Camariñas

Camariñas
Faro de Vigo, 18 de enero de 1953.
«A arcosa Laxe», «Xallas, de uces nutriz»: toda la mañana estaba llena del verso pondaliano, si no era ese mismo verso tendido sobre la tierra, de tan reposada y madura belleza. El verso de Pondal pasa el río Xallas por la puente Arantón:
Uces da ponte Arantón,
non toqués os seus vestidos,
qu’eles para vos non son.
La musa pondaliana —«ela é filla de Santiago»—, pasa, en la dulce brisa, a nuestro lado. La mañana, que es algo como una grande, luminosa y tibia mano, recoge mar y tierra bajo su palma. Todo el valle de Vimianzo se recogía bajo la luz de su caricia, envuelto en el dulce algodón de la neblina. Había qué ir al castillo, más fino y más nervioso que un palacio a ver si todavía en la niebla matinal cabalgaba Pedro Madruga. Lo llamaban así, dice Vasco da Ponte, porque gustaba «de madrugar para las cabalgadas», a la del alba sería, como don Quijote, cabalgando en las mañanas frías y cantando octavas del Ariosto, o como el Jan Timur, que nada amaba más que galopar por el desierto las mañanas de abril. (Señor de estas torres fue el poeta Martelo y Paumán del Nero: ¡Paumán del Nero!, un apellido eufónico y mágico, de tan patente y misteriosa medievalidad, que nos sorprende no haberlo leído en un catálogo de cruzados o entre las flores del «gay saber»: nombre para uno de los Doce Pares o para un compañero moribundo de Diterico de Berna, o quizás, para uno de esos oscuros caballeros de Escocia, hijos de la insegura melancolía, que una mañana salen a pasear a un arenal y se enamoran del licor rojo de los labios sonoros de las sirenas, y mueren bajo el mar, en aquellos palacios en los que las algas florecen en rosas azules y jacintos verdes…) Pero nadie —sólo la alegre fantasía— galopa en la mañana hacia Vimianzo y su castillo.
Ponte do Porto: el sol rompe a tientas la niebla, y al deshilarla y aventarla, la mañana se hace más alta y más ancha, llena el mundo todo, en el que ya no queda ni un solo lugar que no sea matutino y claro, volado de palomas «amazonas del aire y de su aroma». El breve río se ahoga en el mar, silenciosamente. Camariñas; venían, más los ojos que los labios, diciendo su nombre, tan blanco, tan liviano, que ver la villa de cal y canto y no de encaje fue buena sorpresa. Alençon de Francia no es de encaje, de point d’Alençon, pero hay allí torres y en los palacios pasamanos y balaustres que sí lo son, de encaje que han ido coloreando los siglos, y ahora goza de un fino color rosa; esos grandes ojos que abre el point d’Alençon, allí donde el hilo, de tan sutil, semeja aire —aire celestial, de los atardeceres de verano del Paraíso—, siempre acaban de ser abandonados por una coloreada mariposa, que tras de ella deja el pálido reflejo de la viva pintura de sus alas. Vas a ver qué color es, y sólo encuentras aire, aire tejido y transparente…
La madre de Teresa del Niño Jesús, haciendo point d’Alençon en Lisieux, donde tan alegre es, cabe el puente, la sombra de los manzanos, vio cómo un ángel reparaba los desgarros de sus alas con el encaje que ella hacía. Pocos días después, nacía Teresa. ¿Hay algún ángel que lleve, en esta dorada mañana, encaje de Camariñas en sus alas? El mar de Camariñas lo lleva, en verdad, espuma fugitiva.
El arte del encaje, al igual que la música, es irrefutable: cada hilo, en el entramo de la encajería, es como una frase, y la total tela de araña, Valenciennes o Camariñas, un concierto. La escritura de Bach sobre el pentagrama a lo que se asemeja es a un encaje, más que a un retablo barroco, porque Bach lo que pretende es aprisionar el aire que pasa —sobre todo, esas claras flautas o el aliento casi humano del oboe, y al fondo el orden profundo del órgano—, más bien que representar la Naturaleza. Números y pausas, estrofas —estrofa es lo que retorna—, sensitivas cárceles del tiempo: ponerle puertas al tiempo fugitivo, eso es música. Ponerle puertas al aire, eso es el arte del encaje.
Camariñas, Xornes, son tierras —y mar y ballenas— de la mitra mindoniense. El báculo montañés de San Rosendo —oro de los tojales de Noriega Varela, alba del abedul— pone en Cabo Vilaño el regatón al golpe de la eterna y enorme ola atlántica. Pero en la ría, más suave y breve la ola, alguien, las femeninas manos, la hilan en la orilla… Unas blancas y ligeras nubes que el sudoeste empuja, se acercan a verle a la Señora de la Barca el tejado de piedra. Son las doce. Cantan «Ave María» las campanas de la iglesia, tiembla el aire pleno de luz, tendido sobre hilos de oro que van y vienen, tejiendo el mundo y la mañana, tejiendo el mantel de Camariñas —blanco, liviano, como este nombre—, sobre la roca antigua de la tierra, a la orilla del mar.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Aquí no llaman caona al oro como en la primera parte desta isla, ni nozay como en la isleta de Guanahaní o Sant Salvador, sino tuob.

Andando por la costa adelante halló muchos Cabos: a uno llamó del Ángel, a otro llamó la punta del Hierro, a otro el Redondo y a otro el Francés, a otro el cabo del Buen tiempo, a otro Tajado. De todos estos nombres de Cabos, no queda hoy alguno. Anduvo más de 25 o 30 leguas hoy, porque le ayudaba el viento y las corrientes que iban con él. Estuvo a la corda, que es, según lenguaje de los marineros, aunque tienen las velas tendidas no andar nada, porque vuelven la proa al viento, y tocando en él a veces, vuelven un poco atrás, y otras un poco adelante, y asi no hacen camino.
Sábado, 12 de Enero, al cuarto del alba, navegó al leste y Oriente con viento fresco; anduvo bien y vído muchos Cabos, a uno llamó Cabo de Padre y Hijo, porque tenia dos farallones, uno mayor que otro; vído una grande abra entre dos grandes montañas, y hacían un grandísimo puerto, y bueno, y de buena entrada, que llamó Puerto Santo; no quiso surgir en él por no perder camino, pues era de mañana. Anduvo más adelante, y vído un Cabo muy alto y muy hermoso, de todas partes de peña tajada, llamólo el Cabo del Enamorado; llegado a él, descubrió otro muy más hermoso y más alto y redondo, de peña como el cabo de Sant Vicente que está en Portogal. Después que emparejó con el cabo del Enamorado, vído hacerse una grandísima bahía, que tiene de ancho tres leguas, y en medio della una isleta pequeñuela, muy honda la entrada; surgió allí en doce brazas, para ver si toda era una tierra continuada, porque se maravillaba ser tan grande esta isla Española. Andaría en este dia, con lo que anduvo a la corda la noche, pasadas más de 30 leguas.
Esperó, allí el domingo también, por ver en qué paraba la conjunción de la luna con el sol, que habia de ser a 17 de Enero, y la oposición della con Júpiter y conjunción con Mercurio, y el sol en opósito con Júpiter, que es causa de grandes vientos; aunque creo que la letra está en esto corrupta, por el vicio del que aquesto trasladó del libro de la navegación del Almirante, al menos, colígese de aquí tener el Almirante pericia de Astrologia, que es ciencia que de los movimientos y cursos de los cielos, estrellas y planetas trata.
Envió la barca en tierra por agua, y para coger algunos ajes de las labranzas que por allí parecian, y salieron a una muy hermosa playa; también deseaba el Almirante haber lengua de aquella tierra. Salidos, hallaron ciertos hombres con sus arcos y flechas, con los cuales se pararon a platicar, compráronlos dos arcos y muchas flechas, y rogaron a uno dellos que fuese a la carabela a hablar al Almirante, aceptólo de buena gana; el cual, dice, que era muy disforme cuanto al gesto, tenia el gesto todo tiznado de carbón, (pero esto no es carbón, sino cierta tinta que hacen de cierta fruta), puesto, dice, que en todas partes acostumbran a se teñir con diversos colores; traía éste todos los cabellos muy largos, cogidos y atados atrás, y puestos en una redecilla de plumas de papagayos, y desnudo, en cueros, como los otros. Sospechó el Almirante si era caribe de los que comen hombres, pero no era, porque nunca en esta isla jamás los hobo, como, cuando hablaremos della, placiendo a Dios, se dirá.
Preguntóle por los caribes y señalóle que estaban al leste o al Oriente; preguntóle por oro y señalóle también al Oriente, hacia la isla de Sant Juan, la cual vído ayer el Almirante antes que entrase en esta bahía; díjole que en ella habia mucho oro, y dijo verdad, que isla fue de donde se sacó gran cantidad de oro por algún tiempo, agora no se halla tanto. Aquí no llaman caona al oro como en la primera parte desta isla, ni nozay como en la isleta de Guanahaní o Sant Salvador, sino tuob.
Es aquí de saber, que un gran pedazo desta costa, bien más de 25 o 30 leguas, y 15 buenas y aun 20 de ancho hasta las sierras que hacen, desta parte del Norte, la gran vega inclusive, era poblada de una gente que se llamaban mazoriges, y otras cyguayos, y tenian diversas lenguas de la universal de toda la isla. No me acuerdo si diferian estos en la lengua, como bátanlos años, y no hay hoy uno ni niguno a quien lo preguntar, puesto que conversé hartas veces con ambas generaciones, y son pasados ya más de cincuenta años; esto, al menos, sede cierto, que los cyguayos, por donde andaba agora el Almirante, se llamaban cyguayos porque traían todos los cabellos muy luengos, como en nuestra Castilla las mujeres.
Dijóle de una isla que se llamaba Matinino, que tenia mucho oro, y que estaba habitada de solas mujeres, a las cuales venían los hombres en cierto tiempo del año, y, si parían hembra, la tenían consigo, y niño, enviábanlo a la isla de los hombres. Esto nunca después se averiguó, conviene a saber, que hobiese mujeres solas en alguna tierra deslas Indias, y por eso pienso que el Almirante no los entendía, o ellos referían fábulas, como lo que aquí dice que entendía haber isla que llamaba Guanin, donde habia mucho oro, y no era sino que habia en alguna parte guanín mucho, y esto era cierta especie de oro bajo que llamaban Guanin, que es algo morado, el cual cognoscen por el olor y estímanlo en mucho.
Mandó dar de comer al indio, y dióle unos pedazos de paño verde y colorado y contezuelas de vidro, y mandó que le llevasen en la barca atierra; salidos en tierra, estaban entre unos árboles obra de 55 indios, desnudos, con sus cabellos muy largos; según está dicho, como mujeres en nuestra Castilla, traian sus penachos de plumas de papagayos, y cada uno con su arco. Salido el indio que fue a la nao, en tierra, hizo que los otros dejasen los arcos y flechas, y una espada de tabla de palma, que es durísima y muy pesada, hecha desta forma: no aguda, sino chata, de cerca de dos dedos en gordo de todas partes, con la cual, como es dura y pesada, como hierro, aunque tenga el hombre un capacete en la cabeza, de un golpe le hundirán los cascos hasta los sesos.
Aquellos indios se llegaron a la barca, y la gente della, cristiana, salió en tierra; comenzáronles a comprar los arcos y flechas, y las otras armas, porque el Almirante asi lo habia ordenado; vendidos dos arcos no quisieron dar más, antes se aparejaron para arremeter a los cristianos y prenderlos, sospechando, por ventura, que de industria los cristianos les compraban las armas, para después dar en ellos, y parece bien porque arremetieron luego, cuasi arrepisos y proveyendo al instante peligro, a tomar sus arcos y flechas donde los tenían apartados, y tomaron ciertas cuerdas o sogas como para atar los cristianos. Viéndolos venir denodados, los españoles, que pocos desean ser mártires, que no dormian, dan con ímpetu en ellos, y alcanzó uno dellos a un indio una gran cuchillada en las nalgas, y a otro por los pechos una saetada; visto por experiencia los indios que las armas de los cristianos eran otras que las suyas, y que en tan poco tiempo tanto efecto hacían, y asi que podian en la burla ganar poco, y, aunque los cristianos no eran sino siete y ellos cincuenta y tantos, dieron a huir todos, que no quedó alguno, dejando uno aquí las flechas, y otro acullá el arco; mataran los españoles muchos dellos, como sean tan piadosos, sino lo estorbara el piloto que iba por Capitán dellos. Y esta fue la primera pelea que hobo en todas las Indias, y donde hobo derramada sangre de indios, y es de creer que murió el de la saetada, y aun el délas nalgas desgarradas no quedaría muy sano. Entre indios y cristianos, buenas aunque chicas primicias fueron estas de la sangre que dellos por los cristianos fue después derramada.

