El argumento de la defensa

El argumento de la defensa
Fue el juicio por homicidio más extraño al que asistí. En los titulares lo llamaban el asesinato de Pechkam, aunque la calle Northwood, donde encontraron a la anciana muerta a golpes, no estaba, hablando estrictamente, en Peckham. Éste no era uno de esos casos de evidencias circunstanciales en los que uno siente el nerviosismo de los miembros del jurado —porque se han cometido errores— como cúpulas de silencio que enmudecen el tribunal. No, a este asesino prácticamente lo encontraron junto al cuerpo. Ninguno de los que estaban presentes cuando el fiscal de la Corona desarrolló su caso creía que el hombre que estaba en el banquillo de los acusados tenía la menor oportunidad.
Era un hombre pesado y corpulento con ojos saltones e inyectados en sangre. Todos sus músculos parecían estar en los muslos. Sí, un personaje desagradable, del que uno no se olvidaría con rapidez; y ése era un punto importante porque la Corona propuso convocar a cuatro testigos que no lo habían olvidado, que lo habían visto alejándose apresuradamente de la pequeña casa roja de la calle Northwood. El reloj acababa de dar las dos de la mañana.
La señora Salmon, del número 15 de la calle Northwood, no había podido dormir; oyó que una puerta se cerraba con un chasquido y creyó que era su propio portón. Entonces se acercó a la ventana y vio a Adams (así se llamaba) en los escalones de la casa de la señora Parker. Acababa de salir y llevaba guantes. Tenía un martillo en la mano y ella vio cuando lo arrojaba en los arbustos de laurel que estaban junto al portón del frente. Pero antes de alejarse, había levantado la mirada: hacia la ventana de ella. Ese instinto fatal que indicaba a un hombre que lo están mirando lo expuso, iluminado por el alumbrado de la calle, a la mirada de la señora; los ojos del hombre estaban inundados de un temor horripilante y brutal, como los de un animal cuando uno levanta el látigo. Más tarde hablé con la señora Salmon, quien, naturalmente, después del sorprendente veredicto, también entró en pánico. Como imagino que les sucedió a todos los testigos: a Henry MacDougall, que había estado conduciendo rumbo a su casa desde Benfleet, tarde, y casi había atropellado a Adams en la esquina de la calle Northwood. Adams estaba caminando en el medio del carril de autos, aparentemente aturdido. Y el anciano señor Wheeler, que vivía en la casa de al lado de la de la señora Parker, en el número 12, y que fue despertado por un ruido —como el de una silla que cae—, a través de las paredes delgadas como papel de la casa, y se levantó y miró por la ventana, de la misma forma en que lo había hecho la señora Salmon, vio la espalda de Adams y, cuando éste se dio vuelta, esos ojos saltones. En la avenida Laurel también lo había visto otro testigo más; tenía muy mala suerte; hubiera dado lo mismo que cometiera el crimen a plena luz del día.
—Entiendo —dijo el fiscal— que la defensa propone alegar confusión de identidades. La esposa de Adams les dirá que él estaba con ella a las dos de la mañana del 14 de febrero, pero después de que ustedes hayan oído a los testigos de la Corona y hayan examinado cuidadosamente los rasgos del prisionero, no creo que estén dispuestos a admitir la posibilidad de un error.
Ya había terminado todo, dirían ustedes, salvo la horca.
Después de que se expusieron las pruebas formales por parte del policía que había encontrado el cuerpo y el cirujano que lo examinó, se llamó a la señora Salmon. Era la testigo ideal, con su ligero acento escocés y su expresión de honestidad, atención y amabilidad.
El fiscal de la Corona extrajo la historia con delicadeza. Ella declaraba con mucha firmeza. No había malicia en ella, ni tampoco una sensación de importancia por estar allí de pie, en el Tribunal Penal Central, con un juez vestido de escarlata pendiente de sus palabras y los periodistas copiándolas. Sí, dijo, y después había bajado las escaleras y había llamado a la estación de policía.
—¿Y ve usted a ese hombre aquí en el tribunal?
Ella miró en dirección del hombre de gran tamaño que estaba en el banquillo de los acusados, quien le devolvió fijamente la mirada con sus ojos pekineses sin emoción alguna.
—Sí —dijo ella—, allí está.
—¿Está completamente segura?
Ella dijo, con sencillez:
—No podría equivocarme, señor.
Todo fue tan fácil como eso.
—Gracias, señora Salmon.
El abogado de la defensa se levantó para interrogarla. Si ustedes hubieran informado sobre tantos juicios de homicidio como lo he hecho yo, habrían sabido de antemano qué argumentos usaría. Y yo tenía razón, hasta cierto punto.
—Ahora bien, señora Salmon, usted debe recordar que la vida de un hombre puede depender de su testimonio.
—Lo tengo presente, señor.
—¿Su visión es buena?
—Jamás he tenido que usar lentes, señor.
—¿Usted es una mujer de cincuenta y cinco años?
—Cincuenta y seis, señor.
—¿Y el hombre que vio estaba al otro lado de la calle?
—Sí, señor.
—Y eran las dos de la mañana. Usted debe tener ojos notables, señora Salmon.
—No, señor. Había luz de luna, y cuando el hombre levantó la mirada, tenía la lámpara del poste de luz en la cara.
—¿Y usted no tiene ninguna clase de duda de que el hombre que vio es el prisionero?
Yo no podía entender qué se proponía. El abogado no podría haber esperado otra respuesta que la que obtuvo.
—Ninguna clase de duda, señor. No es una cara que una pueda olvidar.
El abogado recorrió con la vista el tribunal durante un momento. Después dijo:
—¿Le molestaría, señora Salmon, examinar otra vez a las personas que hay en este tribunal? No, no el prisionero. Póngase de pie, por favor, señor Adams.
Y allí, en el fondo del tribunal, con un cuerpo grueso y robusto y piernas musculosas y un par de ojos saltones, estaba una imagen exacta del hombre del banquillo de los acusados. Incluso estaba vestido de la misma manera: un traje azul ajustado y una corbata a rayas.
—Ahora, piénselo con mucho cuidado, señora Salmon. ¿Todavía puede jurar que el hombre al que vio arrojar el martillo en el jardín de la señora Parker era el prisionero, y no ese hombre, que es su hermano mellizo?
Por supuesto que no podía. La mujer miró a uno y al otro y no pronunció palabra.
Allí estaba la gran bestia, sentada en el banquillo de los acusados con las piernas cruzadas, y allí estaba también, en el fondo del tribunal, y los dos miraron fijamente a la señora Salmon. Ella sacudió la cabeza.
Lo que vimos en ese momento fue el fin del caso. No había ningún testigo dispuesto a jurar que era el prisionero a quien habían visto. ¿Y el hermano? Él también tenía una coartada; estaba con su esposa.
Y así el hombre fue absuelto por falta de pruebas. Pero si —en el caso de que hubiera sido él quien cometió el asesinato y no su hermano— fue castigado o no, no lo sé. Ese día extraordinario tuvo una extraordinaria culminación. Seguí a la señora Salmon hacia la salida del tribunal y nos enredamos con la multitud que estaba esperando, por supuesto, a los mellizos. La policía trató de alejar a la gente, pero lo único que pudo hacer fue dejar la calle libre para el tráfico. Más tarde me enteré de que trataron de hacer que los mellizos salieran por una puerta trasera, pero ellos se negaron. Uno de los dos —nadie supo cuál— dijo: «Me absolvieron, ¿no es cierto?»; y los hermanos salieron directamente por la entrada principal. Entonces sucedió. No sé cómo, aunque yo no estaba a más de dos metros de distancia. La muchedumbre avanzó y de alguna manera se empujó a uno de los mellizos hacia la calle justo frente a un ómnibus.
Lanzó un chillido como un conejo y eso fue todo; estaba muerto, el cráneo aplastado igual a lo que le había pasado a la señora Parker. ¿Venganza divina? Ojalá lo supiera. Estaba el otro Adams, poniéndose de pie desde al lado del cuerpo y mirando directamente a la señora Salmon. El hombre estaba llorando, pero si era el asesino o el inocente nadie podrá decirlo jamás. Aunque si alguno de ustedes fuera la señora Salmon, ¿podría dormir de noche?
(1939)

Graham Greene
Una salita cerca de la calle Edgware

Un hombre que perdió toda pasión entra a una salita de cine rasposa, y descubre «el dolor de dientes del horror».
Los mellizos sienten casi lo mismo: por eso uno quiere ayudar al otro que siente terror en la oscuridad. Al volver la luz advierte que no tendría que haberlo hecho.
El mayordomo Baines recuerda la aventura, la señora Baines le destruye la vida, el niño (y amito) Philip es testigo. Todo terminará en el cuarto del sótano.
Maestro del suspenso (El ministerio del miedo), de los enredos éticos (El poder y la gloria), de la novela de espionaje (Nuestro hombre en La Habana), Graham Greene también fue autor de cuentos magistrales. Cuesta creer que entre 1929 y 1954 haya escrito tantas historias perfectas que parecen terminadas hace diez minutos, o dentro de un par de años. Las recogió en un volumen titulado Twenty-One Stories. Aquí se dan a conocer dieciocho, por primera vez en castellano.

