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Esta mañana había una luz gris en las ventanas.

Martes, 21 de octubre de 1976
Michel Sommo
Tarnaz, 7
Jerusalén
Mi querido Michel:
Ha estado lloviendo desde anoche. Esta mañana había una luz gris en las ventanas. Y en el horizonte, repentinos rayos se dirigían hacia el mar en silencio, sin ningún trueno. Las palomas que arrullaban hasta ayer están hoy silenciosas, como aturdidas. El único sonido que atraviesa la lluvia es el ocasional ladrido de los perros. La gran casa permanece una vez más desierta y extinguida, con los vestíbulos, dormitorios, bodegas y desvanes entregados de nuevo a los viejos fantasmas. La vida se ha replegado a la cocina: Boaz encendió un agradable buen fuego allí esta mañana. Se sientan alrededor de este fuego, o se echan en los colchones, inactivos, adormilados: durante interminables horas han estado entristeciendo la desierta casa con la guitarra y sus apagadas canciones inacabables.
Boaz les domina casi sin palabras. Está sentado en un rincón de la cocina, con las piernas cruzadas, cosiendo sacos en silencio, envuelto en una capa de piel de cordero que se ha hecho él mismo. Ninguna tarea está por debajo de su dignidad. La semana pasada, como si sintiera la temprana aparición de la lluvia, deshollinó la chimenea y rellenó las grietas con cemento. Y hoy también yo he estado con ellos toda la mañana. Mientras tocaban la guitarra pelé patatas, batí la mantequilla, escabeché en vinagre, ajo y perejil unos gherkins[52]. Ataviada con un amplio traje negro bordado de beduina que me ha prestado una chica llamada Amy, con la cabeza enfundada en una pañoleta a cuadros, como una campesina polaca de mi infancia. Y los pies descalzos, como ellos.
Ahora son las dos de la tarde. He terminado mi trabajo en la cocina y he ido a la habitación abandonada donde Yifat y yo estuvimos al principio, antes de que enviaras por ella y la alejaras de mi lado. He encendido la estufa de queroseno y me he sentado a escribirte estas páginas. Espero que con toda esta lluvia Yifat y tú hayáis puesto una estera de paja en el suelo. Que te hayas acordado de ponerle braguitas de plástico debajo de los pantalones de franela. Que hayas preparado huevos fritos para los dos y quitado la nata de la leche. Y que tú y ella estéis construyendo un avión para la muñeca que llora de verdad o atacando la otomana donde guardamos la ropa de cama en busca del dragón alado. Luego le prepararás el baño, harás pompas de jabón con ella, os peinaréis mutuamente el cabello, le pondrás un pijama de abrigo y cantarás para ella La novia del Sabbath. Refunfuñará por entre los dedos de la mano y tú la besarás y dirás: «Pequeña Señorita Vaciavasos-Meterruido, ahora prohibido levantarse de la cama». Y encenderás la televisión, y con el periódico de la tarde en el regazo verás las noticias en árabe y luego una comedia y las noticias en hebreo y un reportaje sobre la naturaleza y una obra de teatro y «Lectura de hoy de las Escrituras» y tal vez te duermas con los calcetines puestos delante del televisor. Sin mí. Yo soy la pecadora y tú tienes que pronunciar la sentencia. ¿No se la has confiado a tu cuñada? ¿A tu prima y su esposo? ¿No has trazado una línea debajo de ella y comenzado una nueva vida? ¿O tal vez tu sorprendente familia te ha encontrado ya pareja, una criatura piadosa, dócil, regordeta, con la cabeza cubierta y gruesas medias de lana? ¿Una viuda? ¿O divorciada? ¿Has vendido nuestro apartamento y te has ido a vivir a tu querida Kiryat Arba? Silencio. Yo no debo saberlo. Cruel Michel. Pobre Michel. Tus peludas manos oscuras tantean por la noche por entre los pliegues de las sábanas en busca de mi cuerpo que no está allí. Tus labios buscan mi pecho en un sueño. No me olvidarás.
Un olor indefinido, sensual, penetra del exterior. Es el olor de las gotas de lluvia al tocar la pesada tierra abrasada por el sol a lo largo de todo el verano. Un rumor atraviesa las hojas de los árboles del jardín. Hay nubes en las arboladas colinas del lado este. Esta carta no tiene sentido: no la leerás. Y si lo haces, no me contestarás. O contestarás por mediación de tu hermano, quien me exigirá de nuevo, insistentemente, que deje de atormentarte y me aparte de una vez por todas de tu vida, que he convertido en un infierno. Y escribirá que por mis malas acciones he perdido todo derecho sobre la niña, y que hay justicia divina y un Juez y el mundo no es un desierto moral.
Pronto pasará ante mi ventana una chica agachándose bajo la lluvia, con un trozo de lona cubriéndole la cabeza y los hombros. Sandra o Amy o Cindy, estarán dando de comer a los animales. Los perros la seguirán. Mientras, nada, aparte de cortinas de lluvia en la ventana. No se filtra del exterior más sonido que los susurros conspiradores de los pinos y las palmeras y el roce del empapado viento. Tampoco viene sonido alguno del interior, ya que la música y las canciones han cesado en la cocina. Un reguero de agua baja por el tobogán que Boaz le construyó a Yifat. Y desde arriba llega hasta mí el eco de sus rítmicas pisadas. El golpeteo del bastón que su hijo le hizo. Con extrañas zancadas mide una y otra vez los tres metros vacíos que median entre la pared y la puerta de su nuevo rincón en el ático. Hace tres semanas dijo a Boaz de repente que sacara el carillón de botellas y trasladara todas sus cosas al antiguo dormitorio de su madre. En la desnuda pared, llena de desconchados, encontró un clavo oxidado en el que colgó los restos de las sandalias de ella, que había excavado de debajo de un tablón suelto en el ala. En un baúl del sótano descubrió su fotografía color sepia, descolorida por manchas de humedad. Y se la colocó en su mesa, aunque sin los candelabros y las flores artificiales con que su padre solía rodear esa misma fotografía en la antigua biblioteca.
Y ahora nos mira con su soñadora mirada rusa, las trenzas ciñéndole el apenado semblante como una guirnalda, y la sombra de una desmayada sonrisa planeando tal vez por sus labios. Alec le habla con hosca voz infantil, como un niño malcriado que no goza de un momento de contento. Y no está en mi mano el calmarle. Lo que intento decir es que yo también me he trasladado aquí. Sólo para cuidar de él por la noche: a veces se despierta lleno de pánico. Se sienta en la cama y empieza a mascullar órdenes vagas, como si continuara su pesadilla. Y yo me apresuro a levantarme del colchón que he colocado a los pies de su cama, darle a beber una infusión de hierbas del termo, meterle un par de píldoras entre los labios y cogerle las manos hasta que se queda de nuevo dormido y empieza un ronquido entrecortado y doloroso.
¿Resplandece de celos tu rostro? ¿Se te oscurece la mirada por el odio? No me arrojes una piedra. En algún lugar de uno de tus libros sagrados debe estar escrito que estoy cumpliendo un mandamiento. O quizá llevando a cabo un acto de piedad. ¿No abrirás para mí aquellas puertas del arrepentimiento? Cada mañana le afeito con su maquinilla eléctrica de pilas. Peino los cabellos que le restan. Lo visto, le pongo los zapatos y ato los cordones, y luego le ayudo con cuidado a sentarse a su mesa. Le pongo un babero y le doy un huevo pasado por agua y un yogur con una cuchara. O una papilla de copos de maíz. Le limpio la barbilla y la boca. A la hora del día en que te acabas el café, doblas el periódico de la mañana, y desde los pies de la cuna haces una imitación perfecta del cacareo del gallo y dices: «Bonjour, señorita Sommo, levántese, renueve su juventud como un león al servicio del Creador». ¿Y si pregunta por mí? ¿Me he ido muy lejos? ¿Y si quiere saber cuándo volveré? ¿Cuándo volveré, Michel?
Los días en que no hace demasiado frío suelo sentarlo durante media hora en la butaca que Boaz ha colocado para él en el porche, le pongo las gafas de sol y vigilo mientras dormita al sol. A veces pide que le explique historias. Recito de memoria capítulos de las novelas que me traías de la biblioteca pública. Posee ahora una leve y distraída curiosidad por saber de la vida de los demás. Historias que solía contemplar, como tú, con absoluto desprecio: Le Père Goriot, Dickens, Galsworthy, Somerset Maugham. Puede que le pida a Boaz que compre una televisión. Estamos conectados ya a la red eléctrica.
Boaz le cuida con una especie de cortesía sumisa: ha colocado postigos en las ventanas, repuesto uno de los cristales, le ha instalado una alfombrilla de piel de cordero en el baño; se cuida de comprarle las medicinas en la farmacia de Zikhron, cada día le va a buscar un manojo de menta fresca para eliminar el olor a enfermo, todo en tenso silencio. Evita obstinadamente toda conversación, aparte de «Buenos días», «Buenas noches». Como Viernes con Robinson Crusoe.
