23 de marzo (Ha vuelto el invierno. La nieve cae en espesos copos.)


23 de marzo
Ha vuelto el invierno. La nieve cae en espesos copos.
Superfluo, superfluo… No podía encontrar una fórmula más precisa. Cuanto más escarbo en mi interior, cuanto más atentamente examino mi vida pasada, más me convenzo de la estricta verdad de esa expresión. Superfluo. Ni más ni menos. Esa fórmula no se aplica a los demás hombres… Los hombres son malos o buenos, inteligentes o estúpidos, agradables o desagradables, pero no superfluos… No quiero decir, entiéndame bien, que el mundo no pueda prescindir de ellos… Ya lo creo que sí; pero su inutilidad no es su característica principal, su rasgo distintivo. Cuando habláis con ellos, el término «superfluo» no es el primero que acude a vuestros labios. En cuanto a mí, lo único que puede decirse es que soy un hombre superfluo, supernumerario. Eso es todo. Por lo visto, la naturaleza no contaba con mi aparición y, en consecuencia, me trató como a un huésped inesperado e inoportuno. No en vano, un gran aficionado a las bromas y los juegos de naipes dijo una vez que mi madre, el día que me trajo al mundo, había hecho un renuncio. En estos momentos hablo de mí mismo con la mayor serenidad, sin rastro alguno de amargura… ¡Ya es agua pasada! A lo largo de toda mi vida siempre he encontrado mi lugar ocupado, quizá porque lo busqué donde no debía. He sido receloso, tímido e irritable, como todos los enfermos. Además, como consecuencia probablemente de un exceso de amor propio o, más en general, de la desafortunada organización de mi persona, entre mis pensamientos, mis sentimientos y la expresión de esos pensamientos y esos sentimientos siempre se ha interpuesto un obstáculo incomprensible, absurdo e insuperable. Y, cuando tomaba la resolución de vencer a cualquier precio ese obstáculo, de derribar esa barrera, mis gestos, mis ademanes y todo mi ser denotaban una tensión penosa. No sólo parecía afectado y poco natural, sino que lo era. Yo mismo me daba cuenta y me apresuraba a encerrarme de nuevo en mí mismo. En tales momentos se apoderaba de mí una terrible angustia. Analizaba hasta el último rincón de mi cerebro, me comparaba con otros, recordaba las menores miradas, las menores sonrisas, las menores palabras de aquellas personas ante las cuales me habría gustado abrir mi corazón, lo interpretaba todo en el peor sentido, me reía sarcásticamente de mi pretensión de ser «como todo el mundo»; y de pronto, en medio de esa risa, me hundía en la tristeza, caía en una especie de desesperación irracional; llegados a ese punto, retomaba mis tentativas anteriores. En resumidas cuentas, giraba en redondo como una ardilla en su rueda. Pasaba días enteros ocupado en esa tarea dolorosa e inútil. Y ahora, hagan el favor de decirme, ¿qué necesidad tiene nadie de un hombre así? ¿Por qué me sucedía eso? ¿Cuál es la causa de esa meticulosa preocupación por mi propia persona? ¿Quién lo sabe? ¿Quién podría decirlo?
Recuerdo que una vez partí de Moscú en diligencia. El camino era bueno y el cochero había agregado un caballo de refuerzo a los otros cuatro. Ese desdichado caballo, completamente inútil, atado de cualquier manera al tren delantero con una cuerda gruesa y corta que le rozaba sin piedad la grupa, le raspaba la cola y le obligaba a cabalgar de una forma muy poco natural, imponiendo a todo su cuerpo la forma de una coma, despertaba en mí la más profunda compasión. Le señalé al cochero que por esa vez había podido prescindir de un quinto caballo… Por toda respuesta sacudió la cabeza, le propinó al menos diez latigazos seguidos, atravesándole todo el lomo descarnado, hasta el vientre hinchado, y terminó diciendo con un poso de ironía: «¡Ya lo ve usted, ha acabado poniéndose al paso! ¡Qué diablos!».
También yo acabé poniéndome al paso. Por fortuna, la estación de postas no quedaba lejos.
Superfluo… He prometido demostrar lo acertado de mi definición y me dispongo a cumplir esa promesa. No considero necesario mencionar la multitud de menudencias, de acontecimientos e incidentes cotidianos que a los ojos de cualquier persona juiciosa habrían constituido pruebas irrefutables en mi favor, o mejor dicho, de mi punto de vista. Será mejor que empiece sin más preámbulos con un acontecimiento bastante importante que desterrará de una vez para siempre cualquier duda que pueda quedar sobre la exactitud del término «superfluo». Repito que no tengo la menor intención de entrar en detalles, pero no puedo pasar por alto una circunstancia bastante curiosa y relevante; a saber, la extraña actitud que adoptaban mis amigos (también yo he tenido amigos) cada vez que coincidíamos en algún sitio o los visitaba. Era como si se sintieran incómodos. Al venir a mi encuentro, sonreían con aire forzado y me miraban no a los ojos ni a los pies, como hacen ciertas personas, sino más bien a las mejillas, me apretaban la mano con premura y decían con cierta precipitación: «¡Ah, buenos días, Chulkaturin!». (El destino había tenido la deferencia de concederme semejante nombre.) O bien: «Pero mira quién está aquí, si es Chulkaturin», y a continuación se apartaban y se quedaban inmóviles unos instantes, como si se esforzaran por recordar alguna cosa. Yo me daba cuenta de todo, pues no carezco de perspicacia ni de capacidad de observación. En general, no puede decirse que sea tonto. A veces hasta se me ocurren unas ideas bastante divertidas, no carentes de originalidad; pero, como soy un hombre superfluo, encerrado en mí mismo, me da pavor expresar mis pensamientos, tanto más cuanto que estoy convencido de antemano de que lo haré espantosamente mal. A veces hasta me parece extraña la forma en que habla la gente, esa naturalidad y desenvoltura… «¡Qué desparpajo!», se me pasa por la cabeza. En cualquier caso, debo reconocer que, a pesar de mi ensimismamiento, a veces me entraban ganas de hablar. No obstante, sólo en mi juventud he sido capaz de pronunciar las palabras que se me pasaban por la cabeza; en la edad adulta casi siempre he conseguido dominarme. Decía en voz baja: «Será mejor que nos callemos», y al punto me tranquilizaba. A la hora de guardar silencio todos nos las arreglamos bastante bien; en particular, nuestras mujeres son auténticas maestras en ese arte: cualquier señorita rusa de sentimientos elevados muestra tal dominio a la hora de callar que hasta un hombre experimentado siente estremecimientos y se empapa de un sudor frío ante semejante espectáculo. Pero no se trata de eso, y además no me corresponde a mí juzgar a los demás. Paso a ocuparme del relato prometido.
Hace algunos años, como consecuencia de un cúmulo de circunstancias bastante insignificantes, aunque muy importantes para mí, tuve que pasar unos seis meses en la capital del distrito de O. Esa ciudad ha sido levantada en un declive y presenta una disposición bastante incómoda. Cuenta con unos ochocientos habitantes, que viven en medio de una pobreza indescriptible; sus casuchas no se parecían a nada conocido; en la calle principal, surgían aquí y allá, a modo de pavimento, temibles losas calizas mal labradas, que hasta los carruajes evitaban. En medio de la plaza, de una suciedad asombrosa, se alzaba un diminuto edificio amarillento lleno de agujeros oscuros, ocupados por personas tocadas de grandes gorras que daban la impresión de dedicarse al comercio. En ese mismo lugar descollaba una pértiga abigarrada de una altura poco común; a su vera, por si fuera menester, las autoridades habían estacionado un carro de heno amarillento, a cuyo alrededor se paseaba una gallina propiedad del municipio. En resumidas cuentas, la vida en O. no era ninguna maravilla. En los primeros días de mi estancia en la ciudad casi me vuelvo loco de aburrimiento. En ese sentido debo reconocer que, aunque sin duda soy un hombre superfluo, no es porque yo lo haya querido así. Por culpa de mi propia condición de enfermo no puedo soportar nada enfermizo… No he huido de la felicidad; al contrario, he tratado de alcanzarla tanto por la derecha como por la izquierda… Así pues, no debe sorprender que pueda aburrirme como cualquier otro mortal. Me encontraba en O. por asuntos del servicio…
Definitivamente Teréntevna ha tomado la resolución de matarme. He aquí una muestra de nuestra conversación:
Teréntevna: «¡Ah, señorito! Se pasa usted el día entero escribiendo. Tanto escribir le va a hacer mal».
Yo: «¡Es que me aburro, Teréntevna!».
Ella: «Pues beba una taza de té y acuéstese. Si lo quiere Dios, sudará usted un poco y descabezará un sueñecito».
Yo: «Pero es que no tengo sueño».
Ella: «¡Ah, señorito! ¿Por qué dice eso? ¡Que Dios nos proteja! Acuéstese, acuéstese. Será lo mejor».
Yo: «¡Por mucho que me tumbe, no dejaré de morirme, Teréntevna!».
Ella: «No lo quiera Dios… Entonces, ¿le traigo el té?».
Yo: «¡No me queda ni una semana de vida, Teréntevna!».
Ella: «¡Ay, señorito! ¿Por qué dice eso?… Voy a preparar el samovar».
¡Ah, criatura decrépita, amarillenta y desdentada! ¿Es posible que ni siquiera para ti sea un hombre?
“Diario de un hombre superfluo” de Iván Serguéievich Turguénev


