que un criado del rey Herodes, que va al Finisterre a avisar que el día veintiocho de diciembre, al quebrar albores, hay que degollar a los Inocentes. ¿A avisar a quién? En principio, en cualquier siglo no le habrá sido difícil a ese criado de Herodes, o a otros compañeros suyos en las diversas partes del mundo conocido, el hallar gentes dispuestas a degollar. Modernamente, la degollación puede ser sustituida por las cámaras de gas, y dándole vueltas al tema en el magín, puede llegar servidor a imaginar que, por ejemplo, en un campo de concentración nazi, uno de aquellos expeditos arios ejecutores haya podido actuar, en lo que a dar muerte a niños se refiere, por orden de Herodes el Grande, rey de los judíos. A Ernesto Hello y a León Bloy les hubiese gustado, creo yo, está explicación de la postrera iniquidad.
Desde niño, yo me he contado muchas veces a mí mismo el viaje del criado de Herodes y, naturalmente, las más de las noticias que hoy tengo de él son inventadas por mí. Más de una vez, en los días cercanos a Navidad, la edad mía ocho o diez años, he salido hacia un bosque próximo, o caminado por el atajo que va desde Mondoñedo a la carretera de Lugo, por ver si me cruzaba en el camino con el criado de Herodes. De una Historia universal que había en casa, había arrancado una lámina a todo color en la que figuraban, con sus trajes, los hebreos de los días de la venida del Mesías, desde el Sumo Sacerdote a un pobre pastor, y no me cabía duda de que sabría reconocer al ligero herodíada mensajero. Si veía que alguien se acercaba, o escuchaba pasos, me tomaba el miedo y corría a esconderme. Pero nunca fue, el que pasaba, el criado de Herodes. A lo mejor, era uno de Barbeitas que venía de comprar bacalao en Mondoñedo, para añadirle a la coliflor de la cena de Nochebuena, y a la altura de mi escondite, como ocurrió una vez, se detenía, posaba el paquete, liaba cigarro, y con pedernal y eslabón encendía la mecha, la soplaba y encendía lentamente el pitillo. Le veía la cara, y era vecino conocido, y el miedo se me iba, y echaba a correr, pues anochecía, hacia la ciudad. Y aunque ya Mondoñedo no tenía murallas, ni había por lo tanto puertas en ella que cerrar, yo corría, casi saliéndome el corazón por la boca, no llegase tarde, y me quedase frente a la puerta cerrada, bajo la lluvia que comenzaba a caer mansa, como le aconteció en Ginebra a Juan Jacobo niño… Pasados años, con alguna frecuencia he soñado que me encontraba el criado de Herodes, uno de barba redonda, envuelto en capa, en la cabeza un gorro, que no sé si era rojo, porque me parece que no sueño en colores. Soñaba, digo, que el tal criado me miraba triste y me mostraba el papel en el que iba, firmada y sellada, la orden de Herodes el Grande. Ni el criado de Herodes decía palabra, ni yo osaba abrir la boca. El criado de Herodes hablaría arameo, o quizás latín, y yo solamente sabía gallego y castellano. Me santiguaba, y el hombrecillo echaba a correr, algunas veces a volar, y se perdía con los cuervos sobre la fraga de Rioseco, espesa, escondite del lobo y del jabalí.
Hace una semana —no se sabe lo que puede nacer de una mala postura de la cadera; lean el primer capítulo del Swann de Proust—, soñé con el criado de Herodes. Supe que era él, porque era el que yo me había imaginado. Avanzaba hacia mí en figura de San Dionisio. ¿Se había degollado a sí mismo? Cuando desperté, me preguntaba si es que ya ha llegado el tiempo de que sean degollados, o se degüellen, los degolladores. Lo cual significaría que podíamos estar en vísperas de una nueva edad de la Historia.
Álvaro Cunqueiro - «Laberinto y Cía.», Destino, número 1733, 19 de diciembre de 1970: p. 84. 

Almendro (3) - Y amor calló en Portugal

Y amor calló en Portugal
Cuando el mestre de Aviz, Dom Juan I, casaba en Porto con doña Felipa de Lancaster, el año de 1387, hacía sesenta y dos que había muerto aquel trovador Dom Denís, «el Rei Lavrador». Todavía había lágrimas en las flores del verde pino, y la brisa en los limoneros del Mondego y en los almendros del Alemtejo no había olvidado el secreto estribillo: «Alba é, vai liero!». Cincuenta y seis años hacía que había muerto aquel bastardo de Dom Denís, Dom Afonso Sanches: lo hizo el rey poeta en doña Aldonza Rodríguez de Tella, menuda y morena como una baya de enebro. Y treinta y tres no más de la muerte del otro bastardo, Dom Pedro Afonso, conde de Barcelos; a éste lo hizo el rey Denís en una rosa blanca, doña Gracia Froes de Torres Vedras. Al padre habían salido, cantores de amor, los dos bastardos de Portugal. Las violas lusitanas aprendían sus quejas y se las enseñaban a las doncellas y a las alondras, a los fidalgos y a los ruiseñores. Era un grande tiempo para el amor, la cortesía y la aventura en las riberas del mozo Portugal. Y lucían los bastardos, como Shakespeare quería, «hijos de la lujuria y el amor», que no como los otros, los legítimos matrimoniales, «de la rutina y el insomnio nacidos». El mestre de Aviz, que iba a reinar como Dom Juan I, era un bastardo, y ya llegaba a bodas con doña Felipa de Lancaster con uno de diez, el nuevo conde de Barcelos. Venía de una montería alemtejana el mestre de Aviz, y en Veiros vio unos ojos negros en una ventana. Eran los de la hija de Mendo da Guada. Le gustó, la cortejó, le regaló un anillo y la moza se vino con el príncipe a Lisboa, donde el nuevo rey la ocultó en el convento de Santos. El rey iba ahora a casar en Porto con doña Felipa, y la princesa de Inglaterra tenía veintinueve años cumplidos, que eran muchos en aquel tiempo; en un tiempo en que la madre de Julieta veía que ya se le hacía tarde a su hija, de quince no cumplidos. Ya decíamos el otro día, en estas mismas páginas de Faro de Vigo, hablando de las perdices de mosén Olivier de Mauny, que esta doña Felipa era hija del duque de Lancaster, pretendiente a la corona de Castilla, legítimo ungido de Galicia y León, reclamando la herencia de don Pedro el Cruel. Llegó a tener la mitad de la tierra nuestra, y después de tomar Ribadavia a los judíos, los jinetes y los arqueros galeses que traía con mucha pluma en la birreta, plumas de gallo colorado, bebieron ribeiro, y según le contó a Froissart mosén Pacheco, la borrachera les duraba dos días. (Boswell, el biógrafo del doctor Johnson, sostiene que los ingleses, mamando hasta los cinco años, crían en el estómago una madre de leche, lo que les hace difíciles a la embriaguez; si a esto se añade que los jinetes ingleses de Sir Thomas Perey y los arqueros galeses del Sire de Coaligoum venían de Francia de catar los mostos aquitanos y borgoñones, no parece que fuese fácil, querido Castroviejo, que la tomasen, la mona, con tintos del Pericocho. Pero ya es sabido que con el injerto en vid americana, aquí se ablandaron los caídos, se desgraduaron, y se hicieron más sumisos. Aquéllos de antaño ponían otro respeto.)
Veníamos diciendo que doña Felipa era hija del duque de Lancaster, y ya habíamos anticipado el otro día que había sido educada, como la Clarina de Saint-Vaast de las Crónicas de mi sochantre, con los peores ejemplos. El duque vivía bajo el mismo techo con la esposa y la amante: ésta, Catalina Bonet, se la quitó al marido sin muchos miramientos, y al pobre hombre, que era capitán de ballesteros, lo mandó a morir a Francia, a la batalla. Fue otra vez la historia de David y la mujer de Urías. Catalina Bonet sirvió de maestra a las hijas del duque. De Felipa, pues, se podía sospechar, como dice Oliveira Martins, que viniera resabiada. Pero no fue así; era en pureza y castidad, pareja al lirio y a la azucena, y los paternos desórdenes la habían fortificado contra el mal. Y viéndose reina de Portugal, poco menos que decretó que allí, donde fueron los claros trovadores en los jardines, amor tenía que callar. Y calló.
El rey Dom Duarte, su hijo, en su Leal Conselheiro, cuenta cómo la reina Felipa se puso a casar a la gente moza de la corte, a no permitir devaneos ni amores secretos, y sobre todo, ató a casados y a casadas al respeto al santo vínculo, que andaban, como dice un personaje de Chéjov, «algo evaporados». Más de un centenar de bodas hubo, y sin mayores miramientos de amor. El rey decía a él y a ella: «Mañana, a las nueve, en tal iglesia, donde casaréis». Y si él o ella preguntaban con quién la boda, se les contestaba que ya lo sabrían en el altar. Y parece que todas aquellas bodas de ordeno y mando salieron muy compuestas, y ninguna se descompuso; antes bien, dieron ejemplo a las que se hicieron en aquellos días por amor. Callaron las aves naturales de Portugal, que son los fidalgos amorosos, y si alguno quiso cantar a escuso, donde pensaba que lo aguardaba solaz, halló la muerte. Véase la tragedia de Fernando Alfonso, que inspiró a Herculano su El monje del Císter. Fernando Alfonso enamoraba a una dama de la reina, a escondidas. El rey se lo advirtió, que se sosegase de las soledades y las quejas. Pero Fernando, simulando una romería a la Virgen de Guadalupe —que era mucha moda entonces—, se quedó en la cámara de su amiga, tañendo viola, recordando las rimas pasadas y tejiendo guirnaldas floridas. Lo supo el rey, y lo mandó prender. Cuando llevaban el preso a la cárcel de corte, escapó y corrió a asilarse en San Eloy. La reina cuando se enteró mandó al marido a la calle, a la caza del huido. Iba el rey, que lo tomó la noticia echando una siesta, en paños menores, mal envuelto en una capita corta. Entró Dom Juan en la iglesia, mandó prender a Fernando Alfonso gritándole que ya no era su amigo. El enamorado estaba en el altar mayor, abrazado a una imagen de la Virgen María. Los hombres del rey hicieron caer del altar a la imagen y al fidalgo. Por adúltero y sacrílego, fue quemado sin proceso, al alba siguiente, en el Rocío… Pasaron muchos años hasta que Sá de Miranda pudo decir en Portugal:
Em quanto aos proençaes bem se senteo som dos brandos versos que entoaram.

