Mostrando entradas con la etiqueta Pío Baroja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pío Baroja. Mostrar todas las entradas

Acacia (10) - »En primavera, las grandes nubes pasan y se hunden en un ocaso azul y oro; en otoño, el crepúsculo tiene color de uva moscatel; en invierno, la escarcha y el cierzo arden y queman con sus llamas invisibles; en verano, la ciudad es una fragua al atardecer.

LA ZONA TEMPLADA
»En primavera, las grandes nubes pasan y se hunden en un ocaso azul y oro; en otoño, el crepúsculo tiene color de uva moscatel; en invierno, la escarcha y el cierzo arden y queman con sus llamas invisibles; en verano, la ciudad es una fragua al atardecer.
»Pero a pesar de estar situada en medio de la villa, hay una zona templada que resiste a todos los cambios de estación. Esta zona ha sido creada, a fuerza de constancia, de aislamiento, por un solo hombre: un viejo ya, con aire helénico, entre fauno y filósofo…
»Al anochecido deja la pluma y se sienta en su butaca para distraerse con el espectáculo de la amistad, como otros suelen ir al cine o al teatro. Baroja, en la vejez, ha sabido poner su tablado de Arlequín, su pequeña Comedia dell’Arte, en casa; no le gusta la calle ni el siglo. Prefiere vivir “una vida de gato bien cuidado”, como dice en sus Memorias, en pleno siglo XIX, entre los restos salvados de su casa de la calle de Mendizábal, y no tener que quitarse ni la boina ni las zapatillas para nadie. Sentarse, meditar, ir de un lado a otro como le parezca, pues posee el secreto de la independencia, que sólo la raza felina entiende bien.
»En casa de Baroja siempre hay un gato, cerrado como un candado en un sillón o al lado de la estufa; símbolo del egoísmo pasivo que protege el fuero interior, el núcleo que los artistas tienen que preservar intacto a toda costa. Así que Baroja se ha creado una zona templada en donde las pasiones duermen y el ingenio se despierta.
»“Yo supongo que hay que vivir entre la gente en la zona templada, sin exageraciones. En las relaciones de hombre y mujer pasa algo parecido, aunque más exagerado. En esto todo el mundo tiende al melodrama o a la novela pornográfica”, escribe en sus Memorias. No cree en la posibilidad de lo trascendental en las relaciones humanas, lo sublime existe sólo en la imaginación y se disuelve en la práctica. Las grandes páginas líricas de sus libros cantan al mar, a los barcos, a los acordeones, y no al hombre o a la mujer. La amistad es un alivio de lo cotidiano. La vie est si quotidienne.
»Baroja cita con frecuencia esta estrofa de Laforgue: “La amistad presta su brillo discreto a la tosca tela grisácea de la vida.” “El amor —‘hay que reinventar el amor’, como decía Verlaine—, actualmente, es una fuente de lágrimas, una serie de espejismos y de daños, que desgasta muchas energías, que podrían emplearse en otras cosas”, decía Murguía en La sensualidad pervertida. Cuando suena el timbre de la puerta por las tardes, el timbre de la amistad y del incógnito, a veces Baroja suele abrir él mismo.
»Así fue cuando yo entré por primera vez en la zona templada. Llegué del Polo Norte, habiendo pasado antes por el Ecuador; pero poco a poco iba recobrando los sentidos y adquiriendo algo de la serenidad burlona que forma el ambiente que debe ser la continuación del ambiente de Shopenhauer, el gran precursor de Baroja.
»Es un poco extraño que estos dos hombres malhumorados hayan sabido crear tanta serenidad en el ánimo de aquellas personas privilegiadas con su amistad; que dos escritores, habiéndose enfrentado con los aspectos más amargos de la realidad, hayan ofrecido un refugio tan acogedor a los espíritus cansados en la lucha por la vida. Quizá se debe a su culto de la risa. Esa gran profiláctica que es la risa conserva la amistad como el salero y el ingenio conservan las obras literarias a través de los siglos. Va en contra de los instintos (los animales no pueden reír, con la sola excepción de la hiena, y, según Baroja, las mujeres tampoco; hay muchos tabus para ellas en el campo de la risa).
»Es verdad que quedan pocas mujeres en la zona templada. Algunas de las que entran se van decepcionadas al no encontrar ni insultos ni el Cantar de los Cantares, sino risa, sencillez y cortesía. En las conversaciones hay el ánimo de sinceridad posible; pero “la vida es una cucaña y no es posible decir toda la verdad”, dice don Pío en Vitrina pintoresca. Las verdades más crudas hay que buscarlas en sus libros y no en las charlas de la zona templada.
»A veces suena un aria de Norma, de Marta o de La Traviata, tocadas en el piano por la hermana del novelista, llenando la casa de recuerdos del siglo pasado: el siglo de la música callejera, tan querida por Baroja; el siglo que dio un Dickens y un Dostoievski, cuyos mundos Baroja exploró y conoció hasta sus últimos rincones antes de crear el suyo propio, un mundo menos confuso y menos exaltado que el del ruso, menos jovial y menos lacrimoso que el del inglés; pero quizá más accesible al despistado espíritu contemporáneo, que va buscando una explicación del fracaso de la época mecanizada. Con la desaparición de los valores éticos y espirituales, la vida de acción ha degenerado en una lucha brutal, tan fea y tan agobiadora que buscamos un refugio, más bien que un estimulante, para las emociones.
»Las vidas fragmentarias de los personajes de Baroja son tan parecidas a las de las existencias incompletas y frustradas de la postguerra; son “personas desplazadas” más bien por temperamento que por circunstancias. La zona templada, sin embargo, ofrece una ilusión de continuidad y de tranquilidad a los que esperan poco de la vida, pero que son exigentes con ellos mismos, como lo es Baroja. “He visto una vida humilde y oscura, sin un momento de ilusión o de suerte”, escribe el primer novelista de España a los setenta y cinco años. La fama literaria se representa por un toque al timbre, el incógnito de un lector que viene en busca de su autor…
»A pesar de su recogimiento, Baroja nunca cierra los ojos al “gran torbellino del mundo”. Sigue asomándose a todos los abismos, se da cuenta como nadie del peligro en que se encuentra nuestra civilización y sus pronósticos son pesimistas.
»Al dejar la zona templada y las calles tranquilas, al encontrarme en medio de las hordas domingueras, vomitadas por los espectáculos, me acuerdo de un diálogo entre Pepita y Larrañaga en Los amores tardíos:
«—La Humanidad, vista en masa, no es un espectáculo edificante, parece una bajeza seguir viviendo.
»—Pero todo el mundo lo desea.
»—¡Es verdad! ¡Un día más para ver el sol brillar de nuevo, para ver las nubes y las estrellas! ¡Qué admiración más pobre!»
»En las noches de primavera las calles lucen después de la lluvia y hay un olor a tierra mojada; en otoño, la luna es un globo de fuego; en verano, la brisa nocturna esparce los pétalos de flores de acacia por las aceras, y en invierno sopla el viento por los árboles desnudos del parque. Pero, a pesar de estar en medio de la villa, hay una zona templada que resiste a todos los cambios de temperatura. Esta zona ha sido creada, a fuerza de constancia y aislamiento, por un solo hombre: un hombre ya viejo, con aire helénico, entre fauno y filosófico. Al marcharse la tertulia se sienta a cenar, se acuesta, duerme mal, se levanta al alba y empieza a escribir, como un trabajador más, hasta que suena el timbre anunciador de la amistad y del incógnito pidiendo entrar en la zona templada, el último rincón del individualismo, donde la monotonía se levanta de los escombros con la mirada muerta de sus miles de ventanas sin cristales, todas desproporcionadas, pero todas iguales. ¿Mirada del porvenir?
»Tal vez Baroja, creador de la zona templada, posee la ciencia del Número de Oro de la buena proporción en las relaciones humanas, como los griegos tenían en la arquitectura; car tout est un jeu de balance, como decía el poeta Moreas, griego él también. Y por mí, en cuanto vuelvo a la zona templada, recobro el equilibrio perdido en los tranvías, en el Metro y en las otras situaciones precarias en que nos encontramos hoy día.
»Clover Pritchart.