22 de marzo (Los Reyes Sagrados morían en el agua)


Asesinato en el baño.
La conversación con el erudito me suministró materia para pensar. Los Reyes Sagrados morían en el agua, según el rito más antiguo, el de los tiempos de la Diosa Madre, que deja su huella en algunas tradiciones históricas: Osiris, Hércules, Minos y Agamenón perecen asesinados en el baño.
Había algo en estas historias que resultaba familiar. Una antigua tradición de Jaén señalaba el asesinato de un rey moro en los baños de la Magdalena, en el subsuelo del actual palacio de los condes de Villardompardo, un tal Alí, muerto el 22 de marzo de 1018.
Recordé el peñón de Uribe, mencionado en la oración del gitano y su emotiva leyenda: un muchacho casadero que llevaba al hospicio a su padre impedido lo depositó sobre el peñón de Uribe para descansar y despedirse de él. El anciano rompió a llorar. «¿Por qué lloras, padre?», preguntó el hijo. «Porque recuerdo el día en que llevé a mi padre al hospicio, como ahora haces tú conmigo. También yo lo senté en esta piedra para despedirme de él». El hijo, arrepentido, cargó de nuevo con el padre y lo condujo de vuelta a casa.
Los Templarios y la Mesa de Salomón de Nicolás Wilcox (Juan Eslava Galán) 

21 de marzo (HABÍA en Nuremberg un monje)


