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Araucaria (4) - y yo, apoyado en la puerta de la veranda, tenía miedo de que las boas escondidas en la hierba la devorasen de un bocado

Durante la época de las lluvias, pensé, las boas subían por la mañana a aquella parte de la villa, seguían por el apeadero del tren, en busca de las cabras que se alejaban de las chozas, fuera de la protección de los perros, los insectos vibraban en el aire mojado, hormigas rojas surgían de los pretiles y de las grietas de la caliza, casi se distinguían los paredones de la iglesia y las araucarias del convento sin monjas, de claustros adornados con angelitos, y en esto el cielo ennegrecía de repente, los truenos estallaban de valle en valle en medio de un ruido de muebles, quemando las tierras aradas y los arbustos del café, y mi padre llegaba a casa en el todo-terreno, empapado, temblando por el paludismo, se envolvía en las mantas y le pedía a mi madre, desde el fondo de capas superpuestas de lana, el frasco de comprimidos de quinina. A esas alturas era ella, con bata, galochas, paraguas y linterna, quien encendía y apagaba el motor acompañada por la cocinera con una lata de petróleo en la mano, después de esparcir velas encendidas en los cuartos como en un oratorio sin imágenes, y yo, apoyado en la puerta de la veranda, tenía miedo de que las boas escondidas en la hierba la devorasen de un bocado, como les hacían a las cabras, al mismo tiempo que mi padre, con una compresa que se maceraba en su frente, vomitaba el alma en una jarra de esmalte.
Mi madre, de vuelta del motor, mandaba entonces que me vistiese con unos pantalones por encima de los pantalones del pijama, que me calzase las botas de goma de pescar en el Dondo, que me pusiese la gabardina de mi padre que se arrastraba, larguísima, por el barro y buscase al Delegado de Salud en la pensión de la francesa, acompañado por tres criados negros cuyas órbitas color madera de pino rodaban chispeantes, suspendidas del vacío, en la oscuridad. Cruzábamos charcos y desniveles de talud, un barrio con chabolas de adobe, bosta, cinc y planchas de madera amontonadas en torno a un baobab reducido por las langostas a un esqueleto de cortezas, alcanzábamos, al lado del aeródromo que ningún avión utilizaba, la carretera de arena hacia el centro de la villa, girábamos a la derecha por el convento de las monjas, con su reguero de guijarros, y tocábamos el timbre de la madama en una de las casas del barrio económico que la fábrica de refrescos y cervezas había construido para las familias de los obreros que fermentaban la malta y embotellaban naranjadas.
Era un edificio pequeño e inocente con un huertito de begonias y un candil de cobre en el zaguán, que los clientes reconocían, aun con los ojos cerrados, gracias a los tangos del gramófono que inundaban las tinieblas con acordeones trágicos y con gritos de resignación o de celos. Un edificio pequeño entre edificios pequeños, con visillos fruncidos y pájaros de barro que revoloteaban en la fachada, con todo-terreno y automóviles estacionados en el paseo, una claridad ambarina que suavizaba los anaqueles, y allí dentro una salita con un círculo de sofás y de sillas de cola de bacalao apoyadas en las paredes como en las academias de baile, lámparas vestidas de papel celofán una araña que goteaba aristas de caireles, y un sirviente con chaleco, mangas abombadas y servilleta en el brazo trotando de sillón en sillón con una bandeja de vasos.

António Lobo Antunes
Tratado de las pasiones del alma

Un terrorista —el Hombre— y un Juez de Instrucción se enfrentan, desde posiciones encontradas, en un interrogatorio que va mucho más allá del intento de conseguir información. Los dos hombres se conocen desde niños y en la conversación saldrán a relucir —en un entremezclarse de tiempos y voces pasados y presentes— todas sus diferencias ideológicas y de clase: el juez proviene de una mísera familia campesina y el terrorista es nieto del dueño de las tierras donde ésta trabajaba.
Con un lenguaje desbordante, riquísimo en recursos expresivos —donde cada palabra parece haber sido pulida hasta alcanzar una nueva categoría—, Lobo Antunes profundiza admirablemente en el alma humana hasta su médula más desnuda.

