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Algarrobo (10) - —Agárrate bien que te vas a caer de espaldas, inconquistable —dijo el Mono—. Llegó Lituma.

Tocaron la puerta, Josefino Rojas salió a abrir y no encontró a nadie en la calle. Ya oscurecía, aún no habían encendido los faroles del jirón Tacna, una brisa circulaba tibiamente por la ciudad. Josefino dio unos pasos hacia la avenida Sánchez Cerro y vio a los León, en un banco de la plazuela, junto a la estatua del pintor Merino. José tenía un cigarrillo entre los labios, el Mono se limpiaba las uñas con un palito de fósforos.
—¿Quién se murió? —dijo Josefino—. Por qué esas caras de entierro.
—Agárrate bien que te vas a caer de espaldas, inconquistable —dijo el Mono—. Llegó Lituma.
Josefino abrió la boca pero no habló; estuvo pestañeando unos segundos, con una sonrisa perpleja y apática que fruncía todo su rostro. Comenzó a frotarse las manos, suavemente.
—Hace un par de horas, en el ómnibus de la Roggero —dijo José.
Las ventanas del Colegio San Miguel estaban iluminadas y, desde el portón, un inspector apuraba a los alumnos de la nocturna dando palmadas. Muchachos en uniforme venían conversando bajo los susurrantes algarrobos de la calle Libertad. Josefino se había metido las manos en los bolsillos.
—Sería bueno que vinieras —dijo el Mono—. Nos está esperando.
Josefino volvió a atravesar la avenida, cerró la puerta de su casa, regresó a la plazuela y los tres echaron a andar, en silencio. Unos metros después del jirón Arequipa, se cruzaron con el padre García que, envuelto en su bufanda gris, avanzaba doblado en dos, arrastrando los pies y jadeando. Les mostró el puño y gritó «¡impíos!». «¡Quemador!», repuso el Mono, y José «¡quemador!, ¡quemador!». Iban por la calzada de la derecha, Josefino al centro.
—Pero si los de la Roggero llegan de mañanita o de noche, nunca a estas horas —dijo Josefino.
—Se quedaron plantados en la cuesta de Olmos —dijo el Mono—. Se les reventó una llanta. La cambiaron y después se les reventaron otras dos. Vaya suertudos.
—Nos quedamos helados cuando lo vimos —dijo José.
—Quería salir a festejar ahí mismo —dijo el Mono—. Lo dejamos alistándose mientras veníamos a buscarte.
—Me ha tomado desprevenido, maldita sea —dijo Josefino.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —dijo José.
—Lo que tú mandes, primo —dijo el Mono.
—Tráiganse al coleguita, entonces —dijo Lituma—. Nos tomaremos unas copitas con él. Vayan a buscarlo, díganle que volvió el inconquistable número cuatro. A ver qué cara pone.
—¿Estás hablando en serio, primo? —dijo José.
—Muy en serio —dijo Lituma—. Ahí traje unas botellas de Sol de Ica, nos vaciaremos una con él. Tengo unas ganas de verlo, palabra. Vayan, mientras me cambio de ropa.
—Ves que habla de ti dice el coleguita, el inconquistable —dijo el Mono—. Te estima tanto como a nosotros.
—Me imagino que se los comió a preguntas —dijo Josefino—. ¿Qué le inventaron?
—Te equivocas, no hablamos de eso para nada —dijo el Mono—. Ni siquiera la nombró. A lo mejor se ha olvidado de ella.
—Ahora que lleguemos nos soltará una andanada de preguntas —dijo Josefino—. Hay que arreglar esto hoy mismo, antes que le vayan con el cuento.

Mario Vargas Llosa
La casa verde

¿Cuál es el secreto que encierra La casa verde? La casa verde ocurre en dos lugares muy alejados entre sí, Piura, en el desierto del litoral peruano, y Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonía. Símbolo de la historia es la mítica casa de placer que don Anselmo, el forastero, erige en las afueras de Piura. Novela ejemplar en la historia del boom latinoamericano, La casa verde es una experiencia ineludible para todo aquel que quiera conocer en profundidad la obra narrativa de Mario Vargas Llosa. La casa verde (1965) recibió al año siguiente de su publicación el Premio de la Crítica y, en 1967, el Premio Internacional de Literatura Rómulo Gallegos a la mejor novela en lengua española.

Algarrobo (9) - Masticando un almendruco o un tallo de hinojo, se para al borde de los campos a contemplar el majestuoso oleaje de los trigales bajo el sol, el sosegado vaivén de las espigas en un mar de oro

Se conoce palmo a palmo el antiguo camino de carro que va del pueblo a la viña, subiendo con meandros hasta más arriba del caserío llamado misteriosamente La Carroña, y le gusta sumergirse en el polvo blanco de esta vereda solitaria y aturdirse con el chirrido de las cigarras. Es un día de julio luminoso y con viento. El camino apenas alcanza los tres kilómetros, pero contiene una expansión del tiempo y de los sueños que cubrirá más de cuarenta años. Donde sea que vaya en el futuro, desde esa mañana en la que, solo, pero a trechos flanqueado por Mowgli y luego por Winnetou, emprende el camino llevando colgada del brazo la cesta de la comida para el abuelo, que le espera sulfatando la viña, dondequiera que el día de mañana la vida le lleve, sus pies estarán pisando este camino y volverán a levantar hasta su nariz un polvo con aromas de esparto y estiércol y uvas aplastadas, y algo de ese polvo germinal lo acompañará siempre. No hay ni puede haber ningún otro camino en el mundo como este, piensa todavía hoy, ninguno que haya emprendido tantas veces con la memoria.
Masticando un almendruco o un tallo de hinojo, se para al borde de los campos a contemplar el majestuoso oleaje de los trigales bajo el sol, el sosegado vaivén de las espigas en un mar de oro que se prolonga de un bancal a otro hasta las zonas boscosas al pie de la lejana serranía de Castellví de la Marca, más allá de las tierras de barbecho, los extensos viñedos y las suaves lomas de almendros y algarrobos. A veces, al atardecer, de regreso al pueblo, una efusión rosada que llega de poniente cabalga pausadamente sobre las ondas de los trigales en dirección a un sombrío horizonte. Bajo un cielo estriado de nubes, escucha el silbido del viento en los cables del tendido eléctrico y también el silencio sobre los campos labrados, observa la simétrica languidez y continuidad de los surcos umbríos, el levísimo polvo rojo que flota inmóvil sobre los caballones, y entonces cree captar la fugacidad del tiempo y piensa en el misterio y la certeza de la muerte.
Cumplido el encargo y de vuelta al pueblo, en las cercanías del bosque de Sant Pau se reencuentra con Winnetou y Old Shatterhand y juntos deciden otra ruta en la pradera sin límites, barrida también por el viento, hasta llegar a casa donde la abuela, muy seria, le espera para comer en un santiamén y llevarlo a la escuela en busca del señor Benito, el maestro. Se acabó eso de andar por ahí todo el santo día sin hacer nada de provecho, dice la abuela, se acabaron las escapadas con la pandilla de tu amigo Ramón Bartra para ir a nadar desnudos en las albercas, robar melocotones y sandías y esconderse en los trigales con pinturas en la cara y plumas en la cabeza, se acabó.
—Mientras estés aquí conmigo, irás a la escuela. Te guste o no. Me quedaré más tranquila.

Juan Marsé
Caligrafía de los sueños

A mediados de los cuarenta, Ringo es un chiquillo de quince años que pasa las horas muertas en el bar de la señora Paquita, moviendo los dedos sobre la mesa, como si repasara las lecciones de piano que su familia ya no puede pagarle.
En esa taberna del barrio de Gracia, el chaval es testigo de la historia de amor de Vicky Mir y el señor Alonso: ella, una mujer entrada en años y en carnes, masajista de profesión, ingenua y enamoradiza; él, un cincuentón apuesto que ha acabado instalándose en su casa. Allí viven junto a Violeta, la hija de la señora Mir, hasta que sucede algo inesperado: un domingo por la tarde, Vicky se echa a las vías muertas de un tranvía intentando un suicidio imposible y patético, y el señor Alonso desaparece para no volver. Lo único que queda de él es una carta que prometió escribir y que Vicky estará esperando y deseando hasta la locura, mientras Violeta mueve sus espléndidas caderas por el barrio, hosca e indiferente a los halagos.
Espléndido relato de iniciación al deseo y a la escritura, Caligrafía de los sueños es la primera novela que Juan Marsé publica tras la concesión del Premio Cervantes en 2009.

Algarrobo (8) - Fue su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en el horizonte.

