Mostrando entradas con la etiqueta El pasajero en Galicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El pasajero en Galicia. Mostrar todas las entradas

Castillos en Negreira

Castillos en Negreira
Faro de Vigo, 31 de enero de 1954.
Íbamos siguiendo las aguas del Tambre, por el gusto de verlas, y fantaseando de los tamaricos y de Trastamara, de los celtas y de los condes. Blanqueaba la helada en los cómaros, en los prados y en los labradíos, pero ya todo el valle de Barcala era una enorme redoma de cristal llena de luz. Una y otra robleda parecen todavía resistirse a dar a la tierra materna las secas hojas, como dueños los robles de una cruda y poderosa senectud. Se veía pasar la luz, del sol a la sombra, como una seda impalpable, y en cualquiera de estas colinas que conforman el valle, ya que la luz es un río, como el viento o el Tambre, se podrían levantar molinos de luz: sumergir las manos en el río de la luz y retirarlas, lleno el cuenco de polvo luminoso, y esconderlo hasta la hora de la tiniebla nocturna, y alimentar entonces las extrañas lámparas que alumbran los países de nuestros sueños, tal imaginaba, en un hermosísimo poema, Luisa de Vilmorin. Y al recordar a Luisa de Vilmorin —esos poemas suyos en los que el corazón reclama ángeles custodios, sean puertas para el alba, oscuros espejos para el rostro o los oficiales de la guardia blanca para los pensamientos que sorprenden la noche—, digo, sin pensar que, vagabunda neblina, al levantar la mañana los he visto.
Les chevaux blancs de ce matin
s'endorment bleus dans la prairie.
Pero ¿son caballos marinos, o es la sirena materna y antigua de los Mariños de Lobeira que se esconde en las estancias almenadas del Cotón? O quizá sea el dulce tremolar de la marina celestial en el sueño de la barca de San Amaro. Suponed que San Amaro era de Negreira, y Tambre abajo se fue al mar, y por la orilla de Noya lo encontró y lo navegó hasta sus fuentes —nada hay probado contra la idea de algunos geógrafos árabes de que los mares tienen fuentes como los ríos, además de los ríos—, y pasando al otro lado de «las doradas lagunas de la tarde» se encontró en la playa del Paraíso, donde cantan los ángeles y les responden las enormes y coloreadas caracolas… Al llegar al Cotón le preguntaré a San Amaro si es más hermosa y serena la claridad de la marina aquélla, o si esta luminosa mañana fría es la memoria suya de la lejana navegación. Por veces hay más luz en lo soñado que en lo vivido, y la parte más real de la memoria se hace con sueños… Todas estas vaguedades iba yo deletreando desde que pasé la Ponte Maceira, mientras contemplaba la tierra y la mañana, cuando me vi en Negreira y en el bureo de la feria, que era tercer domingo de mes. De donde yo soy natural, somos gallegos de acento oscuro y el habla morosa, y siempre me es novedad oír gallegos de acento claro y el habla vivaz, y el párrafo largo y flexible, y el gesto compañero, múltiple y expresivo. En el trato, por lo que vi, por ahí nos vamos de confiados. ¡Cómo le gusta dramatizar —tramar— el trato al gallego! Me pasaría todo este día escuchando, si no fuese que tengo que verle, al sol del mediodía, las torres al Cotón y las almenas al pazo de Chancela.
Yo conocía, por un dibujo del último año del pasado siglo, las cuatro torres redondas del Cotón, y los arcos de su galería: tal está el Cotón en el dibujo como un castillo, con aire militar, y en una miranda guardando el país de Barcala, me recordaba los castillos que venían pintados en una historia de la chouanería, que leí de rapaz. Yo estaba por los chouans, naturalmente, y los legítimos reyes, y todo me era soñar caballos en el desamparo de la noche, bajo la lluvia, y vizcondesas de ojos claros, y en el corazón como un sagrado temor… Pero aquí, en el Cotón, los paladines fueron otros, sangres iracundas y rebeldes, Mariños y Trastamaras, los unos con la parte de la sirena en la sangre, los otros con la soberbia bastarda, célebre desde Shakespeare: «Soy hijo», dirá el bastardo Plantagenet, «de la lujuria y el amor loco, que no de la rutina y del insomnio». (Bastardo vale por fils de bast, hijo de la enjalma o manta del macho sobre la que dormían los arrieros en las posadas). Pero todas estas telarañas no me impidieron ver el Cotón ni la gentileza del pazo de Chancela, como ni tamaricos, ni la sirena de los Mariño, ni los ásperos Trastamara me impidieron ver la mañana por la orilla del Tambre, la Puente Maceira y el país de Barcala, severo y serio como su nombre… Ya vuelve a helar en la sombra, pero al sol permanece todavía un vidrio dorado. Desde el valle de Barcala vamos a Xallas, «d’uces nutriz», a saludar los cuervos pondalianos. En el Cotón habíamos saludado a los mirlos, a los que de seguro, por el tiempo del verano, San Amaro les enseña tonadas que oyó, en las robledas del Paraíso, a los mirlos celestiales.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

El arca del pan

El arca del pan
Faro de Vigo, 24 de enero de 1954.