Ciclamor (9) - los recuerdos que yo tenía corrían en el cristal del tren como si se volviesen viejos en un instante,

Lisboa al revés y faroles de barcos, varias Lisboas y varios barcos superpuestos por el movimiento del Tajo, una Lisboa plegándose en otra y la otra en otra y en esto la primera otra vez, mi madre conversando con un hombre, el hombre vació un cubo en el patio y empujó la puerta, traje en la gabardina de Rui una lata de petróleo, la jeringuilla, el periódico y el encendedor para calentar la cuchara, hace siglos que no hay quien pedalee en el triciclo dos casas más adelante porque su sobrina no se hizo novia de un doctor, pide limosna en la calle, le habrán dicho que su sobrina pide limosna en la calle y la tía
—No me mortifiques, cállate
Dália giraba y giraba con su vestidito azul, parece un ángel, parece un hada, parece una princesa ¿no?
—Cállate
yo a Dália en la colina de Chelas
—¿Quieres tu triciclo, Dália?
y Dália con la boca abierta agitándose en los trapos, qué ha sido de tus dientes, Dália, qué les ha sucedido a tus dientes de esposa de doctor, sabías que tienes el triciclo esperándote con ruedas nuevas, Dália, sabías que tu tía
—Cállate, no te he oído, cállate
corriendo la cortina, el cerrojo, los estores
—No me mortifiques, cállate
Dália en Bico da Areia intentando acordarse
—¿Me conociste de dónde?
acuclillándose a la entrada del barrio con una esperanza de limosnas, esas heridas en los dedos, esas uñas sin color, se notaba el viento de Trafaria con unos jirones de música colgados de los hombros como tu chaqueta, Dália, cuando las flores de la genciana se abran en mayo nos hacemos novios, ¿quieres?, Dália y la fantasma
—Sácame de aquí a esta fantasma, Judite
la fantasma a la espera de que los gitanos quietos, el espejo del armario vacío, ninguna farola en el barrio, tirando del tapón de la lata de petróleo con los dientes, ordenando a la terraza
—Abre la boca, bebe
Dália apretaba el émbolo con la ayuda de la fantasma en una vena de la lengua, las de los brazos y las piernas sin sangre, se buscaba debajo de la ropa y las líneas de los huesos le roían la piel, Vânia adelgazaba así y el gerente observando lo holgado de la blusa
—Por casualidad no estarás enferma, ¿no, Vânia?
si mi abuela recorriese su cara entendería, mi abuela en un hoyo que mi padre no alisó, lo alisaron dos individuos con gorra y el cura con el misal en el pecho quejándose del frío
—Más deprisa
ni una campana que repicase lutos por ella, la muchacha del dedo en el libro con nosotros
no, una vecina
ni un boj ni un tronco, un rectángulo en el comienzo de la cuesta con un crucifijo a la entrada
el cementerio de los judíos, decían ellos
cipreses en harpilleras para plantar después, sauces, ciclamores, Vânia
—Nunca he estado tan bien
en una ocasión llevamos a mi abuela a Bico da Areia, todo quedaba atrás en la ventanilla
es decir los recuerdos que yo tenía corrían en el cristal del tren como si se volviesen viejos en un instante, separándonos de cosas al final antiguas, la casa, el gato, las mimosas, la risa de mi madre se acabó en la boca
—Abre la boca, fantasma
llevamos a mi abuela hacia el peldaño del portón, gemidos de cuna de gaviotas y ella preocupada intentando sujetarnos
—No entiendo el mar, Judite
en el cuartito del fondo donde el cesto de las sábanas sin lavar, la caja casi vacía con el juego de cubiertos de metal chapado que íbamos vendiendo o entregándolos en la terraza donde el petróleo ahora
la fantasma los entregaba en la terraza donde el petróleo ahora, el dueño rascaba el tenedor o la cuchara con la navaja, los pesaba en la mano, los guardaba en el cofre y medía un cuartillo de vino, mi madre a mi abuela
—Venga a comer, madre
y ella ovillada de miedo
—No entiendo el mar, Judite
—¿El dueño de la terraza es mi padre, madre?
mi madre muda o si no
—¿Qué has venido a hacer aquí? Vete ya
y antes de irme la fantasma ayudaba a Dália con la vena de la lengua
o mejor la fantasma sola pensando si yo pudiese ayudar a Dália con la vena de la lengua, el resto de la lata de petróleo en el toldo, uno de los perros corrió pegado a la última casa y se hundió en la duna, si en esa época hubiese conocido al señor Couceiro le habría pedido que hablase con mi abuela y le explicase el mar en latín, la ciudad al revés, los faroles de los barcos, la fantasma acercaba el encendedor al periódico y el periódico al petróleo, el dueño de la terraza en la vivienda justo a la izquierda del barrio con un santo en una hornacina y azulejos y cactus, la esposa del delantal sabía con certeza

António Lobo Antunes, ¿Qué haré cuando todo arde?,

António Lobo Antunes se adentra en el mundo marginal y desconocido del travestismo, la homosexualidad y la drogadicción para narrarnos la historia de una familia llena de conflictos y rupturas, a través de los recuerdos de Paulo, un joven que creció bajo la tutela de un padre travesti y una madre alcohólica. Su vida discurre entre las calles de un humilde barrio lisboeta, donde consigue las drogas que le ayudan a evadirse de una realidad que le supera y el centro psiquiátrico en que los doctores tratan de encarrilar su existencia.

