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Álamo (10) - La zueca de oro

LA ZUECA DE ORO
EN donde llaman Prados, en Duarría, al pie mismo del castro, y en la carretera de Lugo, estaba la casa de Manuel Cardide, zoqueiro de profesión y solador de zuecos, y también carpintero de ocasión. Era un tipo pequeño y flaco, cejijunto, la nariz acaballada, y pocos son los que podían decir que lo habían visto sonreír. Cada tres o cuatro semanas, una tarde cualquiera le entraba la ventolera y se iba a la taberna, se sentaba en un rincón, y pedía jarra tras jarra de vino hasta que se embeodaba. Entonces el tabernero avisaba a la mujer y a la hija, las cuales venían con el carro tirado por la vaca, subían en él a Manuel Cardide, envuelto en unas mantas, y se lo llevaban a casa. Manuel dormía aquella noche en el carro, sudaba la borrachera, y a la mañana siguiente se ponía de nuevo al trabajo, y ni la familia ni él se referían para nada a lo que había sucedido la tarde anterior. Sólo una vez, en que estuvo a punto de emborracharse en Lugo, a donde había ido a la feria de San Froilán, comentó con la mujer:
—¡Si por un casual me emborracho en Lugo, hay que ir a buscarme allá con el carro, como de costumbre!
La mujer se lo prometió, pero no se dio el caso.
Una tarde de octubre estaba Manuel zoqueando, poniendo a punto un par de zuecas chinelas en madera de álamo, cuando entró una señora en el cobertizo donde zoqueaba. Traía un velo sobre la cabeza rubia, y se cubría con un manto negro. Asombraba por lo pálida. Dio las tardes muy cortés y le dijo al señor Manuel que quería la zueca aquella del pie derecho que estaba puliendo.
—¡Sólo vendo por pares y de encargo! —dijo el zoqueiro. La señora repuso que ella pagaba lo que fuera, que solamente quería la zueca del pie derecho, y precisamente aquella, y que la del pie izquierdo, que la tirase, si quería, o, que le añadiese otra para hacer un par. A la señora parecían saltársele las lagrimas, y hallarse en verdadera necesidad de la zueca. El señor Manuel se rascó la frente:
—¡Si tanto necesita esta zueca, llévesela, y gratis! Espere que se la envuelvo en El Progreso de Lugo.
—¡No, que ahora me la calzo! —dijo la señora.
Y en su pie derecho, blanquísimo y muy fino, se calzó la zueca de álamo, que al instante se convirtió en una zueca de oro. El señor Manuel estaba sin vino, y juraba que había visto a la zueca covertirse en oro de dieciocho quilates.
—Seica lle viches o contraste! —le decía el señor cura consultado en el caso.
—¡Oro fino! —comentaba el señor Manuel.
Y la señora se marchó, y era coja, faltándole una pierna que no se le veía bajo las faldas, y por ello solamente necesitaba una zueca. No llevaba muleta, ni andaba a saltos. Era una cojera muy especial. Y se marchó hacia el castro dejando al señor Manuel estupefacto.
A veces, en los mediodías dorados de septiembre hay quien ve brillar una cosa entre las rocas de la corona del castro. Hay quien llega a distinguir que es una cosa en forma de zueca chinela. Que es la famosa zueca de oro. Pero es mucho distinguir desde allá abajo, desde las veigas de Prado donde engordan las mazorcas de maíz.

Álvaro Cunqueiro
Las historias gallegas

Se recogen aquí 67 semblanzas y relatos de Álvaro Cunqueiro que surgieron como colaboraciones realizadas para emisoras gallegas y fueron radiadas en el verano de 1981, poco después de su muerte. Este espléndido testamento literario une lo antropológico y lo fantástico, en la mejor línea de la fusión de ambos elementos que caracterizó siempre a Cunqueiro. Con humor y delicadeza (el «Tristán García» que aquí se incluye es la mejor y más sorprendente recreación del tema de Tristán e Isolda que exista en cualquier lengua), y sirviéndose de uno de los mejores castellanos que se hayan escrito en el siglo XX, el autor de Mondoñedo consigue dibujar una sonrisa que no elude la melancolía en el lector sensible e inteligente. Esta edición se enriquece con un prólogo de uno de sus más íntimos conocedores, Manuel Gregorio González, autor del premiado Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío.

Álamo (9) - Supongo, que habréis estado hablando del pez con cabeza humana que la red de mújoles sacó esta mañana del mar… Yo misma he visto ese prodigio: tenía brazos en lugar de aletas, y hablaba en fenicio…

Cuando volvimos a palacio, mi madre me llevó aparte y me dijo:
—Niña, tu padre me ha contado lo que Atenea te puso en la boca, a saber: que debemos llorar por muerto a Laodamante. Y no fue un oráculo embustero. Yo misma lo vi en un sueño, hace tres noches: llegó, chorreando sangre y agua del mar, con un puñal clavado entre los hombros, y se detuvo ante mí con expresión tierna. Y entonces señaló el salón de banquetes y exclamó: «¡Que me venguen, madre! ¡Que me venguen con el arco de Filoctetes!». «¿Cómo puedo saber que eres verdaderamente mi hijo Laodamante?», le pregunté. Y me respondió: «Querida madre, mañana, cuando despiertes, entraré volando por una ventana y saldré por otra, en la forma de una paloma blanca». Y así lo hizo. No se lo cuentes a nadie, ni siquiera a mi hermano Méntor, ni a mi hijo Clitóneo. Pero adopta la decisión de encontrar a sus asesinos, y tomemos venganza ejemplar. Eres la única de mis hijos que tiene mejor cabeza que corazón.
—Si realmente crees en tu visión, madre —repuse, no del todo satisfecha por ese comentario desfavorable sobre mi capacidad para los sentimientos de ternura—, ¿por qué permitiste que mi padre partiera rumbo a la arenosa Pilos, en un viaje inútil?
Adoptó una expresión grave.
—Es un hombre empecinado, y aunque desde que me casé con él ha llegado a saber que siempre digo la verdad, le molesta admitir que pueda tener mejor información que él. Además, nunca ha visitado la tierra firme de Grecia, y puede que ésta sea su última oportunidad de hacerlo, porque ya ha dejado atrás la flor de su edad. Le hablé de mi visión, pero como tú habías llegado más o menos a la misma conclusión, en forma independiente, y como él no vio la paloma con sus propios ojos, me acusó de conspirar para retenerlo en casa. «Ve, pues, le dije, y cuanto antes regreses, mi señor, más tiempo viviremos todos». Hija, éste es el umbral del peligro. Confío en que no cometerás una tontería; entretanto, que Ctimene se caliente con las ascuas de esperanza que todavía pueda reunir.
Pasaron tres días y advertí un cambio sutil pero penetrante en el ambiente local. No entre la gente común, no entre mis pocos amigos de verdad, como por ejemplo Procne, la hija del capitán Dimas, y mis primos de Hiera; ni entre nuestras fieles doncellas, encabezadas por Euriclea, que otrora fue mi niñera y ahora es el ama de llaves. La mejor forma de describirlo es decir que se trataba de una desdeñosa reserva, perceptible en los saludos que me dirigían ciertas hijas de la nobleza, y de una excesiva cordialidad en los modales de sus hermanos y esposos, como si estuviesen enterados de algo que me ocultaban. Todos los veranos los niños de Elime juegan en las colinas a un juego de escondite denominado «El tesoro del toro»: todos salen en busca de un chico, «el toro», que se ha ocultado en alguna grieta o cueva. El que lo encuentra se queda a recoger el tesoro secreto, y no proclama el descubrimiento a sus compañeros. Pero muy pronto uno, luego el otro, van descubriendo a su vez el escondite del toro, hasta que al cabo están todos enterados del secreto, salvo un desdichado que continúa vagando por las laderas desiertas, solo y desconcertado. Así me sentía yo.
Cuando estoy de mal humor, me divierte visitar nuestra fábrica de lienzo; la visión de las mujeres manejando silenciosamente la lanzadera en los altos telares tiene un efecto sedante sobre mi espíritu; y sin embargo, también allí encontré un ambiente desconocido. Varias de las mujeres habían abandonado el trabajo y se encontraban apiñadas en un grupito cerca de la puerta, hablando en susurros excitados, pero corrieron a sus telares en cuanto me vieron doblar la esquina, y fingieron estar atareadísimas tejiendo. Sus lanzaderas volaban ida y vuelta, como las hojas del álamo con el viento.
—Buenos días, industriosas trabajadoras del lienzo —canturreé con ironía—. Supongo, que habréis estado hablando del pez con cabeza humana que la red de mújoles sacó esta mañana del mar… Yo misma he visto ese prodigio: tenía brazos en lugar de aletas, y hablaba en fenicio… Por lo menos todos opinaron que era fenicio, porque ninguno, ni siquiera yo, pudo entender una palabra. Y ahí estaba, en el suelo, parloteando, hasta que la cara se le puso azul. Y entonces lo amenacé con la correa, y le grité que espero que tanto los peces fenicios como las tejedoras de lino de Elime mantengan la boca cerrada cuando yo aparezco. El monstruo tuvo la sensatez de obedecerme.
Se hizo un silencio de muerte. Todas nuestras mujeres me temen, pues creen que me encuentro a menudo bajo la influencia de no sé qué deidad; temor que quizá tiene buenos fundamentos, y que yo exploto diciéndoles las tonterías que les dije ese día. Son un grupo de muchachas bonachonas, pero cualquier nadería las trastorna y el trabajo se perjudica, en calidad y en cantidad, como sucede con la leche cuando un zorro pasa a la carrera por entre un rebaño de ovejas lecheras o cuando un perro se suelta y las persigue.
—¿Dónde está Eurimedusa? —pregunté. Eurimedusa, la joven y bella administradora, distribuía el lino, se ocupaba de la comodidad de las tejedoras, era responsable del buen funcionamiento de los telares y vigilaba de cerca el dibujo de la trama. Siempre poníamos a trabajar los telares juntos en un solo dibujo de trama —uno y otro de los que tienen constante demanda entre los libios y los italianos—, a fin de que a Eurimedusa le resultara más fácil descubrir los defectos y estimular a las que se retrasaran. En esa ocasión les había asignado un cuadriculado sencillo, en el que cinco hilos color de púrpura y dos de escarlata aparecían por cada cien blancos. Mi madre la apoda Eurimedusa de Apeira, que quiere decir «la incompetente», pero aunque ha aprendido sus obligaciones con suma lentitud, es popular en la fábrica.
No, no había nada de extraño en su ausencia: había ido a buscar un jarro de agua para beber, ya que el día era caluroso.
—Mézclala con un poco de vino, Eurimedusa —le dije cuando regresó—, y distribuye un poco a cada una de estas mujeres enmudecidas. Luego haz que Gorgo, la cuidadora de gansos, les narre uno de sus antiguos cuentos sicanios, para que no piensen en ese pez fenicio con cabeza humana que tanto temor les provocó esta mañana.

