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Ciclamor (8) - La quinta de Landor

La quinta de Landor. Para formar pareja con «La posesión de Arnheim»
Esta espléndida descripción de una pequeña y hermosa casa de campo está impregnada de un poético elemento autobiográfico. Se sitúa en una parte del país que Poe conocía bien, pues vivió, durante su estancia en la Universidad de Virginia (1826), en medio del escenario que inspiró a tantos y tantos artistas de la Hudson River School. En el verano de 1848 habría realizado un viaje a través de uno o dos de los condados a orillas del río. Su intención, según parece, era la de escribir una suerte de crónica que, esperaba, fuese publicada por su editora de Pennsylvania, Eli Bowen. La casa del relato no es otra, entonces, que la que el propio autor habitó junto a su madre y su esposa en 1826, aunque ligeramente idealizada al servicio de su pluma.
La idea germinal de «La quinta de Landor» surge como secuela de «La posesión de Arnheim» y empieza a tomar forma en octubre de 1848. En enero de 1849, en una carta dirigida a su amiga, la señora de Charles Richmond —a quien llama «Annie»—, deja constancia de que terminó el relato «no hace mucho». El texto, pues, tenía que editarse en el número de marzo del American Metropolitan Magazine, pero el cierre de la publicación en febrero retrasó la aparición de la narración, que, a la postre, sería la última que el escritor vería impresa en vida.
En el párrafo final de «La quinta», tal y como fue publicada en primera instancia, Poe menciona que en su mente corría la idea de escribir una segunda parte. No obstante, es casi seguro que el autor no llegó a concebirla plenamente, aunque tuviera planes de hacerlo y hubiera recopilado información para ello.
Durante una excursión a pie que hice el verano último por uno o dos de los condados ribereños de Nueva York, me encontré, al declinar el día, algo desconcertado respecto a la ruta a seguir. La tierra era harto ondulante, y mi camino, desde hacía una hora, serpenteaba y serpenteaba tan intrincado en su esfuerzo por mantenerse dentro de los valles, que no sabía ya en qué dirección se enclavaba el lindo pueblo de B., donde había yo decidido detenerme para pasar la noche. Apenas había brillado el sol —hablando con propiedad— durante el día, desagradablemente caluroso. Una niebla humosa, parecida a la del verano indio, envolvía todas las cosas y aumentaba, por supuesto, mi incertidumbre. No es que me inquietase mucho el lance. Si no llegaba al pueblo antes de ponerse el sol o antes de oscurecer, era más que posible que apareciese pronto una pequeña granja holandesa, o algo por el estilo, aunque, en realidad, las cercanías (quizá por ser estas más pintorescas que fértiles) estuvieran despobladas a grandes trechos. En último caso, con mi mochila por almohada y mi podenco de centinela, vivaquear al aire libre era precisamente la cosa que más podría divertirme. Vagué, por tanto, bien a mis anchas —confiando mi escopeta a Ponto—, hasta que al fin, cuando me dedicaba a comprobar si alguno de los numerosos pequeños claros que se abrían aquí y allá eran efectivos senderos, uno de ellos me condujo a una indudable carretera pública. No cabía equivocación. Se hacían de todo punto visibles los rastros de unas ruedas ligeras, y aunque los altos arbustos y la maleza, con exceso crecida, se entrecruzaran en lo alto, no había obstáculo alguno abajo ni aun para el paso de una carreta de las montañas de Virginia, el vehículo más ambicioso en su clase que conozco. Sin embargo, aquella carretera, excepto en lo de estar abierta a través del bosque —si el de bosque no es un nombre demasiado importante para tan escasa reunión de árboles— y excepto en las señales evidentes de las rodadas, no tenía el menor parecido con ninguna de las que había yo visto antes. Las rodadas de que hablo eran solo apenas perceptibles, habiendo sido marcadas sobre una superficie compacta, aunque suavemente mojada y más semejante al terciopelo verde de Génova que a ninguna otra cosa. Era césped, sin duda, pero un césped como rara vez lo vemos fuera de Inglaterra, tan corto, tan espeso, tan liso y de un color tan intenso. Ni un solo obstáculo existía en la rodada, ni siquiera un trozo de leña o una ramita seca. Las piedras que antes obstruían la vía habían sido colocadas con cuidado —no tiradas— a lo largo de las cunetas, como para marcar sus límites en la zanja con una especie de precisión totalmente pintoresca, semiexacta y semidescuidada. Ramos de flores silvestres crecían en libertad, con exuberancia en los espacios intermedios.
Por mi parte ignoraba qué inferir de todo aquello, naturalmente. Había allí arte, sin duda, lo cual no me sorprendía, ya que todas las carreteras, en sentido ordinario, son obras de arte; no puedo decir que causara mucho asombro el simple exceso de arte manifestado: cuanto parecía haber sido hecho aquí, podía hacerse con los «recursos» naturales (como se dice en los libros sobre el paisaje de jardinería), con muy poco trabajo y gasto. No; no era la cantidad, sino el carácter del arte lo que me impulsó a tomar asiento sobre una de aquellas piedras floridas, para contemplar por un lado y por otro, durante media hora o más, con pasmada admiración, aquella avenida de aspecto mágico. Había algo que se iba evidenciando mejor a medida que yo miraba: un artista, y uno de los de ojos más delicados con respecto a la forma, había dirigido todos aquellos arreglos. Había puesto el mayor esmero en conservar un justo medio entre la elegancia y la gracia por una parte, y lo pintoresco, en el verdadero sentido del término italiano, por otra. Había allí pocas líneas rectas, e interrumpidas con frecuencia. El mismo efecto de curva o de color aparecía habitualmente duplicado, aunque rara vez; mas desde cualquier punto de vista, por doquiera se hallaba la variedad en la uniformidad. Era una pieza de «composición» en la que el gusto del crítico más descontentadizo hubiera indicado apenas una enmienda.
Al entrar en aquella carretera torcí a la derecha, y al levantarme continué en la misma dirección. El camino era tan sinuoso, que en ningún momento pude seguir su curso más de dos o tres pasos hacia delante. Su carácter no sufría ningún cambio material.
Ahora sonó gratamente en mis oídos un murmullo de agua, y pocos instantes después, cuando torcía yo por la carretera más bruscamente que antes, divisé una especie de casa situada al pie de una suave pendiente enfrentito de mí. No podía ver nada con claridad a causa de la niebla que ocupaba todo el pequeño valle de abajo. Se levantó una leve brisa, empero, cuando iba el sol a ponerse, y mientras yo permanecía en pie sobre la cumbre de la ladera, la niebla se disipó en espirales por grados, y flotó sobre el paisaje.
Cuando este se halló por entero ante mi vista —así, gradualmente, tal como lo describo: trozo a trozo, aquí un árbol, allí un resplandor de agua y de nuevo allá el remate de una chimenea—, no pude impedirme de imaginar que el conjunto era una de esas ingeniosas ilusiones que se exhiben con el nombre de «cuadros desvanecientes».
Entretanto, durante el rato que había tardado la niebla en desaparecer, el sol se había puesto detrás de las suaves colinas, y desde allí, como si hubiera hecho un ligero paso de balancé hacia el sur, volvió a mostrarse de lleno ante mi vista, refulgiendo con un brillo purpúreo a través de una grieta que se abrió en el valle desde el oeste. Así, repentinamente —como al conjuro de una varita mágica—, el valle entero y cada cosa con él se hicieron brillantemente visibles.
