Breve información sobre los Arribes del Duero.


La zona que tratamos, conocida en toda la provincia con el nombre de «La Ribera» o «Los Arribes del Duero», se encuentra en el rincón NO. de la provincia de Salaman­ca, a todo lo largo de las orillas izquierdas del Tormes y Duero, hasta la entrada de éste en Portugal por el término de Fregeneda.
Aunque «La Ribera» está constituida solamente por el terreno directamente colindante con el río Duero, al ser ésta una guía turística, ampliaremos la comarca hasta la presa de Almendra.
Las tierras alejadas de los ríos presentan una larga y suave pendiente hacia ellos y es donde están asentados los núcleos de población. La parte inmediata a las corrien­tes de agua, es escarpada, de pendiente brusca, exube­rante de vegetación: enebro, hojaranzo, jara, almendros, limoneros, naranjos, cerezos, guindos, chumberas, cac­tos. Estas vertientes, de terreno escabroso y vegetación subtropical, es lo que los naturales llaman «arribes», de­nominación que se ha generalizado en estos últimos años.
Dentro de la poca altitud media de la Ribera, el terreno va descendiendo, a medida que avanza el río, para inter­narse en Portugal, y así, desde cerca de los 700 metros sobre el nivel del mar, en que se encuentra situada la presa de Almendra, en el norte de la zona, se baja si­guiendo el curso de los ríos Tormes y Duero, hasta los 300 metros de Fregeneda, lo que repercute visiblemente en el clima y vegetación.
Por la diferencia de clima y cultivos, La Ribera se dis­tingue marcadamente del terreno que la rodea, y así, en cuanto desaparecen el olivo, la vid y el almendro, termina la tierra propiamente riberana, que tiene a todo lo largo del río una anchura de 6-8 kilómetros, de los cuales 2-4 lo constituyen los arribes.
Desde la presa de Almendra a Fregeneda, los dos ex­tremos de la comarca, hay una distancia en línea recta de unos 60 kilómetros, que se convierten en 85 siguiendo las sinuosidades de los ríos; pero a causa de lo abrupto del terreno, el que quiera conocer La Ribera pasando por todos los pueblos, tiene que recorrer más de 125 kilóme­tros de accidentada carretera.
La zona comprendida entre los ríos Huebra y Águeda, o sea Hinojosa y Fregeneda, están mucho más relaciona­das con el Abadengo (comarca de Lumbrales) que con los pueblos riberanos propiamente dichos.
BREVE RESEÑA HISTORICA
Esta zona ha estado habitada desde muy antiguo; lo prueban los restos prehistóricos que se encuentran: Pin­turas rupestres junto a Los Humos y en Risco de Bermellar; el taller neolítico en Vilvestre y restos ibéricos y romá­nicos en casi todos los pueblos de la comarca. En el lugar donde está enclavado el actual Salto de Saucelle, hubo un poblado de los Vetones.
Se sabe poco de la repoblación de esta comarca. Qui­zás la que más influyó fuera la repoblación de Ramiro II, que supuso la llegada a estas tierras de «galleci» o «gallizianos» y de aquí la frecuencia del nombre Gallegos en la toponimia y en los patronímicos.
Una vez repoblada La Ribera, siguió una vida pacífica, sin intervenir en los conflictos de Castilla, a causa de lo apartado de las vías de comunicación más frecuentes; sin ser molestada tampoco por los portugueses (salvo al­gunas incursiones en Fregeneda), defendida como está por el formidable obstáculo natural del Duero.
CLIMA
En esta comarca hay que diferenciar dos clases de clima. Las tierras más lejanas al río Duero, tienen un cli­ma continental, parecido al del resto de la provincia; por el contrario, la parte de «los arribes» experimenta unas temperaturas muy suaves, variando en tiempo de invierno hasta cinco y seis grados desde las tierras altas, despeja­das y abiertas a todos los vientos, a las orillas del río, tierras que están al abrigo.
Para el futuro viajero la época ideal para visitar esta zona, es en las estaciones de primavera y otoño; en la primera, la vegetación adquiere los tonos más hermosos, a causa de la floración de sus variadas plantas; en otoño, predomina en sus campos el amarillo-morado de las ho­jas de sus numerosos viñedos después de la vendimia.
En el estío, las tierras bajas llegan a alcanzar tempe­raturas muy elevadas.
ARTESANIA
Las actividades artesanales se reducen a la fabrica­ción de cestos y banastas de mimbres. Bordados, encajes y puntillas se realizan en casi todos los pueblos de la zona. Las botas de cuero para el vino, en Villarino. Las típicas mantas de tiras, en Masueco y Lumbrales.
Especial interés reviste el traje típico de Aldeadávila de la Ribera. Su jubona, rebocillo (de terciopelo), manteo (abierto y cruzado atrás), mandila (con volantes de seda natural), cintas del culo, cintas de la cabeza (blancas o de color de seda natural); todos ellos bordados con lente­juelas y flecos dorados. Calcetas blancas con dibujos de picos y zapatos negros bordados con lentejuelas; además de las horquillas de los rodetes de plata y los hilos y colla­res de oro.
GASTRONOMIA
En el terreno gastronómico hay que destacar: las ex­celentes carnes de ternera, cordero y cabrito, que se dan en los finos pastos de estas tierras. Los sabrosos chori­zos y salchichones regados con los inmejorables vinos de La Ribera.
Los típicos hornazos en dos variedades: En la zona baja, rellenos de embutido, como el de Fregeneda y pue­blos vecinos; el hornazo de pan dulce en la parte alta de la comarca, principalmente en Aldeadávila.
La ensalada típica de toda la zona es la de regajo, moruja o pamplina.
Es famoso el queso de estas tierras, fabricado artesa­nalmente en todos los pueblos y en las fábricas de Hinojosa.
Por lo que se refiere a los dulces, merecen destacarse los fabricados con almendra, producto muy abundante en toda la zona, como son: los repelaos, el queso de almen­dra y el piñonate (rosca); las deliciosas perronillas, mag­dalenas y obleas. En ningún convite de celebración festi­va pueden faltar los sabrosos «chochos» (altramuces).
FIESTAS
Destacan por orden cronológico; en Hinojosa, el 24 de junio, San Juan; Villarino, 16 de agosto, San Roque; Lumbrales, el tercer sábado de agosto, y las de Aldeadávila, el 24 de agosto, San Bartolomé. El protagonista prin­cipal de estas cuatro fiestas es el toro. Son famosos los encierros con caballos de Aldeadávila y de Lumbrales. En todas ellas, las capeas y corridas gozan de gran entu­siasmo y participación popular.
Otras fiestas de tipo religioso son: Las Candelas en Fregeneda; la Virgen del Castillo en Vilvestre; Las Madri­nas en Saucelle el primer domingo de octubre, y la dedi­cada a la Virgen del Árbol el día ocho de septiembre en Mieza; en estas dos últimas se ofrece la famosa rosca piñonate y se danza el baile de la bandera.
Merecen citarse las fiestas de Santa Cruz y San Blas en Masueco y Corporario respectivamente.
Por último, mencionaremos la famosa romería a la Vir­gen del Castillo en Pereña, que se celebra con gran devo­ción y alegría en dicha ermita el día 14 de mayo.
CAZA Y PESCA
CAZA: La caza menor es muy abundante en toda la comarca. Las capturas principales son: perdiz, conejo, lie­bre y tórtola.
PESCA: El embalse de Almendra en el río Tormes, es un paraíso para los pescadores de carpas y black-bass.
Río Duero: En los dos embalses, los de Aldeadávila y Saucelle, y hasta la desembocadura del Águeda en Vega Terrón, son muy abundantes los barbos, bogas, carpas y anguilas.
Río Uces: Cangrejo y sardas.
Río Huebra: Barbos, bogas y anguilas.
Río Camaces: Cangrejo y sardas.
Río Águeda: Barbos, bogas y anguilas.
Para que el viajero tenga una idea clara de los distin­tos parajes de interés turístico que puede visitar, los ire­mos describiendo de norte a sur; siguiendo el curso del río Tormes hasta su desembocadura, y del Duero hasta su entrada definitiva en Portugal.
Partimos desde los núcleos de población en cuyos tér­minos se encuentran estos parajes. Damos también una breve reseña de los pueblos más importantes de la zona.
Un gran lago artificial, de 2.413 Hm.3 de capacidad útil (para Iberduero), que supone una reserva energética de 3.121 GWh. La anchura en algunos tramos llega hasta casi los ocho kilómetros. Más que embalse, parece un mar, en el que se puede practicar toda clase de deportes náuticos.
La presa, construida entre el término de Almendra y la provincia de Zamora, tiene casi tres kilómetros y medio de larga, por una altura de 197 metros.
Desde esta inmensa mole de hormigón, mirando hacia Portugal, se contempla el lecho del río, que deja ver un impresionante vacío desafiando con su grandiosidad la obra artificial contigua.
De este embalse se alimenta la central de Villarino por medio de una galería, de 15 kilómetros, perforada a 130 metros de profundidad.
Por la carretera que une a Trabanca con el zamorano pueblo de Fermoselle, bajando hacia el río, se pueden divisar paisajes que son prolegómenos de los famosos Arribes del Duero.
Cerca del cauce casi seco del Tormes, en las proximi­dades del antiguo puente, puede desintoxicarse el viajero, de los cotidianos ruidos, pasando unas apacibles horas de silencio y soledad.
Es la primera población que nos encontramos, y se puede decir que es la Puerta de La Ribera.
Municipio rejuvenecido, gracias a la instalación de la central hidroeléctrica de su nombre, pero que conserva las características de los pueblos ribereños: Su artística iglesia, calles inclinadas y bodegas particulares.
Posee cooperativas vinícolas y de aceite, que son las principales fuentes de ingresos de sus habitantes. Cuenta también con un centro cultural y una moderna piscina.
En su casco urbano se encuentra el balcón de «La Faya» desde donde se divisa una amplia vista panorámi­ca, que alcanza hasta el vecino país lusitano.
El Teso de San Cristóbal: dista unos cuatro kilóme­tros desde la entrada de Villarino; por un camino de tierra se llega al montículo, donde nos encontramos las ruinas de una antigua ermita y casa de ermitaño, y restos de sepulturas antiquísimas. Desde la Peña Oscilante o «Peña del Pendón», hacia el norte, contemplaremos una panorámica del último tramo del río Tormes, antes de que sus aguas se mezclen con las del Duero. Si dirigimos nuestra vista al suroeste, divisamos una gran extensión de viñedos con el pueblo al fondo. Un lugar que merece visitarse, máxime si nos unimos a la romería, que se cele­bra el lunes de Pascua, para dar buena cuenta de los sabrosos embutidos y vinos de la zona.
«Ambas Aguas» o «Entrambasaguas»: Partiendo del pueblo y por un camino de tierra, estrecho y empinado, tras un recorrido de unos cuatro kilómetros, se llega a este tranquilo lugar llamado así, porque es donde se funden las enturbiadas aguas del Duero con las del Tormes. En este lugar se puede disfrutar de un apacible día de pesca en ambos ríos. Aguas arriba, casi a tiro de piedra, se ve la portuguesa presa de Bemposta; paso fronterizo abierto al tráfico; se llega hasta él, desde Fermoselle, pueblo de la provincia de Zamora. Este lugar también se divisa desde el «Teso de la Bandera», alto de difícil acceso.
Unido a Villarino se encuentra el poblado de Iberduero denominado «La Rachita», cuyas casas ajardinadas y sus vistas paisajísticas, constituyen un pintoresco y pacífico rincón habitado.
Saliendo de Villarino para seguir la ruta de la zona, nos encontramos un gran cilindro de hormigón; es el pozo a donde llega el agua desde el embalse de Almendra. Desde aquí, en una caída de 402 metros, llegará el agua a la central, cuyas seis turbinas tienen una potencia de 810.000 KW; y una producción anual media de 1.376 GWh. Junto al pozo se encuentra la salida de líneas de la central.
La carretera, por donde acarreaba «la vinagre» el fa­moso burro de la canción, nos lleva a Pereña; bonito pue­blo donde destaca la iglesia con una original torre, y un antiquísimo arco de piedra que da entrada a la plaza.
Sin lugar a dudas, el paraje más turístico y co­nocido de su término mu­nicipal, es la ermita de «La Virgen del Castillo», situada en un castro ibéri­co. Se llega hasta ella por un camino de zahorra, asfaltado en su último tra­mo, precisamente la subi­da al teso. Una explana­da alrededor de la ermita con numerosos árboles, donde recientemente se han instalado unos grifos, invitan a pasar un día en contacto con la naturale­za. Desde la ermita se contempla un asombroso paisaje, con el Duero a los pies, a cuatrocientos metros de profundidad, como testigo mudo de una leyenda mila­grosa: la aparición de la imagen de la Virgen. El día de la romería (14 de mayo), multitud de devotos acuden a cum­plir sus promesas, en todos los medios de transporte que se pueden imaginar, principalmente a pie.
«El Pozo de los Humos»; «El Humo del Uces» o sim­plemente «Los Humos»: A mitad del camino entre Pereña y Masueco, hay que cruzar el río Uces, cuyas aguas, salvando vertiginosas pendientes, se dirigen alocadas hacia su gran señor: El Duero. En el tramo final del río hallaremos una gran cas­cada, entre cuarenta y cincuenta metros de caída, que en tiempo de grandes crecidas es un espectáculo peculiar, rodeado de un paisaje agreste y sobrecogedor. Mismo enfrente de la cascada hay una especie de cueva donde se encuentran pinturas y restos prehistóricos.
Doscientos metros aguas abajo, encontraremos otra caída de agua mucho más alta que la ya citada; es donde muere el arroyo procedente de Masueco.
A este inigualable paraje se puede acceder por dos itinerarios: A) Por el camino del Cueto, que arranca desde el casco urbano de Pereña y por el que se puede llegar con vehículos hasta cerca de la cascada. B) Dejando los medios de transporte mecánicos en la carretera, y el últi­mo tramo hacerlo a pie siguiendo el cauce del río Uces.