A veces él y yo pasamos la mayor parte de la mañana jugando interminables partidas de ajedrez. O de cartas: bridge, rummy o canasta. Cuando gana sonríe con júbilo infantil, como un niño consentido. Y si gano yo comienza a dar patadas en el suelo y se queja a su madre de que le han engañado. Manipulo los juegos para que gane la mayoría de las veces. Si intenta engañarme, volver a poner en el tablero una pieza que ya me he comido, o servirse una carta de más, le doy un cachete en la mano y me levanto como para irme de la habitación. Le dejo que suplique y prometa que en adelante se portará bien. En dos ocasiones fijó en mí una extraña mirada, sonrió con silente locura y me pidió que me desnudara. Una vez me pidió que enviara a Boaz al teléfono público a llamar al ministro de Defensa y al jefe del Gabinete, ambos viejos amigos suyos, y les pidiera que vinieran urgentemente por un asunto del que yo no debía saber nada pero que no admitía espera. Y en otra oportunidad me sorprendió de forma diferente: lanzó un discurso muy coherente, aterrador, brillante y totalmente lúcido sobre la forma en que los ejércitos árabes derrotarían a Israel en los años noventa.
Pero la mayor parte del tiempo no dice nada. Sólo rompe su silencio para pedirme que le acompañe al baño. Éste es un asunto complicado y doloroso, y tengo que ayudarle en todo; es como cambiar a un bebé.
Hacia el mediodía generalmente se siente un poco mejor. Se levanta y da vueltas obsesivamente por la habitación poniendo cada cosa en su sitio. Dobla mi ropa, colgada en el respaldo de una silla. Guarda las cartas en su caja. Se lanza sobre un pedazo de papel. Saca los vasos vacíos de la habitación y los deja en el banco del pasillo. Hace grandes esfuerzos para conseguir que la manta esté perfectamente lisa, como si esto fuera una base para nuevos reclutas. Me regaña por dejar el peine encima de la mesa.
Al mediodía le doy puré de patatas o budín de arroz. Le hago beber un vaso de zumo de zanahoria. Luego bajo, llevándome conmigo los platos sucios del banco del pasillo y la ropa para lavar que se ha ido acumulando, y trabajo durante una o dos horas en la cocina o en una de las despensas. Y él da comienzo a su paseo diario entre la pared y la puerta, golpeando con el bastón, siguiendo siempre el mismo recorrido, como una fiera enjaulada. Hasta las cuatro o las cinco, cuando empieza a oscurecer, y avanza a tientas con el bastón escaleras abajo hasta la cocina. Boaz le ha preparado una especie de cama diurna, una suerte de cuna de cuerdas enmarcada en ramas de eucalipto. Se acurruca en ella, cerca del fuego, envuelto en tres mantas, mirando en silencio cómo las chicas preparan la cena. O a Boaz mientras estudia gramática. A veces se adormila en su cuna y se duerme en paz boca arriba con el pulgar en la boca, el rostro sereno y la respiración lenta y acompasada. Es el mejor momento del día para él. Cuando se despierta, afuera ya ha oscurecido totalmente y la cocina está iluminada con la amarilla luz eléctrica y los leños de la chimenea. Le doy de comer. Las píldoras con un vaso de agua. Luego se sienta en su cuna, apoyado en un montón de cojines confeccionados por Boaz con sacos rellenos de algas, escuchando la guitarra hasta cerca de medianoche. Uno a uno, o por parejas, se levantan, le dan educadamente las buenas noches desde lejos y abandonan la habitación. Boaz se inclina sobre él, lo levanta con cuidado en los brazos y lo acarrea en silencio escaleras arriba hasta nuestra habitación del ático. Lo deposita suavemente en la cama y sale de la habitación y cierra la puerta.
Cuando él sale, llego yo. Con un termo para la noche y una bandeja de medicinas. Giro hacia aquí y hacia allá la estufa de queroseno. Cierro los postigos que ha colocado Boaz. Lo envuelvo en mantas y le canto unas nanas. Si considera que he cantado sin prestar atención, que me he repetido o que he terminado demasiado pronto, se vuelve hacia su madre y se queja. Pero a veces, por un instante, se le enciende en los ojos una llama repentina, un rápido y taimado aleteo, y una sonrisa de lobo le atraviesa y muere en sus labios. Como para darme a entender que a pesar de todo aún lleva las riendas, y que es su propia voluntad la que ha escogido hacerse un poco el loco para que yo pueda jugar a ser enfermera. Si el dolor le perla alguna vez de sudor la pálida frente, se lo seco con la mano. Paso los dedos por su rostro y por los pocos cabellos que le restan. Luego, su mano entre las mías, y silencio y adormilamiento y el burbujeo del queroseno cada pocos instantes al pasar del tanque al calentador y a la mecha que quema con llama azulada. Mientras dormita, a veces suspira desconsolado: «Ilana. Mojado».
Y le cambio el pantalón del pijama y la sábana de abajo sin levantarlo. Lo hago ya como una experta. He puesto un hule sobre el colchón. Y a la una de la madrugada se agita, se sienta en la cama y pide dictarme algo. Me siento a la mesa, enciendo la luz y le quito la tapa al Hermes portátil. Aguardo. Duda, tose, y finalmente musita: «No es importante. Duérmete, madre. Tú también estás cansada».
Y se arropa él mismo con la manta.
En el silencio de la noche dice tras un par de horas, con su voz de bajo, más profunda: «Estás muy guapa con ese traje de beduina». O: «Fue una matanza, no una batalla». O: «Aníbal debió asegurarse primero la supremacía naval». Cuando por fin se duerme tengo que dejar encendida la luz de la pared. Me siento y hago punto acompañada por el ladrido de los perros y el viento que barre el jardín en sombras, hasta que se me cierran los ojos. Durante las últimas cuatro semanas le he tricotado un suéter, un gorro y una bufanda. Le he hecho a Yifat unos guantes y una chaqueta con botones. Te haré algo también a ti, Michel: un suéter. Blanco. Con rayas. ¿Quién te plancha las camisas? ¿Tu cuñada? ¿La prima? ¿La pareja regordeta que te han buscado? ¿O has aprendido a lavar y planchar la ropa de Yifat y la tuya? Silencio. No hay respuesta. Exilio. Como si no existiera. No me merezco todos los castigos bíblicos a los que me habéis condenado entre todos. ¿Qué harás si me presento mañana por la tarde a la puerta de tu casa? Con una maleta en la mano derecha, una bolsa de plástico colgada al hombro, un osito de lana para Yifat, y una corbata y una loción para después del afeitado para ti, llamaré al timbre y tú abrirás la puerta y diré: «Aquí estoy, he vuelto». ¿Qué harás, Michel? ¿Dónde esconderás tu vergüenza? Me cerrarás la puerta en las narices. Ya no volverán nunca nuestras mañanas de domingo en el sencillo piso, el último sueño invadido por el piar de los gorriones desde las ramas del olivo a través de la ventana abierta. Yifat, con el pijama estampado de flores de ciclamen y la muñeca, trepando entre los dos bajo la manta para hacer una cueva con almohadas. Tu mano cálida, medio dormida antes de que se te abrieran los ojos, tanteando a ciegas por entre mis largos cabellos y sus desordenados rizos. El ceremonioso beso matutino que los tres depositábamos sobre la calva de la muñeca de plástico. El vaso de naranjada y la taza de chocolate que acostumbrabas traernos a la cama los sábados por la mañana. El hábito de sentar a Yifat en el estante de mármol cercano al lavabo, de enjabonar sus mejillas y las tuyas con espuma de afeitar y hacer carreras de cepillos de dientes mientras yo preparaba el desayuno y los gorriones chirriaban en el exterior como si no pudieran soportar tanta felicidad. Nuestros paseos al uadi durante el Sabbath, hasta los pies del monasterio. Plegaria de gracias después de las comidas en la terraza ejecutada por el Trío Sommo. La gran batalla de almohadas y las fábulas de pájaros y animales y la reconstrucción del Templo con ladrillos de juguete sobre la alfombra con la Cámara de Piedra Labrada hecha con fichas de dominó y botones de colores de mi canasto de costura representando sacerdotes y levitas. El descanso del Sabbath por la tarde entre diarios vespertinos esparcidos por la cama, el sillón y la alfombra. Tu repertorio de anécdotas parisinas y la imitación de clochards cantantes, que nos hacía llorar de risa. Y hasta me llena los ojos de lágrimas ahora, mientras recuerdo y escribo. Una vez Yifat cogió mi barra de labios y coloreó un mapa con las diez tribus de Israel que colgaba sobre tu escritorio, regalo de un periódico de la tarde a sus lectores, y tú, furioso, la encerraste fuera en la terraza «para que rumiara sobre sus acciones y enmendara sus maldades», y te taponaste los oídos con algodón para que no se te ablandara el corazón con sus débiles sollozos y me prohibiste que me apiadara de ella a causa de las palabras del texto: «El que ahorra el castigo, odia a su hijo». Pero cuando dejó de sollozar de repente y sobrevino un extraño silencio, te lanzaste al exterior y la abrazaste y envolviste su diminuto cuerpo muy dentro de tu suéter. Como si hubieras estado embarazado de ella. ¿No te apiadarás también de mí, Michel? ¿No me envolverás en el calor de tu velludo vientre, debajo de la camisa, cuando haya terminado mi castigo?