Robert Graves
La hija de Homero

Robert Graves escribió La hija de Homero cuando, estudiando los mitos griegos, se encontró con la siguiente teoría enunciada por Samuel Butler en 1896, según la cual la Odisea no es enteramente obra de Homero, sino que intervino en ella una princesa siciliana quien, además, movida por el afán de perpetuarse en la memoria de los hombres, se habría retratado a sí misma en el famoso personaje de Nausícaa. La Odisea que hoy conocemos no sería sino la versión femenina de un poema homérico anterior, protagonizado por una Penélope adúltera que cede a los reclamos de sus numerosos pretendientes.
Al atenuar el tono heroico y hacer hincapié en las aventuras más familiares y cotidianas, pero no por ello menos apasionantes, la Odisea de Nausícaa constituye una épica de la vida doméstica y una divertida comedia de caracteres. La excelsa epopeya pretendida por esta hija de Homero se convierte así en una entrañable novela histórica.

Álamo (8) - debido a la frase «el anciano caballero», puesto que así era apodado el diablo en el país,

También el grillo había interrumpido su canto. En cierta manera, la habitación no estaba tan alegre como lo había estado antes. No había ninguna semejanza entre los dos momentos.
—Así pues, éstos son todos los paquetes, ¿no es cierto, John? —preguntó ella, rompiendo un largo silencio que el probo recadero había dedicado a poner en práctica una parte de su frase favorita, es decir, disfrutando de lo que comía, que en realidad no podía decirse que fuera poco—. Éstos son todos los paquetes, ¿no es así John?
—Éstos son todos, en efecto —dijo John—. ¡Eh! No… Yo… —añadió, dejando su cuchillo y su tenedor, y exhalando un profundo suspiro—. Confieso sinceramente que me he olvidado del todo del anciano caballero.
—¿Qué caballero anciano?
—Está en el carro —dijo John—. Estaba dormido sobre la paja la última vez que le vi. Por lo menos, le he recordado dos veces desde que llegué, pero se me fue de nuevo de la cabeza. ¡Ea, levantaos! ¡Hemos llegado a mi casa!
John dijo estas últimas palabras traspasando la puerta, a la que se había precipitado con la vela en la mano.
La señorita Slowboy, consciente de que había algún misterio respecto al mencionado caballero, al que relacionaba, en su imaginación, con vagos conceptos de naturaleza religiosa, debido a la frase «el anciano caballero», puesto que así era apodado el diablo en el país, se azaró de tal manera, que se levantó a toda prisa de la silla baja del lado del fuego para buscar protección en las faldas de su dueña, pero se encontró, al cruzar la puerta de entrada, con un viejo forastero, a quien dio un trompazo con el único instrumento ofensivo que llevaba en la mano. Este instrumento ocurrió ser el pobre niño, por lo cual el incidente provocó una gran conmoción, a la que siguió la alarma correspondiente, que la sagacidad de Boxer se cuidó de aumentar exageradamente, porque ese buen perro, más inteligente que su dueño, había estado vigilando, según parece, al viejo caballero durante su sueño, temiendo que se fugase con unos cuantos pimpollos de álamo que estaban atados en la parte trasera del carro, y se había colocado para ello muy cercano al durmiente, y ahora le mordisqueaba las piernas y atacaba vivamente los botones de sus polainas.
—No puede negarse que sois un fantástico dormilón, caballero —dijo John, cuando la calma se hubo restablecido.
En el ínterin, el anciano caballero había permanecido en pie, con la cabeza descubierta e inmóvil en el centro de la sala.
El forastero, que llevaba largo cabello blanco, tenía facciones agradables, era excepcionalmente vigoroso y expresivo para un hombre de su edad y poseía unos ojos oscuros, brillantes e inquisitivos, miró a su alrededor con una sonrisa y saludó a la esposa del recadero, inclinando solemnemente la cabeza.
Su atavío era rebuscado y extraño, de una moda perdida en la lejanía de los tiempos, y de color oscuro. En su mano sostenía un fuerte bastón de viaje o de paseo, con la punta del cual dio un golpe en el suelo, lo que hizo que el bastón se convirtiera en una silla; y en ella se sentó con mucha compostura.
—¡Mira! —exclamó el recadero, volviéndose hacia su esposa—. ¡Así es como me lo encontré, sentado en la carretera! Tieso como un mojón y casi tan sordo.
—¿Sentado al aire libre, John?
—Al aire libre —ratificó el recadero—, justo al anochecer. «Porte pagado», me dijo; y me dio dieciocho peniques. Se subió al carro… ¡y aquí le tenéis!
—Supongo que se va a marchar, John.
De ningún modo. Lo que iba a hacer era empezar a hablar.
—Si me permitís, me quedaré aquí hasta que me vengan a buscar —manifestó, suave, el forastero—. No os preocupéis por mí.
Después de decir eso, sacó un par de lentes del fondo inmenso de uno de sus bolsillos, y un libro del otro, y tranquilamente se puso a leer, no haciendo ya más caso de la ferocidad de Boxer que si éste hubiese sido un cordero doméstico.
El recadero y su mujer cambiaron una mirada de perplejidad. El forastero levantó la cabeza y, mirando a ésta y luego a aquél, dijo:
—¿Vuestra hija, verdad, mi buen amigo?
—Esposa —le respondió John.
—¿Sobrina? —preguntó el forastero de nuevo.
—¡Esposa! —gritó John.
—¿De veras? —preguntó otra vez el forastero—. Hay que reconocer que es muy joven.
Con toda suavidad se volvió y continuó su lectura. Pero, antes de que hubiese podido leer dos líneas, interrumpió de nuevo su lectura para preguntar aún:
—¿El niño es vuestro?
John le dedicó un gigantesco ademán afirmativo, equivalente a una contestación emitida a través de una bocina.
—¿Niña?
—¡Chiiico!
—También es muy joven, ¿verdad?
La señora Peerybingle intervino inmediatamente.
—¡Dos meses y tres días! ¡Vacunado hace seis se-ma-nas! ¡Le ha cogido per-fec-ta-men-te bien! El doctor le considera un muchacho excepcionalmente ro-bus-to. Igual que todos los demás niños a los cin-co me-ses Entiende muchas cosas de las que se le dicen. Lo creeréis imposible ¡pero ya casi se tiene en pie!
Aquí la mujercita, jadeante, pues había gritado esas frases en el oído del anciano, al extremo de que su linda carita estaba congestionada, presentó el niño al viejo como una triunfante demostración de testarudez; mientras, Tilly Slowboy, con su melodioso grito de «Ketcher, Ketcher», que sonaba como unas palabras desconocidas y resonaba como un estornudo, se puso a hacer cabriolas alrededor de la inocente criatura.

