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Cunqueiro o lobo e o carballo máis vello

O LOBO - Díxome esto Penelas do Couto: Para que un lobo se quede nunha comarca que non é a do seu natío, denantes de facer cama vai falar co carballo máis vello que haxa por alí. O lobo trata de vostede ó carballo, pero o carballo tutea ó lobo. O lobo acaróase ó carballo, frégalle o fuciño para espertalo, e pregúntalle, ó acaso, por xentes diversas: -¿E o xastre? ¿E pasou un coxo? ¿Vostede mirou un de polainas? ¿Ían dúas mulleres cunha galiña? O lobo non pode pronunciar nomes de cristiáns: Pedro, Xosé, Roque, Antón, Edelmiro... disque Noso Señor Xesucristo andou polomundo. Cando o lobo acerta a dicir alguén que o carballo viu pasar, o carballo asina, e entón o lobo pregúntalle se viu pasar o lobo. Se o carballo di que si, o lobo procura cama na comarca. Xa sabe que hai comida e escondite. O carballo nunca mente... Álvaro de Cunqueiro: Escola de menciñeiros e Fábula de varia xente (1960)


El lobo y la tormenta (historias que dicen de Álvaro Cunqueiro)

Reinaldo Novo.
(Álvaro Cunqueiro)
           Reinaldo Novo era cazador de nutrias. Curtía las pieles y las iba a vender a Lugo a un tal Yáñez. Pero teniendo nutria fresca la comía asada, después de dejarla un par de días en adobo, con ajo, pimentón, vinagre y laurel. Y en tazas de barro guardaba la grasa de la nutria, que era remedio excelente para el reúma, y también servía para frotar con ella el pecho de los catarrosos, y aun de los tísicos. Reinaldo, al tiempo que cazador de nutrias, era meteorólogo y predecía en enero el tiempo de todo el año, por el sistema conocido por muchos labriegos gallegos de as sortes e as resortes. La mayor satisfacción que podía dársele a Reinaldo Novo, era mostrarle el Repertorio Zaragozano o el Gaiteiro de Lugo, con los temporales corregidos por las predicciones de Reinaldo. Donde don Mariano del Castillo, en el Zaragozano, decía lluvias, los parciales de Reinaldo tachaban y ponían soleado. Algunos les llevaban cualquiera de estos almanaques, el Zaragozano o el Gaiteiro, y por siete pesetas, con su clara y grande letra, Reinaldo corregía. Un día en el que intentaba sujetar por la cabeza, con una horquilla de madera una nutria que había caído en el cepo, resbaló y la nutria le mordió en la pantorrilla. Nunca más curó con los dientes de la nutria. Andaba con la pierna vendada y secaba la mordedura de la nutria con polvos de regaliz. Era pequeño, ancho, cerrado de barba, muy ligero, casi felino de movimientos, y tenía el gesto de llevar la mano derecha al entrecejo mientras miraba para ti con sus pequeños ojos negros. Cuando le preguntaban por qué hacía ese gesto con la mano, respondía que lo había aprendido de los cazadores del Canadá, a los que había visto en una película en un cine de La Coruña.
        Cuando ya andaba  por los cincuenta, descubrió que el lobo sabía que el rayo solía, en el monte, buscar un árbol. Así que si había tormenta, el lobo salía a descampado y se tumbaba pegado al suelo. Por eso, si en la sierra de la Corda alguna vez en sus caminatas había encontrado zorros y jabalíes muertos por la chispa, nunca había encontrado un lobo, como él decía "electrizado". Contaba que un día de San Pedro, a las tres de la tarde, caminando hacia Montouto, vio un lobo tumbado junto a una leira de centeno. Reinaldo se acercó pero el lobo no se movía. Reinaldo no llevaba escopeta, y pensó que quizás dándose cuenta de esto el lobo, se dejaba estar. Era un hermoso día de sol, pero de pronto, Reinaldo se dio cuenta de que surcaban bajas, aparecidas súbitamente, unas nubes negras, que ya estaban encima mismo de él y del lobo, y surgían de ellas fúlguras terribles seguidas de espantosos truenos. Reinaldo contaba que el lobo hizo una seña, y que el cazador se tumbó panza abajo a su lado, y allí se dejo estar golpeado por el granizo hasta que cesó la tormenta. Vuelta la calma, el lobo se levantó y se fue. Reinaldo también se levantó e hizo con la mano derecha el gesto de los cazadores del Canadá.
     -Usted, don Álvaro -me decía-, lo cree o no lo cree, pero el lobo, antes de meterse en la fraga, se subió a una peña y respondió con el mismo gesto, solo que él lo hizo levantando la mano izquierda ¡sería zurdo!.

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