En los Montes Apeninos

In Monte Appennino, taberna ad Quercum, a. D. VI Id. Mart., hora duodecima.
Montes Apeninos, hostería El Roble, 10 de marzo, cinco de la tarde.
El hombre de la capa gris llegó jadeante y con el caballo extenuado por el cansancio, los ojos desorbitados por el terror a los relámpagos y a los truenos, tan fuertes que toda la montaña parecía retemblar. Un furioso viento silbaba entre las ramas desnudas de los robles centenarios arrancándoles a cada ventolera las últimas hojas secas y enviándolas lejos remolineando hasta el fondo del oscuro valle. En lo alto las cumbres nevadas apenas si se distinguían contra el cielo oscuro.
Se encontró delante de la posada de improviso, detrás de una curva del sendero, y tuvo que encabritar al caballo para no darse de bruces contra el portón de entrada completamente cerrado por el temporal que se aproximaba y la oscuridad de la noche. Otro relámpago iluminó durante unos instantes la figura del caballo y del jinete rampante, proyectando su forma sobre el terreno que ya golpeaban las primeras gotas de lluvia. Un olor a pólvora apagada impregnaba el aire mezclado del tufillo metálico de los rayos que abrasaban la bóveda del cielo.
El jinete saltó a tierra y dio varios golpes en el portón con el pomo de la guarnición de la espada.
Al lado del edificio, el añoso roble que le daba nombre extendía las grandes ramas nudosas hasta el tejado de la posada.
Salió a abrir un mozo de cuadras, que cogió el caballo por las bridas y lo cubrió enseguida con un paño.
El hombre de la capa gris entró y cerró el portón echando el cerrojo como si fuese de la casa y avanzó solo hacia la posada, mientras comenzaba a llover a cántaros, y en pocos instantes se inundaban todas las cavidades del pavimento de piedra del patio.
El interior de la posada era un antro humoso, unas vigas irregulares sostenían un techo bajo y, en el centro, de un hogar redondo se elevaban el humo y las pavesas hacia una abertura que había en el techo por la que goteaba la lluvia, haciendo chirriar las brasas. Un viejo, de luenga barba blanca y ojos apagados por las cataratas, estaba removiendo con un cucharón de madera una mezcolanza que hervía en el caldero. El hombre se quitó la capa mojada y la dejó sobre el respaldo de una silla cerca del fuego.
—Hay gachas de farro y vino tinto —barbotó el viejo sin volverse.
—No tengo tiempo para comer —respondió el otro—. He de llegar cuanto antes…
—Si no me equivoco, eres tú, Mustela.
—Casi no me ves, viejo, pero aún puedes oírme bien.
—¿Qué quieres?
—Llegar a la casa de los cipreses cuanto antes. Es cuestión de vida o muerte.
—Tenemos un buen caballo, Mustela, el tuyo debe de estar reventado.
—No me hagas perder tiempo. Tú conoces otro camino.
—El atajo.
—No basta. El más rápido de todos.
—Cuesta caro.
—¿Cuánto?
—Dos mil.
—Tengo menos de un tercio, pero si me indicas el camino tendrás el doble apenas esta historia haya terminado.
—¿Por qué tanta prisa?
—¿Quieres ese dinero, sí o no? Te garantizo que tendrás cuatro mil en total.
—Está bien.
Mustela extrajo una bolsa de debajo de la capa:
—¿Te los derramo sobre la mesa o vamos a otra parte? —preguntó.
El viejo dejó el cucharón dentro del caldero y le indicó el camino hacia la despensa a duras penas iluminada por una lucerna humeante que quemaba sebo. Mustela derramó el contenido sobre la mesa, todas eran monedas de plata casi nuevas que habían circulado muy poco.
—Cuéntalas. Son quinientas, poco más o menos. Me quedo para mí únicamente el mínimo indispensable, pero ¡movámonos, maldita sea!
El viejo volvió a la estancia principal seguido por Mustela y llamó al mozo de cuadras mientras su huésped recuperaba la capa, que seguía igual de empapada que antes, pero algo más caliente, y salieron al patio donde resonó un trueno que parecía anunciar el desplome de la bóveda celeste.
—No necesitarás el caballo —dijo el viejo sin inmutarse—. Lo guardaré yo para cubrir en parte lo que me debes.
—Pero ¿qué vas a hacer tú con todo ese dinero? —rezongó Mustela entre trueno y trueno.
—Me gusta tocarlo —contestó el viejo.
El mozo abría la marcha llevando el farol bastante alto para iluminar un sendero tortuoso y lleno de hojas muertas empapadas por la lluvia. La claridad rojiza de la luz reflejaba en los troncos y en las ramas de los grandes robles y de los castaños retorcidos una reverberación de color sangre. El viejo se movía con paso seguro por el terreno resbaladizo, como quien conoce cada aspereza y cada depresión. Daba la impresión de recorrerlo con los ojos cerrados, guiado más por los dedos ganchudos de los pies que por la luz opaca de la vista.
Se encontraron frente a una roca recubierta de musgo y de zarzas trepadoras. El mozo apartó con la mano las ramas de un espino descubriendo una abertura en la piedra.
Entraron los dos.
Apareció una estrecha galería subterránea y al fondo una tosca gradería tallada en la piedra, erosionada por el tiempo y por el gotear del agua. Emprendieron la bajada apoyándose, paso tras paso, con las manos en la pared. La gradería se hizo más empinada e irregular, pero la dificultad del descenso se veía ahora compensada por una soga pasada por dentro de unos agujeros abiertos en los salientes de la roca. De las entrañas de la tierra se oía el ruido de un diluviar de agua y la galería no tardó en ensancharse sobre un antro de fondo arenoso recorrido por un torrente subterráneo que rebullía impetuoso entre rocas escabrosas y grandes peñascos de caliza.
—Éste llega a un afluente del Arno —dijo el viejo indicando el torrente.
Mustela lo miró espantado.
—¿No es esto lo que querías? —preguntó el viejo—. ¿El camino secreto?
—¿En cuánto tiempo? —preguntó Mustela con el terror pintado en los ojos.
—Eso depende de ti.
—Pero ¿qué pretendes decir? ¿No hay una barca?
—Cuando salgas de nuevo al aire libre. La encontrarás entre los sauces de la orilla izquierda.
Mustela no conseguía apartar los ojos del agua, que a la tenue luz del farol parecía violenta y amenazadora como las olas de la Estigia. El rostro del viejo, surcado de arrugas, enmarcado por la barba estoposa, era el de Caronte.
Miró de nuevo el agua espumeante entre las rocas aguzadas mientras murmuraba aterrorizado:
—Pero es una locura.
—Nadie te obliga —dijo el viejo—. Puedo comprender tu vacilación. Volvamos atrás, si quieres: te daré un caballo robusto y experto, capaz de recorrer el atajo.
Mustela no conseguía apartar la mirada de la corriente remolineante, como si estuviese hechizado:
—Acabaré destrozado entre las rocas —murmuraba—, así tan oscuro… o me moriré de frío.
—La mitad lo consigue —barbotó el viejo.
—Y la otra mitad se deja la piel —replicó Mustela.
El viejo se encogió de hombros como diciendo: «¿Y entonces qué?», y Mustela se sintió de lo más estúpido por haber pagado una cifra tan elevada para comprar un pasaje para el Hades. Pero evidentemente su terror pugnaba con el miedo mayor aún de rendir cuentas por un eventual fracaso.
Finalmente, con un profundo suspiro, comenzó a descender por el torrente sujetándose con las manos en los escollos que sobresalían de la orilla. Luchó un poco con la corriente y luego, lentamente, se dejó ir y desapareció en la oscuridad, tragado por el torbellino.
In Monte Appeninno, Caupona ad Silvam, a. D. VI Id. Mart., prima vigilia.
Montes Apeninos, posada En la Selva, 10 de marzo, ocho de la tarde.
Publio Sextio recorría al galope la pista que se desplegaba al fondo del valle, para luego subir hacia la cresta. Seguía el itinerario de Nebula a lo largo de una pista que dejaba la vía Emilia para cortar la cadena montañosa al sur, hacia Etruria.
Aparecía y desaparecía entre las frondas del bosque, iluminado a trechos por los destellos de los relámpagos. Cuando el camino comenzó a subir, aminoró la carrera para no reventar al caballo y de vez en cuando lo ponía al paso para que recuperase el aliento. Era un animal generoso y le daba pena obligarlo a un esfuerzo tan tremendo, exponer su vida para disputar una competición casi desesperada contra el tiempo. Comenzó a caer la lluvia, y estalló el temporal cuando llegó a la vista de la mansio, justo a tiempo, antes de que el caballo se desplomase. Le pareció que uno de los soldados de guardia lo había reconocido.
—¿Algún problema, soldado? —le preguntó mientras él se apeaba del caballo y se dirigía hacia el establo.
—No —respondió el legionario—. Me parece que nos conocemos de alguna parte.
—En efecto. Eres de la Trigésima, ¿no es cierto?
—¡Por todos los númenes! —exclamó el soldado—. Pero si eres…
—El centurión de primera línea Publio Sextio —respondió el oficial irguiéndose delante de él envuelto en el manto. El soldado le devolvió el saludo:
—¿En qué puedo servirte, centurión? Sería un honor para mí hacerlo. No hay nadie que haya militado en el ejército de las Galias que no conozca tus hazañas.
—Sí, muchacho —repuso Publio Sextio—. Necesito descansar un par de horas mientras me cambian el caballo y me preparan alguna cosa de comer. Mantén los ojos bien abiertos y si llegara alguien avísame enseguida, sobre todo si es alguien que hace preguntas. ¿Entendido?
—Cuenta con ello, centurión. Por aquí no pasa ni el aire sin nuestro permiso. Descansa tranquilo.
Tendré algo que contarles a mis nietos cuando sea viejo: por todos los númenes, Publio Sextio en persona, llamado el Báculo. ¡No me lo puedo creer!
—Gracias, no te arrepentirás. Me harás un gran favor y no lo olvidaré. ¿Cómo te llamas, muchacho?
—Me llamo Bebio Carbón —respondió el soldado, cuadrándose al tiempo que hacía el saludo militar.
—Muy bien, ten los ojos abiertos, Bebio Carbón. Hace una mala noche.
Otro soldado cogió el caballo y se lo llevó al establo. Publio Sextio con el manto encima de la cabeza para protegerse de la lluvia alcanzó la puerta de la posada y entró. Estaba extenuado, pero dormir un par de horas sería suficiente para reanudar el camino, al menos eso esperaba.
El posadero salió a su encuentro:
—Mucha prisa debes de tener para ir por ahí en una noche como ésta, amigo. Pero ahora confía en nuestros cuidados y estate tranquilo.
—Mucho me temo que las cosas no sean así. Prepárame algo de cenar y despiértame dentro de un par de horas. Comeré y retomaré mi camino.
El tono de voz era perentorio, la mirada y lo imponente del hombre infundían temor y respeto. El posadero no añadió palabra, hizo acompañar al huésped al piso de arriba y se fue a la cocina a preparar algo para la cena. Fuera, el viento arreciaba y llovía a cántaros y la temperatura había bajado mucho, y con el paso del tiempo la aguanieve se mezclaba con el agua cubriendo el terreno de un fango blancuzco. Cuando Publio Sextio se despertó había dejado totalmente de llover y nevaba intensamente.
El centurión abrió la ventana y miró afuera. La luz de los dos faroles que iluminaban el patio permitía ver los grandes copos blancos remolinear al viento del norte y los troncos y las ramas de los árboles recubrirse de un velo blanco que aumentaba de espesor rápidamente. La habitación estaba tibia por efecto de los braseros y del hogar que desde abajo calentaba paredes y techo. Publio Sextio suspiró ante la idea de salir al intenso frío y tomar por el camino cubierto de nieve en plena noche.
El posadero llegó poco después para despertarlo y anunciar que la cena estaba lista, y al encontrarlo ya levantado no pudo dejar de hacerle algunas recomendaciones:
—¿Estás seguro de querer continuar? Te digo que estás loco, amigo. ¿Quién te manda ponerte en camino con un tiempo de perros como éste? Déjalo correr. Hazme caso. Ahora come, tómate un vaso de buen vino y vuélvete a la cama que está aún caliente. Mañana te llamaré temprano, apenas amanezca, y podrás reanudar tu camino. Ahora puedes perderte con la oscuridad y la nieve y todo el tiempo que ganaras sería inútil.
—Tienes razón —respondió Publio Sextio—. Necesito un guía.
—¿Un guía? Pero yo no sabría…, no creo que tenga…
—Escucha, amigo, a mí no me divierte viajar en estas condiciones ni tampoco tengo tiempo que perder, ¿entendido? Encuéntrame un guía o tendrás problemas. Tengo una orden escrita de que es una prioridad absoluta, ¿entendido?
—Sí, entendido. Veré de encontrarte a alguien que te lleve hasta el próximo punto de enlace.
Pero si acabas en un barranco el único responsable serás tú.
—Eso ya lo sé. Comeré lo que has preparado. Mientras, tú encuéntrame todo enseguida.
El posadero lo acompañó abajo rezongando e iluminándole con la lucerna. Lo acomodó delante de un plato de cordero con lentejas y se fue refunfuñando.
Publio Sextio se puso a comer. La carne era buena, las lentejas estaban sabrosas y, en cuanto al vino, los había tomado peores. Una comida caliente era lo que necesitaba para afrontar el viaje. A cada bocado calculaba lo que podría ganar de tiempo en su marcha de aproximación, pensaba en si de verdad el posadero no tendría razón y no le convenía reanudar el camino al día siguiente, pero en cuanto se hubo zampado el último bocado y tomado el último sorbo de vino se había reafirmado en su decisión. Se echó sobre los hombros el manto y salió.
El patio estaba completamente blanco. Un mozo de cuadras sacó el caballo con su equipaje atado sobre la grupa; cerca había otro que debía de ser el guía: un hombre de unos cincuenta años con una tela encerada sobre los hombros y una capucha. Tenía un rostro pétreo aparentemente inexpresivo.
Llevaba en la mano izquierda una antorcha encendida para alumbrar el camino. Había otras tres o cuatro de reserva atadas al costado del caballo.
Ahora solo había dos legionarios de guardia. Ninguno de ellos era Bebio Carbón.
—Siento crearte esta molestia, amigo —dijo Publio Sextio al guía—, pero tengo prisa y he de ganar tiempo. Préstame un buen servicio y serás recompensado. Solo tienes que llevarme a la próxima estación y luego podrás volver.
El hombre asintió con la cabeza sin decir una palabra y montó a caballo. Publio Sextio hizo otro tanto, tocó con los talones los flancos de su cabalgadura y salió por el portalón. Los dos legionarios hicieron el saludo militar al segundo jinete que les correspondió a su vez. Los dejaron pasar y cerraron el portón a sus espaldas.
