Las Marismas

Un día de invierno, cuando tormentosas nubes se cernían, muy bajas, sobre Sevilla, salí de viaje hacia el Sur para completar una tarea que me había impuesto a mí mismo unos años antes. Había estado planeando una novela de ambiente mexicano, y como uno de los personajes era de origen español tenía que aprender algo sobre la vida en una dehesa, o en un rancho español dedicado a la cría de toros de lidia. Como modelo, había escogido la histórica y famosa dehesa de Concha y Sierra, y un matador que vivía en Sevilla había accedido a mostrármela. Tenía gran respeto a los toros de Concha por su heroica conducta durante los últimos ochenta años.
—La dehesa se encuentra en las marismas —me advirtió al salir.
Esto parecía algo extraño, porque uno se imagina una dehesa de toros bravos situada en terreno duro, que fortalezca las patas de los animales.
—Esa equivocación la comete mucha gente —me aseguró el matador—. Es la hierba, el contenido mineral del agua…, o algo que da la tierra, no su dureza propiamente dicha. Eso es lo que hace al buen toro. En fin, los de Concha y Sierra viven en las marismas.
Fuimos hasta el final, de la carretera. Aparcamos el coche bajo la lluvia y fuimos a pie por un largo camino de tierra apisonada que probablemente era practicable en la estación seca, pero que ahora se había vuelto tan fangoso que era difícil andar por él. Si salíamos del camino a cualquiera de ambos lados nos encontrábamos en pleno pantano, pero no en un pantano estancado, cubierto de verde, como los de las películas, sino en una zona interminable, que se extendía millas y millas en todas direcciones, consistente en tierra completamente plana, cubierta de hierba, con agua de dos o tres pulgadas de profundidad.
—Estas son las marismas del Guadalquivir —me dijo el matador.
Por primera vez contemplé la infinita desolación que iba a ejercer en mí tan fuerte atracción, de tantas maneras.
Las nubes de tormenta se llevaron consigo a la llovizna, que cayó sobre las aguas sucias, rebotando en gotitas que borraban el horizonte, como si el cielo y la tierra, por igual, estuvieran hechos de una neblina grisácea. Por dos razones ese primer día persiste en mi memoria: la inmensidad de las marismas me asombró; no sabía yo que en España hubiera una zona tan amplia de tierra primitiva, un retiro, dedicado especialmente a los animales silvestres, a donde pájaros de todas partes de Europa y África llegaban en gran número a criar; este pantano, muy cercano a Sevilla, era tan silvestre como la costa de Islandia, tan solitario como las estepas de Rusia.
Lo que recuerdo con más nitidez, sin embargo, es que en este día inicial, por razones que nadie ha sabido explicarme, el matador y yo íbamos por entre nubes de golondrinas que revoloteaban en torno a nosotros; serían un centenar en total, y cada vez que dábamos un paso se nos echaban a las puntas de los zapatos, subiendo luego de nuevo hacia el cielo, una tras otra, de modo que andábamos como metidos en una especie de crisálida semejante a la que envuelve a los santos en las pinturas religiosas italianas. A veces las golondrinas se nos acercaban hasta pocas pulgadas del rostro, cayendo sobre nosotros con exquisita gracia y rozándonos la punta de los dedos, y luego el agua con el extremo de las alas. Esto duró cosa de media hora, durante la cual parecíamos miembros de esta agitada bandada, participantes de su ballet espacial, que nos seguía dondequiera que fuésemos. Fue una de las experiencias más encantadoras que la Naturaleza me ha deparado, comparable, me imagino, al día en que buceé por primera vez en el mar de Hawai, entre el coral del fondo; era la misma sensación de belleza, de naturaleza en movimiento, conmigo en el centro, participando en el movimiento.
La verdad es que no sé por qué las golondrinas estuvieron tanto tiempo con nosotros; una vez, durante este paseo, me pregunté si no sería que nuestros pies, que parecían interesarles más que ninguna otra cosa, estaban levantando del suelo insectos demasiado pequeños para nuestros ojos, pero que apetecían a los pájaros; sin embargo, tuve que desechar esta idea, ya que las golondrinas no parecían estar cogiendo nada en el aire con el pico. También cabía la posibilidad de que nuestros pasos levantasen gotitas de agua que los pájaros bebían en el aire, pero tampoco vi indicios de esto, de modo que llegué a la conclusión de que, sencillamente, estaban jugando. Esto no es tan absurdo, después de todo, porque era evidente que disfrutaban de nuestro paseo tanto como nosotros mismos. Lo cierto es que las golondrinas me recordaron que esas marismas son territorio de los pájaros y que, al entrar en ellas, estábamos penetrando en dominio ajeno.
La zona se llama «Las Marismas», a causa de la marea doble que llega directamente del océano Atlántico y, más importante, la que, del río Guadalquivir, se extiende sobre una zona inmensa. Las Marismas tienen aproximadamente cuarenta millas de Norte a Sur y treinta y cinco millas de Este a Oeste, pero no son cuadradas, y su área es de menos de mil millas cuadradas, o sea unos seiscientos mil acres de tierra, de los que solo trescientos mil pueden ser llamadas propiamente pantano; lo demás es también plano y sombrío, pero sin agua la mayor parte del año.
Tuve suerte de poder visitar Las Marismas por primera vez en invierno, porque por ser la estación de las lluvias pude ver la dehesa cuando más cenagosa estaba. Me dio la impresión de que algo así como el setenta por ciento de su extensión estaba bajo el agua, o tan empapada en agua que si ponía pie en un lugar al parecer sólido y cubierto de césped cedía bajo mi paso con un suave chapoteo, hundiéndoseme el pie en el agua. Esta era la tierra donde se criaban los toros de Concha y Sierra, pero hasta que el matador me llevó a la parte seca donde se encontraba la dehesa propiamente dicha no vi la famosa divisa: una «S» dentro de una «C», pintadas en un lado del corral; solo entonces comencé a creer que me hallaba en la tierra de los toros de que tanto había oído hablar.
Los toros de Concha y Sierra tienen una brava historia y muchas nobles cabezas han pasado de la plaza al taller del taxidermista, para ir de allí a la pared de algún museo, con una placa debajo que informa al visitante sobre las hazañas del toro en cuestión hasta que le sorprendió la muerte.
El 1 de junio de 1827, el toro de Concha llamado Barrabás participó en lo que los libros llaman «uno de los accidentes más famosos de la historia del toreo»; con una certera cornada cogió al matador Manuel Domínguez bajo la barbilla y luego por el ojo derecho, sacándoselo. Se dio por supuesto que Domínguez moriría, porque tenía el rostro desgarrado y abierto, pero con un valor característico de su dominio del arte taurino sobrevivió y tres meses después volvía a torear, siendo el primer matador tuerto de España y habiendo estipulado que, para su primera corrida, los toros tenían que ser también de Concha y Sierra. Durante otros diecisiete años más siguió lidiando reses con un solo ojo, y algunas de sus mejores tardes fueron frente a los toros de Concha. Es conocido en la historia taurina por el nombre de Desperdicios, por la manera desdeñosa con que tiró al ruedo su ojo arrancado.
El 3 de agosto de 1934, el toro Hormigón hizo honor a su nombre matando, en Valencia, al matador principiante Juan Jiménez, y, el 18 de mayo de 1941, el toro gris Farolero mató al matador Pascual Márquez, poniendo fin de esta manera a la carrera de un joven que prometía mucho. El 18 de agosto de 1946, el toro de Concha, Jaranero, mató al joven Eduardo Liceaga, hermano de uno de los mejores matadores mexicanos. Y así se podría seguir citando a los grandes toros grises de Concha y Sierra, que en los ruedos se defienden siempre con gran bravura.
El matador y yo nos fuimos de los edificios de la dehesa y cruzamos a caballo Las Marismas para ver si encontrábamos algún toro pastando. Después de cabalgar durante algún tiempo en dirección al Guadalquivir, ese río serpenteante y engañoso, lleno de fuerza y serenidad, el matador gritó de pronto:
—¡Mire!
A nuestra izquierda, emergiendo de entre las cañas y los cardos como una aparición, vimos un toro gris, cuernos enhiestos y orejas alerta. Paramos los caballos. Nos miramos el uno al otro durante varios minutos y luego vimos, apareciendo gradualmente entre la niebla, detrás del cornúpeta, las formas de quince o veinte toros más, que, lentamente, fueron acercándosenos, no irritados, sino más bien curiosos de ver lo que hacíamos. Se nos aproximaron bastante, demasiado para mi gusto, pero el matador dijo:
—No atacarán mientras estén en grupo y nosotros no desmontemos.
Y así ocurrió que seguimos rodeados de los toros salidos de pronto del pantano, los cuales al cabo de un rato se fueron alejando poco a poco, hasta que la niebla volvió a envolverles.
Vagando de esta forma por Las Marismas comencé a comprender las estaciones españolas —la de las lluvias y la de la sequía, la fría y la de calor, la de las mieses y la de la cosecha—, y me dije que si escribía un libro sobre España procuraría hablar en él de cada una de estas estaciones. Nunca he pasado un año entero seguido en España, pero he visitado todas sus lugares importantes, excepto Barcelona, por lo menos en dos estaciones distintas, con objeto de ver el efecto que produce en ellas el desarrollo del año; que yo recuerde, el único mes que me he perdido es febrero, y es posible que una de mis visitas pascuales comenzase a fines de dicho mes, pero si es así tienen que haber sido solo por unos pocos días, y no me acuerdo. He visto Las Marismas en todas las estaciones, nunca tanto tiempo como me hubiera gustado, pero lo suficiente para enseñarme algunas cosas sobre la tierra de España.
¡España! Cuelga como una piel reseca de buey de la puerta sur de la tierra firme europea. Algunos han visto en perfil la cabeza de un caballero con armadura: el crestón del casco, en tal caso, serían los Pirineos; la punta de la barbilla, el cabo de San Vicente, de Portugal; la nariz, Lisboa; y los ojos, miran hacia el Oeste, más allá del Atlántico. Yo veo España como un calidoscopio de mesetas altas, quemadas por el viento, montañas coronadas de nieve y pantanos en torno al Guadalquivir. Ninguna de estas imágenes aventaja a las otras, porque he vivido buenos días en cada uno de estos terrenos tan diversos entre sí. Que la nieve forme parte permanente de mi imagen de España puede que sorprenda a algunos, pero España tiene montañas muy altas, e incluso en los días más calurosos de julio y agosto, cuando las llanuras se resquebrajan literalmente bajo el calor y los cielos ardientes, tan mencionados en la literatura española, se ciernen abrumadoramente sobre uno, la nieve sigue en las cimas a menos de treinta millas al norte de Madrid. En pleno agosto, no hace mucho tiempo, fui en coche por las montañas que separan al golfo de Vizcaya de la ciudad de León y vi nieve en torno a mí, milla tras milla; en otra ocasión, yendo a España a mediados del verano por motivos de salud, los médicos de Filadelfia me habían dicho:
—¿Cree que hace bien en ir a España en pleno julio? ¿No le sofocará el calor?
Pero mi itinerario era hacia el Norte, donde durante buena parte del verano tuve que ponerme el abrigo al salir de noche.
Pero ahora estamos hablando de las Marismas, en el corazón del Sur, y para apreciar en lo que vale a esta tierra, y al resto de España en general, tenemos que observarlo durante un año entero. Para ello tendremos que hablar principalmente de pájaros, lo que por otra parte es natural, porque aquí tenemos uno de los refugios de pájaros más grandes del mundo, como si la Naturaleza, dándose cuenta de lo difícil que les sería a los pájaros existir en un mundo cada vez más ocupado por el hombre, hubiera reservado al azar este pantano para su protección.

James A. Michener
Iberia
Viajes y reflexiones sobre España


Iberia es un libro de viajes. Es un libro de historia. Es un libro de sociología. Iberia es un libro espléndido. Que nos habla de gentes, de pueblos, de fiestas, de paellas y zarzuelas. De óperas, de Teruel, Las marismas y Barcelona, de Catedrales y ermitas, de Rocíos, Macarenas y Roncesvalles, Isidros y Fermines. Iberia es un libro espléndido. Y Michener un espléndido escritor. Iberia se puede leer o no. ¡Faltaría más que fuera obligatorio! Pero al que no lo lea solo nos cabe decirle. ¡Tú te lo pierdes!

Y lo cierto es que, a partir de aquellas fechas, tanto Madrid como Constantinopla iban a desviar su atención del mundo del Mediterráneo.

Atendiendo a los requerimientos de don Juan de Austria, tanto don Juan de Cardona como don Bernardino de Velasco llevaron refuerzos y provisiones a Túnez y a La Goleta, pero los dos sacaron mala impresión de cómo se hallaban sus defensas. Por otra parte, Granvela, como virrey de Nápoles, no colaboró tanto como debiera, acaso por envidias hacia el soldado —bien sabido es que él era un príncipe de la Iglesia—, bien porque se ocupara más de sus galanteos que de las cosas de la guerra. De ahí el dicho que corrió entre el pueblo:
Don Juan con la raqueta
y Granvela con la bragueta
perdieron La Goleta.

