Beatus Ille. Épodo II. Horacio. Traducción: Alfonso Cuatrecasas

«Dichoso aquel que alejado de los negocios, como la primitiva raza de los mortales, trabaja el campo paterno con sus bueyes, libre de toda usura, y no se despierta como el soldado con la fiera trompeta ni teme al mar embravecido, y evita el foro y las orgullosas puertas de las ciudades demasiado poderosas. Marida él, en cambio, los altos álamos con los tallos adultos de la vid, o vigila sus errantes rebaños de mugientes reses en un valle recoleto, o, podando con su hoz las ramas inútiles, injerta las más pujantes, o pone la miel extraída en limpias ánforas, o esquila a las asustadizas ovejas. Y cuando el Otoño en los campos ha alzado su cabeza ornada de dulces frutos, ¡cómo disfruta recogiendo las injertadas peras   y la uva que compite con la púrpura con que poder obsequiarte a ti, Príapo, y a ti, padre Silvano, protector de sus términos!
Le gusta yacer, ora bajo la vieja encina, ora sobre un tupido prado, mientras corren las aguas por los ríos profundos y se lamentan las aves en los bosques y las fuentes murmuran en sus límpidos manantiales, lo que le invita a un plácido sueño.
Pero cuando el tiempo invernal del tonante Júpiter amontona nieves y lluvias, con una gran jauría acosa de aquí para allá fieros jabalíes hacia las interpuestas trampas, o extiende con una ligera horquilla las claras redes, o, preciada recompensa, apresa con el lazo a una tímida liebre o a una ocasional grulla.
Entre tales cosas, ¿quién no olvida la amargura de las penas que causa el amor?
Y si una honesta mujer le ayuda en parte de la casa y con los dulces hijos, o si, como una sabina o como la esposa de un ágil apulio tostada por el sol, enciende con viejos troncos el fuego sagrado a la llegada del cansado marido y, encerrando el lustroso ganado en trenzados apriscos, ordeña las henchidas ubres o, sacando vino del año de un buen tonel, prepara no comprados manjares, entonces no me agradarán más las ostras del Lucrino, ni el rodaballo, ni los escaros —si una tempestuosa tormenta los arrojase a este mar desde los orientales mares—, ni descenderá a mi estómago el ave africana ni el francolín de Jonia más gustosamente que la oliva cogida de las cargadísimas ramas de los árboles o que los tallos de acedera que crece en los prados y las malvas, beneficiosas para el cuerpo enfermo, o que los corderos sacrificados en las fiestas Terminales, o que un cabrito arrebatado al lobo.
¡En medio de estos manjares, cómo alegra ver las ovejas apacentadas dirigiéndose hacia la casa; ver a los cansados bueyes arrastrando con su lánguido cuello el arado invertido, y a los sirvientes, indicio de casa rica, colocados alrededor de los resplandecientes Lares!»
Cuando el usurero Alfio, casi un futuro campesino, hubo dicho esto, recogió todo el dinero pagado en los Idus y ya busca colocarlo en las Kalendas.

Beatus Ille. Épodo II. Horacio

'Beatus ille qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium,
paterna rura bubus exercet suis
solutus omni faenore
neque excitatur classico miles truci
neque horret iratum mare
forumque vitat et superba civium
potentiorum limina.
ergo aut adulta vitium propagine
altas maritat populos
aut in reducta valle mugientium
prospectat errantis greges
inutilisque falce ramos amputans
feliciores inserit
aut pressa puris mella condit amphoris
aut tondet infirmas ovis.
vel cum decorum mitibus pomis caput
Autumnus agris extulit,
ut gaudet insitiva decerpens pira
certantem et uvam purpurae,
qua muneretur te, Priape, et te, pater
Silvane, tutor finium.
libet iacere modo sub antiqua ilice,
modo in tenaci gramine:
labuntur altis interim ripis aquae,
queruntur in Silvis aves
frondesque lymphis obstrepunt manantibus,
somnos quod invitet levis.
at cum tonantis annus hibernus Iovis
imbris nivisque conparat,
aut trudit acris hinc et hinc multa cane
apros in obstantis plagas
aut amite levi rara tendit retia
turdis edacibus dolos
pavidumque leporem et advenam laqueo gruem
iucunda captat praemia.
quis non malarum quas amor curas habet
haec inter obliviscitur?
quodsi pudica mulier in partem iuvet
domum atque dulcis liberos,
Sabina qualis aut perusta Solibus
pernicis uxor Apuli,
sacrum vetustis exstruat lignis focum
lassi Sub adventum viri
claudensque textis cratibus laetum pecus
distenta siccet ubera
et horna dulci vina promens dolio
dapes inemptas adparet:
non me Lucrina iuverint conchylia
magisve rhombus aut scari,
siquos Eois intonata fluctibus
hiems ad hoc vertat mare,
non Afra avis descendat in ventrem meum,
non attagen Ionicus
iucundior quam lecta de pinguissimis
oliva ramis arborum
aut herba lapathi prata amantis et gravi
malvae salubres corpori
vel agna festis caesa Terminalibus
vel haedus ereptus lupo.
has inter epulas ut iuvat pastas ovis
videre properantis domum,
videre fessos vomerem inversum boves
collo trahentis languido
positosque vernas, ditis examen domus,
circum renidentis Laris.
'haec ubi locutus faenerator Alfius,
iam iam futurus rusticus,
omnem redegit idibus pecuniam,
quaerit kalendis ponere.