Bartolomé de las Casas
Historia de las Indias
Libro I

Dentro del voluminoso conjunto de los escritos lascasianos, ocupa la Historia de las Indias un puesto a toda luz excepcional. No es que sea, ni de le jos, la obra más famosa de fray Bartolomé, cuya figura histórica ha sido y sigue siendo tantas veces identificada, para bien y para mal, a través de la única Brevísima relación de la destrucción de las Indias, publicada en vida del autor y propagada por el mundo entero. Muy distinto, por supuesto, es el caso de la Historia, libro de mucho bulto y de muy diferente índole, cuyo manuscrito, por otra parte, permaneció inédito durante más de tres siglos. Distínguese sobre todo la Historia, dentro de su categoría, por la abundancia y precisión de las noticias, respaldadas por una enorme documentación de primera mano, cuando no por la propia experiencia del historiador. Señálase aún por los prolijos comentarios, desde luego casi siempre acusadores, que acompañan sistemáticamente la relación de los sucesos, y vienen a ocupar no menos espacio, y a veces más, que la misma narración.
Según indicación contenida en el texto, anunciaba Las Casas que su obra comprendería seis libros, correspondiendo cada uno a un período de diez años —excepto el primero, reducido a ocho por empezar en 1492 y terminar en 1500. No descartaba, además, la posibilidad de prolongarla, pero la Historia, tal como la conocemos, consta solamente de tres décadas.

Arder de ausencia

Arder de ausencia
«¿Qué han hecho ustedes de mis poemas?», Jeanette Winterson hace decir a Safo en Arte y mentiras. Safo también podría preguntar qué han hecho de su persona. La gran poeta del siglo V antes de Cristo y ya moderna se atrevió a hablar del amor y la pasión entre mujeres y su obra contradice la visión de Foucault de la cultura griega clásica como «un simposio austero, filosófico, platónico y pederasta». Es cierto que esa obra resulta excepcional —en más de un sentido— porque expresa una sexualidad femenina activa, a diferencia de la figura de la mujer como objeto pasivo del deseo, entonces —y no sólo— en boga. No es menos cierto que en sus poemas Safo altera las pautas culturales dominantes en materia de sexualidad y de género, es decir, la heterosexualidad y/o esa relación homosexual entre adultos y efebos que Platón reveló sin sobresaltos y que en realidad giraba en torno a las cuestiones de poder y de control masculinos en la antigua Grecia. Los versos de Safo cuestionan esa sociedad jerarquizada, tal vez sin proponérselo. En cualquier caso, sus contemporáneos hombres no se dieron por aludidos y la bautizaron «la musa de la voz de miel».
El tiempo ha ido convirtiendo a Safo en lo que cada época histórica necesitaba. Cierta moral del siglo III de nuestra era la dividió en dos Safos: una, poeta y casta; la otra, una suerte de madama que regenteaba a jóvenes lesbias en el que dicen es el oficio más viejo del mundo. Esa moral no podía reunir en una sola persona la autoría de versos resplandecientes y una práctica sexual considerada aberrante. En el XIX incluso no faltaron quienes se ocupaban de «reivindicar» la pureza moral de Safo como una maestra que enseñaba música, canto, danza y poesía a sus alumnas. Varios filósofos alemanes se empeñaron en producir una Safo inmaculada para no lastimar el ideal helénico que debía modelar la cultura de su nación. El XX la ha vuelto un icono del feminismo moderno.
Abundan ahora las interpretaciones variopintas. Margaret Williamson sugiere que el discurso del deseo es en Safo distinto que en un poeta como Anacreonte —aunque la diferencia, si existe, quizá no se deba al género sino a la subjetividad de cada quien—, y Marylin Skinner propone que tal discurso es «notablemente no fálico». Ambas se abstienen de tomar en cuenta la línea en que la poeta griega aparentemente se refiere al uso de un consolador. Claude Calame especula que el círculo femenino de Safo «consagraba los lazos homoeróticos entre amante y amada mediante una iniciación sexual adecuada para adolescentes, a fin de enseñar a las muchachas los valores de la heterosexualidad adulta. El carácter transitorio e inestable de estos vínculos puede provocar en una persona con inclinaciones homosexuales estados de ansiedad y depresión como los que pueden probablemente rastrearse en casi todos los poemas de Safo». Como las sociológicas, ese tipo de explicaciones no explica nada. Por ejemplo, la belleza de estos versos: «… yo te buscaba y llegaste / y has refrescado mi alma que ardía de ausencia». Y quién sabe cuántas ausencias en esa ausencia caben.
Es imposible reconstruir a fondo la cultura de la Lesbos arcaica donde Safo nació. De su obra nos han llegado únicamente fragmentos —unos 200 versos— y sólo dos poemas completos conservados en derruidos pergaminos y citas de eruditos de la Alta Edad Media, y no se conoce cómo se difundía entre sus coetáneos. Williamson aventura, con verosimilitud, que Safo cantaría sus versos en bodas y rituales religiosos y quizás en reuniones privadas del medio aristocrático al que pertenecía. Componía en el dialecto eólico de Lesbos y no en lenguaje culto, pero el gran poeta latino Catulo la llamó «docta». Habló de amores, celos y odios entre mujeres, y no desde la mujer confinada en la domesticidad. Así contravino los códigos de la época, pero, nuevamente, eso no aclara el porqué del esplendor de esta estrofa: «… fresca suena el agua entre las ramas jóvenes / y las rosas dan sombra al lugar / y un sueño profundo de sus pétalos / que tiemblan, baja».
Desde Safo se han escrito millones de poemas de amor, pero no muchos alcanzan la pasión, la intensidad y la frescura de este apenas fragmento: «Me parece igual a los dioses ese / hombre que ahora, sentado frente a ti, / tu dulce voz a tu lado escucha / mientras le hablas / y tu amable risa; eso, te juro, / me hizo saltar el alma dentro del pecho: / te miro y mis palabras / ya no salen, / tengo la lengua rota y, suave, / un fuego me recorre la piel, / por mis ojos nada veo y oigo / nada más que un zumbido, / destilo un sudor frío y un temblor / me apresa entera, estoy / amarilla como paja y siento cercana / mi muerte. O de este otro: Amor me ha agitado los sentidos / como el viento que se arroja a los pinos del bosque. O: Las Pléyades ya se hundieron / y la luna. La noche / pasa, la hora pasa / y voy a acostarme sola». O de este verso, el único que se conserva de uno de sus poemas: «Pero pienso que alguien aún me recordará».
Tuvo razón.
16 de enero de 2000

Juan Gelman
Miradas
De poetas, escritores y artistas

Originalmente aparecidas en las páginas de un diario porteño, las 77 crónicas que Juan Gelman recoge en este libro se distinguen por la mirada inconforme y puntual, irreverente y erudita que las alimenta esa misma que ha hecho de su autor uno de los poetas más singulares y universales de la lengua. A distancia de los estereotipos que suelen gobernar nuestros acercamientos al arte y la cultura, Gelman explora en estas páginas las soterradas contingencias que están en el origen de ciertas obras y que, por caminos a menudo misteriosos, han orientado su recepción entre el público y, en ocasiones, el destino de su creador.