Batiste, al inspeccionar las incultas tierras, se dijo que había allí trabajo para largo rato.
Mas no por esto sintió desaliento. Era un varón enérgico, emprendedor, avezado a la lucha para conquistar el pan. Allí lo había «muy largo», como decía él, y además se consolaba recordando que en peores trances se había visto.
Su vida pasada era un continuo cambio de profesión, siempre dentro del círculo de la miseria rural, mudando cada año de oficio, sin encontrar para su familia el bienestar mezquino que constituía toda su aspiración.
Cuando conoció a su mujer, era mozo de molino en las inmediaciones de Sagunto. Trabajaba entonces «como un lobo» —así lo decía él— para que en su vivienda no faltase nada; y Dios premió su laboriosidad enviándole cada año un hijo, hermosas criaturas que parecían nacer con dientes, según la prisa que se daban en abandonar el pecho maternal para pedir pan a todas horas.
Resultado: que hubo de abandonar el molino y dedicarse a carretero, en busca de mayores ganancias.
La mala suerte le perseguía. Nadie como él cuidaba el ganado y vigilaba la marcha. Muerto de sueño, jamás se atrevía, como los compañeros, a dormir en el carro, dejando que las bestias marchasen guiadas por su instinto. Vigilaba a todas horas, permanecía siempre junto al rocín delantero, evitando los baches profundos y los malos pasos; y sin embargo, si algún carro volcaba era el suyo; si algún animal caía enfermo a causa de las lluvias era seguramente de Batiste, a pesar del cuidado paternal con que se apresuraba a cubrir los flancos de sus bestias con gualdrapas de arpillera apenas caían cuatro gotas.
En unos cuantos años de fatigosa peregrinación por las carreteras de la provincia, comiendo mal, durmiendo al raso y sufriendo el tormento de pasar meses enteros lejos de la familia, a la que adoraba con el afecto reconcentrado de hombre rudo y silencioso, Batiste sólo experimentó pérdidas y vio su situación cada vez más comprometida.
Se le murieron los rocines y tuvo que entramparse para comprar otros. Lo que le valía el continuo acarreo de pellejos hinchados de vino o de aceite perdíase en manos de chalanes y constructores de carros, hasta que llegó el momento en que, viendo próxima su ruina, abandonó el oficio.
Tomó entonces unas tierras cerca de Sagunto: campos de secano, rojos y eternamente sedientos, en los cuales retorcían sus troncos huecos algarrobos centenarios o alzaban los olivos sus redondas y empolvadas cabezas.
Fue su vida una continua batalla con la sequía, un incesante mirar al cielo, temblando de emoción cada vez que una nubecilla negra asomaba en el horizonte.
Llovió poco, las cosechas fueron malas durante cuatro años, y Batiste no sabía ya qué hacer ni adónde dirigirse, cuando en un viaje a Valencia conoció a los hijos de don Salvador, unos excelentes señores (Dios les bendiga), que le dieron aquella hermosura de campos, libres de arrendamiento por dos años, hasta que recobrasen por completo su estado de otros tiempos.
Algo oyó él de lo que había sucedido en la barraca, de las causas que obligaban a los dueños a conservar improductivas tan hermosas tierras; pero ¡había transcurrido tanto tiempo!… Además, la miseria no tiene oídos; a él le convenían los campos, y en ellos se quedaba. ¿Qué le importaban las historias viejas de don Salvador y el tío Barret?…
Todo lo despreciaba y olvidaba contemplando sus tierras. Y Batiste sentíase poseído de un dulce éxtasis al verse cultivador en la huerta feraz que tantas veces había envidiado cuando pasaba por la carretera de Valencia a Sagunto.
Aquello eran tierras: siempre verdes, con las entrañas incansables engendrando una cosecha tras otra, circulando el agua roja a todas horas como vivificante sangre por las innumerables acequias y regadoras que surcaban su superficie como una complicada red de venas y arterias; fecundas hasta alimentar familias enteras con cuadros que, por lo pequeños, parecían pañuelos de follaje. Los campos secos de Sagunto recordábalos como un infierno de sed, del que afortunadamente se había librado.
Ahora se veía de veras en el buen camino. ¡A trabajar! Los campos estaban perdidos; había allí mucho que hacer; pero ¡cuando se tiene buena voluntad!… Y desperezándose, este hombretón recio, musculoso, de espaldas de gigante, redonda cabeza trasquilada y rostro bondadoso sostenido por un grueso cuello de fraile, extendía sus poderosos brazos, habituados a levantar en vilo los sacos de harina y los pesados pellejos de la carretería.
Tan preocupado estaba con sus tierras, que apenas si se fijó en la curiosidad de los vecinos.
Asomando las inquietas cabezas por entre los cañares o tendidos sobre el vientre en los ribazos, le contemplaban hombres, chicuelos y hasta mujeres de las inmediatas barracas.
Batiste no hacía caso de ellos. Era la curiosidad, la expectación hostil que inspiran siempre los recién llegados. Bien sabía él lo que era aquello; ya se irían acostumbrando. Además, tal vez les interesaba ver cómo ardía la miseria que diez años de abandono habían amontonado sobre los campos de Barret.
Y ayudado por su mujer y los chicos, empezó a quemar al día siguiente de su llegada toda la vegetación parásita.
Los arbustos, después de retorcerse entre las llamas, caían hechos brasas, escapando de sus cenizas asquerosos bichos chamuscados. La barraca aparecía como esfumada entre las nubes de humo de estas luminarias, que despertaban sorda cólera en toda la huerta.
Una vez limpias las tierras, Batiste, sin perder tiempo, procedió a su cultivo. Muy duras estaban; pero él, como labriego experto, quería trabajarlas poco a poco, por secciones; y marcando un cuadro cerca de su barraca, empezó a remover la tierra ayudado por su familia.
Los vecinos burlábanse de todos ellos con una ironía que delataba su sorda irritación. ¡Vaya una familia! Eran gitanos como los que duermen debajo de los puentes. Vivían en la vieja barraca lo mismo que los náufragos que se aguantan sobre un buque destrozado: tapando un agujero aquí, apuntalando allá, haciendo verdaderos prodigios para que se sostuviera la techumbre de paja, distribuyendo sus pobres muebles, cuidadosamente fregoteados, en todos los cuartos, que eran antes madriguera de ratones y sabandijas.
En punto a laboriosos, eran como un tropel de ardillas, no pudiendo permanecer quietos mientras el padre trabajaba. Teresa la mujer y Roseta la hija mayor, con las faldas recogidas entre las piernas y azadón en mano, cavaban con más ardor que un jornalero, descansando solamente para echarse atrás las greñas caídas sobre la sudorosa y roja frente. El hijo mayor hacía continuos viajes a Valencia con la espuerta al hombro, trayendo estiércol y escombros, que colocaba en dos montones, como columnas de honor, a la entrada de la barraca. Los tres pequeñuelos, graves y laboriosos, como si comprendiesen la grave situación de la familia, iban a gatas tras los cavadores, arrancando de los terrones las duras raíces de los arbustos quemados.
Duró esta faena preparatoria más de una semana, sudando y jadeando la familia desde el alba a la noche.
La mitad de las tierras estaban removidas. Batiste las entabló y labró con ayuda del viejo y animoso rocín, que parecía de la familia.
Había que proceder a su cultivo; estaban en San Martín, la época de la siembra, y el labrador dividió la tierra roturada en tres partes. La mayor para el trigo, un cuadro más pequeño para plantar habas y otro para el forraje, pues no era cosa de olvidar al Morrut, el viejo y querido rocín. Bien se lo había ganado.
Y con la alegría del que después de una penosa navegación descubre el puerto, la familia procedió a la siembra. Era el porvenir asegurado. Las tierras de la huerta no engañaban; de allí saldría el pan para todo el año.
La tarde en que se terminó la siembra vieron avanzar por el inmediato camino unas cuantas ovejas de sucios vellones, que se detuvieron medrosas en el límite del campo.
Tras ellas apareció un viejo apergaminado, amarillento, con los ojos hundidos en las profundas órbitas y la boca circundada por una aureola de arrugas. Iba avanzando lentamente, con pasos firmes, pero con el cayado por delante tanteando el terreno.
La familia le miró con atención. Era el único que en las dos semanas que allí estaban se atrevía a aproximarse a las tierras. Al notar la vacilación de sus ovejas, gritó para que pasasen delante.
Batiste salió al encuentro del viejo pastor. No se podía pasar: las tierras estaban ahora cultivadas. ¿No lo sabía?…
Algo de ello había oído el tío Tomba; pero en las dos semanas anteriores había llevado su rebaño a pastar los hierbajos del barranco de Carcaixet, sin preocuparse de estos campos… ¿De veras que ahora estaban cultivados?
Y el anciano pastor avanzaba la cabeza haciendo esfuerzos para ver con sus ojos casi muertos al hombre audaz que osaba realizar lo que toda la huerta tenía por imposible.
Calló un buen rato, y al fin comenzó a murmurar tristemente:
«Muy mal; él también, en su juventud, había sido atrevido: le gustaba llevar a todos la contraria. ¡Pero cuando son muchos los enemigos!… Muy mal; se había metido en un paso difícil. Aquellas tierras, después de lo del pobre Barret, estaban malditas. Podía creerle a él, que era viejo y experimentado: le traerían desgracia».
Y el pastor llamó a su rebaño, le hizo emprender la marcha por el camino, y antes de alejarse se echó la manta atrás, alzando sus descamados brazos, y con cierta entonación de hechicero que augura el porvenir o de profeta que husmea la ruina, le gritó a Batiste:
—Creume, fill meu: ¡te portarán desgrasia![4]…
De este encuentro surgió un motivo más de cólera para toda la huerta.
El tío Tomba ya no podía meter sus ovejas en aquellas tierras, después de diez años de pacífico disfrute de sus pastos.
Nadie decía una palabra sobre la legitimidad de la negativa de su ocupante al estar el terreno cultivado. Todos hablaban únicamente de los respetos que merecía el anciano pastor, un hombre que en sus mocedades se comía los franceses crudos, que había visto mucho mundo, y cuya sabiduría, demostrada con medias palabras y consejos incoherentes, inspiraba un respeto supersticioso a la gente de las barracas.
Cuando Batiste y su familia vieron henchidas de fecunda simiente las entrañas de sus tierras, pensaron en la vivienda, a falta de trabajo más urgente.
El campo haría su deber. Ya era hora de pensar en ellos mismos.
Y por primera vez desde su llegada a la huerta, salió Batiste de las tierras para ir a Valencia a cargar en su carro todos los desperdicios de la ciudad que pudieran serle útiles.
Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Los montones formados por Batistet se agrandaron considerablemente con las expediciones del padre. La giba de estiércol, que formaba una cortina defensiva ante la barraca, creció rápidamente, y más allá amontonáronse centenares de ladrillos rotos, maderos carcomidos, puertas destrozadas, ventanas hechas astillas, todos los desperdicios de los derribos de la ciudad.
Contempló con asombro la gente de la huerta la prontitud y buena maña de los laboriosos intrusos para arreglarse su vivienda.
La cubierta de paja de la barraca apareció de pronto enderezada; las costillas de la techumbre, carcomidas por las lluvias, fueron reforzadas unas y sustituidas otras; una capa de paja nueva cubrió los dos planos pendientes del exterior. Hasta las crucecitas de sus extremos fueron sustituidas por otras que la navaja de Batiste trabajó cucamente, adornando sus aristas con dentelladas muescas; y no hubo en todo el contorno techumbre que se irguiera más gallarda.
Los vecinos, al ver cómo se reformaba la barraca de Barret, colocándose recta la montera, veían en esto algo de burla y de reto.
Después empezó la obra de abajo. ¡Qué modo de utilizar los escombros de Valencia!… Las grietas desaparecieron, y terminado el enlucido de las paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante. La puerta nueva y pintada de azul, parecía madre de todas las ventanillas, que asomaban por los huecos de las paredes sus cuadradas caras del mismo color. Bajo la parra hizo Batiste una plazoleta, pavimentada con ladrillos rojos, para que las mujeres cosieran allí en las horas de la tarde. El pozo, después de una semana de descensos y penosos acarreos, quedó limpio de todas las piedras y la basura con que la pillería huertana lo había atiborrado durante diez años, y otra vez su agua limpia y fresca volvió a subir en musgoso pozal, con alegres chirridos de la garrucha, que parecía reírse de las gentes del contorno con una estridente carcajada de vieja maliciosa.
Devoraban los vecinos su rabia en silencio. ¡Ladrón, más que ladrón! ¡Vaya un modo de trabajar!… Aquel hombre parecía poseer con sus membrudos brazos dos varitas mágicas que lo transformaban todo al tocarlo.
Diez semanas después de su llegada, aún no había salido de sus tierras media docena de veces. Siempre en ellas, la cabeza metida entre los hombros y el espinazo doblegado, embriagándose en su labor; y la barraca de Barret presentaba un aspecto coquetón y risueño, como jamás lo había tenido en poder de su antiguo ocupante.
El corral, cercado antes con podridos cañizos, tenía ahora paredes de estacas y barro, pintadas de blanco, sobre cuyos bordes correteaban las rubias gallinas y se inflamaba el gallo, irguiendo su cabeza purpúrea… En la plazoleta, frente a la barraca, florecían macizos de dompedros y plantas trepadoras. Una fila de pucheros desportillados pintados de azul servían de macetas sobre el banco de rojos ladrillos, y por la puerta entreabierta —ah, fanfarrón— veíase la cantarera nueva, con sus chapas de blancos azulejos y sus cántaros verdes de charolada panza: un conjunto de reflejos insolentes que quitaban la vista al que pasaba por el inmediato camino.
Todos, en su furia creciente, acudían a Pimentó. ¿Podía esto consentirse? ¿Qué pensaba hacer el temible marido de Pepeta?
Y Pimentó se rascaba la frente oyéndoles, con cierta confusión.
¿Qué iba a hacer?… Su propósito era decirle dos palabritas a aquel advenedizo que se metía a cultivar lo que no era suyo; una indicación muy seria para que no «fuese tonto» y se volviera a su tierra, pues allí nada tenía que hacer. Pero el tal sujeto no salía de sus campos, y no era cosa de ir a amenazarle en su propia casa. Esto sería «dar el cuerpo» demasiado, teniendo en cuenta lo que podría ocurrir luego. Había que ser cauto y guardar la salida. En fin… un poco de paciencia. Él, lo único que podía asegurar es que el tal sujeto no cosecharía el trigo, ni las habas, ni todo lo que había plantado en los campos de Barret. Aquello sería para el demonio.
Las palabras de Pimentó tranquilizaban a los vecinos, y éstos seguían con mirada atenta los progresos de la maldita familia, deseando en silencio que llegase pronto la hora de su ruina.
Una tarde volvió Batiste de Valencia, muy contento del resultado de su viaje. No quería en su casa brazos inútiles. Batistet, cuando no había labor en el campo, buscaba ocupación yendo a la ciudad a recoger estiércol. Quedaba la chica, una mocetona que, terminado el arreglo de la barraca, no servía para gran cosa, y gracias a la protección de los hijos de don Salvador, que se mostraban contentísimos con el nuevo arrendatario, acababa de conseguir que la admitiesen en una fábrica de sedas.
Desde el día siguiente, Roseta formaría parte del rosario de muchachas que, despertando con la aurora, iban por todas las sendas con la falda ondeante y la cestita al brazo camino de la ciudad, para hilar el sedoso capullo entre sus gruesos dedos de hijas de la huerta.
Al llegar Batiste a las inmediaciones de la taberna de Copa, un hombre apareció en el camino saliendo de una senda inmediata y marchó hacia él lentamente, dando a entender su deseo de hablarle.
Batiste se detuvo, lamentando en su interior no llevar consigo ni una mala navaja, ni una hoz, pero sereno, tranquilo, irguiendo su cabeza redonda con la expresión imperiosa tan temida por su familia y cruzando sobre el pecho los forzudos brazos de antiguo mozo de molino.
Conocía a aquel hombre, aunque jamás había hablado con él. Era Pimentó.
Al fin ocurría el encuentro que tanto había temido.
El valentón midió con una mirada al odiado intruso, y le habló con voz melosa, esforzándose por dar a su ferocidad y mala intención un acento de bondadoso consejo.
Quería decirle dos razones: hacía tiempo que lo deseaba; pero ¿cómo hacerlo, si nunca salía de sus tierras?
—Dos rahonetes no més…[5]
Y soltó el par de razones, aconsejándole que dejase cuanto antes las tierras del tío Barret. Debía creer a los hombres que le querían bien, a los conocedores de las costumbres de la huerta. Su presencia allí era una ofensa, y la barraca casi nueva un insulto a la pobre gente. Había que seguir su consejo, e irse a otra parte con su familia.
Batiste sonreía irónicamente mientras hablaba Pimentó, y éste, al fin, pareció confundido por la serenidad del intruso, anonadado al encontrar un hombre que no sentía miedo en su presencia.
«¿Marcharse él?… No había guapo que le hiciera abandonar lo que era suyo, lo que estaba regado con su sudor y había de dar el pan a su familia. Él era un hombre pacífico, ¿estamos?, pero si le buscaban las cosquillas, era valiente como el que más. Cada cual que se meta en su negocio, y él haría bastante cumpliendo con el suyo sin faltar a nadie».
Luego, pasando ante el matón, continuó su camino, volviéndole la espalda con una confianza despectiva.
Pimentó, acostumbrado a que le temblase toda la huerta, se mostraba cada vez más desconcertado por la serenidad de Batiste.
—¿Es la darrera paraula?[6] —le gritó cuando estaba ya a cierta distancia.
—Sí; la darrera —contestó Batiste sin volverse.
Y siguió adelante, desapareciendo en una revuelta del camino. A lo lejos, en la antigua barraca de Barret, ladraba el perro olfateando la proximidad de su amo.
Al quedar solo, Pimentó recobró su soberbia. «¡Cristo! ¡Y cómo se había burlado de él aquel tío!». Masculló algunas maldiciones, y cerrando el puño señaló amenazante la curva del camino por donde había desaparecido Batiste.
—Tú me les pagarás… ¡Me les pagarás, morral!
En su voz, trémula de rabia, vibraban condensados todos los odios de la huerta.