En casa de Paco Villaespesa

Era aquel un continuo desfile de noveles. Así conocí en­tonces a jóvenes como Ortiz de Pinedo, un muchachito pálido y enclenque, vestido de negro, y que se creía condenado a muerte prematura. Era amigo de Carrere y escribía unas co­sas muy tristes. Francisco Camba, un galleguito que había estado en la Argentina y ahora hacía de pasante en un cole­gio. En la Argentina había dejado a su hermano Julio, tam­bién literato, un rebelde que escribía en hojas anarquistas. Paco Camba era, por lo visto, la antítesis de su hermano; te­nía el alma humilde y saudosa del gallego pobre. Admiraba a Valle-Inclán y hacía por imitar su prosa medida y cantarina. Se sabía de memoria trozos de Adega o Flor de santidad, y de las Sonatas... Se extasiaba ante frases como: «La pobre Concha se moría»... «La tarde era azul y triste como el alma de una santa princesa»... «El rayo de sol penetraba en la es­tancia, cual la espada de fuego de un dios antiguo»..., etcéte­ra. ¡Aquello era estilo! ¡Aquello era escribir! Don Ramón -así lo llamaba él- escribía como Flaubert. Se pasaba días enteros buscando un adjetivo... Y, qué tipo de hombre... Vi­vía sólo para la literatura... Se alimentaba de té como un fa­kir indio... Y, sin embargo, siempre tan arrogante y altivo. Cuando lo invitaban a comer, decía: «Gracias, pero ya he co­mido...» y vivía en perpetuo ayuno... Era un marqués de Bradomín, y, como él, feo, católico y sentimental...
También Bargiela era amigo de Valle-Inclán, al que llama­ba simplemente Valle... Lo admiraba, pero no tanto como Camba, y su ascetismo no le conmovía gran cosa.
-Es, sencillamente -decía-, que no tiene estómago...
También conocí allí a un joven poeta canario, Tomás Mo­rales, que estudiaba Medicina; un chico moreno, alto, delga­do, indolente, con unos brazos largos y lacios, como los me­chones de negro pelo que le caían sobre la frente. Solía llevarle a Villaespesa plátanos y cigarrillos del Jedive. No ha­bía publicado aún nada, pero tenía ya versos para llenar un libro.

Decía Quinto Horacio Flaco...

«si nadie, en justicia, me puede acusar de avaricia, sordidez ni de obscenas acciones; si, haciendo mi propio elogio, llevo una vida honesta e intachable y soy querido por mis amigos, todo ello es gracias a mi padre... Mientras esté en mi sano juicio, en nada me arrepentiré de tal padre y por ello no me excusaré como hacen muchos que dicen que no es culpa suya el no tener padres nobles y que hayan nacido libres. Mi voz y mi corazón distan mucho del de estos necios. Pues si la naturaleza ordenase, después de un cierto número de años, volver al pasado y elegir los padres que cada uno, según sus ambiciones, desease, yo estaría muy contento con los míos y no querría otros, aunque dispusiesen de fasces y silla curul»

Sobre el barrio de Maravillas (Madrid)

