13 de marzo (Nota del autor)


Nota del autor 
El boicot a los tranvías durante la primera semana de marzo de 1951 fue el primer desafío a la dictadura. Y, sin duda, la huelga desatada días después, el gran reto de una población harta de pasar privaciones bajo la bota del franquismo. El lunes 12 de marzo pasó a la historia de la España posbélica porque la huelga general fue un éxito abrumador. Cuentan las crónicas de aquel tiempo que las mujeres fueron tan activas en la lucha como los piquetes de hombres que acabaron cerrando las pocas fábricas que todavía estaban abiertas. Uno de los hitos de la convocatoria lo protagonizaron los obreros de la industria textil Vicente Illa S. A., que hicieron una barricada con una enorme viga traída de una obra próxima y cortaron la línea del tranvía de Pere IV para, más tarde, ahuyentar a policías de paisano que pretendían detener a un obrero. En el barrio del Poblenou cerraron las mismísimas industrias del hielo, algo que sólo había logrado Durruti en 1936.
La huelga general pasó de Barcelona a Badalona, Manresa, Tarrasa y Mataró. Se especuló con que trescientos mil trabajadores la secundaron, pero la cifra real, mencionada por la prensa extranjera, rebasó el medio millón de personas. Durante dos días, los ánimos estallaron hasta que las aguas volvieron a su cauce. Hubo disturbios, cargas policiales y mucha confusión. Tres barcos de guerra permanecieron anclados en el puerto, sin llegar a intervenir. El ejército se mantuvo acuartelado. Todos eran conscientes de que una mecha de más podía desatar el conflicto en un grado irremisiblemente superlativo. Algunos consideraron los hechos como el último gran gesto de resistencia del pueblo frente al franquismo, y otros como una nueva forma de oponerse al régimen. Sea como sea, doce años después del final de la guerra, los vencidos seguían arrodillados y las cárceles repletas de presos. Este mismo año, las cárceles por fin se vaciaron.
El día 13 de marzo, La Vanguardia publicó diversas informaciones sobre lo sucedido el día anterior. No en su portada, naturalmente. Sólo en páginas interiores. Una vez más, se atribuyeron los desórdenes a los comunistas, que por lo visto seguían infiltrados en la sociedad catalana. Según el periódico, la falta de asistencia a los puestos de trabajo provocó que las calles se llenaran de ociosos y tal coyuntura fue aprovechada por los elementos «sediciosos» y «agitadores profesionales» para crear el caos. Ni una palabra de que en una de las marchas se comenzara a cantar La Internacional. El texto con el que el periódico comentaba los hechos es modélico en su forma. El primer titular era explícito: LOS SUCESOS DE AYER. Seguían otros en distintas tipografías: «La primera autoridad civil de la provincia pone de relieve los turbios propósitos de los agitadores», «Anoche el gobernador civil hizo importantes declaraciones a los periodistas: “Conocemos los manejos de los provocadores”». Luego, el titular del artículo: FRENTE A UNA INTENTONA SEDICIOSA. Y finalmente el texto, que era mucho más directo:
¿Nosotros? Porque nuestros lectores abrirán, con expectación, el presente número para ver qué opina La Vanguardia sobre los deplorables sucesos de ayer en Barcelona. ¿Nosotros? Como diría un castizo madrileño, «la duda ofende». ¿Con quién vamos a estar nosotros, sino con el orden, con la paz pública, con la autoridad y mucho más siendo digna, como lo es en el caso presente? ¿Con quién vamos a estar nosotros sino con quien vaya a aplastar una intentona sediciosa del más turbio cariz y más inconfesables finalidades? La Vanguardia se pronuncia clara y rotundamente en un momento, digámoslo con sinceridad, crítico de la vida de Barcelona. Y a pronunciarse obedecen las presentes líneas que vamos a escribir, con entera sinceridad y sin ficción ni falseamientos de ningún género.
Con este libro, lo mismo que con otros de la serie Mascarell, sólo intento hacer memoria histórica dentro del marco de una mera novela policíaca. Asimismo, la novela es un homenaje a los cientos de «topos» que vivieron escondidos en sus casas desde el final de la Guerra Civil hasta la muerte de Franco y la llegada de la democracia a España. Seres que pasaron tres décadas y media encerrados en habitaciones secretas, sótanos o cuevas, en ocasiones sin poder ni siquiera ver a sus hijos pequeños para evitar el menor desliz sobre su secreto.
Gracias, como siempre, a mi «personal de apoyo», al nuevo equipo de Plaza & Janés, a Isabel Martí, a Virgilio Ortega por sus correcciones y a La Vanguardia por su soberbia hemeroteca. También a Francisco González Ledesma, que, aun muerto, sigue siendo una enorme fuente de inspiración desde el otro lado de la Eternidad.
El guion de este octavo libro de la serie Mascarell fue preparado en Medellín (Colombia), en septiembre de 2015, y la novela fue escrita en Barcelona, en noviembre del mismo año.

