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«Nuestros jóvenes, en inquietante número, parecen rechazar todas las formas de autoridad sea cual sea su origen, y se han refugiado en un turbulento e incipiente nihilismo cuyo único objetivo es la destrucción. No conozco otro periodo histórico en que la brecha generacional haya sido más amplia ni más peligrosa en potencia».

Antes del asesinato de Martin Luther King había un grupo (SDS) y dos cuestiones (IDA y disciplina) que impulsaban la política de izquierdas en la universidad. Después llegó otro grupo (SAS), y luego una tercera cuestión (el gimnasio), y al cabo de dos semanas de la ceremonia en memoria de King, la enormidad que nadie esperaba que ocurriera, lo que nadie había imaginado que sucediera nunca, estaba pasando de todas las formas inesperadas e inimaginables en que suelen producirse las grandes cosas.
El gimnasio de Columbia, también conocido por el nombre alternativo de Gym Crow, iba a construirse en una de las parcelas de Harlem que Rudd había acusado a Columbia de robar, en este caso terreno público, un parque peligroso, abandonado, jamás frecuentado por gente blanca llamado Morningside Park, un risco de pronunciada pendiente sembrada de pedruscos y árboles agonizantes que empezaba en lo alto de Columbiaville y acababa en el fondo de Harlemville. No cabía duda de que la universidad necesitaba un gimnasio nuevo. El equipo de baloncesto de Columbia acababa de ganar el campeonato de la Ivy League, había entrado en el torneo de la NCAA llegando al cuarto puesto de la clasificación nacional, y el gimnasio actual tenía más de sesenta años, se había quedado pequeño, estaba muy deteriorado y ya no era viable, pero el contrato que el rectorado había negociado con el ayuntamiento en la década de los cincuenta y primeros sesenta era inaudito. El municipio cedía a la universidad ocho mil metros cuadrados por la simbólica cantidad de tres mil dólares al año, y Columbia pasaba a ser la primera institución privada de la historia de Nueva York en construir una estructura en terreno público para su uso particular. Abajo, en el extremo del parque, habría una entrada trasera para vecinos de Harlem que conduciría a otro gimnasio dentro del gimnasio y ocuparía el doce y medio por ciento del espacio total. A raíz de la presión ejercida por activistas del barrio, Columbia convino en aumentar la presencia de Harlem hasta el quince por ciento, con una piscina y vestuarios por añadidura. Cuando H. Rap Brown llegó a Nueva York en diciembre de 1967 para asistir a una reunión municipal, el presidente del SNCC dijo: «Si construyen la planta baja, hacedla saltar por los aires. Si vuelven a escondidas por la noche y construyen tres plantas, incendiadlas. Y si llegan a construir nueve plantas, son vuestras. Ocupadlas, y quizá los dejemos entrar los fines de semana». El 19 de febrero de 1968, Columbia acometió el proyecto y empezaron las obras. Al día siguiente, veinte personas acudieron a Morningside Park y se tumbaron frente a las excavadoras y volquetes para obstaculizar los trabajos. Detuvieron a seis estudiantes de Columbia y seis vecinos, y una semana después, cuando se presentó una multitud de ciento cincuenta personas para protestar contra la construcción del gimnasio, fueron detenidos otros doce estudiantes de Columbia. Ninguno de ellos era miembro del SDS. Hasta entonces, el SDS no se había ocupado de ese asunto, pero ahora que el rectorado se negaba tanto a reconsiderar sus planes como a discutir siquiera la cuestión de recapacitar sobre ellos, pronto se convirtió en una de sus preocupaciones, y no solo del grupo sino también de los estudiantes negros de la universidad.
La SAS (Sociedad Afronorteamericana de Estudiantes) contaba con más de cien miembros, pero hasta el asesinato de King no había tomado parte en ninguna actividad política concreta, centrándose en cambio en cómo incrementar el ingreso de los negros en la universidad y hablando con decanos y jefes de departamento sobre la inclusión de asignaturas de historia y cultura de la negritud en el programa de estudios. Como en cualquier otra universidad de élite en la Norteamérica de la época, la población negra de Columbia era minúscula, tan reducida que Ferguson solo tenía dos amigos negros entre todos sus compañeros, dos amigos que no eran íntimos, lo que también podía decirse de cualquiera de sus conocidos, que tampoco tenían amigos íntimos de color. Los estudiantes negros estaban doblemente aislados, primero por su escaso número y luego porque se comportaban de manera reservada, sin duda algo perdidos y resentidos en aquel enclave blanco de tradición y poder, donde a menudo se los consideraba como extraños incluso por los vigilantes de seguridad negros que los paraban para pedirles la documentación debido a que los jóvenes de semblante negro no podían ser estudiantes de Columbia y por tanto no tenían nada que hacer allí. A raíz del asesinato de King, la SAS eligió una nueva junta de líderes radicales, algunos brillantes, otros cargados de ira, y otros rebosantes de inteligencia y rabia, todos ellos tan valientes como Rudd, es decir, con la suficiente seguridad en sí mismos como para ponerse en pie y dirigirse a mil personas con la misma facilidad con que hablaban a una sola, y para ellos la cuestión más importante era la relación de Columbia con Harlem, lo que significaba que el IDA y la disciplina eran cuestiones de los estudiantes blancos pero el gimnasio era asunto suyo.