Álvaro Cunqueiro
La bella del dragón
De amores, sabores y fornicios

La bella del dragón reúne artículos escritos en su mayoría en 1977 y 1978, publicados esencialmente en dos revistas de vida corta, Bazaar y Primera Plana. Con esa inigualable facultad para la fabulación, de una fecundidad inusual, Cunqueiro nos conduce esta vez, siempre a partir de reflexiones o situaciones actuales, por célebres episodios amorosos de la historia, lugares de mal vivir, anécdotas picantes o pícaras de la crónica diaria de ayer y de hoy, y nos invita a participar en banquetes afrodisíacos o a compartir recetas de sensuales efectos.
Nos introduce, por ejemplo, en el fetichismo de las patas de palo y en el negro mundo de las viudas, en el secreto encanto de algunos perfumes y prendas, en los usos casamenteros y fornicadores de antiguas cortes europeas y en los ocultos beneficios de algunos manjares exquisitos. Estamos ante el mejor Cunqueiro cronista, incansable e inmejorable narrador de historias infinitas, todas sabrosas, todas entretenidas e instructivas, todas amenas, todas inolvidables.
Huelga ya, hoy en día, añadir mucho más sobre Álvaro Cunqueiro (1911-1981), cuya obra, una de las más importantes de la literatura española de nuestro siglo, al fin se está dando a conocer debidamente y está siendo traducida a otros idiomas.

Álamo (10) - La zueca de oro

LA ZUECA DE ORO
EN donde llaman Prados, en Duarría, al pie mismo del castro, y en la carretera de Lugo, estaba la casa de Manuel Cardide, zoqueiro de profesión y solador de zuecos, y también carpintero de ocasión. Era un tipo pequeño y flaco, cejijunto, la nariz acaballada, y pocos son los que podían decir que lo habían visto sonreír. Cada tres o cuatro semanas, una tarde cualquiera le entraba la ventolera y se iba a la taberna, se sentaba en un rincón, y pedía jarra tras jarra de vino hasta que se embeodaba. Entonces el tabernero avisaba a la mujer y a la hija, las cuales venían con el carro tirado por la vaca, subían en él a Manuel Cardide, envuelto en unas mantas, y se lo llevaban a casa. Manuel dormía aquella noche en el carro, sudaba la borrachera, y a la mañana siguiente se ponía de nuevo al trabajo, y ni la familia ni él se referían para nada a lo que había sucedido la tarde anterior. Sólo una vez, en que estuvo a punto de emborracharse en Lugo, a donde había ido a la feria de San Froilán, comentó con la mujer:
—¡Si por un casual me emborracho en Lugo, hay que ir a buscarme allá con el carro, como de costumbre!
La mujer se lo prometió, pero no se dio el caso.
Una tarde de octubre estaba Manuel zoqueando, poniendo a punto un par de zuecas chinelas en madera de álamo, cuando entró una señora en el cobertizo donde zoqueaba. Traía un velo sobre la cabeza rubia, y se cubría con un manto negro. Asombraba por lo pálida. Dio las tardes muy cortés y le dijo al señor Manuel que quería la zueca aquella del pie derecho que estaba puliendo.
—¡Sólo vendo por pares y de encargo! —dijo el zoqueiro. La señora repuso que ella pagaba lo que fuera, que solamente quería la zueca del pie derecho, y precisamente aquella, y que la del pie izquierdo, que la tirase, si quería, o, que le añadiese otra para hacer un par. A la señora parecían saltársele las lagrimas, y hallarse en verdadera necesidad de la zueca. El señor Manuel se rascó la frente:
—¡Si tanto necesita esta zueca, llévesela, y gratis! Espere que se la envuelvo en El Progreso de Lugo.
—¡No, que ahora me la calzo! —dijo la señora.
Y en su pie derecho, blanquísimo y muy fino, se calzó la zueca de álamo, que al instante se convirtió en una zueca de oro. El señor Manuel estaba sin vino, y juraba que había visto a la zueca covertirse en oro de dieciocho quilates.
—Seica lle viches o contraste! —le decía el señor cura consultado en el caso.
—¡Oro fino! —comentaba el señor Manuel.
Y la señora se marchó, y era coja, faltándole una pierna que no se le veía bajo las faldas, y por ello solamente necesitaba una zueca. No llevaba muleta, ni andaba a saltos. Era una cojera muy especial. Y se marchó hacia el castro dejando al señor Manuel estupefacto.
A veces, en los mediodías dorados de septiembre hay quien ve brillar una cosa entre las rocas de la corona del castro. Hay quien llega a distinguir que es una cosa en forma de zueca chinela. Que es la famosa zueca de oro. Pero es mucho distinguir desde allá abajo, desde las veigas de Prado donde engordan las mazorcas de maíz.

Álvaro Cunqueiro
Las historias gallegas

Se recogen aquí 67 semblanzas y relatos de Álvaro Cunqueiro que surgieron como colaboraciones realizadas para emisoras gallegas y fueron radiadas en el verano de 1981, poco después de su muerte. Este espléndido testamento literario une lo antropológico y lo fantástico, en la mejor línea de la fusión de ambos elementos que caracterizó siempre a Cunqueiro. Con humor y delicadeza (el «Tristán García» que aquí se incluye es la mejor y más sorprendente recreación del tema de Tristán e Isolda que exista en cualquier lengua), y sirviéndose de uno de los mejores castellanos que se hayan escrito en el siglo XX, el autor de Mondoñedo consigue dibujar una sonrisa que no elude la melancolía en el lector sensible e inteligente. Esta edición se enriquece con un prólogo de uno de sus más íntimos conocedores, Manuel Gregorio González, autor del premiado Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío.

