Una linea, un poema

Los lectores españoles no pueden disfrutar de escritores como E. J. Gonatás (1924-2006) quien es capaz de condensar la esencia poética en un poema que consta de un solo verso: "Paciencia. Cuajará la lágrima, se convertirá en isla".

Oda: intuiciones de inmortalidad en los recuerdos de la niñez de William Wordsworth

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“What though the radiance which was once so bright
Be now for ever taken from my sight,
Though nothing can bring back the hour
Of splendour in the grass, of glory in the flower;
We will grieve not, rather find
Strength in what remains behind;
In the primal sympathy
Which having been must ever be;
In the soothing thoughts that spring
Out of human suffering;
In the faith that looks through death,
In years that bring the philosophic mind.”
W. Wordsworth
X
"Aunque el resplandor que brilló tanto un día
esté ahora para siempre lejos de mis ojos,
aunque nada pueda devolverme el instante
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
en vez de llorar, saquemos
fortaleza de todo lo que vimos,
de esa primordial simpatía
que existió entonces y siempre existirá;
del pensamiento en calma que surge
del sufrimiento humano,
de la fe que es capaz de mirar a través de la muerte
y de los años que forjan la mentalidad meditativa."
(Traducción: Ángel Rupérez)


Frases de G. García Márquez



  • "Escribo para que mis amigos me quieran."
  • "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla."
  • Le dijo su abuelo el coronel Márquez: - "No sabes lo que pesa un muerto"
  • Los crepúsculos

    Recibían el nombre de prima fax las primeras horas de la noche, cuando, por haberse puesto ya el sol, empezaba a ser precisa la luz de las antorchas. Según SERVIO (ad Aen. III, 587) la noche se dividía en crepusculum, quod et Vesper; fax, quo limina incendunt; intempesta, i. e., media; concubium, quo nos quieti damus; gallicinium, quo galli cantant; conticinium; post cantum gallorum silentium; aurora vel crepusculum matutinum.

    La Capilla Sixtina de Castilla (San Baudelio de Berlanga)


    CASTILLA se va entretejiendo, como ocurre con España entera, sobre un cañamazo cultural muy complejo, pero en el que destaca de manera singular el fragor de las luchas con los islámicos y las largas paces en convivencia con ellos. «Del neolítico a los almohades, la presencia frecuentemente agresiva de África es un dato tan fundamental para la geografía como para la historia hispánicas», ha escrito con toda lucidez Jacques Fontaine. Y, por fuerza y por dentro, la historia y el alma colectivas, los sentires, pensares y vivires de Castilla son, ciertamente, fronterizos; y, para adentrarnos en ellos, hay que pasar por un arco de herradura. Tomás de Aquino, en su espléndida madurez espiritual, se paraba ante las puertas y dudaba un tanto antes de traspasar su umbral, porque una puerta que se abre es siempre un «novum» lo que promete a nuestros ojos y nos exige su comprensión. En este caso, la de Castilla como Oriente, antes de convertirse, luego, en un país románico y europeo; si es que llega a ser esto último, que éste es otro cantar y otro cuento, como decía Kippling, que habrá que contar más adelante.

    Lo que hay que decir, ahora, es que en esta frontera, bélica, unas veces; y pacífica, otras, entre islámicos y cristianos, hay atalayas y almenaras o alcázares: es decir, palacios o campamentos militares; y hay también almunias o jardines, o «huelgas»; pero, sobre todo, es­tán ahí los «kibbutzs» o asentamientos fronterizos, escondidos en un valle, tras un soto, cobijados por cualquier otro repliegue geológico. Son lugares de resistencia espiritual, pero, a la vez, asimilados en cierta manera a los modos de ser y de vivir de aquellos a quienes se resiste: los islámicos. Es decir, lugares de osmosis entre los hermanos enemigos. Y desconciertan, pero quizás son ellos las claves de toda una existencia como la castellana y de su historia espiritual y más profunda. Esa historia que, en San Millán de la Cogolla o en San Baudelio de Berlanga —y así será en todas partes— comienza como un cuento oriental: con un manantial de agua fresca y una gruta, y unos árboles en torno. Y un ermitaño o morabito que allí habita, naturalmente.

    El paisaje en que, ahora, se alza San Baudelio es realmente este­pario y eremítico: un pelado y pardo alcor cuyas tonalidades van del ocre rojo al amarillo, blancas manchas calizas y el verdor de matojos enanos. Pero no evoquemos, en seguida y sin más, a los Padres del Yermo; aquí, hubo árboles: encinas exactamente, y agua, que todavía puede verse correr hacia el pequeño valle. Los monjes o, más bien, eremitas, que, aquí buscaban a Dios en el desasimiento y la nada, vivían en medio de un bosquecillo y siquiera bajo la parva umbría tan ascética de la hoja de encina. Y, aunque nadie lo diría, ahora, al contemplar externamente este recinto cuadrangular que se prolonga en una especie de ábside igualmente cuadrado y gris, una vez atravesada la puerta de herradura, aquí es verdaderamente el paraíso, una almunia sagrada, el Edén.

    El edificio está concebido como un gran árbol de piedra, cuyas ramas sostienen el cobijo de la techumbre: son los nervios en que se despliega una columna que se abre en arcos de palmera y muestra su blanco tronco salpicado de rudos puntos rojos, como en un sarpu­llido de vida, un goteado de Pollock.

    ¿Y qué hace, aquí, una palmera, a orillas del Escalóte, en este clima riguroso? Es pura teología, un símbolo paradisiaco: la sombra y la frescura tras el arduo caminar que es la vida; el canto tranquilo de celestes pájaros que anidan en ella, la dulzura de los dátiles y el ruido que hace el ventalle al entrechocar sus hojas suavemente des­pués de tanto estruendo que es la historia y de tanto amargor que da el ser hombre. Es un oasis y un refrigerio, pero también una escala hacia lo Alto. Es el árbol sagrado de los antiguos mesopotámicos y está específicamente bendecido en el Corán, pero la Biblia misma hace de ella la figura del justo:

    «El justo florecerá como palmera.»