Dos días después de la ceremonia en memoria de King, Grayson Kirk fue a la Universidad de Virginia a pronunciar un discurso sobre la celebración del doscientos cincuenta aniversario del nacimiento de Thomas Jefferson (por tempestuosos que pudieran ser aquellos días, también abundaban en cosas absurdas), y allí estaba el antiguo especialista en ciencias políticas que se sentaba en el consejo de administración de varias empresas y entidades financieras, Mobil Oil, IBM y Con Edison entre otras, el rector de la Universidad de Columbia que había sucedido a Dwight D. Eisenhower cuando el general dejó Columbia para ocupar el cargo de presidente de Estados Unidos, y allí por primera vez Grayson Kirk se pronunció contra la guerra de Vietnam, no solo porque la guerra era un error o un asunto poco honorable, según manifestó, sino por el daño que estaba haciendo en casa, y entonces pronunció las palabras que pronto llegarían al campus de Columbia y añadirían más leña al fuego que ya empezaba a arder allí: «Nuestros jóvenes, en inquietante número, parecen rechazar todas las formas de autoridad sea cual sea su origen, y se han refugiado en un turbulento e incipiente nihilismo cuyo único objetivo es la destrucción. No conozco otro periodo histórico en que la brecha generacional haya sido más amplia ni más peligrosa en potencia».
El 22 de abril, el día en que los seis contra el IDA fueron sometidos a medidas disciplinarias condicionales, el SDS lanzó una publicación de cuatro páginas titulada ¡Contra la pared! como adelanto a la concentración del día siguiente, cuya culminación debía ser otra manifestación en la Low Library, donde docenas, montones o centenares de estudiantes expresarían su apoyo a los seis contra el IDA quebrantando la misma norma que había causado problemas a sus compañeros sancionados. Rudd firmaba uno de los artículos, una carta de ochocientas cincuenta palabras dirigida a Grayson Kirk en respuesta a las observaciones formuladas en la Universidad de Virginia. Concluía con tres breves párrafos:
Dudo que entienda algo de esto, Grayson, porque sus fantasías han cerrado el paso en su pensamiento al mundo tal como es. El vicerrector Truman afirma que la sociedad está fundamentalmente sana; usted dice que la guerra de Vietnam ha sido un accidente sin mala intención. Nosotros, los jóvenes, a quienes usted teme y con razón, declaramos que la sociedad está enferma y que la enfermedad es usted y su capitalismo.
Usted clama por el orden y el respeto a la autoridad; nosotros reivindicamos la justicia, la libertad y el socialismo.
Solo queda una cosa por decir. Puede que le parezca nihilista, porque es el disparo inicial de una guerra de liberación. Para emplear las palabras de LeRoi Jones, quien seguramente no le caerá muy bien a usted: «Contra la pared, hijoputa, esto es un atraco».
Ferguson se quedó pasmado. Después del elocuente discurso pronunciado en el servicio en memoria de King, no tenía sentido que cometiera un error táctico tan grave. Eso no quería decir que el texto no fuese meritorio, pero el tono repelía, y si el SDS intentaba ganar apoyos entre los estudiantes, ese tipo de cosas no haría más que espantarlos. El artículo era un ejemplo de cómo el SDS se hablaba a sí mismo en vez de llegar a los demás, y Ferguson deseaba su victoria, porque, a pesar de ciertas reservas sobre lo que era posible e imposible, creía en su causa y en general su postura era de apoyo al grupo, pero una causa noble requería un comportamiento noble por parte de sus defensores, algo más refinado y ecuánime que insultos mediocres y salidas de tono adolescentes y de mal gusto. La pena era que a Ferguson le caía bien Mark Rudd. Habían sido amigos desde primer curso (ambos criados en Nueva Jersey, de formación casi idéntica), y Mark había sido un presidente extraordinario hasta el momento, tan bueno que Ferguson se había cegado creyendo que nunca cometería una equivocación, y ahora que había metido la pata con lo de Querido Grayson y lo de hijoputa, Ferguson se sentía decepcionado, atrapado en la incómoda posición de estar en contra de los que estaban en contra; un lugar desierto para quien también estaba en contra de los que estaban a favor.