En esta misma carretera, muy cerca del puente que salva el río, se encuentran también «Las Cachoneras del Uces»; unos rápidos de las aguas entre peñascos y preci­picios.
En el tramo del Uces, en su término municipal, existen numerosos molinos derruidos; pero sus pesqueras facili­tan lugares de baño y pesca.
Hallamos una bonita ermita a la entrada del pueblo.
En el centro de La Ribera y considerada como el cora­zón de Los Arribes, se encuentra esta típica población, cuna de cultura y tradiciones.
El pueblo, situado en la ladera de un teso, orientado hacia el norte, contempla sus extensos viñedos; al fondo tierras y poblaciones portuguesas.
Destaca en Aldeadávila su esbelta y bella torre del siglo XVI, desproporcionada en altura con el resto de la iglesia, emplazada en el centro del casco urbano.
Son dignas de destacar las ermitas del Santo Cristo y de La Santa. La fachada del Palacio habla de su aristo­crática construcción; y un sin número de sólidas mansio­nes, mezcladas con modernas casas, nos certifican la his­toria y progreso de este bello rincón riberano.
Encontraremos también una bodega cooperativa, fá­bricas de aceite y un moderno y coquetón polideportivo.
Lo verdaderamente turístico son los numerosos puntos desde donde se divisan las profundidades del río Duero.
Todos los parajes que citamos a continuación tienen un fácil acceso, bien por caminos de zahorra, bien por carretera asfaltada.
«El Rostro»: Dista unos cuatro kilómetros desde Corporario (población aneja de Aldeadávila y casi unida a ella); es una península abrazada por el río en la que re­cientemente se ha construido una playa artificial.
«Puerta de la Rupurupay», «El Caracol», «El Jejo», «Rupitín», «Fuente Frasquito», «Estrongajal»: son para­jes de espléndidas e impresionantes vistas, donde no es raro encontrar buitres y águilas planeando a nuestros pies.
«La Carrocera» donde ha entrado la mano del hombre y se está instalando el parque de la nueva salida de lí­neas de Iberduero.
Pero, sin lugar a dudas, las mejores vistas las encon­traremos en el «Picón del Águila» y «Picón de Felipe», este último hizo exclamar a don Miguel de Unamuno: «Es el paisaje agreste más bello e impresionante de España».
«EL SALTO» (Complejo hidroeléctrico): En el término de Aldeadávila se encuentra el complejo hidroeléctrico más importante de España.
En un profundo tajo, cerca del «Picón de Felipe» ante­riormente mencionado. Iberduero construyó una bonita presa de 140 metros de altura. Junto a ella, en las entra­ñas de las rocas, se alojan los alternadores de la central de Aldeadávila; con una potencia de 718.200 KW, que ponen en el mercado una producción de 3.500 GWh en año medio. Su insólito y atrevido gigantismo recuerdan todavía al visitante toda una historia dramática de sacrifi­cios, esfuerzos y conquista del hombre.
Ahora también está en construcción, la ampliación de dicho Salto; una nueva central con 400 megavatios de potencia en dos grupos reversibles.
A dos kilómetros de estas centrales, en un tranquilo lugar habitado desde muy antiguo por monjes francisca­nos, encontremos el poblado de Iberduero; unas conforta­bles viviendas donde se ha respetado la fauna natural, rodeadas de olivos, naranjos y limoneros que proporcio­nan un bello paraje.
El antiguo convento de «La Verde», convertido en mo­derna hospedería e iglesia, guarda todavía los ecos gre­gorianos de los franciscanos.
La ermita de Santa Marina con la leyenda medieval de esta pastorcita perseguida por los moros.
Al fondo la península de «El Cuerno», donde se ob­servan los restos de los barracones construidos para la primitiva obra.
Siguiendo la ruta hacia el sur, dejando a la izquierda «Peñahorcada», el punto más elevado de la zona, llega­mos a Mieza.
En el centro del pueblo destaca su primitiva iglesia que data del año 1507 y su torre de 1797. También en­contraremos dos ermitas dedicadas al Santo Cristo y a la Virgen del Árbol.
Sin duda alguna, el viajero que llega a Mieza va bus­cando «El balcón de la Code» y el «Mirador». Se llega hasta ellos por un estrecho camino. En este lugar tendremos a nuestros pies una gigantesca falla de casi setecientos metros de profundidad; al fondo, el Duero hecho embalse. Mirando al norte se con­templa el Salto de Aldeadávila descrito anterior­mente. Si se quiere de­sentumecer las piernas, quinientos metros de ba­jada desde el Balcón y se llega al «Llanito de la Pu­lida».
Otros parajes dignos de visitar en el término de Mieza son: «La Peña la Salve», «La Peña el Águila» y «El Carrascal»; este último es un monte con arbolado muy tupido, alcornoques y encinas milenarias, donde no es de extrañar que nos salga alguna pareja de jabalíes con sus rayones.
Población cuyas reservas minerales de wolframio y scheelita (chilita) son las más importantes de España, y están pi­diendo a gritos su inmediata explotación y así contribuir a mejorar la economía de la zona, como pasó en un tiempo no muy lejano.
A la salida del pueblo, camino de Vilvestre, encontra­mos una bella ermita dedicada al Cristo de las Mercedes.
Apacible pueblo de auténtico tipismo ribereño. Una bonita espadaña corona su artística iglesia. Casas con develas góticas; dominando todo este rincón urbano, ve­remos con la imaginación allá en lo alto, el castillo, ahora completamente derruido.
En el teso donde anti­guamente estaba instala­do dicho castillo, encon­traremos una ermita construida en 1757 y re­cientemente restaurada. Frente a la ermita, un ar­tístico crucero de piedra tallada. Al lado opuesto del montículo hallaremos el taller neolítico más im­portante de España y qui­zás de Europa. Desde este alto, disfrutaremos de una espléndida pano­rámica del Duero, con las tierras lusitanas al otro lado del río.
Otros lugares dignos de visitar son: «Monte Gudín» y «Castillo de la Orbona».
Desde Vilvestre se desciende por un camino de zaho­rra hasta el reculaje del embalse de Saucelle.
Situado en una altiplanicie entre dos profundas co­rrientes de agua el Huebra y el Duero se encuentra este tranquilo y apacible pueblo.
Tiene una iglesia del siglo XV, donde se conservan un crucifijo y tablas del XIII. Unas arregladas calles y un mo­derno y espacioso polideportivo, ofrecen al visitante pasar unas horas de descanso. En sus alrededores hallaremos lugares que nos ofre­cen magníficas vistas paisajísticas: «El Peñedo» a 200 metros del casco urbano, desde donde se alcanza a ver: Vilvestre, Barruecopardo y Saldeana.
«Los Silos» se divisa el embalse y Freixo de Espada à Cinta (Portugal).
Arribes del Huebra, lugar de difícil acceso, donde se encuentran pinturas rupestres en el «Risco de Bermellar», «y «Las cuevas de la Palla».
A «Las Janas», se llega por camino de tierra y se dis­fruta de los más bellos panoramas: «El puerto de la Moli­nera», «El Cachón del Camaces», la unión de este río con el Huebra, y también se alcanza a ver el tramo final del río Duero.
Al salir de Saucelle se pueden tomar dos rutas que nos lleven a Hinojosa: A) Hacia el sur, por la serpenteante carretera del Puerto de la Molinera, y pararse a contem­plar cómo el Camaces se despeña en su famoso «Ca­chón», antes de morir; B) Seguir al oeste en una repenti­na bajada de unos 550 metros de desnivel que llega al poblado del Salto.
EL SALTO DE SAUCELLE: Situado en el paraje deno­minado Espadacinta donde ya habitaban los Vetones,
Iberduero ha construido su última presa en el cauce del Duero. Tiene una altura de 83 metros, que alimenta una central de cuatro grupos con una potencia instalada de 285.000 kilovatios.
En la misma confluencia del Huebra y el Duero, el poblado del Salto, remanso de paz entre sus ajardinadas casas, su coquetona plaza y el aroma que exhalan naran­jos, limoneros y las amarillentas chumberas.
Núcleo situado en una semillanura y coronado por un cerro, donde descuella una imagen del Sagrado Corazón y bella ermita románica.
En el centro del pueblo encontramos una artística mansión, «La casa de la Ciriaca» y «El Portalito», junto a correos.
En su extenso término se hallan las ruinas de San Leonardo, antiguo pueblo destruido por los franceses.
«El Moncalvo», «La Cabeza de San Pedro», teso don­de unas ruinas de castro ibérico y de iglesia románica, nos delatan la habitabilidad de estas tierras desde muy antiguo; y «La Peña de la Vela». Todos son elevaciones que vigilan los ricos pastos de estas tierras ganaderas.
Una prolongada y pendiente carretera, rodeada de ve­getación auténticamente mediterránea, une Hinojosa y el Salto de Saucelle.
Es el último pueblo de Los Arribes del Duero.
Sus habitantes están orgullosos de la iglesia, barroca en su interior y cuya primera construcción es anterior al 1476; la torre construida en el siglo XVIII; de sus casas con bellas y antiquísimas portadas y puertas; y de su fuente y empedrado romano.
Son verdaderamente bellos sus alrededores:
El recorrido de la vía férrea, que desde la estación al puente internacional tiene veinte túneles, algunos de ellos de unos dos mil metros de longitud, y diez puentes; desde algunos tramos de este recorrido se pueden observar los célebres cañales en el Águeda.
«Peña Redonda», «Mesita los Curas», «La Torreta» y «Tumbo la Caldera» son lugares turísticos a donde se puede llegar por caminos de tierra y, a alguno de ellos, el último tramo a pie.
La mina de estaño próxima al Duero donde en perfo­raciones a 270 metros salen chorros de agua sulfhídrica a treinta grados.
Finalmente merece mención especial el «Muelle de Vega Terrón:  antiguo y futuro puerto fluvial en la confluencia del
Águeda y el Duero. Los audaces pueden pasear por un tramo del puente internacional del ferroca­rril ya sin servicio. Este es un lugar donde se puede acampar y disfrutar de un suave clima, que hace florecer a los incontables almendros de la zona casi un mes antes que los del resto de la comarca.
Aunque no pertenece a la comarca de Los Arribes, citaremos en esta guía a Lumbrales por ser la capital del Abadengo. Conserva una magní­fica iglesia de estilo herreriano. La Casa de los Condes con sus artísticos artesonado y rejas.
Posee Lumbrales una confortable piscina.
En sus alrededores se pueden visitar «Las Navalito» (cerca de la mina) donde encontraremos restos arqueológicos; y «Las Merchanas», lugar próximo al río Camaces, que es un castro ibérico.
Situado al Oeste de la Provincia de Salamanca, frente a la raya de Portugal y separado de esta por el cauce del río Águeda, abrupto y escabroso como las arribes del Duero, forma parte de esa región salmantina, muy pecu­liar por sus características orográficas, climáticas y paisa­jísticas, conocida como las «Arribes del Duero». Es una Villa histórica y monumental llena de huellas del pasado que se mantienen gracias a una rica y larga tradición.
La plaza del castillo con su hermosa torre del homena­je; la Iglesia Parroquial con su puerta románica y otros elementos góticos en su interior que albergaba interesan­tes tesoros artísticos pero que desaparecieron en el in­cendio del año 1887. El convento de la Pasión con su iglesia de reminiscencias portuguesas, la ermita del rosa­rio, la ermita de Jesús Nazareno, la casa que fue el hospi­tal de la misericordia y las casas con sabor a viejo donde no faltan los escudos.
Santa Cruz: organizada por la cofradía de Jesús de Nazareno que cuida de la imagen del mismo nombre que se venera en la antigua ermita de la Vera Cruz (3 de mayo).
El Corpus: organizada por la cofradía del Santísi­mo que cuida de la custodia, destacan en ella la proce­sión por las calles sembradas de tomillo y engalanadas con los pequeños altares. El Noveno: fiesta de toros que conmemora la libe­ración de los tributos que este pueblo junto con los de Ahigal y Puerto Seguro pagaban a los duques de Alba. Destacan en ella los encierros a caballo de los toros, la plaza cerrada con carros sobre los que se instalan los palenques y los desencierras por las calles del pueblo. 11 y 12 de mayo.
Historia. 
La Villa de San Felices de los Gallegos o Sahelices el grande, con antecedentes Vetones y romanos, fue funda­da por el obispo don Félix de Oporto en el año 690 que trajo para ello una colonia de gallegos. Andando el tiempo el rey don Dionisio de Portugal, la reedificó y levantó forta­leza el año 1296. Dicho rey, casando la hija, doña Cons­tanza, con Fernando IV de Castilla, la dio en dote, donde hoy permanece. A finales del siglo XIII año 1291, San Felices era Villa según el documento más antiguo que se encuentra en el archivo municipal del rey don Sancho IV el Bravo y por el que se instituye el mercado. Por litigios entre los reyes de Castilla y Portugal, San Felices pasó por dos veces de la corona de Castilla a la de Portugal. Fue Señorío de la casa de Alburquerque, acogió en difíci­les momentos a la infanta doña Beatriz esposa del Conde don Sancho y a su hija doña Leonor de Castilla, que más tarde sería reina de Aragón, madre de cuatro reyes y abuela de don Fernando el Católico. Con ella se inicia un siglo en el que San Felices pertenece y es tutelada por reyes que la defienden con sus privilegios (Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y Enrique IV). Al final del reina­do de Enrique IV, la villa cae en manos de Gracián de Sesse señor ambicioso que se mueve en los litigios entre Isabel la Católica y la Beltraneja, lo cual trae consigo que el pueblo amotinado mate a Gracián de Sesse y que los Reyes Católicos entreguen la Villa con los lugares de Ahigal de los Aceiteros y Barba de Puerco (hoy Puerto Segu­ro) a los Duques de Alba, señores que fueron de esta villa hasta mediados del siglo XIX, época en la que cono­cimos la reforma de la torre del Homenaje, la fundación de dos conventos, y las guerras de secesión de Portugal y de la Independencia. Inicia el siglo XX en el más puro ostracismo.

