Lo que no nos han contado...

Entiendo que, desde que se hizo sacrosanta la labor del escritor, tengáis ‘in mente’ que el poder de la imaginación lo es todo. ¡Erráis más que el judío! Un tal Miguel de Cervantes Saavedra, mancado de un brazo por dos balas de arcabuz en una batalla naval en la que estuvo, caballero en mula alquilada, pasó por Miguel Esteban y allí conoció, es más, convivió y comió sobre los manteles de Alonso Quijana y Esteban que tenía sobrina joven y ama madura durante unos diez días de un marzo. Siendo Miguel algo aventurillas, una o dos palabras amables debió cambiar con la sobrina de Alonso sin que la cosa fuera a más o si, dependiendo de lo que nos contará en el futuro el bueno del manco, que algo de galanteador sí que gastaba.
Ahora entenderéis porqué sabía qué se comía en la casa día tras día, quienes moraban en ella, personas, animales y cosas, porque la cama de invitado la tuvo justo en la habitación de los libros y por lo tanto, y por entretener el tiempo le dio por leer los lomos de lo que allí se guardaba.

Una historia del día antes de (2)

Si es cierto que en el anterior apunte sobre la mañana previa al día de la salida de Alonso le habían visto espantando moscas en la iglesia durante la primera y única misa que ese día oficiaría su amigo y confidente Pedro Pérez con quien tenía que hablar de un asunto que le causaba cierto desasosiego y que tenía que ver con su sobrina y una charla que esta había mantenido con el ama y que él había medio escuchado e interrumpido por presencia. 
La iglesia de Miguel Esteban que hoy podéis contemplar no es exactamente igual a la que acudiera aquella mañana el bueno de Alonso, el tiempo y los sucesivos curas de la localidad le han conferido el actual aspecto.
Sobre las cuatro mujeronas ya llegará en su momento el comentario, baste saber por ahora que una era la madre del bachiller Sansón. La semidoncella es la que ahora nos interesa traer a la luz. Era natural de la vecina localidad del Toboso, soltera con cuarenta años ya cumplidos y sin novio ni pretendiente conocido ni por conocer, rolliza, fuerte y valiente respondía al nombre de Aldonza y que era hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales, esta ya fallecida, y aquel papando moscas en El Toboso por un aire que le dejó tundido. Lorenzo le había comprado unas viñas a Alonso cuando este, gran lector, hubo de venderlas para comprar unos libros de errantes que acababan de llegar a manos de sus libreros de Alcalá y Toledo. Había sucedido esto haría unos diez años cuando Aldonza acompañó a su padre en las gestiones para la adquisición de las citadas tierras y Alonso la vio por primera vez. Esa mañana había salido de El Toboso, antes de los gallos cantar, para resolver unos asuntos en Miguel Esteban con el licenciado Pedro Pérez y esperaba al final de la misa para ello. También Aldonza Lorenzo observó a Alonso haciendo aspavientos y no pensó en nada ya que le traía sin cuidado aunque sí estuvo distraída un rato mientras el cura terminaba con sus latines.

Una historia del día antes de (1)

Cuando uno tiene alma de aventurero es posible que todo lo que piense, proponga o realice pueda trastocarse en andanza, o correría, o peripecia, o episodio, o incidente, o lance, o en vicisitud, o avatar… Pongo como ejemplo al bueno de Alonso Quijano o Quesada el día antes de tomar la decisión que tomó… Aquella mañana había salido de su casa para ir a la iglesia a la prima misa ya que tenía que platicar con el cura de un asunto que le traía a mal traer desde hacía unos días. Desde su casa a la iglesia tenía que subir una cuestecilla discreta y al pasar por delante de la casa del labrador Panza se ofrecieron los buenos días sin más y uno se fue con el rucio a un su pegujal que tenía en las cercanías del lugar y el otro camino de la iglesia donde tenía su asiento reservado por herencia familiar cerca del altar a la mano derecha junto a la antesacristía. Aquel día no se sabe si por un aire primaveral traicionero, o por la frialdad de la pared norte, o por un rayo de sol que vino a dar en el casco de san Jorge en el altarcillo que enfrente de si veía, la cuestión es que se le trastocó el seso y comenzó a hacer aspavientos y gestos como de cazar moscas durante la misa, así lo comentaron las cuatro comadres y media doncella a la salida de la iglesia y así avisadas ya no les extrañó nada lo que de allí a poco le aconteció. El cura por decir la misa de espaldas al pueblo no se enteró de nada de esto. Mas o menos como a los políticos de este nuestro país.

Nevó en la sierra

Ya ves, nevó en la sierra bastantes días, todo quedó cubierto liso ondulado por un manto helado y blanco, así lo comenta el locutor de la radio; mientras lejos de allí, lejos, aquí, ves como los almendros llueven sus flores sobre el camino rural arrasados por el viento sutil helado blanco. Todo es sudario.

Esta tarde, dos pajarillos en el parque...

