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Abedul (10) - VIII. Ante una copita de coñac

VIII. Ante una copita de coñac
La discusión terminó pero, extrañamente, Fiódor Pávlovich, que antes se había divertido tanto, acabó de pronto con el ceño fruncido. Y con el ceño fruncido se atizó otra copita de coñac, que estaba ya totalmente de más.
—¡Largo de aquí, jesuitas, fuera! —gritó a los criados—. Vete, Smerdiakov. Hoy te mandaré la moneda de oro prometida. No llores, Grigori, vete con Marfa, ella te consolará y te acostará. Esos canallas no le dejan a uno un minuto de tranquilidad después de la comida —dijo bruscamente y con despecho una vez que los criados se hubieron retirado, acatando su orden al instante—. Smerdiakov ahora siempre se planta aquí después de la comida, ¿es en ti en quien tiene tanto interés? ¿Con qué lo habrás engatusado? —añadió dirigiéndose a Iván Fiódorovich.
—Con nada en absoluto —contestó éste—. Se le ha ocurrido respetarme; es un lacayo y un patán. Por lo demás, será carne de cañón de vanguardia cuando llegue el momento.
—¿De vanguardia?
—Habrá otros y mejores, pero también de este tipo. Primero irán éstos y luego los mejores.
—Y ¿cuándo llegará el momento?
—El cohete arderá, pero quizá no hasta el final. Al pueblo, por ahora, no le gusta demasiado escuchar a estos pinches de cocina.
—Así es, hermano, una burra de Balaam como él piensa y piensa, y el diablo sabe hasta dónde pueden llevarlo sus pensamientos.
—Acumula ideas —dijo Iván con una sonrisa burlona.
—Verás, sé muy bien que a mí no me soporta, como tampoco soporta a todos los demás, a ti incluido, aunque creas que «se le ha ocurrido respetarte». Y todavía menos a Aliosha, a quien desprecia. Aunque no roba, ésa es la cuestión, ni es chismoso; calla, no airea los trapos sucios, prepara unas empanadas magníficas; por lo demás, que se vaya al diablo, a decir verdad, ¿de qué sirve hablar de él?
—De nada, desde luego.
—Y, en cuanto a lo que puede llegar a imaginar, al campesino ruso, hablando en general, hay que azotarlo. Siempre lo he afirmado. Nuestro campesino es un estafador, no hay que compadecerlo, y está muy bien que, incluso ahora, de vez en cuando se lleve una zurra. La tierra rusa es fuerte por sus abedules. Si se destruyen los bosques, será el fin para la tierra rusa. Yo estoy a favor de la gente inteligente. Nosotros, con gran inteligencia, hemos dejado de golpear a los campesinos, y ellos mismos siguen azotándose entre sí. Y hacen bien. Con la misma medida con que medís, os medirán a vosotros, ¿se dice así? En una palabra, os medirán. Y Rusia es una porquería. Amigo mío, si supieras cómo odio Rusia… Es decir, no Rusia, sino todos estos vicios… y quizá Rusia, también. Tout cela c’est de la cochonnerie. ¿Sabes lo que me gusta? Me gusta el ingenio.
—Se ha bebido otra copita. Debería parar.
—Espera, me beberé una más y luego otra, entonces pararé. No, espera, me has interrumpido. Al pasar por Mókroie pregunté a un viejo, y me dijo: «Lo que más nos gusta es sentenciar a las muchachas al castigo de azotes, y dejamos a todos los mozos que den los latigazos. Y después, a la que ha recibido el castigo el mozo la toma por esposa, así que ahora, para las propias chicas, se ha convertido en una costumbre». Una especie de marqueses de Sade, ¿no? Di lo que quieras, pero es ingenioso. ¿Por qué no nos acercamos y echamos un vistazo, eh? Alioshka, ¿te has puesto rojo? No te avergüences, hijo. Es una pena que, hace un rato, cuando estaba con el padre higúmeno, no esperase a estar en la mesa para hablarles a los monjes de las chicas de Mókroie. Aliosha, no te enfades por que haya ofendido a tu higúmeno hace un rato. La rabia se apodera de mí, hermano. Porque, si hay Dios, si existe, bueno, entonces, por supuesto, soy culpable y responderé por ello, pero, si no existe en absoluto, ¿qué se merecen entonces esos padres tuyos? No basta con cortarles la cabeza, porque frenan el progreso. ¿Me crees, Iván, que esto desgarra mis sentimientos? No, no me crees, lo veo en tus ojos. Crees lo que dice la gente, que soy solo un bufón. Aliosha, ¿crees que no soy solo un bufón?
—Creo que no es solo un bufón.
—Creo que lo crees y que hablas con sinceridad. Miras con sinceridad y hablas con sinceridad. No como Iván. Iván es altivo… Pero, con todo, yo acabaría con ese pequeño monasterio tuyo. Tomaría todo ese misticismo de una tacada de toda la tierra rusa y lo eliminaría, para hacer entrar en razón de una vez por todas a todos esos imbéciles. ¡Y cuánta plata y cuánto oro entrarían en la casa de la moneda!
—¿Y para qué eliminarlo? —preguntó Iván.
—Para que resplandezca más pronto la verdad, para eso.
—Pero, si esta verdad resplandece, usted sería el primero en ser saqueado y luego… eliminado.
—¡Bah! Quizá tengas razón tú. ¡Ah, qué burro soy! —gritó de repente Fiódor Pávlovich, dándose una leve palmada en la frente—. Bueno, pues en ese caso, que siga en pie tu pequeño monasterio, Alioshka. Y nosotros, gente inteligente, estaremos a resguardo, bien calientes, tomando coñac. ¿Sabes, Iván, que debió de ser Dios quien estableció las cosas de este modo a propósito? Dime, Iván: ¿existe Dios o no? Espera: ¡di la verdad, habla en serio! ¿Por qué te ríes otra vez?
—Me río porque usted mismo, hace un momento, ha hecho una ingeniosa observación sobre la fe de Smerdiakov en la existencia de esos dos eremitas que pueden hacer que se muevan las montañas.
—¿Acaso hay semejanza con lo de ahora?
—Mucha.
—Bueno, eso es que yo también soy un hombre ruso y tengo un rasgo ruso, y a ti, filósofo, puedo encontrarte también un rasgo del mismo género. ¿Quieres que lo haga? Apuesto a que mañana mismo lo encuentro. Pero dime: ¿existe Dios, sí o no? ¡En serio! En este momento necesito que lo digas en serio.
—No, Dios no existe.
—Alioshka, ¿existe Dios?
—Sí.
—Iván, y ¿existe la inmortalidad, sea la que sea, incluso la más pequeña, la más diminuta?
—No, la inmortalidad tampoco existe.
—¿Ninguna?
—Ninguna.
—¿Cero absoluto? ¿O hay algo? ¿Es posible que al menos exista algo? ¡No dirás que no hay nada!
—Cero absoluto.
—Aliosha, ¿existe la inmortalidad?
—Sí.
—¿Y Dios y la inmortalidad?
—Tanto Dios como la inmortalidad. La inmortalidad está en Dios.
—Hum. Probablemente Iván tenga razón. Señor, y ¡pensar todo lo que el hombre ha entregado a la fe, todas las fuerzas que ha gastado en balde en nombre de este sueño y desde hace tantos miles de años! Pero ¿quién se ríe del hombre de ese modo? ¿Iván? Por última vez, definitivamente: ¿existe Dios o no? ¡Te lo pregunto por última vez!
—Y por última vez digo que no.
—Pero, entonces, ¿quién se ríe de la gente, Iván?
—Debe de ser el demonio. —Iván Fiódorovich se sonrió burlonamente.
—¿Y el demonio existe?
—No, el demonio tampoco existe.
—Lástima. Que el diablo me lleve, ¡lo que le haría, después de esto, al primero que inventó a Dios! ¡Sería poco colgarlo de un triste álamo!
—No existiría civilización alguna de no haberse inventado Dios.
—¿No existiría? ¿Sin Dios?
—Así es. Y el coñac tampoco. Con todo, ya va siendo hora de retirárselo a usted.
—Espera, espera, espera, querido mío, una copita más. He ofendido a Aliosha. ¿No estás enfadado conmigo, Alekséi? ¡Mi querido Alekséichik, mi Alekséichik!
—No, no estoy enfadado. Sé cuáles son sus pensamientos. Tiene mejor corazón que cabeza.
—¿Que tengo mejor corazón que cabeza? Señor, ¿y eres tú quien dice eso? Iván, ¿quieres a Aliosha?
—Lo quiero.
—Quiérelo. —Fiódor Pávlovich estaba ya borracho como una cuba—. Escucha, Aliosha, hace un rato cometí una grosería con tu stárets. Pero estaba excitado. Dime, ese stárets tiene ingenio, ¿no te parece, Iván?
—Quizá sí.
—Lo tiene, lo tiene, il y a du Piron là-dedans.[24] Es un jesuita, ruso, quiero decir. Como en toda criatura honrada, bulle una indignación oculta en él, porque debe representar un papel… por el aire de santidad que tiene que darse.
—Pero él cree en Dios.
—Ni por asomo. ¿No lo sabías? Pero si él mismo se lo dice a todos; bueno, no a todos, sino a todas las personas inteligentes que van a visitarlo. Al gobernador Schultz le soltó directamente: credo, pero no sé en qué.
—¿De verdad?