La víspera del Año Nuevo[53], hace un mes, enviaste a tu cuñado Armand con su camión Peugeot para que te llevara a Yifat. Por mediación del rabino Bouskila me comunicaste por escrito que habías iniciado el proceso de divorcio, que mi estatus actual era el de «esposa rebelde», y que habías empezado a pedir préstamos para devolverme «ese dinero tuyo manchado». A principios de semana vinieron Rahel y Yoash: vinieron a hablarme de contratar a un abogado (no a Zakheim) e insistir en mi derecho a saber lo que habías hecho con mi hija, exigir verla, y no renunciar a ella por las buenas. Yoash bajó con Boaz a examinar la bomba de agua, y Rahel me pasó los brazos alrededor de los hombros y dijo: «Con o sin abogado, Ilana, no tienes derecho a arruinar tu vida y abandonar a Yifat». Se ofreció voluntariamente a ir a Jerusalén y convencerte para que accedieras a una reconciliación. Pidió hablar con Alex cara a cara. Sugirió alistar a Boaz en la ronda de diplomacia cruzada que parecía estar organizando. Y yo estaba sentada frente a ella como una muñeca que se ha quedado sin pilas y no decía nada, salvo: «Déjame en paz». Cuando se hubieron marchado subí a la habitación de Alec para asegurarme de que se había tomado las pastillas. Le pregunté si accedería a que tú y Yifat vinierais invitados por Boaz. Alec torció el gesto sonriendo y me preguntó si es que pensaba organizar aquí una pequeña orgía. Y añadió: «Claro que sí, encanto; por el contrario, aquí no faltan habitaciones y le pagaré cien dólares por cada día que acceda a quedarse». Al día siguiente nos pidió que fuéramos urgentemente a buscar a Zakheim, que llegó dos horas más tarde, congestionado y sin aliento, con su Citroen desde Jerusalén, y recibió una fría reprimenda e instrucciones de transferirte de inmediato otros veinte mil dólares, que tú decidiste aceptar, parece ser, a pesar de todo, manchado o no manchado: porque el cheque no ha sido devuelto. Alec le dijo también a Zakheim que pusiera la casa y la tierra que la rodea a nombre de Boaz. Dorit Zakheim recibió de regalo un pequeño terreno cerca de Nes Ziyyona, y el propio Zakheim, al día siguiente, dos cajas de champán.
«¿Eres o no su esposa?».
«Sí, y la tuya también».
«¿Y la niña?».
«Con él».
«Ve a su lado. Vístete y vete. Es una orden». Luego, desconsoladamente, con un susurro: «Ilana. Mojado».
Pobre Michel: hasta el final te lleva ventaja. Estoy en sus manos, tiene tu honor en la suela de sus zapatos, y hasta te ha escamoteado el halo de víctima merecedora de compasión, porque se está muriendo, y lo lleva sobre su propia cabeza encalvecida. Vi la noble nota que le escribiste invitándonos magnánimamente a todos a vivir contigo, y en vez de llorar me puse a reír de repente y no podía parar: «Es una rastrera anexión, Alex. Le ha dado la impresión de que te habías debilitado, y de que ha llegado la hora de anexionarnos a todos bajo las alas de su presencia». Y Alex torció los labios en la mueca que le sirve de sonrisa.
Cada sábado voy con él en taxi hasta Haifa, al hospital, donde le dan quimioterapia. Ya no le dan radioterapia. Y sorprendentemente ha mejorado un poco: todavía está débil y cansado, todavía dormita la mayor parte del día y yace medio dormido por la noche, tiene la mente enturbiada por los medicamentos, pero sufre menos. Consigue invertir dos o tres horas paseando entre la puerta y la pared. Abrirse camino con la ayuda del bastón hasta la cocina por la noche. Le permito quedarse allí hasta que cada uno se va a su habitación, cerca de medianoche. Hasta le animo a conversar con ellos para distraerse. Pero una vez, la semana pasada, sucedió que no pudo controlarse y se mojó estando en compañía de ellos. No se molestó en hacerlo, u olvidó pedirme que le llevara al baño. Le dije a Boaz que lo llevara inmediatamente a nuestra habitación, lo limpié, le cambié la ropa y al día siguiente, como castigo, le prohibí que bajara. Desde entonces se esfuerza más. Antes de la lluvia, que empezó a caer ayer, incluso paseaba solo por el jardín un rato. Alto y depauperado, con sus vaqueros llenos de parches y una camiseta ridícula. Cuando se porta mal no dudo un instante en pegarle. Por ejemplo, cuando una noche se escapó de mi lado y trepó hasta el observatorio del tejado y al bajar resbaló y se cayó de la escalera de cuerda y se quedó tirado sin sentido en el pasillo hasta que lo encontré. Le pegué como a un cachorro, y ahora ha quedado muy claro que carece de la fuerza necesaria para subir escaleras y deja que Boaz le suba cada noche en brazos hasta nuestra habitación. Nos has enseñado a todos a tener compasión.
¿Y qué me dices de ti? ¿Le quitas tiempo a tu trabajo de recuperación y vas a buscar a Yifat a la guardería a la una y media? ¿Le cantas con tu voz cascada «Por los alimentos que Tú nos has concedido», «Contempla, tú eres justo», «Todopoderoso en el trono»? ¿O tal vez la has colocado con la familia de tu hermano, empaquetado todos sus vestidos y muñecos y partido hacia las rocosas colinas de Hebrón? Si vienes y la traes te perdonaré, Michel. Hasta dormiré contigo. Haré lo que me pidas. Y hasta eso que la timidez te impide pedir. El tiempo pasa, y cada día que se nos va y cada noche es otra colina y otro valle que hemos perdido. No volverán. No dices nada. Sientes lástima por Israel, por viejas ruinas, por Boaz, por Alec, pero no por tu mujer y tu hija. Hasta te pareció bien comunicarle lo del proceso de divorcio por medio del rabino, que me informó en tu nombre que soy una esposa rebelde y por lo tanto se me prohíbe ver a Yifat. ¿Soy demasiado indigna para que tú me exijas una explicación? ¿Para que me impongas una pena y me indiques el camino del arrepentimiento, o me escribas una maldición bíblica?
Boaz dice: «Lo mejor que puedes hacer, Ilana, es dejar que se le pase el enfado. Deja que lo descargue todo con sus amigotes de religión. Luego tiene que calmarse por fuerza y darte lo que le pidas».
«¿Crees que le he ofendido?».
«Nadie es mejor que otro».
«Boaz, con franqueza. ¿Crees que estoy loca?».
«Nadie está más cuerdo que otro. ¿Te apetece clasificar unas cuantas semillas?».
«Dime: ¿para quién estás haciendo ese tiovivo?».
«Para la niña. Es decir, para cuando vuelva».
«¿Lo crees?».
«No lo sé. Tal vez. ¿Por qué no?».
Esta mañana le pegué otra vez. Porque salió a la terraza sin mi permiso y se quedó bajo la lluvia y se mojó. Su torturado rostro tenía una expresión de idiotez total. ¿Es que quería matarse? Sonrió. Contestó que la lluvia era muy buena para el campo. Le agarré por la camisa y le empujé hacia dentro y le propiné una bofetada. Y ya no pude contenerme. Le pegué en el pecho con los puños y lo dejé tumbado en la cama y seguí pegándole hasta que me dolió la mano, y él no dejaba de sonreír, como si disfrutara por hacerme feliz. Me eché a su lado y le besé en los ojos, en el hundido pecho, en la frente que avanza hacia arriba gracias al cabello que se le cae. Le acaricié hasta que se durmió. Y yo me levanté y fui hasta la terraza para ver lo buena que era la lluvia para el campo y lavarme la pena de mi vehemente deseo de ti, del olor de tu cuerpo velludo, el olor a pan y halva[54] y ajo. De tu voz cascada por el tabaco y tu arrojada moderación. ¿Vendrás? ¿Traerás a Yifat? Estaremos todos aquí. Esto es muy agradable. Maravillosamente tranquilo.
Mira el ruinoso estanque de peces, por ejemplo: lo han arreglado con cemento y ahora tiene peces de nuevo. Carpas en vez de peces de colores. La renovada fuente replica a la lluvia en su propia lengua: no surte a chorros, gotea. Y alrededor, los árboles frutales y los ornamentales se levantan en el gris silencioso bajo la apacible lluvia que cae sobre ellos todo el día. No tengo esperanzas, Michel. Esta carta es inútil. En el momento en que identifiques la letra del sobre harás pedazos el papel, lo arrojarás al retrete y tirarás de la cadena. Ya me has llorado. Todo está perdido. ¿Qué me queda salvo acompañar a mi obsesión hasta su tumba?
Y luego desaparecer. No existir. Si Alec me deja algún dinero me iré al extranjero. Alquilaré una pequeña habitación en una gran ciudad lejana. Si la soledad me vence me entregaré a extraños. Cerraré con fuerza los ojos y os saborearé a ti y a él en ellos. Todavía consigo despertar vergonzosas miradas de deseo en los tres curiosos jóvenes que deambulan por aquí entre chicas que tienen veinte años menos que yo. Porque la comuna de Boaz se amplía poco a poco: de vez en cuando se presenta otra alma perdida. Y ahora el jardín está cultivado, los frutales del huerto han sido podados, se han plantado nuevos arbolillos en la ladera de la montaña. Los palomos han sido desahuciados de la casa e instalados en amplios palomares. Sólo al pavo real se le permite vagar a su capricho por los dormitorios, pasillos y escaleras. La mayoría de las habitaciones han sido limpiadas. La instalación eléctrica se ha renovado.