Paul Auster
4 3 2 1

El único hecho inmutable en la vida de Ferguson es que nació el 3 de marzo de 1947 en Newark, Nueva Jersey. A partir de ese momento, varios caminos se abren ante él y le llevarán a vivir cuatro vidas completamente distintas, a crecer y a explorar de formas diferentes el amor, la amistad, la familia, el arte, la política e incluso la muerte, con algunos de los acontecimientos que han marcado la segunda mitad del siglo XX americano como telón de fondo.
¿Y si hubieras actuado de otra forma en un momento crucial de tu vida? 4 3 2 1, la primera novela de Paul Auster después de siete años, es un emotivo retrato de toda una generación, un coming of age universal y una saga familiar que explora de manera deslumbrante los límites del azar y las consecuencias de nuestras decisiones. Porque todo suceso, por irrelevante que parezca, abre unas posibilidades y cierra otras.

en Heller Books no habría despidos

27 de enero. Si la empresa se hunde, escribirás un libro titulado Cuarenta años en el desierto: publicar literatura en un país donde la gente odia los libros. La cifra de ventas navideñas ha sido aún peor de lo que temías, los peores resultados de la historia. En la oficina, todos tienen cara de preocupación: los veteranos, los jóvenes, todo el mundo, desde editores hasta becarios de rostro infantil. Y la visión de tu cuerpo debilitado y demacrado tampoco inspira mucha confianza en el futuro. Sin embargo, te alegras de estar de vuelta, contento de encontrarte en el lugar que te corresponde, y aunque el alemán y el israelí han rechazado tu oferta, te sientes menos desesperado por la situación que antes de caer enfermo. Nada como una breve charla con la Muerte para poner las cosas en perspectiva, y supones que si lograste evitar un mutis prematuro en aquel hospital británico, encontrarás el medio de pilotar la empresa hasta sacarla de este desagradable tifón. Ninguna tormenta dura para siempre, y ahora que estás de nuevo al timón, comprendes lo mucho que disfrutas con tu posición de jefe, cuánto apoyo te ha dado esta pequeña empresa a lo largo de todos estos años. Y debes de ser un buen jefe, o al menos un jefe apreciado, porque cuando ayer volviste al trabajo, Jill Hertzberg te echó los brazos al cuello y dijo: Por Dios santo, Morris, no vuelvas a hacer eso, por favor, te lo ruego; y entonces, uno por uno, todos los miembros de la plantilla, los nueve, mujeres y hombres por igual, fueron entrando en tu despacho para abrazarte y darte la bienvenida después de tu prolongada y tumultuosa ausencia. Tu propia familia podrá estar desmoronándose, pero ésta también es tu familia y tienes el deber de protegerlos y hacerles entender que a pesar de la necia cultura que los rodea, los libros siguen contando y el trabajo que realizan es importante, esencial. Sin duda eres un viejo sentimental, un hombre que no va al compás de los tiempos, pero te gusta nadar contra corriente, ése fue el principio fundador de la empresa hace treinta y cinco años, y ahora no tienes intención de cambiar de costumbres. Todos están preocupados por si pierden el puesto de trabajo. Eso es lo que hay en su rostro cuando los ves hablar entre ellos, y por eso convocaste una reunión general esta tarde para decirles que se olvidasen de 2008, porque ese año ya era historia, y aunque 2009 no resultara mejor, en Heller Books no habría despidos. Pensad en la liga de softball de los editores, dijiste. Toda reducción de plantilla hará imposible que pueda formarse equipo para la primavera y entonces se acabará el récord que con tanto orgullo ostenta Heller Books de estar veintisiete temporadas consecutivas sin ganar. ¿Qué no hay equipo de softball esta temporada? Impensable.