Los techos del Potala resplandecen al sol

Los techos del Potala resplandecen al sol
El 15 de enero de 1946 emprendemos la última etapa. Saliendo de la región de Tölung, penetramos en el amplio valle del Kyitchu; y, de pronto, desde una revuelta del camino, divisamos a lo lejos los dorados techos del Potala, el palacio de invierno del Dalai Lama, el monumento más característico de Lhasa. Mi alegría es tan grande, que siento deseos de ponerme de hinojos como un peregrino más.
Desde nuestra salida de Kyirong llevamos recorrida una distancia de mil kilómetros; hemos andado durante setenta días, con sólo cinco días intercalados de descanso, habiendo cubierto una media diaria de quince kilómetros. La travesía de las mesetas del Changtang nos ha llevado por si sola mes y medio, pero la vista de los techos del Potala, que relumbran al sol, nos hace olvidar las fatigas pasadas y las enormes ampollas que tenemos en los pies. Antes de salvar los últimos kilómetros, nos detenemos al pie de un túmulo alzado por los peregrinos, para que el hombre que nos acompaña haga las oraciones de ritual. Llegados a las puertas de Chingdonka, último pueblo antes de Lhasa, nuestro acompañante se niega rotundamente a ir más lejos y abandona nuestros equipajes al borde del camino. Empleando una vieja estratagema, declaramos al bönpo local que somos la vanguardia de la escolta de un poderoso personaje extranjero cuya llegada es inminente y que, encargados de preparar en Lhasa el alojamiento de la caravana, le rogamos encarecidamente nos proporcione un asno y un conductor. El bönpo queda convencido y nos concede lo que solicitamos. Más tarde, en Lhasa, cuando contábamos este episodio durante las recepciones particulares o incluso oficiales y en presencia de los propios ministros, desencadenaban siempre la hilaridad general. Por más que los tibetanos se enorgullezcan del aislamiento de su país, saben tomarse las cosas humorísticamente, y el modo como hemos logrado burlar la vigilancia de las autoridades los llena de regocijo. ¡Lo cual demuestra que en el Tíbet, como en el resto del mundo, la ley no existe más que para ser burlada!
En las proximidades de Lhasa, continuamente nos cruzamos con caravanas que entran en la ciudad o salen de ella. Por todas partes, y en especial en los lugares estratégicos, los vendedores se han instalado con sus cestos de golosinas y panecillos de manteca, los cuales excitan nuestro apetito. Más que nunca, lamento hallarme desprovisto de dinero tibetano, y además la última rupia que poseemos está destinada a pagar al hombre que nos acompaña con su asno.
Cuanto más nos aproximamos a la capital, tanto más nos va pareciendo conforme con las descripciones que de ella se han hecho.
Frente al palacio del Dalai Lama se alza el Chagpori, la colina en cuya cima se hallan los edificios de una de las dos escuelas de medicina. Por más que el Potala y el Chagpori atraigan nuestra atención, lo que verdaderamente nos fascina es la mole del monasterio de Drebung, a siete kilómetros de la capital. Éste monasterio lamaísta, habitado por diez mil monjes, constituye una verdadera ciudad; edificado en piedra, está dominado por centenares de pequeños campaniles y agujas doradas que coronan santuarios y oratorios.
Pasamos a dos kilómetros de esa ciudad santa y durante una hora no apartamos de allí nuestros ojos, subyugados por su aspecto majestuoso y por lo imponente de su situación.
Un poco más abajo, e igualmente edificado en terrazas, se levanta el convento de Nechung, otro lugar santo del Tíbet. En el vive la reencarnación de una divinidad budista que con sus predicciones orienta el curso de la política local; el gobierno viene a consultar con frecuencia a este oráculo. Algo más lejos se extienden unas praderas bordeadas de sauces, pastos reservados a los caballos del soberano.
Una enorme muralla de piedra tallada oculta el patio de verano del Dalai Lama; durante toda una hora caminamos junto a ella.
Poco después, y fuera del recinto de la ciudad, vemos aparecer los edificios de la misión comercial inglesa, ocultos detrás de un bosquecillo de abedules. El hombre que conduce nuestro equipaje se figura que nuestra intención es dirigirnos allí, y tenemos que hacer un gran despliegue de elocuencia para sacarlo de su error. Confieso que en algunos instantes de desaliento hemos pensado en acudir a los ingleses; el deseo de sumergirnos de nuevo en un ambiente civilizado y de volver a entrar en contacto con europeos nos incita a veces a ello.
Pero, después de alguna reflexión, preferimos siempre dejar nuestra suerte en manos de los verdaderos amos del país y confiar en la hospitalidad tibetana.
Ahora que nos aproximamos a la ciudad, menos se fijan en nosotros y apenas si, de vez en cuando, algún jinete se vuelve en la silla para mirarnos. ¡Que diferencia entre los caballos del oeste del Tíbet y los que vemos ahora! Aquellos eran desmedrados; estos parecen bien alimentados y en magnífica forma y sus jinetes se distinguen por su elegante aspecto y la riqueza de su atuendo. Incluso cuando se dan cuenta de que somos europeos, esto no parece sorprenderlos gran cosa. No obstante, según nos dijeron más tarde, se habrían quedado de una pieza al saber que carecemos del indispensable salvoconducto, pues el hecho de que hubiéramos llegado hasta las mismas puertas de Lhasa implicaba que estábamos en posesión del permiso.
Si el Potala se destaca aislado sobre una eminencia, la ciudad, en cambio, queda oculta a la vista. Una puerta monumental flanqueada por dos chörten se asienta sobre la vaguada que pasa entre las dos colinas, dando acceso a la ciudad santa. De pronto nos invade un nuevo temor: ¿no es cierto que en los libros que hemos leído se habla de la presencia de guardianes armados? Pero por más que abrimos los ojos, los únicos guardianes que vemos son los mendigos que piden limosna. Mezclados a los demás viajeros, atravesamos el umbral; el hombre que nos acompaña señala un grupo de casas a la izquierda del camino que seguimos y nos explica que se trata de los primeros arrabales. Luego vienen más praderas. Ni Aufschnaiter ni yo despegamos los labios: el pensamiento de que estamos pisando el suelo de la ciudad prohibida nos impresiona.

Heinrich Harrer
Siete años en el Tíbet

No, no se trata de una de esas novelas que se perpetran después de los grandes taquillazos de Hollywood. Siete años en el Tíbet es unos cuarenta años anterior a la película homónima de Brad Pitt y recoge las peripecias del autor en torno a la cordillera del Himalaya entre 1939 y 1951. Los cuatro años que sobran (respecto al título) los pasó Harrer en un campo de prisioneros de la India, bajo custodia de soldados británicos. Al fin y al cabo, en septiembre de 1939 una expedición alemana, por muy científica que fuera, no era bien recibida en los territorios de la Commonwealth. Tras un fallido intento de huida, el autor, junto a su compañero Aufschnaiter, logró atravesar a pie las estribaciones meridionales del Himalaya, llegando a territorio tibetano.
La primera reacción de las autoridades tibetanas, celosas de su secular aislamiento, es la de denegar el asilo a los viajeros alemanes. Sin embargo, Harrer y Aufschnaiter se las arreglan para retrasar su partida durante meses, mientras tratan de abrirse paso en la intrincada burocracia del Tíbet. Finalmente, tras un penoso viaje a pie en el que soportan robos, tempestades y temperaturas de treinta grados bajo cero, los viajeros llegan a Lhasa, donde les es permitido quedarse. Allí se ganan una buena posición entre la nobleza local, gracias a su condición de ingenieros.
Al tiempo que introducen algunos de los adelantos técnicos occidentales en la hermética sociedad tibetana, son testigos de la vida cotidiana y los grandes fastos de un Estado puramente feudal, que no habría de durar mucho más. A este valor etnográfico del libro se suma la curiosa descripción de los contactos de Harrer con el Dalai Lama, entonces apenas un adolescente. A todo esto pone fin la invasión china, a finales de 1950.

Me encontraba ahora al fin de mis viajes, y en poco tiempo había logrado reunir mi nueva fortuna, ya que las letras de cambio que traje conmigo me fueron pagadas inmediatamente.

Mi viaje por Francia no ofreció nada de extraordinario, sino esas incidencias que otros viajeros han narrado mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Fui de Tolosa a París, y luego de breve plazo me trasladé a Calais, donde felizmente hice la travesía hasta Dover, llegando a destino el 14 de enero, después de haber sufrido los rigores de una muy fría estación.
Me encontraba ahora al fin de mis viajes, y en poco tiempo había logrado reunir mi nueva fortuna, ya que las letras de cambio que traje conmigo me fueron pagadas inmediatamente.
Mi principal y mejor consejero era la anciana viuda que, llena de agradecimiento por el dinero que le había enviado, no reparaba en fatigas ni preocupaciones por serme útil. Tanta confianza depositaba yo en ella, que me sentía absolutamente tranquilo por la seguridad de mis bienes, ya que la intachable integridad de aquella excelente mujer se conservó invariable desde el principio hasta el fin.
Pensé, pues, en dejar mi fortuna al cuidado de la anciana y volverme a Lisboa, de donde podría embarcarme rumbo al Brasil. Un escrúpulo religioso se presentó sin embargo en mis pensamientos; había dudado alguna vez sobre la religión romana mientras estuve fuera de mi patria, y especialmente en la soledad de la isla, pero sabía bien que no existía posibilidad de llegar al Brasil y mucho menos de establecerme en él si no me resolvía antes a abrazar sin reserva alguna la religión católica, salvo que, dispuesto a sobrellevarlo todo por mis principios, me convirtiera en un mártir religioso y muriera en la Inquisición. Me resolví por lo tanto a quedarme en mi tierra y, de serme posible llevarlo a cabo ventajosamente, vender mi propiedad.
A tal fin escribí a mi viejo amigo de Lisboa, que me contestó diciéndome que le sería fácil realizar la venta, pero que le parecía conveniente pedir mi venia para ofrecer la plantación en mi nombre a los dos comerciantes, herederos de mis antiguos apoderados, que vivían en el Brasil y eran naturalmente buenos conocedores del valor de esas tierras; por otra parte, aquellos dos hombres eran riquísimos, de manera que él confiaba que les placería adquirir la propiedad, por la cual pensaba que podría yo obtener unas cuatro mil o cinco mil piezas de a ocho.
Le contesté concediéndole la autorización para hacer la oferta, y unos ocho meses más tarde, cuando volvió el navío, recibí una carta informándome que la venta había sido aceptada y que los comerciantes remitían treinta y tres mil piezas de a ocho a un corresponsal de Lisboa para que me pagara el valor de la plantación.
Firmé entonces el documento de venta que me enviaba de Lisboa, y lo envié al capitán, que me devolvió letras de cambio por treinta y dos mil ochocientas piezas de a ocho reservando una renta de cien moidores anuales para él mientras viviera, y de cincuenta para su hijo, tal como yo se lo prometiera y que le serían entregadas del producto de la plantación según se estipuló.
Y así he narrado la primera parte de una vida aventurera, una vida señalada por la Providencia y de una diversidad tan extraordinaria como pocas podría mostrar el mundo; principiando alocadamente para terminar con una felicidad a la que ninguno de los acontecimientos anteriores me daba derecho a esperar.
Cualquiera pensaría que encontrándome de tal modo favorecido por la fortuna estaba muy lejos de correr nuevos azares, y en realidad así hubiera sido a no mediar ciertas circunstancias. En primer término estaba yo habituado a una existencia errante, no tenía familia ni muchas relaciones, y aunque rico no me sentía mayormente vinculado. Cierto que había vendido mi plantación del Brasil, pero no me era posible olvidar ese país y a cada instante sentía el deseo de lanzarme otra vez a viajar. Especialmente me costaba resistir a la tentación de ver de nuevo mi isla y saber si los pobres españoles habían logrado llegar a ella y cómo los trataban los tres pícaros que dejé en tierra.
Mi excelente amiga la viuda me disuadió con todas sus fuerzas de la empresa, y tanto calor puso en sus argumentos que logró impedir durante siete años que me embarcara, tiempo en el cual tomé a mi cargo a mis dos sobrinos, hijos de mi difunto hermano. Al mayor, que poseía algunos bienes, lo eduqué como a un caballero y agregué una buena cantidad a sus rentas para que recibiera esa fortuna después de mi muerte. Al segundo lo puse al cuidado de un capitán de navío y cuando cinco años más tarde vi que era un sensato, valiente y emprendedor muchacho, le confié un barco y lo envié al mar. Este mismo muchacho fue el que más tarde me envolvió, viejo como yo estaba, en nuevas aventuras.
Entretanto me radiqué allí, principiando por contraer matrimonio muy ventajosamente; de esa unión nacieron tres hijos, dos varones y una niña, pero mi esposa falleció más tarde, y cuando mi sobrino llegó a casa después de un afortunado viaje a España, mi inclinación aventurera sumada a sus requerimientos pudieron más que la prudencia y me llevaron a emprender viaje a bordo de su barco, en carácter de comerciante particular con destino a las Indias Orientales. Esto sucedía en el año 1694.

Daniel Defoe
Robinson Crusoe
Penguin Clásicos

Robinson Crusoe naufraga y acaba en una isla desierta. Allí tendrá que hacer uso de su inteligencia y perspicacia para defenderse de los peligros que esconde el lugar, deshabitado solo en apariencia. Publicada en 1719, está considerado uno de los clásicos más leídos de todos los tiempos, y en rigor, se trata de la primera de las grandes novelas inglesas, un texto fundacional. Además de un libro de aventuras, lleno de inolvidables personajes, Robinson Crusoe es una de las primeras reflexiones narrativas sobre la soledad, la sociedad y las relaciones humanas.
La presente edición, traducción de Julio Cortázar, incorpora una detallada cronología, además de una introducción a cargo de John Richetti, catedrático emérito A. M. Rosenthal de lengua inglesa en la Universidad de Pensilvania y uno de los más reconocidos especialistas en la literatura del siglo XVIII. Entre sus numerosos estudios cabe destacar The Life of Daniel Defoe (2005).

