Siguiendo la hilera de los chopos

Era ayer cuando, tú, estabas junto a la roca, un lugar a la derecha de la carretera cuando ibas hacia las afueras siguiendo la hilera de los chopos; falda breve, vestido de pobreza que no tiene para cambiar guardarropía de temporada (cualquiera que), falda limpia, inmaculada (tú, sí) como la blusa que apenas insinúa lo que el hambre no llena; sin embargo, lo que veía era cerca, lejos, dentro, y obediencia ciega, y sumisión, y los milagros de convertir el tocino rancio con garbanzos, henchidos de sabor y grasas, amables al paladar y al hambre, en un manjar. Era ella, sueño de todos los dioses, inalcanzable como el suave viento en una tarde de verano. Tú, doncella sacrificial, más limpia que tu falda y tu blusa, más limpia que tu alma limpia. Tú misma, madre tierra y llama.
Isabel.
El cura de pueblo, ignorante y malévolo, entre hileras de chopos, paseaba, paseaba y pasaba. (MMV. Recuerdos vanos, 2017)

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