—Así es. Pero lo respeto. Hay algo mefistofélico en él o, mejor, de Un héroe de nuestro tiempo… ¿Cómo se llama? ¿Arbenin?[25] En definitiva, es un lujurioso; lo es hasta tal punto que incluso ahora me daría miedo que mi hija o mi mujer fueran a confesarse con él. ¿Sabes? Cuando se pone a contar historias… Hace tres años nos invitó a tomar el té, con un licorcito también (las señoras le mandan licores), y cuando se puso a pintar su pasado nos partíamos de risa… Sobre todo cómo había curado a una paralítica. «Si no me dolieran las piernas, os enseñaría un bailecito.» Qué tipo, ¿eh? «En mis días hice bastantes santas locuras», dijo. Una vez le birló sesenta mil rublos al comerciante Demídov.
—¿Cómo? ¿Se los robó?
—Demídov se los llevó creyendo que era un hombre decente: «Guárdamelos, hermano, mañana vendrán a hacerme un registro». Y él se los guardó. «Los has donado a la Iglesia, ¿no?», le dijo. Y yo le digo: «Eres un canalla». «No —me responde—, no soy un canalla, sino un hombre desprendido…» Aunque no se trataba de él… Se trataba de otro. Lo he confundido con otro… y no me había dado cuenta. Bueno, una copita más y basta; llévate la botella, Iván. Estaba mintiendo, ¿por qué no me has frenado, Iván…? ¿Por qué no me has dicho que estaba mintiendo?
—Sabía que se frenaría usted mismo.
—Mientes, lo has hecho por maldad, solo por maldad. Me desprecias. Has venido a mí y en mi propia casa me desprecias.
—Me voy: el coñac se le sube a la cabeza.
—Te he suplicado en nombre de Cristo que fueras a Chermashniá… un día o dos, y tú no vas.
—Iré mañana, si insiste tanto.
—No irás. Quieres quedarte aquí para espiarme, eso es lo que quieres, alma pérfida; por eso no te vas, ¿eh?
El viejo no se calmaba. Había llegado a ese punto de embriaguez en que ciertos borrachos, hasta entonces tranquilos, de repente quieren enfurecerse y alardear.
—¿Qué haces mirándome así? ¿Qué ojos son ésos? Tus ojos me miran y me dicen: «Cerdo borracho». Ojos suspicaces, ojos desdeñosos… Has venido aquí con algo en la cabeza. Aliosha me mira y sus ojos brillan. Aliosha no me desprecia. Alekséi, no quieras a Iván…
—¡No la tome con mi hermano! Deje de ofenderlo —dijo de repente Aliosha con firmeza.
—Está bien, como quieras. Huy, me duele la cabeza. Llévate el coñac, Iván, es la tercera vez que te lo digo. —Se quedó pensativo y bruscamente asomó a sus labios una sonrisa larga y astuta—. No te enfades, Iván, con este viejo enclenque. Sé que no me quieres, pero no te enfades. No hay motivos para quererme. Irás a Chermashniá, luego yo iré a buscarte y te llevaré un regalo. Te enseñaré allí a una chica a la que le tengo echado el ojo hace tiempo. Ahora va descalza. No tengas miedo de las chicas descalzas, no las desprecies: ¡son perlas! —Y se dio un sonoro beso en la punta de los dedos—. Para mí —se reanimó de pronto todo él, como si por un momento, al tocar su tema preferido, se le hubiera pasado la borrachera—, para mí… ¡Ay, muchachos! Hijos míos, cerditos míos, para mí… ¡En toda mi vida no ha habido una mujer fea, ésa es mi norma! ¿Podéis entenderlo? ¿Cómo vais a entenderlo, vosotros? Todavía tenéis leche en las venas en lugar de sangre, ¡no habéis salido del cascarón! Conforme a mi norma, en cada mujer se puede encontrar, maldita sea, algo de extraordinario interés, algo que no encontrarás en ninguna otra: solo hay que saber encontrarlo, ¡ése es el truco! ¡Es un talento! Para mí, no hay mujeres feas: el mero hecho de que una mujer sea mujer ya es la mitad de todo… Pero ¡cómo vais a entenderlo vosotros! Incluso en las solteronas a veces se encuentra algo que te hace maravillarte de todos los imbéciles que las han dejado envejecer sin haberse percatado hasta entonces. Con una descalza y una fea lo primero que hay que hacer es sorprenderla, así es como hay que abordarla. ¿No lo sabías? Hay que asombrarla hasta que esté eufórica, impresionada, avergonzada de que semejante señor se haya enamorado de una criatura mugrienta como ella. Es verdaderamente magnífico que siempre haya habido y siempre vaya a haber granujas y señores en el mundo, y que siempre haya habido, por tanto, una fregona, y siempre con su señor, y ¡esto es lo único que uno necesita en la vida para ser feliz! Espera… Escucha, Alioshka, a tu difunta madre yo siempre la sorprendía, aunque el resultado era distinto. No solía acariciarla, pero de repente, cuando llegaba el momento, todo yo me desmoronaba ante ella, me arrastraba de rodillas, le besaba los pies, y cada vez, cada vez (me acuerdo aún como si fuera hoy) le causaba una risita convulsa, timbrada, no fuerte, nerviosa, especial. La única manera de reír que ella tenía. Sabía que así era como solía manifestarse su enfermedad, que al día siguiente se pondría a gritar como una histérica y que la risita de aquel momento no era ningún signo de entusiasmo, sino solo una apariencia de entusiasmo. ¡Eso es lo que significa saber encontrar en cada cosa el punto bueno! Un día, Beliavski (un hombre apuesto y adinerado que le hacía la corte y había empezado a hacerme visitas) de pronto vino y me dio un bofetón en la cara, delante de ella. Y pensé que ella, aunque era como una ovejita, me zurraría por ese bofetón, por cómo la emprendió conmigo: «Te ha pegado, te ha pegado —decía—. ¡Te ha dado un bofetón! Querías venderme a él… —decía—. ¿Cómo se ha atrevido a pegarte en mi presencia? ¡Y tú no te atrevas a acercarte a mí nunca más, nunca! ¡Ahora, corre y rétalo a duelo…!». La llevé entonces al monasterio, para calmarla, los santos padres la reprendieron. Pero lo juro ante Dios, Aliosha, ¡nunca maltraté a mi pequeña histérica! Excepto una vez, todavía era el primer año: ella rezaba mucho entonces, observaba especialmente las fiestas de la Madre de Dios, y entonces me echaba de la habitación y me mandaba al despacho. «¡Ya verás cómo te curo de este misticismo!» pensé. «Mira —le dije—, aquí tienes tu icono, aquí está, y ahora lo descuelgo. Ahora mira. ¡Tú crees que es milagroso, pero ahora le escupiré delante de ti y no me pasará nada…!» Cuando lo vio, Señor, pensé que iba a matarme; pero solo se puso de pie de un salto, juntó las manos, luego se cubrió repentinamente el rostro, comenzó a temblar y cayó al suelo… Se desplomó… ¡Aliosha, Aliosha! ¿Qué tienes, qué te pasa?
El viejo saltó de su asiento, presa del pánico. Desde el momento en que había empezado a hablar de su madre, la expresión de Aliosha había ido mudando poco a poco. Se ruborizó, empezaron a arderle los ojos, se le estremecieron los labios… El viejo borracho siguió farfullando y no se dio cuenta de nada hasta el momento en que algo muy extraño le ocurrió a su hijo, lo mismo que acababa de contar sobre la «histérica» se repitió en él punto por punto. Aliosha saltó de repente de detrás de la mesa, exactamente igual que había hecho su madre según el relato de Fiódor Pávlovich, juntó las manos, luego se cubrió con ellas el rostro, se desmoronó en la silla mientras todo él se ponía a temblar, sacudido por un ataque histérico de lágrimas repentinas, convulsas y silenciosas. Fue el extraordinario parecido con la madre lo que impresionó sobre todo al viejo.
—¡Iván, Iván! ¡Rápido, traedle agua! ¡Es como ella, exactamente igual que ella, su madre hizo lo mismo aquella vez! Rocíalo con agua de tu boca, así hacía yo con ella. Es por su madre, es por su madre… —le murmuraba a Iván.
—Pero su madre, creo, también era la mía, ¿no le parece? —estalló Iván con un irrefrenable y colérico desprecio. El destello de sus ojos sobresaltó al viejo. Pero entonces sucedió algo muy extraño, aunque solo por un segundo: pareció que el viejo hubiera olvidado de verdad que la madre de Aliosha también era la madre de Iván…
—¿Qué quieres decir con eso de tu madre? —balbuceó sin entender—. ¿De qué hablas…? ¿La madre de quién…? ¿Es que ella…? ¡Ah, diablo! ¡Claro que también es la tuya! ¡Ah, diablo! ¿Sabes, amigo? La cabeza nunca se me había ofuscado tanto. Perdona, Iván, pensaba… ¡Je, je, je!
Se detuvo. Una larga sonrisa de borracho, casi estúpida, le deformaba el rostro. Y de pronto, en ese mismo instante, resonó en la entrada una algarabía y un estruendo tremendo, se oyeron gritos furiosos, la puerta se abrió de par en par y en la sala irrumpió Dmitri Fiódorovich. El viejo, aterrorizado, se precipitó sobre Iván.
—¡Me matará! ¡Me matará! ¡No me dejes, no me dejes! —gritaba aferrado al faldón del abrigo de Iván Fiódorovich.