Le leyenda de la Verónica

VERÓNICA
Todos los aficionados a los toros conocen este lance, consistente en esperar el lidiador la acometida del toro presentándole la capa extendida o abierta con ambas manos. Por otra parte, en el santoral aparecen tres santas con este nombre, cuya fiesta se celebra el 13 de enero, el 9 de julio y el 29 de agosto. ¿Existe alguna relación entre el lance torero y las santas en cuestión? Pues no, ninguna. Sí, en cambio, la hay con una antigua leyenda sobre la Pasión del Señor o, mejor dicho, sobre la muerte de Pilato. Puede leerse en la edición de Los Evangelios apócrifos (BAC, 148; pp. 527 y ss.). Dice la leyenda, que probablemente es de origen medieval, que el emperador Tiberio envió un mensajero llamado Volusiano a Pilato, para que buscase un médico capaz de curar las enfermedades con su sola palabra, ya que se había enterado de la existencia de Jesús. Pero cuando llegó el recado a Pilato, Jesús ya había sido crucificado.
«Respondió, pues, Pilato al citado mensajero de esta manera:
»—Aquel hombre era malhechor y llevaba en pos de sí todo el pueblo. Por lo cual, después de celebrarse un consejo entre los sabios de la ciudad, mandé que fuera crucificado.
»Cuando el mensajero en cuestión volvía a su casa, se encontró con cierta mujer llamada Verónica, que había tratado a Jesús, y le dijo:
»—¡Oh, mujer!, ¿por qué dieron muerte los judíos a cierto médico residente en esta ciudad, que con sólo su palabra curaba a los enfermos?
»Mas ella empezó a llorar, diciendo:
»—¡Ay de mí! Señor, Dios y Señor mío, a quien Pilato por envidia entregó, condenó y mandó crucificar.
»Entonces él, embargado de un profundo dolor, dijo:
»—Lo siento enormemente, porque no voy a poder cumplir el cometido que me había dado mi señor.
»Díjole la Verónica:
»—Cuando mi Señor iba a predicar, yo llevaba muy a mal el verme privada de su presencia; entonces quise que le hicieran un retrato para que, mientras no pudiera gozar de su compañía, me consolara al menos la figura de su imagen. Y yendo yo a llevar el lienzo al pintor para que me lo diseñase, mi Señor salió a mi encuentro y me preguntó a dónde iba. Cuando le manifesté mi propósito, me pidió el lienzo y me lo devolvió señalado con la imagen de su rostro venerable. Si, pues, tu señor mira devotamente su aspecto, se verá inmediatamente agraciado con el beneficio de la curación.»Él le dijo entonces:
»—¿Un tal retrato puede adquirirse con oro o plata?».
Ella respondió:
»—No, sino con un piadoso afecto de devoción. Marcharé, pues, contigo y llevaré la imagen para que la vea el César; después me volveré.
»Vino, pues, Volusiano a Roma en compañía de Verónica y dijo al emperador Tiberio:
»—Aquel Jesús, a quien tú desde largo tiempo vienes deseando, fue entregado por Pilato y los judíos a una muerte injusta y por envidia fue clavado en el patíbulo de la cruz. Ha venido, pues, en mi compañía cierta matrona que trae consigo un retrato del mismo Jesús; si tú lo miras con devoción, obtendrás al momento el beneficio de tu curación.
»Hizo, pues, el César que el camino fuera alfombrado con paños de seda y mandó que le presentaran la imagen. Y, nada más mirarla, recobró su antigua salud».
No queda claro en esta relación qué hizo Jesús con el lienzo. ¿Lo miró solamente? ¿Se cubrió la cara con él? En una variante de esta leyenda se dijo que la Verónica enjuagó la cara de Jesús cuando era conducido al Calvario y que, en agradecimiento al acto caritativo, el Señor dejó su faz impresa en el lienzo. De aquí viene el origen del lance del toro. Algo irreverente, sin duda, pero muy corriente en un pueblo empapado de religiosidad: el toro pasa la cara por la capa como si quisiera dejar su imagen impresa en ella. Y otro detalle. Según algunos, Verónica se llamaba Berenice (Evangelio apócrifo de Nicodemo), y el nombre procedería de las palabras Vera Ikona o verdadera imagen, es decir, reproducción verdadera de la cara de Jesús.

Carlos Fisas
Historias de la Historia
Tercera serie

—Isabel II en anécdotas. —La vida de Catalina la Grande. —Algunas historias de nombres propios y, a la vez, comunes: amperio, baremo, boicot, cardan, colt, daltonismo, dédalo, diesel, eco, epicúreo, fauna, flora, galvanizar, hermafrodita, linchar, macadam, magdalena, maltusianismo, masoquismo, máuser, nicotina, pánico, pantalón, pasteurizar, pullman, quinqui, rolls, sadismo, sandwich, lesbianismo, saxofón, silueta… y otros muchos. —La invención de la silla eléctrica. —Cuando Madrid fue capital de Armenia. —La condesa sangrienta. —La higiene. —Teodora de Bizancio, prostituta y emperatriz. —Historia de una cortesana: la Paiva. —Algo sobre los médicos. —Historia del café. — Miguel Servet, médico, teólogo, hereje y mártir. —Los orates. —Ser cornudo no es ningún mérito. —¿Se puede vivir sin amor?
Estos y otros temas, junto con multitud de anécdotas, son tratados en esta tercera serie de Historias de la Historia.

O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars

Lejana
Diario de Alina Reyes
12 de enero
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep… Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromazo. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoníaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y… Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y…
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.

Julio Cortázar
Pasajes
Los relatos - 3

La atmósfera inquietante que impregna los cuentos de JULIO CORTAZAR (1914-1984) y que hace de muchos de ellos lecturas inolvidables proviene no sólo de la conjunción del talento con una maestría poco corriente en el género, sino también de su decidida apertura a la irrupción de lo insólito en una realidad bajo la cual se siente latir algo más. Esta recopilación de LOS RELATOS de Cortázar en tres volúmenes, ordenada por el propio escritor poco antes de su fallecimiento, sigue criterios de afinidad independientes del orden temporal de su aparición. Los títulos de los volúmenes: RITOS, JUEGOS y PASAJES apuntan oblicua y a veces irónicamente hacia las líneas de fuerza que organizan esos textos en una nueva estructura significativa.

Si encontrábamos un portal abierto nos introducíamos en el tenebroso zaguán alumbrándonos con una cerilla y remontábamos las escaleras hasta la azotea, desde donde contemplábamos Barcelona a nuestros pies.