Charles Dickens
El grillo del hogar

Charles Dickens escribe El grillo del hogar en 1845, dividido en tres jornadas construye un cuento fantástico en el que un grillo se transmuta en sucesivas hadas. El grillo, símbolo de la paz en los hogares humildes, es el eje del relato: en el primer canto, el grillo está feliz; en el segundo, guarda silencio; en el tercero, vuelve a cantar de nuevo. El grillo del hogar conjuga las principales habilidades de Dickens: por un lado, el humor con el que presenta a sus personajes o dialoga burlonamente con el lector; por el otro, la utilización de los recursos básicos de la trama, desde la insólita casualidad hasta el reconocimiento de los personajes.

Álamo (7) - también los pobres y humildes saben hacer cosas de ingenio, pues tienen un alma y tres potencias como los más poderosos y cinco sentidos como los más calificados

Llegábase el tiempo en que Su Alteza cumplía años, y para celebrarlos, alabando el dichoso mes de mayo en que había nacido, hice un romance, y por dar a entender a algunos acaballerados fisgones de aquello que no entienden (que, muy presumidos de discretos, no estimaban mis versos porque no eran de poeta con don o descendiente de godos) que también los pobres y humildes saben hacer cosas de ingenio, pues tienen un alma y tres potencias como los más poderosos y cinco sentidos como los más calificados, y que no hay cláusula en el testamento de Adam que dejase, como señor que era entonces de todo el mundo, a los caballeros mejorados en tercio y quinto en las aguas de Hipocrene, y a los pobres herederos en el caño de Bacinguerra, la una fuente del Parnaso con licores poéticos, y el otro caño cordobés con inmundicias salváticas.

El romance decía de la forma siguiente:
¡Oh, qué galán venís, Mayo!
Mas tenéis razón que os sobra,
Tenéis justicia que os vale,
Tenéis verdad que os abona.
Después que sois rey jurado
Por las flores olorosas,
Excelso Arturo os alienta,
Supremo Favonio os sopla.
Amaltea, en vasallaje,
Os ha feudado su copia
En tormentas de claveles,
En avenidas de rosas.
De jazmines y arrayanes
Formáis matizadas flotas,
Siendo la campaña mar,
Siendo las flores sus ondas.
Diréis que hoy hace Fernando
Años justos, y que os toca,
Por nacer en vuestro mes,
El bastón, el peto y gola.
Es así, yo lo confieso,
Que, por ser verdad que consta,
Hoy Madrid se regocija,
Hoy Bruselas se alborota.
Hoy, Mayo, ha de haber dos Mayos,
Dos primaveras hermosas,
Dos albas en sólo un día
Y en un día dos auroras.
Dos soles verá Brabante,
Uno farol, otro antorcha,
Uno planeta, otro Infante,
Uno en carro, otro en carroza.
Lleguemos a cuentas, Mayo,
Y confesad sin lisonja:
¿Cuál merece más aplausos?
¿A quién más triunfos le tocan?
Diréis que, por más antiguo,
Sois de la mesa redonda
Príncipe, par y caudillo,
Siglos, lustros, años y horas;
Que por vos es Marte Adonis,
Lasciva Venus Belona,
Incasta dueña Lucrecia,
Inconstante dama Porcia;
Que mientras tenéis el cetro
La senectud se remoza,
La estéril vega se anima,
El inútil tronco brota;
Que ufana produce Ceres,
Que alegre dibuja Flora,
Y, sin ser reina, Amaltea
Pensiles jardines forma;
Que a el alba las avecillas
Sobre el sauce cantan solfa,
Sobre el álamo gorjean,
Sobre el mirto verde entonan;
Mirra la floresta vierte,
Cinamomo el monte aborta,
Diamantes da en risa el alba,
Perlas da en llanto el aurora;
Que hacen gratos maridajes
Las fieras más portentosas,
Celebra el mar himineos,
Ostenta el Céfiro bodas;
Que sale halagüeño el Sol
Con su mostacha a la moda,
Sin nube que se le atreva,
Sin vapor que se le oponga;
Que, por dar tapete a el prado,
Dan las plantas más frondosas
Una tempestad de flores,
Un torbellino de hojas;
Que vos, Mayo, sois de el campo
Quien lo enriquece o lo agosta,
Quien lo alienta o lo destruye,
Quien lo levanta o lo postra.
Estas son vuestras hazañas
Declaradas ya por propias,
Que ni el olvido las niega
Ni el tiempo anciano las borra.
Aleguemos por Fernando,
Mayo alegre de esta zona,
Feliz primavera en Flandes,
Sol hermoso de esta Europa:
Que es más moderno no hay duda,
Pero más argenta y dora
Quien a el Oriente da luces
Que quien a el Ocaso sombras.
Este mayo en pocos mayos
Muchos privilegios goza,
Prevista deidad le alienta,
Hesperio candor le adorna.
Éste, el Sol es su minino,
El alba su precursora,
Y es el día más sereno
De aquesta perla la concha.
La palestra se estremece,
Que ¿a quién no admira y absorta
Ver un piélago de dichas,
Ver un golfo de victorias?
Sin número son sus hechos,
Sus acciones belicosas,
Dignos de laurel sus triunfos,
Dignas de palma sus glorias.
Su natural es divino,
Su condición milagrosa,
Su compostura suprema,
Su conversación heroica.
¿Quién vio lebrel arrojado
Cuya piel, por prodigiosa,
Aspira a vellón de tigre
Y espira en vellón de onza,
Que, por falta de discurso,
O se enfurece o se enoja
De ver en el tur del cielo
Correr a la Luna postas,
Y ella, a su arrogancia muda
Cuanto a sus ladridos sorda,
De luces la tierra inunda,
De plata las minas colma?
¿O nube densa, atrevida,
Que, llena de vanagloria,
Se opone a el Sol cara a cara
Y le embiste proa a proa,
Mas el celeste diamante,
Que por ser tan luminosa
Su claridad quiso el Cielo
Vincularlo por su joya,
La deshace en plumas rizas,
La disminuye en garzotas,
En lluvias la desvanece,
En vapores la transforma?
¿O mariposa que a el prado
Sus varios matices roba,
Siendo pintada alcatifa
La que fue blanca alcandora,
Que puesta a la ardiente llama
Fluctúa el cerco animosa
Para ser despojo débil
Lo que fue altanera pompa,
Y el fuego que, refulgente,
Sus atrevimientos nota,
Ni precipitado ofende
Ni enternecido perdona?
Pues de aquesta misma suerte
A aquesta Luna española,
A este claro Sol de el Austria,
A esta llama vencedora,
El que se le opone altivo,
El que de Alcides blasona,
Es, a rayos deste Apolo,
Lebrel, nube y mariposa.
Si es su estrella favorable,
Si es su suerte poderosa,
Si va en bonanza su dicha,
Si va su fortuna en popa,
Fuerza es, Mayo, que os exceda,
Pues su ventaja es notoria,
Su valor más conocido,
Su calidad más grandiosa.
Rendidle a Fernando el cetro,
Entregadle la corona;
Sea Mayo y, como rey,
Fueros quite y leyes ponga.
Él solo en el año impere,
Cual la deidad portentosa
Que es, por gusano y por ave,
Hija y madre de sí propria.
Dadle el víctor de sus años,
Lleve el grado con la borla,
Los árboles lo respeten,
Las flores lo reconozcan.
A sus años tan felices
Tocad la sonora trompa,
La caja la tierra altere,
El clarín los aires rompa,
Flores el parque derrame,
El palacio vierta aromas,
Por que goce en holocaustos
Lo que su fama pregona.

Díselo a Su Alteza y, como príncipe tan perfecto, sin reparar en la humildad de el verso, premió lo realzado de mi voluntad; porque son escusas de avaros y malos pagadores el calumniar al poeta y censurar sus versos para quedarse de gratis con sus obras; pero tienen poco de Jerjes, pues no estiman el corcho de agua, y mucho de Midas en guardar su dinero.
En este tiempo gastaba yo el que tenía en regalar a mi miñona, sin reparar que eran obras hechas en pecado mortal y que sembraba en mala tierra. Queríala por lo que me costaba y estimábala por ser mujer y porque, al fin, habemos nacido de ellas; mas la tal señora no me estimaba sino por que la sirviese de Marqués de el Gasto y Conde de Cabra. Tenía yo la fama de ser su galán y otros cardaban la lana.

Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor
Compuesta por el mismo

Esta novela, considerada la culminación de la novela picaresca, apareció impresa en Amberes en 1646, obra de autor desconocido. Pretendió ser la autobiografía verdadera de un bufón de la corte, pero por históricos que fuesen los personajes de esta novela, y por biográficos que pareciesen los hechos de su vida pasada, la estructura autobiográfica de la obra es una imitación consciente de la narración episódica de las novelas picarescas: como con Lazarillo de Tormes…
La obra relata las aventuras y desventuras de Estebanillo González, un siervo y bufón de distintos caballeros que tiene un papel destacado de mensajero en el Guerra de los treinta años que se desarrollo en Europa. El personaje se caracteriza por su falta de principios morales, así como la afición a la bebida y a las riquezas que acumula por los regalos que a él le conceden los aristócratas para los que trabaja y que será preferentemente dinero y objetos de oro. Lo que Estebanillo pretende es poner una casa de juegos en Nápoles, que consigue al final de sus aventuras. En estas aventuras, además de servir a distintos caballeros, entre los que destacan el Cardenal Infante Don Fernando y el General Ottavio Piccolomini, se relata el paso por distintos países europeos, estando los primeros desplazamientos dentro de Italia, por Roma, Liorna, Mesina, Palermo, Nápoles o Lombardía, para pasar luego a España, en ciudades como Zaragoza, Madrid, Santiago o Sevilla, así como por Portugal, Francia, Flandes, Polonia y vuelta a Italia, donde termina en Nápoles, como él deseaba, para instalar una casa de juegos. Se pueden distinguir tres partes en la obra, la primera en la que su actividad es básicamente la de hurtos y otras trampas, como las cartas; la segunda en que entra a formar parte de la servidumbre del Virrey y la tercera parte en la que ya está con el General Piccolomini.

Alamo (6) - —Vaya, vaya, Manuel —saltó la Gregoria— ya me extrañaba a mí tu repentina fineza de traernos a Ruidera. No será porque no se lo dije a esta: Milagrillo, que tu padre no vaya a algo del servicio que no nos ha dicho… Si no podía ser.

No es paisaje de encuentros súbitos, de retablos, y corros imprevistos. Al que viene se le ve apuntar desde muchos surcos y el que se va nunca acaba de desaparecer. El hombre que va en el carro, en el tractor o la bicicleta, lleva cara de no mirar. Va sin temor a sorpresas. El llanero manchego fue siempre hombre de pensares solos, de gesto inexpresivo, de caminos y labores sin misterio… De vez en cuando, una casa blanca, casi diluida en el aire; un bombo, un descardenchador, muchas ovejas. ¿Qué se mueve junto al pozo? Y la llanura sigue detrás, delante y sólo deja imaginar.
Por la carretera de Argamasilla, antes de llegar al pueblo y torcer hacia Ruidera, cambia el panorama. Ya vas al hilo del Guadiana. Del Guadiana siempre enjuto, y ahora más por el Pantano. A la derecha, los chopos y álamos del río; y hacia la izquierda, la terca llanura que sostiene a Tomelloso, que sigue sin un pliegue hasta Socuéllamos, Pedro Muñoz y Campo de Criptana.
La biografía de las aguas es rarísima en este rodal de La Mancha. El que haya unas lagunas tan nórdicas y hermosas en tierra tan poco lagunera como es España, y no digamos en esta altiplanicie manchega, ya es notable. Pero la manera que tiene de comportarse el Guadiana desde su alumbramiento hasta renacer en los Ojos del Guadiana, junto a Daimiel, supone la historia de río más única que se conoce. Y es que en la Mancha —la gente no se fija— todo es bastante raro. Desde que el Guadiana toma forma de río y deja las lagunas sucesivas, después de la Cenagal, ya pasada la aldea de Ruidera, y empieza a caminar enclenque por todos aquellos campos de Montiel, sin mayores fuerzas antaño, que para mover los molinos del Membrillo, el Curro, Santa María, San Juan, San José y ahora, para llenar cuando puede la presa del Pantano de Peñarroya, es toda una crónica. Río canijo, cruzable en dos brazadas, que discurre entre juncos: el negro, el común, el bolita, y el de sapo. Entre bayunguillos y juncias redondas o castañuelas; a veces flanqueado de álamos blancos y negros, chopos lombardos y bastardos. Y así que sus estrechas aguas alcanzan la gran anchura de San Juan, tierras calizas y esponjosas, empiezan sus filtraciones, y fatiga. Cruza el pueblo de Argamasilla sin aliento y, al llegar al molino de la Membrilla, lo traga la tierra y bajo ella camina siete leguas hasta resalir, como lágrimas abundosas, por los Ojos del Guadiana, allá por Daimiel.
Ya decía Plinio el latino, y no Manuel González el de Tomelloso, que el río Anas tenía en la llanura un puente de siete leguas sobre el que pastaban los rebaños. Sin embargo, los sabios posteriores, aseguran que esas aguas resurgentes que lavan los Ojos de Villarrubia, no son todas las que se tragó el terreno por las llanezas de San Juan, del Guadiana alto, sino que una buena parte son recaudo de las nuevas filtraciones de las lluvias en el llano manchego. Es decir, que aquel Guadiana que renace junto a Daimiel, y engorda en su largo camino hasta pasar por Badajoz y Portugal como río señor, tiene poco que ver con el abortillo de tan anchurosas lagunas, lleno de vicisitudes y escamoteos.
—Oye, Manuel ¿y tú crees que esta noche se oirán en la Colgada esas voces tan misteriosas que te dijo el alcalde?
Plinio le hizo un gesto disimulado para que no hablase del tema, pero don Lotario, con la fijeza puesta en la carretera, no lo advirtió.
—¿De qué voces habla usted, don Lotario? —preguntó la hija de Plinio incorporándose hacia el respaldo del veterinario.
—Que por lo visto, de unas noches a esta parte, está la gente del hotel muy asustada, porque grita una voz misteriosa.
—Vaya, vaya, Manuel —saltó la Gregoria— ya me extrañaba a mí tu repentina fineza de traernos a Ruidera. No será porque no se lo dije a esta: Milagrillo, que tu padre no vaya a algo del servicio que no nos ha dicho… Si no podía ser.
—Atiza, he metido la pata —rezongó don Lotario.
—Padre, ¿es verdad eso?
—Es verdad, pero me lo dijo el alcalde precisamente cuando fui a pedirle permiso para venir con vosotras. Eso de las voces serán fantasías moriscas de los ruidereños, y yo no tengo nada que ver con ellas.
—Es cierto, Gregoria, se lo dijo al pedirle permiso. Además, no compete a la Policía de Tomelloso.
—Ya, ya, aunque así sea —reatacó la mujer— como que van ustedes a dejar de fisgar en un misterio como ese, por mucho que competa a la policía de otro sitio. Verás hija como nos dan la temporada.
—Tampoco es para ponerse así, madre. ¿Qué más nos da que se distraigan en una cosa que en otra? Nosotras a estar tranquilicas, y en paz.
—Sí, tranquilicas. Narices. Estaremos toda la noche oyendo voces agónicas y estos por allí corriendo peligros. Te digo que es como para volverse.
—Pero, coño, mujer, ¿a qué vienen esos extremos? Ni esas voces serán tan agónicas como tú dices, ni nosotros correremos peligros, ni vamos a hacerles pizca de caso.
—Bueno, bueno, te conozco bacalao y si no al tiempo.
—Pues esperemos a ver qué trae el tiempo —dijo Plinio volviendo la cabeza con aire severo y de poner punto a la discordia matrimonial.
Pasados el Pantano de Peñarroya y el Castillo del mismo nombre, la llanura se quiebra, y empiezan las cuestas del Castillo, del Rivero, de la Malena y de Miravetes, tan pecheras y acibantadas, que parece pisamos otra región. Los cuatro auteros iban callados, y cada cual a su manera con la boca tensa y los ojos vueltos hacia el telón de sus preocupaciones.
Conforme se llega a Ruidera, ya digo, las cuestas se empinan y las curvas se cierran. El estrecho Guadiana a ratos queda muy alejado de la carretera, tras la barrera de álamos y carrizales.
La mujer de Plinio, que debía sentir mareo por tanta rúbrica del camino, se puso los dedos en la frente. La hija aspiraba con gana.
—¿Se marea usted, madre?
—No…
—No mires a la carretera y cierra los ojos, mujer (Lotario).