    «Feliz el hombre que confia en Yahvé y del que Yahvé es su esperanza.

    Es como un árbol plantado al borde del agua, que extiende sus ramas hacia la corriente.

    No teme cuando llega el calor, su follaje permanece siendo verde, y, en año de sequía, está sin inquietud.

    (Jeremías, 17, 7-8)



    En el Beato de Valcabado —en seguida vamos a abrir estos li­bros que llevan el extraño nombre de Beatos y son los grandes libros que Castilla ha dado al mundo, como este monasteriolo es su Sixtina— una palmera da acogida y sombra a los bienaventurados que bajo ella se abanican, o, agitando palmas, vitorean eternamente la gloria del Cordero.

    El paraíso se ha soñado siempre con estas imágenes de solaz y de belleza, con visiones de extrañas y lejanas ínsulas pobladas de árbo­les exóticos y aves de brillantes rojos y verdes, azules o amarillos en sus plumajes, que cantan o parlotean, o en ensoñaciones de puertas de oro, jaspe u ónice, de las que se habla en el Apocalipsis; pero, ante todo, es un jardín y un frescor.

    En otro Beato —el de Gerona— hay también otra viñeta de una palmera que es sangrada por dos campesinos para recoger de ella vino de palma. Y eran cristianos arabizados los que habían visto realizar estas tareas o sabían cómo se llevaban a cabo de todos mo­dos, o incluso las practicaban en las almunias de la costa levantina donde sabemos que se bebía «nabid» o vino de dátiles. ¿Y no se trata aquí, simplemente de trasponer en un plano artístico todo ese ejercicio agrícola, en estas latitudes tan frías en las que nos consta, sin embargo, que, aprovechando un abrigaño del terreno, se logra­ron aclimatar olivos, como en San Cebrián de Mazóte, por ejemplo? ¿Y acaso no era ese mismo ejercicio un símbolo de la vida edénica?

    Pero todo nos aparece más claro aún, si todavía contemplamos otra imagen del Beato «Justus ut palma florebit», que está en la Biblioteca Nacional de París, y en la que el justo asciende por la palmera en busca de sus dulces frutos. Su ascensión es claramente una mística subida a lo Alto, y, por cierto, está extraordinariamente enfatizada en este edén de San Baudelio: un jardín de delicias, un paraíso místico y oriental, al mismo tiempo.

    Bajo la gran palmera, una especie de mezquitilla —o minúscula iglesia copta, por su blanca alegría— o bosquecillo de pequeñas co­lumnas cilíndricas, sin capiteles y sólo con algunos adornos en los plintos, sostiene una alta plataforma, tribuna o apartamiento en lo alto al que se sube por una escalerilla, que muy probablemente fue en un principio una escala de mano, de también claro significado místico en todo el Oriente, que se retiraba una vez utilizada; y aun­que a ese apartamento pudiera accederse al mismo tiempo por una puerta exterior al recinto, que hoy se encuentra al ras de la eleva­ción del terreno que circunda a la ermitilla.

    En esta tribuna o estancia, ya a medio camino del follaje del árbol y de su misterio celestial, se encuentra una capillita, casi como un «kiosko» o nicho, deliciosamente decorada con pinturas románi­cas: una Virgen flanqueada por dos personajes, y, en un lateral, un estilizado lebrel. Una lucerna en arco de herradura vigila la entrada del recinto entero desde esa altura, y una balaustrada, como un ico­nostasio y como cubierta por un gran paño oriental de águilas y leones inscritos en círculos, realizaría la separación sagrada o velaría lo recoleto de la oración o de la celebración litúrgica, allá arriba.

    Pero, todavía más arriba, hay aún otra estancia última y supre­ma, entre los brazos mismos de la pétrea palmera, en lo más alto del ascenso místico. Es como una cilindrica linterna, ciega y aislada, de sólo un metro de diámetro, y rematada en una cupulilla de seis ner­vios: como un «mihrab». Se ha supuesto que se trataría de un lugar a trasmano, no fácilmente visible, donde poner a buen recaudo los libros o vasos sagrados en este «kibbutz» fronterizo del Duero, un espacio geográfico que no va a ser definitivamente conquistado sino a principios del XII por Alfonso I de Aragón y que continuará sien­do un bastión débil, largo tiempo después. Pero es mucho más pro­bable que fuera una celdilla de eremita estilita y solitario, que en Celanova o en San Miguel de Escalada vivía en sus ábsides laterales; es decir, la última estancia del «justus», que ha llegado a la cima mística o prosigue allí su lucha en soledad total. O, al fin y al cabo, es precisamente un «mihrab» donde nada había y nadie habitaba, símbolo de la ascensión suprema e inalcanzable; presencia de lo Alto, que, en lo alto de la palmera o escala del paraíso, se revela: allí donde no hay nada y sólo es el vacío y el silencio; la morada de Cristo, como en «El manuscrito de las tres palomas» donde aparece en su mandorla o almendra sagrada, rodeado de pájaros, en la copa de un cedro.

    Y, de todas maneras, este lugar es una lámpara de iluminación interior: el otro cabo, en lo alto, junto al cielo, de la parábola espiri­tual que aquí se expresa y que, como decía, comienza en la gruta que allá abajo, dentro de la mezquitilla, se adentra en la tierra hacia el sur del edificio y sería la morada del primer anacoreta: la raíz del árbol junto al agua. Raíz nutricia y brazos frondosos cargados de frutos, la tiniebla y la luz, lo bajo y lo alto, la escala y el ocultamiento, la ausencia total de cualquier cosa o criatura en medio del árbol sagrado.

