La prueba de Ramón Callicó

La prueba de Ramón Callicó
Al término de su segundo año de aprendizaje, Yonah empezó a ver claro el camino de su vida y cada día le seguía deparando nuevas emociones a medida que iba asimilando las enseñanzas de Nuño. Ambos ejercían su profesión en toda la campiña que rodeaba Zaragoza, estaban muy ocupados en el consultorio y acudían a visitar en sus casas a los pacientes que no podían desplazarse. Casi todos los enfermos de Nuño pertenecían al pueblo llano de la ciudad y las alquerías de los alrededores. Algunas veces lo mandaba llamar algún noble que precisaba de los servicios de un médico y él siempre acudía a la llamada, pero le advertía a Yonah de que los nobles eran muy autoritarios y muchas veces se mostraban reacios a pagar los servicios de los médicos, por lo que él prefería no mantener tratos con ellos. Sin embargo, el 20 de noviembre del año 1504, recibió una llamada que no pudo desatender.
A finales de aquel verano, tanto el rey Fernando como la reina Isabel habían contraído una enfermedad debilitante. El Rey, un hombre muy fuerte cuya constitución se había forjado en la caza y la guerra, se había recuperado muy pronto, pero su esposa estaba cada vez más débil. El estado de Isabel había ido empeorando durante su visita a la ciudad de Medina del Campo y Fernando había mandado llamar de inmediato a media docena de médicos, entre ellos, Nuño Fierro, el médico de Zaragoza.
—Pero vos no podréis ir —protestó Yonah—. El viaje a Medina del Campo dura diez días. Ocho días como mínimo, si uno se mata cabalgando.
Se lo decía en serio, pues sabía que Nuño estaba delicado de salud y no se encontraba en condiciones de emprender aquel viaje.
Sin embargo, el médico se mostró inflexible.
—Ella es mi reina. Una soberana en apuros tiene que ser atendida con la misma solicitud que un hombre o una mujer comunes.
—Permitidme, por lo menos, que os acompañe —le rogó Yonah.
Pero Nuño se negó.
—Tenéis que permanecer aquí para seguir atendiendo a nuestros pacientes —objetó.
Cuando Yonah y Reyna le suplicaron que buscara por lo menos a alguien que lo acompañara en el viaje, Nuño se dio por vencido y contrató a Andrés de Ávila, un hombre de la ciudad. Ambos emprendieron el camino a primera hora de la mañana siguiente.
Regresaron demasiado temprano y con mal tiempo. Yonah tuvo que ayudar a Nuño a desmontar de su cabalgadura. Mientras Reyna se encargaba de preparar un baño caliente para el médico, De Ávila le contó a Yonah lo que había ocurrido.
El viaje había sido todo lo que Yonah había temido al principio. De Ávila explicó que habían viajado cuatro días y medio. Al llegar a una posada de las afueras de Atienza, el hombre temió que Nuño estuviera demasiado fatigado como para seguir adelante.
—Le convencí de que nos detuviéramos para comer y descansar, pues de esta manera nos sería más fácil proseguir el viaje.
Pero en la posada vieron a unos hombres bebiendo a la memoria de Isabel.
Nuño preguntó con la voz ronca a causa de la emoción si los bebedores sabían con certeza que la Reina había muerto, y otros viajeros procedentes del oeste le aseguraron que el cuerpo de la soberana estaba siendo trasladado al sur para su entierro en el sepulcro real de Granada.
Nuño y De Ávila se pasaron toda la noche en vela por culpa de las picaduras de los piojos y, a la mañana siguiente, iniciaron el camino de vuelta al este para regresar a Zaragoza.
—Esta vez fuimos más despacio —prosiguió De Ávila—, pero ha sido un viaje malhadado en todos los sentidos y el último día tuvimos que soportar mucho frío y un fuerte aguacero.
A pesar del baño, Yonah se alarmó al ver el cansancio y la palidez de Nuño. Acompañó inmediatamente a su maestro a la cama, donde Reyna le dio bebidas calientes y alimentos nutritivos. Al cabo de una semana de descanso en la cama, Nuño se recuperó hasta cierto punto, pero su inútil viaje para visitar a la reina de España lo había debilitado mucho y había agotado sus fuerzas.
Llegó un momento en que a Nuño le empezaron a temblar las manos y no pudo seguir utilizando los instrumentos quirúrgicos que le había hecho su hermano. En su lugar, los utilizó Yonah siguiendo las instrucciones y las explicaciones que él le iba dando al tiempo que le hacía preguntas para poner a prueba sus conocimientos y mejorarlos.
Antes de la amputación de un dedo meñique aplastado, Nuño le pidió a Yonah que se tocara su propio dedo con las yemas de los dedos de la otra mano.
—¿Notas un lugar… una leve hendidura en el punto en el que el hueso se junta con el hueso? Es aquí donde se tiene que cortar el dedo aplastado, pero hay que dejar la piel sin cortar muy por encima de la amputación. ¿Sabes por qué?
—Porque tenemos que construir un colgajo —contestó Yonah, mientras su maestro asentía satisfecho con la cabeza.
Yonah lamentaba con toda el alma la desgracia de Nuño, pero sabía que ésta era beneficiosa para su aprendizaje, pues, en el transcurso de aquel año, llevó a cabo más intervenciones quirúrgicas de las que hubiera hecho en circunstancias normales.
Se sentía culpable porque veía que Fierro concentraba todos sus esfuerzos en enseñarle, pero, cuando se lo comentó a Reyna, ésta sacudió la cabeza.
—Creo que la necesidad de enseñaros lo mantiene con vida —dijo ella.
En efecto, cuando finalizó su cuarto año de aprendizaje, un destello de triunfo se encendió en los ojos de Nuño. Este dispuso que Yonah compareciera de inmediato ante los examinadores médicos. Cada año, tres días antes de Navidad, las autoridades municipales elegían a dos médicos del distrito para que examinaran a los candidatos a la licencia para el ejercicio de la medicina. Nuño había sido examinador y conocía muy bien el proceso.
—Hubiera preferido que esperaras a presentarte hasta que se fuera uno de los examinadores actuales, Pedro de Calca —le dijo a Yonah. Durante muchos años, Calca había envidiado al médico de Zaragoza, pero su intuición indujo a Nuño a no aplazar el examen de Yonah—. No puedo esperar otro año —le dijo a éste—. Además, creo que ya estás preparado.
Al día siguiente, se dirigió al ayuntamiento de Zaragoza y concertó la cita para el examen de Yonah.
La mañana de la prueba, maestro y alumno abandonaron la hacienda a primera hora, cabalgando muy despacio en medio del calor del claro día. Estaban tan nerviosos que apenas hablaron. Ya era demasiado tarde para intentar ampliar los conocimientos de Yonah; habían tenido cuatro largos años para eso.
El ayuntamiento olía a polvo y a muchos siglos de tráfico humano, pero aquella mañana sólo Yonah, Nuño y los dos examinadores estaban allí.
—Señores, tengo el honor de presentaros al señor Ramón Callicó para vuestro examen —dijo serenamente Nuño.
Uno de los examinadores era Miguel de Montenegro, un menudo y severo sujeto de cabello, barba y bigote plateados. Nuño lo conocía desde hacía muchos años y le había asegurado a Yonah que sería muy severo y escrupuloso en sus responsabilidades de examinador, sin dejar por ello de ser justo.
Calca, el otro examinador, los miró con una cordial sonrisa en los labios. Era pelirrojo y lucía una perilla puntiaguda. Vestía una túnica llena de manchas y coágulos de sangre reseca, pus y moco. Nuño ya le había descrito desdeñosamente aquella túnica a Yonah, señalando que era «el jactancioso anuncio de su oficio» y había advertido a su pupilo de que Calca había leído a Galeno y poco más, por lo que casi todas sus preguntas versarían en torno a las enseñanzas de Galeno.
Los cuatro tomaron asiento alrededor de la mesa. Yonah pensó que dos décadas y media antes Nuño Fierro se había sentado en aquella estancia para ser examinado, y muchas más décadas antes Juan de Gabriel Montesa había hecho lo mismo en una época en la que un medico aún podía proclamar su condición de judío.
Cada examinador le haría dos tandas de preguntas. Montenegro fue el primero por su mayor antigüedad.
—Con vuestro permiso, señor Callicó. Quisiera que nos hablarais de las ventajas y los inconvenientes de recetar la triaca como antídoto contra las fiebres.
—Empezaré por los inconvenientes —contestó Yonah—, pues son muy pocos y se pueden solventar rápidamente. El medicamento es muy complicado de preparar, pues contiene hasta setenta ingredientes de herboristería, de ahí también que resulte muy caro. Su ventaja principal es la de ser un remedio de comprobada eficacia contra las fiebres, las dolencias intestinales e incluso ciertas formas de envenenamiento…
Yonah notó que se iba relajando mientras pasaba sin dificultad de un punto a otro, tratando de hacer una exposición completa, pero no excesivamente prolija. Montenegro le miraba con aparente satisfacción.
—Mi segunda pregunta se refiere a las diferencias entre las fiebres cuartanas y tercianas.
—Las fiebres tercianas se presentan al tercer día, contando el día de su aparición como el primero. Y las fiebres cuartanas se presentan al cuarto día. Son fiebres que se producen en climas cálidos y húmedos, y suelen ir acompañadas de escalofríos, sudores y una gran debilidad.
—Habéis contestado con rapidez y brevedad. Para curar las almorranas, ¿las eliminaríais con un cuchillo?
—Sólo si no hubiera más remedio. Por regla general, el dolor y las molestias se pueden controlar mediante una dieta sana en la que no se incluyan alimentos picantes, salados o muy dulces. En caso de que se produjeran hemorragias abundantes, se puede aplicar una medicina astringente. Si se hinchan, pero no sangran, se pueden abrir con lanceta o vaciar con sanguijuelas.
Montenegro asintió con la cabeza y se reclinó en su asiento para indicar que ahora le tocaba el turno a Pedro de Calca.
Calca se acarició la barba pelirroja.
—Tened la bondad de hablarnos del sistema galénico de patología humoral —dijo, repantigándose en su asiento.
Yonah respiró hondo. Estaba preparado.
—Su origen fueron ciertas ideas de la escuela hipocrática modificadas por otros primitivos filósofos médicos, especialmente Aristóteles. Galeno forjó con sus ideas una teoría, según la cual todas las cosas se componen de cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua, que a su vez dan lugar a cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad. Cuando los alimentos y la bebida penetran en el cuerpo, el calor natural de éste los cuece y los transforma en cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. El aire corresponde a la sangre, que es húmeda y cálida; el agua a la flema, que es húmeda y fría; el fuego a la bilis amarilla, que es seca y cálida; y la tierra a la bilis negra, que es seca y fría.
—Galeno escribió que una parte de estas sustancias es transportada por la sangre para alimentar los distintos órganos del cuerpo, mientras que el resto se excreta como residuo. Decía que las proporciones en las que se combinan las cualidades en el cuerpo son muy importantes. Una mezcla ideal de las cualidades da lugar a una persona sana. Una cantidad excesiva o escasa de un humor altera el equilibrio y provoca la enfermedad.
Calca volvió a juguetear con su perilla, acariciándola repetidamente.
—Habladnos del calor innato y del pneuma.
—Hipócrates y Aristóteles y posteriormente Galeno escribieron que el calor del interior del cuerpo es la esencia de la vida. El calor interior está alimentado por el pneuma, un espíritu que se forma en la sangre purísima del hígado y es transportado por las venas. Pero es invisible. Su…
—¿Cómo sabéis que es invisible?
«Porque, hasta ahora, hemos diseccionado las venas y los órganos de tres cadáveres y Nuño sólo me ha mostrado tejidos y sangre, diciendo que no podíamos ver nada que pudiera llamarse el pneuma». Era un necio; Calca se daría cuenta de que la única persona que podía saberlo era alguien que hubiera abierto un cuerpo y hubiera sido testigo de ello. Por un instante, el terror se apoderó de sus cuerdas vocales.
—Es… algo que he leído.
—¿Dónde lo habéis leído, señor Callicó? Si no me equivoco, jamás he oído decir si es posible ver el pneuma.
Yonah hizo una pausa.
—No lo he leído en Avicena ni en Galeno —contestó, como si estuviera tratando de hacer memoria—. Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni.
Calca le miró fijamente.
—Muy cierto —dijo Miguel de Montenegro—. Así es. Recuerdo haberlo leído en Teodorico Borgognoni —añadió mientras Nuño Fierro asentía con la cabeza.
Calca también asintió con un gesto.
—Borgognoni, naturalmente.
En su segunda tanda de preguntas, Montenegro le pidió a Yonah que comparara el tratamiento de un hueso fracturado con el de una dislocación. Los examinadores escucharon su respuesta sin hacer ningún comentario y después Montenegro le pidió que enumerara los factores necesarios para disfrutar de buena salud.
—Aire puro, comida y bebida, sueño para reparar las fuerzas corporales y vigilia para ejercitar los sentidos, moderado ejercicio físico para expulsar los residuos y las impurezas, eliminación de los desechos y alegría suficiente para que el cuerpo pueda prosperar.
—Decidnos cómo se propaga la enfermedad durante una epidemia —dijo Calca.
—Los cuerpos en descomposición o las fétidas aguas de los pantanos forman unas miasmas venenosas. El calor y el aire húmedo preñado de corrupción despiden unos olores nocivos que, cuando son respirados por las personas sanas, pueden infectar y provocar la enfermedad en sus cuerpos. Durante las epidemias, hay que exhortar a los sanos a que se alejen lo bastante como para que el viento no arrastre las miasmas hasta ellos.
A continuación, Calca se acarició repetidamente la barbita pelirroja y le hizo una rápida serie de preguntas acerca de la orina:
—¿Qué significa el color amarillento de la orina?
—Que contiene cierta cantidad de bilis.
—¿Y cuando la orina es del color del fuego?
—Contiene mucha bilis.
—¿Y si es de color rojo oscuro?
—En alguien que no ha comido azafrán, significa que contiene sangre.
—¿Y si la orina presenta sedimento?
—Es un indicio de la debilidad interna del paciente. Si el sedimento parece salvado y huele mal, significa que los conductos están ulcerados. Si el sedimento contiene sangre descompuesta, significa que existe un tumor flemático.
—¿Y cuando se observa arena en la orina? —preguntó Calca.
—Significa que hay un cálculo o una piedra.
—Me doy por satisfecho —anunció Calca tras una pausa.
—Yo también. Un excelente candidato que es un fiel reflejo de su maestro —observó Montenegro, al tiempo que sacaba de un estante el gran volumen municipal encuadernado en cuero. Anotó en él los nombres de los examinadores y del proponente, y escribió que el señor Ramón Callicó de Zaragoza había sido examinado y debidamente aceptado y autorizado a ejercer como médico el día 17 de octubre del anno domini de 1506.
Durante el camino de vuelta, maestro y alumno cabalgaron sentados con indolencia en sus sillas de montar, riéndose alegremente como niños o como borrachos.
—¡Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni! ¡Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni! —dijo Nuño en tono de chanza.
—Pero ¿por qué me respaldó el señor Montenegro?
—Miguel de Montenegro y yo hicimos juntos varias disecciones cuando éramos más jóvenes. Estoy seguro de que comprendió de inmediato por qué razón hablabas con tanta seguridad del aspecto del interior del cuerpo.
—Se lo agradezco; creo que he tenido suerte.
—Sí, has tenido suerte, pero tu actuación te honra.
—He sido muy afortunado con mi preceptor, maestro —sonrió Yonah.
—Ya no tienes que llamarme maestro, pues ahora somos colegas —dijo Nuño, pero Yonah sacudió la cabeza.
—Hay dos hombres con los que siempre estaré en deuda —declaró—. Ambos se llaman Fierro y siempre serán mis maestros.