Vicente Blasco Ibáñez
La barraca

Sobre las tierras del tío Barret, que se atrevió a romper las cadenas y a cortar la cabeza del amo, don Salvador, con la consiguiente ruina de su familia, pesa una maldición. Convertidas en símbolo de la lucha contra los terratenientes, nadie debe cultivarlas. La hostilidad se desata contra un forastero, Batiste Borrull, que, con el sueño de sacar a su familia adelante, decide arrendarlas, desatando así una tempestad de odio y resentimiento que culmina trágicamente. En la mejor tradición de la novela naturalista, Vicente Blasco Ibáñez (1867–1928) se demora en LA BARRACA (1898) en el análisis de la psicología colectiva y achaca la crueldad de los personajes a los bajos instintos y a la brutalidad del medio en que viven. En estas circunstancias adversas, la lucha del maestro, don Joaquín, para educar a sus alumnos, resulta infructuosa.

Algarrobo (7) - Allí, entre el follaje, se oyó un aleteo, y alzó el vuelo un mirlo.

Por la avenida pasó el abate Fauchelafleur con el breviario abierto. Cósimo cogió algo desde la rama y se lo dejó caer a la cabeza; no distinguí qué era, quizá una pequeña araña, o un trozo de corteza; no lo recogió. Con el espadín Cósimo se puso a hurgar en un agujero del tronco. Salió una avispa irritada, la echó agitando el tricornio y siguió su vuelo con la mirada hasta una calabacera, donde se escondió. Veloz como siempre, el caballero abogado salió de la casa, tomó las escalerillas del jardín y se perdió entre las hileras de la viña; Cósimo, para ver adónde iba, trepó a otra rama. Allí, entre el follaje, se oyó un aleteo, y alzó el vuelo un mirlo. Cósimo se enojó porque había estado allá arriba todo aquel tiempo y no se había dado cuenta de su presencia. Estuvo mirando a contraluz si había otros. No, no había ninguno.
La encina estaba cerca de un olmo; las dos copas casi se tocaban. Una rama del olmo pasaba a medio metro por encima de una rama del otro árbol; le fue fácil a mi hermano dar el paso y conquistar así la cima del olmo, que no habíamos explorado nunca, pues era de horcadura alta y difícil de alcanzar desde el suelo. Ya en el olmo, buscando siempre una rama que pasara muy cerca de las ramas de otro árbol, se pasaba a un algarrobo, y luego a una morera. Así era como veía avanzar a Cósimo de una rama a otra, caminando suspendido sobre el jardín.
Algunas ramas de la gran morera llegaban hasta la tapia de nuestra villa y la sobrepasaban; del otro lado estaba el jardín de los de Ondariva. Aunque éramos vecinos, no sabíamos nada de los marqueses de Ondariva y nobles de Ombrosa, porque al disfrutar ellos de ciertos derechos feudales sobre los que nuestro padre se jactaba de tener pretensiones, un odio recíproco dividía a las dos familias, así como una tapia alta que parecía el muro de un castillo dividía nuestras villas, no sé si mandado erigir por nuestro padre o por el marqués. Añádase a esto el celo con que los Ondariva rodeaban su jardín, poblado, por lo que se decía, de especies de plantas nunca vistas. Y en efecto, el abuelo de los actuales marqueses, discípulo de Linneo, había removido toda la extensa parentela que la familia tenía en las cortes de Francia e Inglaterra, para hacerse enviar las más preciadas rarezas botánicas de las colonias, y durante años los navíos habían desembarcado en Ombrosa sacos de semillas, haces de esquejes, arbustos en macetas, e incluso árboles enteros, con enormes envoltorios de panes de tierra en torno a las raíces; hasta que en aquel jardín crecieron —decían— una mezcla de selvas de la India y de América, si no de Nueva Holanda.
Todo lo que podíamos ver nosotros eran las hojas oscuras de una planta recién importada de las colonias americanas, la magnolia, que asomaban por el borde de la tapia, y de cuyas ramas negras brotaban unas carnosas flores blancas. Desde nuestra morera Cósimo saltó a lo alto de la tapia, dio algunos pasos manteniendo el equilibrio y luego, sosteniéndose con las manos se descolgó al otro lado, donde estaban las hojas y las flores de la magnolia. Desapareció de mi vista; y lo que ahora diré, como muchas de las cosas de este relato de su vida, me las refirió él mismo después, o bien las obtuve de testimonios dispersos y conjeturas.
Cósimo estaba en la magnolia. Aunque de ramas compactas, este árbol era practicable para un muchacho experto en toda clase de árboles como mi hermano; y las ramas resistían su peso, aun cuando eran no muy gruesas y de una madera tan blanda que Cósimo las pelaba con la punta de sus zapatos, abriendo blancas heridas en el negro de la corteza; y envolvía al muchacho en un fresco perfume de hojas, cuando el viento las movía, y el verdear de sus caras ora era opaco, ora brillante.
Pero era todo el jardín lo que olía, y si Cósimo todavía no lograba recorrerlo con la vista, tan irregularmente denso era, ya lo exploraba con el olfato, y trataba de distinguir los distintos aromas, que ya conocía de cuando, traídos por el viento, llegaban hasta nuestro jardín y nos parecían una sola cosa junto con el secreto de aquella villa. Luego miraba la fronda y veía hojas nuevas, algunas grandes y brillantes como si corriese por ellas un velo de agua, otras minúsculas y pinadas, y troncos lisos o con escamas.
Había un gran silencio. Sólo se elevó un vuelo de pequeñísimos mosquiteros, gritando. Y se oyó una vocecita que cantaba: «Oh, la la la! La ba-lan-çoire…». Cósimo miró abajo. Colgado de la rama de un gran árbol cercano se balanceaba un columpio, con una niña sentada de unos diez años.