Pío Baroja
Bagatelas de otoño
Desde la última vuelta del camino - 7

Baroja aporta la claridad de sus contradicciones y el ejemplo de su soledad creadora. Era vasco y aun cantor etnicista de un pasado mitológico, pero no carlista o bizkaitarra, agnóstico, escéptico y anticlerical que admiraba el genio de Ignacio de Loyola, individualista —«prefiero tener la moral de perro vagabundo que de perro en jauría»— más que ácrata o liberal, en absoluto demócrata y más atento a las personas que a las organizaciones de cualquier calaña, sordo a la palabrería y a los picos de oro, romántico y creyente en el progreso de la ciencia, aunque no la entendiera, que no en el moral, y pesimista cerrado ante la que juzgaba decadencia general de las artes. En estas Memorias resulta vana la búsqueda de un futuro. No existe.

LA CONFIDENTE Y LOS FUSILAMIENTOS DE ESTELLA

LA CONFIDENTE Y LOS FUSILAMIENTOS DE ESTELLA
ESTABA preocupado porque sus dos agentes García Orejón y Bertache no daban señales de vida. Había pensado enviar un nuevo agente al campo carlista para que observase el carácter de la escisión entre marotistas y partidarios de Arias Teijeiro, y hasta qué punto llegaba el odio entre ellos. Aviraneta consultó el caso con doña Paca Falcón, la anticuaria de Bayona, y esa le dijo que tenía una agente capaz de ir al campo carlista y de realizar con inteligencia la comisión que se le indicara. Era la señorita de compañía de una familia francesa que vivía en una casa de campo en las inmediaciones de Bayona, hija de un corregidor de Guipúzcoa, amigo y asesor de Zumalacárregui: María Luisa de Taboada.
María Luisa era muy conocida en el pueblo por su ingenio, su desparpajo y su exaltación carlista. En tiempos de Zumalacárregui había desempeñado algunas misiones diplomáticas en Madrid, Turín y Nápoles, por lo cual se la consideraba como dotada de sagacidad y de travesura.
Aviraneta dio largas instrucciones a María, escritas con tinta simpática, acerca de lo que tenía que hacer y decir al verse con Maroto y con los generales carlistas del bando exaltado. Le entregó también diez onzas de oro para el viaje, que María cosió en el corsé.
A final de enero, con los papeles en regla, María Luisa tomó la diligencia, y después de pasar por San Juan de Luz, fue por los montes hasta Oyarzun, en donde durmió.
Escribió al día siguiente desde Tolosa a don Eugenio diciéndole que la mayoría de la gente con quien hablaba era partidaria de los presos ya libertados de Arciniega. Villarreal no tenía mando, y aún esperaba para obtenerlo el que el padre Cirilo subiese al poder.
El 3 de febrero llegó a Vergara, y presenció la entrada del pretendiente. Después fue a una misa de gala muy decorativa. En la iglesia, en el sitio de honor, estaban Don Carlos y su hijo vestidos de uniforme; la duquesa de Beira, con traje de cola muy lujoso, y luego la corte: galones, penachos, plumeros, levitas; el general Uranga, doña Jacinta, la Obispa; la camarista señorita de Arce, el obispo de León, etc., etc.
Dos días después salió para Estella en un carricoche roto y desvencijado.
Entró en Estella. Todas las posadas estaban ocupadas. En el pueblo había una gran agitación. La plaza solía llenarse mañana y tarde de corrillos de apostólicos, a quienes apodaban los de la vela verde.
Una mañana, la señorita de Taboada vio allí al general Guergué en un grupo de sus partidarios. En el corro, al lado de Guergué, estaba el oficial de la Secretaría de Guerra, don Luis Ibáñez, hombre de confianza de don Juan Antonio. En estos corros encontró a Orejón y a Bertache.
Orejón le dijo que existía una conspiración entre los puros, en la que entraban los generales García, Guergué, Sanz y Carmona, el intendente Uriz, el cura de Allegui, don Juan Echeverría; don Ramón Alló, capellán del Estado Mayor general, y otros, todos apostólicos rabiosos y absolutistas puros y netos.
Los generales rebeldes habían pensado prender a Maroto cuando pasase revista a varias fuerzas destinadas a cruzar el Ebro, y fusilarlo.
La opinión general reputaba a Maroto de masón, carbonario y protector de todos los pícaros y ateos; además, se entendía, según aseguraban, con los liberales.
Los puros, como se decían ellos, confiaban en su triunfo. Creían que la trampa preparada para Maroto, y que, según decían, había perfeccionado Carmona, era una maravilla de maquiavelismo y de precisión, y dormían tranquilos.