Noah Gordon
El último judío

La trama de esta novela toma como punto de partida la expulsión de los judíos en la España del siglo XV y como protagonista al joven Yonah Toledano. Cuando Yonah es separado de los únicos miembros de su familia que quedan con vida, se ve forzado a abandonar su hogar natal en búsqueda de un nuevo lugar en el que poder establecerse sin tener que renunciar a sus creencias. Así, inicia un largo periodo durante el cual deberá recurrir a su ingenio para poder salvaguardar su secreto. Los cambios continuos de identidad y oficio irán forjando su personalidad, y las dificultades no harán sino reafirmar sus orígenes. Desde sus días de pobreza y soledad hasta sus últimos años como reputado médico, seguimos la vida de un personaje extraordinario y de un no menos interesante periodo histórico, en el que las traiciones e intrigas estaban a la orden del día.

Mi mamá estaba muy bien de salud, aunque bastante distraída.

Berkeley, 16 de octubre de 1991
Mi queridísimo Juan Manuel Carpio,
Incluso tu carta tristona me ha traído alegría. Gracias por calcular el tiempo para recibirme con tu presencia a mi regreso. La vida desde luego no es chiche, y uno no es ninguna pascua tampoco, y por dicha. Qué aburridas nos daríamos si fuéramos pascuas.
Mi viaje a San Salvador fue lindo, pues coincidí allá con tres de mis hermanas que también andaban de visita, y además recuperé el espíritu al sentir el verdadero cariño de los amigos. Mi mamá estaba muy bien de salud, aunque bastante distraída. La Ana Dolores y la Andrea cada día más jóvenes. Ahora parecen adolescentes. Disfrutamos el tiempo juntas. La Susy también estuvo, por supuesto, pero ahora anda con un nuevo novio pintor que no hace más que pintarla todo el día. Ya llevaba como siete retratos cuando me vine. Cuando pienso que a Enrique no le pude inspirar ni siquiera una foto para pasaporte. ¿Será que no tengo vocación de musa? Musaraña, tal vez.
Qué ganas de verte. Pero parece que va a tardar un tiempo. Por lo menos escribámonos mucho.
Bob y yo siempre estamos bien, y sepa usted, caballero, que esto no es ninguna broma.
Te quiero cantidades enormes. Tuya,
Fernanda

Alfredo Bryce Echenique
La amigdalitis de Tarzán

Una historia de amor en la que los dos protagonistas recorren no sólo el mundo de los sentimientos, sino el propio mundo iberoamericano. Juan Manuel Carpio, cantautor peruano probando suerte en París y María de la Trinidad del Monte Montes, joven aristócrata salvadoreña, narran la historia de su relación a través de cartas en La amigdalitis de Tarzán. Ella fracasará en su intento de llevar una vida plena en el matrimonio con un fotógrafo chileno. Él tendrá aspavientos internacionales a través de sus canciones. Pero ninguno imaginará lo indispensable que se tornará para cada cual la lectura del cariño del otro en las misivas, las cartas, que protagonizan La amigdalitis de Tarzán.
Asistimos así al desarrollo de una narración suelta y contada con un ritmo acelerado —pues las cartas se insertan dentro de la narración, no la detienen— y que desemboca en las conclusiones que enunciaban sus propias premisas. Conclusiones sin conclusión: el disparate existencial va a continuar.

ASUNTO: Anuncio de propuesta de Acción Disciplinaria

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DEPARTAMENTO DE CORREOS
ASUNTO: Anuncio de propuesta de Acción Disciplinaria
A: Henry Chinaski
Por la presente se le anuncia que hay una propuesta para apartarle del Servicio de Correos o para tomar alguna otra medida disciplinaria apropiada que se determine.
La acción propuesta tiene el fin de promover la eficiencia en el servicio y no será efectuada antes de 35 días tras recibir esta carta.
La acusación contra usted, y las razones que sostienen esta acusación son:
ACUSACIÓN N.º 1
Se le acusa de haberse ausentado sin notificarlo previamente en las siguientes fechas:
•    25 de Septiembre de 1969: 4 hrs
•    28 de Septiembre de 1969: 8 hrs
•    29 de Septiembre de 1969: 8 hrs
•    5 de Octubre de 1969: 8 hrs
•    6 de Octubre de 1969: 4 hrs
•    7 de Octubre de 1969: 4 hrs
•    13 de Octubre de 1969: 5 hrs
•    15 de Octubre de 1969: 4 hrs
•    16 de Octubre de 1969: 8 hrs
•    19 de Octubre de 1969: 8 hrs
•    23 de Octubre de 1969: 4 hrs
•    29 de Octubre de 1969: 4 hrs
•    4 de Noviembre de 1969: 8 hrs
•    6 de Noviembre de 1969: 4 hrs
•    12 de Noviembre de 1969: 4 hrs
•    13 de Noviembre de 1969: 8 hrs.
Sumándose a lo arriba reseñado, los siguientes datos de su expediente personal serán considerados determinantes para la obligación de tomar medidas disciplinarias:
Se le envió una carta de apercibimiento por ausentarse del trabajo sin notificarlo previamente el 1 de Abril de 1969.
Se le envió un anuncio de propuesta de acción disciplinaria el 17 de Agosto de 1969, por ausentarse del trabajo sin notificarlo previamente. Como resultado de aquella acusación se le suspendió sin paga durante tres días del 17 de Noviembre de 1969, al 19 de Noviembre de 1969.
Tiene derecho a apelar la acusación en persona o por escrito, o de ambas formas, y acompañarse de un abogado de su elección. Su réplica ha de hacerse antes de diez (10) días hábiles tras el recibo de esta carta. También puede incluir declaraciones juradas en apoyo de su respuesta. Cualquier réplica escrita será dirigida al Director de Correos, Los Ángeles, California 90052. Si necesita tiempo adicional para completar su apelación, será considerado tras una petición escrita exponiendo la necesidad.
Si desea apelar en persona, puede pedir una cita con Ellen Normell, Jefe de Empleados y sección de Servicio, o K. T. Shamus, Oficial de Servicios de Empleo, telefoneando al 2892222.
Después de que expire el plazo de 10 días para la réplica, todos los hechos de su caso, incluida la apelación si la hubiera, pasarán a ser completamente considerados antes de tomar una decisión. La decisión le será enviada por escrito. Si la decisión es adversa, la carta le explicará la razón, o razones, que han llevado a tomar la decisión.