Datos sobre un Imperio dirigido por cerdos

Annan era un nativo de Ghana educado en los Estados Unidos, que había contribuido a dificultar que la ONU tomase medidas para impedir el genocidio de Ruanda, de acuerdo con lo que en aquellos momentos interesaba a los norteamericanos, y que se mostró posteriormente, ya como secretario, como un fiel defensor de los intereses estadounidenses, desde la autorización dada para legitimar los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia hasta su colaboración en la ocupación de Irak. Unos servicios que por una parte le valieron el premio Nobel de la Paz y que, por otra, le fueron compensados echando tierra sobre un escándalo de corrupción que afectaba a su hijo y le salpicaba a él mismo.
El enfrentamiento de Madeleine Albright con Powell, que dirigió el Joint Chiefs of Staff hasta fines de septiembre de 1993, se debió a que este sostenía que los Estados Unidos solo habían de implicarse militarmente en aquellos casos concretos en que sus intereses estuvieran directamente afectados, y que habían de hacerlo entonces con toda su fuerza, con plenas garantías de éxito y con objetivos políticos claramente definidos: «Los soldados norteamericanos —diría en sus memorias— no son juguetes que se puedan mover donde convenga en una especie de juego mundial de mesa».
A lo que Albright objetaba que no tenía sentido disponer de una soberbia maquinaria militar, si no se podía usarla; que la de Powell era una doctrina de los tiempos de la guerra fría, una consecuencia tardía del «síndrome de Vietnam», y que la globalización, en la que a los Estados Unidos le correspondía un papel único y determinante, el de «la nación indispensable», exigía un protagonismo total y continuo.
Fue en el verano de 1995, cuando el agravamiento de la cuestión de Bosnia, con las noticias sobre la catástrofe de Srebrenica horrorizando al mundo, le dio a Clinton ocasión de intervenir, en los mismos momentos en que se llegaba a los acuerdos de Dayton y en que una fuerza de la OTAN reemplazaba a la pequeña que las Naciones Unidas habían enviado en 1992. Clinton hubo de aceptar que se enviase temporalmente a 20 000 militares norteamericanos, para lo cual tuvo que enfrentarse al Congreso y vencer la resistencia de los altos mandos militares, aunque consiguió imponer que en el futuro estas acciones internacionales realizadas en el marco de la OTAN (la de Bosnia fue la primera guerra que emprendía la OTAN en los cincuenta años de su historia) se desarrollasen de acuerdo con una fórmula en que los norteamericanos ponían los aviones y las bombas, y los otros, en este caso croatas y bosnios, los hombres.
Una política semejante de utilizar los medios aéreos y minimizar la presencia de tropas la empleó contra Saddam Hussein. Pese a que la soberanía de Irak resultaba seriamente condicionada por el mantenimiento de las zonas de exclusión de vuelo y por las repetidas operaciones de bombardeo sobre sus instalaciones militares, Saddam Hussein seguía actuando de manera desafiante, hasta llegar a organizar un atentado fallido contra la vida de G.H.W. Bush cuando este visitó Kuwait en abril de 1993. Tras dos bombardeos en enero y agosto de 1993, el segundo planteado como una represalia del intento contra Bush, los Estados Unidos hubieron de reaccionar más duramente cuando en 1994 Saddam volvió a enviar fuerzas a la frontera de Kuwait.
Ello sucedía mientras algunos agentes de la CIA, en colaboración con Ahmad Chalabi, presidente del Consejo Nacional Iraquí, una de las organizaciones del exilio, preparaban una revuelta contra Saddam, con el apoyo de los kurdos en el norte y de los chiíes en el sur. La operación no llegó a iniciarse, debido a la oposición del gobierno de Washington, que no la creía viable. Los planes se reemprendieron en el verano de 1996, pero Saddam los descubrió y liquidó el problema con una serie de ejecuciones. Durante la campaña de reelección de Clinton, en septiembre de 1996, Saddam volvió a violar las reglas con un ataque a los kurdos, lo que motivó otro bombardeo con misiles sobre las provincias del sur, mientras los kurdos seguían muriendo en el norte.
Llegó, sin embargo, el momento en que Clinton decidió ajustarle las cuentas a Saddam con una gran campaña de bombardeo, Desert Fox («zorro del desierto»), que tomó como pretexto las dificultades que Saddam oponía a los inspectores de las Naciones Unidas. La operación comenzó a prepararse cuando se aproximaban las elecciones a las cámaras de noviembre de 1998 —las midterm elections que se celebran dos años después de las presidenciales— y culminó el 16 de diciembre del mismo año con el lanzamiento de un gran número de misiles —más que los que se habían empleado en toda la guerra de 1991—, seguido por cuatro días de bombardeos en masa por las aviaciones británica y norteamericana sobre un gran número de objetivos militares, lo que implicó asestar un duro golpe a la infraestructura militar iraquí.
No puede olvidarse, sin embargo, que algunas de las incursiones de Clinton en la escena internacional estuvieron ligadas a una necesidad coyuntural de distraer a la opinión pública norteamericana del acoso a que le sometían los republicanos. Así pareció ocurrir con la Operación Infinite reach («Alcance infinito»), que condujo a que el 20 de agosto de 1998, en el mismo momento en que estallaba el escándalo Lewinsky, se atacase con misiles a supuestas bases terroristas en Afganistán y a una fábrica de productos farmacéuticos en Sudán, como represalia por los atentados de al-Qaeda contra las embajadas de los Estados Unidos en Kenia y Tanzania (lo que algunos llamaron «la guerra de Monica»).
Robert Fisk escribió: «Cuando el presidente Clinton se enfrentaba a lo peor del escándalo de Monica Lewinsky, bombardeó Afganistán y Sudán. Ahora, enfrentado al impeachment, bombardea Irak. ¿Hasta dónde puede llegar una coincidencia?». Coincidencia que se repitió meses más tarde: «Al día siguiente de aquel en que terminó el proceso del Senado, 13 de febrero de 1999 —dice Sidney Blumenthal, que fue su consejero presidencial— el presidente Clinton hizo su intervención semanal en la radio sobre el tema de Kosovo».
En febrero de 1999, en efecto, una vez liberado de la amenaza del asunto Lewinsky, decidió dedicarse al tema de Kosovo, para lo que envió a Madeleine Albright a forzar el acuerdo de Rambouillet, a la vez que preparaba, aliado al británico Tony Blair, las condiciones de una nueva campaña de bombardeos, que respondía a una pretendida política de «internacionalismo del centro-izquierda». Comenzaba con estas campañas yugoslavas la experimentación de un nuevo estilo de guerra basado en la eficacia de los bombardeos en masa y en el uso de armas de avanzada tecnología; una guerra que costaba pocas vidas de soldados norteamericanos, pero que tenía unos elevados costes económicos (la campaña de Kosovo habría costado a los Estados Unidos 2300 millones de dólares).

Josep Fontana
Por el bien del imperio
Una historia del mundo desde 1945

La Carta del Atlántico (1941) garantizaba, entre otras cosas, “el derecho que tienen todos los pueblos a escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir” y una paz que había de proporcionar “a todos los hombres de todos los países una existencia libre, sin miedo ni pobreza”. Cuando se cumplen setenta años, la frustración no puede ser mayor. No hay paz, la extensión de la democracia es poco más que una apariencia y, lejos de la prosperidad global que se nos anunciaba, vivimos en un mundo más desigual. Josep Fontana, historiador de renombre, disemina, analiza y responde por las causas de este fracaso.

Terry se acercó y le guiñó el ojo para que se estuviera tranquilo, que no querían esa clase de conversación en un local respetable con todas las licencias.

Terry se acercó y le guiñó el ojo para que se estuviera tranquilo, que no querían esa clase de conversación en un local respetable con todas las licencias. Y Bob Doran empieza a lloriquear por Paddy Dignam, tan verdad como que estás ahí.
—El hombre mejor que ha habido —dice, gimoteando—, el mejor carácter, el más puro.
Las jodidas lágrimas en el bolsillo. Diciendo majaderías. Más le valía irse a su casa con esa putilla callejera con que está casado, Mooney, la hija del ujier. La madre tenía una casa de putas en la calle Hardwicke donde andaba por el descansillo, que me lo contó Bantam Lyons que se había parado allí, a las dos de la mañana, como la parió su madre, enseñando su persona, entrada libre a todos, igualdad de oportunidades y no hay de qué.
—El más noble, el más leal —dice—. Y se ha ido, el pobrecillo Willy, el pobrecillo Paddy Dignam.
Y doliente y con el corazón oprimido lloraba la extinción de ese fulgor del cielo.
El viejo Garryowen empezó a gruñir otra vez a Bloom, que daba vueltas por la puerta.
—Entre, venga, que no le come —dice el Ciudadano.
Conque Bloom se escurre adentro con sus ojos de besugo en el perro y le pregunta a Terry si estaba Martin Cunningham.
—Ah, Cristo MacKeown —dice Joe, leyendo una de las cartas—. Oíd ésta, ¿queréis?
Y empieza a leer una en voz alta:
7, Hunter Street, Liverpool
Al Sheriff Jefe de Dublín, Dublín.
Respetable señor deseo ofrecer mis serbicios en el lamentable caso susodicho yo aorqué a Joe Gann en la cárcel de Bootle el 12 de febrero de 1900 y yo aorqué…
—Enséñanos, Joe —digo yo.
—… al soldado Arthur Chace por el asesinato con agrabantes de Jessie Tilsit en la cárcel de Pentonville y fui alludante cuando…
—¡Jesús! —digo yo.
—… Billington egecuto al terrible asesino Toad Smith…
El Ciudadano echó mano a la carta.
—Espere un poco —dice Joe—: tengo una abilidad especial para poner el lazo que cuando se mete ya no se puede escapar esperando ser favorecido quedo, respetable señor, mis onorarios es cinco guineas.
H. Rumbold
Maestro Barbero
—Y un bárbaro con esas barbaridades es también ese barbero —dice el Ciudadano.
—Y qué garrapateos más sucios hace el desgraciado —dice Joe—. Ea, quitamelos de la vista, al demonio, Alf. Hola, Bloom —dice—, ¿qué va a tomar?
Así que empezaron a discutir la cosa, Bloom diciendo que no quería y no podía y que le excusara sin tomarlo a mal y todo eso y luego dijo bueno que tomaría un cigarro. Coño, es un tío prudente, no cabe duda.
—Danos uno de esos malolientes de primera, Terry —dice Joe.
Y Alf nos estaba contando que había un tío que había mandado una tarjeta de luto con el borde negro alrededor.
—Son todos barberos —dice—, que vienen de esa región tiznada, y ahorcarían a su padre por cinco pavos al contado y gastos de viaje.
Y nos contaba que hay dos tíos esperando abajo para tirarle de los talones cuando le dejan caer y estrangularle como es debido y luego cortan la cuerda en pedazos y venden los pedazos a unos pocos chelines por cabeza.
En la tierra oscura residen, los vengativos caballeros de la navaja de afeitar. Su mortal rollo de cuerda agarran: oh sí, y con él conducen al Erebo a cualquier ser humano que haya cometido acción de sangre pues de ninguna guisa lo he de sufrir así dijo el Señor.