    Pero los muros están pintados, naturalmente. ¿Cómo, si no, sería un edén este recinto? Y hay dos claras y netas series de pinturas: unos bellos frescos románicos con escenas evangélicas, y las pinturas bajas o mozárabes; incluso si hay quienes ven en ellas rastros de una estética y de técnicas romanizadas. De unas y otras sólo quedan restos, o sólo la impronta de las pinturas que fueron arrancadas: una impronta como un grito de desgarro, pero también como el resplan­dor de la belleza que ilumina este paraíso.

    Las pinturas altas narran la vida entera de Jesús desde Belén, donde es adorado por los Magos, hasta su muerte y sepultura; pero hay, entre ellas, dos escenas que priman por su singularidad: la re­surrección de. Lázaro de la que es testigo un tonsurado —lo que implica una teología muy explícitamente eclesiológica— y las bodas de Caná, donde Jesús aparece sentado entre los novios ante una mesa llena de viandas y junto a la cual un sirviente escancia el vino; lo que también implica una versión teológica del hecho, que va más allá del relato evangélico y se torna didáctica. ¿O es la pura expre­sión de la alegría de los alimentos y del bendecido amor humano?

    En la pintura del ábside lo que nos sorprende no son las imá­genes de San Baudelio y de San Nicolás, o la Paloma, símbolo del Espíritu Santo, o las apenas reconocibles de Jesús y la Magda­lena en un lateral, sino el enigmático animal que está pintado bajo la ventanita abocinada. ¿Qué es: un ibis o un pelícano? La inter­pretación del pelícano es arriesgada no sólo porque su simbólica eucarística —el pelícano se sacrificaría a sí mismo para alimentar a sus polluelos— es más tardía e igualmente más tardías son la interpretación enfáticamente sacrificial de la Eucaristía y la mis­ma reserva eucarística, sino porque aquí faltan los polluelos y el escorzo del ave sagrada del antiguo Egipto está acentuadamente di­bujado.

    Pero las que primordialmente nos subyugan son las pinturas bajas o mozárabes que constituyen, por así decirlo, el paisaje de este paraíso a la sombra de la palmera: un cazador de ciervos, que ya ha dado en el blanco y dispara de nuevo su arco; otro cazador, que, montado en su caballo, azuza a sus tres lebreles contra dos pequeñas gacelas, y un caballero con halcón. Lleva espada y sombrero, y un manto rojo. En contraste con las otras dos escenas venatorias, abso­lutamente dinámicas, aquí el cazador está sorprendido en estática posición; pero los tres frescos de caza ofrecen una simbólica escatoló- gica y paradisiaca, precisamente porque hay tanta vida en ellos.

    No ocurre lo mismo, sin embargo, con las águilas y leones ence­rrados en medallones que, como se dijo, están pintados en la balaus­trada de la tribuna. Estos animales son la copia de un tejido oriental y ahí están dibujadas unas presillas o lazos para dar a entender inequívocamente que éste es, en efecto, el bordado de un tapiz o lienzo tendido sobre el muro: una decoración principesca. Y ésto, aunque tampoco dejen de ofrecer una alegoría muy clara: el águila es el símbolo de la contemplación de las realidades eternas, y el león lo es de la resurrección y de la fuerza. El águila acostumbra a sus polluelos a volar alto y a mirar al sol, cara a cara, y aborrece a los que no son capaces de sostener su fulgor. El león insufla con su lengua el hálito de la vida en la boca de sus cachorros muertos para resucitarlos.

    Pero volvamos a los otros animales, que, como los del Arca de Noé del Beato de Valcabado, están ahí primordialmente como ex­presión de vida y vida paradisiaca: el delicioso dromedario amarillo de tan elegante cuello y el expresionista oso rojo, de un trazado lleno de poder. O el elefante atigrado, surrealista, con su juguetona trom­pa que tanto fascinó a esos siglos medios. El pintor lo ha transpuesto «picassianamente» con mayor atrevimiento aún que como lo pintó el de Valcabado, o quizás nunca lo había visto: ni siquiera en una de esas telas que lo representaban con tanto realismo, tal y como pode­mos comprobarlo en la que se conserva en San Isidoro de León, y plasmó aquí su sueño. El animal poseía su leyenda de castidad e inocencia; pero, luego, aquí se le cargó con la torre o el castillo románicos sin duda aunque en relación con ellos aparecía ya como peón en los ajedreces orientales: la tienda en que a su lomo viajaban los príncipes, y se convirtió en el símbolo de la fortaleza.

    ¿Y qué quiere decir este anciano con yelmo y un pesado escudo árabe? Es inquietante y misterioso. ¿Es un cristiano obligado a servir en las filas islámicas o un centinela de frontera que ha envejecido en el oficio? ¿O es un estereotipado y a la vez cotidiano «luctator», que está ahí para recordar que la vida es lucha, y la calvicie, el símbolo de la fidelidad?

    Los mismos toros del zócalo, que están frente a la entrada, tienen o pueden tener también distintas lecturas, aunque su lugar en esa zona inferior y su factura resueltamente románica nos inclinan a ver en ellos un simbolismo instintual de poderosos apetitos.

    Al principio, decía, fue una gruta entre encinas, y el agua, y un anacoreta o morabito. Luego, creció aquí una palmera y hubo un bosque de columnas blancas y animales exóticos y escenas lúdicas y de Génesis o paraíso. Y, allá arriba, un espacio vacío, lugar sagrado de la presencia del Invisible y de su teofanía en ese vacío. Pero insistamos: animales, árboles y agua. Y luz por las orientales venta­nas cuvas parejas sólo se encontrarán en el Al-Andalus islamizado: vida, en suma. La vida, la luz y la alegría paradisiaca se concentran aquí como la otra versión apocalíptica de los orientalizados cristia­nos de este monasteriolo de Castilla. Porque no fue así en otras par­tes, en otros «kibbutzs» mozárabes y fronterizos donde se escribie­ron y pintaron los Beatos, que es preciso hojear en seguida para entender esta singularidad misma de San Baudelio de Berlanga y el mensaje profundo de la Castilla oriental y apocalíptica.