Charles Bukowski
Cartero


Cartero es la primera novela publicada de Charles Bukowski, considerado uno de los autores más influyentes e imitados de la generación actual de escritores estadounidense gracias a su particular estilo, propio del realismo sucio y la literatura independiente.
Con una prosa plana, sobria y precisa, Bukowski ha producido algunas de las piezas más hermosas de la literatura contemporánea, no por la belleza de su lenguaje sino por la sinceridad de sus ideas malsonantes que consiguen reproducir magistralmente los ambientes pestilentes y marginales que frecuentó durante su juventud.
La novela describe, a través de su alter ego Chinaski, los doce años que estuvo empleado en una sórdida oficina de correos del Servicio Postal de Estados Unidos, hasta que un editor, deslumbrado por su fuerza poética, le ofreció cien dólares mensuales de por vida para que dejara el trabajo y escribiera a tiempo completo. Bukowski, con 49 años encima, decide aceptar y abandona la miserable seguridad de su empleo para escribir Cartero, su primera novela, en menos de un mes.
Una sátira brillante destinada a convertirse en clásico de la literatura moderna pues gracias al tiempo libre que obtiene con su nuevo trabajo de escritor, el alcoholismo y su adicción por las carreras de caballos, Bukowski empieza una serie de novelas autobiográficas que lo convertirían, muy a su pesar, en heredero indiscutible de la generación beat.


El señor Prieto —o don Inda, como se le llama en Madrid— ha tenido la fuerza y la sinceridad, que ya es mucho en los tiempos que corren, de confesar la verdad en lo que a la situación financiera y económica del Estado se refiere.

LA SITUACIÓN ECONÓMICA Y POLÍTICA
«La Veu de Catalunya», 14 de octubre de 1931
El señor Prieto —o don Inda, como se le llama en Madrid— ha tenido la fuerza y la sinceridad, que ya es mucho en los tiempos que corren, de confesar la verdad en lo que a la situación financiera y económica del Estado se refiere. Ya han leído ustedes su discurso: es catastrófico. Nosotros añadiremos —aunque sea a riesgo de que nos vayan tomando por derrotistas y por aficionados a las maniobras (nunca hemos sabido de qué maniobras se trata)—, nosotros añadiremos que es pálido relativamente a la abrumadora realidad. Las personas que hayan leído los artículos que hemos publicado recientemente en estas páginas deben de haber visto cómo se ha ido cumpliendo todo lo que hemos ido deduciendo de la inexpugnable, absurda y extravagante política del Gobierno. No ha fallado nada, porque no podía fallar nada. Diremos más: si la política actual continúa, pronto nos encontraremos en una situación infinitamente más grave que la presente. Estamos abocados a ello, vamos, el país va, directo hacia allí, con los ojos cerrados. La gran incógnita del momento consiste en saber los síntomas del sentido común para recoger una herencia política dominada por el hecho de haber llevado la economía del país a un estado avanzado de descomposición.
Quince días después de haberse hecho cargo el Gobierno actual de la administración del país entró la economía española como un todo, y la catalana en particular, en una fase de confusión y de marasmo que a medida que ha ido pasando el tiempo se ha acentuado. Esta situación no tiene nada que ver con las consecuencias de la crisis mundial. Al contrario: sin las fantásticas depreciaciones que han sufrido los precios de las materias primas —el algodón, por ejemplo— ¿adónde habría ido a parar la vitalidad de la industria de este país? Las causas del marasmo son políticas, internas y localizadas concretamente. El Gobierno comenzó a actuar con un apoyo ciudadano como no recordamos haya tenido ningún otro gobierno. Por un momento, el país tuvo la impresión de que finalmente —¡finalmente!— entraría en la normalidad. Las clases conservadoras se dispusieron a servir con la mayor lealtad. El país sintió una inmensa necesidad de paz, de orden, de justicia, de libertad y de autoridad…
Y ya ven ustedes lo que ha pasado. En el periodo de cuatro días, como quien dice, se ha producido un enorme desencanto. La frase que tiene todo el mundo en los labios es la que se dijo tanto en Francia después del Segundo Imperio: Qu’elle était belle la République sous l’Empire! ¡Qué hermosa era la República —dice la gente parodiando la frase— en tiempos de la Monarquía![94] Se han cometido atropellos legales como en otros tiempos. El Gobierno actual es uno de los peores que ha tenido jamás la Península. El Parlamento, ya lo ven: es un tumulto gregario e incoherente. Una serie de disposiciones, de declaraciones, de actos inspirados en un total olvido de lo que es, bajo todos los climas y en todas las latitudes, la función de gobierno, ha producido un desbarajuste total en la economía del país. El capital se ha retraído. La organización del crédito se ha roto. En los terrenos bancario, industrial, comercial, agrícola y monetario las dificultades aumentan incesantemente. La vitalidad que tenía el país —vitalidad correspondiente a lo que este país puede dar de sí, naturalmente— se va disipando cada día que pasa. En estos momentos, el Gobierno se aguanta —como se aguantaron tantos gobiernos del viejo régimen— porque este país es excepcional.
¿Las consecuencias de todo ello? Son claras: a medida que la parálisis se va apoderando del país, se van agotando todas las fuentes de tributación y el déficit del presupuesto del Estado va creciendo. Prieto ha dicho que el déficit asciende ya a 500 millones. La cifra real, según los expertos, es superior a la ofrecida por el ministro de Finanzas. ¿A cuánto ascenderá a final de año? Se habla ya de un empréstito. Pero, dado el crédito que actualmente tiene el Gobierno, ¿dónde se encontrará el dinero? Si continúa la política actual, el agotamiento de las fuentes de tributación no hará sino acentuarse fatalmente, y los observadores experimentados de la situación prevén grandes dificultades para el Estado el año que viene. Si a ello se añaden las compras que habrá que hacer en el extranjero por el déficit que se producirá en la producción agrícola, el panorama que se avecina se presenta con unos colores desagradablemente acusados.
El Gobierno que ha llevado al país a esta situación quiere construir escuelas. ¿Con qué dinero las levantará? El Gobierno quiere expulsar a las órdenes religiosas. ¿Con qué dinero podrá lograr la sustitución de los servicios sociales que realizan las órdenes? El Gobierno quiere tener un buen Ejército que será mucho más caro que el malo de antes; ¿con qué lo pagará? Y Esquerra Republicana de Catalunya, que es responsable en gran parte de la situación en que nos encontramos, ¿con qué dinero organizará la autonomía de Cataluña? ¿Con las cotizaciones del Único…?

Josep Pla i Casadevall
La Segunda República española
Una crónica, 1931-1936

Edición de Xavier Pericay

Josep Pla, corresponsal en Madrid de un diario barcelonés, fue testigo privilegiado y cronista en directo del advenimiento, desarrollo y caída de la Segunda República.
Las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 dieron paso dos días más tarde a la proclamación de la Segunda República española. Desde entonces y hasta la insurrección militar del 18 de julio de 1936, se sucedieron cinco años cruciales de la historia de España, cinco años que constituyen el precedente, mitificado y denostado al mismo tiempo, de la actual democracia.
El apasionante día a día de ese inestable periodo contó con un testimonio de excepción: Josep Pla, periodista magistral, que mediante certeras crónicas trazó una singular panorámica crítica de los protagonistas y motivaciones de estos años clave de nuestra historia contemporánea, marcados por la agitación política y social, que desembocarían en la guerra civil.



DEL DIARIO DE UNA SEÑORITA

DEL DIARIO DE UNA SEÑORITA
(Из дневника одной девицы)
Día 13 de octubre. ¡Por fin hay fiesta en mi calle! Lo miro y no creo lo que ven mis ojos. Por mi ventana, hacia atrás y hacia adelante, pasa un chico alto y moreno, bien dispuesto, con unos ojos negros profundos. ¡Qué bigote tan bonito! Es ya el quinto día que pasa, desde por la mañana temprano hasta que es tarde por la noche, y siempre mira hacia nuestras ventanas. Finjo que no estoy prestando atención.
Día 15. Hoy cae una lluvia torrencial desde por la mañana, y el pobre sigue pasando. A cambio le eché miraditas y le envié un beso por el aire. Respondió con una sonrisa encantadora. ¿Quién es él? Mi hermana Varia dice que él está enamorado de ella, y que es por ella por quien se moja bajo la lluvia. ¡Qué ignorante! Pero ¿es que puede acaso un moreno amar a una morena? Mamá nos mandó arreglarnos y sentarnos junto a las ventanas. «Podría ser un granuja, pero pudiera ser un señor honrado», dijo ella. Un granuja… que… ¡Está usted tonta, mamasha!
Día 16. Varia dice que me he zampado su vida. ¡Que soy culpable de que él me ame a mí y no a ella! Como con disimulo le dejé caer una nota en la acera. ¡Oh, truhán! Apoyándose en el brazo escribió con una tiza: «Después». Y siguió andando y andando, y escribió en las puertas vis-à-vis: «No me opongo, sólo que después». Lo escribió con la tiza y lo borró rápidamente. ¿Por qué está latiendo así mi corazón?
Día 17. Varia me dio con el codo en el pecho. ¡Qué miserable envidiosa, qué vil! Hoy él detuvo a un policía, y estuvo hablando con él un buen rato, señalando en la dirección de nuestras ventanas. ¡Qué intriga! Le debe estar sobornando… ¡Qué tiranos y despóticos son los hombres, pero qué ladinos y hermosos!
Día 18. Tras una larga ausencia hoy por la noche llegó mi hermano Seriozha. No se había acostado aún en la cama cuando lo llamaron desde la comisaría.
Día 19. ¡Canalla! ¡Miserable! Resulta que, durante estos doce días, él estaba siguiendo las huellas de mi hermano Seriozha, porque dilapidó el dinero de otra persona y huyó. Hoy ha escrito en las puertas: «Yo estoy libre y puedo». Bestia… Le saqué la lengua.