James Joyce
Ulises

La obra monumental de James Joyce. Ulises es el relato de un día en la vida de 3 personajes: Leopold Bloom, su mujer Molly y el joven Stephen Dedalus. Un viaje de un día, una Odisea inversa, en la que los temás tópicamente homéricos se invierten y subvierten a través de un grupo decididamente antiheroico cuya tragedia raya la comicidad. Relato paródico de la épica de la condición humana y de Dublín y sus buenas costumbres cuya estructura, desbordantemente vanguardista, avisa a cada rato de su dificultad y exige la máxima dedicación. Ulises es un libro altisonante, soez y erudito donde los haya que ofrece una literatura distinta, extraña, ocasinalmente molesta y sin duda excepcional.

—Cuando la mujer pierde la belleza, debe necesariamente recurrir a la virtud —respondió Pancha mirando con pesar su cuerpo marchito.

Fue Pancha una vez más la que alivió la aflicción de Pedro Fernández y sus compañeros con un robo oportuno a su ama. Damián le dijo con emoción mientras comía y bebía:
—En un momento causaste no poco daño en el barco, pero ahora sé que eres de la especie de los ángeles.
—Cuando la mujer pierde la belleza, debe necesariamente recurrir a la virtud —respondió Pancha mirando con pesar su cuerpo marchito.
Esa noche pareció interminable, pero con el alba llegó una espaciosa barcaza cargada de variadas carnes cocinadas, pan, vino y verduras, un obsequio enviado a solicitud del gobernador general, por don Diego Marmolejo, el más rico propietario del distrito. Esta vez cada cual recibió tanto como pudo ingerir.
Las casas blanqueadas de Cavite, un puerto a dos leguas de Manila, asomaron en el horizonte, y nos dirigimos hacia ellas. Don Juan Pinao, contramaestre de un galeón real que estaba allí anclado, llegó en un esquife conducido por marineros vestidos con sus mejores galas, y subió a bordo para guiarnos hacia el fondeadero. Sus hombres a medias lloraban y a medias reían ante el espectáculo demencial que ofrecía el San Gerónimo, y él le dijo a Pedro Fernández:
—¡Por el cuerpo de Baco! ¡Debéis de ser el piloto más hábil o el más afortunado del mundo!
—Es ambas cosas y aún más —dijo don Marcos—. Su capacidad de nada le habría servido sin una desmedida buena fortuna, ni su fortuna sin una capacidad extraordinaria; y ninguna de ambas cosas sin la ayuda de Nuestra Señora.
El capitán del puerto estaba en la playa espada en mano y sus hombres estaban formados con gran despliegue de armas. Hicimos un último viraje por avante y entramos a puerto. Al echar ancla, en el muelle se izó el pabellón real y una sonora salva de cañones y mosquetes nos dio la bienvenida. El artillero y Myn dispararon un par de falcones como respuesta, y los veteranos dispararon sus arcabuces.
Era el 11 de febrero de 1596 y, ese día, inscribí EXPLICIT en mi registro. No hubo matrimonio contraído en la nave capitana que no fuera disuelto por la muerte. De ciento veinte almas, nuestra dotación original, sólo vivían todavía veinticinco hombres, nueve mujeres y un niño; y ocho hombres más, una mujer y el niño murieron antes de que terminara el mes.
Veinte cascos de agua, doce sacos de harina, cuatro jarras de aceite, media docena de pipas de vino, muchas lonjas de tocino y muchos otros alimentos quedaban todavía en la despensa de doña Ysabel: todo lo que Belita no había podido vender a precio de hambruna (en secreto, como si la gobernadora lo ignorara) a la despojada compañía del barco. Pero este vergonzoso tesoro se ocultó a las buenas gentes de Manila, que acudían en botes con alimentos y ropas que nos procuraron gran alivio. Con su caritativa ayuda, los enfermos y los moribundos fueron llevados a un lazareto, mientras que los que podían andar todavía fueron a casas privadas donde fueron objeto de múltiples bondades. Yo permanecí a bordo con la gobernadora y los oficiales del barco.
Una multitud de curiosos se acercó a contemplar el maravilloso navío que, según corría el rumor, había sido despachado por el virrey del Perú para traer a la reina de Saba de las islas Salomón. Todos ellos, para tener suerte, tocaron el cable que nos mantenía todavía anclados y se arrodillaron con veneración ante la imagen de Nuestra Señora de la Soledad, que todavía sonreía con ternura desde el palo mayor hendido.

Robert Graves
Las islas de la imprudencia

Graves se centra en esta ocasión en la expedición encabezada por Álvaro de Mendaña (cuyo propósito era descubrir Australia y colonizar las islas de los Mares del Sur) y en el hallazgo de las islas Marquesas y las Salomón. Al margen de la pugna entre la armada británica y la española, uno de los temas mejor reflejados en la novela es la audacia y valentía de los hombres de mar de la época, y lo que singulariza esta expedición es que, a la muerte de Mendaña, quien se hizo cargo de la expedición fue una mujer extraordinaria que apenas ha dejado huella en la historia, Ysabel de Barreto. De nuevo, Graves ha recuperado un episodio oculto de la historia que sobre todo deleitará al lector español.

Es un señor como de trece o catorce años, en cuyo rostro la miseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe a cuál de estos dueños pertenece.

I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho, mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan insignificante, que ningún transeúnte, de estos que llamamos personas, puede creer, al verle, que es de heroico linaje y de casta de inmortales, aunque no está destinado a arrojar un nombre más en el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porque hay ciertamente héroes más o menos talludos que, mirados con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primer mosca que pasa o con el silencioso, común o incoloro insectillo que no molesta a nadie, ni siquiera merece que el buscador de alimañas lo coja para engalanar su colección entomológica… Es un héroe más oscuro que las historias de sucesos que aún no se han derivado de la fermentación de los humanos propósitos; más inédito que las sabidurías de una Academia, cuyos cuarenta señores andan a gatas todavía, con el dedo en la boca, y cuyos sillones no han sido arrancados aún al tronco duro de las caobas americanas.
Esto no impide que ocupe ya sobre el regazo de la madre Naturaleza el lugar que le corresponde, y que respire, ande y desempeñe una y otra función vital con el alborozo y brío de todo ser que estrena sus órganos. Y así, al llegar al promedio de la cuesta, a trozos escalera, a trozos mal empedrada y herbosa senda, incitado sin duda por los estímulos del aire fresco y por el sabroso picor del sol, da un par de volteretas, poniendo las manos en el suelo, y luego media docena de saltos, agitando a compás los brazos como si quisiera levantar el vuelo. Desvíase pronto a la derecha y se mete por los altibajos del cerrillo de San Blas; vuelve a los pocos pasos, vacila, mira en redondo, compara, escoge sitio, se sienta…
Es un señor como de trece o catorce años, en cuyo rostro la miseria y la salud, la abstinencia y el apetito, la risa y el llanto han confundido de tal modo sus diversas marcas y cifras, que no se sabe a cuál de estos dueños pertenece. La nariz es de éstas que llaman socráticas, la boca no pequeña, los ojos tirando a grandes, el conjunto de las facciones poco limpio, revelando escasas comodidades domésticas y ausencia completa de platos y manteles para comer; las manos son duras y ásperas como piedra. Ostenta chaqueta rota y ventilada por mil partes, coturno sin suela, calzón a la borgoñona todo lleno de cuchilladas, y sobre la cabeza greñosa, morrión o cimera sin forma, que es el más lastimoso desperdicio de sombrero que ha visto en sus tenderetes el Rastro.
De aquellos incomprensibles bolsillos del chaquetón saca mi hombre, a una mano y otra, diversas cosas. Por este agujero aparece un pedazo de chocolate; por aquella hendidura asoma un puro de estanco; por el otro repliegue déjanse ver sucesivamente dos zoquetes de empedernido pan; de aquel jirón, que el héroe sacude, caen o llueven seis bellotas y algunos ochavos y cuartos; más abajo se descubre un papelillo de fósforos; por entre hilachas salen tres plumas de acero, un trozo de lápiz, higos pasados, un periódico doblado y con los dobleces rotos y ennegrecidos… Aparta con diligente mano aquellos objetos que hasta ahora no, se consideran digestivos, desenvuelve y tiende sobre el suelo el periódico a modo de mantel, y sobre él va poniendo los varios artículos de comer y fumar. Se coloca bien, echando una pierna a cada lado del papel, quita, pone, clasifica, ordena, se recrea en su banquete y lo despacha en dos credos.
No se meterá el historiador en la vida privada, inquiriendo y arrojando a la publicidad pormenores indiscretos. Si el héroe usa una de las plumas de acero, como tenedor, para pinchar un higo; si se lleva a la boca con gravedad el pedazo de pan, mordiendo en él con limpieza y buena crianza; si hay, en suma, en su alborozado espíritu un gracioso prurito de comer como los señores, ¿por qué se ha de perder el tiempo en tales niñerías? Más importante es que el historiador, con toda la tiesura, con toda la pompa intelectual que pide su oficio, se remonte ahora a los orígenes de aquella propiedad y escudriñe de dónde proceden las bellotas, de dónde el fiero cigarrote, los higos, el pan y demás provisiones, con lo cual, si sale airoso de su empresa y lo descubre todito, se acreditará de sabio averiguante, que es lo mejor para tener crédito y laureles sin fin. Llevado de su noble anhelo, baraja papeles, abofetea libros, estropea códices destripa legajos, y al fin ofrece a la admiración de sus colegas los siguientes datos, preciosa conquista de la sabiduría española:
A 10 de febrero de 1863, entre diez y once de la mañana, en la Ronda de Embajadores, fue mi hombre obsequiado con bellotas por una vendedora de aquel artículo, de otro que llaman cacahuet, de papelillos de fósforos y avellanas. Veintitrés mil razones se emplean para demostrar la probabilidad de que esta esplendidez fuera recompensa de uno o de varios servicios, quizás recados a la vecina, ir a comprar dos libras de jabón o traer un saco de ropa desde el lavadero de las Injurias. Y de igual modo aparecen sacadas de la oscuridad de los tiempos pretéritos la procedencia de las demás vituallas y del cigarro, si bien en esto último hay dos versiones, igualmente remachadas con poderosa lógica. ¿Se lo encontró en la calle? ¿Se lo dio Mateo del Olmo, sargento primero de artillería montada?… Basta. Esta sutil erudición no es para todos, por lo cual la suprimimos. Adelante.
Después de comer como los señores, piensa mi hombre que fumarse ricamente un puro es cosa también muy conforme con el señorío. ¡Lástima no tener fósforos de velita para echar al viento la llama y encender, a estilo de caballero, en el hueco de la mano! El héroe coge el cigarro, lo examina sonriendo, le da vueltas, observa la rígida consistencia de las venas de su capa, admira su dureza, el color verdoso de la retorcida yerba, toda llena de ráfagas negras y de costurones y cicatrices como piel de veterano. Parece, por partes, un pedazo de cobre oxidado, y por partes longaniza hecha con distintas sustancias y despojos vegetales. ¡Y cómo pesa! El héroe lo balancea en la mano. Es soberbia pieza de a tres… ¡Fuego!
Un papelillo entero de misto se consume en la empresa incendiaria; pero al fin el héroe tiene el gusto de ver quemada y humeante la cola del monstruo. Este se defiende con ferocidad de las quijadas, que remedan los fuelles de Vulcano. Lucha desesperada, horrible, titánica. El fuego, penetrando por los huecos de la apretada tripa, abre largas minas y galerías, por donde el aire se escapa con imponentes bufidos. Otras partes del monstruo, carbonizadas lentamente, se retuercen, se esparrancan, se dividen en cortecillas foliáceas. Durísima vena negra se defiende de la combustión y asoma fiera por entre tantas cenizas y lavas… Pero el intrépido fumador no se acobarda y sus quijadas sudan, pero no se rinden. ¡Plaf! Allá te va una nube parda, asfixiante, cargada de mortíferos gases. Al insecto que coge me le deja en el sitio. Síguele otra que el héroe despide hacia el cielo como la humareda de un volcán; otra que manda con fuerza hacia el Este. El ocaso, el cierzo son infestados después. ¡Con qué viril orgullo mira el valiente las espirales que se retuercen en el aire limpio! Luego le cautiva y embelesa el fondo de país suburbano que se extiende ante su vista, el cual comprende el Hospital, la Estación, fábricas y talleres remotos y por fin los áridos oteros de los términos de Getafe y Leganés. No lejos de las últimas construcciones se nota algo que brilla a trechos entre los pelados chopos, como pedazos de un espejillo que se acaba de romper en las manos de cualquier ninfa ribereña. Es el río que debe su celebridad a su pequeñez, y su existencia a una lágrima que derramó sin duda San Isidro al saber que estos arenales iban a ser Corte y cabeza de las Españas. El héroe mira todo con alegría, y después escupe.
Contempla la mole del Hospital. ¡Vaya que es grandote! La Estación se ve como un gran juguete de trenes de los que hay en los bazares para uso de los niños ricos. Los polvorosos muelles parece que no tienen término. Las negras máquinas maniobran sin cesar, trayendo y llevando largos rosarios de coches verdes con números dorados. Sale un tren. ¿A dónde irá? Puede que a la Rusia o al mesmo Santander… ¡Qué tié que ver esto con la estación de Villamojada! Allá va echando demonios por aquella encañada… Sin ponderancia, esto parece la gloria eterna. ¡Válgate Dios, Madrid! ¡Qué risa…! Al héroe lo entra una risa franca y ruidosa, y después vuelve a escupir.
¿Pues y la casona grande que está allí arriba con aquella rueda de colunas?… ¡Ah!, ya, ya lo sabe. Paquito el ciego se lo ha dicho. Ya se va destruyendo. ¡Sabe más cosas…! En aquella casa se ponen los que cuentan las estrellas y desaminan el sol para saber esto de los días que corren y si hay truenos y agua por arriba… Paquito lo ha dicho también que tienen aquellos señores unas antiparras tan grandes como cañones, con las cuales… Otra salivita.
¿Pero qué pasa? ¿Los orbes se desquician y ruedan sin concierto? El Hospital empieza a tambalearse, y por fin da graciosas volteretas poniendo las tejas en el suelo y echando al aire los cimientos descalzos. La Estación y sus máquinas se echan a volar, y el río salpica sus charcos por el cielo. Este se cae como un telón al que se le rompen las cuerdas, y el Observatorio se le pone por montera a nuestro sabio fumador, que siente malestar indecible, dolor agudísimo en las sienes, náuseas, desvanecimiento, repugnancia… El monstruo, vencedor y no quemado por entero, cae de sus manos; quiere el otro dominarse, lucha con su mal, se levanta, da vueltas, cae atontado, pierde el color, el conocimiento, y rueda al fin como cuerpo muerto por rápida pendiente como de tres varas, hasta dar en un hoyo.
Silencio: nadie pasa… Transcurren segundos, minutos…