Jordi Sierra i Fabra “Ocho días de marzo”

12 de marzo. (Conjurados)

Romae, in aedibus Bruti, a. D. IV Id. Mart., hora quarta.
Roma, casa de Bruto, 12 de marzo, nueve de la mañana.

—Tu madre ha salido.
Porcia pronunció la brevísima frase en el tono de una sentencia de muerte. Bruto estaba sentado en su escaño con la cabeza entre las manos, la expresión sombría y la frente ceñuda fruncida como era habitual en él en otros tiempos. Se levantó lentamente y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa de trabajo.
—¿Y qué?
—Pues que eludió la vigilancia y ha salido.
—¿Cuándo?
—Ayer tarde, hacia la puesta del sol.
—¿Y adónde fue? —continuó preguntando Bruto con voz opaca, inexpresiva.
—No lo sé. ¿Acaso sabes algo tú?
—¿Y cómo podría saberlo? Tengo otras cosas en qué pensar.
—Pero ¿es que no te das cuenta de la gravedad de este hecho? Tu madre ha sido durante años la amante de César.
—Calla —espetó Bruto.
—Lo siento —dijo Porcia inclinando la cabeza y atenuando el tono de la voz—, pero no te he dicho nada que tú no sepas. Tu madre podría ver a César y ponerlo en guardia, o incluso revelarle la conjura.
—Mi madre no sabe nada.
—¡Tú madre lo sabe todo! No hay el mínimo detalle que se le escape. Tiene ojos y oídos en cada rincón. Y ponerla bajo vigilancia no ha hecho más que confirmarle aquello de lo que ya estaba convencida.
—De ser así los asesinos del tirano estarían ya en nuestra puerta.
—Aún están a tiempo de hacerlo.
—Imposible. Mi madre no me traicionaría jamás. —Porcia se le acercó y le cogió una mano entre las suyas:
—Marco Junio —comenzó—, ¿de veras conoces tan poco el ánimo de una mujer? ¿No sabes que no renunciaría nunca, por ninguna razón, a salvar al hombre que ama?
—¿Incluso al precio de hacer matar a su hijo?
—Ello no es necesario. ¿Por qué crees que César te salvó la vida después de Farsalia? ¿Por qué siempre te ha protegido, tozudamente, cada vez que alguno de los suyos ha pedido tu cabeza?
—¡Calla! —repitió hecho una víbora.
—Por amor a tu madre. Y también ayer por la tarde ella pudo revelárselo todo pidiéndole que te salvara. César se lo habría concedido. No hay nada que él le negase si ella se lo pidiera.
—Por favor, cállate —dijo de nuevo Bruto conteniendo a duras penas su ira.
—Si es lo que quieres —respondió Porcia—. Pero la situación no cambiará por esto. Yo ahora te diré lo que sé. Tú compórtate como mejor creas.
Bruto no dijo nada y Porcia siguió hablando:
—Tu madre salió ayer tarde hacia la puesta del sol, con la cabeza cubierta con un velo, por la salida de servicio de la lavandería, haciendo que la sustituyera una sierva en su habitación. Se fue caminando hasta el templo de Diana y allí se entretuvo un rato, menos de una hora en cualquier caso, tras lo cual regresó a casa entrando en ella por el mismo sitio por donde había salido.
—¿Cómo puedes decir que se encontró con César?
—¿Y con quién si no? ¿Para qué escenificar una maquinación semejante por nada? Tu madre no cree en los dioses y seguro que no fue al templo por motivos religiosos. El único motivo plausible es un encuentro con César y, si las cosas son así, todos nosotros estamos en serio peligro. Yo estoy dispuesta a sacrificarme, ya lo sabes, y no tengo miedo, pero si vuestro plan fracasa la República estará a merced durante años de un tirano, sufrirá todo tipo de humillaciones y quizá ya no se levante del estado de abyección en el que ha caído. Olvida que es tu madre, recuerda que es un enemigo potencial del estado. Ahora me voy, te dejo para que decidas. Hay otra persona aquí fuera que quiere hablar contigo.

