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Almez (1) - El lago parecía ser muy abundante en peces. Para aprovecharlo, sólo había que procurarse líneas, anzuelos y redes

La señora Clifton quiso velar cerca del fuego y logró, no sin esfuerzo, que Flip tuviera unas horas de descanso. Él la obedeció, aunque decidido a dormir con un solo ojo. La madre se quedó entonces sola en esa noche oscura, cerca del fuego que chisporroteaba, atenta y pensativa a la vez. ¡Su pensamiento erraba por ese mar, fijado en la escenas del barco después del motín!
Al día siguiente, después de un desayuno rápido, Flip dio la señal de la partida a sus dos jóvenes acompañantes. Marc y Robert abrazaron a su madre, se adelantaron y dieron vuelta en torno del acantilado. Flip se reunió muy pronto con ellos. Al pasar las rocas, verificó que el banco de litodomos debía ser inagotable. Del otro lado del canal, sobre ese largo islote que custodiaba la costa, una bandada numerosa de aves se paseaba solemnemente. Estos pájaros pertenecían a la división de los zambullidores; eran pájaros bobos o pájaros niños, reconocibles por su grito desagradable que recuerda el rebuzno del asno. La carne de estos volátiles, aunque negruzca, es perfectamente comestible. Flip lo sabía y sabía también que a esos pájaros, pesados y tontos, se los puede matar fácilmente a bastonazos o a pedradas. Se prometió entonces atravesar el canal uno de estos días y explorar el islote que debía contener una abundante reserva de animales de caza. Pero se cuidó bien de anunciar su proyecto a los dos muchachos. Robert no habría vacilado en arrojarse inmediatamente a nadar, con la intención de cazar a esos pájaros.
Una media hora después de haber dejado el campamento, Flip, Marc y Robert llegaron al extremo sur del acantilado, que la marea descendente dejaba en ese momento en descubierto. Habían alcanzado el vasto emplazamiento que Flip había reconocido en su exploración de la víspera y que se extendía entre el lago y la ribera. A Marc la región le pareció encantadora. Los bosquecillos de cocoteros se elevaban majestuosos a la mitad del camino; un poco detrás, una cortina de hermosos árboles seguía los movimientos del terreno, ligeramente accidentado. Eran bellas coníferas, pinos, alerces, entre otros, una treintena de esos soberbios ejemplares de la familia de las ulmáceas, olmos vigorosos conocidos con el nombre de almez de Virginia.
Flip y sus dos jóvenes compañeros exploraron toda esa parte de la costa, de la que el lago formaba la orilla oriental. El lago parecía ser muy abundante en peces. Para aprovecharlo, sólo había que procurarse líneas, anzuelos y redes; Flip les prometió fabricar los artefactos de pesca necesarios cuando la colonia estuviera definitivamente instalada.
Al recorrer la orilla occidental del lago, Flip descubrió algunas huellas de animales de gran tamaño que probablemente venían a calmar la sed en ésa extensa reserva de agua dulce. Pero ningún vestigio delataba la presencia del hombre en esa costa. Los exploradores pisaban, por lo tanto, una tierra virgen nunca hollada por pie humano.
Flip volvió entonces al acantilado para investigar su parte sur, que se extendía perpendicularmente al mar y venía a morir en una punta fina sólo a pocos metros de los almeces.
La inspección de esa masa rocosa se hizo con un extremo cuidado. Se trataba de descubrir una cavidad lo bastante grande para alojar allí a toda la familia. Esta búsqueda tuvo un feliz resultado. Fue Marc quien descubrió la tan deseada gruta. Era una verdadera caverna excavada en el granito, que medía treinta pies de largo por veinte de ancho. Una arena fina, llena de mica brillante, cubría el suelo. La altura de la gruta sobrepasaba los diez pies. Sus paredes, muy rugosas en su parte alta, eran lisas y pulidas en la base, como si el mar hubiera limado o roído en otros tiempos las asperezas. La boca de esta caverna, cortada muy irregularmente, formaba una especie de triángulo, pero dejaba entrar bastante luz en el interior. En todo caso, Flip no tendría dificultades en darle una forma regular y en agrandarla.
Al entrar en la gruta, Marc no saltó, ni se puso a rodar sobre la arena, lo cual habría hecho infaliblemente Robert, destruyendo con sus brincos unas huellas anchas y profundas grabadas en el suelo, unas pisadas producidas sin duda por un animal que había marchado francamente con las plantas de sus patas y no con la punta de los dedos, como hacen los mamíferos corredores. Flip vino a examinarlas: los órganos locomotores del plantígrado que había dejado esas huellas, eran poderosos, y armados de garras en forma de gancho cuya marcas se distinguían nítidas sobre la alfombra de arena.

Jules Verne, El tío Robinson

Una madre y sus cuatro hijos, a quienes acompaña un fiel y habilidoso marinero, han de sobrevivir en una isla desierta, a la que arriban tras ser abandonados a su suerte en una frágil embarcación por la tripulación amotinada de un barco. Sin ningún recurso material a su alcance, los indefensos náufragos deberán hacer frente a la difícil situación en un medio desconocido y hostil, valiéndose del ingenio y los estrechos lazos de afecto y lealtad que los unen. Obra inédita e inacabada, El tío Robinson no se publicó en vida de su autor, al ser rechazada por el editor Hetzel en 1870. El plan original comprendía tres partes, de las cuales sólo fueron halladas las dos primeras, escritas en torno a 1870-1871.
El manuscrito original se encontró en los archivos de Julio Verne adquiridos en 1981 por la ciudad de Nantes, y publicado por vez primera en 1991. En algunas ediciones, también es conocido como La isla del tío Robinson.

—Con frecuencia, es más difícil conservar que adquirir —dijo devolviéndole el inventario.