El propio coup d’œil,[269] cuando el sol se deslizó en la posición que he descrito, me impresionó mucho más que cuando, de niño, asistía yo a la escena final de algún espectáculo teatral bien ideado, o algún melodrama. Nada faltaba, ni siquiera la monstruosidad del color, pues la luz del sol brotaba de la grieta, toda teñida de naranja y de púrpura, mientras el intenso verde del césped en el valle se reflejaba más o menos sobre todos los objetos desde la cortina de vapor que seguía cerniéndose en lo alto, como si le costase trabajo abandonar en definitiva un cuadro tan encantadoramente bello.
El vallecillo, en el cual escudriñaba yo así por debajo de aquel dosel de niebla, no tenía más de cuatrocientas yardas de largo, en tanto que su anchura variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o quizá hasta doscientas. Era más estrecho en su extremidad norte y se ensanchaba al avanzar hacia el sur, pero sin mucha regularidad exacta. La parte más amplia era de unas noventa yardas en el extremo sur. Las laderas que circundaban el valle no hubieran podido ser llamadas con propiedad colinas, salvo por el lado norte. Allí se elevaba un reborde escarpado de granito a una altura de unos noventa pies, y como ya he dicho, no tenía el valle en aquel punto más de cincuenta pies de ancho; pero, cuando el visitante avanzaba desde aquel risco hacia el sur, encontraba a su derecha y a su izquierda declives menos altos, menos abruptos, menos rocosos. Todo, en una palabra, iba inclinándose y suavizándose hacia el sur, y aun así, el valle entero estaba rodeado de lomas más o menos elevadas, excepto en dos puntos. Ya he hablado de uno de ellos. Se hallaba muy hacia el norte y el oeste, allí donde el sol poniente, como he descrito antes, se abría camino en el anfiteatro a través de una recortada grieta natural abierta en el terraplén granítico; esta grieta tendría diez yardas de anchura en su parte más amplia, hasta donde la mirada podía penetrar. Parecía ascender como una calzada natural hacia los escondrijos de las montañas y de las selvas inexploradas. La otra abertura estaba situada directamente en el extremo sur del valle. Allí las laderas no eran en general más que suaves inclinaciones, extendiéndose de este a oeste y en una extensión aproximada de ciento cincuenta yardas. A la mitad de aquel espacio había una depresión cuyo nivel era el ordinario del suelo del valle. En lo tocante a vegetación, así como respecto a las demás cosas, el paisaje descendía y se suavizaba hacia el sur. Al norte, sobre el precipicio escabroso, a unos pasos del borde, se alzaban los magníficos troncos de los nogales americanos, nogales negros y castaños, entremezclados con algunos robles, y las recias ramas laterales, proyectadas por los nogales principales, se extendían sobre el borde del risco. Avanzando hacia el sur, el explorador veía al principio la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados y con menos carácter de Salvator; luego divisaba el olmo apacible, al que sucedían el sasafrás y el curbaril, y después el suave tilo, el ciclamor, la catalpa, el arce, seguidos de unas variedades cada vez más graciosas y modestas. Toda la superficie de la ladera sur estaba cubierta solo de arbustos silvestres, salvo algún sauce plateado o algún álamo blanco. En el fondo del valle mismo (pues debe recordarse que la vegetación mencionada hasta aquí crecía únicamente sobre las rocas o las laderas de las colinas) se veían tres árboles aislados. Uno era un olmo de buena altura y exquisita forma. Se alzaba vigilando la puerta sur del valle. Otro era un nogal americano mucho más grueso que el olmo, aunque los dos eran muy hermosos: parecía estar encargado de custodiar la entrada del noroeste, surgiendo de un grupo de rocas en la propia boca del barranco, proyectando su gracioso cuerpo en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados. Sin embargo, a unas treinta yardas al este de dicho árbol se alzaba la gloria del valle y sin disputa el árbol más magnífico que había yo visto nunca, a excepción acaso de los cipreses del Itchiatuckanee. Era un tulípero de triple tronco —el Liriodendron tulipifera—, del orden natural de los magnolios. Sus tres troncos se separaban del tronco padre a tres pies, aproximadamente, del suelo, y apartándose de manera muy leve y gradual no estaban espaciados más de cuatro pies en el punto donde el tronco más ancho se extendía en follaje, es decir, a una altura como de ochenta pies. La altura total del tronco principal era de ciento veinte pies. Nada puede superar en belleza la forma y el color verde lustroso, intenso, de las hojas del tulípero. En el caso presente tendrían esas hojas sus buenas ocho pulgadas de ancho, pero su gloria quedaba totalmente eclipsada por el fastuoso esplendor de la profusa floración. ¡Figuraos, en tupido ramillete, un millón de los mayores y más resplandecientes tulipanes! Solo así podrá el lector hacerse una idea del cuadro que quisiera describirle. Y añádase a ello la gracia firme de los puros y finamente veteados troncos como columnas, el más grueso de los cuales tenía cuatro pies de diámetro, a veinte de la tierra. Los innumerables ramos de flores, mezclándose con los de otros árboles apenas menos bellos, aunque muchísimo menos majestuosos, llenaban el valle de aromas más exquisitos que los perfumes de Arabia.
El suelo general del anfiteatro era de césped, de la misma clase que el que había yo encontrado en la carretera, y si acaso, de más deliciosa suavidad aún, más espeso, aterciopelado y milagrosamente verde. Era difícil concebir cómo se había podido alcanzar toda aquella belleza.
He hablado ya de dos aberturas en el valle. De la situada al noroeste partía un arroyuelo que descendía a lo largo del barranco, con un suave murmullo y una ligera espuma, hasta estrellarse contra el grupo de rocas junto a las cuales se alzaba el nogal americano aislado. Allí, después de circundar el árbol, se dirigía un poco hacia el nordeste, dejando el tulípero a unos veinte pies al sur, y no teniendo otra alteración en su curso hasta llegar cerca de la mitad del camino entre los linderos este y oeste del valle. En aquel punto, después de una serie de revueltas, torcía en ángulo recto y seguía por lo general en dirección sur, serpenteando a veces, hasta desembocar al fin en un pequeño lago de forma irregular (aunque toscamente ovalada) que se extendía refulgente cerca del extremo inferior del valle. Este pequeño lago tenía tal vez un centenar de yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal hubiera podido ser más límpido que sus aguas. Su fondo, que se veía con claridad, estaba formado todo él con guijarros de una fulgurante blancura. Sus orillas, revestidas de ese césped esmeralda ya descrito, redondeadas más bien que cortadas en terraplén, se hundían en el claro cielo de debajo; y tan claro era aquel cielo, y reflejaba a veces tan a la perfección todos los objetos de encima, que era muy difícil determinar dónde terminaba la efectiva orilla y dónde comenzaba la reflejada. Las truchas, y otras variedades de peces de que aquella laguna parecía materialmente repleta, tenían todo el aspecto de verdaderos peces voladores. Era casi imposible creer que no estuviesen suspendidos por entero en el aire. Una ligera canoa de abedul que reposaba, plácida, sobre el agua, reflejaba en ella sus fibras más pequeñas con una fidelidad no superada por el espejo más a conciencia bruñido. Una islita grata y risueña, con sus flores en plena lozanía —en la que había el espacio suficiente para contener una casita pintoresca, semejante a una pajarera—, se elevaba sobre el lago no lejos de la orilla norte, con la cual estaba unida por medio de un puente que, aunque muy primitivo, parecía inconcebiblemente ligero. Estaba formado por una sola tabla ancha y gruesa de madera de tulípero. Tenía esta cuarenta pies de larga, y abarcaba el espacio entre orilla y orilla con un arco reducido, pero perceptible, que prevenía toda oscilación. Del extremo sur del lago salía una continuación del arroyuelo que, después de serpentear treinta yardas quizá, pasaba al cabo por la «depresión» (ya descrita) en la mitad de la pendiente sur, y cayendo por un escarpado precipicio de un centenar de pies, se abría su tortuoso e inadvertido camino hacia el Hudson.