Paul Auster
Sunset Park

Miles Heller tiene veintiocho años, y a los veinte abandonó la universidad, se despidió de sus padres, dejó Nueva York, y nadie ha vuelto a saber nada de él. Ahora vive en Florida, y trabaja para una empresa que se encarga de vaciar las viviendas de los desahuciados. Además de ­acarrear bultos y repintar paredes, Miles saca fotos de todas las cosas abandonadas para probar que los fantasmas de esa gente aún están presentes. Miles vive con lo mínimo, y habría seguido así de no haber sido por Pilar Sánchez. El único inconveniente es la edad de Pilar: dieciséis años. Y como Miles puede ir a la cárcel por la relación con una menor, y la codiciosa hermana de Pilar comienza a ­chantajearlos, regresa a Nueva York y espera allí la mayoría de edad de Pilar. Su vuelta es el retorno al pasado y a sus secretos; a su padre, un brillante editor; a su madre, una actriz implacablemente seductora. Y también la vuelta a la comunidad de Sunset Park y a sus compañeros okupas; a la vida, con todos sus horrores y esplendores. «Sunset Park también es, como Invisible, un libro sobre la inocencia de la juventud… Se habla de Auster como del maestro de la metanarrativa, pero él prefiere citar como fuente de inspiración a Emily Brontë antes que a Baudrillard» (Arifa Akbar, The Independent); «Volverá a seducir a sus fans de siempre, pero también atraerá a una multitud de nuevos lectores» (Kirkus Review); «En tiempos de crisis y de cambios abrumadores, Auster nos recuerda las cosas duraderas: el amor, el arte y la “extraña sensación de estar vivo”» (Donna Seaman, Booklist).

EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN

EL CUENTO DE NAVIDAD DE AUGGIE WREN
Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje picaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie, así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ese era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado, guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras «cuento de Navidad» tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado—. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas en las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo—. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
»Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podía haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o su abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
»Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
»La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
»—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
»Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
»—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
»Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
»Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
»—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
»No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así, y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
»No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la comente.
»Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba, yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
»—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo—. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
»Al cabo de un rato empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
»Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
»No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó—. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me habla ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí, y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tú tienes tu cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos—. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

Paul Auster
Smoke & Blue in the face

Seducido por un relato de Paul Auster, el director de cine Wayne Wang lo convenció para que escribiera el guión de una película. El resultado, que combina la ascética elegancia de Wang y la inteligente imaginación del «más importante novelista de ideas de nuestros días» (Kirkus Review), es Smoke, premio especial del jurado y Oso de Plata en el festival de cine de Berlín. Protagonizada por Harvey Keitel y William Hurt, cuenta la historia de un novelista, un vendedor de cigarros y un adolescente negro que busca a su padre, en un entramado de destinos cruzados que acabarán por modificarse unos a otros de muy austeriana manera.
Pero Smoke, en un giro también muy propio de Auster, inspiró una segunda película, Blue in the face. Rodada en seis días, también con Harvey Keitel en el papel principal y apariciones de personajes tales como Roseanne, Lou Reed o Madonna, es una comedia absolutamente imprevisible y original, que constituye junto con Smoke un «himno a la gran república popular de Brooklyn».
El lector encontrará en este libro el relato que dio origen a toda la empresa, los guiones de las dos películas, una extensa entrevista con Paul Auster, y un fascinante «diario de rodaje», donde el novelista da cuenta de la excitante atmósfera que vivieron quienes colaboraron en estas auténticas fiestas de la palabra y la imagen.

Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park.