Benito Pérez Galdós
El doctor Centeno

Enmarcada en el ciclo de las «novelas contemporáneas», El doctor Centeno es una de las obras más ricas y complejas de Benito Pérez Galdós. La figura de Felipe Centeno y sus andanzas por Madrid como criado de Alejandro Miquis —joven estudiante de Leyes con ribetes de hidalguía sorbido por el arte dramático— sirven a Galdós de hilo conductor para seguir levantando la fábrica de su gran «comedia humana», iniciada dos años antes con La desheredada. En torno a ellos desfila una galería de personajes que integran un fresco inolvidable del Madrid de la época, entre los que hallamos a Torquemada, Ido del Sagrario y, sobre todo, Pedro Polo (hombre nacido para la acción, pero reducido a la condición de maestro y capellán), cuya relación con Amparo Sánchez Emperador, aquí solo insinuada, sería objeto al año siguiente de la novela Tormento.

Sin embargo, tres hombres protestaban en nombre de las letras, esa eterna república que no tiene Césares ni reconoce Napoleones. Estos hombres eran Lemercier, Ducis y Châteaubriand.

Bonaparte volvió a Milán, donde encontró la ciudad iluminada y poseída del mayor alborozo. Masséna, a quien no había visto desde la campaña de Egipto, le esperaba y obtuvo el mando del ejército de Italia en premio de su heroica defensa de Génova.
El primer cónsul volvió a París en medio de las aclamaciones de los pueblos. Su entrada en la capital se efectuó de noche; pero cuando al día siguiente los parisienses supieron su regreso, se dirigieron en masa a las Tullerías con tantos gritos y entusiasmo, que el joven vencedor de Marengo se vio obligado a salir al balcón y saludar a las masas congregadas.
Pocos días después, una dolorosa noticia vino a consternar la alegría nacional: Kleber había caído en El Cairo bajo el puñal de Soliman-al-Alebi, el mismo día en que Desaix caía en las llanuras de Marengo bajo las balas de los austriacos.
El convenio firmado por Berthier y el general Melas en la noche que siguió a la batalla, condujo a un armisticio concluido el 5 de julio, roto el 5 de septiembre y renovado después de ganarse la batalla de Hohenlinden.
Durante este tiempo, las conspiraciones seguían su curso. Ceracchi, Arena, Topineau-le-Brún y Demerville, habían sido detenidos en la Ópera, donde se acercaban al primer cónsul para asesinarle. La máquina infernal había estallado en la calle de Saint-Nicaise, a veinticinco pasos detrás de su coche. Por si esto fuera poco, Luis XVIII escribía a Bonaparte una carta tras otra para que le devolviese su trono.
Por último, el 9 de febrero de 1801 se firmó el tratado de Luneville, que reforzaba todas la cláusulas del tratado de Campo-Formio; cedía de nuevo a Francia los estados situados en la orilla izquierda del Rin, señalando el Adige como límite de las posesiones austriacas, obligaba al emperador de Austria a reconocer las repúblicas cisalpina, bátava y helvética y, por último, cedía la Toscana a Francia.
La República estaba en paz con el mundo entero, excepto con Inglaterra, su antigua y eterna enemiga. Bonaparte quiso intimidarla con una gran demostración. En Bolonia se formó un campamento de doscientos mil hombres y en todos los puertos del norte de Francia se reunió un inmenso número de buques chatos, destinados a transportar este ejército. Inglaterra se atemorizó ante el poder militar francés y el 25 de marzo de 1802 se firmó el tratado de Amiens.
Entretanto, el primer cónsul avanzaba insensiblemente hacia el trono y Bonaparte se iba convirtiendo poco a poco en Napoleón. El 15 de julio de 1801 firmaba un concordato con el Papa; el 21 de enero de 1802 aceptaba el título de presidente de la república cisalpina; el 2 de agosto siguiente era nombrado cónsul perpetuo y el 21 de marzo de 1804 mandaba fusilar al duque de Enghien en los fosos de Vincennes.
Concedido este último testimonio a la Revolución, se planteó a los franceses la siguiente cuestión:
«¿Debe ser Napoleón Bonaparte emperador de los franceses?».
Cinco millones de firmas contestaron afirmativamente y Napoleón subió al trono de Luis XVI.
Sin embargo, tres hombres protestaban en nombre de las letras, esa eterna república que no tiene Césares ni reconoce Napoleones.
Estos hombres eran Lemercier, Ducis y Châteaubriand.

Alexandre Dumas
Napoleón

La historia de Napoleón ha dado lugar a una producción bibliográfica oceánica que ha invadido la literatura y la mitología más allá del campo específico de la historia. Verdaderamente, lo mismo entonces que después, el Emperador es un personaje que ha hecho soñar y ha inspirado a numerosos escritores y novelistas. Uno de ello es Alexandre Dumas, el autor de Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, cuyo padre fue general del propio Emperador, como fue el caso también de Victor Hugo. Con su biografía sobre Napoleón, escrita de forma esquemática, Dumas, anticipándose al regreso a Francia de las cenizas del Emperador en 1840, supo captar mejor que nadie la cresta de la ola del entusiasmo napoleónico para, de una forma breve, sencilla y fácil de leer, escribir en el momento justo el libro apropiado.

«Prohibida la entrada a perros y chinos», en ese orden, decía el cartel que vi —hace más años de los que me toca recordar— desde una ventana del hotel perfectamente británico donde me alojaba en Shanghai.