Fiódor Dostoievski
Los hermanos Karamázov
Novela en cuatro partes y un epílogo
Traducción: Fernando Otero y Marta Sánchez-Nieves Fernández; Marta Rebón (libro tercero)


Con una traducción impecable directa del ruso, presentamos una nueva edición de la novela emblemática del célebre autor ruso.
Los hijos legítimos de Fiódor Pávlovich Karamázov —un «bufón», un «filisteo», un «déspota», solo en última instancia un padre— se reúnen después de haber sido educados, lejos unos de otros, en distintas partes de Rusia: Dmitri es soldado y —como su padre— puro «ímpetu», bebedor, derrochador, lujurioso; Iván se ha convertido en un escéptico que duda de la ley, de la conciencia y de la fe (el primer existencialista, según Sartre); Aliosha ha abrazado la religión, todo el mundo lo llama «ángel» y vive en un monasterio. Ineluctablemente, la reunión familiar precipita la disolución y la tragedia.
Los hermanos Karamázov (1878-1880) fue la última novela de Dostoievski y sin duda una de esas obras decisivas cuya influencia ha perdurado hasta nuestros días. En ella se encuentra —diría un personaje de Kurt Vonnegut— «todo cuanto hay que saber en la vida»; también —añadiríamos— todo cuanto hay que saber del género narrativo. Con un narrador experto en tender lazos al lector y en crear con él una de las redes más fascinantes y comunicativas de la historia de la literatura, lo que Dostoievski construye no es solo una monumental visión del mundo moral humano (incertidumbre, crimen, perdón) sino un arriesgado y espléndido ensayo sobre la forma de reproducirlo.


Abedul (9) - SÍMBOLOS CHAMÁNICOS

1973- SÍMBOLOS CHAMÁNICOS
En escalando el abedul
y en tocando mi tambor
me aproximo al árbol del Mundo
y a él monto realmente
El tambor juega un papel predominante
en los ritos de mi alma
Sus funciones mágicas son múltiples
El tambor me permite volar por los aires
De una rama del árbol que cae del cielo
fabrico la caja de mi tambor
Desde niño trepo a los árboles
con tal de creerme cerca de lo Arriba
Tener un árbol personal
que represente el árbol cósmico
o utilizar un árbol caído
con las raíces al aire
Oh abedul ceremonial
de la ascensión celeste
Tomé mi hacha ojos cerrados
penetrando así en el bosque
y toco un árbol al azar
Al día siguiente de ese árbol
haremos la caja del tambor

(Amiens, 15 marzo 1973)
Revista Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 284, «Anual Poemas», Madrid, febrero 1974, pág. 266.

Carlos Edmundo de Ory
Metanoia
Edición de Rafael de Cózar


Carlos Edmundo de Ory, eterno heterodoxo, creador y demoledor de ismos -postismo, introrrealismo-experimentador incansable del lenguaje poético, aporta una presencia a la poesía española de posguerra, que rehuye cualquier etiqueta, pero que se mantiene viva y al fin, ampliamente reconocida. Metanoia, antología que han elegido al tiempo la paciencia, la sensibilidad y el rigor de Rafael de Cózar, muestra la cronología de un itinerario vital y poético siempre en vanguardia y los frutos, más o menos prohibidos, que ha dejado a su paso.

Abedul (8) - El último dibujo de la noche

El último dibujo de la noche
Al fin, se han ido todos
y decides hacer un último dibujo para ti.
Habías visto esta tarde
estallar el otoño por los montes
de Jaizubía (plata de los tilos,
oros del abedul, los bermellones
de los helechos en umbrías húmedas),
pero de noche, en este bar vacío
de una ciudad con las calles sin alma,
nada te queda ya sino ese poso
de negrura en la punta de tu lápiz
para esbozar un último dibujo.
Miras alrededor, te desesperas
buscando alguna flor por el local,
que no sea de plástico,
para encender ese dibujo oscuro
esta noche con lluvia y sin jardines.
Hay también en la noche
(¿o lo sientes en ti?)
un dolor muy agudo
que deseas borrar con los trazos del lápiz.
Te desesperas, buscas en ti y fuera de ti
colores de otros días: esmeraldas
del Septentrión, aquellos que te trajo
la musa melancólica
o, esta tarde, los bosques de Jaizubía en llamas.
Pero, como en la vida,
en el dolor final ya todo es noche.
En el orujo claro de tu vaso
vas mojando un dedo
y lo pasas despacio por las líneas
para difuminar más su negrura;
quieres sacar del negro lo más blanco,
pero la luz (el alba) se resiste:
no llegará detrás del aguacero.
Con alcohol y con lluvia,
lentamente, suavizas
las formas del dibujo, la noche y el dolor,
a la espera del alba,
que, no tardando, llegará.
José
Hierro se ha quedado sin colores
con que encender la luz de un nuevo día,
pero se salvará en el trazo, en ese rayo
de energía inspirada
que salta de sus dedos.

Antonio Colinas
Obra poética completa


En 1990, María Zambrano escribió sobre la poesía de Antonio Colinas que ésta «no se perdería» porque era el resultado de haberse elaborado «paso a paso»; es decir, se debía a un proceso creativo en el tiempo y profundamente unido a la experiencia de vivir.
En este volumen el lector encontrará la obra poética total de este autor, que se abrió en los años sesenta con libros como Preludios a una noche total, que se expandiría con uno de los poemarios más emblemáticos de la poesía española última, Sepulcro en Tarquinia, y que madurará en otros como Noche más allá de la noche, Jardín de Orfeo, Libro de la mansedumbre, Tiempo y abismo o Desiertos de la luz. Este volumen recoge dieciséis libros, algunos rescatados o ampliados ahora, como La viña salvaje o El laberinto invisible, que incluye sus últimos poemas inéditos. Esta visión de conjunto y cambiante supondrá para el lector una experiencia útil e iluminadora. Una detallada y sugerente meditación del autor sobre su propia poesía abre el volumen y lo cierra una selecta bibliografía.

