Vine a ver, no a ser visto. A aprender, no a enseñar. A lo sumo a estar y no a dar cuenta de mi mediocridad y, menos, de la suya. ¡Y yo que pensaba, por fin, hablar con unos jóvenes de verdad entregados al teatro!

16 de septiembre
Mañana de editores. Proyectos. Proyectos de contratos. Contratos de proyectos entreverados con algunas entrevistas.
Antonio Vilanova, tan fino. Comemos con Esther, que conoce su negocio no sé si por carisma, pero lo conoce. Da gusto hablar con alguien que sabe a dónde va.
Por la tarde vienen Pepe Jurado, mi encantadora señora Ferreras de Gaspar con su marido. Hablamos de una posible exposición de mi amigo Campalans para el año próximo. Les propongo venir a pintar los cuadros una o dos semanas antes. Se nos va el tiempo. Se nos fue.
Otra entrevista.
Pepe me ha traído, de regalo, un libro espléndido. Me dice, y le creo, que es el mejor que tiene.
—No, no tienes idea.
—Ya lo sé.
P. interrumpe: —Es una manera de hablar de Max: siempre lo sabe todo.
Reímos.
—No es para reírse: aquí ocuparon todos los puestos —y Dios sabe si los hubo—, una serie de mediocres que, naturalmente, se han aferrado a sus sillones —de catedráticos, de académicos, de jefes de empresa— como lapas de acero, si es que las hay. Los que tenían algún talento (los conocías como yo) los mandaron fuera, de embajadores; primero, para hacer un papel medio decente y luego para echar posibles opositores de la misma cuña. Lo supieron hacer. El medio no importa sino el resultado: míralo, salta a la vista: en todo, menos en los negocios, en los que han salido águilas. En la técnica, para lo que no se necesita gran cosa —basta con obedecer o copiar— y la Iglesia…
—No me fío.
—Yo tampoco. Pero se trata precisamente de no fiarse. Listos, lo son. A mi juicio, ese redoblado fervor vasco y catalán lo propician ellos.
—¿Para qué? Ya. No me lo digas. Comprendo.
La gente se va por ahí. Y la persecución, en nombre de España una, grande, tiene todavía sus partidarios.
—Los de la ETA…
—Han reemplazado a los comunistas. Pero no quería hablarte de eso sino del ambiente. Tú mira, cuenta, lee. Lee lo mejor de hoy; ve a las clases de la Universidad —¡para qué hablarte de bachillerato!—. Te quedarás boquiabierto. No saben nada de nada. Y no quieren que se sepa nada de nada como no sea de números. Al fin y al cabo, para vivir bien basta y sobra con lo que tenemos. Y no hace ninguna falta saber lo que no sabemos. No es nuevo. Es la vieja teoría filantrópica liberal y conservadora. No saber, no aprender: contentarse con lo que se tiene ahora que no pueden prometerte la vida beatífica en el otro mundo porque les contestan: ¡A mí no me venga con ésas! Al pan, pan y al vino, vino y al culo, culo. Que eso se ha añadido. Los niños y las niñas se las traen al lado de los de nuestro tiempo. La influencia del turismo.
—Será en la costa.
—Va subiendo, y no tan poco a poco, como puedes ver con tanto parador y tanta venta. No es que me parezca mal, en ellos se come bien y barato. Lo malo es que no te dan habitación más que por tres días.
—Ahora va a resultar que el retrógrado eres tú.
—Si hablas del tiempo transcurrido, es posible que sí. Pero, no. A veces, me parece que todavía voy a la tertulia del Oro del Rhin. No. Todo eso ha pasado, enterrado bajo un enorme montón de basura, de podredumbre del que no podemos salir. La mediocridad es muy buena para los mediocres y aquí el Estado los fabrica. Si sobresalen un poco, o se van o les ayudan —entiéndeme— a irse. España es un país que no necesita eminencias porque todos lo somos…
—Y ¿qué crees que va a pasar con Juan Carlos?
—Nada. Hombre, nadie lo sabe, como es natural. Pero la idea de los que le conocen es de que no tiene las agallas necesarias para hacer algo que valga la pena. Y, además, por si fuera poco, está doña Federica. Sin contar que los generales españoles tienen una larga, larga experiencia.
—Y si no, ahí están los coroneles.