He ido a ver un arca que fue de la abadía de Meira: un arca para el centeno de las rentas abaciales. Las armas están en el gran tablón delantero, de noble y oscuro castaño, y es fina la labra del hierro del pasador, que asegura el cierre. Tiene el arca mi altura, es decir, la altura de un abad bernardo del siglo XIII. Ya no guarda el arca el centeno de la alta ribera de Piquín o de las tierras de barbecho —aquí dicen de folgado— de Viladonga, Suegos, Piñeiro… (Nevaba en Suegos, y las ovejas del rebaño con que nos cruzamos llevaban copos de nieve en los copos de lana, y dos pastorcillos se atareaban con el rebaño en la ventisca y en aquella enorme y descampada soledad). Ahora, en el arca, el largo grano del antiguo centeno meirés —da una harina negra y dulce— ha sido sustituido por el rotundo grano del trigo de la Pastoriza y la Terrachá: ese trigo que ahora asoma en los largos surcos hilillos verde tierno.
Llegamos cuando están lavando y humeando el arca por mor del gorgojo, que el pasado año prosperó «como las pulgas de los suizos en Venecia», que dijo el señor embajador Correro, hablando de la multiplicación de la hugonotería en el cristianísimo reino de Francia. Ignoro si el gorgojo del trigo es el mismo o parecido insecto que el gorgojo del guisante, ese geómetra cuya vida y andanzas yo leía en Fabre y en Uexküll: la hembra del gorgojo pone sus huevos sobre la vaina del guisante joven, y las larvas, al salir del huevo, perforan la vaina y se adentran en el guisante aún tierno. La larva que anida en el punto medio del guisante crece rápidamente, mientras las otras dejan de alimentarse y mueren. La larva geómetra socava primero el centro del guisante, pero después se labra un paso hacia la superficie del guisante y rasca, a la salida del paso, la piel de éste, fabricándose una puerta: así, cuando el guisante endurece, la larva tendrá abierta una salida. Pero Von Uexküll habla de un pequeño icneumón que se dedica a abrir las puertas de las larvas del gorgojo, y deposita su huevo en ellas: de este huevo sale una larva que se come a la del gorgojo, se transforma luego en icneumón, y por el camino labrado por su presa sale al aire libre. He aquí una breve frase de la gran sinfonía de la vida. Se la cuento a los que lavan y humean, y se me ríen en la cara.
¿Cuántas cargas de pan, cargas de las que vienen en los foros y en las donaciones de antaño, cabían en esta arca? ¿No valdrá tanto preguntar cuántos siervos? ¿Cuánta tierra, cuántos surcos, cuántos días? Y aún falta medir el hambre. El hidalgo de Killmore, golpeando con su bastón de caña las arcas vacías, cuando las grandes hambres de Irlanda, medía el hambre del país: «Hasta aquí», decía midiendo un palmo, «el hambre del artillero Flannagan y sus catorce hijos». Y el artillero Flannagan, con las lágrimas en los ojos, respondía: «¡Alabado sea Dios!».