Al día siguiente, esparcimos las cenizas de Trause en el césped de Central Park. Debíamos de ser unos treinta o cuarenta aquella mañana, un grupo de amigos, parientes y colegas escritores, sin representantes de ninguna religión y sin nadie que mencionara a Dios entre quienes tomaron la palabra. Grace no sabía nada de la muerte de John, y sus padres y yo habíamos decidido ocultárselo mientras pudiéramos. Bill fue conmigo a la ceremonia, pero Sally se quedó en el hospital con Grace, a quien habíamos dicho que su padre se volvía a Virginia y que yo lo acompañaba al aeropuerto. Grace iba mejorando a ojos vistas, pero aún no tenía fuerzas suficientes para resistir un golpe de tal magnitud. Las tragedias de una en una, dije a sus padres, eso es más que suficiente. Como las gotas que caían de la bolsa de plástico a la sonda introducida en el brazo de Grace, la poción tenía que administrarse en pequeñas dosis. La pérdida del niño era más que suficiente por el momento. Lo de John podía esperar hasta que se hubiera recuperado lo bastante para resistir otra embestida de dolor.
Nadie mencionó a Jacob en la ceremonia, pero estuvo presente en mi pensamiento mientras escuchaba al hermano de John y a Bill y a otros amigos pronunciar el panegírico bajo la resplandeciente luz de aquella mañana de otoño. Qué desgracia que un hombre muera antes de tener ocasión de llegar a viejo, dije para mis adentros, qué deprimente pensar en la obra que aún tenía por delante. Pero si John tenía que morir ahora, pensé, entonces mejor que hubiera muerto el lunes, y no el martes o el miércoles. De haber vivido otras veinticuatro horas, se habría enterado de lo que Jacob había hecho a Grace, y estaba seguro de que nada más saberlo se habría muerto. Y tal como estaban las cosas, nunca tendría que enfrentarse al hecho de que había engendrado un monstruo, no tendría que soportar la carga del ultraje perpetrado por su hijo contra la persona a la que él más quería en el mundo. Jacob se había convertido en lo innombrable, pero yo me consumía de odio hacia él y esperaba con impaciencia el momento en que la policía lo atrapara finalmente para tener ocasión de testificar contra él en un tribunal. Para mi eterno pesar, nunca se me dio esa oportunidad. Mientras estábamos en Central Park aquella mañana rindiendo las honras fúnebres a su padre, Jacob ya estaba muerto. Ninguno de nosotros podíamos saberlo entonces, porque pasaron otros dos meses antes de que su cadáver descompuesto se descubriera —envuelto en un plástico negro y tirado en un contenedor de escombros— en una obra abandonada cerca del río Harlem en el Bronx. Lo habían matado de dos tiros en la cabeza. Richie y Phil no eran criaturas de su imaginación, y cuando en el juicio a que se los sometió al año siguiente se presentó como prueba el informe del forense, resultó que cada bala había sido disparada por una pistola distinta.
Aquel mismo día (1 de octubre), la carta enviada desde Manhattan por Madame Dumas llegó a su destino en Brooklyn. La encontré en el buzón después de volver a casa de Central Park (para cambiarme de ropa antes de ir de nuevo al hospital), y como en el sobre no había remite, no supe de quién era hasta que subí a casa y la abrí. Trause había escrito la carta a mano, y la caligrafía era tan irregular, de tan precipitada ejecución, que me costó trabajo descifrarla. Tuve que repasar varias veces el texto antes de conseguir desvelar el misterio de su letra ganchuda e ilegible, pero en cuanto logré traducir aquellos trazos en palabras, pude oír la voz de John: una voz viva, que me hablaba desde la otra orilla de la muerte, desde el otro lado de la nada. Luego encontré el cheque dentro del sobre, y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Vi las cenizas de John brotando de la urna en el parque aquella mañana. Vi a Grace, postrada en la cama del hospital. Me vi a mí mismo rompiendo las hojas del cuaderno azul, y al cabo de un rato —por decirlo con las palabras de Richard, el cuñado de John— me llevé las manos a la cara y sollocé hasta que no pude más. No sé cuánto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace.

Paul Auster
La noche del oráculo

Sidney Orr, escritor, se recupera de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviera. Compra un cuaderno azul y descubre que puede volver a escribir. Su amigo John Trause, también escritor, enfermo y poseedor de otro exótico cuaderno azul le ha hablado de Flitcraft, un personaje fugaz de El halcón maltés, que sobrevivió a un roce con la muerte y abandonó todo para inventarse otra vida. En la novela que Orr está escribiendo, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que, tras salvarse por un pelo de la muerte, parte rumbo a Kansas, llevándose el manuscrito de una novela inédita de una escritora famosa en los años veinte, y cuyo título es La noche del oráculo. Y en paralelo a la novela de Nick, va contando la novela de su propia vida, de su encuentro y matrimonio con Grace, una mujer cuyo pasado desconoce…

Finnegans Wake. «Pensando que probablemente nunca lo leería, lo cogí y empecé a leer. Me ha costado dejarlo. No es que sea fácilmente comprensible, pero tiene verdadera gracia.