Personajes
«Prohibida la entrada a perros y chinos», en ese orden, decía el cartel que vi —hace más años de los que me toca recordar— desde una ventana del hotel perfectamente británico donde me alojaba en Shanghai. Es una marca del dominio y la humillación coloniales que las autoridades comunistas decidieron conservar en una plaza llena, desde temprano, de practicantes de tai-chi con el Mar de China al fondo. La urbe, apenas una aldea de pescadores hasta la mitad del siglo X, era un laberinto de callejas y frente a cada casa subía desde los anafres con carbón el vapor que cuece arroces. Una mañana me perdí en ese dédalo y me rescató un holandés anciano que deambulaba como yo, pero conocía Shanghai al dedillo: había vivido largos años allí, al frente de una compañía extranjera que fue expropiada cuando Mao triunfó, y residía en la ciudad seis meses cada año. Sobrevivía, me dijo, porque contemplaba cada día la actividad del puerto.
Me guió hasta el hotel y lo invité a tomar una copa. Se dedicó al mao-tai, un aguardiente de sorgo que trepa rápidamente a la cabeza. No a la de él, vistas las repeticiones. Era un hombre fornido, alto, vigoroso, y confesaba 86 años de edad. Me habló de personajes equívocos que de un modo o de otro había conocido en el Shanghai de la guerra sinojaponesa que Tokio inició al invadir Manchuria en 1937. La población de la época era muy variada: además de ingleses, franceses, estadounidenses y japoneses, que ocupaban sendas concesiones internacionales que las potencias del caso se habían repartido, abundaban los rusos blancos y los otros, los rojos, que se espiaban mutuamente en la «Pequeña Moscú» de la avenida Joffre. No era escasa la colonia teutona, con claro predominio de judíos refugiados aunque no faltaban nazis que editaban un periódico en alemán. Y, desde luego, había gángsters, proxenetas, narcotraficantes, agentes de inteligencia de los países europeos en guerra y aun de la muy estadounidense OSS (Office of Strategic Services). Ese mundo variopinto, afirmaba el holandés, no cohibía la presencia gris y rutinaria de numerosos extranjeros enfrascados en sus negocios, indiferentes a la guerra civil china y la invasión japonesa, ni la de funcionarios y jefes policiales corruptos —chinos y no— en ese paso principal del tráfico internacional de drogas.
La voz del holandés comenzó a destilar una nostalgia espesa. Por ella pasó el «capitán» Pick, ruso blanco, ex cantante de ópera, jefe de una banda de asaltantes, asesino competente y espía alquilado a ratos. También el «doctor» Hermann Eber, un dealer al que le encantaba imitar a Hitler. Y la «princesa» Sumaire, tal vez hija del Marajá de Partiala, que tenía tantas que ni podía contarlas. Y el «Manco» Sutton y el «Dos Pistolas» Cohen, traficantes de armas al igual que el «Pata de Palo» Kearney, quien advertía que en rigor él era medio estadounidense: le habían amputado las dos piernas. Ahí dejé de tomar nota. La nostalgia es una cosa y otra cosa es otra cosa. Pero Secret War in Shanghai, de Bernard Wasserstein, confirma que ese mundo, esos personajes y otros de índole parecida tuvieron vida, pasión y muerte reales.
Wasserstein consultó informes consulares, archivos de la policía municipal de Shanghai recientemente desclasificados, memorias de la época, una masa enorme de documentos de distintos países europeos, de Israel y Estados Unidos. Señala que el avance de las tropas niponas no frenó la afluencia a China de aventureros en busca de fortuna: no necesitaban visa y se autodoctoraban sin cursar universidad alguna. A fines de 1937 los japoneses toman el norte de Shanghai. Ingleses y estadounidenses no defienden sus concesiones; el cónsul francés Raymond de Margerie, leal servidor del régimen pronazi de Pétain, negocia. En 1941 Japón bombardea Pearl Harbor y en 1943 interna en campos de concentración a los «enemigos extranjeros» que vivían en Shanghai. Se abren espacios para colaboradores y traidores.
Muchos eran medio chinos, tal vez resentidos por el racismo chino, pero también pululaban criminales y pájaros de pelaje diverso. El doctor Albert von Morioni, por ejemplo, médico, dueño de un burdel y chantajista. O el barón Auxion de Ruffe, intermediario entre franceses, japoneses y la mafia local, entusiasta partidario de Vichy, lo cual no le evitó ser asesinado. O Marquita Wong, amante del locutor Hubert Moy, chino-estadounidense y pro japonés. Cabría agregar el comodoro «Mary» Milton Miles, director de operaciones de OSS en China, íntimo de Tai Li, más conocido como «el Himmler chino», jefe de los servicios secretos de Chiang Kai-shek. Y el representante de De Gaulle en China, el general Pechkoff, hijo adoptivo de Máximo Gorki al que Tai Li consideraba por eso peligroso aunque era anticomunista y comenzaba su día leyendo Imitación de Cristo.
Es mi deber ahora disculparme con el holandés o seguramente con su sombra. Bebió un último mao-tai con la mirada vaya a saber en qué horizonte. Elogié su energía y me dijo que no, que estaba irremediablemente viejo. Le pregunté qué era la vejez para un hombre como él. Me contestó que era la diferencia creciente entre la cantidad de tentaciones y la cantidad de tentativas.
8 de febrero de 2001

Juan Gelman
Miradas
De poetas, escritores y artistas

Originalmente aparecidas en las páginas de un diario porteño, las 77 crónicas que Juan Gelman recoge en este libro se distinguen por la mirada inconforme y puntual, irreverente y erudita que las alimenta esa misma que ha hecho de su autor uno de los poetas más singulares y universales de la lengua. A distancia de los estereotipos que suelen gobernar nuestros acercamientos al arte y la cultura, Gelman explora en estas páginas las soterradas contingencias que están en el origen de ciertas obras y que, por caminos a menudo misteriosos, han orientado su recepción entre el público y, en ocasiones, el destino de su creador.

Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas

7 de febrero
A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo… Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontrar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después… Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas —Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.
Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola —era rápida y curiosa— anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin —lo creía con un salto terrible de júbilo y frío— estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.

Julio Cortázar
Pasajes
Los relatos - 3

La atmósfera inquietante que impregna los cuentos de JULIO CORTAZAR (1914-1984) y que hace de muchos de ellos lecturas inolvidables proviene no sólo de la conjunción del talento con una maestría poco corriente en el género, sino también de su decidida apertura a la irrupción de lo insólito en una realidad bajo la cual se siente latir algo más. Esta recopilación de LOS RELATOS de Cortázar en tres volúmenes, ordenada por el propio escritor poco antes de su fallecimiento, sigue criterios de afinidad independientes del orden temporal de su aparición. Los títulos de los volúmenes: RITOS, JUEGOS y PASAJES apuntan oblicua y a veces irónicamente hacia las líneas de fuerza que organizan esos textos en una nueva estructura significativa.

y se quedó mirando la calle con los ojos húmedos por la emoción de ser dueño de sus actos.

REPRODUCCIÓN DE LAS NOTAS TAQUIGRÁFICAS TOMADAS EN EL CURSO DE LA NOVENA DECLARACIÓN PRESTADA POR JAVIER MIRANDA LUGARTE EL 6 DE FEBRERO DE 1927 ANTE EL JUEZ F. W. DAVIDSON DEL TRIBUNAL DEL ESTADO DE NUEVA YORK POR MEDIACIÓN DEL INTÉRPRETE JURADO GUZMÁN HERNÁNDEZ DE NWICK
(Folios 143 y siguientes del expediente)
(JUEZ DAVIDSON)» Señor Miranda, celebro que se halle repuesto de la dolencia que le ha impedido asistir a las sesiones del tribunal estos últimos días.
(MIRANDA)» Muchas gracias, señoría.
(J. D.)» ¿Se halla FE
 en condiciones de proseguir su declaración?
(M.)» Sí.
(J. D.)» ¿Podría informarnos de la índole de la enfermedad que acaba de padecer?
(M.)» Agotamiento nervioso.
(J. D.)» Tal vez desee pedir un aplazamiento sine die.
(M.)» No.
(J. D.)» Le recuerdo que comparece ante este tribunal por propia voluntad y que puede negarse a seguir prestando declaración en cualquier instante.
(M.)» Ya lo sé.
(J. D.)» Por otra parte, quiero hacer constar que es intención de este tribunal, en virtud de las atribuciones que le han conferido el pueblo y la Constitución de los Estados Unidos de América, esclarecer los hechos sometidos a su juicio y que la aparente dureza que ha mostrado en ciertas ocasiones responde pura y exclusivamente al deseo de llevar a cabo con rapidez y eficacia su cometido.
(M.)» Ya lo sé.
(J. D.)» En tal caso, podemos seguir adelante con el interrogatorio. Solo me resta recordar al declarante que se halla todavía bajo juramento.
(M.)» Ya lo sé.
La mente humana tiene un curioso y temible poder. A medida que rememoro momentos del pasado, experimento las sensaciones que otrora experimentara, con tal verismo que mi cuerpo reproduce movimientos, estados y trastornos de otro tiempo. Lloro y río como si los motivos que hace años provocaron aquella risa y aquel llanto volvieran a existir con la misma intensidad. Y nada más lejos de lo cierto, pues soy tristemente consciente de que casi todos los que antaño me hicieron sufrir y gozar han quedado atrás, lejos por el tiempo y la distancia. Y muchos (demasiados, Dios mío) descansan bajo la tierra. Esta depresión nerviosa que me aqueja (y que los médicos atribuyen erróneamente a la fatiga de las sesiones ante el juez) no es sino la reproducción fotográfica (mimética, podríamos decir) de aquellos tristes meses de 1918.
Una brillante mañana de junio Nemesio Cabra Gómez oyó descorrerse los baldones que clausuraban la puerta de su celda. Un loquero de barba negra y bata blanca que sostenía un cabo de manguera en la mano le hizo señas de que se levantase y saliera. El loquero echó a andar y se detuvo a pocos pasos.
—Tú delante —ordenó— y sin trapacerías, o te arreo.
Y blandía el cabo de manguera que producía un silbido de culebra. Caminaron por los tortuosos corredores. Al pasar frente a las cristaleras que daban al jardín, Nemesio Cabra Gómez sintió la quemadura del sol y le deslumbró la luz y se pegó al vidrio a contemplar el cielo y el jardín donde otro internado taponaba hormigueros. El loquero le dio con la porra.
—Vamos, tú, ¿qué te pasa?
—Llevo meses en aquel cajón.
—Pues no hagas tonterías o volverás a él.
Aquella fue la primera noticia que tuvo de que iban a soltarle. Se lo confirmó el doctor Flors. Le dijo que los médicos habían dictaminado su curación y que podía reintegrarse a la vida normal, pero que procurara evitar el alcohol y los excitantes, que no discutiera, que durmiera cuantas horas le pidiera el cuerpo y que visitase a un colega (cuyo nombre y dirección apuntó en una tarjeta) cada vez que se sintiera mal o, en cualquier caso, cada tres meses, hasta que fuera dado de alta definitivamente.
Como la ropa con que había ingresado en la casa de salud estaba del todo inservible y atentaba contra el pudor, el doctor Flors le proveyó de una blusa, unos pantalones, un par de zapatos y un tabardo donados por unas damas de caridad. Hicieron un hatillo con las prendas y le condujeron a la puerta principal.
Una vez libre, se refugió en un bosquecillo y se cambió de ropa. Las prendas que le habían proporcionado eran usadas y de tamaños diversos. La blusa le venía muy holgada y el pantalón, demasiado corto, no pudo abrochárselo. Lo ató con una guita. Los zapatos resultaban estrechos y no llevaba calcetines. El tabardo, en cambio, le pareció excelente, aunque inútil en aquella época del año. Guardó la documentación y los pocos objetos personales que poseía en los bolsillos de su nueva indumentaria y arrojó los harapos tras un matorral. Muy contento regresó al camino y anduvo durante mucho rato hasta que topó con los raíles de un tren de vía estrecha o carrilet y los siguió en busca de la estación. Hallada esta, esperó la llegada del carrilet, se subió y se metió en el retrete para no pagar billete, pues carecía de dinero.
Una vez en Barcelona, y cuando todos los pasajeros habían abandonado los vagones, se deslizó al andén, cruzó la verja de salida confundido entre un grupo numeroso y se quedó mirando la calle con los ojos húmedos por la emoción de ser dueño de sus actos.