Donde estamos se llama Quintás, y son tres casas y un molino, y me gusta el camino que lleva al río, porque el cierre de las huertas es de laurel romano y hay una pequeña alameda paralela a la presa: los árboles están desnudos, pero la hiedra viciosa y verde, se enrosca en ellos como una primavera irresistible. Y donde parte el camino del molino del que va a Lugo, hay un crucero de madera, muy repintado, y la Virgen —un redondo rostro, unos grandes ojos asombrados— tiene un manto rojo, de tan viva y violenta entonación que pasma. Nieva en Quintás. Parece que alguien, lentamente, y con harina blanca, estuviese fabricando silencio. El roble arde amigablemente en el hogar, con llamas largas y agudas, agujas azules, amarillas, rojas. La luz parece haberse detenido en la ventana y solamente deja pasar un velo pálido que flota lento. Blake había averiguado que la cantidad de luz que ilumina en un momento dado el mundo depende del número de ángeles que vuelen cerca de la tierra. También Santa Francisca Romana llegó a saber que la luz es un ángel, y por eso veía ella en la tiniebla nocturna como en la claridad del día, y todo porque veía a su ángel custodio, su dulce y alada lámpara. Un ángel, pues, está ahora en Quintás cerca de la ventana, y esa luz que entra es la tierna sombra de sus alas. Quizá sea el ángel del arca del pan, y esa luz sea blanca harina, flor de la harina antigua posada en su túnica y en sus plumas. Antes de marchar de Quintás iré al arca de Meira, levantaré la pesada tapa, tras descorrer el cerrojo de labrado hierro chantadino, cuyo empuño semeja un báculo, por ver si allí dentro, donde habitó el pan, habita la luz. De Quintás a Meira se va por un camino llano a la orilla de un regato, que cruza una carballeira centenaria. En verano, debe ser uno de los más alegres caminos del mundo.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Camariñas

Camariñas
Faro de Vigo, 18 de enero de 1953.
«A arcosa Laxe», «Xallas, de uces nutriz»: toda la mañana estaba llena del verso pondaliano, si no era ese mismo verso tendido sobre la tierra, de tan reposada y madura belleza. El verso de Pondal pasa el río Xallas por la puente Arantón:
Uces da ponte Arantón,
non toqués os seus vestidos,
qu’eles para vos non son.
La musa pondaliana —«ela é filla de Santiago»—, pasa, en la dulce brisa, a nuestro lado. La mañana, que es algo como una grande, luminosa y tibia mano, recoge mar y tierra bajo su palma. Todo el valle de Vimianzo se recogía bajo la luz de su caricia, envuelto en el dulce algodón de la neblina. Había qué ir al castillo, más fino y más nervioso que un palacio a ver si todavía en la niebla matinal cabalgaba Pedro Madruga. Lo llamaban así, dice Vasco da Ponte, porque gustaba «de madrugar para las cabalgadas», a la del alba sería, como don Quijote, cabalgando en las mañanas frías y cantando octavas del Ariosto, o como el Jan Timur, que nada amaba más que galopar por el desierto las mañanas de abril. (Señor de estas torres fue el poeta Martelo y Paumán del Nero: ¡Paumán del Nero!, un apellido eufónico y mágico, de tan patente y misteriosa medievalidad, que nos sorprende no haberlo leído en un catálogo de cruzados o entre las flores del «gay saber»: nombre para uno de los Doce Pares o para un compañero moribundo de Diterico de Berna, o quizás, para uno de esos oscuros caballeros de Escocia, hijos de la insegura melancolía, que una mañana salen a pasear a un arenal y se enamoran del licor rojo de los labios sonoros de las sirenas, y mueren bajo el mar, en aquellos palacios en los que las algas florecen en rosas azules y jacintos verdes…) Pero nadie —sólo la alegre fantasía— galopa en la mañana hacia Vimianzo y su castillo.
Ponte do Porto: el sol rompe a tientas la niebla, y al deshilarla y aventarla, la mañana se hace más alta y más ancha, llena el mundo todo, en el que ya no queda ni un solo lugar que no sea matutino y claro, volado de palomas «amazonas del aire y de su aroma». El breve río se ahoga en el mar, silenciosamente. Camariñas; venían, más los ojos que los labios, diciendo su nombre, tan blanco, tan liviano, que ver la villa de cal y canto y no de encaje fue buena sorpresa. Alençon de Francia no es de encaje, de point d’Alençon, pero hay allí torres y en los palacios pasamanos y balaustres que sí lo son, de encaje que han ido coloreando los siglos, y ahora goza de un fino color rosa; esos grandes ojos que abre el point d’Alençon, allí donde el hilo, de tan sutil, semeja aire —aire celestial, de los atardeceres de verano del Paraíso—, siempre acaban de ser abandonados por una coloreada mariposa, que tras de ella deja el pálido reflejo de la viva pintura de sus alas. Vas a ver qué color es, y sólo encuentras aire, aire tejido y transparente…
La madre de Teresa del Niño Jesús, haciendo point d’Alençon en Lisieux, donde tan alegre es, cabe el puente, la sombra de los manzanos, vio cómo un ángel reparaba los desgarros de sus alas con el encaje que ella hacía. Pocos días después, nacía Teresa. ¿Hay algún ángel que lleve, en esta dorada mañana, encaje de Camariñas en sus alas? El mar de Camariñas lo lleva, en verdad, espuma fugitiva.
