Mostrando entradas con la etiqueta almez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta almez. Mostrar todas las entradas

Almez (10) - En los simones del verano, el paseo más soñador, y más en un gran lago, que se puede uno dar es por el Prado.

En los simones del verano, el paseo más soñador, y más en un gran lago, que se puede uno dar es por el Prado. En los simones del verano, con sus cocheros de sombrero de jipijapa, pasan los señores con el sombrero quitado, disfrutando atrozmente del espectáculo, explayándose, mirando al cielo. (A veces el simón resulta, por la piel de su capota y por todo, una bota vieja de elástico).
(“Fígaro” escribió el primero con el tono que después se ha repetido mucho, aunque nunca lo bastante ni con la suficiente originalidad.
Hasta cuando apenas se le ha leído, hay una cierta telepatía extraña, por la que al repasar la historia literaria es su figura la que se muestra entera, cabal, no abrumada por el talento humano, sino llevándolo con ligereza y haciéndolo compatible con la necesidad de vivir la ciudad y la vida. La ponderación de ese hombre nos subyuga. Es el arquetipo de nuestro ideal lógico, sencillo y caballeresco.
Oímos, como si fueran palabras latentes en el ambiente de nuestra ciudad castellana, las palabras de “Fígaro”. Siento que antes de haberle leído tenía yo ya de pequeño el mismo concepto que hoy tengo de sus artículos y de sus palabras. Diríamos que su obra es más caudalosa en el espacio que en sus libros, y que nos habla con la misma persuasión que en su mejor artículo. Hay en él una amistad y una construcción inacabable en el buen juicio, hasta sobre los casos de nuestro tiempo).
La gracia del paseo de las estatuas del Botánico tiene la gracia que no tiene el del Retiro, cuyas estatuas son gigantescas, hinchadas como estatuas de nieve, inacabadas y terribles. Por el contrario, las estatuas del Botánico son admirables, humanas y sencillas, como si fuesen antiguos transeúntes convertidos en estatuas de piedra. La estatuaria ha sido corrompida en Madrid por las grandes estatuas de la plaza de Oriente y del paseo de las estatuas; hechas para estar en lo alto del Palacio Real, fue transformado su destino y colocadas en lo bajo; eso ha corrompido el sentido de la estatua ligera y delicada, que hasta un mal escultor puede hacer si la hace a proporción.
Erigidos como en un cementerio, está primero Quer, el célebre médico y naturalista que escribió una flora española; después, Clemente, con su capa amplia, la gran capa magnífica del tiempo del gran sombrero de copa, también magnífico (Clemente tiene un tipo romántico, y en el zócalo de su estatua vi un día escrito el nombre de Narciso). Lagasca, el primer botánico del pasado siglo, que se quejaba de que no había grandes estanques en el Botánico para estudiar la flora acuática, y Cabanilles, el célebre autor del célebre artículo “España de la Enciclopedia” y el que clasificó el penacho florido de la “Esteparri Statice”.
Todos erguidos, satisfechos entre sus flores, las flores de su vida, llevan alguno babero y todos chalecos con florecitas, pues ellos son los que inventaron esos chalecos, primeramente en Suiza, la patria del inefable botánico Rousseau, allí donde todos llevan un “saquito de mano” de herbolario.
La elegancia del siglo XVIII fueron, sobre todo, los botánicos los que la llevaron mejor, con la ingenuidad con que se debe llevar la elegancia.
Separado de esas estatuas, en pie, hay en el fondo un busto de don Mariano de la Paz.
Ahora veamos los árboles: sus cartelas son como las que llevan los ciegos, y las que están más a ras del suelo, sobre una pequeña varita, señalando el sitio de las plantas raseras, parecen pequeños epitafios de un cementerio profano y, en la hora de la primavera y de los pájaros, pequeños atriles de su música, en los que parece que gastan bromas que les resultan muy pesadas a los botánicos, cambiando con sus picos las de un lado a otro, como esos pájaros de las adivinadoras que copen el papelito de la suerte y lo trasladan.
Después de los cipreses, claro está, esos cipreses “cupresus piramidalis”, que parecen abonados con huesos humanos para su mayor esplendor y que dan carácter de cementerio al Botánico, se destacan los almeces, gran les como elefantes en pie (Los almeces se ve que han querido ser elefantes, que estuvieron cerca de serlo y no pudieron realizar su ideal).

Ramón Gómez de la Serna, El paseo del Prado,

En muchos libros de su inabarcable obra, Ramón Gómez de la Serna nos ha ido descubriendo, con afán de coleccionista y vivificador, el Madrid de principios de siglo, sus rincones, sus calles, sus tipos…
Inicialmente publicado con el título El Prado como epílogo de la biografía de Mariano José de Larra escrita por Carmen de Burgos (1919), y más tarde incluido en Elucidario de Madrid (1931), nos muestra un fervoroso itinerario histórico por el paseo del Prado.