    José Jiménez Lozano "Guía Espiritual de Castilla" 

    A la luz de la Candela de José Jiménez Lozano

    "A las pinturas de cosas, que también se llamarían luego “naturalezas muertas” o “bodegones” en su caso cuando se pintan cocinas, despensas o salas de yantar, que son muy otra clase de pinturas, se las denominó primero “pinturas de silencio” o “pinturas calladas” o “quedas”, y el pintor parece haberlas puesto ahí, ante nuestros ojos, como para entregarnos el estar en el mundo en el mundo con su fragilidad de cosa

    Las cosas, en estas pinturas, están ahí, solas en su soledad de cosas. Aunque en esa su soledad misma, simplemente por ser cosas, tienen memoria de hombre, de tacto de unas manos o unos labios de hombre, y ellas mismas, al separarse, han dejado en el hombre huella: quizás sólo un rasguño en el alma, pero puede ser que también un gran boquete. Y hay otras cosas que parece que esperan acompañar y ser acompañadas, y tienen una soledad de espera.

    Pero también están las cosas que son “desechos”, cosas raídas, gastadas, destruidas, “andrajos del tiempo” que dice un verso de John Donne; sin brillo ya, deshilachándose, con la señal roja de la herrumbre: pañizuelos, platos, palmatorias, candiles, un cobre, un cuenco de madera, una jarrita de barro, un vidrio quebrado, un arconcillo, pluma y papel para escribir, unas despabiladeras antiguas, un cabo de vela en su consumación extrema, un trozo de lacre, un vestido que encogió de pronto, o se rasgó. Y están, en fin, las cosas encontradas que son nada pero nos encandilan; y el caso que quien mira esas “pinturas calladas” o “pinturas de cosas” es arrastrado a su mundo también callado, aunque hay pinturas de cosas de cosas” que no son tan calladas, como por ejemplo, el bodegón de los barquillos de Baugin, o el bodegón del cardo de Sánchez Cotán, o el bodegón de los cacharros de Zurbarán y éstos hablan, pero mucho más otros que están realmente incluidos en cuadros como parte de ellos.

    ¿Se acabó el silencio de esta pintura de cosas en nuestro mundo, porque no se encuentran, para pintarlas, las que son lo suficientemente pequeñas y humildes como para que la belleza las envuelva, aunque sea con su ausencia? No, pero lo cierto es que la relación profunda del hombre con las cosas, y de éstas con él, se ha roto. El hombre de nuestro tiempo quizás ya no quiere o se ha resignado a no tener cosas, porque, en general está rodeado de demasiados objetos absolutamente indiferenciados e idénticamente repetibles. Están hechos o fabricados ya con una indiferenciación objetiva: cántaro añadido a cántaro, plato a plato, como una inmensa repetición de lo mismo, día a día, objeto a objeto, que es el mismo objeto repetido y multiplicado, no cosa. Aunque, naturalmente, mientras haya hombres habrá cosas y recuerdos y silencios ante ellas. Y pinturas quedas, porque habrá un pañizuelo, un vaso de agua, una carta y un lirio. Y esto significará algo para alguien."
    A la luz de la Candela
    José Jiménez Lozano 

    (Publicado en El Adelantado de Segovia y escuchado en una conferencia en la Fundación March)

    EL CONDE SISEBUTO (Joaquín Abatí Díaz)


    A cuatro leguas de Pinto 
    y a treinta de Marmolejo, 
    existe un castillo viejo
    que edificó Chindasvinto. 

    Perteneció a un gran señor
    algo feudal y algo bruto; 
    se llamaba Sisebuto, 
    y su esposa, Leonor, 

    y Cunegunda, su hermana, 
    y su madre, Berenguela, 
    y una prima de su abuela
    atendía por Mariana. 

    Y su cuñado, Vitelio, 
    y Cleopatra, su tía, 
    y su nieta, Rosalía, 
    y el hijo mayor, Rogelio. 

    Era una noche de invierno, 
    noche cruda y tenebrosa, 
    noche sombría, espantosa, 
    noche atroz, noche de infierno, 

    noche fría, noche helada, 
    noche triste, noche oscura, 
    noche llena de amargura, 
    noche infausta, noche airada. 

    En un gótico salón
    dormitaba Sisebuto, 
    y un lebrel seco y enjuto
    roncaba en el portalón. 

    Con quejido lastimero
    el viento fuera silbaba, 
    e imponente se escuchaba
    el ruido del aguacero. 

    Cabalgando en un corcel
    de color verde botella, 
    raudo como una centella
    llega al castillo un doncel. 

    Empapada trae la ropa
    por efecto de las aguas, 
    ¡como no lleva paraguas
    viene el pobre hecho una sopa! 

    Salta el foso, llega al muro, 
    la poterna está cerrada. 
    -¡Me ha dado mico mi amada! 
    -exclama-. ¡Vaya un apuro! 

    De pronto, algo que resbala
    siente sobre su cabeza, 
    extiende el brazo, y tropieza
    ¡con la cuerda de una escala! 

    -¡Ah!... -dice con fiero acento. 
    -¡Ah!.. -vuelve a decir gozoso. 
    -¡Ah!.. -repite venturoso. 
    -¡Ah!.. -otra vez, y así, hasta ciento. 

    Trepa que trepa que trepa, 
    sube que sube que sube, 
    en brazos cae de un querube, 
    la hija del conde, la Pepa. 

    En lujoso camarín
    introduce a su adorado, 
    y al notar que está mojado
    le seca bien con serrín. 

    -Lisardo ... mi bien, mi anhelo, 
    único ser que yo adoro, 
    el de los cabellos de oro, 
    el de la nariz de cielo, 

    ¿qué sientes, di, dueño mío?, 
    ¿no sientes nada a mi lado?, 
    ¿que sientes, Lisardo amado? 
    Y él responde: -Siento frío. 