Italo Calvino
El barón rampante
Nuestros antepasados 

Cuando tenía 12 años, Cósimo Piovasco, barón de Rondò, en un gesto de rebelión contra la tiranía familiar, se encaramó a una encina del jardín de la casa paterna. Ese mismo día, el 15 de junio de 1767, encontró a la hija de los marqueses de Ondariva y le anunció su propósito de no bajar nunca de los árboles. Desde entonces y hasta el final de su vida, Cósimo permanece fiel a una disciplina que él mismo se ha impuesto. La acción fantástica transcurre en las postrimerías del siglo XVIII y en los albores del XIX. Cósimo participa tanto en la Revolución francesa como en las invasiones napoleónicas, pero sin abandonar nunca esa distancia necesaria que le permite estar dentro y fuera de las cosas al mismo tiempo.

Algarrobo (6) - —Los triglicéridos, un desastre. Desastre relacionado con la subida del azúcar; estar al otro lado de la frontera del colesterol malo, y a este lado del colesterol bueno. No hablemos de los lípidos. Si no se enmienda, es usted una bomba suicida de relojería.

—Los triglicéridos, un desastre. Desastre relacionado con la subida del azúcar; estar al otro lado de la frontera del colesterol malo, y a este lado del colesterol bueno. No hablemos de los lípidos. Si no se enmienda, es usted una bomba suicida de relojería.
—Sólo he venido a purificarme durante algunos días. Dos semanas de purificación me permitirán otros diez años de pecado.
—Que se cree usted eso. Cuando esté a punto de salir le haremos otro análisis de sangre y todos los índices peligrosos habrán bajado. Pero si vuelve a la mala vida, en tres meses va a estar otra vez al borde del abismo.
—Tenemos conceptos diferentes sobre la vida. ¿Qué opina usted del bacalao al pil-pil?
—¿Qué es eso?
—Un plato español. Vasco.
—El bacalao será fresco.
—No. Bacalao salado puesto en remojo, guisado con aceite, ajos, removiéndolo para que con la gelatina que desprende la piel se produzca una emulsión.
—Poco aceite.
—Mucho aceite.
—¡Qué horror!
El doctor Gastein aparta con las manos la tentación del plato imaginario. Parece un modelo masculino de delgada pulcritud consecuencia de la medicina vegetariana, enmarcado por la ventana abierta de par en par a la paz silente del jardín subtropical del valle del Sangre. Un microclima, se repite una y otra vez Carvalho cuando quiere explicarse el milagro de las jacarandas, los altos ficus e hibiscus, las plataneras, y sin embargo también está ahí el Mediterráneo, en los pinares, algarrobos y naranjos, en los laureles altos como torreones y los adelfos, a veces setos poderosos, otras esbeltos árboles con la coronilla floreada. Desde el ventanal del consultorio central se perciben las racionalidades sucesivas de las vegetaciones. El bosque antiguo que domina en la periferia de la finca y el jardín domesticado que rodea el edificio central y el arabizante pabellón de los barros. Y lo que desde aquí parecen señalizaciones para no perderse por el laberinto vegetal, en realidad son consignas sanitarias que los pobladores de El Balneario encuentran en cada cruce de senderos o al acecho sobre una fuentecilla de agua sulfurosa o a la entrada del gimnasio o de cualquier otra dependencia de la gran maquinaria de la salud.
Tu cuerpo te lo agradecerá.
No te aborrezcas a ti mismo. Cuida tu imagen.
Dios pone la vida. Tú has de aportar la salud.
Come para vivir, no vivas para comer.
Mastica incluso el agua.
Cada bocado debes masticarlo treinta y tres veces.
Tu cuerpo es tu mejor amigo.
La dieta: una moda para alargar la vida.
Lo que para otros puede ser una comida sana, para ti puede ser un veneno.
No hay dietas mágicas, pero tampoco hay píldoras mágicas.
Piensa como si estuvieras delgado y actúa como tal.
Dentro del frigorífico está tu peor enemigo.
Cuando comer es un vicio, deja de ser un placer.
La comida excesiva es una droga dura.
—¿Los rótulos? Es cierto, a algunos clientes les parecen un poco pueriles, sobre todo a los españoles. A los españoles siempre les da miedo parecer pueriles o que les traten como a niños. A nosotros los centroeuropeos nos importa menos, tal vez porque no tenemos complejo de inmaduros. Los españoles sí. No quisiera molestarle, pero los españoles tienen complejo de inmaduros, aunque no lo sean.
—¿Los rótulos son de usted?
—No. Están presentes en todas las sucursales de Faber and Faber y su adaptación aquí fue cosa de madame Fedorovna. Madame Fedorovna es muy apostólica. Yo creo que habría podido ser una gran monja, algo así como la madre Teresa de Calcuta.
—Una madre Teresa de Calcuta invertida. Para ricos gordos.
—En cierto sentido. Pero no todos los que vienen aquí son gordos, ni tampoco ricos. Usted no es gordo, pero acaso sea rico.
—Quizá.
—La gente se preocupa por su cuerpo. Cada vez más. Porque cada vez somos más sabios y más dueños de nuestro propio cuerpo.
—Excelente consigna. No la he visto en los rótulos.
—Hay que dejar algo para las consultas.
Y ríe Gastein tendiendo un puente de plata por el que pueda marcharse el penúltimo recelo de Carvalho.
—Me parece que está usted tenso.
—Alerta, simplemente.
—¿Por qué?
—No es normal, ni natural, que me encierre tres semanas en un balneario a pasar hambre.
—No pasará hambre.
—Con el cerebro sí.
—¡Ah, el cerebro!
Y se lleva el médico la mano a la cabeza, como si quisiera comprobar que sigue en su sitio. Gastein tiene la cabeza cana y el cráneo como dibujado para que destaque la melosidad del cabello sobre los parietales abultados. Moreno de sol y atlético pese a su avanzada sesentena, el médico tiene los movimientos jóvenes pero una mirada vieja, detrás de cristales oscurecidos en contacto con la luz. Cuando habla castellano sólo el arrastre de las erres y la mal ocultada impresión de que está hablando para niños en un idioma de niños denuncia su extranjería. Por la manera como repite las consignas que figuran en los carteles que jalonan la entrada en el valle del Sangre, diríase que son suyas o que las ha asumido como si fueran suyas, aunque en la retaguardia Carvalho presiente una segunda mirada, una segunda voz que Gastein tal vez emplee para las cosas que le son más imprescindibles que ser médico al servicio de ciudadanos económica y socialmente de primera, pero pobre y débil gente incapaz de luchar cotidianamente contra las tentaciones o dotados de un código genético desconectado de la moderna cultura del aspecto, posterior a los años de la reconstrucción mundial en la que también jugó su papel la recuperación desmedida de grasas, proteínas y vitaminas.
—¿Se ha sentido deprimido?
—Algo.
—Procure relacionarse con sus compañeros. La conversación ayuda a soportar el ayuno y además crea un estímulo, una relación de competencia para no violarlo.
—¿Violar el ayuno?
De pronto a Gastein le sale una risa incontrolada, como si estuviera revelando una de esas cosas que Carvalho adivina en su retaguardia.
—Se sorprendería usted del infantilismo de algunos de los clientes de la clínica. Vienen voluntariamente. Pagan cuantiosas facturas. Todo cuanto les proponemos es por su bien. Y en cambio aprovechan cualquier oportunidad para salir de aquí, acercarse a los pueblos más cercanos y comer lo que no deben. Además es peligroso. Puede sobrevenirles un colapso hepático, y comer en pleno ayuno es como poner una carga de goma dos en el estómago. El día de purga limpia el estómago de jugos gástricos y por eso no tienen ustedes tanta sensación de hambre; la tienen, pero es imaginativa, cultural, no dictada por los movimientos de los jugos del estómago. Pues bien, imagínese usted que a ese estómago desvalido, desprovisto de la función corrosiva de sus jugos, van a parar dos raciones de pescaíto frito o una tapita de jamón de Jabugo o de caña de lomo… Imagínese. Hay que ser muy insensato para hacerlo, pero el mundo está lleno de gente insensata. ¿No cree?
—Es una de las primeras conclusiones a las que se llega en mi profesión.
—¿A qué se dedica usted?
—Soy detective privado.
Gastein se enfunda una sonrisa irónica y silba impropiamente, piensa Carvalho. No tienes edad, ni aspecto de adulto silbador. Pero Gastein ha silbado.
—¿Algún trabajito por aquí cerca?
—No. Ya se lo he dicho, prescripción facultativa. Necesitaba dejar de beber, de comer, de fumar, a ver si consigo desengancharme de esas drogas.
—Su cuerpo se lo agradecerá. Su cuerpo es su mejor amigo.
Desvió la vista Carvalho hacia la ventana para contener la respuesta que le suscitaba la letanía moralizante. Allí estaba El Balneario. Un volumen colgado sobre la torrentera del río sangriento, encalada arquitectura herreriana, con los tejados de ocre sangre. Sobre los hombros del doctor Gastein cabalga la cúpula preárabe de lo que queda del viejo balneario que dio a Jara del Río un prestigio ya medieval, cuando los abderramanes, almanzores, almotamides y demás jomeinis se iban a curar los sarpullidos en sus aguas sulfurosas. Todavía está en uso el restaurado pabellón de cúpula lucernaria, asilo de viejos reumáticos lugareños con memoria, que acuden al menos un día cada año en peregrinación para tomar las aguas, los barros y perder las pupas del cuerpo y el alma en las bañeras de azulejos. Pero es ya un simple pretexto ético y estético rodeado por la rotundidad del nuevo balneario construido por Faber and Faber, hermanos, una pareja de vegetarianos suizos poseedores de una pequeña multinacional de la salud basada en el ayuno casi integral y la recuperación vegetariana del organismo. Pretexto para una memoria de la antigua salud, el viejo pabellón conserva clientela ritual, incluso precios rituales para estos viejos reumáticos locales que acuden a él como quien a una ceremonia expiatoria. Apenas se utiliza para los tratamientos de fango de la nueva clientela de ricos gordos o intoxicados por los malos hábitos de vida de la modernidad. Alemanes, suizos, franceses, belgas y también obesos españoles de la zona del dólar madrileño o del marco catalán. Recibimiento en un alegre comedor en olor a quesos frescos, hierbas aromáticas e infusiones de malta o hierbas medicinales. Días de fruta y arroz integral para empezar a soltar amarras, a continuación día de purga y congelación del culo obligado al duro banco de la taza sanitaria y los primeros asaltos del complejo de estupidez por la perspectiva de días y días sin otro alimento que una taza de caldo vegetal con perejil al mediodía y un vaso de zumo de frutas al anochecer. La obligación, desde luego moral, de beber al menos dos o tres litros de agua al día. Omnipresente el agua en formaciones de docenas de botellas presentes en todos los ámbitos del balneario, como si su simple presencia fuera el reclamo de su necesidad. Aguas para orinar mucho y que con los orines se vayan las grasas y otras toxinas que el cuerpo quema.
—Agua, mucha agua. Aproveche cualquier momento o pretexto para beber agua. Acostúmbrese a relacionar ansiedades con agua. Si tiene hambre, beba agua. Si se deprime, beba agua. Si tiene nostalgia, beba agua. Si se trata de deseos sexuales, beba agua.
—¿Se tienen deseos sexuales?
—Cada cliente es un caso, pero sí, hay pulsiones sexuales, aunque el predominio de clientes con exceso de peso tiende a crear una atmósfera asexuada. Siempre hay excepciones y entonces se dispara la imaginación erótica.
—¿Hay promiscuidad en este convento para gordos?
—Insisto en que no son gordos todos los que están.
Gastein le señala el hígado, a distancia, con un dedo educado en el arte de señalar. Un dedo largo, dibujado por un escultor genético expresionista, contundente, fuerte, ligero y a la vez inapelable.
—Usted está aquí por culpa de su hígado. Ha bebido mucho.
—He vivido mucho.
—¿Vivir es beber?
—¿Por qué no?
