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Un ente de razón

Un ente de razón
Después hablé de mis gestiones para encontrar casas que me dieran su representación comercial, y le dije a don Eugenio que de una manera más bien honoraria que efectiva, podía titularme representante de la casa Collado, de San Sebastián.
—Está bien eso.
—Traigo, además, una carta para el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa.
—¿La tienes ahí?
—Sí.
Le di la carta, la leyó y me dijo:
—Es una carta corriente; no sé si te servirá de algo. Si vas a verle a Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.
—No le hablaré; no tenga usted cuidado.
—Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisión que tenemos que fundar.
—¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?
—Tú serás uno de los socios.
—¿Y el otro?
—El otro será el señor Etchegaray.
—¿Y quién es el señor Etchegaray?
—El señor Etchegaray es un ente de razón.
—No sé lo que es eso.
—Pues es un personaje que no existe.
—¿Y para qué lo necesitamos?
—Él dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión; así, cuando tú alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa en la que se leerá:
ETCHEGARAY Y LEGUÍA
Casa de comisión
—Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de pájaro es este Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por él.
—Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos cincuenta y cinco a cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico…
—Lo mejor sería que hiciera usted un documento de identificación completo.
—Lo voy a hacer ahora mismo.
Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de papel y escribió: «Dominique Michel Etchegaray Leguía».
—¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?
—Sí; tío tuyo y primo mío. «Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado, viudo; profesión, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos, garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano…».
—¿Tiene hijos?
—Uno, que está en América establecido.
—¿En qué república?
—En Méjico.
—¿Qué ha hecho mi tío por allá?
—Ha sido comerciante y minero en California.
—¿Tiene parientes en Francia?
—No; únicamente una hermana en España.
—Que es, naturalmente, tía mía.
—Claro.
—¿La haremos soltera o casada?
—Soltera.
—¿La tía Juana?
—Bueno.
—¿Dónde vivirá?
—En Vergara, si te parece.
—Muy bien.
—Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de Dominique Etchegaray, avecindado en Bidart; luego haremos la escritura de sociedad comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo, y andará yendo y viniendo de España.
Cuando tú pongas tu oficina, yo escribiré siempre a nombre de Etchegaray.
—Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?
—Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirás que cuando quede vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana por la mañana irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie, el comercio del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón, que es española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas, dándote el dinero que necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos comunicaremos por carta; tú me escribirás a nombre de Iturri; yo, a nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisión esté establecida. Mientras tanto, si te necesito, te avisaré.
—Bueno.
—Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la lucha carlista.
—Muy bien. Comprendido.
Me despedí de Aviraneta, y fui marchando después hacia el centro del pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.

Pío Baroja
El amor, el dandismo y la intriga
Memorias de un hombre de acción - 13

Esta obra, terminada en Vera de Bidasoa por octubre de 1922, se halla constituida por cuatro partes y en ellas vuelve a ser personaje central el narrador, Pedro Leguía. Retoma el argumento un poco abandonado que comenzara en El aprendiz de conspirador. Bayona es el centro de la intriga al principio, como lo será en otras novelas de la serie, inmediatamente posteriores. Abundan las descripciones y pinturas del ambiente de 1837. Leguía es joven, apuesto, el dandismo está a la orden del día.
Esto y sus actividades peculiares le dan motivos para apuntar muchas ideas y observaciones sobre la vida amorosa y la política y sus hombres. Pero también hay parte dedicada a descubrir la situación de la zona fronteriza avanzada ya la primera guerra civil; el novelista transcribe, así, canciones vascas de circunstancias (algunas recogidas en Vera). La tercera parte recoge experiencias muy distintas y varias, en París y Madrid. La trama mayor de todas las urdidas por Aviraneta para provocar la desorientación en el campo carlista se va desarrollando en las partes cuarta y quinta, llenas de incidentes novelescos e intrigas amorosas que justifican sobradamente el título.

—Sí, es verdad. Indudablemente, se ha armado la gorda —dijo.