    -¿Frío has dicho? Eso me espanta. 
    ¿Frío has dicho? eso me inquieta. 
    No llevarás camiseta
    ¿verdad?... pues toma esa manta. 

    -Ahora hablemos del cariño
    que nuestras almas disloca. 
    Yo te amo como una loca. 
    -Yo te adoro como un niño. 

    -Mi pasión raya en locura, 
    si no me quieres, me mato
    . -La mía es un arrebato, 
    si me olvidas, me hago cura. 

    -¿Cura tú? ¡Por Dios bendito! 
    No repitas esas frases, 
    ¡en jamás de los jamases! 
    ¡Pues estaría bonito! 

    Hija soy de Sisebuto
    desde mi más tierna infancia, 
    y aunque es mucha mi arrogancia, 
    y aunque es un padre muy bruto, 

    y aunque temo sus furores, 
    y aunque sé a lo que me expongo, 
    huyamos... ¡vamos al Congo! 
    a ocultar nuestros amores. 

    -Bien dicho, bien has hablado
    , huyamos aunque se enojen, 
    y si algún día nos cogen, 
    ¡qué nos quiten lo bailado! 

    En esto, un ronco ladrido
    retumba potente y fiero. 
    -¿Oyes? -dice el caballero-,
    es el perro que me ha olido. 

    Se abre una puerta excusada
    y, cual terrible huracán, 
    entra un hombre..., luego un can... 
    luego nadie..., luego nada... 

    -¡Hija infame! -ruge el conde. 
    ¿Qué haces con este señor? 
    ¿Dónde has dejado mi honor? 
    ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde? 

    Y tú, cobarde villano, 
    antipático, repara
    cómo señalo tu cara
    con los dedos de mi mano. 

    Después, sacando un puñal, 
    de un solo golpe certero
    le enterró el cortante acero
    junto a la espina dorsal. 

    El joven, naturalmente, 
    se murió como un conejo. 
    Ella frunció el entrecejo
    y enloqueció de repente. 

    También quedó el conde loco
    de resultas del espanto, 
    y el perro... no llegó a tanto, 
    pero le faltó muy poco. 

    Desde aquel día de horror
    nada se volvió a saber
    del conde, de su mujer, 
    la llamada Leonor, 

    de Cunegunda su hermana, 
    de su madre Berenguela, 
    de la prima de su abuela
    que atendía por Mariana, 

    de su cuñado Vitelio, 
    de Cleopatra su tía, 
    de su nieta Rosalía
    ni de su chico Rogelio. 

    Y aquí acaba la leyenda
    verídica, interesante, 
    romántica, fulminante, 
    estremecedora, horrenda, 

    que de aquel castillo viejo
    entenebrece el recinto, 
    a cuatro leguas de Pinto
    y a treinta de Marmolejo              

    Beatus Ille. Épodo II. Horacio. Traducción: Alfonso Cuatrecasas

    «Dichoso aquel que alejado de los negocios, como la primitiva raza de los mortales, trabaja el campo paterno con sus bueyes, libre de toda usura, y no se despierta como el soldado con la fiera trompeta ni teme al mar embravecido, y evita el foro y las orgullosas puertas de las ciudades demasiado poderosas. Marida él, en cambio, los altos álamos con los tallos adultos de la vid, o vigila sus errantes rebaños de mugientes reses en un valle recoleto, o, podando con su hoz las ramas inútiles, injerta las más pujantes, o pone la miel extraída en limpias ánforas, o esquila a las asustadizas ovejas. Y cuando el Otoño en los campos ha alzado su cabeza ornada de dulces frutos, ¡cómo disfruta recogiendo las injertadas peras   y la uva que compite con la púrpura con que poder obsequiarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de sus términos!
    Le gusta yacer, ora bajo la vieja encina, ora sobre un tupido prado, mientras corren las aguas por los ríos profundos y se lamentan las aves en los bosques y las fuentes murmuran en sus límpidos manantiales, lo que le invita a un plácido sueño.
    Pero cuando el tiempo invernal del tonante Júpiter amontona nieves y lluvias, con una gran jauría acosa de aquí para allá fieros jabalíes hacia las interpuestas trampas, o extiende con una ligera horquilla las claras redes, o, preciada recompensa, apresa con el lazo a una tímida liebre o a una ocasional grulla.
    Entre tales cosas, ¿quién no olvida la amargura de las penas que causa el amor?
    Y si una honesta mujer le ayuda en parte de la casa y con los dulces hijos, o si, como una sabina o como la esposa de un ágil apulio tostada por el sol, enciende con viejos troncos el fuego sagrado a la llegada del cansado marido y, encerrando el lustroso ganado en trenzados apriscos, ordeña las henchidas ubres o, sacando vino del año de un buen tonel, prepara no comprados manjares, entonces no me agradarán más las ostras del Lucrino, ni el rodaballo, ni los escaros —si una tempestuosa tormenta los arrojase a este mar desde los orientales mares—, ni descenderá a mi estómago el ave africana ni el francolín de Jonia más gustosamente que la oliva cogida de las cargadísimas ramas de los árboles o que los tallos de acedera que crece en los prados y las malvas, beneficiosas para el cuerpo enfermo, o que los corderos sacrificados en las fiestas Terminales, o que un cabrito arrebatado al lobo.
    ¡En medio de estos manjares, cómo alegra ver las ovejas apacentadas dirigiéndose hacia la casa; ver a los cansados bueyes arrastrando con su lánguido cuello el arado invertido, y a los sirvientes, indicio de casa rica, colocados alrededor de los resplandecientes Lares!»
    Cuando el usurero Alfio, casi un futuro campesino, hubo dicho esto, recogió todo el dinero pagado en los Idus y ya busca colocarlo en las Kalendas.