Castillos en Negreira

Castillos en Negreira
Faro de Vigo, 31 de enero de 1954.
Íbamos siguiendo las aguas del Tambre, por el gusto de verlas, y fantaseando de los tamaricos y de Trastamara, de los celtas y de los condes. Blanqueaba la helada en los cómaros, en los prados y en los labradíos, pero ya todo el valle de Barcala era una enorme redoma de cristal llena de luz. Una y otra robleda parecen todavía resistirse a dar a la tierra materna las secas hojas, como dueños los robles de una cruda y poderosa senectud. Se veía pasar la luz, del sol a la sombra, como una seda impalpable, y en cualquiera de estas colinas que conforman el valle, ya que la luz es un río, como el viento o el Tambre, se podrían levantar molinos de luz: sumergir las manos en el río de la luz y retirarlas, lleno el cuenco de polvo luminoso, y esconderlo hasta la hora de la tiniebla nocturna, y alimentar entonces las extrañas lámparas que alumbran los países de nuestros sueños, tal imaginaba, en un hermosísimo poema, Luisa de Vilmorin. Y al recordar a Luisa de Vilmorin —esos poemas suyos en los que el corazón reclama ángeles custodios, sean puertas para el alba, oscuros espejos para el rostro o los oficiales de la guardia blanca para los pensamientos que sorprenden la noche—, digo, sin pensar que, vagabunda neblina, al levantar la mañana los he visto.
Les chevaux blancs de ce matin
s'endorment bleus dans la prairie.
Pero ¿son caballos marinos, o es la sirena materna y antigua de los Mariños de Lobeira que se esconde en las estancias almenadas del Cotón? O quizá sea el dulce tremolar de la marina celestial en el sueño de la barca de San Amaro. Suponed que San Amaro era de Negreira, y Tambre abajo se fue al mar, y por la orilla de Noya lo encontró y lo navegó hasta sus fuentes —nada hay probado contra la idea de algunos geógrafos árabes de que los mares tienen fuentes como los ríos, además de los ríos—, y pasando al otro lado de «las doradas lagunas de la tarde» se encontró en la playa del Paraíso, donde cantan los ángeles y les responden las enormes y coloreadas caracolas… Al llegar al Cotón le preguntaré a San Amaro si es más hermosa y serena la claridad de la marina aquélla, o si esta luminosa mañana fría es la memoria suya de la lejana navegación. Por veces hay más luz en lo soñado que en lo vivido, y la parte más real de la memoria se hace con sueños… Todas estas vaguedades iba yo deletreando desde que pasé la Ponte Maceira, mientras contemplaba la tierra y la mañana, cuando me vi en Negreira y en el bureo de la feria, que era tercer domingo de mes. De donde yo soy natural, somos gallegos de acento oscuro y el habla morosa, y siempre me es novedad oír gallegos de acento claro y el habla vivaz, y el párrafo largo y flexible, y el gesto compañero, múltiple y expresivo. En el trato, por lo que vi, por ahí nos vamos de confiados. ¡Cómo le gusta dramatizar —tramar— el trato al gallego! Me pasaría todo este día escuchando, si no fuese que tengo que verle, al sol del mediodía, las torres al Cotón y las almenas al pazo de Chancela.
Yo conocía, por un dibujo del último año del pasado siglo, las cuatro torres redondas del Cotón, y los arcos de su galería: tal está el Cotón en el dibujo como un castillo, con aire militar, y en una miranda guardando el país de Barcala, me recordaba los castillos que venían pintados en una historia de la chouanería, que leí de rapaz. Yo estaba por los chouans, naturalmente, y los legítimos reyes, y todo me era soñar caballos en el desamparo de la noche, bajo la lluvia, y vizcondesas de ojos claros, y en el corazón como un sagrado temor… Pero aquí, en el Cotón, los paladines fueron otros, sangres iracundas y rebeldes, Mariños y Trastamaras, los unos con la parte de la sirena en la sangre, los otros con la soberbia bastarda, célebre desde Shakespeare: «Soy hijo», dirá el bastardo Plantagenet, «de la lujuria y el amor loco, que no de la rutina y del insomnio». (Bastardo vale por fils de bast, hijo de la enjalma o manta del macho sobre la que dormían los arrieros en las posadas). Pero todas estas telarañas no me impidieron ver el Cotón ni la gentileza del pazo de Chancela, como ni tamaricos, ni la sirena de los Mariño, ni los ásperos Trastamara me impidieron ver la mañana por la orilla del Tambre, la Puente Maceira y el país de Barcala, severo y serio como su nombre… Ya vuelve a helar en la sombra, pero al sol permanece todavía un vidrio dorado. Desde el valle de Barcala vamos a Xallas, «d’uces nutriz», a saludar los cuervos pondalianos. En el Cotón habíamos saludado a los mirlos, a los que de seguro, por el tiempo del verano, San Amaro les enseña tonadas que oyó, en las robledas del Paraíso, a los mirlos celestiales.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

El arca del pan

El arca del pan
Faro de Vigo, 24 de enero de 1954.
He ido a ver un arca que fue de la abadía de Meira: un arca para el centeno de las rentas abaciales. Las armas están en el gran tablón delantero, de noble y oscuro castaño, y es fina la labra del hierro del pasador, que asegura el cierre. Tiene el arca mi altura, es decir, la altura de un abad bernardo del siglo XIII. Ya no guarda el arca el centeno de la alta ribera de Piquín o de las tierras de barbecho —aquí dicen de folgado— de Viladonga, Suegos, Piñeiro… (Nevaba en Suegos, y las ovejas del rebaño con que nos cruzamos llevaban copos de nieve en los copos de lana, y dos pastorcillos se atareaban con el rebaño en la ventisca y en aquella enorme y descampada soledad). Ahora, en el arca, el largo grano del antiguo centeno meirés —da una harina negra y dulce— ha sido sustituido por el rotundo grano del trigo de la Pastoriza y la Terrachá: ese trigo que ahora asoma en los largos surcos hilillos verde tierno.
Llegamos cuando están lavando y humeando el arca por mor del gorgojo, que el pasado año prosperó «como las pulgas de los suizos en Venecia», que dijo el señor embajador Correro, hablando de la multiplicación de la hugonotería en el cristianísimo reino de Francia. Ignoro si el gorgojo del trigo es el mismo o parecido insecto que el gorgojo del guisante, ese geómetra cuya vida y andanzas yo leía en Fabre y en Uexküll: la hembra del gorgojo pone sus huevos sobre la vaina del guisante joven, y las larvas, al salir del huevo, perforan la vaina y se adentran en el guisante aún tierno. La larva que anida en el punto medio del guisante crece rápidamente, mientras las otras dejan de alimentarse y mueren. La larva geómetra socava primero el centro del guisante, pero después se labra un paso hacia la superficie del guisante y rasca, a la salida del paso, la piel de éste, fabricándose una puerta: así, cuando el guisante endurece, la larva tendrá abierta una salida. Pero Von Uexküll habla de un pequeño icneumón que se dedica a abrir las puertas de las larvas del gorgojo, y deposita su huevo en ellas: de este huevo sale una larva que se come a la del gorgojo, se transforma luego en icneumón, y por el camino labrado por su presa sale al aire libre. He aquí una breve frase de la gran sinfonía de la vida. Se la cuento a los que lavan y humean, y se me ríen en la cara.
¿Cuántas cargas de pan, cargas de las que vienen en los foros y en las donaciones de antaño, cabían en esta arca? ¿No valdrá tanto preguntar cuántos siervos? ¿Cuánta tierra, cuántos surcos, cuántos días? Y aún falta medir el hambre. El hidalgo de Killmore, golpeando con su bastón de caña las arcas vacías, cuando las grandes hambres de Irlanda, medía el hambre del país: «Hasta aquí», decía midiendo un palmo, «el hambre del artillero Flannagan y sus catorce hijos». Y el artillero Flannagan, con las lágrimas en los ojos, respondía: «¡Alabado sea Dios!».
Donde estamos se llama Quintás, y son tres casas y un molino, y me gusta el camino que lleva al río, porque el cierre de las huertas es de laurel romano y hay una pequeña alameda paralela a la presa: los árboles están desnudos, pero la hiedra viciosa y verde, se enrosca en ellos como una primavera irresistible. Y donde parte el camino del molino del que va a Lugo, hay un crucero de madera, muy repintado, y la Virgen —un redondo rostro, unos grandes ojos asombrados— tiene un manto rojo, de tan viva y violenta entonación que pasma. Nieva en Quintás. Parece que alguien, lentamente, y con harina blanca, estuviese fabricando silencio. El roble arde amigablemente en el hogar, con llamas largas y agudas, agujas azules, amarillas, rojas. La luz parece haberse detenido en la ventana y solamente deja pasar un velo pálido que flota lento. Blake había averiguado que la cantidad de luz que ilumina en un momento dado el mundo depende del número de ángeles que vuelen cerca de la tierra. También Santa Francisca Romana llegó a saber que la luz es un ángel, y por eso veía ella en la tiniebla nocturna como en la claridad del día, y todo porque veía a su ángel custodio, su dulce y alada lámpara. Un ángel, pues, está ahora en Quintás cerca de la ventana, y esa luz que entra es la tierna sombra de sus alas. Quizá sea el ángel del arca del pan, y esa luz sea blanca harina, flor de la harina antigua posada en su túnica y en sus plumas. Antes de marchar de Quintás iré al arca de Meira, levantaré la pesada tapa, tras descorrer el cerrojo de labrado hierro chantadino, cuyo empuño semeja un báculo, por ver si allí dentro, donde habitó el pan, habita la luz. De Quintás a Meira se va por un camino llano a la orilla de un regato, que cruza una carballeira centenaria. En verano, debe ser uno de los más alegres caminos del mundo.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Camariñas

