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Araucaria (9) - Ante nosotros aparecía un muro de roca pura, en la que no había ni una grieta por la que pudiera deslizarse un ratón.

—Sin duda es alguna clase de escritura —dijo Challenger.
—Parece como un rompecabezas de esos concursos cuyo premio es una guinea —comentó lord John, estirando el cuello para observarlo. De improviso alargó su mano y cogió el rompecabezas—. ¡Por Dios! —exclamó—. Creo que ya lo tengo. El muchacho lo había acertado desde el primer momento. ¡Vean aquí! ¿Cuántas marcas hay en ese papel? Dieciocho. Y bien: si piensan en ello, verán que hay dieciocho bocas de cueva en la ladera de la colina que está sobre nosotros.
—Cuando me dio el papel señaló las cuevas —dije.
—Bien, esto lo aclara todo. Es un mapa de las cuevas, ¿eh? Dieciocho de ellas en una hilera, algunas cortas, otras profundas, algunas bifurcadas, tal como las hemos visto. Es un mapa y aquí hay una cruz. ¿Para qué está colocada? Lo está para señalar una cueva que es mucho más profunda que las otras.
—Una que atraviesa todo el risco —exclamé.
—Creo que nuestro joven amigo ha descifrado el enigma —dijo Challenger—. Si la cueva no atraviesa de parte a parte el risco, no comprendo por qué esta persona, que tiene toda clase de razones para desearnos el bien, va a llamarnos la atención sobre ello. Pero si lo atraviesa y sale del otro lado por un punto situado a la misma altura, no tendremos que descender más que un centenar de pies.
—¡Un centenar de pies! —refunfuñó Summerlee.
—Bueno, nuestra cuerda todavía tiene más de cien pies —exclamó—. Sin duda podremos hacer el descenso.
—¿Y qué pasará con los indios que están en la cueva? —objetó Summerlee.
—No hay indios en ninguna de las cuevas que hay por encima de nosotros —dije—. Todas se utilizan como graneros y depósitos. ¿Por qué no subimos ahora mismo y atisbamos el terreno?
Se halla en la meseta una madera seca y bituminosa —una especie de araucaria, de acuerdo con nuestros botánicos— que siempre usan los indios como antorcha. Cada uno de nosotros cogió un manojo de éstas y subimos por la escalera cubierta de maleza hasta la cueva marcada en el dibujo. Estaba, tal como ya había dicho, completamente vacía, si se exceptúa un gran número de enormes murciélagos, que aletearon en torno a nuestras cabezas a medida que nos adentrábamos en ella. Como no deseábamos atraer la atención de los indios acerca de nuestras acciones, anduvimos dando traspiés en la oscuridad hasta que dejando atrás varias cuevas penetramos una considerable distancia en el interior de la caverna. Entonces, por fin, encendimos nuestras antorchas. Era un túnel hermoso y seco, con lisas paredes grises, cubiertas de símbolos indígenas, el techo curvado con arcos sobre nuestras cabezas y una arena blanca que brillaba bajo nuestros pies. Nos precipitamos anhelantes por este túnel hasta que, con un profundo gemido de amargo desencanto, nos vimos forzados a hacer un alto. Ante nosotros aparecía un muro de roca pura, en la que no había ni una grieta por la que pudiera deslizarse un ratón. Allí no había salida para nosotros.
Nos quedamos inmóviles, contemplando con amargura en el corazón ese inesperado obstáculo. Éste no era el resultado de ningún cataclismo, como en el caso del túnel de ascenso. Aquello era, y había sido siempre, un cul de sac.
—No importa, amigos míos —dijo el indomable Challenger—. Todavía cuentan ustedes con mi firme promesa de otro globo.
Summerlee lanzó un quejido.
—¿No habremos seguido una cueva equivocada? —sugerí.
—Es inútil, compañerito —dijo lord John con el dedo apoyado en nuestro mapa—. La diecisiete empezando por la derecha y la segunda desde la izquierda. Ésta es la cueva, con toda seguridad.
Yo miré la marca que señalaba su dedo y lancé un grito de repentina alegría.
—¡Creo que lo tengo! ¡Síganme, síganme!
Retrocedía a todo correr por el camino que habíamos seguido, con la antorcha en la mano.
—Aquí —dije, señalando hacia unas cerillas que había en el suelo— es donde encendimos las antorchas.
—Exacto.

Arthur Conan Doyle
El mundo perdido
Aventuras del profesor Challenger 

Una de las más divertidas sátiras de los científicos modernos, sus querellas académicas y su visión reductora pero enérgica de la realidad, es también una de las mejores novelas de aventuras que ha consentido este siglo. Novela en que se crea al profesor Challenger y que figura entre las historias mejor contadas de este narrador fuera de serie. El argumento nos parece hoy manido, a causa de las incontables imitaciones que ha soportado […]; puede resumirse así: el profesor Challenger, viajando por América del Sur, descubre rastros de vida prehistórica en las selvas amazónicas; vuelve a Londres y prepara una expedición para verificar sus teorías; encuentran estos exploradores una meseta inaccesible en plena jungla, habitada por bestias antediluvianas y razas en los albores de la humanidad; tras numerosos peligros, vuelven a Londres con sorprendentes pruebas de su descubrimiento. Conan Doyle consigue narrar toda la aventura, situando siempre al lector en el punto más adecuado para disfrutar de ella, por lo que cada escena adquiere una suerte de mágica intensidad gozosa: El mundo perdido es una novela que se lee en un estado de ánimo permanentemente jubiloso, propia de una víspera de fiesta o del alba ensoñada y excitante en que vamos a emprender un viaje anhelado. Es un libro escrito con buen humor, en el que el autor contagia a su público el disfrute que le produjo componer cada página. Las figuras de los dos científicos expedicionarios, Challenger y su rival Summerlee, quedan simpáticamente maltratadas. Ambos son obstinados, incapaces de todo goce que no derive de la taxonomía o de la prioridad en el descubrimiento, pero con todo, esclavos de una especie de fanatismo que casi podría confundirse, en ocasiones, con la grandeza.