Por lo demás, la fortuna seguía. El inventario de 31 de diciembre dio resultados superiores a los precedentes. El haber de la casa era de más de dos mil libras, lo que fue reconocido como exacto por mister O’Brien. El honrado comerciante felicitó al joven dueño, recomendándole que procediese siempre con extrema prudencia.
—Con frecuencia, es más difícil conservar que adquirir —dijo devolviéndole el inventario.
—Tiene razón —respondió Hormiguita—; y crea que no me dejaré arrastrar. Lamento, no obstante, que el dinero depositado en el Banco de Irlanda no tenga un empleo más lucrativo. Es dinero que duerme, y cuando se duerme no se trabaja.
—No, se reposa, y el reposo es tan preciso al dinero como al hombre.
—Sin embargo, mister O’Brien, si se presentase alguna ocasión…
—No bastaría que fuese buena; preciso sería que fuera excelente.
—Conformes; y en ese caso, estoy seguro que usted sería el primero en aconsejarme…
—¿Aprovecharla? Ciertamente; a condición que entrara en el género de tus negocios.
—Así es como yo lo entiendo, mister O’Brien, y jamás se me ocurrió la idea de arriesgarme en operaciones de las que nada entiendo. Pero obrando con prudencia, se puede buscar el modo de extender el comercio.
—Y en tales condiciones yo lo aprobaría. Y si tengo noticias de algún negocio de toda seguridad… Sí… Tal vez… En fin, veremos.
Y en su prudencia, el antiguo comerciante no quiso decir más.
El 23 de febrero fue una fecha que merecía ser marcada con una cruz de lápiz rojo en el calendario del bazar «Los pequeños bolsillos». Aquel día Bob estaba subido en lo alto de una escalera, en el fondo de la tienda, cuando se oyó interpelar de esta suerte.
—¡Eh! Plumas de papagayo.
—¡Grip! —exclamó Bob dejándose caer a lo largo de la escalera.
—Yo mismo, And Co. ¿Hormiguita está bien? ¿Kat está bien? ¿mister O’Brien, está bien? Me parece que no olvido a nadie.
—¿A nadie? ¿Y yo?
¿Quién acababa de pronunciar estas palabras? Una joven radiante de alegría que avanzó hacia Grip y le dio con desembarazo un beso en cada mejilla.
—¿Cómo? —exclamó Grip desconcertado—. Señorita… Yo no la conozco. ¿Se besa aquí a la gente sin conocerla?
—Entonces voy a comenzar de nuevo, hasta que nos conozcamos…
—¡Pero si es Sissy, Grip!… ¡Sissy… Sissy! —repitió Bob estallando de risa.
Hormiguita y Kat acababan de entrar. Aquel diablo de Grip, muy malo decididamente, no quiso comprender la explicación que se le dio, hasta no devolverle los besos a la señorita. ¡Por San Patricio! ¡Qué encantadora y franca le pareció Sissy! Y como había traído de América un lindo neceser de viaje para hombre, con tirantes, navajas de afeitar y brocha para cuando a Hormiguita le hiciera falta, sostuvo que lo había comprado para ofrecérselo a Sissy, pues tenía el presentimiento de que la encontraría en el bazar de Little boy, y Sissy se vio obligada a aceptar el regalo, por lo que el verdadero destinatario no se mostró ofendido.
El primer fogonero estaba en su puesto.
¡Qué buenos días se pasaron en la tienda de Bedfort-Street! Cuando su obligación no le retenía a bordo, Grip no desamarraba de allí, siguiendo una de sus expresiones. Indudablemente, él tenía en «Los pequeños bolsillos» una atracción cuya influencia se dejaba sentir hasta en los docks, y que le retenía cerca de Sissy después de haberle atraído.
¿Qué queréis? Es difícil resistir a esas leyes de la naturaleza. Hormiguita no había dejado de notarlo.
—¿No es verdad que mi hermana mayor es gentil? —le dijo un día a Grip.
—¡Tu hermana mayor, chiquillo! Yo no sé lo que es… No sé expresarme… Si supiera…
Se expresaba muy bien, por el contrario, al menos según pensaba Kat, y no habían transcurrido tres semanas desde el regreso de Grip, cuando ella dijo a Hormiguita:
—Nuestro Grip está como los animales que mudan. De negro que era está en camino de recobrar su color natural… el blanco, y no creo que permanezca mucho tiempo a bordo del Vulcan.
Ésta era también la opinión que tenía mister O’Brien.
Sin embargo, el 15 de marzo, cuando el Vulcan se disponía a marchar a América, el primer fogonero, al que todos habían acompañado hasta el puerto, estaba en su sitio. ¿Pretendía que el Vulcan no pudiera pasarse sin él?
Cuando volvió el 13 de mayo, después de siete semanas de ausencia, se había acentuado su cambio de color. Hízosele una excelente acogida. Hormiguita, Kat y Bob le estrecharon entre sus brazos. Pero las demostraciones de él no fueron tantas, y se contentó con dar un solo beso en la mejilla derecha de Sissy, que sólo uno había depositado en su mejilla izquierda.
¿Qué significaba aquella reserva? Grip estaba más grave, Sissy más seria, cuando se encontraban frente a frente. Esto ponía cierta falta de espontaneidad en sus reuniones de la noche. Y a la hora en que Grip se retiraba para regresar a bordo, cuando Hormiguita le decía:
—¿Hasta mañana, Grip? A menudo respondía éste:
—No… mañana hay mucho trabajo… Me será imposible.
Y al día siguiente el bueno de Grip volvía exactamente como la víspera, y hasta una hora más pronto, y —fenómeno extraordinario— su piel blanqueaba de día en día.

Jules Verne
Aventuras de un niño irlandés

Un joven huérfano supera la adversidad a medida que va creciendo. Así, empieza su propio negocio con la ayuda de otro huérfano, cuya vida había salvado. Verne comienza a contar las aventuras e historias de este muchacho desde que era pequeño hasta que se establece y triunfa a la edad de quince años.

Fue aquel mismo día cuando comencé a escribir el diario de estas aventuras.

Transcurrió así todo el día, sin que el capitán Nemo me honrara con su visita. No se descubrieron los cristales de observación, como si se quisiera evitar que nuestros sentidos se mellaran en la costumbre de tan bello espectáculo.
La dirección del Nautilus se mantuvo al Este-Nordeste; su velocidad, en doce millas, y su profundidad, entre cincuenta y sesenta metros.
Al día siguiente, 10 de noviembre, se nos mantuvo en el mismo abandono, en la misma soledad. No vi a nadie de la tripulación. Ned y Conseil pasaron la mayor parte del día conmigo, desconcertados ante la inexplicable ausencia del capitán. ¿Se hallaría enfermo aquel hombre singular? ¿O tal vez se proponía modificar sus proyectos respecto a nosotros?
Después de todo, como observó Conseil, gozábamos de una entera libertad y se nos tenía abundante y delicadamente alimentados. Nuestro huésped se había atenido hasta entonces a los términos de lo estipulado, y no podíamos quejarnos. Además, la singularidad de nuestro destino nos reservaba tan hermosas compensaciones que no teníamos derecho a reprocharle nada.
Fue aquel mismo día cuando comencé a escribir el diario de estas aventuras. Esto es lo que me ha permitido narrarlas con una escrupulosa exactitud. Como detalle curioso, diré que escribí este diario en un papel fabricado con zostera marina.
En la madrugada del 11 de noviembre, la expansión del aire fresco por el interior del Nautilus me reveló que habíamos emergido a la superficie del océano para renovar la provisión de oxígeno. Me dirigí a la escalerilla central y subí a la plataforma.
Eran las seis de la mañana. El cielo estaba cubierto y el mar gris, pero en calma, apenas mecido por el oleaje. Tenía la esperanza de encontrarme allí con el capitán Nemo, pero ¿vendría? Vi únicamente al timonel, encerrado en su jaula de vidrio.
Sentado en el saliente que formaba el casco del bote, aspiré con delicia las emanaciones salinas. Poco a poco, la bruma iba disipándose bajo la acción de los rayos solares. El astro radiante se elevaba en el horizonte. El mar se inflamó bajo su mirada como un reguero de pólvora. Esparcidas por el cielo, las nubes se colorearon de tonos vivos y llenos de matices, y numerosas «lenguas de gato» anunciaron viento para todo el día.