El arte del encaje, al igual que la música, es irrefutable: cada hilo, en el entramo de la encajería, es como una frase, y la total tela de araña, Valenciennes o Camariñas, un concierto. La escritura de Bach sobre el pentagrama a lo que se asemeja es a un encaje, más que a un retablo barroco, porque Bach lo que pretende es aprisionar el aire que pasa —sobre todo, esas claras flautas o el aliento casi humano del oboe, y al fondo el orden profundo del órgano—, más bien que representar la Naturaleza. Números y pausas, estrofas —estrofa es lo que retorna—, sensitivas cárceles del tiempo: ponerle puertas al tiempo fugitivo, eso es música. Ponerle puertas al aire, eso es el arte del encaje.
Camariñas, Xornes, son tierras —y mar y ballenas— de la mitra mindoniense. El báculo montañés de San Rosendo —oro de los tojales de Noriega Varela, alba del abedul— pone en Cabo Vilaño el regatón al golpe de la eterna y enorme ola atlántica. Pero en la ría, más suave y breve la ola, alguien, las femeninas manos, la hilan en la orilla… Unas blancas y ligeras nubes que el sudoeste empuja, se acercan a verle a la Señora de la Barca el tejado de piedra. Son las doce. Cantan «Ave María» las campanas de la iglesia, tiembla el aire pleno de luz, tendido sobre hilos de oro que van y vienen, tejiendo el mundo y la mañana, tejiendo el mantel de Camariñas —blanco, liviano, como este nombre—, sobre la roca antigua de la tierra, a la orilla del mar.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Monforte de Lemos

Monforte de Lemos
Faro de Vigo, 17 de noviembre de 1951.
También yo, por fidelidades gongorinas, tengo mi soneto a Monforte; también, como el del cordobés, con «geométricos modelos», y si en el soneto de don Luis aquel «Monte-fuerte coronado de torres convecinas a los cielos» «rayos ciñe de luz, estrellas pisa», en el mío el Cabe antiguo, «molido como trigo en las aceñas», contempla, a través de los sauces y los chopos, el claro cielo de la primavera. Para mí Monforte es la torre, la puente y el río. La torre no es sólo la lección de geometría al ancho valle, al dilatado horizonte y a las altas sierras, sino ese mismo horizonte contemplado, el país de Lemos, el Caurel y Cabeza de Meda, y el Vidral, y ahora, al ponerse el sol, esas lejanas y quietas rojas nubes, hacia el sudeste, como si en las herrerías antiguas del país de Quiroga, en el Caurel o en la Mua, gigantes vulcanos antiguos forjaron como una espada —oro, negro, rojo— el río Sil. El silencio enorme, casi táctil, de la anochecida se hace más patente cuando lo quiebra el agudo silbido de las máquinas del tren. (Agudo y melancólico. Hay toda una literatura para la que el pitido de las máquinas ferroviarias es melancólico. Hardy y Turguenieff usaron tal adjetivo, y Kierkegaard, quien lo oía como una larga y áspera rotura, un anuncio de irremediables lejanías y fugas que brotaba, agrio e irremediable, en la noche). Bajo hacia el puente viejo a acordarme para sentir pasar el río, un largo y acariciador susurro. El Cabe, molido como trigo en las aceñas, va a morir al Sil; Sil según el padre Sarmiento, quiere decir «tierra colorada». Pero donde el Cabe y el Sil confluyen, el Sil tiene el color de la pizarra. Estas aguas, pues, que oigo deslizarse en la noche, van al Sil y con el Sil al Miño. «Somos como vasos», decía Rilke, «pero no conocemos a aquellos que nos beben». Comienza a llover. Unas muchachas pasan corriendo, reidoras. Como en un poema, la tierra profunda huele a rosa y llovizna en los labios.