"Los idus de marzo" de Valerio Massimo Manfredi

11 de marzo (Sobre la idea de:"El juego de los días contados")

La verdad era que el arroz de camarones no estaba entre las virtudes de su cocina, pero lo hizo con los mejores deseos, y le quedó muy bien. El presidente se sirvió dos veces sin medirse en los elogios, y le encantaron las tajadas fritas de plátano maduro y la ensalada de aguacate, aunque no compartió las nostalgias. Lazara se conformó con escuchar hasta los postres, cuando Homero se atascó sin que viniera a cuento en el callejón sin salida de la existencia de Dios.
— Yo sí creo que existe — dijo el presidente—, pero que no tiene nada que ver con los seres humanos. Anda en cosas mucho más grandes.
— Yo sólo creo en los astros — dijo Lazara, y escrutó la reacción del presidente. — ¿Qué día nació usted?
— Once de marzo. 
— Tenía que ser — dijo Lazara, con un sobresalto triunfal, y preguntó de buen tono—: ¿No serán demasiado dos Piscis en una misma mesa?
Los hombres seguían hablando de Dios cuando ella se fue a la cocina a preparar el café. Había recogido los trastos de la comida y ansiaba con toda su alma que la noche terminara bien. De regreso a la sala con el café le salió al encuentro una frase suelta del presidente que la dejó atónita:
— No lo dude, mi querido amigo: lo peor que pudo pasarle a nuestro pobre país es que yo fuera presidente.
Homero vio a Lazara en la puerta con las tazas chinas y la cafetera prestada, y creyó que se iba a desmayar. También el presidente se fijó en ella. «No me mire así, señora», le dijo de buen tono. «Estoy hablando con el corazón». Y luego, volviéndose a Homero, terminó:
— Menos mal que estoy pagando cara mi insensatez.
Lazara sirvió el café, apagó la lámpara cenital de la mesa cuya luz inclemente estorbaba para conversar, y la sala quedó en una penumbra íntima. Por primera vez se interesó en el invitado, cuya gracia no alcanzaba a disimular su tristeza. La curiosidad de Lazara aumentó cuando él terminó el café y puso la taza bocabajo en el plato para que reposara el asiento.
El presidente les contó en la sobremesa que había escogido la isla de Martinica para su destierro, por la amistad con el poeta Aimé Césaire, que por aquel entonces acababa de publicar su Cahier d'un retour au pays natal, y le prestó ayuda para iniciar una nueva vida. Con lo que les quedaba de la herencia de la esposa compraron una casa de maderas nobles en las colinas de Fort de France, con alambreras en las ventanas y una terraza de mar llena de flores primitivas, donde era un gozo dormir con el alboroto de los grillos y la brisa de melaza y ron de caña de los trapiches. Se quedó allí con la esposa, catorce años mayor que él y enferma desde su parto único, atrincherado contra el destino en la relectura viciosa de sus clásicos latinos, en latín, y con la convicción de que aquél era el acto final de su vida. Durante años tuvo que resistir las tentaciones de toda clase de aventuras que le proponían sus partidarios derrotados.
— Pero nunca volví a abrir una carta — dijo—. Nunca, desde que descubrí que hasta las más urgentes eran menos urgentes una semana después, y que a los dos meses no se acordaba de ellas ni el que las había escrito.

Gabriel García Márquez “Buen viaje, señor Presidente”, en Doce cuentos peregrinos 


Viuamus, mea Lesbia, atque amemus

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.


Cayo Valerio Catulo
(Siglo I a.C.)


Vivamos, Lesbia mía y amémonos, hagamos caso omiso a todas las habladurías de los ancianos en exceso escrupulosos. Los astros pueden ocultarse y reaparecer, pero nosotros tendremos que dormir en noche perpetua tan pronto como se apague la breve llama de nuestra vida. Dame mil besos y después cien, otros mil luego, luego otros cien. Empieza de nuevo hasta llegar a otros mil y a otros cien. Después, cuando hayamos acumulado muchos miles, los revolveremos todos para perder la cuenta o para que ningún malvado envidioso sea capaz de embrujarnos cuando sepa que nos hemos dado tantos besos.