Camariñas
Faro de Vigo, 18 de enero de 1953.
«A arcosa Laxe», «Xallas, de uces nutriz»: toda la mañana estaba llena del verso pondaliano, si no era ese mismo verso tendido sobre la tierra, de tan reposada y madura belleza. El verso de Pondal pasa el río Xallas por la puente Arantón:
Uces da ponte Arantón,
non toqués os seus vestidos,
qu’eles para vos non son.
La musa pondaliana —«ela é filla de Santiago»—, pasa, en la dulce brisa, a nuestro lado. La mañana, que es algo como una grande, luminosa y tibia mano, recoge mar y tierra bajo su palma. Todo el valle de Vimianzo se recogía bajo la luz de su caricia, envuelto en el dulce algodón de la neblina. Había qué ir al castillo, más fino y más nervioso que un palacio a ver si todavía en la niebla matinal cabalgaba Pedro Madruga. Lo llamaban así, dice Vasco da Ponte, porque gustaba «de madrugar para las cabalgadas», a la del alba sería, como don Quijote, cabalgando en las mañanas frías y cantando octavas del Ariosto, o como el Jan Timur, que nada amaba más que galopar por el desierto las mañanas de abril. (Señor de estas torres fue el poeta Martelo y Paumán del Nero: ¡Paumán del Nero!, un apellido eufónico y mágico, de tan patente y misteriosa medievalidad, que nos sorprende no haberlo leído en un catálogo de cruzados o entre las flores del «gay saber»: nombre para uno de los Doce Pares o para un compañero moribundo de Diterico de Berna, o quizás, para uno de esos oscuros caballeros de Escocia, hijos de la insegura melancolía, que una mañana salen a pasear a un arenal y se enamoran del licor rojo de los labios sonoros de las sirenas, y mueren bajo el mar, en aquellos palacios en los que las algas florecen en rosas azules y jacintos verdes…) Pero nadie —sólo la alegre fantasía— galopa en la mañana hacia Vimianzo y su castillo.
Ponte do Porto: el sol rompe a tientas la niebla, y al deshilarla y aventarla, la mañana se hace más alta y más ancha, llena el mundo todo, en el que ya no queda ni un solo lugar que no sea matutino y claro, volado de palomas «amazonas del aire y de su aroma». El breve río se ahoga en el mar, silenciosamente. Camariñas; venían, más los ojos que los labios, diciendo su nombre, tan blanco, tan liviano, que ver la villa de cal y canto y no de encaje fue buena sorpresa. Alençon de Francia no es de encaje, de point d’Alençon, pero hay allí torres y en los palacios pasamanos y balaustres que sí lo son, de encaje que han ido coloreando los siglos, y ahora goza de un fino color rosa; esos grandes ojos que abre el point d’Alençon, allí donde el hilo, de tan sutil, semeja aire —aire celestial, de los atardeceres de verano del Paraíso—, siempre acaban de ser abandonados por una coloreada mariposa, que tras de ella deja el pálido reflejo de la viva pintura de sus alas. Vas a ver qué color es, y sólo encuentras aire, aire tejido y transparente…
La madre de Teresa del Niño Jesús, haciendo point d’Alençon en Lisieux, donde tan alegre es, cabe el puente, la sombra de los manzanos, vio cómo un ángel reparaba los desgarros de sus alas con el encaje que ella hacía. Pocos días después, nacía Teresa. ¿Hay algún ángel que lleve, en esta dorada mañana, encaje de Camariñas en sus alas? El mar de Camariñas lo lleva, en verdad, espuma fugitiva.
El arte del encaje, al igual que la música, es irrefutable: cada hilo, en el entramo de la encajería, es como una frase, y la total tela de araña, Valenciennes o Camariñas, un concierto. La escritura de Bach sobre el pentagrama a lo que se asemeja es a un encaje, más que a un retablo barroco, porque Bach lo que pretende es aprisionar el aire que pasa —sobre todo, esas claras flautas o el aliento casi humano del oboe, y al fondo el orden profundo del órgano—, más bien que representar la Naturaleza. Números y pausas, estrofas —estrofa es lo que retorna—, sensitivas cárceles del tiempo: ponerle puertas al tiempo fugitivo, eso es música. Ponerle puertas al aire, eso es el arte del encaje.
Camariñas, Xornes, son tierras —y mar y ballenas— de la mitra mindoniense. El báculo montañés de San Rosendo —oro de los tojales de Noriega Varela, alba del abedul— pone en Cabo Vilaño el regatón al golpe de la eterna y enorme ola atlántica. Pero en la ría, más suave y breve la ola, alguien, las femeninas manos, la hilan en la orilla… Unas blancas y ligeras nubes que el sudoeste empuja, se acercan a verle a la Señora de la Barca el tejado de piedra. Son las doce. Cantan «Ave María» las campanas de la iglesia, tiembla el aire pleno de luz, tendido sobre hilos de oro que van y vienen, tejiendo el mundo y la mañana, tejiendo el mantel de Camariñas —blanco, liviano, como este nombre—, sobre la roca antigua de la tierra, a la orilla del mar.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Monforte de Lemos