    Beatus Ille. Épodo II. Horacio

    'Beatus ille qui procul negotiis,
    ut prisca gens mortalium,
    paterna rura bubus exercet suis
    solutus omni faenore
    neque excitatur classico miles truci
    neque horret iratum mare
    forumque vitat et superba civium
    potentiorum limina.
    ergo aut adulta vitium propagine
    altas maritat populos
    aut in reducta valle mugientium
    prospectat errantis greges
    inutilisque falce ramos amputans
    feliciores inserit
    aut pressa puris mella condit amphoris
    aut tondet infirmas ovis.
    vel cum decorum mitibus pomis caput
    Autumnus agris extulit,
    ut gaudet insitiva decerpens pira
    certantem et uvam purpurae,
    qua muneretur te, Priape, et te, pater
    Silvane, tutor finium.
    libet iacere modo sub antiqua ilice,
    modo in tenaci gramine:
    labuntur altis interim ripis aquae,
    queruntur in Silvis aves
    frondesque lymphis obstrepunt manantibus,
    somnos quod invitet levis.
    at cum tonantis annus hibernus Iovis
    imbris nivisque conparat,
    aut trudit acris hinc et hinc multa cane
    apros in obstantis plagas
    aut amite levi rara tendit retia
    turdis edacibus dolos
    pavidumque leporem et advenam laqueo gruem
    iucunda captat praemia.
    quis non malarum quas amor curas habet
    haec inter obliviscitur?
    quodsi pudica mulier in partem iuvet
    domum atque dulcis liberos,
    Sabina qualis aut perusta Solibus
    pernicis uxor Apuli,
    sacrum vetustis exstruat lignis focum
    lassi Sub adventum viri
    claudensque textis cratibus laetum pecus
    distenta siccet ubera
    et horna dulci vina promens dolio
    dapes inemptas adparet:
    non me Lucrina iuverint conchylia
    magisve rhombus aut scari,
    siquos Eois intonata fluctibus
    hiems ad hoc vertat mare,
    non Afra avis descendat in ventrem meum,
    non attagen Ionicus
    iucundior quam lecta de pinguissimis
    oliva ramis arborum
    aut herba lapathi prata amantis et gravi
    malvae salubres corpori
    vel agna festis caesa Terminalibus
    vel haedus ereptus lupo.
    has inter epulas ut iuvat pastas ovis
    videre properantis domum,
    videre fessos vomerem inversum boves
    collo trahentis languido
    positosque vernas, ditis examen domus,
    circum renidentis Laris.
    'haec ubi locutus faenerator Alfius,
    iam iam futurus rusticus,
    omnem redegit idibus pecuniam,
    quaerit kalendis ponere.

    En casa de Paco Villaespesa

    Era aquel un continuo desfile de noveles. Así conocí en­tonces a jóvenes como Ortiz de Pinedo, un muchachito pálido y enclenque, vestido de negro, y que se creía condenado a muerte prematura. Era amigo de Carrere y escribía unas co­sas muy tristes. Francisco Camba, un galleguito que había estado en la Argentina y ahora hacía de pasante en un cole­gio. En la Argentina había dejado a su hermano Julio, tam­bién literato, un rebelde que escribía en hojas anarquistas. Paco Camba era, por lo visto, la antítesis de su hermano; te­nía el alma humilde y saudosa del gallego pobre. Admiraba a Valle-Inclán y hacía por imitar su prosa medida y cantarina. Se sabía de memoria trozos de Adega o Flor de santidad, y de las Sonatas... Se extasiaba ante frases como: «La pobre Concha se moría»... «La tarde era azul y triste como el alma de una santa princesa»... «El rayo de sol penetraba en la es­tancia, cual la espada de fuego de un dios antiguo»..., etcéte­ra. ¡Aquello era estilo! ¡Aquello era escribir! Don Ramón -así lo llamaba él- escribía como Flaubert. Se pasaba días enteros buscando un adjetivo... Y, qué tipo de hombre... Vi­vía sólo para la literatura... Se alimentaba de té como un fa­kir indio... Y, sin embargo, siempre tan arrogante y altivo. Cuando lo invitaban a comer, decía: «Gracias, pero ya he co­mido...» y vivía en perpetuo ayuno... Era un marqués de Bradomín, y, como él, feo, católico y sentimental...
    También Bargiela era amigo de Valle-Inclán, al que llama­ba simplemente Valle... Lo admiraba, pero no tanto como Camba, y su ascetismo no le conmovía gran cosa.
    -Es, sencillamente -decía-, que no tiene estómago...
    También conocí allí a un joven poeta canario, Tomás Mo­rales, que estudiaba Medicina; un chico moreno, alto, delga­do, indolente, con unos brazos largos y lacios, como los me­chones de negro pelo que le caían sobre la frente. Solía llevarle a Villaespesa plátanos y cigarrillos del Jedive. No ha­bía publicado aún nada, pero tenía ya versos para llenar un libro.

    Decía Quinto Horacio Flaco...

    «si nadie, en justicia, me puede acusar de avaricia, sordidez ni de obscenas acciones; si, haciendo mi propio elogio, llevo una vida honesta e intachable y soy querido por mis amigos, todo ello es gracias a mi padre... Mientras esté en mi sano juicio, en nada me arrepentiré de tal padre y por ello no me excusaré como hacen muchos que dicen que no es culpa suya el no tener padres nobles y que hayan nacido libres. Mi voz y mi corazón distan mucho del de estos necios. Pues si la naturaleza ordenase, después de un cierto número de años, volver al pasado y elegir los padres que cada uno, según sus ambiciones, desease, yo estaría muy contento con los míos y no querría otros, aunque dispusiesen de fasces y silla curul»

    Sobre el barrio de Maravillas (Madrid)