Apenas estuvieron fuera, ambos fueron embestidos de lleno por la tramontana y por el remolinear de la nieve que caía más copiosamente.
Publio Sextio se acercó a su compañero que hasta ese momento no había abierto la boca:
—¿Cómo te llamas, amigo?
—Sura.
—Yo, Publio. Podemos irnos.
Sura se puso delante al paso indicando el camino con la antorcha. Publio Sextio avanzaba por el centro del sendero detrás de él, volviéndose de vez en cuando como si temiese que le siguiesen. El camino avanzaba en subida con vueltas y revueltas por la pendiente cada vez más pronunciada a través de un bosque de robles y de castaños verdes de musgo y blancos de nieve. No se veía ni rastro de presencia humana, aunque el radio de luz de la humeante antorcha de Sura era bastante limitado.
Publio Sextio había comprendido enseguida que su guía no era hombre de conversación y no insistió en sus intentos. Se limitaba a pedir lo indispensable, cada vez que lo necesitaba, obteniendo en respuesta unos gruñidos de asentimiento o de negación. Por tanto, trataba de tener la mente ocupada con pensamientos, reflexiones o proyectos. Su intención era reunirse con César a tiempo para partir con él en la expedición a Oriente de la que había oído cosas extraordinarias, planes grandiosos, más que temerarios.
Lo había seguido a las Galias y a Hispania, y lo seguiría a Mesopotamia, a Hircania, a Sarmacia si era necesario. Hasta los confines de la tierra.
Pensaba que César era el hombre que podía salvar su mundo. Él había puesto fin a las guerras civiles, les había propuesto a todos los adversarios una reconciliación, pensaba que la Urbe debía coincidir con el Orbe, que la única civilización capaz de gobernar al género humano era la que tenía en Roma su centro y su fuerza. Comprendía a los enemigos, a los pueblos que habían luchado para salvar su independencia, había admirado su valor, pero no era menos cierto que la victoria de los unos sobre los otros estaba escrita en el hado.
Más de una vez había tenido ocasión de hablar con él y se había quedado fascinado por la expresión de los ojos, por el sentido de determinación y de dominio que emanaba de él. La mirada de un depredador, no de un sanguinario. Es más, era cierto que la sangre le repugnaba.
¡Cuántas veces había marchado a su lado! Lo había visto pasar a caballo, hablar con los oficiales y los soldados, reconocer a quien se había distinguido en una batalla campal, apearse para saludarle, cambiar con él algunas palabras, pero sobre todo recordaba la tarde de la batalla contra los nervios cuando él, Publio Sextio de la Duodécima, había sido llevado al campamento en unas parihuelas, moribundo, sangrando por numerosas heridas pero victorioso. Había sido él quien había aferrado la enseña y la había llevado adelante en dirección a los enemigos, para reorganizar los manípulos, infundir valor a los hombres y ser el primero en dar ejemplo.
César había ido a verlo, a solas en la tienda, mientras los cirujanos trataban de coserle con la ayuda de la tenue luz de algunas lucernas de sebo. Había acercado su boca a su oído:
—Publio Sextio.
Aunque él apenas conseguía articular palabra, lo reconoció: —Mi comandante…
—Hoy has salvado a tus compañeros, habrían muerto a millares y el esfuerzo de años se habría perdido en cosa de un momento. También me has salvado a mí y el honor de la República, del pueblo y del Senado. No hay recompensa para un acto semejante, pero si esto puede tener para ti un significado quiero que sepas que siempre serás el hombre en el que tendré puesta mi confianza, aunque todos me abandonen.
Luego había bajado la mirada para observar su cuerpo acribillado de golpes: «¡Cuántas heridas.
—había murmurado espantado, —cuántas heridas!…».
Quién sabe por qué, en aquel momento de total soledad, en medio de una marcha nocturna entre los bosques desiertos de los Apeninos, en medio de una nevisca, aquellas palabras seguían resonando en su mente.
Delante de él el inescrutable Sura continuaba avanzando al paso, llevando la antorcha en la mano, manchando la nieve inmaculada de un reflejo rojizo, dejando detrás de él las huellas de un caballo paciente y robusto que subía, un paso después de otro, cada vez más alto por el sendero tortuoso, bajo las ramas esqueléticas de las hayas y de los robles.
A veces pensaba que alguien podría adelantársele y prepararle una trampa, que tal vez Sura lo estaba llevando a una emboscada de la que no saldría vivo y su mensaje no llegaría a tiempo a destino. Pero luego recordaba que el huésped había insistido para que se quedase a dormir en la mansio, en lugar seguro, bajo la vigilancia de cuatro legionarios, entre ellos Bebio Carbón de la Trigésima. Quién sabe dónde lo encontraría el alba del nuevo día.
Sura encendió la segunda antorcha con la primera y lanzó a la nieve el cabo que había quedado, que centelleó durante unos instantes y luego murió en medio de la oscuridad de la noche. Un pájaro sorprendido por la luz imprevista de la antorcha alzó el vuelo con un chillido que parecía de desesperación y desapareció en el fondo del valle.
El viento se había calmado. No había más sonidos ni rastro de vida de ningún tipo. Hasta los escasos mojones que señalaban el sendero estaban ya cubiertos por el manto de nieve. No le quedaban a Publio Sextio más que las palabras de César repetidas hasta el infinito por su mente sola y vacía: «¡Cuántas heridas…, cuántas heridas!».
In Monte Appennino, in flumine secreto, a. D. V Id. Mart., secunda vigilia.
Montes Apeninos, en el río secreto, 10 de marzo, diez de la noche.
Mustela braceaba convulsamente entre las turbulentas olas del torrente subterráneo, arrastrado por la corriente; arrollado por el torbellino terminaba bajo el agua, tenía que contener la respiración largo rato debatiéndose hasta volver a salir a la superficie más adelante para escupir el agua tragada, inhalar aire y luego desaparecer en el fondo.
Ahogaba su dolor cuando la corriente le estampaba contra las rocas, cuando sentía fluir la sangre por los cortes. Varias veces le pareció que iba a perder el sentido, se golpeó la cabeza o recibió golpes tan fuertes que pensó que no sobreviviría.
En un momento dado notó un contacto debajo del vientre: era gravilla y arena y se agarró a un saliente del fondo consiguiendo detenerse y tomar aliento tendido en el pequeño recodo en el que el agua era menos profunda.
Jadeando afanosamente trató de cerciorarse de si tenía algún hueso roto o de distinguir qué era lo que sentía chorrear del costado. Se llevó la mano a la boca y comprendió por el sabor dulzón que se trataba de su propia sangre, sondeó la herida con la punta del dedo descubriendo que tenía la piel lacerada desde la cadera hasta las costillas en su costado izquierdo, pero que la herida era superficial y que los órganos internos seguían probablemente indemnes.
Oía aguas arriba el ruido de las cascadas por las que ya había pasado y más abajo un ruido claro, profundo y gorgoteante, pero la completa oscuridad lo llenaba de una angustiosa incertidumbre, de terror y pánico. No sabía dónde estaba, ni cuánto había recorrido ni cuánto le quedaba por recorrer, no tenía ni idea del tiempo que había transcurrido desde el momento en que había metido los pies en el agua helada y dejado el último asidero en la roca.
Le castañeteaban los dientes por el frío y casi ya no sentía los miembros; sus pies eran dos pesados apéndices casi inertes y acusaba unas punzadas dolorosas en los costados y en un hombro.
Se detuvo un poco hasta encontrar un recoveco, una especie de caverna en la que se ovilló notando una sensación de tibieza. Asimismo consiguió cerrar la herida vendándola lo mejor que pudo con un pedazo de tela arrancado de sus ropas. Se dejó caer hacia atrás y se amodorró, más por un cansancio mortal que por sueño. Cuando recobró la conciencia no tenía idea de cuánto tiempo había estado quieto, pero de lo que no cabía duda era de que debía continuar su viaje por las entrañas de la montaña. Invocó a la divinidad del Hades prometiéndole un generoso sacrificio si salía vivo de su reino subterráneo, luego se arrastró hasta el agua, se sumergió en el río helado sujetándose en una protuberancia de la roca y se dejó arrastrar de nuevo por la corriente.
Durante un largo rato fue volteado, golpeado, arrastrado hacia abajo y arrojado de nuevo a la superficie como si estuviera en la garganta de un monstruo y tal le pareció varias veces la realidad a su mente trastornada y aterrada.
Luego, poco a poco, la rapidez de la corriente comenzó a disminuir, el curso del agua se hizo más ancho y menos impetuoso, el ruido del agua menos fragoroso. Tal vez lo peor había pasado, pero se seguía encontrando en una situación de gran peligro e incertidumbre.
Estaba tan extenuado por el frío, el largo debatirse entre las olas, los continuos conatos de vómito para expulsar el agua tragada, que se dejó casi ir como un objeto inerte. Pasó otro largo rato, no habría sabido decir cuánto.
Hasta ese momento la oscuridad había sido tan densa y espesa que una reverberación de luz, por mínima que fuese, no escapó a su vista. ¿Acaso era de verdad el final? ¿Acaso volvería a ver el mundo de los vivos? La esperanza le devolvió un ápice de energía y se puso de nuevo a nadar manteniéndose en el centro de la corriente. La bóveda del antro por el que discurría el río subterráneo se iluminó ligeramente, algo que no era luz pero tampoco una tiniebla más espesa, la esperanza de una claridad más que una luz, pero con el paso del tiempo se intensificó hasta convertirse en la luz, pálida, de la luna que iluminaba la noche.
Agotado, casi exánime por el enorme esfuerzo soportado, medio muerto de frío, Mustela se abandonó, por fin al aire libre, bajo la bóveda del cielo en una orilla baja y arenosa. Se arrastró a duras penas hacia la parte seca y se dejó caer ya sin un ápice de energía.
In Monte Appennino, ad Fontes Arni, a. D. V Id. Mart., ad finem secunda vigilia.
Montes Apeninos, en las fuentes del Arno, 10 de marzo, medianoche.
Siguieron avanzando por el camino cada vez más estrecho, el uno cerca del otro, negras figuras en un círculo rojizo, en la blanca extensión de los montes. Publio Sextio se esforzaba por contar los mojones allí donde aún se descubrían, uno tras otro, y trataba de detectar huellas que no fuesen de animales temiéndose a cada momento una asechanza.
En una ocasión, agobiado por la soledad y la preocupación, se dirigió a su compañero de viaje:
—Pero ¿tú no dices nunca nada? —preguntó.
—Solo cuando tengo algo que decir —respondió Sura sin volverse, y no añadió nada más.
Publio Sextio volvió a rumiar sus pensamientos, en particular lo que más le inquietaba: Marco Antonio había recibido la propuesta de tomar parte en una conjura contra César y, pese a no haber aceptado, no lo había denunciado. Lo cual solo podía significar una cosa: que no tomaba partido por nadie, si no por sí mismo. Por consiguiente, un tipo de hombre de lo más peligroso. Si la conjura tenía éxito, los conjurados le estarían agradecidos por su silencio. Y si fracasaba, él no perdería nada. ¿Y el gesto de las Lupercales? Si tan astuto y cínico era, ¿cómo podía haber cometido semejante error? ¿Cómo podía haber tomado una iniciativa con un gesto de tal peso y un hecho tan delicado? Tal vez había hecho siempre el papel del tosco soldado que no entiende de política para disimular una capacidad superior a las expectativas. Pero si las cosas eran así, ¿qué significado tenía el intento de coronar a César como rey en público? Evidentemente sabía cuál habría sido la reacción popular. Y, entonces, ¿por qué no se había planteado el problema de cómo habría reaccionado César? También en este caso probablemente se había considerado a cubierto de su pretendida ingenuidad, pero no podía ignorar que, aunque hubiese existido realmente una conjura, su gesto contribuía a dejar a César más vulnerable y más solo. ¿Y cuál era el objetivo o la razón? ¿Cuál era?
¿Cuál era?
Seguía haciéndose la misma pregunta una, diez, cien veces, como si se diera con la cabeza contra la pared. Entonces observaba caer la nieve silenciosa con grandes copos en el radio de luz de la antorcha, miraba las huellas de los caballos que avanzaban lentos, cada vez más lentos, cuando él hubiera querido correr raudo como el viento, devorar el camino, llegar a la meta antes de que fuese demasiado tarde y quizá era ya demasiado tarde, quizá este esfuerzo era ya inútil.
Y, sin embargo, debía de haber una razón y a ratos, cuando el helor parecía atenuarse por quién sabe qué equilibrios del aire y de la tierra, le parecía estar cerca de la solución. Tal vez la respuesta estaba circunscrita a unas pocas personas-clave: tres o cuatro, no más, a sus relaciones de poder y de interés. Tenía que analizar cada posibilidad, cada objetivo de unos y de otros, cruzarlos, confrontarlos. En determinados momentos hubiera querido desmontar para trazar los esquemas de su mente en la nieve inmaculada con la punta del cuchillo, como cuando dibujaba para su tropa en la tierra alrededor de la hoguera los planes de acción en la batalla. Luego se perdía. Los esquemas se disolvían en mil pequeños fragmentos confusos y en aquel momento se daba cuenta de que estaba de nuevo extraviándose con la mirada en el blanco remolinear de los copos.
A veces le entraba también la sospecha de que el mapa que le había dado Nebula en Módena antes de desaparecer entre las neblinas de la mañana bien podía tratarse de un cebo para llevarle a una trampa, pero finalmente se convenció de que no tenía elección y que debía afrontar el riesgo. La alternativa era llegar demasiado tarde para transmitir su mensaje. Sura rompió uno de sus interminables silencios para decirle que estaban cerca de las fuentes del Arno y que estaban recorriendo una antigua pista etrusca. Luego se volvió a encerrar en su mutismo.
Publio Sextio estuvo de marcha, atormentándose en silencio, durante toda la noche.