El general García, que estaba como loco, pidió un plan a Carmona para sublevar Navarra contra Maroto. Este plan se lo enviaron a Guergué a su casa de Legaria con un primo suyo que se llamaba Lagardón, y a quien la gente llamaba lagartón. Después de haberlo examinado Guergué, se lo volvió a dar a Carmona, y este mandó el proyecto definitivo a García por intermedio de María Luisa de Taboada. María Luisa se lo dejó a García Orejón, y este lo copió.
García Orejón pensaba entregar en persona este plan a Maroto.
Llevaba María Luisa una semana en Estella. Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas. Se decía que Maroto había llamado al brigadier don Teodoro Carmona y le había dicho:
—Voy a Estella. Vaya usted primero, y advierta usted a sus amigos García, Guergué y Sanz que se preparen y se defiendan, porque con sus mismas fuerzas los voy a fusilar.
Estos rumores eran ciertos. Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad. A media tarde empezaron a entrar en Estella los soldados del generalísimo.
El general García hizo la baladronada de asomarse al balcón de su casa con sus ayudantes a ver la entrada de Maroto, y no le saludó ni se presentó a él. Se decía que los batallones navarros estaban tomando posiciones en las casas del pueblo y en la carretera de Pamplona y de Logroño para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad.
De pronto se vio pasar por la plaza un cura rodeado de soldados. Como ya estaba oscurecido no se le veían las facciones.
El cura era el general García, que, disfrazado con sotana y manteo, pretendió escapar por el portal de San Nicolás, y el centinela le detuvo.
Se decía que le iban a fusilar vestido de cura.
De madrugada pasaron por las armas a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona. Los fusilaron en una era detrás de la casa del Prior, de espaldas y arrodillados, como a los traidores, y a García con la sotana que llevaba puesta para escaparse.
Al día siguiente le tocó el turno al secretario del Ministerio de la Guerra, Ibáñez, que fue también fusilado.
El 27 de abril, María Luisa de Taboada apareció en Bayona, y fue a visitar a don Eugenio. María Luisa era novia del general Villarreal; pero a este no le reponían en su puesto; le tuvieron preso y, además, estaba tísico. Como no tenían medios para casarse, María Luisa volvía a Bayona a continuar siendo señorita de compañía.
Aviraneta propuso un nuevo viaje a María Luisa al campo carlista para enterarse de lo que pensaba Villarreal y sus amigos. Unas semanas después regresaba María a Bayona muy descontenta de su viaje. Villarreal, el padre Cirilo y sus amigos habían quedado de nuevo cesantes y reducidos a la más absoluta impotencia.
Antes de estos acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron la vida los cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a organizar su acción contra el carlismo y hacer propaganda en favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.
Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de Hernani a Andoain.
La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba produciendo en el carlismo, la tuvo de la corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las covachuelas, en una tienda de tiradores y de galones, vivía una viuda que se había vuelto a casar con un coronel carlista llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en Bayona.
Este Calcena era un aventurero, un bandido, que había sido militar y jugador de ventaja.
Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la correspondencia de Calcena, y por esta se supo los preparativos de los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.
A pesar de todas las alharacas, la facción absolutista y teocrática sucumbió completamente a los golpes de Maroto, por inercia de sus jefes y cobardía de Don Carlos. Todos los esfuerzos para reanimar el partido de los puros y hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la derrota y la humillación convencidos de que su causa estaba perdida.
Por esta época, Aviraneta redactó y mandó imprimir una proclama falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga, confesor de Don Carlos y uno de los expulsados después de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, pico de oro, era un fraile un tanto grotesco.
En la falsa proclama de Aviraneta, atribuida a Larraga, se aseguraba que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo que estar vendido al demonio.
La alocución apócrifa de don Eugenio terminaba así:
«¡Viva la religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!»
Esta alocución causó sensación profunda en el campo carlista.