—Que son los generales de mañana. Sabes tan bien como yo que aquí siempre mandó el ejército. Desengáñate: cuando no lo hizo, ¡fíjate cómo nos fue! Dejando aparte el ridículo. Te aseguro que nadie se acuerda, como no sea para reírse, al leer las Memorias de Azaña, de Marcelino Domingo —tu amigo— o de Fernando de los Ríos —al que querías tanto—. ¿O me equivoco?
—No.
El hall está lleno, pero estamos solos. No nos oye nadie. No nos importa que nos oiga nadie. Tal vez no estamos aquí.
Los sobresalientes
Me llamó por teléfono y me vino a ver hace unos días, un andaluz, finito de cuerpo, con aladares, jacarandoso, a quien envié hace tiempo unos cuantos Crímenes para un folletín de nada.
—Unos muchachos de Gracia que representaron Espejo de avaricia —me dijo por teléfono—, los de Bambalinas, estarían felices de conocerle y a ser posible de cenar con usted.
No me puedo negar.
—Tal día y tal hora.
—Bueno.
—Pues pasaré por usted.
Joan Brossa —de quien todos hablan bien— hombre de cine y teatro catalán, me lo confirmó al día siguiente.
Hoy se presenta el joven y nos lleva a un restaurante donde nos espera el secretario de Cela, que ha venido especialmente de Palma para estar con nosotros; M., el de los sesenta títulos en menos que te canta un gallo, y cuatro o cinco más —poetas— cuyos nombres ignoro, no por su culpa, claro.
En el camino me entero de que el director del grupo teatral no vendrá.
—Tuvo una reunión.
—¿Estamos todos?
—Sí.
—¿Y los actores?
—No, del teatro sólo tenía que venir el director.
Callo. ¿A qué este engaño?
El malhumor me rezuma. No se me presenta la menor excusa. ¡A ellos, a ellos! ¡A la poesía!
—Y no nos vaya usted a salir con Juan Ramón…
—¿Por qué no? ¿Quién de vosotros ha leído Espacio?
Silencio. Vuelta a lo mismo: nadie ha pasado de la Segunda antología. ¿De qué quieren que les hable? ¿De Celaya? ¿De Otero? ¿De Valente? ¿De González? ¿De Barral? De Marrodán, supongo; de Fernández Molina… Porque no creo que esperen una cátedra magistral acerca de lo que tengo por poesía…
No saben. Tal vez son todavía, a pesar de no serlo mucho, jóvenes. Sólo le han visto la cara a cuatro cosas. Mil otras no les han pasado nunca por el pensamiento —no por su culpa—. Ajenos a casi todo; ignorantes pero sin cuidado de ello, equivocados tan sólo. Como sólo tratan con libros y, de ésos, relativamente pocos, se quedan menos que a medias. La ciencia se aprende perdiendo —y no lo quieren aceptar: «se quedaron ayunos de saber el artificio», escribió don Miguel en el primer capítulo de su libro mayor—. Hay impedidos que andan con muletas; éstos a tientas. Oscuros de las oscuridades de su saber; cegados y ociosos; rendidos a las dificultades del oficio que escogieron. Ni tontos ni arrogantes, sencillamente generosos; faltos de gusto por no haber sido capaces de escoger e incapaces de escoger porque sólo les ofrecieron un camino (a pesar de que —claro— suponen lo contrario). Sin contar su capacidad, de la que no son responsables, aunque hay naturalmente quien sepa amañárselas para aparecer mayor. Cortos de vista, toman un color por otro palpando tinieblas. Calzan tan pocos puntos que se desvanecen.
Blasfemando de lo que ignoran, hablan a tientas, seguros de sí cuando no por boca de otro que sabe tan poco como ellos mismos. Fuera idiotismo oponerme a su natural decantación. ¿Los vulgares se gradúan de necios? No puedo creer que haya tanta injusticia sobre otra. ¿Simples? Sí, pero se dejarían matar antes de aceptarlo. Brossa calla. No saben lo que se pescan ni conocen su morada. Ignoran el lenguaje, fiados de sus buenos deseos. Groseros a fuerza de no entender. Pido mil perdones, pero intento retratar mi ánimo. Nada siento tanto como haberme dejado llevar por mi irritación. Algunos se lo tenían merecido, por el engaño. Los más: tan engañados como yo. No pido sutileza sino honradez. ¿Creían necesario hablarme de cómicos para reunirse conmigo? Lo consiguieron. Me hubiese gustado que, por lo menos, un día, el sedicente invitador me llamara por teléfono para disculparse. ¡Cómo había de hacerlo si no tenía idea de la que armaba en su nombre! Todos se hallan en pelotas sin velo de la ignorancia que se la encubriera. ¿Dónde la ciencia de que han menester para lograr sus deseos? Perdidos en una selva de errores, me dejaron a oscuras. ¿Qué pretendían? ¿Exponer sus letras? ¿Mostrar su cortedad en el hablar? No. ¿Entonces? ¿Sorprenderme? Lo consiguieron, pero también —muy a mi pesar— sacarme de mis casillas; el entendimiento atestado de col agria. (¿A quién se le ocurrió escoger esta «fonda» alemana?). Creo que en Guzmán de Alfarache se lee: «Parecen melones finos y son calabazas». Se lo dije, hice mal. Reventé cuando al nombrar a Rafael Alberti el de más nombre hizo un gesto de claro desprecio como diciendo: ¡Ya salió aquello! Salté. Salté de verdad: me puse de pie. Me apoyé en la mesa, mirándole:
—¿Qué ha leído de él? ¿Marinero en tierra, claro?