—Mal le irá entre nosotros si no parte de una filosofía menos autodestructiva. Es posible autoengañar al cuerpo mientras se es joven, en el sentido biológico de la palabra. Usted sigue siendo joven, pero en el sentido estadístico. Es joven porque aún le quedan veinticinco o treinta años de esperanza de vida, en el sentido estadístico de la esperanza. Pero ya no se puede permitir demasiadas alegrías. Pregúntese a sí mismo: ¿Por qué estoy aquí? Y contéstese la verdad: Porque tengo miedo de mi cuerpo. Porque tengo miedo de mí mismo.
Y del miedo al desprecio. La entrega de la voluntad a cualquier agente salvador que los brujos propongan. Quizá las experiencias más excitantes, tan máximas como agridulces, reservadas a los ingresados sean los enemas, eufemismo que oculta la vieja práctica de la lavativa y el pesaje cada mañana, nada más levantarse, en bragas las damas y en calzoncillo slip los hombres. El enema retrotrae a tiempos de viejas amenazas infantiles, del descubrimiento del dolor: inyecciones, vacunas, cataplasmas, parches anticatárricos, lavativas. Y algo de ritual infantil y moral tiene el día del enema, avisado desde el amanecer por las enfermeras que señalan con la punta del bolígrafo la fatal indicación y miran al paciente como si su cara ya empezara a ser un culo. Hoy le toca enema. Y allí está, en el lavabo, el depósito que contendrá el agua purificadora de las entrañas hécicas y la cánula que se abrirá paso implacable por la puerta estrecha que la naturaleza diseñó para ser exclusivamente de salida y que la medicina y la sexualidad han convertido en puerta batiente. Llegará la enfermera con una voz cantarína disuasoria de terrores, manipulará en el lavabo mientras el paciente empieza a ofrecer el culo a la otredad con el ano tan cerrado como la imaginación y la dignidad de cara a la pared. Y la suerte estará echada cuando la mujer se acerque a la cama y se cierna como amenaza vista desde la perspectiva del insecto que va a ser enculado. Y ya está. Una rasposidad olvidada se asoma al laberinto de las putrefacciones finales y empieza a mearse en la intimidad del cuerpo con el pretexto de limpiarle de adherencias envejecidas. El tiempo pesa como una bolsa llena de agua sucia y el cerebro lucha con los esfínteres para evitar que se abran y enseñen la vergüenza fuera de tiempo y lugar. Sabedora de esta tensión dialéctica entre cerebro y culo, la enfermera avisa que va a retirarse, para evitarse salpicaduras que, de producirse, asumiría con una estricta profesionalidad, que prefiere no malgastar. Ya está. Y el paciente cierra los ojos y cierra al tiempo todos los agujeros del cuerpo como si buscase la esencialidad misma del orificio en la representación simbólica del punto. Ya está. Se retira la voz cantarína de la enfermera y sobre el lecho queda la violación, las tripas llenas de aguas mareadas en busca de una salida y en el cerebro la confirmación de la sospecha de que no somos nada, ratificada cuando tres, cuatro, cinco minutos después, las aguas encuentran el camino de salida y el paciente ha de correr hacia la taza sanitaria y vaciar el sur de su cuerpo y de su alma a medias repartido el espíritu entre aproximaciones a dolores de parto y al gusto que da liberarse de lo peor de uno mismo. Y si ésta es la experiencia más cuestionadora de la propia imagen, la más excitante es el pesaje de la mañana. Algo así como esperar la buena nota por el estricto cumplimiento de las normas establecidas. Perder peso los gordos y ganarlo los flacos. Mantener la presión sanguínea en sus límites. Sobre la báscula o con el torniquete en el brazo, el paciente espera la puntuación de la enfermera, educada en repetir cuantos entusiasmos hagan falta para premiar pérdidas o ganancias positivas, aunque sean miserables y no estén a la altura de la inversión de dinero y libre albedrío que ha hecho cada paciente. Los hay que salen de la sala de pesaje con la corona de laurel sobre las sienes y los hay que van directamente en busca de una cuerda para ahorcarse o, en su defecto, de un espejo ante el cual abofetearse y renegar del propio metabolismo, cuando no de la misma madre que lo parió, expresión más abundante en las manifestaciones de desesperación de los clientes nacionales que en los extranjeros, desde tiempo ha educados en la disciplina de que las cosas son como son, efectos de causas que ya no se pueden borrar de los códigos secretos que hacen los cuerpos y las almas.
—El control médico es indispensable y es el que da seriedad a nuestro tratamiento. Todo el plan de cura lo hacen nuestros médicos. Hay dos comprobaciones médicas por semana y cuantas consultas el paciente exija. Es indispensable un análisis de sangre a la entrada y otro a la salida, para comprobar los efectos de la cura.
Gastein es el cabeza del equipo médico. Por su veteranía y por su extranjería, aseguran los clientes españoles, en la sospecha de que Faber and Faber se fía más del personal especializado alemán o suizo que de los españoles. La aportación hispánica a la clínica es el paisaje, una tercera parte de los clientes y el personal subalterno: algunas enfermeras, masajistas, el profesor de gimnasia y el servicio. Las muchachas que hacen la limpieza, arreglan las habitaciones, abastecen de infusiones según un horario de precisión, han sido reclutadas en la serranía, por razones de cercanía al balneario y para crear una dependencia económica en la zona que elimine los restos de resentimiento ante la extranjerización de un lugar sin el cual el valle del Sangre perdería su principal carácter. También son de la serranía los empleados masculinos que atienden las calderas, la depuración de la inmensa piscina de aguas climatizadas, los trabajos del jardín subtropical, la restauración constante del gran complejo moderno y la conservación, como si de un edificio de interés artístico se tratara, del pabellón cupular para los baños de fango, que la empresa conserva más como un monumento al pasado que como un útil de salud asumible por la moderna tecnología. Sobre el follaje del parque descendente hacia las riberas del Sangre, el pabellón arabizante cumple su función en el collage de la multinacional como una ráfaga de guitarra española en cualquier sinfonía impresionista francesa titulable África. Es una concesión al exotismo y a la obsolescencia.
—Es curioso que hayan conservado la sección de barros del antiguo balneario.
Gastein levanta los ojos de la receta que está escribiendo y tarda en comprender la pregunta de Carvalho.
—Hay un acuerdo municipal vigente desde hace doscientos años según el cual los habitantes del pueblo y su comarca, hasta Bolinches, tienen derecho a utilizar las aguas sulfurosas, sea quien sea el propietario de la concesión. El caudal de las aguas ha disminuido y no permite una explotación a la vieja usanza, pero parte se utiliza para los usos de la clínica y parte para ese compromiso. Pero yo le añadí un motivo a los señores Faber cuando les convencí de que transigieran con el antiguo acuerdo. Todos los balnearios tienen una historia mágica o religiosa, como usted quiera. Los puntos de referencia mágicos no deben tocarse. Son en cierto sentido sagrados. ¿No le parece a usted?
Difícil establecer la edad del doctor. No sólo ahora, ennoblecido por la bata blanca de su liturgia, sino incluso cuando se viste de tenista y se somete al duro peloteo de la doctora Hoffman, la analista, o al bombardeo atómico de la poderosa madame Fedorovna, la regente de El Balneario en ausencia de los hermanos Faber, que complementa las tareas de dirección del gerente, señor Molinas, más jefe de personal que otra cosa. Madame Fedorovna es una rusa alta y cúbica, con cara de muñeca envejecida y una mirada entre lo dulce y lo turbio que prestan los ayunos frecuentes. Su función en la clínica se basa en aparecerse al lado de los ayunantes en el momento en que están ingiriendo el brebaje vegetal o el zumo de frutas, poner los ojos en blanco y decir: «¡Qué maravilla los productos naturales! ¿Ha pensado alguna vez, señor Carvalho, en lo maravilloso de una creación que sin violencia nos da todo cuanto necesitamos para vivir? Piense en la maravilla pequeña, pero al mismo tiempo extraordinaria, de un zumo de zanahoria como el que usted está tomando…». Y madame Fedorovna pide a su vez un zumo de zanahoria, lo paladea, chasquea la lengua contra el paladar en busca del sabor oscuro y terroso de la zanahoria y en su expresión está la sabiduría de una gran catadora en condiciones de decir la marca y la añada de la raíz. Incita a Carvalho a que siga bebiendo y le pide con la mirada que sus ojos expresen la alegría interior que proporciona dar salud al cuerpo y nada más que salud. Su cuerpo se lo agradecerá. Es a la vez un slogan, una consigna y un recurso sintáctico para vacíos de significación. Su cuerpo se lo agradecerá.
—Lo dudo, madame Fedorovna. Lo dudo.
—Tiene usted que recuperar la confianza en su cuerpo.
—Es un borde, señora, un auténtico borde.
Se desconcierta un tanto madame Fedorovna, pero finalmente comprende, se ríe y cataloga automáticamente a Carvalho entre los clientes cínicos pero simpáticos, a la larga buenos clientes, porque en toda ironía hay una imposibilidad de enmienda y por lo tanto los clientes irónicos son los que vuelven, porque más tarde o más temprano regresan a los vicios del alcohol, la carne y la molicie. Abandona a Carvalho con una sonrisa cómplice y se va a ver a otro paciente, a repetir la consagración del zumo de zanahoria y el intento de lavado de cerebro sobre los malos usos alimentarios.
—Madame Fedorovna habla de los zumos, las hierbas, las plantas, las patatas, el queso sin grasa… como si fueran elementos mágicos en posesión de las claves de la salud.
Gastein ha terminado la receta y se recuesta en el respaldo de la silla giratoria.
—Madame Fedorovna es una mujer con mucha fe. En el pasado tuvo una dolencia muy grave de la que se salió gracias a nuestros regímenes y no lo ha olvidado.
—Es rusa, ¿no?
—En un sentido amplio, general, sí. Pero en realidad es bielorrusa. No es lo mismo.
—¿Fugitiva del terror soviético?
—No tiene edad de ser lo que antes se llamaba un ruso blanco. Se marchó de la URSS después de la segunda guerra mundial, según creo. Pero tampoco estoy demasiado enterado de la historia del personal de esta casa. ¿Le interesa a usted mucho la vida de madame Fedorovna?
—Usted es centroeuropeo, por lo que parece, y allí están más acostumbrados a conocer de pronto a una madame Fedorovna. Para nosotros, en cambio, es más difícil y fatalmente nos suena o a personaje de novela rusa o de película norteamericana antisoviética.
Gastein tiende a Carvalho el pasaporte de El Balneario, una doble cartulina en la que consta su pase de entrada, sus pesajes diarios, la medicación, la comprobación de la presión sanguínea, los enemas que debe tomar, el total de días de ayuno, los de recuperación plena de las funciones digestivas y la salida, así como los masajes manuales, subacuáticos.
—¿Y el fango?
—¿Quiere usted fango? No lo creo necesario. No es usted reumático.
—Le confesaré que uno de los motivos más sólidos por los que he venido a este balneario ha sido por los fangos.
—Es lo que menos necesita.
—Nunca he sabido exactamente lo que necesitaba.
—Allá usted. No me cuesta nada añadir en su pasaporte que debe tomar dos o tres baños de fango a la semana.
—¿El fango es de aquí?
—No. Los polvos son alemanes, pero se amasa con la poca agua sulfurosa que aún nos queda. Puede usted tomar los fangos en las instalaciones modernas que están junto a la sauna y la sala de masajes o bien en la antigua sala del viejo balneario.
—¿El mismo fango, las mismas aguas?
—Sí. Pero distintas manos. Allí queda un retén de los antiguos masajistas del viejo balneario; son masajistas que conservamos hasta que se jubilen. Ya les falta poco.
—Tomaré los fangos en el viejo edificio y los demás masajes aquí. ¿Los masajes los dan hombres o mujeres?
—Los masajistas no tienen sexo.