Almez (9) - LA VENUS DE ILLE de Prosper Mérimée

LA VENUS DE ILLE de Prosper Mérimée
(La Vénus d’Ille, 1837)
He aquí otro gran tema de la literatura fantástica del XIX: la supervivencia de la antigüedad clásica, anulación de la discontinuidad histórica que nos separa del mundo grecorromano, con todo lo que ello significa en contraste con nuestro mundo.También habría podido escoger para representar este tema Arria Marcella, de Théophile Gautier (1852), que se desarrolla en Pompeya y que tiene notas de una gran delicadeza sensual: la huella de un seno de muchacha en la lava nos hace entrar en el mundo del pasado. O bien The Last of Valerii de Henry James (1874): el tema ha tenido muchas versiones. He preferido este cuento porque es muy representativo de Mérimée (1803-1870) y de su esmero en la presentación del «color local», los climas y la atmósfera humana.Los cuentos fantásticos de Mérimée no son muchos, pero forman una parte esencial de su narrativa: recordaré Lokis (1868), historia de supersticiones lituanas, con una cala inolvidable en el mundo animal de los bosques.La Vénus d’Ille, estatua de bronce —romana o griega—, es vista con malos ojos por los habitantes del pueblo del Rosellón donde ha sido recientemente descubierta. La consideran un «ídolo». El novio de la hija del arqueólogo local, para jugar al trinquete, se quita el anillo y lo pone en un dedo de la estatua. No lo podrá volver a sacar. ¿Se ha desposado con la estatua? La Venus gigantesca, sueño de la serena belleza olímpica, se transforma, en la noche de bodas, en una pesadilla terrorífica.Que la estatua, decía, sea favorabley benévola puesto que tanto se parece a un hombre.
Luciano, El hombre que ama las mentiras
BAJABA la última ladera del Canigó y, aunque el sol ya se hubiera puesto, distinguía en la llanura las casas de la pequeña ciudad de Ille, hacia la que me dirigía.
—Seguramente sabrá usted —dije al catalán que me servía de guía desde la víspera— dónde vive el señor de Peyrehorade.
—¡Que si lo sé! —exclamó—. Conozco su casa como la mía, y si no hubiera oscurecido se la mostraría. Es la más bonita de Ille. Tiene dinero el señor de Peyrehorade, ya lo creo, y casa a su hijo con alguien más rico todavía.
—¿Será pronto la boda? —le pregunté.
—Muy pronto. Es posible que ya estén encargados los violines para la ceremonia, quizá esta noche, o mañana, o pasado mañana, ¡qué se yo! Será en Puygarrig, pues la señorita de Puygarrig es con quien se casa su hijo. Estará muy bien, ¡ya lo creo!
Me había recomendado al señor de Peyrehorade mi amigo, el señor de P. Me dijo que era un arqueólogo muy entendido e increíblemente amable. No le importaría enseñarme todas las ruinas en diez leguas a la redonda. Así que contaba con él para visitar los alrededores de Ille, que sabía llenos de monumentos antiguos y de la Edad Media. Esta boda, de la que oía hablar ahora por primera vez, desorganizaba todos mis planes.
«Voy a ser un aguafiestas» me dije. Pero me estaban esperando; mi llegada había sido anunciada por el señor de P. y era preciso presentarse.
—Apostemos, señor —me dijo mi guía cuando estuvimos en la llanura—, apostemos un cigarro a que adivino lo que le ha traído a casa del señor de Peyrehorade.
—Pero —respondí ofreciéndole un cigarro—, no es difícil de adivinar que, a estas horas y cuando hemos andado seis leguas por el Canigó, lo más importante es cenar.
—Sí, pero ¿y mañana…? ¿Sabe?, apostaría a que ha venido a Ille para ver el ídolo. Lo adiviné al verle dibujar los santos de Serrabona.
—¿El ídolo?, ¿qué ídolo? —esta palabra había despertado mi curiosidad.
—¿Pero cómo? ¿Es que no le han contado en Perpiñán que el señor de Peyrehorade ha encontrado un ídolo enterrado?
—¿Quiere decir una estatua de terracota, de arcilla?
—No, de bronce, y como para sacar de ahí un montón de monedas. Pesa tanto como una campana de iglesia. Bien hundida estaba en la tierra, al pie de un olivo.
—¿Estaba usted, entonces, cuando la descubrieron?
—Sí, señor. El señor de Peyrehorade nos dijo a Jean Coll y a mí hace quince días que tiráramos un viejo olivo que se heló el año pasado, que fue muy mal año, como usted sabe. Y hete aquí que Jean Coll, que estaba poniendo toda su alma, da un golpe con su pico y oigo bimm…, como si hubiera golpeado una campana. «¿Qué es eso?», dijo. Seguimos cavando y aparece una mano negra que parecía una mano de muerto saliendo de la tierra. A mí me entró mucho miedo. Me voy al señor y le digo: «Muertos, hay muertos bajo el olivo, señor. Hay que llamar al cura» «¿Qué muertos?», me dice. Y viene y nada más ver la mano grita: «¡Una antigüedad, una antigüedad!» Como si hubiera encontrado un tesoro. Y allí le viera usted con el pico, con las manos, haciendo casi el mismo trabajo que nosotros dos juntos.
—Y por fin ¿qué encontraron?
—Una mujer grande, negra, medio desnuda, con perdón, señor, toda de bronce, y el señor de Peyrehorade nos dijo que era un ídolo de la época de los paganos ¡del tiempo de Carlomagno, vaya!
—Ya veo, una Virgen de bronce de algún convento destruido.
—Una Virgen, sí, sí, ya la hubiera reconocido yo, si hubiera sido una Virgen. Es un ídolo, le digo: se ve en su aspecto. Fija en uno sus grandes ojos blancos… Se diría que le observa a uno. Hay que bajar la vista cuando se la mira.
—¿Ojos blancos? Están sin duda incrustados en el bronce. Será entonces alguna estatua romana.
—¡Romana!, eso es. El señor de Peyrehorade dice que es una romana. ¡Ah!, ya veo que usted es un sabio, como él.
—¿Está entera, bien conservada?
—¡Ah, señor! No le falta nada. Es más bonita y está mejor acabada que el busto de yeso pintado de Luis Felipe que hay en el Ayuntamiento. Pero con todo, la cara de este ídolo sigue sin gustarme. Tiene un aire de maldad, y es malvada.
—¡Malvada! ¿Y qué maldad le ha hecho a usted?
—A mí precisamente ninguna, pero verá. Éramos cuatro para levantarla, además del señor de Peyrehorade, que también tiraba de la cuerda, aunque no tiene más fuerza que un pollo, el pobre hombre. Con bastante trabajo la ponemos en pie. Yo cojo unas tejas para cazarla cuando ¡cataplás! Va y se cae de espaldas con todo su peso. Digo: ¡cuidado ahí abajo! Pero demasiado tarde, y a Jean Coll no le da tiempo a quitar la pierna…
—¿Se hirió?
—Rota de un golpe, como una estaca, ¡su pobre pierna! ¡Pobrecillo!, yo al ver aquello, me puse furioso. Quería aplastar el ídolo a golpe de pala, pero el señor de Peyrehorade me detuvo. Le dio dinero a Jean Coll, que todavía guarda cama después de quince días, y el médico dice que ya no andará con esa pierna como con la otra. Es una pena, él que era el que mejor corría y después del hijo del señor, nuestro más hábil jugador de frontón. Por eso se disgustó mucho el señor Alphonse de Peyrehorade, pues era con Coll con quien echaba las partidas. Daba gusto ver cómo se devolvían las pelotas. ¡Paf!, ¡paf! Nunca tocaban el suelo.
Con esta charla llegamos a Ille, y pronto me encontré ante el señor de Peyrehorade. Era un vejete lozano y despierto empolvado, de nariz roja, de aspecto jovial y guasón. Antes de abrir la carta del señor de P. ya me había instalado ante una mesa bien servida y me había presentado a su mujer y a su hijo como un ilustre arqueólogo que iba a sacar al Rosellón del olvido en que se encontraba por culpa de la indiferencia de los sabios.
Mientras comía con buen apetito, pues no hay nada mejor para ello que el aire puro de las montañas, observaba a mis anfitriones. Sólo he dicho unas palabras sobre el señor de Peyrehorade; debo añadir que era la vivacidad misma. Hablaba, comía, se levantaba, corría a su biblioteca y me traía libros, me enseñaba las láminas y me servía vino: no estaba más de dos minutos quieto. Su mujer, un tanto demasiado gruesa, como la mayoría de las catalanas que han cumplido los cuarenta años, me pareció una provinciana ocupada únicamente en los cuidados de la casa. Aunque la cena era suficiente para más de seis personas, corrió a la cocina, hizo matar unos palomos, freír tortas de maíz y abrió no sé cuántos frascos de confitura. En un momento, la mesa estuvo colmada de platos y botellas y ciertamente hubiera muerto de indigestión sólo con probar de todo cuanto se me ofrecía. Sin embargo, a cada plato que rechazaba había que oír nuevas disculpas. Temían que me encontrase a disgusto en Ille. En provincias hay tan pocos recursos, ¡y los parisinos son tan difíciles de contentar!
En medio de las idas y venidas de sus padres, el señor Alphonse de Peyrehorade no se movía lo más mínimo. Era un joven alto, de veintiséis años, de fisonomía hermosa y regular, pero carente de expresión. Su estatura y constitución atlética justificaban bien la reputación de infatigable jugador de frontón que tenía en la región. Aquella noche vestía con elegancia, exactamente según el grabado del último número del Diario de la Moda. Pero me parecía incómodo con su atuendo; estaba rígido como un poste con su cuello de terciopelo, y para volverse, giraba por completo. Sus manos grandes y tostadas, sus uñas cortas, contrastaban con su traje. Eran manos de labrador que salían de las mangas de un dandy. Sin embargo, aunque me observó con gran curiosidad de la cabeza a los pies por mi condición de parisino, no me dirigió la palabra en toda la velada más que una vez, para preguntarme dónde había comprado la cadena de mi reloj.
—De modo que, mi querido huésped —me dijo Peyrehorade cuando la cena tocaba a su fin—, me pertenece usted, puesto que está en mi casa. No le soltaré hasta que haya visto todo cuanto hay de interesante en nuestras montañas. Tiene que aprender a conocer nuestro Rosellón y a hacerle justicia. No se imagina lo que vamos a enseñarle. Monumentos fenicios, celtas, romanos, árabes, bizantinos, lo verá usted todo, desde el cedro hasta el hisopo. Le llevaré a todas partes, y le enseñaré hasta la última piedra.
Un acceso de tos le obligó a parar. Aproveché para decirle que no quería molestar en un momento tan importante para su familia. Que si quería orientarme acerca de las excursiones que debía hacer, yo podría, sin que tuviera que acompañarme…
—¡Ah!, se refiere usted a la boda de este muchacho, exclamó interrumpiéndome. ¡Qué tontería!, eso se acaba pasado mañana. Usted celebrará la boda con nosotros, en familia, pues la novia está de luto por una tía suya de la que hereda. Por ello, no habrá fiesta, ni baile… Es una pena… hubiera visto usted bailar a nuestras catalanas… Son muy bonitas y quizá le hubiese apetecido imitar a mi Alphonse. Una boda, dicen, trae otras… El sábado, con los jóvenes recién casados, estoy libre, y nos pondremos en camino. Le pido perdón por la incomodidad de una boda provinciana. Para un parisino harto de fiestas… y, además, ¡una boda sin baile! Pero, verá usted a una novia, ¡qué novia!, ya me contará… Aunque usted parece un hombre serio que no se fija en mujeres. Tengo algo mejor para enseñarle. Le voy a enseñar algo que… Le tengo una sorpresa reservada para mañana.
—¡Cielos! —le dije— es difícil tener un tesoro en casa sin que la gente se entere. Creo adivinar la sorpresa que me prepara usted. Pero, si se trata de su estatua, la descripción que me ha hecho mi guía ha excitado mi curiosidad y predispuesto mi admiración.
—¡Ah!, le ha hablado del ídolo, porque es así como llaman a mi Venus Tur… Pero no quiero decirle nada, y ya me dirá usted mañana si tengo motivos para creer que es una obra maestra. ¡Pardiez, que me viene usted al pelo! Hay unas inscripciones que yo, pobre ignorante, explico a mi modo… pero ¡un sabio de Paris!… Usted quizá se burle de mi interpretación, porque he redactado un informe, sí, yo, un viejo arqueólogo de provincias, me he lanzado… Quiero hacer gemir a la prensa… Si usted quisiera leerlo y corregírmelo podría esperar… Por ejemplo, tengo curiosidad por saber cómo traduciría usted la inscripción del pedestal CAVE… ¡Pero no voy a preguntarle nada todavía! ¡Mañana, mañana! Hoy, ¡ni una palabra sobre la Venus!