Pío Baroja
Aviraneta o la vida de un conspirador

La biografía sobre Eugenio Aviraneta e Ibargoyen Echegaray y Alzate, que hoy presentamos, fue publicada por primera vez en 1931, tres años antes que el novelista terminara de escribir las «Memorias de un hombre de acción», que constan de veintidós novelas. Apareció al público entre La venta de Mirambel, firmada en Madrid en 1930, y Crónica escandalosa, que firma en Itzea, en 1934.
Baroja comenzó a escribir sobre la vida aventurera de Don Eugenio en 1912 y terminó en 1934. A lo largo de esos años fue reuniendo una importante cantidad de folletos, libros y estampas de la época en que actuó el conspirador político e insertó, junto a lo puramente biográfico de su protagonista, otras narraciones imaginadas que enriquecían el ambiente y que en esta biografía suprimió por razón de espacio. No por ello decrece su interés, pues se mantiene la parte biográfica de tan singular personaje que lucha junto al cura Merino en la Guerra de la Independencia, que hace la campaña de 1823 con El Empecinado, que participa y prepara el Convenio de Vergara o va a México y combate junto al brigadier Barradas en la aventura veracruzana o asiste, románticamente, a la enfermedad y muerte de Lord Byron en Missolonghi, en su ayuda a lograr la independencia de Grecia contra los turcos desde el barco el Cefaloniota.
Pocos españoles han tenido en ese siglo una vida tan azarosa como la de Don Eugenio, el coraje de luchar por la libertad como él la tuvo.
La pasión, la fuerza, la intriga que desarrolló nuestro protagonista llegaron a entusiasmar a su sobrino-nieto Pío Baroja, de tal manera que escribió esas veintidós novelas que forman el eje central de su obra literaria y que son una historia viva de los avatares de España durante esos años.
Pío Caro-Baroja

Un ente de razón

Un ente de razón
Después hablé de mis gestiones para encontrar casas que me dieran su representación comercial, y le dije a don Eugenio que de una manera más bien honoraria que efectiva, podía titularme representante de la casa Collado, de San Sebastián.
—Está bien eso.
—Traigo, además, una carta para el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa.
—¿La tienes ahí?
—Sí.
Le di la carta, la leyó y me dijo:
—Es una carta corriente; no sé si te servirá de algo. Si vas a verle a Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.
—No le hablaré; no tenga usted cuidado.
—Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisión que tenemos que fundar.
—¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?
—Tú serás uno de los socios.
—¿Y el otro?
—El otro será el señor Etchegaray.
—¿Y quién es el señor Etchegaray?
—El señor Etchegaray es un ente de razón.
—No sé lo que es eso.
—Pues es un personaje que no existe.
—¿Y para qué lo necesitamos?
—Él dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión; así, cuando tú alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa en la que se leerá:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
Casa de comisión
—Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de pájaro es este Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por él.
—Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos cincuenta y cinco a cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico…
—Lo mejor sería que hiciera usted un documento de identificación completo.
—Lo voy a hacer ahora mismo.
Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de papel y escribió: «Dominique Michel Etchegaray Leguía».
—¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?
—Sí; tío tuyo y primo mío. «Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado, viudo; profesión, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos, garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano…».
—¿Tiene hijos?
—Uno, que está en América establecido.
—¿En qué república?
—En Méjico.
—¿Qué ha hecho mi tío por allá?
—Ha sido comerciante y minero en California.
—¿Tiene parientes en Francia?
—No; únicamente una hermana en España.
—Que es, naturalmente, tía mía.
—Claro.
—¿La haremos soltera o casada?
—Soltera.
—¿La tía Juana?
—Bueno.
—¿Dónde vivirá?
—En Vergara, si te parece.
—Muy bien.
—Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de Dominique Etchegaray, avecindado en Bidart; luego haremos la escritura de sociedad comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo, y andará yendo y viniendo de España.
Cuando tú pongas tu oficina, yo escribiré siempre a nombre de Etchegaray.
—Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?
—Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirás que cuando quede vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana por la mañana irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie, el comercio del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón, que es española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas, dándote el dinero que necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos comunicaremos por carta; tú me escribirás a nombre de Iturri; yo, a nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisión esté establecida. Mientras tanto, si te necesito, te avisaré.
—Bueno.
—Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la lucha carlista.
—Muy bien. Comprendido.
Me despedí de Aviraneta, y fui marchando después hacia el centro del pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.

Pío Baroja
El amor, el dandismo y la intriga
Memorias de un hombre de acción - 13

Esta obra, terminada en Vera de Bidasoa por octubre de 1922, se halla constituida por cuatro partes y en ellas vuelve a ser personaje central el narrador, Pedro Leguía. Retoma el argumento un poco abandonado que comenzara en El aprendiz de conspirador. Bayona es el centro de la intriga al principio, como lo será en otras novelas de la serie, inmediatamente posteriores. Abundan las descripciones y pinturas del ambiente de 1837. Leguía es joven, apuesto, el dandismo está a la orden del día.
Esto y sus actividades peculiares le dan motivos para apuntar muchas ideas y observaciones sobre la vida amorosa y la política y sus hombres. Pero también hay parte dedicada a descubrir la situación de la zona fronteriza avanzada ya la primera guerra civil; el novelista transcribe, así, canciones vascas de circunstancias (algunas recogidas en Vera). La tercera parte recoge experiencias muy distintas y varias, en París y Madrid. La trama mayor de todas las urdidas por Aviraneta para provocar la desorientación en el campo carlista se va desarrollando en las partes cuarta y quinta, llenas de incidentes novelescos e intrigas amorosas que justifican sobradamente el título.

