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Fue aquel mismo día cuando comencé a escribir el diario de estas aventuras.

Transcurrió así todo el día, sin que el capitán Nemo me honrara con su visita. No se descubrieron los cristales de observación, como si se quisiera evitar que nuestros sentidos se mellaran en la costumbre de tan bello espectáculo.
La dirección del Nautilus se mantuvo al Este-Nordeste; su velocidad, en doce millas, y su profundidad, entre cincuenta y sesenta metros.
Al día siguiente, 10 de noviembre, se nos mantuvo en el mismo abandono, en la misma soledad. No vi a nadie de la tripulación. Ned y Conseil pasaron la mayor parte del día conmigo, desconcertados ante la inexplicable ausencia del capitán. ¿Se hallaría enfermo aquel hombre singular? ¿O tal vez se proponía modificar sus proyectos respecto a nosotros?
Después de todo, como observó Conseil, gozábamos de una entera libertad y se nos tenía abundante y delicadamente alimentados. Nuestro huésped se había atenido hasta entonces a los términos de lo estipulado, y no podíamos quejarnos. Además, la singularidad de nuestro destino nos reservaba tan hermosas compensaciones que no teníamos derecho a reprocharle nada.
Fue aquel mismo día cuando comencé a escribir el diario de estas aventuras. Esto es lo que me ha permitido narrarlas con una escrupulosa exactitud. Como detalle curioso, diré que escribí este diario en un papel fabricado con zostera marina.
En la madrugada del 11 de noviembre, la expansión del aire fresco por el interior del Nautilus me reveló que habíamos emergido a la superficie del océano para renovar la provisión de oxígeno. Me dirigí a la escalerilla central y subí a la plataforma.
Eran las seis de la mañana. El cielo estaba cubierto y el mar gris, pero en calma, apenas mecido por el oleaje. Tenía la esperanza de encontrarme allí con el capitán Nemo, pero ¿vendría? Vi únicamente al timonel, encerrado en su jaula de vidrio.
Sentado en el saliente que formaba el casco del bote, aspiré con delicia las emanaciones salinas. Poco a poco, la bruma iba disipándose bajo la acción de los rayos solares. El astro radiante se elevaba en el horizonte. El mar se inflamó bajo su mirada como un reguero de pólvora. Esparcidas por el cielo, las nubes se colorearon de tonos vivos y llenos de matices, y numerosas «lenguas de gato» anunciaron viento para todo el día.

Jules Verne
Veinte mil leguas de viaje submarino
Viajes extraordinarios 

Obra narrada en primera persona por el profesor francés Pierre Aronnax, notable biólogo que es hecho prisionero por el Capitán Nemo y es conducido por los océanos a bordo del submarino Nautilus, en compañía de su criado Conseil y el arponero canadiense Ned Land. La historia comienza con una expedición a bordo de un buque de la marina de guerra estadounidense que busca dar caza a un extraño cetáceo que había ocasionado la desaparición misteriosa de diversas embarcaciones. Durante la expedición, los protagonistas se ven lanzados por la borda del buque como resultado de una embestida del animal, son rescatados y logran llegar a nado a un lugar seguro. Una vez a salvo, descubren que no se encuentran realmente en una isla, sino sobre una estructura metálica: un submarino. En el interior del misterioso artefacto conocen al Capitán Nemo, personaje desgraciado y brillante, con un oscuro pasado y de grandes aptitudes científicas y artísticas. Éste les muestra toda la nave, el Nautilus, y les da notables explicaciones sobre su ingeniería. El capitán les informa de que, al haber conocido su existencia, no puede dejarlos volver a la superficie. A lo largo del viaje, les son revelados muchos secretos, y recorren diversos lugares, entre los que se menciona la mítica Atlántida, las islas de la Polinesia, el Mar Rojo, las costas del Lejano Oriente, el Mediterráneo, etc. A través de su personaje Aronnax, Jules Verne señala varios posibles inventos: escafandras autónomas de buceo, fusiles de balas eléctricas, máquinas para producir aire respirable, etc.