Manuel Vázquez Montalbán
El balneario
Pepe Carvalho 

En los balnearios nunca pasa nada… Hasta que pasa. Es entonces cuando se pierden las maneras, el decoro, la templanza, el bisoñé, la salud e incluso la vida.
Cada novela de la serie Carvalho responde a un nuevo desafío circunstancial, pero en este caso el detective creado por Manuel Vázquez Montalbán ni viaja ni come, y tiene que ingeniárselas para poder quemar un libro a hurtadillas. Sin embargo es una novela de gastronomía, de gastronomía caníbal, podría decirse. Fábula de la conducta individual y social de «viejos» y «nuevos» europeos, escrita en clave de humor y de terror suave. Un terror de balneario.

Algarrobo (5) - Jamás había manejado una pistola, era mitrista, era pálido, lo habían engendrado en un sótano.

«Entonces mi padre murió en un duelo, por defender el honor de su padre», dijo el senador. En el diario de los Varela, en La Tribuna, se había mancillado, dijo, la memoria de Enrique Ossorio diciendo que había sido desde siempre y hasta su muerte un espía al servicio de Rosas, un traidor, un loco y un salvaje. «Se vistió de negro y fue a batirse en una quinta cerca del río. Jamás había manejado una pistola, era mitrista, era pálido, lo habían engendrado en un sótano. Jamás en su vida le había visto la cara al hombre cuya cara sería la última que viera en su vida». El padre del senador había dejado una nota que decía: «Son las cinco de la mañana. No me he movido en todo el día de mi casa. Todas las noticias que tengo del muy mandria ahijado de los señores que le sirven de padrinos en este lance», citó el senador lo que había escrito su padre, «me confirman en la certeza de que ese es para mí menos que nada, aunque estos caballeros hablen de él como si fuera gente, dejó dicho mi padre», dijo el senador. «M’hijita, le escribió a mi madre, si la desgracia es la que me está aguaitando en el campo de honor, sé que usted sabrá criar con decencia y en el amor a Dios, a la Patria y al general Mitre a ese hijo mío que lleva en las entrañas, o sea yo», dijo el senador. «Una madrugada clara de 1879 murió mi padre». Una brisa helada llegaba del río, solo se escuchaba el rumor suave del viento entre los árboles. «Mi padre se alzó las solapas del fraque, pero como temió que eso pudiera confundirse con un gesto de temor se quitó la chaqueta y su camisa blanca se destacó sobre el fondo oscuro de los algarrobos». El lance había sido concertado a diez pasos. «Mi padre no se santiguó porque no quiso que se viera que le temblaban las manos. Las dos pistolas se alzaron hacia el cielo y antes que se apagara el estampido de los disparos mi padre estaba muerto», dijo el senador.
«En esas épocas, en este país», dijo, «los gentlemen argentinos eran, sin saberlo, hegelianos. Solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad, el que afronta hasta el fin el riesgo de la muerte se afirma así como señor, como pura autoconciencia. Se mataban, puede decirse, entre ellos porque ninguno quería ser un esclavo. Se mataban, entonces, entre ellos, estos señores, para probarse que eran caballeros argentinos y hombres de honor, con lo cual los caballeros argentinos y los hombres de honor disminuían. Lo que visto desde mi óptica actual, y dejando de lado mi lealtad filial, me parece, desde ya, una ventaja. De haber seguido esa costumbre quizás hubieran ido desapareciendo, uno detrás de otro, todos los gentlemen que han ayudado a convertir a este país en lo que ahora es. Era una especie de genocidio señorial: cualquier altercado, cualquier palabra cruzada a desgano se convertía de inmediato en un duelo. Había que terminar con esa costumbre que obligaba a los señores a matarse entre ellos para probar que eran caballeros argentinos, que sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos habían sido caballeros argentinos. Ahora bien, fíjese usted, mi padre murió en ese duelo, en 1879, y fue el primer caso de crimen de honor presentado en el país ante un jurado y en sesión pública. Ese juicio en el que fue juzgado el hombre que había matado a mi padre en un duelo es un acontecimiento. Un acontecimiento», dijo el senador. Porque ¿qué era, dijo, un acontecimiento, cuál era, dijo, en ese caso, el acontecimiento? «No el duelo», dijo, «sino el acontecimiento de ese juicio». Un acontecimiento como aquel no era, en general, conservado por los historiadores y sin embargo, dijo, quien deseara conocer la significación de nuestro mundo moderno, el que deseara conocer qué se había abierto en el país justamente hacia 1880 debía saber descifrar allí el umbral mismo del cambio, de la transformación. Eso más o menos fue lo que dijo el senador respecto al duelo que había llevado a su padre al sepulcro. «Por primera vez, en el juicio llevado adelante contra el duelista que mató a mi padre, contra ese mandria asalariado de los Varela, la justicia se separó y se independizó de una mitología literaria y moral del honor que había servido de norma y de verdad. Por primera vez la norma de la pasión y del honor dejan de coincidir», dijo el senador, «y se instala una ética de las pasiones verdaderas. Porque en realidad estos caballeros, estos gentlemen, estos señores habían descubierto que era frente a otros, con otros frente a quienes debían probar quién era el esclavo. Habían descubierto», dijo el senador, «que tenían otro modo de probar su hombría y su caballerosidad y que podían seguir viviendo de cara a la muerte sin tener necesidad de matarse entre ellos, sino más bien uniéndose entre ellos para matar a quienes no se resignaban a reconocerles su condición de señores y de amos. Como por ejemplo», dijo, «a los inmigrantes, a los gauchos y a los indios. De modo», concluyó el senador, «que la muerte de mi padre en un duelo y el juicio posterior es un acontecimiento que, en cierto sentido, está ligado, o mejor, yo diría», dijo el senador, «que acompaña y permite explicar las condiciones y los cambios que llevaron al poder al general Julio Argentino Roca».

Ricardo Piglia
Antología personal

«Antología personal», del escritor y crítico literario argentino Ricardo Piglia, reúne ficciones, ensayos, conversaciones, cuentos e intervenciones públicas. Según refiere el propio autor, elaboran y registran imaginariamente experiencias vividas, pues en un mundo de vivencias virtuales, donde se ha perdido el sentido de la memoria privada, la utopía reside en construir artificialmente las mismas y tener como propias algunas que nunca lo han sido.

Algarrobo (4) - Amanecer

AMANECER
Resbala el Sol naciente en la curva del río
y enaltece el trigal con su aureola,
tamo oloroso y leve que tiembla en la ventana.
Columnillas de humo hacia el fondo del valle
huelen a miel, a hierba mojada, a pan caliente,
a cecina, a hojas muertas esponjadas y húmedas,
a leña de cerezo, de algarrobo, de olivo;
abre como un breviario la guarnicionería
con su aroma de yute, de cinchas aceitadas.
El eco de la luz designa tu cintura
y recobro en tu piel los colores del sueño:
perfume de milhojas, de marquesas de coco,
pomas de chocolate con su pezón de guinda.
La campana impaciente tañe gotas de cera
y nos llama al sacrificio más goloso:
aroma de tu sexo entre las sábanas
—corazón encendido en caridad, quemando
con su rubia corona de rizadas espinas—,
bendición candeal para cruzar el tiempo
hacia el jirón de fe que ondea en los almiares.

Guillermo Carnero
Verano inglés, Abril 1997-Abril 1998

Muchos son los lectores de poesía que esperaban un nuevo libro de Guillermo Carnero desde que en 1990 publicó Divisibilidad indefinida. Nueve años después, probablemente nueve años de reflexión, vuelve a la poesía con este esperado y hermoso Verano inglés, en el que mantiene las características distintivas de su obra, iniciada en 1967 con Dibujo de la Muerte: la equivalencia de la motivación biográfica y la cultural, entrelazadas en una síntesis mutuamente iluminadora; la riqueza y la precisión de un lenguaje forjado en la tradición barroca y simbolista; el enfoque tanto emocional como reflexivo de un discurso que vuelve sobre sí mismo para interrogarse sobre su propia naturaleza y razón de ser.
Si Divisibilidad indefinida introducía en la trayectoria de su autor una novedad destacable, el intimismo directo con que algunos de sus poemas exponían su meditación sobre la soledad y el desengaño, Verano inglés prolonga esa evolución, que ha dado a la poesía de Guillermo Carnero mayor capacidad de comunicación y ha hecho más accesible su verdad emocional. Este nuevo libro relata una historia de amor, con los matices que el más radical de los sentimientos adquiere en esa edad mediana que está a un paso de la vejez: la iluminación por unas ilusiones que pueden ser las últimas, la plenitud intelectual y física compartida, el inevitable fracaso y la renuncia. Comienza en un ambiente de pintura erótica de los siglos XVIII y XIX, y termina con la sobriedad ascética de un Zurbarán sin Dios, y sin más consuelo que la belleza inanimada del arte y la triste hazaña de la escritura.