Cayo Valerio Catulo (en latín, Gaius Valerius Catullus; Verona, actual Italia, h. 87 a. C.-Roma, h. 57 a. C., aunque muchos estudiosos aceptan las fechas 84 a. C.-54 a. C.) fue un poeta latino.

El albañil

EL ALBAÑIL
Maestro albañil.— Mirad estos baluartes y esos contrafuertes: diríase que han sido construidos para toda la eternidad.
SCHILLER, Guillermo Tell
EL albañil Abraham Knupfer canta con la paleta en la mano, elevado hacia las alturas en el andamio; tan alto que, cuando lee los versos góticos de la campana mayor, nivela con los pies la iglesia con treinta y tres arbotantes y la ciudad con treinta iglesias.
Ve a las tarascas de piedra vomitar el agua de las pizarras hacia el confuso abismo de las galerías, las ventanas, las pechinas, los campaniles, las torrecillas, los tejados y el maderamen, que el ala inmóvil y recortada de un terzuelo mancha con un punto gris.
Ve las fortificaciones que se destacan en estrella, la ciudadela que se pavonea como un pavo real, los patios de los palacios en que el sol seca las fuentes, y los claustros de los monasterios en que la sombra gira en torno a los pilares.
Las tropas imperiales se han instalado en el arrabal. Por allá tamborilea un jinete. Abraham Knupfer distingue su sombrero de tres picos, sus trencillas de lana roja, su escarapela sujeta por un cordoncillo y la coleta atada con un lazo.
También ve unos soldadotes que, en el parque empenachado con gigantescas enramadas, sobre el extenso césped esmeralda, acribillan con sus arcabuces a un pájaro de madera clavado en la punta de un mayo.
Y, por la noche, cuando la armoniosa nave de la catedral se durmió, acostada con los brazos en cruz, desde la escala, él divisó en el horizonte un pueblo incendiado por gentes de armas que llameaba como un cometa en el azur.

Del Gaspar de la Noche de Aloysius Bertrand

Título original: Gaspard de la nuit
Aloysius Bertrand, 1842
Traducción: Lucía Azpeitia Ortiz

Edición: José F. Ruiz Casanova

YO no sé quién la olvidó

YO no sé quién la olvidó
Me la encontré por la yerba
Al cojerla, sentí como
si alguna mujer me viera.
Tenía un aroma vago
que voló al instante; queda
sólo el recuerdo del sueño
del placer de aquella esencia.
Tocando con ella, vi
como novias, como estrellas,
un prado lleno de rosas,
un alba de primavera;
una cosa tierna y pura,
-que me inundaba de pena-
que empezaba sonriendo
y acababa entre querellas...
Melancólico o alegre,
sonrío o sollozo en ella,
y siento en mi alma como
si alguna mujer me oyera.

La soledad sonora (1908) Juan Ramón Jiménez.
Segunda antología poética (1898-1918)

SOLILOQUIO

SOLILOQUIO

Con paso incierto y no segura
voluntad de vivir,
se acerca el día opaco, macilento,
insustancial, ridículo,
en que todo se acalla,
el rescoldo mejor
que ya dejó ese día
precipitadamente
entre un raudal de interferencias
cada vez más presuntas
Ninguna
palabra será ya la palabra
que desmienta al silencio,
ninguna certidumbre
anulará el valor de lo ficticio.

Evocar lo vivido equivale a inventarlo.

Diario de Argónida (1997) J. M. Caballero Bonald.
Somos el tiempo que nos queda. Obra poética completa 1952-2009.
Edición actualiza. Austral

En una mesa de casa rica en el siglo XIX.

Aunque la mejoría era franca a fines de Junio, todavía tenía para un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo desbridamiento. A principios de Julio empezó a recobrar el apetito y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones de la Naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la Naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía D. José María, paladeando su vinito: «En esta tierra de bendición, Sr. D. Fernando, el que se muere es porque quiere». Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor Doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido… ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y ainda mais, morcilla. De principio, entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las nueces, el queso (también de casa), la miel, el sinfín de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato… y, por último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la compota… esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de golosinas… y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la digestión…
A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta muy avanzado Julio, en que D. Segundo le permitía levantarse algunos ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo, Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su hermana y la tía estaban haciendo para él. «Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los dedos». Otra vez entraba con un par de palomos muertos: «¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira qué pechugas…». O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de las huertas de Paganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, cerezas gordas, y se las mostraba, enardeciendo su abundancia y hermosura. «De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían nuestras tierras.
—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: ya veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis».