Ciclamor (1) - Arrancaba yo, después de comer, las alas a las moscas de entre la cortina y la vidriera, cuando advertí al muchacho en el jardín.

Arrancaba yo, después de comer, las alas a las moscas de entre la cortina y la vidriera, cuando advertí al muchacho en el jardín. No sé cuántos años tiene. No sé cuántos años tengo Tampoco sé los años de la que me trae la comida y me da órdenes. Tal vez doscientos. O trescientos. O mil. No pregunto. No digo nada. Bajo las escaleras si me llama, mastico lo que me da, aparto el plato, agarro el violín, me levanto. Le faltan dos cuerdas. Las que quedan son blancas como mi pelo. El del muchacho es castaño. Las voces que conversan conmigo son mucho más oscuras. A veces me mandan a dormir, Duerme, yo me pongo el pijama encima de la ropa, me quito los calcetines, me extiendo, las voces se callan, y me quedo mirando el sonido de los ratones en el revestimiento de las paredes, que devoran los ladrillos en un jadeo presuroso. No puedo matarlos porque las voces me lo prohíben. No puedo matar a la de la comida. Ni a las palabras. No puedo matar casi nada. No puedo arrancarles alas a las moscas y verlas pasear por la mesa de piedra palpando migajas con la trompa. No hace falta fuerza para arrancar alas. La tarde en que rompí las cuerdas del violín tuve que tirar mucho más.
Ésta es mi casa. El muchacho tiene otra. Grande. Y cerdos. Las voces odian a los cerdos. Me prometieron que cualquier día me dejan acercarme allí con un cuchillo y arrancarles una pata o dos. Es una cuestión de tiempo. Me siento en la mecedora de mi cuarto y espero. Entonces vienen las sombras, los muebles empiezan a crepitar, un aliento me susurra en la oreja Acuéstate, y enseguida viene la mañana y me despierto con el olmo que entra por la veranda como cuando fuimos en automóvil a Galicia, tú dijiste, abrazada a mí, Fíjate, y un ciclamor, estremecido de niebla, se arrimaba a las puertas para tocarnos los pies. Los empleados del hotel servían el desayuno en la cama, la azucarera, la tetera y la mantequera centelleaban, quitabas siempre la nata de la leche con la cuchara mientras yo enderezaba la almohada para oír las olas abajo en la playa, bajo la lluvia, los pájaros, el largo ronquido de motor del agua. Las voces aseguran que arrastran el mar hacia aquí, las olas ahogarán a las farolas de la calle hasta el porche de la cocina y no tendré que comer, tocar el violín ni ocuparme de nada.
Un cura entró en la salita preguntando por el muchacho. No golpeó. Debe de tener una llave como la mujer de la tartera. Quería saber si yo lo había visto la última semana, en los últimos días, y que necesitaba una respuesta por un asunto importante. Se fue al poco rato, después de mirarme arrugando la frente. Las voces me avisaron que no podía matarlo y que la playa había comenzado a crecer en el jardín. Debía de esconderse bajo la hierba pero me topé luego con el muchacho paseando con las manos en los bolsillos, solo, en medio de las begonias. Las voces me aseguran que lo conozco. No es verdad. O es verdad y no lo sé. Poco interesa. Si quiero arrancarles las patas a los cerdos ¿quién me lo impide? En medio de las flores el muchacho miraba mi casa. Podía correr tras él, amenazarlo con el cuchillo. ¿Para qué? Me basta aquel campo de olivos, tu grito, el automóvil contra un árbol, personas que se acercaban entre gesticulaciones gritando frases en español. Las moscas no gritan. Ni tú. Ni las voces. Nunca. Yo abro la boca y no sale sonido alguno. Mis dientes se estremecen en silencio como la hierba. De cualquier modo hacía tiempo que el cura buscaba al que las voces dicen que es mi hijo. Yo también. Con todo sólo veía en el jardín al viejo con gorra y tijeras que regaba las flores. Y ahora allí estaba el muchacho. Delgado. Sin el mechón de costumbre en la frente. No me quedé contento. Ni triste. No he aprendido lo que es eso. Pero sé que allí hay alguien a quien puedo matar como se mata a una gallina cuando las voces me dejen.