Monforte de Lemos
Faro de Vigo, 17 de noviembre de 1951.
También yo, por fidelidades gongorinas, tengo mi soneto a Monforte; también, como el del cordobés, con «geométricos modelos», y si en el soneto de don Luis aquel «Monte-fuerte coronado de torres convecinas a los cielos» «rayos ciñe de luz, estrellas pisa», en el mío el Cabe antiguo, «molido como trigo en las aceñas», contempla, a través de los sauces y los chopos, el claro cielo de la primavera. Para mí Monforte es la torre, la puente y el río. La torre no es sólo la lección de geometría al ancho valle, al dilatado horizonte y a las altas sierras, sino ese mismo horizonte contemplado, el país de Lemos, el Caurel y Cabeza de Meda, y el Vidral, y ahora, al ponerse el sol, esas lejanas y quietas rojas nubes, hacia el sudeste, como si en las herrerías antiguas del país de Quiroga, en el Caurel o en la Mua, gigantes vulcanos antiguos forjaron como una espada —oro, negro, rojo— el río Sil. El silencio enorme, casi táctil, de la anochecida se hace más patente cuando lo quiebra el agudo silbido de las máquinas del tren. (Agudo y melancólico. Hay toda una literatura para la que el pitido de las máquinas ferroviarias es melancólico. Hardy y Turguenieff usaron tal adjetivo, y Kierkegaard, quien lo oía como una larga y áspera rotura, un anuncio de irremediables lejanías y fugas que brotaba, agrio e irremediable, en la noche). Bajo hacia el puente viejo a acordarme para sentir pasar el río, un largo y acariciador susurro. El Cabe, molido como trigo en las aceñas, va a morir al Sil; Sil según el padre Sarmiento, quiere decir «tierra colorada». Pero donde el Cabe y el Sil confluyen, el Sil tiene el color de la pizarra. Estas aguas, pues, que oigo deslizarse en la noche, van al Sil y con el Sil al Miño. «Somos como vasos», decía Rilke, «pero no conocemos a aquellos que nos beben». Comienza a llover. Unas muchachas pasan corriendo, reidoras. Como en un poema, la tierra profunda huele a rosa y llovizna en los labios.
Manuel Hermida Balado ha escrito la vida del VII conde de Lemos y la de su esposa, doña Catalina de la Cerda y Sandoval. Manuel Hermida ha puesto al comienzo de la vida de doña Catalina un «Introito con pauta monjil», porque Hermida ha leído un manuscrito sobre la vida de doña Catalina que escribiera «una religiosa del convento». El convento es el de franciscas descalzas de Monforte, que doña Catalina fundara y en cuya religión murió. (Hermida Balado es un excelente escritor, dueño de un idioma ágil y expresivo; tiene el don de la claridad expresiva, servida con plena sumisión por el párrafo largo, tradicional en la mejor castellanía. Ha puesto mucho amor —él, monfortino cabal— en estos dos libros. Nos hace amigos de don Pedro de Castro y nos lleva a asomarnos, como a un milagro que aconteciera en jardines, a la delicada vida de doña Catalina). Me detengo ante el convento de Santa Clara. He leído y oído del relicario del convento, rico de Lignum Crucis, de espinas de la Corona del Señor, de un clavo de la crucifixión, cordón y cilicio de San Francisco… Quisiera oír a las monjas en su coro como oigo en mi Mondoñedo a las Concepcionistas. Le escribiría después a Hermida Balado que las había oído y si era verdad que, como en la historia de las canonesas de St. Vaast, se oían en el coro las voces casi infantiles de aquellas vírgenes de antaño. Por ejemplo, en Santa Clara de Monforte, la voz de aquella niña Juana de Vitoria, que allí entró a bodas con el Señor a los cinco años, o de aquella Lucrecia Antonia de Castro, que murió novicia, y a la que imaginamos los azules ojos, los dorados cabellos y no sé qué dulce melancolía:
«¡Lo que más sentía yo era la cinta del pelo!»
Ya tengo escrito más de una vez lo que me gusta, poniéndole estampas al libro de la memoria, contemplar a los gallegos en Italia. Ya tengo dicho también que a todos prefiero a don Fernando de Andrade, el caballo de oros de la milicia gallega, galopando al pie de los viñedos de Mélito con el sol de la victoria en la mano. Y mi abuelo Montenegro, canciller de Milán, y los virreyes, Monterrey y Lemos. Está bien, me digo, ver a un hombre de este muro y este monte, allá en el «rearme» napolitano, dando la ley como un romano, tal como el Giannore elogiará en la lstoria Civile; haciendo fiestas con funámbulos y montañas prodigiosas, y sirviendo con el ánimo leal la gran política de la Católica Majestad. Cuando de Capri y las sirenas, el jardín de Nápoles y la enorme caracola humeante del Vesubio tome don Pedro de Castro a Monforte, ¿se detendrá un instante en las escaleras de San Vicente del Pino a gozar de este antiguo y dilatado horizonte? Recordará, quizás, los catorce gongorinos versos, y si anochece y Venus brota sobre el Caurel y mecen el silencio las campanas de San Vicente y la Compañía, sentirá, como yo ahora siento, toda la grave y poderosa madurez de este país de Lemos. Esos pájaros que revuelan en la torre parécenme estorninos: el estornino es el ave del final del estío. El Cabe es también un río estival. Si rememoro ahora el país de Lemos veo un largo y poderoso estío bajo la bola del sol que remonta las montañas, «una fuerza irresistible armada de rayos».

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

tal se va el otoño, como una copa de oro que ruede de las cumbres al valle

Las cuatro estaciones
Faro de Vigo, 25 de octubre de 1953.
Siempre he hablado de con cuánto atento amor sigo la rueda de las cuatro estaciones, cómo atiendo a su nacimiento, signo, fábula y huida: tal se va, fugaz, la primavera, como «cervo ferido por monteiro maior», tal se va el otoño, como una copa de oro que ruede de las cumbres al valle. Ese polvo insistente de oro, esa cortina dorada que ahora lentamente cierra sobre el rostro del mundo, anida en las copas umbrías de los árboles y se tiende a dormir, como un gran rey derribado, en el flanco poderoso de la montaña. El río, el Avia, maduro como un maduro fruto antiguo, se ha bebido el Viñao y el Arenteiro en esa dorada copa del otoño. Ambos son ríos molineros, de molinos de pan, y sus aguas participan, pues, en la especie sacramental, en la blanquísima harina, como el Avia participa en el vino. Leiro, Beade, Regadas, Abeleda…, toda la mañana está aquí en una redoma de cristal, palpable y audible: vibra, sonora como si el dedo índice de Dios, disparado por la ballesta del pulgar, la golpease.
Al pasar por Regadas, toda la mañana debía ser un ancho prado, como un pañuelo verde puesto a secar al sol, y debían verse y oírse los hilos de agua de los regatos y alcazuelas, y desde el camino, con la mano, poder herborizar nombres latinos: la festuca pratensis de fino talle y la gracia de sus racimillos, o la arrhenatherum elatius, una explosión de hilos y estrellas verdes, dulce el talle cuando se lo masca en el verano, en los henares: treboiña le llaman a la hierba en mi mindoniense país, y me parece que lleva con más gracia el romance que la pulcritud latina de su denominación linneana, tan aparatosa. Abeleda debía estar, como un trobo de viejo castaño, rodeado de la tribu fungadora de las abejas, o como un panal de dorada miel, en el corazón de la mañana, y que pudiese reconocer el pasajero, con el labio en el panal, toda la flora de la montaña, todo lo que tiene color y aroma en el Faro de Avión. Todo lo que tiene nombre debía vivir su nombre. Un amigo me cuenta que en lengua quechua el nombre de una persona o cosa se designa como «aquello que gotea de su alma». Abeleda debía gotear miel en los labios de quien dijese su nombre; unas casas blancas, maíz puesto a secar en una solana, una niña de rubias trenzas en bicicleta. Quedarse a vivir en una de esas casas blancas, tomar el sol con el maíz en la solana, hacerle versos y verla sonreír a la niña de las trenzas y la bicicleta: pero quizás todo esto fuese presurosa y gentil ocupación de primavera que no melancolía del otoño. Aquel príncipe japonés de las historias de Lafcadio Heamrn que estaba encargado, en una montaña sagrada que tenía cerezos y mariposas en la falda, de avisar de la llegada de las aves emigrantes, y entre ellas de los grandes pájaros de las estaciones, avisaba a toda la cortesía nipona, advirtiendo: «Moveos más lentamente que ha llegado el pájaro de las alas secas», y colgaba los grandes tapices que representaban a un samurai en la madura edad, probando su casco de escamas de coral a un niño: es decir, viéndose a sí mismo, tierno paje, y en el casco, con el coral, bordada la melancolía: ¡Dios me libre de tener que probar, a una infantil cabeza, mis melancolías! Que sean otras mis ocupaciones otoñales. Cuáles pueden ser, las pienso en este camino de Leiro a Carballino. Quizá sentarme a oír latir el corazón del vino nuevo en las bodegas —los divinos fermentos creadores, «el semen bullicioso de la naturaleza», grato a Paracelso—, o con el tacón del zapato esbilar un erizo que ha caído del castaño, y recoger las castañas, y comerlas, yendo de vagar por la mañana, que del podre de las hojas secas exhala, aquí en el bosque, tan intenso perfume. Vuela una paloma torcaz. ¿Ha llegado, Señor, la hora del soneto de Ulises?
«Si ángel fueras, necesaria altura
de aire el sueño y de cristal, yo digo
si pudiera volar, volar contigo,
el ala al hombro, mecedora pura».
Demasiado á la page me está saliendo el soneto, y gongorino. Lo de gongorino es necesario, que la mañana es un cristal, y lo propio de la poesía de Góngora es estar construida con tantas palabras como cristales. La mañana está empedrada de cristales verdes, ocres, violetas, dorados. Y el chófer, que va diciendo la toponimia, tan clara y a la vez tan misteriosa, parece que va poniendo las consonantes a un enorme soneto de largos y estremecedores catorce versos que dice, a la luz del día, la voz de Dios. Cuando entramos de regreso en Carballino, ya cumplida la tarde y aposentado el silencio en el crepúsculo, y Venus surgiendo hacia donde me imagino, por los vientos, que está Orense, el primer verso del segundo cuarteto lo digo como quien reza, oliendo una rosa de otoño, de finísima piel levemente perfumada y tibia, cogida en Leiro, y recordando el vuelo tan seguro de la paloma.
«¿Más que el ala, Señor, la rosa dura?»
Se oye un piano en la noche de Carballino. He viajado a través del otoño, del más dorado y nostálgico, perfecto otoño todo el día, para venir a oír ahora, en la callada noche, un vals en un piano que en vez de cuerdas tiene hilos de agua y de cristal.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Creo que solamente he visto a Borrallo de Lagóa sin zamarra, una vez, en el San Bartolomé de Espasande