II. REPRODUCCIÓN DE LAS NOTAS TAQUIGRÁFICAS TOMADAS EN EL CURSO DE LA SEGUNDA DECLARACIÓN PRESTADA POR JAVIER MIRANDA LUGARTE EL 11 DE ENERO DE 1927 ANTE EL JUEZ F. W. DAVIDSON DEL TRIBUNAL DEL ESTADO DE NUEVA YORK POR MEDIACIÓN DEL INTÉRPRETE JURADO GUZMÁN HERNÁNDEZ DE FENWICK
(Folios 70 y siguientes del expediente)
(JUEZ DAVIDSON)» Explique usted de modo conciso y ordenado cómo conoció a Domingo Pajarito de Soto.
(MIRANDA)» Estaba yo un día en el despacho de Cortabanyes cuando llegó Lepprince…
(J. D.)» ¿Cuándo fue eso?
(M.)» No recuerdo la fecha exacta. Debió ser a mediados de octubre del 17.
(J. D.)» ¿Era la primera vez que Lepprince iba al despacho?
(M.)» No. La segunda, que yo sepa.
(J. D.)» ¿Cuándo fue la primera?
(M.)» Un mes antes, poco más o menos.
(J. D.)» Infórmenos sobre esa primera visita.
(M.)» Ya lo hice durante la sesión de ayer. En su primera visita Lepprince requirió mis servicios y le acompañé a un cabaret.
(J. D.)» Está bien. Prosiga con la segunda visita.
(M.)» Lepprince traía una cartera de mano. Se metió en el gabinete de Cortabanyes y conferenciaron. Luego fui convocado al gabinete.
(J. D.)» ¿Quién estaba presente aparte de usted?
(M.)» Lepprince y Cortabanyes.
(J. D.)» Continúe.
(M.)» Lepprince había desplegado sobre la mesa el contenido de la cartera.
(J. D.)» Descríbalo.
(M.)» Eran tres ejemplares de La Voz de la Justicia, periódico para mí desconocido, pues se trataba de un panfleto de corto tiraje y aparición irregular. Uno de los ejemplares estaba abierto por una de sus páginas centrales. Un artículo aparecía enmarcado en lápiz rojo y la firma rodeada de un círculo también rojo.
(J. D.)» ¿De quién era esa firma?
(M.)» De Domingo Pajarito de Soto.
(J. D.)» ¿Se trataba de los artículos que, figuran como documentos de prueba 1a, 1b y 1c de este expediente?
(M.)» Sí.
(J. D.)» Prosiga.
(M.)» Cortabanyes me ordenó localizar al autor de los artículos.
(J. D.)» ¿Para qué?
(M.)» Lo ignoraba en ese momento.
(J. D.)» ¿Aceptó usted la orden?
(M.)» Al principio, no.
(J. D.)» ¿Por qué no?
(M.)» Había oído rumores sobre los atentados contra los obreros y temía complicarme…
(J. D.)» ¿Dio usted estas mismas razones a Lepprince?
(M.)» Sí.
(J. D.)» ¿Con estas mismas palabras?
(M.)» No.
(J. D.)» ¿Cuáles fueron sus palabras exactas?
(M.)» No recuerdo.
(J. D.)» Haga un esfuerzo.
(M.)» Le pregunté…, le pregunté si era un trabajo semejante al que habíamos realizado la vez anterior.
(J. D.)» ¿Entendió Lepprince lo que usted quería decir?
(M.)» Sí.
(J. D.)» ¿Cómo lo sabe?
(M.)» Se puso a reír y me dijo que no tuviera miedo alguno, que podía estar presente en todas las fases de la operación que proyectaba e interponerme en cualquier momento y ante cualquier eventualidad; siempre que algo me pareciera oscuro.
(J. D.)» ¿Y así lo hizo?
(M.)» Sí.
(J. D.)» ¿Localizó a Pajarito de Soto con facilidad?
(M.)» Lo localicé, pero no con facilidad.
(J. D.)» Cuente cómo lo hizo.
¿Para qué? Fueron largas jornadas de caminatas fatigosas, renuentes conversaciones, infructuosos sobornos, agotadoras esperas, seguimientos errabundos y estériles hasta que di con la pista verdadera. Yo buscaba el éxito a cualquier precio, no tanto por quedar bien ante Cortabanyes como por complacer a Lepprince, cuyo interés en mí me abría las puertas a expectativas imprevistas, a las más disparatadas esperanzas. Veía en él una posible vía de salida al marasmo del despacho de Cortabanyes, a las largas tardes monótonas e improductivas y al porvenir mezquino e incierto. Serramadriles era mi conciencia, la voz de alerta si mi ánimo decaía o me dejaba dominar por la abulia o el desaliento. Decía que Lepprince era «nuestra lotería», el cliente a quien hay que mimar y complacer, con quien hay que ser obsequioso y útil hasta la oficiosidad, eficaz en apariencia y leal por interés, a toda costa. Me pintaba un futuro sórdido y odioso a las órdenes de un Cortabanyes cada vez más viejo, más irritable y más dejado de la mano de la fortuna. Me pintaba, en cambio, un panorama esplendoroso de la mano de Lepprince, en las altas esferas de las finanzas y el comercio barceloneses, en el gran mundo, con sus automóviles, sus fiestas, sus viajes, su vestuario y sus mujeres, como hadas, y un caudal de dinero en monedas deslumbrantes, tintineantes, que manaban de los poros de esa bestia rampante que era la oligarquía catalana. Por esos vericuetos, hastiado de horas perdidas sin provecho y sostenido por el anhelo, di con Pajarito de Soto una noche, a mediados o a finales de octubre, en una casa señorial y ruinosa de la calle de la Unión, donde tenía un aposento realquilado. Había llamado a muchas puertas y recibido muchos chascos, por lo que mi voz era ya cansina cuando pregunté si allí vivía el periodista. Me había respondido una mujer joven, de sonrisa hermosa. Aún no sabía que se llamaba Teresa ni que, andando el tiempo, sería el primer gran amor de mi vida. Vuelve la imagen de aquel instante a mi mente como restos de un naufragio que las olas arrojaran a la playa. Era un aposento rectangular, muy grande y poblado por un laberinto de muebles heterogéneos que hacían de la estancia una especie de vivienda sin tabiques. Los muebles se agrupaban en torno a centros surgidos de la necesidad (la reiterada teoría de la necesidad): en un rincón había una cama de matrimonio deshecha, dos mesillas de noche, una lámpara de pie y una cunita donde dormía un niño; en el rincón opuesto había una mesa circundada de sillas de tamaños dispares; esparcidos, dos butacones de harapienta tapicería y muelles protuberantes, una biblioteca de plúteos combados, un armario entreabierto, una consola esquinera y coja y un aparador barrigón. El piso estaba sembrado de libros y periódicos amontonados que habían invadido en mayor o menor grado la superficie de varios de los muebles. Presidía la estancia una estufa ventruda de la que irradiaba un calor atenazador, «para que no se resfriara el niño». En uno de los butacones dormitaba Domingo Pajarito de Soto. Parecía de corta estatura, como era, cabezudo y cetrino, con el pelo negro y brillante como tinta china recién vertida, manos diminutas y brazos excesivamente cortos aun para su exigua persona, ojos abultados y boca rasgada y carnosa, nariz chata y cuello breve: una rana. Se sorprendió al verme y aún más cuando le dije que había leído sus artículos en La Voz de la Justicia y que gente importante, cuyos nombres no estaba autorizado a dar, se habían interesado en él. Al principio supuso que serían los directores de una publicación o los organizadores de algún partido político. Le vi tan ingenuo e ilusionado que acabé por desvelarle a medias el secreto. No entendió, le cegaban sus ambiciones románticas. Recuerdo aquella tarde fría de noviembre y a Pajarito de Soto tieso al borde de su silla, perdido al fondo de la mesa de juntas, en la sala-biblioteca. Lepprince se mostró cordial y respetuoso, alabó «su estilo incisivo» y su valor; rechazó la versión que de los hechos había pintado y le hizo una sorprendente proposición: elaborar un estudio completo de la empresa Savolta desde el punto de vista del trabajador: condiciones de trabajo, producción, salarios, crisis y huelga. Le ofreció libre acceso a todas las dependencias fabriles y administrativas, toda la información y ayuda necesaria; tanta, aseguró, «como recibía el propio Savolta». Le garantizó la impunidad y la libre publicidad de cuanto deseara escribir al respecto. Le pidió, a cambio, que no diese a conocer sus conclusiones al público hasta haber ofrecido a los directivos «la oportunidad de corregir las fallas». Le anunció, para el término de su estudio, la convocatoria de una reunión o asamblea mixta, de capital y trabajo, en la que se discutirían «contando con su presencia» los problemas planteados por el cambio de las circunstancias. Le prometió, a cambio de sus servicios, «la cantidad de cuarenta duros». En conjunto, era más de lo que Pajarito de Soto podía esperar y lo aceptó emocionado. Confieso que al principio yo sentí miedo por él. Pero Lepprince reiteró su promesa de no emplear coacción alguna sobre el periodista. Tuve fe en su palabra de caballero y no me opuse a la transacción. Ni creo que Pajarito de Soto hubiese aceptado, en aquellos momentos, advertencia de ningún tipo. Cuando nuestra amistad se hubo afianzado, en frecuentes charlas y paseos, le recordé lo inestable de su posición, entre dos fuegos. Lo hacía en parte por afecto y en parte asumiendo los temores que, a solas, me confiaba Teresa. No hizo caso: quería realizar una labor positiva y veraz; era simple de alma e intención, quería un futuro claro para su hijo, un horizonte nimbado de trabajo, prosperidad y plenitud. Juntos hicimos y deshicimos planes de amplio alcance, no solo individuales. Discutimos minucias hasta el amanecer, recorrimos cada uno de los rincones de la ciudad dormida, poblados de mágicas palpitaciones. Si encontrábamos un portal abierto nos introducíamos en el tenebroso zaguán alumbrándonos con una cerilla y remontábamos las escaleras hasta la azotea, desde donde contemplábamos Barcelona a nuestros pies. Domingo Pajarito de Soto se sentía, y su impresión no andaba desencaminada, el diablo cojuelo de nuestro siglo. Con su dedo extendido sobre las balaustradas de los terrados señalaba las zonas residenciales, los conglomerados proletarios, los barrios pacíficos y virtuosos de la clase media, comerciantes, tenderos y artesanos. Juntos vaciamos muchas botellas de vino, vivificador por las noches y vengativo al despertar; asistimos a reuniones políticas, defendimos a la par ideologías comunes, siempre distintas, más por amistad que por convicción. Nunca supe antes ni he sabido después lo que significaba un amigo. En cuanto a Teresa, ya dije que fue mi gran amor. Nos veíamos a diario, con cualquier pretexto que me sirviera para salir desbocado del despacho y no regresar en un par de horas. La primera vez que me llamó lo hizo como amiga y en ese tono se mantuvo la entrevista. Una vecina complaciente se había hecho cargo del pequeño. Me citó en una lechería próxima a su casa, un local largo y estrecho, dividido en dos mitades por una celosía de madera. La primera mitad tenía un mostrador de mármol desportillado donde una mujer gorda fajada en un delantal de hule amarillento despachaba leche, queso, mantequilla y otros productos. Tras la celosía se agrupaban cuatro mesitas pegadas a la pared, a lo largo de la cual había un banquillo adosado. Parejas jóvenes ocupaban las mesas: estudiantes, menestrales, mancebos y aprendices de corta edad acompañados de camareras, doncellas, dependientas, mecanógrafas, enfermeras y operarias. Hablaban en susurros, abrazados, o se besaban y manoseaban protegidos de la curiosidad recíproca por la débil luz que recibía el reservado y por la complicidad de una picardía comúnmente compartida. Teresa me recibió con discreta afabilidad, me pidió disculpas por el lugar y alegó haber prometido a su complaciente vecina no alejarse, lo que justificaba la elección de la lechería por ser el establecimiento más próximo a su casa. En la charla, que debió durar más de una hora, me reveló los temores en relación con el trabajo de su marido y la obstinación de Domingo en no atender a razones. Yo le dije que no veía tal peligro a menos que Pajarito de Soto cometiera una imprudencia grave. Se mostró aliviada por mis palabras y la conversación tomó un tono más general: hablamos