Luisa Carlota intrigó todo lo que pudo, y regaló a su sobrina Isabel un medallón de oro con pelo de Paquito.

CONSIGUIÓ, por fin, el conde de Parcent, a final de septiembre de 1841, aunque no con gran oportunidad ni con gran fortuna, el permiso de que los infantes volvieran a España. Justamente cuando iban a entrar por la frontera ocurrió, el 7 de octubre, la rebelión de los moderados y el alzamiento de Vitoria y de Pamplona. Se dieron entonces órdenes para impedir la entrada de los infantes, Traía don Francisco de Paula el camino de Canfranc, y dispuso el Gobierno que si entraba en España no pasara de Zaragoza. En la frontera estuvo detenido hasta la terminación de los alzamientos.
Al saber el final de la rebelión envió un correo a Madrid con una carta para el Gobierno, muy expresiva. En ella se ofrecía a defender la regencia del duque de la Victoria, poniendo a su servicio sus bienes, su espada y las de sus hijos. Para evitar réplicas y observaciones, al mismo tiempo del ofrecimiento se dirigió canino de la frontera vasca.
Hizo el viaje en silla de posta, acompañado de don Hipólito de Hoyos, mayor de la Secretaría de Estado, enviado por el Gobierno para felicitar a los infantes. Iban también el conde de Parcent y Pereira, secretario particular de don Francisco, hombre resuelto, diestro en la intriga, ex director de El Graduador y autor del folleto titulado Matrimonio de la reina Cristina con Muñoz.
La revolución de don Paco fue adoptada por la infanta doña Carlota, quien, con ademanes briosos y llenos de fuego, le aconsejó que, al llegar a Madrid, entrara blandiendo la espada al frente de las huestes del duque. A don Paco le pareció esto excesivo.
Al saber María Cristina el proyecto de su cuñado, intentó impedirlo mediante la influencia de Luis Felipe. Don Francisco de Paula encontró obstáculos para cruzar la frontera vasca, y entonces don Paco pasó por Olorón y fue después a Zaragoza, mientras doña Luisa Carlota se dirigía por mar a Santander, para llegar a Burgos, en cuya ciudad se reunieron los cónyuges, y permanecieron algunos días alojados en casa del diputado don Antonio Collantes.
Se dijo que don Paco estuvo a punto de caer en manos de los sublevados, cuyos jefes habían dado la orden de conducirle preso, si lo encontraban, a la ciudadela de Pamplona.
Instalados en Burgos, el conde de Parcent fue a Madrid a gestionar el traslado a otro pueblo menos frío, y, tanto el conde como el diputado Collantes no perdonaron medios para obtener la autorización de residencia para los infantes en Madrid; pero no la obtuvieron, y sólo pudieron conseguir su traslado a Sevilla, con la promesa de permanecer en la corte quince días para descansar del viaje y proveerse de las cosas más necesarias. La promesa no la cumplieron los infantes, que se quedaron en Madrid y comenzaron a intrigar.
La primera entrevista de Carlota con su sobrina Isabel II y su hermana fue muy fría. La reina niña llamaba a la infanta su merced, y Luisa Carlota dijo: «Si me tratas así, me obligarás a que yo te diga Majestad».
A pesar de los arrumacos de los infantes, no hubo cordialidad en la familia.
Poco después pidieron estos para su hijo don Francisco de Asís el que le nombraran capitán de Húsares de la Princesa, y para el segundo, don Enrique, una plaza de guardia marina. El joven don Francisco de Asís comenzó a darle escolta en sus paseos en coche a Isabel II.
Al acercarse Paquito a Isabel pensaban la infanta y el conde de Parcent comprometer a la reina joven con su primo para llegar al matrimonio proyectado.
Luisa Carlota intrigó todo lo que pudo, y regaló a su sobrina Isabel un medallón de oro con pelo de Paquito.

Pío Baroja
Desde el principio hasta el fin
Memorias de un hombre de acción - 22

Desde el pincipio hasta el fin, contiunación de Crónica escandalosa, se desarrolla en la España convulsionada tras la guerra carlista, y recrea los postreros años de actividad política de Aviraneta. En él, se reúnen varios relatos que van desde la caída de María Cristina hasta los años en que Aviraneta vivió en San Sebastián, e incluye un epílogo a las «Memorias de un hombre de acción» donde se da cuenta de los desvelos del autor para obtener los materiales con los que compuso esta monumental obra.

El final de una sociedad aristocrática

EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ARISTOCRÁTICA.  (24 de junio de 1940)
(Fragmento)
Casi siempre sucede que al pasar una época y verla ya con una perspectiva lejana es cuando se le comienza a encontrar algún carácter. El final del siglo XIX y el principio del XX, período en el que vivió uno lo más importante de su existencia, se presenta ahora ante mí como una continuación del siglo XVIII. Pienso que esto era en España más que en otros países de Europa, quizá en Madrid más que en otros pueblos españoles.
A esta época de aristocratismo y de romanticismo los jóvenes de entonces no la mirábamos con toda la simpatía merecida; no nos daban un pequeño medio de vivir, y protestábamos; sin embargo, estábamos muy dentro del tiempo, empapados en él.
Antonio Machado, a quien conocía desde 1898 y a quien no veía casi nunca, me envió hace años un tomo de poesías con un soneto dedicado a mí, que terminaba con estos dos versos, que me produjeron cierta melancolía:
De la rosa romántica en la nieve
él ha visto caer la última hoja.