—Haces bien Peyrehorade en dejar ya el tema de tu ídolo —dijo su mujer—. Deberías darte cuenta de que no dejas comer a este señor. Además, el señor ha visto en París estatuas más bonitas que la tuya. En las Tullerías las hay por docenas, y también de bronce.
—¡He ahí la ignorancia, la gran ignorancia de provincias! —la interrumpió Peyrehorade—. ¡Comparar una antigüedad admirable a las banales esculturas de Coustou!
Con cuánta irreverencia
habla de los dioses mi mujercita .
»¿Sabe que mi mujer quería que fundiese mi estatua en una campana para la iglesia? Y eso porque ella hubiera sido la madrina. ¡Una obra maestra de Mirón, señor!
—¡Obra maestra!, ¡obra maestra! Una buena obra maestra es la que ha hecho ya. ¡Romperle la pierna a un hombre!
—Mira mujer —dijo Peyrehorade en tono decidido, mostrándole su pierna derecha con la media de seda tejida—, si mi Venus me hubiera roto esta pierna, no lo sentiría en absoluto.
—¡Dios mío! Peyrehorade, ¿cómo puedes decir eso? Menos mal que el hombre va mejorando… Además, ¿cómo voy a mirar con buenos ojos a una estatua que ocasiona desgracias como esta? ¡Pobre Jean Coll!
—Herido por Venus, caballero —dijo Peyrehorade riéndose a carcajadas—, herido por Venus y el muy tunante se queja.
Veneris nec praemia noris 
—¿Quién no fue herido por Venus?
Alphonse, que comprendía mejor el francés que el latín, me guiñó un ojo con picardía como preguntándome: ¿Y usted, parisino, comprende?
La cena terminó. Hacía una hora que yo había dejado de comer. Estaba cansado y no conseguía ocultar los frecuentes bostezos que se me escapaban. La señora de Peyrehorade se dio cuenta enseguida y dijo que ya era hora de irse a dormir. Entonces se reanudaron las excusas por el mal alojamiento que iba a tener. No estaría como en París. En provincias no se está tan bien. Tenía que ser indulgente con los rosellonenses. Aunque yo argumentaba que después de recorrer las montañas un montón de paja sería una magnífica cama, seguían pidiéndome que disculpara a unos pobres campesinos que no me trataban como hubieran deseado. Subí finalmente a la habitación que me habían destinado acompañado por Peyrehorade. La escalera, cuyos últimos peldaños eran de madera, terminaba en mitad de un corredor al que daban varias habitaciones.
—A la derecha —me dijo mi anfitrión—, está la habitación destinada a la futura mujer de Alphonse. La suya está en el extremo opuesto del corredor. Usted comprenderá —añadió en un tono deliberadamente pícaro—, usted comprenderá que hay que dejar solos a los recién casados. Usted está en un extremo de la casa, y ellos en el otro.
Entramos en una habitación bien amueblada, en la que el primer objeto sobre el que cayeron mis ojos era una cama de siete pies de largo y seis de ancho, y tan alta que había que subirse con ayuda de un escabel.
Mi anfitrión, una vez que me indicó el lugar de la campanilla, y se hubo asegurado de que el azucarero estaba lleno, los frascos de colonia bien situados en el tocador, y después de preguntarme repetidamente si no me faltaba nada, me deseó buenas noches y me dejó solo.
Las ventanas estaban cerradas. Antes de vestirme, abrí una para respirar el aire fresco de la noche, delicioso después de tan larga cena. Enfrente estaba el Canigó, siempre admirable, pero que esta noche me pareció la montaña más hermosa del mundo, iluminado como estaba por una luna resplandeciente. Permanecí algunos minutos para contemplar su maravillosa silueta, e iba a cerrar la ventana cuando me fijé, al bajar los ojos, en la estatua que estaba sobre un pedestal, a unas veinte toesas de la casa. Estaba colocada en el ángulo de un seto que separaba un pequeño jardín de un vasto cuadrado que más tarde supe que era el frontón de la ciudad. Aquel terreno, propiedad de Peyrehorade, fue cedido al municipio gracias a los apremiantes ruegos de su hijo.
A la distancia que me encontraba, me era difícil apreciar el aspecto de la estatua; sólo podía juzgar su altura, que me pareció de alrededor de seis pies. En ese momento aparecieron dos pillos de la ciudad en el frontón, cerca del seto, silbando una bonita melodía del Rosellón: Montagnes régalades. Se detuvieron para mirar la estatua; uno de ellos le increpó en voz alta. Hablaba en catalán; pero yo ya llevaba bastante tiempo en el Rosellón como para comprender más o menos lo que decía:
—¡Conque estás aquí, tunanta! (el término en catalán es mucho más enérgico). ¡Estás aquí! —decía—. Así que tú le has roto la pierna a Jean Coll. Si fueras mía te rompería el cuello.
—¡Bah!, ¿y con qué? —dijo el otro—. Es de bronce, y tan dura que a Etienne se le ha roto la lima intentando hacerle un corte. Es de bronce del tiempo de los paganos, más duro que yo qué sé.
—Si tuviera mi cortafrío (parecía un aprendiz de cerrajero) le saltaría esos ojos blancos como se saca una almendra de su cáscara. Hay para más de cien monedas de plata.
Se alejaron unos pasos.
—Voy a darle las buenas noches al ídolo —dijo el mayor de los dos deteniéndose de repente.
Se agachó y posiblemente cogió una piedra. Le vi estirar el brazo y arrojar algo, y resonó un golpe en el bronce. En ese mismo instante el aprendiz se llevó la mano a la cabeza gritando de dolor.
—¡Me la ha devuelto! —exclamó.
Y los dos pillos huyeron a toda prisa. Era evidente que la piedra había rebotado en el metal y había castigado semejante ultraje a la diosa.
Cerré la ventana riendo de buena gana.
«¡Un vándalo más castigado por Venus! ¡Si se rompiesen así la cabeza todos los que destruyen nuestros viejos monumentos!» Y me dormí con tan caritativo deseo.
Me desperté bien entrada la mañana. Junto a mi cama estaban, a un lado, Peyrehorade en bata, y, al otro, un criado enviado por su mujer, con un taza de chocolate en la mano.
—¡Vamos, arriba parisino! ¡Estos son los perezosos de la capital! —decía mi anfitrión mientras yo me vestía a toda prisa—. ¡Son las ocho y todavía en la cama! Yo estoy levantado desde las seis. Ya he subido tres veces, me he acercado a la puerta de puntillas y nada, ninguna señal de vida. No es bueno dormir tanto a su edad. ¡Y todavía no ha visto mi Venus! Venga, bébase la taza de chocolate de Barcelona…, de contrabando auténtico… Un chocolate que no se encuentra en París. Tiene que cobrar fuerzas, porque una vez delante de mi Venus no va a haber quien le separe de ella.
En cinco minutos estuve listo, es decir, a medio afeitar, mal abrochado y abrasado por el chocolate que engullí ardiendo. Bajé al jardín y me encontré ante una estatua admirable.
Era ciertamente una Venus de una maravillosa belleza. Tenía el torso desnudo, de la forma en que los antiguos representan a las grandes divinidades; su mano derecha, a la altura del pecho, estaba vuelta, con la palma hacia dentro; el pulgar y los dos primeros dedos extendidos, los otros dos ligeramente doblados. La otra mano, junto a la cadera, recogía la ropa que cubría la parte inferior del cuerpo. La actitud de la estatua recordaba a aquella del jugador de morra que se conoce, no sé bien por qué, con el nombre de Germánico. Quizá se había querido representar a la diosa jugando a la morra[14].
De cualquier manera, resulta imposible ver algo más perfecto que el cuerpo de aquella Venus; no hay nada tan suave y voluptuoso como su contorno; nada más elegante y más noble que sus ropas. Me esperaba una obra cualquiera del Bajo Imperio y estaba viendo una obra maestra del mejor tiempo estatuario.
Lo que más llamaba mi atención era la exquisita autenticidad de sus formas, que se hubieran podido creer moldeadas del natural, si la naturaleza produjera tan perfectos modelos.
La cabellera, recogida en la frente, parecía haber sido dorada en otro tiempo. Su cabeza, pequeña como la de casi todas las estatuas griegas, estaba ligeramente inclinada hacia delante. En cuanto al rostro, no creo poder explicar su extraño carácter, de un tipo que no se asemeja al de ninguna estatua antigua que yo recuerde. No tenía en absoluto esa belleza tranquila y severa de los escultores griegos que por sistema otorgaban rasgos de majestuosa inmovilidad. Aquí, por el contrario, observaba con sorpresa la clara intención del artista de concederle una malicia que incluso rozaba la maldad. Sus facciones estaban ligeramente contraídas: los ojos eran algo oblicuos, las comisuras de los labios estaban levantadas y la nariz un tanto dilatada.
Desprecio, ironía, crueldad podían leerse en aquel rostro, no obstante, de una increíble belleza. Verdaderamente, cuanto más se miraba aquella admirable estatua más se experimentaba el penoso sentimiento de que tan maravillosa belleza pudiera aliarse con la ausencia de toda sensibilidad.
—Si alguna vez existió la modelo —dije a Peyrehorade—, y dudo que el cielo haya creado una mujer así, ¡cómo compadezco a sus amantes! Debió complacerse haciéndoles morir de desesperación. En su expresión hay algo de feroz, y, sin embargo, jamás vi nada tan hermoso.
—«¡Es Venus cautivando por completo a su presa!» —exclamó Peyrehorade satisfecho de mi entusiasmo.
La expresión de infernal ironía se acentuaba, quizá, por el contraste de sus ojos incrustados de plata y muy brillantes por la pátina de un verde negruzco que el tiempo concede a toda estatua. Sus ojos brillantes producían una cierta ilusión que recordaba la realidad, la vida.
Recordé lo que me había dicho mi guía, que obligaba a bajar los ojos a quien la miraba. Casi era cierto, y no pude evitar un sentimiento de cólera hacia mí mismo por sentirme un poco a disgusto ante aquella figura de bronce.
—Ahora que ya lo ha admirado usted todo con detalle, querido colega en antiguallería —dijo mi anfitrión— por favor, celebremos un consejo científico. ¿Qué piensa de esta inscripción en la que aún no se ha fijado?
Me mostraba el pedestal de la estatua donde leí las siguientes palabras:
CAVE AMANTEM
—¿Quid dicis, doctissime? —me preguntó frotándose las manos—. A ver si nos ponemos de acuerdo sobre el sentido de este cave amantem.
—Bueno —respondí—, tiene dos sentidos. Se puede traducir: «guárdate de quien te ama, desconfía de los amantes». Pero en este sentido no sé si cave amantem sería un buen latín. Viendo la expresión diabólica de la dama, yo diría más bien que el artista quiso advertir al espectador contra esta terrible belleza. Entonces lo traduciría: «guárdate si ella te ama».
—¡Hum! —dijo Peyrehorade—, es un buen sentido; pero, si no le importa, prefiero la primera traducción, que voy a desarrollar además. ¿Conoce al amante de Venus?
—Hay varios.
—Sí, pero el primero es Vulcano. ¿No se habrá querido decir: «a pesar de tu belleza, de tu aire desdeñoso, tendrás por amante a un herrero, a un feo cojo»? ¡Una buena lección para las coquetas!
No pude contener una sonrisa, hasta tal punto me pareció traída por los pelos la explicación.
—Es terrible el latín con su precisión —observé, para evitar contradecir formalmente a mi arqueólogo, y retrocedí unos pasos para contemplar mejor la estatua.
—¡Un momento, colega! —me dijo Peyrehorade cogiéndome el brazo—. Aún no ha visto todo. Hay otra inscripción. Suba al pedestal y mire el brazo derecho.
Y hablaba mientras me ayudaba a subir. Me cogí sin muchos miramientos del cuello de la Venus, con quien empezaba a familiarizarme. La miré por unos instantes bis a bis y la encontré aún más malvada y más hermosa. Después me fijé en unos caracteres grabados en el brazo que me parecieron en escritura cursiva antigua. Con ayuda de mis gafas deletreé lo que sigue mientras Peyrehorade repetía cada palabra que yo pronunciaba, asintiendo con gestos y con la voz. Así que leí:
