Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Umbral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Umbral. Mostrar todas las entradas

Pagué el whisky y salimos del bar.

Pagué el whisky y salimos del bar. Allí quedaban unos grupos de extranjeros adormilados, una mujer con turbante, una joven pareja que trataba de atisbar por los ventanales, taladrando la noche con la mirada, una primera rendija de España. Pero sólo debían ver una gran masa negra y sin luces. Al llegar al coche, temí por un momento que Montse tratase de tomar el volante. Pero no fue así. Arranqué de golpe.
—¿Otra vez a doscientos?
—Eso sería un aburrido paseo.
Acometí la autopista a una velocidad loca. El whisky debía estar haciendo sus efectos. Pasamos a varios coches que hicieron sonar sus claxons como advertencia.
—Dicen que vamos a matarnos.
Después de la comida, las gentes de la verbena se tumban a la orilla del agua maloliente y todas esas mujeres maduras y deformes muestran sus lívidas interioridades en el descuido de la siesta, y una gran paz hedionda lo toca todo. Se hace bien la digestión entre el sol y la sombra. Se está vivo, lleno de vida hasta arriba, satisfecho y sin pensamiento. Alguna vez me habían llevado a comer o a cenar a la orilla del río, siendo yo casi un niño. Montse no se cogía a mí.
—¿Estás bien?
No sé si me respondió. Iba rígida en su asiento, con los brazos a lo largo del cuerpo. La gasa ya no ondeaba en torno de sus mejillas. Vi de reojo sus mandíbulas angulares, sus ojos fijos y como vacíos, un rostro de mujer que era la mascarilla de un rostro de mujer.
—Sí. Ya sé que no estoy irresistible.
Me adivinaba los pensamientos. Esto puede ser el final, me dije. Cuando la gente se hace transparente y los pensamientos andan sueltos, desnudos, evidentes, comunicándose sin necesidad de palabras, es que ha llegado el final. Dócil bajo mi mando, el coche resollaba hacia un nuevo esfuerzo y ganábamos velocidad. Pero el volante me resbalaba en las manos.
—Valor —dijo ella.
Y esto me sobresaltó. ¿Estaríamos llegando al final sin que yo me diese cuenta de ello exactamente? Porque lo que había pensado un momento antes era sólo una divagación. Frené el coche en muy pocos metros. El camión nos acometió mansamente. O fue al revés. Un suave y penetrante topetazo. Estábamos rodeados de edificios. Aquello era ya la ciudad. Todo el sabor del whisky en la garganta. Gritos y bocinas. Montse a mi lado, se mordía los puños, no sé si de nerviosismo o desesperación. Pero estaba viva. Salté del coche y me abrí paso entre la gente. El camionero venía hacia mí con los brazos extendidos, gritando algo. Los faros de su camión le iluminaban por detrás, como a un actor en escena. Pero me vio pasar a su lado, indiferente. Caminé, caminé. A la vuelta de la esquina eché a correr. Todo me daba botes por dentro. Cuando llegué ante una de esas solitarias fuentes callejeras que todavía quedan en Madrid, con su grifo desportillado y goteante, comprendí que era eso lo que estaba buscando. Doblé ampliamente el espinazo y bebí cabeza abajo. El agua me corría por el rostro y entre el pelo. Veía el cielo y los edificios del revés, como otras veces. Pero me bastó con enderezar el cuerpo de nuevo para volver a entrar en pacífica posesión de mi ciudad.
Madrid, 14 de junio 1965.

Francisco Umbral
Travesía de Madrid

“El sexo, origen del sentido mismo de la libertad, es vivido en mi libro como último recurso de esa libertad y, simultáneamente, como respuesta exasperada, desvalida e insolidaria a la presión de la sociedad. Pero mi protagonista, que no es un intelectual, sino un tipo instintivo y callejero, no razona nada de esto —como no lo he razonado yo hasta mucho después de escrito el libro—. Él se lanza a un cuerpo a cuerpo con la gran ciudad, sin otra ley ni otra estrategia que su libertad personal. He escrito Travesía de Madrid con una técnica de acciones simultáneas y proliferantes porque proliferante y simultáneo es el latido de toda gran ciudad; porque proliferantes y simultáneos son el corazón y la memoria de un hombre —el protagonista— con mucha vida y poca ciencia. Y, finalmente, porque esta manera de construcción le da a la novela su carácter de obra abierta, cambiante, provisional, practicable, que corresponde al arte y la conciencia relativista de nuestro tiempo.”
F. Umbral


Ningún hombre se merece la muerte, pero la muerte es una costumbre tan antigua que ya nos hemos resignado a ella.