Eduardo Mendoza
La verdad sobre el Caso Savolta

En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales, es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.

En fin… Y sin embargo, el hecho es que ya tengo la novela en la cabeza, ya la tengo prácticamente hecha. Las cosas se han ido organizando solas, y eliminando solas.

5 de febrero, 1968
Hoy, día cinco. Me encuentro mal, mareado sin una razón aparente. No sé, estos últimos días he dado un gran bajón físico. Mi aparato digestivo me da miedo. Puede salir cualquier día de ahí eso que ando temiendo, que es mi amenaza. Dios dirá. La nota anterior se cortó, no sé por qué. Ya no me acuerdo. Se refería a ese capítulo dialogado en el cual quiero incluir no sólo todo lo que no ha podido caber o no ha tenido cabida en la novela propiamente dicha, sino lo esencial de la proyectada segunda parte. De tal manera que la novela termine efectivamente con la muerte real de Barallobre. Este capítulo, partiendo por lo tanto de la abolición del tiempo, puede contener no sólo esos acontecimientos diríamos argumentales, sino todas esas bromas de que cada personaje se atribuya hechos que corresponden a otros y que los convierte a todos en el único J. B. y hasta es posible meter al otro J. B. que está fuera, a Jesualdo Bendaña, haciendo de J. B. en su Universidad americana. No tengo problema de espacio, naturalmente. Puedo operar todas las transformaciones que me apetezcan, aunque conservando siempre como fondo la fachada de la basílica, que sería algo así como el escenario fijo delante del cual la gente habla y actúa. Surgen, y desaparecen, otros escenarios; en fin, asistimos al desarrollo de unas figuras cambiantes. No tengo ganas de pensar, estoy caído, caído, terriblemente caído. No sé si será esto solamente el hígado, porque en realidad, ahora mismo no me duele nada, estoy únicamente blando, mareado. A lo mejor todo esto que estoy pensando se queda en eso, en meros proyectos. En fin… Y sin embargo, el hecho es que ya tengo la novela en la cabeza, ya la tengo prácticamente hecha. Las cosas se han ido organizando solas, y eliminando solas. Ha podido más la sociedad creada en torno a J. B., que la que había inventado en Campana y Piedra. Lo único que me anula C. y P. no es el que haya traído de allí a José Bastida, sino a don Acisclo. Don Acisclo me gusta, es necesario desde todos los puntos de vista. Podemos salvar su personalidad entera, pero enriquecida ahora, enriquecida. También a don A. T. cuyo Cristo, cuya personalidad de mariscal de Bendaña se mantiene aquí, viviendo en su palacio medio derruido frente a la casa de Barallobre. Sí. No sé lo que podré hacer con los otros personajes, algo se podrá hacer siempre. Pero éstos los necesito aquí. Los cambios de ciudad tal y como están, C. y P. ha perdido ya todo interés para mí. Serán seguramente materiales que nunca podré publicar, al menos en ese ambiente y en esa novela. Tendré que reconstruir algo en torno a Marcelo, porque Marcelo es otro personaje bueno. Pero la novela, tal y como está planteada, no me interesa ya.

Gonzalo Torrente Ballester
Los cuadernos de un vate vago

En Los cuadernos de un vate vago Torrente da cuenta de cómo nacieron algunas de sus novelas. Entre 1961 y 1976, Torrente recogió gran parte de sus notas trabajo en cintas magnetofónicas. Al magnetófono le contaba sus problemas durante la escritura, le hablaba acerca de la gestación de varias de sus obras o de sus miedos y sus alegrías. A veces, incluso, le contaba al magnetófono la historia y luego la transcribía. En este volumen se recogen, tal cual se narraron y con la mínima corrección, este conjunto de soliloquios. Se trata de una obra de características inéditas en las letras españolas, y posiblemente universales, por la técnica empleada en ella; y en un texto de gran dimensión literaria: paso de la literatura oral a la literatura escrita, en una bellísima y contundente prosa.

Cuando tenía que transferir sus obligaciones al otro médico, siempre sentía separarse de los enfermos que no había terminado de curar.

Los enfermos que esperaban ser operados para que les extirparan los tumores, y que no cabían en el piso inferior, eran instalados en la primera planta, junto a los «de rayos», a los que se trataba con radioterapia o con procedimientos químicos. Por esta razón, en el piso superior había cada mañana dos consultas médicas: la de los radioterapeutas, que examinaban a sus pacientes, y la de los cirujanos, que atendían a los suyos.
Pero el 4 de febrero era viernes, día de operaciones, y los cirujanos no hacían su ronda de visitas a la sala. La doctora Vera Kornílievna Gángart, médico radioterapeuta, tras una breve reunión de cinco minutos con los demás médicos, tampoco realizó inmediatamente su revisión; tan sólo se asomó a la sala de hombres y echó un vistazo desde el umbral.
La doctora Gángart no era alta, aunque sí bien proporcionada. Parecía esbelta, por su talle marcadamente estrecho. Su cabello, recogido en la nuca en un moño pasado de moda, era de una tonalidad más clara que el negro y más oscura que el rubio; de esos que se describen con la ambigua expresión de castaños, cuando debiera decirse rubios oscuros.
Ajmadzhán advirtió su presencia y la saludó risueño con una inclinación de cabeza. Kostoglótov tuvo tiempo de alzar la vista del grueso libro y desde lejos le dedicó otra inclinación. Ella sonrió a ambos y levantó un dedo, como se amonesta a los niños, para que en su ausencia se mantuvieran tranquilos. Se apartó inmediatamente del vano de la puerta y se fue.
Hoy debía recorrer las salas acompañada de Liudmila Afanásievna Dontsova, jefa del departamento de radioterapia. Pero a Liudmila Afanásievna la había llamado Nizamutdín Bajrámovich, el médico jefe, que la retenía.
Únicamente en los días de revisión —una vez a la semana— sacrificaba Dontsova las sesiones de diagnóstico por rayos X. Habitualmente, las dos primeras horas de la mañana, que estimaba las mejores porque la vista es más aguda y el entendimiento está más despejado, las pasaba sentada ante la pantalla, acompañada del médico interno de tumo. Para ella, esta era la parte más complicada de su trabajo; a lo largo de más de veinte años de práctica pudo comprender cuán caro se pagaban los errores, en el diagnóstico en particular. Tenía en su departamento a tres jóvenes doctoras. Para que adquirieran una experiencia similar y ninguna quedara rezagada en el tema de diagnósticos, Dontsova había establecido un tumo rotatorio. Cada una de ellas trabajaba tres meses en el departamento del dispensario, tres en el departamento de diagnóstico radiológico y otros tres como médico interno en la clínica.
La doctora Gángart trabajaba ahora en el tercer turno. En él, lo esencial, lo más comprometido y menos investigado era velar porque la dosis de irradiación fuera la correcta. No existía una fórmula para calcular la intensidad y dosificación de las irradiaciones: las más letales para cada tumor y las más inocuas para el resto del organismo. No había tal fórmula, pero sí cierta experiencia, cierta intuición y la posibilidad de calcularlo por el estado del paciente. La radioterapia constituía en sí una operación, pero hecha con rayos, a ciegas y de duración más prolongada. Era imposible no herir o destruir células sanas.
El resto de las obligaciones del médico no exigían más que un quehacer metódico: ordenar a su debido tiempo los análisis, comprobarlos y efectuar las anotaciones en los 30 historiales clínicos del pabellón. A ningún médico le gustaba rellenar los gráficos, pero Vera Komílievna se había reconciliado con ellos porque durante esos tres meses había tenido sus pacientes, y no un pálido entretejido de colores y sombras en la pantalla: eran personas vivas y familiares que confiaban en ella y esperaban su voz y su mirada. Cuando tenía que transferir sus obligaciones al otro médico, siempre sentía separarse de los enfermos que no había terminado de curar.