VENERI TURBUL…
EVTICHES MYRO
IMPERIO FECIT
Me pareció que después de la palabra TURBUL de la primera línea, había algunas letras borradas, pero TURBUL era perfectamente legible.
—¿Lo cual quiere decir…? —me preguntó mi anfitrión radiante y sonriendo de malicia, pues pensaba que no resolvería fácilmente aquel TURBUL.
—Hay una palabra que todavía no entiendo —le dije—, todo lo demás es fácil. Eutiques Mirón hizo esta ofrenda a Venus por orden suya.
—Muy bien. Pero TURBUL, ¿cómo se explica? ¿Qué es eso de TURBUL?
—TURBUL me desconcierta bastante. Habría que buscar algún epíteto de Venus. Veamos, ¿qué me diría la TURBULENTA? Venus la que turba, la que agita… ya ve usted que sigo preocupado por su expresión de maldad. TURBULENTA, no es en absoluto un mal calificativo para Venus —añadí modestamente, pues yo mismo no estaba demasiado conforme con mi explicación.
—¡Venus turbulenta! ¡Venus la alborotadora! ¡Ah!, pero ¿usted se cree que mi Venus es una Venus de cabaret? De eso nada, caballero; es una Venus de la alta sociedad. Pero voy a explicarle ese TURBUL siempre y cuando me prometa no divulgar mi descubrimiento antes de que se publique mi informe. Y es que, ya ve, estoy orgulloso con mi hallazgo… Deben dejarnos algunas migajas también a nosotros, pobres provincianos. ¡Son ustedes tan ricos los sabios de París!
Desde lo alto del pedestal, donde seguía encaramado, le prometí solemnemente no cometer jamás la indignidad de robarle el descubrimiento.
—TURBUL… —dijo acercándose y bajando la voz temeroso de que alguien distinto a mí pudiera oírle—, hay que leer TURBULNERAE.
—No lo entiendo todavía.
—Escúcheme bien. A una legua de aquí, hay un pueblo al pie de la montaña, que se llama Boulternère. Es una degeneración de la palabra latina TURBULNERA. Estas inversiones son muy corrientes. Boulternère, amigo mío, fue una ciudad romana. Siempre lo sospeché, pero no tenía pruebas. Pero he aquí la prueba. Esta Venus era la divinidad de la ciudad de Boulternère, y esta palabra, cuyo origen antiguo acabo de demostrar, prueba algo muy curioso y es que Boulternère antes de ser una ciudad romana ¡fue una ciudad fenicia!
Se detuvo un momento para tomar aliento y disfrutar con mi sorpresa. Conseguí contener las ganas de reírme.
—En efecto, prosiguió, TURBULNERA es fenicio puro, pronuncie usted TUR… TUR y SUR, es la misma palabra ¿no? SUR es el nombre fenicio de Tiro; no hace falta que le recuerde lo que significa. BUL es Baal; Bâl, Bel, Bul, pequeñas diferencias de pronunciación. En cuanto a NERA, me cuesta más trabajo. Estoy tentado a creer, a falta de encontrar la palabra fenicia, que viene del griego vnpós, húmedo, pantanoso. Se trataría entonces de una palabra híbrida. Para justificar vnpós, te mostraré cómo en Boulternère los arroyos de la montaña forman pantanos infectos. Por otra parte, la terminación NERA, bien pudo ser añadida más tarde en honor de Nera Pivesuvia, mujer de Tetricus, y benefactora de la ciudad. Pero, debido a los pantanos, prefiero la etimología de unpóç.
Tomó un poco de rapé con aire satisfecho.
—Pero leamos a los fenicios y volvamos a la inscripción. De modo que traduzco: «a Venus de Boulternère Mirón dedica por orden suya esta estatua, su obra».
Me guardé muy mucho de criticar su etimología, pero quise a mi vez demostrar ingenio y le dije:
—Alto ahí, caballero. Mirón consagró algo, pero no veo por qué había de ser esta estatua.
—¡Cómo! —exclamó—, ¿acaso no fue Mirón un célebre escultor griego? El talento debió perpetuarse en su familia y uno de sus descendientes hizo esta estatua. Seguro.
—Pero —respondí—, yo veo en su brazo un pequeño orificio. Pienso que debió servir para sujetar algo, un brazalete, por ejemplo, que Mirón dio a Venus como ofrenda expiatoria. Mirón fue un amante desdichado. Venus estaba irritada con él, y él la apaciguó consagrándole un brazalete de oro. Observe usted que fecit se utiliza a menudo por consecravit. Son términos sinónimos. Le diría más de un ejemplo si tuviera a mano un Gruter o un Ovelli. Es natural que un enamorado sueñe con Venus o imagine que le pida consagrar un brazalete de oro a su estatua. Mirón se lo consagra… Luego llegan los bárbaros, o algún ladrón sacrílego…
—¡Ah!, ¡cómo se nota que ha escrito usted novelas! —exclamó mi anfitrión ofreciéndome la mano para bajar—. No, caballero, es una obra de la escuela de Mirón. Observe cómo ha sido trabajada y estará de acuerdo.
Tenía como norma no contradecir jamás a ultranza a los arqueólogos testarudos y bajé la cabeza con convencimiento diciendo:
—Es una pieza admirable.
—¡Dios mío —exclamó Peyrehorade—, un acto más de vandalismo! ¡Han debido tirar otra piedra contra mi estatua!
Acababa de descubrir una marca blanca un poco más arriba del pecho de la Venus, yo observé una señal parecida en los dedos de la mano derecha, que supuse, habían sido rozados por la piedra en su trayectoria, o bien un fragmento de la piedra se había desprendido por el choque y había rebotado en la mano. Le conté a mi anfitrión el insulto del que había sido testigo y del castigo subsiguiente. Se rio mucho y, comparando al aprendiz con Diomedes, le deseó que viera, como el héroe griego, a sus amigos convertidos en pájaros blancos.
La campana de la comida interrumpió esta conversación clásica y, al igual que la víspera, me vi obligado a comer por cuatro. Luego vinieron los arrendatarios de Peyrehorade, y mientras les atendía, su hijo me llevó a ver una calesa que había comprado en Toulouse para su prometida, y que, por supuesto, admiré.
Luego entré con él en la cuadra, donde me tuvo media hora elogiándome sus caballos, refiriéndome su genealogía y los premios que habían ganado en las carreras de la región. Por fin pasó a hablarme de su futura esposa a propósito de una yegua gris que le iba a regalar.
—Hoy la veremos —dijo—. No sé si a usted le parecerá bonita. En París son ustedes muy especiales. Aquí y en Perpiñán, todo el mundo la encuentra encantadora. Lo mejor es que es muy rica. Su tía de Prades se lo ha dejado todo. ¡Seré muy feliz!
Me sorprendió profundamente el ver a un joven que parecía más emocionado por la dote de su novia que por sus hermosos ojos.
—Usted entiende de joyas —siguió Alphonse—, ¿qué le parece esta? Es el anillo que le daré mañana.
Diciendo esto, sacó de la primera falange de su dedo meñique un grueso anillo cuajado de diamantes y formado por dos manos entrelazadas, motivo que me pareció infinitamente poético. Era un trabajo antiguo, pero noté que lo habían retocado para engarzar los diamantes. En el interior del anillo se leían en letras góticas las siguientes palabras: sempr’ab tibi, es decir, siempre contigo.
—Es un bonito anillo, pero estos diamantes añadidos le hacen perder un poco su carácter.
—¡Oh!, así es mucho más bonito —respondió sonriendo—. Hay aquí mil doscientos francos en diamantes. Mi madre me lo dio. Es un anillo de familia, muy antiguo…, del tiempo de la caballería. Fue de mi abuela, que a su vez lo había recibido de la suya. Dios sabe cuándo lo hicieron.
—En París —le dije— la costumbre es regalar una sortija muy sencilla, normalmente de dos metales distintos, como oro y platino. Mire, esa otra que lleva en el dedo, sería muy a propósito. Esta, con sus diamantes y las manos en relieve es tan grande que no se podrá poner un guante con ella.
—¡Oh!, mi mujer se las arreglará seguramente. Creo que estará muy contenta de tenerlo. Mil doscientos francos en el dedo están muy bien. Este otro anillo —añadió, mirando con satisfacción la sortija que llevaba en la mano—, este me lo dio una mujer en París un día de carnaval. ¡Ah! ¡Qué bien lo pasé en París hace dos años! ¡Allí sí que se divierte uno!… —y suspiró con nostalgia.
Aquel día íbamos a cenar a Puygarrig, a casa de los padres de la novia. Montamos en una calesa y nos dirigimos al castillo, alejado una legua y media de Ille. Fui presentado y acogido como un amigo de la familia. No hablaré ni de la cena, ni de la conversación posterior, en la que participé muy poco. Alphonse, sentado junto a su prometida, le decía algo al oído cada cuarto de hora. Ella, apenas levantaba los ojos, y cada vez que le hablaba su novio se sonrojaba tímidamente, pero le contestaba sin turbación.
La señorita de Puygarrig tenía dieciocho años; su talle, esbelto y delicado, contrastaba con la constitución huesuda de su robusto novio. No sólo era hermosa, sino también seductora. Me admiraba la perfecta naturalidad de sus respuestas; y su aire de bondad, que, sin embargo, no estaba exento de malicia, me recordó, a mi pesar, a la Venus de mi anfitrión. En esta comparación, que hice para mí, me preguntaba si la superior belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua, no se debía en gran parte a su expresión de tigresa; pues la energía, incluso en las malas pasiones, excita siempre en nosotros un asombro y una especie de alucinación involuntaria.
«¡Qué lástima —me dije al marchar de Puygarrig—, que tan encantadora persona sea rica, y que su dote la obligue a ser pretendida por un hombre indigno de ella!»
De regreso a Ille, y no sabiendo muy bien qué decirle a la señora de Peyrehorade, a quien creía conveniente dirigir la palabra de vez en cuando, exclamé:
—Son ustedes muy atrevidos aquí en el Rosellón. ¿Cómo es posible, señora, celebrar una boda en viernes? En París somos más supersticiosos, nadie se casaría en día semejante.
—¡Dios Santo! No me hable —me contestó—, si hubiera dependido de mí, desde luego que habríamos elegido otro día. Pero Peyrehorade lo ha querido así y ha habido que ceder. Pero bien que lo siento. ¿Y si pasara alguna desgracia? Habrá alguna razón para que todo el mundo tenga miedo el viernes.
—¡Viernes! —exclamó su marido—, es el día de Venus. ¡Un buen día para una boda!, ya ve usted, querido colega, que sólo pienso en mi Venus. Palabra de honor que ha sido por ella por lo que he elegido el viernes. Mañana, si usted quiere, antes de la ceremonia le ofreceremos un pequeño sacrificio: sacrificaremos dos palomas, y, si pudiera conseguir incienso…
—¡Calla, Peyrehorade! —le interrumpió su mujer completamente escandalizada—. ¡Incensar un ídolo! ¡Sería una abominación! ¿Qué dirían de nosotros?
—Al menos —dijo Peyrehorade— me permitirás ponerle en la cabeza una corona de rosas y lirios:
Manibus date lilia plenis 
—¡Ya ve usted!, ¡nuestras leyes son sólo papel mojado! ¡No tenemos libertad de cultos!
El día siguiente estaba dispuesto de esta manera: todo el mundo tenía que estar listo y arreglado para las diez en punto. Después del chocolate iríamos en coche a Puygarrig. El matrimonio civil tendría lugar en la alcaldía del pueblo, y la ceremonia religiosa en la capilla del castillo. Seguiría luego la comida. Después de la comida, cada cual pasaría el rato como pudiera hasta las siete. A las siete se volvería a Ille, a casa del señor de Peyrehorade, donde cenarían las dos familias juntas. Lo demás se entiende por sí solo. Como bailar no se podía, se iba a comer lo más posible.
Desde las ocho me encontraba sentado frente a la Venus, con un lápiz en la mano y empezando por vigésima vez la cabeza de la estatua sin conseguir captar su expresión. Peyrehorade iba y venía a mi alrededor, dándome consejos, repitiéndome sus etimologías fenicias, luego colocaba unas rosas de Bengala en el pedestal de la estatua y formulaba en tono tragicómico ruegos por la pareja que iba a vivir bajo su techo. Hacia las nueve entró en la casa para arreglarse, y al mismo tiempo apareció Alphonse, bien ajustado en su traje nuevo, con guantes blancos, zapatos de charol, botones cincelados y una rosa en el ojal.
