El gorrión

Tengo un pequeño problema, o grande, o ni siquiera es un problema, o si. Yo quería escribir o contar; él quería que yo escribiera o contara un sueño suyo… pero en realidad la historia es simple aunque a él le parece que es imposible que se pueda poner en palabras porque escrito es ridículo, pero las sensaciones, según sospecho, no. Él es un gorrión, un vulgar pardal, jovencito, de la última primavera. Con otros de su especie han convertido el estanque de la plaza de Europa, ¡si hombre!, ese que está en medio del medio de Gijón, en su centro de reunión, a la vez baño y abrevadero. Pues el Gorrión, este, se ha empeñado en soñar despierto todo el día. A veces se acerca al banco de los mendigos, como hay varios, para que te ubiques, el que está más cerca del estanque y comparte las migajas del bocadillo. En un momento se queda mirando, de lado, como miran todos estos bichos fijamente, bueno, me mira fijamente y entonces, hipnotizado o algo así empiezo a ver el mundo muy raro, en dos planos nítidos y simultáneos a derecha e izquierda; un mundo imposible, muy extraño… Me froto los ojos los abro y sigo viendo lo mismo… Los cierro y entonces, solo entonces:
“ la caña de la planta,
alabeada por mi peso,
cimbreo, cimbreo, sopla el viento
el estanque, los nenúfares
entre sus hojas, sobre sus hojas
me refocilo
el sol sobre la cabeza
la rana curiosa, mira”
Es lo que tienes que escribir, pienso con extrañeza, inmediatamente, dice.
Probablemente el chóped del bocadillo estaba en mal estado, sospecho.

(Imagen del relato: gorriones en el estanque que se menciona)

Madre, diga usted si miento (y 2)

Este Chán (con tilde la que lleva Sebastián) contaba que para cazar conejos lo mejor era poner una raspa de bacalao portugués atado con una cuerda a la albarda del burro y llevar la dicha raspa arrastrando por el suelo a lo largo de los caminos en las tardes secas de verano y otoño cuando de las faenas del campo volvía a casa. Antes de llegar a las fuentes que rodean al pueblo, como los romanos a Numancia, a saber: la fuente del Camino Arriba, la fuente del Camino Abajo, la fuente del Caño Roto, la de la Lastra, la del Camino a Portugal, la del tío Melecio, o la del Arrabal sólo tenía que parar y bajar de la caballería preparar el costal con la boca bien abierta, meter la raspa dentro ya que los conejos, liebres y otros seres comedores de las hierbas de monte bajo como si fueran en procesión o romería iban entrando y allí se quedaban ya que una vez lleno sólo tenía que asegurar la boca con un cordel. “Madre, diga usted si miento”. También y por abreviar las miles de historias que causaban regocijo entre los oyentes comentaba que el mejor método para cazar perdices era con pimienta molida y granos de trigo: en un fardel llevaba siempre granos de trigo con pimienta negra molida y cuando llegaba a los campos donde las perdices se contaban por cientos sólo tenía que poner unos cuantos granos del cereal junto a unas piedras de las que abundaban por allí de tal manera que las perdices cuando comían un grano con el picor de la pimienta estornudaban y sin remedio daban con su pico y cabeza contra las piedras con lo que suficientemente desorientadas era fácil cogerlas por el cuello y al morral. Volvía siempre a su letanía: “Madre, diga usted si miento”. La madre, asentía y callaba. Según mi padre, las pocas veces que comió en casa de su tía y primo jamás hubo otra vianda que patatas con bacalao, patatas con verduras o huevos estrellados con patatas. Las patatas de aquella casa debían contener alguna sustancia que se trastocaban en conejos o perdices a conveniencia.