Borrallo de Lagóa
Creo que solamente he visto a Borrallo de Lagóa sin zamarra, una vez, en el San Bartolomé de Espasande, que es en Miranda el día más caluroso del año, que siempre andaba abrigándose con ella, con un par de chalecos y una bufanda colorada. Era albino. Por el país se cree que los albinos ven mejor que nadie, en la noche, el oro perdido en los caminos. Los albinos no pueden echar el mal de ojo, y no hay noticia de que hubiese caído el rayo en casa en la que viva mujer albina. Borrallo era pequeño y delgado, y andaba siempre como escurriéndose o agazapándose. Citaba a los enfermos en los sitios más imprevisibles, en una fuente que hay a una legua de Pacios, o al pie de un tejo que hay en Vilarin, o en el atrio de Reigosa, a la anochecida. Curaba locos, morriñosos inapetentes, y tipos con los huesos cansados, enojados de la vida, o con la paletilla caída. Lo dejaban solo en el campo o en la era, con locos iracundos, y no le hacían nada, que le obedecían y se quedaban quietos y pacíficos. Lo primero que hacía con un loco era cambiarle de nombre. Le decía al loco, que por casualidad se llamaba Secundino:
—Tú eres Pepito. ¡No contestes a nadie más que por Pepito!
Después, arrancando del Pepito, le inventaba a Secundino una vida nueva. A uno que nunca saliera de Bretoña le hacía creer que estuviera en La Habana, y que allí tomara café con sus vecinos Fulano y Mengano, y que pusiera una carbonería o una bodega, y que se retratara en Santa Clara 31, donde había un fotógrafo que era de Ribadeo, junto a un tren de lavado… Y Borrallo le enseñaba al nuevo Pepito una fotografía, y el loco se reconocía en ella. El loco dejaba de pensar en sus temas, de rascar en ellos, y se ponía en los asuntos del ficticio Pepito, que le caían algo más lejos. Todos atestiguan que Borrallo hacía calmos a los locos más furiosos, y que poco a poco a muchos los volvía a la vida cotidiana, y al oficio. Aunque a muchos, al cambiarles el nombre, también les cambiaba el trabajo.
A los que en otras partes de Galicia llaman alganados o ensumidos, por Miranda y Pastoriza les dicen afrixoados. Es gente que entristece, enflaquece, se cansa, desgana la comida, y muere aburrida y callada en un rincón, la piel color de cera, y a veces quejándose de puntos fríos que andan vagabundos por su cuerpo, cuando en el pecho, cuando en la espina. Borrallo estaba especializado, porque él mismo fuera un afrixoado, y se autocuró. Vendió una tierra y fue a pasar un mes a Orense, donde aprendió a leer. Volvió como nuevo. Contaba y no paraba de los cafés cantantes y de las Burgas, las famosas fuentes de aguas cálidas. A los afrixoados hay que convencerlos de que no lo son, de que tienen algo de estómago, o puesta la molleja, —la gente gallega cree que el hombre tiene molleja, como gallo, aunque los médicos titulados, ni aun los de Santiago, sepan de qué lado cae—, o una piedra de ijada, o un catarro de dentro, con flema. Si se logra convencerlos de que no están afrixoados, entonces se inquietan, se animan, se ponen en cura, comen algo, compran las medicinas.
A uno que le llamaban Listeiro, de los Parciales de Úbeda, que se dejaba morir, y se hiciera blasfemo, le dijo Borrallo:
—¡Aún me has de llevar en brazos al San Cosme de Galgao!
Listeiro, haciendo un esfuerzo para levantarse del escaño de la cocina, juró que no llegaba a tal fiesta, que la vida era una mierda, dispensando, y que si no se colgaba era por no darle por el gusto a una nuera que tenía, que estaba esperando a que muriese para comprar mobiliario nuevo. Borralo lograba llevar todas las tardes a Listeiro a dar paseos, que llegaron a ser de una legua, y si se les hacía noche durante el regreso, en los meses veraniegos se quedaban a dormir en una posada o en un pajar. Listeiro se fue aficionando a aquella vagancia. A la hora de la merienda bebían algo. Listeiro se animaba. Borrallo, mientras paseaban, le enseñaba a leer en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, que comprara en Orense. Listeiro curó. El 27 de septiembre de 1934, Listeiro entró en el campo de la Xesta, donde se celebra la romería de San Cosme de Galgao, llevando en brazos a Borrallo, como este había profetizado. A un Borrallo con tres chalecos y dos bufandas, que en aquel alto siempre soplan fríos nordestes. La nuera se fue a servir a Barcelona y se arrimó a un dependiente que echaba discursos. Borrallo, en el verano del 36, apareció muerto en una cuneta, de un tiro en la cabeza. A Borrallo se le recuerda mucho.
—¡Valía más que Conxo[3]!, me dice un amigo de él.
De niño enseñó a comer del mismo zatico de pan a un ratón y a un mirlo. Me parece estar viéndolo en la farmacia de mi padre, encogido, sentado en un rincón, escuchando cantar un canario, y esperando a que le despachasen pastillas de clorato de potasa, y cinco pesetas de aguardiente alemán.

Álvaro Cunqueiro
Tertulia de boticas y escuela de curanderos

Álvaro Cunqueiro, que ha estado poniendo en zapatillas de andar por casa a buena parte de la mitología clásica, empieza con este libro a mitificar personajes cotidianos.
En la primera parte, «Tertulia de boticas prodigiosas» dice aprovechar los saberes adquiridos en la rebotica de la farmacia paterna para hacer un repaso irónico y socarrón a la farmacopea tradicional, a la legendaria y a la literaria, sazonándolas —con Cunqueiro nunca se sabe hasta qué punto— con remedios salidos de su prodigiosa imaginación.
En la segunda parte, «Escuela de curanderos», hace desfilar a una serie de curanderos, cada uno con su especialidad, sus técnicas y sobre todo su humanidad y sentido común. Estos curanderos pueden parecer inventados, y puede que lo sean, pero los gallegos sabemos que existen, aunque los conozcamos con otros nombres y en otras épocas.
Un libro que se lee con una media sonrisa constante y algunas buenas carcajadas y una nueva oportunidad para disfrutar de la ironía y el delicioso castellano galleguizante de Álvaro Cunqueiro.