—¿Hará usted un retrato a mi mujer? —dijo inclinándose sobre mi dibujo—. Ella también es bonita.
En aquel momento empezó en el frontón, del que ya he hablado, una partida, que inmediatamente llamó la atención a Alphonse. Y yo, cansado y sin esperanzas de conseguir representar aquella belleza diabólica, abandoné pronto mi dibujo para mirar a los jugadores. Había entre ellos algunos muleros españoles que habían llegado la víspera. Eran aragoneses y navarros, casi todos de una extraordinaria destreza. Los illenses, aunque alentados por la presencia y los consejos de Alphonse, fueron prontamente derrotados por aquellos campeones.
Los espectadores nacionales estaban consternados. Alphonse miró su reloj. Sólo eran las nueve y media. Su madre aún estaba sin peinar. No lo dudó más. Se quitó la chaqueta del frac, pidió otra y desafió a los españoles. Yo le miraba sonriendo y un tanto sorprendido.
—Hay que defender el honor del país —dijo.
Entonces le encontré realmente hermoso. Estaba ansioso. Su aspecto, que tan preocupado le tenía hacía tan sólo unos instantes, ya no le importaba en absoluto. Minutos antes habría temido girar la cabeza por temor a descolocarse la corbata. Ahora ya no pensaba ni en su pelo rizado, ni en su chorrera tan bien plisada. ¿Y su novia…? Pues, si hubiera sido necesario, creo que habría aplazado la boda. Le vi calzarse apresuradamente un par de sandalias, arremangarse, y con gesto confiado ponerse a la cabeza del equipo vencido como César reagrupando a sus soldados en Dirraquio. Salté el seto y me situé cómodamente a la sombra de un almez, para así poder ver bien los dos campos.
En contra de lo que se esperaba, Alphonse falló la primera pelota; lo cierto es que le llegó a ras de tierra y lanzada con una fuerza sorprendente por un aragonés que parecía ser el jefe de los españoles.
Era un hombre de unos cuarenta años, seco y menudo, de seis pies de estatura, y su piel olivácea tenía un color casi tan oscuro como el bronce de la Venus.
Alphonse arrojó enfurecido su raqueta contra el suelo.
—¡Este maldito anillo —gritó—, me aprieta el dedo y me hace fallar una pelota segura!
Se quitó, no sin esfuerzo, su anillo de diamantes; me acerqué para que me lo diera, pero él corrió antes hacia la Venus y le puso el anillo en el dedo anular volviendo luego a su puesto a la cabeza de los illenses.
Estaba pálido, pero tranquilo y resuelto. A partir de entonces no hubo ni un fallo, y los españoles fueron derrotados por completo. El entusiasmo de los espectadores sí que fue todo un espectáculo: unos gritaban de alegría lanzando las gorras al aire, otros se estrechaban la mano, llamándole el orgullo del país. Si hubiese reprimido una invasión, no habría recibido felicitaciones más vivas y sinceras. El pesar de los vencidos aumentaba el brillo de su victoria.
—Echaremos otra partida, amigo —le dijo al aragonés con tono de superioridad— y os daré unos tantos de ventaja.
Yo hubiera deseado que Alphonse fuera más modesto, y casi me apenó la humillación de su rival.
El gigante español se sintió profundamente dolido con este insulto. Le vi palidecer bajo su piel tostada. Miraba sombrío su raqueta apretando los dientes, luego con voz ahogada dijo muy bajo: me lo pagarás.
La voz de Peyrehorade turbó el triunfo de su hijo: mi anfitrión, sorprendido al no encontrarle presidiendo los preparativos de la calesa nueva, quedó aún más atónito al verle sudoroso, con la raqueta en la mano. Alphonse corrió a la casa, se lavó la cara y las manos, volvió a ponerse su traje nuevo y sus zapatos de charol y a los cinco minutos estábamos al trote en la carretera de Puygarrig. Todos los jugadores de frontón de la ciudad y un gran número de espectadores nos siguieron gritando de alegría. Los vigorosos caballos que nos llevaban apenas podían mantener su paso entre aquellos intrépidos catalanes.
Estábamos ya en Puygarrig y el cortejo iba a dirigirse hacia la alcaldía, cuando Alphonse dándose una palmada en la frente me dijo en voz baja:
—¡Vaya faena! ¡He olvidado el anillo! ¡Me lo dejé olvidado en el dedo de la Venus de los demonios! No se lo diga a mi madre por lo menos. No creo que se dé cuenta de nada.
—Podría usted mandar a alguien —le dije.
—¡Bah!, mi criado se ha quedado en Ille y de estos no me fío nada. Mil doscientos francos en diamantes podrían tentar a más de uno. Además, ¿qué pensarían aquí de mi olvido? Se burlarían de mí. Me llamarían el marido de la estatua… ¡Mientras no me lo roben! Menos mal que el ídolo atemoriza a aquellos bribones. No se atreven a acercársele a menos de un metro. ¡Bah!, es igual; tengo otro anillo.
Las dos ceremonias, la civil y la religiosa, se celebraron con la pompa adecuada; y la señorita de Puygarrig recibió el anillo de una modista de París, sin sospechar que su novio le sacrificaba una prenda de amor. Después nos sentamos a la mesa, donde se comió, se cantó, incluso, durante largo tiempo. Sufría por la novia a causa de la tosca alegría que había a su alrededor; sin embargo, ella lo soportaba mejor de lo que yo hubiera esperado, y su turbación no era ni torpeza ni afectación.
Quizá el valor viene dado en las situaciones difíciles. La comida terminó cuando Dios quiso; eran las cuatro de la tarde. Los hombres fuimos a pasear al parque, que era magnífico, donde vimos bailar en el césped del castillo a las campesinas de Puygarrig, vestidas con sus trajes de fiesta. Así pasaron las horas. Mientras tanto, las mujeres rodeaban a la novia que les mostraba su ajuar. Después se cambió de ropa, y observé que cubría sus hermosos cabellos con redecilla y un sombrero de plumas, ya que las mujeres se apresuran en ponerse tan pronto como pueden los adornos que la costumbre les prohíbe llevar mientras son solteras.
Eran cerca de las ocho cuando nos dispusimos a salir hacia Ille. Pero antes tuvo lugar una escena patética. La tía de la señorita de Puygarrig, que hacía las veces de madre, una mujer muy mayor y muy devota, no venía con nosotros a la ciudad, así que en el momento de la partida le hizo una escena sermoneándole acerca de sus deberes de esposa, de la que resultó un torrente de lágrimas y abrazos sin fin. Peyrehorade comparaba esta separación con el rapto de las Sabinas. A pesar de todo, nos pusimos en marcha y, en el camino, cada cual se esforzaba por distraer a la recién casada y hacerla reír; pero fue en vano.
En Ille nos esperaba la cena, ¡y qué cena! Si la burda alegría de la mañana me había chocado, todavía me sorprendieron más los equívocos y chistes de que fueron objeto el novio y, sobre todo, la novia. El novio, que se había ausentado unos minutos antes de sentarnos a la mesa estaba pálido y gélidamente serio. Bebía una y otra vez el viejo vino de Colliure, que es tan fuerte como el aguardiente. Como estaba sentado a su lado, me creí en la obligación de advertirle:
—¡Tenga cuidado!, dicen que el vino… —y no sé qué idiotez le dije para ponerme a la altura de los convidados.
Me dio con la rodilla y me dijo en voz muy baja:
—Cuando nos levantemos de la mesa… tengo que decirle una cosa.
Me sorprendió su tono solemne. Le observé más atentamente y me di cuenta de la extraña alteración de sus rasgos.
—¿Se encuentra usted mal? —le pregunté.
—No.
Y bebió de nuevo.
Mientras tanto, en medio de los gritos y aplausos, un niño de once años que se había deslizado debajo de la mesa, mostraba a los invitados una bonita cinta blanca y rosa que había cogido del tobillo de la novia. Era una liga que enseguida fue cortada en pedacitos y distribuida entre los jóvenes, que se los ponían en el ojal siguiendo una costumbre que aún se conserva en algunas familias patriarcales. La novia se sonrojó hasta la médula. Pero su turbación llegó al límite cuando Peyrehorade, una vez que pidió silencio, le cantó algunos versos en catalán, según él, improvisados. Helos aquí, si no entendí mal:
—¿Qué es esto, amigos míos? ¡El vino que he bebido me hace ver doble! Hay dos Venus aquí…
El novio volvió bruscamente la cabeza, desconcertado, cosa que hizo reír a todo el mundo.
—Sí, continuó Peyrehorade, hay dos Venus bajo mi techo. A una, la encontré bajo tierra, como una trufa; la otra, que ha bajado del cielo, acaba de repartirnos su cinturón.
Quería decir su liga.
—Hijo mío, elige la Venus que prefieras, la romana o la catalana. El muy pícaro se queda con la catalana y se lleva la mejor parte. La romana es negra y la catalana es blanca. La romana es fría, la catalana inflama todo lo que se le acerca.
Este final provocó cales hurras, tan estrepitosos aplausos, y risas tan escandalosas, que creí que el techo iba a desplomarse sobre nuestras cabezas. En la mesa sólo había tres caras serias, las de los novios y la mía. A mí me dolía la cabeza, y, además, las bodas siempre me han entristecido. Esta boda, por otra parte, me desagradaba un poco.
Una vez que el teniente de alcalde cantó las últimas parrafadas, que eran bastante picantes, dicho sea de paso, pasamos al salón para ver la salida de la novia, que iba a ser acompañada enseguida a su habitación, pues era cerca de la medianoche.
Alphonse me llevó al hueco de una ventana y me dijo apartando los ojos:
—Se burlará usted de mí, pero no sé qué me pasa… ¡estoy embrujado!, ¡que el diablo me lleve!
Lo primero que se me ocurrió fue que se creía amenazado por alguna desgracia de las que hablan Montaigne y Mme. de Sévigné: «Todo imperio amoroso está lleno de historias trágicas, etc…»
«Creí que este tipo de hechos sólo le ocurrían a las personas inteligentes», me dije a mí mismo.
—Ha bebido usted demasiado vino de Colliure, mi querido Alphonse —le dije—, ya se lo advertí.
—Sí, quizá, pero hay algo mucho más terrible.
Tenía la voz entrecortada. Le creí completamente borracho.
—Mi anillo… ya sabe… —siguió, tras un silencio.
—¿Y qué?, ¿se lo han robado?
—No.
—Entonces ¿lo tiene usted?
—No…, yo…, no puedo quitárselo del dedo a esa maldita Venus.
—Bueno, no habrá tirado con fuerza.
—Claro que sí, pero la Venus, ha doblado el dedo.
Me miraba fijamente, despavorido, apoyándose en la falleba para no caerse.
—Vaya historia —le dije—, eso es que encajó demasiado el anillo. Mañana lo sacaremos con unas tenazas, pero con cuidado de no estropear la estatua.
—Le digo que no. El dedo de la Venus está doblado, contraído; aprieta la mano ¿comprende?… Es mi esposa… por lo que se ve, puesto que le he dado mi anillo… y no quiere devolverlo.
Sentí un escalofrío de repente, y por un momento se me puso la carne de gallina. Luego, al suspirar él me llegó una bocanada de vino y desapareció toda la emoción.
«Este miserable», pensé, «está completamente borracho».
—Usted es arqueólogo —siguió el novio en tono lastimoso—, conoce este tipo de estatuas, hay quizá algún resorte, alguna brujería que yo no conozco… ¿y si fuera usted a ver?
—De acuerdo —dije— venga conmigo.
—No, sugiero que vaya solo.
Salí del salón.
El tiempo había cambiado durante la cena y empezaba a llover con fuerza. Iba a pedir un paraguas cuando un pensamiento me detuvo. Sería un idiota si fuese a comprobar lo que me ha dicho un borracho. Además, por otra parte, lo mismo ha querido gastarme una broma pesada para hacer reír a esos honrados provincianos; y lo menos que puede pasarme es que me cale hasta los huesos y agarre un buen resfriado.