Valerio Massimo Manfredi
Los Idus de marzo

«¡Guárdate de los idus de marzo!» Esta fue la célebre advertencia que hizo un adivino a Julio César, infausto presagio de lo que iba a suceder. El complot ya estaba urdido y los conspiradores decididos a dar el golpe fatal.
Tampoco las palabras de aviso del adivino fueron las únicas que escuchó César en los días previos al asesinato, pero era tan grande su confianza que las rechazó. En muchos aspectos la de César fue una muerte anunciada.
Esta obra de Valerio Massimo Manfredi es la crónica implacable de las cuarenta y ocho horas anteriores al sangriento acontecimiento que había de cambiar la historia. En ella todos los personajes -desde César hasta Porcia, desde Cicerón hasta Bruto, la mano ejecutora-van asumiendo su papel con la tensa cadencia de una tragedia griega. Y es que a veces la historia es la mejor novela…

La Inquisición

La Inquisición
Luis de Páramo, Llórente, Puigblanch, Adolfo de Castro en su Historia de los judíos en España, han contado, detalle por detalle, el origen y vicisitudes del Santo Oficio. ¿Quién no los conoce?
Se crea en 1478 y lo crean los Reyes Católicos a instancia de los frailes dominicos de Sevilla. El Expurgo comienza en este arzobispado; en 1481 los sanitarios de la Fe bajan a la hermosa ciudad andaluza. El espanto se apodera de sus moradores; la naturaleza misma se estremece: desbórdase el Guadalquivir y arrasa aldeas y lugares de la vega; propágase asoladora peste y fenecen quince mil personas…
El quemadero es construido en Tablada; seis personas son reducidas a pavesas. Las gentes huyen aterrorizadas de Sevilla; los inquisidores ponen pena de muerte al que huya. El tribunal ha inaugurado sus tareas…
Más tarde, Felipe II reorganiza el Santo Oficio. Dispone que ejerzan cincuenta familiares en Sevilla, Toledo, Granada; cuarenta en Valladolid, Cuenca, Córdoba; veinticinco en Llerena y Calahorra; diez en los pueblos de 3000 vecinos; seis en los de 1000; dos en los de 500. Se crea un inquisidor general y un Consejo en Madrid; tribunales locales en provincias.
La leña santa crepita; las víctimas, entre el humazo, aullan amarradas al poste: el terror cunde por toda España. En las negras mazmorras se trituran y desgarran las carnes; se distienden los músculos; se dislocan los miembros; crujen los huesos; chirrían la carruchas; borbolla el agua hirviente; retumban los martillazos; carlean de fatiga los verdugos… No bastan los tormentos conocidos; invéntanse otros nuevos y refinados; impértanse del extranjero los últimos adelantos. Existe un tormento español llamado del sueño; pero existe una variante italiana, y esa variante, dice Suárez de Paz en su Fraxis eclesiástica et saecularis, «es muy mejor y por muy mejor estilo que el español».
Suárez de Paz la describe:
«Tiene hecha la Justicia cierto ingenio a manera de reloj de arena, de estatura de un hombre poco más, que tiene nueve o diez vergicas, todo redondo, y por todo él sembrados muchos clavos, las puntas para dentro, del largo de un geme, y las puntas muy agudas; y al que han de atormentar le desnudan en carnes, salvo unos paños menores, y le meten dentro del dicho tormento, el cual es tan angosto, que no cabe más de solo el atormentado, y viene tan justo con las puntas de los clavos, que tocan con las carnes algún tanto, y tiene atadas las manos atrás; y son tantos los clavos que el artificio tiene, que puede haber de uno a otro cuatro a cinco dedos; y de esta manera le tienen metido allí el tiempo que al juez le parece; y como está en pie, que no se puede sentar ni arrimar de una parte a otra sin meterse los clavos en el cuerpo, el juez le está preguntando de rato en rato si quiere decir verdad, y en ninguna manera no puede dormir; sino antes da voces y gritos, porque es tormento bravo y muy cruel».
Declarados los crímenes, azotan a los reos públicamente, los destierran, los queman. En las plazas públicas la hoguera arde. En 1691 quemaron tres personas en Mallorca; un testigo presencial, citado por Castro, da cuenta del espectáculo. Eran las víctimas dos hombres y una mujer. «Al ver estos de cerca la llama comenzaron a mostrar furor forcejeando a toda rabia por desprenderse de la argolla, lo que al fin consiguió el Terongí, aunque ya sin poderse tener, y cayó de lado sobre el fuego. La Catalina al lamerla las llamas, gritó repetidas veces que la sacaran de allí, aunque siempre pertinaz en no invocar a Jesús. Valls al llegarle la llama se defendió, se cubrió y forcejó como pudo hasta que no pudo más. Estaba gordo, y encendióse en lo interior, de manera que, aun cuando no llegaban las llamas, ardían sus carnes como un tizón, y, rebentando por medio, se le cayeron las entrañas».
Otras veces el espectáculo es menos repugnante, más artístico.
Un día el rey —Carlos II, si os place— se levanta con deseos de contemplar una piadosa quemazón. El rey comunica su inefable ansia al Excmo. Sr. D. Diego Sarmiento de Valladares, obispo de Oviedo y de Plasencia, presidente del Consejo de Castilla, inquisidor general de la monarquía católica. El señor Sarmiento besa la mano al rey por tanto honor; besa la mano a la reina consorte; besa la mano a la reina madre.
El señor Sarmiento nombra del seno del Consejo de la Inquisición las inevitables comisiones: comisión para la construcción del «teatro» en que se ha de celebrar la fiesta; comisión de los estandartes y las arquillas de las sentencias; comisión de los familiares que han de acompañar al Consejo, y del dosel, sillas y bufetes; comisión de la publicación del auto, colgaduras, adornos y asientos del teatro, procesión de las cruces blanca y verde, nombramiento de los ministros para el gobierno de las procesiones, repartimiento de bastones y velas, guarda del teatro y dirección de la soldadesca, cuestiones de precedencia; comisión que determine lo que toca hacer a las congregaciones de San Pedro Mártir; comisión para ayudar al despacho de las causas y disponer los alojamientos y vestuario de los reos, hábitos penitenciales y estatuas, velas y varillas para la absolución; comisión del ritual para las abjuraciones de los reos y fórmula del juramento de S. M.; comisión, en fin, del refresco para ministros y servidores.
El señor Sarmiento, ayudado del secretario del Consejo, trabaja incansablemente, infatigablemente; invita al marqués de Malpica, para que, «según estilo y blasón de su casa», vaya acompañando al tribunal el día del auto; despacha órdenes a distintos tribunales, a fin de que remitan los reos a la corte; manda venir a la fiesta a los inquisidores de Toledo, Valencia, Valladolid, Avila, Segovia…
Preparado todo, dispónese la publicación del auto. El día de la Ascensión, a las tres de la tarde, se coloca solemnemente en el balcón principal del Inquisidor general el rico estandarte del Santo Oficio. La fachada está lujosamente vestida con soberbias colgaduras de damasco carmesí; suenan clarines en los balcones inmediatos; redoblan timbales en la calle. Van llegando poco a poco los invitados. A las cinco sale la cabalgata. Marchan delante el alguacil mayor y un familiar con las varas levantadas; rodean el estandarte ministros a caballo, notarios, comisarios, secretarios de Corte, regidores, recetores, contadores de resultas, secretarios de S. M., ilustres caballeros… La comitiva detiénese un momento en la plazuela de Doña María de Aragón. Inmensa muchedumbre llena la plaza, se apiña en los portales, se extiende por las calles inmediatas; y en el centro, cercada por el marco parduzco de las plebeyas ropas, destácase, fuerte y poderosa, la severa mancha del cortejo. Ondulan los airones de los sombreros; refulgen sobre el negro terciopelo de las ropillas las gruesas cadenas de oro; brillan las veneras de diamantes. El concurso enmudece; el pregonero clama:
Sepan todos los vecinos y moradores de esta villa de Madrid, corte de S. M., estantes y habitantes en ella, como el Santo Oficio de la Inquisición de la ciudad y reino de Toledo celebra auto público de fe, en la Plaza Mayor de esta corte, el domingo treinta de Junio de este presente año, y que se les conceden las gracias e indulgencias por los Sumos Pontífices dadas a todos los que acompañaren y ayudaren a dicho auto. Mándase publicar, para que venga a noticia de todos.
La multitud grita fervorosamente: ¡Viva la fe de Cristo!, y la comitiva se pone en marcha. Pasa por delante de Palacio, donde los reyes, detrás de las vidrieras, contemplan el espectáculo; y dase en este lugar el segundo pregón. Pasa por delante de la residencia de la reina madre, en la plazuela de Santa María, y se clama el tercer pregón. Recorre luego una larga vuelta; llega a Antón Martín por la calle Mayor, Puerta del Sol, Carrera de San Jerónimo, Cuatro Calles, Príncipe, Prado, León; vuelve a casa del inquisidor general por Atocha, Santa Cruz, Plaza Mayor, Amargura, Bordadores, San Ginés, Descalzas, Ángeles, Santo Domingo, Ancha, Convento del Rosario y Casas del Almirante. Torna a reposar el estandarte; márchanse a descansar los caballeros.
El día 28, antevíspera del auto, una compañía de 250 soldados llégase hasta la Puerta de Alcalá. El alcalde había prevenido allí gran cantidad de haces de leña. Toma un haz el capitán y lo coloca en la rodela; toma cada soldado un haz y lo pone en la pica. Luego marchan a Palacio. El capitán entrega su gavilla al duque de Pastrana; el duque de Pastrana se lo entrega al rey; el rey, «por su propia mano», se lo entrega a su esposa. Después torna el haz a manos del duque, y el duque se lo entrega al capitán, diciéndole cómo le ha encargado S. M. «que lo llevase en su nombre y fuese el primero que se echase en el fuego». Cumple el regio encargo el capitán, y el haz es depositado en el «brasero».
Al día siguiente se celebra la famosa procesión de las cruces verde y blanca. Sale de la Iglesia del Colegio de doña María de Aragón. Van delante familiares con sus bastones de ébano y plata; vienen después soldados, niños de la doctrina, el estandarte, llevado por el duque de Medinaceli, el rico estandarte con encajes y grandes borlones de plata, bordada la cruz verde en campo negro, a la derecha el ramo de oliva, a la izquierda la espada, armas y blasón del temido tribunal… Pasan inquisidores, notarios, grandes de España, frailes de todas las Ordenes; capuchinos, recoletos, mercenarios, agustinos, trinitarios, carmelitas, franciscanos, dominicos; un turbión enorme de clérigos, con sus pintorescas estameñas pardas, blancas, negras, que rodea las cruces y avanza, mientras la arcabucería hace salvas, cantando el Miserere, seguido de gentiles caballeros, escoltado por cincuenta alabarderos vestidos de raso negro con cabos de plata, plumas blancas y negras en los sombreros, lucientes alabardas en las manos; avanza lentamente por las calles de la corte, entre los resplandores últimos del sol que muere y los resplandores inciertos de los hachones, hasta depositar la verde cruz en el teatro del auto, la cruz blanca en el brasero de la quema.
El momento ha llegado. La sentencia va a ser leída a los reos. A las diez de esta misma noche, grave inquisidor y adyacente secretario se personan en la morada de los reos y léenles el siguiente confortativo documento:
Hermanos, vuestra causa se ha visto y comunicado con personas muy doctas y de grandes letras y ciencia, y vuestros delitos son tan graves y de tan mala calidad, que para castigo y ejemplo de ellos se ha hallado y juzgado que mañana habéis de morir. Prevenios y apercibios; y para que lo podáis hacer como conviene, quedan ahí dos religiosos.
Leído lo cual, y habiéndoles «explicado» (sic) a cada uno dichas palabras, se retiran majestuosamente los señores y comienzan los clérigos sus tareas.
A las tres de la madrugada principia el fúnebre habillamiento. Pénenles a unos corozas y capotillos de llamas; a otros hopalandas con dragones. Dánles a todos de almorzar a las cinco. Ciento veinte reos han de ser justiciados; veintiuno solamente reducidos a pavesas. A las siete, la herética comitiva abandona la cárcel.
Y llegados a este punto, preciso es relatar la más portentosa hazaña, el más estupendo ejemplo que vieron pasados tiempos ni esperan ver los venideros. Aconteció que, como hiciese falta un cerrajero para franquear las prisiones, fué el propio Excmo. Sr. D. Gregorio de Silva, él, personalmente, a buscar un profesor de este arte… «La gloria de esta acción —escribe el benemérito y sesudísimo cronista— la gloria de esta acción es justo que quede en la memoria para admiración de los siglos, y que se pondere en todos tiempos que el Excmo. Sr. D. Gregorio de Silva Sandoval y Mendoza de la Cerda de la Vega y Luna, conde de Saldaña, heredero del Infantado, duque de Pastrana, príncipe de Mélito, señor de la villa de Estremera y la Zarza y las de Valdaracete, Albalate y Zurita de los Canes, Escamilla, y de la de Bárdense y su heredamiento, y del lugar de Sayatón; de las baronías de la Roca, Anguitola, Franchiza y Caridad, y de la tierra del Pozo, en el reino de Napóles, provincia de Calabria; ultra-señor de la casa de Silva, alcaide del castillo y fortaleza de Zurita de los Canes, y capitán de las Guardias Viejas de Castilla, comendador mayor de Castilla, Orden y Caballería de Santiago, gentilhombre de la Cámara de S. M. y su montero mayor, duque de Funcavila, marqués de Argecilla y de la Puebla de Almenara y embajador extraordinario al rey cristianísimo; añade a la grandeza de tantos títulos el blasón de heroico familiar del Santo Oficio y dignísimo ministro del más santo tribunal».
Llegan los reos al teatro. Y, ¿cómo pintar y ponderar el maravilloso aparato de su fábrica? Ciento noventa pies tiene de largo; ciento de ancho. Diecinueve mil pies ocupa en total su planta. Se han hecho amplias gradas, espaciosos corredores, elegantes palcos para la nobleza y ministros, apartamientos —que hoy llamaríamos restaurants— para reponer de cuando en cuando las fuerzas con refrescos y viandas. Grandes toldos resguardan del sol al público; soberbias alfombras ocultan el suelo. Cubren las barandillas rojos damascos, paños morados las cátedras, tapices los bancos del tribunal. Y en el centro, en el altar, cubierta de negros crespones, alumbrada por doce grandes candelabros de plata, levántase amenazadora y terrible la cruz verde…
Llega, montado en gallardo caballo bayo, el obispo-inquisidor; llega con morada muceta y mantelete, chaperonado con sombrero de grandes borlas y cordones… Ya el rey está en su dorado balcón; y el obispo, hecha oración ante la cruz, revestido de los arreos pontificales, seguido de numeroso cortejo que lleva solemnemente soberbia cruz de pórfido guarnecida de oro, se adelanta a tomar a S. M. juramento. Jura el rey; jura el pueblo de Madrid, por boca del alcalde, en largo y patético discurso; y el divino sacrificio de la misa comienza, y tras el divino sacrificio viene el sacrificio humano.
El presidente agita la campanilla; comienza la lectura de las sentencias; aparecen los reos, la tosca soga de esparto al cuello, las apagadas amarillas velas en las manos. ¡Desdichada gente! Ya es un platero que se juzga posesor del espíritu de un santo; ya un sastre señalador de tesoros; ya un alguacil dos veces matrimoniado (y véase la redundancia del castigo); ya un chusco que confesara sin ser clérigo… Hay también mujeres, y son en su mayoría lozanas. No son muchas las que pasan de los cuarenta; hay niñas de catorce, de quince, de dieciséis, de diecisiete, de dieciocho años…
El fiscal lee las sentencias: van unos a galeras perpetuas, reciben otros azotes, confiscan a casi todos sus bienes.
Las horas pasan, tristes, monótonas, desesperantes; llega el mediodía, llega la tarde, llega la noche. Y entre las sombras, terminada la fiesta, fatigados del aburrimiento de las causas, rendidos de la pesadez de las prácticas religiosas, se retira el rey, se retira el inquisidor, en su litera de felpa morada, rodeado de doce lacayos con blandones, convoyado por tres coches con pajes y capellanes; se retira, piadoso y satisfecho, el pueblo.
Al día siguiente, en el camino de Fuencarral, el brasero arde. Los veintiún reos son edificantemente socarrados. Los hubo que confesaron humildemente sus culpas; los hubo que se negaron a toda rectificación. Los primeros fueron antes ahorcados; los segundos fueron quemados vivos. Y fué tal su entereza, que ellos mismos se arrojaron a las llamas…
Las condiciones sociales cambian; las Cortes de Cádiz discuten la abolición del Santo Oficio. En volumen separado del Diario se ha publicado tan memorable debate. Son interesantes el dictamen de la comisión, la concienzuda impugnación de D. Francisco Riesco, los escritos de Ruiz Padrón y Villanueva, los discursos de Arguelles y Mejía.
El 22 de Febrero de 1813 se decreta la abolición. En los tomos XVII y XVIII del Diario de Cortes pueden verse las numerosas felicitaciones que el Congreso recibió de toda España, discretas unas, ridiculas otras: la de la guarnición de Granada, en que se dice que el Tribunal de la Fe «eclipsa las glorias de las armas españolas»; la de los buenos ciudadanos de Cádiz, entre los cuales firman Manuel José Quintana, Francisco Martínez de la Rosa y otros de menor vuelo, como Eugenio de Tapia, Sánchez Barbero y Teodoro de la Calle; la del cura de Horcajo, quien confiesa que el decreto de abolición debe esculpirse en letras de oro, y que le causó a él tanto placer, que «para desahogarse recurrió al templo con sus ovejas a dar gracias a Dios por su providencia adorable»; la del obispo de Canarias, en fin, que expresa el «sincero agrado» con que en toda la diócesis han sido recibidas «tan sabias disposiciones».
En 1814 el tribunal es restablecido. Pero en 1820 (9 de Marzo) el pueblo se amotina y saquea las cárceles del Santo Oficio. «¡Ah, si yo fuera capaz de decir algo de lo que mis ojos vieron aquel día, que fué el último de la Inquisición en España!», exclama Salustiano de Olózaga. La muchedumbre invade los subterráneos; hace saltar en astillas los aparatos del tormento; rompe las puertas de los calabozos; pasea triunfalmente por frente de Palacio los presos…
La Inquisición ha terminado.
Fuentes:
Adolfo de Castro. Historia de los judíos en España. (Cádiz, 1847).
Novísima recopilación.
Gonzalo Suárez de Paz. Praxis ecclesiastica et saecularis. (Madrid, 1790). (La primera edición es de 1583).
José del Olmo. Relación histórica del auto general de fe que se celebró en Madrid este año de 1680. (Madrid, 1680).
Discusión del proyecto de decreto sobre el tribunal de la Inquisición. (Cádiz, 1813).
Diario de las discusiones y actas de las Cortes; tomos XVII y XVIII. (Cádiz, 1813).
Salustiano de Olózaga. Recuerdos de la historia política del presente siglo, en el Almanaque de Las Novedades para 1860.