Edita: Diputación de Salamanca en 1986
Texto: Francisco Gago Robles.

Veinte siglos de cocina en Barcelona

LA COCINA ROMANA
“... Et ostrífero addita super Barcino ponto.”
Y también Barcino, construida sobre el mar fecundo en ostras.
Decimus Maximus Ausonius. Epístola XXVII.

Desde el punto de vista de la alimentación humana, existen pocos datos anteriores a la conquista romana. Evidentemente, los primeros documentos hallados están escritos en griego y latín, si bien hemos de suponer que una cierta influencia fenicia aportó algo sobre esta cocina primaria, autóctona. Los geógrafos, naturalistas y hombres de letras griegos y latinos, se ocupan a menudo de Híspanla desde el punto de vista gastronómico, entre otros aspectos. Se habla del pescado, se cita aquella salsa para el pescado que es el garum, se loa el aceite, se elogian las ostras, se enaltecen los vinos y la riqueza de los trigales.
Entre nosotros ha desaparecido, por ejemplo, el cultivo de la ostra mediterránea que aún se conserva en el sur de Francia. El geógrafo griego Estrabón, que viajó por nuestras costas en el siglo I a. de J.C., subraya la importancia de las ostras de Barcelona y Tarragona. Dice Estrabón que la ciudad de Tarragona es una ciudad bien surtida de todas las cosas necesarias y no menos poblada de ilustres varones y parece que es digna de la residencia de los más ilustres emperadores. A continuación hace elogio de las conservas de la industria floreciente del salazón y de los moluscos de la región. Y se queja de que en aquel momento Tarragona no tuviera un puerto seguro.
Volviendo a las ostras de Tarragona, cinco siglos más tarde, Oribasio, célebre médico griego, todavía habla con elogio de la calidad de las ostras que vienen de las ostreras de Tarragona. Parece que el arte de criar ostras de los tarraconenses y de la gente de la costa de Levante se debía perder con la pesadilla que fue la invasión de los bárbaros.
De las comidas hispánicas, quien más habla es el poeta Marcial, nacido en Bílbilis, cerca de la actual Calatayud, en el extremo límite de la provincia Tarraconense. De hecho, es Marcial quien da más noticias sobre las comidas no tan sólo de la Tarraconense, sino también del resto de la Península. Hace elogio del aceite de Tarraco y en uno de sus epigramas dice que se puede colocar, sin desmerecimiento, entre los más sabrosos alimentos y lo considera mejor que el de Toscana y el de Istria. El mismo Marcial, hablando del jamón alaba el de Ceretania, es decir, el de la actual Cerdaña. No olvidemos que entonces en la península había cerdos en estado medio salvaje y en Cataluña, donde la vegetación boscosa era más abundante en robles y encinas que en pinos, los puercos gozaban, como en las Galias, de una bien ganada fama.
Así pues, no es extraño que en el epigrama LIV del libro XIII se haga elogio de este jamón:
Cerretana mihifiat uel missa licebit
de Menapis: lauti de petasone uorent
Que me sirvan pernil del país de los ceretaños
o que me lo envíen, tanto da,
del país de los Menapios; y que los
golosos devoren el pernil.
El país de los Menapios se sitúa en la orilla izquierda del Rin, no lejos de su desembocadura. Y en cuanto al jamón, debía ser semisalado, como se acostumbraba a preparar en aquella época en Roma.
Asimismo, Marcial habla de los vinos catalanes, es decir, del poderoso vino de Tarragona. En este mismo libro, núm. XIII, y en el epigrama CXVIII, leemos la afirmación de que el vino de Tarragona sólo era inferior al más fino de la Campania, es decir, al vino de Nápoles, que en aquella época era considerado el mejor:
Tarraco, Campano tantum cessura Lyateo, haec genuit Tuséis aemula nina cadis.
Tarraco, que sólo cederá ante los vinos de la Campania, ha producido este vino rival del de las botas de Etruria.
También Plinio el Viejo enaltece la calidad de los vinos de Tarragona, que pone al nivel de los vinos andaluces y de los de las Baleares (Naturae historiarum XIV, VIII, 71).
En toda la costa levantina de la península tuvo gran fama la salsa llamada garum, extraordinariamente apreciada en Roma. Los autores gastronómicos aún no se han puesto de acuerdo sobre su preparación. Según parece, era un líquido espeso, obtenido de la fermentación de la caballa en salmuera, y el más apreciado era el elaborado en el Mediterráneo. Hay quien pone por encima de todos al de Cartago Nova y otros, como el de Almuñécar, en la costa meridional. Aquel garum, hecho con caballa, tenía gran prestigio y se aplicaba a todos los platos, tanto de carne como de pescado, aunque resultaba más apropiado para acompañar a este último. Debía de ser una de esas salsas inglesas o americanas actuales, que parecen tener un sabor universal. Algunos autores coinciden en el hecho de que el garum provenía del Próximo Oriente y se debía confeccionar de muy diversas maneras.
Sobre el garum de Tarragona y Barcelona, se encuentra una mención importante en una carta que escribe Decimus Maximus Ausonius a su discípulo Paulino de Nola a Barcelona, es decir, Meropius Pontius Amicius Paulinos, nacido en Burdeos el año 355 y muerto en la Campania, donde era obispo, el 431. Fue Paulino, el discípulo amado de Ausonio, maestro de retórica y cónsul, se casó con una catalana, Terasia, se trasladó a Barcelona y recibió el bautismo en el 389. Se convirtió al cristianismo a instancias de su esposa y con un número reducido de personas se dirigió a Nola, la ciudad de la Campania, donde fue consagrado obispo el 409. Paulino fue uno de los grandes poetas cristianos de la época patrística y ha dejado más de treinta y cinco poemas. A su muerte fue santificado, pero cuando recibió esta carta era un amigo que intercambiaba regalos con su maestro, el gran poeta Ausonio. En la citada carta de Ausonio, que es la número 23 del epistolario, dándole las gracias por haberle enviado garum de la Tarraconense, que cita con el nombre que le daban los naturales del país que no hablaban latín: muña (hoy llamamos muría a una planta herbácea tormentosa y de hojas amarillentas), dice:
Qué bien me ha hecho que, sin haberme sido presentada, mi queja haya sido oída. ¡Oh, Paulino, hijo mío! Temiendo que el aceite que me habías enviado no me hubiese complacido, has reiterado tu obsequio y, añadiendo el aliño de la muria barcelonesa, has redondeado el presente. Pero tú no sabes que este nombre de muria, usado por el vulgo, yo no suelo ni puedo pronunciarlo. Aunque los hombres más sabios lo han oído, incluso los que vituperaron estos vocablos griegos, no tienen una forma latina para designar el garum. Por esto, sea cual sea el nombre de este licor de los aliados, llenaré mis platos y que éste, tan escatimado en la mesa de nuestros abuelos, rebose de las cucharas.
Notemos que Ausonio, supremamente aristocrático, como cónsul que era, llama al garum, licor de los aliados —garum sodorum— que era la forma más refinada de esta salsa. Se llamaba sodorum porque el mejor procedía de Cartago Nova, que estaba unida a Roma por un tratado de amistad y alianza.
También el trigo de la Tarraconense era famoso, por lo demás como todo el trigo de la península. Ahora bien, los literatos tan sólo hablan de los productos excepcionales que llegaban procedentes de nuestras costas a Roma: garums, trigos dorados, vinos maduros y opulentos, aceite verde-oro, espesos y suntuosos, ostras y almejas delicadas, y el maravilloso azafrán, tan apreciado.
Imaginamos que en las costas catalanas el pescado era muy importante, abundante en calidad y cantidad. Los viajeros griegos y romanos cuentan y no acaban, se entusiasman con la abundante producción de la pesca. Nuestro atún, suculento, el Faber, que es nuestro gallo de mar o gallos de San Pedro, de color gris verdoso, violáceo, con una mancha en el costado, y la morena que cita Aulio Gelio en sus Noches áticas. Las ostras, si bien muy pequeñas, no debían ser malas. Hasta Plinio el Viejo las elogia y dice que eran maravillosas. La ostricultura procedía de Roma y se arraigó sobre todo en Barcelona, con las magníficas posibilidades de sus aguas. En Italia parece que fue un patricio llamado Sergio Orata quien, imitando a los griegos de la isla de Lesbos, que habían imaginado los primeros cultivos de ostras, lo intentó en una finca que tenía cerca del lago Lucrino. Andando el tiempo comenzaron a cultivarse en Burdeos, en el estuario del Tajo, y en el Mediterráneo. No debían ser grandes centros de producción, y Oribasio, el médico griego que fue físico del emperador Juliano, habla de la calidad de las ostras que se encuentran en la costa poniente de Tarragona. Estos centros, como los barceloneses del Maresme, tuvieron un buen comercio que se perdió con la pesadilla que fue la llegada de los bárbaros visigodos.