Manuel Hermida Balado ha escrito la vida del VII conde de Lemos y la de su esposa, doña Catalina de la Cerda y Sandoval. Manuel Hermida ha puesto al comienzo de la vida de doña Catalina un «Introito con pauta monjil», porque Hermida ha leído un manuscrito sobre la vida de doña Catalina que escribiera «una religiosa del convento». El convento es el de franciscas descalzas de Monforte, que doña Catalina fundara y en cuya religión murió. (Hermida Balado es un excelente escritor, dueño de un idioma ágil y expresivo; tiene el don de la claridad expresiva, servida con plena sumisión por el párrafo largo, tradicional en la mejor castellanía. Ha puesto mucho amor —él, monfortino cabal— en estos dos libros. Nos hace amigos de don Pedro de Castro y nos lleva a asomarnos, como a un milagro que aconteciera en jardines, a la delicada vida de doña Catalina). Me detengo ante el convento de Santa Clara. He leído y oído del relicario del convento, rico de Lignum Crucis, de espinas de la Corona del Señor, de un clavo de la crucifixión, cordón y cilicio de San Francisco… Quisiera oír a las monjas en su coro como oigo en mi Mondoñedo a las Concepcionistas. Le escribiría después a Hermida Balado que las había oído y si era verdad que, como en la historia de las canonesas de St. Vaast, se oían en el coro las voces casi infantiles de aquellas vírgenes de antaño. Por ejemplo, en Santa Clara de Monforte, la voz de aquella niña Juana de Vitoria, que allí entró a bodas con el Señor a los cinco años, o de aquella Lucrecia Antonia de Castro, que murió novicia, y a la que imaginamos los azules ojos, los dorados cabellos y no sé qué dulce melancolía:
«¡Lo que más sentía yo era la cinta del pelo!»
Ya tengo escrito más de una vez lo que me gusta, poniéndole estampas al libro de la memoria, contemplar a los gallegos en Italia. Ya tengo dicho también que a todos prefiero a don Fernando de Andrade, el caballo de oros de la milicia gallega, galopando al pie de los viñedos de Mélito con el sol de la victoria en la mano. Y mi abuelo Montenegro, canciller de Milán, y los virreyes, Monterrey y Lemos. Está bien, me digo, ver a un hombre de este muro y este monte, allá en el «rearme» napolitano, dando la ley como un romano, tal como el Giannore elogiará en la lstoria Civile; haciendo fiestas con funámbulos y montañas prodigiosas, y sirviendo con el ánimo leal la gran política de la Católica Majestad. Cuando de Capri y las sirenas, el jardín de Nápoles y la enorme caracola humeante del Vesubio tome don Pedro de Castro a Monforte, ¿se detendrá un instante en las escaleras de San Vicente del Pino a gozar de este antiguo y dilatado horizonte? Recordará, quizás, los catorce gongorinos versos, y si anochece y Venus brota sobre el Caurel y mecen el silencio las campanas de San Vicente y la Compañía, sentirá, como yo ahora siento, toda la grave y poderosa madurez de este país de Lemos. Esos pájaros que revuelan en la torre parécenme estorninos: el estornino es el ave del final del estío. El Cabe es también un río estival. Si rememoro ahora el país de Lemos veo un largo y poderoso estío bajo la bola del sol que remonta las montañas, «una fuerza irresistible armada de rayos».

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

tal se va el otoño, como una copa de oro que ruede de las cumbres al valle

Las cuatro estaciones
Faro de Vigo, 25 de octubre de 1953.
Siempre he hablado de con cuánto atento amor sigo la rueda de las cuatro estaciones, cómo atiendo a su nacimiento, signo, fábula y huida: tal se va, fugaz, la primavera, como «cervo ferido por monteiro maior», tal se va el otoño, como una copa de oro que ruede de las cumbres al valle. Ese polvo insistente de oro, esa cortina dorada que ahora lentamente cierra sobre el rostro del mundo, anida en las copas umbrías de los árboles y se tiende a dormir, como un gran rey derribado, en el flanco poderoso de la montaña. El río, el Avia, maduro como un maduro fruto antiguo, se ha bebido el Viñao y el Arenteiro en esa dorada copa del otoño. Ambos son ríos molineros, de molinos de pan, y sus aguas participan, pues, en la especie sacramental, en la blanquísima harina, como el Avia participa en el vino. Leiro, Beade, Regadas, Abeleda…, toda la mañana está aquí en una redoma de cristal, palpable y audible: vibra, sonora como si el dedo índice de Dios, disparado por la ballesta del pulgar, la golpease.