Las ocho, las nueve de la mañana es una hora apresurada entre Quevedo y San Bernardo. El barrio de Maravillas duerme aún: suele pasar malas noches y largas, y alcohólicas; o tensas, por los vecinos que esperan con palos y cadenas a los de la mala vida, que ya apenas van. En las viejas ventanas se orean las sábanas y los colchones, junto a la flor del barrio, el geranio. Esta es zona de gatos, huidizos, manchados por el aceite de debajo de los coches. Los vecinos dejan platillos con leche y sobras en las ventanas de los semisótanos un tributo casi egipcio al animal misterioso. Maravillas tiene todavía viejos faroles; al anochecer, revolotean algunos murciélagos en torno al fanal, buscando insectos. Los viejos toman el sol, cuando lo hay –el “bermejazo platero de las cumbres / a cuya luz se espulga la canalla”, en versos madrileños de Quevedo–, oyen a uno de sus sabios que hay menos murciélagos porque los mosquitos han inventado un sistema de radiaciones que desorienta el radar del enemigo.
Gatos, perros, murciélagos, golondrinas, son la fauna del barrio (fauna del Madrid perdido: los burros de los botijeros, que iban desde Andújar hasta el norte: se le ha visto en Helsinki. Caballos percherones, que llevaban la histórica leche de la granja Poch.”
En “El niño republicano” de Eduardo Haro Tecglen

Sobre Manuel y Antonio Machado


¡Oh, qué días de fiebre lírica los de aquella primavera! [C. 1900] Conocía en casa de Villaespesa cada tarde algún nuevo poeta, consagrado por el cenáculo: los dos Machado, Manuel y Antonio, que venían de París, donde habían vivido unos años haciendo traducciones para la Casa Garnier, y he tenido ocasión de conocer allí a Gómez Carrillo y Rubén Darío y compartir la bohemia literaria de los decadentes franceses. Eran sevillanos como yo, recordaban el apellido de mi familia y me acogieron con toda simpatía. Manuel, efusivo, ligero, chispeante, andaluz pizpireto; Antonio, serio, ensimismado, meditabundo, lacónico como un espartano, descuidado en su atuendo, con manchas de ceniza y alcohol en su traje viejo y raído. ¡Qué contraste entre los dos hermanos! Manolo, decidor, dicharachero, marchoso, de una elegancia aflamencada y de una movilidad de pájaro; Antonio, grave, silencioso, lento, arrastrando los pasos como una cadena: el hombre que siempre se queda atrás… Tanto daba la impresión de la cadena, que Villaespesa les hacía creer a los novatos que el poeta de soledades había estado en presidio como Dostoyevski, y Antonio, en silencio, asentía.


de "La novela de un literato" por Rafael Cansinos Assens

Gabriel García Márquez había de recordar

Gabriel García Márquez había de recordar la tarde remota en que su abuelo, el coronel Márquez Mejía (El coronel no tiene quien le escriba), le puso en su regazo un diccionario y le dijo: "Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca." "¿Cuántas palabras tiene?", le preguntó el niño. "Todas"

¡La abolición de la ortografía!

Para escándalo de las academias de la lengua, La Real Academia Española y las correspondientes en América, reunidas en Zacatecas, Gabriel García Márquez,-como un amo y señor de "la eternidad de España en el idioma"- se pronunció por ¡la abolición de la ortografía! El desplante era la victoria final del radicalismo liberal colombiano frente a la hegemonía de los gramáticos y latinistas conservadores.

de Yasmin Levy

"A la música sefardí le falta acción. Se canta como una nana, con mucho amor y muy bonito, pero suena muy frágil. Es un cante de cabeza, como la ópera, y yo quería cantar de pecho, como los flamencos. Ha sido como comer pan toda tu vida y un día descubres el jamón. En el flamenco he encontrado pasión y fuego, y poder cantar como una loca. He hecho todo lo posible para destruir mi voz y sonar como una cantaora".
Yasmin Levy en Babelia 17.10.09. entrevistada por Amelia Castilla

de Borges

""Cien años de soledad" está bien, pero le sobran veinte o treinta". Jorge Luis Borges

Vidas de poetas

Ya en la calle, Manuel Machado, me explicó:
- El coronel es el suegro de Paco (Villaespesa), un hombre que odia la poesía y, sobre todo a Paco..., que es una haragán, que no quiere hacer nada más que versos y vive sobre sus costillas... Y el hombre, el coronel, tiene razón..., porque en esta vida hay que ser algo más que poeta... Leconte de Lisle era bibliotecario... Paco está haciendo desgraciada a la pobre Elisa, y a eso no hay derecho...
"La novela de un literato" de Rafael Cansinos Assens