En su libro de epístolas, el poeta Decimus Marcus Ausonius, que se encontraba cerca de Burdeos, escribía a su filial discípulo Paulino que vivía, como hemos dicho, en Barcelona:
Nunc tibí trans Alpes et marmoream Pyrenem
Caseareae Augustae domus Tyrrhenica propter
Tarraco et ostrífero super addita Barcino ponto.
Más allá de los Alpes y del Pirineo marmóreo,
se encuentra la casa de César Augusto; la tirrena
Tarraco está cerca y también Barcino, construida
sobre el mar fecundo en ostras
Así pues, Ausonio caracterizaba a Barcelona por este molusco. Digamos, de paso, que Tarragona es calificada de tirrena porque mira de una forma muy lejana y no demasiado aproximada hacia el mar Tirreno.
El pueblo debía comer de una forma muy parecida a la de la baja y hambrienta plebe romana: el típico hormigo de cebada o de mijo, las gachas de trigo cuando había suerte, las habas mediterráneas —sobre todo secas— y el hispánico garbanzo. Entre los romanos el garbanzo producía el mismo menosprecio que hoy entre los franceses y, en general, en todos los países europeos. En los suburbios de la Roma imperial dicen que se exhibía un esclavo cartaginés, con cara de definitivo idiota, hartándose de garbanzos y la gente se retorcía de risa tan sólo mirándole. Tampoco olvidemos que uno de los personajes más cómicos del teatro de Planto es el célebre «Pultafagónides», que significa exactamente el goloso de garbanzos.
Quiere la leyenda que el garbanzo fuera introducido en Hispania por el general púnico Asdrúbal quien, como no toleraba el ocio de su tropa, hizo que sus soldados practicasen la agricultura y cerca de Cartago Nova se comenzó a cultivar el garbanzo. En Cataluña, donde los soldados fenicios recalaron a menudo, también se cultivó.
Además de estos alimentos habituales, en las comarcas costeras debían comer pescado y salazones, que siempre nos han apasionado. El arte de la pesca provenía de los griegos, que se habían establecido en Ampurias, entre otros lugares, y que disponían con el golfo de Rosas de un prodigioso vivero de pescado. En el interior debía existir una incipiente ganadería, aparte de los animales silvestres, muy abundantes como sobre todo el omnipresente conejo.
Sabido es que el conejo está relacionado desde muy antiguo con nuestra Península. Arriesgándonos por los caminos siempre peligrosos de orígenes y etimologías, digamos que históricamente la descripción escrita del conejo se encuentra por primera vez en Europa en nuestra Península y que ya se han encontrado vestigios de este roedor en algunos restos paleolíticos. Es muy antigua la idea de que el conejo —según parece debida a Plinio el Viejo— da el nombre de Hispania; es decir, que la forma original latina de España viene de i-sepham-in, que en púnico quiere decir costa o isla de conejos. Puede ubicarse el origen del conejo, más o menos remoto, en el norte de África, desde donde pasó a Hispania y de aquí se extendió por el sur de Francia y, a través de las Galias, a Italia. El profesor Antonio García Bellido ha escrito un erudito trabajo sobre el conejo ibérico y opina que la palabra conejo proviene de una antigua raíz ibérica que da en latín cuniculus y en griego kynidos. De este cuniculus latín retorna la voz castellana conejo (o la catalana «conill») y el vocablo francés medieval «conil».
La plaga de conejos en la Península la mencionan todos los escritores antiguos. El poeta Cátulo alude, malicioso y resentido, a la cuniculosa Celtiberia, y esta expresión, nos duele decirlo, es de un infinito menosprecio. Se trata de un poema donde se refiere al romano de origen hispánico Egnatius, al cual su estimada y coqueta Lesbia insulta, llamándole hijo de la conejera Celtiberia y añade que dens Hibera defricatus urina, que es una acusación que se hacía en contra de nuestros remotísimos antepasados, diciendo que se limpiaban los dientes con orines. Esta pérfida ofensa la repite Cátulo en otros poemas. Consolémonos, en cambio, pensando que algunas medallas del emperador Adriano —como bien se sabe, de origen bético—, llevan también el conejo como símbolo.

Nestor Luján “Veinte siglos de cocina en Barcelona” De las ostras de Barcino a los restaurantes de hoy.

Productos de temporada en mayo

Verduras y hortalizas: guisantes, zanahorias, espárragos, alcachofas, berenjenas, pimientos verdes, calabacín, pepino, tomates, habas, cebollas blancas, espinacas, setas de primavera, patatas, rábanos, acederas, hierbas aromáticas.
Carnes y aves: Cordero, lechal, pollo, gallina, pato, codornices, pichones, pintada, conejo.
Pescados: Merluza, pescadilla, gambas, langosta, calamares, mejillones, rodaballo.
Frutas: Albaricoques, cerezas, melocotones blancos, ciruelas, fresas, frambuesas, grosellas, limas, almendras frescas.

La Naturaleza en mayo

Ahora, la Naturaleza ofrece a nuestra consideración:

- Florecen las pasionarias.
- En otros tiempos, se cazaban fieras y otras alimañas hasta primeros de agosto. Hoy se encuentran protegidas.
- Pare la loba su camada anual.
- Se aparea el ganado.
- Nacen los primeros cervatillos y paren las cabras montesas.
- El “foxino” devora parte de las puestas de la trucha.
- Se siembran en la mayoría de las regiones el maíz y las alubias y se trasplanta el tomate y el pimiento.
- Florece la serapia.
- Los pavos y las gallinas de agua tienen polluelos.
- Incuban sus huevos las lavanderas.
- Desovan los barbos.
- El esturión sube los ríos para desovar.
- Revolotean atolondrados los capricornios.
- Florecen las amapolas y los robles.
- Ponen las carpas y frezan los atunes.
- Aparecen por todas partes escarabajos y mariposas.
- Canta el cuco, anuncio vanguardista del jolgorio universal que es la primavera.
- Nacen los ciervos.
- Las bestias buscan la sombra.
- Las grullas vuelven a las islas.
- Cantan sin cesar los ruiseñores.
- Paren los erizos.
- Ponen sus huevos las culebras.
- Comienza el periodo reproductor de la rana ibérica.
- Emigran los jureles.
- Nacen los rebecos.
- Florecen las zarzas.

Productos de temporada: abril

Verduras y hortalizas: tirabeques, guisantes, zanahorias, nabos, cebollitas nuevas, habas, alcachofas, acederas, espinacas, espárragos, patatas nuevas, berros, lechugas.
Carnes y aves: cordero, cabrito, carnero, cerdo, ternera, conejo, cochinillo.
Pescados: salmón, merluza, trucha, rodaballo, lubina, lenguado, salmonetes, caballa, rape, calamares, cangrejos de río.
Frutas: fresas, peras, manzanas, plátanos, ruibarbo.

La Naturaleza en abril

En abril la Naturaleza ofrece a nuestra consideración

- Las calles se inundan de “pan y quesillo”.
- En las zonas costeras se acoplan los pavones.
- Los pájaros tienen crías y abundan los peces.
- Gritan las abubillas.
- Aparecen los murciélagos.
- Despiertan la culebra lisa y la víbora hocicuda.
- Nacen los alevines de los reos en los ríos cántabros.
- Amarillean los bosques con la retama y los amentos masculinos de algunos árboles.
- Se hinchan en celo las avutardas macho y hacen rueda en torno a las hembras.
- Regresan los abejarucos.
- Copula la víbora áspid.
- Pare la salamandra común.
- Se aparean los barbos en nuestros ríos.
- De los huevos que pusieron los saltamontes verdes surgen ahora unas ninfas devoradoras de pulgones.
- Los salmones emigran hacia el Atlántico Norte para madurar.
- Este mes deben de ser cubiertas las hembras de caballar y asnal.
- Florece el olivo.
- Se siembra el maíz en varias regiones españolas.
- Se extraen las raíces del secácul y se siembra la mandrágora.
- Florece la encina.
- Se despereza de su letargo el lirón gris.
- Copula la tortuga laúd para desovar después en las playas de Canarias.
- Regresan, envueltos en sus típicos chillidos, los vencejos mientras los aviones comunes construyen sus nidos de barro.
- Inundan la noche con sus cantos los ruiseñores.
- Florecen las rosas silvestres y encaña el trigo.
- Por la lluvia de abril se forman las perlas en las ostras.
- Comienza el periodo de reproducción de los lucios.
- Desovan las lochas en los cursos altos de los ríos.
- Incuban los martinetes en las riberas.
- Las cetonias sobrevuelan las flores.
- Se encelan las lagartijas ibéricas.
- Paren los topillos y los ratones.