¡Qué noche tan trágica! ¡Qué pluma podría describir sus horrores!

CAPÍTULO XIV
Durante la noche del 29 de octubre.
AUNQUE nos encontramos en una situación sumamente desesperada, todos han experimentado el horror de la tragedia que acaba de desarrollarse.
Ruby no existe ya; pero sus últimas palabras van a tener consecuencias muy funestas. Los marineros, que le han oído gritar, «¡El picrato, el picrato!», han comprendido que el buque puede saltar hecho pedazos de un momento a otro, y que no es sólo un incendio, sino una explosión lo que les amenaza.
Algunos, no pudiendo ya contenerse, quieren huir a todo trance y en seguida, y gritan:
—¡La canoa, la canoa!
Sin duda no ven o no quieren ver los insensatos que el mar está alborotado y que no hay lancha que pueda arrostrar el empuje de las olas embravecidas que se elevan a una altura prodigiosa. Nada puede contenerlos y ya no oyen la voz del capitán, quien se arroja en medio de ellos inútilmente. El marinero Owen excita a sus compañeros; se largan las trapas de la lancha y la embarcación es empujada al exterior.
Balancéase un instante en el espacio y, obedeciendo al movimiento del buque, va a chocar contra la vagara. Los marineros hacen otro esfuerzo y consiguen desprenderla, y, cuando ya está a punto de llegar al mar, una ola monstruosa la toma por debajo, la aparta momentáneamente y con fuerza irresistible la estrella contra el costado del buque.
Habiendo sido destruidas la chalupa y la canoa, sólo nos quedó ya una frágil y estrecha ballenera.
Los marineros, presa de estupor, permanecen inmóviles. No se oye más que los silbidos del viento entre las cuerdas y los ronquidos del incendio. El horno se abre profundamente en el centro del buque y por las escotillas brotan torrentes de vapor fuliginoso que ascienden al cielo. Desde el castillo de proa a la toldilla ya no se ve, y el Chancellor queda dividido en dos partes por una barrera de llamas.
Los pasajeros y dos o tres hombres de la tripulación van a refugiarse detrás de la toldilla. La señora Kear permanece tendida sin conocimiento sobre una de las jaulas de las gallinas, y la señorita Herbey se encuentra a su lado auxiliándola. El señor Letourneur se ha apoderado de su hijo y lo estrecha sobre su corazón; y yo soy víctima de una agitación nerviosa que me es imposible dominar.
Mientras tanto, el ingeniero Falsten consulta con tranquilidad su reloj y anota la hora en su libro de memorias.
¿Qué sucede a proa, donde se han quedado el teniente, el contramaestre y el resto de la tripulación a quienes no podemos ver?
Se ha interrumpido la comunicación entre las dos mitades del buque y nadie podría atravesar la cortina de fuego que sale por la escotilla mayor.
—¿Está todo perdido? —pregunto a Roberto Kurtis, acercándome.
—Todavía no —me responde—. Puesto que está abierta la escotilla, vamos a arrojar por ella un torrente de agua a este horno y quizá consigamos apagarlo.
—Pero ¿cómo es posible manejar las bombas en ese puente que abrasa los pies, señor Kurtis? ¿Cómo va usted a dar órdenes a los marineros a través de las llamas?
Como Roberto Kurtis no me respondiese inmediatamente, insistí:
—¿Está todo perdido?
—No, señor, no —me dice Roberto Kurtis—; y mientras haya una sola tabla bajo mis pies no perderé la esperanza.
Mientras tanto, redobla la violencia del incendio, que esparce sobre las aguas del mar una claridad rojiza; por encima de nuestras cabezas, las nubes, bastante bajas, se cubren de reflejos leonados; de las escotillas salen continuamente grandes chorros de llamas y nosotros nos refugiamos sobre el coronamiento de popa, detrás de la toldilla. La señora Kear ha sido depositada en la ballenera, que permanece suspendida de sus pescantes de popa, y la señorita Herbey se encuentra a su lado.
¡Qué noche tan trágica! ¡Qué pluma podría describir sus horrores!
El huracán, en toda su violencia a la sazón, sopla sobre aquel brasero como un inmenso ventilador, y el Chancellor corre en las tinieblas como un brulote gigantesco. No hay más alternativa que la de arrojarse al mar o perecer abrasado entre las llamas.
Pero ¿cómo es que no se inflama, el picrato? ¿No se abrirá el volcán bajo nuestros pies? ¿Habrá mentido Ruby? ¿No habrá semejante sustancia explosiva encerrada en la bodega?
A las once y media, en el momento en que el mar está más imponente que nunca, óyese un estrépito particular, el más temido por los marineros, que viene a aumentar el de los elementos desencadenados.
—¡Rompientes, rompientes a estribor! —Grita una voz a proa.
Roberto Kurtis salta sobre el parapeto, dirige una rápida mirada a las blancas olas, y, volviéndose hacia el timonel, grita imperativamente:
—¡La barra a estribor, toda!
Pero ya es tarde. En aquel momento, una ola monstruosa nos levanta sobre sus espaldas y de repente se produce el choque. El buque toca en un obstáculo por la proa, talonea, y el mástil de mesana, roto a raíz del puente, cae al mar.