Francisco García Pavón
Voces en Ruidera

El comisario de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid Anselmo Perales encarga a su viejo amigo el jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, Manuel González, alias Plinio, que se desplace de incógnito a las lagunas de Ruidera para colaborar en un misterioso caso de ámbito nacional, relacionado con un secuestro. Acompañado por su mujer Gregoria, su hija Alfonsa y su inseparable Don Lotario, el detective tomellosero se toma unas vacaciones y emprende el viaje sin contar a nadie sus verdaderos motivos, con la coartada de investigar unos horribles gritos que se escuchan a medianoche junto a las lagunas.
Voces en Ruidera, la novela más cervantina de la saga, ambientada en paisajes y escenarios recorridos siglos antes por Don Quijote, sorprende por los elementos fantásticos que Francisco García Pavón incorpora al argumento y por la carga sexual que explota en el sorprendente final de la novela, lo que provocó en su día las airadas críticas de los censores. El sentido del humor, que nunca resta intriga a la investigación detectivesca, vuelve a triunfar gracias a la maestría del autor, pionero del género policíaco autóctono de calidad.

Álamo (5) - Atrás quedaban las preocupaciones ciudadanas, dispersas como tropel de brujas sorprendidas con el canto del gallo o por la aparición del ofuscante sol a la mitad de su aquelarre.

Amaro Rodeiro no tuvo que insistir para convencimiento del mozo. Le había dicho con voz grave, con cierta tristeza en la ancha faz bondadosa:
—Es preciso que vuelvas. Se acabó la aventura. Tu madre conviene en que no se hable jamás de lo ocurrido. Cree la pobre que estos meses de vida fuera de su amparo te han servido de lección. Ahora quedarías abandonado en la ciudad. Mi ascenso me obliga a partir. ¡Otra vez a Castilla!
Había suspirado melancólicamente. Añadió:
—Esta tarde marcharemos en mi tílburi.
Y Sergio calló, también melancólico.
Partieron. Fue como una caminata hacia la paz. Cuando la copa de un árbol ocultó la última pared blanca y el más saliente tejado rojo del pueblo, llegó el blando sosiego campesino hasta el último rincón de sus ánimos. Atrás quedaban las preocupaciones ciudadanas, dispersas como tropel de brujas sorprendidas con el canto del gallo o por la aparición del ofuscante sol a la mitad de su aquelarre.
Sergio iba sintiendo poco a poco penetrar en él la suave paz campesina y levantarse evocadores mil recuerdos sutiles, como si volviese de un largo destierro. Callaba, mirándolo todo con avidez. En el polvo de la carretera, las rodadas le parecían como la indicación bondadosa que en los cuentos de los niños guía a los personajes hacia la hospitalaria casita del bosque o hacia el palacio extraño donde un buen rey de barbas blancas pide la solución de tres enigmas como precio fijado a una breve mano de princesa.
Al pasar el coche, saludaba un campesino o miraba, curiosa, una mujercilla jineta en un caballejo de piel oscura, de larga crin. Todo era quietud veraniega; hasta en el cansado rodar del coche parecía sentirse el mandato imperativo de la calma. Humeaba una casita junto al charco de una represa, y un álamo negro, torcido, parecía ir a caer para formar puente sobre el terso cristal. Y en un recodo se mostró de pronto la ría, plana, inmóvil, en el verde vaso de los montes que la rodeaban; y en medio de un intenso azul, robado al cielo, la mancha sepia de una dorna, y en la dorna la motita roja de un pañuelo de mujer, que volvía acaso de mariscar en los bajos arenosos que descubría el reflujo.
La amargura de su desengaño tuvo aún un aleteo en el alma juvenil al divisar los grandes olmos de la carretera de la Gándara. Pero el mismo paisaje amigo le devolvía la paz. Deseó fundirse en él. ¡Sentirse árbol, sentirse mata, sentirse hierbecilla!… ¡Dios mío, si pudiese contar todo lo que dice al alma el enorme silencio de la tarde aldeana!… ¿Quién lo narró jamás? ¿Imagináis el contraste de la verdad con el artificio del poeta que busca palabras, del pintor que elige colores? ¿No habéis advertido muchas veces esta sugestión del campo, esta enérgica reclamación que hace de vuestra alma, de vuestro cuerpo mismo? Llegáis; habéis saltado del automóvil o del coche; tenéis en lo íntimo cierta sensación de hombre que está descentrado, fuera del medio; que condesciende a pisar el barro de los caminos estrechos y a escuchar la infantil charla aldeana; entráis como un ateo cortés en un templo. Y poco a poco, el recogimiento, la grave quietud, penetra en el alma como una suave admonición y corre por vuestro espíritu como si hallase abierto en él un viejo cauce. ¿Qué eres tú, voz aldeana; qué eres tú, que tienes tan aguda angustia en tu paz?
Y la voz habla lentamente, y el alma la oye con un íntimo amargor, como una mujer que llorase al saber la pena de un amador desdeñado.
Eres la verdad. Eres el aldeano ignorante, que no siente el ansia ponzoñosa del saber; que siembra y recoge; que al sembrar piensa que el desamor ajeno no puede estorbar el crecimiento de la planta nueva; que al recoger tiene el alto orgullo de su obra. Eres la mujer sencilla que no sabe engañar. Eres la ley sabia y la ley fuerte de la Naturaleza. Y en ti es santa la ignorancia del hombre, y en ti es santa siempre la caricia del amor, por ser de amor, y en la fuente donde bebió un sediento bebe otro sediento, feliz por hallar el agua fresca y rumorosa, sin el escrúpulo atormentante de que otro cariño descubrió antes el manantial y aplicó a él sus labios ansiosos.
Y la voz aldeana os dice: «Tú eres así también; tú debes ser así; las pobres ideas tuyas son como las plantas parásitas de mis campos, y ellas han podido ocultar la verdad.»
Y sentís entonces un punzante dolor, como si hubieseis negado a la madre humilde, a la madre buena, porque no fuesen de moda sus vestidos o fuese torpe su hablar. La vida debiera ser así; conocer tan solo los pequeños misterios, las pequeñas sensaciones del campo, sin torturas, sin retorcimientos del alma. Sentirse aldeano rudo. Mejor, sentirse alondra que canta, cuervo que pasa, mastín perezoso y atento a la vez. Mejor aún, sentirse árbol, mata, hierbecilla.
Ser primero semilla en el surco, en la grieta donde el azar la pusiese. Romper la tierra, subir. Ser alfombra blanda, ser sombra amparadora. Gustar el bien de soportar un niño; gustar la alegría de la lluvia y la caricia del sol. Y a veces, cuando el viento llegase del mar o bajase de las montañas, mover la copa poblada y cantar como cantan los árboles; sordamente, con un contenido placer de sanidad.
Y, al fin, un día, muchos días, ir muriendo, poquito a poquito, secándose una a una las hojas, haciéndose leñoso el tronco flexible; y morir así con la más bella muerte, sin saber de pasiones, sin saber de tristezas, sin saber del bien ni del mal. En un divino egoísmo; con un alma diminuta, extraña, que no conociese una traición, que no debiese una gratitud, que no hubiese soñado nunca con moverse del palmo de tierra del barranco o del cerro donde cayó una vez la semilla que trajo una ráfaga loca.
¡Si se pudiese borrar la vida y recomenzarla! ¡Si se pudiese elegir! ¡Si pudiéramos matar el germen atormentante, venenoso, de la vida ciudadana!… Con qué tristeza se piensa que en todo el campo no hay tierra bastante para sepultar el maleficio del ambiente vivido, tan poderoso que una sola amargura suya entenebrece. Con qué devoción, con qué ansia extrahumana se recibiría la limosna de esta paz en que nos sentimos extraños.
¡Oh, ser árbol, ser roca, no saber, no querer, no importar nada, no tener un alma enloquecida siempre con uno, siempre en un monólogo de obsesión, de tormento!
Pero en el joven el ambiente amigo recuperó súbitamente su influjo. ¡Tanta ternura había en el olor de la brisa que llegaba del mar, atravesando el bosque de pinos!… Cuando abrazó a doña Rosa, grave, pálida, rompió a llorar. Luego, ante el severo retrato de su padre, entogado, solemne, tuvo la tentación de una reverencia.
Amaro cenó con ellos, para atenuar lo violento de las primeras horas. Después, acodado en la galería, mirando la negrura de la noche, esperó a que enganchasen el caballejo, que había de llevarle a su caserón. Isabel asomóse también. Callados, desvaída la atención en la sombra infinita, permanecieron así largo rato. Un fuerte aroma campesino crecía en la tibieza del aire encalmado. Débiles rumores llegaban alguna vez, acaso el zumbido de un insecto, acaso el rozar de las tiesas hojas del maíz contra el cuerpo del invisible perro vigilante que atravesaba la era… Muy lejos se oyó el chirrido de los carros que venían de las aldeas remotas a buscar la arena de la playa. Entornando los ojos, Isabel hacía llegar los destellos de algún astro de cambiante color hasta la misma tierra tenebrosa, claros y rectos como un haz de saetas milagrosas de suave luz.
En la casa de los Solís había una ventanilla iluminada: la del oratorio donde doña María, entre su servidumbre, guiaba con suspirante voz el santo rosario. Las cuentas de azabache eran invisibles sobre su negro traje; destacábanse en el marfil de las manos y volvían a fundirse con el triste luto. Ella, cerrados los ojos, pálida, esquelética, gemía las palabras de la oración, que el murmullo de voces le devolvía. Después, cuando los servidores marchaban, aún rezaba largamente ante el Cristo sangrante y trágico, cuya sombra hacía temblar en la pared la lamparita de aceite. Cada noche, doña María pronunciaba un nuevo voto de sufrimiento, de penitencia cruel, a cambio de la vida de sus hijos, más transparentes, más ahilados de mes en mes, cargados de amuletos ineficaces, tristes, serios…
Isabel dijo al fin en voz baja, como si temiese romper el encanto de la enorme quietud:
—¡Cuánta paz hay en la noche! ¡Parece que alrededor de nosotros todo ha desaparecido!
Rodeiro calló. Pasaron unos instantes.
—Isabel.
—¿Qué?
Pero Rodeiro tornó a enmudecer. La joven contempló nuevamente la estrella diminuta para prolongar sus hilos de luz. Otra vez, pero más mimosa, más cerca, más apagada, la voz varonil susurró:
—Sabeliña.
Y siguió todavía más próxima:
—Tengo que decirle que estoy enamorado de usted, que siempre estuve enamorado de usted…
Un silencio. La voz, más emocionada, casi temblorosa, agregó:
—Dentro de un mes marcharé; si quiere, antes de un mes nos despedimos los dos en la Gándara en la iglesia de Santa María…
Al dar las once el reloj, doña Rosa miró, soñolienta, la esfera:
—Ya son las once.
Sergio repitió con la misma entonación de escándalo de su madre:
—¡Ya son las once!…
En la estancia parecía haberse amortiguado la luz; había un suave sopor en el ambiente, en las personas, en las cosas. Se había oído correr en la puerta los pasadores de hierro, y después, las pisadas estrepitosas de los zuecos de Chinto, que regresaba, cumplido aquel su último deber de la jornada. Rafaela, antes de subir a su alcoba, había entrado en el comedor. Arrimada al quicio, con sus manos ocultas bajo el mandil, contemplaba a Sergio visiblemente, casi maternalmente complacida de su regreso. Chinto apareció también a recibir órdenes. Era preciso que acompañase a Rodeiro con su farol por entre los campos tenebrosos. Rafaela inquirió, viendo soliviantarse a Sergio en su silla:
—¿Tiene sueño ya?
—Sí, tengo sueño.
—Allá no se acostaría tan temprano.
—No.
Aventuró aún:
—Acaso a la una de la noche.
—Más tarde.
—A lo mejor, a las tres.
—Más.
Rafaela interrogó, asustada:
—¿Y qué harán a esas horas, señor?…
Explicó Chinto, con aire de hombre bien enterado, que habla a un ser de inferior cultura:
—Hacen esas cosas que ponen los papeles, mujer.
Sergio entró en su cuarto. En los vidrios del balcón, el fondo negro de la noche hacía espejo para su imagen. Desde fuera, aquella ventana iluminada tendría a lo lejos un apacible encanto misterioso. ¡Oh, el grato hogar!… Desnudóse, se zambulló en el lecho, apagó la luz. Oyó el crujido de aquellas escaleras que tantas veces había subido, y que gemían ahora bajo el peso de la anciana criada. Y entonces volvió a pensar en Federica, pero sin rencor ni pasión, como algo muy distante ya. Pensó un minuto. El sueño envolvía en gasas su facultad evocadora. ¡La cama era tan blanda, tan amparadora la quietud, tan profundo el recogimiento de la noche!…
Y, casi vencido ya por el sopor, recordó con el mismo espanto de Rafaela aquellos hombres que a esa hora comenzarían su labor en El Avance, llenando cuartillas con «esas cosas» complicadas y absurdas que «se ponen» en los periódicos…