 Cap. XXXIII

“De Oñate a la Granja” de Benito Pérez Galdós

Que Paul Krugman me perdone por estar de acuerdo con él al 100%

"De modo que el retraso republicano en lo que concierne al CHIP, al igual que la oposición a la ampliación del Medicaid y la exigencia de disponer de un trabajo remunerado, no son cuestión de dinero, sino de crueldad. Empeorar la vida de los estadounidenses de rentas más bajas se ha convertido en objetivo en sí mismo para el moderno Partido Republicano, un objetivo para cuyo logro está dispuesto de hecho a gastar dinero y aumentar el déficit." de Paul Krugman en El País de hoy

¿SABÍA USTED QUE...?

...ningún siglo comienza en miércoles, vier­nes ni sábado?
...el año ordinario termina siempre en el día de la semana que comenzó, a excepción de los años bisiestos? El 31 de diciembre de 2017 es domingo, igual que lo fue el 1 de enero.
...los años se repiten cada 28 años, es decir, tienen el mismo calendario? Fíjese en el calen­dario de este año, compare con el de 1989.
...hay diferencias entre las duraciones de los años? Por ejemplo, la duración del año del calendario gregoriano (nuestro actual calen­dario) es constante: 365,2425 días, mientras que el año trópico disminuye 1,5 segundos cada siglo (debido al frenado de la rotación de la Tierra).
...los años se repiten en un ciclo de 6,11 y 11 años? Fíjese en el calendario de este año, compárelo con el de 1989 (2017-[6+ll+ll]); 1995 (2017-[11+11]) y 2006 (2017-[11]).

...los nombres de los días de la semana deri­van de los nombres de los planetas y satélites que el hombre puede contemplar en el cielo (a excepción del sábado, «día de descanso», y el domingo, «día del Señor»? Así, lunes (Luna); martes (Marte); miércoles (Mercurio); jueves (Júpiter); y viernes (Venus).

Santo Tomas Moro, mártir, patrón de los políticos.

Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.
 
Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.
 
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.
 
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: YO.
 
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás.
 

Así sea.

(¡Quién iba a sospechar que los políticos tuvieran un patrón!)

Convivir con árboles

Quien convive con árboles dispone
de poderes, pacta con semidioses
invencibles,
                  nadie
podrá usurparle nunca esa heredad.

Leves y bonancibles,
abandonan los días sus guaridas
y llegan al jardín enaltecidos.
La voz de la enramada reproduce
la voz de las raíces
                              y una mano suave
desaloja la vida de asperezas.

Fin y principio,
                       nadie
podrá impedir que esta alianza
perpetúe sus sellos, determine
el veredicto de una convivencia
que engrandece a la larga el rango de los árboles.

Bajo las frondas indulgentes
se dignifica el flujo vegetal de los cuerpos.
                                       J.M. Caballero Bonald

(“Somos el tiempo de nos queda”
Página 572
Obra poética completa 1952 – 2009

Edición actualizada Austral)

José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926) es un escritor español, que ha sobresalido principalmente como poeta.​ La cuidadosa utilización del lenguaje y el barroquismo caracterizan su obra. (WIKI)

Epístola moral a Fabio de Andrés Fernández de Andrada

Fabio, las esperanzas cortesanas
prisiones son do el ambicioso muere
y donde al más activo nacen canas;

el que no las limare o las rompiere
ni el nombre de varón ha merecido,
ni subir al honor que pretendiere.

El ánimo plebeyo y abatido
elija en sus intentos temeroso
primero estar suspenso que caído;

que el corazón entero y generoso
al caso adverso inclinará la frente
antes que la rodilla al poderoso.

Más triunfos, más coronas dio al prudente
que supo retirarse, la fortuna,
que al que esperó obstinada y locamente.

Esta invasión terrible e importuna
de contrarios sucesos nos espera
desde el primer sollozo de la cuna.

Dejémosla pasar como a la fiera
corriente del gran Betis, cuando airado
dilata hasta los montes su ribera.