No seré el único, pero creo que soy uno de los que han visto marchitarse y caer esa corola del romanticismo.
El siglo XIX en toda Europa, a pesar de su aparente democracia, fué un tiempo aristocrático y distinguido; se sentía el culto del yo, el egoísmo, el anhelo por la superación y por la elegancia, lo mismo en la vida social que en la política y en la literaria. Conservadores, liberales, escritores, artistas, cómicos y hasta anarquistas, tenían un fondo de preocupación por la distinción y por el buen tono.
En Inglaterra, por ejemplo, país del dandismo, habían lucido en este siglo infinidad de grandes personajes; Lord Byron, Shelley, Disraeli, Carlyle, Dickens, O’Connel, Gladstone, Spencer, Chamberlain, el de la orquidea, y otros muchos.
Francia dió sus modelos: Napoleón, con su aire aquilino y la mano en el pecho; Talleyrand, príncipe de la Revolución y de la realeza, con su traje de corte; Lamartine, esbelto, con su levita entallada; Guizot, con su aire severo y protestante; Thiers, pequeño, seco y agudo; Renán, con su aire clerical; Napoleón III y la emperatriz Eugenia, con su corte de damas de crinolina y miriñaque ilustradas por Winterhalter.
En Alemania, Bismarck, con su casco y su uniforme sin cruces y sin galas, era solemne; también lo era Moltke, con su aspecto de esfinge, severo y terrible.
En España, políticos y poetas presentaban en el siglo XIX un aire aristocrático: Mendizábal, Zumalacárregui, Martínez de la Rosa, Espronceda, el Duque de Rivas, Zurbano, Cabrera, Prim, Sagasta y la Reina Regente, cada cual en su género, eran grandes tipos.
Los músicos, los filósofos, los sabios, todos tenían prestancia. Entre los primeros, Beethoven, Weber, Rossini, Wagner, Verdi; entre los filósofos, Schopenhauer, Hegel, Schelling; entre los sabios, Darwin, Claudio Bernard, Pasteur, Berthelot, Wirchow, Roberto Koch.
Hasta los regicidas y anarquistas fueron tipos estilizados: Louvel, Fleschi, Orsini, el cura Merino, Ravachol, Angiolillo, Mateo Morral.
El romanticismo que comenzó en el primer tercio del siglo XIX llegó en su agonía hasta la guerra europea del 14.
Madrid, a pesar de no ser un pueblo rico ni pomposo, tenía al final del siglo XIX un señalado aire aristocrático. Era lástima que no pudiéramos comprenderlo los contemporáneos ni compararlo con otras épocas para gustar del tiempo. A veces protestábamos. No sabíamos lo que iba a venir. Si lo hubiéramos sabido no hubiéramos protestado.
Madrid era un pueblo sonriente que se dejaba vivir con sus virtudes y sus vicios, sus cualidades y sus defectos en una perfecta inconsciencia. ¡Qué noche de alegría y de despreocupación la madrileña! ¡Qué teatros de género chico! ¡Qué vida callejera! ¡Qué música popular! Es sin duda necesaria cierta laxitud para que la vida pueda ser sonriente y alegre.
A veces parece que la ruina de las cosas precede a la de las ideas. Así el teatro Real de Madrid, como si sospechara que en un régimen socialista o fascista no podría sostenerse, decidió hundirse, e hizo lo mejor que podía haber hecho.
Yo había asistido a él, al paraíso, como los estudiantes, y de frac y de chaleco blanco algunas veces, a platea. Seguramente había de ser imposible que este teatro volviera a su antiguo esplendor. Estaba sin duda en lo hacedero que se restauraran la decoración de la sala y del escenario y sus cimientos, pero el público antiguo, y entre él yo de estudiante o con un frac en un palco, ya no se podía restaurar.
Se comprende que en España en esta última época ha habido un desprendimiento, un agujero abierto que ya nadie llenará.
Esos aventureros de la política sin escrúpulos, estilo Lerroux, y la gente de su cuerda; esos pedantes de Ateneo del tipo de Azaña y compañía; esos comunistas sabihondos, de cerebro rapado, hicieron que la señora que tenía aire y costumbres distinguidos se convirtiera en una patrona de casa de huéspedes, y los que han venido después han hecho de ella una sargenta o a lo más una tenienta.

Pío Baroja
Desde el exilio
Artículos


—Sí, es verdad. Indudablemente, se ha armado la gorda —dijo.