CAPÍTULO XV
Continuación de la noche del 29 de octubre.
NO son todavía las doce, y como la luna no brilla en el espacio, la oscuridad es profunda. ¿En qué sitio acaba el buque de encallar? Nos es imposible saberlo. Violentamente rechazado por la tormenta, ¿habrá llegado el buque a la costa americana y estaremos a la vista de tierra?
El Chancellor, después de haber taloneado varias veces, había quedado absolutamente inmóvil. Pocos instantes después, se oyó hacia proa un ruido de cadenas, lo que revela a Roberto Kurtis que se han echado las anclas.
—Bien, bien —dice—; el teniente y el contramaestre han echado las dos anclas, y es de esperar que resistirán.
Entonces veo a Roberto Kurtis avanzar por los parapetos hasta el límite adonde permiten llegar las llamas; se desliza por la mesa de guarnición de estribor, por el lado donde el buque da la banda, y permanece allí durante algunos minutos, a pesar de las grandes oleadas que amenazan arrebatarlo. Presta oído como si percibiera un ruido particular en medio del rumor de la tormenta.
Al fin vuelve a la toldilla, diciendo:
—El agua entra en el buque, y esa agua, si el Cielo nos ayuda, puede apagar el incendio.
—Pero ¿y después? —le pregunto.
—Señor Kazallon —responde Roberto Kurtis—, después nuestro porvenir está en las manos de Dios. Ahora sólo debemos pensar en lo presente. Lo primero que debería hacerse es acudir a las bombas, pero en este momento es imposible llegar a ellas entre las llamas. Probablemente, por alguna abertura de la tablazón, hundida en el fondo del buque, entra gran cantidad de agua, porque creo que ya disminuye la violencia del fuego y se oyen silbidos atronadores, que revelan que los dos elementos luchan entre sí. La base del foco del incendio ha sido seguramente atacada por el agua, y la primera fila de las balas de algodón se encuentra ya anegada. Pues bien, cuando el agua haya extinguido el fuego, nosotros la combatiremos a su vez. Quizá sea menos temible que el fuego, porque es el elemento del marino, y éste está ya acostumbrado a vencerla.
Con ansiedad indescriptible esperamos que transcurran las tres horas que faltan aún para que concluya esta trágica noche. ¿En dónde estamos? Las olas se retiran poco a poco, y su furor se apacigua. El Chancellor debe de haber encallado una hora después de la pleamar, pero es difícil saberlo con exactitud, sin hacer cálculos ni observaciones. Si es así, podemos tener alguna esperanza, si, por fin, se apaga el fuego, de ponernos a flote muy en breve, cuando vuelva la próxima marea.
Conseguimos distinguir más allá un grupo negro.
Hacia las cuatro y media de la madrugada, empieza a disiparse poco a poco la cortina de llamas tendida entre la proa y la popa del buque, y conseguimos distinguir más allá un grupo negro. Es la tripulación refugiada en el estrecho castillo de proa. Al poco rato se restablece la comunicación entre los extremos del Chancellor, y el teniente y el contramaestre vienen a la toldilla, marchando por las vagaras, porque no es posible poner el pie en el puente.
El capitán Kurtis, el teniente y el contramaestre conferencian en mi presencia, conviniendo en que no puede hacerse nada hasta que amanezca. Si la tierra está cerca y el mar practicable, nos dirigiremos a la costa, con la ballenera o con una balsa que se construya. Si no hay tierra a la vista, y el Chancellor ha encallado en un arrecife aislado, se tratará de ponerlo nuevamente a flote, y repararlo en lo posible, con objeto de que pueda llegar al puerto más próximo.
—Pero —dice Roberto Kurtis, y así opinan también el teniente y el contramaestre— es difícil adivinar dónde nos encontramos, porque con estos vientos del Noroeste, el Chancellor ha debido ser arrojado muy lejos, hacia el Sur. Ya hace mucho tiempo que no he podido tomar la altura; pero como no sé que exista ningún escollo en esta parte del Atlántico, creo que habremos encallado en tierras de la América del Sur. —Pero —pregunto yo— continuamos bajo la amenaza de una explosión. ¿No podremos abandonar el Chancellor y refugiarnos en alguna parte?
—¿En este arrecife? —Replica Roberto Kurtis—. Pero ¿qué forma tiene y de qué se compone? ¿No lo cubre totalmente el agua durante la pleamar? ¿Podemos reconocerlo en medio de esta oscuridad? Dejemos que amanezca y veremos lo que se puede hacer.
Me apresuro a comunicar estas palabras de Roberto Kurtis a los demás pasajeros, y, aunque no son muy tranquilizadoras, nadie se detiene a pensar en el nuevo peligro que entraña la situación del buque, si desgraciadamente hubiera sido arrojado sobre algún arrecife desconocido a muchos centenares de millas de tierra. Una sola consideración domina a las demás, y es la de que en estos momentos el agua combate por nosotros y lucha ventajosamente contra el incendio y, por consiguiente, contra las probabilidades de explosión.
Efectivamente, a las rojas llamas ha sucedido poco a poco una humareda densa y negra que se escapa por la escotilla en húmedos torbellinos. Todavía se proyectan algunas lenguas ardientes entre las sombrías volutas, pero se extinguen casi inmediatamente. A los ronquidos del fuego suceden los silbidos del agua que se evapora en el foco interior, a causa, sin duda, de que el mar hace allí lo que no habrían podido hacer nuestros cubos ni nuestras bombas, porque era necesario toda una inundación para extinguir aquel incendio propagado en medio de mil setecientas balas de algodón.