Aquel entre los héroes es contado
que el premio mereció, no quien la alcanza
por vanas consecuencias del estado.

Peculio propio es ya de la privanza
cuanto de Astrea fue, cuanto regía
con su temida espada y su balanza.

El oro, la maldad, la tiranía
del inicuo, precede y pasa al bueno,
¿qué espera la virtud o en qué confía?

Vente, y reposa en el materno seno
de la antigua Romúlea, cuyo clima
te será más humano y más sereno.

Adonde, por lo menos, cuando oprima
nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno:
"Blanda le sea", al derramarla encima;

donde no dejará la mesa ayuno
cuando en ella te falte el pece raro
o cuando su pavón nos niegue Juno.

Busca, pues, el sosiego dulce y caro,
como en la oscura noche del Egeo
busca el piloto el eminente faro;

que si acortas y ciñes tu deseo
dirás: "Lo que desprecio he conseguido;
que la opinión vulgar es devaneo."

Más quiere el ruiseñor su pobre nido
de pluma y leves pajas, más sus quejas
en el bosque repuesto y escondido,

que agradar lisonjero las orejas
de algún príncipe insigne, aprisionado
en el metal de las doradas rejas.

Triste de aquel que vive destinado
a esa antigua colonia de los vicios,
augur de los semblantes del privado.

Cese el ansia y la sed de los oficios;
que acepta el don y burla del intento
el ídolo a quien haces sacrificios.

Iguala con la vida el pensamiento,
y no le pasarás de hoy a mañana,
ni aun quizá de uno a otro momento.

Casi no tienes ni una sombra vana
de nuestra grande Itálica, y, ¿esperas?
¡Oh terror perpetuo de la vida humana!

Las enseñas grecianas, las banderas
del senado y romana monarquía
murieron, y pasaron sus carreras.

¿Qué es nuestra vida más que un breve día,
do apenas sale el sol, cuando se pierde
en las tinieblas de la noche fría?

¿Qué más que el heno, a la mañana verde,
seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
¿Será que de este sueño me despierte?

¿Será que pueda ver que me desvío
de la vida viviendo, y que está unida
la cauta muerte al simple vivir mío?

Como los ríos, que en veloz corrida
se llevan a la mar, tal soy llevado
al último suspiro de mi vida.

De la pasada edad, ¿qué me ha quedado?,
o, ¿qué tengo yo a dicha, en la que espero,
sino alguna noticia de mi hado?

¡Oh si acabase, viendo cómo muero,
de aprender a morir, antes que llegue
aquel forzoso término postrero;

antes que aquesta mies inútil siegue
de la severa muerte dura mano,
y a la común materia se la entregue!

Pasáronse las flores del verano,
el otoño pasó con sus racimos,
pasó el invierno con sus nieves cano;

las hojas que en las altas selvas vimos
cayeron, ¡y nosotros a porfía
en nuestro engaño inmóviles vivimos!

Temamos al Señor que nos envía
las espigas del año y la hartura,
y la temprana lluvia y la tardía.

No imitemos la tierra siempre dura
a las aguas del cielo y al arado,
ni la vid cuyo fruto no madura.

¿Piensas acaso tú que fue criado
el varón para el rayo de la guerra,
para surcar el piélago salado,

para medir el orbe de la tierra
y el cerco por do el sol siempre camina?
¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!

Esta nuestra porción alta y divina,
a mayores acciones es llamada
y en más nobles objetos se termina.

Así aquella, que al hombre sólo es dada,
sacra razón y pura, me despierta,
de esplendor y de rayos coronada,

y en la fría región, dura y desierta,
de aqueste pecho enciende nueva llama,
y la luz vuelve a arder que estaba muerta.

Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
y callado pasar entre la gente
que no afecto a los nombres ni a la fama.

El soberbio tirano del Oriente,
que maciza las torres de cien codos
del cándido metal puro y luciente,

apenas puede ya comprar los modos
del pecar; la virtud es más barata,
ella consigo misma ruega a todos.

¡Mísero aquel que corre y se dilata
por cuantos son los climas y los mares,
perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares,
un libro y un amigo, un sueño breve,
que no perturben deudas ni pesares.

Esto tan solamente es cuanto debe
naturaleza al parco y al discreto,
y algún manjar común, honesto y leve.