Azorín
El alma castellana (1600-1800)

El alma castellana es un texto emblemático de José Martínez Ruiz, en el que alimenta el primer Azorín, aparecido en la primavera de 1900, y que incorpora, modificado en parte, su anterior folleto Los hidalgos. Supone una reconstrucción histórica de los siglos XVII y XVIII. Sin ser plenamente obra que marque un punto de inflexión, sí que significa una transición marcada hacia los temas que van a configurar, en el futuro, su estética, desarrollada en un estilo más cuidado, mejor construido, de mayor contenido lírico y con una preocupación destacada por penetrar en la esencia de las cosas, dirigiendo el foco de atención artística hacia los pequeños hechos de la vida cotidiana.

Murió Beatriz Guido. Una de las personas más auténticamente encantadoras que conocí, inteligente, viva, buena, mentirosa impenitente y desorbitada, graciosa, cariñosa. Dijo que si escribía una nota sobre una de sus novelas, se acostaría conmigo. La escribí y nos acostamos, riendo de la situación.

3 marzo 1988. Murió Beatriz Guido. Una de las personas más auténticamente encantadoras que conocí, inteligente, viva, buena, mentirosa impenitente y desorbitada, graciosa, cariñosa. Dijo que si escribía una nota sobre una de sus novelas, se acostaría conmigo. La escribí y nos acostamos, riendo de la situación.
3 marzo 1988. Murió Luisa Mercedes Levinson, conocida en una época como Lisa Lenson. Fue bastante linda, pero, desde hace un tiempo, se convirtió en un personaje cómico, de sombreros de alas anchas, cara pintarrajeada y vestimentas flotantes. Era muy buena. El progreso en su carrera literaria le importaba. Me aseguró Di Giovanni que últimamente estaba en campaña para alcanzar el Premio Nobel.
Un sobrino de Ulyses Petit de Murat me contó: Mientras manejaba el automóvil, se sintió mal; con cuidado arrimó el coche a la vereda, lo detuvo, paró el motor, se reclinó sobre el volante y murió. El sobrino, Garreton Petit de Murat, ponderó esa manera civilizada de morir. Convine con él.
Yo siempre creí que el plagio es como los fantasmas: algo de lo que se habla pero que no existe. Un colega y amigote me señaló como testigo para un juicio que le hacían por plagio. Yo fui al juzgado y declaré que no había plagio; entonces me preguntaron si yo tenía conocimiento de que éste era el sexto pleito por plagio que a lo largo del tiempo le habían hecho a mi amigo.
En el velorio de Mercedes Levinson, en la SADE, se tocó una pieza para flauta de Eric Satie. El día antes estuvieron buscando por todo Buenos Aires un flautista. Drago me dijo: «Todo lo concerniente a su entierro parecía organizado por la muerta».
Cuando iban a entrar el cajón en el sepulcro, los sepultureros le quitaron una tapa metálica que hay sobre un vidrio, a la altura de la cara del cadáver. Lo hacen porque la tapa sobresale un poco y les molesta para sus maniobras. Después vuelven a colocarla. Cuando descubrieron esa ventanita, Drago (hombre de La Nación) miró y, en lugar de ver la cara de Mercedes, vio La Prensa. Comentó:
—Qué raro. Está La Prensa adentro del cajón.
La hija de Mercedes le explicó:
—Pusimos adentro del cajón ejemplares de La Nación, La Prensa y Clarín por si en un día lejano lo abren sepan por las necrológicas quién está aquí.
También parecería que la querida Beatriz se ocupó de sus últimas honras. Hay un largo aviso fúnebre en que los amigos participamos del hecho e invitamos al entierro. Entre esos amigos hay algunos que tal vez nunca se enteren de que hicieron esa invitación: por ejemplo Alberto Moravia y Susan Sontag. Además, entre nosotros no tomamos en serio a la Sontag, Beatriz no era amiga de ella.
En la noche entre el 7 y el 8 de marzo de 1988 fui feliz porque me acosté, siquiera en sueños, con una muchacha que me gustaba mucho. Observación fisiológica: si a los dieciocho o veinte años tenía un sueño así (y sin tenerlo, a veces) me encontraba mojado, al despertar.
Ahora, aunque en mi sueño hubo cópula y toda la revelación del goce, desperté limpio. En la noche del 8 al 9 volví a los juegos con muchachas desnudas. Dos noches de consuelo después de un largo período sin mujeres en la vigilia y en el sueño.
Idiomáticas. Hacerse el sota. Hacerse el desentendido. No reaccionar ni intervenir. Sinónimo: Quedarse en la horma.

Adolfo Bioy Casares
Descanso de caminantes

Cualquier imagen de Adolfo Bioy Casares sería incompleta si, además del forjador de tramas perfectas y del irónico narrador de desencuentros amorosos, no incluyera al testigo atento e implacable que, en silencio y durante más de cincuenta años registró cuidadosamente su vida y sus opiniones en un imponente Diario de casi 20.000 páginas.
La obra, en la que se echan en falta los pasajes sobre sus conversaciones con Borges y cuya publicación está en manos del albacea literario Daniel Martino, descubre la visión de Bioy sobre temas como la Dictadura («era consciente de lo que pasaba pero no le importaba demasiado»), las torturas («referidas a la etapa peronista y no a la Dictadura») o la muerte, (asunto este último que aborda «con su característica elegancia»).

Deteneos, apartad esos escombros funestos que son obra vuestra, y quedaos conmigo en paz en el que es mi edificio inquebrantable