El 20 de julio, don Juan sale de su postración para procurar personalmente el socorro de los sitiados. El 17 de agosto llega a Nápoles y el 31 a Palermo. El 23 de septiembre le llegan, al fin, las órdenes de Felipe II para que ayudara a los defensores de las plazas tunecinas, cuando hacía diez días que había caído Túnez y casi un mes que se había perdido La Goleta. Sin embargo, don Juan intentó desde Trapani desencadenar una contraofensiva para recuperarlo todo, quizá confiado en que la armada turca, viéndose obligada a regresar a sus bases de Constantinopla, le dejasen el camino libre, como había ocurrido en 1573; pero en esta ocasión un nuevo personaje entró en acción, estorbando sus propósitos: el tiempo, o por mejor decir, el mal tiempo, los temporales que desbarataron por dos veces la Armada organizada por don Juan; de forma que el hijo de Carlos V acabó por abandonar la idea, regresando a Nápoles, donde lo encontramos el 29 de octubre, ya deseoso de volver a España, para defender su causa ante el Rey.
Cuando así hacía, a finales de noviembre de 1574, ya Euldj Alí regresaba victorioso a Constantinopla. El Turco había sido vengado. La victoria de Túnez era como la compensación por la derrota de Lepanto. Una especie de tablas parecía imponerse entre ambas potencias.
Y lo cierto es que, a partir de aquellas fechas, tanto Madrid como Constantinopla iban a desviar su atención del mundo del Mediterráneo. La época de las treguas, siempre reiteradas, estaba a la vuelta de la esquina.
Pero si ese sería el planteamiento de los que estaban en la cumbre, ¿cómo vivieron aquellos sucesos los que estaban al pie del cañón, cómo lo sintieron los soldados? De nuevo podemos saberlo acudiendo al testimonio excepcional que tenemos a la mano: el de Cervantes, expresado con tanto detalle, que no deja de asombrar, en su Don Quijote.
En efecto, hablando por boca del Capitán cautivo, uno de los lances de mayor interés histórico de la impar novela, Cervantes recuerda todos aquellos sucesos y aprovecha para rendir un emocionado homenaje a sus camaradas de armas. Es la solidaridad del soldado con los compañeros que ha dejado atrás, en aquella tan peligrosa misión de defender Túnez y La Goleta, como no podía ser de otro modo, por haber estado en su conquista y por haber seguido después atentamente, con ansiedad primero y después con dolor y hasta con rabia, el dramático final de aquellos valientes. En todo lo cual dando prueba Cervantes de su buena información. También es de admirar, lo cual, por otra parte es muy del estilo del mejor Cervantes, la loa que hace de alguno de los vencedores, pese a que mencionar al Turco en la España del siglo XVI era siempre como sinónimo de lo peor que podía haber en el mundo.
Es un testimonio que, además, nos da pistas preciosas sobre el propio Cervantes en aquella época suya de soldado de los tercios viejos; así, cuando relata de qué manera el Capitán cautivo se sintió atraído por la atmósfera que se respiraba en España y que vivían los españoles, cuando se supo la formación de la Liga Santa contra el Turco:
Divulgóse el grandísimo aparato de guerra que se hacía; todo lo cual me incitó y conmovió el ánimo y el deseo de verme en la jornada que se esperaba…
¿No estamos viendo a aquel jovencísimo poeta, recién llegado de España, cansado de estar al servicio de un príncipe de la Iglesia para enrolarse como un camarada más de aquellos famosos, fieros y valientes soldados de los tercios viejos de la España imperial?
Es el mismo Cervantes, transformado en soldado, que loará como nadie la victoria de Lepanto. Al fin, el mundo se desengañaba de la gran obsesión, del gran temor, de que al Turco fuera imposible vencerle en el mar:
Y aquel día, que fue para la Cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que creyendo que los turcos eran invencibles por la mar…
Hasta entonces, el Turco pavoneaba por su incontenible fuerza. Aquello era agua pasada:
… aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada…
Pero sí lo bastante fuerte para tomar después su desquite en Túnez y La Goleta, que no habían caído por fallo de sus defensores. Aquí Cervantes sale en defensa de sus camaradas y arremete contra los que hablaban de oídas, sin haber estado nunca en aquellos lugares.
Es el veterano, el que había luchado en aquellas ardientes arenas, el que arremete contra los que hacían comentarios sin ningún fundamento:
… hablan de lejos y sin experiencia alguna…
Se duele de que sus camaradas hubieran quedado solos y sin ser socorridos:
¿Cómo es posible dejar de perderse —se pregunta Cervantes— fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y porfiados y en su mesma tierra?
Pero sus camaradas habían caído heroicamente:
… pelearon tan valerosa y fuertemente…
Y es cuando surge el poeta, es cuando Cervantes se esfuerza por dejar en verso un homenaje a sus camaradas muertos, y les dedica dos sonetos. Habían sido tan valientes, que prefirieron morir antes que rendirse:
… primero que el valor faltó la vida…
Habían ganado así la segunda y la tercera vida:
… fama que el mundo os da y el cielo gloria.
Y puesto que habían muerto en defensa de la Cristiandad, al perder la vida ganaban su premio:
… las almas santas de tres mil soldados subieron vivas a mejor morada
Una loa a los camaradas sacrificados en Túnez donde no podía faltar, conforme al estilo de Cervantes, el elogio también a algunos de los vencedores. Así, aprovecha para decir lo que sabía del más famoso de ellos, de Euldj Alí, calabrés renegado que había llegado a lo más alto en el Imperio otomano:
Fue tanto su valor —nos refiere— que, sin subir por los torpes medios y caminos que los más privados del Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel y después, a ser General de la mar, que es el tercer cargo que hay en aquel señorío…
Y añade, en su comentario:
… y moralmente fue hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos…
Que de ese modo lloró Cervantes a sus camaradas muertos en las tierras de Túnez, en las que él había también combatido, sin dejar de reconocer los méritos de los vencedores, y en este caso concreto, el del famoso Euldj Alí, que venía a ser en sus tiempos lo que Barbarroja había sido en los de Carlos V.
Todo eso había ocurrido en el verano de 1574.
A principios del otoño, don Juan se retiraba a Nápoles, proyectando ya su retorno a la Corte, para verse con su hermano el Rey.
Mientras, el tercio de Lope de Figueroa, y con él nuestro Miguel de Cervantes, invernaban en Nápoles, gozando la tranquila vida de guarnición.
El Turco había dejado de ser una amenaza.
Era la hora en que aquel joven poeta metido a soldado podía acordarse de su juventud.
Esto es, sería la hora del Cervantes enamorado.

Manuel Fernández Álvarez
Cervantes visto por un historiador


En la historia de la Humanidad han ido apareciendo, de cuando en cuando, algunos personajes que solo con pensar en ellos, en su vida, en su obra, en su modo de ser y de enfocar la existencia, tanto en los buenos momentos como en las grandes adversidades, parece que se conforta nuestro ánimo. Tal Platón, en la Antigüedad; tal Cristóbal Colón, en los tiempos modernos; tal la madre Teresa de Calcuta, en los actuales. Son, como dirían los antiguos, una especie de regalo que los dioses hacen —cierto, de tarde en tarde— a los humanos. Son un patrimonio de la Humanidad, como si con su ejemplo nos sintiéramos más fuertes, más libres, más seguros, más solidarios y más profundos.
En la presente obra se narra y describe con una personal y amena prosa, la vida y obra de Miguel de Cervantes, a la vez que se desarrolla todos los acontecimientos de la época.



Corren rumores terribles sobre las interminables colas que se forman a la entrada, pero tengo suerte.

A la mañana siguiente me presento temprano. Corren rumores terribles sobre las interminables colas que se forman a la entrada, pero tengo suerte. Tal como me sucedió el año anterior en las grandes exposiciones sobre los Médicis, también aquí me veo asediado por masas de escolares demasiado pequeños. Hay que ser un verdadero optimista de la educación para pensar que con este tipo de visitas se despertará la pasión por la Antigüedad clásica en el alma de esos cientos de criaturas de ocho años. Al cabo de media hora, una voz serena de hombre mayor dice a mis espaldas: All children beneath twenty-one ought to be executed (Habría que ejecutar a todos los niños menores de veintiún años). Los profesores, nerviosos, intentan a la desesperada imponer orden entre esos futuros fascistas, brigadistas rojos y decentes ciudadanos, pero en vano. La cruzada de criaturas avanza. Se arrojan al suelo los unos a los otros tirándose de los pelos, se introducen los duros dedos infantiles en ojos, orejas y otros orificios, se pinchan, vociferan y parlotean como en un parlamento liliputiense, al tiempo que arrastran consigo a un par de personas adultas como si fueran los restos de un naufragio. Una vez en el interior del museo, las criaturas son divididas en cohortes y a cada cohorte se le habla por separado, aunque con una diferencia de tiempo mínima. El resultado es una polifonía tipo Frère Jacques de información cultural. En fin. Los tiempos del Grand Tour y de la Contemplación en Silencio han llegado a su fin. El ciudadano que hoy en día desee ver algo en un museo no tiene más remedio que acorazarse contra sus prójimos armado de un odio brutal e intentar aislarse valiéndose de sus últimas reservas de concentración. De lo contrario, también él sufrirá las consecuencias de esa difusión del conocimiento: es decir, un menor conocimiento.
El 16 de agosto de 1972, un solitario buceador avanza por las transparentes cortinas del mar Jónico agitadas por el viento nello Ionio, di fronte a Riace Marina, su un fondo di circa otto metri, trecenti metri della riva. Aquél debió de ser un instante extático para ese hombre que, buceando en el gran silencio por entre los mudos pobladores del mar, sostenido por el elemento en el que se mueve, de repente ve surgir ante sí a esas dos grandes figuras oscuras, cubiertas de algas, de hierbas de mar y de conchas, y sin embargo figuras humanas. Unos hombres, sí, aunque de mayor tamaño, los rostros con los ojos muy abiertos, los brazos paralizados en un movimiento indefinido, unas figuras que no nadaban, sino que flotaban en las aguas, a la espera de este momento. El buceador avisa al doctor Giuseppe Foti, quien alerta a los carabinieri del Nucleo Sommozzatori di Messina. El atestado instruido contiene los elementos de esta asociación policíaco-arqueológica. Fueron hallados en el mar: due figure virili nude, stante, in origine armate di scudo e lancia, Ve secolo a. C.: dos figuras masculinas desnudas, en posición erguida, armadas originariamente de escudo y lanza, del siglo V a. C.
En las primeras fotos, llama la atención la calma que irradian las dos figuras, como si hubieran pasado todo ese tiempo dormidas, mecidas en el gran lecho de la madre jónica. Eso se ha terminado. Hay algo absurdamente humano en la serie de fotos que recogen el proceso de restauración. Ocho años ha llevado el trabajo, ocho años de operaciones y tratamientos químicos con el objeto de convertir a los dos misteriosos colosos, afectados de peste y de cáncer de piel, en los dos héroes de bronce reluciente que he visto en la sala de al lado. El proceso ha sido retratado en imágenes. Se ve a las figuras yaciendo en el quirófano, rodeadas de hombres, más pequeños y posteriores, vestidos de blanco, que arremeten contra ellas con toda clase de instrumentos; ves un brazo de bronce extendido rozando una pared de azulejos con un grifo anacrónico, sigues el largo proceso de pulido (pulitura con vibratore meccanico), ves cómo la boca abierta vuelve a relucir, cómo emiten luz y resplandecen los dientes dorados.

Cees Nooteboom
El enigma de la luz
Un viaje en el arte


Cees Nooteboom recorre algunos museos buscando capturar en las obras de los grandes pintores aquello que alimenta nuestra alma con formas y colores: la belleza. En este libro el lector tiene el privilegio de intuir, gracias al diálogo permanente que nuestro especial guía mantiene consigo mismo, el enigma que subyace en toda obra artística. Nooteboom no es un historiador del arte ni pretende serlo. Él se deja llevar por la imaginación, no ofrece respuestas sino que plantea interrogantes. A través de los ojos del artista-escritor contemplamos, entre otras, las imágenes alegóricas medievales, los estudios de la naturaleza de Leonardo da Vinci, los autorretratos de Aert de Gelder o de Rembrandt, los interiores de Vermeer, los paisajes de Bruegel, los rostros sin ojos de De Chirico, la pasión por la masa geométrica de Piero della Francesca o las soledades de Hopper. Y finalmente, sin apenas darnos cuenta, empezamos a ver los cuadros como si fueran personas.