EL MAESTRO ARNOLFO
HABÍA en Nuremberg un monje, llamado maestre Arnolfo, que enseñaba latines y letras griegas, con grande autoridad y pausa, como conviene. Vínole con el loco febrero una alferecía, y quedó el maestre sordo y mudo, que ya ni rosa, rosae podía declinar. Sentía que entraba en la posada de sus últimas jornadas, y ofreció un viaje a Compostela antes de dar su alma a Dios. El día 21 de marzo salió de San Sebaldo para Compostela, y llevaba andadas dos leguas cuando vino a posarse en el hombro diestro un pájaro de muchos colores, bizantino él de pico y cola. Algo dijo el ave al maestro, pues este regresó a su ciudad, y cuenta la fama que el pájaro lo mandó Santiago Apóstol, y que era un pájaro letrado, que sabía latín como Cicerón, y griego como Aristóteles. El pájaro desde el hombro de maestre Arnolfo enseñaba las letras con la misma voz del maestre. Y así fue por espacio de veinte años.
De “Flores del año mil y pico de ave”  en “Los siete cuentos de otoño” por Álvaro Cunqueiro

20 de marzo (Los cinco pasajeros se reunieron cerca de la barquilla)

Llegó la noche. Espesas brumas pasaban como nubes a ras del suelo y una lluvia mezclada con nieve caía continuamente. Hacía frío. Una densa niebla pesaba sobre Richmond. Parecía que la violenta tempestad había puesto una tregua entre sitiadores y sitiados y que el cañón había callado ante los rugidos del huracán. Las calles estaban desiertas. No se había creído necesario, con aquel horrible tiempo, vigilar la plaza en la cual se agitaba el aerostato. Todo favorecía la partida de los prisioneros; ¡pero aquel viaje, en medio de ráfagas de viento desencadenadas!…
—¡Maldita marea! —se decía Pencroff, calándose de un puñetazo el sombrero que el viento disputaba a su cabeza. ¡Pero, bah, la dominaremos!
A las nueve y media Cyrus y sus compañeros llegaron por diversos sitios a la plaza, que los faroles del gas, apagados por el viento, dejaban a oscuras. No se veía ni el enorme aparato, casi enteramente tendido hacia el suelo. Sin contar los sacos de lastre que pendían de las cuerdas de la red, la barquilla estaba retenida por un fuerte cable pasado por una anilla fijada en el suelo y con los extremos atados a bordo.
Los cinco pasajeros se reunieron cerca de la barquilla.
Era tal la oscuridad, que ellos mismos no se veían.
Sin pronunciar palabra, Cyrus Smith, Gédéon Spilett, Nab y Harbert entraron en la barquilla, mientras que Pencroff, siguiendo las órdenes del ingeniero, desataba suavemente los saquitos de lastre. Esta operación duró unos instantes y el marino se reunió con sus compañeros.
El aerostato entonces estaba solo retenido por el doble cable y Cyrus Smith no tenía más que dar la orden de partida.
En aquel momento un perro entró de un salto en la barquilla. Era Top, el perro del ingeniero, que, habiendo roto su cadena, había seguido a su amo. Cyrus Smith, creyéndolo un exceso de peso, quiso echar al pobre animal.
—¡Bah, uno más! —dijo Pencroff, desatando de la barquilla dos sacos de lastre.
Después desamarró el doble cable y el globo partió en dirección oblicua y desapareció, después de haber chocado su barquilla contra dos chimeneas que derribó con la violencia del golpe.
Se desencadenó un huracán espantoso. El ingeniero, durante la noche, no pudo pensar en descender y cuando vino el día, toda vista de la tierra estaba interceptada por las brumas. Cinco días después una claridad dejó ver el inmenso mar debajo de aquel aerostato, que el viento arrastraba con una rapidez espantosa.
Sabemos que, de cinco hombres que habían partido el 20 de marzo, cuatro habían sido arrojados, cuatro días después, en una costa desierta, a más de seis mil millas de su país.
Y el que faltaba, al que aquellos cuatro supervivientes del globo corrían a socorrer, era su jefe natural, el ingeniero Cyrus Smith.

De “La isla misteriosa” de Julio Verne





19 de marzo (Belkis llamaba periódicamente a fin de comprobar que a Heberto no le pasaba nada)

Padilla anunció que me visitaría en mi hotel, acompañado de Saverio Tutino, el viernes 19 de marzo por la noche. Ese viernes abrí la puerta de mi suite y al lado de Tutino y de Padilla había un joven que me pareció desconocido.
—Tú lo conoces —me dijo Padilla, sin embargo, y el joven me dio la mano, sonriente.
Tutino describió las fuerzas en pugna en Chile; habló de la experiencia china en el momento de salir de la revolución cultural; del problema de la legalidad socialista en Cuba. Padilla recogía cada tema y hacía grandes elaboraciones intelectuales, casi líricas. «¡Brillante!», exclamaba de vez en cuando Tutino, con un entusiasmo y un regocijo muy italianos, como si celebrara la interpretación de un aria de ópera.
De pronto caí en la cuenta de que el muchacho que los acompañaba, que no había abierto la boca, era José Norberto Fuentes, el joven cuentista que yo había contribuido a premiar en el concurso de la Casa de las Américas de 1968. Me habría gustado conversar con él, pero todos estábamos atentos en aquella habitación a las especulaciones políticas e históricas de Padilla, que parecía hallarse en uno de sus momentos de máxima inspiración. En medio de la brisa cálida que ya anunciaba la primavera del trópico, frente a una mesa llena de botellas y de tabaco, Padilla sacaba a relucir, con visible regocijo, a Marx, a Nietzsche, a Hegel, a Rimbaud, a los poetas ingleses e hispanoamericanos, que citaba en apoyo de sus ambiciosas síntesis de la situación contemporánea en Cuba, en Chile, en el mundo.
De repente sonó el teléfono. Era la voz de Belkis, que me llegó a través de la línea con un tono de ansiedad contenida.
—¿Está Heberto?
Según la costumbre que había adoptado en aquellos días, Belkis llamaba periódicamente a fin de comprobar que a Heberto no le pasaba nada y que el manuscrito de su novela estaba a salvo. Ya no dejaban el manuscrito en el departamento, sino que se turnaban para llevarlo todo el día. Mientras Heberto asistía aquella noche a la tertulia en mi hotel, era Belkis la que aseguraba la custodia.
Podría sostenerse que las llamadas periódicas por teléfono eran una provocación; que el hecho de llevar ese manuscrito a todas partes, sin desprenderse de él un segundo, era una provocación; que por fin la existencia misma de ese manuscrito también lo era. Por ese camino es fácil concluir que la provocación está contenida en toda creación literaria. En situaciones de crisis, la vocación de escritor y la de provocador, que más que vocación es una fatalidad, un destino, se confunden. José Norberto Fuentes, con perfecta inocencia, ya lo había experimentado en carne propia al publicar su libro Condenados de condado y recibir los violentos ataques de Verde Olivo, la revista del Ejército. Esos ataques habían significado para él la pérdida de su trabajo y la marginación de la vida literaria y cultural. Ahora, mientras escuchaba la conversación y observaba la escena en silencio, seguramente sacaba sus conclusiones personales sobre todo el asunto. Quizá sospechaba que sus pruebas, a pesar de su prudente reserva, no habían terminado aún, como quedó demostrado algunas semanas más tarde. Su silencio pasó a ser entonces, en mi memoria de aquella tertulia del viernes 19 de marzo de 1971, más elocuente que las palabras de Heberto, que se deshicieron como la espuma que yo veía con el rabillo del ojo, desde mi sitio junto a la ventana, elevarse en surtidores a todo lo largo del malecón y disolverse después en la oscuridad de la noche caribeña.
En “Persona non grata” de Jorge Edwards