Tenemos unas veinte estufas de queroseno. ¿Compradas o robadas? Imposible decirlo. En vez de las baldosas hundidas se ha puesto suelo de cemento. En el hogar de la cocina arde un aromático fuego de leños. El pequeño tractor se guarda en un depósito de planchas de metal ondulado y alrededor están los complementos: fumigadora, segadora, cultivadora espigadora. Compra todo esto con el dinero que le da su padre. Y hay panales de abejas y corrales de cabras y un pequeño establo para el burro y gallineros para las ocas, que he aprendido a cuidar. Aunque las gallinas todavía vagabundean por el patio, picoteando entre las plantas como en un villorrio árabe, y los perros las persiguen. Frente a mi ventana el viento agita los andrajos de los espantapájaros que Yifat y yo clavamos en el huerto antes de que enviaras a quitármela. ¿Pregunta si puede volver? ¿Pregunta por Boaz? ¿O el pavo real? Si se queja del oído otra vez, no te precipites a darle antibióticos. Espera un día o dos, Michel.
La buganvilla y la adelfa silvestre han sido arrancadas de la casa. Se han rellenado las grietas de las paredes. De noche ya no hay más correrías de ratones por el suelo. Los amigos de Boaz se hacen su propio pan; su olor cálido, gutural, me llena de deseo de ti. Hacemos también yogur, e incluso queso de leche de cabra. Boaz ha hecho dos barriles de madera, y el próximo año tendremos nuestro propio vino. En el tejado hay un telescopio, y la noche del Día de la Expiación se me invitó a subir allá arriba y mirar por él, y vi los mares muertos que se extienden por la superficie de la luna.
Lenta, casi obstinada, sigue cayendo la lluvia. Para llenar el aljibe de piedra del patio, el hoyo que cavó Volodia Gudonski y su nieto limpió y restauró y que erróneamente llaman pozo. Los almacenes, cobertizos y depósitos están llenos de sacos de semillas, sacos de fertilizantes químicos y orgánicos, bidones de queroseno y petróleo, pesticidas, latas de lubricante, mangueras, aspersores y otros equipos de irrigación. Yoash envía la revista El Campo cada mes. Han recogido aquí y allá muebles viejos, camas de campaña, colchones, estanterías, armarios, una mezcolanza de utensilios para la casa y la cocina. En el taller del sótano, equipado de nuevo, hace mesas, bancos, sillones para su padre. ¿Está intentando decirle algo a Alec con sus manazas? ¿O está también embrujado a su manera? En un nicho excavado debajo de la oxidada caldera han descubierto el cofre del tesoro que el padre de Alec escondió allí. Todo lo que quedaba eran cinco monedas de oro turcas, que Boaz ha guardado para Yifat. A ti te reserva el trabajo de constructor, porque le dije que el primer año de tu llegada al país trabajaste de albañil.
El carillón de botellas tintinea en la planta baja, porque la cama de tablones de Alec, su mesa, silla y máquina de escribir se han subido a la antigua habitación de su madre, que tiene una ventana y una terracita de cara a la franja costera y el mar. No escribe una coma, ni tampoco me dicta. El polvo se acumula en la máquina de escribir. Los libros que pidió a Boaz que le comprara en la tienda de Zikhron están alineados por orden de altura, como soldados, en la estantería, pero Alec no los toca. Se contenta con las historias que le explico. Sólo están abiertos en la mesa el diccionario y la gramática hebreos. Porque en las horas lúcidas, por la tarde, Boaz sube a veces: Alec le enseña ortografía y sintaxis elemental. Como Robinson Crusoe con Viernes.
Al marcharse, Boaz se inclina un poco en el umbral de la puerta, como haciéndonos una reverencia. Alec coge su bastón y comienza a medir la habitación con pasos rítmicos. Las sandalias de goma y cuerda que Boaz le hizo producen un sonido almohadillado. A veces se para, sorprendido, muerde la pipa apagada y se inclina para ajustar el ángulo de la silla a la mesa. Estira con severidad su manta. O la mía. Retira mi vestido del gancho de la puerta y lo cuelga en la caja de embalaje que nos hace las veces de armario. Un hombre ligeramente encorvado, calvo, de piel delicada; su aspecto me recuerda al de un pastor protestante de un pueblo de Escandinavia, el rostro cruzado por una extraña mezcla de mortificación, meditación e ironía, con los hombros inclinados hacia abajo, la espalda huesuda y rígida. Sólo los ojos grises parecen nublados y húmedos, como los de un alcohólico declarado. A las cuatro le subo una infusión de hierbas, pita recién salida del horno y un poco de queso de cabra que le he hecho yo misma. Y en la misma bandeja una taza de café para mí. La mayoría de las veces nos sentamos y bebemos en silencio. Una vez se decidió a hablar y dijo, sin interrogantes: «Ilana. Qué estás haciendo aquí».
Y contestó por mí: «Brasas. Pero no hay brasas».
Y luego: «Cartago está destruida. Y qué. Y si no lo hubiera estado, qué entonces. El problema es bastante distinto. El problema es que aquí no hay luz. Vayas por donde vayas, tropiezas».
Encontré la pistola en el fondo de su maleta. Se la di a Boaz y le dije que la escondiera.
No queda mucho tiempo. Ya es invierno. Cuando lleguen las lluvias de verdad habrá que desmantelar el telescopio y bajarlo del tejado. Boaz tendrá que renunciar a sus vagabundeos solitarios por el Monte Carmelo. Ya no desaparecerá durante tres o cuatro días para medir los boscosos valles, explorar cuevas abandonadas, asustar a los pájaros nocturnos en sus agujeros, perderse en la espesa maraña de vegetación. Ya no bajará al mar a flotar solo en una balsa hecha sin un clavo. ¿Huyendo? ¿Persiguiendo? ¿Buscando la inspiración astral? ¿Avanzando a tientas por extensiones vacías, un gigante huérfano inarticulado, tras algún vientre materno perdido que lo atrae hacia sí como por encanto?
Un día se irá a una de sus caminatas y no volverá. Sus amigos le esperarán unas semanas, luego se encogerán de hombros y desaparecerán uno a uno. La comuna se dispersará. No quedará ni un alma viviente. El lagarto, el zorro y la víbora volverán a heredar la casa y retornarán las malas hierbas. Me dejarán sola para velar los espasmos de la muerte.
¿Y luego? ¿Dónde iré?
Cuando era una niña, la hija de inmigrantes debatiéndose con los restos de su cómico acento y sus modales extranjeros, me sentí fascinada por las viejas canciones de los pioneros, que tú no conoces porque viniste más tarde. Melodías que me traían confusos anhelos, un secreto deseo de hembra incluso antes de que fuera mujer. Todavía hoy tiemblo cuando ponen en la radio En la tierra que amaron nuestros padres. O Yo tenía un amor en Kinneret. O Sobre una colina. Como si me estuvieran recordando desde lejos votos de lealtad. Como si estuvieran diciendo que hay una tierra pero no la hemos encontrado. Algún bufón disfrazado se ha introducido subrepticiamente y nos ha inducido a odiar lo que hemos encontrado. A destruir lo que era preciado, y no volverá. Nos ha guiado con luz espectral hasta extraviarnos en lo más profundo del pantano, y las tinieblas se han cernido sobre nosotros. ¿Me recordarás en tus plegarias? Por favor, di por mí que espero clemencia. Para mí y para él y para ti. Para su hijo. Su padre. Para Yifat y mi hermana. Di en tus plegarias, Michel, que la soledad, el deseo y la añoranza son más de lo que podemos soportar. Y sin ellos nos extinguimos. Di que intentamos recibir y retornar amor pero erramos el camino. Di que no deberían olvidarnos y que aún brillamos trémulamente en las tinieblas. Intenta que te expliquen cómo salir. Dónde está la tierra prometida.
O no. No reces.
En vez de rezar construye la Torre de David con los ladrillos de juguete de Yifat. Llévala al zoo. Al cine. Prepárale sus huevos fritos, quítale la nata a la leche, dile: «Beba, Señorita Vaciavasos». No olvides comprarle algunos pijamas de franela para el invierno. Y zapatos nuevos. No se la dejes a tu cuñada. Piensa a veces en cómo lleva Boaz a su padre en brazos. ¿Y qué me dices de la noche, cuando vuelves de tus viajes? ¿Te sientas con los calcetines puestos ante el televisor hasta que te vence el cansancio? ¿Te duermes completamente vestido en el sillón? ¿Empalmando un cigarrillo tras otro? ¿O en vez de eso te sientas a los pies de tu rabino estudiando la Torá con una lágrima? Cómprate una buena bufanda. De mi parte. No cojas un resfriado. No te pongas enfermo.
Te esperaré. Le diré a Boaz que haga una gran cama de tablones y rellene un colchón con algas. Yaceremos bien despiertos y atentos con los ojos abiertos en la oscuridad. La lluvia golpeará en la ventana. La brisa pasará por entre las copas de los árboles. Truenos lejanos avanzarán en dirección a las colinas del este y los perros ladrarán. Si el moribundo gime, y se cuela una racha de viento helado, podremos abrazarle, tú y yo, uno a cada lado hasta que le hagamos entrar en calor. Cuando me desees me pegaré a ti y sus dedos se deslizarán por nuestras espaldas. O puedes pegarte tú a él y yo os acariciaré a los dos. Lo que siempre has anhelado: unirte a él y a mí. Unirte en él a mí, en mí a él. Para que los tres seamos uno. Porque entonces, de la nada, de la oscuridad, por las grietas de los postigos vendrán viento y lluvia, mar, nubes, estrellas para envolvernos silenciosamente a los tres. Y por la mañana mi hijo y mi hija saldrán con un cesto de mimbre a arrancar rábanos en el jardín. No estés triste.
Vuestra madre
Por la Gracia de Dios