Antón Chéjov
Vol. 1 (1880-1885)
Cuentos completos de Chéjov 

El padre del cuento. Un punto de partida para la literatura. Antón Pávlovich Chéjov y su universo. Por primera vez en español cuidados volúmenes reunirán toda la narrativa breve del maestro ruso universal. Una selecta traducción realizada por los mejores traductores y una rigurosa edición a cargo de Paul Viejo, que servirá para conocer de principio a fin y cronológicamente la obra del autor de La dama del perrito. Un primer volumen donde confluyen sus cuentos iniciales, humorísticos y paródicos, junto a obras maestras como El camaleón, Se fue o Flores tardías. El camino se abre aquí a una obra de referencia para la modernidad. El camino de Chéjov. Chéjov completo.

Te quiero, te quiero, te aguardo.

Carta nº 53
Madrid, 12 de octubre de 1889
“Men are men,
the best sometimes
forget”.
[La cita está impresa en el papel de forma transversal]
 Sábado.
¿Conoces el papel? ¿Sí? Pues adelante. Ayer no te escribí, miquiño, porque aún dudaba la incertidumbre de las noticias y no sabía yo si me sería preciso marchar, lo cual en estos momentos (aparte de la causa) me sería perjudicial por encontrarme metida de cabeza en las pruebas de 2 tomos de crónicas de la Exposición. Hoy ya puedo decir que, a no ocurrir complicaciones repentinas, no marcharé. Me explicaré. Lo que tiene el niño es una fiebre palúdica, adquirida en la humedad de la aldea; los médicos opinan que no hay peligro alguno, pero que será larga, larga, la convalecencia; estas fiebres (que el niño tiene ahora por segunda vez, pues sufrió otra el año pasado) suelen durar hasta dos meses. Si ésta se prolonga, yo me iré allá de todos modos, así que la impresión de mis tomos se acabe y tú regreses y te haya visto, abrazado y recibido en mi seno (esto sí que es pura Academia). Claro es que si sobreviniese una peoría, allá me iré, y no permita Dios que tal suceda. Pero dentro de lo normal, aguardaré a despachar lo pendiente.
No atribuyas, alma mía, a falta de cariño el que esta carta sea algo rápida, más rápida de lo que yo quisiera. Estoy trabajando 7 y 8 horas diarias y me duele la muñeca de tanto escribir. Es que las crónicas, trabajo ante todo de actualidad, quieren ser publicadas antes de que la Exposición se cierre, y la Exposición va a cerrarse muy pronto, y en la publicación en tomo tengo mucho que enmendar, por lo cual no me doy punto de reposo. Además hice dos artículos de viaje, uno para La Época, a ruegos de Escobar, sobre Karlsbad, otro para El Imparcial por súplicas de Munilla, sobre Núremberg: aviso y ojo al Cristo, no salgas tú con otros sobre el mismo asunto. Concrétate, Ganganelli mío, a Stratford. Te quiero muy sespiriano.
¡Ah! Para acabar con la cochina literatura. Mañana recibirás por el correo Morriña: ya pedí en casa de Fe la Incógnita, por cuenta tuya, alegando que iba a enviarte Morriña y que al venir tú me pondrías la dedicace. ¿Soy maquiavélica o no?— Ambos ciempieses se pusieron a la venta el mismito día, a la propia hora. ¡El hado! ¡El hado! ¡Fortuna!
Con tu Morriña irá otra para Pereda, así como la Insolación que creo no le remití. No quedemos mal por un cochino libro más o menos.
Ya he leído la Incógnita, como supondrás. Es cosa rara. Cuando tú escribes, eres tan nihilista e insensato como sensato y ministerial y burgués en la conversación. Tu libro es la condenación de Varela, Millán y hasta Montero. Si aquí se les sacase punta a los libros…
Me he reconocido en aquella señora más amada por infiel y por trapacera. ¡Válgame Dios, alma mía! Puedo asegurarte que yo misma no me doy cuenta de cómo he llegado a esto. Se ha hecho ello solo; se ha arreglado como se arregla la realidad, por sí y ante sí, sin intervención de nuestra voluntad, o al menos por mera obra del sentimiento, que todo lo añasca.
Yo no soy tan pesimista como tú. Espero que se repitan aquellas escenas deliciosas. No hemos hecho más que arrimar la manzana a los dientes, ésta es la verdad, no hemos agotado, ni siquiera bebido a boca llena el dulce licorcito que nos podemos escanciar el uno al otro. (¿Que t. a. l tal?) Y cuento con que lograremos el bis que tiene toda canción bonita. Calma y demos al tiempo lo suyo.
No exaltes tu imaginación representándote las escenas matrimoniales más vivas de lo que son en realidad. El matrimonio lleva consigo algo de calma y de paz que no corresponden a eso que te figuras. Además, en eso; yo tengo un entusiasmo sin igual. Solo de pensar ahora en nuestras execraciones me corre frío y calor por las venas. Acaso dudes de mi sinceridad, y es en esto absoluta y casi peca de cínica. Me trastorna recordar aquellos casos. Cuando intento explicarme a mí misma esta exaltación de mi fantasía y de mi sangre al tratarse de ti, verás cómo me la explico: yo contigo me he reprimido siempre: el temor de perjudicarte, y no sé qué sentimiento de protección física del más fuerte al más débil, me contenían: este dique encrespa más la violencia del deseo. No te rías; es así; y solo así se comprende.
Si quieres enviarme algo que me guste envía pliegos de Realidad. El arto. del Imparcial te probará que tu buitra no ha olvidado ningún pormenor del viaje célico.
Escríbeme para que yo reciba la carta el Miércoles.
Te quiero, te quiero, te aguardo.

Emilia Pardo Bazán
Miquiño mío
Cartas a Galdós

Se trata de la recopilación de las cartas, conocidas hasta el momento, enviadas por Pardo Bazán a Galdós, ordenadas cronológicamente y acompañadas de una aproximación a la figura de la escritora coruñesa y el relato esencial del amor y la amistad entre ambos autores.

Vivió unos cuarenta años más que su primogénito, David, y que su primer nieto

Por aquella época, la época de la enfermedad de mi padre, el abuelo Alexander, con noventa años, en pleno esplendor físico y en pleno florecimiento romántico, sonrosado como un recién nacido, fresco como un joven esposo, se pasaba el día yendo y viniendo, y vociferando: «¡Bueno!, shto!» o: «Paskudniakin! Yulikim! ¡Granujas!». O: «¡Bueno!, davai! Jarosho! ¡Ya basta!». Las mujeres le acosaban. Con frecuencia, incluso por la mañana, se tomaba un «coñacito», y al instante su cara sonrosada se ponía roja como un tomate. Cuando mi abuelo y mi padre estaban hablando en el patio, o paseando por la acera delante de la casa y discutiendo, a juzgar por sus gestos, el abuelo Alexander parecía mucho más joven que su hijo. Vivió unos cuarenta años más que su primogénito, David, y que su primer nieto, Daniel Klausner, que fue asesinado en Vilna por los alemanes, unos veinte años más que su mujer y otros siete más que su hijo pequeño.
Un día, el 11 de octubre de 1970, unas cuatro semanas después de haber cumplido sesenta años, mi padre se levantó temprano como de costumbre, mucho antes que el resto de la familia, se afeitó, se perfumó, se humedeció un poco el pelo antes de peinárselo hacia atrás, se comió un panecillo con mantequilla, se tomó dos vasos de té, leyó el periódico, suspiró varias veces, echó un vistazo a la agenda, que estaba siempre abierta en su escritorio para poder tachar con una raya todo lo que ya estaba hecho, se puso una corbata y una chaqueta, hizo una pequeña lista de la compra y se fue en coche hacia la plaza de Dinamarca, en el cruce de la avenida Herzl y la calle Bet Hakerem, para comprar material de escritorio en una pequeña tienda donde solía adquirir todo lo que necesitaba. Aparcó y cerró el coche, bajó cinco o seis escalones, esperó su turno, incluso le cedió amablemente el paso a una señora, compró todo lo que llevaba escrito en la nota, bromeó con la dueña de la tienda diciéndole que la palabra mehadeq era tanto un sustantivo, que significa «clip», como un verbo, que significa «sujetar»; también le comentó algo sobre la negligencia del ayuntamiento, pagó, esperó el cambio, lo contó bien, cogió la bolsa con las compras, le dio las gracias a la señora, le pidió que no olvidara saludar de su parte a su querido marido, se despidió, le deseó que pasara un buen día, les dijo adiós también a dos desconocidos que estaban esperando detrás de él, se dio la vuelta, caminó hasta la puerta, cayó y murió allí mismo de un ataque al corazón. Mi padre dejó dicho que su cuerpo se donara a la ciencia y su escritorio me lo dejó a mí. En él se están escribiendo estas páginas, y sin una sola lágrima, pues mi padre se oponía radicalmente a las lágrimas, y ante todo, a las lágrimas de los hombres.
En su agenda, en la fecha de su muerte, encontré escrito lo siguiente: «Material de escritorio: 1. Papel de cartas. 2. Un cuaderno con espiral. 3. Sobres. 4. Clips. 5. Preguntar por carpetas de cartón». Todo eso, incluidas las carpetas de cartón, estaba en la bolsa que sus dedos no habían soltado. Cuando llegué a la casa de mi padre en Jerusalén, al cabo de una hora u hora y media, cogí su lapicero y tracé dos cruces sobre esa lista, como solía hacer mi padre para tachar de inmediato de la agenda todo lo que ya estaba hecho.

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad

Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

Parece que no supieran que la solidez te la has creado con un fin que no es el de ayudarles.

10 de octubre
La fama que te van dando de persona sólida, dura, voluntariosa y exitosa comporta el sobreentendido de que quieren apoyarse en ti, radicarse en tu fuerza, desviarla hacia sus fines. En resumen, destruirla. Parece que no supieran que la solidez te la has creado con un fin que no es el de ayudarles.
Un viejo sueño. Estar en el campo con una mujer guapa —Greer Garson o Lana Turner— y hacer una vida sencilla y perversa. Cosas superadas. No lo pienses más.

Cesare Pavese
El oficio de vivir

El oficio de vivir, diario de Cesare Pavese, fue publicada por primera vez en italiano en 1952, la obra alcanzó extraordinaria resonancia entre varias generaciones sucesivas de lectores en todo el mundo; pero sólo en 1990 apareció en italiano finalmente esta nueva edición, basada en el manuscrito autógrafo que se conserva en la Universidad de Turín, que enmienda numerosos errores de la transcripción de las ediciones anteriores y restituye más de treinta pasajes omitidos total o parcialmente en ellas, por hacer referencia a personas vivas o por juzgarse su contenido «demasiado íntimo y sensible».
Llevada a cabo con el máximo rigor erudito y filológico, la presente edición procura el óptimo acceso a una creación esencial de la cultura contemporánea, traducida por el relevante poeta y traductor Ángel Crespo. Una de las reflexiones más lúcidas y desgarradas sobre la literatura y la vida, la historia y el sexo.

Pero ese día lo más dulce de Valencia era el sol de otoño.