La fiesta de las Candelas

En el santoral, la fiesta de la Candelera es destinada a recordar la Purificación de la Virgen María. El rito de la purificación de las mujeres después del parto es un viejo rito de la religión judaica incrustado en la religión cristiana desde hace muchísimos siglos y que se ha mantenido desde tiempos arcaicos. En la Tora hebraica, la purificación de la mujer después del parto era una humillación que se resolvía pagando. La madre presentaba al hijo ante el arca y el altar y hacía una determinada ofrenda, después de la cual quedaba purificada. La ofrenda consistía en dos palominos para los pobres y una determinada cantidad de dinero que el rabino de la sinagoga recibía con un rito determinado. La Virgen María era judía, como judío era su hijo, nuestro Señor Jesucristo, y se sometió al rito de la purificación del sistema religioso hebraico. El padre Croisset, el célebre jesuita francés autor de El Año Cristiano, obra inmensa y de un gran interés que tradujo al castellano el no menos célebre jesuita castellano J. Francisco de Isla, escribió, comentando el acontecimiento que se celebra en este día, que la Virgen María, a pesar de haber concebido sin pecado original, quiso hacer como las demás mujeres: purificarse, humillarse y pagar el rescate: los palominos y cinco monedas en circulación en el espacio de Palestina. El padre Croisset, S.J., escribe: «Ocultó profundamente su gloria, no queriendo parecer lo que realmente era; manifestó su humildad aparentando lo que no era verdaderamente: era la madre de Dios y pareció que no era más que la madre de un simple hombre; era la más pura de todas las vírgenes y se mostró como si no fuese más que una mujer como las demás». Partiendo de esa humildad, el jesuita hace unas consideraciones muy acertadas: «Todos queremos parecer lo que no somos, y no podemos sufrir, debido a nuestro orgullo, parecer lo que realmente somos. Hasta el pie de los sagrados altares llevamos la ambición, el fasto y la profanidad. ¿Qué otra cosa significan esas orgullosas señales de distinción de las que como en ninguna otra parte nos mostramos tan celosos en el templo? Frente a todo esto, nos abruma, nos obsesiona, la profunda humildad de la Virgen Santísima».

La historia de la fiesta es muy antigua. Hay noticias incuestionables según las cuales es anterior al emperador Justiniano. El que después fue papa y santo, san Gelasio, que dirigió la Iglesia treinta años antes de que Justiniano fuese emperador, la instituyó para desterrar las lupercales del paganismo, o sea las purificaciones paganas. Entonces se produjeron las candelas para celebrar la Purificación cristiana y destinadas a borrar, con tales misterios, las profanaciones del paganismo de aquellos tiempos, profanaciones que se efectuaban llevando hachones encendidos por los alrededores de los templos donde se perpetraban ceremonias obscenas que eran llamadas lustraciones. Las candelas contribuyeron a la decadencia del mundo antiguo.

Hoy en día la fiesta del dos de febrero ha ido muy de baja y la Candelera es un día como otro. De todos modos, y hasta donde llega mi memoria, el recuerdo que tengo de ella es muy preciso. Era casi una fiesta de precepto e iba mucha gente al oficio. Solía hacer mucho frío. La mañana solía ser lívida. La gente, abrigada, encogida, pasaba por las calles, camino de la iglesia, empaquetada como paquetes oscuros, lle vando una candela en la mano, exhalando el vapor blanco del frío por la boca y la nariz. Entonces la gente vestía más oscuramente que hoy y sus formas parecían más pesadas. Los caballos de las tartanas y de los carros emitían, por la cara, el vapor blanco a chorro. La vaharada que desprendían las narices de los animales era realmente impresionante, pero lo curioso era que no hacía ruido, a diferencia del va por de las máquinas de tren cuando resoplaban.