Abedul (7) - Hermanos

Hermanos
Mamá está cada día más insoportable —dijo Adela—. Cada día más disminuida intelectualmente. Ah, pero de carácter no, de carácter sigue siendo la de siempre, autoritaria, implacable. El carácter es lo último que envejece…
Entonces intervino Juan y proclamó pausadamente las virtudes de mamá.
—Mamá ha envejecido de repente, es cierto. Pero continúa siendo aguda y brillante y cargada de sentido común en todos sus comentarios.
Adela frunció el ceño y se encogió de hombros sin atreverse a rebatir los argumentos de Juan.
Yo miraba al jardín. Por la ventana abierta entraba el aire perfumado de mayo. Los pensamientos morados y amarillos se apiñaban en la copa de piedra, sobre la baranda. Las minutisas del macizo extendían su tapiz jaspeado de rosa y blanco. En el centro de la pradera se erguía el haya que planté hace treinta años. Sus hojas verdes claro brillaban al sol… Sus ramas se apiñaban en plataformas entretejidas unas con otras. El día que planté el haya lloviznaba. El verano se acababa por momentos. Cada gota de agua añadía un escalofrío a la piel tostada. Mamá dijo: «Hay que sacar los jerséis y las botas. Esto se acaba». Y para entretenernos añadió: «Plantaremos los árboles de las niñas. Un haya y un abedul. El haya para Julia. Crecerá fuerte y frondosa como ella. Para ti, Adela, que eres ligera y ágil, el abedul…».
Los árboles crecieron como mamá había previsto. Con vigor el haya, convertida en un árbol grande y ancho. Y esbelto el abedul. Su tronco blanco se elevaba flexible y las hojas que brotaban de las ramas delgadas dejaban ver el paisaje de fondo, el molino y su huerta y la hilera de chopos, más lejos, a la orilla del río.
—Lo que tenemos que decidir es qué hacemos con mamá —se impacientó Adela—. María ha dicho bien claro que no sigue; que ella sola, sin ninguno de nosotros, no se hace responsable…
Juan apoyaba la cabeza en una mano. Se acariciaba la frente con la palma y los dedos se le hundían en el pelo.
—Luego está el problema de esta casa tan grande, tan difícil de limpiar y calentar —continuó Adela.
Hace treinta años, la casa había sido el reino de la alegría. Estaban papá y mamá. Estábamos nosotros tres y siempre había invitados, primos y amigos y visitantes de unos días. La madre de María cocinaba y se ocupaba de la casa y María la ayudaba. Una vez a la semana venían dos mujeres del pueblo y entre las cuatro hacían una limpieza a fondo.
—Todos tenemos que volver a Madrid. Todos tenemos trabajo y obligaciones… —decía Adela.
Los niños hacíamos excursiones al río. Volvíamos cansados, con la cesta de mimbre llena de cangrejos. Mamá los cocía y los comíamos entre risas y bromas en la mesa de piedra que hay debajo del castaño de Indias. Todavía está allí; ahora tiene una capa de musgo verde-amarillento.
—Teníamos que haber vendido la casa cuando murió papá —estaba diciendo Adela. Y Juan no contestaba. Seguía sumido en su tristeza o en sus recuerdos o en su incapacidad para afrontar situaciones críticas.
El verano del año que murió papá decidimos no venir. Nos fuimos todos al Mediterráneo y fue maravilloso. Yo me pasaba el día en el agua; Juan paseaba con mamá por el espigón del muelle. Adela entraba y salía con un grupo de amigos. Allí conoció al que luego iba a ser su marido.
Pero al año siguiente, mamá dijo que ella quería volver aquí. El calor no le sentaba bien y además la casa necesitaba abrirse.
—La casa nos vino muy bien durante muchos veranos. Pero fue un error dejar que mamá se encerrase a vivir aquí. Ha estado mucho tiempo sola y ahí tienes las consecuencias…
Adela insistía en dirigirse a Juan, me ignoraba por completo. Desde la infancia, siempre me dejaban fuera, al margen de los juegos y sus peleas.
—Nunca debimos dejar a mamá aquí, sola —insistió Adela.
Al principio todo había ido muy bien. Mamá decía que los inviernos del norte eran más suaves que los de Madrid. Y que nosotros, de todos modos, ya no la necesitábamos y la veríamos poco aunque ella se sacrificase y decidiera quedarse en la ciudad. En el fondo, a todos nos pareció bien su decisión. La llamábamos con frecuencia: ¿Qué tal estás, mamá? ¿Se porta bien María? ¿Cómo está el jardín? Y luego estaban los veranos. Los veranos seguían siendo alegres. Mamá lo organizaba todo para que nosotros descansáramos. La madre de María ya no trabajaba pero estaba su hija. Rosa cuidaba a los hijos de Adela y a los de Juan mientras mamá ayudaba a María en la cocina. Yo me refugiaba en la torre y escribía o leía.
No sé en qué momento de uno de aquellos veranos borrosos, deliciosamente confusos, empecé a advertir señales de alteración en la conducta de mamá. Yo creo que el primer síntoma apareció el año que Juan se fue a Inglaterra con sus hijos. Mamá se pasó el verano protestando: «No entiendo que se alquile una casa en Inglaterra teniendo aquí el mismo clima», refunfuñaba. «Van a aprender inglés, mamá», decía yo. Y ella movía la cabeza a un lado y otro, sin dejarse convencer. Aquel verano estuvo rara, malhumorada. El día del cumpleaños de Adela, que es en agosto, se olvidó por completo de la fecha y cuando se dio cuenta se encerró en su cuarto y estuvo llorando mucho rato.
—Lo peor de mamá es su memoria —dijo de pronto Juan, saliendo de su ensimismamiento.
Adela le miró sorprendida y se animó al ver que, por fin, Juan se decidía a hablar.
—La memoria es un problema —dijo—, pero lo malo es el carácter, Juan. Te digo que no encontraremos quien la aguante…
El carácter de mamá había sido admirado por todo el mundo. «Una mujer de carácter, vuestra madre», decían los amigos. «Independiente y enérgica, y capaz de resolver por sí misma las situaciones difíciles». Pero ahora el carácter se había convertido en un obstáculo.
—No razona, Juan; tú sabes que no razona. Pretende que los demás sigan sus caprichos, sus exigencias. Y luego esas crisis de llanto, sin saber por qué. Y ese afán de quedarse todo el día en la cama. Está empezando a enloquecer…
Por la ventana abierta cruzó un pájaro negro, de pico rojo y afilado. Se posó un instante en el alféizar y retornó a volar.
—¿Quién quiere café? —dije levantándome.
—Yo prefiero una copa —dijo Juan. Pero no se movió. Mamá le había acostumbrado a pedir lo que quería y a tenerlo todo al instante. «Es un niño mimado, un vago y un déspota», nos dijo su mujer el día que decidió abandonarle. Con nosotras seguía imponiendo las normas que mamá había respetado años y años. Ahora me miraba, esperaba que yo le sirviera o quizá pensaba en otra cosa, olvidado ya de lo que deseaba. Las ramas del rododendro tapaban la ventana de la cocina. El arbusto había crecido demasiado y las hermosas flores rojas cubrían los cristales. Abrí la puerta que da al jardín y aspiré el aire dulce de la tarde. El cerezo estaba cuajado de flores. Un círculo de pétalos rosados abrazaba el tronco. Como todos los mayos. La cafetera silbó y el olor a café se extendió por la cocina. Cuando entré en el salón, Adela y Juan bebían de sus copas sin hielo.
—Allá vosotros —dije. Y me serví una taza de líquido oscuro y humeante. En la escalera sonaron pasos y la figura de María ocupó el umbral de la puerta del salón.
—Duerme todavía —anunció. Y se dio media vuelta. Pero Juan la detuvo con una llamada urgente que sonó en mis oídos como un grito de auxilio.
—¡María!…
La mujer se detuvo y giró sobre sí misma.
—¿Qué queréis? —preguntó desconfiada. Y su tuteo me hizo regresar a la infancia.
—Tú que vives con ella —empezó Juan— y la conoces tan bien. ¿Qué te parece que podemos hacer… para que viva lo mejor posible?
María se nos quedó mirando a todos a la vez, al pequeño grupo de niños que habíamos sido y que quizá éramos para ella todavía.
—Juanito —dijo—, tú eres el hombre y el mayor, escucha lo que te digo. Tu madre necesita cariño y compañía. La vejez es una enfermedad que no admite otra medicina…
Se dio media vuelta sin esperar respuesta. Enseguida se la oyó trastear en la cocina, mover cacharros, abrir el grifo. Adela se levantó furiosa y cerró la puerta que la mujer dejara abierta.
—No sé por qué le preguntas a María —dijo, irritada, dirigiéndose a Juan—. Ella no tiene nada que opinar sobre el asunto. Bastante ha opinado ya cuando nos avisó que se iba…
—Yo creo que María tiene razón —replicó Juan con tristeza—, pero eso es tanto como decir que la solución está en que mamá rejuvenezca. Yo no puedo tener a mamá conmigo y lo sabéis perfectamente. Vivo en un apartamento de setenta metros y encima siempre tengo algún chico conmigo. Cada vez que no tienen trabajo o dinero o las dos cosas…
Me pareció más derrotado que nunca. Hasta su cuerpo largo parecía disminuido, encogido en la butaca.
—Tampoco yo puedo, nadie puede —casi gritó Adela—. Tampoco Julia puede, siempre está en movimiento, congresos, conferencias, siempre fuera de casa. Y yo, que no me muevo, ¿dónde tengo un cuarto para mamá, dónde está la persona que la cuide cuando me voy a la oficina? Además yo no puedo imponerle a Luis la presencia de mamá. Él ha resuelto hace tiempo el problema de su madre. Entre todos los hermanos decidieron meterla en una residencia y allí está… Tú sabes que es cierto, ¿verdad, Julia?
Por primera vez contaba conmigo, me miraba solicitando mi apoyo de hermana pequeña, como había hecho siempre cuando necesitaba ayuda en las discusiones de la infancia.
Juan se levantó de golpe, violentamente, y su cuerpo volvió a adquirir la estatura habitual; volvió a ser el Juan grácil, elástico, que mantenía su delgadez juvenil a pesar de los años. Los ojos le brillaban cuando dijo:
—Siempre has sido un ser sin sentimientos, Adela. Sólo te ocupas de ti y de tu familia. Eres una egoísta insensible y brutal.
El ataque había dejado a Adela inmóvil. Cuando reaccionó se echó a llorar y tardó un poco en poder articular su respuesta.
—Tú nunca me has querido, ni cuando éramos niños ni ahora. Pero no me llames egoísta porque nadie en el mundo es más egoísta que tú, ni más cobarde, ni más duro…
Una vez, muchos años atrás, también habían discutido rabiosamente los dos. La hermana mayor de papá, que vivía en París desde la guerra, había invitado a su casa a uno de nosotros, el que nuestros padres decidieran. Mamá había dicho que Juan y papá que Adela. Yo era aún muy pequeña. Finalmente venció mamá y Juan fue elegido para el viaje. Por la noche, en el cuarto de jugar, Adela y Juan se pelearon y se insultaron, como ahora. Entonces Adela había pronunciado palabras terribles.
—Te odio, niñito de mamá.
Y Juan había contestado:
—También yo te odio a ti.
Yo les miraba aterrada y me pareció que el mundo se iba a hundir allí mismo.
—Por favor, no os peleéis. Por favor, quereos… —repetí varias veces.
Impulsada por el recuerdo de aquel día me dirigí a los dos.
—Dejaos de discusiones agresivas, por favor.
La tarde resbalaba suavemente. Los pájaros trinaban en el tejo, cerca del porche. Como todos los mayos.
—Tenemos que pensar una solución para mamá —dije.
Adela y Juan guardaron silencio, un silencio tenso cargado de agravios antiguos.
De pronto, en el primer piso se oyó el golpe de una ventana que se cerraba, justo sobre nuestras cabezas, y el grito de mamá resonó escaleras abajo reclamando: «María, sube inmediatamente, ahora mismo…».
María demoraba su respuesta. No llegaba el ruido de sus pasos en la escalera de madera. Nos miramos los tres, pero nadie se movió.
«Esto es sólo el principio —pensé—. Al final terminaremos todos odiando a mamá».