El lago tenía en algunos sitios treinta pies de profundidad; pero el arroyuelo rara vez pasaba de los tres, y su mayor anchura era de ocho, aproximadamente. Su fondo y orillas eran como las de la laguna, y si existía un defecto que se le pudiera achacar desde el punto de vista de lo pintoresco, era su excesiva limpieza.
La extensión del verde césped estaba realzada aquí y allá por algún brillante arbusto, tal como la hortensia, la bola de nieve común o la siringa aromática, o más a menudo, por un grupo de geranios de numerosas variedades en magnífica floración. Crecían estos últimos en tiestos cuidadosamente sepultados en la tierra, de modo a darles la apariencia de plantas indígenas. Además de todo ello, moteaba de un modo exquisito con sus ovejas el terciopelo del césped un rebaño considerable que vagaba por el valle en compañía de tres gamos domesticados y de un gran número de patos de brillante plumaje. Un enorme mastín parecía estar vigilando a todos aquellos animales, sin excepción.
A lo largo de las colinas del este y del oeste —donde, hacia la parte superior del anfiteatro, eran más o menos escarpados los linderos— crecía la hiedra en gran profusión, de tal modo, que solo podía vislumbrarse algún trecho de la desnuda roca. De igual manera, el precipicio del norte estaba casi por entero revestido de viñas de una rara exuberancia; algunas brotaban del suelo en la base de la roca, y otras, de los bordes de la superficie.
La ligera elevación que formaba el lindero inferior de aquel pequeño dominio estaba coronada por un muro de piedra lisa, de una altura suficiente para impedir que los gamos se escaparan. No se observaba ninguna clase de barrera por otra parte, pues en ninguna otra parte era necesario un cercado artificial: si alguna oveja perdida, por ejemplo, hubiese intentado salir del valle por el barranco, habría encontrado interrumpido su avance, después de unas cuantas yardas, por el saliente escarpado de la roca desde donde se desplomaba la cascada que atrajo al principio mi atención cuando me acerqué a la finca.
En resumen, las únicas entradas o salidas se hacían por una puerta que ocupaba un paso rocoso en la carretera, a algunas yardas por debajo del punto en el cual me había detenido para reconocer el paisaje.
Como ya he descrito, el arroyo serpenteaba con mucha irregularidad a lo largo de todo su curso. Sus dos direcciones generales, conforme he dicho, eran al principio de oeste a este, y luego de norte a sur. En la revuelta, la corriente huía hacia atrás, haciendo una curva casi circular, de modo a formar una península que era muy parecida a una isla, y que encerraba la sexta parte de un acre. Sobre aquella península se elevaba una casa habitable, y al decir que aquella casa, como la terraza infernal que vio Vathek, «était d’une architecture inconnue dans les annales de la terre»,[270] quiero dar a entender simplemente que su tout ensemble[271] me impresionó por el más agudo sentimiento de novedad y de limpieza —en una palabra, de poesía— (pues me sería difícil emplear otros términos que estos precisamente, para dar una definición más rigurosa de poesía en abstracto), y no quiero decir en modo alguno que se distinguiese bajo ningún aspecto solo por poseer un carácter outré.[272]
En realidad, nada podía ser más sencillo, más sin pretensiones en absoluto que aquella quinta. Su maravilloso efecto consistía por completo en su artística disposición, que era como la de un cuadro. Hubiese yo podido imaginar, mientras la miraba, que algún eminente paisajista la había construido con su pincel.
El punto de vista desde donde había yo contemplado el valle al principio no era ni por asomo, aunque se acercara, el mejor para examinar la casa. La describiré, por tanto, tal como la vi después, situándome sobre el muro de piedra en el extremo sur del anfiteatro.
El edificio principal tenía veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho, o cosa así, y de seguro, no más. Su altura total, desde el suelo hasta el ápice del tejado, no excedía de dieciocho pies. Al extremo oeste de aquella construcción se unía otra, una tercera parte menor en todas sus proporciones: la línea de su fachada retrocedía unas dos yardas de la fachada de la mayor, y la línea de su tejado estaba, naturalmente, mucho más baja que la del tejado contiguo. Haciendo ángulo recto con aquellos edificios, y más atrás del principal —no con exactitud en la mitad— se extendía un tercer cuerpo, muy pequeño, y en general, una tercera parte menor que el ala oeste. Los tejados de los dos mayores eran muy inclinados, describiendo desde la parhilera una larga curva cóncava y superando en cuatro pies los muros de la fachada, de modo a formar los tejados de dos galerías. Estos tejados últimos no necesitaban, por supuesto, soportes; pero como tenían el aire de necesitarlos, unos ligeros y muy bien pulidos pilares habían sido adaptados a ellos solo en las esquinas. El tejado del ala norte era simple prolongación de una parte del tejado principal. Entre el edificio mayor y el ala oeste se elevaba una altísima y muy esbelta chimenea cuadrada de consistentes ladrillos holandeses, negros y rojos, alternados; la coronaba una ligera cornisa de ladrillos salientes. Sobre los caballetes se proyectaban los tejados también mucho: en el edificio principal el saliente era de unos cuatro pies hacia el este y de dos hacia el oeste. La puerta principal no estaba colocada con simetría en el cuerpo principal del edificio, pues se hallaba un poco al este, con las dos ventanas al oeste. Estas últimas no bajaban hasta el suelo, sino que eran mucho más largas y estrechas que de costumbre, tenían unas sencillas hojas parecidas a puertas y unos cristales en forma de rombos, pero muy anchos. La puerta misma era de vidrieras en su mitad superior, también de cristales en forma de rombos, con una hoja movible que la protegía durante la noche. La puerta del ala oeste estaba colocada en el muro lateral y tenía una sola ventana orientada hacia el sur. El ala norte no tenía puerta exterior, y también solo una ventana hacia el este.
El muro que sostenía el caballete oriental estaba realzado por una escalera (con balaustrada) que lo cruzaba en diagonal, con la subida hacia el sur. Bajo el techado del ancho alero saliente, aquellos escalones daban acceso a una puerta que conducía a las buhardillas, o más bien al desván, pues aquella parte no estaba iluminada más que por una sola ventana orientada hacia el norte, y parecía haber sido destinada a cuarto almacén.
Las piazzas del cuerpo principal y del ala oeste no estaban soladas, como es costumbre; pero ante las puertas y las ventanas, anchas losas de granito llanas e irregulares se encajaban en el delicioso césped, proporcionando en todo tiempo un cómodo piso. Excelentes pasos de la misma materia —no muy bien ajustados, sino que dejaban entre las piedras frecuentes espacios por los que salía el aterciopelado césped— conducían, aquí y allá, desde la casa, a una fuente de cristal, que manaba unos cinco pasos más lejos, a la carretera o a uno o dos pabellones situados al norte, más allá del arroyo, y completamente ocultos por algunos curbariles y catalpas.
A no más de seis pasos de la puerta principal de la quinta, se alzaba el tronco muerto de un fantástico peral, tan revestido desde la copa al pie por magníficas flores de bignonia, que exigía un minucioso examen el determinar qué especie de fenómeno podía ser aquello. De las diversas ramas de aquel árbol colgaban jaulas con diferentes clases de pájaros. En una, amplio cilindro de mimbre con un anillo en el remate, retozaba un sinsonte; en otra, una oropéndola; en una tercera, el descarado gorrión de los arrozales, mientras tres o cuatro prisiones más delicadas resonaban agudamente con el canto de los canarios.