La entrada en la iglesia, llena de feligreses, era impresionante. Al fondo de la bóveda, el altar mayor, que era de un barroco en movimiento agita do, estaba iluminado con centenares de llamas de cirios, de candelas, de palmatorias, de velitas que ardían. La cera era lisa, a veces muy rizada, con unos rizos tan prodigiosos como dulces de confitería. Las palmatorias eran blancas, y las candelas, de los colores más diversos y variados, como los inge nuos colores de los lápices de los crios. Las más bonitas eran de color de rosa, del mismo color de rosa de las polveras que llevaban las señoritas o como deliciosas ligas; también las había verdes, del mismo color de los espárragos trigueros tempranos, pero no de un amarillo tétrico y cadavérico, como solían ser a veces los cirios de los funerales, no de un amarillo vivo y sustancioso, como el de la crema alegre y casera. Era una féerie prodigiosa, inolvidable. El gran retablo del altar mayor, con los mancebos de cara de esclavo feroz que lo mantenían por la base; las figuras de los grandes personajes teologa les que ocupaban los pisos superpuestos, coronados todos ellos por la figura del Padre Eterno, que ocupaba el lugar más alto, el gran anciano de grandes barbas blancas, de mirada enérgica pero comprensiva; el gran retablo, con sus anfractuosidades visi bles u oscuras, parecía, a la luz de la cera que ardía una inmensa fuente de relleno incendiada, una fuente en la que la salsa era la luz, y las manzanas, las figuras esculpidas que la llenaban. A veces, las velitas de color rosa echaban unas chispas rosadas y parecían minúsculas bailarinas enloquecidas que lanzaban corpúsculos de luz como puntas de aguja y se fundían en el espacio. Las llamas de la cera se mezclaban formando una gran mancha de luz líquida, y el altar era un prodigio. La gran mancha oscurecía, agrisaba los cristales de colores del rosetón de la fachada. Entonces, la vida pueblerina era más oscura que en los días presentes, pero para la Candelera la profusión luminosa era tan espléndida, que el señor cura solía decir que hasta los federales acudían a verla. En la iglesia hacía frío. Los feligreses se mantenían con el abrigo puesto y la bufanda —sólo las gorras habían desaparecido—, pero no creo que nadie tuviese frío, porque la sensación dominante era la visual, y todas las demás eran secundarias. La luz imantaba los ojos con una fuerza extraordinaria. Por las conversaciones que recuerdo, la gente no tenía la menor idea de la purificación de la Virgen: la liturgia eran los cirios y las candelas, la luz del altar. La maravilla de la luz en el invierno helado. En tonces la Iglesia, la vida de la Iglesia, llenaba todo el ámbito situado al margen de la. vida del trabajo o habitual. Llenaba los vacíos de la existencia de mucha gente. Hoy, todo esto ha quedado atrás, aunque no podría decir que se haya ganado mucho con ello. Pero el oficio al final se terminaba y llegaba el momento de salir de la iglesia y ponerse la gorra. En la puerta, la luz del altar se había desvanecido y había sido sustituida por la visión habitual: el invierno inodoro y mordiente, los paquetes humanos, oscuros, que pasaban por la calle, los humos blancos de las narices de los caballos, el color lívido del día dos de febrero.

en Las horas de Josep Pla

El señor Cervantes pocos días antes de morir, aún...

Prólogo del Persiles

Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
Llegando a nosotros dijo:
-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:
-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!


Miguel de Cevantes

Vida es esperanza de José María Valverde (1926-1996)

Basta de razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
nada de marcha triunfal, ni cortejo, ni viejas espadas;
en espíritu unidos, en miseria y en ansias y lengua,
siervos dispersos, rumiando, lo más, un pasado de mito,
bajo los ojos de Dios, los de lengua española, ¿qué somos?
¿Qué hemos dejado en su libro, qué cuentas, qué penas?
Si algo supimos cantar de su gloria en el mundo,
mucho pecamos alzando la cruz como espada (gritaba
el obispo del Cid, al galope: Ferid, caballeros,
por amor de … el Criador, dice el texto Pidal; caridad,
Per Abbat; ¿qué es peor?), y hasta hoy día retumban Cruzadas.
Pague, Señor, cada cual su pecado, y el pueblo,
víctima siempre, se libre de deuda y castigo.
¿De qué sirve el destello del Siglo de Oro al cansado?
¿Y Don Quijote y el buen gobernador Sancho Panza,
de qué, al que no sabe leer ni esperar en un sueño?

Nuestra gente habla y dice: «trabajo», «mañana», «pues claro»,
«los chicos», «es tarde», «el jornal», «un café», «no se puede»;
no hay ni cultura europea ni estirpe latina en sus bocas,
sólo el escueto ademán del que afianza la carga en los hombros.
El que es siervo no habla español, ni habla inglés, ni habla nada;
su palabra es la mano de un náufrago que se agarra a las olas,
y las cosas le pesan y embisten sin volverse lenguaje.
Nadie cree ya en pueblos-Mesías, «destinos», «valores»;
la tierra es un solo clamor, y el niñito en Vietnam o en el Congo
Llora lo mismo que el niño en Jaén o en los Andes.
Pero el rico es más fuerte que nunca, y su miedo le hace
más hábil y duro, y pretende cerrar el mañana;
se arman los créditos, vuelan alarmas por radio, y, en tanto,
se amontona la cólera sacra de pueblos y pueblos.
Y algo se mueve también, con palabra española,
y suena a menudo: «esto no puede seguir así», o algún viejo
proverbio con nuevo sabor como: «no hay mal que cien años dure».
Y hasta si fuera a valer para un poco de paz y justicia,
más valdría borrar nuestra lengua, nuestro ser, nuestra historia.
La esperanza nos llama a poner nuestra voz en el coro
que para todos exige la escasa ración que nos debe la vida,
en la historia del hombre, en su ambiguo avanzar, malo y bueno,
trabajando y cayendo, pero acaso ayudando a los pobres,
hasta entrar bajo el juicio secreto, el amor enigmático,
la memoria de Dios donde un día las lenguas se fundan …