Olla podrida

Generalizada en Castilla-La Mancha

La fórmula de la olla de Don Quijote aquí se presenta.

Nota: podrida tiene más que ver con poderida (poderosa, abundante, rica) que con el significado actual de la palabra. El origen tanto de esta fórmula como la más simplificada del cocido español tiene que ver con la adafina de los judios. Los critianos le añadieron el cerdo.

PRIMERA FÓRMULA
Dentro de una olla de buenas dimensiones, se colocan los siguientes ingredientes: 750 gr de morcillo de vaca, 1/2 Kg de añojo, 1/2 Kg de pierna de carnero, una morcilla de cebolla, jamón a discreción (una punta), un buen trozo de panceta, una gallina troceada, un pato despellejado y troceado, una perdiz, un seso (este se echará media hora antes de servir el plato), higadillos y mollejas de ave, puerros, nabos, zanahorias, cebolla, apio y una ramita de azafrán. Se pone todo con agua hasta cubrir los ingredientes relacionados y se deja cocer lentamente, espumándolo de vez en cuando. Cuando empieza a hervir se le añade sal al gusto y garbanzos que previamente se habrán tenido en remojo desde una noche antes. Se vuelve a dejar hervir lentamente durante dos horas. Quince minutos antes de separarlo de la lumbre se le añade medio repollo. Esta Olla podrida se servía en varios platos, separando carnes y sabores, adornándose con ensaladas de lechuga, tomate, pimientos rojos y cebolletas.

SEGUNDA FÓRMULA
En la primera fórmula, la cantidad de ingredientes que lleva es para dar de comer a medio regimiento y ello puede inducir a error al ama de casa que no sabría calcular la cantidad necesaria para cuatro personas, que es la cantidad de comensales que nosotros hemos tomado como base para nuestras recetas. Aclarado este término, ahí va la segunda fórmula de este tradicional plato manchego nombrado por Cervantes al mencionar las costumbres alimenticias de Alonso Quijano al decir: «Olla de algo más vaca que carnero...».

Ingredientes: 150 gr de cerdo, otro tanto de carne de añojo o vaca, 100 gr de chorizo, un trozo de tocino entreverado, 1/2 Kg de garbanzos puestos en remojo con anterioridad, 200 gr de judías blancas ya remojadas. Tiempo de cocción: dos horas.
Se llena una olla de agua, dejando un espacio libre para todos los ingredientes. Se pone al fuego y cuando hierve, se van echando los ingredientes arriba indicados, menos las judías. Al cabo de un rato de cocción y después de sacar cuidadosamente la espuma que se forma en la superficie, se le pone un poco de sal. Se deja que vaya cociendo lentamente y cuando falta una hora para terminar la cocción se añaden las judías blancas remojadas.
A las tres horas de cocción, se retira la olla del fuego, se cuela el caldo con el que se prepara la sopa de pasta que más guste (fideos, estrellitas), y se sirve seguida del contenido de la olla bien colocada en una fuente grande.
Unos trocitos de calabaza finamente cortados y echados en la olla media hora antes de retirar todo del fuego le da muy buen gusto.
También se le pueden incorporar unos trozos de patatas.

TERCERA FÓRMULA
Ingredientes: Una oreja de cerdo, 3 patas de cerdo, una gallina, 1 kg de carnero, 1/2 kg de garbanzos, 200 gr de alubias blancas, un buen trozo de jamón serrano, 6 zanahorias, 6 patatas, 2 nabos, 3 chorizos, 3 tomates, 3 cebollas, 6 cebolletas, una cabeza de ajos, 100 gr de arroz, una docena de setas o níscalos, salsa de tomate, sal y agua.
Se ponen a hervir todos los ingredientes, menos el arroz y las setas.
Se toma primero, con caldo del guiso y el arroz, sopa de arroz y setas picadas. Después, se toman los chorizos con las verduras. A continuación la carne, jamón, la gallina y el trozo de carnero. Luego los garbanzos, con salsa de tomate, oreja y pata.

Cunqueiro o lobo e o carballo máis vello

O LOBO - Díxome esto Penelas do Couto: Para que un lobo se quede nunha comarca que non é a do seu natío, denantes de facer cama vai falar co carballo máis vello que haxa por alí. O lobo trata de vostede ó carballo, pero o carballo tutea ó lobo. O lobo acaróase ó carballo, frégalle o fuciño para espertalo, e pregúntalle, ó acaso, por xentes diversas: -¿E o xastre? ¿E pasou un coxo? ¿Vostede mirou un de polainas? ¿Ían dúas mulleres cunha galiña? O lobo non pode pronunciar nomes de cristiáns: Pedro, Xosé, Roque, Antón, Edelmiro... disque Noso Señor Xesucristo andou polomundo. Cando o lobo acerta a dicir alguén que o carballo viu pasar, o carballo asina, e entón o lobo pregúntalle se viu pasar o lobo. Se o carballo di que si, o lobo procura cama na comarca. Xa sabe que hai comida e escondite. O carballo nunca mente... Álvaro de Cunqueiro: Escola de menciñeiros e Fábula de varia xente (1960)


Una linea, un poema

Los lectores españoles no pueden disfrutar de escritores como E. J. Gonatás (1924-2006) quien es capaz de condensar la esencia poética en un poema que consta de un solo verso: "Paciencia. Cuajará la lágrima, se convertirá en isla".

Oda: intuiciones de inmortalidad en los recuerdos de la niñez de William Wordsworth

       X
“What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering;
In the faith that looks through death,
In years that bring the philosophic mind.”
W. Wordsworth
X
"Aunque el resplandor que brilló tanto un día
esté ahora para siempre lejos de mis ojos,
aunque nada pueda devolverme el instante
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
en vez de llorar, saquemos
fortaleza de todo lo que vimos,
de esa primordial simpatía
que existió entonces y siempre existirá;
del pensamiento en calma que surge
del sufrimiento humano,
de la fe que es capaz de mirar a través de la muerte
y de los años que forjan la mentalidad meditativa."
(Traducción: Ángel Rupérez)


Frases de G. García Márquez



  • "Escribo para que mis amigos me quieran."
  • "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla."
  • Le dijo su abuelo el coronel Márquez: - "No sabes lo que pesa un muerto"
  • Los crepúsculos

    Recibían el nombre de prima fax las primeras horas de la noche, cuando, por haberse puesto ya el sol, empezaba a ser precisa la luz de las antorchas. Según SERVIO (ad Aen. III, 587) la noche se dividía en crepusculum, quod et Vesper; fax, quo limina incendunt; intempesta, i. e., media; concubium, quo nos quieti damus; gallicinium, quo galli cantant; conticinium; post cantum gallorum silentium; aurora vel crepusculum matutinum.

    La Capilla Sixtina de Castilla (San Baudelio de Berlanga)


    CASTILLA se va entretejiendo, como ocurre con España entera, sobre un cañamazo cultural muy complejo, pero en el que destaca de manera singular el fragor de las luchas con los islámicos y las largas paces en convivencia con ellos. «Del neolítico a los almohades, la presencia frecuentemente agresiva de África es un dato tan fundamental para la geografía como para la historia hispánicas», ha escrito con toda lucidez Jacques Fontaine. Y, por fuerza y por dentro, la historia y el alma colectivas, los sentires, pensares y vivires de Castilla son, ciertamente, fronterizos; y, para adentrarnos en ellos, hay que pasar por un arco de herradura. Tomás de Aquino, en su espléndida madurez espiritual, se paraba ante las puertas y dudaba un tanto antes de traspasar su umbral, porque una puerta que se abre es siempre un «novum» lo que promete a nuestros ojos y nos exige su comprensión. En este caso, la de Castilla como Oriente, antes de convertirse, luego, en un país románico y europeo; si es que llega a ser esto último, que éste es otro cantar y otro cuento, como decía Kippling, que habrá que contar más adelante.

    Lo que hay que decir, ahora, es que en esta frontera, bélica, unas veces; y pacífica, otras, entre islámicos y cristianos, hay atalayas y almenaras o alcázares: es decir, palacios o campamentos militares; y hay también almunias o jardines, o «huelgas»; pero, sobre todo, es­tán ahí los «kibbutzs» o asentamientos fronterizos, escondidos en un valle, tras un soto, cobijados por cualquier otro repliegue geológico. Son lugares de resistencia espiritual, pero, a la vez, asimilados en cierta manera a los modos de ser y de vivir de aquellos a quienes se resiste: los islámicos. Es decir, lugares de osmosis entre los hermanos enemigos. Y desconciertan, pero quizás son ellos las claves de toda una existencia como la castellana y de su historia espiritual y más profunda. Esa historia que, en San Millán de la Cogolla o en San Baudelio de Berlanga —y así será en todas partes— comienza como un cuento oriental: con un manantial de agua fresca y una gruta, y unos árboles en torno. Y un ermitaño o morabito que allí habita, naturalmente.

    El paisaje en que, ahora, se alza San Baudelio es realmente este­pario y eremítico: un pelado y pardo alcor cuyas tonalidades van del ocre rojo al amarillo, blancas manchas calizas y el verdor de matojos enanos. Pero no evoquemos, en seguida y sin más, a los Padres del Yermo; aquí, hubo árboles: encinas exactamente, y agua, que todavía puede verse correr hacia el pequeño valle. Los monjes o, más bien, eremitas, que, aquí buscaban a Dios en el desasimiento y la nada, vivían en medio de un bosquecillo y siquiera bajo la parva umbría tan ascética de la hoja de encina. Y, aunque nadie lo diría, ahora, al contemplar externamente este recinto cuadrangular que se prolonga en una especie de ábside igualmente cuadrado y gris, una vez atravesada la puerta de herradura, aquí es verdaderamente el paraíso, una almunia sagrada, el Edén.

    El edificio está concebido como un gran árbol de piedra, cuyas ramas sostienen el cobijo de la techumbre: son los nervios en que se despliega una columna que se abre en arcos de palmera y muestra su blanco tronco salpicado de rudos puntos rojos, como en un sarpu­llido de vida, un goteado de Pollock.

    ¿Y qué hace, aquí, una palmera, a orillas del Escalóte, en este clima riguroso? Es pura teología, un símbolo paradisiaco: la sombra y la frescura tras el arduo caminar que es la vida; el canto tranquilo de celestes pájaros que anidan en ella, la dulzura de los dátiles y el ruido que hace el ventalle al entrechocar sus hojas suavemente des­pués de tanto estruendo que es la historia y de tanto amargor que da el ser hombre. Es un oasis y un refrigerio, pero también una escala hacia lo Alto. Es el árbol sagrado de los antiguos mesopotámicos y está específicamente bendecido en el Corán, pero la Biblia misma hace de ella la figura del justo:

    «El justo florecerá como palmera.»