Al día siguiente de la llegada de don Eugenio, mi difunta mujer le contó cómo nuestro sobrino Daniel estaba en Madrid escondido, en casa de la peinadora de marras, y cómo se decía que se preparaba una gorda. Mi difunta temía que el chico interviniera y le pasara alguna desgracia.
Daniel era uno de los partidarios acérrimos del general Contreras, que a mí nunca me pareció más que un bárbaro, y asistía con otros militares a unas reuniones revolucionarias de la calle de Jesús del Valle. El día 21 de junio por la mañana salí al centro de Madrid por cuestión de negocios, y me dijeron que los billetes de Banco se cambiaban con dificultad; era esto un engorro para la industria y el comercio. En unos lados pedían el seis por ciento de comisión; en otros, el ocho. En el café Suizo se exigía el dieciséis. Yo tenía que pagar unas facturas de papel y de tinta y querían que entregara oro y plata, a lo que no me encontraba dispuesto. Estaba un poco preocupado con este asunto.
El día siguiente, que era 22, me desperté a las tres o cuatro de la mañana con el zumbar de grandes estampidos sordos. Eran cañonazos. Me levanté, salí a la ventana de la cocina, y en el silencio oí un estrépito de tiros, descargas cerradas y resonar de los cañones. Me quedé espantado. Fui a llamar a don Eugenio a su cuarto.
—Don Eugenio, don Eugenio —le dije.
—¿Qué pasa? —me preguntó él.
—¿No ha oído usted?
—No; ¿qué ocurre?
—Yo creo que se oyen tiros y cañonazos.
Don Eugenio se incorporó en la cama y escuchó.
—Sí, es verdad. Indudablemente, se ha armado la gorda —dijo.
A él, a pesar de su edad, le hervía la sangre, y eso que pasaba de los setenta y cuatro años.
Salimos a la azotea y estuvimos oyendo el tiroteo, lejano y próximo, que resonaba por todas partes. A las siete de la mañana, el chico de la imprenta, Santiaguillo, hijo de mi regente, vino con la noticia de que en Puerta Cerrada había una barricada con muchos paisanos armados, dirigidos por Paco el Federal, y entre ellos estaban dos de mis cajistas, uno llamado Polonio Sánchez, a quien decían de mote el Pelusa, y otro, Pedro Ferreiro, alias el Galleguín.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —le pregunte yo al aprendiz.
—Pues nada, que se ha sublevado el cuartel de San Gil y todo Madrid.
Al oírlo mi mujer se sobresalté.
—Ese Daniel, ¿qué habrá hecho? —exclamaba a cada instante—. A ese chico le ha pasado algo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué desgracia!
—Vamos a enterarnos —dijo Aviraneta de pronto.
—Bueno, vamos —indiqué yo, aunque no tenía maldita gana de salir de casa.
—No te alejes, ¡por Dios! —me empezó a recomendar mi difunta mujer.
—Podemos acercarnos a Palacio a curiosear un poco —advirtió don Eugenio, que ya se había vestido y puesto las botas.
—Bueno —repuse yo, aunque un poco tembloroso y asustado.
Nos dispusimos a salir.
—Si le preguntan algo —me indicó don Eugenio en la escalera—, no se le ocurra a usted decir que busca a un sobrino suyo entre los sublevados, sino en la tropa.
—Así lo haré.
Salimos de casa y quisimos avanzar por la calle de Segovia arriba. Se oía un estrépito de tiros que no cesaba. Nos detuvimos.
—Por Puerta Cerrada es imposible pasar —explicó un artesano haraposo que venía corriendo anhelante.
—¿Pues qué ocurre?
—Que se hace fuego por todas las calles que desembocan allí. Hacia la plaza de la Villa hemos visto un torero muerto.
—¿Un torero?
—Sí, un torero vestido de corto. Por los otros callejones se dispara desde los tejados y está uno expuesto a que lo maten.
El hombre haraposo se fue, y otro más sereno nos dijo que quizá podríamos pasar por la calle del Rollo. Nos unimos a un comandante retirado, de la vecindad, el comandante don Perfecto Sañudo, padre de un alabardero. Don Perfecto quería también llegar a Palacio.
Salimos los tres a la plaza del Cordón. Al asomarnos a ella dos soldados se echaron el fusil a la cara, nos apuntaron y nos dieron el alto.
El viejo comandante Sañudo dio las explicaciones necesarias con aire de mando y nos dejaron entrar en el callejón que sale a la plazuela de la Villa, en la cual encontramos unos oficiales. Estos nos indicaron que para ir a Palacio debíamos bajar a los Consejos, y de allí dirigirnos por la plaza de la. Armería.
Avanzamos por entre pelotones de soldados. Nos pararon, nos preguntaron; nos dijeron unas veces que podíamos pasar y otras que no; llegamos al arco de la Armería, cruzamos la plaza, entramos por la puerta de Palacio, dimos nuestros nombres a un centinela y penetramos por el postigo.
El comandante don Perfecto y Aviraneta subieron. Yo no me atreví, y esperé en el puesto de guardia.
Por lo que me dijo después don Eugenio, en las habitaciones particulares de Palacio estaban la reina, el rey y otras seis o siete personas.
En aquel momento llegó el general Quesada, y dijo:
—Ya se ha terminado lo de San Gil. Ahora se va a emprender el ataque a la plaza de Santo Domingo y de la calle Ancha.
El general Narváez, herido delante del cuartel de San Gil, estaba en un sofá y le reconocía, y después le vendaba, un médico de la Casa Real.
Aviraneta conocía a Quesada, y le pidió un salvoconducto para ir a su casa de la calle del Barco, donde dijo le esperaba su mujer.
—Le van a detener los sublevados —le advirtió el general.
—Yo me las arreglaré.
—Bueno, está bien.
Quesada escribió unas palabras en un papel, que firmó, y se lo dio a don Eugenio.
—¿Quién está sublevado en la plaza de Santo Domingo? —le preguntó Aviraneta.
—Debe de ser Contreras.
Me contó también don Eugenio que Narváez, al verle por el hueco de la puerta, le reconoció y le dijo:
—¡Qué demonio! ¿Es usted, compadre? Yo creía que hacía ya mucho tiempo que se había ido usted al otro barrio.
—Pues ya ve usted, mi general, que sigo todavía en este.