Aleksandr Solzhenitsyn
Pabellón de cáncer

Es curioso que, en un período como el que ahora vivimos, amenazados por todo tipo de plagas, una novela como esta, escrita en un tiempo hoy olvidado, en circunstancias tan distintas y con el pretexto de otra enfermedad mortal, suscite situaciones y reflexiones de tan acuciante actualidad. Porque lo que trasciende fundamentalmente hoy de Pabellón de Cáncer es una verdad muy simple y, en principio, conocida por todos: la de que todos somos iguales ante la muerte. Iguales son incluso el joven Kostoglótov, un deportado con gran capacidad crítica, en el que no cuesta reconocer al propio autor, y el funcionario Rusánov, miembro del partido y delator implacable de los «enemigos del régimen». En torno a ellos, todos los demás personajes, grotescos y tiernos, confinados entre cuatro paredes en circunstancias extremas, encarnan la evidencia de que el odio, el amor, el resentimiento, la envidia o las relaciones de poder y sumisión siempre tendrán, mientras haya vida, su razón de ser.

LA CONFIDENTE Y LOS FUSILAMIENTOS DE ESTELLA

LA CONFIDENTE Y LOS FUSILAMIENTOS DE ESTELLA
ESTABA preocupado porque sus dos agentes García Orejón y Bertache no daban señales de vida. Había pensado enviar un nuevo agente al campo carlista para que observase el carácter de la escisión entre marotistas y partidarios de Arias Teijeiro, y hasta qué punto llegaba el odio entre ellos. Aviraneta consultó el caso con doña Paca Falcón, la anticuaria de Bayona, y esa le dijo que tenía una agente capaz de ir al campo carlista y de realizar con inteligencia la comisión que se le indicara. Era la señorita de compañía de una familia francesa que vivía en una casa de campo en las inmediaciones de Bayona, hija de un corregidor de Guipúzcoa, amigo y asesor de Zumalacárregui: María Luisa de Taboada.
María Luisa era muy conocida en el pueblo por su ingenio, su desparpajo y su exaltación carlista. En tiempos de Zumalacárregui había desempeñado algunas misiones diplomáticas en Madrid, Turín y Nápoles, por lo cual se la consideraba como dotada de sagacidad y de travesura.
Aviraneta dio largas instrucciones a María, escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le entregó también diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.
A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa tomó la diligencia, y después de pasar por San Juan de Luz, fue por los montes hasta Oyarzun, en donde durmió.
Escribió al día siguiente desde Tolosa a don Eugenio diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando, y aún esperaba para obtenerlo el que el padre Cirilo subiese al poder.
El 3 de febrero llegó a Vergara, y presenció la entrada del pretendiente. Después fue a una misa de gala muy decorativa. En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo vestidos de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte: galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga, doña Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce, el obispo de León, etc., etc.
Dos días después salió para Estella en un carricoche roto y desvencijado.
Entró en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. En el pueblo había una gran agitación. La plaza solía llenarse mañana y tarde de corrillos de apostólicos, a quienes apodaban los de la vela verde.
Una mañana, la señorita de Taboada vio allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. En el corro, al lado de Guergué, estaba el oficial de la Secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio. En estos corros encontró a Orejón y a Bertache.
Orejón le dijo que existía una conspiración entre los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Alló, capellán del Estado Mayor general, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.
Los generales rebeldes habían pensado prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.
La opinión general reputaba a Maroto de masón, carbonario y protector de todos los pícaros y ateos; además, se entendía, según aseguraban, con los liberales.
Los puros, como se decían ellos, confiaban en su triunfo. Creían que la trampa preparada para Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.
El general García, que estaba como loco, pidió un plan a Carmona para sublevar Navarra contra Maroto. Este plan se lo enviaron a Guergué a su casa de Legaria con un primo suyo que se llamaba Lagardón, y a quien la gente llamaba lagartón. Después de haberlo examinado Guergué, se lo volvió a dar a Carmona, y este mandó el proyecto definitivo a García por intermedio de María Luisa de Taboada. María Luisa se lo dejó a García Orejón, y este lo copió.
García Orejón pensaba entregar en persona este plan a Maroto.
Llevaba María Luisa una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Se decía que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le había dicho:
—Voy a Estella. Vaya usted primero, y advierta usted a sus amigos García, Guergué y Sanz que se preparen y se defiendan, porque con sus mismas fuerzas los voy a fusilar.
Estos rumores eran ciertos. Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad. A media tarde empezaron a entrar en Estella los soldados del generalísimo.
El general García hizo la baladronada de asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le saludó ni se presentó a él. Se decía que los batallones navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.
De pronto se vio pasar por la plaza un cura rodeado de soldados. Como ya estaba oscurecido no se le veían las facciones.
El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo, pretendió escapar por el portal de San Nicolás, y el centinela le detuvo.
Se decía que le iban a fusilar vestido de cura.
De madrugada pasaron por las armas a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona. Los fusilaron en una era detrás de la casa del Prior, de espaldas y arrodillados, como a los traidores, y a García con la sotana que llevaba puesta para escaparse.
Al día siguiente le tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fue también fusilado.
El 27 de abril, María Luisa de Taboada apareció en Bayona, y fue a visitar a don Eugenio. María Luisa era novia del general Villarreal; pero a este no le reponían en su puesto; le tuvieron preso y, además, estaba tísico. Como no tenían medios para casarse, María Luisa volvía a Bayona a continuar siendo señorita de compañía.
Aviraneta propuso un nuevo viaje a María Luisa al campo carlista para enterarse de lo que pensaba Villarreal y sus amigos. Unas semanas después regresaba María a Bayona muy descontenta de su viaje. Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos habían quedado de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.
Antes de estos acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron la vida los cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a organizar su acción contra el carlismo y hacer propaganda en favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.
Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de Hernani a Andoain.
La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba produciendo en el carlismo, la tuvo de la corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las covachuelas, en una tienda de tiradores y de galones, vivía una viuda que se había vuelto a casar con un coronel carlista llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en Bayona.
Este Calcena era un aventurero, un bandido, que había sido militar y jugador de ventaja.
Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la correspondencia de Calcena, y por esta se supo los preparativos de los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.
A pesar de todas las alharacas, la facción absolutista y teocrática sucumbió completamente a los golpes de Maroto, por inercia de sus jefes y cobardía de Don Carlos. Todos los esfuerzos para reanimar el partido de los puros y hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la derrota y la humillación convencidos de que su causa estaba perdida.
Por esta época, Aviraneta redactó y mandó imprimir una proclama falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga, confesor de Don Carlos y uno de los expulsados después de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, pico de oro, era un fraile un tanto grotesco.
En la falsa proclama de Aviraneta, atribuida a Larraga, se aseguraba que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo que estar vendido al demonio.
La alocución apócrifa de don Eugenio terminaba así:
«¡Viva la religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!»
Esta alocución causó sensación profunda en el campo carlista.

Pío Baroja
Aviraneta o la vida de un conspirador

La biografía sobre Eugenio Aviraneta e Ibargoyen Echegaray y Alzate, que hoy presentamos, fue publicada por primera vez en 1931, tres años antes que el novelista terminara de escribir las «Memorias de un hombre de acción», que constan de veintidós novelas. Apareció al público entre La venta de Mirambel, firmada en Madrid en 1930, y Crónica escandalosa, que firma en Itzea, en 1934.
Baroja comenzó a escribir sobre la vida aventurera de Don Eugenio en 1912 y terminó en 1934. A lo largo de esos años fue reuniendo una importante cantidad de folletos, libros y estampas de la época en que actuó el conspirador político e insertó, junto a lo puramente biográfico de su protagonista, otras narraciones imaginadas que enriquecían el ambiente y que en esta biografía suprimió por razón de espacio. No por ello decrece su interés, pues se mantiene la parte biográfica de tan singular personaje que lucha junto al cura Merino en la Guerra de la Independencia, que hace la campaña de 1823 con El Empecinado, que participa y prepara el Convenio de Vergara o va a México y combate junto al brigadier Barradas en la aventura veracruzana o asiste, románticamente, a la enfermedad y muerte de Lord Byron en Missolonghi, en su ayuda a lograr la independencia de Grecia contra los turcos desde el barco el Cefaloniota.
Pocos españoles han tenido en ese siglo una vida tan azarosa como la de Don Eugenio, el coraje de luchar por la libertad como él la tuvo.
La pasión, la fuerza, la intriga que desarrolló nuestro protagonista llegaron a entusiasmar a su sobrino-nieto Pío Baroja, de tal manera que escribió esas veintidós novelas que forman el eje central de su obra literaria y que son una historia viva de los avatares de España durante esos años.
Pío Caro-Baroja

No hace aún dos meses de la campaña de «El Norte» en este sentido, lo que demuestra que, allí donde no se la amordaza, la Prensa cumple una importante función social.

1 de febrero.— El primer día de febrero nos trae barruntos de primavera (casi todos los años advierto esto por estas fechas). Y no es que las temperaturas se suavicen (hace frío y hiela), ni tampoco que los crepúsculos vespertinos sean menos abruptos: es la luz. Diríase que los rayos del sol se enderezan de pronto, pierden oblicuidad, y la luz se hace más madura y dulce, hecho especialmente notorio cuando las nubes del atardecer se tiñen de un tono salmón que va acentuándose hasta el anaranjado y el rojo conforme se aproximan a poniente. Cuando yo era joven, el otoño era mi estación predilecta; ahora que yo otoñeo, me agrada la estación más joven, la primavera (y también la sazón del verano).
2 de febrero.— Las autoridades provinciales anuncian la construcción de seis grandes grupos escolares en la ciudad y la consecución de un crédito de decenas de millones para atender a las necesidades de los barrios periféricos. No hace aún dos meses de la campaña de «El Norte» en este sentido, lo que demuestra que, allí donde no se la amordaza, la Prensa cumple una importante función social.
3 de febrero.— Tampoco el P. Llanos podrá pronunciar su conferencia «Nuevas perspectivas sobre la violencia» en nuestra Sala de Cultura, tal como estaba programado. La solicitud ha sido denegada por el gobernador civil. El P. Llanos, como Aranguren, también habló en esta Sala no hace aún mucho tiempo. Ignoro si el país se estará abriendo a Europa (a lo mejor); lo que no me ofrece duda es que se está cerrando a los españoles.
6 de febrero.— La casi absoluta inmovilidad en que vivo desde hace más de un mes me ha permitido reflexionar sobre las posibilidades de adaptación del hombre. Ninguna limitación, ninguna deficiencia, nos incapacita para vivir la vida y sacar de ella algún provecho. Pequeños alicientes, desdeñados en la vitalidad, resultan, desde la insuficiencia, mágicamente eficaces. Así, dar un breve paseo con mis muletas por el Campo Grande me procura ahora un placer equivalente al que podría proporcionarme en circunstancias normales un día de caza. (Vital Alsar, que ha permanecido seis meses en una balsa sin tocar puerto, manifiesta que en esta etapa contemplar la evolución de las nubes le producía análoga satisfacción que ver en la ciudad una buena película). Esto quiere decir que el que no se consuela es porque no quiere.
7 de febrero.— Se cerró la temporada de caza con un día luminoso, soleado, magnífico. Tanto, que rogué a mi hijo Germán que me llevara al cazadero donde pensaran despedirse para sentarme en un silletín junto a un carrasco con la escopeta a mano mientras ellos movían el sardón. Vi varias liebres gazapeando fuera de tiro y aunque no disparé, mi moral —ya que no mi morral— subió muchos enteros. El resol arrancando brillos metálicos de las encinas, los crujidos de la fusca crepitante en la chopera, las liebres haciendo el bolo en un calvero antes de internarse en el mohedal, constituyeron un fuerte tónico para mi estado de ánimo (de desánimo) tambaleante y frágil tras cinco semanas sin salir al campo.