Nos enteramos de que el 7 de marzo de 1763 todo el Consejo de Estado, reunido en Versalles, con asistencia de los ministros de Estado, y bajo la presidencia del canciller, el maestro relator, señor de Crosne, leyó su informe sobre el caso Calas con la imparcialidad de un juez, la exactitud de un hombre perfectamente instruido y la elocuencia simple y verdadera de un orador hombre de Estado, la única que conviene en tal asamblea. Una multitud prodigiosa de personas de todo rango esperaba en la galería del palacio la decisión del Consejo. Pronto se anunció al rey que todos los votos, sin exceptuar ninguno, habían dispuesto que el Parlamento de Toulouse enviara al Consejo las piezas del proceso y los motivos de su sentencia, la que hizo expirar a Jean Calas en la rueda. Su Majestad aprobó el fallo del Consejo.
¡Hay pues humanidad y justicia entre los hombres! Y principalmente en el Consejo de un rey amado y digno de serlo. El caso de una desgraciada familia de ciudadanos oscuros ha ocupado a su Majestad, a sus ministros, al canciller y a todo el Consejo, y ha sido discutido con un examen tan meditado como puedan serlo los mayores objetivos de la guerra y de la paz. El amor a la equidad, el interés del género humano, ha guiado a todos los jueces. ¡Gracias le sean dadas a ese Dios clemente, el único que inspira la equidad y todas las virtudes!
Damos fe de que nunca hemos conocido a ese infortunado Calas, al que los ocho jueces de Toulouse hicieron perecer basándose en los más débiles indicios, contra las ordenanzas de nuestros reyes, y contra las leyes de todas las naciones; ni a su hijo Marc-Antoine, cuya extraña muerte indujo a esos ocho jueces al error; ni a la madre, tan respetable como desgraciada, ni a sus inocentes hijas, que vinieron con ella desde doscientas leguas de distancia para poner su desastre y su virtud a los pies del trono.
Ese Dios sabe que sólo nos ha animado un espíritu de justicia, de verdad y de paz cuando hemos escrito lo que pensamos sobre la tolerancia con motivo de Jean Calas, al que el espíritu de intolerancia hizo morir.
No hemos creído ofender a los jueces de Toulouse al decir que se equivocaron, como todo el Consejo ha supuesto: al contrario, les hemos abierto un camino para justificarse ante toda Europa, ese camino es el de reconocer que unos indicios equívocos y los gritos de una multitud insensata han sorprendido a su justicia; el de pedir perdón a la viuda, y el de reparar, en lo que puedan, la completa ruina de una familia inocente, uniéndose a los que la socorren en su aflicción. Hicieron morir al padre injustamente; les corresponde a ellos ejercer de padre para con sus hijos, en el supuesto de que esos huérfanos quieran recibir de ellos una débil señal de un justo arrepentimiento. Será bueno para los jueces ofrecerla y para la familia rechazarla.
Corresponde sobre todo al señor David, capitoul de Toulouse, si ha sido el primer persecutor de la inocencia, dar ejemplo de remordimiento. Insultó en el patíbulo a un padre de familia moribundo. Esa crueldad es inaudita, pero, puesto que Dios perdona, los hombres deben perdonar también a quien repara sus injusticias.
Me han escrito desde el Languedoc esta carta, del 20 de febrero de 1763:
Vuestra obra sobre la tolerancia me parece llena de humanidad y de verdad, pero temo que pueda hacer más mal que bien a la familia de los Calas. Puede irritar a los ocho jueces favorables al suplicio de la rueda: pedirán al Parlamento que se queme vuestro libro, y los fanáticos, pues siempre los hay, responderán con gritos de furor a la voz de la razón, etcétera.
He aquí mi respuesta:
Los ocho jueces de Toulouse pueden hacer quemar mi libro, si eso es bueno; no hay nada más fácil: se quemaron las Lettres Provinciales, que valían sin duda mucho más: cada cual puede quemar en su casa los libros y papeles que le disgusten.
Mi obra no puede hacer ni bien ni mal a los Calas, a los que no conozco. El Consejo del rey, imparcial y firme, juzga según las leyes, según la equidad, sobre las pruebas, sobre los procedimientos, y no sobre un escrito que no es en absoluto jurídico y cuyo fondo es absolutamente ajeno al asunto que juzga.
De nada serviría imprimir infolios a favor o en contra de los ocho jueces de Toulouse, y a favor y en contra de la tolerancia; ni el Consejo ni ningún tribunal considerarán esos libros como piezas del proceso.
Estoy de acuerdo con que hay fanáticos que gritarán, pero mantengo que hay muchos lectores sabios que razonarán.
He sabido que el Parlamento de Toulouse y algunos otros tribunales tienen una jurisprudencia singular; admiten cuartos, tercios y sextas partes de prueba. De ese modo, con seis síes de un lado, tres de otro y cuatro cuartos de presunción, forman tres pruebas completas; y con esa bella demostración mandan sin misericordia a un hombre al suplicio. Un ligero conocimiento del arte de razonar bastaría para hacerles adoptar otro método. Eso que se llama una semiprueba no puede ser sino una sospecha: no hay rigor en la semiprueba; o una cosa está probada o no lo está, no hay punto intermedio.
Cien mil sospechas reunidas no pueden establecer una prueba, como cien mil ceros no pueden componer un número.
Hay cuartos de tono en la música, aunque no puedan ejecutarse; pero no hay ni cuarto de verdad ni cuarto de razonamiento.
A dos testigos que sostengan su declaración se les considera que han aportado una prueba; pero eso no es suficiente: hace falta que esos dos testigos lo sean sin pasión, sin prejuicios y, sobre todo, que lo que dicen no choque con la razón.
De nada serviría que cuatro personajes de lo más serio dijeran que han visto a un anciano enfermo agarrar por el cuello a un joven vigoroso y tirarlo por la ventana a cuarenta pasos de distancia: está claro que habría que meter a esos cuatro testigos en el manicomio.
Sin embargo, los ocho jueces de Toulouse condenaron a Jean Calas basándose en una acusación mucho más improbable; pues ni hubo ningún testigo ocular que haya dicho haber visto a un anciano enfermo, de sesenta y ocho años, agarrar él sólo a un joven de veintiocho y sumamente robusto.
Unos fanáticos han dicho solamente que otros fanáticos les habían dicho que habían oído decir a otros fanáticos que Jean Calas, gracias a una fuerza sobrenatural, había ahorcado a su hijo. Se ha dictado por lo tanto una sentencia absurda basada en acusaciones absurdas.
No hay más remedio para semejante jurisprudencia que aquellos que adquieren el derecho de juzgar a los hombres realicen de ahora en adelante mejores estudios.
Este escrito sobre la tolerancia es una petición que la humanidad hace muy humildemente al poder y a la prudencia. Siembro un grano que algún día podrá producir una cosecha. Esperemos todo del tiempo, de la bondad del rey, de la sabiduría de sus ministros y del espíritu de la razón que comienza a expandir su luz por doquier.
La naturaleza les dice a todos los hombres: os he hecho nacer a todos débiles e ignorantes, para vegetar algunos minutos sobre la tierra y para abonarla con vuestros cadáveres. Puesto que sois débiles, socorreos unos a otros; puesto que sois ignorantes, ilustraos y ayudaos. Cuando todos seáis de la misma opinión, lo que seguramente no ocurrirá nunca, cuando no haya más que un solo hombre con una opinión contraria, deberéis perdonarlo, pues soy yo la que le hace pensar como piensa. Os he dado brazos para cultivar la tierra, y un pequeño resplandor de razón para que os guieis: he puesto en vuestros corazones un germen de compasión para que os ayudéis los unos a los otros a soportar la vida. No ahoguéis ese germen, no lo corrompáis, sabed que es divino, y no sustituyáis la voz de la naturaleza por los miserables furores de la escuela.
Soy yo sola la que os une a pesar vuestro por vuestras mutuas necesidades, en medio incluso de vuestras crueles guerras emprendidas tan ligeramente, eterno teatro de los errores, de los azares y de las desgracias. Soy yo sola la que en una nación detiene las funestas consecuencias de la división interminable entre la nobleza y la magistratura, entre esos dos cuerpos y el del clero, incluso entre el burgués y el campesino. Ignoran todos los límites de sus derechos, pero, a la larga, y a su pesar, todos escuchan mi voz, que les habla al corazón. Yo sola conservo la equidad en los tribunales, donde sin mí todo sería entregado a la indecisión y a los caprichos, en medio de un confuso amasijo de leyes hechas a menudo al azar, y por una necesidad pasajera, diferentes entre sí de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, y casi siempre contradictorias entre sí en el mismo lugar. Yo sola puedo inspirar la justicia, mientras que las leyes no inspiran sino enredos: el que me escucha siempre juzga bien, y el que sólo busca conciliar opiniones que se contradicen es el que se extravía.
Hay un edificio inmenso cuyos cimientos he colocado con mis manos; era sólido y sencillo, todos los hombres podían entrar en él sintiéndose seguros; han querido añadirle los ornamentos más extraños, más groseros y más inútiles; el edificio está en ruinas por todas partes, los hombres recogen las piedras y se las arrojan a la cabeza; les grito: «Deteneos, apartad esos escombros funestos que son obra vuestra, y quedaos conmigo en paz en el que es mi edificio inquebrantable».

Voltaire
Contra el fanatismo religioso

Este libro condensa los argumentos clave contra la intolerancia que Voltaire elaboró en su Tratado sobre la tolerancia con motivo del caso Calas. Las razones y conclusiones de Voltaire eran tan válidas entonces como lo son hoy, y la pertinencia de este texto resulta inquietante.
A lo largo de la historia, algunos libros han cambiado el mundo. Han transformado la manera en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Han inspirado el debate, la discordia, la guerra y la revolución. Han iluminado, indignado, provocado y consolado. Han enriquecido vidas, y también las han destruido.

6 de marzo. Martes

6 de marzo. Martes
Mis achaques se ponen peor cada día y me alegro de que al fin hoy llegó el día de mi cita con el médico. Fuimos a la Biblioteca, como de costumbre; estuvieron algunos estudiantes. Franco Oppenheimer recogió su libro, y J. R. se lo había repasado de tal modo que pudo llamarle la atención sobre varios versos cojos, sugiriéndole cómo corregirlos. Margot [Arce] llegó a saber cómo me sentía, la catalogación prosiguió normalmente, y ya estoy copiando 4 poemas todos los días de las revistas que voy catalogando para la etapa final de la Tercera antolojía y para que termine el libro a tiempo de mandárselo a Ruiz Castillo dentro de un mes o así. Terminado esto, no queda más que eliminar, porque hay demasiado para lo que quiere J. R. Si no encuentro toda la colaboración poética de los últimos tiempos, se pueden añadir los poemas que vayan saliendo en sucesivas ediciones. J. R. está bastante endemoniado y se apura por mi salud, pero insiste en cortar toda responsabilidad asegurando que se muere enseguida y que lo que le apena es que me deja enferma.

Zenobia Camprubí Aymar
Diario 3. Puerto Rico (1951-1956)

Zenobia Camprubí llevó a cabo un Diario a lo largo de los casi veinte años que duró su vida en el exilio. Redactado parte en inglés y parte en español, lenguas que por sus antecedentes familiares y trayectoria personal dominó con idéntica facilidad, el Diario nos revela el carácter extraordinario de quien fuera la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. Entrelazados con la vida activa de su autora, se recogen en este monólogo sus estados de ánimo, los de su marido, sus frustraciones y ambiciones, sus reflexiones respecto al poeta y a su entorno. El Diario destaca por su valor como obra intimista, lo que pone de manifiesto la competencia literaria de la autora, y su importancia como testimonio histórico y documental. Si un diario conecta las dos partes del ser, la que escribe y la que lee, y ese vínculo se convierte en un modo de observar la propia supervivencia, el Diario de Zenobia Camprubí sería, como se observa en el prólogo del primer volumen, «un instrumento de supervivencia por el que Zenobia trató de reencontrar el perdido sentido de la vida a raíz del trauma de la Guerra Civil española».
El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1937 y 1939, correspondiente a la estancia del matrimonio en Cuba; el segundo cubre los años que van de 1939 a 1950, los vividos en Estados Unidos; el último, hasta ahora inédito, se centra en los años finales de su vida, transcurridos en Puerto Rico.
La edición y preparación de este diario completo ha estado a cargo de Graciela Palau de Nemes.

Andrés Ramírez, bar El Cuerno de Oro, calle Avenir, Barcelona, diciembre de 1988. Mi vida estaba destinada al fracaso, Belano, así como lo oye.

Andrés Ramírez, bar El Cuerno de Oro, calle Avenir, Barcelona, diciembre de 1988. Mi vida estaba destinada al fracaso, Belano, así como lo oye. Salí de Chile un lejano día de 1975, para más datos el 5 de marzo a las ocho de la noche, escondido en las bodegas del carguero Napoli, es decir como un polizonte cualquiera, y sin saber cuál sería mi destino final. No lo voy a aburrir con los accidentes más o menos desgraciados de mi singladura, solo le diré que yo era trece años más joven y que en mi barrio de Santiago (La Cisterna, para más señas) me conocían con el cariñoso apelativo de Súper Ratón, en recuerdo de aquel gracioso y justiciero animalito que tantas tardes infantiles nos alegrara. En una palabra, que un servidor estaba preparado, al menos físicamente, como suele decirse, para aguantar todas las vicisitudes de un viaje de tal calibre. Pasemos por alto el hambre, el miedo, el mareo, los contornos ora borrosos ora monstruosos con que el incierto destino se me presentaba. Nunca faltó un alma caritativa que bajara a la sentina y que me tendiera un pedazo de pan, una botella de vino, un platito de macarrones a la boloñesa. Tuve tiempo, por otra parte, para pensar a mis anchas, algo que en mi anterior vida me estaba casi vedado, pues en la ciudad moderna, como todo el mundo sabe, al camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Y de esta manera pude examinar mi infancia, pues cuando uno está encerrado en el fondo de un barco lo mejor es proceder ceñido a un cierto orden, hasta el canal de Panamá, aproximadamente, y de allí en adelante, es decir en todo lo que duró la travesía del Atlántico (ay, ya tan lejos de mi patria querida e incluso de mi continente americano, que no conocía pero que igual entonces sentí entrañable), me dediqué a diseccionar lo que había sido mi juventud y llegué a la conclusión y al firme propósito de que todo tenía que cambiar, si bien entonces no se me ocurrió de qué forma hacerlo y hacia cuál dirección encaminar mis pasos. En el fondo, permítame que lo diga, era una forma como cualquier otra de matar el tiempo y no castigar o debilitar mi organismo, ya de por sí enajenado después de tantos días en aquella húmeda oscuridad sonora que no le deseo ni a mi peor enemigo. Una mañana, sin embargo, llegamos al puerto de Lisboa y mis reflexiones variaron sustancialmente de objetivo. Mi primer impulso, como es lógico, fue desembarcar el primer día, pero, como me explicó uno de los marineros italianos que de vez en cuando me alimentaban, el horno en las fronteras de tierra y mar portuguesas no estaba para empanadas. Así que me tuve que aguantar y durante dos días que me parecieron dos semanas me conformé con escuchar las voces que venían de las bodegas del barco, abiertas como las fauces de una ballena, escondido en el interior de un barril vacío, cada minuto que pasaba más enfermo e impaciente, con tercianas que venían a cuento de no sé qué, hasta que una noche, por fin, zarpamos y dejamos atrás la laboriosa capital portuguesa que yo imaginaba, en mis sueños febriles, como una ciudad negra, con gente vestida de negro, con casas hechas de caoba o de mármol negro o de piedra negra, tal vez porque en mi duermevela enfebrecida pensé alguna vez en Eusebio, la pantera negra de aquella selección que tan buen papel hiciera en el Mundial de Inglaterra del 66 y en donde a nosotros, los chilenos, con tanta injusticia nos trataran.
Y volvimos a navegar y dimos la vuelta a la península ibérica y yo seguía enfermo, tanto que una noche un par de italianos me sacaron a cubierta para que me diera el aire y yo vi luces a lo lejos y pregunté qué cosa era eso, a qué parte del mundo (ese mundo que tan duramente me estaba tratando) pertenecían esas luces, y los italianos dijeron África, como quien dice pico, o como quien dice manzana, y yo entonces me puse a temblar mucho más que antes, unas tercianas que más bien parecían un ataque de epilepsia, pero que solo eran tercianas, y entonces oí que los italianos me dejaban sentado en cubierta y hacían un aparte, como quien se va a fumar un cigarrillo lejos de un enfermo, y un italiano le decía al otro: si se nos muere lo mejor es tirarlo al mar, y el otro italiano le contestaba: de acuerdo, de acuerdo, pero no se nos morirá. Y aunque yo no sabía italiano eso lo oí clarito, total las dos lenguas son romance como diría un académico de la lengua. Yo sé que usted ha pasado por trances similares, Belano, así que no se la voy a hacer larga. El miedo o las ganas de vivir, el instinto de supervivencia me hicieron sacar fuerzas de donde no había y les dije a los italianos estoy bien, no me voy a morir, ¿cuál es el próximo puerto? Después me arrastré de nuevo hasta la bodega, me recogí en mi rincón y dormí.
Cuando llegamos a Barcelona ya me sentía mejor. A la segunda noche de estar atracados abandoné sigilosamente el barco y salí caminando del puerto como un trabajador del turno de noche. Llevaba lo puesto, más diez dólares que traía desde Santiago y que guardaba en uno de los calcetines. ¡La vida tiene muchos instantes maravillosos, muy variados, además, pero yo no olvidaré nunca las Ramblas de Barcelona y sus calles aledañas que se abrieron para mí aquella noche como los brazos de una mina que uno nunca ha visto y que sin embargo reconoce como la mina de su vida! No tardé, se lo juro, más de tres horas en encontrar trabajo. Un chileno, si tiene buenos brazos y no es flojo, sobrevive en cualquier parte, me dijo mi papá cuando me fui a despedir de él. Yo de buena gana le hubiera aflojado un puñetazo en la cara al viejo conchaesumadre, pero esa historia es otra historia y no viene al caso hacerse mala sangre. Lo cierto es que aquella noche memorable me puse a trabajar lavando platos cuando aún no se me había pasado del todo la sensación de balanceo que proporcionan los cruceros prolongados, en el establecimiento llamado La Tía Joaquina, de la calle Escudillers, y a eso de las cinco de la mañana, cansado pero satisfecho, salí del bar y me dirigí a la pensión Conchi, que como nombre era un plato, recomendada por uno de los camareros de La Tía Joaquina, un muchacho murciano que también paraba en aquel sucucho.