Los pilares de la piazza estaban enguirnaldados de jazmín y de madreselva, en tanto que del ángulo formado por el cuerpo principal y su ala oeste, enfrente, brotaba una parra de una exuberancia sin igual.
Despreciando toda contención, había trepado primero hasta el tejado inferior y luego hacia el superior, y a lo largo del borde de este último seguía retorciéndose, lanzando sus zarcillos a derecha y a izquierda, hasta alcanzar el caballete del este, dejándose caer y arrastrándose sobre la escalera.
Toda la vivienda, con sus alas, estaba construida, conforme a la vieja moda holandesa, con alfarjías anchas y no redondeadas en los cantos. Este material posee la peculiaridad de dar a las casas el aspecto de ser más anchas en la base que en el remate, a la manera de la arquitectura egipcia, y en el caso presente, aquel efecto sumamente pintoresco estaba ayudado por numerosos tiestos de flores que circundaban casi la base de los edificios.
Las alfarjías estaban pintadas de un gris oscuro, y un artista puede imaginar sin esfuerzo hasta qué punto se fundía aquel tono neutro a maravilla con el verde vivo de las hojas de los tulíperos que sombreaban parcialmente la quinta.
Desde el sitio próximo al muro de piedra, como he descrito ya, se veían los edificios con gran facilidad —pues el ángulo sudeste se proyectaba hacia delante—; de modo que la mirada captaba enseguida la totalidad de las dos fachadas con el pintoresco caballete del este, y al mismo tiempo tenía la plural visión del ala norte, de una parte de un lindo tejado del invernadero, y casi de la mitad de un ligero puente que se arqueaba sobre el arroyo en la proximidad de los edificios principales.
No permanecí mucho tiempo sobre la cumbre de la colina, aunque sí el suficiente para contemplar por completo el paisaje a mis pies. Era evidente que me había apartado de la carretera del pueblo, y tenía así una buena disculpa de viajero para abrir la puerta frente a mí y preguntar mi camino, en todo caso; por lo cual, sin más rodeos, avancé.
Después de franquear la puerta, la carretera parecía extenderse sobre un reborde natural que iba descendiendo a lo largo de la pared noroeste de las rocas. Me condujo al pie del precipicio norte, y luego al puente, y bordeando el caballete del este, a la puerta de la fachada. En mi marcha observé que no se podían ver los pabellones.
Cuando torcía la esquina del caballete, el mastín saltó hacia mí, silenciosamente amenazador, con los ojos y todo el aspecto de un tigre. Le alargué mi mano, sin embargo, en prueba de amistad, y no he conocido nunca perro más sensible a aquel llamamiento hecho a su cortesía. No solo cerró su boca y meneó su rabo, sino que me ofreció de veras su pata, después de haber extendido también sus afabilidades a Ponto.
Como no vi campanilla alguna, golpeé con mi bastón sobre la puerta, que estaba entornada. Inmediatamente avanzó una figura hacia el umbral, una joven de unos veintiocho años de edad, delgada o más bien ligera, y de una estatura superior a la mediana. Cuando se acercaba con cierta modesta decisión, con su paso de todo punto indescriptible, me dije a mí mismo: «He encontrado, de seguro, la perfección de lo natural, en oposición a la gracia artificial». La segunda impresión que me hizo, aun siendo la más viva de las dos, fue una impresión de entusiasmo. No había penetrado nunca en el fondo de mi corazón hasta entonces una impresión novelesca tan intensa, si es que puede llamarse así, o de tal espiritualidad como la que brillaba en sus ojos muy hundidos. No sé cómo sucede esto; pero esa peculiar expresión de ojos que a veces se apodera de los labios es el hechizo más poderoso, si no el único, que capta mi atención hacia una mujer. «Novelesca», con tal que mis lectores comprendan a fondo lo que quisiera encerrar en esa palabra; «novelesca» y «femenina» me parecen términos recíprocos, y, después de todo, lo que el hombre ama verdaderamente en la mujer es su «femineidad». Los ojos de Annie[273] (oí que alguien, desde el interior, la llamaba su «¡querida Annie!») eran de un «gris espiritual»; su cabello, de un castaño claro: esto fue todo lo que tuve tiempo de observar de ella.
Ante su muy cortés invitación, entré, pasando primero por un vestíbulo bastante espacioso. Habiendo venido especialmente para observar, noté que a mi derecha, al entrar, había una ventana parecida a las de la fachada de la casa; a la izquierda, una puerta conduciendo a la estancia principal, mientras enfrente de mí otra puerta abierta me permitió ver una pequeña habitación, del mismo tamaño que el vestíbulo, arreglada para gabinete de trabajo y con una ancha ventana saliente que daba al norte.
Al pasar a la sala de confianza, me encontré con mister Landor, que tal era su nombre, como supe después; se mostraba afable, incluso cordial en sus maneras; pero precisamente en aquel momento estaba yo más atento a observar el decorado de la casa, que tanto me había interesado, que el aspecto personal del morador.
El ala norte, lo vi entonces, era un dormitorio; su puerta abierta conducía a la sala de confianza. Al oeste de esta puerta se veía una ventana sencilla que miraba al arroyo. En el extremo oeste de esta sala de confianza había una chimenea y una puerta que daba acceso al ala oeste, donde, al parecer, se encontraba la cocina.
No puede haber nada más rigurosamente sencillo que el mobiliario de la sala de confianza. Cubría el suelo una alfombra de nudo de excelente tejido, con un fondo blanco sembrado de figuritas verdes, circulares. Las cortinas de las ventanas eran de muselina de chaconada blanca, bastante anchas, y cayendo en pliegues paralelos hasta el suelo, hasta el mismo suelo. Los muros estaban tendidos con un papel francés de gran finura, de fondo plateado, que tenía una tira de un verde pálido corriendo en zigzag sobre él. Lo realzaban en toda su superficie no más de tres exquisitas litografías de Lulien à trois crayons,[274] colgadas en la pared, sin marcos. Uno de estos dibujos representaba una escena de riqueza o más bien de voluptuosidad oriental; otra era una «escena de carnaval» de un brío incomparable; el tercero era una cabeza de mujer griega, un rostro tan divinamente bello, y, sin embargo, con una expresión de vaguedad tan provocativa como nunca había atraído mi atención.
Los muebles más importantes consistían en una mesa redonda, unas cuantas sillas (incluyendo entre ellas una mecedora) y un sofá, o más bien un canapé de madera de arce lisa, pintada de un blanco crema, con un ligero fileteado verde, y el asiento de bejuco. Las sillas y la mesa «hacían juego»; pero las formas de todas habían sido, evidentemente, trazadas por el mismo cerebro que planeó el trazado de «los terrenos»: imposible concebir nada más gracioso.
Sobre una mesa había unos cuantos libros; un ancho y cuadrado frasco de cristal contenía algún nuevo perfume; una lámpara lisa, de vidrio esmerilado, astral (no solar), con una pantalla italiana, y un búcaro grande lleno de flores espléndidamente lozanas. En realidad, las flores, de magníficos colores, formaban el solo decorado de la estancia. La chimenea estaba casi repleta por un florero con brillantes geranios. Sobre una rinconera triangular, colocada en cada esquina de la habitación, había también un florero semejante, que solo se diferenciaba de los otros en su delicioso contenido. Uno o dos bouquets más pequeños adornaban la repisa de la chimenea, y unas violetas recién cogidas se apiñaban sobre las ventanas abiertas.
Este trabajo no tiene otro objeto que dar con detalle una descripción de la residencia de mister Landor tal como la encontré.
[Trad. de Julio Gómez de la Serna]