18 de marzo (las ovejas son los animales más inmóviles de la creación)

También estoy quieto, será cosa de familia, o que tantas horas de estarlo hagan que uno se acomode a mirar antes que a moverse, porque las ovejas son los animales más inmóviles de la creación cuando encuentran el entretenimiento del pasto, ni se tienen en cuenta unas a otras porque todas son la misma y el rebaño como la idea que cada una tenga de lo que es, todas iguales y con el mismo miedo de que alguna se separe, aunque de una menos ni se enteran, y esto es lo que hay que hacer, mirar, mirarlas, estar un poco como ellas, en parecida disposición, la quietud del pastor que hace de mi vida ese tiempo tan largo de los que no se mueven, cuando el perro ya tiene esta maña que tiene el gozque, el olfato, el instinto, la intención, y a él le dejo la mayor responsabilidad porque va a cumplir como si lo hiciera yo mismo y, al fin, también yo estoy aquí para moverme al menor espanto o cuando una de ésas, la más tonta, se vaya sin sentido, aunque el gozque no la va a dejar, por mucho que ande entretenido en la otra banda, es la ciencia de los perros que tienen la maña por entrenamiento y naturaleza, aquel cimarrón de pelo suelto, el baldado bermejo, la negra con la pinta en la frente, todos cruzados, sin raza pero con la codicia que da la listura, lo que uno siente que se echen a perder o se accidenten en el alambre, o lo que hizo el cetrino cuando la boba más boba del rebaño, en Lises, salió del camino porque iba la última y el cetrino no la vio, cosa que tampoco yo hice y, al echárselo en cara, vi que la que tenía era la que pone el que se siente desairado porque no puede perdonar el desagradecimiento, y lejos y enojado aguardó a que le pidiera disculpas, cosa que no hice, de lo que siempre me arrepentí, y ahora mismo continúo arrepintiéndome, la tarde de un dieciocho de marzo, uno y otro como las parejas que no se perdonan, ese perro de mi vida, porque alguno de parecidas condiciones llegué a tener, este mismo gozque tan bien enseñado, pero jamás con la intención y el apremio del cetrino, detrás de mí y del rebaño, cuando veníamos, enojados y pesarosos, al menos yo con más pesar que enojo en el regreso, y fue verlo correr de improviso, para siempre perderse sin que ya fuera posible llamarlo, esa oveja boba, la más boba que hay en todos los rebaños, había que haberla matado como culpable de la huida del cetrino, lo que yo pude querer a aquel animal no es para contarlo, las veces que de él me acuerdo, seguro que viejo y achacoso, convertido con los años en alguno de esos perros proscritos que a nadie se arriman porque ya recelaron para siempre de lo que da de sí el agradecimiento humano…
… lo que cada uno tiene, lo que cada uno quiere, lo que los años te dan y te quitan, de pobres todos éramos más o menos lo mismo, yo no soy nada y menos que yo nadie, pero la razón y el pensamiento tienen este valor que quiero darles, al menos en el modo y manera con que puedo entender el mundo, si convenimos en que entender el mundo es lo menos que puede hacerse, al menos yo lo intenté, igual que lo sigo intentando, bien es verdad que las horas que paso solo son las mayores de mi existencia, si pudiera contabilizarlas serían un veinte o un treinta por ciento más que las que estuve con la gente, dejando aparte las del sueño, que ésas son las más solitarias que a todos los seres humanos nos competen, y eso que en los sueños son muchas las ocasiones en que se encuentra uno peor acompañado que en la vida misma, y de eso casi ahora ni quiero acordarme, la misma noche que mi pobre tío se colgó en la viga del tenado, antes de que lo descubriera la vecina, que fue la primera que oyó balar las ovejas, soñaba yo que tenía el cadáver en la cama, los pies fríos posados en mi vientre y la humedad del cadáver que no debía estar colgado en esa viga, donde luego amaneció, sino caído en la lluvia, desde donde pudo arrastrarse a la cama, porque los muertos se arrastran en el sueño como vivos torpes, de la misma manera que lo hizo, al menos así lo cuentan, el de aquel pobre chico de Orión al que su novia engañaba con un hermano y se murió de pena al descubrirlo, porque que los hermanos se quieran como novios es la peor desgracia del universo, y ese pobre chico vio a los hermanos no ya como novios, sino como marido y mujer, y muerto del susto y el sufrimiento volvió para que en la cama, donde pecaban, quedasen separados, el muerto en medio de ellos, también mojado de la lluvia y el barro de la fosa, no sé para qué demonios me acuerdo de estas cosas, teniendo como tengo tanta prevención a los sueños, aquella mañana que me desperté con la cabeza como un bombo, todavía tembloroso por lo que había soñado, y no tardaron en venir a avisar que mi tío estaba muerto, colgado en la viga del tenado, llevaría yo diez años trabajando por mi cuenta, después de haber reñido y haberle tenido que aguantar todo lo que le aguanté, colgado entre las ovejas que balaban y la vecina que lo descubrió, menudo susto, tuvo la impresión de que eran las mismas ovejas las que lo habían descalzado, de muertos y sueños no me gusta pensar, el conocimiento mejor es el que se adquiere intentando comprender el mundo, cosa más difícil en Celama, lo que pudo haber cambiado esta tierra, Dios mío, con la pobreza y el desorden con que yo la conocí y la riqueza que ahora tiene, quién la viera y quién la ve…
El espíritu del páramo de Luis Mateo Díez