Roberto Bolaño
Los detectives salvajes

Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes, salen a buscar las huellas de Cesárea Tinajero, la misteriosa escritora desaparecida en México en los años inmediatamente posteriores a la Revolución, y esa búsqueda —el viaje y sus consecuencias— se prolonga durante veinte años, desde 1976 hasta 1996, el tiempo canónico de cualquier errancia, bifurcándose a través de múltiples personajes y continentes, en una novela en donde hay de todo: amores y muertes, asesinatos y fugas turísticas, manicomios y universidades, desapariciones y apariciones.

Sayonara me enseñó que es muy duro ser bailarina japonesa y enamorarse de un oficial americano, luego decidí que nunca sería bailarina japonesa.

Mientras jugaba de modo tan absurdo con mis sentimientos, entró en escena un viejo espectro de la infancia, magníficamente convertido en jovencito cinéfilo. Regresaba sin advertencia previa aquel personaje a quien en otro tiempo di en llamar el Niño Limpio.
Se me apareció el espectro en el cine-club del S.E.U. la memorable noche del 4 de marzo de 1959. Fue el final perfecto para una jornada ideal. Por la tarde había disfrutado dos veces con el seductor programa doble formado por Sayonara y Las chicas de la Cruz Roja. Según observo en mis notas de entonces, las veía por sexta o séptima vez cada una. Mi reacción, tan favorable, demuestra que si alguien ansia recibir mensajes, los saca de cualquier parte. Sayonara me enseñó que es muy duro ser bailarina japonesa y enamorarse de un oficial americano, luego decidí que nunca sería bailarina japonesa. Las peripecias sentimentales de las señoritas postulantes en la fiesta de la banderita me demostraron que si en mi niñez hubiese sido honrado como ellas, entregando a los curas el dinero del Domund, me habría correspondido en la adolescencia un futbolista, un taxista o un locutor de televisión, que es aproximadamente lo que les tocó a ellas por recorrerse todas las calles de Madrid a los sones de aquella canción tan pegadiza sobre las muchachas bonitas que acababan de florecer tal día como aquél.
Por la noche me puse serio porque el cine-club del S.E.U. había conseguido una copia del filme de Eisenstein Tempestad sobre México. Por razones obvias, los organizadores no pudieron anunciarlo públicamente, obrando así a imitación del cine-club Monturiol, que se vio obligado a anunciar una proyección del Potemkin con el título Las escaleras de Odessa. Pese a tantos inconvenientes, la noticia de aquellas proyecciones corría de boca en boca. La noche del S.E.U. reinaba tal expectación que los organizadores se vieron obligados a celebrar tres proyecciones a puerta cerrada. Nos rogaron que no esperásemos en la escalera, por temor a que la policía sospechase que celebrábamos una manifestación no autorizada. Amparo y yo seguimos a otros espectadores dispersos por los bares de la Rambla a la espera de la siguiente proyección, que se celebraría de madrugada. Al volverme para curiosear entre mis compañeros, descubrí un rostro familiar, aunque lejano.
Más que un rostro era una circunferencia. Pertenecía a un adolescente con aspecto finústico. Pelo perfectamente cortado a la navaja. Traje gris y corbata impecable. Cartera de mano. Síntomas todos de los que bastan para caracterizar a un joven aseado.
¡Noche de grandes casualidades! El cine-club que nos ofrecía la limosna de un Eisenstein estaba dirigido por Sergio Schaaff, que muchos años después se convertiría en uno de mis grandes amigos o, mejor, en parte de mi entorno familiar, junto a los suyos. Aquella noche no me hubiera atrevido a dirigirle la palabra: había leído su nombre en crónicas sobre cine-amateur. En estas filas era una estrella y los jovencitos cinéfilos teníamos muy bien establecidas las jerarquías estelares. Mirábamos con auténtica reverencia a los entendidos, gentes de prestigio, a quienes observábamos como maestros potenciales, jamás como compañeros. Ni siquiera de charla. No me correspondía estar entre ellos.

Terenci Moix
El beso de Peter Pan
El peso de la paja - 2

El beso de Peter Pan, segundo volumen de las memorias de Terenci Moix, abarca el período 1956-1962 y muestra la caída de aquel niño disparatado del primer volumen en el infierno de la búsqueda de la identidad personal, cultural y erótica. Este nuevo enfrentamiento de Terenci Moix con sus fantasmas demuestra su dominio de los más variados registros y combina magistralmente el desgarro con el humor y el lirismo con el esperpento, en un conjunto presidido por los temas de la memoria y la fugacidad del tiempo. Junto a la terrible nostalgia por aquel adolescente triste, siempre en busca del amor ideal.
El beso de Peter Pan nos presenta su búsqueda de alimento espiritual en el contexto hostil y represivo de la España de la censura y del primer rock, hasta adquirir el valor de autorretrato de toda una generación. Si El peso de la paja 1, alcanzó un gran éxito de crítica y público, este nuevo volumen confirma que la obra memorialística de Terenci Moix es la verdadera columna vertebral de su trayectoria literaria, y uno de los grandes hitos del género en este fin de siglo.

¿O aprendió la tristeza de los príncipes de la tragedia alemana y descubrió retrospectivamente al caracol como alegoría barroca?

Como si el progreso tuviera por eco la inmovilidad. Como si la Melancolía fuera el reverso de la Utopía. Como si un madero insalvable detuviera al corredor. Como si, en la meta, saludara al vencedor la tristeza. Como si el mundo, no sólo Zweifel, padeciera rinitis alérgica crónica.
Como había que pagar en divisas la emigración de los judíos de Dánzig, se comenzó a evaluar tierras y propiedades: los cementerios judíos de Langfuhr y Stolzenberg, las sinagogas dañadas junto al Mirchauer Weg, de Mattenbuden, en Zoppot, la sinagoga intacta cercana al Picadero, la logia borrusa junto a la puerta de Oliva y el terreno de la calle de los Húsares 7a se estimaron en unos 500 000 florines de Dánzig en números redondos; sin embargo, después de negociaciones con Kampe, el dirigente nacionalsocialista del distrito, en las que hubo de intervenir también el joven síndico Erwin Lichtenstein —«¡Qué pálido estaba mi marido al volver a casa!», dijo la señora Lichtenstein en Tel Aviv—, sólo quedó la pobre contraprestación de 330 000 florines. Se convino por contrato en que no se utilizarían las sinagogas para fines profanos, sino que serían demolidas. Los ex directores de la sinagoga y el cantor de la Gran Sinagoga, Leopold Schufftan, lloraron al parecer después de haber firmado… Así vendieron los judíos sus sinagogas, pagando con el producto el precio de una incierta emigración.
¡Jerusalén celeste!… ¿Qué fuentes pudo consultar Zweifel? ¿El viscoso viaje de Durero a los Países Bajos? «Regalé al agente de Portugal un pequeño Niño tallado, y le regalé también un Adán y Eva, el San Jerónimo en su estudio, el Hércules, el San Eustaquio, la Melancolía, la Némesis…». ¿O aprendió la tristeza de los príncipes de la tragedia alemana y descubrió retrospectivamente al caracol como alegoría barroca?
En la noche del 2 al 3 de marzo del treinta y nueve, Hermann Ott fue al depósito de aduanas del Motlava a presenciar la partida de quinientos judíos de Dánzig. En el lugar de reunión había como espectadores parientes y amigos de los quinientos, que se quedaban, altos funcionarios de policía y el cónsul general inglés Shepherd, que había ayudado a preparar el transporte, advirtiendo al mismo tiempo en contra de una entrada ilegal en Palestina, territorio bajo mandato. Sólo los dos médicos judíos autorizados, dos enfermeros, Bittner, director de la caja de ahorros nombrado comisario de asuntos judíos, varios funcionarios de policía y Heinz Kaminer, como representante de la comunidad judía, pudieron acompañar al transporte hasta el puerto de embarque. (Como siete de los alumnos de Zweifel y el verdulero Isaak Laban estaban entre los quinientos, el profesor adjunto había solicitado de las autoridades permiso para acompañar al grupo; su solicitud fue rechazada sin explicaciones). Los emigrantes debían ser llevados en autobuses a Marienburg, a través de la frontera del Estado Libre, y luego en un vagón precintado, pasando por Breslau, Viena y Budapest, al puerto de Reni en el Mar Negro. Allí (dijeron) el mercante Astir, de ochocientas toneladas, se haría cargo de ellos. No se habló oficialmente de su destino.
El ejemplo de dos caracoles de viña, que se transmiten mutuamente su semen y, después del intercambio, se fecundan a sí mismos, inspiró la especulación de Zweifel sobre el hermafroditismo de Melancolía y Utopía. Cuadros y curvas: ya se perfilaba (esquemáticamente) el fin de los sexos, la redención.
Cuando, después del embarque de los quinientos, los acompañantes volvieron a Dánzig, Heinz Kaminer informó a los presidentes de las comunidades: con tabiques de madera habían preparado el mercante Astir para acoger personas. Habían alojado a los hombres a proa y a las mujeres a popa.
Fritz Gerson, que había observado cómo se reproducen los caracoles de viña, contradijo a Zweifel, calificando su transposición del hermafroditismo del terreno de la Naturaleza al de la Mitología de descuidada y poco científica.
Cuando los emigrantes se habían reunido en grupos delante de los autobuses, el profesor adjunto Ott dijo a sus alumnos: «Escribidme en el camino o en cuanto lleguéis». Y Simon Kurzmann, cuyas calificaciones escolares regulares podían considerarse como prueba de seriedad, prometió darle noticias.

Günter Grass
Del diario de un caracol

Uno de los textos más personales del Premio Nobel alemán.
Ideado como un diario de la campaña electoral que realizó en 1969 a favor de la candidatura de Willy Brandt, trasciende por su complejidad la mera anécdota política, para instalarse entre el ensayo y la prosa poética.
En 1969, Günter Grass participa en la campaña electoral a favor del Partido Socialista de Alemania y, muy especialmente, de su amigo Willy Brandt. El diario de su gira le sirve luego para escribir un libro en el que las fronteras entre narrativa, política y autobiografía se confunden.
El autor se dirige a sus cuatro hijos —y, así, a las nuevas generaciones alemanas— para hablarles de la democracia y de los horrores del Tercer Reich. Y crea una historia: la del profesor de instituto Hermann Ott, llamado «Zweifel» (duda), que apoyó a los judíos de Dánzig durante su persecución y expulsión.
Para Grass, el riesgo está siempre en los extremos. El simbolismo político del caracol resulta claro: en la historia del progreso no hay saltos sino un lento deslizarse hacia adelante, y desde esa idea lucha contra quien pretenden sobrepasarlo por la izquierda o la derecha.
«Sólo quien se ha sentado en una vacía concha de caracol y ha vivido en el lado de sombra de la Utopía puede medir el progreso».