Amos Oz
La caja negra

«Querido Alec: Que no hayas destruido esta carta al reconocer mi letra en el sobre prueba que la curiosidad es más poderosa que el odio. O que tu odio necesita carne fresca». Es éste el deslumbrante comienzo de La caja negra, considerada por la crítica internacional como una de las mejores novelas de Amos Oz.
Alec e Ilana no se hablan desde hace siete años. El divorcio ha sido muy duro, las emociones, crueles. Él se ha mudado a Estados Unidos y se ha hecho famoso por sus estudios sobre el fanatismo; ella se ha quedado en Israel y se ha vuelto a casar con un ortodoxo. Tienen, sin embargo, un hijo en común, Boaz, que el padre ignora como ofensa a la madre. El joven es un adolescente inquieto, que ha sido expulsado del colegio por su actitud violenta. Ilana, después de largos años de silencio, escribe a Alec para pedirle ayuda…
Igual que la caja negra de los aviones contiene el registro de los accidentes aéreos, las cartas que se intercambian los personajes desvelan las razones de sus fracasos… La mujer infiel, el marido arrogante, el hijo rebelde: todos se hieren a sí mismos y a los demás en su lucha por la existencia en un país sin compasión.

Vivió unos cuarenta años más que su primogénito, David, y que su primer nieto

Por aquella época, la época de la enfermedad de mi padre, el abuelo Alexander, con noventa años, en pleno esplendor físico y en pleno florecimiento romántico, sonrosado como un recién nacido, fresco como un joven esposo, se pasaba el día yendo y viniendo, y vociferando: «¡Bueno!, shto!» o: «Paskudniakin! Yulikim! ¡Granujas!». O: «¡Bueno!, davai! Jarosho! ¡Ya basta!». Las mujeres le acosaban. Con frecuencia, incluso por la mañana, se tomaba un «coñacito», y al instante su cara sonrosada se ponía roja como un tomate. Cuando mi abuelo y mi padre estaban hablando en el patio, o paseando por la acera delante de la casa y discutiendo, a juzgar por sus gestos, el abuelo Alexander parecía mucho más joven que su hijo. Vivió unos cuarenta años más que su primogénito, David, y que su primer nieto, Daniel Klausner, que fue asesinado en Vilna por los alemanes, unos veinte años más que su mujer y otros siete más que su hijo pequeño.
Un día, el 11 de octubre de 1970, unas cuatro semanas después de haber cumplido sesenta años, mi padre se levantó temprano como de costumbre, mucho antes que el resto de la familia, se afeitó, se perfumó, se humedeció un poco el pelo antes de peinárselo hacia atrás, se comió un panecillo con mantequilla, se tomó dos vasos de té, leyó el periódico, suspiró varias veces, echó un vistazo a la agenda, que estaba siempre abierta en su escritorio para poder tachar con una raya todo lo que ya estaba hecho, se puso una corbata y una chaqueta, hizo una pequeña lista de la compra y se fue en coche hacia la plaza de Dinamarca, en el cruce de la avenida Herzl y la calle Bet Hakerem, para comprar material de escritorio en una pequeña tienda donde solía adquirir todo lo que necesitaba. Aparcó y cerró el coche, bajó cinco o seis escalones, esperó su turno, incluso le cedió amablemente el paso a una señora, compró todo lo que llevaba escrito en la nota, bromeó con la dueña de la tienda diciéndole que la palabra mehadeq era tanto un sustantivo, que significa «clip», como un verbo, que significa «sujetar»; también le comentó algo sobre la negligencia del ayuntamiento, pagó, esperó el cambio, lo contó bien, cogió la bolsa con las compras, le dio las gracias a la señora, le pidió que no olvidara saludar de su parte a su querido marido, se despidió, le deseó que pasara un buen día, les dijo adiós también a dos desconocidos que estaban esperando detrás de él, se dio la vuelta, caminó hasta la puerta, cayó y murió allí mismo de un ataque al corazón. Mi padre dejó dicho que su cuerpo se donara a la ciencia y su escritorio me lo dejó a mí. En él se están escribiendo estas páginas, y sin una sola lágrima, pues mi padre se oponía radicalmente a las lágrimas, y ante todo, a las lágrimas de los hombres.
En su agenda, en la fecha de su muerte, encontré escrito lo siguiente: «Material de escritorio: 1. Papel de cartas. 2. Un cuaderno con espiral. 3. Sobres. 4. Clips. 5. Preguntar por carpetas de cartón». Todo eso, incluidas las carpetas de cartón, estaba en la bolsa que sus dedos no habían soltado. Cuando llegué a la casa de mi padre en Jerusalén, al cabo de una hora u hora y media, cogí su lapicero y tracé dos cruces sobre esa lista, como solía hacer mi padre para tachar de inmediato de la agenda todo lo que ya estaba hecho.