17 de marzo. (El gran Gallaher)

EL GRAN GALLAHER
-Usted puede hacerlo, repitió Myles Crawford, apretando el puño para enfatizar. Espere un momento. Paralizaremos Europa como Ignatius Gallaher solía decir cuando andaba a la caza de un empleo, echando una mano en los billares en el Clarence. Gallaher, ése sí que era un periodista. Ésa era una pluma. ¿Sabe cómo consiguió su tanto? Se lo diré. Fue el mejor trabajo de periodismo que se ha visto jamás. Fue en el ocheintaiuno, el seis de mayo, en tiempos de los invencibles, el asesinato en el parque Phoenix, antes de que usted naciera, supongo. Se lo enseñaré.
Se abrió camino a empujones hasta las carpetas.
-Mire aquí, dijo volviéndose. El New York World telegrafió para conseguir una exclusiva. ¿Recuerdan aquellos tiempos?
El profesor MacHugh asintió.
-New York World, dijo el director, emocionadamente echándose hacia atrás el canotié. Donde tuvo lugar. Tim Kelly, o Kavanagh mejor dicho. Joe Brady y los demás. Donde el Pellejocabra llevó el coche. Toda la ruta ¿ven?
-El Pellejocabra, dijo Mr. O'Madden Burke. Fitzhams. Ese que tiene el albergue del cochero aquel, dicen, allá por el puente Butt. Holohan me lo dijo. ¿Conocen a Holohan?
-Cojo y me llevo una ¿no? dijo Myles Crawford.
-Y el pobre Gumley también anda por ahí, según me dijo, vigilando piedras para la corporación municipal. Guarda de noche.
Stephen se volvió sorprendido.
-¿Gumley? dijo. ¡No me diga! Amigo de mi padre ¿no es así?
-Olvídese de Gumley, exclamó Myles Crawford airadamente. Deje que Gumley vigile las piedras, que no se escapen. Mire aquí. ¿Qué hizo Ignatius Gallaher? Se lo diré. Inspiración del genio. Telegrafió de inmediato. ¿Tienen Freeman Semanal 17 de marzo? Bien. ¿Lo cogen?
Buscó hacia atrás en las carpetas y plantó el dedo en un punto.
-Tomemos la página cuatro, anuncio de café Bransome, digamos. ¿Lo cogen? Bien.
Ulises de James Joyce (Edición de Francisco García Tortosa)

16 de marzo. (Cada día son más vivos y puros mis afectos)


16 de Marzo de 1849.— De tal modo absorben mi espíritu el cuidado de mi cara mitad y el problema de la sucesión, que ha de resolver María Ignacia, según los cálculos más discretos, en fines de Mayo o principios de Junio, que no hay espacio en mi pensamiento para suceso alguno de orden distinto, así privado como público. ¿Qué me importan las alteraciones de Francia, de Roma o de Hungría, ni las malandanzas del Estado español, ante este inmenso enigma del embarazo, cuyo término y desenlace feliz esperamos con el alma en un hilo? ¿Qué puede afectarme ese lejano enredo de la República Romana, ni las diabluras de los Mazzinis, Caninos y Garibaldis? ¿Ni qué atención puedo prestar a los entusiasmos de mi cuñada Sofía por Luis Napoleón, Presidente de la República Francesa, o por Manin, desgraciado Dux de la de Venecia? Y cuando mi hermano Gregorio me da irresistibles matracas por el desconcierto de la Hacienda española, ¿qué he de hacer más que abrir la oreja derecha para que salga lo que por la izquierda entró? Ya comprenderéis que de la guerra intestina que arde en Cataluña hago tanto caso como de las nubes de antaño, que lo mismo es para mí Cabrera que un monigote de papel, y que los movimientos de Pavía, de Concha o de Córdova en persecución de los facciosos no mueven mi curiosidad. Entre o salga Montemolín, lo mismo me da, por no decir que ahí me las den todas.
No me cansaré de afirmar que son cada día más vivos y puros mis afectos hacia la compañera de mi vida, y que esta ha llegado a seducirme y enamorarme con sólo el talismán de sus anímicas dotes. Diré también que mis suegros y toda la familia me quieren entrañablemente, viendo y comprobando con diarios ejemplos que hago feliz a la niña. Cuido mucho de no dar pretexto al menor disgusto de mis papás políticos, atento siempre a mi completa identificación con ellos y a fundirme en las ideas y rutinas del mundo Emparánico, sin hipocresía ni violencia. Sólo en los comienzos de mi asimilación me causaron enojo las extremadas santurronerías a que las señoras mayores me sometieron, y se me hacía muy largo el tiempo consagrado, sobre la diaria misa, a Triduos, Cuarenta Horas, o visitas a las monjas del Sacramento, de la Latina y de Santo Domingo el Real; pero a ello me fui acostumbrando con graduales abdicaciones del albedrío, hasta llegar a cierta somnolencia que se compadece con las materiales ventajas de mi posición. Por el bienestar que me rodea y las comodidades que disfruto, doy gracias a Dios y a mi hermana Catalina, sintiendo mucho no poder dárselas más que con el pensamiento, pues desde que volví de Atienza no he visto a la bendita religiosa, que ahora está rigiendo la comunidad Concepcionista Franciscana de Talavera de la Reina. Ved aquí por qué no la he nombrado en esta parte de mis Confesiones. De veras me ha dolido no encontrarla en Madrid, no sólo porque estoy privado de sus consejos amorosos, sino porque su ausencia me tiene ignorante de si recibió y acogió a los Ansúrez, recomendados por mi carta. Nada sé de esta gente, nada del noble patriarca de la tribu, nada de la sin par Lucila, y pienso que, desamparados aquí, se han corrido a tierras distantes.