MARTINI CON CADÁVER
Ha muerto Jaime Campmany de una embolia pulmonar, después de escribir la que sería la última columna de su vida y que, naturalmente, le salió feliz e irónica. Tan parecida a las anteriores, tan igual a todas las otras que no parece que el hilo de la prosa se haya cortado para siempre. Campmany había cumplido los ochenta años el día 10 de mayo, de este mayo caliente, conventual de magnolios blancos y feliz en su apariencia de cielos interminables y soles que cruzan el sol como pájaros encendidos. No es verdad que haya felicidad en la tierra cuando mueren tantos amigos. Lo más que hay es belleza. El 11 de mayo habíamos nacido Salvador Dalí, Camilo José Cela y yo. El 10, Jaime Campmany. Ningún hombre se merece la muerte, pero la muerte es una costumbre tan antigua que ya nos hemos resignado a ella.
Mi amigo Jaime era, aparte de buen cronista de ingenio, un prototipo del escritor español que da la burguesía de derechas. Quiero decir que se tenía por liberal y seguramente lo era, cuando esta palabra significaba algo en el sistema de valores. Hoy los valores han sido sustituidos por las marcas. Elegante en su sencillez, ennoblecido por su pelo ya blanco, esa nieve pulcra que ha caído sobre el bigote fascista de hace casi un siglo. Conozco el Casino de Murcia, y ahora veo claramente que de allí viene el humor confortable y local de aquellos señores muy aseñorados que no son Andalucía ni son Valencia, sino un remanso de cultura y buen tiempo, ese clasicismo provinciano que crece como las palmeras en el Huerto del Cura. Diríamos que por allí todo es mitad y mitad. Jaime era mitad andaluz y otra mitad. Uno de esos hombres al que se ve en seguida que ha tenido estudios y que los lleva consigo a todas partes toda la vida. Las frases felices de sus artículos parece que vienen todas de aquel Casino de Murcia, con su filo albaceteño. Jaime debió de ser un falangista adolescente, un hombre frío, con más cabeza que emociones, y un derechista convencido y equilibrado, como se nos muestra en sus columnas y en toda su obra. Hay una tradición en España de este tipo de escritores que viene de Pereda, de Mesonero, de Cavia, de Campoamor, de Gabriel y Galán y por ahí todo seguido.
Son la derecha culta, moderada, irónica, más católica que sentimental. Campmany no creo yo que hubiera entrado nunca en batalla, si es que le cogió la edad de la Guerra Civil. Esta generación o generaciones no hacían la guerra fuera de los casinos y pusieron en verso burlón la Historia de España. En sus largos años de columnista de ABC va pasando de un falangismo lírico a un democratismo irónico. Ya era prestigioso en Murcia y eso es como tener una palmera con nombre propio, con el propio nombre de uno.
Prestigioso cuando se vino a Madrid bien arropado polla Prensa del Movimiento. Algún periódico ha hablado de su conquista de Madrid, pero Campmany lo había conquistado todo cómodamente como señorito de casino. Y esto no es un reproche, sino una definición y quizá una nostalgia, pues si todos los señoritos de casino hubieran salido a lo Campmany no tendríamos en España tantos héroes funestos. Dice don Manuel Azaña que las señoras bien que piden a gritos que se levante el Ejército no se dan cuenta de que están mandando a la muerte a sus propios hijos. Campmany, para evitar este conflicto, además de un hijo tuvo hijas.

Francisco Umbral
Amado siglo XX

«Francisco Umbral estaba poseído por los demonios de la escritura, que no lo abandonaron nunca. Había sido siempre, desde niño, un profesional de lo suyo y nunca pensó en dedicarse a otra cosa. […]
»Amado siglo XX era un proyecto que había ido desarrollando Umbral sin estorbo de su vida cotidiana. Se asomaba todas las mañanas al siglo XX, que era la realidad temporal del escritor. Su vida avanzaba con el mismo ritmo que su escritura. Hombre, vida y obra eran ya una tríada que se adentraba en los bosques de lo muy vivido. La nieve, pájaro de altura, estaba volviendo a sus cimas blancas y dejando nidos cada vez más altos sobre los techos ojivales de un siglo en decadencia. Umbral contempló su obra con sosiego y se tumbó a descansar.»

La bondad hace buena letra

Tribuna: SPLEEN DE MADRID
Sobre: Ángel García López
“Hace poco me ha escrito. Su letra clara de hombre desconcertantemente bueno (la bondad hace buena letra: así vienen de confusos los anónimos). «Paco, me han operado de un pulmón, he estado muy malo. Tengo aquí unos libros suyos, quiero que me los firmes. ¿Tendrás un rato libre para mí?» La prisa, que no es sino una forma acelerada de la avilantez, me ha impedido incluso contestarle. Pero qué nostalgia, en mi vida de prisa, de esos amigos poetas y enfermos que viven despacio contabilizando la luz de los sanatorios y acentuando la rosa y el heptasílabo donde se debe. Qué nostalgia, Ángel.”

Francisco Umbral. 2 MAR 1979

Algunos versos de Ángel García López

“Andar este camino / es vivir la trasmuerte”.
“¿Dónde, en estos ribazos / de vida interminable, se ha quedado la vida?”, “¿Dónde estás, qué te esconde / de ti?”

Blogs y Webs