Edgar Allan Poe, Cuentos completos, Penguin Clásicos,

Edgar Allan Poe llevó a cabo lo que ningún escritor había logrado antes: liberar las terribles imágenes que atesora el subconsciente para dejarlas caminar entre sus páginas. Abanderado de la novela gótica y precursor del relato detectivesco y de la ciencia ficción, sus historias llevan el suspense y el desasosiego hasta una perfección nunca alcanzada y quizá jamás alcanzable de nuevo.
Cuentos completos reúne un total de setenta piezas, de las cuales siete eran inéditas hasta ahora en castellano. Thomas Ollive Mabbot, máxima figura en el estudio de la obra de Poe, firma la esclarecedora introducción. Asimismo, a cada relato corresponde una sucinta nota editorial, anexos que completamos, cerrando el tomo, con los prefacios que el propio autor compuso para Tales of the Folio Club y Tales of the Grotesque and Arabesque y los escritos de su coetáneo y principal valedor europeo, Charles Baudelaire.

Me encontraba ahora al fin de mis viajes, y en poco tiempo había logrado reunir mi nueva fortuna, ya que las letras de cambio que traje conmigo me fueron pagadas inmediatamente.

Mi viaje por Francia no ofreció nada de extraordinario, sino esas incidencias que otros viajeros han narrado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Fui de Tolosa a París, y luego de breve plazo me trasladé a Calais, donde felizmente hice la travesía hasta Dover, llegando a destino el 14 de enero, después de haber sufrido los rigores de una muy fría estación.
Me encontraba ahora al fin de mis viajes, y en poco tiempo había logrado reunir mi nueva fortuna, ya que las letras de cambio que traje conmigo me fueron pagadas inmediatamente.
Mi principal y mejor consejero era la anciana viuda que, llena de agradecimiento por el dinero que le había enviado, no reparaba en fatigas ni preocupaciones por serme útil. Tanta confianza depositaba yo en ella, que me sentía absolutamente tranquilo por la seguridad de mis bienes, ya que la intachable integridad de aquella excelente mujer se conservó invariable desde el principio hasta el fin.
Pensé, pues, en dejar mi fortuna al cuidado de la anciana y volverme a Lisboa, de donde podría embarcarme rumbo al Brasil. Un escrúpulo religioso se presentó sin embargo en mis pensamientos; había dudado alguna vez sobre la religión romana mientras estuve fuera de mi patria, y especialmente en la soledad de la isla, pero sabía bien que no existía posibilidad de llegar al Brasil y mucho menos de establecerme en él si no me resolvía antes a abrazar sin reserva alguna la religión católica, salvo que, dispuesto a sobrellevarlo todo por mis principios, me convirtiera en un mártir religioso y muriera en la Inquisición. Me resolví por lo tanto a quedarme en mi tierra y, de serme posible llevarlo a cabo ventajosamente, vender mi propiedad.
A tal fin escribí a mi viejo amigo de Lisboa, que me contestó diciéndome que le sería fácil realizar la venta, pero que le parecía conveniente pedir mi venia para ofrecer la plantación en mi nombre a los dos comerciantes, herederos de mis antiguos apoderados, que vivían en el Brasil y eran naturalmente buenos conocedores del valor de esas tierras; por otra parte, aquellos dos hombres eran riquísimos, de manera que él confiaba que les placería adquirir la propiedad, por la cual pensaba que podría yo obtener unas cuatro mil o cinco mil piezas de a ocho.
Le contesté concediéndole la autorización para hacer la oferta, y unos ocho meses más tarde, cuando volvió el navío, recibí una carta informándome que la venta había sido aceptada y que los comerciantes remitían treinta y tres mil piezas de a ocho a un corresponsal de Lisboa para que me pagara el valor de la plantación.
Firmé entonces el documento de venta que me enviaba de Lisboa, y lo envié al capitán, que me devolvió letras de cambio por treinta y dos mil ochocientas piezas de a ocho reservando una renta de cien moidores anuales para él mientras viviera, y de cincuenta para su hijo, tal como yo se lo prometiera y que le serían entregadas del producto de la plantación según se estipuló.
Y así he narrado la primera parte de una vida aventurera, una vida señalada por la Providencia y de una diversidad tan extraordinaria como pocas podría mostrar el mundo; principiando alocadamente para terminar con una felicidad a la que ninguno de los acontecimientos anteriores me daba derecho a esperar.
Cualquiera pensaría que encontrándome de tal modo favorecido por la fortuna estaba muy lejos de correr nuevos azares, y en realidad así hubiera sido a no mediar ciertas circunstancias. En primer término estaba yo habituado a una existencia errante, no tenía familia ni muchas relaciones, y aunque rico no me sentía mayormente vinculado. Cierto que había vendido mi plantación del Brasil, pero no me era posible olvidar ese país y a cada instante sentía el deseo de lanzarme otra vez a viajar. Especialmente me costaba resistir a la tentación de ver de nuevo mi isla y saber si los pobres españoles habían logrado llegar a ella y cómo los trataban los tres pícaros que dejé en tierra.
Mi excelente amiga la viuda me disuadió con todas sus fuerzas de la empresa, y tanto calor puso en sus argumentos que logró impedir durante siete años que me embarcara, tiempo en el cual tomé a mi cargo a mis dos sobrinos, hijos de mi difunto hermano. Al mayor, que poseía algunos bienes, lo eduqué como a un caballero y agregué una buena cantidad a sus rentas para que recibiera esa fortuna después de mi muerte. Al segundo lo puse al cuidado de un capitán de navío y cuando cinco años más tarde vi que era un sensato, valiente y emprendedor muchacho, le confié un barco y lo envié al mar. Este mismo muchacho fue el que más tarde me envolvió, viejo como yo estaba, en nuevas aventuras.
Entretanto me radiqué allí, principiando por contraer matrimonio muy ventajosamente; de esa unión nacieron tres hijos, dos varones y una niña, pero mi esposa falleció más tarde, y cuando mi sobrino llegó a casa después de un afortunado viaje a España, mi inclinación aventurera sumada a sus requerimientos pudieron más que la prudencia y me llevaron a emprender viaje a bordo de su barco, en carácter de comerciante particular con destino a las Indias Orientales. Esto sucedía en el año 1694.

Daniel Defoe
Robinson Crusoe
Penguin Clásicos

Robinson Crusoe naufraga y acaba en una isla desierta. Allí tendrá que hacer uso de su inteligencia y perspicacia para defenderse de los peligros que esconde el lugar, deshabitado solo en apariencia. Publicada en 1719, está considerado uno de los clásicos más leídos de todos los tiempos, y en rigor, se trata de la primera de las grandes novelas inglesas, un texto fundacional. Además de un libro de aventuras, lleno de inolvidables personajes, Robinson Crusoe es una de las primeras reflexiones narrativas sobre la soledad, la sociedad y las relaciones humanas.
La presente edición, traducción de Julio Cortázar, incorpora una detallada cronología, además de una introducción a cargo de John Richetti, catedrático emérito A. M. Rosenthal de lengua inglesa en la Universidad de Pensilvania y uno de los más reconocidos especialistas en la literatura del siglo XVIII. Entre sus numerosos estudios cabe destacar The Life of Daniel Defoe (2005).

Luego descubrí una tumba grande y señorial, un verdadero mausoleo de vastas proporciones. Sobre la losa solo se leía una palabra: DRÁCULA