No, porque así te escribo, hagas conceto
que pongo la virtud en ejercicio:
que aun esto fue difícil a Epiteto.

Basta, al que empieza, aborrecer el vicio,
y el ánimo enseñar a ser modesto;
después le será el cielo más propicio.

Despreciar el deleite no es supuesto
de sólida virtud; que aun el vicioso
en sí proprio le nota de molesto.

Mas no podrás negarme cuán forzoso
este camino sea al alto asiento,
morada de la paz y del reposo.

No sazona la fruta en un momento
aquella inteligencia que mensura
la duración de todo a su talento.

Flor la vimos ayer hermosa y pura,
luego materia acerba y desabrida,
y sabrosa después, dulce y madura.

Tal la humana prudencia es bien que mida
y compase y dispense las acciones
que han de ser compañeras de la vida.

No quiera Dios que siga los varones
que moran nuestras plazas macilentos,
de la verdad infames histrïones;

estos inmundos, trágicos, atentos
al aplauso común, cuyas entrañas
son oscuros e infaustos monumentos.

¡Cuán callada que pasa las montañas
el aura, respirando mansamente!
¡Qué gárrula y sonora por las cañas!

¡Qué muda la virtud por el prudente!
¡Qué redundante y llena de ruido
por el vano, ambicioso y aparente!

Quiero imitar al pueblo en el vestido,
en las costumbres sólo a los mejores,
sin presumir de roto y mal ceñido.

No resplandezca el oro y las colores
en nuestro traje, ni tampoco sea
igual al de los dóricos cantores.

Una mediana vida yo posea,
un estilo común y moderado,
que no le note nadie que le vea.

En el plebeyo barro mal tostado
hubo ya quien bebió tan ambicioso
como en el vaso Múrino preciado;

y alguno tan ilustre y generoso
que usó, como si fuera vil gaveta,
del cristal transparente y luminoso.

Sin la templanza, ¿viste tú perfeta
alguna cosa? ¡Oh muerte! Ven callada,
como sueles venir en la saeta;

no en la tonante máquina preñada
de fuego y de rumor; que no es mi puerta
de doblados metales fabricada.

Así, Fabio, me enseña descubierta
su esencia la verdad, y mi albedrío
con ella se compone y se concierta.

No te burles de ver cuánto confío,
ni al arte de decir, vana y pomposa,
el ardor atribuyas de este brío.

¿Es, por ventura, menos poderosa
que el vicio la verdad? ¿O menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.

La codicia en las manos de la suerte
se arroja al mar, la ira a las espadas,
y la ambición se ríe de la muerte.

Y ¿no serán siquiera tan osadas
las opuestas acciones, si las miro
de más nobles objetos ayudadas?

Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
de cuanto simple amé: rompí los lazos;
ven y sabrás al alto fin que aspiro
antes que el tiempo muera en nuestros brazos.

Andrés Fernández de Andrada (Sevilla, 1575 - México, 1648) fue un poeta y militar español.

Vida y obra

Fue capitán del ejército español y estuvo en México, donde murió en la más absoluta pobreza, e ignorado de todos. Se le conoce fundamentalmente como autor de una obra que figura en todas las antologías de poesía clásica española por su perfección, la Epístola moral a Fabio, cumbre de la epístola horaciana en España. Sus fuentes literarias vienen del Antiguo Testamento, Séneca y Horacio y representa el espíritu de tradición senequista y de ascetismo cristiano en España, invitando a la resignación de una vida en "aurea mediocritas" o "dorada medianía" y reflexionando sobre la brevedad de la vida y la condición humana.
La autoría del poema ha sido demostrada modernamente, por más que se atribuyera en principio a otros poetas de la época como Bartolomé Leonardo de Argensola o Francisco de Rioja. El primero en atinar con el verdadero escritor del poema fue Adolfo de Castro en un trabajo publicado en 1875, y Dámaso Alonso lo confirmó muchos años después con nuevos datos.
El destinatario del poema en tercetos encadenados fue el corregidor de la ciudad de México Alonso Tello de Guzmán, deseoso de pretender cargos en la Corte, y le invita a la búsqueda de la virtud, la resignación y el "áureo equlilibrio", cantado ya por Horacio y Fray Luis de León en sus poesías. El poema se desarrolla con un visible ritmo bimembre, recurriendo al artificio del braquistiquio para destacar el significado de las palabras importantes.

Wikipedia

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