Cartas entre Stefan Zweig & Hermann Hesse

4. STEFAN ZWEIG A HERMANN HESSE
Viena, 2 de marzo de 1903
Estimado señor Hesse:
Créame que, a pesar de que entre su carta y la mía media todo un mes, he pensado muy a menudo en usted. He leído con mucho cariño su Hermann Lauscher y le agradezco de corazón este libro. Mientras leía el principio, pensé para mis adentros: «Qué contento estarías ahora si no tuvieras en las manos un librito tan delgado, sino uno mucho más grueso, si esto no fuera más que un fragmento: el primer capítulo de una novela. ¡Entonces sí que podríamos felicitarnos realmente!». Pero ¡quién sabe!: lo que aún no es, bien podría llegar a ser algún día.
Y opino que no debería mostrarse usted tan inconforme con su vida, si ésta le ha concedido escribir este libro. Si fuera yo quien quisiera reunir ahora, a toda prisa, mis vivencias infantiles, habría en ellas soles y nubosidades, pero jamás tendrían aquella luz pura y apacible que la embriagadora naturaleza le ha obsequiado a usted. El destino de una gran urbe puede tener el mismo carácter trágico, pero nunca la misma grandeza. Yo, aquí, también suelo apartarme de los caminos de la literatura. Creo —o por lo menos ésa fue mi impresión en Berlín— que en el extranjero se imaginan la literatura austríaca como una enorme mesa de café alrededor de la cual permanecemos sentados todos, día tras día. Ahora bien, yo, por ejemplo, no mantengo una relación estrecha ni con Schnitzler, ni con Bahr, ni con Hofmannsthal, ni con Altenberg; es más, a los tres primeros ni siquiera los conozco. Recorro mis caminos por el campo con algunos autores más silenciosos: Camill Hoffmann, Hans Müller, Franz Karl Ginzkey, un poeta franco-turco, el doctor Abdullah Djaddet Bey, y algunos pintores y músicos. Creo que, en el fondo, todos nosotros —y con «nosotros» me refiero a los que sentimos esta afinidad— vivimos de un modo parecido. Yo también he prodigado, y no poco, la vida, sólo me falta ese último desbordamiento: el de la embriaguez. En cierto modo, siempre permanezco sobrio, algo que Georg Busse-Palma, el más grande juerguista de nuestros días, jamás me pudo perdonar. Creo que ya no estará en mi mano aprenderlo, porque la capacidad para la profundidad en todas las cosas se me hace cada día más extraña: si los nuevos poemas no fueran para mí más valiosos que los de mi libro de poemas Silberne Saiten, un poco acuosos y demasiado llanos, pensaría que me estoy volviendo trivial.
¡Y para colmo tengo que practicar la ciencia! Ahora trabajo como un clemente para acabar el año que viene, de una vez por todas, con lo del título de Doctor philosophiæ, y así poder arrojarlo a mis espaldas como si se tratase de unos molestos harapos. Esta es, tal vez, la única cosa que hago para complacer a mis padres, en contra de mi propio yo. Me siento totalmente aniquilado de tanto quemarme las cejas, algo que sólo interrumpo de vez en cuando para pasar alguna noche de locura, pero nunca para divertirme o liberarme; espero poder imponer en casa el consentimiento para ir, en Pascua, por diez días a Italia. He aprendido italiano y estoy ávido de ver los cuadros de Leonardo, que sé que me encantarán, a pesar de que hasta ahora los conozco sólo a través de reproducciones.
Una carta suya, apreciado señor Hesse, me proporcionará un gran contento, y cuanto más pronto, mejor. No tome a mal que este servidor, que le saluda afectuosamente, haya dejado, a causa de su gris estado de ánimo, de darle las gracias anteriormente por sus líneas.
Suyo,
STEFAN ZWEIG
5. HERMANN HESSE A STEFAN ZWEIG
Basilea, 6 de marzo de 1903
Muy estimado señor:
Muchas gracias por su amable carta. Puesto que entiendo bastante bien la esencia de su persona, puedo imaginarme, en parte, su actual situación.
¡Lo que más me alegró de su carta es saber que desea viajar a Italia en Pascua! Diez días es realmente muy poco tiempo, pero, a pesar de eso, podrá usted ganar algunas experiencias magníficas. Ahora bien, apenas encontrará allí algún cuadro de Leonardo, y en cuanto a Milán, donde se encuentra el cenacolo del pintor, le desaconsejo ir, ya que como ciudad deja mucho que desear. La ciudad que le queda menos apartada de Viena es Venecia, y para diez días ésa sería la visita más bella, y la que merecería más la pena. Florencia está algo más lejos, aunque en primavera es incomparablemente hermosa. Yo mismo espero poder ir en mayo por algunos días a Venecia. Le encarezco que no haga por Italia un viaje apresurado e impulsado por motivos indefectibles, sino que se dedique más bien a vagar, aun cuando haciéndolo conozca sólo una única ciudad.
¿Me permitiría molestarle con un ruego que es muy importante para mí? Su amigo Hoffmann debería obsequiarme su Adagio un libro que adoro (de ser posible, en edición encuadernada, pero ¡en cualquier caso, con dedicatoria!). ¡Por ello les estaría agradecido de todo corazón, tanto a él como a usted!
Piense que yo también he tenido esa capacidad para embriagarme, pero casi la he perdido del todo. En cambio, de un tiempo a esta parte, la vida apacible de la naturaleza se me ha vuelto cada vez más familiar; en ella puedo perderme completamente de vez en cuando. Por eso espero con impaciencia el comienzo de la primavera. Cuando comienza la temporada de calor y uno puede permanecer echado sobre la hierba el día entero, o medio día, siento que ha llegado mi época, y sacrificaría toda la literatura por una nube hermosa o el trino de un ave.
Si viajase usted al sur, ¡piense en mí cuando esté allí y cólmese de luz y de calor!
Pienso en usted con afecto y le saludo una vez más. La brevedad de mis cartas no se debe a una falta de simpatía, sino al mal estado de mis ojos, que desde hace meses vienen deparándome continuas preocupaciones y tormentos.
Muy afectuosamente, suyo,
H. HESSE

Stefan Zweig & Hermann Hesse
Correspondencia
Edición al cuidado de Volker Michels

La correspondencia de Hermann Hesse con Stefan Zweig se extendió por un periodo de treinta y cinco años —a pesar de las reservas del primero a tratar con escritores—, hasta la muerte de este último en 1942. A través de estas cartas, el lector asistirá a la construcción de un pensamiento común entre estos dos grandes autores, comprometidos con la inequívoca defensa de la razón, del bien y de la humanidad en una época turbulenta, confirmando que no hay estética que pueda existir sin el armazón de un pensamiento ético que la sustente.

Una noche

UNA NOCHE
¡Oh estatuto del Partido Comunista Ruso! Con la levadura de la literatura rusa te has abierto camino. Has convertido a tres corazones solos, apasionados, como las figuras de Jesús de Riazan, para la colaboración en el periódico El Jinete Rojo. Los convertiste para que día por día escribiesen una hoja temeraria llena de valor y de gracia chabacana.
Galin, con la catarata en el ojo; Slinkin, el tísico, y Sytchof, el de la hernia, enfebrecen en el polvo infecundo de tierra adentro y llevan la violencia y el fuego de su hoja por las filas de los honrados cosacos, de la chusma de los caminos que se llaman intérpretes polacos y de las muchachas que, para descansar de Moscú, nos envían en el tren de la «sección política».
Entrada la noche está siempre terminado el periódico, ese botafuego que se coloca debajo del ejército. En el cielo se apaga la linterna bizca del sol de provincia; las luces de la imprenta llamean y arden indomables como la pasión de la máquina. Más tarde, hacia media noche, sale Galin del vagón para temblar bajo el mordisco de su amor irrefrenable por Irina, la lavandera del tren.
—La última vez dice Galin, —el estrecho de hombros, el pálido y medio ciego Galin—, la última vez hablamos sobre el fusilamiento de Nicolás el Sangriento, a quien el proletariado de Iekaterinemburgo ajustició. Hoy queremos hablar sobre los otros tiranos que tuvieron muerte de perros. Pedro III fue estrangulado por Orlof, el amante de su mujer; Pablo fue dilacerado por sus cortesanos y por su propio hijo. Nicolás Palkin se envenenó; su hijo cayó el 1 de marzo; su nieto murió de borrachera. Todo esto debe usted saberlo, Irina.
Mientras el ojo vacío de Galin, lleno de adoración, descansa sobre la lavandera, escudriña infatigablemente las tumbas de los zares caídos. La figura gibosa de Galin se alza a la luz de la luna, que vaga por allá arriba descaradamente. Las máquinas de la imprenta escandalizan en la cercanía, y la estación de radio brilla en pura luz. Irina se recuesta en el hombro del cocinero Vassili, oye el cuchicheo del amor de siempre y las estrellas se arrastran sobre ellos por el alma negra del cielo. La lavandera soñolienta bosteza, persigna sus labios abotagados y mira a Galin con desmesurados ojos, como una muchacha que suspira por las molestias de la concepción mira a su profesor consagrado a la ciencia.
Y al lado de Irina se desgarran en un bostezo los morros de Vassili, que, como todos los cocineros, desprecia a la humanidad. Los cocineros tienen mucho que hacer con la carne de los animales muertos y con el apetito de los vivos, y por eso buscan en la política cosas que no les importan. Así era también Vassili, el de los morros hinchados, el vencedor de Irina. Se levantó el pantalón hasta la tetilla y preguntó a Galin por la lista civil de distintos reyes, por la dote de la hijas del zar, y dijo después bostezando:
—Es de noche, Irischa. Mañana será otro día. Ven, vamos a coger pulgas… Cerraron la puerta de la cocina y dejaron a Galin solo, con la luna, que vagaba por allá arriba descaradamente.
Y en el muelle de la estación, frente a la luna, con los anteojos en la nariz, úlceras en el cuello y los pies heridos, me senté ante el estanque dormido. Mi turbio cerebro de poeta estaba dirigiendo precisamente la lucha de clases, cuando Galin se llegó a mí con ojos enfermos de cataratas que brillaban apagadamente.
—Galin —dije yo atormentado de tristeza y de soledad, estoy enfermo. Mi fin parece próximo; me fatiga seguir sirviendo en nuestra caballería.
—Es usted un mozalbete —me contestó Galin, y el reloj en su muñeca flaca señalaba la una—. Nuestra suerte es soportaros a vosotros, mozalbetes; todo el partido lleva blusas manchadas de sangre y porquería; estamos sacando para vosotros la pulpa de la cáscara; no se tardará mucho en que veáis la pulpa limpia, y entonces os sacaréis el dedo de la nariz y cantaréis la nueva vida en prosa no oída. Pero por ahora, mozalbetes, tenéis que estar tranquilos y no gimotear en nuestras manos.
Se me acercó, me ajustó la venda suelta de la herida punzante y dejó caer la cabeza sobre su pecho de gallina. La noche nos consolaba en nuestro dolor. Un aire suave soplaba en torno nuestro como la falda de la madre, y abajo brillaban las hierbas frescas y húmedas.
Las máquinas que retumbaban en la imprenta del tren empezaron a chillar, mas poco a poco enmudecieron. La aurora dibujó una cinta en la linde de la tierra. Chillando, se abrió la puerta de la cocina. Cuatro pies con gruesos talones se extendían fuera, al fresco, y vimos las regocijantes pantorrillas de Irina y los dedos gordos de Vassili, con sus uñas torcidas y negras.
—Vassilok —murmuraba ella—, ¿quiere usted marcharse de mi cama, charlatán?
Pero Vassili se limitó a menear el talón y se acercó todavía más a ella.
—La caballería —continuó Galin—, la caballería es una obra de magia social, llevada a cabo por el comité central de nuestro partido. La revolución ha colocado en el primer rango al cosaco voluntario, penetrado de tantos prejuicios, pero el comité central está alerta y barrerá con escoba de hierro esos prejuicios.
Y Galin habló conmigo de la educación política del primer ejército de caballería. Habló mucho tiempo, sordamente y explícitamente. El párpado se movía sobre el ojo ciego y de la palma destrozada de su mano chorreaba la sangre.

Isaak Babel
Caballería Roja

Durante 1920 el escritor Isaak Babel participó como periodista en la campaña militar contra Polonia, durante la Guerra Civil Rusa. Fruto de esa experiencia escribió una serie de relatos que fueron publicados en diferentes revistas y finalmente recogidos es un volumen titulado Caballería Roja.
Pero Caballería Roja, más que un libro de relatos, puede considerarse una novela breve escrita de manera fragmentaria. Y es que las historias que forman el libro tienen en común no solo el tiempo y el espacio en los que suceden, sino también muchos de sus personajes y, por supuesto, la voz del narrador.
El volumen reúne una variedad de relatos sobre la vida en el frente: algunos dedicados a anécdotas de campaña, otros a personajes peculiares. El resultado es una visión descarnada y realista de la guerra. Hay en los relatos de Babel heroísmo, pero también hay horror; valentía, pero también ira sanguinaria; ardor guerrero, pero también miedo. De alguna manera se presenta la guerra como un ente con voluntad propia: una realidad que los hombres ponen en marcha, pero que acaba por escapar a todo control, asemejándose a una fuerza de la naturaleza.


A veces, la acumulación de términos denigrantes e imputaciones absurdas es tan exagerada que raya en lo grotesco y parece un remedo o caricatura