Por primera vez, ese año se festejó el 15 de agosto, día del nacimiento del primer cónsul

Por primera vez, ese año se festejó el 15 de agosto, día del nacimiento del primer cónsul, y ese aniversario eclipsó a todos los demás. Entre los escritos que llenaron las columnas de Le Moniteur había uno firmado por un gobernador de las costas de Francia encaradas a Inglaterra que se dirigía a Bonaparte asegurándole que Dios se había tomado un descanso después de crearlo. En fin, la bajeza minaba, cada día, todos los fundamentos de la dignidad humana. Se repartieron trajes a todos los empleados, desde los ujieres hasta los cónsules. Los miembros del Instituto llevaban atuendos bordados con ramas de olivo y, mientras que en Inglaterra ni los propios oficiales visten el uniforme más que en el regimiento, todos y cada uno de los subalternos lucía entonces en Francia un pequeño hilo de oro o de plata para distinguirse de los simples ciudadanos. Todos estos actos de vanidad en manos de un solo hombre preparaban el despotismo bajo la máscara de la monarquía, pues entonces la República ya no existía y la voz de los hombres ilustrados se reducía a pedir una monarquía limitada. Pero esta era todavía más incompatible con el carácter de Bonaparte que el ideal de los revolucionarios, pues prefería correr el riesgo de que le oprimieran antes que renunciar a la oportunidad de convertirse en opresor.

Madame de Staël
Diez años de destierro
Penguin Clásicos


«Las desgracias sufridas, por mucha amargura que me hayan causado, son poca cosa al lado de los desastres públicos de los que hoy somos testigos».
Escritas durante el destierro que Napoleón Bonaparte impuso a la autora, estas memorias registran con acuidad, ironía y elegancia los vaivenes sociales, políticos y militares de Europa durante el ascenso y apogeo del emperador francés. Diez años de destierro constituye, pues, una confesión íntima, sincera, hiriente e irónica, un retrato pormenorizado y muy personal de personajes, lugares y acontecimientos históricos de primer orden.
Abre el volumen la introducción de las docentes e investigadoras Julieta Yelin y Laia Quílez, quienes firman también la traducción y el minucioso aparato de notas que la acompaña. A modo de apéndice, además, se incluye el retrato literario que hizo Sainte-Beuve de la autora. Así, la presente edición permite el acercamiento a una autora con la que empezó a gestarse el Romanticismo, que, a la postre, había de calar hasta lo más hondo de la cultura occidental.

Me voy a Calella. Es la vigilia del santo de la señora Maria —mi madre. Es una fiesta familiar importante —y como estamos en verano, todavía lo parece más. En verano las fiestas parecen más brillantes que en invierno.

14 de agosto
Me voy a Calella. Es la vigilia del santo de la señora Maria —mi madre. Es una fiesta familiar importante —y como estamos en verano, todavía lo parece más. En verano las fiestas parecen más brillantes que en invierno.
Cojo, como siempre, en la estación de Francia, el tren correo de las primeras horas de la tarde. Esta estación es desordenada e infecta. Hay una larga cola ante la ventanilla. Mucha gente, mucho calor. A veces la brisa del mar, húmeda, nos llena la nariz de la tufarada que exhalan las meadas de los caballos de los coches de punto, de los simones y de los ómnibus que hacen el servicio de la estación. Este olor del líquido, mezclado con el calor asfixiante y la impregnación del humo de carbón de las máquinas, produce una sinfonía olfativa de una amenidad muy escasa.
Finalmente el tren se pone en marcha y, como la gente ha aceptado unánimemente (cosa rara) la apertura de las ventanas, pasa un aire agradabilísimo. Pero la luz es muy dura y absolutamente incómoda, a pesar de su suciedad. El calor del verano, al aire libre, en este país, es tolerable porque siempre corre algún vientecillo. En cambio, la luz se pone entre ceja y ceja y causa como una ofuscación. El viaje es monótono. El tren se para en todas las estaciones. La gente baja y sube. Se oyen los toques de las campanillas. En cada estación el tilín es diferente. Los pitidos de las máquinas. Mirándolo bien, son una cosa bastante absurda estos pitidos. Ayudan a pasar la tarde. Algo hay que hacer. Leer es muy difícil, el meneo de los vagones hace mover demasiado las letras y se hace difícil entender lo que se lee. Los viajes que hasta ahora he hecho en tren, me han hecho comprender que hay una cantidad de gente a quien les gusta, que una vez sentada en los bancos —más bien incómodos— de los vagones, les sale a la cara y a todo el cuerpo algo que podríamos llamar la satisfacción ferroviaria. Viajar en tren, como ir a comer a la fonda, le gusta a la gente —quizá por la misma rareza del acontecimiento.
Después de la estación de Granollers, la vía hace una cuesta. El tren modera la marcha. La máquina sopla. Llega un momento en que caminamos a paso de tortuga. ¡Qué manera de soplar, válgame Dios! De los dos lados de la parte frontal de la máquina salen, a toda presión y de una manera alternada, dos chorros de vapor blanco que forman una nube de polvo en las hierbas secas de los lados de la vía. «¿Oye cómo sopla?», me dice un señor risueño sentado a mi lado. Este señor está contento. Quizá cree que estos rebufidos justifican plenamente el precio del billete. Hay un momento, ya dentro del túnel oscuro como boca de lobo, que el tren llega al final de la subida y comienza el plano inclinado a la inversa. Se pasa, sin muchos cumplidos, de la silenciosa lentitud a un ruido horrísono de hierros viejos, de maderamen descoyuntado y de cuerpos humanos que se agitan y brincan en su asiento. La máquina pita largamente. El pitido causa un efecto alegre y volandero. La sensación de velocidad es muy fuerte. Parece como si el aparatoso y enorme cachivache del tren hubiese iniciado el descenso por un precipicio. El viento despeina a la gente. El rechinar de los frenos. «¿Oye cómo frenan?», me dice el señor sentado a mi lado con la misma alegría de hace un instante. Este señor sigue atentamente todos los incidentes del viaje, no se le escapa nada. Asume las palpitaciones del tren. Quizás es un orsiano activo. Después de un rato el convoy pierde impulso y parece quedarse en una velocidad normal y razonable. Por las ventanas no entra tanto viento. La gente adquiere una cierta estabilidad. En la parada de Llinars, el calor se mezcla con el silencio. Las hojitas de acacia de los árboles de la estación tienen una inmovilidad completa —un verde pálido y tibio. En los asientos, los viajeros vamos sudando lentamente. Las mujeres gordas tienen un aire acalorado, parecen dominadas por una desazón rojiza —como una ligera asfixia. Con un pequeño empujón se desabrocharían. Las de menos peso no se descomponen tanto, pero el sudor les unta ligeramente la piel y no parecen tan coriáceas. La tarde va pasando.
Pasado Sant Celoni comienzan las arboledas de chopos. El Tordera y todas las rieras que afluyen crean arboledas de chopos. Para mi gusto, es el principal encanto (paisajístico) de este viaje. La comarca de la Selva, al acercarse al borde, ondulado, de los contrafuertes del Montseny y de las Guilleries crea arboledas, de la misma manera que en mi país la proximidad del mar ofrece pinares simétricos y oscuros a la vista humana. El curso del río Tordera y el estanque de Sils, que tuvo antiguamente verdadera existencia y hoy sólo se produce cuando las lluvias inundan el país, son los elementos activos de los chopos. A veces, las arboledas se encuentran al lado mismo de la vía. Las he visto en todo tiempo: en invierno, cuando los árboles tienen una desnudez puramente lineal, a menudo en vastas manchas de agua lívida, como un espacio lacustre sobre el cual los árboles se mantienen erectos e inmóviles, como si se hubiesen muerto verticalmente. Y, naturalmente, en el buen tiempo, cuando los chopos presentan su elegante y fina abundancia arbórea.
¿Son bosques las arboledas? Sí y no. Para ser un bosque en el sentido literal de la palabra, les falta el elemento cósmico del bosque, el desorden, el caos geológico y botánico, la imposibilidad de ver en la selva —incluso en nuestras modestas selvas— más allá de la nariz. La frase alemana «los árboles no dejan ver el bosque» es, quizá, la quintaesencia de la selva, no solamente virgen, sino surgida sobre los accidentes naturales del terreno, es decir, sin orden ni concierto. La arboleda es, por el contrario, el bosque ajardinado, alineado, siguiendo unas perspectivas, plantado de árboles uniformes y, por lo tanto, de formas repetidas, es decir, pensando en un rendimiento casi infalible. Pero, por otra parte, tampoco se podría decir que es un jardín, ni siquiera un jardín muy simple, porque, aunque la arboleda necesite un espacio plano y tenga una alineación perfecta, de un perspectivismo matemático, no contiene ningún elemento de capricho ornamental y decorativo. Tengo una debilidad por las arboledas, no solamente porque en mi país no suele haberlas, sino porque es una forma situada a medio aire entre el jardín y el bosque, que es la forma de jardín natural más próxima a nuestro temperamento, a una forma de gracia sin afectación que satisface el gusto más real. La defensa del jardín contra el bosque, de la cultura contra el naturalismo, realizada por los novecentistas, está muy bien, pero los extremos no van conmigo. Prefiero un término medio que no me azore ni entorpezca demasiado ni de un lado ni de otro, que me deje respirar naturalmente.
Me gustaría conocer los jardines geométricos italianos y franceses, y los jardines ingleses, más libres. Quizás algún día los podré ver. ¡Quién sabe, Virgen Santa! Hace años que oigo hablar de ellos a consecuencia de la polémica del noucentisme. Los jardines caóticos, con piedras, plantas exóticas y elementos grutescos —nombre que viene de gruta—, fantasías decorativas meramente mecánicas, me gustan poco. Ahora se han puesto de moda. Parecen jardines para genios. A mí me gustan los jardines baratos, tranquilizadores y auténticos. La arboleda es el jardín más primitivo y más simple, la idea arquetípica del jardín. Obedece a la pura y simple contabilidad del propietario. Los árboles son plantados a las distancias exigidas para su más rápido crecimiento —y rendimiento. Mi idea de que los paisajes más bellos son siempre los más útiles, los que producen más renta, está en la esencia de la arboleda. Por otra parte, las arboledas son elegantísimas. ¿Qué más se podría decir?
Cuando el tren llegaba al país de las arboledas —situado grosso modo entre Sant Celoni y Riudellots— se iniciaba, a veces, el crepúsculo. En el invierno la tarde empezaba a oscurecerse. Cuando la arboleda estaba al lado de la vía y el tren la bordeaba rápido, haciendo un ruido de cataclismo, dando el saltito habitual entre raíl y raíl, las perspectivas de árboles giraban sobre sí mismas, como si se tratase de un tiovivo. Parecía que el tren se paraba y que los árboles se ponían a rodar sobre un eje invisible, y este movimiento funcionaba tan bien que parecía de un mecanismo perfecto. En la larga monotonía del viaje, este movimiento, como las tortillas tan fabulosamente amarillas —tortillas que parecían de huevos de canario— que se vendían dentro de un panecillo en la estación del Empalme, eran dos auténticas sorpresas. En el invierno, ya oscurecido, había a veces, en las arboledas, luna llena. En el suelo, los charcos de las últimas lluvias ocupaban, a veces, tanta extensión que daban al país un aspecto lacustre. Sobre las aguas melancólicas y lívidas, bañadas por la luna, los árboles descarnados, lineales, se mantenían en un orden perfecto. Era un paisaje irreal, que a veces parecía soñado, ligeramente siniestro pero de una ternura extraña —probablemente la ternura tan sutil del paisaje de la comarca de la Selva. Con el buen tiempo veía —desde el tren— las arboledas en su esplendor modesto, generalmente solitarias, las sombras claras huyendo sobre la tierra —sobre la hierba fresca con las pequeñas flores silvestres. Me hubiera gustado pasar una tarde o dos en alguno de estos lugares con alguna señorita aficionada a los encantos de la naturaleza. Pero una combinación parecida que, a priori parece tan fácil y sencilla, aún no se ha producido y veo difícil que se produzca. Es muy posible que esté predestinado toda la vida a pasar en este tren delante de estas arboledas y a no pararme nunca. Es casi seguro que serán un elemento imaginativo de mi precaria fantasmagoría.
El árbol típico de las arboledas es el chopo, que tiene muchas variedades y es alto, esbelto y elegante, y parece haber sido creado para dar a las arboledas el encanto que tienen. El chopo tiene una hoja que cuando pasa un poco de airecillo repiquetea de una manera alegre y deliciosa, y así, en estos parajes, hay siempre un ruidito más o menos vivo que fascina cándidamente los sentidos. Por otra parte, la hoja de este árbol gira al impulso del vientecillo —como la del olivo— y así, cuando aparece en la luz llena la parte posterior, que es más clara, sin llegar a ser plateada, pero muy esponjosa, se produce, en las masas de estos árboles, una espuma ligera que no es tan consistente y metálica como la de los olivares pero que tiene una suavidad indecible. Desde el tren pensaba esta tarde en lo agradable que sería estirarse en la hierba de las arboledas, cara al cielo, y pasar un rato contemplando estos movimientos vegetales tan prodigiosamente inocentes y divertidos.
Las arboledas son, quizás, el espectáculo vegetal del país más unido a nuestra manera de ser. Es un espectáculo muy cambiante —de una variedad que, a veces, parece difícil de explicar, a lo menos en apariencia. Quizá la luz es el elemento más decisivo de su espíritu. Con determinadas luces, las arboledas tienen una acogida alegre, radiante y agradable. Otras veces, tienen un aspecto triste, decaído, y deprimido. A veces, llegan a producir, al atardecer, tan solitarias, un miedo indefinible.
Cuando llegamos a la estación de Girona, el día se funde y ya es la tarde. Por la Virgen de agosto, a las siete ya es oscuro. En la estación hay un cierto movimiento. Pasa un ferroviario con un fanal rojo encendido. Otro auxiliar, vestido de azul, da un martillazo a las ruedas para constatar la buena marcha del material. «¿Oye el martillo?», me dice el señor risueño sentado a mi lado. Es curiosa la cantidad de espíritus obvios que se pueden encontrar en el país. La campanilla de la estación da el primer toque. «¿Oye la campanilla?», me dice el señor risueño que se sienta a mi lado. Llega un momento en que la reiteración de obviedades de este señor me lo hace ver como un hombre extraño y enigmático. Que es un perturbado, me parece claro. Pero quizá ni siquiera es un perturbado. Quizás es tan sólo un simple ampurdanés burlón que va a su casa a pasar la fiesta.
El tren reemprende la marcha y enfila la recta sobre el puente del Onyar. El gran jardín, completamente oscuro, de la Devesa, queda a la izquierda; la aglomeración urbana de Girona, a la derecha. Unas lucecitas pobres y tristes salpican los edificios impersonales. La terrible impresión que causa siempre la obra humana de este país, de no estar nunca acabada. La luz precaria de las bombillas eléctricas me trae a la memoria el erotismo de la adolescencia colegial. Todo me parece viejo —y, en todo caso, medio borrado en la lejanía del pasado. El tren modera la marcha: la vía debe de hacer un poco de subida. Me acerco a la ventanilla, ahora desocupada. Hay viajeros de ventanilla que no la desocupan nunca. A través de los hierros del puente aparecen las luces de los pisos de la curva del Onyar. Se ve una mezquina coloración lumínica sobre el agua grasienta y macilenta: un riel de oro fundido, de color de miel. Sobre un puente más lejano, crepita un arco voltaico: el espasmo de claridad blanca parece iluminar vagamente el campanario de Sant Feliu. El puente pasa abajo y sobre la ventanilla aparece ahora el barrio de Sant Pere de Galligants, que parece colgado bajo la masa vagamente formada de la catedral. Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas —de un amarillo oleoso y rancio— de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras, del encostramiento pobre y fatigado del habitáculo. ¡Cuántos recuerdos! Veo la pasarela de madera que utilizábamos para pasar el río, el agua de las charcas marginales, salpicadas por la misérrima luz urbana. Dentro del ruido estrepitoso del tren, oigo en mi oído el canto de las ranas, el viento entre las cañas macilentas, las notas de un manubrio lejano, un pequeño temblor de luna sobre las aguas detenidas. Pero el tren pasa y todo huye atrás, en la vaguedad inextricable del pasado.