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad

Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

Sobre la naturaleza del fanatismo

Sobre la naturaleza del fanatismo
¿Cómo curar a un fanático? Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. Me temo que no sé exactamente cómo perseguir fanáticos por las montañas pero puede que consagre una o dos reflexiones a la naturaleza del fanatismo y a las formas, si no de curarlo, al menos de controlarlo. La clave del ataque del 11 de septiembre contra Estados Unidos no sólo hay que buscarla en el enfrentamiento existente entre pobres y ricos. Dicho enfrentamiento constituye uno de los más terribles problemas del mundo, pero cerraremos en falso el caso del 11 de septiembre si pensamos que sólo fue un ataque de pobres contra ricos. No se trata sólo de «tener y no tener». Si fuera así de simple, uno esperaría que el ataque viniera de África, donde están los países más pobres, y tal vez que fuera lanzado contra Arabia Saudí y los emiratos del Golfo, que son los Estados productores de petróleo y los países más ricos. No. Es una batalla entre fanáticos que creen que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos. La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en Israel/Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la mentalidad de los árabes como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia. El 11 de septiembre no es consecuencia de la bondad o la maldad de Estados Unidos, ni tiene que ver con que el capitalismo sea peligroso o flagrante. Ni siquiera con si es oportuno o no frenar la globalización. Tiene que ver con la típica reivindicación fanática: si pienso que algo es malo, lo aniquilo junto a todo lo que lo rodea. El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera. La gente que ha volado clínicas donde se practicaba el aborto en Estados Unidos, los que queman sinagogas y mezquitas en Alemania, sólo se diferencian de Bin Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus crímenes. Desde luego, el 11 de septiembre produjo tristeza, ira, incredulidad, sorpresa, melancolía, desorientación y, sí, algunas respuestas racistas —antiárabes y antimusulmanas— por doquier. ¿Quién habría pensado que al siglo XX le seguiría de inmediato el siglo XI? Mi propia infancia en Jerusalén me ha hecho experto en fanatismo comparado. El Jerusalén de mi niñez, allá por los años cuarenta, estaba lleno de profetas espontáneos, redentores y mesías. Todavía hoy, todo jerosolimitano tiene su fórmula personal para la salvación instantánea. Todos dicen que llegaron a Jerusalén —y cito una frase famosa de una vieja canción— para construirla y ser construidos por ella. De hecho, algunos (judíos, cristianos, musulmanes, socialistas, anarquistas y reformadores del mundo) han acudido a Jerusalén no tanto para construirla ni ser construidos por ella como para ser crucificados o para crucificar a los demás, o para ambas cosas al tiempo. Hay un trastorno mental muy arraigado, una reconocida enfermedad mental llamada «síndrome de Jerusalén»: la gente llega, inhala el nítido y maravilloso aire de la montaña y, de pronto, se inflama y prende fuego a una mezquita, a una iglesia o a una sinagoga. O si no, se quita la ropa, trepa a una roca y comienza a profetizar. Nadie escucha jamás. Incluso hoy, incluso en la Jerusalén actual, en cada cola del autobús es probable que estalle un exaltado seminario callejero entre gente que no se conoce de nada pero que discute de política, moral, estrategia, historia, identidad, religión y de las verdaderas intenciones de Dios. Los participantes en dichos seminarios, mientras discuten de política y teología, del bien y del mal, intentan no obstante abrirse paso a codazos hasta los primeros puestos de la fila. Todo el mundo grita, nadie escucha. Excepto yo. Yo escucho a veces y así me gano la vida.
Confieso que de niño, en Jerusalén, yo también era un pequeño fanático con el cerebro lavado. Con ínfulas de superioridad moral, chovinista, sordo y ciego a todo discurso que fuera diferente al poderoso discurso judío sionista de la época. Yo era un chico que lanzaba piedras, un chico de la Intifada judía. De hecho, las primeras palabras que aprendí a decir en inglés, aparte de yes o no, fueron British, go home!, que era lo que los chicos judíos solíamos gritar a las patrullas británicas de Jerusalén mientras las apedreábamos. Hablando de ironías de la historia, en mi novela de 1995, Una pantera en el sótano, describo cómo un chico apodado Profi pierde su fanatismo, su chovinismo, y cambia casi por completo en el espacio de dos semanas gracias a cierto sentido relativista, a un baño de relativismo. Por casualidad y en secreto, se hace amigo de un enemigo, concretamente de un sargento de policía británico muy dulce e ineficiente. Los dos se reúnen a escondidas e intercambian clases de inglés y hebreo. Y el chico descubre que las mujeres no tienen cuernos ni rabo, una revelación casi tan chocante para él como el descubrimiento de que ni los británicos ni los árabes tienen cuernos ni rabo. De alguna forma, el chico desarrolla un sentido de ambivalencia, una capacidad para abandonar sus creencias en blanco y negro. Pero, desde luego, paga un precio: al final de esta corta novela ya no es un niño sino una pequeña persona mayor, un pequeño adulto. Gran parte de la alegría y la fascinación, el entusiasmo y la simpleza de la vida han desaparecido. Y además, se gana otro apodo: sus antiguos amigos comienzan a llamarle traidor. Voy a citar la primera página y media de Una pantera en el sótano porque creo que expresa mejor que nada lo que pienso en materia de fanatismo. Es el capítulo primero de Una pantera en el sótano:
Muchas veces en la vida me llamaron traidor. La primera fue a los doce años y tres meses, cuando vivía en un barrio a las afueras de Jerusalén. Fue durante las vacaciones de verano, faltaba menos de un año para que el gobierno británico se retirara del país y naciera, en medio de la guerra, el Estado de Israel.
Una mañana vimos en la pared de nuestra casa, debajo de la ventana de la cocina, escritas en gruesas letras negras, unas palabras que decían: Profi, boged shafel! (¡Profi, vil traidor!). El término vil despertó en mí una inquietud que hasta hoy, mientras estoy sentado escribiendo esta historia, me sigue interesando: ¿puede haber un traidor que no sea vil? De no ser así, ¿por qué se molestaría Chita Reznik (reconocí su letra) en añadir la palabra vil? Así que, entonces, ¿en qué casos la traición no es vil?
El mote de Profi se me quedó desde que era pequeño. Es el diminutivo de profesor, por la manía que tengo de jugar con las palabras. (Todavía me encantan las palabras: coleccionarlas, ordenarlas, mezclarlas, darles la vuelta, formarlas. Más o menos como hacen los que aman el dinero con las monedas y los billetes, o los que aman el juego con las cartas).
Mi padre había salido a las seis y media de la mañana a comprar el periódico y se encontró con la pintada debajo de la ventana de la cocina. En el desayuno, mientras untaba mermelada de frambuesa en una rebanada de pan integral, hundió de repente el cuchillo casi hasta el mango en el fondo del bote, y con su voz pausada dijo:
—Muy bonito. Vaya sorpresa. ¿Qué ha tramado Su Excelencia para que nos honren con esta distinción?
Mi madre dijo:
—No la tomes con él desde por la mañana. Ya tiene bastante con que los niños lo incordien.
Mi padre iba vestido de color caqui, como casi todos los hombres del barrio en esa época. Tenía los ademanes y la voz de una persona que siempre tiene toda la razón. Sacó con el cuchillo una compacta masa de frambuesa del fondo del bote, cubrió uniformemente las dos mitades de la rebanada, y dijo:
—La verdad es que en nuestros días casi todos usan el apelativo traidor con demasiada facilidad, pero ¿quién es traidor? Ciertamente, alguien sin honor. Uno que a escondidas, por la espalda, a cambio de algún dudoso beneficio, ayuda al enemigo en contra de su pueblo. O para perjudicar a su familia y a sus amigos. Es más despreciable que un asesino. Y por favor termínate el huevo. El periódico dice que en Asia la gente se muere de hambre.
Mi madre arrastró el plato hacia ella y se comió el huevo y el resto de pan con mermelada, no por hambre sino por amor a la paz. Dijo:
—El que ama no traiciona,
Más avanzada la novela, el lector puede descubrir que la madre estaba totalmente equivocada. Sólo el que ama puede convertirse en traidor. Traición no es lo contrario de amor; es una de sus opciones. Traidor —creo— es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor. No convertirse en fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor a ojos del fanático. Yo he hecho mi elección y este libro es prueba fehaciente de ello.
Hace un momento me he llamado a mí mismo experto en fanatismo comparado. No es ningún chiste. Si alguien sabe de una escuela o universidad que vaya a abrir un departamento de fanatismo comparado, aquí estoy yo para solicitar un puesto de profesor. Como antiguo jerosolimitano, como fanático rehabilitado, siento que estoy plenamente cualificado para el puesto. Tal vez sea hora de que toda escuela, toda universidad, organice al menos un par de cursos de fanatismo comparado ya que surge por doquier. No me refiero sólo a las manifestaciones obvias de fundamentalismo y fervor ciego. No me refiero sólo a los fanáticos declarados, esos que vemos al otro lado de la pantalla del televisor entre multitudes histéricas que agitan sus puños contra las cámaras mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo surge por doquier. Con modales más silenciosos, más civilizados. Está presente en nuestro entorno y tal vez también dentro de nosotros mismos. ¡Conozco a bastantes no fumadores que te quemarían vivo por encender un cigarro cerca de ellos! ¡Conozco a muchos vegetarianos que te comerían vivo por comer carne! Conozco a pacifistas (algunos de mis colegas del Movimiento de Paz israelí, por ejemplo) deseosos de dispararme directamente a la cabeza sólo por defender una estrategia ligeramente diferente a la suya para lograr la paz con los palestinos. Desde luego, no estoy diciendo que cualquiera que alce su voz contra cualquier cosa sea un fanático. No estoy sugiriendo que cualquiera que manifieste opiniones vehementes sea un fanático, claro que no. Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy común que, por supuesto, se manifiesta en diferentes grados. Un o una militante ecologista puede adoptar una actitud de superioridad moral que le impida llegar a un acuerdo pero causará muy poco daño si lo comparamos, digamos, con un depurador étnico o un terrorista. Aún más, todos los fanáticos sienten una atracción, un gusto especial por lo kitsch. Muy a menudo, el fanático sólo puede contar hasta uno, ya que dos es un número demasiado grande para él o ella. Al mismo tiempo, descubriremos que, a menudo, los fanáticos son sentimentales sin remedio.
Voy a contar una historia a modo de digresión; soy un digresor notorio, siempre las hago. Un querido amigo y colega mío, el maravilloso novelista israelí Sammy Michael, tuvo una vez la experiencia, que de vez en cuando tenemos todos, de ir en taxi durante largo rato por la ciudad con un conductor que le iba dando la típica conferencia sobre lo importante que es para nosotros, los judíos, matar a todos los árabes. Sammy le escuchaba y, en lugar de gritarle: «¡Qué hombre tan terrible es usted! ¿Es usted nazi o fascista?», decidió tomárselo de otra forma y le preguntó: «¿Y quién cree usted que debería matar a todos los árabes?». El taxista dijo: «¿Qué quiere decir? ¡Nosotros! ¡Los judíos israelíes! ¡Debemos hacerlo! No hay otra elección. ¡Y si no mire lo que nos están haciendo todos los días!». «¿Pero quién piensa usted exactamente que debería llevar a cabo el trabajo? ¿La policía? ¿O tal vez el ejército? ¿El cuerpo de bomberos o equipos médicos? ¿Quién debería hacer el trabajo?». El taxista se rascó la cabeza y dijo: «Pienso que deberíamos dividirlo a partes iguales entre cada uno de nosotros, cada uno de nosotros debería matar a algunos». Y Sammy Michael, todavía con el mismo juego, dijo: «De acuerdo. Suponga que a usted le toca cierto barrio residencial de su ciudad natal en Haifa y llama usted a cada puerta o toca el timbre y dice: “Disculpe, señor, o disculpe, señora. ¿No será usted árabe por casualidad?”. Y si la respuesta es afirmativa le dispara. Luego termina con su barrio y se dispone a irse a casa, pero al hacerlo —dijo Sammy al taxista— oye en alguna parte del cuarto piso del bloque llorar a un recién nacido. ¿Volvería para disparar al recién nacido? ¿Sí o no?». Se produjo un momento de silencio y el taxista le dijo a Sammy: «Sabe, es usted un hombre muy cruel». Es una historia muy significativa, porque hay algo en la naturaleza del fanático que es esencialmente sentimental y al mismo tiempo carente de imaginación. Y, a veces, albergo la esperanza —desde luego, muy limitada— de que inyectando algo de imaginación en algunos, tal vez los ayudemos a reducir al fanático que llevan dentro y a sentirse incómodos. No es un remedio rápido, no es una cura rápida, pero puede ayudar.