    «Feliz el hombre que confia en Yahvé y del que Yahvé es su esperanza.

    Es como un árbol plantado al borde del agua, que extiende sus ramas hacia la corriente.

    No teme cuando llega el calor, su follaje permanece siendo verde, y, en año de sequía, está sin inquietud.

    (Jeremías, 17, 7-8)



    En el Beato de Valcabado —en seguida vamos a abrir estos li­bros que llevan el extraño nombre de Beatos y son los grandes libros que Castilla ha dado al mundo, como este monasteriolo es su Sixtina— una palmera da acogida y sombra a los bienaventurados que bajo ella se abanican, o, agitando palmas, vitorean eternamente la gloria del Cordero.

    El paraíso se ha soñado siempre con estas imágenes de solaz y de belleza, con visiones de extrañas y lejanas ínsulas pobladas de árbo­les exóticos y aves de brillantes rojos y verdes, azules o amarillos en sus plumajes, que cantan o parlotean, o en ensoñaciones de puertas de oro, jaspe u ónice, de las que se habla en el Apocalipsis; pero, ante todo, es un jardín y un frescor.

    En otro Beato —el de Gerona— hay también otra viñeta de una palmera que es sangrada por dos campesinos para recoger de ella vino de palma. Y eran cristianos arabizados los que habían visto realizar estas tareas o sabían cómo se llevaban a cabo de todos mo­dos, o incluso las practicaban en las almunias de la costa levantina donde sabemos que se bebía «nabid» o vino de dátiles. ¿Y no se trata aquí, simplemente de trasponer en un plano artístico todo ese ejercicio agrícola, en estas latitudes tan frías en las que nos consta, sin embargo, que, aprovechando un abrigaño del terreno, se logra­ron aclimatar olivos, como en San Cebrián de Mazóte, por ejemplo? ¿Y acaso no era ese mismo ejercicio un símbolo de la vida edénica?

    Pero todo nos aparece más claro aún, si todavía contemplamos otra imagen del Beato «Justus ut palma florebit», que está en la Biblioteca Nacional de París, y en la que el justo asciende por la palmera en busca de sus dulces frutos. Su ascensión es claramente una mística subida a lo Alto, y, por cierto, está extraordinariamente enfatizada en este edén de San Baudelio: un jardín de delicias, un paraíso místico y oriental, al mismo tiempo.

    Bajo la gran palmera, una especie de mezquitilla —o minúscula iglesia copta, por su blanca alegría— o bosquecillo de pequeñas co­lumnas cilíndricas, sin capiteles y sólo con algunos adornos en los plintos, sostiene una alta plataforma, tribuna o apartamiento en lo alto al que se sube por una escalerilla, que muy probablemente fue en un principio una escala de mano, de también claro significado místico en todo el Oriente, que se retiraba una vez utilizada; y aun­que a ese apartamento pudiera accederse al mismo tiempo por una puerta exterior al recinto, que hoy se encuentra al ras de la eleva­ción del terreno que circunda a la ermitilla.

    En esta tribuna o estancia, ya a medio camino del follaje del árbol y de su misterio celestial, se encuentra una capillita, casi como un «kiosko» o nicho, deliciosamente decorada con pinturas románi­cas: una Virgen flanqueada por dos personajes, y, en un lateral, un estilizado lebrel. Una lucerna en arco de herradura vigila la entrada del recinto entero desde esa altura, y una balaustrada, como un ico­nostasio y como cubierta por un gran paño oriental de águilas y leones inscritos en círculos, realizaría la separación sagrada o velaría lo recoleto de la oración o de la celebración litúrgica, allá arriba.

    Pero, todavía más arriba, hay aún otra estancia última y supre­ma, entre los brazos mismos de la pétrea palmera, en lo más alto del ascenso místico. Es como una cilindrica linterna, ciega y aislada, de sólo un metro de diámetro, y rematada en una cupulilla de seis ner­vios: como un «mihrab». Se ha supuesto que se trataría de un lugar a trasmano, no fácilmente visible, donde poner a buen recaudo los libros o vasos sagrados en este «kibbutz» fronterizo del Duero, un espacio geográfico que no va a ser definitivamente conquistado sino a principios del XII por Alfonso I de Aragón y que continuará sien­do un bastión débil, largo tiempo después. Pero es mucho más pro­bable que fuera una celdilla de eremita estilita y solitario, que en Celanova o en San Miguel de Escalada vivía en sus ábsides laterales; es decir, la última estancia del «justus», que ha llegado a la cima mística o prosigue allí su lucha en soledad total. O, al fin y al cabo, es precisamente un «mihrab» donde nada había y nadie habitaba, símbolo de la ascensión suprema e inalcanzable; presencia de lo Alto, que, en lo alto de la palmera o escala del paraíso, se revela: allí donde no hay nada y sólo es el vacío y el silencio; la morada de Cristo, como en «El manuscrito de las tres palomas» donde aparece en su mandorla o almendra sagrada, rodeado de pájaros, en la copa de un cedro.

    Y, de todas maneras, este lugar es una lámpara de iluminación interior: el otro cabo, en lo alto, junto al cielo, de la parábola espiri­tual que aquí se expresa y que, como decía, comienza en la gruta que allá abajo, dentro de la mezquitilla, se adentra en la tierra hacia el sur del edificio y sería la morada del primer anacoreta: la raíz del árbol junto al agua. Raíz nutricia y brazos frondosos cargados de frutos, la tiniebla y la luz, lo bajo y lo alto, la escala y el ocultamiento, la ausencia total de cualquier cosa o criatura en medio del árbol sagrado.

    Pero los muros están pintados, naturalmente. ¿Cómo, si no, sería un edén este recinto? Y hay dos claras y netas series de pinturas: unos bellos frescos románicos con escenas evangélicas, y las pinturas bajas o mozárabes; incluso si hay quienes ven en ellas rastros de una estética y de técnicas romanizadas. De unas y otras sólo quedan restos, o sólo la impronta de las pinturas que fueron arrancadas: una impronta como un grito de desgarro, pero también como el resplan­dor de la belleza que ilumina este paraíso.

    Las pinturas altas narran la vida entera de Jesús desde Belén, donde es adorado por los Magos, hasta su muerte y sepultura; pero hay, entre ellas, dos escenas que priman por su singularidad: la re­surrección de. Lázaro de la que es testigo un tonsurado —lo que implica una teología muy explícitamente eclesiológica— y las bodas de Caná, donde Jesús aparece sentado entre los novios ante una mesa llena de viandas y junto a la cual un sirviente escancia el vino; lo que también implica una versión teológica del hecho, que va más allá del relato evangélico y se torna didáctica. ¿O es la pura expre­sión de la alegría de los alimentos y del bendecido amor humano?

    En la pintura del ábside lo que nos sorprende no son las imá­genes de San Baudelio y de San Nicolás, o la Paloma, símbolo del Espíritu Santo, o las apenas reconocibles de Jesús y la Magda­lena en un lateral, sino el enigmático animal que está pintado bajo la ventanita abocinada. ¿Qué es: un ibis o un pelícano? La inter­pretación del pelícano es arriesgada no sólo porque su simbólica eucarística —el pelícano se sacrificaría a sí mismo para alimentar a sus polluelos— es más tardía e igualmente más tardías son la interpretación enfáticamente sacrificial de la Eucaristía y la mis­ma reserva eucarística, sino porque aquí faltan los polluelos y el escorzo del ave sagrada del antiguo Egipto está acentuadamente di­bujado.

    Pero las que primordialmente nos subyugan son las pinturas bajas o mozárabes que constituyen, por así decirlo, el paisaje de este paraíso a la sombra de la palmera: un cazador de ciervos, que ya ha dado en el blanco y dispara de nuevo su arco; otro cazador, que, montado en su caballo, azuza a sus tres lebreles contra dos pequeñas gacelas, y un caballero con halcón. Lleva espada y sombrero, y un manto rojo. En contraste con las otras dos escenas venatorias, abso­lutamente dinámicas, aquí el cazador está sorprendido en estática posición; pero los tres frescos de caza ofrecen una simbólica escatoló- gica y paradisiaca, precisamente porque hay tanta vida en ellos.

    No ocurre lo mismo, sin embargo, con las águilas y leones ence­rrados en medallones que, como se dijo, están pintados en la balaus­trada de la tribuna. Estos animales son la copia de un tejido oriental y ahí están dibujadas unas presillas o lazos para dar a entender inequívocamente que éste es, en efecto, el bordado de un tapiz o lienzo tendido sobre el muro: una decoración principesca. Y ésto, aunque tampoco dejen de ofrecer una alegoría muy clara: el águila es el símbolo de la contemplación de las realidades eternas, y el león lo es de la resurrección y de la fuerza. El águila acostumbra a sus polluelos a volar alto y a mirar al sol, cara a cara, y aborrece a los que no son capaces de sostener su fulgor. El león insufla con su lengua el hálito de la vida en la boca de sus cachorros muertos para resucitarlos.

    Pero volvamos a los otros animales, que, como los del Arca de Noé del Beato de Valcabado, están ahí primordialmente como ex­presión de vida y vida paradisiaca: el delicioso dromedario amarillo de tan elegante cuello y el expresionista oso rojo, de un trazado lleno de poder. O el elefante atigrado, surrealista, con su juguetona trom­pa que tanto fascinó a esos siglos medios. El pintor lo ha transpuesto «picassianamente» con mayor atrevimiento aún que como lo pintó el de Valcabado, o quizás nunca lo había visto: ni siquiera en una de esas telas que lo representaban con tanto realismo, tal y como pode­mos comprobarlo en la que se conserva en San Isidoro de León, y plasmó aquí su sueño. El animal poseía su leyenda de castidad e inocencia; pero, luego, aquí se le cargó con la torre o el castillo románicos sin duda aunque en relación con ellos aparecía ya como peón en los ajedreces orientales: la tienda en que a su lomo viajaban los príncipes, y se convirtió en el símbolo de la fortaleza.

    ¿Y qué quiere decir este anciano con yelmo y un pesado escudo árabe? Es inquietante y misterioso. ¿Es un cristiano obligado a servir en las filas islámicas o un centinela de frontera que ha envejecido en el oficio? ¿O es un estereotipado y a la vez cotidiano «luctator», que está ahí para recordar que la vida es lucha, y la calvicie, el símbolo de la fidelidad?

    Los mismos toros del zócalo, que están frente a la entrada, tienen o pueden tener también distintas lecturas, aunque su lugar en esa zona inferior y su factura resueltamente románica nos inclinan a ver en ellos un simbolismo instintual de poderosos apetitos.