António Lobo Antunes, Tratado de las pasiones del alma

Un terrorista —el Hombre— y un Juez de Instrucción se enfrentan, desde posiciones encontradas, en un interrogatorio que va mucho más allá del intento de conseguir información. Los dos hombres se conocen desde niños y en la conversación saldrán a relucir —en un entremezclarse de tiempos y voces pasados y presentes— todas sus diferencias ideológicas y de clase: el juez proviene de una mísera familia campesina y el terrorista es nieto del dueño de las tierras donde ésta trabajaba.
Con un lenguaje desbordante, riquísimo en recursos expresivos —donde cada palabra parece haber sido pulida hasta alcanzar una nueva categoría—, Lobo Antunes profundiza admirablemente en el alma humana hasta su médula más desnuda.

Aliso (6) - ¿DE dónde me vendrá la impresión de que a la casa, aunque está igual, le falta casi todo?

DE dónde me vendrá la impresión de que a la casa, aunque está igual, le falta casi todo? Las habitaciones son las mismas con los mismos muebles y los mismos cuadros y no obstante no era así, no era esto, fotografías antiguas en lugar de mi madre, de mi padre, de las criadas de la cocina, y de la tos de mi abuelo rigiendo el mundo, no su presencia, no órdenes, la tos, un pañuelo le salía del bolsillo y le desordenaba el bigote, mi padre sujetaba el caballo a la argolla y después solo el rumor de la hierba que sí se mantiene, aunque seco y duro hasta después de la lluvia, en el balcón los campos que conozco y no conozco, la hilera de cipreses que llevaba al portón y más allá del portón con uno de los pilares caído los alcornoques y el trigo, el pueblo cada vez más distante donde las luces acentúan la oscuridad, un sitio de difuntos en cuyas calles cabalgaba abrazado a mi padre, asustado por los postigos vacíos y la certeza de que nos acechaban desde los alisos de la plaza en la época en que nada faltaba en casa, mi madre en el piso de arriba perfumando baúles, la taza de mi abuela en el plato y ella mirándome con ojos fijos de retrato que atravesaba generaciones venida de una merienda de mujeres con crenchas y caballeros con alzacuellos de celuloide y entonces yo pensaba si todo el mundo seguiría aquí trabando conversaciones que el reloj de péndulo ahogaba en su corazón pausado, una tarde encontré la taza y el plato en un rincón de la mesa camilla y la silla sin nadie, otra tarde los baúles del piso de arriba dejaron de oler, aunque en esa ocasión automóviles en el patio, hombres que me despeinaban con una lástima amigable
—El huérfano
mientras las criadas de la cocina amontonaban flores en la carretilla donde me dio la impresión de que el olor de los baúles se disipaba despacio, mi abuelo con corbata, él que no usaba corbata, usaba un botón de cobre que le cerraba el cuello y mi padre desprendiendo las riendas de la argolla, lo vi parado en una loma antes de cabalgar de nuevo, lo vieron desde el lado de fuera del cementerio observando las flores, pero lo que recuerdo mejor es un tordo en un ángel de escayola y la llovizna de octubre, gotas que no caían, cambiaban de posición bajo un cielo de borrajas, hombres con azadas, las cruces de los soldados que murieron en Francia en un arriate donde los arbustos crecían sin que los cortasen y se diría gimientes y mi padre a campo traviesa acosado por ladridos de perros y espantando gallinas, él que no hablaba con mi madre, no la saludaba siquiera, dormía en la habitación contigua a la cocina culpándola de la indiferencia de mi hermano, que sigue conmigo en esta casa en la que, aunque está igual, falta casi todo, las mismas escaleras, los jarrones, las cenefas, el caballo que no volvieron a montar y mi padre en el peldaño de la parte trasera, al atardecer, disparando sobre los conejos salvajes a medida que el pueblo empezaba a hervir de espectros y el moho de la ropa sustituía el perfume de los baúles, mi abuelo falleció años antes y nadie nos visitó excepto uno o dos hombres de su edad con un botón de cobre cerrándoles el cuello a los que a su vez nadie visitaba y empujarían sin flores hacia el cementerio que los tipos de las azadas abandonaron dejándonos en medio del trigo mustio y de la avena chamuscada y mi padre sin preocuparse por la avena, un extraño para mí como yo un extraño para él semejantes a los parientes de los retratos en lo que insisto en llamar casa por no encontrarle otro nombre, demasiado grande para nosotros con dos o tres palmeras y mi abuela
—El jardín