Jules Verne
Veinte mil leguas de viaje submarino
Viajes extraordinarios 

Obra narrada en primera persona por el profesor francés Pierre Aronnax, notable biólogo que es hecho prisionero por el Capitán Nemo y es conducido por los océanos a bordo del submarino Nautilus, en compañía de su criado Conseil y el arponero canadiense Ned Land. La historia comienza con una expedición a bordo de un buque de la marina de guerra estadounidense que busca dar caza a un extraño cetáceo que había ocasionado la desaparición misteriosa de diversas embarcaciones. Durante la expedición, los protagonistas se ven lanzados por la borda del buque como resultado de una embestida del animal, son rescatados y logran llegar a nado a un lugar seguro. Una vez a salvo, descubren que no se encuentran realmente en una isla, sino sobre una estructura metálica: un submarino. En el interior del misterioso artefacto conocen al Capitán Nemo, personaje desgraciado y brillante, con un oscuro pasado y de grandes aptitudes científicas y artísticas. Éste les muestra toda la nave, el Nautilus, y les da notables explicaciones sobre su ingeniería. El capitán les informa de que, al haber conocido su existencia, no puede dejarlos volver a la superficie. A lo largo del viaje, les son revelados muchos secretos, y recorren diversos lugares, entre los que se menciona la mítica Atlántida, las islas de la Polinesia, el Mar Rojo, las costas del Lejano Oriente, el Mediterráneo, etc. A través de su personaje Aronnax, Jules Verne señala varios posibles inventos: escafandras autónomas de buceo, fusiles de balas eléctricas, máquinas para producir aire respirable, etc.

¡Qué noche tan trágica! ¡Qué pluma podría describir sus horrores!

CAPÍTULO XIV
Durante la noche del 29 de octubre.
AUNQUE nos encontramos en una situación sumamente desesperada, todos han experimentado el horror de la tragedia que acaba de desarrollarse.
Ruby no existe ya; pero sus últimas palabras van a tener consecuencias muy funestas. Los marineros, que le han oído gritar, «¡El picrato, el picrato!», han comprendido que el buque puede saltar hecho pedazos de un momento a otro, y que no es sólo un incendio, sino una explosión lo que les amenaza.
Algunos, no pudiendo ya contenerse, quieren huir a todo trance y en seguida, y gritan:
—¡La canoa, la canoa!
Sin duda no ven o no quieren ver los insensatos que el mar está alborotado y que no hay lancha que pueda arrostrar el empuje de las olas embravecidas que se elevan a una altura prodigiosa. Nada puede contenerlos y ya no oyen la voz del capitán, quien se arroja en medio de ellos inútilmente. El marinero Owen excita a sus compañeros; se largan las trapas de la lancha y la embarcación es empujada al exterior.
Balancéase un instante en el espacio y, obedeciendo al movimiento del buque, va a chocar contra la vagara. Los marineros hacen otro esfuerzo y consiguen desprenderla, y, cuando ya está a punto de llegar al mar, una ola monstruosa la toma por debajo, la aparta momentáneamente y con fuerza irresistible la estrella contra el costado del buque.
Habiendo sido destruidas la chalupa y la canoa, sólo nos quedó ya una frágil y estrecha ballenera.
Los marineros, presa de estupor, permanecen inmóviles. No se oye más que los silbidos del viento entre las cuerdas y los ronquidos del incendio. El horno se abre profundamente en el centro del buque y por las escotillas brotan torrentes de vapor fuliginoso que ascienden al cielo. Desde el castillo de proa a la toldilla ya no se ve, y el Chancellor queda dividido en dos partes por una barrera de llamas.
Los pasajeros y dos o tres hombres de la tripulación van a refugiarse detrás de la toldilla. La señora Kear permanece tendida sin conocimiento sobre una de las jaulas de las gallinas, y la señorita Herbey se encuentra a su lado auxiliándola. El señor Letourneur se ha apoderado de su hijo y lo estrecha sobre su corazón; y yo soy víctima de una agitación nerviosa que me es imposible dominar.
Mientras tanto, el ingeniero Falsten consulta con tranquilidad su reloj y anota la hora en su libro de memorias.
¿Qué sucede a proa, donde se han quedado el teniente, el contramaestre y el resto de la tripulación a quienes no podemos ver?
Se ha interrumpido la comunicación entre las dos mitades del buque y nadie podría atravesar la cortina de fuego que sale por la escotilla mayor.
—¿Está todo perdido? —pregunto a Roberto Kurtis, acercándome.
—Todavía no —me responde—. Puesto que está abierta la escotilla, vamos a arrojar por ella un torrente de agua a este horno y quizá consigamos apagarlo.
—Pero ¿cómo es posible manejar las bombas en ese puente que abrasa los pies, señor Kurtis? ¿Cómo va usted a dar órdenes a los marineros a través de las llamas?
Como Roberto Kurtis no me respondiese inmediatamente, insistí:
—¿Está todo perdido?
—No, señor, no —me dice Roberto Kurtis—; y mientras haya una sola tabla bajo mis pies no perderé la esperanza.
Mientras tanto, redobla la violencia del incendio, que esparce sobre las aguas del mar una claridad rojiza; por encima de nuestras cabezas, las nubes, bastante bajas, se cubren de reflejos leonados; de las escotillas salen continuamente grandes chorros de llamas y nosotros nos refugiamos sobre el coronamiento de popa, detrás de la toldilla. La señora Kear ha sido depositada en la ballenera, que permanece suspendida de sus pescantes de popa, y la señorita Herbey se encuentra a su lado.
¡Qué noche tan trágica! ¡Qué pluma podría describir sus horrores!
El huracán, en toda su violencia a la sazón, sopla sobre aquel brasero como un inmenso ventilador, y el Chancellor corre en las tinieblas como un brulote gigantesco. No hay más alternativa que la de arrojarse al mar o perecer abrasado entre las llamas.
Pero ¿cómo es que no se inflama, el picrato? ¿No se abrirá el volcán bajo nuestros pies? ¿Habrá mentido Ruby? ¿No habrá semejante sustancia explosiva encerrada en la bodega?
A las once y media, en el momento en que el mar está más imponente que nunca, óyese un estrépito particular, el más temido por los marineros, que viene a aumentar el de los elementos desencadenados.
—¡Rompientes, rompientes a estribor! —Grita una voz a proa.
Roberto Kurtis salta sobre el parapeto, dirige una rápida mirada a las blancas olas, y, volviéndose hacia el timonel, grita imperativamente:
—¡La barra a estribor, toda!
Pero ya es tarde. En aquel momento, una ola monstruosa nos levanta sobre sus espaldas y de repente se produce el choque. El buque toca en un obstáculo por la proa, talonea, y el mástil de mesana, roto a raíz del puente, cae al mar.