Cuando nos encontramos por azar los pajarillos, menos los gorriones y algún que otro mirlo sordo, y yo, huyen porque se ha extendido la especie que cuando era niño, por casualidad y sin querer, maté un avión, o golondrina, o estornino de una pedrada con el tirachinas. Yo creo que cayó sobre el montón de trigo del susto de oír silbar el canto y que ni muerto ni nada, pero rencoroso como era empezó a divulgar la especie por donde quiera que haya aire y esta tarde en el parque dos pajarillos diminutos saltaban de rama en rama mientras que con sus ojos de puro azabache me miraban con sorna mientras piaban. Ahora que no tengo tirapiedras o tiragomas y si una máquina para hacer fotos que no asusta ni nada, los pájaros me toman por un malvado avicida y mientras me provocan, se esconden. Desde luego lo malo que es el rencor y la habladuría y sólo por un susto de nada hace cincuenta años, dos más o menos.

Solar de chabolas

Esta tarde, cuando regresaba de Madrid, por la ventanilla del coche me fijé en la cantidad de almendros llenos de flores que ha dejado como restos luminosos el arrasado campamento de chabolas que, durante muchísimos años, ocupaba un amplio lateral de la autovía de Andalucía. A esas horas, como hacía mucho viento los múltiples roedores que allí pastaban indiferentes recibían una lluvia de pétalos y algún que otro copo de nieve.

Un empate parece un buen resultado

No es por falta de tiempo, ni de ganas el que no escriba aquí una o dos letras es que me entretengo con dos céntimos de pipas una tarde entera. Aparte de leer algún artículo en el ordenador y ver los titulares de las noticias, hoy el día se ha pasado en naderías y en ver el segundo tiempo de un partido de fútbol. Ya comentábamos esta mañana que no sería mal resultado ese empate. Parece que gozamos de inteligencia limitada como los adivinos.

Anécdota del cántaro por Wallace Stevens

Puse un cántaro en Tennessee,
y era redondo, sobre una colina.
Hizo que el tosco páramo
sitiara a la colina.
Tendido alrededor, y ya no impuro,
hasta allí subió el páramo.
Redondo estaba el cántaro en la tierra
y alto y con porte en el aire.
Tomó posesión por todas partes.
el cántaro era gris y desnudo.
No daba pájaro o arbusto
como ninguna otra cosa en Tennessee.
Wallace Stevens

¿Las fotografías más valiosas?

Estaba mirando las cinco fotografías más caras del mundo y no he encontrado ninguna justificación para que hayan pagado por ellas esos dineros. Millones por unas imágenes vulgares, anodinas y sin sentido. A lo mejor es que hay que educar el gusto visual, la interpretación metafísica de su significado y no sé que otras razones podrán ofrecer los papanatas que afirman y valoran las citadas fotos. Estoy cansado de ver en los almacenes fotográficos que ofrecen imágenes en internet fotos muchísimo más valiosas, conceptualmente más arriesgadas, incluso en las que abstraen toda realidad, en lo que muestran, infinitamente más sugerentes. Que ha habido grandes fotógrafos nadie lo pone en duda desde Ansel Adams a Sebastião Salgado, de Henri Cartier-Bresson a Robert Frank o desde Dorothea Lange a Virxilio Vieitez. Hay obras que solo estando drogado se deben apreciar su calidad y valor. Seguiré en el pelotón de los ignorantes, qué se le va a hacer.

Cuando la lluvia os empape a ti y a la tierra



Nunca sabré si has tenido la suerte de disolverte entre las notas al piano de “China Gates - John Adams (performed by Patrick Gutman)”. ¡ Mira! es como si la lluvia gota a gota fuera diluyendo tu cuerpo en un charco mientras sobre ti las cigüeñas vuelan, el viento agita las ramas con hojas recién estrenadas por los árboles de esa última primavera, algunos aún con perfumadas flores, como si todas las personas que te amaron te estén besando o queriendo besarte y tu, como cuando eras niño y el dulce sopor te invadía en los brazos de tu madre te dejaras hacer con una sonrisa diluida en sueño y durmieras, y ya que no en brazos de tu madre en nuestra madre tierra mientras las dulces gotas de una lluvia de primavera disolvían tu memoria en la nada, en las notas de ese piano, en la última lágrima de los que bien te quisieron…

Aquí la música aunque me gustó más la de la Fundación March

El lobo y la tormenta (historias que dicen de Álvaro Cunqueiro)