José María Valverde (1926-1996) 

Las nueve musas y sus atributos

Aprende el nombre de las nueve musas y sus atributos a través de estos versos. (Esta técnica de aprendizaje se llama: Mnemotecnia)

Melpómene, diosa trágica,
a Talía en la comedia
declaró que a la epopeya
Calíope conducía.
Clío la historia escribía,
tocaba Euterpe la flauta
y Terpsicore a la danza
se entregaba sin medida.
y Polimnia con su mímica
a Erato, la poética,
presentó a la bella Urania
musa de la Astronomía.

(Autor desconocido)

Ulises 3 y pico

 El perro de ellos amblaba por un banco de arena que se achicaba, trotando, husmeando por todas partes. Buscando algo perdido en una vida anterior. Repentinamente salió corriendo como una liebre saltarina, las orejas echadas atrás, persiguiendo la sombra de una gaviota en vuelo raso. El silbido agudo del hombre llegó a sus orejas lacias. Se volvió, regresó saltando, se acercó, trotó sobre sus patas resplandecientes. En un campo de gules un cheurón, pasante, al natural, descomado. En la blonda del agua se detuvo con patas delanteras tiesas, orejas apuntando al mar. El hocico alzado ladraba al ruido del mar, bandadas de morsas marinas. Serpenteaban hasta sus patas, rizándose, desenredando muchas crestas, cada nueve, rompiéndose, salpicando, desde lejos, desde aún más lejos, olas y olas.    
James Joyce

La cadena

Forjé un eslabón un día,
otro día forjé otro
y otro.
De pronto se me juntaron
-era la cadena- todos.
(Pedro Salinas)

El perfume

Qué extraño personaje dijo
que la primavera no tiene flores
de  jazmines tardíos en las noches
que no exhalan perfume
cuando tú has sabido siempre
que en la noche de las flores
el perfume embriaga
como a ti tu amiga amada.

Primera madrugada de abril


Esta mañana a las cuatro y media
Primero el llanto de un bebé
Después se hizo cargo el mirlo
De  endulzar el silencio con su trino
Antes que un gallo lejano animara
Con su estridente canto al ciudadano
Que arrastrando su maleta con ruedas
Traqueteaba camino de la estación
Antes que el primer tren pasara.
Cuando me desperté, horas después,
El viento aún movía las ramas del olmo.

El cocido madrileño

«Con medio kilo de vaca
y diez céntimos de hueso,
un cuarterón de tocino,
un buen chorizo extremeño
y garbanzos arrugados
que ensanchan en el puchero
sale en mi casa un cocido
que nos chupamos los dedos.
Cuando llega la matanza
se compra hocico de puerco
y echo un cuarto de gallina
si hay en casa algún enfermo.
Solemos tomar de sopa
arroz, sémola o fideos;
si es de pan, con hierbabuena:
los macarrones con queso.
Nunca en su tiempo perdono
los nabos foncarraleros,
las judías de La Granja
y los cardillos más tiernos.
Mi ensalada es de escarola,
de lechuga o de pimientos:
el gazpacho muy sencillo,
con poco pan y muy fresco.
Mis postres no son de lujo;
torrijas; miel, higos secos,
albillo dulce en otoño
y uvas de cuelga en invierno.
Con cebolletas y rábanos
mi mesa a veces refuerzo
y aceitunas de Pastrana
que yo mismo me aderezo.
En fin, me gustan, y acabo
el pan blanco recién hecho,
mantel limpio los domingos
y Valdepeñas del bueno.
Así comieron en casa
mis padres y mis abuelos;
como es sana la comida
todos morimos de viejos.
Cuando quiera usted probarla
a las doce la ponemos,
que a la española se come
el cocido madrileño.
Téngame usté, por un amigo,
Joaquín García Cornejo,
fábrica de mariposas
en la calle de Toledo».

Del “Cocido madrileño” De José Fernández Bremón poeta del siglo XIX

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