Desde la puerta eché un vistazo a la estatua chorreante de agua y subí a mi habitación sin volver por el salón. Me acosté, pero no conseguía conciliar el sueño. Recordaba todas las escenas del día. Pensaba en aquella jovencita tan hermosa y tan pura abandonada en manos de un borracho brutal. ¡Qué cosa tan odiosa, me decía, un matrimonio de conveniencia! Un alcalde se pone una faja tricolor, un cura una estola, y la joven más honesta del mundo se entrega al Minotauro. Dos seres que no se aman ¿qué pueden decirse en semejante momento que dos amantes comprarían por el precio de su vida? ¿Puede una mujer amar alguna vez a un hombre al que ha visto comportarse de forma grosera? Ciertamente, las primeras impresiones no se borran, y estoy seguro de que este señor Alphonse merece ser odiado…
Durante mi monólogo, que abrevio bastante, había escuchado idas y venidas en la casa, puertas que se abrían y cerraban, coches que partían; luego me pareció oír en la escalera los pasos ligeros de algunas mujeres que se dirigían hacia el extremo opuesto del corredor. Era probablemente el cortejo de la novia que la acompañaba a la cama. Luego bajaron la escalera. La puerta de la señora de Peyrehorade se había cerrado. «Esta pobre chica», me dije, «¡debe estar tan turbada e incómoda!». Me revolví en la cama malhumorado. Un solterón no pinta nada en una casa donde se consuma una boda.
Se había hecho el silencio hacía un buen rato cuando se vio turbado por unos graves pasos que subían la escalera.
Los peldaños de madera crujieron estrepitosamente.
—¡Ese necio! Apuesto a que se cae por la escalera.
Volvió la calma. Cogí un libro para distraer un poco mis pensamientos. Era una estadística de la región, que incluía un informe de Peyrehorade sobre los monumentos druidas del distrito de Prades. Me dormí en la tercera página.
Dormí mal y me desperté varias veces. Serían las cinco de la mañana y yo llevaba ya despierto más de veinte minutos cuando cantó el gallo. Iba a amanecer. Entonces oí claramente los mismos graves pasos, el mismo crujir de la escalera que había oído antes de dormirme. Me pareció extraño. Intenté, mientras bostezaba, imaginar por qué Alphonse madrugaba tanto. No se me ocurrió nada verosímil. Iba a cerrar los ojos de nuevo, cuando extrañas pisadas apresuradas, y a poco mezcladas con timbres y ruido de puertas cerradas con estrépito llamaron mi atención, luego distinguí unos gritos confusos.
«¡Ese borracho habrá prendido fuego en alguna parte!», pensé saltando de mi cama.
Me vestí rápidamente y salí al corredor.
Del extremo opuesto salían gritos y lamentos, y una voz desgarradora dominaba sobre todas las demás: «¡Mi hijo! ¡Mi hijo!» Era evidente que alguna desgracia le había ocurrido a Alphonse. Corrí a la habitación nupcial: estaba llena de gente.
Lo primero que vi fue a aquel joven a medio desvestir atravesado en la cama cuyas maderas estaban rotas. Estaba lívido, inmóvil. Su madre lloraba y gritaba junto a él. Peyrehorade, nervioso, le frotaba las sienes con agua de colonia, o le ponía sales bajo la nariz. Por desgracia hacía ya rato que su hijo estaba muerto. En un sofá, en el otro extremo de la habitación, estaba la novia presa de horribles convulsiones. Profería gritos inarticulados y dos robustas criadas tenían dificultades para contenerla.
—¡Dios mío! —exclamé— ¿qué ha pasado? Me acerqué a la cama y levanté el cuerpo del desgraciado joven; estaba ya rígido y frío. Sus dientes apretados y su rostro ennegrecido revelaban la más horrible angustia. Parecía que su muerte había sido violenta y terrible su agonía. No había, sin embargo, rastros de sangre en sus ropas. Abrí su camisa y vi en su pecho una marca roja que se prolongaba en su costado y en la espalda. Se diría que había sido estrujado por un círculo de hierro. Pisé algo duro que había en la alfombra; me agaché y vi el anillo de diamantes.
Llevé a Peyrehorade y a su mujer a su habitación; luego hice venir a la novia.
—Todavía les queda una hija —les dije—, le deben ustedes cuidados.
Luego les dejé solos.
No me parecía extraño que Alphonse hubiera sido víctima de un asesinato, cuyos autores habían encontrado el modo de introducirse por la noche en la habitación de la novia. Aquellas magulladuras en el pecho, su sentido circular, me preocupaban, pues ni un bastón ni una barra de hierro podían haberlas producido. De repente recordé haber oído contar que en Valencia los asesinos a sueldo utilizaban largos sacos de cuero llenos de arena para matar a la gente por cuya muerte habían cobrado. Inmediatamente pensé en el mulero aragonés y en su amenaza; sin embargo, apenas osaba creer que se hubiera tomado tan terrible venganza por una simple broma.
Recorrí la casa, buscando alguna entrada que hubieran forzado, sin encontrar nada. Bajé al jardín para ver si los asesinos se habían introducido por allí, pero no encontré ningún indicio seguro. Por otra parte, la lluvia de la víspera había inundado la tierra, de tal forma que no habría guardado huella alguna. Observé, no obstante, algunos pasos profundamente marcados en la tierra: los había en dos direcciones opuestas, pero sobre una misma línea, saliendo del ángulo del seto contiguo al frontón y que terminaban en la puerta de la casa. Podía tratarse de los pasos de Alphonse cuando fue a buscar su anillo en el dedo de la estatua. Por otro lado, el seto en aquel lugar era menos denso, y los asesinos lo habrían franqueado por aquel punto. Pasando una y otra vez delante de la estatua me detuve un instante a observarla. En esta ocasión, lo confieso, no pude contemplarla sin sentir un escalofrío ante su expresión de maldad irónica; y, con la cabeza llena de las terribles escenas de que había sido testigo, me pareció ver a una divinidad infernal regocijándose en la desgracia que había tenido lugar en aquella casa.
Volví a mi habitación y permanecí allí hasta mediodía. Salí entonces a pedir noticias a mis anfitriones. Estaban más tranquilos. La señorita Puygarrig, debería decir la viuda de Alphonse, había recobrado el conocimiento. Incluso había hablado con el procurador del rey en Perpiñán, que estaba de visita en Ille, y aquel magistrado había recibido su declaración. Me pidió la mía. Le dije lo que sabía, y no le oculté mis sospechas contra el mulero aragonés. Ordenó inmediatamente su detención.
—¿Le ha dicho algo la mujer de Alphonse? —pregunté al procurador del rey, una vez escrita y firmada mi declaración.
—Esa desdichada joven se ha vuelto loca —dijo sonriendo tristemente—. ¡Loca!, ¡completamente loca! Mire lo que cuenta:
«Se había acostado, dice, hacía algunos minutos, y había corrido las cortinas, cuando se abrió la puerta de la habitación y entró alguien. En aquel momento ella estaba en el espacio que hay entre la cama y la pared, con la cara vuelta hacia la pared. No se movió convencida de que era su marido. Al cabo de un rato la cama crujió como si hubiera soportado un peso enorme. Tuvo mucho miedo pero no se atrevió a volver la cabeza. Transcurrieron así cinco minutos, diez quizá… no puede calcular el tiempo. Luego, ella hizo un movimiento involuntario, o bien lo hizo la persona que estaba en la cama y sintió el contacto de algo frío como el hielo, según expresiones suyas. Se acurrucó más en el espacio entre la cama y la pared, temblando. Poco después, la puerta se abrió por segunda vez y alguien entró diciendo: “Buenas noches, mujercita mía”». Un instante después descorrieron las cortinas y ella oyó un grito ahogado. La persona que estaba en la cama junto a ella se incorporó y pareció extender los brazos hacia delante. Ella volvió entonces la cabeza… y vio, dice, a su marido arrodillado junto al lecho, con la cabeza a la altura de la almohada, entre los brazos de una especie de gigante verdoso que le estrujaba con fuerza. Dice, ¡y me lo ha repetido veinte veces, la pobre mujer!… dice que reconoció, ¿lo adivina usted?, a la Venus de bronce, la estatua del señor de Peyrehorade… Todo el mundo habla de ella en la región. Pero sigo con la narración de esa desdichada loca. Al ver aquello, perdió el sentido, y es probable que instantes antes hubiera perdido la razón. De cualquier manera, no sabe decir cuánto tiempo permaneció desvanecida. Al volver en sí, vio de nuevo al fantasma o la estatua, como dice constantemente, a la estatua inmóvil, con las piernas y la parte inferior del cuerpo en la cama, el busto y los brazos extendidos hacia adelante, y entre sus brazos su marido, que no se movía. Cantó el gallo. Entonces la estatua se bajó de la cama, dejó caer el cadáver y salió. Ella se colgó de la campanilla, y lo demás ya lo sabe usted.
Trajeron al español; estaba tranquilo y se defendió con sangre fría y presencia de ánimo. No negó la amenaza que yo había oído; pero lo explicaba diciendo que se refería a que al día siguiente, cuando hubiera descansado, habría ganado una partida de frontón a su vencedor. Recuerdo que añadió:
—Un aragonés ofendido no espera al día siguiente para vengarse. Si hubiera creído que el señor Alphonse había querido insultarme le habría hundido mi cuchillo en el vientre.
Se compararon sus zapatos con las huellas de los pasos en el jardín. Sus zapatos eran mucho más grandes.
Finalmente, el hospedero en cuya casa se alojaba el hombre, aseguró que se había pasado toda la noche dando friegas y medicinas a una de sus mulas que estaba enferma.
Por lo demás, aquel aragonés era un hombre de buena reputación, conocido en la zona, ya que venía cada año para comerciar. De modo que le dejaron ir, pidiéndole disculpas.
Había olvidado la declaración de un criado, la última persona que había visto a Alphonse con vida. Cuando iba a subir a la habitación de su mujer, le llamó para preguntarle, con un aire inquieto, si sabía dónde estaba yo. El criado contestó que no me había visto. Entonces Alphonse suspiró y permaneció más de un minuto sin hablar, luego dijo: «¡Vaya!, ¡el diablo se lo habrá llevado también!»
Pregunté a aquel hombre si Alphonse llevaba el anillo de diamantes cuando habló con él. El criado vaciló antes de contestar. Por fin dijo que creía que no, pero que tampoco se había fijado.
—Si hubiera llevado el anillo en el dedo —añadió sobreponiéndose— me habría llamado la atención, pues creía que se lo había dado a su mujer.
Al interrogar a aquel hombre noté en cierto modo el supersticioso temor que la declaración de la mujer de Alphonse había propagado por toda la casa. El procurador del rey me miró sonriendo, y no insistí más.
Unas horas después del funeral de Alphonse me dispuse a partir de Ille. El coche de Peyrehorade me conduciría a Perpiñán. A pesar de su debilidad, el pobre viejo quiso acompañarme hasta la puerta de su jardín. Lo cruzamos en silencio, él arrastrando los pies, apoyado en mi brazo. En el momento de separarnos miré por última vez a la Venus. Presentía que mi anfitrión, si bien no compartía el temor y el odio que la Venus inspiraba a parte de su familia, querría deshacerse de un objeto que le recordaba constantemente tan horrible desgracia. Yo tenía la intención de sugerirle que la cediera a un museo. Dudaba si entrar en el tema cuando Peyrehorade volvió maquinalmente la cabeza hacia donde me veía mirar fijamente. Vio la estatua y rompió a llorar. Le abracé, y sin atreverme a decir nada, subí al coche.
Desde mi partida no he sabido que luz alguna haya aclarado tan misteriosa desgracia.
El señor de Peyrehorade murió algunos meses después. En su testamento me legó sus manuscritos, que algún día publicaré. No he encontrado entre ellos el informe relativo a las inscripciones de la Venus.
P. S. Mi amigo el señor de P. acaba de escribirme desde Perpiñán diciéndome que la estatua ya no existe. Tras la muerte de su marido la primera preocupación de la señora de Peyrehorade fue hacerla fundir en una campana, y bajo esa forma se encuentra en la iglesia de Ille. «Pero —añade el señor de P.—, parece que la mala suerte persigue a quienes poseen ese bronce. Desde que esa campana dobla en Ille, los viñedos se han helado dos veces».