de la vida dura en las ciudades, del ingrato esfuerzo por abrirse camino, de la responsabilidad de tener un hijo y del futuro sombrío de nuestra sociedad. Al término del diálogo me pidió que no insistiera en acompañarla y que abandonase la lechería primero, sin aguardarla fuera o seguirla. Manifesté que así lo haría y le tendí la mano, pero ella se aproximó a mi rostro y me dio en los labios un beso de los que solo en los sueños de los solitarios sin amor se dan y se reciben. Así comenzó una larga serie de salidas y paseos, al amparo de la vecina complaciente, de la negligencia disciplinaria de Cortabanyes y de las ausencias prolongadas de Pajarito de Soto, ahogado en su trabajo, en su fábrica y en sus locas teorías. Teresa quería de corazón a su marido, pero la convivencia le resultaba ardua: él era un hombre bueno, pero inconstante, nervioso e irresponsable, ciego para todo lo que no fuesen sus ideales reformistas, absorto en la meditación y elaboración de proclamas, denuncias y reivindicaciones; oscilaba entre violentos estados de avasalladora energía creativa y súbitas depresiones que le sumían en el malhumor y el silencio. Teresa sufría callada el desamparo y, en cierta medida, el miedo a las bruscas y despóticas reacciones de su marido, insegura y desprotegida. Yo, por mi parte, también sufría. Mis experiencias anteriores en el terreno amoroso eran nulas: alguna furtiva incursión nocturna y largas horas de imaginación febril. En cierta ocasión, intentando comprender la incapacidad de su marido, le hablé de la dificultad de amar, del lenguaje imposible y los gestos indecisos y las palabras que quieren decir y no dicen y las miradas que quieren expresar y no expresan. En realidad, hablaba de mí, de mi desconcierto ante la vida y de mis tanteos desesperados en el centro de todas las encrucijadas del mundo. Y así, dividido y torturado, transcurrieron semanas inolvidables: de día callejeaba con Teresa, o íbamos a bailar o a la lechería que vio el inicio de nuestra plática, y por las noches discutía y me emborrachaba con Pajarito de Soto en la taberna de Pepín Matacríos. Debo aclarar que mis relaciones con Teresa durante aquellas semanas no fueron adúlteras en la forma ni el fondo. Si hubo amor consciente, jamás afloró. Éramos almas unidas por la mutua necesidad de compañía y, si fingíamos los besos y ademanes del amante, lo hacíamos para crear un mundo ficticio de cariño que materializase nuestros sueños, como el niño que cabalga a horcajadas en el brazo de una butaca en busca de aventuras tocado con un gorro de papel y enarbolando el mango de una escoba. Las pocas veces que nos reunimos los tres, Pajarito de Soto, Teresa y yo, no nos afligía la culpabilidad. Yo me ruborizaba por el súbito temor a descubrir nuestro secreto y me mostraba hosco y distante con Teresa, cosa que a Pajarito de Soto le producía una paradójica preocupación. Lamentaba que su mujer y yo no hiciésemos buenas migas y varias veces me hizo jurar que si a él le sucedía cualquier cosa yo tomaría bajo mi protección a Teresa y al niño. Ella se reía y se burlaba de nosotros, con una temeridad no exenta de malicia. Pero nuestras conciencias estaban tranquilas. Hasta que se produjo el desenlace con la contundencia de un cataclismo y la precisa combinación de una jugada de ajedrez. Sucedió pocos días antes de Navidad. Yo estaba trabajando y luchando contra el sopor que me había dejado la noche anterior cuando llegó la llamada. Serramadriles me tendió el teléfono, que tomé con una agitación cargada de presentimientos. Era Teresa. Quería que fuera urgentemente a su casa. No me dio razón, solo un ruego desesperado. Acudí a la carrera. Ya por entonces conocía las farolas, los edificios y el pavimento de la calle de la Unión como mi propia casa. Llamé a la puerta y su voz me hizo pasar. El aposento estaba en penumbra, solo alumbrado por los débiles reflejos del carbón que ardía en la estufa. Antes de que mis ojos se acostumbrasen a la tenue luz, Teresa se arrojó en mis brazos y me cubrió de besos y caricias, murmurando palabras ardientes y enloquecidas, arrancándome la ropa, abriendo las suyas, hasta que nuestros pechos se juntaron trémulos y espantados. Sin decir una palabra nos desplazamos hasta la cama. En la cunita dormía el niño. Penetramos un instante en la tiniebla, torturando y padeciendo al mismo tiempo, identificando víctima y verdugo, como el torbellino ígneo que debió ser el universo en su principio, hasta que una mano gigantesca e invisible nos separó con la fuerza con que se agrietará el suelo al fin del mundo, y quedamos tendidos sobre la colcha, enlazadas todavía las piernas, nadando hacia la orilla de la conciencia, en busca del aliento perdido y del hilo de la razón. Vagamente oí una voz en la que reconocí a Teresa, una Teresa nueva, que me decía que me amaba, que la llevase conmigo, lejos de aquella casa, lejos de Barcelona, que por mí abandonaría a su marido y a su hijo, que sería mi esclava. Sentí un aguijón de dentro afuera. Por primera vez tuve miedo a ser descubierto, un miedo que me hizo dejar de sudar y me volvió la piel seca y rasposa. Ella me aseguró que Pajarito de Soto no volvería en varias horas. Era tarde y le pregunté la causa de la tardanza. Me dijo que la empresa para la que trabajaba, es decir, la empresa Savolta, o mejor, Lepprince, había convocado la famosa reunión o asamblea para las siete. Al oírlo comprendí el alcance de mi traición e imaginé a mi amigo doblemente abandonado. Me vestí, salí sin atender a los gritos y las súplicas de Teresa y llamé a un coche de punto. Era noche cerrada y un reloj señalaba las ocho y media. El coche me condujo a la estación. Allí tuve que aguardar veinte minutos a que arrancara el tren. Pronto este adquirió velocidad y a poco de dejar la estación se adentró en los suburbios, en dirección a la zona industrial de Hospitalet. Yo contemplaba el paisaje con desasosiego, acurrucado en el fondo del vagón semidesierto para cobijarme de las corrientes de aire que me atravesaban el cuerpo. El clima debía de ser riguroso en el exterior porque me veía obligado a desempañar con la mano la ventanilla por el vaho que se condensaba y que, unido al hollín, formaba una cortina pantanosa y mugrienta. Trataba sin éxito de poner orden a mis ideas. Los suburbios que atravesábamos, y que yo desconocía, me deprimieron hondamente. Junto a la vía, y hasta donde alcanzaba la vista, se apiñaban las barracas sin luz, en una tierra grisácea, polvorienta y carente de vegetación. Circulaban por entre las barracas hileras de inmigrantes, venidos a Barcelona de todos los puntos del país. No habían logrado entrar en la ciudad: trabajaban en el cinturón fabril y moraban en las landas, en las antesalas de la prosperidad que los atrajo. Embrutecidos y hambrientos esperaban y callaban, uncidos a la ciudad, como la hiedra al muro. Eso recuerdo del viaje y que, al llegar a mi destino, un andén gélido barrido por el viento, alquilé un simón desvencijado que me condujo a la fábrica Savolta. Que chapoteando en lodazales pestilentes, por avenidas oscuras, el triste carruaje de ultratumba inventaba su camino con paso inalterablemente lento. Que el aire enrarecido por emanaciones viciosas me corroía la garganta. No sé lo que llegué a pensar ni cuánto tiempo transcurrió. Solo sé que llegamos a un edificio enorme, parecido a un circo metálico, que se marchó el coche y que di un rodeo buscando la entrada. Vi el automóvil rojo de Lepprince junto a la puerta, me metí: era un pasadizo iluminado por quinqués. Me salió al encuentro un vigilante nocturno al que dije quién era y lo que buscaba. Me hizo atravesar una nave silenciosa en la que había diseminados unos cucuruchos de lona que supuse que ocultaban las máquinas. Al trasponer otra puertecilla noté bajo mis pies el grosor de una alfombra. El vigilante se despidió y desapareció. Yo avancé por el pasillo alfombrado hasta otra puerta más grande, de madera. Empujé la puerta y me cegó la claridad. Estaba en una sala iluminada, de cuyas paredes colgaban cuadros. En el centro había una mesa larga, mucho más larga que la mesa de juntas donde trabajábamos la Doloretas y yo, y en torno a la mesa se sentaban unas treinta personas, la mitad de las cuales parecían obreros y la otra mitad directivos. Entre los directivos reconocí a Lepprince, y entre los obreros, a Pajarito de Soto. La reunión concluía cuando llegué; los ánimos estaban excitados. Un hombre grueso, que ocupaba el asiento contiguo a la presidencia, golpeaba la mesa con la mano produciendo un sonido seco, como si la mano fuese de hierro. Así supe de quién se trataba. El que presidía debía ser Savolta. Todos chillaban y se interrumpían y sobre todas las voces destacaba la de Pajarito de Soto, insultando, acusando, profiriendo amenazas contra los directivos y contra la sociedad. Comprendí lo que ya sabía, lo que había comprendido cuando Teresa me dijo dónde estaba su marido: que todo había sido un fraude, que Lepprince había estado jugando con Pajarito de Soto por motivos ignorados y que este, en el último momento, se había dado cuenta de la superchería y había reaccionado con uno de sus violentos arranques que tanto asustaban a Teresa. Y comprendí que de haber estado yo allí desde el principio aquello no habría sucedido y que mi traición había sido completa e irreversible. No entendí nada de lo que discutieron. Creo más bien que había quedado atrás la fase de la discusión cuando yo llegué. Reinaba el desconcierto hasta que un obrero rogó a Pajarito de Soto que se callase y que no hiciese aún más comprometida su situación, que «bastante lata les había dado ya», y que les dejase arreglar por sí solos sus problemas. Patronos y obreros abuchearon a Pajarito de Soto, que abandonó la sala. Solo Lepprince mantenía la calma y la sonrisa. Seguí a mi amigo por corredores y naves sin alcanzarle. Le llamé a voces. Fue inútil y solo conseguí extraviarme. Me senté junto a un cucurucho de lona y rompí a llorar. La mano de Lepprince en mi hombro me volvió a la realidad. Era tarde, había que irse, la asamblea había sido pospuesta. Me llevó a casa en su coche. Al día siguiente no fui a trabajar; el otro era domingo y permanecí encerrado, sin salir a comer siquiera. El lunes decidí enfrentarme de nuevo a los hechos. Pajarito de Soto había muerto el sábado, cuando se reintegraba, de madrugada y medio borracho, a su hogar. Se hablaba de accidente, de atropello, de dos hombres enfundados en gabanes vistos a medianoche por alguien que lo comentó de pasada con el sereno, de una misteriosa carta que Pajarito de Soto fue a echar al correo, de que la mujer y el niño habían huido precipitadamente sin dejar dirección ni mensaje. La policía me interrogó. Les dije que no sabía nada, que no sospechaba lo que hubiese podido suceder. Me di cuenta, en medio de mi confusión, de que sería inútil lanzar sugerencias cimentadas en el aire. Tampoco estaba seguro de que Lepprince fuese responsable de aquella muerte. Antes de hablar tenía que hacer averiguaciones por mi cuenta. Por supuesto, no di un paso por encontrar a Teresa. Nada más lógico que su deseo de perderme de vista para siempre. Por otra parte, aun suponiendo que la encontrase, que me perdonase y que lográsemos borrar de nuestra memoria aquellos dramáticos acontecimientos, ¿qué podía ofrecerle? Yo era solo un asalariado cuya única esperanza de subsistencia estaba puesta en Lepprince.