Pío Baroja
Desde el principio hasta el fin
Memorias de un hombre de acción - 22



Pero ¿dónde está el dinero? ¿Dónde están los cañones?

—Así, ¿que usted cree que Espartero tomará la plaza?
—Yo creo que sí.
Hablamos luego del valor que tenía el fuerte de San Pedro Mártir.
Lazamborda tampoco creía en él.
—Al principio —me dijo—, el barón de Rahden comenzó a fortificar el alto de San Pedro Mártir, en agosto del año anterior, y pensaba hacer un baluarte bueno; pero el barón prusiano, cuando fue herido en el sitio de Montalbán, pidió permiso a Cabrera para marcharse a su país a restablecerse de sus heridas y no volvió.
—¿Y no se ha seguido la fortificación?
—No. A Rahden le sustituyó mi jefe, el teniente coronel de cazadores don Juan José Alzaga, que vino con gran actividad a seguir los trabajos de fortificación de San Pedro Mártir. Pero ¿dónde está el dinero? ¿Dónde están los cañones?
—Así, ¿que esto vale poco?
—Nada.
Como a Lazamborda le gustaba hablar y tomar una copa, yo compré una botella de aguardiente y otra de ron, que se vendían muy caras; las llevé a mi cuarto y solíamos beber un trago al lado del fuego.
El día 22 de mayo hubo en Morella un ventarrón frío y la gente estuvo metida en casa, no se oyó cañoneo en las inmediaciones del pueblo. El 23 comenzaron los liberales a bombardear el fuerte de San Pedro Mártir. Se contó entre la gente que unas compañías carlistas del batallón de Valencia hicieron retroceder a los cristinos y se celebró esto como una gran victoria para animar el espíritu de los morellanos.
Le pregunté qué había de cierto en ello a Lazamborda y me contestó:
—¡Bah! Eso no significa nada.
El día 24 siguió el cañoneo desde la mañana y el gobernador Peret del Ríu hizo una salida con un regimiento de miñones. Vimos desde la muralla cómo avanzaban y retrocedían los soldados, pero no nos dimos cuenta de quién llevaba la mejor parte en la acción. Se vio que corrían por el campo los pelotones de caballería y brillaban los sables y las puntas de las lanzas al sol. El resultado del encuentro no pareció muy claro. Lo peor para los carlistas fue que algunos soldados del fuerte de San Pedro Mártir se pasaron a Espartero.
«El fuerte no tendrá más remedio que rendirse», me dijo Lazamborda.
El día 25 por la madrugada se oyó un terrible cañoneo hacia San Pedro Mártir y una gran algarabía en las primeras horas de la tarde.
El fuerte se había rendido. Espartero mandó a un oficial ex carlista de los convenidos en Vergara como parlamentario y este oficial fue quien persuadió a los del fuerte a que se rindieran.
Al saberlo, puse en el balcón central de la calle de la Virgen las dos toallas blancas y la chaqueta negra como señal y al día siguiente un comandante y dos tenientes se descolgaron por la muralla y se pasaron a los liberales.
Peret del Riu, Castilla y sus ayudantes recorrían las calles para animar el espíritu de la ciudad. Iban con ellos varios curas y frailes, entre ellos Llorens y Escorihuela.
Se ponían a perorar en las esquinas y en lo alto de las barricadas y llegaban a entusiasmar a los soldados.
Lazamborda indiferente decía: «¡Bah!, todo eso no sirve para nada».
Había comenzado el bombardeo del pueblo y del castillo. Venían por el aire las bombas, despacio; metían estas un ruido como el graznido de un cuervo. La gente las llamaba las grullas.

Pío Baroja
Los confidentes audaces
Memorias de un hombre de acción - 19
 

Poco antes de acabar la primavera de 1930, Baroja llevó a cabo un viaje en auto por tierras del Bajo Aragón, del Maestrazgo y Valencia. De Alcañiz fue a Morella y desde Morella visitó pueblos como Cantavieja, Mirambel, etc. Después, por Segorbe bajó a la costa, siguiéndola llegó a Valencia, de Valencia a Játiva y de allí volvió a Madrid. Muy abundantes fueron las notas que tomó en este viaje y le sirvieron para escribir la trama novelesca de dos obras que en las «Memorias de un hombre de acción» reflejan la vida en la zona indicada durante los últimos tiempos de la primera guerra carlista, en la que fue, como es sabido, uno de los principales focos del carlismo, simbolizado por la figura de Cabrera. La primera de estas dos novelas es la llamada Los confidentes audaces y está dividida en dos partes. De ellas, la primera, ­«Aviraneta preso», ­­constituye por sí un relato bastante autónomo. La segunda, «El número 101», refleja más el viaje aludido y da una visión magnífica de Morella, sus habitantes y sus alrededores al momento en que era uno de los bastiones de la causa carlista. También retratos de sus principales cabecillas.
 


Blogs y Webs

  • Sofia - Sin tilde, sí, la capital de Bulgaria. A ella dedicó este libro Juan Eduardo Zúñiga, uno de los escritores españoles más secretos del siglo XX y, sin em...
    Hace 5 días
  • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
    Hace 8 años