Franco y yo llegamos a Valencia el mismo día: él venía a visitar el acorazado Coral Sea, de la VI Flota, fondeado en aguas de la Malvarrosa; yo iba a estudiar el preuniversitario en la academia Castellano que estaba en la plaza de los Patos. Era un 9 de octubre, festividad de San Donís, patrón de los pasteleros. Ese día se celebraba en Valencia la tradición de la mocadorada: los enamorados se obsequiaban con un pañuelo repleto de dulces, frutos secos y peladillas. Los novios ricos solían anudar el pañuelo con una pulsera o una sortija de valor pero ese día en que llegué a Valencia yo no tenía a nadie a quien dar un caramelo. En cambio a la esposa del Caudillo en el ayuntamiento le acababan de regalar un mantón de Manila lleno de golosinas y alhajas selectas en un acto oficial que estaba retransmitiendo con voz muy redonda el locutor de Radio Alerta: en este momento el excelentísimo señor alcalde en el salón de columnas hace ofrenda a la doña Carmen de un riquísimo mantón de Manila bordado a mano que rebosa de todo lo más dulce que se fabrica en la hermosa ciudad de Valencia, queridos radioyentes, con todo el surtido de turrones los valencianos ofrendamos a la señora también nuestro corazón agradecido.
Mientras el locutor llenaba de azúcar las ondas del espacio yo iba con la maleta en la mano por la calle Pascual y Genís, y allí había una pastelería llamada Nestares que tenía en el escaparate la imagen de Franco fabricada con frutas confitadas, cerezas, higos, orejones, albaricoques, melocotones, junto al escudo de España y la bandera nacional hecha con pasteles y repostería fina. Muy cerca del cine Suizo, en la plaza del Caudillo, la pastelería Rívoli también exhibía la figura de Franco confeccionada a base de almendras garrapiñadas. La Rosa de Jericó, en la calle de la Paz, había montado un motivo patriótico con un arreglo de trufas típicas de la casa y en Noel se podía ver un gran retrato del Vigía de Occidente que hacía sonreír el bigotito entre las columnas de Hércules en chocolate con un letrero de merengue que decía: Plus Ultra. Pero ese día lo más dulce de Valencia era el sol de otoño.
Yo había llegado a la estación del Norte con una carbonilla en el ojo oliendo a humo por todas las costuras del traje de Tamburini y también traía los distintos perfumes agrícolas que había ido acumulando a través de la ventanilla abierta. Había cruzado los tablares de hortalizas de Moncófar, los naranjales de Sagunto, los carrizales del Puig donde pastaban toros de media casta. Después aparecieron algunas barracas en la huerta de Alboraya con surcos abiertos a tiralíneas y en ellos había toda clase de verduras del tiempo entre las cuales aparecían labradores con la espina doblada y figuras de rocines arando a lo lejos y la renqueante velocidad del convoy confería a aquella geometría vegetal una sensación óptica muy próxima a la perfección de la naturaleza. A la altura del Cabanyal el paisaje había comenzado a llenarse de tapias y escombreras con cañizares y almacenes destartalados, y en seguida el tren se había metido resoplando ya con lentitud entre las fachadas sucias con mucha ropa tendida en las ventanas y la máquina no había parado de silbar con un sonido amenazador cuando atravesaba algunas bocacalles de la ciudad que tenían la barrera echada, y en el paso a nivel del Camino de Tránsitos esperaba la gente con motos, bicicletas, camiones y otros carromatos. Bajo el asiento había sentido que las vías se multiplicaban o se dividían con cada golpe de agujas que sacudía los vagones. Esta vez también me había parecido que las ruedas discurrían por aquella trama de rieles guiadas sólo por un instinto que les había hecho llegar de forma inexorable al andén exacto y que el primer sorprendido había sido el propio maquinista.

Manuel Vicent
Tranvía a la Malvarrosa

En la Valencia todavía campesina y huertana de los años cincuenta, en la que se producen hechos tan sonados como el crimen de la envenenadora o el garrote vil al esquizofrénico que asesinó y cubrió de flores a una niña, el protagonista atraviesa la adolescencia sobre un fondo de boleros en un viaje heroico para encontrarse a sí mismo… Un viaje en pos de la conciencia y la madurez que se realiza en un tranvía hacia la playa de la Malvarrosa…
Una maravillosa novela sobre el fin de la inocencia y el despertar a la edad adulta. Su novela más leída.

Los bombardeos más fuertes de aquel tiempo creo que fueron los de agosto y los de septiembre.

Al principio del verano llegó de París Francisco Lucientes, con quien me unía una amistad excepcional. Venía como corresponsal de Ya en Alemania. Para mí fue una alegría inmensa tenerle en Berlín.
Lucientes se fue a vivir al Hotel Edén, y luego a una pensión que creo que estaba en la Rankestrasse. Lo que no se me ha olvidado es el número de la casa: 222, que nos era muy difícil decirlo a los taxistas. Después Paco vino al Hotel Imperial, en el 181 del Kurfürstendamm, donde yo había ya estado. Hacíamos la vida juntos, y durante el verano íbamos con frecuencia a los lagos de los alrededores. De lo que más me acuerdo es de los hoteles de Haus Gatov y de Potsdam.
Los bombardeos más fuertes de aquel tiempo creo que fueron los de agosto y los de septiembre.
En septiembre volví a encontrarme mal de salud y andaba preocupado con que me pudiera repetir el ataque, cuando recién entrado octubre me ocurrió un disgusto personal, convertido más tarde en noble raíz amistosa, que me desquició mayormente los nervios, entrándome tal antipatía por Berlín que decidí no sufrirlo más.
Coincidió todo aquello con que a Francisco Lucientes no le gustaba Berlín ni poco ni mucho ni quería seguir en su puesto, porque antes que nadie tuvo una idea muy clara de cómo había de seguir y de terminar la guerra, y hablándome él de volverse a París le dije que con él me iba, pareciera mejor o peor a mi periódico la decisión.
Precipitadamente salí con Lucientes para París el 8 de octubre de 1940, con un permiso de ida y vuelta que pedí en el Ministerio, donde no dije la verdad de mis propósitos.
El 9 de octubre dormí en el Hotel Ambassadeur, donde provisionalmente quedé instalado. Me encontraba mal y muy deprimido y le rogué a Paco que se quedara aquella noche en el hotel, pero él me explicó que no le era posible y que a la mañana siguiente vendría a despertarme.
Sentía una angustia terrible y como un presentimiento de que me iba a morir aquella noche. Entonces le pedí a Paco que me dejara el número de su teléfono por si me encontraba mal. Lo apunté, pero él me dio un número falso. Lucientes era un tanto misterioso e impenetrable en su vida íntima. Menos mal que no me morí, y que a la mañana siguiente él vino a buscarme.
En un carnet de notas tengo apuntadas algunas cosas de estos primeros días en París.

César González-Ruano
Memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias

Quizás el secreto del arte de González-Ruano esté en la perfecta armonización de los contrarios. De ahí que su prosa tan resabiada y sutil sea a la vez tan aparentemente vigorosa y espontánea, tan llena de pasión y de escepticismo, de ternura y de crueldad, de curiosidad por todo y de desgana ante todo. En pocos escritores se adivina tan a las claras como en él que el estilo es el hombre, que vida y estilo deben corresponderse íntimamente, sin frivolidades ni componendas, en la obra de todo verdadero escritor.

Luisa Carlota intrigó todo lo que pudo, y regaló a su sobrina Isabel un medallón de oro con pelo de Paquito.

CONSIGUIÓ, por fin, el conde de Parcent, a final de septiembre de 1841, aunque no con gran oportunidad ni con gran fortuna, el permiso de que los infantes volvieran a España. Justamente cuando iban a entrar por la frontera ocurrió, el 7 de octubre, la rebelión de los moderados y el alzamiento de Vitoria y de Pamplona. Se dieron entonces órdenes para impedir la entrada de los infantes, Traía don Francisco de Paula el camino de Canfranc, y dispuso el Gobierno que si entraba en España no pasara de Zaragoza. En la frontera estuvo detenido hasta la terminación de los alzamientos.
Al saber el final de la rebelión envió un correo a Madrid con una carta para el Gobierno, muy expresiva. En ella se ofrecía a defender la regencia del duque de la Victoria, poniendo a su servicio sus bienes, su espada y las de sus hijos. Para evitar réplicas y observaciones, al mismo tiempo del ofrecimiento se dirigió canino de la frontera vasca.
Hizo el viaje en silla de posta, acompañado de don Hipólito de Hoyos, mayor de la Secretaría de Estado, enviado por el Gobierno para felicitar a los infantes. Iban también el conde de Parcent y Pereira, secretario particular de don Francisco, hombre resuelto, diestro en la intriga, ex director de El Graduador y autor del folleto titulado Matrimonio de la reina Cristina con Muñoz.
La revolución de don Paco fue adoptada por la infanta doña Carlota, quien, con ademanes briosos y llenos de fuego, le aconsejó que, al llegar a Madrid, entrara blandiendo la espada al frente de las huestes del duque. A don Paco le pareció esto excesivo.
Al saber María Cristina el proyecto de su cuñado, intentó impedirlo mediante la influencia de Luis Felipe. Don Francisco de Paula encontró obstáculos para cruzar la frontera vasca, y entonces don Paco pasó por Olorón y fue después a Zaragoza, mientras doña Luisa Carlota se dirigía por mar a Santander, para llegar a Burgos, en cuya ciudad se reunieron los cónyuges, y permanecieron algunos días alojados en casa del diputado don Antonio Collantes.
Se dijo que don Paco estuvo a punto de caer en manos de los sublevados, cuyos jefes habían dado la orden de conducirle preso, si lo encontraban, a la ciudadela de Pamplona.
Instalados en Burgos, el conde de Parcent fue a Madrid a gestionar el traslado a otro pueblo menos frío, y, tanto el conde como el diputado Collantes no perdonaron medios para obtener la autorización de residencia para los infantes en Madrid; pero no la obtuvieron, y sólo pudieron conseguir su traslado a Sevilla, con la promesa de permanecer en la corte quince días para descansar del viaje y proveerse de las cosas más necesarias. La promesa no la cumplieron los infantes, que se quedaron en Madrid y comenzaron a intrigar.
La primera entrevista de Carlota con su sobrina Isabel II y su hermana fue muy fría. La reina niña llamaba a la infanta su merced, y Luisa Carlota dijo: «Si me tratas así, me obligarás a que yo te diga Majestad».
A pesar de los arrumacos de los infantes, no hubo cordialidad en la familia.
Poco después pidieron estos para su hijo don Francisco de Asís el que le nombraran capitán de Húsares de la Princesa, y para el segundo, don Enrique, una plaza de guardia marina. El joven don Francisco de Asís comenzó a darle escolta en sus paseos en coche a Isabel II.
Al acercarse Paquito a Isabel pensaban la infanta y el conde de Parcent comprometer a la reina joven con su primo para llegar al matrimonio proyectado.
Luisa Carlota intrigó todo lo que pudo, y regaló a su sobrina Isabel un medallón de oro con pelo de Paquito.