Jules Verne
El Chancellor
Viajes extraordinarios - 13


Cuando los pasajeros del Chancellor descubren que su barco está ardiendo, aún no son capaces de imaginar los horrores que les aguardan. Verne, gran admirador de Poe, pretendió escribir un relato de tal crueldad, que recordara La narración de Arthur Gordon Pym. «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso —escribió a su editor—. Creo que la balsa de La Medusa no ha producido nada tan terrible».
Con el estilo cortado propio de un diario, uno de los náufragos va contando las torturas que padecen en una balsa perdida en el océano. Pero, como es habitual en Verne, siempre hay personajes cuya abnegación, inocencia y heroísmo alcanzan límites insospechados.




En que se prepara la salida y al fin del cual se parte de veras

En que se prepara la salida y al fin del cual se parte de veras
No tenía vuelta de hoja. Antes del largo viaje entre dos a través de la vida, que se llama matrimonio, Godfrey iba a dar la vuelta al Mundo, lo cual es algunas veces más peligroso. Pero contaba con volver más aguerrido y, como era joven, volver hecho un hombre. Tendría ocasión de ver, observar, comparar. Su curiosidad estaría satisfecha. Ya no le quedaría sino vivir tranquilo y sedentario, feliz en el hogar conyugal, que ya ninguna tentación le incitaría a abandonar. ¿Estaba errado o tenía razón? ¿Corría hacia alguna lección de la cual podría obtener provecho? Dejemos al porvenir el cuidado de responder.
En una palabra, Godfrey estaba encantado. Phina, disimulando perfectamente su ansiedad, se resignaba a este aprendizaje.
El profesor Tartelett, él, habitualmente tan firme sobre sus piernas expertas en todos los equilibrios del baile, había perdido su aplomo ordinario y trataba en vano de recuperarlo. Vacilaba incluso sobre el mismo suelo de su cuarto, como si se hallara ya sobre el piso de un camarote azotado por los bandazos de las olas.
En cuanto a William W. Kolderup, una vez tomada la decisión, se había hecho poco comunicativo, sobre todo con su sobrino. Sus labios apretados, sus ojos semiocultos bajo los párpados, indicaban que una idea fija se había implantado en esa cabeza en que hervían habitualmente altas especulaciones del comercio.
«¡Ah!, ¿tú quieres viajar? —murmuraba a veces— ¿viajar en lugar de casarte, en lugar de quedarte en tu casa, de ser feliz aunque a lo tonto? Pues bien, viajarás».
Los preparativos comenzaron en seguida.
En un principio la cuestión del itinerario debió ser planteada, discutida y finalmente resuelta.
¿Iría Godfrey por el sur, el este o el oeste? Esto debía decidirse en primer lugar.
Si optaba por las rutas del sur, la compañía Panama to Colombia and British Colombia, y después la compañía Packet Southampton-Rio Janeiro se encargarían de conducirle a Europa.
Si prefería el este, el gran ferrocarril del Pacífico podía llevarle en algunos días a New York, y de allí las líneas Cunard, Inman, White-Star, Hamburg-America o Trasatlántica francesa podrían depositarle en el litoral del viejo Mundo.
Si quería dirigirse hacia el oeste por la Steam Transoceanic Golden Age, le sería fácil alcanzar Melbourne y luego el istmo de Suez con los barcos de la Peninsular Oriental Steam C°.
Los medios de transporte no faltaban, y gracias a su coordinación matemática la vuelta al Mundo ya no era sino un simple paseo de turista.
Pero no fue de este modo como iba a viajar el sobrino heredero del nabab de Frisco.