CAPÍTULO XV
Continuación de la noche del 29 de octubre.
NO son todavía las doce, y como la luna no brilla en el espacio, la oscuridad es profunda. ¿En qué sitio acaba el buque de encallar? Nos es imposible saberlo. Violentamente rechazado por la tormenta, ¿habrá llegado el buque a la costa americana y estaremos a la vista de tierra?
El Chancellor, después de haber taloneado varias veces, había quedado absolutamente inmóvil. Pocos instantes después, se oyó hacia proa un ruido de cadenas, lo que revela a Roberto Kurtis que se han echado las anclas.
—Bien, bien —dice—; el teniente y el contramaestre han echado las dos anclas, y es de esperar que resistirán.
Entonces veo a Roberto Kurtis avanzar por los parapetos hasta el límite adonde permiten llegar las llamas; se desliza por la mesa de guarnición de estribor, por el lado donde el buque da la banda, y permanece allí durante algunos minutos, a pesar de las grandes oleadas que amenazan arrebatarlo. Presta oído como si percibiera un ruido particular en medio del rumor de la tormenta.
Al fin vuelve a la toldilla, diciendo:
—El agua entra en el buque, y esa agua, si el Cielo nos ayuda, puede apagar el incendio.
—Pero ¿y después? —le pregunto.
—Señor Kazallon —responde Roberto Kurtis—, después nuestro porvenir está en las manos de Dios. Ahora sólo debemos pensar en lo presente. Lo primero que debería hacerse es acudir a las bombas, pero en este momento es imposible llegar a ellas entre las llamas. Probablemente, por alguna abertura de la tablazón, hundida en el fondo del buque, entra gran cantidad de agua, porque creo que ya disminuye la violencia del fuego y se oyen silbidos atronadores, que revelan que los dos elementos luchan entre sí. La base del foco del incendio ha sido seguramente atacada por el agua, y la primera fila de las balas de algodón se encuentra ya anegada. Pues bien, cuando el agua haya extinguido el fuego, nosotros la combatiremos a su vez. Quizá sea menos temible que el fuego, porque es el elemento del marino, y éste está ya acostumbrado a vencerla.
Con ansiedad indescriptible esperamos que transcurran las tres horas que faltan aún para que concluya esta trágica noche. ¿En dónde estamos? Las olas se retiran poco a poco, y su furor se apacigua. El Chancellor debe de haber encallado una hora después de la pleamar, pero es difícil saberlo con exactitud, sin hacer cálculos ni observaciones. Si es así, podemos tener alguna esperanza, si, por fin, se apaga el fuego, de ponernos a flote muy en breve, cuando vuelva la próxima marea.
Conseguimos distinguir más allá un grupo negro.
Hacia las cuatro y media de la madrugada, empieza a disiparse poco a poco la cortina de llamas tendida entre la proa y la popa del buque, y conseguimos distinguir más allá un grupo negro. Es la tripulación refugiada en el estrecho castillo de proa. Al poco rato se restablece la comunicación entre los extremos del Chancellor, y el teniente y el contramaestre vienen a la toldilla, marchando por las vagaras, porque no es posible poner el pie en el puente.
El capitán Kurtis, el teniente y el contramaestre conferencian en mi presencia, conviniendo en que no puede hacerse nada hasta que amanezca. Si la tierra está cerca y el mar practicable, nos dirigiremos a la costa, con la ballenera o con una balsa que se construya. Si no hay tierra a la vista, y el Chancellor ha encallado en un arrecife aislado, se tratará de ponerlo nuevamente a flote, y repararlo en lo posible, con objeto de que pueda llegar al puerto más próximo.
—Pero —dice Roberto Kurtis, y así opinan también el teniente y el contramaestre— es difícil adivinar dónde nos encontramos, porque con estos vientos del Noroeste, el Chancellor ha debido ser arrojado muy lejos, hacia el Sur. Ya hace mucho tiempo que no he podido tomar la altura; pero como no sé que exista ningún escollo en esta parte del Atlántico, creo que habremos encallado en tierras de la América del Sur. —Pero —pregunto yo— continuamos bajo la amenaza de una explosión. ¿No podremos abandonar el Chancellor y refugiarnos en alguna parte?
—¿En este arrecife? —Replica Roberto Kurtis—. Pero ¿qué forma tiene y de qué se compone? ¿No lo cubre totalmente el agua durante la pleamar? ¿Podemos reconocerlo en medio de esta oscuridad? Dejemos que amanezca y veremos lo que se puede hacer.
Me apresuro a comunicar estas palabras de Roberto Kurtis a los demás pasajeros, y, aunque no son muy tranquilizadoras, nadie se detiene a pensar en el nuevo peligro que entraña la situación del buque, si desgraciadamente hubiera sido arrojado sobre algún arrecife desconocido a muchos centenares de millas de tierra. Una sola consideración domina a las demás, y es la de que en estos momentos el agua combate por nosotros y lucha ventajosamente contra el incendio y, por consiguiente, contra las probabilidades de explosión.
Efectivamente, a las rojas llamas ha sucedido poco a poco una humareda densa y negra que se escapa por la escotilla en húmedos torbellinos. Todavía se proyectan algunas lenguas ardientes entre las sombrías volutas, pero se extinguen casi inmediatamente. A los ronquidos del fuego suceden los silbidos del agua que se evapora en el foco interior, a causa, sin duda, de que el mar hace allí lo que no habrían podido hacer nuestros cubos ni nuestras bombas, porque era necesario toda una inundación para extinguir aquel incendio propagado en medio de mil setecientas balas de algodón.