Josefina Aldecoa
Madrid, otoño, sábado


«Madrid, otoño, sábado» recoge por primera vez todos los cuentos de Josefina Aldecoa. Se trata de un compendio de relatos cargados de intimidad, de belleza y, en ocasiones, de un brutal realismo no exento de dulzura y del que la autora se nutre para regalarnos pasajes luminosos, evocadores, propios de una de las voces femeninas más inteligentes y relevantes de las letras españolas.
Con una prosa que destila femineidad y genio narrativo, Aldecoa traza la silueta de temas universales —la niñez, la esperanza, las ilusiones rotas, el amor, las relaciones familiares, la muerte— pero que son presentados a través de un prisma único, irrepetible, el de la mirada de una autora imprescindible para entender la literatura española del último siglo.
Incluye los libros «A ninguna parte» (1961) y «Fiebre» (2001), y los cuentos sueltos «Cuento para Susana» (1988) y «El mejor» (1998).

Abedul (6) - Sin más parlamentos pasamos a la siguiente sala, cuyas repisas estaban cargadas de volúmenes antiguos

Sin más parlamentos pasamos a la siguiente sala, cuyas repisas estaban cargadas de volúmenes antiguos y con los rollos de papiros en los que se atesoraba la sabiduría más antigua de la tierra. Quizás la obra más valiosa de la colección, para un bibliomaníaco, fuera el Libro de Hermes. Sin embargo yo habría dado un precio superior a los seis libros de la Sibila que Tarquín se negó a comprar, y que el virtuoso me dijo que había encontrado personalmente en la cueva de Trofonio. Sin duda, esos viejos volúmenes contenían profecías sobre el destino de Roma, tanto respecto al declinar y la caída de su imperio temporal como al surgimiento de su imperio espiritual. Tampoco carecía de valor la obra de Anaxágoras sobre la Naturaleza, que se consideraba irrecuperablemente perdida, y los tratados perdidos de Longino, de los que podría aprovecharse la crítica moderna, y los libros de Livio que el estudioso clásico había lamentado durante tanto tiempo sin esperanza. Entre esos preciosos tomos vi el manuscrito original del Corán, y también el de la Biblia mormona con el autógrafo auténtico de Joe Smith. Estaba también allí el ejemplar de la Ilíada de Alejandro, guardado en el cofrecillo enjoyado de Darío, que olía todavía a los perfumes que guardaba en él el persa.
Al abrir un volumen con broche de hierro, encuadernado en cuero negro, descubrí que era el libro de magia de Cornelio Agripa; y todavía lo hacía más interesante el hecho de que entre sus páginas se hallaran apretadas muchas flores antiguas y modernas. Había una rosa del ramo de novia de Eva, y todas las rosas rojas y blancas recogidas en el jardín del Templo por los partidarios de York y Lancaster. Allí estaba la Rosa Silvestre de Alloway, perteneciente a Halleck. Cowper había contribuido con una Mimosa, y Wordsworth con una Eglantina, Burns con una Margarita de Montaña, y Kirke White con una Leche de Gallina, Longfellow con una Ramita de Hinojo, con sus flores amarillas. James Russell Lowell había dado una flor presionada, aunque todavía fragante, que había recogido a la sombra junto al Rin. Había también una ramita de Acebo perteneciente a Southey. Uno de los ejemplares más hermosos era una Genciana cairelada que había sido cogida y conservada para la inmortalidad por Bryant. De Jones Very, un poeta cuya voz apenas se oye entre nosotros por causa de su profundidad, había una Anémona y una Aguileña.
Cuando cerré el volumen de magia de Cornelio Agripa, cayó al suelo una carta vieja y enmohecida. Resultó ser autógrafa del Holandés Errante a su esposa. No pude quedarme más tiempo entre los libros, pues la tarde estaba terminando y quedaba todavía mucho por ver. Bastará simplemente con mencionar algunas curiosidades más. El cráneo inmenso de Polifemo era reconocible por el agujero cavernoso del centro de la frente, donde el gigante había tenido su único ojo. El tonel de Diógenes, el caldero de Medea y el jarrón de la belleza de Psique estaban colocados cada uno dentro del otro. A su lado estaba la caja de Pandora, sin la tapa, que contenía tan sólo el ceñidor de Venus, que había caído allí por descuido. Un manojo de varas de abedul que habían sido utilizadas por la maestra de Shenstone estaba atado con el ceñidor de la condesa de Salisbury. No sabía qué era más valioso, si un huevo de rocho tan grande como un tonel o la cáscara del huevo que Colón puso en su extremo. Posiblemente el artículo más delicado de todo el museo fuera el carro de la reina Mab, que estaba colocado bajo un vaso de cristal para protegerlo del contacto de los dedos entrometidos.
Había varias repisas ocupadas por ejemplares entomológicos. Como tenía muy poco interés por la ciencia, nada más observé el saltamontes de Anacreonte y un humilde abejorro que había dado el virtuoso Ralph Waldo Emerson.
En la parte del salón a la que llegamos en ese momento vi una cortina que descendía desde el techo hasta el suelo en voluminosos pliegues, de una profundidad, riqueza y magnificencia como nunca había visto igual. No podía dudarse que ese velo espléndido, aunque oscuro y solemne, ocultaba una parte del museo todavía más rica en maravillas que la que ya había recorrido; pero cuando intenté coger el borde de la cortina para hacerla a un lado, resultó ser una imagen ilusoria.
—No se sonroje —comentó el virtuoso—, pues esa misma cortina engañó a Zeuxis. Es la famosa pintura de Parrasio.

Nathaniel Hawthorne
Musgos de una vieja rectoría


Musgos de una vieja rectoría es una colección de relatos fantásticos del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne, publicada en 1846. La antología incluye varios cuentos inéditos de Nathaniel Hawthorne, y otros que ya habían pasado por la imprenta. La vieja rectoría o vieja mansión a la que hace referencia el título es un homenaje a The Old Manse, en Concord, Massachusetts, donde Nathaniel Hawthorne y Sophia Peabody vivieron los primeros tres años de matrimonio.

Abedul (5) - —Tan sin árboles como Portugal estaremos pronto —dice John Wyse—, o como Heligoland con su único árbol, si no se hace algo para repoblar los bosques del país.