¡No! William W. Kolderup poseía, para las necesidades de su comercio, toda una flota de navíos a vela y a vapor. Había decidido, pues, que uno de sus buques fuese «puesto a la disposición del joven Godfrey Morgan», como si se hubiese tratado de un príncipe de sangre real en viaje de placer a expensas de los súbditos de su padre…
Por orden suya, el Dream, sólido vapor de seiscientas toneladas y doscientos caballos de vapor, se puso inmediatamente en disposición de partir. Debía ser mandado por el capitán Turcotte, un lobo de mar que había ya corrido todos los océanos bajo todas las latitudes. Bueno y osado marino, estaba acostumbrado a los tornados, tifones, ciclones… Contaba ya cuarenta años de navegación en cincuenta años de edad. Ponerse la capa y dar la cara al huracán no era sino un juego para este marinero que no había sido nunca afectado sino por el «mal de tierra», es decir, cuando se hallaba en puerto. Por ello, de esta existencia incesantemente sacudida sobre el puente, había conservado siempre el hábito de balancearse a derecha, a izquierda, hacia delante y hacia atrás: tenía el tic del balanceo.
Un segundo oficial, un maquinista, cuatro fogoneros, doce marineros; en total, dieciocho hombres debían formar la tripulación del Dream, que, si bien es verdad que se contentaba con hacer tranquilamente sus ocho millas por hora, no por ello dejaba de poseer excelentes cualidades náuticas. Que no tuviese bastante velocidad para remontar el lomo de la ola cuando la mar era gruesa… ¡sea!, pero tampoco la ola le pasaba por encima, ventaja que compensa bien la mediocridad de la marcha, sobre todo cuando tampoco se va con muchas prisa. Por otra parte, el Dream estaba arbolado en goleta y, con viento favorable, con sus quinientas varas cuadradas de tela, siempre podía salir en ayuda del vapor.
No es preciso creer, sin embargo, que el viaje del Dream debiese ser sólo un viaje de recreo. William W. Kolderup era hombre demasiado práctico para no tratar de aprovechar un recorrido de mil quinientas o mil seiscientas millas a través de todos los mares del globo. Su navío debía partir sin carga, desde luego, pero era fácil conservarlo en buenas condiciones de estabilidad llenando de agua sus water-ballast[7], que podrían inmergirle hasta ras del puente en caso de que fuese necesario. De esta manera el Dream contaba con cargar en ruta y visitar las diversas factorías del rico negociante. De este modo iría de un mercado a otro. No temáis, el capitán Turcotte no tendría dificultad alguna en cuanto a sus gastos de viaje. ¡La fantasía, el capricho de Godfrey no costaría un dólar a la caja del tío! Así se opera en las buenas casas de comercio.
Todo esto fue decidido en largas entrevistas, muy secretas, que William W. Kolderup y el capitán Turcotte tuvieron juntos. Pero parece ser que el arreglo de este asunto, tan sencillo, sin embargo, no marchaba solo, pues el capitán tuvo que hacer numerosas visitas al gabinete del negociante.
Cuando salía de allí, los más perspicaces de los habitantes del hotel habrían observado que tenía una cara singular, que sus cabellos estaban erizados como en ventolada, como si se los hubiese alborotado una mano febril; que toda su persona, en fin, vacilaba y se balanceaba más violentamente que de ordinario. También se habían podido oír voces elevadas que probaban que las sesiones no habían transcurrido sin tormenta. Era que el capitán Turcotte, con su franco hablar, sabía enfrentarse con William W. Kolderup, quien le estimaba lo bastante para permitirle que le contradijese.