    Las ocho, las nueve de la mañana es una hora apresurada entre Quevedo y San Bernardo. El barrio de Maravillas duerme aún: suele pasar malas noches y largas, y alcohólicas; o tensas, por los vecinos que esperan con palos y cadenas a los de la mala vida, que ya apenas van. En las viejas ventanas se orean las sábanas y los colchones, junto a la flor del barrio, el geranio. Esta es zona de gatos, huidizos, manchados por el aceite de debajo de los coches. Los vecinos dejan platillos con leche y sobras en las ventanas de los semisótanos un tributo casi egipcio al animal misterioso. Maravillas tiene todavía viejos faroles; al anochecer, revolotean algunos murciélagos en torno al fanal, buscando insectos. Los viejos toman el sol, cuando lo hay –el “bermejazo platero de las cumbres / a cuya luz se espulga la canalla”, en versos madrileños de Quevedo–, oyen a uno de sus sabios que hay menos murciélagos porque los mosquitos han inventado un sistema de radiaciones que desorienta el radar del enemigo.
    Gatos, perros, murciélagos, golondrinas, son la fauna del barrio (fauna del Madrid perdido: los burros de los botijeros, que iban desde Andújar hasta el norte: se le ha visto en Helsinki. Caballos percherones, que llevaban la histórica leche de la granja Poch.”
    En “El niño republicano” de Eduardo Haro Tecglen

    Sobre Manuel y Antonio Machado


    ¡Oh, qué días de fiebre lírica los de aquella primavera! [C. 1900] Conocía en casa de Villaespesa cada tarde algún nuevo poeta, consagrado por el cenáculo: los dos Machado, Manuel y Antonio, que venían de París, donde habían vivido unos años haciendo traducciones para la Casa Garnier, y he tenido ocasión de conocer allí a Gómez Carrillo y Rubén Darío y compartir la bohemia literaria de los decadentes franceses. Eran sevillanos como yo, recordaban el apellido de mi familia y me acogieron con toda simpatía. Manuel, efusivo, ligero, chispeante, andaluz pizpireto; Antonio, serio, ensimismado, meditabundo, lacónico como un espartano, descuidado en su atuendo, con manchas de ceniza y alcohol en su traje viejo y raído. ¡Qué contraste entre los dos hermanos! Manolo, decidor, dicharachero, marchoso, de una elegancia aflamencada y de una movilidad de pájaro; Antonio, grave, silencioso, lento, arrastrando los pasos como una cadena: el hombre que siempre se queda atrás… Tanto daba la impresión de la cadena, que Villaespesa les hacía creer a los novatos que el poeta de soledades había estado en presidio como Dostoyevski, y Antonio, en silencio, asentía.


    de "La novela de un literato" por Rafael Cansinos Assens

    Gabriel García Márquez había de recordar

    Gabriel García Márquez había de recordar la tarde remota en que su abuelo, el coronel Márquez Mejía (El coronel no tiene quien le escriba), le puso en su regazo un diccionario y le dijo: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca." "¿Cuántas palabras tiene?", le preguntó el niño. "Todas"

    ¡La abolición de la ortografía!

    Para escándalo de las academias de la lengua, La Real Academia Española y las correspondientes en América, reunidas en Zacatecas, Gabriel García Márquez,-como un amo y señor de "la eternidad de España en el idioma"- se pronunció por ¡la abolición de la ortografía! El desplante era la victoria final del radicalismo liberal colombiano frente a la hegemonía de los gramáticos y latinistas conservadores.

    de Yasmin Levy

    "A la música sefardí le falta acción. Se canta como una nana, con mucho amor y muy bonito, pero suena muy frágil. Es un cante de cabeza, como la ópera, y yo quería cantar de pecho, como los flamencos. Ha sido como comer pan toda tu vida y un día descubres el jamón. En el flamenco he encontrado pasión y fuego, y poder cantar como una loca. He hecho todo lo posible para destruir mi voz y sonar como una cantaora".
    Yasmin Levy en Babelia 17.10.09. entrevistada por Amelia Castilla

    de Borges

    ""Cien años de soledad" está bien, pero le sobran veinte o treinta". Jorge Luis Borges

    Vidas de poetas

    Ya en la calle, Manuel Machado, me explicó:
    - El coronel es el suegro de Paco (Villaespesa), un hombre que odia la poesía y, sobre todo a Paco..., que es una haragán, que no quiere hacer nada más que versos y vive sobre sus costillas... Y el hombre, el coronel, tiene razón..., porque en esta vida hay que ser algo más que poeta... Leconte de Lisle era bibliotecario... Paco está haciendo desgraciada a la pobre Elisa, y a eso no hay derecho...
    "La novela de un literato" de Rafael Cansinos Assens

    La fiesta de las Candelas

    En el santoral, la fiesta de la Candelera es destinada a recordar la Purificación de la Virgen María. El rito de la purificación de las mujeres después del parto es un viejo rito de la religión judaica incrustado en la religión cristiana desde hace muchísimos siglos y que se ha mantenido desde tiempos arcaicos. En la Tora hebraica, la purificación de la mujer después del parto era una humillación que se resolvía pagando. La madre presentaba al hijo ante el arca y el altar y hacía una determinada ofrenda, después de la cual quedaba purificada. La ofrenda consistía en dos palominos para los pobres y una determinada cantidad de dinero que el rabino de la sinagoga recibía con un rito determinado. La Virgen María era judía, como judío era su hijo, nuestro Señor Jesucristo, y se sometió al rito de la purificación del sistema religioso hebraico. El padre Croisset, el célebre jesuita francés autor de El Año Cristiano, obra inmensa y de un gran interés que tradujo al castellano el no menos célebre jesuita castellano J. Francisco de Isla, escribió, comentando el acontecimiento que se celebra en este día, que la Virgen María, a pesar de haber concebido sin pecado original, quiso hacer como las demás mujeres: purificarse, humillarse y pagar el rescate: los palominos y cinco monedas en circulación en el espacio de Palestina. El padre Croisset, S.J., escribe: «Ocultó profundamente su gloria, no queriendo parecer lo que realmente era; manifestó su humildad aparentando lo que no era verdaderamente: era la madre de Dios y pareció que no era más que la madre de un simple hombre; era la más pura de todas las vírgenes y se mostró como si no fuese más que una mujer como las demás». Partiendo de esa humildad, el jesuita hace unas consideraciones muy acertadas: «Todos queremos parecer lo que no somos, y no podemos sufrir, debido a nuestro orgullo, parecer lo que realmente somos. Hasta el pie de los sagrados altares llevamos la ambición, el fasto y la profanidad. ¿Qué otra cosa significan esas orgullosas señales de distinción de las que como en ninguna otra parte nos mostramos tan celosos en el templo? Frente a todo esto, nos abruma, nos obsesiona, la profunda humildad de la Virgen Santísima».