Miguel Delibes
Un año de mi vida

Durante un año, en las páginas de la revista «Destino», fueron apareciendo puntualmente cada semana, bajo el título de «Notas», las observaciones que a Miguel Delibes le iba sugiriendo la realidad cotidiana. Como dice él mismo, el «numeroso y estimulante epistolario que he recibido a lo largo de su publicación fragmentada me llevan a pensar que si, dispersas, fueron útiles en su día para unos, reunidas ahora en un solo volumen pueden resultar igualmente eficaces para otros». Rehuyendo la reiteración y lejos de cualquier forma de narcisismo literario, Delibes nos va dando la medida de su personalidad al consignar sus impresiones sobre todo cuanto pasa ante su retina de observador atento.

Cuando, por fin, llegué arriba, contemplé Constantinopla a mis pies.

1 de febrero de 1453
Hoy, y tras muchas noches de insomnio, fui al foro de Constantino el Grande.
Las ruedas de las carretas han convertido en polvo las losas de mármol del pavimento. La corrosión se ha cebado en las construcciones; casas de madera, podridas por el tiempo y los elementos, se adosan como nidos de golondrinas a los amarillentos muros de mármol.
Trepé por la desvencijada escalera que conduce en espiral hasta lo alto de la columna. Estaba exhausto por la falta de sueño y el ayuno, y me costaba respirar. De pronto sentí vértigo y tuve que detenerme varias veces para apoyarme contra el muro. La decrépita escalera es sumamente peligrosa. Cuando, por fin, llegué arriba, contemplé Constantinopla a mis pies.
Antaño, esta columna estaba rematada por una estatua ecuestre del Emperador. Bañado por el sol, lanzaba sobre el Mármara destellos dorados que iban a perderse en la costa de Asia, al tiempo que apuntaba hacia el este con su espada tendida…
Doscientos cincuenta años atrás, los cruzados latinos habían derribado la estatua cuando tomaron Constantinopla. Su férula no duró más de una generación, lo que apenas si equivale a un día en la milenaria historia de esta ciudad. Luego, el pilar fue utilizado como lugar de ejecución. Finalmente, un santo monje buscó allí refugio hasta que tuvieron que bajar, mediante cuerdas, su cuerpo apergaminado por el sol del verano y resquebrajado por el frío viento del invierno. Predicaba la cólera de Dios y relataba sus visiones a los grupos que se reunían en la plaza. Sus roncos aullidos, sus imprecaciones y sus bendiciones eran ahogados por el viento; pero a lo largo de una generación constituyó uno de los espectáculos de la ciudad.
Ahora en la cima del pilar no había nada. Nada en absoluto.
Sus piedras habían comenzado a desprenderse. El presente había alcanzado al orgulloso pasado, como un inevitable crepúsculo remata un día esplendoroso. Bajo la presión de mi pie, se desprendió una piedra de una esquina. Más tarde oí el opaco sonido que producía al chocar contra el pavimento. La plaza estaba desierta.
Para mi ciudad también había llegado el crepúsculo. El brillo del pórfido y el resplandor del sol ya se habían desvanecido. Se había diluido la santidad y, con ella, la melodía de los coros celestiales. Todo cuanto quedaba era la muerte en el corazón. Frialdad, indiferencia, la avaricia del comercio y la intriga de la política. Mi ciudad era un cuerpo que exhalaba su último aliento. El espíritu estaba confinado en la enrarecida atmósfera de los monasterios y se ocultaba en las bibliotecas, en los amarillentos códices cuyas páginas volvían ancianos decrépitos.
El negro palio de la muerte se extendía sobre mi ciudad; las sombras de la noche se cernían desde Oriente.
Desde lo profundo de mi corazón brotó un grito incontenible:
—¡Enciéndete de nuevo, ciudad mía! ¡Enciende por última vez la sagrada llama en el umbral de la noche! Los milenios han petrificado tu alma… ¡Exprime la piedra y haz brotar de ella las últimas gotas del óleo santo! ¡Revístete con la púrpura y cíñete la corona de espinas para de ese modo ser digna de ti misma!
A mis pies y en la lejanía, los navíos de Occidente permanecían fondeados en el muelle. En el Mármara, inquietas olas se perseguían unas a otras, y bandadas de pájaros revoloteaban sobre las redes de los pescadores. Entre las verdes cúpulas de las iglesias, una masa gris de casas se desparramaba de ladera en ladera. Y las murallas, los invencibles bastiones, serpenteaban de orilla a orilla abarcando a mi ciudad en su abrazo protector.
No, no me arrojé desde el pilar a las piedras del foro. Me resigné a mi propia medida humana. Me resigné a seguir esclavo del tiempo y del espacio. ¿Cómo podría poseer algo un esclavo? Yo no lo querría aunque pudiera. Mi conocimiento es limitado, mis palabras insuficientes; la incertidumbre es mi única certeza. Sobre ella no abrigo la menor duda.
«¡Adiós, Ana Notaras! —dije desde lo más hondo de mi corazón—. ¡Adiós, amada mía! No sabéis quien soy, no lo sabréis nunca. Que vuestro padre gobierne Constantinopla como pachá del Sultán, si tal es su deseo. Todo me da igual. Constantino os despreció; pero acaso el Sultán Mohamed quiera reparar el desaire y conduciros al lecho nupcial para ganar a vuestro padre. Aquél tiene muchas esposas y a buen seguro que entre ellas habrá un lugar para vos, bella dama griega».
Inundada de paz mi alma, tras muchas noches en vela, y después de haber vencido la gran tentación, mi corazón se saturó de la plenitud de Dios, desapareciendo así toda su amargura. Mis miembros perdieron sensibilidad, mi corazón aflojó su ritmo. De acuerdo con la enseñanza, incliné la cabeza y cerré los ojos.
«¡Adiós, amada mía! —proclamé en silencio—, si es que nunca más hemos de volver a vernos. No hay otra igual a ti. Tú eres la hermana de mi sangre, la única estrella de mi felicidad. Te bendigo por haberte encontrado. Bendigo tus ojos mortales, tu cuerpo mortal. Todo en ti lo bendigo».
Con los ojos cerrados contemplaba lo más profundo de mi ser. Las fronteras del tiempo y del espacio se disolvieron; mi pulso se debilitó y el frío penetró en mi cuerpo.
Al aflojarse mis dedos, una piedrecilla que sostenía entre ellos cayó a mis pies. El sonido de la piedra contra la piedra me despertó de mi abstracción. Mi éxtasis apenas si duró el tiempo que esa piedra tardó en caer.
Tal vez fuera porque yo estaba cambiando. Acaso la virtud me abandonó. Quizás en aquel instante habría podido sanar al enfermo o devolver la vida al moribundo. Convencerse a sí mismo es dudar. La duda y la certidumbre son consustanciales al hombre. Pero yo no dudaba; me sentía próximo a los ángeles. Había vuelto la espalda a mi libertad para dejarme apresar por los grilletes del tiempo y del espacio. Y ahora mi esclavitud no era una carga, sino un don.

Mika Waltari
El ángel sombrío
El sitio de Constantinopla

Una de las mejores novelas históricas pensada para ofrecer al lector una panorámica de la historia de las civilizaciones, que combina realidad y ficción a través de las páginas que escribieron algunos de los mejores escritores de los últimos tiempos.
A principios de 1453, se inicia el asedio de la ciudad de Constantinopla por parte de las tropas turcas. Atrapada entre dos mundos, frontera entre Oriente y Occidente, la ciudad se debate por encontrar su propia Historia, ante un Destino que avanza inexorable.
12 de diciembre de 1452, Giovanni Angelos, de cuarenta años, quien «había conocido mucho y vivido varias vidas», es testigo excepcional de la firma del tratado por el que se cumple un viejo sueño acariciado durante siglos: la unión de la Iglesia occidental y la oriental, el acatamiento de la Iglesia ortodoxa al Papa. Pero ese tratado no es sino una maniobra más del Emperador por intentar conseguir refuerzos con los que defender la ciudad de Constantinopla, frontera entre dos mundos. Escrita en forma de memorias, la novela recrea los cinco meses de asedio que sufrió Constantinopla antes de ser conquistada por las tropas turcas. Demostrando un excepcional nivel de dramatismo narrativo, Mika Waltari ha conseguido escribir un texto que cumple sobradamente los objetivos de una novela histórica pero, también, los de toda gran novela escrita con pasión.
El ángel sombrío es el desesperado testimonio de un tiempo de crisis, de miedo, de anhelos, de traiciones, pactos y alianzas que superan y devoran cruelmente a aquellos que los diseñaron, y que acaban estallando en una terrible batalla, en el asalto final, orgía de sangre, fuego y destrucción, como una derrota más ante el Destino.

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