—Tan sin árboles como Portugal estaremos pronto —dice John Wyse—, o como Heligoland con su único árbol, si no se hace algo para repoblar los bosques del país. Los alerces, los abetos, todos los árboles de la familia conífera están desapareciendo deprisa. Estaba leyendo yo un informe de Lord Castletown…
—Salvadlos —dice el Ciudadano—, el fresno gigante de Galway y el gran olmo de Kildare con cuarenta pies de circunferencia y un acre de follaje. Salvad los árboles de Irlanda para los futuros hombres de Irlanda en las bellas colinas de Eire, ¡oh!
—Europa tiene los ojos en vosotros —dice Lenehan.
El mundo elegante internacional asistió en masa esta tarde a la boda del caballero Jean Wyse de Neaulan, gran maestro jefe de los Guardabosques Nacionales de Irlanda, con la señorita Piña Conífera de Valdepinos. Lady Silvestra Sombradeolmo, la señora Bárbara Abedul, la señora Laura Fresno, la señorita Acebo Ojosdeavellana, la señorita Dafne Laurel, la señorita Dorotea del Rosal, la señora Clyde Doceárboles, la señora Roberta Verde, la señora Elena de la Parra, la señorita Virginia Enredadera, la señorita Gladys Haya, la señorita Oliva del Campo, la señorita Blanca Arce, la señora Maud Ébano, la señorita Myra del Mirto, la señorita Priscilla Saúco, la señorita Abeja Madreselva, la señorita Gracia Chopo, la señorita O’Mimosa San, la señorita Rachel Fuentecedro, las señoritas Lilian y Violeta Lila, la señorita Timidez del Tiemblo, la señorita Cati Musgo de la Fuente, la señorita May Espino, la señorita Gloriana Palma, la señorita Liana del Bosque, la señora Arabella Selvanegra y la señora Norma de la Encina, de Encinar del Rey, agraciaron la ceremonia con su presencia. La novia, acompañada del padrino, su padre el señor Conífero de las Bellotas, estaba encantadora en un modelo realizado en seda mercerizada verde, modelado sobre un viso gris crepúsculo, con una faja de ancha esmeralda y rematado con un falbalá triple de franjas más oscuras, todo el conjunto animado por breteles e inserciones en las caderas de bronce bellota. Las doncellas de honor, señorita Alerce Conífera y señorita Ciparisa Conífera, hermanas de la novia, llevaban elegantes trajes del mismo tono, con un delicado motivo de pluma rosa en los pliegues, caprichosamente repetido en las tocas verde jade en forma de plumas de avutarda de coral rosa pálido. El senhor Enrique Flor actuó en el órgano con su conocida maestría, y en adición a los números prescritos para la misa nupcial, ejecutó un nuevo e impresionante arreglo de Leñador, deja ese árbol a la conclusión de la ceremonia. Al abandonar la iglesia de San Fiacre in Horto, tras la bendición pontificia, la feliz pareja fue sometida a un juguetón fuego cruzado de avellanas, nueces de haya, hojas de laurel, amentos de sauce, bayas de hiedra, bayas de acebo, ramitas de muérdago y yemas de fresno. Los nuevos señores de Wyse Conífero Neaulan pasarán una tranquila luna de miel en la Selva Negra.
—Y nuestros ojos están en Europa —dice el Ciudadano—. Teníamos nuestro comercio con España y los franceses y los flamencos antes de que esos chuchos estuvieran destetados, cerveza española en Galway, las barcazas de vino en el canal oscuro como vino.
—Y volveremos a tenerlo —dice Joe.
—Y con la ayuda de la Santa Madre de Dios volveremos a tenerlo —dice el Ciudadano, palmeándose el muslo—. Nuestros puertos, que están vacíos, volverán a estar llenos, Queenstown, Kinsale, Galway, Blacksod Bay, Ventry en el reino de Kerry, Killybegs, el tercer puerto del mundo en amplitud, con una flota de mástiles de los Lynch de Galway y los O’Reilly de Cavan y los O’Kennedy de Dublín, cuando el conde de Desmond podía hacer un tratado con el mismo Emperador Carlos V. Y así volverá a ser —dice— cuando se vea el primer barco de guerra irlandés abriéndose paso por las olas con nuestra propia bandera enarbolada, nada de esas arpas de Enrique Tudor; no, la más antigua bandera que haya navegado, la bandera de la provincia de Desmond y Thomond, tres coronas en campo azul, los tres hijos de Milesio.
Y se engulló el último sorbo de la pinta, caray. Todo ventosidad y pis, como gato de tenería. Las vacas de Connacht tienen los cuernos largos. Por lo que valga su jodida pelleja, que baje a echarles todos esos elevados discursos a la multitud reunida en Shanagolden, donde no se atreve a enseñar la nariz, con los Molly Maguire que andan buscándole para dejarle hecho un colador por echar mano a la propiedad de un arrendatario desahuciado.
—Muy bien, muy bien por eso —dice John Wyse—. ¿Qué va a tomar?
—Una Guardia Imperial —dice Lenehan—, para celebrar la ocasión.
—Una media, Terry —dice John Wyse—, y un manosarriba. ¡Terry! ¿Estás dormido?
—Sí, señor —dice Terry—. Un whisky pequeño y una botella de Allsop. Muy bien, señor.

James Joyce
Ulises
Traducción: José María Valverde


La obra monumental de James Joyce. Ulises es el relato de un día en la vida de 3 personajes: Leopold Bloom, su mujer Molly y el joven Stephen Dedalus. Un viaje de un día, una Odisea inversa, en la que los temás tópicamente homéricos se invierten y subvierten a través de un grupo decididamente antiheroico cuya tragedia raya la comicidad. Relato paródico de la épica de la condición humana y de Dublín y sus buenas costumbres cuya estructura, desbordantemente vanguardista, avisa a cada rato de su dificultad y exige la máxima dedicación. Ulises es un libro altisonante, soez y erudito donde los haya que ofrece una literatura distinta, extraña, ocasinalmente molesta y sin duda excepcional.

Abedul (4) - DONDE SE RELATA LA MÁS SANGRIENTA BATALLA QUE PUEDA TENER LUGAR SIN AYUDA DE LOS ACEROS.

DONDE SE RELATA LA MÁS SANGRIENTA BATALLA QUE PUEDA TENER LUGAR SIN AYUDA DE LOS ACEROS.
Si durante la época de celo, y mientras el ciervo de alta cornamenta medita en los juegos amorosos, alguno de los cervatillos se aventura tanto por las proximidades del templo de la Venus Ferina que impulsa a la bella cierva a ocultarse, impulsada por el miedo o el capricho, la delicadeza o los antojos con que la naturaleza ha dotado a todas las hembras, o por lo menos les ha enseñado la forma de conducirse ante el temor de que por la indelicadeza de los machos los misterios de Samos puedan ser descubiertos por ojos profanos. Si mientras tienen lugar estos ritos sagrados, cuya índole misteriosa confirma el poeta al decir:
Procul, o procul este profani;
proclamat vates, totoque absistite luco,
ritos que son comunes al genus omne animantium, y en el que en este caso actúan el ciervo y su pareja, cualquier animal hostil se aventura a aproximarse demasiado, entonces, al primer aviso dado por la asustada cierva, se adelanta el macho fiero hasta la entrada de la espesura, donde se mantiene protegiendo su amor, arañando la tierra, los cuernos enhiestos provocando a combate al enemigo. De este modo, y más terrible aún si cabe, saltó hacia delante nuestro héroe cuando percibió que se aproximaba el enemigo. El joven avanzó varios pasos para tratar de ocultar a la temblorosa cierva, y, si también era posible, asegurar su retirada. Entonces Thwackum, habiendo disparado algunos lívidos y fieros rayos con sus ojos, comenzó a vociferar:
—¡Oh! ¡Qué vergüenza, Tom Jones! ¿Es posible que seas tú la persona que se ocultaba ahí?
—Ya lo ve usted —repuso Jones—. Es posible que sea yo.
—¿Y quién es la mala pécora que te acompaña? —preguntó Thwackum.
—Si tengo conmigo alguna mala pécora —exclamó Jones—, es muy posible que no le deje a usted saber quién es.
—Pues yo te ordeno que me lo digas inmediatamente —replicó Thwackum—. Y no creo que pienses que tu edad, aunque te redime en cierto modo de seguir recibiendo mis enseñanzas, ha acabado por completo con la autoridad del maestro. Las relaciones entre el maestro y el discípulo son indelebles. Por eso quisiera que te percatases de que ahora estás obligado a obedecerme lo mismo que cuando te enseñaba las primeras letras.
—Puede usted hacerse las ilusiones que guste —replicó Jones—. Pero de nada le valdrán, a menos que disponga usted de la vara de abedul de antaño para convencerme.
—Entonces debo decir con toda claridad —afirmó Thwackum— que estoy decidido a saber quién es esa desventurada.
—Y yo le replico con la misma claridad —repuso Jones— que estoy decidido a que no sea así.
Thwackum hizo intención de avanzar, pero Tom le cogió por un brazo. Al ver esto, Blifil trató de rescatarle, afirmando «que no estaba dispuesto a permitir que insultaran a su antiguo maestro».
Al ver Tom Jones que tenía que hacer frente a dos enemigos, consideró necesario librarse de uno de ellos tan pronto como le fuera posible. Primero, pues, se dedicó al más débil de los dos, y dejando escapar al párroco, dirigió un puñetazo al pecho de Blifil con tan buen tino que le arrojó al suelo a las primeras de cambio.
Thwackum estaba tan interesado en averiguar quién era la mujer, que en cuanto se vio libre avanzó derecho hacia los matorrales sin prestar gran atención a lo que mientras tanto le sucedía a su discípulo predilecto. Pero había dado escasos pasos por el tupido boscaje cuando Jones, una vez derrotado Blifil, alcanzó al párroco y le arrastró hacia atrás tirándole del cuello de la casaca.
Thwackum había sido campeón de boxeo en su juventud, habiendo ganado fama con sus puños tanto en la escuela como en la Universidad. Era cierto que hacía bastantes años que había abandonado la práctica de tan noble arte. Sin embargo, su valor era tan grande como su fe y su cuerpo no menos vigoroso que uno y otra. Además, como sin duda el lector habrá adivinado, poseía un carácter bastante irascible. Por lo tanto, cuando miró hacia atrás y descubrió a su amigo y compañero caído en el suelo, a la vez que él era maltratado por uno que hasta aquel momento se había mostrado pasivo en los conflictos entre ellos, circunstancia que contribuyó a agravar mucho los hechos, perdió la poca paciencia que tenía y colocándose en posición de combate y reuniendo todas sus fuerzas, atacó a Jones de frente con tal ímpetu como éste había empleado para atacarle a él por detrás.
Nuestro héroe recibió impávido el ataque del enemigo, y el golpe resonó en su pecho. Jones respondió a él con no menor violencia, apuntando igualmente al pecho del párroco. Pero éste desvió con destreza el puño de Jones, así que tan sólo le alcanzó en el vientre, donde el buen hombre tenía depositadas dos libras de carne de buey y otras tantas de pudín, y de donde, en consecuencia, no podía surgir ningún sonido hueco. Muchos golpes violentos, mucho más fáciles de ver que de leer o describir, se repartieron entre ambas partes. Por último, una violenta caída, que Jones aprovechó para colocar su rodilla sobre el pecho de Thwackum, debilitó tanto a éste, que la victoria no hubiera sido dudosa para Jones de no haber intervenido de nuevo Blifil, que había ya recuperado sus fuerzas, y lanzándose sobre Tom, dio lugar a que el párroco recobrase sus fuerzas.
Ahora ambos hombres atacaron a nuestro héroe, cuyos puñetazos no tenían al presente tanta potencia como al principio, tan debilitado había salido de su lucha con Thwackum, pues aunque el cura prefería actuar solo sobre el cuerpo humano, no obstante, conservaba aún bastante de sus antiguos conocimientos para mantener la parte que le correspondía en un duelo.
La victoria, de acuerdo con la costumbre moderna, iba a ser probablemente decidida por la presión del número uno, cuando de súbito aparecieron en el campo de batalla un cuarto par de puños, que inmediatamente comenzaron a actuar sobre el párroco, a la vez que el dueño de aquellos puños gritaba:
—¿No les da a ustedes vergüenza luchar dos contra uno?
La batalla, que muy bien podría calificarse de campal, continuó aún durante varios minutos, hasta que colocado Blifil por segunda vez fuera de combate por Jones, Thwackum se vio obligado a pedir cuartel a su nuevo contrincante, que resultó ser Mr. Western, pues en el entusiasmo de la acción ninguno le había reconocido en el primer momento.
Su presencia allí se explica porque en su paseo vespertino acertó a pasar por el campo donde tenía lugar la sangrienta batalla, habiendo deducido, al ver tres hombres luchando, que dos de ellos debían ir en contra del tercero. Entonces se apartó de los que le acompañaban y con más gallardía que política abrazó la causa del más débil. Esta generosa conducta evitó sin duda que Tom fuera víctima de la encendida cólera de Thwackum y de la piadosa amistad que Blifil profesaba a su querido maestro, pues, aparte de la desventaja del número, Jones no había conseguido recuperar aún del todo la fuerza de su brazo roto. El refuerzo llegado tan inesperadamente puso rápido fin al combate, y Jones, apoyado por su aliado, obtuvo la victoria.