Pío Baroja
Desde el principio hasta el fin
Memorias de un hombre de acción - 22

Desde el pincipio hasta el fin, contiunación de Crónica escandalosa, se desarrolla en la España convulsionada tras la guerra carlista, y recrea los postreros años de actividad política de Aviraneta. En él, se reúnen varios relatos que van desde la caída de María Cristina hasta los años en que Aviraneta vivió en San Sebastián, e incluye un epílogo a las «Memorias de un hombre de acción» donde se da cuenta de los desvelos del autor para obtener los materiales con los que compuso esta monumental obra.

Vendí cinco dólares en libros en un momento, a pesar de que había decidido que no haría ningún negocio al ser domingo.

Capítulo 12
El día siguiente fue domingo, 6 de octubre. Recuerdo bien la fecha.
Desperté tan animada como cualquier heroína de Robert W. Chambers. Todas mis dudas y tristezas de la noche anterior se habían disipado y me sentía en placentera armonía con el mundo y todo lo que éste contenía.
El hotel se encontraba en un estado bastante precario, pero eso no bastaba para arruinarme el ánimo. Me di una ducha terriblemente helada en una auténtica bañera de campo y luego desayuné huevos y tortitas. En la mesa había un tipo que vendía pararrayos y muchos otros viajantes de comercio.
Mucho me temo que mi conversación aquella mañana estuvo conscientemente modelada por lo que el profesor habría dicho si hubiera estado allí; sea como fuere, conseguí arreglármelas. Los viajantes, después de un momento de embarazosa indiferencia, me trataron como a una más de los suyos y me preguntaron por mi «línea» de negocio con vivo interés.
Les conté lo que hacía y todos dijeron que me envidiaban por mi libertad de ir y venir sin necesitar de los trenes. Hablamos animadamente durante largo rato y, casi sin proponérmelo, empecé a predicar sobre los libros. Al final insistieron en que les enseñara mi Parnaso.
Salimos todos al establo, donde se hallaba la caravana, y aquellos hombres husmearon entre las estanterías. Vendí cinco dólares en libros en un momento, a pesar de que había decidido que no haría ningún negocio al ser domingo. Sin embargo, no pude negarme a venderles aquellos volúmenes, pues todos parecían agradecidos de conseguir algo bueno que leer. Un hombre se puso a hablar sin parar de Harold Bell Wright, pero por desgracia tuve que admitir que no sabía quién era. Evidentemente, el profesor no tenía ninguna de sus obras. Me alegró un poco saber que, después de todo, el pequeño Barbarroja no sabía absolutamente todo acerca de la literatura.
Después de aquello dudé sobre si debía ir a la iglesia o dedicarme a escribir algunas cartas. Finalmente me decidí por las cartas. Empecé por Andrew y escribí:
HOTEL MOOSE, BATH
Mañana de domingo
Querido Andrew:
Parece absurdo pensar que sólo han pasado tres días desde que me marché de Sabine Farm. Honestamente: me han ocurrido más cosas en estos tres días que en los últimos quince años allí.
Lamento que el señor Mifflin y tú hayáis discutido, aunque puedo entender cómo te sientes. No obstante, me he enfadado mucho al saber que habías intentado detener el pago del cheque. Sencillamente, no era asunto tuyo, Andrew.
Telefoneé al señor Shirley y le pedí que diera la orden de pagar al señor Mifflin en el banco de Woodbridge. El profesor no me engañó para que comprara su Parnaso. Lo hice por mi propia voluntad. Si quieres saber la verdad, ¡la culpa es tuya! ¡Lo compré porque tenía miedo de que lo compraras tú si no lo hacía yo! Y no quería quedarme sola en la granja de aquí al Día de Acción de Gracias mientras tú te ibas a otro de tus viajes. De modo que decidí que lo haría yo.
Pensé que así verías lo que se siente al quedarse solo y a cargo de todo en casa. Pensé que sería bueno para mí despejar mi mente durante un tiempo y vivir mi propia aventura.
Ahora, Andrew, he aquí algunas instrucciones para ti:
1. No olvides alimentar a las gallinas dos veces al día y recoger todos los huevos. Hay un nido detrás de la pila de leña y algunas de las cluecas han estado poniendo debajo de la despensa de hielo.
2. No dejes que Rosie toque la porcelana azul de la abuela porque estoy segura de que la rompería en cuanto pusiera sus gruesos y torpes dedos suecos sobre ella.
3. No olvides tu ropa interior de invierno. Las noches empiezan a ponerse frías.
4. Olvidé cubrir la máquina de coser. Por favor, cúbrela tú o se llenará de polvo.
5. No dejes que el gato ande libremente por la casa de noche: siempre rompe algo.
6. Envíale tus calcetines o cualquier cosa que necesites remendar a la señora McNally. Ella lo hará por ti.
7. No olvides alimentar a los cerdos.
8. No olvides reparar la veleta del granero.
9. No olvides mandar el barril de manzanas a la fábrica de sidra o no tendrás nada que beber cuando el señor Decameron venga a vernos a finales de otoño.
10. Sólo para llegar a los diez mandamientos, añadiré uno más: llama a la señora Collins y dile que la reunión de las Dorcas tendrá que hacerse en otra casa la próxima semana, porque no sé cuándo regresaré. Quizás me ausente durante quince días más. Éstas son mis primeras vacaciones en mucho tiempo y pienso disfrutarlas al máximo. El profesor (el señor Mifflin, quiero decir) ha regresado a Brooklyn para trabajar en su libro. Lamento que os hayáis puesto a pelear en medio del camino como dos rateros. Él es un buen hombre y estoy segura de que te caería bien si lo conocieras mejor.
Pasaré el domingo en Bath y mañana iré hasta Hastings. He vendido cinco dólares en libros esta mañana, a pesar de ser domingo.
Tu hermana,
HELEN McGILL
P. D. No olvides limpiar el alambique cuando lo uses, de lo contrario quedará en un estado lamentable.
Después de escribirle a Andrew pensé en enviarle un mensaje al profesor. Ya le había escrito una larga carta en mi mente, pero, no sé por qué, en cuanto intenté ponerla por escrito me sentí algo torpe. No sabía por dónde empezar. Pensé en lo divertido que sería que estuviera allí conmigo y que pudiera escucharme. Y, entonces, mientras escribía las primeras líneas, algunos de los vendedores regresaron a la sala de estar.
—Pensé que quizás le gustaría ver el periódico del domingo —dijo uno de ellos.
Tomé el periódico, le di las gracias y le eché un vistazo a los titulares. Las desproporcionadas letras negras surgieron ante mí y mi corazón se contrajo de horror. Sentí que se me enfriaban los dedos. «Terrible accidente en la vía del río. Tren expreso descarrila. Diez muertos y decenas de heridos. Error en la señalización».
Las letras parecían levantarse como un anuncio de leche merengada. Con temblorosa aprehensión leí los detalles. Al parecer, el expreso que había salido de Providence a las cuatro del sábado por la tarde se había estrellado en un campo cercano a Willdon hacia las seis, chocando con una fila de vagones de carga vacíos. El vagón principal había quedado destruido y la locomotora había volcado antes de dar contra un muro de contención. Diez hombres habían muerto… Mi cabeza dio vueltas. ¿No era aquél el tren del profesor? Vamos a ver, salió de Woodbridge en un tren local a las tres. El día anterior había dicho que el expreso salía de Port Vigor a las cinco… Si había hecho el cambio al expreso…
Con una mezcla de fascinación y horror, mis ojos cayeron en la lista de muertos.
Recorrí los nombres. Gracias a Dios, no, Mifflin no estaba entre ellos.
Entonces vi la última línea: «Hombre de mediana edad sin identificar».
¿Sería el profesor?
De repente, me sentí mareada, y por primera vez en mi vida me desmayé.
Gracias a Dios no había nadie en aquella sala. Los vendedores habían vuelto a salir y nadie oyó cómo me desplomaba. Recuperé la conciencia poco después, mi corazón giraba sin parar como una veleta. Al principio no me daba cuenta de qué me ocurría. Entonces mis ojos volvieron a caer sobre el periódico. Febrilmente leí el relato de los hechos y los nombres de los heridos que antes había pasado por alto. Por ningún lado aparecía un nombre conocido. Pero las trágicas palabras «hombre sin identificar» bailaron ante mis ojos. ¡Oh! Si fuera el profesor…
La verdad no tardó en cubrirme como una ola. Amaba a aquel hombrecillo: lo amaba, lo amaba. Había llevado hasta mi vida algo completamente nuevo, y sus maneras tan pintorescas y atrevidas habían calentado mi gordo y viejo corazón, que, por primera vez, con un borboteo intolerable de dolor, parecía saber que mi vida ya no volvería a ser la misma sin él. Y ahora… ¿qué podría hacer?
¿Cómo saber la verdad?
Si él estaba en ese tren y había salido ileso del accidente, seguramente me había enviado un mensaje a Sabine Farm. Era posible, sí. Corrí al teléfono y llamé a Andrew.
¡Oh, la agónica lentitud de las conexiones telefónicas cuando algo urgente nos apremia! Mi voz tembló cuando le dije a la operadora: «Redfield 158d». Zapateando con nerviosismo esperé a escuchar el familiar clic de la bocina al otro lado de la línea. Oí cómo en la centralita de Redfield recibían la llamada y conectaban con nuestro teléfono. Pude ver en mi imaginación el aparato colgado del muro, en el viejo pasillo de la granja Sabine. Pude ver el sucio refuerzo de yeso donde Andrew pone el codo mientras habla por teléfono y el lugar donde anota los números con lápiz, cubierto de migas de pan. Vi a Andrew saliendo de la sala para contestar. Y entonces la operadora dijo con indiferencia: «No contestan». Mi frente estaba llena de sudor cuando salí de la cabina.
Espero no tener que volver a vivir nunca los horrores de la siguiente hora. A pesar de mis modales campechanos y sentimentales, en los momentos difíciles soy más reservada que una ostra. Estaba decidida a ocultar mi angustia y mi ansiedad de la bienintencionada clientela del Hotel Moose. Corrí a la estación de ferrocarril para enviarle un telegrama al profesor, a Brooklyn, pero el lugar estaba cerrado. Un chico me dijo que no abrirían hasta la tarde. Desde una cafetería llamé a «información» en Willdon y finalmente me conectaron con un enterrador de aquel pueblo. Una horrible y compasiva voz (¿alguna vez habéis hablado con un enterrador por teléfono?) me dijo que nadie llamado Mifflin estaba entre los muertos, pero admitió que aún había un cuerpo sin identificar. Utilizó una palabra espantosa que me hizo sentir escalofríos: irreconocible, dijo. Y colgó.
Fue la primera vez que sentí el horror de la soledad. Pensé en el cuaderno del pobre hombrecillo. Pensé en sus modales temerarios y amables, en su ridícula gorra de tweed, en el botón que le faltaba a su chaqueta, en los chapuceros remiendos de sus mangas. En ese momento me pareció que el paraíso se reducía a viajar por caminos polvorientos a bordo del Parnaso en compañía del profesor. A duras penas lo conocía, claro, ¿pero qué más daba? Había llevado el esplendor de un ideal a mi vida rutinaria y gris. Y ahora… ¿lo había perdido para siempre? Andrew y la granja parecían desvanecerse en la lejanía. Yo era una mujer sencilla, mortalmente solitaria y desamparada. En medio de mi perplejidad caminé hasta las afueras del pueblo y rompí a llorar.
Finalmente recuperé la compostura. No me avergüenza decir que entonces pude aceptar con franqueza lo que me había ocultado a mí misma durante tanto tiempo. Estaba enamorada. Enamorada de un librero de barba roja que era para mí más formidable que Sir Galahad. Y juré que si me aceptaba, lo seguiría hasta el mismísimo fin del mundo.
Regresé al hotel andando. Intentaría llamar otra vez a Andrew por teléfono. Mi alma entera se estremeció cuando por fin escuché el clic.
—¿Sí? —dijo la voz de Andrew.
—Oh, Andrew —dije—, soy yo, Helen.
—¿Dónde estás? —Parecía enojado.
—Andrew, ¿hay algún… algún mensaje del señor Mifflin para mí? Aquel accidente de ayer… Quizás iba a bordo de ese tren. Estoy tan preocupada… ¿Crees que le habrá pasado… algo?
—Vaya tontería —dijo Andrew—. Mifflin está preso en la cárcel de Port Vigor.
Creo que en ese momento Andrew debió de quedarse estupefacto, pues empecé a llorar y a reírme al mismo tiempo. Y, así, en medio de tanta agitación, colgué.