Una semana después (22 de agosto), aún en el apartamento de tu madre, en Newark, con Bob P. ya ausente sin duda, una confusa carta de seis páginas que, extraña y pretenciosamente, arranca con una serie de frases entrecortadas: «Aquí. Estoy aquí. Sentado. Quiero empezar, pero poco a poco, porque siento el impulso de decirme que debo seguir durante un tiempo, quizá demasiado… Oirás, ahora, antes de que diga aquello que quiero decirte aquí sentado, cosas, tonterías, lo que llaman noticias, o cháchara, pero que yo denomino, quizá tú también…, “ejercicio de calentamiento”, que es, te lo aseguro, una simple manera de hablar, porque desde luego ya tengo bastante calor (es verano, ya sabes).» Tras algunas observaciones morbosas sobre el horror y la inevitabilidad de la muerte, cambias de pronto de tema y declaras tu intención de hablar únicamente de cosas alegres. «Mientras bajaba no hace mucho por el monte Putney, después de haber ascendido hasta la cumbre, me vino súbitamente a la cabeza, como un relámpago, por así decir, o tuve conocimiento, mejor dicho, de la única cosa verdaderamente cómica del mundo. Lo que no equivale a afirmar que no haya muchas cosas cómicas. Pero no son puramente cómicas, porque todas tienen su lado trágico. Sin embargo, esta siempre lo es, nunca falla. Es el pedo. Ríete si quieres, pero eso solo reforzaría mi argumento. Sí, siempre resulta gracioso, nunca puede tomarse en serio. La más encantadora de todas las debilidades humanas». Luego, tras otro giro inopinado «(He parado a encender un cigarrillo: de ahí el hiato en la sempiterna línea recta de mi pensamiento)», anuncias que hace poco has comprado un ejemplar de Finnegans Wake. «Pensando que probablemente nunca lo leería, lo cogí y empecé a leer. Me ha costado dejarlo. No es que sea fácilmente comprensible, pero tiene verdadera gracia. Tú lo has leído un poco, ¿verdad? Hay mucho ahí». Unas cuantas frases después: «Tengo que trabajar mucho la obra de teatro. Tras haber empezado ayer a escribir de nuevo, después de no haberla mirado desde hace dos semanas, me parece que tengo mucho que hacer». El manuscrito de aquel temprano esfuerzo se ha perdido, pero esa afirmación demuestra que ya por entonces escribías con ahínco, que ya pensabas en ti mismo como escritor (o futuro escritor). Luego, sin duda respondiendo a una pregunta formulada por Lydia en una carta de contestación a la tuya anterior: «Fuimos a una playa llamada North Truro. Llegamos a las seis: la hora justa. Me gustaron sobre todo las sombras en las huellas de las pisadas». Un poco más adelante, al hacer un comentario sobre algo que debía de haber dicho en su carta: «… para empezar otra vez, para escribir, debes meditar, en el verdadero sentido de la palabra. Honrada, penosamente. Entonces afloran las cosas ocultas. Debes olvidar a la Lydia cotidiana, a la Lydia de tu hermana, a la Lydia de tus padres, a la Lydia de Paul; pero además debes estar en condiciones de volver a ellos, sin perder la “inspiración”. No es que ambos mundos sean incompatibles, pero hay que comprender sus interconexiones». Finalmente, cuando te acercas a la última página de la carta, le dices que te estás expresando mal. «Qué difícil. Ya ves, todo este asunto de la vida me tiene infinitamente confuso. Todo un desbarajuste, patas arriba, un desastre. Sé que siempre será lo mismo: confusión. Y cómo me desprecio por hablarte de las cosas buenas de la vida… cuando me llamaste la noche que estabas enferma. ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué vivir? No quiero hacer el tonto. En el fondo, según creo más firmemente que en cualquier otra cosa, lo único que importa es el amor. Ah, los viejos clichés… Pero eso es lo que creo. Creo. Sí. Yo. Creo. Estoy perdido sin él. La vida es una triste broma pesada sin él».

Paul Auster
Informe del interior


¿Quién eras, hombrecillo? ¿Cómo te convertiste en persona capaz de pensar, y si podías pensar, adónde te llevaban tus pensamientos? Desentierra las viejas historias, escarba por ahí, a ver qué encuentras, luego pon los fragmentos a la luz y échales un vistazo. Hazlo. Inténtalo.
Con estas palabras se dirige Paul Auster a su yo infantil al comienzo de Informe del interior, obra memorística (compañera de Diario de invierno) en la que el autor norteamericano se sumerge en su visión del mundo desde la primera niñez e indaga, a través de los recuerdos, en su desarrollo moral e intelectual. A base de objetos, cartas y fotografías, Auster explora el despertar en su infancia a la vida y a la escritura, y cimienta su obra autobiográfica más personal.


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