Algarrobo (3) - Tardes de viaje

Tardes de viaje
Emprendemos el viaje otra vez y seguimos raudos, en el autobús, por la carretera. En Tossa de Mar sube una señorita joven aún, vestida de negro, de aspecto distinguido, esbelta y ligera como el viento, de unos cuarenta y ocho kilos aproximadamente. Trae consigo un pequeño envoltorio. El azar hace —el azar de los autobuses— que la señorita se siente a mi lado. Da al sentarse un «buenas tardes» indiferente y yo contesto con otro «buenas tardes» indiferente. El viaje continúa. Los cambios de marcha hacen unos ruidos de espanto, como si se derrumbara un almacén de hierros. Advierto, de pronto, que el envoltorio que trae la señorita es un paquete con libros.
—Señorita —le digo revistiéndome de valor—, sin duda es usted muy instruida…
—¡Qué piropo más raro! —me contesta señalando en la cara un gesto que lo mismo podría ser una ligera sonrisa que un ligero bostezo.
—Es un piropo a la antigua. Completamente inocente.
—¿Y por qué me dice usted que yo soy instruida?
—Pues porque veo que tiene usted aquí un paquete con libros. Probablemente es usted lectora de novelas o de obras de fantasía.
—Si —me contesta—. Éstos son libros, pero no son novelas ni obras de fantasía. Son obras didácticas.
La palabra «didáctico» es para mí una palabra neutra que me produce un efecto antiafrodisíaco. Debería ser eliminada del léxico de las señoritas.
—¿Es usted profesora? —le pregunto.
—Si, señor. Soy profesora y esto son gramáticas, geometrías, historias…
—¡Historia! ¿No considera usted la historia una pura fantasía? Leer la historia es muy agradable, en invierno, al lado del fuego. Los historiadores suelen ser hombres pacíficos y tímidos, de una simplicidad irreparable. Vivir la historia es más difícil que leerla o escribirla. A veces es algo terrible, algo indescriptiblemente cruel y doloroso. La historia que transcurre delante de los ojos de uno suele ser desagradable e indecente. En cambio, la historia lejana, remota, es divertidísima, aunque haya sido catastrófica. ¿Hay algo más entretenido para leer en la cama, que la Historia romana o los despachos de los embajadores de la República de Venecia? ¿Me sigue usted, señorita?
—Sin embargo, he oído decir que nuestra época es muy interesante…
—Será interesante para nuestros biznietos, dentro de cien años y siempre que los historiadores la escriban bien y tal como ha sido. ¡Cómo disfrutarán, en la cama, nuestros sucesores, leyéndola! Pero por el momento su interés es muy relativo y su esterilidad casi completa. Un manicomio suelto.
—No sé qué decirle…
—Bien. Es usted profesora… ¿de letras?… ¿de ciencias?
—Soy profesora de escuela primaria.
—Pero tendrá usted sin duda una preferencia…Por las letras griegas. Quizá por las ciencias.
—Las letras no están mal —me dice con una encantadora naturalidad la señorita—, pero francamente a mí me gustan más las ciencias.
—Las ciencias… ¡Magnífico! ¡Cosa fina! En general, las señoritas de este país, no se interesan por las ciencias. Y es un error. Si me permite usted le recordaré, que en opinión de Platón y de algunos antiguos, el amor es la más alta ciencia de la vida. Y el Dante, a quien sin duda habrá usted oído nombrar, decía que el amor mueve el cielo y las estrellas. Aunque me vea usted con esta corbata y con esta boina, yo también lo creo así. Pero esto no tiene ninguna importancia. Ahora, sin embargo, las ciencias se entienden de otra manera. Son bien poca cosa. En tiempo de paz, son un cálculo enrevesado y tremendo para matar moscas o pulgas o para fabricar melocotones artificiales; en tiempo de guerra, este cálculo se desplaza a otros fines. ¿No considera usted que la cosa es realmente divertida?
—Pero la aviación es tan interesante, un trimotor contiene tanta ciencia…
—¡Qué duda cabe, señorita! Pero si me permite le voy a hacer a usted una pregunta.
—Dígame.
—Ha de prometerme usted dos cosas: primero, contestarme con toda sinceridad; luego, hacer lo posible para que no le de un vahído. ¿Aceptado?
—Aceptado.
—Bien. ¿Qué preferiría usted en este momento, señorita? Contésteme usted francamente. ¿Qué preferiría usted: las letras, las ciencias o un filete con patatas?
Más rápida que una centella y con un aire de convencimiento absoluto, la señorita se acerca discretamente a mi oído y me dice con un sigilo que apenas cubre su agitación interior:
—¡Un filete con patatas, Dios mío!
La impresionante sinceridad de la señorita pone, durante unos momentos, una cierta confusión en el diálogo. Callamos y contemplo un rato el paisaje. El autobús discurre por la carretera de Tossa a Lloret de Mar en su parte más alta. El paisaje hace una falda larga y boscosa que muere ante el mar solitario. El tiempo es magnífico. Estas tardes de invierno, soleadas, claras, de una precisión cristalina, tienen una finura como suspensa y arrobada. El aire pasa por los pinos y produce una sonoridad grave, como un susurro voluptuoso. Los olivos sacan su plateado suave y liso. Los algarrobos, de hoja pastosa, tocados por el sol, concentran bajo su copa, una clara luminosidad dorada. Las hierbas secas huelen intensamente. Sobre el mar, las viñas en declive van perdiendo sus rubias formas pomposas. El paso lento de las nubes en la ternura azulada del cielo produce, sobre el acantilado basáltico reflejos acerados y sobre el granito rojo un carmín vago que sombrea el agua de una piel de seda. Todo es apacible, ligero, aéreo, como limpiado. Y el mar solitario…El mar hace una constante compañía. Su diversidad llena, incansable, todas las horas del día y de la noche. Su indiferencia por la sórdida pequeñez humana llega a impresionar a los pedantes más empedernidos. Su dureza feroz se corrige en las formas más inconsútiles y graciosas del capricho. El mar se hace intenso, incomparablemente bello en los parajes desiertos, en los lugares recogidos, en los rincones deshabitados y remotos. El amor pide soledad para manifestarse y sólo en los lugares silenciosos se revela su naturaleza. El silencio impregnado de viento llega a dar al agua una pureza primigenia, una claridad de éxtasis. Sobre el horizonte desnudo, vasto, taciturno, obsesionante, la costa es lo múltiple y lo concreto, lo que transforma una línea recta y muerta en gracia y mitología…
Al llegar a este punto de mi monólogo interior, mi compañera de viaje me interrumpió diciendo:
—¡Qué pregunta me hizo! Será materialista…
—Yo, señorita, seré lo que usted me diga.
—Yo en cambio, desearía espiritualizarme…
—Sí, sí, yo también, señorita. Espiritualicémonos, espiritualicémonos… ¡Qué bonito! Lo que pasa —añado con un aire un poco triste— es que para espiritualizarse, es indispensable el racionamiento.
—¿Ve usted? Es usted un recalcitrante materialista…
—Señorita, sin duda irá usted a Lloret de Mar. Estamos llegando a Lloret. Habremos dentro de un momento de despedirnos. Pero antes de despedirnos desearía leerle a usted tres líneas. ¿Ama usted las citas de los grandes autores, de los autores célebres?
—Adoro los autores célebres…
—Pues bien. Aquí tengo un librito, aquí mismo, en el bolsillo. Es un libro de Chesterton, el último libro de Chesterton que ha aparecido en español. Otro día le contaré quién es Chesterton. El libro se titula «Las quintaesencias». Escuche usted un momento, porque vale la pena: «La ciencia —escribe Chesterton—, la ciencia puede analizar una chuleta de cerdo y decir cuánto contiene de fósforo y cuánto de proteínas, pero la ciencia no puede analizar el deseo de chuleta de cerdo de ningún hombre y decir cuánto tiene de hambre, cuánto de costumbre, cuánto de capricho nervioso, cuánto de persistente amor a las cosas bellas. Cuando un hombre desea chuleta de cerdo, su deseo permanece literalmente tan místico y etéreo como su deseo del cielo». ¿Ha comprendido usted, señorita?
—Muy poco, francamente.
—Es una lástima. El texto parece bastante claro.
—Lo leeremos un día con más calma…
—No sé. Hay cosas que no pueden cogerse más que al vuelo.
Pero ya llegábamos a Lloret. Nos despedimos afablemente.

Josep Pla i Casadevall
Viaje en autobús

Si la literatura es el arte de la descripción por escrito de personajes, paisajes, situaciones… en este libro la encontraremos de primera calidad de la mano de un maestro del adjetivo: «Si fumo es para encontrar adjetivos» —confesaba él mismo. Se pueden leer en este libro pasajes descriptivos de asombrosa sensibilidad y enorme belleza.
Pero hay más en este libro. Alguna crítica de Viaje en autobús afirma que lo mejor del libro es que en él no pasa nada; pero si pasa. Pasa y mucho. El libro es una crónica social de este país en aquel momento concreto y como cualquier crónica escrita en presente sobre momentos del pasado muestra los antecedentes de las circunstancias que ahora nos acontecen. Se da la circunstancia de que el momento en que Pla elaboró esta crónica resultó ser crucial: la posguerra civil española, en que el país iniciaba su andadura por los caminos que nos han traído hasta aquí. Sabemos dónde estamos, a dónde hemos llegado. En el libro encontraremos el por qué. Lo que se narra, y se analiza, en el libro es el comienzo de las actitudes y planteamientos de aquella sociedad que, al leerlos, reconocemos como propios porque hoy siguen vigentes. Aquello que nos explica es lo que pasa en este libro. ¡Casi nada!