Wenceslao Fernández Flórez
Volvoreta

Federica, llamada Volvoreta («mariposa»), entra a trabajar en la casa de los Abelenda. Sergio, el hijo de la señora, pronto se enamorará de la muchacha, con quien pronto comienza a verse a escondidas.
Aunque el tema no es demasiado original, la novela es más que notable por la belleza y opulencia en las descripciones, el lirismo que envuelve de manera cuasi mágica las descripciones del paisaje rural y campesinado gallego, la viveza y realismo de los frescos diálogos, a los cuales Fernández Flórez impregna del hablar de la zona, y el tono agridulce y melancólico, con sutiles roces humorísticos en algunos personajes.

Álamo (4) - De las chicas, una se casó muy puntualmente, y la otra se comprometió con igual puntualidad.

De niña, Catherine prometía ser alta; pero a los dieciséis años dejó de crecer, y su estatura, como la mayoría de sus rasgos, no tenían nada de extraordinario. Sin embargo, era fuerte, bien formada y, afortunadamente, tenía una magnífica salud. Ya se ha dicho que el doctor era un filósofo, pero yo no habría respondido de su filosofía si la niña hubiese resultado enfermiza. Su aspecto de salud era su principal atributo de belleza; y su piel fresca, en la cual el blanco y el rojo estaban equitativamente distribuidos, era muy agradable de ver. Tenía los ojos pequeños y tranquilos, los rasgos bastos, las trenzas suaves y oscuras. Los críticos severos decían que era una muchacha vulgar; los que tenían más imaginación, decían que era una muchacha callada y digna, pero ninguno de ellos la discutía a fondo. Cuando le hicieron comprender que era una joven —y tardó bastante tiempo en darse cuenta— desarrolló bruscamente una pasión por los vestidos, pero su juicio en la materia distaba mucho de ser infalible y solía tener grandes confusiones. Su deseo era realmente el deseo de una naturaleza inarticulada que lucha por manifestarse; Catherine quería expresarse en sus vestidos, y recompensar su timidez de lenguaje, con su franqueza en los atavíos. Pero si lograba expresarse en sus trajes, es cierto que no había que censurar a los que la consideraban poco ingeniosa. Hay que añadir que aunque se la creía heredera de una gran fortuna —el doctor Sloper llevaba mucho tiempo ganando veinte mil dólares por año y ahorrando la mitad de ello—, la cantidad de que disponía no era superior a la asignación de las muchachas pobres. En Nueva York, en aquella época, había aún algunos fuegos encendidos en los altares de la sencillez republicana, y al doctor Sloper le hubiese agradado ver que su hija se presentaba, con clásica gracia, como sacerdotisa de aquella suave fe. En privado, hacía una mueca al pensar que una hija suya podía ser a la vez fea y ostentosa. El médico era aficionado a las buenas cosas de la vida, y hacía un considerable uso de ellas; pero tenía horror por la vulgaridad, e incluso la teoría de que se extendía entre la sociedad que le rodeaba. Además, hace treinta años, en los Estados Unidos no había el lujo de ahora, y el padre de Catherine adoptaba el criterio anticuado en la educación de las jóvenes. El médico no tenía opinión particular sobre el tema; por entonces no era aún un caso de propia defensa el tener una colección de teorías. Para él simplemente era adecuado y razonable que una joven bien educada no llevase su fortuna sobre la espalda. La espalda de Catherine era muy ancha y podía haber llevado una gran cantidad; pero ella no se expuso nunca al enojo paternal, y nuestra heroína había cumplido ya los veinte años antes de permitirse el lujo de llevar un traje de noche de raso rojo, adornado con un fleco dorado, a pesar de que durante años lo había deseado en secreto. Cuando se lo puso, le dio un aspecto de mujer de treinta años; pero a pesar de su gusto por las buenas ropas, Catherine no era nada coqueta, y al ponerse los vestidos pensaba más en cómo quedaban ellos que en cómo le quedaban a ella. En ese punto la historia no ha sido muy explícita, pero la suposición es justificada; con este atavío real, Catherine se presentó en una pequeña fiesta dada por su tía, Mrs. Almond. La muchacha tenía por entonces veintiún años, y la fiesta de Mrs. Almond fue el comienzo de algo muy importante.
Tres o cuatro años antes, el doctor Sloper había trasladado su casa a las afueras. Desde su matrimonio había estado viviendo en un edificio de ladrillo rojo, con albardillas de granito y un enorme montante sobre la puerta, situada en una calle a cinco minutos de marcha del Ayuntamiento, que vio sus mejores épocas —desde el punto de vista social— alrededor de 1820. Después, la marejada de la moda se dirigió hacia el Norte, como tiene que hacerlo en Nueva York, merced al estrecho canal por donde corre, y el ruido del tráfico resonó a derecha e izquierda de Broadway. Por el tiempo en que el doctor cambió de residencia, el murmullo del comercio se había convertido en poderoso estruendo, que era música en los oídos de los buenos ciudadanos interesados en el desarrollo comercial de su isla afortunada. El interés del doctor Sloper en aquel fenómeno era sólo indirecto; aunque al ver que la mayoría de sus pacientes se convertían en hombres de negocios, debía haber sido más inmediato, y cuando la mayoría de las residencias de sus vecinos, también adornadas con albardillas de granito y enormes montantes, fueron transformadas en oficinas, depósitos y agencias marítimas, y aplicadas en mil diversas formas a los bajos usos del comercio, decidió buscar un lugar más tranquilo. El ideal de la tranquilidad y el retiro distinguido, en 1835, fue hallado en Washington Square, donde el doctor se construyó una casa moderna de amplio frente, con una gran terraza delante del gabinete, y una escalera de mármol blanco que conducía hasta un portal recubierto también de mármol blanco. Aquel edificio y muchos de sus vecinos, iguales a él, se consideraban, cuarenta años antes, como el último modelo de la ciencia arquitectónica, y en la actualidad seguían siendo residencias sólidas y honorables. Frente a ellos se hallaba la plaza en la cual había una gran cantidad de vegetación vulgar, rodeada por una cerca de madera, que aumentaba su apariencia rural; y en la esquina estaba el recinto augusto de la Quinta Avenida, que nacía en aquel lugar con un aire tan confiado y espacioso, que indicaba ya sus altos destinos. No sé si se debe a la ternura de las asociaciones primeras, pero dicha porción de Nueva York es para muchas personas la más encantadora. En ella hay una especie de reposo del que carecen otros barrios de la larga y estruendosa ciudad; tiene un aspecto más honorable y maduro que cualquiera de las ramificaciones superiores de la gran avenida longitudinal, el aspecto de haber tomado parte en la historia social; allí, como podrían haberos dicho personas calificadas, parecía que se llegaba a un mundo que ofrecía variadas fuentes de interés; allí fue el lugar donde vivió vuestra abuela, en venerable retiro, dispensando una hospitalidad igualmente atractiva para la imaginación como para el paladar infantiles; allí fue donde disteis vuestros primeros pasos por el mundo, siguiendo a la niñera, con pasos vacilantes, y aspirando el extraño perfume de los ailantos que por entonces constituían la principal sombra dela plaza, y que difundían un aroma que vosotros entonces no sabíais desdeñar como se merece; finalmente, fue allí donde vuestra escuela, regida por una anciana de ancho pecho y ancha base con una férula, que constantemente bebía té en una taza azul con un platillo que no jugaba, ensanchó el círculo de vuestras observaciones y de vuestras sensaciones. Allí fue, de todas formas, donde mi heroína pasó muchos años de su vida; lo cual es mi excusa para este paréntesis topográfico.