Parece, en fin, que todo se arregló. ¿Quién había cedido? ¿William W. Kolderup o Turcotte? No me atrevería aún a pronunciarme, no conociendo el objeto de sus discusiones. No obstante, apostaría más bien por el capitán.
Fuese como fuese, tras ocho días de conversaciones, el comerciante y el marino parecieron estar de acuerdo; pero Turcotte no cesaba de refunfuñar entre dientes:
«¡Que los quinientos mil diablos del suroeste me envíen al fondo del Averno si jamás hubiera esperado que tú, Turcotte, tuvieses que hacer tal cosa!».
Sin embargo, la puesta en marcha del Dream avanzaba rápidamente y su capitán nada omitía para que estuviese en estado de hacerse a la mar a partir de la primera quincena del mes de junio. Se le había puesto en forma, y su carena, cuidadosamente repintada con minio, resaltaba en rojo vivo sobre el negro de la obra muerta.
Al puerto de San Francisco llegan gran número de buques de toda especie y todas las nacionalidades. Así, desde hacía no pocos años los muelles de la ciudad, construidos regularmente en el litoral, no hubiesen podido bastar al embarque y desembarque de las mercancías si los ingenieros no hubiesen conseguido establecer varios muelles secundarios. Estacas de abeto rojo fueron hundidas en las aguas, y algunas millas cuadradas de tablones les recubrieron de anchas plataformas. Se había mermado un poco la bahía, pero ésta era suficientemente capaz. Se obtuvieron así verdaderas calas de descarga cubiertas de grúas y de aparejos cerca de los cuales los vapores de ambos océanos, vapores fluviales de los ríos californianos, clippers de todos los países, cabotajes de las costas americanas, etc., pudieron alinearse en perfecto orden sin tropezarse unos con otros.
En uno de estos muelles artificiales, al extremo de la Warf-Mission-Street, se hallaba sólidamente amarrado el Dream tras haber hecho su revisión en la esclusa del carenado.
Nada fue omitido para que el vapor escogido para el viaje de Godfrey pudiese navegar en las mejores condiciones. Aprovisionamiento, acomodación, todo, todo, fue minuciosamente estudiado. El aparejo estaba en perfecto estado; la caldera, comprobada; la máquina de hélice, excelente. Hasta se embarcó, para las necesidades de abordo y la facilidad de las comunicaciones con tierra, una chalupa de vapor, rápida e insumergible, que debía rendir grandes servicios en el curso de la navegación.
En fin, todo estaba listo en la fecha del 10 de junio. No faltaba sino salir a la mar. Los hombres embarcados por el capitán Turcotte para la maniobra de las velas o el manejo de la máquina formaban una tripulación elegida, y difícilmente hubiese sido posible encontrar otra mejor allí.
Un verdadero stock, de animales vivos: agutíes, corderos, cabras, gallos y gallinas, estaban colocados en el entrepuente; estando, por otra parte, cubiertas y aseguradas las necesidades de la vida material por cierto número de cajas de conservas de las mejores marcas.
En cuanto al itinerario que debía seguir el Dream, éste fue sin duda el objeto de las largas conferencias que juntos tuvieron William W. Kolderup y su capitán. Todo cuanto se supo fue que el primer punto de escala señalado debía ser Auckland, capital de Nueva Zelanda, salvo en el caso de que la necesidad de carbón, ocasionada por la persistencia de vientos contrarios, obligara a reaprovisionarse, ya en alguno de los archipiélagos del Pacífico, ya en alguno de los puertos de China.