Jules Verne
El Chancellor
Viajes extraordinarios - 13


Cuando los pasajeros del Chancellor descubren que su barco está ardiendo, aún no son capaces de imaginar los horrores que les aguardan. Verne, gran admirador de Poe, pretendió escribir un relato de tal crueldad, que recordara La narración de Arthur Gordon Pym. «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso —escribió a su editor—. Creo que la balsa de La Medusa no ha producido nada tan terrible».
Con el estilo cortado propio de un diario, uno de los náufragos va contando las torturas que padecen en una balsa perdida en el océano. Pero, como es habitual en Verne, siempre hay personajes cuya abnegación, inocencia y heroísmo alcanzan límites insospechados.




45 y fin

45
Ésta es la conclusión de un relato en el que se negarán a creer las gentes más acostumbradas a no asombrarse de nada. Pero estoy curtido de antemano contra la incredulidad humana.
Fuimos recibidos por los pescadores estrombolianos con las atenciones debidas a los náufragos. Nos dieron ropas y víveres. Tras cuarenta y ocho horas de espera, el 31 de agosto, un pequeño speronare nos condujo a Mesina, donde varios días de descanso nos repusieron de todas nuestras fatigas.
El viernes 4 de septiembre embarcábamos a bordo del Volturne, uno de los paquebotes-correo de las mensajerías imperiales de Francia, y tres días más tarde desembarcábamos en Marsella con una sola preocupación en nuestra mente: la de nuestra maldita brújula. Este hecho inexplicable no dejaba de preocuparme profundamente. El 9 de septiembre por la noche llegábamos a Hamburgo.
Renuncio a describir la estupefacción de Marthe y la alegría de Graüben.
—Ahora que eres un héroe —me dijo mi querida prometida—, ya no tendrás necesidad de abandonarme, Axel.
La miré: lloraba al mismo tiempo que sonreía. Imagínense si el regreso del profesor Lidenbrock causó sensación en Hamburgo. Gracias a las indiscreciones de Marthe, la noticia de su partida para el centro de la Tierra se había difundido en todo el mundo. Nadie quiso creerlo, y cuando volvieron a verle, tampoco lo creyó nadie.
Sin embargo, la presencia de Hans y diversas informaciones procedentes de Islandia modificaron poco a poco la opinión pública.
Entonces mi tío se convirtió en un gran hombre, y yo en el sobrino de un gran hombre, lo que ya es algo. Hamburgo dio una fiesta en nuestro honor. En el Johannaeum tuvo lugar una sesión pública en la que el profesor hizo el relato de su expedición sin omitir más que los hechos relativos a la brújula. Aquel mismo día depositó en los archivos de la ciudad el documento de Saknussemm y expresó su gran pesar de que las circunstancias, más fuertes que su voluntad, no le hubieran permitido seguir hasta el centro de la Tierra las huellas del viajero islandés. Fue modesto en su gloria, y su reputación aumentó con ello.
Tanto honor debía suscitar necesariamente envidias. Las hubo, y como sus teorías, apoyadas en hechos seguros, contradecían las teorías de la ciencia sobre la cuestión del fuego central, sostuvo con la pluma y la palabra notables discusiones con los sabios de todos los países.
Por lo que a mí se refiere, no puedo admitir su teoría del enfriamiento; a pesar de lo que he visto, creo y creeré siempre en el calor central; pero confieso que ciertas circunstancias todavía mal definidas pueden modificar esa ley bajo la acción de fenómenos naturales.
En el momento en que estas cuestiones eran palpitantes, mi tío experimentó una verdadera pena: Hans, pese a sus ruegos, había dejado Hamburgo; el hombre al que debíamos todo no quiso dejarnos pagarle nuestra deuda con él. Le dominaba la nostalgia de Islandia.
—Farval —dijo un día, y con esta simple palabra de adiós partió para Reikiavik, adonde llegó felizmente.
Estábamos unidos de modo muy singular a nuestro valiente cazador de éideres; su ausencia nunca hará que le olvidemos aquellos a quienes salvó la vida, y desde luego no moriré sin volver a verle.
Para terminar, debo añadir que este Viaje al centro de la Tierra causó enorme sensación en el mundo. Fue impreso y traducido a todas las lenguas; los periódicos de mayor prestigio se disputaron sus principales episodios, que fueron comentados, discutidos, atacados y sostenidos con igual convicción, tanto en el campo de los creyentes como de los incrédulos. Cosa rara. Mi tío gozaba en vida de toda la gloria que había adquirido y hasta el señor Barnum llegó a proponerle «exhibirlo» a muy alto precio por los Estados de la Unión.
Pero un malestar, digamos incluso que tormento, dejaba un mal sabor de boca en medio de tanta gloria. Un hecho seguía siendo inexplicable: el de la brújula; y para un sabio, semejante fenómeno inexplicado se convierte en el suplicio de la inteligencia. Sin embargo, el cielo reservaba a mi tío una felicidad completa.
Cierto día, mientras ordenaba una colección de minerales en su gabinete, vi la famosa brújula y me puse a contemplarla.
Estaba allí desde hacía seis meses, en su rincón, sin saber las torturas que causaba.
De pronto, ¡cuál no fue mi pasmo! Lancé un grito. Acudió el profesor.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—La brújula.
—¿Y qué?
—Que la aguja indica el Sur y no el Norte.
—¿Qué dices?
—Mire, sus polos están cambiados.
—¡Cambiados!
Mi tío miró, comprobó, e hizo temblar la casa con un salto soberbio.
¡Qué luz iluminaba a la vez su espíritu y el mío!
—O sea —exclamó cuando recuperó la palabra—, desde nuestra llegada al cabo Saknussemm, la aguja de esta maldita brújula marcaba el Sur en lugar del Norte.
—Evidentemente.
—Así se explica nuestro error. Pero ¿qué fenómeno ha podido producir esta inversión de los polos?
—Nada más simple.
—Explícate, muchacho.
—Durante la tormenta, en el mar Lidenbrock, aquella bola de fuego que imantaba el hierro de la balsa desorientó nuestra brújula, simplemente.
—Ah —exclamó el profesor echándose a reír—, ¿entonces no fue más que una mala pasada de la electricidad?
A partir de ese día, mi tío fue el más feliz de los sabios, y yo el más dichoso de los hombres, porque mi bonita virlandesa, dejando su estado de pupila, ocupó su rango en la casa de Königstrasse en la doble calidad de sobrina y esposa. Inútil añadir que su tío fue el ilustre profesor Otto Lidenbrock, miembro correspondiente de todas las sociedades científicas, geográficas y mineralógicas de las cinco partes del mundo.

