Regalpetra no existe, está claro

Hay gente que gusta de «sacar la bandera roja a la planta baja y luego ir arriba para ver el efecto que hace», esto decía de sí mismo Edward Carpenter: Carpenter plantaba la bandera en la planta baja y después tomaba el ascensor para ir a la terraza: las estrellas, la armonía, el espíritu, no creo que la bandera roja le hiciera tanto efecto.
Con estas páginas no pretendo poner una bandera roja en la planta baja, no sabría gozar de su efecto desde la terraza, ni siquiera desde el suelo podría saludarla con fe. Creo en la razón humana, y en la libertad y la justicia que derivan de la razón; pero me parece que en Italia basta con atreverse a hablar el lenguaje de la razón para ser acusado de izar la bandera roja en la ventana. As you like. En las páginas que siguen recuerdo la dura señoría de los del Carreto sobre un pobre pueblo de Sicilia, pero ahora vale la pena recordar a ese homónimo ministro de la policía que metió en las prisiones del Reino de las Dos Sicilias a los hombres que entonces hablaban el lenguaje de la razón; parece que el ministro del Carreto esté destinado a pasar a la historia de Italia como un fantasma familiar; decimos Mazzini, Garibaldi, Pisacane, Risorgimento, Resistencia, República, mientras la sombra del ministro del Carreto se agita como un espectro familiar en un castillo de Escocia.
He intentado contar algo de la vida de un pueblo que quiero; y espero haber dado a entender lo lejos que está este tipo de vida de la libertad y la justicia, o sea de la razón. La pobre gente de este pueblo tiene mucha fe en la escritura, dice: «basta un plumazo», como si dijera «basta un golpe de espada», y cree que un plumazo vibrátil y exacto basta para restablecer un derecho y ahuyentar las injusticias y el abuso. Paolo Luigi Courier, un viñador de Turenna y miembro de la Legión de Honor, sabía dar plumazos que eran como estocadas, me gustaría tener el pulso de Paolo Luigi para dar algún que otro plumazo: una «petición a las dos Cámaras» para los mineros de las salinas de Regalpetra, los braceros, los viejos sin pensión y los niños que hacen de criados. La verdad es que yo también tengo, como la gente de este pueblo, un poco de fe en las cosas escritas: y ésta es la única justificación que adelanto para estas páginas.
Regalpetra no existe, está claro: «toda referencia a hechos ocurridos y a personas existentes es puramente casual». Existen en Sicilia muchos pueblos semejantes a Regalpetra, pero ninguno lleva este nombre. En Racalmuto, pueblo que en mi imaginación limita con Regalpetra, hay mineros de la sal; en toda Sicilia hay braceros que pasan 365 días, un largo año de lluvia y sal, con 60 000 liras; hay niños que hacen de criados, viejos que se mueren de hambre, personas que dejan como única señal de su paso por la tierra —decía Brancati— una depresión en la butaca de un círculo. Sicilia es todavía una tierra amarga. Se construyen carreteras y casas, también Regalpetra conoce el asfalto y las nuevas casas, pero, en el fondo, la situación del hombre no puede decirse que sea muy distinta de lo que era en el año en que Felipe II firmaba un privilegio que daba título de condes a los del Carretto y elevaba a Regalpetra a condado.
—Me he enterado —me decía días atrás un pariente mío— que has escrito necedades de los chicos que hacen de criados. Son verdaderas necedades. Ando buscando por tierra y mar un chico para las tareas de casa y no lo encuentro ni pagándolo a precio de oro.
—Bueno —digo—, eso es señal de que se está mejor.
—Mejor, unos c… —me responde renegando—, no puedo encontrar un chico y tú me dices que bien; ¿no entiendes que sin un chico no puedo ir al campo? Y no creas que no se encuentran porque ahora se esté mejor. Unos c… se está mejor. No quieren trabajar por orgullo, se contentan con morirse de hambre.
—Bien —digo involuntariamente, pero por suerte no lo oye.
—¿Sabes —continúa— lo que me dijo una madre que quería que su hijo sirviera en mi casa? Me dijo que estaba delicado y que al menos le tendría que dar un huevo al día. Hoy en día los pobres son así, y tú escribes…
Y lo nuevo es esto: el orgullo. El orgullo enmascara la miseria, las hijas de los braceros y de los mineros pasean el domingo llevando bonitos vestidos para no hacer mala figura al lado de las hijas de los señores, y éstos comentan:
—Fíjate cómo visten. Se quitan el pan de la boca para vestirse así.
Y yo pienso: «Bueno, quizás esto sea un principio; se empiece como se empiece, lo importante es empezar. Pero es pesado empezar; es como si el reloj de sol señalara una hora del 13 de julio de 1789, mañana pasará por el reloj de sol la sombra de la Revolución francesa, luego Napoleón, el Risorgimento, la Revolución rusa, la Resistencia. Quién sabe cuándo el reloj de sol marcará la hora de hoy, la que para tantos otros hombres del mundo es la hora justa.

Leonardo Sciascia
Las parroquias de Regalpetra


No existe ningún pueblo llamado Regalpetra en la geografía italiana. Pero el escenario de estas páginas es un reflejo fiel de muchas comarcas de la Italia meridional. En una lograda mezcla de autobiografía y testimonio, Sciascia cuenta su infancia bajo el fascismo y retrata la corrupción política, la religiosidad mítica y popular, la necedad de los prohombres, la mafia, la miseria. Este libro fue el primero de su autor. Se ha dicho que en él estaba ya, latente, toda la literatura posterior de Sciascia. Sicilia, su eje temático, encierra las claves morales y políticas de su obra: la derrota de la razón y la de quienes son destruidos por esa derrota.

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