El episodio y, sobre todo, las reacciones de la prensa italiana al mismo, te habían hecho temer de inmediato su posible repercusión en España. Tus inquietudes, expresadas por teléfono a Monique y a un par de amigos barceloneses al producirse los hechos, no tardaron en verse confirmadas. El 22 de febrero, la totalidad de los medios informativos de la Península publicaban un despacho de la agencia Efe referente al suceso que lo ligaba insidiosamente a un atentado terrorista de la FAI contra el consulado español en Ginebra y la celebración de un «acto de propaganda antiespañola» presidido por Waldo Frank y Álvarez del Vayo en el teatro Barbizon Plaza de Nueva York. Mientras algunos periódicos exponían esa triple agresión de forma más o menos discreta, Arriba, órgano oficial del Movimiento, anunciaba en primera plana: «CNT-FAI, Álvarez del Vayo, Waldo Frank, Goytisolo: nueva fórmula del cóctel Molotov contra España» y el titular de Pueblo rezaba en tres columnas: «J. G. intenta proyectar un documental falso e injurioso sobre España y un grupo de espectadores protesta y lanza bombas de humo». El texto de Efe subrayaba la índole comunista del «mitin» de Milán, te atribuía de modo indirecto la autoría del documental incriminatorio, pretendía que los petardos fueron lanzados por italianos patriotas, honestos y dignos. «La prensa comunista —concluía— se muestra indignada por el incidente y denuncia la desaparición de la película durante la refriega, llegando a afirmar que todo ello fue provocado por agentes del Consulado español». Por las mismas fechas, un artículo de fondo de El Español, obra probable de su director Juan Aparicio, salía al paso de su indigna labor «difamadora» en Europa y una inefable crónica del corresponsal en Roma del Diario de Barcelona, «La última pirueta de J. G.», te acusaba de haber intervenido públicamente, «con prudentes remilgos y calculada táctica, no para discutir políticamente al régimen de España sino para calumniar a [tu] propia Patria»; después de tildarte de «gánster de la cámara fotográfica o cinematográfica», su autor arremetía contra el «cóctel agrio de palabras, imágenes y canciones de marca soviética, que ofendían a España con el objeto de presentar el libro de un español que [vivía] ricamente en el extranjero coreado por los partidos comunistas».
Pero aquel insólito aluvión de improperios y denuncias impresos era sólo un comienzo. El 28 de febrero, José Agustín informó por teléfono de que la película robada en Milán había sido proyectada la víspera por Televisión Española, acompañada de una respuesta contundente de José Antonio Torreblanca en la que te calificaba de impostor, mercenario y otras lindezas. En realidad, según pudiste averiguar en seguida, se trataba de una versión truncada y amañada de aquélla, con una banda sonora y comentarios que a trechos divergían del original. Como la copia exhibida deformaba gravemente el contenido e intenciones del filme, enviaste cartas certificadas a Efe y a los responsables del organismo televisivo, invocando el derecho de rectificación que te asistía. Pero tus protestas, esta vez, permanecieron inéditas. La divulgación por TVE de la película de Esteva Grewe y Brunatto iba a levantar la veda de una jauría estridente de cazadores en torno a una presa muda. La relectura actual de los recortes de prensa que conservas y a partir de los cuales compusiste el soliloquio de las Voces en tu primera novela adulta, incita a la sonrisa; un cuarto de siglo atrás, te produjo una mezcla de anonadamiento, tristeza e incredulidad. A veces, la acumulación de términos denigrantes e imputaciones absurdas es tan exagerada que raya en lo grotesco y parece un remedo o caricatura («En esa serie de actos de agresión contra la Península Ibérica resalta la participación como «compañero de viaje de un joven gigoló llamado J. G., con residencia habitual en París»); otras, el estilo enfático y un tanto familiar a tu oreja del articulista, te trae a la memoria su deliberada inserción o parodia en el corpus de Señas de identidad («Con más años de residencia en Francia que en España, con más costumbres francesas que españolas, incluso en el amancebamiento (…) sirve lo que le piden. Fabricar estampas de suburbios es sumamente fácil. Unos extras, disfrazados de guardias pueden «apalear a un obrero». Desnudar a un chiquillo, embadurnarle de carbón y sentarlo sobre un montón de estiércol, está al alcance de cualquier desaprensivo. Pero quien hace eso revela tal catadura moral que mejor es no mencionarlo, aunque nos bastaran dos sustantivos y una preposición»). La palma de oro de tan desdichada justa se la lleva quizás el director de La Vanguardia, Manuel Aznar, con su editorial del 16-3-1961 «Feltrinelli o el festival de los agravios», un verdadero monumento de demagogia, hipocresía y grandilocuencia que, a falta de poder figurar en la eventual edición de una «Historia particular de la infamia», recibió también la merecida recompensa de su inclusión en tu libro. Pero la lista de ejemplos es larga y para no abusar de los lectores, la interrumpirás aquí.
Ese sordo rencor anidado en la entraña, «toda hiel sempiterna del español terrible», hermosamente evocado por Cernuda lo descubriste entonces. Las injurias vertidas aquellos días y sus consecuencias domésticas —visitas y cartas consternadas de tu padre a los directores de los medios informativos, empeñado quijotescamente en salvar el buen nombre de la familia— te dejarán en la boca un regusto amargo pero te conferirán de rechazo una suerte de inmunidad, transformándote en ese quitinoso ejemplar de escritor que eres hoy, insensible y coriáceo a la perdurable reiteración de denuestos, salivazos y pullas. Si va a decir verdad, la reacción a lo acaecido en Milán prefiguraba de modo simbólico tus relaciones con el fuero secular de la tribu: cuanto vendría luego —escándalo, mala leche, ostracismo— tendría para ti el aire cansino de un déja vu. Lo advertido decenios o siglos antes por otros francotiradores y díscolos, se verificaba puntualmente contigo: quienes en España atacan un día desde la derecha lo hacen más tarde desde la izquierda aguardando la ocasión de hacerlo otra vez desde la derecha —y los atacados son siempre los mismos—. Ello te mostraba tempranamente —y sería un descubrimiento de importancia capital— que sólo la persona u obra muertas son dignas entre vosotros de lauros y recompensas. Las que se mantienen vivas molestan y concitan esa forma indirecta de loa que adopta la cara falaz del insulto. Los ascos y aspavientos que suscitarás en lo futuro se limitarán a repetir, a veces literalmente, expresiones y giros acuñados lustros atrás sin hacerte mella; leyéndolos al revés, como aconseja melancólicamente el Poeta, formas superiores de elogio descifrará en ellos tu orgullo. El aprendizaje de los usos y leyes de la tribu no se completará sino años más tarde; pero la lección recibida entonces será una admonición o advertencia cuya impronta no se borrará jamás.
Mientras la prensa franquista se hacía lenguas de la probidad informativa de Televisión Española al ofrecer a la curiosidad de tus paisanos un documento cinematográfico «preparado para engañar a incautos» —pero guardándose muy bien de explicar cómo tu supuesto engendro había llegado a sus manos— las preguntas formuladas por los periódicos italianos quedaron sin respuesta. La intervención de las autoridades hispanas en el hecho no ofrecía duda; con todo, el enigma habría permanecido envuelto en la bruma si la jactanciosa indiscreción de uno de sus protagonistas no te hubiera suministrado tardía e involuntariamente la clave. En otoño de 1965, durante tu primera, fecunda e impregnadora estadía en Tánger, Eduardo Haro Tecglen —que había mudado su residencia a esta ciudad, al ser nombrado director del desaparecido diario España— te revelaría que en el curso de una cena a la que asistió el cónsul general en Tetuán, éste se había vanagloriado ante los demás comensales de su bizarra actuación en el asunto; conforme a su testimonio, los autores de la agresión al acto del Teatrino del Corso le habrían confiado la copia del filme y, de acuerdo a las instrucciones recibidas de Madrid, él se encargó de hacerla llegar a buen puerto por medio de la valija diplomática. Tan meritorio comportamiento le había valido una calurosa felicitación de sus superiores, y el ex vicecónsul español en Milán vibraba todavía de entusiasmo al rememorar las divertidas y emocionantes secuencias de su folletín yemsbondesco…
Aunque su triste papel en una trama policíaca cuyas salpicaduras contribuyeron a amargar los últimos años de tu padre justificaría sobradamente la exposición de su nombre y apellidos en la picota, el abrupto disparo con el que acabó sus días en Argentina te mueve a la piedad. Servidor fiel de un sistema del que fue instrumento y hechura, se erigió trágicamente a la postre en su propio e implacable juez. El sagrado terror que te inspira el suicidio te fuerza al respeto: concédele el silencio, y déjale en paz.
El objetivo de aquella campaña desaforada parecía claro: al transformar el acto cultural antifranquista de Milán en un mitin rojo y vincular mi intervención en él con actividades terroristas propiciadas por «el marxismo internacional», las autoridades pretendían amedrentarme e imponerme un exilio forzado. Mi status ambiguo de disidente, viajes testimoniales a la Península, simpatías filocomunistas y conexiones con la prensa francesa habían acabado por sulfurar a los jerarcas del Régimen, enfrentados a la disyuntiva de detenerme o seguir tolerando una conducta cuyo ejemplo podía cundir y propagarse a otros escritores y artistas. Abrumándome con un alud de injurias y amenazas veladas, intentaban cerrarme las puertas, hacer de mí un desterrado remoto e inofensivo. Convencido de ello, adopté una táctica similar a la de los aficionados al póquer: engañar al adversario con una falsa apariencia de fuerza, persuadiéndole de que al regresar para ser detenido le estaba tendiendo una trampa. Mientras, durante la detención de Luis el año anterior, había viajado a España arropado con la presencia de personalidades tutelares, resolví hacerlo esta vez a cuerpo, con el simulado descuido o inconsciencia de quien se mete alegremente en la leonera. En vista de que mis escritos de rectificación no obtenían respuesta, había recurrido como otras veces a los buenos y desinteresados oficios de mi primo el notario Juan Berchmans Vallet: con la flema y ecuanimidad que le caracterizan, éste me aconsejó el nombre de un abogado de su confianza, ajeno por completo a la política, y que asesorado con él, pusiera una querella por injurias al omnímodo Director General de Prensa. La empresa parecía absurda y mis posibilidades de llevar el asunto a los tribunales eran a todas luces escasas; con todo, al envidar de aquella manera desviaba la atención del enemigo de mi objetivo principal: volver impunemente a España. El 21 de abril, una semana antes del viaje de Monique a los Encuentros literarios de Formentor, tomé el avión para Madrid y fui acogido por mi primo en el aeropuerto de Barajas. Los trámites de entrada con la policía se desenvolvieron sin incidentes. La misma noche, Juan Berchmans Vallet había agenciado una cita con el abogado a fin de planear una estrategia certera antes de mi anunciada visita al Ministerio. Recuerdo muy bien nuestra llegada matinal a éste y el vasto mural del vestíbulo con las figuras de la anunciación a María por el Arcángel. Si, como señaló en su día Umberto Eco, la cantidad de información que transmite una unidad comunicativa depende de su probabilidad y, cuanto menor sea ésta, mayor será el contenido informativo de aquélla, el Ministerio de Información franquista no podía haber escogido a sabiendas un símbolo mejor: el rubio, rollizo y salutífero enviado del Señor transmitiendo a la ruborizada Virgen la improbable unidad comunicativa y, por tanto, sustanciosísima información acerca de los inesperados beneficios de la visita de una paloma que, por lo gorda, blanca y lustrosa mantiene en el piadoso contemplador del fresco una excusable confusión entre el Holy Ghost invocado por la opulenta Mahalia Jackson y el anuncio en colores de Avecrem, no se despintaría de mi memoria pese a la agitación del momento y afloraría a mi escritura en las páginas de Don Julián.

Juan Goytisolo
En los reinos de Taifa

EN LOS REINOS DE TAIFA prosigue y amplía la rigurosa indagación estética y moral abierta por Juan Goytisolo en Coto vedado. Con un rigor de estilo y una tensión expresiva constantes, Juan Goytisolo opera, sobre un campo más próximo en el tiempo y más dilatado en el espacio —desde África del Norte hasta París, Italia o la Unión Soviética, en el vórtice inquieto de los años 60—, una exploración en las contradicciones y la verdad última del propio ser y en el rostro de la época, que no desconoce la imperiosa necesidad de encararse, ante todo, con el verdadero rostro de la propia identidad personal. Así, de igual modo que la veracidad ética del texto es garantía de su vigencia estética, la lúcida y franca valentía con que el autor asume hasta sus últimas consecuencias la necesidad de ser veraz ante sí mismo en su vida privada constituye la otra faz, ineludible, de la voluntad de ruptura que, en pos de lo auténtico, da sentido a una obra literaria entera, de la que es En los reinos de Taifa uno de los más acabados y ejemplares exponentes.

Edmond Dantès. Bonapartista acérrimo: tomó parte activa en el regreso de la isla de Elba. Tener en el mayor secreto y bajo estricta vigilancia.

El inglés encontró fácilmente la ficha relativa al abate Faria; pero parece que la historia que le había contado el señor de Boville le había interesado vivamente, puesto que después continuó hojeando hasta que llegó a los documentos relativos a Edmond Dantès. Allí, encontró cada cosa en su sitio: denuncia, interrogatorio, petición de Morrel, apostilla del señor de Villefort. Dobló cuidadosamente la denuncia, se la metió en el bolsillo, leyó el interrogatorio, leyó la petición que tenía la fecha el 10 de abril de 1815, en la que Morrel, siguiendo el consejo del sustituto, exageraba, con excelente intención, ya que Napoleón reinaba en aquel momento, los servicios que Dantès había prestado a la causa imperial, servicios que el certificado de Villefort hacía incontestables. Entonces comprendió todo. Esa alusión a Napoleón, guardada por Villefort, se había convertido bajo la segunda Restauración en un arma terrible en las manos del fiscal del rey. Así que no se asombró, al hojear el registro, de esa nota que habían puesto como apostilla al lado de su nombre:
Edmond Dantès. Bonapartista acérrimo: tomó parte activa en el regreso de la isla de Elba. Tener en el mayor secreto y bajo estricta vigilancia.
Debajo de esas líneas, con otro tipo de letra, había escrito: «Vista la nota de arriba, nada que hacer».
Solamente que, al comparar la caligrafía de la escritura de la nota que seguía a su nombre con la del certificado situado al pie de la demanda de Morrel, adquirió la certeza de que la nota era de la misma grafía que el certificado, es decir, que había sido trazada de puño y letra por Villefort.
En cuanto a la nota añadida a la anterior, el inglés comprendió que había debido ser consignada por algún inspector que habría tenido un interés pasajero por la situación de Dantès, pero que, al ver los informes que acabamos de citar, le había puesto en la imposibilidad de que ese interés tuviera las consecuencias deseadas por el preso.
Como hemos dicho, el inspector, por discreción y para no incomodar al alumno del abate Faria en sus investigaciones, se había alejado y leía Le Drapeau Blanc.
Así que no vio al inglés plegar y guardar en su bolso la denuncia escrita por Danglars bajo el cenador de la Reserve, y que tenía el matasellos de Correos de Marsella, 27 de febrero, recogida a las seis de la tarde.
Pero, hay que decirlo, aunque lo hubiera visto, daba muy poca importancia a ese papel y demasiada a sus doscientos mil francos, como para oponerse a lo que hacía el inglés, por muy incorrecto que fuera.
—Gracias —dijo este cerrando ruidosamente el libro de registro—. Ya tengo lo que necesito; ahora me toca a mí cumplir mi promesa. Hágame una simple transferencia de su crédito; reconozca en esa transferencia que ha recibido la suma que voy a pagarle.
Y cedió su sitio en la mesa al señor de Boville, que se sentó sin cumplidos y se apresuró a escribir la cesión indicada, mientras el inglés contaba los billetes de banco sobre el reborde del libro de registro.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo

El conde de Montecristo, es, en principio, la historia de una venganza. Edmond Dantès es un joven marino que, en el día de su compromiso con la bella Mercedes, es víctima de un complot y encarcelado en el castillo de If, de donde no deberá salir jamás. Gracias al abate Faria, a quien conoce en la prisión, adquiere una educación y averigua la existencia de un maravilloso tesoro escondido en la isla de Montecristo. Fingiendo su muerte, logra escapar de la fortaleza y se enrola con unos piratas en busca de una fabulosa fortuna. Su siguiente objetivo, convertido ya en un rico y poderoso noble, será llevar a cabo la más despiadada venganza nunca imaginada.
Se trata de una sólida novela de aventuras, con una rica y compleja trama y multitud de personajes, a través de los que Dumas se adentra en las pasiones más profundas del ser humano, en su codicia y en sus ansias de poder, pero en la que también se habla de amor, lealtad y justicia.

Blogs y Webs

  • Sofia - Sin tilde, sí, la capital de Bulgaria. A ella dedicó este libro Juan Eduardo Zúñiga, uno de los escritores españoles más secretos del siglo XX y, sin em...
    Hace 6 días
  • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
    Hace 8 años