Merlín en Carmarthen

Merlín en Carmarthen
Un amigo que no quiere decirme su nombre, me envía un recorte de «L’Osservatore Romano» del 23 de septiembre en el que figura una fotografía del famoso roble de Merlín en la pequeña villa galesa de Carmarthen y se comenta la polémica entablada entre el concejo municipal carmarthiano y el ministro de Transportes del Gobierno británico, Mr. Marples. Éste, por facilitar el tráfico automovilista, quiere que el roble —un muñón hueco, una cachopa de la que por milagro sale una rama viva, única, que en mayo se cubre de hojas—, sea arrancado de su asiento, en el cruce de dos carreteras. El concejo municipal de Carmarthen le recuerda al ministro que Merlín ha profetizado que el día que aquel roble sea abatido, muerte y destrucción vendrán sobre Gales y el universo mundo, y pruebas terribles se abatirán sobre el reino de Bretaña. Mr. Marples puede objetar que el universo mundo ya ha conocido mucha más muerte y destrucción que la que ha podido profetizar Merlín sentado en odres llenos de agua de fuente virgen, en la que ningún humano bebió, y que el reino de Bretaña ya no lo hay. Se podrá aceptar la primera proposición, pero se podrá responder a la segunda con Gaufrido de Monmouth en su Historia Britonorum, y con Las Crónicas de Raphael Holinshed, que el actual Reino de la Gran Bretaña es continuación del reino de Arturo —rey perpetuo y futuro—, que como es sabido, y desde los días mismos de Merlín, está en figura de cuervo en la isla de Avalón, y un día regresará vistiendo espléndida armadura a recobrar su corona. Los concejales de Carmarthen, por mayoría, han decidido mantener el roble de Merlín, aunque ello suponga que los coches den un rodeo o amengüen su velocidad y que los progresistas de la villa les llamen ridículos paganos, reaccionarios y supersticiosos, y alrededor del viejo tronco han construido un sostén de cemento coronado por una verja de hierro. El ministro Mr. Marples, afortunadamente, y por la completa legislación galesa, no tiene poder para hacer quitar el tronco, ni aun usando la Ley de los Tres Vellones, que rige en Gales —es decir, en Gaula, ¡oh, Amadís!—, desde antes del año mil.
El roble de Carmarthen es todo lo que queda de la famosa selva de Llwyddccroth —Lidanda de las setenta encrucijadas, cabalgada en las mañanas artúricas por los famosos paladines— Un grabado de un famoso manuscrito que se halla en la Folger Shakespeare Library, de Nueva York, nos muestra el roble de Carmarthen, cuando ya había desaparecido la selva y aún no había sido fundada la villa, y en el tiempo de la siembra del centeno venían a él, a convidarse con el menudo y oscuro grano que caía en el surco, desde Avalón, el gran Arturo y sus irreprochables compañeros. Ahí están, cuervos de agria parla y brillantes alas. En este tronco apoyó su frente al sabio Merlín cuando declamó sus siempre cumplidas profecías y lo puso por testigo ante los siglos. Es, por otra parte, un roble célebre en la filosofía de la mitología. Mircea Elíade lo pone como ejemplo del famoso «mito del centro» —de esos mágicos objetos sobre los cuales descansa, viga de oro, árbol de los gasikas, cuernos del toro Uznul, etc., el Cosmos, el Buen Orden—, y hay que pensar muy seriamente si al arrancarlo o al cambiarlo de sitio, no provocaremos una grande e inútil catástrofe, y se derrumbarán sobre los mortales y sus reinos efímeros —los peritura regna—, los siete cielos con todas sus lámparas. Y punto final. Y tengo que decir que me alegra que el periódico vaticano se haya preocupado de la cuestión, que no es trivial.
NOTICIA VARIA DE LUGARES Y CIUDADES

Álvaro Cunqueiro
Viajes imaginarios y reales


Leyendo a Álvaro Cunqueiro todo se resuelve en viajar, pues él es amable guía, propicio siempre a conducirnos por los inabarcables territorios de su sabiduría e imaginación. «Viajamos con nuestras imaginaciones y recuerdos», escribe, «y lo que vamos creando o soñando son memorias y nostalgias. Quizá sea verdad que el fin último de toda cultura es la invención y la melancolía». Si así fuera, tendríamos que reconocer en Cunqueiro al hombre culto por excelencia, incomparable en el arte de fundir un insólito caudal de conocimientos a un talante cordial y humanístico, que hace de sus artículos piezas ejemplares de precisión y amenidad.
El viaje entendido como recorrido de la fantasía, el viaje entendido como experiencia intelectual, cobra en el gran polígrafo gallego una envergadura extrovertida, deliciosamente extravagante, y ello sin caer nunca en la erudición, pues, como el propio Cunqueiro escribe, «yo no soy un erudito, por eso pido perdón si alguna vez me encuentran como tal; a mí lo que me gusta es contar llano y seguido, fantástico y sentimental a la vez; lo que pasa es que a veces está uno distraído».


Brujas por aquí y por allá

Brujas por aquí y por allá
En la Biblioteca Nacional de París se celebra una exposición de cuadros, grabados, libros, documentos, sobre el gran tema —y de tanta actualidad— de la brujería. Claro, como dice un crítico, que las pinturas y grabados, desde Durero a Goya y Gustavo Doré, es pintar como querer, que ninguno de estos artistas ha ido a ver personalmente a Leonardo y sus amigas en el aquelarre, o visto a éstas en sus trabajos y boticas, o voladoras en el plenilunio. La exposición está abierta hasta el quince de abril, y habrá que ir allá a verla. Dicen que las vitrinas están llenas de los libros que facilitaron los argumentos teológicos y jurídicos que llevaron a tanta y tanta bruja a la hoguera. El Malleus Maleficarum, la Demonomanía de Bodin, la Demonolatría de Rémy, y papales de muchos procesos, como el de las monjas de Loudun y el clérigo Urbain Grandier… Entre los grabados hay uno con la visita de Santiago el Mayor al mago Hermógenes, de Brueghel el Viejo, y un documento firmado por Asmodeo, en una iglesia de Francia, el 29 de mayo de 1629 en el cual el demonio, famoso desde los días del viaje del joven Tobías, cuando se dedicaba a matarle los maridos a Sara, en la misma noche de bodas, declara que abandona el cuerpo de una monja, con sus amigos Gresil, Amand, Bhería, etcétera. Últimamente este Asmodeo está siendo considerado como vampiro, es decir, como un conde Drácula cualquiera.
A la gente parece interesarle, en los años setenta, el tema de las brujas. Yo he dado últimamente un par de conferencias sobre demonología y demonomagia, y ahora me piden otra sobre brujas, gallegas y no gallegas, en un Colegio Mayor femenino de la Universidad de Santiago. Pero volviendo a Asmodeo, no se ha sabido nada de él desde el asunto de Loudun. Cuando en el siglo pasado un cabalista alemán Reizenstein, logró charlar en unas ruinas con Zophiel, «el espía de Dios», éste le dio noticias de algunos demonios, v. g. que Mammon era el embajador del Infierno en Inglaterra, y que Nergal era el jefe de la policía secreta de Satanás, y que Sammael, «el más joven y más viril de los setenta y dos príncipes infernales, amante que fue de Eva y de Lilith», y al parecer padre de Caín, trabaja, como asegura James B. Cabell, en Los amados hijos del diablo, como crítico de arte. Pero de Asmoedo no quiso decir nada. Don Vicente Risco suponía que había sido embajador de Satán en Hollywood allá por los años treinta.

Álvaro Cunqueiro
El laberinto habitado
(Edición de María Liñeira de los artículos publicados en la revista Destino)

Se recogen aquí gran parte de los artículos publicados por Álvaro Cunqueiro en la revista catalana Destino entre 1961 y 1976. Aunque su colaboración comenzó en 1938, se reúnen en este volumen sólo aquellos artículos que no han visto la luz en formato de libro. En total, se presentan casi trescientos artículos, clasificados en las siguientes secciones: «En la ruta de la seda», un itinerario que transcurre entre Venecia, Córdoba y China; «Florilegio» recoge publicaciones de tema literario, de Sherlock Holmes al caballero de Olmedo; «Onírica», un conjunto de textos mágicos donde habitan brujas, demonios y unicornios; «Retratos de hermosas», con cinco visiones femeninas, desde la bailarina Cléo de Mérode a la reina de Saba; en «Del lejano país» surge el mundo gallego, con sus tópicos revisitados (lobos, curanderos) y el Camino de Santiago; unas «funestas lentejas» o una «teoría e iluminaciones del aguardiente» son ejemplos, en «De lo coquinario y vinícola», del Cunqueiro gastrónomo; «De santos y otras gentes», un recorrido por las vidas de santos y otros personajes singulares; «El variado mundo», artículos de la década de 1970 donde se analiza la actualidad; por último, «En tiempo de adviento» recorre las tierras gallegas en busca de las tradiciones paganas y religiosas de la Navidad.