Narváez de Benito Pérez Galdós, 1902


15 de marzo (Episodios Nacionales)

AL día siguiente me llevó D. Celestino al palacio del Príncipe de la Paz. Era el 15 de marzo, si no me falla la memoria.
Aunque no tenía ropa para mudarme en tan solemne ocasión, como la que llevaba a Aranjuez era la mejorcita, con una camisa limpia que me prestó el cura, quedé en disposición, según él mismo me dijo, de presentarme aunque fuera a Napoleón Bonaparte. Por el camino, y mientras hacíamos tiempo hasta que llegara la hora de las audiencias, D. Celestino sacaba del bolsillo interior de su sotana el poema latino para leerlo en alta voz, porque,
—Quizás el señor Príncipe —decía— me mande leer algún trozo, y conviene hacerlo con entonación clásica y ritmo seguro, mayormente si hay delante algún embajador o general extranjero.
Después, guardando el manuscrito, añadió con cierta zozobra:
—¿Sabes que el sacristán de la parroquia, ese condenado Santurrias… ya le conoces… me ha puesto esta mañana la cabeza como un farol? Dice que el señor Príncipe de la Paz no dura dos días más al frente de la nación, y que le van a cortar la cabeza. Esto no merece más que desprecio, Gabrielillo; pero me da rabia de oír tratar así a persona tan respetable. Pues, ¿qué crees tú? he descubierto que ese pícaro Santurrias es jacobino, y se junta mucho con los cocheros del infante D. Antonio Pascual, los cuales son gente muy alborotada.
—¿Y qué dice ese reverendo sacristán?
—Mil necedades; figúrate tú. Como si a personas de estudios y que tienen en la uña del dedo a todos los clásicos latinos, se les pudiera hacer tragar ciertas bolas. Dice que el señor príncipe de la Paz, temiendo que Napoleón viene a destronar a nuestros queridos reyes, tiene el propósito de que éstos marchen a Andalucía para embarcarse y dar la vela a las Américas.
—Pues anoche —dije yo— cuando fui al mesón a decir a los arrieros que no me aguardaran, oí decir lo mismito a unos que estaban allí, y por cierto que hablaban de su amigo y paisano de Vd. con más desprecio que si fuera un bodegonero del Rastro.
Benito Pérez Galdós "El 19 de marzo y el 2 de mayo" (Episodios Nacionales)

14 de marzo (Una historia japonesa)

Manuscrito de Terasaka
El año, 1701. El día, catorce de marzo. El lugar, el palacio del sogún Tokugawa Tsunayoshi, el poderoso señor de todas las tierras de Japón.
La flor del cerezo mostraba sus más bellos colores. La primavera despertaba tras el largo letargo del frío invierno e inundaba las tierras de la provincia de Ako en el centro de Japón.
La región vivía un periodo de paz. El sogún, el jerarca militar, había sido educado por su madre en un estricto credo religioso y gobernaba sobre el propio emperador Higashiyama, que era una figura religiosa sin poder político. Por debajo del sogún estaban los daimios o señores feudales. Ambos, sogunes y daimios, eran samuráis, guerreros acogidos a un estricto código de honor.
Asano Naganori era señor del castillo y las tierras de Ako, en Hyogo, en la provincia de Harima, donde la primavera estalla en colores blancos y rosados, el verano es cálido y húmedo, y en el invierno solo hay que temer alguna ráfaga ocasional de nieve.
 
"La sombra del samurai. 47 Ronin" de Raúl de la Rosa

13 de marzo (Nota del autor)