DIARIO DE MINA HARKER. 
5 de noviembre, por la mañana. Quiero anotar con fidelidad todos los detalles porque, aunque juntos hayamos visto cosas espantosas e increíbles, tal vez pueda llegar a pensar que estoy loco, que los muchos horrores y la prolongada tensión han acabado por desquiciarme del todo.
Mina está aún dormida. No logré despertarla ni siquiera para comer. Empiezo a temer que el fatal sortilegio del lugar la mantenga encantada, contaminada como está con la sangre del vampiro. Mientras avanzábamos me dormí a mi vez. Al despertar, avergonzado de mi debilidad, hallé a Mina durmiendo todavía y el sol en el horizonte. Desperté a la pobre muchacha y traté de hipnotizarla. Inútil: era demasiado tarde. Desenganché los caballos y encendí un fuego. Preparé la comida, pero Mina se negó a comer, asegurando que no tenía apetito. No insistí, sabiendo que era inútil. Después, temiendo lo que puede suceder, tracé un círculo a nuestro alrededor y dispuse sobre el mismo varios trozos de hostia, distribuyéndola de forma que nos preservase por todas partes. Mina permaneció sentada, pálida como una muerta, casi lívida. No pronunció una sola palabra. Cuando me acerqué a ella, se asió del brazo. La pobre temblaba de pies a cabeza, de una forma que me dio pena.
Se mostraba muy inquieta.
—¿No quiere aproximarse al fuego? —le pregunté.
Se levantó obediente, pero al dar un paso se detuvo como herida por el rayo.
—¿Por qué se para? —la interrogué.
Sacudiendo la cabeza, volvió sobre sus pasos y se sentó en su sitio.
—¡No puedo! —repuso luego, como despertando de un sueño.
Me alegré, pues así comprobé que tampoco aquellos que tememos podrán acercarse a nosotros. ¡Aunque el cuerpo de Mina corra peligro, su alma aún está a salvo!
Al poco rato, los caballos comenzaron a dar muestras de inquietud. Durante la noche tuve que calmarlos varias veces, acariciándolos. La nieve empezó a caer en copos finísimos. Estaba algo asustado, pero de pronto me sentí seguro dentro del círculo. Imaginé que mis temores eran producto de la oscuridad de la noche, de la inquietud y la terrible ansiedad experimentada durante el día. Me turbaban los recuerdos de las espantosas experiencias que Jonathan había sufrido. Los copos de nieve y la neblina empezaron a arremolinarse y hasta creí divisar a las tres malditas jóvenes que le besaron. Cuando aquellas fantásticas figuras se aproximaron, temí por Mina. Al ir hacia el fuego para alimentarlo y reavivarlo, la joven me cogió del brazo, y me suplicó en voz baja:
—¡No, no salga del círculo! ¡Aquí está seguro!
Me volví hacia ella.
—¿Y usted? —repliqué, mirándola fijamente—. ¡Por quien temo es por usted, querida Mina!
Ella se echó a reír tristemente.
—¿Teme por mí? ¿Por qué? En el mundo, no hay nadie más a salvo de ellos que yo.
Estaba meditando sobre el oscuro sentido de sus palabras cuando una ráfaga de aire avivó las llamas y pude ver la roja señal de su frente. Entonces lo comprendí todo. Las vagas fi guras empezaron a materializarse hasta que vi ante mí a las tres mujeres que Jonathan había visto también cuando pretendieron besar su garganta en el castillo de Drácula. Sonreían a la pobre Mina, y cuando sus risas profanas quebraron el silencio de la noche, entrelazaron los brazos y la señalaron. Entonces, con ese tono dulzón que Jonathan calificó de enloquecedor e impuro, exclamaron:
—¡Ven, ven, hermana nuestra! ¡Ven con nosotras!
Temeroso, me volví hacia Mina. Mi corazón dio un salto de alegría. El terror que leí en su mirada llenó de esperanza mi ánimo. ¡Gracias a Dios, aún no era una de ellas! Cogí un leño y, tendiendo un trozo de hostia, avancé hacia las tres mujeres. Retrocedieron, aunque sin dejar de reír. Oh, sí, mientras poseyéramos tales armas no podrían aproximarse a nosotros. Los caballos habían cesado de gemir y relinchar y estaban tumbados en el suelo, en tanto la nieve, cayéndoles encima, los convertía en un montículo blanco. Así permanecieron hasta el amanecer.
Al empezar a clarear, las horribles figuras se desvanecieron. No obstante, temía moverme. Por fin, fui a examinar los caballos. Están todos muertos.
Me aguarda una tarea abrumadora. Cuando el sol haya salido por completo me dedicaré a ella. Con el desayuno recobraré las energías; luego, iré a cumplir la terrible misión. Mina duerme tranquila.
DIARIO DE JONATHAN HARKER
4 de noviembre, por la tarde. El accidente de la lancha constituyó un tremendo percance. De no ser por ese contratiempo, habríamos alcanzado la barcaza del conde y Mina estaría ya fuera de peligro. Hemos adquirido caballos y seguimos el rastro de Drácula. Anoto esto mientras Arthur se prepara. ¡Ah, si Quincey y Seward estuviesen con nosotros! ¡No nos queda más remedio que conservar las esperanzas de nuestro triunfo! No escribo más. Arthur está dispuesto. ¡Adiós, Mina! ¡Que Dios te bendiga y te proteja!
DIARIO DEL DOCTOR SEWARD
5 de noviembre. Al despuntar el día divisamos el grupo de zíngaros, que se alejaban del río a toda prisa, conduciendo su carreta. La nieve cae suavemente. En el aire reina una extraña tensión. A lo lejos, oigo los aullidos de los lobos. Por lo visto, la nieve los ahuyenta de las montañas. Cabalgamos, lo sé, hacia la muerte de alguno de nosotros. Solo Dios sabe de quién.
MEMORÁNDUM DEL DOCTOR VAN HELSING
5 de noviembre, por la tarde. Por lo menos, aún conservo la razón. No estoy loco. Doy gracias a Dios por esa merced, aunque la prueba ha sido aterradora. Tras dejar a Mina durmiendo dentro del círculo sagrado, me dirigí al castillo. Recordando el diario de Jonathan, fui a la vieja capilla. Era allí donde tenía que realizar mi misión. El ambiente era opresivo y tuve la impresión de estar envuelto en humo o gases sulfurosos que me aturdían. A mis oídos llegaban los terribles y lúgubres aullidos de los lobos. Pensé entonces en Mina, porque los lobos constituían un peligro para ella, pues ellos sí podían cruzar el círculo que la protegía de los vampiros. Decidí concentrarme en mi trabajo y resignarme a la voluntad de Dios. ¡Era preferible que fuese devorada por los lobos a que descansara en la tumba del vampiro!
Sabía que hallaría al menos tres tumbas ocupadas. Registrando sin cesar, y después de arrancar los postigos de las ventanas a fin de asegurarme la salida, encontré una de ellas. En ella yacía una mujer, sumida en su sueño de vampiro, tan rebosante de vida y de voluptuosa belleza que me estremecí como si fuese a cometer un asesinato. ¡Ah, no dudo que en tiempos pretéritos, cuando existían tales horrores, a muchos hombres que partieron a ejecutar un trabajo como el mío les fallara el corazón y los nervios! ¡Y entonces quedaba allí otra víctima más en la guarida del vampiro, que engrosaba las pavorosas, crueles y fúnebres filas de los nomuertos!
Sin duda, debe de existir alguna fascinación poderosa, cuando me conmovió de tal modo la presencia de aquel vampiro femenino, que yacía en su tumba, corroída por el tiempo y cubierta del polvo de los siglos, aunque apestando con el nauseabundo olor característico de los refugios del conde. A pesar de mi entereza, del firme propósito que me animaba y del odio que experimentaba, me conmoví y vacilé.
Quizá la falta de sueño y la extraña opresión del aire empezaba a afectarme. Lo cierto es que me dormía, que me rendía al sueño, a pesar de tener los ojos abiertos. Pero, de pronto, a través del aire aquietado por la nieve, llegó hasta mis oídos un gemido, largo y débil, de angustia, que me despertó como el toque de un clarín. Era la voz de Mina implorando clemencia.
Realicé entonces un esfuerzo supremo y empecé mi horrible empresa, arrancando la losa de la tumba de otra de las hermanas, también morena. No me atreví a detenerme a contemplarla, sino que seguí buscando hasta que al poco rato hallé otra tumba más grande, la de otra rubia. Era tan hermosa, tenía una belleza tan radiante y voluptuosa, que el instinto me hizo vacilar, lleno de emoción. Pero, gracias a Dios, aquel sollozo de Mina todavía no se había extinguido en mis oídos; y, antes de que el encanto pudiese dominarme, hice otro esfuerzo sobrehumano para concluir mi labor. Había ya registrado todas las tumbas de la capilla, y como la noche anterior solo vimos tres fantasmas en torno a nuestra hoguera, supuse que no existían más. Luego descubrí una tumba grande y señorial, un verdadero mausoleo de vastas proporciones. Sobre la losa solo se leía una palabra: DRÁCULA

Bram Stoker
Drácula
Penguin Clásicos

Jonathan Harker viaja a Transilvania para cerrar un negocio inmobiliario con un misterioso conde que acaba de comprar varias propiedades en Londres. Después de un viaje plagado de ominosas señales, Harker es recogido en el paso de Borgo por un siniestro carruaje que lo llevará, acunado por el canto de los lobos, a un castillo en ruinas. Tal es el inquietante principio de una novela magistral que alumbró uno de los mitos más populares y poderosos de todos los tiempos: Drácula.
La presente edición incluye una detallada cronología y el prefacio del reputado catedrático y crítico Christopher Frayling, donde se analiza la figura de Stoker y las circunstancias que propiciaron la creación de Drácula. Asimismo, la perspicaz introducción a cargo del especialista Maurice Hindle reflexiona sobre los aspectos más polémicos en torno al origen del prototipo vampírico.

¡En cuestiones de amor soy asquerosamente pragmático!

Se ha dicho que procrear no es tan difícil; solo hace falta que dos se pongan a ello; pues bien, no, tienen que ser tres; un hombre, una mujer y Dios entre ellos. Si el pensamiento de Dios es ajeno a su éxtasis, harán un niño, pero no harán un hombre.
George Sand, Histoire de ma vie
No basta, hijo mío, con ablandarse como un pedazo de buey en el caldo del sentimentalismo, hay que pasar a la acción.
¡En cuestiones de amor soy asquerosamente pragmático!
Adolphe Gaiffe, Corsaire, 7 de septiembre de 1852
Unas caricias que hubieran hecho saltar hasta el firmamento a todos los seminaristas de la Tierra.
Raymond Brucker, Mensonge, p. 430
Es menester que la enemistad social se oceanice en la copa de la anarquía, pues la necesidad de verdad está en el fondo del vaso y hay que beber hasta la última gota antes de poder llegar a ese sedimento tan necesario.
Colins
La siega es el desenlace del drama agrícola.
Auguste Desplaces
Me parece que esta noche tengo en mí el alma de Napoleón que me inspira y me manda grandes cosas: en la rue du Coq he comprado un sombrero.
Gérard de Nerval, «Aurelia o el sueño de la vida»,
 Revue de Paris, 15 de febrero de 1855