21 de marzo (HABÍA en Nuremberg un monje)


EL MAESTRO ARNOLFO
HABÍA en Nuremberg un monje, llamado maestre Arnolfo, que enseñaba latines y letras griegas, con grande autoridad y pausa, como conviene. Vínole con el loco febrero una alferecía, y quedó el maestre sordo y mudo, que ya ni rosa, rosae podía declinar. Sentía que entraba en la posada de sus últimas jornadas, y ofreció un viaje a Compostela antes de dar su alma a Dios. El día 21 de marzo salió de San Sebaldo para Compostela, y llevaba andadas dos leguas cuando vino a posarse en el hombro diestro un pájaro de muchos colores, bizantino él de pico y cola. Algo dijo el ave al maestro, pues este regresó a su ciudad, y cuenta la fama que el pájaro lo mandó Santiago Apóstol, y que era un pájaro letrado, que sabía latín como Cicerón, y griego como Aristóteles. El pájaro desde el hombro de maestre Arnolfo enseñaba las letras con la misma voz del maestre. Y así fue por espacio de veinte años.
De “Flores del año mil y pico de ave”  en “Los siete cuentos de otoño” por Álvaro Cunqueiro

Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade

Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade 
E cando se decatou, quitou a pucha
pra enchela coas froles do prado.
—Pro as froles están somentes
nun soño, abaneadas por un ventiño morno,
que tamén era soño, soño, soño.
Tivera os anos coma trigo dourado
nas mans, no corazón, nas verbas.
—Nos ollos tamén si, cos que medía
o van da moza e a carreira das estrelas.
Pro non o soupo daquela.
Agora que por vez derradeira soña
que escoita o cuco no alcipreste,
coa pucha parda na man, e os ósos
somentes quentados polos recordos,
—ouh fondo pozo mouro, vida esgotada,
cas ceibados do corazón, violín sen cordas!—
vólvese: a perdida mocidade debe de estar cantando
máis aló dos outeiros, do mare, dos outeiros,
do mare. Aínda cantando.


Erikson se vuelve para escuchar a su juventud

Y cuando se dio cuenta, se quitó la gorra
para llenarla con las flores del prado.
—Pero las flores están solamente
en un sueño, mecidas por una brisa tibia,
que también era sueño, sueño, sueño.—
Había tenido los años como trigo dorado
en las manos, en el corazón, en las palabras.
—En los ojos también, sí, con los que medía
el talle de la muchacha y la carrera de las estrellas.—
Pero no lo supo entonces.
Ahora que por vez postrera sueña
que escucha al cuco en el ciprés,
con la gorra parda en la mano y los huesos
solamente calentados por los recuerdos,
—¡oh hondo pozo negro, vida agotada,
perros sueltos del corazón, violín sin cuerdas!—
se vuelve: la perdida juventud debe estar cantando
más allá de las colinas, del mar, de las colinas,
del mar. Aún cantando.

 De “Poemas apócrifos” de Álvaro Cunqueiro

Más información en: http://enriquegutierrezmiranda.blogspot.com.es/2011/10/doce-poemas-apocrifos.html


Para que sea maestro de otros mirlos

Calló el paje para sonarse con un gran pañuelo amarillo, de los que dicen de dos hierbas, y tengo para mí que más que sonarse lo que hizo fue enjugar dos lágrimas. Y con voz velada por la emoción, prosiguió:
—Me pasaba los días en el puente y en las orillas del río, descuidando el chocolate de mi amo, y me olvidaba de sacarle brillo a las hebillas de plata, poner a refrescar el vino, engrasar la escopeta, y todas mis obligaciones quedaban para mañana. ¡Y Anglor no volvió el San Juan de hogaño! ¡Quizás Anglor no vuelva nunca! Y por temor de que tan triste cosa suceda, ¡no volver a verla!, peregrino a Compostela, y de camino me distraigo enseñándole a este mirlo una tonada dolorida que compuse en Sahagún, en la posada aquélla, y cuando el mirlo la tenga bien sabida lo soltaré, para que sea maestro de otros mirlos y todos ellos la canten, parleruelos. Y así sabrá todo el mundo cómo ama y amará siempre a Anglor, la princesa del río, el paje François, más conocido por Pichegru en la antigua ciudad de Aviñón en Provenza, la del hermoso puente.

"Merlín y familia" de Álvaro Cunqueiro

El lobo y la tormenta (historias que dicen de Álvaro Cunqueiro)

Reinaldo Novo.
(Álvaro Cunqueiro)
           Reinaldo Novo era cazador de nutrias. Curtía las pieles y las iba a vender a Lugo a un tal Yáñez. Pero teniendo nutria fresca la comía asada, después de dejarla un par de días en adobo, con ajo, pimentón, vinagre y laurel. Y en tazas de barro guardaba la grasa de la nutria, que era remedio excelente para el reúma, y también servía para frotar con ella el pecho de los catarrosos, y aun de los tísicos. Reinaldo, al tiempo que cazador de nutrias, era meteorólogo y predecía en enero el tiempo de todo el año, por el sistema conocido por muchos labriegos gallegos de as sortes e as resortes. La mayor satisfacción que podía dársele a Reinaldo Novo, era mostrarle el Repertorio Zaragozano o el Gaiteiro de Lugo, con los temporales corregidos por las predicciones de Reinaldo. Donde don Mariano del Castillo, en el Zaragozano, decía lluvias, los parciales de Reinaldo tachaban y ponían soleado. Algunos les llevaban cualquiera de estos almanaques, el Zaragozano o el Gaiteiro, y por siete pesetas, con su clara y grande letra, Reinaldo corregía. Un día en el que intentaba sujetar por la cabeza, con una horquilla de madera una nutria que había caído en el cepo, resbaló y la nutria le mordió en la pantorrilla. Nunca más curó con los dientes de la nutria. Andaba con la pierna vendada y secaba la mordedura de la nutria con polvos de regaliz. Era pequeño, ancho, cerrado de barba, muy ligero, casi felino de movimientos, y tenía el gesto de llevar la mano derecha al entrecejo mientras miraba para ti con sus pequeños ojos negros. Cuando le preguntaban por qué hacía ese gesto con la mano, respondía que lo había aprendido de los cazadores del Canadá, a los que había visto en una película en un cine de La Coruña.
        Cuando ya andaba  por los cincuenta, descubrió que el lobo sabía que el rayo solía, en el monte, buscar un árbol. Así que si había tormenta, el lobo salía a descampado y se tumbaba pegado al suelo. Por eso, si en la sierra de la Corda alguna vez en sus caminatas había encontrado zorros y jabalíes muertos por la chispa, nunca había encontrado un lobo, como él decía "electrizado". Contaba que un día de San Pedro, a las tres de la tarde, caminando hacia Montouto, vio un lobo tumbado junto a una leira de centeno. Reinaldo se acercó pero el lobo no se movía. Reinaldo no llevaba escopeta, y pensó que quizás dándose cuenta de esto el lobo, se dejaba estar. Era un hermoso día de sol, pero de pronto, Reinaldo se dio cuenta de que surcaban bajas, aparecidas súbitamente, unas nubes negras, que ya estaban encima mismo de él y del lobo, y surgían de ellas fúlguras terribles seguidas de espantosos truenos. Reinaldo contaba que el lobo hizo una seña, y que el cazador se tumbó panza abajo a su lado, y allí se dejo estar golpeado por el granizo hasta que cesó la tormenta. Vuelta la calma, el lobo se levantó y se fue. Reinaldo también se levantó e hizo con la mano derecha el gesto de los cazadores del Canadá.
     -Usted, don Álvaro -me decía-, lo cree o no lo cree, pero el lobo, antes de meterse en la fraga, se subió a una peña y respondió con el mismo gesto, solo que él lo hizo levantando la mano izquierda ¡sería zurdo!.

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