Mrs. Almond vivía mucho más arriba en una calle embriónica de alta numeración; en una región donde la extensión de la ciudad asumía un aire teórico, donde los álamos crecían junto al pavimento —cuando lo había— mezclaban su sombra con los empinados tejados de las casas holandesas. Estos elementos de carácter pintoresco rural han desaparecido ahora del escenario de Nueva York, pero siguen estando en la memoria de las personas maduras, en barrios que ahora nos avergonzaría recordar. Catherine tenía muchos primos, y con los hijos de su tía Almond, que eran nueve, vivía en términos de gran intimidad. Cuando era más pequeña, sus primos la habían temido; se la tenía por muy bien educada, y una persona que vivía con Mrs. Penniman disfrutaba del reflejo de su gloria. Entre los Almond, Mrs. Penniman era más admirada que querida. Sus modales eran extraños e imponentes, y sus trajes de luto —vistió de negro durante veinte años y luego, de repente, apareció una mañana con rosas rojas en el sombrero—, eran complicados y estaban llenos de hebillas, abalorios y nifileres, que evitaban la familiaridad. Tomaba a los niños demasiado en serio, en las cosas buenas y en las malas, y tenía el aire abrumador de esperar de ellos acciones sutiles; de manera que ir con ella era semejante a sentarse en el primer banco de la iglesia. Sin embargo, al cabo de un tiempo se descubrió que la tía Penniman era sólo un accidente en la existencia de Catherine, y no parte de su esencia, y que cuando la niña venía a pasar un sábado en casa de sus primos, jugaba a «la una la mula» a todos los demás juegos. Sobre aquella base se llegó fácilmente a un entendimiento, y durante varios años Catherine fraternizó con sus jóvenes parientes. Digo parientes, porque siete de los Almond eran varones, y Catherine tenía una gran preferencia por los juegos que se juegan mejor en pantalones. Sin embargo, gradualmente, los pantalones de los Almond se fueron haciendo más largos, y los que los llevaban a dispersarse y establecerse en la vida. Los chicos mayores eran de más edad que Catherine, y fueron enviados a la universidad, o a departamentos de contabilidad; de las chicas, una se casó muy puntualmente, y la otra se comprometió con igual puntualidad.
Y para celebrar este último acontecimiento, Mrs. Almond dio la pequeña fiesta mencionada ya, a la que Catherine acudió con su vestido de raso rojo. Su prima iba a casarse con un joven agente de Bolsa, un muchacho de veinte años: considerado por todos como un excelente partido.

Henry James
Washington Square

Catherine Sloper no es muy inteligente ni muy atractiva. A pesar de ello, Morris Townsend la encuentra absolutamente irresistible, no tanto por su nobleza y bondad como por la fortuna que está destinada a heredar. Townsend no tiene dificultades en seducir a Catherine, pero se encuentra con la oposición de su padre, el doctor Sloper, que no se deja engañar por las apariencias y lo considera un desaprensivo cazafortunas.
Washington Square (La heredera), de 1881, ambientada en Nueva York, es una intensa y conmovedora historia sobre lealtades divididas e inocencia traicionada y es, también, como dijo Graham Greene, «quizá la única novela en la que un hombre ha invadido con éxito el terreno femenino consiguiendo una obra comparable a las de Jane Austen».

Álamo (3) - Pensamientos lentos y titubeantes que calaban hondo pero no tocaban nada sólido a lo que un hombre pudiera aferrarse.

Durante años, Paul D pensó que Maestro había vuelto niños a los que Garner había vuelto hombres. Y eso fue lo que los hizo huir. Ahora, atormentado por el contenido de su lata de tabaco, se preguntaba qué diferencia había realmente entre los tiempos anteriores y posteriores a la llegada de Maestro. Garner los llamaba hombres y los anunciaba como tales… pero sólo en Sweet Home y con su permiso. ¿Estaba nombrando lo que veía o creando lo que no veía? Eso era lo asombroso de Sixo e incluso de Halle; Paul D siempre tuvo claro que ellos dos eran hombres, lo dijera o no Garner. Le preocupaba que, con respecto a su propia hombría, no pudiera satisfacerse a sí mismo. Sí, hacía cosas de hombre, ¿pero era un obsequio de Garner o su propia voluntad? ¿Qué habría sido él —antes de Sweet Home— sin Garner? ¿En el país de Sixo o de su propia madre? ¿O, que Dios me ayude, en la barca? ¿El hecho de que un hombre blanco lo dijese lo volvía real? ¿Y si una mañana Garner despertaba y cambiaba de idea? ¿Si retiraba su palabra? ¿Habrían huido entonces? Y si no cambiaba, ¿se habrían quedado allí los Paul toda su vida? ¿Por qué necesitaron los hermanos toda una noche para tomar una decisión? Discutiendo si se unirían o no a Sixo y a Halle. Porque habían estado aislados en una mentira maravillosa, desestimando como una cuestión de mala suerte la vida de Halle y Baby Suggs con anterioridad a Sweet Home. Ignorantes de o divertidos con las aciagas historias de Sixo. Protegidos y convencidos de que eran seres especiales. Sin sospechar que existía el problema de Alfred, Georgia; tan enamorados del aspecto del mundo que soportaban cualquier cosa y todas las cosas con tal de seguir vivos en un lugar donde una luna que no tenían derecho a mirar estaba, sin embargo, a la vista. Amando pequeñeces y en secreto. Su pequeño amor era un árbol, por supuesto, aunque no como Hermano, que era añoso, robusto e invitador.
En Alfred, Georgia, había un álamo temblón demasiado joven para llamarse árbol. Un retoño que apenas le llegaba a la cintura. El tipo de rama que uno cortaría para azotar a su caballo. El sonsonete asesino y el álamo temblón. Conservó la vida con sonsonetes que asesinaban la vida, y observaba un álamo que la confirmaba, y jamás, ni durante un segundo, creyó que escaparía. Hasta que llovió. Después, después de que los cherokees señalaran y le hicieran correr hacia las flores, sólo quería moverse, sencillamente, avanzar, ponerse en marcha un día y estar en otro sitio al siguiente. Resignado a vivir sin tías, primos, hijos. Sin mujer incluso, hasta encontrar a Sethe.
Y ella lo echó. Cuando la duda, el pesar y hasta la última pregunta no planteada quedaron enterrados, mucho después de convencerse a sí mismo de que a fuerza de voluntad había logrado ser, en el mismo momento y lugar en que deseó arraigar… ella lo echó. De habitación en habitación. Como a un fantoche.
Sentado en el porche de una iglesia-mercería, un pelín borracho y sin mucho que hacer, podría albergar esos pensamientos. Pensamientos lentos y titubeantes que calaban hondo pero no tocaban nada sólido a lo que un hombre pudiera aferrarse. Por eso se aferraba las muñecas entre las rodillas. Pasar por la vida de esa mujer, entrar en ella y permitir que ella entrara en él, le había predispuesto a esta caída. El deseo de vivir su vida con una mujer íntegra era nuevo; perder esa sensación le dio ganas de llorar y de pensar cosas profundas que no tocaban nada sólido. Cuando iba a la deriva, pensando únicamente en la siguiente comida y en dormir una noche seguida, cuando tuvo todo encerrado y apretado en su pecho, no experimentó una sensación de fracaso, de que las cosas no funcionaran. Cualquier cosa que funcionara un poco, funcionaba. Ahora se preguntaba si no habría salido todo mal y, empezando por el plan, todo había ido mal. En realidad, el plan era bueno. Había sido elaborado hasta el último detalle y habían eliminado toda posibilidad de error.