Christopher Morley
La librería ambulante

Estamos en la segunda década del siglo XX, en unos Estados Unidos todavía rurales y de paisajes idílicos, donde conviven los viejos carromatos y los novísimos automóviles. Roger Mifflin, un librero ambulante que desea regresar a Brooklyn para redactar sus memorias, vende su singular librería sobre ruedas (junto a su yegua y su perro) a la ya madura señorita Helen McGill, quien decide, harta de la monotonía de su vida, lanzarse a la aventura y recorrer mundo. A partir de ese momento se suceden las más divertidas peripecias, donde tanto personajes como lectores nos vemos envueltos en una espiral de conocimiento y admiración por el mundo de los libros, los autores y, cómo no, los libreros.

¿Qué idiomas cree usted que saben leer los fantasmas?

Querido Julian:
Una de las locas ve fantasmas. Se le aparecen en forma de pequeños destellos verdes, por si usted quiere detectar alguno, y la siguieron hasta aquí cuando dejó su piso. Lo malo es que eran inofensivos en su domicilio anterior, pero al verse encarcelados en una residencia de viejos han reaccionado haciendo diabluras. Estamos autorizadas a tener una pequeña nevera en nuestro «cubículo», por si nos da un ataque de hambre de noche, y la señora Galloway llena la suya de chocolatinas y botellas de jerez. ¿Y qué hacen los duendecillos en mitad de la noche, sino comerse el chocolate y beberse el jerez? Todas mostramos la debida inquietud cuando la cosa se supo (las sordas mostraron una mayor preocupación, sin duda porque eran incapaces de entender) y tratamos de expresar nuestra aflicción por la pérdida. Los robos continuaron una temporada, y todas poníamos la consabida cara larga, hasta que un día la víctima entró en el comedor con un aspecto de gato de Cheshire. «¡He recuperado lo que es mío!», exclamó. «¡Me he bebido una de las botellas de jerez que ellos han dejado en la nevera!» Así que todas lo festejamos, pero, ay, prematuramente, pues las chocolatinas siguieron sufriendo la depredación nocturna, a pesar de las notas manuscritas, tanto severas como suplicantes, que la señora G empezó a pegar en la puerta de la nevera. (¿Qué idiomas cree usted que saben leer los fantasmas?) El asunto se abordó finalmente en la asamblea plenaria de Pilcher House una noche a la hora de la cena, con la guardiana y su marido presentes. ¿Cómo impedir que los espíritus se comieran el chocolate? Todas miraron a servidora, y esta pobre infeliz no estuvo a la altura. Y por una vez tengo que alabar al sargento mayor, que mostró un estimable sentido de la ironía, a no ser —lo que quizá es más probable— que crea de verdad en los pequeños destellos verdes. «¿Por qué no ponemos un candado en la nevera?», propuso. Aplauso unánime de las sordas y locas, seguido del ofrecimiento del sargento de comprar uno en la ferretería. Le tendré au courant, por si le es útil para uno de sus libros. Me gustaría saber si jura usted tanto como sus personajes. Nadie dice palabrotas aquí, aparte de mí, y sólo para mis adentros.
¿Conoció a mi gran amiga Daphne Charteris? ¿No será, quizá, cuñada de su tía abuela? No, usted dijo que era de clase media. Daphne fue una de nuestras primeras aviadoras y era de clase alta, hija de un terrateniente escocés, acostumbrada a transportar de aquí para allá ganado Dexter después de sacar su licencia. Era una de las once únicas mujeres adiestradas para pilotar un Lancaster en la guerra. Criaba cerdos y siempre llamaba Henry, el nombre de su hermano más pequeño, al más mequetrefe de la camada. Tenía en su casa una habitación llamada el «Kremlin» en la que ni siquiera su marido estaba autorizado a molestarla. Siempre creí que ése era el secreto de un matrimonio feliz. De todos modos, su marido murió y ella volvió a la casa familiar con el mequetrefe Henry. La casa era una pocilga, pero los dos vivían muy contentos y al paso de los meses se iban volviendo sordos. Cuando ya no oían el timbre de la puerta, Henry instaló en su lugar una bocina de automóvil. Daphne se negaba a usar un audífono porque decía que se le enredaba en las ramas de los árboles.
En mitad de la noche, mientras los duendes tratan de romper el candado de la nevera de la señora Galloway para robarle huevecillos de chocolate con leche, yo estoy en vela y observo el lento avance de la luna entre los pinos y pienso en las ventajas de morir. Tampoco es que tengamos otra alternativa. Pues sí, podemos quitarnos la vida, pero eso siempre me ha parecido vulgar y fatuo, como la gente que se va del teatro o de un concierto sinfónico. Quiero decir que…, bueno, ya sabe lo que quiero decir.
Principales motivos para morir: es lo que los demás esperan cuando una llega a mi edad; la decrepitud y senilidad inminentes; el dispendio de dinero —consumo de la herencia— cuando tratas de mantener ensamblada una bolsa incontinente de huesos viejos y clínicamente muertos; el interés decreciente por los noticiarios, las hambrunas, las guerras, etc.; el miedo a caer bajo el dominio absoluto del sargento mayor; el deseo de descubrir lo que hay después (¿o no?).
Principales razones para no morir: el no haber hecho nunca lo que los demás esperan, así que por qué empezar a hacerlo ahora; la posible congoja infligida a otros (pero, en tal caso, inevitable en cualquier momento); el estar todavía en la B de bar; si no yo, ¿quién enfurecería al sargento mayor?
… No se me ocurren más. ¿Me propone usted otras? Descubro que los pros siempre son más fuertes que los contras.
La semana pasada encontraron a una de las locas en pelota picada al fondo del jardín, con una maleta llena de periódicos, al parecer aguardando el tren. Huelga decir que no hay trenes en las cercanías de la residencia desde que Beeching se cargó los ramales.
Bueno, gracias de nuevo por escribirme. Perdone la epistolomanía.
Sylvia
P. D. ¿Por qué le he dicho esto? Lo que intentaba decirle sobre Daphne es que siempre fue una persona que miraba hacia delante, no hacia atrás. Es probable que a usted no le parezca una gran proeza, pero le prometo que cada vez se vuelve más difícil.
5 de octubre de 1987

Julian Barnes
La mesa limón

En algún momento, todos, de repente, lo sabemos. Nos desvela en la mitad de la noche, nos enfurece, nos desespera. Podemos resignarnos, o empezar a correr contra el tiempo. Pero, y ya para siempre, tenemos la certeza de que somos mortales.
En estos cuentos de la mediana edad, los protagonistas han envejecido, y ya no pueden ignorar que sus vidas tendrán un final. Como el músico de «El silencio», aunque él habla antes de la vida y, después, de su último y final movimiento. En «Una breve historia de la peluquería», toda una vida se mide en los cortes de pelo del protagonista. «La de cosas que sabes» cuenta los secretos de dos mujeres que fueron jóvenes en los años sesenta y que saben demasiadas cosas la una de la otra, cosas que nunca podrían ser dichas en los encuentros que tienen cada mes. En «Higiene», un militar retirado que vive en provincias con su mujer, va todos los años a Londres, a su reunión anual con sus compañeros de promoción. Y desde hace veinte años, en cada uno de estos viajes se encuentra con Babs, una prostituta que es como su esposa paralela. El melómano de «Vigilancia» lleva a cabo una implacable campaña de acoso contra los que tosen en los conciertos, una campaña que tal vez no tenga que ver con el placer de la música, sino con las manías de la vejez. En «Corteza», Jean-Étienne Delacour, un burgués de sesenta años del siglo XIX, empedernido jugador, apuesta a un seguro de vida que sólo será rentable si consigue sobrevivir a todos sus contemporáneos…

4 de octubre. Lunes (1937). Diario de Zenobia.

4 de octubre. Lunes
A. S. nos ha estado hablando de España por dos días. Estamos más deprimidos que cuando no tenemos noticias. Tantas pequeñas maldades y casi todo el mundo por lo que le conviene. Estoy comenzando a ver claramente ahora que no importa cuánto lo echemos de menos, pasarán cuatro años antes de que podamos volver. Creo que debiéramos ir al grano en vez de andar a la deriva, pero cómo, cuándo y dónde no lo sé. Si solamente tuviéramos los manuscritos de J. R. Tanto que traté de que los recogiera para traérnoslos con nosotros, pero él mismo no quiso hacerlo y no me dejó que yo lo hiciera.