Jules Verne
Viaje al centro de la Tierra
Viajes extraordinarios


Durante siglos, un jeroglífico ha permanecido oculto entre las hojas de un libro; sin embargo cuando éste caiga en manos del profesor Lidenbrock, un fantástico viaje hasta entonces inimaginable, se podrá llevar a cabo: un viaje al centro de la Tierra.

En que se prepara la salida y al fin del cual se parte de veras

En que se prepara la salida y al fin del cual se parte de veras
No tenía vuelta de hoja. Antes del largo viaje entre dos a través de la vida, que se llama matrimonio, Godfrey iba a dar la vuelta al Mundo, lo cual es algunas veces más peligroso. Pero contaba con volver más aguerrido y, como era joven, volver hecho un hombre. Tendría ocasión de ver, observar, comparar. Su curiosidad estaría satisfecha. Ya no le quedaría sino vivir tranquilo y sedentario, feliz en el hogar conyugal, que ya ninguna tentación le incitaría a abandonar. ¿Estaba errado o tenía razón? ¿Corría hacia alguna lección de la cual podría obtener provecho? Dejemos al porvenir el cuidado de responder.
En una palabra, Godfrey estaba encantado. Phina, disimulando perfectamente su ansiedad, se resignaba a este aprendizaje.
El profesor Tartelett, él, habitualmente tan firme sobre sus piernas expertas en todos los equilibrios del baile, había perdido su aplomo ordinario y trataba en vano de recuperarlo. Vacilaba incluso sobre el mismo suelo de su cuarto, como si se hallara ya sobre el piso de un camarote azotado por los bandazos de las olas.
En cuanto a William W. Kolderup, una vez tomada la decisión, se había hecho poco comunicativo, sobre todo con su sobrino. Sus labios apretados, sus ojos semiocultos bajo los párpados, indicaban que una idea fija se había implantado en esa cabeza en que hervían habitualmente altas especulaciones del comercio.
«¡Ah!, ¿tú quieres viajar? —murmuraba a veces— ¿viajar en lugar de casarte, en lugar de quedarte en tu casa, de ser feliz aunque a lo tonto? Pues bien, viajarás».
Los preparativos comenzaron en seguida.
En un principio la cuestión del itinerario debió ser planteada, discutida y finalmente resuelta.
¿Iría Godfrey por el sur, el este o el oeste? Esto debía decidirse en primer lugar.
Si optaba por las rutas del sur, la compañía Panama to Colombia and British Colombia, y después la compañía Packet Southampton-Rio Janeiro se encargarían de conducirle a Europa.
Si prefería el este, el gran ferrocarril del Pacífico podía llevarle en algunos días a New York, y de allí las líneas Cunard, Inman, White-Star, Hamburg-America o Trasatlántica francesa podrían depositarle en el litoral del viejo Mundo.
Si quería dirigirse hacia el oeste por la Steam Transoceanic Golden Age, le sería fácil alcanzar Melbourne y luego el istmo de Suez con los barcos de la Peninsular Oriental Steam C°.
Los medios de transporte no faltaban, y gracias a su coordinación matemática la vuelta al Mundo ya no era sino un simple paseo de turista.
Pero no fue de este modo como iba a viajar el sobrino heredero del nabab de Frisco.
¡No! William W. Kolderup poseía, para las necesidades de su comercio, toda una flota de navíos a vela y a vapor. Había decidido, pues, que uno de sus buques fuese «puesto a la disposición del joven Godfrey Morgan», como si se hubiese tratado de un príncipe de sangre real en viaje de placer a expensas de los súbditos de su padre…
Por orden suya, el Dream, sólido vapor de seiscientas toneladas y doscientos caballos de vapor, se puso inmediatamente en disposición de partir. Debía ser mandado por el capitán Turcotte, un lobo de mar que había ya corrido todos los océanos bajo todas las latitudes. Bueno y osado marino, estaba acostumbrado a los tornados, tifones, ciclones… Contaba ya cuarenta años de navegación en cincuenta años de edad. Ponerse la capa y dar la cara al huracán no era sino un juego para este marinero que no había sido nunca afectado sino por el «mal de tierra», es decir, cuando se hallaba en puerto. Por ello, de esta existencia incesantemente sacudida sobre el puente, había conservado siempre el hábito de balancearse a derecha, a izquierda, hacia delante y hacia atrás: tenía el tic del balanceo.
Un segundo oficial, un maquinista, cuatro fogoneros, doce marineros; en total, dieciocho hombres debían formar la tripulación del Dream, que, si bien es verdad que se contentaba con hacer tranquilamente sus ocho millas por hora, no por ello dejaba de poseer excelentes cualidades náuticas. Que no tuviese bastante velocidad para remontar el lomo de la ola cuando la mar era gruesa… ¡sea!, pero tampoco la ola le pasaba por encima, ventaja que compensa bien la mediocridad de la marcha, sobre todo cuando tampoco se va con muchas prisa. Por otra parte, el Dream estaba arbolado en goleta y, con viento favorable, con sus quinientas varas cuadradas de tela, siempre podía salir en ayuda del vapor.
No es preciso creer, sin embargo, que el viaje del Dream debiese ser sólo un viaje de recreo. William W. Kolderup era hombre demasiado práctico para no tratar de aprovechar un recorrido de mil quinientas o mil seiscientas millas a través de todos los mares del globo. Su navío debía partir sin carga, desde luego, pero era fácil conservarlo en buenas condiciones de estabilidad llenando de agua sus water-ballast[7], que podrían inmergirle hasta ras del puente en caso de que fuese necesario. De esta manera el Dream contaba con cargar en ruta y visitar las diversas factorías del rico negociante. De este modo iría de un mercado a otro. No temáis, el capitán Turcotte no tendría dificultad alguna en cuanto a sus gastos de viaje. ¡La fantasía, el capricho de Godfrey no costaría un dólar a la caja del tío! Así se opera en las buenas casas de comercio.
Todo esto fue decidido en largas entrevistas, muy secretas, que William W. Kolderup y el capitán Turcotte tuvieron juntos. Pero parece ser que el arreglo de este asunto, tan sencillo, sin embargo, no marchaba solo, pues el capitán tuvo que hacer numerosas visitas al gabinete del negociante.
Cuando salía de allí, los más perspicaces de los habitantes del hotel habrían observado que tenía una cara singular, que sus cabellos estaban erizados como en ventolada, como si se los hubiese alborotado una mano febril; que toda su persona, en fin, vacilaba y se balanceaba más violentamente que de ordinario. También se habían podido oír voces elevadas que probaban que las sesiones no habían transcurrido sin tormenta. Era que el capitán Turcotte, con su franco hablar, sabía enfrentarse con William W. Kolderup, quien le estimaba lo bastante para permitirle que le contradijese.
Parece, en fin, que todo se arregló. ¿Quién había cedido? ¿William W. Kolderup o Turcotte? No me atrevería aún a pronunciarme, no conociendo el objeto de sus discusiones. No obstante, apostaría más bien por el capitán.