    Al principio, decía, fue una gruta entre encinas, y el agua, y un anacoreta o morabito. Luego, creció aquí una palmera y hubo un bosque de columnas blancas y animales exóticos y escenas lúdicas y de Génesis o paraíso. Y, allá arriba, un espacio vacío, lugar sagrado de la presencia del Invisible y de su teofanía en ese vacío. Pero insistamos: animales, árboles y agua. Y luz por las orientales venta­nas cuvas parejas sólo se encontrarán en el Al-Andalus islamizado: vida, en suma. La vida, la luz y la alegría paradisiaca se concentran aquí como la otra versión apocalíptica de los orientalizados cristia­nos de este monasteriolo de Castilla. Porque no fue así en otras par­tes, en otros «kibbutzs» mozárabes y fronterizos donde se escribie­ron y pintaron los Beatos, que es preciso hojear en seguida para entender esta singularidad misma de San Baudelio de Berlanga y el mensaje profundo de la Castilla oriental y apocalíptica.


    José Jiménez Lozano "Guía Espiritual de Castilla" 

    A la luz de la Candela de José Jiménez Lozano

    "A las pinturas de cosas, que también se llamarían luego “naturalezas muertas” o “bodegones” en su caso cuando se pintan cocinas, despensas o salas de yantar, que son muy otra clase de pinturas, se las denominó primero “pinturas de silencio” o “pinturas calladas” o “quedas”, y el pintor parece haberlas puesto ahí, ante nuestros ojos, como para entregarnos el estar en el mundo en el mundo con su fragilidad de cosa

    Las cosas, en estas pinturas, están ahí, solas en su soledad de cosas. Aunque en esa su soledad misma, simplemente por ser cosas, tienen memoria de hombre, de tacto de unas manos o unos labios de hombre, y ellas mismas, al separarse, han dejado en el hombre huella: quizás sólo un rasguño en el alma, pero puede ser que también un gran boquete. Y hay otras cosas que parece que esperan acompañar y ser acompañadas, y tienen una soledad de espera.

    Pero también están las cosas que son “desechos”, cosas raídas, gastadas, destruidas, “andrajos del tiempo” que dice un verso de John Donne; sin brillo ya, deshilachándose, con la señal roja de la herrumbre: pañizuelos, platos, palmatorias, candiles, un cobre, un cuenco de madera, una jarrita de barro, un vidrio quebrado, un arconcillo, pluma y papel para escribir, unas despabiladeras antiguas, un cabo de vela en su consumación extrema, un trozo de lacre, un vestido que encogió de pronto, o se rasgó. Y están, en fin, las cosas encontradas que son nada pero nos encandilan; y el caso que quien mira esas “pinturas calladas” o “pinturas de cosas” es arrastrado a su mundo también callado, aunque hay pinturas de cosas de cosas” que no son tan calladas, como por ejemplo, el bodegón de los barquillos de Baugin, o el bodegón del cardo de Sánchez Cotán, o el bodegón de los cacharros de Zurbarán y éstos hablan, pero mucho más otros que están realmente incluidos en cuadros como parte de ellos.

    ¿Se acabó el silencio de esta pintura de cosas en nuestro mundo, porque no se encuentran, para pintarlas, las que son lo suficientemente pequeñas y humildes como para que la belleza las envuelva, aunque sea con su ausencia? No, pero lo cierto es que la relación profunda del hombre con las cosas, y de éstas con él, se ha roto. El hombre de nuestro tiempo quizás ya no quiere o se ha resignado a no tener cosas, porque, en general está rodeado de demasiados objetos absolutamente indiferenciados e idénticamente repetibles. Están hechos o fabricados ya con una indiferenciación objetiva: cántaro añadido a cántaro, plato a plato, como una inmensa repetición de lo mismo, día a día, objeto a objeto, que es el mismo objeto repetido y multiplicado, no cosa. Aunque, naturalmente, mientras haya hombres habrá cosas y recuerdos y silencios ante ellas. Y pinturas quedas, porque habrá un pañizuelo, un vaso de agua, una carta y un lirio. Y esto significará algo para alguien."
    A la luz de la Candela
    José Jiménez Lozano 

    (Publicado en El Adelantado de Segovia y escuchado en una conferencia en la Fundación March)

    EL CONDE SISEBUTO (Joaquín Abatí Díaz)


    A cuatro leguas de Pinto 
    y a treinta de Marmolejo, 
    existe un castillo viejo
    que edificó Chindasvinto. 

    Perteneció a un gran señor
    algo feudal y algo bruto; 
    se llamaba Sisebuto, 
    y su esposa, Leonor, 

    y Cunegunda, su hermana, 
    y su madre, Berenguela, 
    y una prima de su abuela
    atendía por Mariana. 

    Y su cuñado, Vitelio, 
    y Cleopatra, su tía, 
    y su nieta, Rosalía, 
    y el hijo mayor, Rogelio. 

    Era una noche de invierno, 
    noche cruda y tenebrosa, 
    noche sombría, espantosa, 
    noche atroz, noche de infierno, 

    noche fría, noche helada, 
    noche triste, noche oscura, 
    noche llena de amargura, 
    noche infausta, noche airada. 

    En un gótico salón
    dormitaba Sisebuto, 
    y un lebrel seco y enjuto
    roncaba en el portalón. 

    Con quejido lastimero
    el viento fuera silbaba, 
    e imponente se escuchaba
    el ruido del aguacero. 

    Cabalgando en un corcel
    de color verde botella, 
    raudo como una centella
    llega al castillo un doncel. 

    Empapada trae la ropa
    por efecto de las aguas, 
    ¡como no lleva paraguas
    viene el pobre hecho una sopa! 

    Salta el foso, llega al muro, 
    la poterna está cerrada. 
    -¡Me ha dado mico mi amada! 
    -exclama-. ¡Vaya un apuro! 

    De pronto, algo que resbala
    siente sobre su cabeza, 
    extiende el brazo, y tropieza
    ¡con la cuerda de una escala! 

    -¡Ah!... -dice con fiero acento. 
    -¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso. 
    -¡Ah!.. -repite venturoso. 
    -¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento. 

    Trepa que trepa que trepa, 
    sube que sube que sube, 
    en brazos cae de un querube, 
    la hija del conde, la Pepa. 

    En lujoso camarín
    introduce a su adorado, 
    y al notar que está mojado
    le seca bien con serrín. 

    -Lisardo ... mi bien, mi anhelo, 
    único ser que yo adoro, 
    el de los cabellos de oro, 
    el de la nariz de cielo, 

    ¿qué sientes, di, dueño mío?, 
    ¿no sientes nada a mi lado?, 
    ¿que sientes, Lisardo amado? 
    Y él responde: -Siento frío. 

    -¿Frío has dicho? Eso me espanta. 
    ¿Frío has dicho? eso me inquieta. 
    No llevarás camiseta
    ¿verdad?... pues toma esa manta. 

    -Ahora hablemos del cariño
    que nuestras almas disloca. 
    Yo te amo como una loca. 
    -Yo te adoro como un niño. 

    -Mi pasión raya en locura, 
    si no me quieres, me mato
    . -La mía es un arrebato, 
    si me olvidas, me hago cura. 

    -¿Cura tú? ¡Por Dios bendito! 
    No repitas esas frases, 
    ¡en jamás de los jamases! 
    ¡Pues estaría bonito! 

    Hija soy de Sisebuto
    desde mi más tierna infancia, 
    y aunque es mucha mi arrogancia, 
    y aunque es un padre muy bruto, 

    y aunque temo sus furores, 
    y aunque sé a lo que me expongo, 
    huyamos... ¡vamos al Congo! 
    a ocultar nuestros amores. 

    -Bien dicho, bien has hablado
    , huyamos aunque se enojen, 
    y si algún día nos cogen, 
    ¡qué nos quiten lo bailado! 

    En esto, un ronco ladrido
    retumba potente y fiero. 
    -¿Oyes? -dice el caballero-,
    es el perro que me ha olido. 

    Se abre una puerta excusada
    y, cual terrible huracán, 
    entra un hombre..., luego un can... 
    luego nadie..., luego nada... 

    -¡Hija infame! -ruge el conde. 
    ¿Qué haces con este señor? 
    ¿Dónde has dejado mi honor? 
    ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? 

    Y tú, cobarde villano, 
    antipático, repara
    cómo señalo tu cara
    con los dedos de mi mano. 

    Después, sacando un puñal, 
    de un solo golpe certero
    le enterró el cortante acero
    junto a la espina dorsal. 

    El joven, naturalmente, 
    se murió como un conejo. 
    Ella frunció el entrecejo
    y enloqueció de repente. 

    También quedó el conde loco
    de resultas del espanto, 
    y el perro... no llegó a tanto, 
    pero le faltó muy poco. 

    Desde aquel día de horror
    nada se volvió a saber
    del conde, de su mujer, 
    la llamada Leonor, 

    de Cunegunda su hermana, 
    de su madre Berenguela, 
    de la prima de su abuela
    que atendía por Mariana, 

    de su cuñado Vitelio, 
    de Cleopatra su tía, 
    de su nieta Rosalía
    ni de su chico Rogelio. 

    Y aquí acaba la leyenda
    verídica, interesante, 
    romántica, fulminante, 
    estremecedora, horrenda, 

    que de aquel castillo viejo
    entenebrece el recinto, 
    a cuatro leguas de Pinto
    y a treinta de Marmolejo              

    Beatus Ille. Épodo II. Horacio. Traducción: Alfonso Cuatrecasas

    «Dichoso aquel que alejado de los negocios, como la primitiva raza de los mortales, trabaja el campo paterno con sus bueyes, libre de toda usura, y no se despierta como el soldado con la fiera trompeta ni teme al mar embravecido, y evita el foro y las orgullosas puertas de las ciudades demasiado poderosas. Marida él, en cambio, los altos álamos con los tallos adultos de la vid, o vigila sus errantes rebaños de mugientes reses en un valle recoleto, o, podando con su hoz las ramas inútiles, injerta las más pujantes, o pone la miel extraída en limpias ánforas, o esquila a las asustadizas ovejas. Y cuando el Otoño en los campos ha alzado su cabeza ornada de dulces frutos, ¡cómo disfruta recogiendo las injertadas peras   y la uva que compite con la púrpura con que poder obsequiarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de sus términos!
    Le gusta yacer, ora bajo la vieja encina, ora sobre un tupido prado, mientras corren las aguas por los ríos profundos y se lamentan las aves en los bosques y las fuentes murmuran en sus límpidos manantiales, lo que le invita a un plácido sueño.
    Pero cuando el tiempo invernal del tonante Júpiter amontona nieves y lluvias, con una gran jauría acosa de aquí para allá fieros jabalíes hacia las interpuestas trampas, o extiende con una ligera horquilla las claras redes, o, preciada recompensa, apresa con el lazo a una tímida liebre o a una ocasional grulla.
    Entre tales cosas, ¿quién no olvida la amargura de las penas que causa el amor?
    Y si una honesta mujer le ayuda en parte de la casa y con los dulces hijos, o si, como una sabina o como la esposa de un ágil apulio tostada por el sol, enciende con viejos troncos el fuego sagrado a la llegada del cansado marido y, encerrando el lustroso ganado en trenzados apriscos, ordeña las henchidas ubres o, sacando vino del año de un buen tonel, prepara no comprados manjares, entonces no me agradarán más las ostras del Lucrino, ni el rodaballo, ni los escaros —si una tempestuosa tormenta los arrojase a este mar desde los orientales mares—, ni descenderá a mi estómago el ave africana ni el francolín de Jonia más gustosamente que la oliva cogida de las cargadísimas ramas de los árboles o que los tallos de acedera que crece en los prados y las malvas, beneficiosas para el cuerpo enfermo, o que los corderos sacrificados en las fiestas Terminales, o que un cabrito arrebatado al lobo.
    ¡En medio de estos manjares, cómo alegra ver las ovejas apacentadas dirigiéndose hacia la casa; ver a los cansados bueyes arrastrando con su lánguido cuello el arado invertido, y a los sirvientes, indicio de casa rica, colocados alrededor de los resplandecientes Lares!»
    Cuando el usurero Alfio, casi un futuro campesino, hubo dicho esto, recogió todo el dinero pagado en los Idus y ya busca colocarlo en las Kalendas.