Todos estos detalles, por supuesto, importaban poco a Godfrey, dado que por fin iba a hacerse a la mar, y en absoluto a Tartelett, cuya turbación de espíritu aumentaba de día en día por las eventualidades de la navegación.
No faltaba sino una cosa que cumplir: la formalidad de las fotografías.
Un novio no puede partir decentemente por un largo viaje alrededor del Mundo sin llevarse la imagen de aquella que adora y, recíprocamente, sin dejarle la suya.
Godfrey, en traje de turista, se entregó pues en manos de Stephenson and Co., fotógrafos de Montgomery-Street, y Phina, en su toilette de paseo, confió igualmente al Sol el cuidado de fijar sus rasgos encantadores, pero un poco entristecidos, sobre la placa de los hábiles operadores. Así sería una manera de viajar juntos. El retrato de Phina tenía su sitio perfectamente indicado en la cabina de Godfrey, y el de Godfrey en la habitación de la joven.
Por lo que respecta a Tartelett, que no estaba prometido ni pensaba estarlo en modo alguno, juzgó también conveniente confiar su imagen al papel sensible. Pero, pese a la habilidad de los fotógrafos, no fue posible obtener una prueba satisfactoria. El clisé, oscilante, jamás fue sino una neblina confusa en la cual hubiese sido imposible reconocer al célebre profesor de danza y comportamiento.
Era que el «paciente», por lo que fuese, no podía por menos de moverse pese a la recomendación en uso en los talleres consagrados a las operaciones de este género. Se ensayaron otros medios más rápidos de pruebas instantáneas. Imposible. Tartelett se balanceaba, ya por anticipado, en la misma forma que el capitán del Dream. Fue preciso renunciar a conservar los rasgos de este notable ser. Desgracia irreparable para la posteridad si —apartémonos de este pensamiento—, creyendo no salir sino para el viejo Mundo, Tartelett partía para el otro Mundo, del que no se vuelve…
El 9 de junio estaba todo listo. El Dream no tenía sino que aparejar. Sus papeles, conocimientos, contrato de fletamento, póliza de seguro, estaban en regla, y dos días antes el corredor de la casa Kolderup había enviado las últimas firmas.
Ese día un gran almuerzo de despedida fue dado en el Hotel de Montgomery-Street. Se bebió por el feliz viaje de Godfrey y su pronto regreso.
Godfrey no dejaba de estar bastante conmovido y no trató de ocultarlo. Phina se mostró más firme que él. En cuanto a Tartelett, ahogó sus aprensiones en algunos vasos de champaña cuya influencia se prolongó hasta el momento de la partida. Estuvo a punto incluso de olvidar su violín, que le fue llevado en el momento en que el Dream soltaba las amarras.
Los últimos adioses fueron hechos a bordo, los últimos apretones de manos se intercambiaron en la toldilla; luego la máquina dio algunas vueltas de hélice que hicieron que el buque se apartase del muelle.
—¡Adiós, Phina!
—¡Adiós, Godfrey!
—¡Que el cielo os guíe! —dijo el tío.
—¡Y, sobre todo, que él nos devuelva! —murmuró el profesor Tartelett.
—¡Y no olvides jamás, Godfrey —añadió William W. Kolderup—, la divisa que el Dream lleva en su cuadro de atrás: Confide, recte agens!
—¡Nunca, tío William! ¡Adiós, Phina!
—¡Adiós, Godfrey!
El buque se alejó; los pañuelos se agitaron en tanto que estaba a la vista del muelle y hasta un poco más allá.
Pronto la bahía de San Francisco, la más vasta del Mundo, había sido atravesada. El Dream franqueaba la estrecha garganta del Golden Gate y después cortaba con su roda las aguas del Pacífico: era como si esta «puerta de oro» acabase de cerrarse tras él.