No estaba seguro. Cité diez títulos, algún soneto, otras obras recientes.
Nada.
—Antologías.
—¿Qué más?
—¡De la pintura! —Fanfarronea en su derrota.
—¿Sabe de qué fecha es?
—No.
—Lo que sucede es que usted es un pobre tonto.
Y la máquina grabando.
Lo solté y me arrepentí inmediatamente.
—¡Ese libro sobre Roma! —Se defendió desesperadamente.
—¡Qué más quisiera que haber escrito uno solo de sus sonetos…!, —le solté. Pero ya no tenía ganas de hablar ni me iba a poner a explicarles que ahí radicaba una de las barreras más duras de salvar entre ellos —ahí presentes— y nosotros. ¿Dónde la posibilidad de comprender, en verso, en prosa, el humor, la ironía, la broma brutal o sutil lo mismo en línea que en color; la diferencia de lo serio de lo que no lo es? Dejando aparte que siempre hubo en los más de mi edad y gusto, gotas de lo uno en lo otro, para dar sabor. Estos que nada esperan de nosotros (¿cuándo «esperamos» algo de ellos?) han crecido en paisajes de seriedad, sordos de tanto bombo, tuertos del izquierdo, con las varas reglamentarias, descabellados a la buena de Dios. Algunos aprendieron a torear, otros saltaron la barrera y fuéronse fronteras afuera a esclarecer sus tinieblas. Lo malo es que todos son de una misma noche. Durmieron mal y parieron sin dolor poemas sin más finalidad que hacer patente su presencia. ¿Que nadie hizo nunca más, dejando aparte los que de veras cuentan? A todos nos alumbra idéntico sol, aun de noche.
Todo fue mal, quedáronse para mejor ocasión. Nos fuimos y no hubo más que esta página retorcida, por huir de la verdad. ¿Qué querían de mí? ¿Que les dijera que los críticos de hoy nada saben, nada valen, y que sus libros o cuadernillos son excelentes por no decir geniales? Vine a ver, no a ser visto. A aprender, no a enseñar. A lo sumo a estar y no a dar cuenta de mi mediocridad y, menos, de la suya. ¡Y yo que pensaba, por fin, hablar con unos jóvenes de verdad entregados al teatro!
La vuelta, fúnebre.

Max Aub
La gallina ciega
Diario español

La gallina ciega es el diario que Max Aub escribió durante su visita a España desde su exilio en México. En él podemos encontrar sus amargas palabras e impresiones sobre la situación de la España de aquel momento y personajes del mundo de la cultura y la política, que desfilaron por sus páginas con los nombres ocultos para evitar la censura. Es una serie de reflexiones sobre lo que era la España de 1969, lo que era antes y lo que debería haber sido. En las últimas páginas del libro, el autor explica que el país había «empollado huevos de otra especie» y por eso el libro se llama así. Sabía perfectamente que su libro no iba a circular por España debido a la censura durante el franquismo, pero mantiene una pequeña esperanza de que «alguna ejemplar se perderá en Sevilla o Bilbao, Valencia o Santander».
A pesar de su gran pesimismo, a lo largo de su diario español, cuando escriba la introducción, parece que no había perdido por completo su ilusión de que la España que Aub conocía pudiera todavía resucitarse. También en las conclusiones, que escribe en el vuelo de su vuelta a México, dice que no puede ser pesimista porque siempre hay «una minoría que se da cuenta de lo que sucede en el mundo».

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