    Beatus Ille. Épodo II. Horacio

    'Beatus ille qui procul negotiis,
    ut prisca gens mortalium,
    paterna rura bubus exercet suis
    solutus omni faenore
    neque excitatur classico miles truci
    neque horret iratum mare
    forumque vitat et superba civium
    potentiorum limina.
    ergo aut adulta vitium propagine
    altas maritat populos
    aut in reducta valle mugientium
    prospectat errantis greges
    inutilisque falce ramos amputans
    feliciores inserit
    aut pressa puris mella condit amphoris
    aut tondet infirmas ovis.
    vel cum decorum mitibus pomis caput
    Autumnus agris extulit,
    ut gaudet insitiva decerpens pira
    certantem et uvam purpurae,
    qua muneretur te, Priape, et te, pater
    Silvane, tutor finium.
    libet iacere modo sub antiqua ilice,
    modo in tenaci gramine:
    labuntur altis interim ripis aquae,
    queruntur in Silvis aves
    frondesque lymphis obstrepunt manantibus,
    somnos quod invitet levis.
    at cum tonantis annus hibernus Iovis
    imbris nivisque conparat,
    aut trudit acris hinc et hinc multa cane
    apros in obstantis plagas
    aut amite levi rara tendit retia
    turdis edacibus dolos
    pavidumque leporem et advenam laqueo gruem
    iucunda captat praemia.
    quis non malarum quas amor curas habet
    haec inter obliviscitur?
    quodsi pudica mulier in partem iuvet
    domum atque dulcis liberos,
    Sabina qualis aut perusta Solibus
    pernicis uxor Apuli,
    sacrum vetustis exstruat lignis focum
    lassi Sub adventum viri
    claudensque textis cratibus laetum pecus
    distenta siccet ubera
    et horna dulci vina promens dolio
    dapes inemptas adparet:
    non me Lucrina iuverint conchylia
    magisve rhombus aut scari,
    siquos Eois intonata fluctibus
    hiems ad hoc vertat mare,
    non Afra avis descendat in ventrem meum,
    non attagen Ionicus
    iucundior quam lecta de pinguissimis
    oliva ramis arborum
    aut herba lapathi prata amantis et gravi
    malvae salubres corpori
    vel agna festis caesa Terminalibus
    vel haedus ereptus lupo.
    has inter epulas ut iuvat pastas ovis
    videre properantis domum,
    videre fessos vomerem inversum boves
    collo trahentis languido
    positosque vernas, ditis examen domus,
    circum renidentis Laris.
    'haec ubi locutus faenerator Alfius,
    iam iam futurus rusticus,
    omnem redegit idibus pecuniam,
    quaerit kalendis ponere.

    En casa de Paco Villaespesa

    Era aquel un continuo desfile de noveles. Así conocí en­tonces a jóvenes como Ortiz de Pinedo, un muchachito pálido y enclenque, vestido de negro, y que se creía condenado a muerte prematura. Era amigo de Carrere y escribía unas co­sas muy tristes. Francisco Camba, un galleguito que había estado en la Argentina y ahora hacía de pasante en un cole­gio. En la Argentina había dejado a su hermano Julio, tam­bién literato, un rebelde que escribía en hojas anarquistas. Paco Camba era, por lo visto, la antítesis de su hermano; te­nía el alma humilde y saudosa del gallego pobre. Admiraba a Valle-Inclán y hacía por imitar su prosa medida y cantarina. Se sabía de memoria trozos de Adega o Flor de santidad, y de las Sonatas... Se extasiaba ante frases como: «La pobre Concha se moría»... «La tarde era azul y triste como el alma de una santa princesa»... «El rayo de sol penetraba en la es­tancia, cual la espada de fuego de un dios antiguo»..., etcéte­ra. ¡Aquello era estilo! ¡Aquello era escribir! Don Ramón -así lo llamaba él- escribía como Flaubert. Se pasaba días enteros buscando un adjetivo... Y, qué tipo de hombre... Vi­vía sólo para la literatura... Se alimentaba de té como un fa­kir indio... Y, sin embargo, siempre tan arrogante y altivo. Cuando lo invitaban a comer, decía: «Gracias, pero ya he co­mido...» y vivía en perpetuo ayuno... Era un marqués de Bradomín, y, como él, feo, católico y sentimental...
    También Bargiela era amigo de Valle-Inclán, al que llama­ba simplemente Valle... Lo admiraba, pero no tanto como Camba, y su ascetismo no le conmovía gran cosa.
    -Es, sencillamente -decía-, que no tiene estómago...
    También conocí allí a un joven poeta canario, Tomás Mo­rales, que estudiaba Medicina; un chico moreno, alto, delga­do, indolente, con unos brazos largos y lacios, como los me­chones de negro pelo que le caían sobre la frente. Solía llevarle a Villaespesa plátanos y cigarrillos del Jedive. No ha­bía publicado aún nada, pero tenía ya versos para llenar un libro.

    Decía Quinto Horacio Flaco...

    «si nadie, en justicia, me puede acusar de avaricia, sordidez ni de obscenas acciones; si, haciendo mi propio elogio, llevo una vida honesta e intachable y soy querido por mis amigos, todo ello es gracias a mi padre... Mientras esté en mi sano juicio, en nada me arrepentiré de tal padre y por ello no me excusaré como hacen muchos que dicen que no es culpa suya el no tener padres nobles y que hayan nacido libres. Mi voz y mi corazón distan mucho del de estos necios. Pues si la naturaleza ordenase, después de un cierto número de años, volver al pasado y elegir los padres que cada uno, según sus ambiciones, desease, yo estaría muy contento con los míos y no querría otros, aunque dispusiesen de fasces y silla curul»

    Sobre el barrio de Maravillas (Madrid)

    Las ocho, las nueve de la mañana es una hora apresurada entre Quevedo y San Bernardo. El barrio de Maravillas duerme aún: suele pasar malas noches y largas, y alcohólicas; o tensas, por los vecinos que esperan con palos y cadenas a los de la mala vida, que ya apenas van. En las viejas ventanas se orean las sábanas y los colchones, junto a la flor del barrio, el geranio. Esta es zona de gatos, huidizos, manchados por el aceite de debajo de los coches. Los vecinos dejan platillos con leche y sobras en las ventanas de los semisótanos un tributo casi egipcio al animal misterioso. Maravillas tiene todavía viejos faroles; al anochecer, revolotean algunos murciélagos en torno al fanal, buscando insectos. Los viejos toman el sol, cuando lo hay –el “bermejazo platero de las cumbres / a cuya luz se espulga la canalla”, en versos madrileños de Quevedo–, oyen a uno de sus sabios que hay menos murciélagos porque los mosquitos han inventado un sistema de radiaciones que desorienta el radar del enemigo.
    Gatos, perros, murciélagos, golondrinas, son la fauna del barrio (fauna del Madrid perdido: los burros de los botijeros, que iban desde Andújar hasta el norte: se le ha visto en Helsinki. Caballos percherones, que llevaban la histórica leche de la granja Poch.”
    En “El niño republicano” de Eduardo Haro Tecglen

    Sobre Manuel y Antonio Machado


    ¡Oh, qué días de fiebre lírica los de aquella primavera! [C. 1900] Conocía en casa de Villaespesa cada tarde algún nuevo poeta, consagrado por el cenáculo: los dos Machado, Manuel y Antonio, que venían de París, donde habían vivido unos años haciendo traducciones para la Casa Garnier, y he tenido ocasión de conocer allí a Gómez Carrillo y Rubén Darío y compartir la bohemia literaria de los decadentes franceses. Eran sevillanos como yo, recordaban el apellido de mi familia y me acogieron con toda simpatía. Manuel, efusivo, ligero, chispeante, andaluz pizpireto; Antonio, serio, ensimismado, meditabundo, lacónico como un espartano, descuidado en su atuendo, con manchas de ceniza y alcohol en su traje viejo y raído. ¡Qué contraste entre los dos hermanos! Manolo, decidor, dicharachero, marchoso, de una elegancia aflamencada y de una movilidad de pájaro; Antonio, grave, silencioso, lento, arrastrando los pasos como una cadena: el hombre que siempre se queda atrás… Tanto daba la impresión de la cadena, que Villaespesa les hacía creer a los novatos que el poeta de soledades había estado en presidio como Dostoyevski, y Antonio, en silencio, asentía.


    de "La novela de un literato" por Rafael Cansinos Assens

    Gabriel García Márquez había de recordar

    Gabriel García Márquez había de recordar la tarde remota en que su abuelo, el coronel Márquez Mejía (El coronel no tiene quien le escriba), le puso en su regazo un diccionario y le dijo: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca." "¿Cuántas palabras tiene?", le preguntó el niño. "Todas"

    ¡La abolición de la ortografía!

    Para escándalo de las academias de la lengua, La Real Academia Española y las correspondientes en América, reunidas en Zacatecas, Gabriel García Márquez,-como un amo y señor de "la eternidad de España en el idioma"- se pronunció por ¡la abolición de la ortografía! El desplante era la victoria final del radicalismo liberal colombiano frente a la hegemonía de los gramáticos y latinistas conservadores.

    de Yasmin Levy

    "A la música sefardí le falta acción. Se canta como una nana, con mucho amor y muy bonito, pero suena muy frágil. Es un cante de cabeza, como la ópera, y yo quería cantar de pecho, como los flamencos. Ha sido como comer pan toda tu vida y un día descubres el jamón. En el flamenco he encontrado pasión y fuego, y poder cantar como una loca. He hecho todo lo posible para destruir mi voz y sonar como una cantaora".
    Yasmin Levy en Babelia 17.10.09. entrevistada por Amelia Castilla

    de Borges

    ""Cien años de soledad" está bien, pero le sobran veinte o treinta". Jorge Luis Borges

    Vidas de poetas

    Ya en la calle, Manuel Machado, me explicó:
    - El coronel es el suegro de Paco (Villaespesa), un hombre que odia la poesía y, sobre todo a Paco..., que es una haragán, que no quiere hacer nada más que versos y vive sobre sus costillas... Y el hombre, el coronel, tiene razón..., porque en esta vida hay que ser algo más que poeta... Leconte de Lisle era bibliotecario... Paco está haciendo desgraciada a la pobre Elisa, y a eso no hay derecho...
    "La novela de un literato" de Rafael Cansinos Assens

    Blogs y Webs

    • El maldito eclipse - Pido perdón por mencionar siquiera la palabra de moda (será, sin duda, la del año). Estoy tan harto como casi todos por el abuso. Pocas cosas tan cansina...
      Hace 1 semana
    • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
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