António Lobo Antunes
El archipiélago del insomnio

Comenzamos por una casa, por el sentimiento de una casa, un poder que viene desde hace mucho tiempo, cuando esa casa era la misma pero diferente, una heredad, un latifundio, cuando no faltaba nada: la familia, las sirvientas en la cocina, el administrador, los campos, el pueblo al fondo y la tos del abuelo rigiendo el mundo. El archipiélago del insomnio narra la historia de tres generaciones de una poderosa familia rural en tierras del interior de Portugal. La historia de un niño que fantasea con empujar a su hermano al interior de un pozo para ganarse la atención de su abuelo, de una criada que recoge sus cosas para instalarse en las habitaciones del señor de la casa y de un hombre que golpea a su padre con una escarda hasta matarlo. Las voces de los familiares vivos y muertos, un archipiélago de islas incomunicadas, se entremezclan en el relato para contar «la historia de tres generaciones de una familia entre dos nadas: aquella de la que vienen y aquella hacia la que se dirigen» (Mário Santos).
«Esto no es un libro, es un sueño.» Maria Alzira Seixo, Jornal de Letras, Artes e Ideias.

Alcornoque (1) - —Marlene otro nombre, es evidente, un nombre de chico y cinco años en esa época, esto ocurrió en febrero y cumplo años en mayo, un nombre que a usted no le interesa y para mí no existe, eligió una uva para ella y una uva para mí retirando el zapato

—Mi hermano menor, Marlene
y entonces fingiendo no comprender comprendí que su hijo, que vivió con una mujer no sé dónde pero no lejos del mar puesto que en ciertas noches olvidaba la cremallera del vestido y me hablaba de margaritas y gaviotas, de vez en cuando la mirada que no miraba, la voz olvidada de hablar ahuyentando las palabras, los gestos inútiles
—Hoy no puedo salir contigo, Marlene
y cogía el autobús hacia la margen opuesta del Tajo, me contaron que un solar de gitanos en Costa da Caparica o en Fonte da Telha, los pinares marchitos que prolongaban las playas, el pasado que la bajamar deja siempre en la arena
en mi caso mi padre que apoyó la frente en la escopeta de caza
una terraza, un puente, cabañas que resistían al invierno con una porfía de arbustos, esas ramitas delgadas sin raíz ni tallo nacidas de los peñascos con vocación de eternidad, supimos de mi padre en el olivar por un revoloteo de urracas, mi madre sin soltar las uvas que estaba comiendo lo tanteaba un poquito con el pie, rechazaba una uva, me llamaba
—Marlene
no Marlene, otro nombre, reparó en cómo lo miré sin mirarlo cuando dijo
—Marlene
otro nombre, es evidente, un nombre de chico y cinco años en esa época, esto ocurrió en febrero y cumplo años en mayo, un nombre que a usted no le interesa y para mí no existe, eligió una uva para ella y una uva para mí retirando el zapato
—¿Te apetece una uva, Marlene?
o sea
allí está mirando de nuevo
—¿Te apetece una uva, Fulano?
las dos acabamos el racimo, las urracas allá, en el alcornoque, mi padre boca abajo y ningún olor a pólvora, la escopeta de caza que volvimos a colocar en la tranca de la puerta cuando nos fuimos, las urracas regresaron al olivar y nosotras contentas puesto que todo como es debido y la paz que disfrutamos
—Han vuelto
tengo la certeza de que mi padre satisfecho también él que detestaba el desorden del mundo, si el tapete torcido acomodaba el tapete, si el búcaro fuera de lugar desplazaba el búcaro, al cenar giraba el plato hasta que el paisaje del fondo, una aceña y una niña con una flor en la mano, vuelta hacia él, mi madre abrió la tabla de planchar y mientras la plancha se calentaba
—No dejes que se queme
telefoneó a la Guardia, en mi opinión no merecía la pena dado que todo como es debido, el tapete correcto, el búcaro, el paisaje del plato vuelto hacia el lugar de mi padre, la chaqueta y los pantalones que tenía que ponerse en la percha de alambre en el cerrojo de la ventana y él sin razones de queja de nosotros, sin razones de queja de nada junto a una raíz de olivo a doscientos metros de la casa, difícil de distinguir con el avance de las horas e imposible de distinguir cuando llegó el jeep, mi madre
—Presta atención a la plancha
y la Guardia
—Buenas noches
en una época en que no era necesario lavar las uvas porque no las tratábamos y el vino de ese año con doce grados y más limpio, presté atención a la plancha echando saliva en el dedo y esperando que mi madre se despidiese de la Guardia y la inclinase de nuevo para doblar un mantel
—Déjalo de mi cuenta, Marlene
¿notó mi mirada?
—Déjalo de mi cuenta, Fulano

António Lobo Antunes
¿Qué haré cuando todo arde?

