Cuando la costumbre era que los
niños hasta cierta edad vistiéramos pantalón corto, lo más frecuente era vernos
con las rodillas desportilladas, arañazos varios y algún que otro cardenal. No
había pared lo suficientemente alta, ni árbol que tuviera cualquier porte y si
era frutal y con frutos en sazón, o un poco antes, mejor, que no fuera
conquistado; ni desnivel, cuneta o pedregal que nos impidiera el paso. Era la
época de los juegos en la plaza o en la calle, unos juegos que llegaban y se
iban con las estaciones y que se ajustaban a unas reglas ancestrales. También
había que ayudar en casa, en el campo y en el cuidado de los animales. (MMV 9/13)
Un rastro de palabras
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A los poetas les pasa como a los toreros: que se retiran, pero reaparecen.
Los aficionados se alegran. Más los lectores de Moreno (Alicante, 1964),
que co...
Hace 1 semana
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