Josep Pla i Casadevall
El cuaderno gris


Al abrir El cuaderno gris es mucho lo que puede asombrar al lector: una conversación cazada al vuelo en un café; una sentencia (casi un aforismo) oída o pronunciada como por casualidad, capaz de condensar el sentimiento de toda una época; la sucinta y emotiva descripción de un paisaje; descarnados apuntes de crítica literaria; un afilado juicio político, hilvanado en medio de consideraciones sobre el tiempo, la higiene, la salud, las mujeres o la gastronomía. Todo esto y mucho más contiene el dietario que Josep Pla (nace en Palafrugell, 1897, muere en Llofriu, 1981) escribió entre marzo de 1918 y noviembre de 1919, siendo un joven estudiante de Derecho al que el cierre de la universidad, a causa de una gran epidemia de gripe, obliga a interrumpir sus estudios en Barcelona y regresar a su pueblo natal, donde se entretiene, con constancia de grafómano, en escribir sus impresiones sobre el día a día en un cuaderno gris. Observador minucioso, Pla proyectará a posteriori sobre sus apuntes de juventud, laboriosamente reelaborados, toda una vida de corresponsal El cuaderno gris acaba justo antes de que el joven Pla parta hacia París, el primero de sus destinos en el extranjero, ya sea en Francia tras el fin de la guerra, en Roma durante el despunte del fascismo o en el Madrid de la Segunda República.
Tras un período retirado de la vida pública, en los años cincuenta retoma los viajes por el mundo a instancias de Josep Vergés, histórico editor de Pla en Destino, quien también le convencerá para editar su obra completa, 46 volúmenes que se abrirán en 1966 precisamente con este libro.
Traducido años después al castellano por Dionisio Ridruejo y su mujer, Gloria de Ros, El cuaderno gris llega hoy hasta nosotros revisado por Narcís Garolera, catedrático de Filología Catalana de la Universitat Pompeu Fabra, y vuelve, así, a lucir como lo concibió Pla: un libro de vida que es también valioso testimonio de una época y el mejor exponente de la obra de uno de los más grandes de la literatura catalana.



Se hicieron a la vela el 13 de agosto; pero teniendo a la vista la escuadrilla francesa, les fue forzoso volver al puerto.

Todos los generales españoles iban capitulando y pasándose al enemigo: Montijo, La Bisbal, Morillo, Ballesteros, en quien se tenía gran esperanza. Villacampa había huido.
Lo que sigue después es bastante oscuro.
Por este tiempo se supo en Tarragona que había transigido el general Manso con el mariscal Moncey. En el colmo de su sorpresa, tomó Van Halen el partido de dirigirse con algunos oficiales del Estado Mayor hacia el punto que ocupaba la columna de aquel general para impedir la capitulación. Montó a caballo y fue a salir de la ciudad; pero le detuvieron, como a los señores Arango y Goti, que le acompañaban, por orden del general Aldana, quien temía que estuvieran en inteligencia con el general Manso. Van Halen fue puesto en incomunicación completa, sin que pudiera hablarle nadie más que su esposa. Se disponía a concluir en veinticuatro horas la sumaria y todo hacía presentir que sería al siguiente día fusilado. En vista, sin embargo, de la declaración que se le tomó, fue preciso evacuar algunas citas. Felizmente, entro en consideración el gobernador, prefiriendo enviar secretamente los prisioneros a Barcelona para ponerlos a disposición del general en jefe. Un consuelo encontró Van Halen, cuando su desgracia, en sus amigos, que no le abandonaron, procurando de todos modos precaver una sentencia injusta: pero mayor dicha fue aún probar en el infortunio la virtud eminente de su esposa que quiso y logró ser embarcada con él en la barca cañonera que debía conducirle a Barcelona. (Galli.)
Se hicieron a la vela el 13 de agosto; pero teniendo a la vista la escuadrilla francesa, les fue forzoso volver al puerto. Salieron de nuevo aprovechando un viento favorable y llegaron a Barcelona el 17.
Habiendo tomado Mina cuantas informaciones pudo acerca de la conducta de Van Halen, mostróse indignado por el abuso de la autoridad del gobernador, que por poco sacrifica a un patriota. Le mandó que, bajo palabra de honor, se trasladase en un pequeño laúd a Tarragona, para que acabase de patentizar allí su inocencia. Se prestó don Juan a ello, pero salido apenas del puerto, vieron venir sobre él a dos buques de guerra franceses que cruzaban por aquellas costas. Alarmóse el pundonor del patriota y amenazó al patrón del laúd con atravesarle con la espada si no escapaba de manos de los franceses. Forzoso le fue al patrón obedecer y hacer rumbo para Ibiza, donde fue Van Halen tratado con todo miramiento por el gobernador Valle. A poco pasó a Mallorca, donde el conde de Almodóvar, capitán general de las islas Baleares, le proporcionó, accediendo a sus instancias, pase para Salou, a cuyo punto llegó el 29 de diciembre.
Miláns, comandante de las tropas y de la plaza de Tarragona, exclamó delante de muchos individuos, leyendo la sumaria de Van Halen:
—Hombre. Esto era un asesinato.
Cuando la esposa de Miláns vio a la de Van Halen no pudo contener sus lágrimas; tributo tal de admiración y ternura merecía una mujer que durante tres meses pasó mil penalidades por no abandonar a su marido.
Las circunstancias no permitieron la continuación del proceso, y en vano fue que reclamara Van Halen los autos porque, enemigo Miláns de resentimientos personales, los había roto, mandando, no obstante, al fiscal que hiciese pública la inocencia del acusado. Prefiriendo éste el destierro a toda transacción con el enemigo, solicitó un pasaporte de aquel general e hízose con su esposa a la vela para América precisamente el propio día en que abrió Tarragona sus puertas a los franceses. Hasta aquí el señor Galli.
En el certificado que dio el general Mina a Van Halen, después de especificar sus servicios, dice:
«En todas las referidas comisiones y en los destinos de que queda hecha mención, se condujo de una manera digna de mi aprecio, no obstando una sumaria que en Tarragona se le formó recientemente, pues aparece de documentos que me ha exhibido y quedan en mi poder que nada resultó contra este individuo.» Van Halen pone una nota al certificado, que dice así:
«Los sujetos respetables entre cuyas manos fue quemada, a pesar mío, esta extraña sumaría, el general don Francisco Miláns, por ejemplo, explicarían, no lo dudo, mejor que yo podría hacerlo, la cobarde intriga con que cierta autoridad fraguó este escandaloso suceso. Sus detalles son más propios para ocupar las hojas de un periódico que para alargar el rápido extracto con que termina esta narración.»
Como se ve de todo ello, no se averigua claramente de qué le acusaban a Van Halen.
Van Halen, que debía de tener informes personales por la masonería, comprendió que la época que se presentaba iba a ser fatal para los liberales y se dispuso a emigrar.
Muchos de los revolucionarios de todos los países afiliados al carbonarismo vieron que para ellos llegaba el mal momento. A Van Halen se le consideró carbonario. La expedición de Angulema, en 1823, inició la ruina del carbonarismo. «La guerre d’Espagne vint dissoudre la charbonnerie», dice De Corcelles.
Los cañonazos con que el ejército francés, a orillas del Bidasoa, contestó a los vivas a la libertad de los emigrados de varios países que se presentaron ante él fue el primer síntoma de la derrota carbonaria.

Pío Baroja
Juan Van Halen, el oficial aventurero


Nada más leer las Memorias del aventurero Van Halen, el novelista Baroja se ve de inmediato subyugado por este personaje. Éste reúne todos los ingredientes que podían interesar al escritor: es valiente y aventurero, conspira y guerrea, tiene fortuna, y los escenarios de sus aventuras son diversos: España, Rusia, Alemania, Bélgica y América. Lucha bajo cuatro banderas, es perseguido y acierta a pasar de la derrota al triunfo: «Todos los que conocieron a don Juan Van Halen en su juventud están conformes en pintarle como hombre inquieto, inteligente, de conversación agradable, donjuanesco, de grandes atractivos para figurar en sociedad.» Ya tenemos al héroe barojiano.
En la presente edición, a cargo de Juan Van-Halen, descendiente directo del personaje histórico, se hace una profunda revisión de todos los materiales biográficos que manejó Baroja para la redacción de su obra, a la vez que se aclaran los pasajes oscuros que no pudo o no quiso desvelar el novelista.



Allí acudieron a felicitarle embajadores de todos los príncipes y estados de Italia, a excepción de Venecia y Florencia.