    La historia de la fiesta es muy antigua. Hay noticias incuestionables según las cuales es anterior al emperador Justiniano. El que después fue papa y santo, san Gelasio, que dirigió la Iglesia treinta años antes de que Justiniano fuese emperador, la instituyó para desterrar las lupercales del paganismo, o sea las purificaciones paganas. Entonces se produjeron las candelas para celebrar la Purificación cristiana y destinadas a borrar, con tales misterios, las profanaciones del paganismo de aquellos tiempos, profanaciones que se efectuaban llevando hachones encendidos por los alrededores de los templos donde se perpetraban ceremonias obscenas que eran llamadas lustraciones. Las candelas contribuyeron a la decadencia del mundo antiguo.

    Hoy en día la fiesta del dos de febrero ha ido muy de baja y la Candelera es un día como otro. De todos modos, y hasta donde llega mi memoria, el recuerdo que tengo de ella es muy preciso. Era casi una fiesta de precepto e iba mucha gente al oficio. Solía hacer mucho frío. La mañana solía ser lívida. La gente, abrigada, encogida, pasaba por las calles, camino de la iglesia, empaquetada como paquetes oscuros, lle vando una candela en la mano, exhalando el vapor blanco del frío por la boca y la nariz. Entonces la gente vestía más oscuramente que hoy y sus formas parecían más pesadas. Los caballos de las tartanas y de los carros emitían, por la cara, el vapor blanco a chorro. La vaharada que desprendían las narices de los animales era realmente impresionante, pero lo curioso era que no hacía ruido, a diferencia del va por de las máquinas de tren cuando resoplaban.

    La entrada en la iglesia, llena de feligreses, era impresionante. Al fondo de la bóveda, el altar mayor, que era de un barroco en movimiento agita do, estaba iluminado con centenares de llamas de cirios, de candelas, de palmatorias, de velitas que ardían. La cera era lisa, a veces muy rizada, con unos rizos tan prodigiosos como dulces de confitería. Las palmatorias eran blancas, y las candelas, de los colores más diversos y variados, como los inge nuos colores de los lápices de los crios. Las más bonitas eran de color de rosa, del mismo color de rosa de las polveras que llevaban las señoritas o como deliciosas ligas; también las había verdes, del mismo color de los espárragos trigueros tempranos, pero no de un amarillo tétrico y cadavérico, como solían ser a veces los cirios de los funerales, no de un amarillo vivo y sustancioso, como el de la crema alegre y casera. Era una féerie prodigiosa, inolvidable. El gran retablo del altar mayor, con los mancebos de cara de esclavo feroz que lo mantenían por la base; las figuras de los grandes personajes teologa les que ocupaban los pisos superpuestos, coronados todos ellos por la figura del Padre Eterno, que ocupaba el lugar más alto, el gran anciano de grandes barbas blancas, de mirada enérgica pero comprensiva; el gran retablo, con sus anfractuosidades visi bles u oscuras, parecía, a la luz de la cera que ardía una inmensa fuente de relleno incendiada, una fuente en la que la salsa era la luz, y las manzanas, las figuras esculpidas que la llenaban. A veces, las velitas de color rosa echaban unas chispas rosadas y parecían minúsculas bailarinas enloquecidas que lanzaban corpúsculos de luz como puntas de aguja y se fundían en el espacio. Las llamas de la cera se mezclaban formando una gran mancha de luz líquida, y el altar era un prodigio. La gran mancha oscurecía, agrisaba los cristales de colores del rosetón de la fachada. Entonces, la vida pueblerina era más oscura que en los días presentes, pero para la Candelera la profusión luminosa era tan espléndida, que el señor cura solía decir que hasta los federales acudían a verla. En la iglesia hacía frío. Los feligreses se mantenían con el abrigo puesto y la bufanda —sólo las gorras habían desaparecido—, pero no creo que nadie tuviese frío, porque la sensación dominante era la visual, y todas las demás eran secundarias. La luz imantaba los ojos con una fuerza extraordinaria. Por las conversaciones que recuerdo, la gente no tenía la menor idea de la purificación de la Virgen: la liturgia eran los cirios y las candelas, la luz del altar. La maravilla de la luz en el invierno helado. En tonces la Iglesia, la vida de la Iglesia, llenaba todo el ámbito situado al margen de la. vida del trabajo o habitual. Llenaba los vacíos de la existencia de mucha gente. Hoy, todo esto ha quedado atrás, aunque no podría decir que se haya ganado mucho con ello. Pero el oficio al final se terminaba y llegaba el momento de salir de la iglesia y ponerse la gorra. En la puerta, la luz del altar se había desvanecido y había sido sustituida por la visión habitual: el invierno inodoro y mordiente, los paquetes humanos, oscuros, que pasaban por la calle, los humos blancos de las narices de los caballos, el color lívido del día dos de febrero.

    en Las horas de Josep Pla

    El señor Cervantes pocos días antes de morir, aún...

    Prólogo del Persiles

    Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
    Llegando a nosotros dijo:
    -¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
    A lo cual respondió uno de mis compañeros:
    -El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
    Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:
    -¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
    Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
    -Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
    Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
    -Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
    Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
    En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
    Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
    Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
    ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!


    Miguel de Cevantes

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