Jules Verne
Escuela de robinsones
Viajes extraordinarios


El joven Godfrey, sobrino de un rico comerciante estadounidense, decide viajar en busca de emociones. Cuál es su sorpresa al verse náufrago en una isla aparentemente virgen donde vivirá multitud de aventuras junto a su profesor de baile y amigo Tartelett. Pasados más de 6 meses en la isla, su existencia se hace insoportable: la isla, inicialmente sin depredadores, se llena de ellos; el fuego de las tormentas destruye su pequeña cabaña en el tronco de un árbol; la comida escasea...
En esta novela Verne rinde tributo a Daniel Defoe, ya que se trata de una parodia de Robinsón Crusoe. Quizas, de todas sus obras, sea la más decidida a adentrarse en el género cómico, ya que los tres personajes centrales (Godfrey, Tartelett y Cerefinotú) añaden una buena dosis de humor a la trama.


fieles observadores de los preceptos de la Biblia

Aquí debemos advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla así preparada justificaba su nombre de barro de pipa, se fabricó algunas pipas bastante burdas, que halló admirables y a las cuales no faltaba más que el tabaco. Esta era una gran privación para Pencroff.
«Pero el tabaco vendrá como todas las cosas», repetía para sí en sus momentos de confianza absoluta.
Los trabajos que hemos reseñado duraron hasta el 15 de abril y no se puede decir que perdieron el tiempo. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron más que vajilla de cocina.
Cuando conviniese a Cyrus Smith transformarlos en herreros, serían herreros. Pero siendo el día siguiente domingo y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel día con el descanso. Aquellos norteamericanos eran hombres religiosos, fieles observadores de los preceptos de la Biblia y la situación en que se encontraban no podía menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las cosas.
En la noche del 15 de abril volvieron todos a las Chimeneas. El resto de vajilla fue llevado a su sitio y el horno se apagó, esperando un nuevo destino. La vuelta fue señalada por un incidente afortunado: el descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia que podía reemplazar la yesca.
Esta sustancia esponjosa y aterciopelada proviene de ciertos hongos del género políporo. Convenientemente preparada es muy inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de pólvora o cocida en una disolución de nitrato o clorato de potasa. Pero hasta entonces no se había encontrado ninguno de aquellos políporos ni de otros hongos que pudieran reemplazarlos.
Aquel día el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del género artemisia, que cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estragón, el jengibre, etc., arrancó varios tallos y presentándolos al marinero, le dijo:
—Tome, Pencroff, esto le va a poner contento.
Pencroff miró atentamente la planta revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un suave vello parecido al algodón.
—¿Y qué es esto, señor Cyrus? —preguntó—. ¡Bondad del cielo! ¿Es tabaco?
—No —respondió Cyrus— es artemisia china para los sabios y para nosotros será yesca.

Jules Verne
La isla misteriosa
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