Eduardo Mendoza
La verdad sobre el Caso Savolta

En un período de neutralidad política (Barcelona 1917-1919), una empresa fabricante de armas abocada al desastre económico por los conflictos laborales, es el telón de fondo del relato de Javier Miranda, protagonista y narrador de los hechos. El industrial catalán Savolta, dueño de ese negocio que vendió armas a los aliados durante la Primera Guerra Mundial, es asesinado. El humor, la ironía, la riqueza de los matices y de las experiencias, la parodia y la sátira, el pastiche de la subliteratura popular, la recuperación de la tradición narrativa desde la novela bizantina, la picaresca y los libros de caballerías hasta el moderno relato detectivesco, convierten esta novela en una tragicomedia inteligente y divertida, que situó a Eduardo Mendoza entre los narradores españoles más destacados de las últimas décadas.

EN EL OTRO MUSEO. LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO

EN EL OTRO MUSEO. LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO
Ayer, de diez a doce de su mañana, en la vieja capital de las viejas Españas, se ha visto un espectáculo estupendo, formidable. Don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín y don José se han levantado con el cerebro lleno de ideas. Asombraos más: llenaos de espanto, de confusión, de asombro: don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín, don José, viejos hidalgos de las viejas Españas, forman parte de una Comisión. Y ¿queréis más milagro que este? ¿Queréis cosa más insólita, más sorprendente, más desconcertadora que un individuo de una Comisión que sienta en su cerebro, de pronto, el rebullicio de una idea? Don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín y don José se han dado una palmada en la frente —como en las comedias—, han cogido su bastón, se han encasquetado su sombrero, han tosido —un español tose siempre en los momentos solemnes—, han pasado la mano por todos los botones de sus levitas, se han mirado de reojo al espejo, han erguido el busto, se han pasado la mano por el mostacho gris, retorcido… y, paso tras paso, gravemente —como debe caminar un español—, se han dirigido por Recoletos hacia arriba, bañados por las ondas cálidas y radiantes de un sol de invierno, entre los árboles desnudos, entre el ir y venir de las lindas muchachas nerviosas y gentiles. ¿He de deciros, para que comprendáis la alta misión que estos graves hidalgos van a realizar, que don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín y don José fueron nombrados hace tres años para que expurgasen nuestro Museo Moderno de obras abominables? El tiempo ha ido pasando, han transcurrido los meses, los años; una primavera ha sucedido a un invierno, un otoño a un verano. Don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín y don José estaban mano sobre mano; acaso pasaba por sus cerebros, de tarde en tarde, el lejano rezago de una idea; quizá, de raro en raro, sentían el noble y plausible impulso de hacer algo; pero bien pronto la idea y el impulso esfumaban con suavidad en el amable ambiente de inercia de que gozamos en la vetusta España. Además, ¿no hubiera sido absurdo, escandaloso, que los individuos de una Junta, Comisión o Comité hiciesen algo, se moviesen, fuesen de una parte a otra, volvieran, tornaran, trabajaran, resolvieran sus ideas en cosas prácticas, fecundas y bienhechoras? Y, sin embargo, este espectáculo, antitradicional, antipatriótico, anticastizo, antiespañol, se ha dado ayer, día 10 de enero, de diez a doce de su mañana, en nuestra pinacoteca moderna. ¿Es que había llegado la hora de todos, conforme imaginara el gran Quevedo? ¿Es que la loca Fortuna había, al fin, tras tantos desenfrenados devaneos, cobrado el seso?
Cuando don Juan, don Pedro, don Luis, don Joaquín y don José han llegado a la puerta del palacio de Museos y Bibliotecas, después de ascender pausadamente la ancha gradería, se han detenido un momento. Sus cráneos de viejos hidalgos castellanos se han juntado en un estrecho círculo; sus labios elocuentes —todos somos elocuentes en el país— han murmurado unas frases misteriosas, terribles.
—¡Perfectamente! —ha gritado don Juan, al cabo.
—¡Bravo! —ha exclamado don Pedro.
—¡Completamente de acuerdo! —ha corroborado don Luis.
—¡Adelante! —ha dicho don Joaquín.
—¡Cumplamos nuestra misión! —ha resumido, en tono enfático, don José.
Y los cinco, graves, mudos, dignos, trascendentales, imponentes, terribles, han hecho su entrada en el Museo. Esta entrada será famosa en nuestra historia contemporánea. Y vais a ver lo que estos cinco señores han realizado. Ya están los cinco en la primera sala del Museo; los cinco echan una mirada de suave, de discreto desvío sobre las blancas estatuas, las acuarelas y los dibujos que aparecen en esta sala. Hay aquí unos retratos, al lápiz, de Madrazo; esto es lo más notable que pende de los muros; pero quizá la Comisión ha creído que no tenían espíritu, que eran un poco fríos, que eran un poco académicos, que eran un poco vulgares. Y ello es que los cinco graves señores se han mirado un momento, como en una convención tácita, secreta.
—¿Convenido? —ha preguntado, con voz suave, don Juan.
—Convenido —han contestado, en un perfecto y armónico coro, los demás. Y han pasado adelante.
La sala en que han penetrado después, vosotros la conocéis, lectores. Hay en ella lienzos sorprendentes que atañen a Grecia o Roma; en un gran cuadro, Colón aparece desembarcando en las riberas vírgenes de América, con la rodilla en tierra, con los ojos al cielo, como dando unas grandes voces en un concertante de final de acto; en otra inmensa tela, unos seres escuálidos, exangües, huesudos, amojamados, perecen de hambre, mientras unos soldados les ofrecen pan, que ellos rechazan indignados. La Comisión ha dirigido otra larga mirada, en su derredor, por las paredes llenas de lienzos grandes y pequeños. Y de nuevo, don José ha murmurado con tono insinuante:
—¿Convenido?
—Convenido —han asentido los demás, con la mayor afectuosidad del mundo. Y se han internado en otra sala.
Y aquí los cinco graves señores han experimentado una tenue perplejidad; mas esta incertidumbre pronto se ha disipado. ¿No ha recobrado el seso la Fortuna descarriada? Está la Comisión ante Doña Juana la Loca, ante La campana de Huesca, ante La batalla de Tetuán. Don José ha sonreído, con una vaga y suave sonrisa, ante estos cuadros; don Pedro ha dado unos golpecitos con su bastón en el suelo; don Luis ha limpiado con su pañuelo los vidrios de sus lentes; don Joaquín ha lanzado, en el silencio de la sala, un melódico carraspeo; don José ha pasado las manos por su tórax, sobre el fino paño de su levita. Una vaga ansiedad ha flotado en el aire; se diría que iba a ocurrir algo tremendo, enorme. Y ha ocurrido, en efecto. Ya os he dicho —no lo olvidéis— que unos individuos de una Comisión que sienten de pronto deseos de hacer algo son terribles.
—¿Convenido? —ha interrogado por tercera vez don José.
—Convenido —han contestado, con voz imperceptible, sus colegas.
Y se han puesto en movimiento otra vez. A sus ojos se han ofrecido ahora estos pequeños y tiernos cuadros en que vemos un gran hombre que vuelve después de largos años a su pueblo y abraza a sus pobres y sencillos padres, o bien un obrero, honrado, íntegro, cuya casa es registrada por la Policía en tanto que él permanece en pie, erguido, impasible, con la conciencia tranquila. Todo esto es conmovedor; todo esto nos llena de una vaga poesía íntima cuando sobre las tablas, a la luz de las candilejas, nos lo cuentan estos seres estimables que componen dramas, melodramas, comedias y zarzuelas. Pero los individuos de la Comisión, gente inexorable, han pasado adelante, luego de lanzar su breve y abrumadora frase. ¿Donde se hallan ahora? Ahora, al desparramar sus miradas por los lienzos enormes, inconmensurables, de esta sala, sus corazones se llenan de una suave añoranza; todos recuerdan días lejanos de su vivir; todos, ante estos vastos cuadros de historia, evocan las quintillas del señor Zapata, el estreno de El salto del pasiego, la oratoria de Martos, los Estudios contemporáneos, de Cánovas del Castillo; las elecciones del señor Romero Robledo, los lirismos de El gran galeoto.
Todo esto es un paralelismo fatal, lógico. Ya sabéis que todo, en lo espiritual como en la esfera de la materia, se corresponde y se completa. En las paredes de esta sala están colgados La expulsión de los moriscos, Numancia, La conversión del duque de Gandía, Doña Inés de Castro; una vaga idea os sobrecoge de que todas estas figuras van a bambolearse, a caerse, a derrumbarse, como las figuras de papel recortado de un nacimiento. ¿Estáis ante una obra de pintura o ante un escenario en que los personajes van y vienen rígidos, helados, simétricos, automáticos?
—¿Convenido? —ha murmurado por cuarta vez el impertérrito presidente de la Comisión.
—Sí, sí, convenido —han contestado resueltamente sus compañeros, como quien se juega el todo por el todo.
Y después han atravesado por una sala lóbrega, fosca, sumida en las tinieblas, en donde, a la luz incierta de unos fósforos que han encendido, han visto unos paisajes vagos, correctos, finos, lamidos, acaso sin alma, tal vez sin fuerza, quizá sin inspiración ni originalidad. Y luego han tornado a contemplar otros cuadros de invasiones de bárbaros, de huelgas, de pecadoras que mueren en un hospital, de gente que va en un tren hacia la guerra…
—¿Convenido? —ha dicho, por última vez, el presidente de la Junta.
—Convenido —han coreado los otros viejos hidalgos.
Don José ha tosido reciamente; don Juan ha golpeado el suelo con su bastón; don Pedro se ha afirmado gravemente sus antiparras en la corvada nariz; don Luis se ha abrochado con altivez los botones de su gabán; don Joaquín se ha pasado la mano con bello gesto por su retorcido bigote. Y cuando, de regreso, han llegado a la puerta, todos los cráneos se han juntado de nuevo en un estrecho círculo; los labios elocuentes han ronroneado unas palabras, y don José, don Juan, don Luis, don Pedro y don Joaquín se han separado.
Así ha cumplido, al cabo, su cometido la Comisión nombrada hace tres años para el expurgo del Museo Español de Arte Moderno. Dentro de una semana, cuando los visitantes se lleguen a esta famosa galería, contemplarán las paredes desnudas, blancas, limpias, y en ellas, colgados, los dos, tres, cuatro, cinco lienzos de Vallés, de Mercadé, de Casas, de Sorolla, de Rosales…

Azorín
Tiempos y cosas

Tiempos y cosas comprende una treintena de ensayos breves, de leer ameno, y que se corresponden con la época auroral de Azorín: fue el escritor componiendo estos ensayos en 1904, es decir, el año del nacimiento de Azorín; el 28 de enero de 1904 y en el periódico España, José Martínez Ruiz firma por la primera vez con este seudónimo: Azorín. Dirigía el periódico don Miguel Troyano; José Martínez Ruiz había cumplido treinta años; había publicado un par de docenas de libros de tanteo y esta trilogía definitiva: La Voluntad, Antonio Azorín, Confesiones de un pequeño filósofo. Le preocupaban el tiempo, las cosas… Tiempos y cosas me parece, en este sentido, un libro representativo de la irrupción en las letras del joven que aún no se sabía Maestro Azorín.

el 9 de enero de 1567 los procuradores dan cuenta al Rey de haber concedido el servicio requerido de 304 millones de maravedíes. En compensación, las Cortes ruegan al Rey que no se ausente del reino,

Más fortuna tuvo Felipe II ante las Cortes castellanas de 1566, reunidas en diciembre de aquel año, cuando ya habían llegado las noticias de los graves desórdenes ocurridos en Flandes a cargo de los iconoclastas calvinistas; de forma que las Cortes se abren el 18 de diciembre de 1566 y el 9 de enero de 1567 los procuradores dan cuenta al Rey de haber concedido el servicio requerido de 304 millones de maravedíes. En compensación, las Cortes ruegan al Rey que no se ausente del reino, petición en principio rechazada por Felipe II en estos firmes términos:
Como quiera que nuestro asiento y continua residencia ha de ser en ellos [los reinos de Castilla], por ser, como son, la silla y principal parte de nuestros Estados, y por el mor que Nos les tenemos; mas no podemos asimismo excusar de visitar algunos de los otros Reinos y Estados, principalmente los de Flandes, donde (como habéis entendido) es tan importante y tan necesaria de presente nuestra presencia para el asiento de las cosas dellos. Y ansí por importar, como esto tanto importa, a nuestro servicio, habemos determinado nuestra partida a los dichos Estados con toda brevedad…
Ahora bien, dado que en definitiva el Rey no saldría de España, hay para pensar si en su última decisión no influiría el ruego de las Cortes castellanas.
En 1570, la alarmante situación creada por la rebelión de los moriscos granadinos en Las Alpujarras lleva a Felipe II a convocar Cortes en Córdoba, siendo la única vez que lo hace fuera de Madrid desde que trasladara a la villa del Manzanares su corte. Diríase que también en esta ocasión sintoniza el Rey con las Cortes. El discurso de la Corona ante las Cortes, leído por el secretario Eraso en el palacio episcopal, donde se alojaba el Rey, detallaría los esfuerzos regios por la defensa del reino y por asumir dignamente su papel de primera potencia de la Cristiandad; particular efecto debieron tener, entre los asistentes, las referencias a las contundentes victorias del duque de Alba en Flandes, que parecían haber resuelto aquel difícil problema, por la vía de la fuerza; también, por supuesto, aquello que entonces tocaba más de cerca al reino: la rebelión de Las Alpujarras, «que de pequeños principios ha venido a ser tan grande y de tanta consideración», y de forma que había movido al Rey a convocar las Cortes en Córdoba «… para dar calor en este negocio…», pues había el temor de que el Turco acudiese en ayuda de los rebeldes. Se añadía además la información de que el Rey se casaba de nuevo, habiendo elegido como esposa a su sobrina Ana de Austria. En la respuesta de las Cortes hecha por Burgos se aprecia la profunda compenetración existente en esos momentos entre Rey y reino. Se aludirá «a la grandeza de ánimo» con que el soberano había acudido a todas las necesidades del reino y aun de la Cristiandad. Se tenía por muy públicos y notorios los muchos gastos que por ella había soportado; por todo lo cual se concluía:
Ansí es muy justo y muy debido que ellos —los reinos de Castilla— extiendan sus fuerzas para servir a V.M. en todo lo que pudieren…
En cuanto a la boda con la princesa Ana de Austria, sería acogida con gran contento «por la naturaleza que tiene en estos Reinos». No hay duda: los procuradores de las Cortes sabían muy bien que doña Ana de Austria, su nueva reina, había nacido en el pequeño lugar de Cigales, cercano a Valladolid. Por lo tanto, se cumplía el perfecto ideal: que tanto el Rey como la Reina fueran castellanos; sería la única vez en toda la Edad Moderna.