Italo Calvino, Cuentos fantásticos del XIX, 

En palabras del propio Italo Calvino,"El cuento fantástico es uno de los productos más característicos de la narrativa del siglo XIX y, para nosotros, uno de los más significativos, pues es el que más nos dice sobre la interioridad del individuo y de la simbología colectiva. Para nuestra sensibilidad de hoy, el elemento sobrenatural en el centro de estas historias aparece siempre cargado de sentido, como la rebelión de lo inconsciente, de lo reprimido, de lo olvidado, de lo alejado de nuestra atención racional. En esto se ve la modernidad de lo fantástico, la razón de su triunfal retorno en nuestra época…"
El gran escritor italiano ha dividido su antología en dos partes, que ordenan la sucesión cronológica de los relatos en dos clasificaciones estilísticas. La primera, Lo fantástico visionario, reúne a una cuidada nómina de autores —Potocki, Eichendorff, Hoffmann, W. Scott, Balzac, Chasles, Nerval, Hawthorne, Gógol, Gautier, Mérimée y Le Fanu— cuyos cuentos tienen en común, bajo la descripción de un mundo encantado o infernal, una poderosa sugestión visual. La segunda, Lo fantástico cotidiano, compuesta por narraciones más abstractas y mentales, más psicológicas, congrega a escritores tan variados y significativos como Poe, Andersen, Dickens, Turguéniev, Leskov, Villiers de l'Isle-Adam, Maupassant, Vernon Lee, Bierce, Lorrain, Stevenson, H. James, Kipling y H. G. Wells. Esta nueva edición de Cuentos fantásticos del XIX reúne por primera vez en un solo volumen todos los relatos seleccionados y prologados por Italo Calvino. Imperdible…

Almez (8) - De jovencita se me hizo buen tipo de mujer. Era alta, estaba delgada y con la carne prieta. Si hubiera tenido vestidos me hubieran sentado bien, pero sólo tenía faldas negras y largas y blusas negras también.

De jovencita se me hizo buen tipo de mujer. Era alta, estaba delgada y con la carne prieta. Si hubiera tenido vestidos me hubieran sentado bien, pero sólo tenía faldas negras y largas y blusas negras también. Me las hacían con el cuello subido porque en la garganta se me marcaba la nuez. Así, aunque me miraran, nadie veía lo que no tenía que ver. Iba a la modista Mercedes de Grilles, de mi pueblo, Vallibona. Las faldas siempre me las hacía lisas y que llegaran hasta los pies. Luego, más adelante, cuando ya trabajaba en La Pobla de Benifassà, iba a Rossell a que me cosieran, y la modista se llamaba Rosita Cervelló. Era muy buena mujer. Cuando yo llegaba para probarme, todos los críos de la calle se me arremolinaban alrededor: «Teresot, Teresot, ¿adónde vas, Teresot?, ¿te van a poner guapa en la modista?». Yo hacía como que me enfadaba, les gritaba y los hacía correr calle abajo, que iban con más miedo que vergüenza. Entonces ya sí que no me importaba nada que los críos me dijeran esto o aquello. ¡Críos!, pensaba, y ya está. Además, me divertía de verles el miedo en la cara después. Mucha gente me tenía miedo. Con Rosita Cervelló un día nos reíamos porque ella me contaba tonterías que la gente decía de mí. Como ya no era una niña me miraban de otra manera y hasta hombres hechos y derechos tenían miedo de mí. Una mujer de Canet lo Roig que iba a hacerse allí la ropa le contó que su marido se había encontrado conmigo un día en el monte y casi se muere del susto. Así es como dijo que era yo: «La falda larga y sucia, la cara de huesos muy marcados, la voz brusca, de pocas palabras, el pelo largo y negro y siempre en la mano una vara de almez más alta que ella», nos moríamos de risa Rosita y yo.
Era difícil hacerse la ropa en aquellos tiempos. De todos los pueblos iban las modistas a comprar las telas a La Sénia. Y mujeres de masías en la montaña iban a los pueblos a pie para probarse los vestidos. Cuando estaban terminados se los mandaban con mulos a las clientas. Todo el mundo caminaba mucho entonces, y yo más que nadie. Me iba de una aldea a otra tan campante, de un mas a otro, de un monte a otro. No había hecho otra cosa desde pequeña.
En casa de la modista siempre había chicas jovencitas que iban a horas para aprender a coser. Cuando me probaba siempre querían mirar por debajo de las faldas y ver qué tenía dentro. Como siempre. Pero Rosita las mandaba a paseo y las hacía salir. Al final siempre volvíamos a la misma historia: «Teresot, Teresot, ¿qué tienes debajo de las faldas, Teresot?». Pero entonces, como les digo, ya me daba igual. Los fuertes me tenían miedo y los críos y las mujeres me decían cosas sólo de broma. Pues broma era y no había más problemas. Además, entonces ya sabía que estaría toda la vida sola, que no me casaría con un hombre ni con una mujer, que no tendría hijos porque no puedo, que era demasiado machota para tener amigas, y amiga de los hombres no podía ser. Eso no me daba ningún tormento, no me gustaban los hombres ni las mujeres para amores. No tener amigos me sentaba peor.
Amores nunca tuve ninguno ni me interesó. Sólo una vez de jovencita me gustó la abuela de una cría de Vallibona. Tenía las tetas muy grandes y muy blancas y las enseñaba por la parte delantera del vestido. Eso me gustó y me dejó un poco como mareado, pero enseguida se me olvidó.
Cuando veía a las chicas de mi edad tonteando con chicos me llamaba la atención, me hacía gracia, me parecía una burrada de la cabeza a los pies, y también los vestidos de flores y de colores que se hacían coser ellas. Yo nunca los quise, yo siempre de negro y máximo de azul marino, porque todas aquellas alegrías en la ropa eran demasiado de mujer. ¿Que si me sentía hombre? Después sí, cuando tuve más edad sí me sentía hombre, y que todos me vieran como mujer me hacía sufrir. Pero en aquellos años de la primera juventud no quería pensar en eso y no pensaba. Yo era yo y era como era. No podía escoger. A ver si había escogido algo, aunque fuera poca cosa, en toda mi vida. Nada. ¿Iba a escoger la manera en que estaba hecha? Había que aguantarse con eso y en paz.
A veces algunos jóvenes del pueblo querían gastarme bromas pesadas. Me acuerdo que tenía yo un borrego atado con una cuerda por unos días para que no se juntara con las ovejas y no les hiciera crías. Y pasa un chico de los del pueblo y me lo suelta y se lleva la cuerda. Yo lo vi desde lejos. Le dije a un vecino que pasó que le mandara recado de que si no me bajaba la cuerda él, subiría yo a buscarla hasta su casa. Bajó con la cuerda, ¡vaya si bajó! Bajó y me dijo que era sólo una broma y que no me la tomase a mal. Yo, que era una vara más alta que él le contesté: «Ha sido una broma que no tiene gracia. Si me vuelves a gastar una broma así, no lo contarás porque te romperé el cuello de un bastonazo». Sólo verle la cara que puso y los perdones que me pidió ya se me había pasado el enfado.
Me tenían miedo porque era solitaria, porque era grande y fuerte, porque tenía la pinta mitad hombre, mitad mujer, pero también por lo de mi hermano Juan, que cometió un asesinato y eso nos dio muy mala fama a toda la familia. Mi hermano trabajaba de pastor en casa de un tío nuestro. Había un borrego que siempre se escapaba y él le trabó las patas para que no fuera lejos. Pero el borrego moviéndose se destrabó y se lo encontraron ahogado en una balsa de allí cerca. Cuando llegó el momento de cobrar le descontaron a mi hermano los diecisiete duros que valía el borrego. Él se enfadó y no volvió más a cuidarle el rebaño. Pero al cabo de un tiempo algo raro se le destapó en la cabeza y fue a donde su antiguo dueño y con un revólver que no sé de dónde lo había sacado le disparó y luego lo remató con un palo. Se fue al monte y se escondió allí un tiempo, pero después un día se presentó en casa de mi madre y mi madre llamó al cura y los dos lo convencieron para que se entregara. Pasó tres años en la cárcel, pero durante la guerra civil se incorporó al Ejército Rojo y luego pasó a luchar en Alemania y luego a Rusia, que lo metieron también seis años en la cárcel por algo que haría o que no haría. Al final se fue a Francia, y allí está. Siempre hubiera querido marcharme con él, siempre, pero no ha sido posible aún. A lo mejor algún día viviré en Francia, no he perdido la esperanza.
De todo esto del asesinato me enteré malamente por mis hermanas, que entonces a los críos no nos contaban nada. Y a mí menos, que ya estaba de pastora en el monte, tan feliz con mis ovejas.