CARLOS V EN ITALIA
De 1529 a 1530
Su recibimiento en Génova.—Favorable impresión que su vista produjo en los italianos.—Sus proyectos de paz.—Concierto con Venecia.—Solemne y doble coronación de Carlos V en Bolonia.—El papa y el emperador.—Tratado de paz general.—Época notable en Italia.—Florencia no acepta la paz.—Guerra de Florencia.—Sitio: defensa heroica.—Triunfo de los imperiales.—Muda el emperador la forma de gobierno de Florencia.—Pasa Carlos V a Alemania.
La presencia del emperador en Italia tenía que producir gran sensación en los ánimos y grandes variaciones y mudanzas en la condición de los estados italianos. En Génova, donde primero desembarcó (12 de agosto, 1529), los compatricios de Andrés Doria que le acompañaba le recibieron y agasajaron como al protector de la república. Allí acudieron a felicitarle embajadores de todos los príncipes y estados de Italia, a excepción de Venecia y Florencia. Y como los italianos, cuyo país tanto había sufrido con la licencia y ferocidad delas tropas imperiales, se habían figurado hallar en el emperador un hombre áspero, adusto, intratable y cruel, sorprendiéronse agradablemente al ver un hombre de buen aspecto, de finos y corteses modales, de suaves costumbres y de apacible trato. De modo, que su vista primero y su porte después persuadieron a los más de que no podía haber sido él el causador de las atrocidades cometidas por sus súbditos tudescos y españoles en Milán y en Roma.
Muchos, sin embargo, dudaban todavía si sus pensamientos e intenciones serían de paz o de guerra, y teníalos esto en cierta recelosa ansiedad. Pronto los sacó Carlos de aquella zozobra, y no tardó en disipar sus temores. Ya en España había manifestado diferentes veces que la paz era la cosa que más deseaba. Y aunque quisiera dudarse de la sinceridad de sus palabras y de sus sentimientos, la política y la conveniencia se lo aconsejaban así, y pocas veces se mostró Carlos tan político como en esta ocasión. Dos motivos poderosos y fuertes le obligaban a atender con preferencia a sus estados de Alemania, y reclamaban su presencia en ellos, a saber: los progresos de las doctrinas reformistas que traían alterados aquellos países y en un estado de peligrosa efervescencia, y la entrada en Hungría de un formidable ejército turco, de doscientos cincuenta mil combatientes, que ocupaba ya una parte del Austria y había avanzado hasta poner cerco a la populosa ciudad de Viena. Para atender convenientemente a los peligros de aquellas regiones en que tanto le iba, necesitaba dejar tranquila la Italia.
Así fue, que habiéndosele presentado de orden suya en Plasencia (setiembre) el ilustre Antonio de Leiva, a quien el emperador deseaba conocer personalmente, por más que el afamado capitán le excitó a que continuara la guerra, asegurándole la victoria y representándole la facilidad con que podía hacerse señor de toda Italia, Carlos, sin dejarse seducir, insistió en sus proyectos de paz, y mandó a Leiva que se volviese y se limitase a la reconquista de Pavía, que con poca dificultad ejecutó el que tan heroicamente en otro tiempo la había defendido. El duque Francisco Sforza de Milán, que en su angustiosa situación solicitaba la paz con más necesidad que nadie, halló tan benévola acogida en Carlos, que le envió para tratar de ella al cardenal y canciller mayor del imperio, Mercurino Gattinara; y sabiendo que Leiva lo contradecía, le ordenó que pasase a verle a Bolonia, donde Carlos iba a coronarse. La misma Venecia, privada de la alianza y del apoyo de la Francia por la paz de Cambray, despachó embajadores al emperador en solicitud de avenencia, poniendo por mediador al pontífice. También el César accedió a concertarse con los venecianos, y en su virtud se firmó un asiento, cuyas bases principales fueron: que los venecianos restituirían al pontífice las ciudades de la Iglesia que le tenían usurpadas, así como al emperador los lugares del reino de, Nápoles que le habían ocupado en las pasadas guerras, con más dos mil libras de oro, que le habían de satisfacer en plazos que se señalaron; que en esta concordia sería comprendido el duque de Urbino, capitán general de la república; que lo sería también el duque de Ferrara, si viniese en gracia del papa y del emperador, siendo repuesto en sus estados; que unos a otros se perdonarían las ofensas pasadas; que se ayudarían mutuamente, etc. Quedaba, pues, solo Florencia, cuya obstinación había de costarle, como veremos luego, una guerra calamitosa.
Hechos estos tratos y como supiese que le esperaba ya en Bolonia el papa con toda su corte y el colegio de cardenales, partió Carlos de Plasencia, e hizo su entrada en Bolonia (octubre), con una pompa verdaderamente imperial, marchando debajo de un riquísimo palio de oro, que llevaban los doctores de aquella célebre universidad, vestidos de rozagantes ropas de seda: recibiéronle el obispo, el clero, el senado, los magistrados, toda la nobleza y juventud de Bolonia con trajes de gran gala: condujéronle procesionalmente hasta la catedral, a cuya puerta se había erigido un estrado riquísimamente tapizado, en cuyas gradas se hallaban sentados los cardenales y obispos, que eran muchos, y en la parte superior el papa Clemente, vestido de pontifical y con la tiara en la cabeza. Los cardenales iban dando el brazo al emperador para subir al tablado. Todas las miradas de aquella brillante concurrencia se fijaron en los dos esclarecidos personajes que por primera vez se reunían en aquel momento solemne. Llenáronse todos de asombro cuando vieron al poderoso jefe del imperio doblar la rodilla y besar con religiosa humildad el pie del soberano pontífice, a quien poco tiempo hacia había tenido aprisionado, y al jefe de la cristiandad levantar amorosamente al emperador y darle paz en el rostro. La escena era sublime y maravillosa. Cruzáronse entre los dos más excelsos príncipes de la tierra palabras afectuosas y corteses, y se despidieron para verse luego y tratar por espacio de muchos días de negocios interesantes a la cristiandad y a la suerte de las naciones. Y en medio de todas estas tiernas ceremonias, llamaba la atención otra escena poco menos sublime: la de los soldados alemanes y españoles llevando en hombros al famoso capitán Antonio de Leiva, mientras los prelados y el clero entonaban el Te Deum, acompañando a su canto la música religiosa.
Otro espectáculo no menos interesante se ofreció a los pocos días a los ojos de los boloñeses y a la contemplación de toda Europa. El duque Francisco Sforza de Milán, tan abatido por el emperador, tantas veces reducido a príncipe sin estado, en cuyo despojo tantas veces se habían empleado las armas imperiales contra las mayores potencias confederadas y ganado por conquistarle tan señaladas victorias, se prosternaba a los pies del emperador para darle gracias por su generosidad, y Carlos le daba cariñosamente el título de duque de Milán. Todos los soberanos de Italia, incluso el Santo Padre, se habían interesado con el emperador en favor de aquel desgraciado príncipe, y la respuesta del emperador fue darle la investidura de aquel estado y enviarle un salvoconducto para que fuese a Bolonia. Puesto el príncipe a la presencia del César, no hallaba palabras con que expresarle su reconocimiento, y sacando del seno el salvoconducto, dijo que no quería usar de él sino para poner su persona y hacienda en manos de S. M. Añadió Carlos a su fineza la de dar al duque la mano de su sobrina, hija del rey de Dinamarca. Con este rasgo, sea de generoso desprendimiento, sea de bien calculada política, ganó el emperador no poca honra y fama. Renunció a un estado, y se atrajo muchas voluntades: se desprendió de una conquista, y conquistó muchos corazones.

Modesto Lafuente
Historia General de España - VIII


Esta monumental obra se publicó en 25 volúmenes entre 1850 y 1866, año en que muere su autor, Modesto Lafuente. Fue continuada por Juan Valera con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala.
El octavo volumen (edición de 1889) está dedicado íntegramente a parte del reinado de Carlos I.
Hechos importantes ocurridos en este periodo fueron: La guerra de las comunidades, las germanías de Valencia, la batalla de Pavía con la posterior prisión de Francisco I, el saqueo de Roma, la reforma luterana, la liga contra el turco, la fundación de la compañía de Jesús, el desastre de Argel…


hallándose el 11 de agosto de 1137 en Barbastro se concertó el matrimonio de la infanta doña Petronila con don Ramón Berenguer

Lo que hizo don Ramiro en aquellas cortes fue anunciar su pensamiento y resolución de desprenderse de una corona tan erizada para él de espinas y de dificultades, y de retirarse otra vez a la vida religiosa y privada, puesto que tenía ya una hija en quien recayese la sucesión del reino. Tratóse en su virtud del casamiento de la infanta, aunque era a la sazón una niña de dos años. Hubiérala dado acaso el débil don Ramón al emperador don Alfonso que la destinaba para su hijo primogénito, si los aragoneses, que ni olvidaban sus recientes discordias y antipatías con los castellanos, ni querían de modo alguno que el reino de Aragón se incorporase con el de Castilla, no le hubieran persuadido a que la desposara con el conde don Ramón Berenguer IV de Barcelona, que por su valor y sus virtudes, por la inmediación de los dos estados y por la mayor analogía de costumbres entre los naturales de uno y otro reino, les ofrecía mayores ventajas, suponiendo que así no tendrían tampoco por enemigo al de Castilla atendiendo el estrecho deudo y amistad que le unía con el barcelonés, como hermano que este era de la emperatriz. Ayudó a estas negociaciones Guillén Ramón de Moncada, senescal de Cataluña y uno de los magnates de más influjo. Decidió, pues, don Ramiro dar su hija en esponsales al conde de Barcelona, y hallándose el 11 de agosto de 1137 en Barbastro se concertó el matrimonio de la infanta doña Petronila con don Ramón Berenguer, dándole con ella todo el reino de Aragón, cuanto se extendía y había sido poseído y adquirido por el rey don Sancho su padre y por don Pedro y don Alfonso sus hermanos, salvos los usos y costumbres que en tiempo de sus antecesores tuvieron los aragoneses, y reservándose el honor y título de rey. En su consecuencia todos los burgueses de Huesca hicieron juramento de obediencia y fidelidad (24 de agosto) al conde de Barcelona y nuevo rey de Aragón. Y más adelante en 27 de agosto y 13 de noviembre, hallándose don Ramiro en Zaragoza, confirmó de nuevo a presencia de los ricos-hombres de Aragón su abdicación absoluta del reino a favor de don Ramón Berenguer, y para que no hubiese duda en ello le hizo cesión de cuanto le hubiera retenido o reservado cuando le entregó su hija. Hecha esta solemne renuncia, se retiró don Ramiro a San Pedro el Viejo de Huesca, donde principalmente pasó el resto de sus días, no volviendo a tomar parte en los negocios públicos, y haciendo una vida retirada y oscura hasta más de mediado el siglo XII en que falleció.
De esta manera aquel reino que en tiempo de Alfonso el Batallador parecía que iba a absorber en sí todos los estados cristianos de España, comenzó por sufrir con Ramiro el Monje la desmembración de Navarra, continuó por hacerse feudatario del de Castilla y concluyó por incorporarse al condado de Barcelona, acabando así la línea masculina de los vigorosos monarcas aragoneses, a los ciento y cuatro años de haber comenzado a reinar el primer Ramiro; todo por haber puesto la corona en la cabeza de un monje, que en el espacio de tres años trocó el sayal y la cogulla por el manto y la diadema, cambió el sacerdocio por el matrimonio, tuvo una hija, la desposó, enajenó el reino y se volvió a un retiro de donde no debió haber salido nunca.

Modesto Lafuente
Historia General de España - III


Esta monumental obra se publicó en 29 volúmenes entre 1850 y 1866, año en que muere su autor, Modesto Lafuente.
En este tercer volumen (edición de 1889) Modesto Lafuente nos conduce desde el dominio que durante veinticinco años (del 977 al 1002) ejerció Almanzor sobre la península, pasando por la disolución del califato, la llegada de los almorávides y el Cid Campeador, hasta la batalla de las Navas de Tolosa y la coronación de Fernando III el Santo (31 de agosto de 1217).


Lucile era alta y de notable belleza, aunque seria

Lucile era alta y de notable belleza, aunque seria. Su pálido rostro estaba enmarcado por unos largos cabellos negros; a menudo clavaba en el cielo o paseaba en torno a ella unas miradas llenas de tristeza o de fuego. Sus andares, su voz, su sonrisa, sus rasgos tenían algo de soñador y de doliente.
Lucile y yo no nos éramos mutuamente útiles. Cuando hablábamos del mundo era del que llevábamos dentro de nosotros y que se parecía muy poco al mundo verdadero. Ella veía en mí a su protector, yo veía en ella a mi amiga. Ella tenía arrebatos de negras ideas que a mí me costaba disipar: a los diecisiete años, deploraba la pérdida de sus años mozos; quería enterrarse en un convento. Todo era preocupación, tristeza, ofensa para ella: una expresión que buscara, una quimera que se hubiera forjado, la atormentaban meses enteros. La he visto a menudo, con un brazo echado sobre su cabeza, soñar inmóvil e inanimada; reconcentrada en su corazón, su vida no se manifestaba al exterior; ni siquiera su pecho palpitaba. Por su actitud, su melancolía y su venustez se asemejaba a un Genio fúnebre. Yo trataba entonces de consolarla y al instante siguiente me hundía en una desesperación inexplicable.
A Lucile le gustaba hacer sola, hacia el atardecer, alguna lectura piadosa: su oratorio predilecto era un cruce de caminos rurales, señalado por una cruz de piedra y por un álamo cuyo largo fuste se alzaba en el cielo como un pincel. Mi devota madre, encantada, decía que su hija le recordaba a una cristiana de la Iglesia primitiva, que oraba en esas estaciones llamadas Laures.
Por efecto de la concentración del alma se originaban en mi hermana manifestaciones espirituales extraordinarias: estando dormida, tenía sueños proféticos; despierta, parecía leer en el porvenir. En una meseta de la escalera de la gran torre, sonaba un péndulo que daba la hora en silencio; Lucile, en sus insomnios, iba a sentarse en un escalón, enfrente de este péndulo: observaba el cuadrante al resplandor de su lámpara dejada en el suelo. Cuando las dos agujas se unían a medianoche y generaban en su conjunción formidable la hora de los desórdenes y de los crímenes, Lucile oía ruidos que le revelaban muertes lejanas. Encontrándose en París algunos días antes del 10 de agosto, en compañía de mis otras hermanas en las cercanías del convento de los Carmelitas, su vista cayó sobre un espejo y lanzó un grito diciendo: «Acabo de ver entrar a la Muerte.» En los páramos de Caledonia, Lucile habría sido una mujer celestial de Walter Scott, dotada de clarividencia; en los páramos armoricanos no era más que una solitaria aventajada en belleza, genio y desdicha.

