En todas las familias, por muy
cortas que sean, siempre hay alguien que le sobra fantasía y que encuentran oyentes
en cualquier lugar. Tuvo mi padre un primo o tío, carnal al parecer, que jamás
usó de escopeta ni cualquier otra arma de fuego porque el maestro le había
dicho que las armas las carga el diablo y él con el diablo no quería tener nada
que ver; de hecho se pasó toda la vida opositando para sacristán, oficio al que
no pudo acceder por un su abuelo algo ateo o descreído según entonces abundaba
la fama. Pero las historias que Chán, o Sebastián, contaba eran muy otras ya
que presumía de haber sido el mejor cazador de piezas menudas de la comarca:
conejos a cientos, perdices sin cuento, palomas torcaces, tordos, gorriones,
codornices, erizos, lagartos, ranas, sardas, anguilas, angulas, barbos, tencas,
salmones y en años de necesidad, primero los gatos y después los perros pero
nunca las ratas a nadie explicó tamaña discriminación. Si su madre estaba
presente, siempre con el salmo en los labios: “Madre, diga usted si miento”. La
madre, asentía y callaba.
Un rastro de palabras
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A los poetas les pasa como a los toreros: que se retiran, pero reaparecen.
Los aficionados se alegran. Más los lectores de Moreno (Alicante, 1964),
que co...
Hace 1 semana
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