Toni Morrison
Beloved

Una madre: Sethe, la esclava que mata a su propia hija para salvarla del horror, para que la indignidad del presente no tenga futuro posible. Una hija: Beloved, la niña que desde su nacimiento se alimentó de leche mezclada con sangre, y poco a poco fue perdiendo contacto con la realidad por la voluntad de un cariño demasiado denso. Una experiencia: el crimen como única arma contra el dolor ajeno, el amor como única justificación ante el delito y la muerte como paradójica salvación ante una vida destinada a la esclavitud. Con este dolor y este amor en apariencia indecibles, la ganadora del Premio Nobel de Literatura 1993 ha construido una soberbia novela, que en 1988 le valió el Premio Pulitzer.

Álamo (2) - —Y si te ordenara que robaras la caja del regimiento, ¿lo harías? —preguntó Schwejk—. Aquí conmigo reniegas pero delante de él tiemblas como un álamo.

La habitación de Lukasch y de Wenzl se encontraban en el mismo pasillo. Mikulaschek, el asistente del mayor Wenzl, un mozo bajito y lleno de hoyos de viruela, balanceaba las piernas y renegaba:
—Me extraña que ese viejo embustero todavía no haya venido. Me gustaría saber dónde está rondando toda la noche ese vejestorio. Si al menos me diera la llave de la habitación me echaría y me emborracharía. Tengo cantidades de vino allí.
—¡De modo que roba! —interrumpió Schwejk que estaba fumando con toda tranquilidad los cigarrillos de su teniente puesto que éste le había prohibido fumar con pipa en la habitación—. Tienes que ver de dónde saca nuestro vino.
—Yo voy a donde él me manda —dijo Mikulaschek con débil voz—. Me da una tarjeta, voy a coger para los enfermos y lo llevo a casa.
—Y si te ordenara que robaras la caja del regimiento, ¿lo harías? —preguntó Schwejk—. Aquí conmigo reniegas pero delante de él tiemblas como un álamo.
Los ojitos de Mikulaschek parpadearon.
—Me lo pensaría.
—¡No puedes pensar nada, jovenzuelo! —gritó Schwejk, pero no dijo más porque la puerta se abrió y entró el teniente Lukasch. En seguida se vio que estaba de muy buen humor pues llevaba la gorra al revés.
Mikulaschek se asustó tanto que olvidó bajar de la mesa, pero saludó sentado como estaba, pues también olvidó que no llevaba gorra.
—A sus órdenes, mi teniente. Todo en orden —anunció Schwejk adoptando una actitud estrictamente militar y reglamentaria, con lo que olvidó quitarse el cigarrillo de la boca.
Sin embargo el teniente no lo notó y se dirigió directamente a Mikulaschek, el cual contemplaba todos sus movimientos con los ojos fuera de las órbitas y seguía sentado en la mesa saludando.
—Teniente Lukasch —dijo éste acercándose a Mikulaschek con paso no muy firme— y usted, ¿cómo se llama?
Mikulaschek no dijo nada. Lukasch puso una silla delante de aquél, que aún estaba sobre la mesa, se sentó, lo miró y dijo:
—Schwejk, sáqueme de la maleta el revólver de reglamento.
Mientras Schwejk buscaba en la maleta. Mikulaschek siguió en silencio mirando asustado al teniente. Si en esos momentos se dio cuenta de que estaba sentado sobre la mesa seguro que esto no hizo más que causarle mayor desesperación, pues sus pies tocaban las rodillas del teniente.
—¡Bueno; como se llama, hombre! —gritó el teniente.
Pero Mikulaschek siguió en obstinado silencio. Más tarde explicó que con la entrada del teniente le había sobrevenido una especie de parálisis; quería bajar y no podía, quería contestar y no podía, quería dejar de saludar, pero no lo consiguió.
—A sus órdenes, mi teniente. El revólver no está cargado.
—Pues entonces cárguelo, Schwejk.
—A sus órdenes, mi teniente. No tenemos cartuchos y además será difícil fusilarlo en la mesa. Me permito observar, mi teniente, que es Mikulaschek, el asistente del mayor Wenzl. Siempre que ve a algún oficial pierde el habla. Es que le da vergüenza hablar. Es tal como digo, un mocito verde y estúpido. El mayor Wenzl lo deja siempre en el pasillo cuando se va a la ciudad y él va rondando por los barracones con los otros asistentes. Si al menos tuviera algún motivo para asustarse así, ¡pero si no ha hecho nada!

Jaroslav Hasek
Las aventuras del valeroso soldado Schwejk

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk es, tal vez, la obra de la literatura checa más conocida fuera del país, ya que al poco de ser publicada se tradujo a varios idiomas y fue objeto de adaptaciones teatrales y cinematográficas. Constituye una sátira mordaz y divertida contra lo absurdo de las guerras. Su protagonista, Schwejk, con astuto desamparo y ladina sandez, libra su guerra privada contra la maquinaria militar como un Sancho Panza de la Primera Guerra Mundial, y empleando la estupidez como refinamiento se transforma en un estratega capaz de desarmar a quien sea. En una serie de divertidos episodios y en el trato con sus múltiples y siempre limitados superiores, Schwejk cumple su deber de obediencia de tal manera que todas las órdenes llevan al absurdo y deja en ridículo a las autoridades reconocidas.

Álamo (1) - VENUS

VENUS
Yo, que vivía como el arrayán
vive de ser él mismo, en la penumbra
de alfilerazos de la soledad,
en el jardín de las alegorías,
de las esfinges ciegas que enmudecen
cuando el silencio es más que el existir,
tan sólo el tornasol del viento herido,
tan sólo herida en lo tornasolado;
yo, que vivía como vive el álamo
por la noche en la cueva submarina
donde mis ojos son una escafandra
y a tientas saben descubrir tu cuerpo,
y a tientas saben describir tu cuerpo,
el tacto que los días tornasolan;
yo, que vivía como quien se afina
por ser hoja de álamo en el aire,
vivo ahora del aire de tu cuerpo,
y tu cuerpo me vuelve llamarada,
y empiezo a ser, y voy a ser, y soy
un arrayán cegado por la luz.
30-VI-2005

Pere Gimferrer
Amor en Vilo

Pere Gimferrer reúne en Amor en vilo 142 textos que constituyen su primer libro de poesía original en castellano desde 1969. Fechados entre abril de 2004 y diciembre de 2005, estos poemas aparecen en orden cronológico, y relatan una singular historia de amor cuyos antecedentes e inicios son también materia del coetáneo libro en prosa Interludio azul. El retorno al castellano, atribuible a la índole misma de la historia, se traduce en una evidente variedad métrica. Resonancias que ya aparecieron en la anterior obra del autor coexisten con un mosaico de alusiones a literaturas en otras lenguas, al mundo del cine o a la pintura, para relatar una historia contemporánea en una diversidad de tonos y acentos que no se adscribe a tendencia alguna.

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