Reinaldo Novo.
(Álvaro Cunqueiro)
           Reinaldo Novo era cazador de nutrias. Curtía las pieles y las iba a vender a Lugo a un tal Yáñez. Pero teniendo nutria fresca la comía asada, después de dejarla un par de días en adobo, con ajo, pimentón, vinagre y laurel. Y en tazas de barro guardaba la grasa de la nutria, que era remedio excelente para el reúma, y también servía para frotar con ella el pecho de los catarrosos, y aun de los tísicos. Reinaldo, al tiempo que cazador de nutrias, era meteorólogo y predecía en enero el tiempo de todo el año, por el sistema conocido por muchos labriegos gallegos de as sortes e as resortes. La mayor satisfacción que podía dársele a Reinaldo Novo, era mostrarle el Repertorio Zaragozano o el Gaiteiro de Lugo, con los temporales corregidos por las predicciones de Reinaldo. Donde don Mariano del Castillo, en el Zaragozano, decía lluvias, los parciales de Reinaldo tachaban y ponían soleado. Algunos les llevaban cualquiera de estos almanaques, el Zaragozano o el Gaiteiro, y por siete pesetas, con su clara y grande letra, Reinaldo corregía. Un día en el que intentaba sujetar por la cabeza, con una horquilla de madera una nutria que había caído en el cepo, resbaló y la nutria le mordió en la pantorrilla. Nunca más curó con los dientes de la nutria. Andaba con la pierna vendada y secaba la mordedura de la nutria con polvos de regaliz. Era pequeño, ancho, cerrado de barba, muy ligero, casi felino de movimientos, y tenía el gesto de llevar la mano derecha al entrecejo mientras miraba para ti con sus pequeños ojos negros. Cuando le preguntaban por qué hacía ese gesto con la mano, respondía que lo había aprendido de los cazadores del Canadá, a los que había visto en una película en un cine de La Coruña.
        Cuando ya andaba  por los cincuenta, descubrió que el lobo sabía que el rayo solía, en el monte, buscar un árbol. Así que si había tormenta, el lobo salía a descampado y se tumbaba pegado al suelo. Por eso, si en la sierra de la Corda alguna vez en sus caminatas había encontrado zorros y jabalíes muertos por la chispa, nunca había encontrado un lobo, como él decía "electrizado". Contaba que un día de San Pedro, a las tres de la tarde, caminando hacia Montouto, vio un lobo tumbado junto a una leira de centeno. Reinaldo se acercó pero el lobo no se movía. Reinaldo no llevaba escopeta, y pensó que quizás dándose cuenta de esto el lobo, se dejaba estar. Era un hermoso día de sol, pero de pronto, Reinaldo se dio cuenta de que surcaban bajas, aparecidas súbitamente, unas nubes negras, que ya estaban encima mismo de él y del lobo, y surgían de ellas fúlguras terribles seguidas de espantosos truenos. Reinaldo contaba que el lobo hizo una seña, y que el cazador se tumbó panza abajo a su lado, y allí se dejo estar golpeado por el granizo hasta que cesó la tormenta. Vuelta la calma, el lobo se levantó y se fue. Reinaldo también se levantó e hizo con la mano derecha el gesto de los cazadores del Canadá.
     -Usted, don Álvaro -me decía-, lo cree o no lo cree, pero el lobo, antes de meterse en la fraga, se subió a una peña y respondió con el mismo gesto, solo que él lo hizo levantando la mano izquierda ¡sería zurdo!.

Tonterías, tontadas y estupideces.

Pocas cosas aprendiste, aparte de los conocimientos falsos, simplificados, arbitrarios e innecesarios que te hacían repetir en la escuela y en la catequesis, que no dedujeras por ti mismo; que solo aquello que tu afirmabas y en lo que creías era lo útil y válido. ¡Amigo! Tenías que ir con el resto de los borregos y de los otros seres limitados o sufrir las consecuencias de su fuerza, su ignorancia o su miedo. Como la inteligencia pocas veces va acompañada del vigor y la dureza necesarios para ser mantenida a los que con pobre energía la quieren defender están llamados a vivir varios fracasos: ocultación de la inteligencia, supeditación al grupo, respetar al bruto y desaparecer dejando más pobres a tus semejantes y allegados…

Fiestas en el pueblo

Cuando no entiendes de santos y es la patrona del pueblo, o el copatrón, o el santo postizo ( las Candelas, san Blas y san Blasín, por ejemplo), que los hombres inventaron y las costumbres mantuvieron; habrá que celebrar fiestas con dulces, vinos y viandas tradicionales a saber: mantecados y mantecadas, repelaos de almendra, perronillas, obleas, chochos, bollos maimones… aguardientes varios, vinos, sangrías, limonadas y sobre todo aquellos guisos de cordero, cabrito, congrio con patatas o alguna variedad de plato con bacalao que antes de ir a misa quedaban apañados o vigilados por la sirvienta, a mas poder, o por cualquiera de las familiares ancianas de la casa y cuando después de la misa de la patrona al son de la dulzaina y del tamboril bailaban en la plaza... Otra historia era que toda tu, Isabel, vecina tierna, enterita compuesta y vestida de charra, y aquel, que bien te miraba, de charro... Todas las anchuras de la plaza y calles aledañas del pueblo ocupadas por los puestos de feriantes varios, ganándose el céntimo con sus engaños y aquellas barcas que no eran más que columpios adornados y los puestos de chucherías pagando tu por todos sus gastos… ¡Hace sesenta años, por lo menos, hace! Y si entre los que mejor bailaban estaba tu abuelo ¿qué? (Allí estaba la alegría de existir)

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