Conformidad y uniformidad, la urgencia por «pertenecer a» y el deseo de hacer que todos los demás «pertenezcan a», pueden constituir perfectamente las formas de fanatismo más ampliamente difundidas, aunque no las más peligrosas. Recuerden La vida de Brian, esa maravillosa película de Monty Python, en la que el protagonista dice a la multitud de sus futuros discípulos: «¡Sois todos individuos!», y la multitud responde a gritos: «¡Todos somos individuos!», excepto uno que dice tímidamente con un hilo de voz: «Yo no». Pero todos le mandan callar enfadados. Una vez dicho que la conformidad y la uniformidad son formas morigeradas pero extendidas de fanatismo, tengo que añadir que, con frecuencia, el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores, bien pueden constituir otras formas extendidas de fanatismo. El siglo XX parece haber dado muestras excelentes en este sentido. Por un lado, los regímenes totalitarios, las ideologías mortíferas, el chovinismo agresivo, las formas violentas de fundamentalismo religioso. Por otro, la idolatría universal de Madonna y Maradona. Tal vez el peor aspecto de la globalización sea la infantilización del género humano. El jardín de infancia global, lleno de juguetes y cachivaches, de caramelos y piruletas. Hasta el siglo XIX, o en algún momento en torno a mediados del mismo (varía de un país a otro, de un continente a otro, pero grosso modo hasta el siglo XIX), la mayoría de la gente en gran parte del mundo solía tener por lo menos tres certezas básicas: dónde pasaré la vida, qué haré para vivir y qué pasará conmigo después de que muera. Casi todo el mundo —hace unos ciento cincuenta años— sabía que pasaría su vida donde había nacido o en algún lugar cercano, tal vez en el pueblo de al lado. Todos sabían que se ganarían la vida como sus padres o de forma similar. Y que, si se portaban bien, irían a un mundo mejor después de muertos. El siglo XX ha erosionado, a menudo destruido, estas y otras certezas. La pérdida de dichas certezas elementales puede haber provocado el medio siglo más plagado de ideologías, seguido del medio siglo más ferozmente egoísta, hedonista y volcado en los aparatos. Por lo que respecta a los movimientos ideológicos de la primera mitad, el lema solía ser: «Mañana será un día mejor». Sacrifiquémonos hoy, impongamos incluso que los demás se sacrifiquen hoy, de forma que nuestros hijos hereden un paraíso en el futuro. En algún momento, en torno a mediados de siglo, se reemplazó esta noción por la de felicidad instantánea. No se trataba ya del famoso derecho a luchar por la felicidad, sino de la ilusión —actualmente tan extendida— de que la felicidad está desplegada en las estanterías, de que sólo hay que llegar a ser lo bastante rico para costearse la felicidad a golpe de billete. Pero el final de cuento «fueron felices y comieron perdices», la ilusión misma de la felicidad duradera, es, de hecho, un oxímoron. Puede ser puntual o prolongada pero la felicidad eterna no es felicidad, igual que un orgasmo sin fin no sería un orgasmo en absoluto.
Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. En esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar a la esposa, de hacer ingeniero al niño o de enderezar al hermano en vez de dejarles ser. El fanático es una criatura de lo más generosa. El fanático es un gran altruista. A menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error, de fumar. Liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Una de dos: o nos echa los brazos al cuello porque nos quiere de verdad o se nos lanza a la yugular si demostramos ser unos irredentos. En cualquier caso, topográficamente hablando, echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto. De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto. El señor Bin Laden y la gente de su calaña no sólo odian a Occidente. No es tan sencillo. Más bien creo que quieren salvar nuestras almas, quieren liberarnos de nuestros aciagos valores: del materialismo, del pluralismo, de la democracia, de la libertad de opinión, de la liberación femenina… Todo esto, según los fundamentalistas islámicos, es muy pero que muy perjudicial para la salud. Con toda seguridad, la meta inmediata de Bin Laden no era Estados Unidos. Su meta inmediata era convertir a los musulmanes pragmáticos, moderados, en auténticos creyentes, en su tipo de musulmanes. El islam estaba debilitado por los «valores norteamericanos». Pero para defender el islam no sólo hay que golpear a Occidente y golpearlo fuerte. No. Al final, hay que convertir a Occidente. Sólo prevalecerá la paz cuando el mundo se haya convertido no ya al islam, sino a la variedad más rígida, feroz y fundamentalista de islam. Será por nuestro bien. Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos. Muy a menudo, todo comienza en la familia. El fanatismo —creo— comienza en casa. Precisamente por la urgencia tan común de cambiar a un ser querido por su propio bien. Comienza por la urgencia de la autoinmolación por el bien de un vecino muy querido. Comienza por la urgencia de decirle a un hijo: «tienes que hacerte como yo, no como tu madre» o «tienes que hacerte como yo, no como tu padre» o «por favor, sé muy diferente de ambos». O cuando los cónyuges se dicen entre sí: «tienes que cambiar, tienes que hacerte como yo o de lo contrario este matrimonio no funcionará». Con frecuencia, comienza por la urgencia de vivir la propia vida a través de la vida de otro. De anularse uno mismo para facilitar la realización del prójimo o el bienestar de la generación siguiente. La autoinmolación suele infligir terribles sentimientos de culpa en el beneficiario; esto es, manipulación o, incluso, control de él o ella. Si yo tuviera que elegir entre los dos tipos de madre del famoso chiste judío, la que dice a su hijo: «¡Termina el desayuno o te mato!» o la que dice: «¡Termínate el desayuno o me mato!», probablemente elegiría el menor de los dos males, no terminarme el desayuno y morir en vez de no terminarme el desayuno y pudrirme en la culpa el resto de mi vida.
Volvamos ahora al sombrío papel de los fanáticos y el fanatismo en el conflicto entre Israel y Palestina, entre Israel y gran parte del mundo árabe. El choque entre israelíes y palestinos no es, en esencia, una guerra civil entre dos segmentos de la misma población, del mismo pueblo, de la misma cultura. No es un conflicto interno sino internacional. Afortunadamente. Porque los conflictos internacionales son más fáciles de resolver que los internos, que las guerras religiosas, que las luchas de clases, que las guerras de valores. He dicho más fácil, no fácil. En esencia, la batalla entre judíos israelíes y árabes palestinos no es una guerra religiosa. Aunque los fanáticos de ambos bandos hagan lo imposible por convertirlo en guerra religiosa. Fundamentalmente, no es más que un conflicto territorial sobre la dolorosa cuestión: «¿De quién es la tierra?». Es fundamentalmente un conflicto entre derecho y derecho, entre dos reivindicaciones muy convincentes, muy poderosas, sobre el mismo pequeño país. Ni guerra religiosa, ni guerra de culturas, ni desacuerdo entre dos tradiciones. Simplemente una verdadera disputa estatal sobre quién es el propietario de la casa. Y creo que puede resolverse.
He dicho antes que, de alguna forma exigua, de forma cauta, la imaginación tal vez pueda inmunizar parcial y limitadamente contra el fanatismo. Creo que una persona capaz de imaginar lo que sus ideas implican, como en el caso del bebé que llora en el cuarto piso, puede convertirse en un fanático a medias, lo que ya entraña una ligera mejoría. Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad moral nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto. No obran milagros pero pueden ayudar. Shakespeare puede ayudar mucho: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o en comedia. Al final, el fanático nunca es más feliz ni está más satisfecho, así muera o se convierta en bufón. Es una buena inyección. Y Gógol también puede ayudar: hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Gógol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acabe persiguiendo fanáticamente a su nariz. No es una mala lección. Kafka es un buen educador a este respecto, aunque estoy seguro de que nunca pretendió aleccionar con su obra contra el fanatismo. Pero Kafka nos muestra que también hay oscuridad y enigma cuando pensamos que no hemos hecho nada malo en absoluto. Eso ayuda. Hablaría mucho más de Kafka y Gógol y de la sutil conexión que veo entre ambos. Pero lo dejaremos para otro seminario. Pienso que William Faulkner puede ayudar. El poeta israelí Yehuda Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: «Donde tenemos razón no pueden crecer flores». Es una frase muy útil. Así, en cierto modo, algunas obras literarias pueden ayudar; no todas ellas. Y sin tomarse lo que voy a decir al pie de la letra, me atrevería a asegurar que, al menos en principio, creo haber inventado la medicina contra el fanatismo. El sentido del humor es un gran remedio. Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que él o ella lo hubieran perdido. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo. Es relativismo, es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene su pizca de gracia. Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve. Uno puede ser un israelí cargado de razón, un palestino cargado de razón o cualquier cosa cargada de razón. Con sentido del humor, puede que además uno sea parcialmente inmune al fanatismo.
Si pudiera comprimir el sentido del humor en cápsulas y luego persuadir a poblaciones enteras para que se tragaran mis píldoras humorísticas, inmunizando así a todo el mundo contra el fanatismo, puede que algún día accediera al Premio Nobel de Medicina en vez de al de Literatura. ¡Pero cuidado! La propia idea de comprimir sentido del humor en cápsulas, de hacer que otros se traguen mis píldoras humorísticas por su propio bien, curándose así de su trastorno, está ligeramente contaminada de fanatismo. Mucho cuidado, el fanatismo es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo. Leyendo los periódicos o viendo la televisión, es posible comprobar todos los días lo fácilmente que la gente se convierte en fanática antifanática, en cruzados anti-yihad antifundamentalistas. A la postre, si no podemos vencer al fanatismo, tal vez podamos al menos contenerlo un poco. Como he dicho antes, la habilidad de reírnos de nosotros mismos es una cura parcial, la habilidad de vernos como nos ven los demás es otra medicina. La habilidad de existir en situaciones con final abierto, incluso de aprender a disfrutar de dichas situaciones, de aprender a gozar de la diversidad, puede también ayudar. No estoy predicando un relativismo moral total. Desde luego que no. Intento hacer hincapié en la necesidad de imaginarnos unos a otros. Hagámoslo en todos los niveles, empezando por el más cotidiano. Cuando luchamos, cuando nos quejamos. Imaginémonos precisamente cuando sentimos que tenemos un ciento por ciento de razón. Incluso cuando se tiene un ciento por ciento de razón y el otro está totalmente equivocado, sigue siendo útil imaginar al otro. De hecho, lo hacemos todo el rato. Mi última novela, El mismo mar[2], versa sobre un puñado de seis o siete personas diseminadas por el globo, que se sienten casi en comunión mística. Se presienten, se comunican todo el tiempo entre sí de forma telepática, aunque están diseminadas por los cuatro rincones de la tierra.
La habilidad de existir en situaciones con final abierto: escribir una novela, por ejemplo, implica entre otras cargas la necesidad de levantarse cada mañana, beber una taza de café y empezar a imaginar al otro. ¿Qué pasaría si yo fuera ella? ¿Qué pasaría si yo fuera él? En mi experiencia personal, en mi propia historia vital, en mi historia familiar. No puedo dejar de pensar muy a menudo que, con una leve modificación de mis genes o de las circunstancias de mis padres, podría ser él o ella, podría ser un poblador de la orilla occidental, podría ser un extremista ultraortodoxo, podría ser un judío oriental de un país del Tercer Mundo, podría ser alguien diferente. Podría ser uno de mis enemigos. Imaginarlo es siempre una práctica socorrida.
Hace muchos años, cuando todavía era un niño, mi sapientísima abuela me explicó con palabras muy sencillas la diferencia entre judío y cristiano, no ya entre judío y musulmán, sino entre judío y cristiano: «Mira —dijo—, los cristianos creen que el Mesías ya estuvo aquí una vez y que, desde luego, regresará algún día. Los judíos mantienen que el Mesías está todavía por llegar. Por esto —dijo mi abuela— ha habido tanta ira, tantas persecuciones, derramamiento de sangre, odio… ¿Por qué? ¿Por qué no podemos esperar todos sin más y ver qué pasa? Si el Mesías vuelve diciendo: “¡Hola, me alegro de volver a veros!”, los judíos tendrán que ceder. Si, al contrario, el Mesías llega diciendo: “¿Qué tal estáis?, me alegro de conoceros”, toda la cristiandad tendrá que disculparse con los judíos. Mientras tanto —dijo mi sabia abuela— sólo vive y deja vivir». Ella era definitivamente inmune al fanatismo. Conocía el secreto de vivir en situaciones con final abierto, en conflictos no resueltos, en la otredad de los demás. Como ya he dicho, el fanatismo comienza en casa.
Debería concluir diciendo que el antídoto también se puede encontrar en casa: está en potencia en las yemas de los dedos cuando escribimos. Ningún hombre es una isla, dice John Donne. Me atrevo humildemente a añadir a esta maravillosa sentencia que ningún hombre ni ninguna mujer es una isla, pero que cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano. Pienso que nos deberían dejar ser penínsulas. Todo sistema político y social que nos convierte a todos y cada uno de nosotros en una isla darwiniana y al resto de la humanidad en enemigo o rival, es una monstruosidad. Pero al mismo tiempo, todo sistema ideológico, político y social que quiere convertirnos sólo en moléculas del continente también lo es. La condición de península constituye la propia condición humana. Es lo que somos y lo que merecemos seguir siendo. Así que, en cierto sentido, en cada casa, en cada familia, en cada relación humana, tenemos de hecho una relación entre un número de penínsulas, y será mejor que lo recordemos antes de intentar modelarnos, darnos la espalda mutuamente e intentar que el de al lado se vuelva como nosotros, mientras que lo que él o ella necesita es contemplar un rato el océano. Y ésta es la verdad de los grupos sociales, las culturas, las civilizaciones. Y de las naciones. También, sí, de israelíes y palestinos. Ninguno de los dos bandos es una isla ni puede mezclarse por completo con el otro. Esas dos penínsulas deberían estar relacionadas y, a la vez, dejadas a su aire. Sé que es un mensaje poco usual en días de violencia, ira, venganza, fundamentalismo, fanatismo y racismo, campando a sus anchas en Oriente Próximo y en otras partes.
Por lo que se refiere al sentido del humor, imaginar al otro, reconocer la península que hay en cada uno de nosotros, puede constituir al menos una defensa parcial contra el gen fanático que todos llevamos dentro.
Conferencia del 23 de enero de 2001.