Fuese como fuese, tras ocho días de conversaciones, el comerciante y el marino parecieron estar de acuerdo; pero Turcotte no cesaba de refunfuñar entre dientes:
«¡Que los quinientos mil diablos del suroeste me envíen al fondo del Averno si jamás hubiera esperado que tú, Turcotte, tuvieses que hacer tal cosa!».
Sin embargo, la puesta en marcha del Dream avanzaba rápidamente y su capitán nada omitía para que estuviese en estado de hacerse a la mar a partir de la primera quincena del mes de junio. Se le había puesto en forma, y su carena, cuidadosamente repintada con minio, resaltaba en rojo vivo sobre el negro de la obra muerta.
Al puerto de San Francisco llegan gran número de buques de toda especie y todas las nacionalidades. Así, desde hacía no pocos años los muelles de la ciudad, construidos regularmente en el litoral, no hubiesen podido bastar al embarque y desembarque de las mercancías si los ingenieros no hubiesen conseguido establecer varios muelles secundarios. Estacas de abeto rojo fueron hundidas en las aguas, y algunas millas cuadradas de tablones les recubrieron de anchas plataformas. Se había mermado un poco la bahía, pero ésta era suficientemente capaz. Se obtuvieron así verdaderas calas de descarga cubiertas de grúas y de aparejos cerca de los cuales los vapores de ambos océanos, vapores fluviales de los ríos californianos, clippers de todos los países, cabotajes de las costas americanas, etc., pudieron alinearse en perfecto orden sin tropezarse unos con otros.
En uno de estos muelles artificiales, al extremo de la Warf-Mission-Street, se hallaba sólidamente amarrado el Dream tras haber hecho su revisión en la esclusa del carenado.
Nada fue omitido para que el vapor escogido para el viaje de Godfrey pudiese navegar en las mejores condiciones. Aprovisionamiento, acomodación, todo, todo, fue minuciosamente estudiado. El aparejo estaba en perfecto estado; la caldera, comprobada; la máquina de hélice, excelente. Hasta se embarcó, para las necesidades de abordo y la facilidad de las comunicaciones con tierra, una chalupa de vapor, rápida e insumergible, que debía rendir grandes servicios en el curso de la navegación.
En fin, todo estaba listo en la fecha del 10 de junio. No faltaba sino salir a la mar. Los hombres embarcados por el capitán Turcotte para la maniobra de las velas o el manejo de la máquina formaban una tripulación elegida, y difícilmente hubiese sido posible encontrar otra mejor allí.
Un verdadero stock, de animales vivos: agutíes, corderos, cabras, gallos y gallinas, estaban colocados en el entrepuente; estando, por otra parte, cubiertas y aseguradas las necesidades de la vida material por cierto número de cajas de conservas de las mejores marcas.
En cuanto al itinerario que debía seguir el Dream, éste fue sin duda el objeto de las largas conferencias que juntos tuvieron William W. Kolderup y su capitán. Todo cuanto se supo fue que el primer punto de escala señalado debía ser Auckland, capital de Nueva Zelanda, salvo en el caso de que la necesidad de carbón, ocasionada por la persistencia de vientos contrarios, obligara a reaprovisionarse, ya en alguno de los archipiélagos del Pacífico, ya en alguno de los puertos de China.
Todos estos detalles, por supuesto, importaban poco a Godfrey, dado que por fin iba a hacerse a la mar, y en absoluto a Tartelett, cuya turbación de espíritu aumentaba de día en día por las eventualidades de la navegación.
No faltaba sino una cosa que cumplir: la formalidad de las fotografías.
Un novio no puede partir decentemente por un largo viaje alrededor del Mundo sin llevarse la imagen de aquella que adora y, recíprocamente, sin dejarle la suya.
Godfrey, en traje de turista, se entregó pues en manos de Stephenson and Co., fotógrafos de Montgomery-Street, y Phina, en su toilette de paseo, confió igualmente al Sol el cuidado de fijar sus rasgos encantadores, pero un poco entristecidos, sobre la placa de los hábiles operadores. Así sería una manera de viajar juntos. El retrato de Phina tenía su sitio perfectamente indicado en la cabina de Godfrey, y el de Godfrey en la habitación de la joven.
Por lo que respecta a Tartelett, que no estaba prometido ni pensaba estarlo en modo alguno, juzgó también conveniente confiar su imagen al papel sensible. Pero, pese a la habilidad de los fotógrafos, no fue posible obtener una prueba satisfactoria. El clisé, oscilante, jamás fue sino una neblina confusa en la cual hubiese sido imposible reconocer al célebre profesor de danza y comportamiento.
Era que el «paciente», por lo que fuese, no podía por menos de moverse pese a la recomendación en uso en los talleres consagrados a las operaciones de este género. Se ensayaron otros medios más rápidos de pruebas instantáneas. Imposible. Tartelett se balanceaba, ya por anticipado, en la misma forma que el capitán del Dream. Fue preciso renunciar a conservar los rasgos de este notable ser. Desgracia irreparable para la posteridad si —apartémonos de este pensamiento—, creyendo no salir sino para el viejo Mundo, Tartelett partía para el otro Mundo, del que no se vuelve…
El 9 de junio estaba todo listo. El Dream no tenía sino que aparejar. Sus papeles, conocimientos, contrato de fletamento, póliza de seguro, estaban en regla, y dos días antes el corredor de la casa Kolderup había enviado las últimas firmas.
Ese día un gran almuerzo de despedida fue dado en el Hotel de Montgomery-Street. Se bebió por el feliz viaje de Godfrey y su pronto regreso.
Godfrey no dejaba de estar bastante conmovido y no trató de ocultarlo. Phina se mostró más firme que él. En cuanto a Tartelett, ahogó sus aprensiones en algunos vasos de champaña cuya influencia se prolongó hasta el momento de la partida. Estuvo a punto incluso de olvidar su violín, que le fue llevado en el momento en que el Dream soltaba las amarras.
Los últimos adioses fueron hechos a bordo, los últimos apretones de manos se intercambiaron en la toldilla; luego la máquina dio algunas vueltas de hélice que hicieron que el buque se apartase del muelle.
—¡Adiós, Phina!
—¡Adiós, Godfrey!
—¡Que el cielo os guíe! —dijo el tío.
—¡Y, sobre todo, que él nos devuelva! —murmuró el profesor Tartelett.
—¡Y no olvides jamás, Godfrey —añadió William W. Kolderup—, la divisa que el Dream lleva en su cuadro de atrás: Confide, recte agens!
—¡Nunca, tío William! ¡Adiós, Phina!
—¡Adiós, Godfrey!
El buque se alejó; los pañuelos se agitaron en tanto que estaba a la vista del muelle y hasta un poco más allá.
Pronto la bahía de San Francisco, la más vasta del Mundo, había sido atravesada. El Dream franqueaba la estrecha garganta del Golden Gate y después cortaba con su roda las aguas del Pacífico: era como si esta «puerta de oro» acabase de cerrarse tras él.