Algarrobo (2) - —¿Crees que no lo veo, si toda la ropa se te pega al cuerpo, a tus pechos maduros como la sandía, a tus caderas frutales, a tus piernas espigadas?…

Y, en todas partes, Glauka. Sus blancos dedos aparecen ahora asiéndose a la amura por donde está colgada la escala, anunciando la aurora ambarina de sus cabellos, el rostro, el cuello, el torso, su cintura, sus piernas pisando una tras otra la cubierta, sus pies caminando hacia Ahram. Más que todo, el resplandor de su sonrisa… Ahram la retiene por la muñeca, la hace sentarse junto a él, venciendo una juguetona resistencia:
—¡Tonto! Estoy chorreando, voy a mojar el tapiz.
—¿Crees que no lo veo, si toda la ropa se te pega al cuerpo, a tus pechos maduros como la sandía, a tus caderas frutales, a tus piernas espigadas?… Vamos, siéntate a mi lado: harás dichoso al tapiz.
Ella le mira ahora con inquietud:
—Si te mojo puedes acatarrarte.
La recia carcajada desprecia el riesgo.
—¿Qué me traes esta vez de tus profundidades?
La diosa del mar sonríe y muestra las manos vacías.
—No encontré buques hundidos, ni tesoros, ni prodigios para mi señor.
—Tú eres el prodigio.
Callan. Hasta las palabras estorban para tocar la felicidad, para olerla y paladearla. Hacia proa, bajo un toldillo, los compañeros hablan entre sí, lanzando furtivas miradas. Felices también, porque lo es la pareja.
Ahram observa a su compañera y sabe que está mirando a la misma persona, pensando en lo mismo:
—¡Qué hombre se ha hecho Malki! —exclama ella en ese instante, confirmando la impresión—. A sus años tú serías como él.
—No tan hermoso.
—Calla, o te beso en público como no besan las mujeres decentes.
Ríen.
—Toma —ofrece Ahram la cajita que encargó también a Likos—. El famoso mástic de Quíos. No lo necesitas para perfumar tu aliento, pero te gustará. Sabe a vida de árbol, a hierba salutífera.
Le encanta observar los amorosos labios absorbiendo la golosina.
—¿A qué día estamos? —pregunta ella, e inmediatamente ríen ante preocupación tan fuera de lugar.
El casco ha rolado poco a poco a merced de la corriente litoral. Ahora queda a babor el islote de Pelagonesos próximo a la playa, mientras a estribor se va alejando el contorno de la isla, con sus casitas a media ladera, entre parrales, cipreses y olivos, con algarrobos hacia lo alto y pinos en las playas. A lo lejos, como a ciento cincuenta estadios, se dibuja la silueta de otra isla, difuminada por la leve calima de la ya avanzada primavera.
—¿Sabes cuál es esa isla?
—Lo adivino por la forma en que lo preguntas. Es Psyra. No quiero ir, ya lo sabes.
No, Glauka no desea volver a la tierra en que emergió de las ondas. «Como Afrodita», ha pensado Ahram muchas veces en estos años. No quiere ver el escenario de la muerte de su primer hombre y de su hija, donde la capturaron los piratas y comenzó su dura peregrinación hasta Ahram. Pero allí «nació», allí está el santuario donde la diosa le otorgó el don de la mortalidad, y el Navegante sí quiere pisar esa tierra. Glauka le adivina una vez más:
—Puedes ir tú, si quieres. Yo desembarcaré en Quíos y me quedaré con alguien a esperarte.
Glauka se apodera de una raja de sandía y la muerde golosamente. El zumo rosado resbala desde su barbilla a su pecho y se pierde entre los senos. Ríe y Ahram no sabe si ha sentido cosquillas o si es al ver el aletazo de cólera de una gallareta que pasaba volando y ha dejado caer el pez que acababa de capturar y llevaba en el pico.
—¿Has visto el pájaro? ¡Qué torpe!
—Se distrajo mirándote. En cambio a ti no se te escapa nada. No te pierdes ni un instante de la vida. Eres sabia.
—Mi mayor sabiduría fue llegar hasta ti. No detenerme antes en nada ni con nadie.
—Aunque hallaste mucho.
—Si, hallé mucho. Pero más aún contigo.
La mira Ahram, advierte ella, tiernísimamente. Como sólo en estos últimos tiempos la ha mirado:
—Incluso tenías a Krito.
Glauka reflexiona un instante.
—No era distinto de ti… ¿Sabes? Decía Krito que ningún dios tiene poder para que se junten dos paralelas, pero que los humanos las hacen tocarse en el amor de dos cuerpos tendidos. Nosotros llegamos a ser tres paralelas.
El vino, la fruta, el mar y el cielo envuelven las palabras.
—¿Te dije que según las últimas noticias de Roma, recibidas por Soferis, Zenobia se ha casado allí con un senador y vive en Tibur, junto a la famosa Villa Hadriana?… ¿Quién puede comprenderlo?
—Yo, desde luego. La conocí siempre mejor que tú. A su edad se las ha arreglado para vivir su triunfo de mujer. Como Clea, que estará a su lado.
Será un triunfo, pero Glauka ha pronunciado ese «su» en tono de desprecio.
—También hemos sabido que Roma se ha aliado con el rey de Axum.
—¿Axum? ¿Dónde está?
—En África, muy al sur. Más allá del Campo Esmeralda y más al interior que el país de Punt —suspira—. Ésos debieron ser mis verdaderos aliados, y no Palmira. África es nueva, está llena de fuerzas intactas, mientras que Oriente es viejo… No supe elegir a mis amigos.
—¿A qué hablar de tus aliados, amor mío? Para vivir como ahora no los necesitamos.

José Luis Sampedro
La vieja sirena

Egipto, siglo III. Época de cambios y confusión. Dos grandes imperios, el romano y el persa, inician una lenta decadencia. La protagonista, envuelta en su belleza y misterio, recorrerá un apasionante itinerario hasta llegar a Alejandría, donde dos hombres marcarán su destino: Ahram el Navegante, hombre de acción sediento de poder, y el filósofo Krito, poseedor del don de la palabra… Como en los mitos, todo en esta obra nace más de una vez porque todo en algún momento recibe una luz nueva que lo recrea y vivifica.
La vieja sirena es un apasionado canto a la vida en una novela que es tanto recreación histórica como relato fantástico de inusual lirismo y sensualidad, tanto reflexión humanista sobre el poder como aguda parábola sobre nuestro inestable presente.

Algarrobo (1) - Picaporte, en su cualidad de soltero por convicción, no miraba sin cierto espanto a esas mormonas, encargadas de hacer, entre muchas, la felicidad de un solo mormón.

Alrededor del lago, la campiña estaba admirablemente cultivada, porque los mormones entienden bien los trabajos de la tierra; ranchos y corrales para los animales domésticos, campos de trigo, maíz sorgo; praderas de exuberante vegetación; en todas partes setos de rosales silvestres, matorrales de acacias y de euforbios; tal hubiera sido el aspecto de esa comarca seis meses más tarde; pero entonces el suelo estaba cubierto por una delgada capa de nieve que lo emblanquecía ligeramente.
A las dos, los viajeros se apeaban en la estación de Ogden. El tren no debía marchar hasta las seis. Mister Fogg, mistress Aouida y sus dos compañeros tenían, por consiguiente, tiempo para ir a la Ciudad de los Santos, por un pequeño ramal que se destaca de la estación de Ogden. Dos horas bastaban apenas para visitar esa ciudad completamente americana, y como tal, construida por el estilo de todas las ciudades de la Unión; vastos tableros de largas líneas monótonas, con la tristeza lúgubre de los ángulos rectos, según la expresión de Víctor Hugo. El fundador de la Ciudad de los Santos, no podía librarse de esa necesidad de simetría que distingue a los anglosajones. En este singular país, donde los hombres no están, ciertamente, a la altura de las instituciones, todo se hace cuadrándose; las ciudades, las casas y las tolderías.
A las tres, los viajeros se paseaban, pues, por las calles de la ciudad, construida entre la orilla del Jordán y las primeras ondulaciones de los montes Wasatch. Advirtieron pocas iglesias o ninguna, y como monumentos, la casa del Profeta, los tribunales y el arsenal; después, unas casas de ladrillos azulados con cancelas y galerías, rodeadas de jardines, adornadas con acacias, palmera y algarrobos. Un muro de arcilla y piedras, hecho en 1853, ceñía la ciudad; en la calle principal, donde estaba el mercado, se elevaban algunos palacios adornados de banderas, y entre otros, Lake-Salt House.
Mister Fogg y sus compañeros no encontraron la ciudad muy poblada. Las calles estaban casi desiertas, salvo la parte del templo, adonde no llegaron sino después de atravesar algunos barrios cercados de empalizadas. Las mujeres eran bastante numerosas, lo cual se explica por la composición singular de las familias mormonas. No debe creerse, sin embargo, que todos los mormones son polígamos. Cada cual es libre de hacer sobre este particular lo que guste; pero conviene observar lo que son las ciudadanas del Utah, las que tienen especial empeño en sei'¿asadas, porque, según la religión del país, el cielo mormón no admite a la participación de sus delicias a las solteras. Estas pobres criaturas no parecen tener existencia holgada ni feliz. Algunas, las más ricas sin duda, llevaban un jubón de seda negro, abierto en la cintura, bajo una capucha o chal muy modesto. Las otras no iban vestidas más que de indiana.
Picaporte, en su cualidad de soltero por convicción, no miraba sin cierto espanto a esas mormonas, encargadas de hacer, entre muchas, la felicidad de un solo mormón. En su buen sentido, de quien se compa¬decía más era del marido. Le parecía terrible tener que guiar tantas damas a la vez por entre las vicisitudes de la vida, conduciéndolas así, en tropel, hasta el paraíso mormónico, con la perspectiva de encontrarlas allí, para la eternidad, en compañía del glorioso Smith, que debía ser ornamento de aquel lugar de delicias. Decididamente, no tenía vocación para eso, y le parecía, tal vez equivocándose, que las ciudadanas de Great Lake-City dirigían a su persona miradas algo inquietantes.
Por fortuna, su residencia en la Ciudad de los Santos, no debía prolongarse. A las cuatro menos algunos minutos, los viajeros se hallaban en la estación y volvían a ocupar su asiento en los vagones.


Julio Verne
LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS

El flemático y solitario caballero británico Phileas Fogg abandonará su vida de escrupulosa disciplina para cumplir con una apuesta con sus colegas del Reform Club, en la que arriesgará la mitad de su fortuna comprometiéndose a dar la vuelta al mundo en solo ochenta días usando los medios disponibles en la segunda mitad del siglo XIX y siguiendo el proyecto publicado en el Morning Chronicle, su periódico de lectura cotidiana. Lo acompañará su recién contratado mayordomo francés, Jean Passepartout (llamado "Picaporte" en algunas traducciones al español) y tendrá que lidiar no solo con los retrasos en los medios de transporte, sino con la pertinaz persecución del detective Fix, que, ignorando la verdadera identidad del caballero, se enrola en toda la aventura a la espera de una orden de arresto de la Corona británica, en la creencia de que, antes de partir, Fogg robó 55 000 libras del Banco de Inglaterra.

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