António Lobo Antunes se adentra en el mundo marginal y desconocido del travestismo, la homosexualidad y la drogadicción para narrarnos la historia de una familia llena de conflictos y rupturas, a través de los recuerdos de Paulo, un joven que creció bajo la tutela de un padre travesti y una madre alcohólica. Su vida discurre entre las calles de un humilde barrio lisboeta, donde consigue las drogas que le ayudan a evadirse de una realidad que le supera y el centro psiquiátrico en que los doctores tratan de encarrilar su existencia.

Abeto (1) - Crónica de Navidad

Crónica de Navidad
A estas alturas del año, cuando llega la Navidad, me acuerdo siempre de mi abuelo. Es decir, me acuerdo muchas veces de mi abuelo pero me acuerdo mucho más en Navidad porque mientras vivió mi abuelo fue la época más feliz de mi vida. Yo era el hijo mayor de su hijo mayor, me llamo António Lobo Antunes porque ése era su nombre
(aunque preferiría tener en el carné de identidad nombres como Cisco Kid o Hopalong Cassidy)
me llevó a Padua a hacer la primera comunión después de que me confesase debidamente en su casa el señor párroco
(los sábados mi abuelo daba una comida a los curas y el de Amadora aprovechaba para agarrarme la cabeza con besos enternecidos
—Ay, angelito, ay, angelito
embadurnándome con fervores místicos, vamos a partir del principio de que eran fervores místicos y yo me torcía y me retorcía porque me molestaba la saliva y las manos demasiado calientes y blandas)
me llevó a Padua, en un Nash, a hacer la primera comunión, España, Francia, Suiza, Italia, pasé días vomitando en el automóvil, me aburrí de muerte en los museos donde mi padre me soltaba conferencias interminables delante de los cuadros y las estatuas, y me aburrí de muerte porque no había un solo cuadro que representase a Cisco Kid, sólo señoras de encaje, Cristos en agonía y leprosos de piedra a los que les faltaban trozos, fui atropellado por una bicicleta en Berna, en la iglesia de San Antonio me vi en apuros con la hostia que no se despegaba del paladar y yo dividido entre las ganas de meter allí dentro el dedo y el pánico de lastimar a Jesús con la uña, me perdí en Venecia, comí muchos helados, cuando volví mi hermano João se había roto un brazo, tía Madalena mandó que lo escayolasen y me mordí de envidia por estar entero sin nada colgado del cuello.
Pero volviendo a las Navidades, en casa de mi abuelo eran un acontecimiento. Después del pavo y antes de las tías polvorientas de Brasil que vivían por la zona de la calle Braamcamp y a las que sólo veía en diciembre
(me acuerdo de pisos oscuros, de brillos de plata en la penumbra, de pianos, de criadas que se llamaban todas Conceição, de viejecitas que olían a medicina, tía Mimi, tía Biluca, de muebles amenazadores y de pasillos sin fin)
mi abuela ordenaba a una de las hijas
—Mande entrar al personal
el personal se alineaba contra la pared, el guardés, la mujer del guardés, los hijos del guardés, el jardinero, la cocinera, los restantes mujiks, mi abuela con una pompa de condecoraciones de 10 de junio distribuía cruces de guerra de envoltorios con cosas blandas, medias, camisetas y tal, entre los siervos agradecidos. Una vez satisfechos los mujiks, que regresaban en fila a las catacumbas de la cocina
(a mí me encantaba ir a la cocina porque toda la gente se levantaba y me hacía reverencias mientras en la sala no me hacían ningún caso y seguían jugando a las cartas o, si me lo hacían, era para decir
—Niño, cállate
entre dos canastas de mano)
se pasaba al belén con montañas de cartulina, musgo y pedazos de espejo que simulaban lagos, delante del cual crecía un Himalaya de regalos. Había cosas de vestir que alegraban a mi madre y me enfurecían a mí puesto que las cosas de vestir eran regalos para ella y nunca vi que Hopalong Cassidy usase abrigos y pantalones cortos, y cosas que me alegraban a mí y enfurecían a mi madre tales como revólveres de fogueo y otras maravillas de hacer ruido que alteraban la canasta
(–Vete a pegar tiros, y a incordiar a otra parte que así no puedo concentrarme)
sin hablar de las pelotas que rompían cristales y soperas, de los caramelos cuyos papeles pegajosos se fijaban a los vestidos de la familia ni de los coches de cuerda que, si alguien les ponía un pie encima, le hacían dar un salto mortal hacia atrás más espectacular que los de los acróbatas del Coliseo. Mi abuelo con boquilla presidía la confusión sonriendo
(fue la única persona que nunca me mandó callar ni dejar de pegar tiros y a quien mis incordios lo divertían)
y como buen oficial de Caballería y veterano de guerra no le parecía mal que yo fusilase a las visitas con tiros en las orejas, visitas que se sobresaltaban del susto y caían en las sillas, muy pálidas, con la mano en el pecho, mirándome como si me quisiesen pulverizar y sonriéndole con una risita desmayada
—Su nieto tiene mucha vida
en la que se adivinaba el deseo incomprensible de verme atado de pies y manos con una mordaza en la boca.
Después mi abuelo murió, vendieron la casa, la familia se dispersó y las Navidades se acabaron. Las Navidades son ahora lo que veo en los escaparates de las tiendas: las Felices Fiestas de las empresas, las pastelerías con billetes de quinientos escudos sujetos a los abetos con pinzas de la ropa, un Papá Noel triste a la puerta de un supermercado distribuyendo publicidad de margarinas y teléfonos móviles. Las Navidades ahora soy yo tras las palabras de una novela, con un bloc en las rodillas, la cocina sin ningún mujik, mis hermanos con el pelo blanco, sobrinos que nunca han oído hablar de Cisco Kid. Pero puede ser que el año que viene me regalen una pistola de fogueo y al disparar el primero reaparezca mi abuelo, vuelva a ponerme la mano en el hombro, me haga aquella caricia que me hacía con el pulgar en la nuca
(–Mi nietecito)
y yo sienta de nuevo su fuerza y ternura, sienta de nuevo, como siempre sentí, que estando junto a él nunca ninguna cosa mala, ninguna cosa triste, ninguna cosa desagradable podría ocurrirme porque mi abuelo no lo habría permitido.