Nota del autor 
El boicot a los tranvías durante la primera semana de marzo de 1951 fue el primer desafío a la dictadura. Y, sin duda, la huelga desatada días después, el gran reto de una población harta de pasar privaciones bajo la bota del franquismo. El lunes 12 de marzo pasó a la historia de la España posbélica porque la huelga general fue un éxito abrumador. Cuentan las crónicas de aquel tiempo que las mujeres fueron tan activas en la lucha como los piquetes de hombres que acabaron cerrando las pocas fábricas que todavía estaban abiertas. Uno de los hitos de la convocatoria lo protagonizaron los obreros de la industria textil Vicente Illa S. A., que hicieron una barricada con una enorme viga traída de una obra próxima y cortaron la línea del tranvía de Pere IV para, más tarde, ahuyentar a policías de paisano que pretendían detener a un obrero. En el barrio del Poblenou cerraron las mismísimas industrias del hielo, algo que sólo había logrado Durruti en 1936.
La huelga general pasó de Barcelona a Badalona, Manresa, Tarrasa y Mataró. Se especuló con que trescientos mil trabajadores la secundaron, pero la cifra real, mencionada por la prensa extranjera, rebasó el medio millón de personas. Durante dos días, los ánimos estallaron hasta que las aguas volvieron a su cauce. Hubo disturbios, cargas policiales y mucha confusión. Tres barcos de guerra permanecieron anclados en el puerto, sin llegar a intervenir. El ejército se mantuvo acuartelado. Todos eran conscientes de que una mecha de más podía desatar el conflicto en un grado irremisiblemente superlativo. Algunos consideraron los hechos como el último gran gesto de resistencia del pueblo frente al franquismo, y otros como una nueva forma de oponerse al régimen. Sea como sea, doce años después del final de la guerra, los vencidos seguían arrodillados y las cárceles repletas de presos. Este mismo año, las cárceles por fin se vaciaron.
El día 13 de marzo, La Vanguardia publicó diversas informaciones sobre lo sucedido el día anterior. No en su portada, naturalmente. Sólo en páginas interiores. Una vez más, se atribuyeron los desórdenes a los comunistas, que por lo visto seguían infiltrados en la sociedad catalana. Según el periódico, la falta de asistencia a los puestos de trabajo provocó que las calles se llenaran de ociosos y tal coyuntura fue aprovechada por los elementos «sediciosos» y «agitadores profesionales» para crear el caos. Ni una palabra de que en una de las marchas se comenzara a cantar La Internacional. El texto con el que el periódico comentaba los hechos es modélico en su forma. El primer titular era explícito: LOS SUCESOS DE AYER. Seguían otros en distintas tipografías: «La primera autoridad civil de la provincia pone de relieve los turbios propósitos de los agitadores», «Anoche el gobernador civil hizo importantes declaraciones a los periodistas: “Conocemos los manejos de los provocadores”». Luego, el titular del artículo: FRENTE A UNA INTENTONA SEDICIOSA. Y finalmente el texto, que era mucho más directo:
¿Nosotros? Porque nuestros lectores abrirán, con expectación, el presente número para ver qué opina La Vanguardia sobre los deplorables sucesos de ayer en Barcelona. ¿Nosotros? Como diría un castizo madrileño, «la duda ofende». ¿Con quién vamos a estar nosotros, sino con el orden, con la paz pública, con la autoridad y mucho más siendo digna, como lo es en el caso presente? ¿Con quién vamos a estar nosotros sino con quien vaya a aplastar una intentona sediciosa del más turbio cariz y más inconfesables finalidades? La Vanguardia se pronuncia clara y rotundamente en un momento, digámoslo con sinceridad, crítico de la vida de Barcelona. Y a pronunciarse obedecen las presentes líneas que vamos a escribir, con entera sinceridad y sin ficción ni falseamientos de ningún género.
Con este libro, lo mismo que con otros de la serie Mascarell, sólo intento hacer memoria histórica dentro del marco de una mera novela policíaca. Asimismo, la novela es un homenaje a los cientos de «topos» que vivieron escondidos en sus casas desde el final de la Guerra Civil hasta la muerte de Franco y la llegada de la democracia a España. Seres que pasaron tres décadas y media encerrados en habitaciones secretas, sótanos o cuevas, en ocasiones sin poder ni siquiera ver a sus hijos pequeños para evitar el menor desliz sobre su secreto.
Gracias, como siempre, a mi «personal de apoyo», al nuevo equipo de Plaza & Janés, a Isabel Martí, a Virgilio Ortega por sus correcciones y a La Vanguardia por su soberbia hemeroteca. También a Francisco González Ledesma, que, aun muerto, sigue siendo una enorme fuente de inspiración desde el otro lado de la Eternidad.
El guion de este octavo libro de la serie Mascarell fue preparado en Medellín (Colombia), en septiembre de 2015, y la novela fue escrita en Barcelona, en noviembre del mismo año.

Jordi Sierra i Fabra “Ocho días de marzo”

12 de marzo. (Conjurados)

Romae, in aedibus Bruti, a. D. IV Id. Mart., hora quarta.
Roma, casa de Bruto, 12 de marzo, nueve de la mañana.