Manuel Fernández Álvarez
Felipe II y su tiempo

Entre 1527 y 1598 se producen grandes transformaciones en España y en el mundo; unas promovidas por Felipe II; otras, acaecidas a su pesar, pero todas teniéndole como personaje con el que hay que contar o al que hay que combatir. Suele pensarse en el reinado de Felipe II en función de acontecimientos internos o internacionales tales como la rebelión de los moriscos granadinos de las Alpujarras, la prisión y muerte del príncipe Don Carlos, el proceso de Antonio Pérez; o bien la rebelión de los Países Bajos, la acción de Lepanto, la incorporación de Portugal, la colonización de América, el nacimiento de Filipinas o el desastre de la Armada Invencible. Pero también hay que verle como el protector y mecenas de las Artes y las Letras, cuya labor culmina en el monasterio de San Lorenzo del Escorial. Todo ello hace del personaje uno de los mas controvertidos de la Historia.
En cuanto a la época, Manuel Fernández Álvarez analiza, a través de los aspectos políticos y socioeconómicos, cómo se realizó el milagro político de una Monarquía católica que, en menos de medio siglo se convirtió en la primera potencia de Europa y constituye el primer imperio de los tiempos modernos.

El hombre del traje color castaño. Capítulo IV.

Capítulo IV
Nadie se presentó a identificar a la muerta. En la prueba salieron a relucir los hechos siguientes: Poco después de la una del día 8 de enero, una mujer bien vestida, que hablaba con un leve acento extranjero, se había presentado en las oficinas de los señores Butler & Park, agentes de fincas, en Knightsbridge. Explicó que deseaba alquilar o comprar una casa a orillas del Támesis y cerca de Londres. Se le dieron detalles de varias, entre ellas la Casa del Molino. Dio el nombre de señora de Castina, y como señas el Hotel Ritz; pero se comprobó que no paraba allí persona alguna de dicho nombre y los empleados del hotel no la reconocieron.
La señora James, esposa del jardinero de sir Eustace, que hacía de guardián de la casa y vivía en el pabelloncito que daba a la carretera real, prestó declaración.
A eso de las tres de aquella tarde se acercó una señora a ver la casa. Enseñó una autorización de los agentes, y de acuerdo con la costumbre establecida, la señora James le dio las llaves de la casa. Ésta se hallaba a cierta distancia del pabellón y la mujer no solía acompañar nunca a los inquilinos en perspectiva. Unos minutos más tarde llegó un joven. Era alto, ancho de espaldas, bronceado y de ojos grises claros. Iba afeitado y llevaba un traje color castaño. Le explicó a la señora James que era amigo de la señora que había ido a ver la casa, pero que se había detenido en Correos a expedir un telegrama. Ella le enseñó el camino de la casa y no volvió a acordarse del asunto.
Cinco minutos más tarde volvió a aparecer, le devolvió las llaves y anunció que temía que la casa no les conviniese. La señora James no vio a la señora, pero supuso que se habría adelantado al otro. Lo que sí observó fue que el joven parecía bastante alterado.
—Tenía el mismo aspecto —aseguró— que si hubiera visto un fantasma. Creí que se había puesto enfermo.
Al día siguiente otra pareja fue a ver la casa y descubrió el cadáver en uno de los cuartos de arriba. La señora James reconoció en él a la señora del día anterior. Los agentes también la identificaron, asegurando que se trataba de la «señora de Castina». El médico forense emitió la opinión de que la mujer había muerto unas veinticuatro horas antes. El Daily Budget exponía la teoría de que el hombre del «metro» había asesinado a la mujer, suicidándose a continuación. No obstante, como quiera que el hombre del «metro» había muerto a las dos de la tarde y que la mujer estaba viva a las tres, lo lógico era suponer que los dos sucesos no guardaban relación alguna entre sí y que la autorización para visitar la casa de Marlow hallada en el bolsillo del hombre no era más que una de esas coincidencias con las que uno se tropieza a veces en esta vida.
El jurado calificó el hecho de «asesinato deliberado cometido por persona o personas desconocidas», y dejó que la policía (y el Daily Budget) se encargaran de buscar «al hombre del traje color castaño». Puesto que la señora James estaba segura de que nadie había en la casa en el momento de entrar en ella la señora, y de que nadie había entrado en ella salvo el joven en cuestión hasta la tarde siguiente, parecía lógico suponer que él era el asesino de la desgraciada señora Castina. La habían estrangulado con un trozo de cordón negro muy fuerte y era evidente que la habían pillado por sorpresa, no dándole tiempo a gritar. El bolso de seda negra que llevaba la mujer contenía una carterita repleta de billetes y unas monedas sueltas, un pañuelo fino, de encaje, sin marca alguna, y la vuelta de un billete de ida y vuelta en primera, desde Londres. No gran cosa para sacar consecuencias.
Tales fueron los detalles publicados por el Daily Budget y «¡Hay que encontrar al hombre del traje color castaño!» se convirtió en su grito de guerra diario. Unas quinientas personas escribían diariamente, por término medio, anunciando haber dado con el individuo en cuestión. Y muchos jóvenes altos, de bronceada tez, maldijeron el día en que su sastre les había instado a que se hicieran un traje color castaño. El accidente del «metro», desterrado ya como una simple coincidencia, fue olvidado por el público.
¿Se trataba de una coincidencia? No estaba yo tan segura. Sin duda alguna tenía prejuicios, el incidente del «metro» se había convertido en misterio favorito mío; pero a mí, desde luego, me parecía ver cierta relación entre los dos hechos. En ambos figuraba un hombre de tez bronceada, un inglés que había vivido en el extranjero, evidentemente. Y había otras cosas. Fue el pensamiento de estas otras cosas lo que por fin me empujó a dar el paso decisivo. Me presenté en Scotland Yard y exigí hablar con quienquiera que estuviese encargado del caso sucedido en la llamada Casa del Molino.
Tardaron un buen rato en comprender lo que pedía, puesto que, por equivocación, me había introducido en el departamento donde se almacenan los paraguas perdidos; pero por fin me introdujeron en un cuartito y me presentaron al detective Meadows.
El inspector Meadows era un hombrecillo pelirrojo, de modales que a mí se me antojaron singularmente exasperantes. Un satélite, vestido de paisano, se hallaba sentado en un rincón.
—Buenos días —dije, nerviosa.
—Buenos días. ¿Tiene la amabilidad de sentarse? Creo que sabe usted algo que, en su opinión, puede servirnos de ayuda.
Su tono parecía indicar que semejante cosa era improbable en grado sumo. Y empezó a despertarse mi furia.
—Conocerá usted el caso del hombre que murió en el «metro» indudablemente… El hombre que llevaba en el bolsillo una autorización para visitar la casa de Marlow.
—¡Ah! —murmuró el inspector—. Usted es la señorita Beddingfeld, la que prestó declaración durante la encuesta. En efecto, el hombre llevaba la autorización que usted dice en el bolsillo. Y es posible que muchas otras personas la llevaran también…; sólo que a ellas no las mataron.
Reagrupé mis fuerzas.
—¿No le parece extraño que aquel hombre no llevara su billete en el bolsillo?
—Es la cosa más fácil del mundo perder un billete de ferrocarril. Me ha ocurrido a mí mismo más de una vez.
—Ni dinero.
—Llevaba unas monedas sueltas en el bolsillo del pantalón.
—Pero no llevaba cartera.
—Son muchos los hombres que no llevan cartera.
Cambié de táctica.
—¿No le parece raro que el médico no se presentara después?
—Ocurre con frecuencia que el médico tiene mucho trabajo o no lee los periódicos. Es posible que olvidara el incidente por completo.
—En resumen, inspector —dije con dulzura—, usted está decidido a no hallar nada raro en el asunto.
—La verdad es, señorita Beddingfeld, que me inclino a creer que le gusta a usted con exceso la palabra «raro». Ya sé que las jóvenes son románticas… muy amantes de misterios y cosas así. Pero como yo tengo muchas ocupaciones…
Comprendí la indirecta y me puse en pie.
El hombre del rincón dijo con humildad:
—Tal vez querría la señorita darnos a conocer en pocas palabras qué ideas tiene sobre el asunto, ¿no le parece, inspector?
El inspector aceptó la sugerencia sin vacilar.
—Sí —dijo—. Vamos, señorita Beddingfeld, no se ofenda. Ha hecho usted preguntas e insinuado cosas. Diga sin ambages lo que lleva en el pensamiento.
—Dijo usted durante la encuesta —prosiguió el otro— que estaba segura de que no se trataba de un suicidio.
—Sí; estoy completamente segura de ello. El hombre estaba asustado. ¿Qué le asustó? No fui yo. Pero pudo haber estado cruzando alguien el andén en dirección a nosotros… alguien a quien él reconoció.
—¿No vio usted a nadie?
—No —confesé—; no volví la cabeza. Luego, en cuanto fue alzado el cuerpo de la vía, se abrió paso un hombre para examinarlo, diciendo que era médico.
—No hay nada de particular en eso.
—Pero no era médico.
—¿Cómo?
—No era médico —repetí.
—¿Cómo sabe usted eso, señorita Beddingfeld?
—Es difícil explicarlo con exactitud. He trabajado en un hospital durante la guerra y he visto a muchos médicos examinar cadáveres. Lo hacen con una indiferencia, con una falta de sensibilidad, que eché de menos en aquel hombre. Además, un médico no suele buscarle a uno el corazón en el lado derecho.
—¿Hizo él esto?
—Sí. No presté especial atención a lo sucedido por entonces. Sólo me di cuenta que había algo raro. Pero procuré reproducir toda la escena cuando llegué a casa y entonces comprendí por qué me había parecido la cosa algo anormal.
—¡Hum! —murmuró el inspector, alargando lentamente la mano para coger pluma y papel.
—Al pasar las manos por la parte superior del cuerpo del hombre, tendría ocasión de sacar lo que quisiera de los bolsillos.
—No me suena eso a probable —dijo el inspector—. Pero…, bueno, ¿podría usted describirle?
—Era alto, de anchos hombros, gabán negro, botas negras y lentes de marco de oro. Y barba oscura, recortada en pico.
—Si le quitamos gabán, barba y lentes, no queda nada que sirva para reconocerle —gruñó el inspector—. Podía cambiar de aspecto fácilmente en cinco minutos de querer hacerlo…, cosa que haría indudablemente si es todo lo carterista que usted insinúa.
No había tenido yo la intención de insinuar tal cosa. Pero desde aquel momento renuncié a convencer al inspector. Era completamente inútil.
—¿No puede usted decirnos ninguna otra cosa de él? —inquirió al ponerme yo en pie para despedirme.
—Sí —repuse. Y aproveché la ocasión para largarle una andanada de despedida—. Tenía la cabeza marcadamente braquicefálica. No verá tan fácil cambiar ese detalle.
Observé con viva satisfacción que la pluma del inspector vacilaba: Era evidente que no sabía escribir braquicefálica.

Agatha Christie
El hombre del traje color castaño

Una bailarina rusa que planea un chantaje, un robo de diamantes en África del Sur, un hombre que muere empujado a la vía del metro de Londres y un extraño pedazo de papel. Éstas son las piezas del rompecabezas que casualmente caen en manos de Anne Beddingfeld, la hija de un famoso arqueólogo, que decide descubrir la trama completa sin importarle los riesgos que debe asumir para ello.

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