François-René de Chateaubriand
Memorias de ultratumba


Epopeya extraordinaria de unos tiempos convulsos que François de Chateaubriand vivió como testigo y protagonista, las “Memorias de ultratumba” son un documento literario atemporal. Melancólico y desengañado, aristócrata que presenció la Revolución Francesa, que viajó a la joven República americana y conoció el esplendor y la falsía del Imperio napoleónico, así como la Restauración, Chateaubriand fue un hombre polifacético, hábil y vehemente, cuyas “Memorias” —«un templo de la muerte erigido a la luz de mis recuerdos»— nacieron como confrontación personal con la Historia, como revancha contra el tiempo. Un escritor maravilloso y de culto capaz de construir, como el profesor Fumaroli dice en el prólogo redactado para esta edición, «una reflexión profunda, de una actualidad sobrecogedora y de un alcance universal, sobre la era democrática inaugurada por la Revolución Americana y por la Revolución Francesa, sobre las grandes esperanzas que ella hizo nacer, sobre los peligros que llevaba en germen, y sobre las pruebas insólitas a las que exponía, en su expansión mundial, la libertad y la humanidad misma del hombre.»

De una carta a Christopher Tolkien

De una carta a Christopher Tolkien
9 de agosto de 1945
La noticia de hoy acerca de las «bombas Atómicas» es tan aterradora que uno queda aturdido. La completa locura de esos físicos lunáticos al consentir llevar a cabo trabajo semejante con fines belicistas: ¡planear con calma la destrucción del mundo! Semejantes explosivos en manos de los hombres, mientras su condición moral e intelectual declina, es poco más o menos tan seguro como dar armas de fuego a los internos de una cárcel diciendo que se espera que «eso asegure la paz». Pero algo bueno puede surgir de ello, supongo, si las evaluaciones críticas no resultan exageradas: el Japón tendría que darse por vencido. Bueno, estamos en manos de Dios. Pero Él no mira con buenos ojos a los constructores de Babel.

J. R. R. Tolkien
Cartas


Selección de cartas del escritor J. R. R. Tolkien, editada por su biógrafo Humphrey Carpenter. La selección contiene 354 epístolas, fechadas entre octubre de 1914, cuando Tolkien era un estudiante de Oxford, y agosto 29 de 1973, cuatro días antes de su muerte.
Estas misivas pueden dividirse aproximadamente en cuatro categorías: 1) Cartas personales a Edith, su esposa; a Christopher, su hijo; y a sus demás hijos. 2) Cartas acerca de la vida profesional de Tolkien como profesor de anglosajón. 3) Cartas a sus editores sobre los procesos de edición de sus obras. 4) Cartas sobre el universo literario del autor, de especial interés para los seguidores de Tolkien, pues proporciona mucha información acerca de la Tierra Media que no puede encontrarse en cualquier otra de sus obras. Varias de estas epístolas son respuestas a lectores de «El Señor de los Anillos» que remitieron a Tolkien preguntas referentes a frases de lenguas élficas encontradas en su libro: las «Cartas», además de contener información biográfica, la ofrecen también lingüística y proporcionan al lector traducciones que no se hallan en las obras del autor.


opino que los escoceses harían bien, por su propio interés, en adoptar la pronunciación y los modismos ingleses, sobre todo si pretenden hacer fortuna en el sur de Inglaterra

Para el doctor LEWIS
Sería muy ingrato, querido Lewis, si no me sintiera dispuesto a pensar y hablar favorablemente de esta gente, entre quienes he encontrado más amabilidad, hospitalidad y diversiones racionales en unas semanas que en ningún otro país donde haya estado a lo largo de mi vida. Tal vez la gratitud suscitada por esos beneficios interfiera con la imparcialidad de mis observaciones, pues el hombre es tan proclive a dejarse influenciar por las atenciones personales como a dejarse llevar por la aversión personal. Si soy parcial, al menos mi conversión de unos prejuicios poco generosos que habían arraigado profundamente en mi carácter no carecerá del todo de mérito.
Las primeras impresiones que un inglés recibe en este país no contribuyen a eliminar sus prejuicios, porque compara todo lo que ve con los mismos artículos en su propia tierra y dicha comparación de sus características exteriores es desfavorable para Escocia, igual que lo es la apariencia del campo en lo que se refiere a sus cultivos, el aspecto de la gente y el lenguaje empleado en general en la conversación. De todos modos, no me he dejado convencer por los argumentos del señor Lismahago y opino que los escoceses harían bien, por su propio interés, en adoptar la pronunciación y los modismos ingleses, sobre todo si pretenden hacer fortuna en el sur de Inglaterra. Sé por experiencia lo mucho que se dejan influenciar por el oído los ingleses y lo fácil que es que se burlen al oír su idioma hablado con acento extranjero o provinciano. He visto a un miembro de la Cámara de los Comunes hablar con gran energía y precisión, sin lograr atraer la atención de nadie porque hacía sus observaciones en dialecto escocés, que (con todo el respeto por el señor Lismahago) sin duda otorga un aire ridículo incluso a los sentimientos más dignos y decorosos. He expuesto mi opinión al respecto a varios de los hombres más sensatos del país, observando al mismo tiempo que, si contrataran a algunos ingleses para enseñar la pronunciación de nuestra lengua vernácula, en veinte años no habría la menor diferencia entre el dialecto de los jóvenes de Edimburgo y los de Londres.
Las normas civiles de este reino y esta metrópolis se basan en modelos muy distintos a los ingleses, a excepción de ciertas instituciones concretas y a consecuencia del Acta de Unión. Su Colegio de Justicia es un tribunal de gran dignidad formado por jueces hábiles y competentes. He asistido a algunas sesiones de ese venerable tribunal y he disfrutado con los alegatos de los abogados, que no carecían ni de retórica ni de argumentación. La legislación escocesa se funda en gran medida en la ley civil y, en consecuencia, sus procedimientos difieren de los de los tribunales ingleses; pero creo que nos llevan ventaja en su forma de interrogar a los testigos, y en la constitución de sus jurados, con la que ciertamente evitan los males de los que hablé en mi última carta a propósito de las observaciones de Lismahago.
La universidad de Edimburgo tiene excelentes profesores en todas las ciencias; y la facultad de medicina, en particular, es famosa en toda Europa. Los estudiantes de esta disciplina tienen las mejores oportunidades de aprenderla a la perfección, en todas sus ramas, pues hay diferentes cursos sobre teoría y práctica de la medicina, de anatomía, química, botánica y materia médica, aparte de matemáticas y filosofía experimental, y todos los imparten hombres de talento reconocido. La ventaja de poder asistir al hospital, que es la mejor fundación benéfica de esa naturaleza que he visto nunca, contribuye a que esa parte de la educación sea aún más completa. Y, ya que hablamos de instituciones benéficas, hay varios hospitales, muy bien dotados y mantenidos con normas admirables, que resultan no solo útiles sino ornamentales para la ciudad. Entre ellos, os hablaré tan solo del hospicio general, en el que los pobres que no tienen otro medio de subsistencia pueden trabajar según sus diferentes habilidades con tan buen juicio y eficacia que casi se mantienen a sí mismos con su trabajo y no se ve un mendigo en toda la ciudad. El ejemplo de este tipo de instituciones lo dio Glasgow hace unos treinta años. Incluso en la iglesia de Escocia, a la que tanto se le ha reprochado su fanatismo y su fervor, abundan los pastores celebrados por su erudición y respetados por su moderación. He oído sus sermones con tanta sorpresa como placer. El buen pueblo de Edimburgo ya no cree que el polvo y las telarañas sean esenciales en la casa del Señor. Algunas iglesias han admitido adornos que habrían animado a la sedición, incluso en Inglaterra, hace menos de un siglo, y un profesor de la catedral de Durham practica y enseña la salmodia. Dentro de pocos años, no me sorprendería oírla acompañada de música de órgano.
En Edimburgo el genio está constantemente en ebullición. He tenido la buena fortuna de conocer a muchos autores de primer orden, pues eso es lo que son los dos Humes, Robertson, Smith, Wallace, Blair, Ferguson, Wilkie y compañía, y su conversación me ha parecido tan agradable como instructivos y entretenidos son sus escritos. Todos estos encuentros se los debo a la amistad del doctor Carlyle, a quien solo le falta la inclinación a aparecer con los demás en letra impresa. La alcaldía de Edimburgo se renueva cada año por elección, y parece estar muy adaptada a su cargo, tanto en lo tocante a su distinción como a su autoridad. El lord provost se corresponde en dignidad al lord mayor de Londres; y los cuatro bailíos equivalen al rango de concejal. Hay un decano del gremio, que se ocupa de los asuntos mercantiles, un tesorero y un escribano municipal. El consejo está formado por diáconos que se renuevan uno por año de forma rotativa, como representantes de cada uno de los gremios de artífices y artesanos. Aunque esta ciudad, debido a su peculiar ubicación, no puede ser ni muy cómoda ni muy limpia, tiene una majestuosidad que inspira respeto. El castillo es un ejemplo de lo sublime tanto por el lugar que ocupa como por su arquitectura. Sus fortificaciones se conservan en buen estado y hay una guarnición de soldados que se releva cada año, aunque hoy sería incapaz de soportar un asedio con las técnicas de la guerra moderna. La colina del castillo, que se extiende desde la puerta exterior hasta el extremo de la calle Mayor, se emplea como paseo público para los ciudadanos y desde ella se domina una vista tan amplia como deleitosa de todo el condado de Fife al otro lado del estuario y a lo largo de toda la costa que está tachonada de una sucesión de ciudades, que parecen indicio de una intensa actividad comercial, aunque, si hemos de decir la verdad, dichas ciudades llevan en decadencia desde la unión, que privó en gran parte a los escoceses de su comercio con Francia. El palacio de Holyrood es una joya arquitectónica, incrustada en una hondonada donde casi no se ve, ubicación que ciertamente no escogió el ingenioso arquitecto, quien sin duda tuvo que ceñirse al lugar donde estaba el antiguo palacio, que antes fue un convento. Edimburgo se extiende mucho por el lado sur, donde hay varias placitas elegantes construidas al estilo inglés, y los ciudadanos han proyectado otras mejoras en el norte, que, cuando se lleven a cabo, contribuirán mucho a la belleza y comodidad de la ciudad.
El puerto marítimo está en Leith, un pueblo floreciente, a poco más de un kilómetro y medio de la ciudad, en cuya dársena he visto más de cien barcos atracados unos junto a otros. Debéis saber que tuve la curiosidad de cruzar el estuario en un barco de pasajeros y pasé dos días en Fife, donde crece muy bien el trigo y donde hay numerosas mansiones elegantes y muy bien amuebladas. En todos los sitios de Escocia donde he estado hay un número increíble de casas nobles. Dalkeith, Pinkie, Yester y la mansión de lord Hopton, todas a seis u ocho kilómetros de Edimburgo, son palacios principescos en los que cualquier soberano podría vivir a sus anchas. Supongo que los escoceses aprecian esos monumentos a su grandeza. Si se me permite mezclar la censura con mis observaciones sobre un pueblo al que venero, debo observar que su punto débil parece ser la vanidad. Temo que incluso su hospitalidad no esté del todo libre de ostentación. Me parece haber notado que se toman muchas molestias para exhibir sus manteles, que ciertamente tienen en abundancia, sus muebles, sus platos y su variedad de vinos, con los que hay que reconocer que son no solo generosos sino pródigos. Un ciudadano de Edimburgo, no contento con rivalizar con un ciudadano de Londres diez veces más rico que él, se ve obligado a superarlo en sus gastos y en la elegancia de sus recepciones.
Aunque las villas de la nobleza y los terratenientes locales tienen un aire majestuoso e imponente, creo que sus parques y jardines no resisten la comparación con los de Inglaterra; una circunstancia tanto más curiosa si se tiene en cuenta que, según me contó el ingenioso Philip Miller, de Chelsea, casi todos los jardineros del sur de Inglaterra son nativos de Escocia. El verdor de este país no es comparable al de Inglaterra. Los lugares de esparcimiento, en mi opinión, no están tan bien dispuestos de acuerdo con el genius loci, igual que los paseos, los senderos y los setos no están tan cuidados y ordenados. Los árboles se plantan en severas hileras que no producen un efecto tan natural como cuando están dispersos en grupos irregulares con claros entre sí; y los abetos, que se alzan en torno a sus casas, parecen sombríos y fúnebres en la estación estival. Debo reconocer, no obstante, que proporcionan una madera muy buena y protección contra el viento del norte, que crecen y prosperan en el suelo más estéril y que continuamente exhalan un fino perfume a resina que debe de hacer que el aire sea muy saludable para los pulmones delicados.
Tabby y yo nos llevamos un buen susto al regresar de la costa de Fife. Ella temió ahogarse, y yo resfriarme después de haberme empapado de agua marina; pero, por suerte, tanto mis temores como los suyos resultaron ser infundados. Ahora goza de un perfecto estado de salud y ojalá pudiera decir lo mismo de Liddy. Algo le pasa a esa pobre niña, está pálida, ha perdido el apetito y su ánimo desfallece. Parece triste y melancólica y a menudo la encuentro llorando. Su hermano sospecha que está inquieta por culpa de Wilson y jura venganza contra el aventurero. Por lo visto, le afectó mucho en el baile la súbita aparición de un tal señor Gordon, que se parece mucho al tal Wilson; pero yo sospecho más bien que debió de coger frío después de acalorarse bailando. He consultado al doctor Gregory, un eminente médico de carácter muy amable, que recomienda el aire de las Tierras Altas y el uso de suero de leche de cabra, que sin duda no puede sentarle mal a una paciente nacida y criada en las montañas galesas. La opinión del doctor no puede resultarme más agradable, pues encontraremos esos remedios en el mismo lugar que yo había escogido como último destino de nuestra expedición. Me refiero a la frontera de Argyle.
El señor Smollett, uno de los jueces del tribunal de sesiones, ha insistido amablemente en que nos alojemos en su casa de campo a orillas del loch Lomond, a unos veinte kilómetros de Glasgow. Dentro de dos días partiremos hacia esa ciudad y pasaremos de camino por Stirling, bien provistos de recomendaciones de nuestros amigos de Edimburgo, a quienes Dios sabe que me pesa mucho dejar. Estoy tan lejos de pensar que la vida aquí es desagradable, que, si tuviese que vivir en la ciudad, Edimburgo se convertiría sin duda en el cuartel general de
vuestro fiel amigo
Edr., 8 de agosto    
Matt. Bramble