El gallo de Caifás

Alguna vez he comentado que algunos gallos son descendientes directos de aquel que tuvo al pobre de san Pedro pesaroso el resto de su vida por mor de unas negaciones de las que ya había sido avisado: “¡No conozco al hombre! Y en seguida cantó el gallo.” (Mateo 26:74) Ya que estaban en casa de Caifás el gallo debía de ser suyo. A partir de aquel momento para el bueno de san Pedro oír cantar un gallo era como para los millones de trasnochadores, por mor de la programación de las televisiones, escuchar el despertador un lunes, martes, miércoles… por la mañana a cualquier hora. Lo más lógico es que a los despertadores los hubieran apodado gallos de Caifás con lo que se conseguían varias cosas: no tener mala conciencia cuando lo convirtiéramos en caldo y maldecir, con fundamento, a un individuo traidor y alevoso como cualquier buen despertador que se precie.

Madre, diga usted si miento (1)

En todas las familias, por muy cortas que sean, siempre hay alguien que le sobra fantasía y que encuentran oyentes en cualquier lugar. Tuvo mi padre un primo o tío, carnal al parecer, que jamás usó de escopeta ni cualquier otra arma de fuego porque el maestro le había dicho que las armas las carga el diablo y él con el diablo no quería tener nada que ver; de hecho se pasó toda la vida opositando para sacristán, oficio al que no pudo acceder por un su abuelo algo ateo o descreído según entonces abundaba la fama. Pero las historias que Chán, o Sebastián, contaba eran muy otras ya que presumía de haber sido el mejor cazador de piezas menudas de la comarca: conejos a cientos, perdices sin cuento, palomas torcaces, tordos, gorriones, codornices, erizos, lagartos, ranas, sardas, anguilas, angulas, barbos, tencas, salmones y en años de necesidad, primero los gatos y después los perros pero nunca las ratas a nadie explicó tamaña discriminación. Si su madre estaba presente, siempre con el salmo en los labios: “Madre, diga usted si miento”. La madre, asentía y callaba.

Comer de restaurante

El mirlo empapado por la lluvia, con su trino fue capaz de tener al abad Ero, trescientos años a la intemperie, ensimismado. Me pregunto qué sombra de nube en forma de rapaz voladora o gatuna pudo provocar una nota discordante en el canto del ave e interrumpir el arrobamiento del buen abad.
(Hay eruditos que tienen encendidas y, a veces, enconadas discusiones sobre la naturaleza del avecilla si ruiseñor o verderón o incluso una urraca o grajo educados en el canto en un buen conservatorio de pago, que no todo iban a ser milagros.)
Lo cierto es que el prodigio más grande de todos fue que tanto el abad como el ave se alimentaran del aire. Como descubra la fórmula algún cocinilla moderno estaremos perdidos ya que sin provocarlos y por tanteo nos llenan los platos de aire y espumas varias. ¡Que san Ero los alimente 'a pan y agua' y a nosotros nos ayude con la factura!

Recuerdos de hace cincuenta años


Dado lo tiquismiquis que casi todo el personal del mundo es, es posible que lo que voy a contar pueda parecer extraño. Internos en un colegio, creo que el curso de bachillerato era tercero, un día a media mañana nos llevaron a la capilla y después de un extraño ritual nos nombraron caballeros como a don Quijote en la venta, pero en serio. Teníamos nuestra cruz mitad blanca, mitad negra; símbolo total de la caballeresca medieval y en lugar de darnos con la espada en el hombro nos entregaron un cíngulo de la castidad y un, de lo que ahora llaman, pin y que nosotros llamábamos insignia. Estaba bien pensado no sea que a las dulcineas del mundo les diera por enredar y en aquel momento no era el caso ni la cosa.