António Lobo Antunes
Libro de crónicas

«Al cabo de cinco años colaborando con O Público, y con la certeza constante de que me hacen falta doscientos para las novelas que pretendo hacer, es el momento de abandonar estas pequeñas prosas». Con este comunicado ponía Lobo Antunes fin a su labor como cronista periodístico, un legado compuesto de pequeños relatos, ensayos y diversas misceláneas que conforman un volumen único donde la escritura brilla con luz propia. La vida cotidiana en su Lisboa natal, los recuerdos de su infancia y reflexiones sobre el amor, la soledad, la memoria o la enfermedad jalonan las páginas de este hermoso libro. «Alguien podría pensar que estas crónicas no forman parte de las grandes obras maestras que Lobo Antunes nos va proporcionando de tan aplastante manera, que se trata de un libro más “ligero” y menor dentro de su bibliografía, pero desecharlo o no prestarle atención sería un grave error y desconocer sobre todo el sentido de su trabajo». Rafael Conte, Babelia, El País.

la piedra pómez de la luna encalló en los eucaliptos, enredada en las ramas,

Escuche: en el 61 yo corría delante de la policía en el Estadio Universitario, chusmas de estudiantes en desbandada en dirección a la cantina, mi hermano João llegó a casa muy serio y dijo Parece que han matado a un tipo, los antidisturbios avanzaban con casco en una furia de porras y de culatas, automóviles de la Pide giraban en carrusel por las facultades, Salazar levantaba el dedo, lo único, sin duda, que alguna vez él levantó, en la televisión, vientres calvos lo aplaudían con fervor beato de sacristía, infelizmente el general Delgado era demasiado viejo para Nuno Álvares y el Maestre de Avis un montoncito de polvo en Batalha, la guerra o París, y ahora decide que el Capado es eterno, la segunda parte del secreto de Fátima es la garantía de la eternidad del Capado, durante el viaje la orquesta del barco tocaba tangos enmohecidos para bodas de plata, embarqué el 6 de enero y en la noche de fin de año me encerré en el cuarto de baño a llorar, un roscón de Reyes intragable me atascaba la garganta, lo empujé con champán y cayó en el estómago con el sonido del pedregullo en el pozo del jardín del abuelo, ¡plof!, y provocó círculos concéntricos en el lago de la sopa de la cena, el pozo bajo los árboles al pie del muro que daba a la carretera adonde íbamos a fumar a escondidas, el guardés se quitó el sombrero y explicó respetuosamente rascándose la cabeza Lo que nos hace falta es que venga alguien a hacerse cargo de nosotros, ¿no lo crees, chaval?, y si viniese alguien a hacerse cargo de nosotros, ¿qué piensa que haría para empezar?, llevarme a su casa, llevarla a mi casa, lavarnos los dientes, acostarnos en la cama, y hablarnos en voz baja hasta que nos durmiésemos, hablarnos de serenidad y de alegría hasta que nos durmiésemos, hablarnos del primero de mayo del 74 que los políticos infectaban ya con la masa de hojaldre sin relleno de sus discursos vehementes, pero donde crecía en las calles una irresistible fermentación de esperanza, los ministros de Caetano se cagaban de miedo en Madeira, los pides se cagaban de miedo en Caxias, una fiesta de llamaradas rojas se propagaba triunfalmente en Lisboa, quiero que me perdones los muertos de mi felicidad, los muertos de mi felicidad en la humedad de Angola, seis meses de humedad neblinosa y hierba amarilla que ardía a lo lejos, perdóneme los muertos de mi felicidad cuando la tomo