Tobias Smollett
La expedición de Humphry Clinker
Penguin Clásicos


Matthew Bramble, misántropo enfermo de gota, viaja por Gran Bretaña en compañía de sus sobrinos, su hermana solterona y Humphry Clinker, su fiel criado. Bramble ve el mundo como un lugar lleno de ruido y degeneración, poblado por borrachos, vagos y delincuentes. La expedición de Humphry Clinker, construida a través de las cartas a seis personajes distintos, constituye una visión divertidísima y grotesca del reinado de Jorge III, el rey loco, además de una maravillosa lección narrativa.
A caballo entre la novela picaresca, el bildungsroman y el libro de viajes, La expedición de Humphry Clinker es la culminación y casi el testamento literario de Smollett, pues fue publicada en el año de su muerte. De la importancia de esta obra, cuya traducción firma aquí Miguel Temprano García, da cuenta en esta edición la introducción de Jeremy Lewis, miembro de la Royal Society of Literature.


Las Cortes de 1518 se mostrarán arrogantes; las de 1520, amenazadoras, y las de 1523, recelosas.

Esa situación de armonía entre los Reyes y el reino va a cambiar sustancialmente bajo Carlos V, especialmente en los primeros años de su reinado. Las Cortes de 1518 se mostrarán arrogantes; las de 1520, amenazadoras, y las de 1523, recelosas. Sólo a partir de 1525 empieza a cambiar el panorama, sin duda bajo la influencia de la increíble victoria de Pavía y de la noticia de que estaba a punto de llegar a España, como prisionero, el rey Francisco I de Francia; hecho inaudito que no podía menos de tener su influencia sobre las Cortes. Convocadas para el 11 de junio de 1525 en la ciudad de Toledo, oyeron el discurso de la Corona en que se les daba cuenta de toda la problemática internacional que había desembocado en la batalla de Pavía, y en el plazo —muy breve— de quince días concedían el servicio que se les pedía, de forma que el 28 de junio se autorizaba la impresión del cuaderno de peticiones de las Cortes, con las respuestas imperiales, y el 7 de agosto se pregonaban ya por las calles de Toledo. Sin duda, los procuradores quedaron seducidos por la noticia de la pronta llegada a Madrid del regio prisionero francés y satisfechos por la perspectiva que les ofreció Francisco de los Cobos, en el discurso de la Corona, de una «paz perpetua» con Francia, de forma que conceden el servicio que se les pedía, pese a que no se había cumplido el plazo tradicional de tres años desde las Cortes de 1523.

Manuel Fernández Álvarez
Felipe II y su tiempo


Entre 1527 y 1598 se producen grandes transformaciones en España y en el mundo; unas promovidas por Felipe II; otras, acaecidas a su pesar, pero todas teniéndole como personaje con el que hay que contar o al que hay que combatir. Suele pensarse en el reinado de Felipe II en función de acontecimientos internos o internacionales tales como la rebelión de los moriscos granadinos de las Alpujarras, la prisión y muerte del príncipe Don Carlos, el proceso de Antonio Pérez; o bien la rebelión de los Países Bajos, la acción de Lepanto, la incorporación de Portugal, la colonización de América, el nacimiento de Filipinas o el desastre de la Armada Invencible. Pero también hay que verle como el protector y mecenas de las Artes y las Letras, cuya labor culmina en el monasterio de San Lorenzo del Escorial. Todo ello hace del personaje uno de los mas controvertidos de la Historia.
En cuanto a la época, Manuel Fernández Álvarez analiza, a través de los aspectos políticos y socioeconómicos, cómo se realizó el milagro político de una Monarquía católica que, en menos de medio siglo se convirtió en la primera potencia de Europa y constituye el primer imperio de los tiempos modernos.


El erizo y el zorro

EL ERIZO Y EL ZORRO
MAHJOUBA
Iban un buen día el erizo y el zorro paseando tranquilamente y de pronto pasaron por delante de un jardín repleto de muchas, muchas clases de árboles frutales. Ninguno de los dos pudo resistir la tentación de llenarse el estómago con unas frutas tan ricas y tan dulces, así que se colaron por la verja y se pusieron a comer y a comer, hasta que, de repente, el erizo se dio cuenta de que si comía más se le iba a llenar el estómago tanto que no iba a poder salir por la verja. Entonces dejó de comer e inmediatamente avisó al zorro que hiciera lo mismo. Pero su amigo estaba disfrutando tanto que no le hizo caso, y siguió comiendo y comiendo, y sólo al sentirse muy satisfecho, decidió marcharse, pero se llevó una gran sorpresa al comprobar que realmente no podía salir. Su estómago estaba tan hinchado que resultaba imposible. Y el zorro empezó a figurarse qué le podía pasar cuando lo descubriera allí el jardinero. Así que tuvo que pedirle consejo al erizo. Y el erizo contestó:
—Lo mejor es que no te preocupes. En cuanto llegue alguien al jardín, hazte el muerto.
Y cuando al poco tiempo llegó el jardinero, el zorro se hizo el muerto, el jardinero lo agarró por el rabo y lo tiró fuera del jardín.
Y después de andar por aquí y por allí, me puse el calzado y se me rompió.
Alhucemas, 6 de agosto de 2002

Anónimo
Cuentos populares del Rif
Contados por mujeres cuentacuentos


En la región montañosa del Rif, al norte de Marruecos, el arte de contar cuentos de viva voz está enormemente extendido, y son las mujeres sus principales artistas, como demuestra la presente recopilación fruto de innumerables horas de grabación en la zona. Los cuentos fueron narrados por 6 mujeres de edades diferentes en la lengua materna de los rifeños y han sido traducidos respetando la literalidad de las expresiones.


si alguna vez nos vemos puede que te hable del estupor que me han causado tus palabras

Y en otra carta, del 5 de agosto de 1979, Lilienka me escribe:
«…pero dejemos eso ahora, si alguna vez nos vemos puede que te hable del estupor que me han causado tus palabras. ¿A qué aludes ahora, en la “nota sobre mí mismo” de tu libro…, cuando hablas de una madre que se suicidó “por desilusión y nostalgia”? ¿Algo no iba bien? Perdóname, estoy hurgando en la herida. En la herida de tu padre, que en paz descanse, y en especial en la tuya, e incluso en la mía. No sabes cuánto echo de menos a Fania, y sobre todo en los últimos tiempos. Me he quedado muy sola en mi pequeño y estrecho mundo. La añoro. También a otra amiga nuestra, Stefa, que dejó este mundo con dolores y sufrimientos en el año 1963… Era pediatra y su vida fue un desengaño tras otro, tal vez porque creía en los hombres. Stefa sencillamente se negaba a entender de lo que son capaces algunos hombres (por favor, no te lo tomes como algo personal). Las tres éramos muy amigas en los años treinta. Yo soy el último mohicano de todos los amigos y amigas de entonces. Intenté suicidarme dos veces, en el 71 y en el 73, pero no lo conseguí. No lo intentaré más… Aún no ha llegado el momento de hablar contigo de las cosas que atañen a tus padres…, han pasado muchos años…, no, aún no estoy preparada para expresar por escrito todo lo que quisiera. Y eso que antes sólo sabía expresarme por escrito. Tal vez nos veamos algún día, para entonces muchas cosas pueden haber cambiado… Por cierto, quiero que sepas que tu madre y yo, y otras chicas del grupo Hasho mer Hatzair de Rovno, considerábamos a la pequeña burguesía lo peor que podía haber en el mundo. Todas procedíamos de casas así. Tu madre nunca fue “de derechas”…, sólo cuando entró a formar parte de la familia Klausner simuló que era uno de ellos: en casa del “tío Yosef” estaban siempre todos los periódicos, excepto Davar. El más fanático de todos era el hermano Betzalel Elitzedek, ese hombre tan amable cuya esposa cuidó del profesor cuando éste enviudó. De todos ellos, sólo a tu abuelo Alexander, que en paz descanse, le tenía yo cariño…».

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad


Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

El 4 de agosto, ya reparada la galeota y bastante leña y agua embarcadas

El 4 de agosto, ya reparada la galeota y bastante leña y agua embarcadas como para satisfacer a don Álvaro —aunque el piloto principal exigía más—, se les comunicó a los altos oficiales que al día siguiente se levaría anclas; pero esto debía mantenerse secreto ante sus hombres hasta último momento. No obstante, la noticia se filtró y las tropas se lanzaron frenéticas a sus placeres finales, sin retroceder ante la violación, la sodomía y otras atrocidades, hasta que fueron convocados y confinados a bordo. Al amanecer una partida fue enviada a la cima de la colina de tres picos, para erigir allí tres cruces de madera que fueran visibles desde el mar. Debían grabar otra cruz en la corteza tierna de un árbol, junto con el año, el día y el nombre de nuestros cuatro barcos; pero don Lorenzo, a quien se le había encomendado la tarea, omitió al Santa Ysabel de la inscripción por causa del odio que experimentaba hacia el almirante.
Al regresar, un tal Miguel Cierva, colonizador soltero que había perdido en el juego todo lo que poseía y estaba profundamente empeñado por una profusa emisión de pagarés, se separó subrepticiamente de la partida y nunca más se lo volvió a ver. Era herrero de oficio y hombre de cierta piedad. Su deserción parece haber sido impremeditada —porque sólo llevaba consigo su arcabuz, pólvora y una bala—, súbito acto de desesperación del que se arrepentiría noche y día a partir del momento en que se encontrara solo. A menudo me he preguntado qué habrá sido de él después de nuestra partida: si los nativos tomarían en él venganza por nuestras injurias; y en el caso de que no lo hubieran dañado, si encontraría metal para ejercer su oficio; y qué les enseñaría a los nativos; y, sobre todo, cómo se las compondría para vivir sin el consuelo de la religión.
No bien la partida de don Lorenzo estuvo de regreso, nos hicimos en seguida a la mar. Los aldeanos estaban alineados en las playas mirándonos en silencio, sin saber si no tendríamos intención de volver, porque nada les habíamos comunicado al respecto. Yo me sentía profundamente avergonzado por todo lo que se había hecho y por lo que se había dejado de hacer, y esa noche volqué el amargo contenido de mi corazón ante el piloto principal.
—Sí —me dijo él—, si fuera español también yo me avergonzaría, como en las Indias Orientales me avergoncé de ser portugués. En los años por venir, cuando otros barcos lleguen a estas islas, les será imposible contar con una bienvenida amistosa, y el mensaje del amor de Dios que podría haberse comunicado a oídos dispuestos, será rechazado con desprecio y odio. Que los doctores en teología decidan quién es mayor pecador: el que permite el crimen, el que lo comete o el que le da la espalda cuando está en su poder prevenirlo. Pero de una cosa estoy seguro: que para los cuellos de los que han pecado contra estos inocentes hay preparada una muela que los hundirá hasta el fondo insondable del abismo.
Según yo lo creo, si el general hubiera tenido firme control de las tropas desde un principio, no habría habido necesidad de derramar sangre y podríamos haber hecho un noble uso de nuestra estadía, tanto en relación con nuestros intereses, como en relación con los de Dios. Pero don Álvaro cerró los ojos y se tapó los oídos ante el asesinato, y el vicario sostenía que como reanudaríamos el viaje no bien la galeota estuviera reparada, no debía emprender la conversión de los isleños en absoluto. De acuerdo con su experiencia en el interior del Perú, declaraba, impartir los rudimentos de la doctrina cristiana a los indios salvajes y seguir luego de largo, era mucho peor que dejarlos librados a la ignorancia: pues mezclaban la verdadera fe con sus propias creencias fomentando así nuevas herejías blasfemas y, al no tener sacerdote a quien recurrir, se extraviaban como ovejas sin pastor. No pretendo contradecir al padre Juan, que era hombre de muchos conocimientos además de muy piadoso; pero lamento que gentes tan bondadosas quedaran libradas a la ligera a su error.