De mis lecturas

Ahora, acogido a la penumbra de su celda, recordaba un verso de Prudencio que había leído de joven: inrepsit subito canities seni. ¡Con qué rapidez había trepado la canicie por sus sienes, hiedra blanca para coronar su cabeza de anciano! La nieve de su frente, seguía el poeta, probaba el paso de los inviernos y las rosas. Alguna de ellas había florecido a la sombra de la biblioteca. También alguna pesadumbre: ya Cipriano, elegido obispo de Cartago «por aclamación del pueblo», se lamentaba de que nadie está exento «de alguna herida de la conciencia».
Emilio Pascual “El monje en su Apocalipsis”
(De uno de los estudios introductorios a la edición conmemorativa del Beato de Liébana “Comentarios al Apocalipsis de San Juan”)
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oooooooooo
ooooo
Proemium
Per quinquennia iam decem, ni fallor, fuimus: septimus insuper annum cardo rotat, dum fruimur sole volubili. Instat terminus et diem vicinum senio iam Deus adplicat. Quid nos utile tanti spatio temporis egimus? Aetas prima crepantibus flevit sub ferulis. Mox docuit toga infectum vitiis falsa loqui, non sine crimine: Tum lasciva protervitas, et luxus petulans (heu pudet ac piget!) foedavit iuvenem nequitiae sordibus ac luto. Exin iurgia turbidos armarunt animos et male pertinax vincendi studium subiacuit casibus asperis. Bis legum moderamine frenos nobilium reximus urbium, ius civile bonis reddidimus, terruimus reos. Tandem militiae gradu evectum pietas principis extulit adsumptum propius stare iubens ordine proximo. Haec dum vita volans agit, inrepsit subito canities seni, oblitum veteris me Saliae consulis arguens: Sub quo prima dies mihi quam multas hiemes volverit, et rosas pratis post glaciem reddiderit, nix capitis probat. Numquid talia proderunt carnis post obitum vel bona vel mala? Cum iam, quidquid id est, quod fueram, mors aboleverit. Dicendum mihi; quisquis es,  mundum, quem coluit, mens tua perdidit: non sunt illa Dei, quae studuit, cuius habeberis. Atqui fine sub ultimo peccatrix anima stultitiam exuat: saltem voce Deum concelebret, si meritis nequit: Hymnis continuet dies, nec nox ulla vacet, quin Dominum canat: pugnet contra hereses, catholicam discutiat fidem, Conculcet sacra gentium, labem, Roma, tuis inferat idolis, carmen martyribus devoveat, laudet apostolos. Haec dum scribo vel eloquor, vinclis o utinam corporis emicem liber, quo tulerit lingua sono mobilis ultimo.

Prefacio

Ya estoy en los 57 años de mi edad: ya me está instando el término de mi vida, y ya se me va aproximando el día de mi muerte, sin haber hecho cosa alguna buena en tanto tiempo. Pasé mi primera edad en sollozos por los castigos de la escuela: inficionado después con vicios me enseñó la Toga a decir falsedades, no sin delitos: siguióse la perversa lascivia y el desenfrenado lujo (que me avergüenzo y horrorizo), que encenagó mi juventud en el lodo de las maldades. Corroboraron después las rencillas el torbellino de mis ímpetus, y malamente porfiado el apetito a quedar victorioso, se rindió a casos desabridos. Por dos veces goberné a ciudades ilustres con el timón de las leyes, atemorizando a los delincuentes y haciendo justicia a los buenos. Por último, separado de la milicia me sublimó la piedad del Soberano al primer puesto cerca de su persona. Mientras esto pasa como en un vuelo, repentinamente me hallé con las canas de la vejez, que me argüía de haberme olvidado del antiguo cónsul Salia, en cuyo tiempo nací; siendo la nieve de mi cabeza la prueba de los muchos inviernos y primaveras que por mía han pasado. ¿Y por ventura será de algún provecho todo esto, bueno o malo, después de mi fallecimiento, cuando la muerte haya borrado todo cuánto yo haya sido? Sin duda alguna se me dirá entonces: tú has perdido ya el mundo a quien veneraste y las cosas que te llevaron la afición no son de Dios a quien debías servir. Más ya que el alma pecadora por último se ha de desnudar de su necedad, celebre ahora a Dios a lo menos con las voces, ya que no puede con obras meritorias. Emplee continuamente los días en himnos y no deje en hueco ninguna noche sin dar a Dios alabanzas: pelee contra las herejías: estudie los misterios de la Fe católica: menosprecie los sacrificios gentilicios: destruya los ídolos romanos: escriba poesías en honor de los mártires; y celebre a los Apóstoles. Ojalá yo al escribir o hablar esto saliese libre de la cárcel des este cuerpo con la última voz que articulase mi lengua.



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