Henry Fielding
Tom Jones
La historia de Tom Jones, expósito


Una de las novelas cumbre de la Literatura inglesa y la mejor obra de Henry Fielding (1707-1754). La historia de Tom Jones, expósito es una novela picaresca meticulosamente construida, planificada y ejecutada. El principal objetivo de su autor fue el de presentar la multiplicidad del mundo y de la naturaleza del hombre, describiendo una sociedad rica en contradicciones, hipócrita y llena de injusticias.
«Éste es el libro, risueño e itinerante, irónico y optimista, sin la acritud y la misantropía que distingue a otros grandes contemporáneos de Fielding, porque este satírico que tiene una pluma tan afilada en el fondo no sabe lo que es la hiel; y si lo sabe prefiere olvidarlo, lo suyo es reírse del mundo para quitarle importancia y limar sus aristas, mejorar a la humanidad no con el ceño fruncido, sino con un humor de comprensión».

Abedul (3) - Bajé por Wardour Street fumando sin ganas, dejándome llevar por la pendiente de la noche y de las calles

Bajé por Wardour Street fumando sin ganas, dejándome llevar por la pendiente de la noche y de las calles, soslayé el Támesis, elegí un pub y empecé a beber imaginando vagamente que Nicole se habría acostado sin esperarme, aunque en algún momento había dicho que esa noche iba a dibujar los primeros proyectos para el diccionario enciclopédico: Abanderado, abanico, abedul, abeja, abeto. ¿Por qué no me contrataban a mí para ilustrar los términos abstractos, abandono, abatimiento, aberración, ablandamiento, abnegación, abobado? Hubiera sido tan fácil, no había más que beber ginebra y cerrar los ojos: todo estaba ahí, abandonado y abobado y abatido. Aunque ahora si cerraba los ojos entreveía una imagen de la ciudad, de esas que volvían en la duermevela, en los momentos de distracción o cuando se estaba concentrado en otra cosa, siempre por sorpresa, jamás obedientes a los llamados o a las esperanzas. Sentí de nuevo, porque esas recurrencias de la ciudad participaban de la visión y del sentimiento, eran un estado, un interregno efímero, la vez que me había encontrado con Juan en la calle de las arquerías (otra palabra a ilustrar, Nicole las dibujaría con un trazo fino y una perspectiva profunda, probablemente también ella se acordaría de los interminables soportales de piedra rojiza si le había tocado pasar por esa parte de la ciudad, y los dibujaría para su diccionario enciclopédico y nadie sabría nunca que esa calle con soportales era una calle de la ciudad), andando junto a Juan sin hablarnos, cada cual siguiendo un derrotero que coincidía paralelamente durante algunas cuadras hasta bruscamente apartarse, Juan saltando de golpe a un tranvía que pasaba por la gran plaza, como si hubiera reconocido a un pasajero, y yo torciendo a la izquierda para llegar al hotel de las verandas de caña y buscar como tantas otras veces un cuarto de baño. Y ahora en ese pub donde la luz se parecía demasiado a la oscuridad, me hubiera gustado encontrarme con Juan para decirle que en un hotel de Londres lo estaban esperando, decírselo amistosamente como quien emprende la ilustración de la palabra aberración o de la palabra abnegado, las dos igualmente inaplicables. Era previsible que Juan hubiera alzado las cejas con un aire entre sorprendido y ausente (otra palabra abstracta) y que al otro día su amistad afectuosa y cortés por Nicole hubiera asumido las formas circulares u oblongas de las cajas de bombones compradas en cualquiera de los muchos aeródromos por donde siempre andaba, o uno de esos rompecabezas ingleses que encantaban a Nicole, para marcharse otra vez camino de alguna conferencia internacional, confiando sin demasiada preocupación en que la distancia suturaría las heridas, como no hubiera dejado de expresarlo la señora de Cinamomo de la que tanto nos acordábamos en esos días con Polanco y Calac y Nicole a la hora de reírnos.

Julio Cortázar
62/Modelo para armar


Realización de una idea de novela, esbozada por Morelli (una suerte de doble de Cortázar), en el capítulo 62 de Rayuela. Liberada de la causalidad psicológica y de las limitaciones de tiempo y espacio, la narración transcurre indistintamente en París, Londres o Buenos Aires. En ella Cortázar lleva al extremo la experimentación iniciada con su anterior novela, consiguiendo uno de los proyectos más ambiciosos y originales de la literatura en lengua española.

Abedul (2) - Un mozo llevó la maleta hasta la plazuela y la dejó colocada en el asiento de una tartana