Al pasar por Regadas, toda la mañana debía ser un ancho prado, como un pañuelo verde puesto a secar al sol, y debían verse y oírse los hilos de agua de los regatos y alcazuelas, y desde el camino, con la mano, poder herborizar nombres latinos: la festuca pratensis de fino talle y la gracia de sus racimillos, o la arrhenatherum elatius, una explosión de hilos y estrellas verdes, dulce el talle cuando se lo masca en el verano, en los henares: treboiña le llaman a la hierba en mi mindoniense país, y me parece que lleva con más gracia el romance que la pulcritud latina de su denominación linneana, tan aparatosa. Abeleda debía estar, como un trobo de viejo castaño, rodeado de la tribu fungadora de las abejas, o como un panal de dorada miel, en el corazón de la mañana, y que pudiese reconocer el pasajero, con el labio en el panal, toda la flora de la montaña, todo lo que tiene color y aroma en el Faro de Avión. Todo lo que tiene nombre debía vivir su nombre. Un amigo me cuenta que en lengua quechua el nombre de una persona o cosa se designa como «aquello que gotea de su alma». Abeleda debía gotear miel en los labios de quien dijese su nombre; unas casas blancas, maíz puesto a secar en una solana, una niña de rubias trenzas en bicicleta. Quedarse a vivir en una de esas casas blancas, tomar el sol con el maíz en la solana, hacerle versos y verla sonreír a la niña de las trenzas y la bicicleta: pero quizás todo esto fuese presurosa y gentil ocupación de primavera que no melancolía del otoño. Aquel príncipe japonés de las historias de Lafcadio Heamrn que estaba encargado, en una montaña sagrada que tenía cerezos y mariposas en la falda, de avisar de la llegada de las aves emigrantes, y entre ellas de los grandes pájaros de las estaciones, avisaba a toda la cortesía nipona, advirtiendo: «Moveos más lentamente que ha llegado el pájaro de las alas secas», y colgaba los grandes tapices que representaban a un samurai en la madura edad, probando su casco de escamas de coral a un niño: es decir, viéndose a sí mismo, tierno paje, y en el casco, con el coral, bordada la melancolía: ¡Dios me libre de tener que probar, a una infantil cabeza, mis melancolías! Que sean otras mis ocupaciones otoñales. Cuáles pueden ser, las pienso en este camino de Leiro a Carballino. Quizá sentarme a oír latir el corazón del vino nuevo en las bodegas —los divinos fermentos creadores, «el semen bullicioso de la naturaleza», grato a Paracelso—, o con el tacón del zapato esbilar un erizo que ha caído del castaño, y recoger las castañas, y comerlas, yendo de vagar por la mañana, que del podre de las hojas secas exhala, aquí en el bosque, tan intenso perfume. Vuela una paloma torcaz. ¿Ha llegado, Señor, la hora del soneto de Ulises?
«Si ángel fueras, necesaria altura
de aire el sueño y de cristal, yo digo
si pudiera volar, volar contigo,
el ala al hombro, mecedora pura».
Demasiado á la page me está saliendo el soneto, y gongorino. Lo de gongorino es necesario, que la mañana es un cristal, y lo propio de la poesía de Góngora es estar construida con tantas palabras como cristales. La mañana está empedrada de cristales verdes, ocres, violetas, dorados. Y el chófer, que va diciendo la toponimia, tan clara y a la vez tan misteriosa, parece que va poniendo las consonantes a un enorme soneto de largos y estremecedores catorce versos que dice, a la luz del día, la voz de Dios. Cuando entramos de regreso en Carballino, ya cumplida la tarde y aposentado el silencio en el crepúsculo, y Venus surgiendo hacia donde me imagino, por los vientos, que está Orense, el primer verso del segundo cuarteto lo digo como quien reza, oliendo una rosa de otoño, de finísima piel levemente perfumada y tibia, cogida en Leiro, y recordando el vuelo tan seguro de la paloma.
«¿Más que el ala, Señor, la rosa dura?»
Se oye un piano en la noche de Carballino. He viajado a través del otoño, del más dorado y nostálgico, perfecto otoño todo el día, para venir a oír ahora, en la callada noche, un vals en un piano que en vez de cuerdas tiene hilos de agua y de cristal.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Blogs y Webs

  • Sofia - Sin tilde, sí, la capital de Bulgaria. A ella dedicó este libro Juan Eduardo Zúñiga, uno de los escritores españoles más secretos del siglo XX y, sin em...
    Hace 5 días
  • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
    Hace 8 años