—Tu madre ha salido.
Porcia pronunció la brevísima frase en el tono de una sentencia de muerte. Bruto estaba sentado en su escaño con la cabeza entre las manos, la expresión sombría y la frente ceñuda fruncida como era habitual en él en otros tiempos. Se levantó lentamente y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa de trabajo.
—¿Y qué?
—Pues que eludió la vigilancia y ha salido.
—¿Cuándo?
—Ayer tarde, hacia la puesta del sol.
—¿Y adónde fue? —continuó preguntando Bruto con voz opaca, inexpresiva.
—No lo sé. ¿Acaso sabes algo tú?
—¿Y cómo podría saberlo? Tengo otras cosas en qué pensar.
—Pero ¿es que no te das cuenta de la gravedad de este hecho? Tu madre ha sido durante años la amante de César.
—Calla —espetó Bruto.
—Lo siento —dijo Porcia inclinando la cabeza y atenuando el tono de la voz—, pero no te he dicho nada que tú no sepas. Tu madre podría ver a César y ponerlo en guardia, o incluso revelarle la conjura.
—Mi madre no sabe nada.
—¡Tú madre lo sabe todo! No hay el mínimo detalle que se le escape. Tiene ojos y oídos en cada rincón. Y ponerla bajo vigilancia no ha hecho más que confirmarle aquello de lo que ya estaba convencida.
—De ser así los asesinos del tirano estarían ya en nuestra puerta.
—Aún están a tiempo de hacerlo.
—Imposible. Mi madre no me traicionaría jamás. —Porcia se le acercó y le cogió una mano entre las suyas:
—Marco Junio —comenzó—, ¿de veras conoces tan poco el ánimo de una mujer? ¿No sabes que no renunciaría nunca, por ninguna razón, a salvar al hombre que ama?
—¿Incluso al precio de hacer matar a su hijo?
—Ello no es necesario. ¿Por qué crees que César te salvó la vida después de Farsalia? ¿Por qué siempre te ha protegido, tozudamente, cada vez que alguno de los suyos ha pedido tu cabeza?
—¡Calla! —repitió hecho una víbora.
—Por amor a tu madre. Y también ayer por la tarde ella pudo revelárselo todo pidiéndole que te salvara. César se lo habría concedido. No hay nada que él le negase si ella se lo pidiera.
—Por favor, cállate —dijo de nuevo Bruto conteniendo a duras penas su ira.
—Si es lo que quieres —respondió Porcia—. Pero la situación no cambiará por esto. Yo ahora te diré lo que sé. Tú compórtate como mejor creas.
Bruto no dijo nada y Porcia siguió hablando:
—Tu madre salió ayer tarde hacia la puesta del sol, con la cabeza cubierta con un velo, por la salida de servicio de la lavandería, haciendo que la sustituyera una sierva en su habitación. Se fue caminando hasta el templo de Diana y allí se entretuvo un rato, menos de una hora en cualquier caso, tras lo cual regresó a casa entrando en ella por el mismo sitio por donde había salido.
—¿Cómo puedes decir que se encontró con César?
—¿Y con quién si no? ¿Para qué escenificar una maquinación semejante por nada? Tu madre no cree en los dioses y seguro que no fue al templo por motivos religiosos. El único motivo plausible es un encuentro con César y, si las cosas son así, todos nosotros estamos en serio peligro. Yo estoy dispuesta a sacrificarme, ya lo sabes, y no tengo miedo, pero si vuestro plan fracasa la República estará a merced durante años de un tirano, sufrirá todo tipo de humillaciones y quizá ya no se levante del estado de abyección en el que ha caído. Olvida que es tu madre, recuerda que es un enemigo potencial del estado. Ahora me voy, te dejo para que decidas. Hay otra persona aquí fuera que quiere hablar contigo.

"Los idus de marzo" de Valerio Massimo Manfredi

11 de marzo (Sobre la idea de:"El juego de los días contados")

La verdad era que el arroz de camarones no estaba entre las virtudes de su cocina, pero lo hizo con los mejores deseos, y le quedó muy bien. El presidente se sirvió dos veces sin medirse en los elogios, y le encantaron las tajadas fritas de plátano maduro y la ensalada de aguacate, aunque no compartió las nostalgias. Lazara se conformó con escuchar hasta los postres, cuando Homero se atascó sin que viniera a cuento en el callejón sin salida de la existencia de Dios.
— Yo sí creo que existe — dijo el presidente—, pero que no tiene nada que ver con los seres humanos. Anda en cosas mucho más grandes.
— Yo sólo creo en los astros — dijo Lazara, y escrutó la reacción del presidente. — ¿Qué día nació usted?
— Once de marzo. 
— Tenía que ser — dijo Lazara, con un sobresalto triunfal, y preguntó de buen tono—: ¿No serán demasiado dos Piscis en una misma mesa?
Los hombres seguían hablando de Dios cuando ella se fue a la cocina a preparar el café. Había recogido los trastos de la comida y ansiaba con toda su alma que la noche terminara bien. De regreso a la sala con el café le salió al encuentro una frase suelta del presidente que la dejó atónita:
— No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.
Homero vio a Lazara en la puerta con las tazas chinas y la cafetera prestada, y creyó que se iba a desmayar. También el presidente se fijó en ella. «No me mire así, señora», le dijo de buen tono. «Estoy hablando con el corazón». Y luego, volviéndose a Homero, terminó:
— Menos mal que estoy pagando cara mi insensatez.
Lazara sirvió el café, apagó la lámpara cenital de la mesa cuya luz inclemente estorbaba para conversar, y la sala quedó en una penumbra íntima. Por primera vez se interesó en el invitado, cuya gracia no alcanzaba a disimular su tristeza. La curiosidad de Lazara aumentó cuando él terminó el café y puso la taza bocabajo en el plato para que reposara el asiento.
El presidente les contó en la sobremesa que había escogido la isla de Martinica para su destierro, por la amistad con el poeta Aimé Césaire, que por aquel entonces acababa de publicar su Cahier d'un retour au pays natal, y le prestó ayuda para iniciar una nueva vida. Con lo que les quedaba de la herencia de la esposa compraron una casa de maderas nobles en las colinas de Fort de France, con alambreras en las ventanas y una terraza de mar llena de flores primitivas, donde era un gozo dormir con el alboroto de los grillos y la brisa de melaza y ron de caña de los trapiches. Se quedó allí con la esposa, catorce años mayor que él y enferma desde su parto único, atrincherado contra el destino en la relectura viciosa de sus clásicos latinos, en latín, y con la convicción de que aquél era el acto final de su vida. Durante años tuvo que resistir las tentaciones de toda clase de aventuras que le proponían sus partidarios derrotados.
— Pero nunca volví a abrir una carta — dijo—. Nunca, desde que descubrí que hasta las más urgentes eran menos urgentes una semana después, y que a los dos meses no se acordaba de ellas ni el que las había escrito.

Gabriel García Márquez “Buen viaje, señor Presidente”, en Doce cuentos peregrinos 


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