Epígrafe para encabezar esta colección:
He aquí a estos hombres soberbios,
unos sobre los otros tumbados;
así palpitan entre las hierbas
los peces que se han pescado.
Ponsard, poema de Homero, Revue de Paris,
 15 de diciembre de 1854


Gustave Flaubert
Bouvard y Pécuchet
Penguin Clásicos


Los mejores libros jamás escritos. Verdadera enciclopedia de la estupidez humana y retrato sangrante y bilioso de la burguesía en estado puro, Bouvard y Pécuchet inaugura de algún modo la literatura del siglo XX. La más entretenida e hilarante farsa filosófica de la historia, novela póstuma (1881) y quijotesco testamento de Gustave Flaubert, nos cuenta las andanzas de Bouvard y Pécuchet, dos almas gemelas reunidas por el azar. Una herencia y el sueño de un retiro contemplativo donde cultivar la sabiduría harán que se abismen en todas las áreas del conocimiento humano de la jardinería al teatro, de la medicina a la religión, para encontrar en todas ellas solo escepticismo y desazón.
Firma la espléndida introducción Jordi Llovet, sutil conocedor de todo lo que rodea al ermitaño de Croisset, y también reúne aquí, dándole a su edición un carácter único, los materiales que preparó el propio Flaubert para la segunda parte (inacabada) de la novela: el «Estupidiario», el «Diccionario de ideas corrientes» o la imposible colección de citas, entre otros textos.
«¡Pensándolo bien, es una buena idea! ¡Dios mío, pues sí! ¿Por qué no?»



Por primera vez, ese año se festejó el 15 de agosto, día del nacimiento del primer cónsul

Por primera vez, ese año se festejó el 15 de agosto, día del nacimiento del primer cónsul, y ese aniversario eclipsó a todos los demás. Entre los escritos que llenaron las columnas de Le Moniteur había uno firmado por un gobernador de las costas de Francia encaradas a Inglaterra que se dirigía a Bonaparte asegurándole que Dios se había tomado un descanso después de crearlo. En fin, la bajeza minaba, cada día, todos los fundamentos de la dignidad humana. Se repartieron trajes a todos los empleados, desde los ujieres hasta los cónsules. Los miembros del Instituto llevaban atuendos bordados con ramas de olivo y, mientras que en Inglaterra ni los propios oficiales visten el uniforme más que en el regimiento, todos y cada uno de los subalternos lucía entonces en Francia un pequeño hilo de oro o de plata para distinguirse de los simples ciudadanos. Todos estos actos de vanidad en manos de un solo hombre preparaban el despotismo bajo la máscara de la monarquía, pues entonces la República ya no existía y la voz de los hombres ilustrados se reducía a pedir una monarquía limitada. Pero esta era todavía más incompatible con el carácter de Bonaparte que el ideal de los revolucionarios, pues prefería correr el riesgo de que le oprimieran antes que renunciar a la oportunidad de convertirse en opresor.

Madame de Staël
Diez años de destierro
Penguin Clásicos


«Las desgracias sufridas, por mucha amargura que me hayan causado, son poca cosa al lado de los desastres públicos de los que hoy somos testigos».
Escritas durante el destierro que Napoleón Bonaparte impuso a la autora, estas memorias registran con acuidad, ironía y elegancia los vaivenes sociales, políticos y militares de Europa durante el ascenso y apogeo del emperador francés. Diez años de destierro constituye, pues, una confesión íntima, sincera, hiriente e irónica, un retrato pormenorizado y muy personal de personajes, lugares y acontecimientos históricos de primer orden.
Abre el volumen la introducción de las docentes e investigadoras Julieta Yelin y Laia Quílez, quienes firman también la traducción y el minucioso aparato de notas que la acompaña. A modo de apéndice, además, se incluye el retrato literario que hizo Sainte-Beuve de la autora. Así, la presente edición permite el acercamiento a una autora con la que empezó a gestarse el Romanticismo, que, a la postre, había de calar hasta lo más hondo de la cultura occidental.

opino que los escoceses harían bien, por su propio interés, en adoptar la pronunciación y los modismos ingleses, sobre todo si pretenden hacer fortuna en el sur de Inglaterra