Un mozo llevó la maleta hasta la plazuela y la dejó colocada en el asiento de una tartana. Joaquín, renqueante, se puso al lado del tartanero. Las piernas, débiles, le temblaban, y recordó las imprecaciones de Josefina: «¡Lo que usted va a hacer, es una barbaridad!».
El carromato cruzó la ciudad hasta hallar las lomas que el viejo recorriera otrora; se acordó de Jaime, el tartanero homicida, al que apresaron, el que trataba a latigazos a Revérter; las lomas y el desfiladero de abedules le parecieron, al trasluz de los años, menos bucólicos e importantes que en otro tiempo. Pero tampoco eso tenía mayor importancia. Había, sin embargo, un poco de la indecisión, de la destemplanza con que, por primera vez, hacía casi medio siglo atrás, cruzó aquel mismo tramo de carretera, por la pendiente del «Coll de la Manya» hasta el Puntazgo. «¿Qué encontraré allí? —pensaba—. ¿Cómo me recibirán, qué debo hacer?». Esa inquietud, ahora moderada, parecía que le atosigara como la primera vez, la de su encuentro —ya tan baldío— con Mariona. Al trasponer la cumbre, salvada la pendiente, esa sensación se difuminó en el paisaje, ya casi anochecido. Nada, o apenas nada de aquellos recuerdos quedaba ya. Nada quedaba, porque de lo anterior había desaparecido parte de la estructura vegetal, que es la fisonomía peculiar del campo y de los paisajes. Solo en la lejanía se conservaban algunos tramos de avellanos, que antes cubrían la planicie entera. Y bordeando por una doble hilera de altos cipreses, recortados algunos por mano de jardinero, el camino dejaba ver, más allá, un cultivo de tulipanes y de rosas y una extensa campiña de claveles. El campo agreste se había convertido en una hermosa pero inconsecuente campiña floral, antesala sin duda de una residencia sin arraigo payés, solo en la superficie del terruño, para disimular —y traicionar— tal vez, el sentido que tiene la tierra, que es humano, dramático, hondo y dificultoso.
Cuando la tartana cruzó el porche de entrada notó también Joaquín alguna transformación, que no pudo apreciar en qué consistía. Quizá fuera que el patio de entrada estuviera cubierto por guijos y grava, en lugar de la seca tierra polvorienta de antaño, que había que regar al atardecer. Quizá la extirpación de los gallineros, adosados en otro tiempo al ángulo de las dos casas de la masovería; o quizás el surtidor con una ninfa de bronce alrededor de la cual hubo de dar el vehículo una vuelta para situarse ante la puerta de entrada.
¿Qué hace esa fuente aquí?, se preguntó Joaquín Rius advirtiendo lo superfluo de aquella imposición, lo extemporánea que resultaba en el ambiente. No hace nada, pero ¿qué importa? Eso ya no es «nuestro».
Se quedó parado en el centro del patio, al tiempo en que el tartanero bajaba del coche sus valijas. Y escuchó un rato aquel silencio que venía de nuevo a inundarle de antiguas y soterradas imágenes.
La fachada de la masovería estaba intacta, como antaño. Bajo la teja marrón, comida por el tiempo, el reloj de sol mantenía su grafía dorada, signo inmutable de la permanencia de las cosas. No existe el curso del tiempo; en aquel instante podría haber salido Mariona de cualquiera de los ángulos del patio y parecía que la esperara así, atónito y sombrío.
No había nadie en la casa. Parecía solo abierta para que él entrara sin testigos. No obstante, de la puerta de la masovería salió al fin gesticulando un hombre gordezuelo, de tez sonrosada, en cuya barriga la roja faja sacudía, al correr, el volumen de todo su cuerpo, sobre unas piernas cortas. Se acercó a él y le tendió las dos manos efusivamente.
—Soy Andrés, ¿no me recuerda? El que jugaba con el señorito.
Joaquín Rius no recordaba bien, ni se esforzó mucho en hacerlo. El mundo de Santa María dejó de existir para él en el momento de la mayoría de edad de su hijo. Después, el día de la boda más que una conexión eventual con la finca fue su definitivo adiós a ella. Ahora, nada. Ni Andrés —si es que ese nombre significaba algo— ni nadie. Simplemente una prescripción del médico, nada más.
Pero mientras sacaban del carricoche su equipaje y lo llevaban al interior de la casa, escuchó que Andrés le explicaba con vehemencia, atropelladamente, algunas cosas que influían en su ánimo. Por allí debía de andar Carlos. «Es un chico hermoso —dijo el campesino—. Él solo se hizo una huerta cuando era chico, al otro lado del canal. Seguramente estará allí ahora».
Joaquín Rius entró en la casa; la misma impresión de mudanza absoluta le sorprendió al entrar. En el vasto comedor de antaño se había trazado un arco divisorio, con estores transparentes. El mobiliario era moderno, al día. En un rincón, una radiogramola; más allá, otra mesilla con tapete verde, para el juego. En la pared, unas lacas japonesas en el lugar que antaño ocupara un reloj, aquel en el que siempre compulsaba en otro tiempo el suyo propio, antes de salir, puesto que el de la casa no fallaba nunca. Dando al ventanal del fondo, desde el que se divisaba ante todo el panorama del valle, había sido instalada una pecera, en la que media docena de fementidos delfines de color garabateaban en silencio sobre los rastrojos y los abedules del fondo. Aquel panorama, el de más allá, no había cambiado. Los árboles en hilera eran mucho más viejos, y en lo alto la fronda de su copa parecía un puñado de luz.

Ignacio Agustí
19 de Julio
La ceniza fue árbol - 4


19 de Julio es el cuarto título de una pentalogía titulada La ceniza fue árbol, compuesta, además de esta, por las novelas Mariona Rebull, El viudo Rius, Desiderio y Guerra Civil. Los personajes de estas novelas son seres típicos —o mejor prototípicos— de esa sociedad barcelonesa que se tomó en serio el juego del trabajo y levantó de la nada una urbe industrial de primer rango. Sin embargo, no mana de ahí el secreto de lo obra agustiniana, ni de la reconstrucción fiel de una época, el 1900. El manantial de su encanto, de su poesía y a la vez de su descarnado realismo, brotan de una vena subterránea: como en todos los grandes escritores realistas, la narrativa y la descripción excluyen la presencia del autor con su respiración y su ritmo entrecortado, pasando a ser los mismos personajes, los mismos objetos, el mismo sol y la misma naturaleza quienes hablan. Estas célebres novelas de Ignacio Agustí constituyen, además de un serio y penetrante estudio de la idiosincrasia catalana, en sus virtudes y humanas limitaciones, un entronque con la tradición novelística de Galdós o Alarcón. Pero en nuestro autor palpita una preocupación que lo vincula como hombre de su época: es un pulso sensible a la inquietud y a la marea de tipo social, reseñada no como parte interesada o neutral ni, menos aún, con lo fría actitud del historiador, sino con humana vibración que no puede ocultar una raíz cristiana.
19 de Julio, publicada en 1965, nos ofrece el elocuente contraste entre la superficie del mundo barcelonés, disuelto en las tertulias y en los círculos sociales de la burguesía, y la realidad social, más honda, personificada en unos tipos singulares y que calan en la conciencia del lector. Se dibujan con línea precisa los dos polos que se enfrentarían luego en la contienda civil. En medio de estos hechos, destaca la disensión conyugal de Desiderio y Crista, envueltos en la ola de superficialidad de los años, símbolos de un divorcio que no era de coyuntura personal, sino el espectro de una disolución más íntima de la sociedad española.


Adedul (1) - Su plácido rostro se arrugó en una mueca de furia.

Su plácido rostro se arrugó en una mueca de furia. Fue una transformación completa que sucedió en menos de un segundo. Lanzó un golpe de tubería contra mi cabeza. Levanté el brazo izquierdo y lo oí crujir como una rama de abedul cargada de hielo. Esa vez, cuando me derrumbé, los matones me dejaron caer al suelo.
—Puto listillo, cómo odio a los putos listillos. —La voz parecía llegarme desde muy lejos. O desde muy arriba. O las dos cosas. Por fin me estaba preparando para perder el conocimiento, y no veía la hora. Sin embargo, me quedaba la suficiente visión para distinguir a Carmo cuando volvió con una cámara Polaroid. Era grande y aparatosa, de esas en que el objetivo está al final de una especie de acordeón.
—Dadle la vuelta —ordenó Roth—. Que se vea su perfil bueno.
Cuando los matones le obedecieron, Carmo le pasó la cámara y recibió de él la tubería. Después Roth se acercó la máquina a la cara y dijo:
—Mira al pajarito, puto soplapollas. Ésta para Eddie G…
Flash.
—… y una para mi colección personal, que en realidad no tengo pero tal vez empiece ahora…
Flash.
—… y ahí va otra para ti. Para que recuerdes que, cuando alguien serio te hace preguntas, tienes que responder.
Flash.
Arrancó la tercera instantánea de la cámara y la tiró hacia mí. Aterrizó delante de mi mano izquierda… que entonces él pisó. Los huesos crujieron. Gimoteé y me llevé la mano herida al pecho. Me había roto por lo menos un dedo, quizá incluso tres.
—Más te vale acordarte de separar el negativo en sesenta segundos, o se quemará. Si estás consciente, claro.
—¿Quieres preguntarle algo más ahora que está ablandado? —preguntó Carmo.
—¿Estás de broma? Míralo. Ya no sabe ni su nombre. Que le den por culo. —Empezó a darse la vuelta pero se detuvo—. Oye, cabrón. Ahí va una de recuerdo.
Entonces fue cuando me dio una patada en la sien con lo que se me antojó un zapato de punta de acero. Explotaron cohetes en mi visión. Luego mi nuca topó con el rodapié y me desmayé.

Stephen King
22/11/63


El 22 de noviembre de 1963 tres disparos resonaron en Dallas. Murió el presidente Kennedy, y el mundo cambió. ¿Qué harías tú si pudieras impedirlo?
En esta novela brillante, Stephen King acompaña al lector en un viaje maravilloso al pasado y en un intento de cambiar lo que pasó. Durante casi 900 páginas nos ofrece un impecable retrato social, político y cultural del final de los años 50 y principios de los 60; un mundo marcado por coches enormes, Elvis Presley y el humo de los cigarrillos que flota por todas partes.
Todo empieza con Jake Epping, profesor de inglés en el instituto de Lisbon Falls, Maine, que se gana un sueldo extra con clases nocturnas para adultos. Un día les pide a sus estudiantes que escriban sobre un acontecimiento que les haya cambiado la vida, y una de estas redacciones le impactará profundamente: la historia cruenta de una noche de hace cincuenta años cuando el padre de Harry Dunning volvió a casa para matar a su madre, hermano y hermana con un martillo.
Al leer esta redacción algo cambia en Jake; su vida, igual que aquel día en Dallas de 1963, cambia por completo en tan solo un instante. Poco después su amigo Al, propietario de un diner en su barrio, le descubre un secreto: en el almacén hay una puerta que conduce al pasado, a un día en particular del año 1958. Y Al le pide a Jake que le ayude con una misión que le obsesiona: impedir el asesinato de Kennedy.
Y así comienza la nueva vida de Jake como George Amberson, en un mundo muy diferente. En él, George se enamorará mientras sigue el rastro de Lee Harvey Oswald hacia un momento histórico que quizás ahora nunca se produzca.
Un viaje al pasado nunca ha sido tan creíble, ni tan terrorífico.

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