Zenobia Camprubí Aymar
Diario 1. Cuba (1937-1939)

Zenobia Camprubí llevó a cabo un Diario a lo largo de los casi veinte años que duró su vida en el exilio. Redactado parte en inglés y parte en español, lenguas que por sus antecedentes familiares y trayectoria personal dominó con idéntica facilidad, el Diario nos revela el carácter extraordinario de quien fuera la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. Entrelazados con la vida activa de su autora, se recogen en este monólogo sus estados de ánimo, los de su marido, sus frustraciones y ambiciones, sus reflexiones respecto al poeta y a su entorno. El Diario destaca por su valor como obra intimista, lo que pone de manifiesto la competencia literaria de la autora, y su importancia como testimonio histórico y documental. Si un diario conecta las dos partes del ser, la que escribe y la que lee, y ese vínculo se convierte en un modo de observar la propia supervivencia, el Diario de Zenobia Camprubí sería, como se observa en el prólogo del primer volumen, «un instrumento de supervivencia por el que Zenobia trató de reencontrar el perdido sentido de la vida a raíz del trauma de la Guerra Civil española».
El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1937 y 1939, correspondiente a la estancia del matrimonio en Cuba; el segundo cubre los años que van de 1939 a 1950, los vividos en Estados Unidos; el último, hasta ahora inédito, se centra en los años finales de su vida, transcurridos en Puerto Rico.
La edición y preparación de este diario completo ha estado a cargo de Graciela Palau de Nemes.

que si yo adornase con flores tu fotografía en bañador, a la media hora andaríamos en lenguas por todo el pueblo

3 de octubre

¿Qué nos sucede, amor, de un tiempo a esta parte? ¿Cómo puedo ser tan torpe y chapucero que en cada carta te suministre un motivo de enojo? ¿Tantas veces te he repetido lo de las transaminasas que he llegado a irritarte? La insistencia en este caso, querida, no es sino prueba de interés. No soy médico, claro, ni siquiera aficionado, pero interpretar el análisis de una hepatitis es muy simple, está al alcance de cualquiera, máxime si tenemos el anterior a la vista para compararlos. Pero no te tomes un berrinche por tan poco, amor. Yo me conformo con saber que vas mejor aunque lógicamente me intranquilizo cuando transcurren semanas sin información concreta sobre el asunto.
Lamento haberte ofendido con lo de la fotografía, pero debes hacerte cargo. Querubina, mi ama de cura, es mujer honorable y, en cierto modo, juiciosa, pero, como buena viuda fondona, proclive a la chismorrería, de tal modo, que si yo adornase con flores tu fotografía en bañador, a la media hora andaríamos en lenguas por todo el pueblo. No, no se trata de que yo sea esclavo de las convenciones sociales, entiéndeme, sino que aquí, en Cremanes, como en todas estas aldeas de Castilla, un acto semejante no sería bien interpretado. Los indígenas aceptan el bikini en las playas, inclusive aquí, en las piscinas de los veraneantes, de los forasteros, pero que el Eugenio (como aquí me dicen), un hijo del pueblo, se enamore de una mujer que se baña medio en cueros, y, para mayor escarnio, exhiba su retrato como un reto, constituiría motivo de escándalo. La gente rústica es así, querida, y yo no puedo cambiarla. Por sabido, no comparto su reacción, no me merece aprecio, pero ¿quieres decirme qué adelantaría provocándola? No te alteres, Rocío, por favor, date a razones: no me avergüenzo de ti, pero si, con el tiempo, vas a ser una asidua de este pueblo, ¿qué gano enrareciéndote el ambiente?
Por días me vuelvo susceptible e irritable. Necesito comprensión. A ciertas horas me invade el desaliento. ¿Por qué? El mundo me deprime, Rocío, me asusta. Preciso de alguien en quien confiar, en quien apoyarme cuando las aguas se agitan y el naufragio amenaza.
No quiero afligirte más. Piensa en ti, cree en ti, sueña contigo,
E. S.
Miguel Delibes
Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso

Un viejo solterón castellano y periodista jubilado establece una correspondencia progresivamente amorosa con una viuda andaluza a través de una revista sentimental. A lo largo de cuarenta y dos cartas nos proporcionará un completo retrato de sí mismo: su infancia en el pueblo, su carrera de periodista bajo el franquismo, sus ideas sobre el progreso, el amor o la televisión, sus preferencias gastronómicas o sus arraigadas costumbres de mirón impenitente. Las manías, los achaques, las osadías verbales del personaje y su fundamental timidez, chocan con la historia maravillosa del amor que sueña, imagina y pretende convertir en real. Ejemplo de brillantez constructiva y de expresión directa, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso expresa, con sutil ironía, ideas sobre el amor, la esperanza o el cotidiano quehacer.

El mar, en invierno, aúlla alrededor de la isla, pero no tanto como mis invitados al Bar La Ópera,

El mar, en invierno, aúlla alrededor de la isla, pero no tanto como mis invitados al Bar La Ópera, donde cometí la imprudencia de invitar, indiscriminadamente, a todas mis novias del momento, haciéndole creer a cada una que ella era la favorita. Me encantaba fomentar estas situaciones, en las que la pasión disimulada, el rencor en trance de aumentar la pasión y el celo a punto de derramarse como una herida que mancha nuestras blusas, nuestras camisas, como si sangrásemos por los pezones, todo ello, me permitía ver claramente las fragilidades del sexo y celebrar, en cambio, el vigor de la literatura. No solo invité a mis amantes a la fiesta de la Ópera, sino a los nuevos escritores de La Onda, José Agustín, Parménides García Saldaña, Gustavo Sainz, que eran quince años menores que yo y merecían coronas ya marchitas sobre cabezas más viejas, como la mía. Libérrimos, desenfadados, humoristas, enemigos a muerte de la solemnidad, escribían a ritmo de rock y eran las estrellas naturales de una fiesta que, además, quería decirle al gobierno autoritario y asesino del 2 de Octubre de 1968: Ustedes duran seis años. Nosotros duramos toda la vida. Su saturnalia es sangrienta y opresiva. La nuestra es sensual y liberadora.

Carlos Fuentes
Diana o la cazadora solitaria

¿Qué pasiones o ideales mueven al ser humano y lo arrastran hasta su propia muerte? Esta parece ser la pregunta que se hace Carlos Fuentes al reflexionar acerca de la vida y la muerte de la actriz Diana Soren: tan solitaria como bella, tan fuerte como destruible, de ojos profundos, que encierra en su persona, y en el apasionado episodio erótico que vive con un escritor mexicano, los ideales de toda una generación, la de los años sesenta, cuando las ilusiones de la década se resistían a morir. En Diana o la cazadora solitaria encontramos el retrato de un ser humano que vivió en carne propia la ambigüedad de la era de la cual finalmente fue víctima, al tiempo que un reflejo del mundo intelectual de un México que despertaba tras las matanzas del sesenta y ocho.

Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park.

Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park. Debíamos de ser unos treinta o cuarenta aquella mañana, un grupo de amigos, parientes y colegas escritores, sin representantes de ninguna religión y sin nadie que mencionara a Dios entre quienes tomaron la palabra. Grace no sabía nada de la muerte de John, y sus padres y yo habíamos decidido ocultárselo mientras pudiéramos. Bill fue conmigo a la ceremonia, pero Sally se quedó en el hospital con Grace, a quien habíamos dicho que su padre se volvía a Virginia y que yo lo acompañaba al aeropuerto. Grace iba mejorando a ojos vistas, pero aún no tenía fuerzas suficientes para resistir un golpe de tal magnitud. Las tragedias de una en una, dije a sus padres, eso es más que suficiente. Como las gotas que caían de la bolsa de plástico a la sonda introducida en el brazo de Grace, la poción tenía que administrarse en pequeñas dosis. La pérdida del niño era más que suficiente por el momento. Lo de John podía esperar hasta que se hubiera recuperado lo bastante para resistir otra embestida de dolor.
Nadie mencionó a Jacob en la ceremonia, pero estuvo presente en mi pensamiento mientras escuchaba al hermano de John y a Bill y a otros amigos pronunciar el panegírico bajo la resplandeciente luz de aquella mañana de otoño. Qué desgracia que un hombre muera antes de tener ocasión de llegar a viejo, dije para mis adentros, qué deprimente pensar en la obra que aún tenía por delante. Pero si John tenía que morir ahora, pensé, entonces mejor que hubiera muerto el lunes, y no el martes o el miércoles. De haber vivido otras veinticuatro horas, se habría enterado de lo que Jacob había hecho a Grace, y estaba seguro de que nada más saberlo se habría muerto. Y tal como estaban las cosas, nunca tendría que enfrentarse al hecho de que había engendrado un monstruo, no tendría que soportar la carga del ultraje perpetrado por su hijo contra la persona a la que él más quería en el mundo. Jacob se había convertido en lo innombrable, pero yo me consumía de odio hacia él y esperaba con impaciencia el momento en que la policía lo atrapara finalmente para tener ocasión de testificar contra él en un tribunal. Para mi eterno pesar, nunca se me dio esa oportunidad. Mientras estábamos en Central Park aquella mañana rindiendo las honras fúnebres a su padre, Jacob ya estaba muerto. Ninguno de nosotros podíamos saberlo entonces, porque pasaron otros dos meses antes de que su cadáver descompuesto se descubriera —envuelto en un plástico negro y tirado en un contenedor de escombros— en una obra abandonada cerca del río Harlem en el Bronx. Lo habían matado de dos tiros en la cabeza. Richie y Phil no eran criaturas de su imaginación, y cuando en el juicio a que se los sometió al año siguiente se presentó como prueba el informe del forense, resultó que cada bala había sido disparada por una pistola distinta.
Aquel mismo día (1 de octubre), la carta enviada desde Manhattan por Madame Dumas llegó a su destino en Brooklyn. La encontré en el buzón después de volver a casa de Central Park (para cambiarme de ropa antes de ir de nuevo al hospital), y como en el sobre no había remite, no supe de quién era hasta que subí a casa y la abrí. Trause había escrito la carta a mano, y la caligrafía era tan irregular, de tan precipitada ejecución, que me costó trabajo descifrarla. Tuve que repasar varias veces el texto antes de conseguir desvelar el misterio de su letra ganchuda e ilegible, pero en cuanto logré traducir aquellos trazos en palabras, pude oír la voz de John: una voz viva, que me hablaba desde la otra orilla de la muerte, desde el otro lado de la nada. Luego encontré el cheque dentro del sobre, y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Vi las cenizas de John brotando de la urna en el parque aquella mañana. Vi a Grace, postrada en la cama del hospital. Me vi a mí mismo rompiendo las hojas del cuaderno azul, y al cabo de un rato —por decirlo con las palabras de Richard, el cuñado de John— me llevé las manos a la cara y sollocé hasta que no pude más. No sé cuánto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace.

Paul Auster
La noche del oráculo

Sidney Orr, escritor, se recupera de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Compra un cuaderno azul y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, enfermo y poseedor de otro exótico cuaderno azul le ha hablado de Flitcraft, un personaje fugaz de El halcón maltés, que sobrevivió a un roce con la muerte y abandonó todo para inventarse otra vida. En la novela que Orr está escribiendo, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte, parte rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce…

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