Para el doctor LEWIS
Sería muy ingrato, querido Lewis, si no me sintiera dispuesto a pensar y hablar favorablemente de esta gente, entre quienes he encontrado más amabilidad, hospitalidad y diversiones racionales en unas semanas que en ningún otro país donde haya estado a lo largo de mi vida. Tal vez la gratitud suscitada por esos beneficios interfiera con la imparcialidad de mis observaciones, pues el hombre es tan proclive a dejarse influenciar por las atenciones personales como a dejarse llevar por la aversión personal. Si soy parcial, al menos mi conversión de unos prejuicios poco generosos que habían arraigado profundamente en mi carácter no carecerá del todo de mérito.
Las primeras impresiones que un inglés recibe en este país no contribuyen a eliminar sus prejuicios, porque compara todo lo que ve con los mismos artículos en su propia tierra y dicha comparación de sus características exteriores es desfavorable para Escocia, igual que lo es la apariencia del campo en lo que se refiere a sus cultivos, el aspecto de la gente y el lenguaje empleado en general en la conversación. De todos modos, no me he dejado convencer por los argumentos del señor Lismahago y opino que los escoceses harían bien, por su propio interés, en adoptar la pronunciación y los modismos ingleses, sobre todo si pretenden hacer fortuna en el sur de Inglaterra. Sé por experiencia lo mucho que se dejan influenciar por el oído los ingleses y lo fácil que es que se burlen al oír su idioma hablado con acento extranjero o provinciano. He visto a un miembro de la Cámara de los Comunes hablar con gran energía y precisión, sin lograr atraer la atención de nadie porque hacía sus observaciones en dialecto escocés, que (con todo el respeto por el señor Lismahago) sin duda otorga un aire ridículo incluso a los sentimientos más dignos y decorosos. He expuesto mi opinión al respecto a varios de los hombres más sensatos del país, observando al mismo tiempo que, si contrataran a algunos ingleses para enseñar la pronunciación de nuestra lengua vernácula, en veinte años no habría la menor diferencia entre el dialecto de los jóvenes de Edimburgo y los de Londres.
Las normas civiles de este reino y esta metrópolis se basan en modelos muy distintos a los ingleses, a excepción de ciertas instituciones concretas y a consecuencia del Acta de Unión. Su Colegio de Justicia es un tribunal de gran dignidad formado por jueces hábiles y competentes. He asistido a algunas sesiones de ese venerable tribunal y he disfrutado con los alegatos de los abogados, que no carecían ni de retórica ni de argumentación. La legislación escocesa se funda en gran medida en la ley civil y, en consecuencia, sus procedimientos difieren de los de los tribunales ingleses; pero creo que nos llevan ventaja en su forma de interrogar a los testigos, y en la constitución de sus jurados, con la que ciertamente evitan los males de los que hablé en mi última carta a propósito de las observaciones de Lismahago.
La universidad de Edimburgo tiene excelentes profesores en todas las ciencias; y la facultad de medicina, en particular, es famosa en toda Europa. Los estudiantes de esta disciplina tienen las mejores oportunidades de aprenderla a la perfección, en todas sus ramas, pues hay diferentes cursos sobre teoría y práctica de la medicina, de anatomía, química, botánica y materia médica, aparte de matemáticas y filosofía experimental, y todos los imparten hombres de talento reconocido. La ventaja de poder asistir al hospital, que es la mejor fundación benéfica de esa naturaleza que he visto nunca, contribuye a que esa parte de la educación sea aún más completa. Y, ya que hablamos de instituciones benéficas, hay varios hospitales, muy bien dotados y mantenidos con normas admirables, que resultan no solo útiles sino ornamentales para la ciudad. Entre ellos, os hablaré tan solo del hospicio general, en el que los pobres que no tienen otro medio de subsistencia pueden trabajar según sus diferentes habilidades con tan buen juicio y eficacia que casi se mantienen a sí mismos con su trabajo y no se ve un mendigo en toda la ciudad. El ejemplo de este tipo de instituciones lo dio Glasgow hace unos treinta años. Incluso en la iglesia de Escocia, a la que tanto se le ha reprochado su fanatismo y su fervor, abundan los pastores celebrados por su erudición y respetados por su moderación. He oído sus sermones con tanta sorpresa como placer. El buen pueblo de Edimburgo ya no cree que el polvo y las telarañas sean esenciales en la casa del Señor. Algunas iglesias han admitido adornos que habrían animado a la sedición, incluso en Inglaterra, hace menos de un siglo, y un profesor de la catedral de Durham practica y enseña la salmodia. Dentro de pocos años, no me sorprendería oírla acompañada de música de órgano.
En Edimburgo el genio está constantemente en ebullición. He tenido la buena fortuna de conocer a muchos autores de primer orden, pues eso es lo que son los dos Humes, Robertson, Smith, Wallace, Blair, Ferguson, Wilkie y compañía, y su conversación me ha parecido tan agradable como instructivos y entretenidos son sus escritos. Todos estos encuentros se los debo a la amistad del doctor Carlyle, a quien solo le falta la inclinación a aparecer con los demás en letra impresa. La alcaldía de Edimburgo se renueva cada año por elección, y parece estar muy adaptada a su cargo, tanto en lo tocante a su distinción como a su autoridad. El lord provost se corresponde en dignidad al lord mayor de Londres; y los cuatro bailíos equivalen al rango de concejal. Hay un decano del gremio, que se ocupa de los asuntos mercantiles, un tesorero y un escribano municipal. El consejo está formado por diáconos que se renuevan uno por año de forma rotativa, como representantes de cada uno de los gremios de artífices y artesanos. Aunque esta ciudad, debido a su peculiar ubicación, no puede ser ni muy cómoda ni muy limpia, tiene una majestuosidad que inspira respeto. El castillo es un ejemplo de lo sublime tanto por el lugar que ocupa como por su arquitectura. Sus fortificaciones se conservan en buen estado y hay una guarnición de soldados que se releva cada año, aunque hoy sería incapaz de soportar un asedio con las técnicas de la guerra moderna. La colina del castillo, que se extiende desde la puerta exterior hasta el extremo de la calle Mayor, se emplea como paseo público para los ciudadanos y desde ella se domina una vista tan amplia como deleitosa de todo el condado de Fife al otro lado del estuario y a lo largo de toda la costa que está tachonada de una sucesión de ciudades, que parecen indicio de una intensa actividad comercial, aunque, si hemos de decir la verdad, dichas ciudades llevan en decadencia desde la unión, que privó en gran parte a los escoceses de su comercio con Francia. El palacio de Holyrood es una joya arquitectónica, incrustada en una hondonada donde casi no se ve, ubicación que ciertamente no escogió el ingenioso arquitecto, quien sin duda tuvo que ceñirse al lugar donde estaba el antiguo palacio, que antes fue un convento. Edimburgo se extiende mucho por el lado sur, donde hay varias placitas elegantes construidas al estilo inglés, y los ciudadanos han proyectado otras mejoras en el norte, que, cuando se lleven a cabo, contribuirán mucho a la belleza y comodidad de la ciudad.
El puerto marítimo está en Leith, un pueblo floreciente, a poco más de un kilómetro y medio de la ciudad, en cuya dársena he visto más de cien barcos atracados unos junto a otros. Debéis saber que tuve la curiosidad de cruzar el estuario en un barco de pasajeros y pasé dos días en Fife, donde crece muy bien el trigo y donde hay numerosas mansiones elegantes y muy bien amuebladas. En todos los sitios de Escocia donde he estado hay un número increíble de casas nobles. Dalkeith, Pinkie, Yester y la mansión de lord Hopton, todas a seis u ocho kilómetros de Edimburgo, son palacios principescos en los que cualquier soberano podría vivir a sus anchas. Supongo que los escoceses aprecian esos monumentos a su grandeza. Si se me permite mezclar la censura con mis observaciones sobre un pueblo al que venero, debo observar que su punto débil parece ser la vanidad. Temo que incluso su hospitalidad no esté del todo libre de ostentación. Me parece haber notado que se toman muchas molestias para exhibir sus manteles, que ciertamente tienen en abundancia, sus muebles, sus platos y su variedad de vinos, con los que hay que reconocer que son no solo generosos sino pródigos. Un ciudadano de Edimburgo, no contento con rivalizar con un ciudadano de Londres diez veces más rico que él, se ve obligado a superarlo en sus gastos y en la elegancia de sus recepciones.
Aunque las villas de la nobleza y los terratenientes locales tienen un aire majestuoso e imponente, creo que sus parques y jardines no resisten la comparación con los de Inglaterra; una circunstancia tanto más curiosa si se tiene en cuenta que, según me contó el ingenioso Philip Miller, de Chelsea, casi todos los jardineros del sur de Inglaterra son nativos de Escocia. El verdor de este país no es comparable al de Inglaterra. Los lugares de esparcimiento, en mi opinión, no están tan bien dispuestos de acuerdo con el genius loci, igual que los paseos, los senderos y los setos no están tan cuidados y ordenados. Los árboles se plantan en severas hileras que no producen un efecto tan natural como cuando están dispersos en grupos irregulares con claros entre sí; y los abetos, que se alzan en torno a sus casas, parecen sombríos y fúnebres en la estación estival. Debo reconocer, no obstante, que proporcionan una madera muy buena y protección contra el viento del norte, que crecen y prosperan en el suelo más estéril y que continuamente exhalan un fino perfume a resina que debe de hacer que el aire sea muy saludable para los pulmones delicados.
Tabby y yo nos llevamos un buen susto al regresar de la costa de Fife. Ella temió ahogarse, y yo resfriarme después de haberme empapado de agua marina; pero, por suerte, tanto mis temores como los suyos resultaron ser infundados. Ahora goza de un perfecto estado de salud y ojalá pudiera decir lo mismo de Liddy. Algo le pasa a esa pobre niña, está pálida, ha perdido el apetito y su ánimo desfallece. Parece triste y melancólica y a menudo la encuentro llorando. Su hermano sospecha que está inquieta por culpa de Wilson y jura venganza contra el aventurero. Por lo visto, le afectó mucho en el baile la súbita aparición de un tal señor Gordon, que se parece mucho al tal Wilson; pero yo sospecho más bien que debió de coger frío después de acalorarse bailando. He consultado al doctor Gregory, un eminente médico de carácter muy amable, que recomienda el aire de las Tierras Altas y el uso de suero de leche de cabra, que sin duda no puede sentarle mal a una paciente nacida y criada en las montañas galesas. La opinión del doctor no puede resultarme más agradable, pues encontraremos esos remedios en el mismo lugar que yo había escogido como último destino de nuestra expedición. Me refiero a la frontera de Argyle.
El señor Smollett, uno de los jueces del tribunal de sesiones, ha insistido amablemente en que nos alojemos en su casa de campo a orillas del loch Lomond, a unos veinte kilómetros de Glasgow. Dentro de dos días partiremos hacia esa ciudad y pasaremos de camino por Stirling, bien provistos de recomendaciones de nuestros amigos de Edimburgo, a quienes Dios sabe que me pesa mucho dejar. Estoy tan lejos de pensar que la vida aquí es desagradable, que, si tuviese que vivir en la ciudad, Edimburgo se convertiría sin duda en el cuartel general de
vuestro fiel amigo
Edr., 8 de agosto    
Matt. Bramble

Tobias Smollett
La expedición de Humphry Clinker
Penguin Clásicos


Matthew Bramble, misántropo enfermo de gota, viaja por Gran Bretaña en compañía de sus sobrinos, su hermana solterona y Humphry Clinker, su fiel criado. Bramble ve el mundo como un lugar lleno de ruido y degeneración, poblado por borrachos, vagos y delincuentes. La expedición de Humphry Clinker, construida a través de las cartas a seis personajes distintos, constituye una visión divertidísima y grotesca del reinado de Jorge III, el rey loco, además de una maravillosa lección narrativa.
A caballo entre la novela picaresca, el bildungsroman y el libro de viajes, La expedición de Humphry Clinker es la culminación y casi el testamento literario de Smollett, pues fue publicada en el año de su muerte. De la importancia de esta obra, cuya traducción firma aquí Miguel Temprano García, da cuenta en esta edición la introducción de Jeremy Lewis, miembro de la Royal Society of Literature.


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