Alicia Giménez Bartlett, Donde nadie te encuentre, 

Un psiquiatra de La Sorbona especializado en mentes criminales viaja a la Barcelona de 1956. Quiere realizar un estudio sobre el caso de Teresa Pla Meseguer, llamada La Pastora, una mujer acusada de veintinueve muertes.
Se trata del maquis más buscado por la Guardia Civil, y se ha convertido en una leyenda popular porque sigue libre. Sólo un periodista barcelonés parece tener claves importantes en torno al personaje, pero lo que el viajero francés le propone es algo fuera de lo normal: no desea datos sobre Teresa sino un encuentro cara a cara.
El idealista Lucien Nourissier y el cínico Carlos Infante emprenderán ese viaje a las tierras del Maestrazgo, donde se esconde su casi imposible objetivo. A lo largo de su investigación deberán sortear la vigilancia de los guardias, distinguir las pistas verdaderas de las falsas y esquivar los mil obstáculos que les salen al paso. La novela se convierte entonces en una búsqueda, en una huida, en una aventura que nos descubre las miserias y la humanidad de una España terrible.

Almez (7) - HISTORIA DE UNA FAMILIA VIRTUOSA, DE UN CESTO DE MIMBRE Y DE UN CÁLCULO VESICAL

HISTORIA DE UNA FAMILIA VIRTUOSA, DE UN CESTO DE MIMBRE Y DE UN CÁLCULO VESICAL
Eran las cinco de la mañana y, desvelado, opté por levantarme y salir. Estábamos hacia fines de marzo. Las calles, frías y desiertas, tenían un tono azulado. Los sótanos de las panaderías dejaban escapar el calor de la última hornada y los panaderos semidesnudos y enharinados gesticulaban, iluminados por los resplandores de los hornos. Seguí por el bulevar Coucelles, costeando el parque Monceau, a esa hora lleno de cantos de pájaros y del misterio suscitado por el estanque que vigila la columnata en ruinas, mientras que los árboles erguían sus ramazones y sacudían su renovado follaje.
Pasó un hombre llevando un gancho, una linterna sorda y, a la espalda, un gran cesto de mimbre. Lo seguí y observé que se aproximaba a cada uno de los abundantes tachos de basura en los que hurgaba con su gancho.
Había ya revisado varios recipientes y, viendo que yo no me apartaba, se volvió y levantó su linterna sobre mi cara para observarme, al tiempo que me decía:
—¿Quiere usted hacerme competencia?
—¡Dios me guarde! —exclamé—. Soy un simple curioso y desearía acompañarlo a usted para conocer el contenido de su cesto, bajo su supervisión y en su casa.
—Aceptado —dijo—. Pero no me moleste; sígame sin decir nada.
***
Obedecí. Estuvimos andando hasta cerca de las nueve de la mañana. Hacia las seis pasamos por los Halles. Cerca de la fuente de los Inocentes vi a un hombre vestido de andrajos multicolores como un mosaico, arrodillado ante un montón de basuras, buscaba restos de alimentos podridos que luego comía ávidamente. No llevaba sombrero y sus ralos cabellos caían como los de un Cristo. Alrededor de las siete y media cruzamos el puente de Austerlitz, donde topamos con un carro cargado de pieles de carnero cuyo olor me espantó, a pesar de haber estado olfateando tantos montones de basuras desde el amanecer.
El cesto de mi compañero estaba lleno, y rápidamente llegamos a la plaza Italia y salimos de París, pues el trapero vivía en Kremlin-Bicétre.
***
Me hizo entrar en su casucha, que daba a un terreno baldío y exhalaba un olor nauseabundo. El trapero me presentó a su familia. Primeramente, a su mujer, que estaba encinta y cuyo vientre levantábale las faldas casi hasta las rodillas. El marido la disculpó:
—Es fecunda, señor, y bella también. Pero las ropas que lleva no la favorecen mucho. Desnuda, su vientre se redondea como una perla.
—¡Nicolás! —llamó, y luego aclaró—: Es mi hijo.
Un chico de trece años, bien formado, escasamente vestido y despechugado como un Atis, vino a hacer mojigangas en mi honor.
—Hermosa progenitura la suya, compañero —dije al padre—. Nicolás le honra a usted. Sus ropas abiertas dejan ver su delicada piel, que la mugre sombrea. Está hecho como el Príncipe Encantador y bien sana, virtuosamente.
Cerca de las pirámides de Malpighi
la torre de marfil se yergue.
El trapero llamó luego a su hija, una chica de quince años, esbelta, impúber, coronada de una enorme melena engrasada. Como la jovencita se llamaba Genoveva, la saludé líricamente:
—Sus cabellos destilan aceite como las olivas, pero su piel, al revés de la Truitonne del cuento de nadas, no es aceitosa. Sus dientes son bellos como dientes de ajo; sus ojos, negros como los frutos del almez; sus labios, cual dos gajos de toronja, quizá tienen su mismo sabor amargo. Su pañoleta palpitante aplasta sin razón los madroños de sus senos. ¡Compadre! Con una familia tan encantadora es usted más digno de envidia que un emperador.
El trapero sonrió y dijo gloriosamente:
—De ellos desciendo. Mi nombre es Pertinax Restif, para servir a usted.
—¡Cómo! —exclamé—. ¿Desciende usted de ese impresor demasiado virtuoso, tan virtuoso que ya parecía abyecto? Alguien lo tomó por un sirviente, el 21 de marzo de 1756. ¿Lo sabía usted? Llevaba un grueso bergopzom verde, con borlas y galones, un gran manguito de piel de oso y cinturón de pelo… Se paseaba con una mujer, una de las pocas a las que hubo tratado como hermana, cuando los llamó una dama para preguntarle: «¿Pertenecéis a la servidumbre?…». ¡Desciende usted de Restif de La Bretonne, y, como él, es usted virtuoso!
El trapero adoptó una actitud severa y dijo:
—¡Más virtuoso que él!
No lo creí en absoluto; sin embargo, agregué muy seriamente:
—Vuestra medianía no tiene más de lo que merece. Ustedes no son más que traperos.
Pertinax Restif hizo un gesto evasivo y sonrió con malicia. Hizo unos pasos de rigodón; luego, mirándome fijamente a los ojos, me dijo:
***
—Este modo de bailar ya ha pasado. Sea, pero me gusta esta danza. La virtud no está ya de moda, ¡sea!, pero yo la practico. Soy lionés, del barrio de la Croix-Rousse. Cuando terminé el servicio militar me hice comerciante en ropas. Vivía en la cuesta del Tirecul, a donde cada noche volvía fatigado después de haber pregonado mis mercancías, desde el amanecer, por todos los barrios. Tenía una hermana, una belleza que trabajaba de tripera y ganaba tres francos diarios. Éramos huérfanos, vivíamos juntos… ¿Y qué quiere usted? Ni el uno ni la otra éramos corre-calles. La comida, la familia, un buen lugar donde estar… nos sentíamos felices y la felicidad engendra toda virtud. La sangre virtuosa de nuestros mayores nos impelía a no descuidar esa felicidad, a ser virtuosos hasta el fin. Hicimos el amor. Como la ropa vieja y los sombreros sucios y desgarrados no dejaban mucho, me hice trapero. Iba a hurgar las inmundicias. A veces, algunos hallazgos compensaban largas jornadas de búsquedas en general infructuosas. No obstante nos vinimos aquí, a Kremlin-Bicétre. Continué mi oficio, cada mañana. En París, en lugar de las inmundicias escarbo las basuras: sólo ha cambiado el nombre. Vivo feliz y virtuosamente, educando a estos niños que me ha dado mi esposa, mi hermana.
***
Escuchaba con pena este relato. Un malestar indefinible me hacía latir las sienes y experimentaba una gran repugnancia por esta familia y por el olor de su casa. La Thamar de Pertinax Restif escuchaba erguida con la mirada hosca. Su rostro desfigurado por la máscara del embarazo se alargaba como el de una sierva mal alimentada. De su belfo colgante, signo atávico de bondad, se escurría un poco de saliva sin espuma, denotando un embrutecimiento honesto y una virtud de perra. Sus brazos se balanceaban. Alzó la mano derecha para rascarse la cabeza, quizá piojosa. Vi entonces que llevaba en el anular una sortija ordinaria, cuyo engarce encerraba un ópalo: piedra de desgracia, gema infame, inmunda mezcla de orines, esputos, esperma y ojos reventados.
Durante el relato de su padre, los niños habían echado a llorar y se tomaban de las manos, que besaban y mojaban con sus lágrimas. Ante tanta virtud, mi alma también se dulcificó, mi cerebro se llenó de las Ideas más mediocres. Las lágrimas subieron a mis ojos y todo se enturbió, se hizo opalino a mi alrededor. Pero por fortuna, el vientre de la Thamar al reprimir ésta un sollozo, hizo un movimiento y yo sonreí, bromeé y me incliné bondadosamente para besar la mano de esta mujer a quien la emoción le hacía sacudir la panza.
Como si temiese un parto prematuro, Pertinax Restif observaba con inquieta diligencia ese vientre agitado. Murmuró:
—Vientre sororal de mi esposa. ¡Oh, mi perla! ¡Mi perla fina!
Entonces esa mujer sentimental pronunció las únicas palabras que le escuché decir:
—Las perlas mueren.
Esta frase hizo acudir nuevas lágrimas a mis ojos. Pertinax Restif declamaba con voz de falsete los versos que él mismo había compuesto, inclusive el último:
La mort nous posera dans le girón divin.
En attendant, vivons parmi les équevilles.
Vertu, ce mot sacre n’est peut-étre pas vain,
Joignons done nos vertus, ma soeur, mon fus, ma filie…
Ou peut-on étre mieux qu’au sein de sa famille
Mis lágrimas secáronse instantáneamente. La desnudez del joven Nicolás se había apaciguado. Me complací en repetir:
Cerca de las pirámides de Maípighi
la torre de marfil se yergue,
pero inclinada, como la torre de Pisa.
Luego, volviéndome hacia el trapero, agregué:
—¡Ay, compadre, compadre! Mire adónde lo ha conducido su virtud y la de su antepasado Monsieur Nicolás: no es usted más que un trapero, y sin embargo desciende de un emperador.
Pertinax Restif pareció contrariado, pero enrojeció de orgullo al decir:
—Yo soy patriarca.
—Bien: ¡patriarca! ¡Padre de familia! Insistes en perpetuar tu virtud. Pero fíjate: al principio de la genealogía, un emperador; al final, un trapero contento de su suerte. Decente y virtuosamente tu hijo debiera ser pocero; pero para felicidad suya ese oficio ya casi no existe; ahora hay máquinas para vaciar los pozos.
El resto de orgullo que había en Pertinax Restif le impidió comprender.
—Sí —insistió—, desciendo de un emperador pero soy un patriarca
***
Y, gravemente, fue a sacar de un armario un viejo cofrecillo de madera de nogal encerado, del que extrajo una vitela arrollada en un cilindro de boj. Reconocí la genealogía establecida por el padre de Restif de la Bretonne y transcripta por este último en la introducción de El señor Nicolás o el corazón humano develado. El trapero desenrolló la vitela y leyó enfáticamente el encabezamiento:
»Pedro Pertinax, de otro modo Restif, desciende en línea directa del emperador Pertinax, sucesor de Cómodo, y al que sucedió Didio Juliano, elegido emperador porque fue bastante rico para satisfacer el precio que los soldados habían puesto al poder soberano.
»Ahora bien, el emperador Helvio Pertinax tuvo un hijo póstumo también llamado Helvio Pertinax, cuya muerte fue ordenada por Caracalla, sólo porque era hijo de un emperador. Pero un liberto que llevaba el nombre de su amo se ofreció generosamente a los asesinos, engañándolos…
El trapero se detuvo. El orgullo chispeaba en sus ojos. Su esposa incestuosa y los niños lo admiraban. El olor a podredumbre que flotaba en la casa se hizo heroico como la hediondez de un campo de batata. Extraje mi pañuelo, me soné ruidosamente y declaré de modo perentorio:
—Compañero…, compadre, usted prometió dejarme ver el contenido de su canasta.
Los rostros volvieron a ser honestos; los olores, nauseabundos. Pertinax Restif arrolló la vitela en el cilindro de boj y acomodó el cofre en el armario. Inmediatamente llevó el canasto de mimbre al terreno baldío, adonde lo seguí. El botín de la mañana quedó esparcido en el suelo y examiné cada pieza, que luego pasaba a Pertinax a medida que escogía.
Allí encontré sellos postales inutilizados, sobres de cartas, cajitas de fósforos, entradas de favor para diversos teatros, una cuchara de metal sin valor, trozos de tul de ilusión arrugado, pedazos de barredoras, cintas mustias, colillas de cigarros, flores artificiales ajadas, un cuello postizo destrozado, pellejos de papas, cáscaras de naranjas y de cebollas, horquillas para el pelo, escarbadientes, madejas de hilo mezcladas con pelos, un viejo corsé al que se había pegado un gajo de limón, un ojo de vidrio, una carta estrujada que dejé aparte y que transcribo:
»Señor y querido maestro:
»Le ruego excuse mi importunidad. Pero como usted es un poco la causa de mis disgustos, he pensado que tal vez usted podría ayudarme en la emergencia.
»Hubiera preferido hablarle personalmente y no por carta, pero sé que es muy difícil acercarse a los grandes hombres.
»Non licet ómnibus adire Corinthum.
»Y bien, señor. He sido alumno del colegio que los premonstratenses sostienen en Saint-Cloud. Era un buen alumno de segunda, pleno de eso que se llamaba espíritu de la casa. Desdichada o quizá felizmente, uno de los externos introdujo un libro de usted. Recuerdo que era su célebre novela cuyo título es un nombre latino afrancesado a lo Corneille: Brute! La acción de esa novela se desarrolla en el barrio de Saint-Germain.
»Ese libro, lo reconozco y usted no ha de ignorarlo, es a veces algo cochino. Fue mi perdición, señor. Se despertó en mí el irresistible deseo de conocer toda su obra. Por medio del externo adquirí: Les Roses qu’on arrose, Les Passions de la Congaye, Le Chien amoureux y ese libro grandioso, Kollioth. Todos ellos estaban en mi estante, en el colegio. Por ese tiempo yo escribía versos y prosa. Todos sus libros y mis escritos fueron saqueados. Sus obras figuran en el index, no lo dude usted. Mis escritos ridiculizaban las numerosas instituciones que los premonstratenses acostumbran honrar. Se llegó a la conclusión de que yo ya no era poseedor del espíritu de la casa. Los prejuicios de mis maestros prevalecieron sobre las cualidades del buen alumno que era yo. Se me echó a la calle; me expulsaron, señor, a pesar de los ruegos de mis padres, que, desde ese día, se alejaron de mí, obligándome a ganarme la vida y negándome con toda ayuda.
»Sí, querido maestro: me encuentro en una situación a la que un anglosajón se amoldaría, pero que puede mortificar a un francés de quince años.
»En esta situación recurro a usted, etc., etc.
Seguían distintas protestas de amistad, el nombre y la dirección.
***
Continué hurgando en las basuras. Además encontré: un peine desdentado, algunas cintas de condecoraciones cosidas a calzones; una pantalla de lámpara, desgarrada pero de buen gusto; una pipa, frascos de perfumes y de remedios, una esponja, un paquete de tarjetas transparentes no obscenas —el adquirente, engañado por un buhonero, las habría tirado por despecho—; una libreta con cuentas del mercado, hechas por alguna cocinera; un abanico roto; algunos guantes desparejos; un cepillo de dientes; borra de café, latas de conservas aplastadas, huesos, uno de esos huevos de madera para zurcir medias y, finalmente, un extraño anillo que compré al trapero. Este anillo era de oro y tenía una piedra blancuzca cuyo nombre ignoraba. Lo pagué. Luego, como la canasta estaba casi vacía, pues sólo quedaban en ellas algunos fragmentos de espejo y un barómetro roto del que salían todavía algunas gotas de mercurio, agradecí a Pertinax Restif y prometí volver a visitarlo. El hombre meneó la cabeza, diciendo:
—En tal caso, vuelva antes de seis meses; porque al término de ese tiempo espero haber reunido el dinero suficiente para establecerme en el sur de Francia. Iremos por etapas hasta Niza o Mónaco, pero de todos modos lo más cerca posible de Turbia.
—¿Por qué Turbia? —le pregunté.
Él respondió gravemente:
—Porque ese lugar es la cuna de nuestra raza, el ilustre lugar de nacimiento de mi antepasado, el emperador romano Pertinax.
Sonreí, le deseé buena suerte y dije adiós a este hombre virtuoso. Olvidando despedirme de su familia, me alejé sin volver la cabeza.
***
Una vez en casa, examiné los dos hallazgos que, arrojados a dos tachos de basuras en dos lugares distintos de París, se habían reunido en el cesto de Pertinax Restif. Guardé la, carta entre los diversos documentos hilarantes y conmovedores que poseo, y el anillo en el bolsillo del chaleco.
***
Algunos días después me encontraba en casa de unos ricos burgueses, cuando fue anunciada la llegada del senador X… y su hijo. Ese senador era pariente de la dueña de casa, y su apellido era el mismo que firmaba la carta del escolar que he transcripto. Grueso, feo, de porte arrogante, el senador X… entró con gran dignidad, empujando delante de sí a su hijo, joven desmañado que vestía el uniforme del liceo y tenía el rostro cubierto de bar ritos. Deduje que la severidad paterna se había dulcificado y que algún instituto habría admitido al jovencito expulsado por los monjes.
Al cabo de unos momentos fue anunciado el autor de Brute! y de Kollioth. Vi cómo el estudiante enrojecía. El gran escritor entró con desenvoltura y durante las presentaciones estuvo encantador; nada en su fisonomía denunciaba que pudiera tener el menor conocimiento del caso del estudiante. Me pareció que éste, por otra parte, estaba persuadido, y encantado, de que el gran hombre no hubiera recibido su carta. Rodeado y festejado por todos, el escritor narraba toda clase de historias. Contó los acontecimientos de la semana y fue una mezcla extraordinaria de juegos de palabras, recetas de cocina, consejos para la belleza, aventuras personales y anécdotas de toda suerte, con frecuencia audaces y picantes. Ésta fue la última:
—Una actriz de un pequeño teatro tiene relaciones con un viejo que, supongo, es un político. Ella lo engaña con uno de mis amigos, por medio del cual conozco la historia. El viejo, enamorado y celoso hasta la locura, se cree correspondido, como es justo. Hace un tiempo debió soportar una dolorosa operación. Parece ser que la actriz no preguntó en ningún momento por la salud del enfermo y hasta hizo un viaje a Niza en la época de la operación. El viejo se sintió afectado por esta indiferencia y, cuando volvió a ver a la dama en cuestión, le hizo algunos reproches. La actriz se disculpó diciendo que ella nunca había supuesto la gravedad del caso, agregando que ella misma había sufrido diversas operaciones de los ovarios, de quistes y de apendicitis; que ya estaba curtida por cosas así y que nunca temía por la vida de nadie cuando se enteraba que estaba en manos de un cirujano. El viejo interpretó que la indiferencia de ella no radicaba en su desamor sino en una confianza ilimitada en la ciencia. La actriz le dio, no obstante, irrefutables pruebas de amor, y, como él se creía buen mozo, no dudó que era amado, ya que era amable. Este hombre, versado en diversas y muy importantes ciencias sociales y a quien se puede considerar un hombre serio, imaginó un medio extraño y muy desagradable para conmemorar su curación: invitó a la actriz a una cena a solas en un gran restaurante. Bajo la servilleta, la actriz encontró un seductor estuche; lo abrió: no contenía más que un simplísimo anillo, con una piedra cuyo nombre ignoraba. Agradeció al viejo amante, quien le dio esta explicación: «Este anillo, mi querida niña, debe serte muy precioso. Será, para siempre, recuerdo de nuestro amor. En la parte interior está grabada la fecha en que nos conocimos, y la piedra engarzada es un cálculo de mi vejiga…».
A esta altura de la narración del gran hombre escuché un extraño jadeo cerca de mí. Comprendí que era el senador X… Pero nadie se dio cuenta, pues todos estaban pendientes de la historia. Yo mismo estaba entretenido acariciando en el bolsillo del chaleco el anillo encontrado en el cesto del virtuoso Pertinax Restif. El célebre escritor continuó:
—La actriz cerró el estuche. El incidente le había cortado el apetito y el anillo le repugnaba.
Una damita exclamó:
—¡Sin embargo, a ella le debían de haber ocurrido muchas cosas!
—Es cierto —repuso el narrador—, pero la naturaleza humana está hecha así. La actriz estaba inmunizada contra las cosas más repugnantes. Sin embargo no pudo soportar el anillo en cuestión y esa misma noche lo tiró a la basura…
Un débil grito y la caída de un cuerpo, interrumpieron al orador y nos sobresaltó. El senador X… acababa de desplomarse junto a su silla. Todos acudieron a auxiliarlo. Estaba lívido, hinchado e irremediablemente muerto, como un elefante, roto el corazón.
Mentalmente rendí homenaje a esta víctima del amor. Al día siguiente, resultándome imposible conservar en mi poder ese anillo que se había transformado en reliquia, fui a una iglesia y lo dejé sobre el altar.

Guillaume Apollinaire, El Heresiarca y Cía.,

Cuando Guillaume Apollinaire (1880-1918) comienza a publicar sus primeros cuentos en revistas apenas contaba con veinte años de edad, pero hasta diez años después no verán la luz reunidos en un libro: El Heresiarca y Cía. Las tramas de estos relatos nos remiten en parte a la infancia italiana de Apollinaire, a su adolescencia en Mónaco y Niza, y a las tradiciones centroeuropeas recogidas en un viaje por Alemania. Sus temas se nutren también de las abundantes y desordenadas lecturas adolescentes de Apollinaire y su predilección por la fábula: epopeyas italianas, novelas de la Tabla Redonda, la Biblia, la mitología griega, etc. De estas fuentes provienen muchos de los personajes inmortales y fabulosos a los que da vida en El Heresiarca: Simón el mago, el judío errante o Salomé, cuyas vidas y milagros recrea o reinventa Apollinaire con erudición e imaginación, a la manera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob.
Como curiosidad, reproducimos a continuación algunas líneas que redactó el propio Apollinaire como presentación de la obra a la prensa: «El Heresiarca y Cía. es, en efecto, una obra curiosa y muy interesante. Entre tantas invenciones fantásticas, trágicas y a veces sublimes, el autor se embriaga de una deliciosa erudición con la que también embriaga a sus lectores».

Blogs y Webs

  • Sofia - Sin tilde, sí, la capital de Bulgaria. A ella dedicó este libro Juan Eduardo Zúñiga, uno de los escritores españoles más secretos del siglo XX y, sin em...
    Hace 1 semana
  • Callos - Hai algúns anos, un día asistín a unha conferencia sobre Manuel Murguía nunha universidade de verán. O conferenciante empezou cunha frase que case me fi...
    Hace 8 años