Al día siguiente de la llegada de don Eugenio, mi difunta mujer le contó cómo nuestro sobrino Daniel estaba en Madrid escondido, en casa de la peinadora de marras, y cómo se decía que se preparaba una gorda. Mi difunta temía que el chico interviniera y le pasara alguna desgracia.
Daniel era uno de los partidarios acérrimos del general Contreras, que a mí nunca me pareció más que un bárbaro, y asistía con otros militares a unas reuniones revolucionarias de la calle de Jesús del Valle. El día 21 de junio por la mañana salí al centro de Madrid por cuestión de negocios, y me dijeron que los billetes de Banco se cambiaban con dificultad; era esto un engorro para la industria y el comercio. En unos lados pedían el seis por ciento de comisión; en otros, el ocho. En el café Suizo se exigía el dieciséis. Yo tenía que pagar unas facturas de papel y de tinta y querían que entregara oro y plata, a lo que no me encontraba dispuesto. Estaba un poco preocupado con este asunto.
El día siguiente, que era 22, me desperté a las tres o cuatro de la mañana con el zumbar de grandes estampidos sordos. Eran cañonazos. Me levanté, salí a la ventana de la cocina, y en el silencio oí un estrépito de tiros, descargas cerradas y resonar de los cañones. Me quedé espantado. Fui a llamar a don Eugenio a su cuarto.
—Don Eugenio, don Eugenio —le dije.
—¿Qué pasa? —me preguntó él.
—¿No ha oído usted?
—No; ¿qué ocurre?
—Yo creo que se oyen tiros y cañonazos.
Don Eugenio se incorporó en la cama y escuchó.
—Sí, es verdad. Indudablemente, se ha armado la gorda —dijo.
A él, a pesar de su edad, le hervía la sangre, y eso que pasaba de los setenta y cuatro años.
Salimos a la azotea y estuvimos oyendo el tiroteo, lejano y próximo, que resonaba por todas partes. A las siete de la mañana, el chico de la imprenta, Santiaguillo, hijo de mi regente, vino con la noticia de que en Puerta Cerrada había una barricada con muchos paisanos armados, dirigidos por Paco el Federal, y entre ellos estaban dos de mis cajistas, uno llamado Polonio Sánchez, a quien decían de mote el Pelusa, y otro, Pedro Ferreiro, alias el Galleguín.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? —le pregunte yo al aprendiz.
—Pues nada, que se ha sublevado el cuartel de San Gil y todo Madrid.
Al oírlo mi mujer se sobresalté.
—Ese Daniel, ¿qué habrá hecho? —exclamaba a cada instante—. A ese chico le ha pasado algo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué desgracia!
—Vamos a enterarnos —dijo Aviraneta de pronto.
—Bueno, vamos —indiqué yo, aunque no tenía maldita gana de salir de casa.
—No te alejes, ¡por Dios! —me empezó a recomendar mi difunta mujer.
—Podemos acercarnos a Palacio a curiosear un poco —advirtió don Eugenio, que ya se había vestido y puesto las botas.
—Bueno —repuse yo, aunque un poco tembloroso y asustado.
Nos dispusimos a salir.
—Si le preguntan algo —me indicó don Eugenio en la escalera—, no se le ocurra a usted decir que busca a un sobrino suyo entre los sublevados, sino en la tropa.
—Así lo haré.
Salimos de casa y quisimos avanzar por la calle de Segovia arriba. Se oía un estrépito de tiros que no cesaba. Nos detuvimos.
—Por Puerta Cerrada es imposible pasar —explicó un artesano haraposo que venía corriendo anhelante.
—¿Pues qué ocurre?
—Que se hace fuego por todas las calles que desembocan allí. Hacia la plaza de la Villa hemos visto un torero muerto.
—¿Un torero?
—Sí, un torero vestido de corto. Por los otros callejones se dispara desde los tejados y está uno expuesto a que lo maten.
El hombre haraposo se fue, y otro más sereno nos dijo que quizá podríamos pasar por la calle del Rollo. Nos unimos a un comandante retirado, de la vecindad, el comandante don Perfecto Sañudo, padre de un alabardero. Don Perfecto quería también llegar a Palacio.
Salimos los tres a la plaza del Cordón. Al asomarnos a ella dos soldados se echaron el fusil a la cara, nos apuntaron y nos dieron el alto.
El viejo comandante Sañudo dio las explicaciones necesarias con aire de mando y nos dejaron entrar en el callejón que sale a la plazuela de la Villa, en la cual encontramos unos oficiales. Estos nos indicaron que para ir a Palacio debíamos bajar a los Consejos, y de allí dirigirnos por la plaza de la. Armería.
Avanzamos por entre pelotones de soldados. Nos pararon, nos preguntaron; nos dijeron unas veces que podíamos pasar y otras que no; llegamos al arco de la Armería, cruzamos la plaza, entramos por la puerta de Palacio, dimos nuestros nombres a un centinela y penetramos por el postigo.
El comandante don Perfecto y Aviraneta subieron. Yo no me atreví, y esperé en el puesto de guardia.
Por lo que me dijo después don Eugenio, en las habitaciones particulares de Palacio estaban la reina, el rey y otras seis o siete personas.
En aquel momento llegó el general Quesada, y dijo:
—Ya se ha terminado lo de San Gil. Ahora se va a emprender el ataque a la plaza de Santo Domingo y de la calle Ancha.
El general Narváez, herido delante del cuartel de San Gil, estaba en un sofá y le reconocía, y después le vendaba, un médico de la Casa Real.
Aviraneta conocía a Quesada, y le pidió un salvoconducto para ir a su casa de la calle del Barco, donde dijo le esperaba su mujer.
—Le van a detener los sublevados —le advirtió el general.
—Yo me las arreglaré.
—Bueno, está bien.
Quesada escribió unas palabras en un papel, que firmó, y se lo dio a don Eugenio.
—¿Quién está sublevado en la plaza de Santo Domingo? —le preguntó Aviraneta.
—Debe de ser Contreras.
Me contó también don Eugenio que Narváez, al verle por el hueco de la puerta, le reconoció y le dijo:
—¡Qué demonio! ¿Es usted, compadre? Yo creía que hacía ya mucho tiempo que se había ido usted al otro barrio.
—Pues ya ve usted, mi general, que sigo todavía en este.

Pío Baroja
Desde el principio hasta el fin
Memorias de un hombre de acción - 22



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