de la mano, cuando mis rodillas se acercan a las suyas, cuando mi boca va a tocar la suya y los ojos se cierran despacio como corolas nocturnas, todos mis ayeres se encuentran presentes en este beso, tal vez las momias del bar se reduzcan a polvo como los vampiros al rayar el día en medio de un concierto de bisagras que se rompen, todos mis ayeres, ¿comprende?, Lo que nos hace falta, chaval, aseguraba el guardés, es que venga alguien a hacerse cargo de nosotros, Jódase, dijo el furriel con el mentón sobre las rodillas limpiándose las botas con el dedo, el cuerpo del primer difunto se hinchaba bajo la manta, en realidad todo el muelle es una añoranza de piedra, Maria José, y ahí comenzamos a perdernos, tres botellas de whisky por mes a cada oficial para encender la lámpara votiva del corazón mecánico que insiste, el sargento pasó ante mí e hizo la decimonovena reverencia de la última media hora, Buenas noches, señor doctor, desapareció en la oscuridad camino de su confusión de impresos, instalado en la silla de tablas de barril me acordé del soldado durmiendo la siesta en el cajón de plomo y del que empuñaba la ametralladora llamando Cabrones de mierda a los cabrones de mierda que nos mandaron venir aquí, profesores locos repeinados y afectados, Cabrones de mierda, cabrones de mierda, cabrones de mierda, el director del Hospital Militar de Tomar me mandó llamar y anunció Mi amigo ha sido movilizado para Angola, era en agosto y la claridad de la mañana hervía, verde, en las ventanas, la ciudad flotaba en la luz, el reflejo de Mouchão temblaba en el agua, movilizado para Angola a un batallón de artillería, Padre, fui movilizado para Angola a un batallón de artillería, con la voz cohibida con la que comunicaba los suspensos en la facultad, el capitán vino a sentarse en la otra silla de barril y los cubitos de hielo tintineaban como monedas en un bolsillo en la oscuridad, El muchacho llegó muerto, dije yo, y ningún truco de ilusionismo médico pudo salvarlo, me dio una impresión horrible ver su pelo rubio, se parecía a mí a los veinte años, Los tipos se emboscaron a dos metros del sendero, dijo el capitán, había sangre de ellos en los arbustos, marcas de haber arrastrado cuerpos de heridos, la piedra pómez de la luna encalló en los eucaliptos, enredada en las ramas, el capitán se levantó, su cara se parecía a la de Edward G. Robinson en una película de Fritz Lang, comenzó a alejarse con un andar de sapo hacia el almacén del vaguemaestre, pregunté ¿Adónde va?, el bulto me respondió mientras seguía andando A colgar los huevos a la cárcel, doctor, si quiere déme también los suyos que ya no nos hacen falta hombres para seguir aquí.

António Lobo Antunes
En el culo del mundo

En el culo del mundo nos abre la posibilidad de conocer la primera etapa narrativa de António Lobo Antunes y ofrece un retrato en sepia de la brutalidad de la guerra colonial de Portugal y sus consecuencias psicológicas. A lo largo del diálogo entre un hombre y una mujer, del que sólo escuchamos la voz masculina, la experiencia vivida por el protagonista en la guerra de Angola se va filtrando y expandiendo hasta absorber y condicionar todas las facetas de la relación que ambos intentan establecer. Como telón de fondo, entre brumas, encontramos la presencia de un Portugal del que Lisboa es síntesis y metáfora. Un extraordinario texto literario de implacable andadura discursiva.

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