Amos Oz
Contra el fanatismo

«¿Cómo curar a un fanático? Perseguir a un puñado de fanáticos por las montañas de Afganistán es una cosa. Luchar contra el fanatismo, otra muy distinta. […]». «La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en Israel/Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la mentalidad de los árabes como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia. […]». «El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera». Amos Oz

si alguna vez nos vemos puede que te hable del estupor que me han causado tus palabras

Y en otra carta, del 5 de agosto de 1979, Lilienka me escribe:
«…pero dejemos eso ahora, si alguna vez nos vemos puede que te hable del estupor que me han causado tus palabras. ¿A qué aludes ahora, en la “nota sobre mí mismo” de tu libro…, cuando hablas de una madre que se suicidó “por desilusión y nostalgia”? ¿Algo no iba bien? Perdóname, estoy hurgando en la herida. En la herida de tu padre, que en paz descanse, y en especial en la tuya, e incluso en la mía. No sabes cuánto echo de menos a Fania, y sobre todo en los últimos tiempos. Me he quedado muy sola en mi pequeño y estrecho mundo. La añoro. También a otra amiga nuestra, Stefa, que dejó este mundo con dolores y sufrimientos en el año 1963… Era pediatra y su vida fue un desengaño tras otro, tal vez porque creía en los hombres. Stefa sencillamente se negaba a entender de lo que son capaces algunos hombres (por favor, no te lo tomes como algo personal). Las tres éramos muy amigas en los años treinta. Yo soy el último mohicano de todos los amigos y amigas de entonces. Intenté suicidarme dos veces, en el 71 y en el 73, pero no lo conseguí. No lo intentaré más… Aún no ha llegado el momento de hablar contigo de las cosas que atañen a tus padres…, han pasado muchos años…, no, aún no estoy preparada para expresar por escrito todo lo que quisiera. Y eso que antes sólo sabía expresarme por escrito. Tal vez nos veamos algún día, para entonces muchas cosas pueden haber cambiado… Por cierto, quiero que sepas que tu madre y yo, y otras chicas del grupo Hasho mer Hatzair de Rovno, considerábamos a la pequeña burguesía lo peor que podía haber en el mundo. Todas procedíamos de casas así. Tu madre nunca fue “de derechas”…, sólo cuando entró a formar parte de la familia Klausner simuló que era uno de ellos: en casa del “tío Yosef” estaban siempre todos los periódicos, excepto Davar. El más fanático de todos era el hermano Betzalel Elitzedek, ese hombre tan amable cuya esposa cuidó del profesor cuando éste enviudó. De todos ellos, sólo a tu abuelo Alexander, que en paz descanse, le tenía yo cariño…».

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad


Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

tío Zémaj me sacaba de la cama a las cinco de la madrugada y me incitaba con susurros a entrar a saco en la cocina para hacernos una tortilla de dos huevos

De todo corazón
En el que tío Zémaj se pasa un pelo y yo emprendo un viaje para explorar el manantial del río Zambeze, en el corazón de África.
El día de Shavuot, tío Zémaj vino a visitarnos desde Tel Aviv y me trajo de regalo una bicicleta. De hecho, mi cumpleaños cae entre esas dos festividades, Pésaj y Shavuot. Pero a ojos de tío Zémaj todas las fiestas más o menos son iguales, con excepción de la Fiesta del Árbol, que él trata con respeto excepcional. «Durante Januká», solía decir, «a los hijos de Israel se nos enseña a odiar a los malignos griegos. En Purim son los persas; en Pésaj odiamos a Egipto; en Lag Bamer, a Roma. El 1 de mayo nos manifestamos contra Inglaterra; el 9 de Av, contra Babilonia y Roma; el 20 de Tamuz murieron Herzl y Bialik, mientras que el 11 de Adar hemos de recordar para siempre lo que los árabes les hicieron a Trumpedor y a sus compañeros en Tel Jai. La Fiesta del Árbol es la única en que no nos hemos peleado con nadie, la única que no trae consigo duelos que recordar. Pero casi siempre llueve: adrede, por supuesto».
Mi tío Zémaj, tal como me habían explicado, era el hijo mayor del primer matrimonio de mi abuela Emilia, que después se casó con mi abuelo Isidoro. A veces, cuando se quedaba con nosotros, tío Zémaj me sacaba de la cama a las cinco de la madrugada y me incitaba con susurros a entrar a saco en la cocina para hacernos una tortilla de dos huevos. Traía entonces una mirada jovial, maliciosa incluso, y se comportaba como si él y yo fuéramos miembros de alguna banda peligrosa, sólo temporalmente metidos al ocasional pasatiempo de hacernos unas tortillas. Pero mi familia en general tenía una opinión muy distinta del tío Zémaj. Por ejemplo:
«Ya era un pequeño estraperlista cuando tenía catorce años, en Varsovia, en el distrito Nalevki, y aquí lo tienes, de estraperlista aún en la calle Bugrashov, en Tel Aviv».
O bien: «No ha cambiado ni un ápice. Ni siquiera el sol se molesta en broncearle. Es como es, y no hay nada que hacer».
Pero esta última observación me resultaba estúpida y desconsiderada, e injusta también. Mi tío Zémaj no se ponía nunca moreno simplemente porque no podía, y a eso no había vuelta que darle. Si le hubieran nombrado socorrista en la playa, lo único que habrían conseguido es que se quemara en vez de ponerse moreno; habría enrojecido y empezaría a pelarse. Así es como era: un hombre todavía joven, no muy alto, y tan delgado y tan pálido que parecía hecho de papel. Tenía el pelo también blanquecino y los ojos rojos como los de un conejo.

Amos Oz,
La bicicleta de Sumji,
1 de mayo,

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