Jules Verne
Escuela de robinsones
Viajes extraordinarios


El joven Godfrey, sobrino de un rico comerciante estadounidense, decide viajar en busca de emociones. Cuál es su sorpresa al verse náufrago en una isla aparentemente virgen donde vivirá multitud de aventuras junto a su profesor de baile y amigo Tartelett. Pasados más de 6 meses en la isla, su existencia se hace insoportable: la isla, inicialmente sin depredadores, se llena de ellos; el fuego de las tormentas destruye su pequeña cabaña en el tronco de un árbol; la comida escasea...
En esta novela Verne rinde tributo a Daniel Defoe, ya que se trata de una parodia de Robinsón Crusoe. Quizas, de todas sus obras, sea la más decidida a adentrarse en el género cómico, ya que los tres personajes centrales (Godfrey, Tartelett y Cerefinotú) añaden una buena dosis de humor a la trama.


era una ballena austral de ochenta pies de largo

La veían asimismo soltar por los orificios nasales, y a una gran altura, una nube de vapor… o de agua, porque —por chocante que parezca— los naturalistas y los balleneros todavía no se han puesto de acuerdo sobre esa cuestión. ¿Es aire o es agua lo que expulsan? Por regla general, se admite que es vapor, el cual, al condensarse súbitamente por entrar en contacto con el aire frío, cae en forma de lluvia.
Sin embargo, la presencia de ese mamífero marino preocupaba a los colonos. Y sobre todo irritaba a Pencroff, al que distraía mientras trabajaba. Acababa por querer tener aquella ballena igual que le pasa a un niño con un objeto que le niegan. Por las noches, soñaba con ella en voz alta, y a buen seguro que, si hubiera tenido medios para atacarla, si la chalupa hubiera estado en condiciones de resistir, no habría dudado en lanzarse en su persecución.
Pero lo que los colonos no podían hacer, el azar lo hizo por ellos. El 3 de mayo, unos gritos de Nab, asomado a la ventana de la cocina, anunciaron que la ballena había encallado cerca de la orilla de la isla.
Harbert y Gedeon Spilett, que iban a salir de caza, dejaron la escopeta, Pencroff soltó el hacha, Cyrus Smith y Nab se reunieron con sus compañeros y todos juntos se dirigieron rápidamente hacia el lugar de la encalladura.
Esta se había producido en la playa de la punta del Pecio, a tres millas de Granite-house y con la marea alta. Era, pues, muy probable que el cetáceo no pudiera liberarse fácilmente. En cualquier caso, había que darse prisa para cortarle la retirada en caso necesario. Los colonos acudieron corriendo con picos y chuzos. Cruzaron el puente del río de la Misericordia, bajaron por la orilla derecha, siguieron por la playa y en menos de veinte minutos estaban ante el enorme animal, sobre el cual ya pululaban montones de pájaros.
—¡Vaya monstruo! —exclamó Nab.
Y la expresión era apropiada, porque era una ballena austral de ochenta pies de largo, un gigante de la especie que no debía de pesar menos de ciento cincuenta mil libras.
Sin embargo, el monstruo embarrancado no se movía ni trataba de ponerse a flote debatiéndose mientras la marea todavía estaba alta.
Los colonos encontraron muy pronto la explicación de su inmovilidad, cuando, al bajar la marea, dieron una vuelta alrededor del animal.
Estaba muerto, y un arpón salía de su flanco izquierdo.

Jules Verne
La isla misteriosa
Penguin Clásicos

Durante la guerra civil americana, cinco hombres logran escapar del asedio de Richmond en un globo aerostático que finalmente acabará estrellándose en una isla desierta de los Mares del Sur. Los cinco compañeros no tienen nada salvo su ingenio para sobrevivir en una isla que muy pronto se mostrará llena de secretos, misterios y enigmas que jamás hubieran podido imaginar.

fieles observadores de los preceptos de la Biblia

Aquí debemos advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla así preparada justificaba su nombre de barro de pipa, se fabricó algunas pipas bastante burdas, que halló admirables y a las cuales no faltaba más que el tabaco. Esta era una gran privación para Pencroff.
«Pero el tabaco vendrá como todas las cosas», repetía para sí en sus momentos de confianza absoluta.
Los trabajos que hemos reseñado duraron hasta el 15 de abril y no se puede decir que perdieron el tiempo. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron más que vajilla de cocina.
Cuando conviniese a Cyrus Smith transformarlos en herreros, serían herreros. Pero siendo el día siguiente domingo y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel día con el descanso. Aquellos norteamericanos eran hombres religiosos, fieles observadores de los preceptos de la Biblia y la situación en que se encontraban no podía menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las cosas.
En la noche del 15 de abril volvieron todos a las Chimeneas. El resto de vajilla fue llevado a su sitio y el horno se apagó, esperando un nuevo destino. La vuelta fue señalada por un incidente afortunado: el descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia que podía reemplazar la yesca.
Esta sustancia esponjosa y aterciopelada proviene de ciertos hongos del género políporo. Convenientemente preparada es muy inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de pólvora o cocida en una disolución de nitrato o clorato de potasa. Pero hasta entonces no se había encontrado ninguno de aquellos políporos ni de otros hongos que pudieran reemplazarlos.
Aquel día el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del género artemisia, que cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estragón, el jengibre, etc., arrancó varios tallos y presentándolos al marinero, le dijo:
—Tome, Pencroff, esto le va a poner contento.
Pencroff miró atentamente la planta revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un suave vello parecido al algodón.
—¿Y qué es esto, señor Cyrus? —preguntó—. ¡Bondad del cielo! ¿Es tabaco?
—No —respondió Cyrus— es artemisia china para los sabios y para nosotros será yesca.

Jules Verne
La isla misteriosa
Viajes extraordinarios

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