Robert Graves
Las islas de la imprudencia


Graves se centra en esta ocasión en la expedición encabezada por Álvaro de Mendaña (cuyo propósito era descubrir Australia y colonizar las islas de los Mares del Sur) y en el hallazgo de las islas Marquesas y las Salomón. Al margen de la pugna entre la armada británica y la española, uno de los temas mejor reflejados en la novela es la audacia y valentía de los hombres de mar de la época, y lo que singulariza esta expedición es que, a la muerte de Mendaña, quien se hizo cargo de la expedición fue una mujer extraordinaria que apenas ha dejado huella en la historia, Ysabel de Barreto. De nuevo, Graves ha recuperado un episodio oculto de la historia que sobre todo deleitará al lector español.

Cuando el proyecto de fuga parecía diluirse en una difusa preocupación, ha llegado el indulto y la orden de traslado.

3 de agosto
Cuando el proyecto de fuga parecía diluirse en una difusa preocupación, ha llegado el indulto y la orden de traslado. Para todos. Se ha decretado la movilización general. Parece que la guerra es inevitable. El 31 de julio cayó el fortín Boquerón en poder de una poderosa fuerza operativa del enemigo. Quiñónez nos leyó el parte del Comando, captado en Concepción. Esta vez no se trata de una simple escaramuza. Evidentemente, la irrupción boliviana cierra sus dispositivos para cortar el río Paraguay, nuestro vulnerable espinazo de agua. Si llegan a tener su control, podrán doblar en dos al país y metérselo en el bolsillo.
Nos mandan al Chaco. Allá seremos más útiles que aquí. Las previsiones del Zurdo se están cumpliendo. Pero también las de los otros. Así que las divergencias se han superado de golpe. Ya no hay discusiones políticas. Colorados, liberales y apolíticos están en paz. Guerreristas y antiguerreristas. Todos de acuerdo, eufóricos, como si realmente hubiéramos recuperado la libertad. Hasta han vuelto a dirigirme la palabra. Quiñónez nos trata de nuevo como a camaradas.

Augusto Roa Bastos
Hijo de hombre


A través de la voz vertebradora de Miguel Vera, la novela Hijo de hombre despliega ante el lector las vivencias de una serie de personajes que sufren, aman, anhelan la libertad y se muestran solidarios durante el difícil y violento período de la historia de Paraguay que se inicia con la independencia del país y que tiene su punto final en la Guerra del Chaco, conflicto en el que Augusto Roa Bastos participó entre 1932 y 1935, y a causa del cual aborrecía toda expresión de violencia. La quintaesencia de Roa Bastos, un consumado autor de cuentos, se encuentra en Hijo de hombre, una obra fundacional que, aunque está concebida como una novela, fundamenta su estructura en nueve historias distintas que se desarrollan a lo largo de tres generaciones, separadas en el tiempo, pero a la vez interconectadas entre sí.
Con esta narración, el autor paraguayo se erigió por primera vez en portavoz de su país y de sus gentes para defender su condición humana, su religión, sus lenguas y su cultura popular.
«Con procedimientos distintos a los del historiador o cronista, Roa Bastos ha trazado un inmenso fresco de la intrahistoria de su patria, gracias al conjunto total de su peculiar literatura».

TRINIDAD BARRERA LÓPEZ

El 2 de agosto era la movilización general, y el 4, la Guerra

Eran periodistas, gacetilleros, publicistas, columnistas, directores de periódicos que jamás se veían en puestos ni quioscos, reporteros, «échotiers», gente de levita, gente de trajes raídos, gente de sombrero hongo, gente de gorra, hombres de estoque en bastón, monóculo manchado de yema de huevo —supuestos especialistas en política extranjera que, de América, sólo conocían el cóndor de los Hijos del Capitán Grant, el último mohicano, La Perichole, y El Choclo, tango argentino que era el furor del día…—, quienes venían, a todas horas, «en busca de informaciones»… vagamente amenazantes, afirmando que se seguían recibiendo tremendas noticias de allá, que se sabía de una persecución desatada contra estudiantes y periodistas, de la amenaza que pesaba sobre muchos intereses europeos, y, sobre todo, sobre todo, del raro, rarísimo suicidio de Monsieur Garcin —antiguo cayenero, de acuerdo, pero francés al fin— cuyo cuerpo había sido hallado, hacía poco, colgado de una excavadora inservible, a unos kilómetros de Nueva Córdoba. Detrás de Le Petit Journal, cuya venta sufría una gran merma en esos días, se presentaba L’Excelsior, recordando insidiosamente que en sus páginas los documentos gráficos aparecían con excepcional claridad; detrás de Le Cri de Paris aparecía La Libre Parole, y, de mayores a menores, de diarios de chantaje a revistas de escándalo, llegábase a las hojas de provincia —Bajos Pirineos, Alpes Marítimos, ecos del Norte, faros de Armórica, libelos marselleses…— en un cotidiano desfile de pérfidos sablistas, a quienes había que acallar en lenguaje de guarismos, con magnífica asistencia de la Momia. Ahí la tenían, fotografiada en todos sus ángulos; ahí tenían al Abuelo de América que, según fuese la fantasía del redactor, cargaba con una edad de dos mil, tres mil, cuatro mil años —la pieza más antigua del Continente, cuya presencia hacía retroceder vertiginosamente los comienzos de su Historia. Elogios de nuestras instituciones científicas; elogios del Primer Magistrado, autor del sensacional hallazgo; agradecimiento por haber hecho tan valioso obsequio a un museo de París. Pero la Momia no llegaba. Embarcada en un carguero sueco para ser bajada en Cherburgo, había ido a dar, por error, al puerto de Gotemburgo, a donde iba a buscarla, ahora, el Cholo Mendoza… Y, mientras tanto, siempre insaciados, siempre amenazantes, los reporteros seguían acudiendo a la Rue de Tilsitt «en busca de noticias». —«No puedo más; no puedo más» —había gritado el Primer Magistrado, después de recibir la visita de una redactora de Lisezmoi Bleu—: «¡Estos cabrones me van a dejar sin una locha, sin un fierro, sin una puya! ¡Que digan lo que quieran, pero no les doy un céntimo más!». Pero seguía dando y dando, aunque la Momia, de tanto haber sido mostrada en foto, descrita, comparada con otras momias —las del Louvre, las del British Museum…— no daba ya materia para nuevos artículos. Buscando nuevos temas, estudiaba Peralta los casos de apariciones de la Virgen en el mundo, para relacionarlos con nuestro culto a la Divina Pastora —tema este que podía interesar a los lectores de publicaciones católicas… Y en ese desconcierto se estaba cuando sonó el pistoletazo de Sarajevo, seguido de los disparos que, en el Café du Croissant, mataron a Jaurès. —«¡Gracias a Dios que por fin ocurre algo en este puñetero continente!» —dijo el Primer Magistrado. El 2 de agosto era la movilización general, y el 4, la Guerra… —«Que no entre un periodista más en esta casa» —dijo el Presidente a Sylvestre. —«Ahora podremos descansar» —dijo el Doctor Peralta… Y aquella noche volvió el Primer Magistrado a sus recorridos de antes. Fue, con su secretario, al BoisCharbons de Monsieur Musard, al 25 de la Rue SainteApolline —Aux glaces—, a la casa de las colegialas inglesas y las hermanitas de San Vicente de Paul. En todas partes se hablaba de lo mismo. Unos decían que la guerra sería breve y que pronto llegarían los ejércitos franceses a Berlín. Otros decían que sería una guerra larga, dolorosa, tremenda. —«¡Macanas!» —decía el Presidente—: «La última guerra, por haber sido la última guerra clásica, fue la Franco-Prusiana del 70.» Un eminente economista inglés había demostrado recientemente («y pueden conseguir su libro en la Edición Nelson …») que ninguna nación civilizada estaba en condiciones de soportar los costos de una contienda prolongada. Las armas modernas eran demasiado caras; no había país que pudiese hacer frente a los gastos de mantenimiento de ejércitos que ahora sumarían millones de hombres. Además, lo decía el Estado Mayor Francés: «Tres meses, tres batallas, tres victorias»… En eso llegó Ofelia de Salzburgo, vía Suiza, embarazada del Papageno de La flauta mágica. La habían clavado así, tontamente, una noche en que, por mucho beber, se había olvidado de usar el diafragma que siempre llevaba en la cartera para casos imprevistos —así, tontamente, estúpidamente, agarrada a la centauresa, en una casita rodeada de pinos del Kapuzinnersberg. Venía furiosa; furiosa por tener que ir a largar eso a otra parte, ya que los estúpidos médicos de acá, por más que se les pagara, se negaban a hacer ese tipo de intervención; furiosa por lo de Le Matin, que había tenido resonancia en periódicos de Alemania y de Austria, con una caricatura en el Simplississimus de Munich, donde el Primer Magistrado había sido representado, con ancho sombrero a la mexicana, canana terciada, panza de millonario y habano en el colmillo, disparando sobre una campesina arrodillada: Ultima Ratio Regum, rezaba la leyenda… «¡Como siempre, te measte fuera del perol!» —gritaba la Infanta—: «¡Levita de macaco no oculta el rabo! ¡Si mataste a tantos, también pudiste tronar al fotógrafo!». —«¡Ya se lo cargaron!». —«¡Valiente cosa! ¡Cuando la cosa no tenía remedio! ¡Menos mal que balacearon al Archiduque ese! ¡Tal vez con lo de ahora se olvidarán de tus imbecilidades! Porque todo el mundo nos vuelve las espaldas. Estamos hundidos. Metidos en la mierda hasta aquí» (esto, llevándose un dedo a la frente)… El Primer Magistrado sacó su brazo derecho del cabestrillo de seda. Le volvía el movimiento; ya la articulación del codo no lo hacía sufrir. Casi podía palpar nuevamente la culata de su pistola… Dejando a Ofelia en sus gritos y pataleos (debía haberse tomado unos wiskies de más en el coche-comedor del tren), salió a comer con el Doctor Peralta a un sótano próximo a la Gare Saint-Lazare donde, en tabla acompañada de jarros de vino, podían probarse ochenta variedades de quesos —entre ellos uno, de cabra, veteado de yerbas aromáticas, cuyo recio sabor le recordaba el de las cuajadas de páramos andinos.

Alejo Carpentier
El recurso del método


El recurso del método es una obra compleja, escrita en un lenguaje suntuoso, montada sobre un monólogo, que en su momento tuvo una acogida muy entusiasta por parte del público y la crítica, como lo demuestran sus numerosas ediciones, que ya pasan de treinta sin contar los idiomas extranjeros. La mayoría de los críticos reconoció que era un logro apreciable, una novela histórica y política entre cuyas virtudes estaban la paródica autenticidad del mundo narrado, la actualidad de su propuesta y su nivel de experimentación formal. El título de la novela hace alusión al pensamiento cartesiano. Esta es una de las obras cumbres del subgénero narrativo que podría denominarse «novela de dictador», suma o amalgama de varios dictadores de América Latina, como el cubano Machado, el guatemalteco Estrada Cabrera, el mexicano Porfirio Díaz o el venezolano Guzmán Blanco, el personaje central de la trama es soez y aparentemente ilustrado, corrupto, incapaz y de bajísimo vuelo histórico, es una de las creaciones más memorables del autor y un emblema perfecto de una figura histórica que aún hoy hace sentir su peso en Latinoamérica.

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