Se ha producido, finalmente, la catástrofe que venía amenazando desde hacía tanto tiempo. No sé cómo describirla. El capitán ha desaparecido.

Se ha producido, finalmente, la catástrofe que venía amenazando desde hacía tanto tiempo. No sé cómo describirla. El capitán ha desaparecido. Pudiera ser que regresase con vida a reunirse con nosotros en el barco, pero abrigo muchos temores…, abrigo muchos temores. Son las siete de la mañana del día 19 de septiembre. Durante toda la noche he estado recorriendo, en compañía de un grupo de marineros, el gran campo flotante de hielo que tenemos delante de nosotros, con la esperanza de descubrir algún rastro suyo; pero todo ha sido en vano. Voy a tratar de relatar de alguna manera las circunstancias que concurrieron en su desaparición. Si alguien, por casualidad, lee las líneas que siguen, yo espero que tendrá muy presente que yo no escribo basándome en conjeturas ni porque me lo hayan contado, sino que, como hombre que está en su sano juicio y es persona educada, relato con exactitud las cosas que sucedieron ante mis propios ojos. Respondo de los hechos, aunque las suposiciones son cosa mía.
Después de la conversación que he copiado, el capitán se mantuvo del mejor humor. Sin embargo, se advertía que se encontraba nervioso e impaciente; a cada instante cambiaba de posición, y sus miembros se agitaban de la manera involuntaria y coreica que a veces le caracteriza. En el espacio de un cuarto de hora subió siete veces a cubierta, volviendo a bajar después de dar algunos pasos precipitados. En todas esas ocasiones fui yo tras él, porque advertí en su cara un algo que me confirmó en mi resolución de no perderlo de vista un momento. Debió de darse cuenta del efecto que sus idas y venidas habían producido, porque trató de tranquilizar mis recelos mediante una hilaridad exagerada, y riéndose a carcajadas al menor chiste.
Después de la cena volvió a subir a la cubierta por el lado de popa, y yo le acompañé. La noche era oscura y muy callada, sin más ruido que el melancólico gemir del viento entre la arboladura. Una espesa nube avanzaba desde el Noroeste, y los desgarrados tentáculos que despedía hacia adelante eran arrastrados y se interponían tapando el disco lunar, que sólo brillaba de cuando en cuando por algunas hendiduras de los nubarrones. El capitán iba y venía con paso rápido por la cubierta; dándose cuenta de que yo le seguía como una sombra, vino hasta mí para darme a entender que estaría mejor en la cámara. No hará falta decir que aquello sólo consiguió reforzar aún más mi resolución de permanecer sobre cubierta.
Creo que después de eso ya no se volvió a acordar de mí, porque permaneció en silencio y apoyado en el coronamiento del antepecho de popa, mirando hacia el gran desierto de nieve, una parte del cual se hallaba envuelto en sombras, y la otra aparecía revestida de un brillo difuso del claror de luna. Me di cuenta, por sus movimientos, de que consultaba en varias ocasiones su reloj; en una de ellas pronunció una breve frase de la que sólo pude captar la palabra «dispuesto». Confieso que sentí reptar por todo mi cuerpo una sensación de terror al ver dibujarse su alta figura en la oscuridad, comprendiendo que respondía por completo a la idea de un hombre que ha acudido a una cita previa. ¿Pero con quién tenía la cita? A medida que iba atando cabos empecé a tener una vaga percepción; pero no sospeché ni remotamente la sucesión de los hechos.
Por la súbita intensidad de su actitud comprendí que estaba viendo algo. Me acerqué furtivamente por detrás. Parecía estar contemplando con mirada anhelante e interrogadora algo que a mí me pareció una guirnalda de nubes que el viento arrastraba rápido paralelamente a nuestro barco. Era un conjunto nebuloso y apenas visible, informe, que unas veces destacaba más y otras menos, según le diese o no la luz. En ese instante, la luna tenía un brillo más apagado por estar cubierta por el pabellón de una nube delgadísima como la tela que recubre una anémona.
—Voy, muchacha, voy —gritó el capitán con un tono de ternura y de compasión infinitas, como quien tranquiliza a la persona amada concediéndole un favor largo tiempo esperado, y tan dulce de otorgar como de recibir.
Lo demás ocurrió en un instante. De un salto se encaramó sobre el antepecho, y de otro pisó el hielo casi al pie mismo de la pálida figura nebulosa. Alargó sus manos como para abrazarla, y en esa actitud, con los brazos abiertos y pronunciando palabras amorosas, se metió en la oscuridad. Permanecí rígido e inmóvil, esforzándome en seguir con la mirada aquella figura que se alejaba, hasta que su voz se perdió en la lejanía. No creí volver a verlo, pero en ese instante brilló la luna con todo su claror por una grieta abierta entre los nubarrones, e iluminó el ancho campo de hielo. Entonces volví a ver la masa negra, ya muy lejos; corría con velocidad prodigiosa por la llanura helada. Fue la última imagen que de él tuvimos, y quiza la última que tengamos. Se organizó un grupo para ir en su busca, y yo forme parte del mismo; pero los hombres no realizaban con entusiasmo aquella tarea y nada se encontró. Dentro de unas horas se organizará otro grupo. Mientras pongo todo esto por escrito, tengo que hacerme fuerza para no creer que he estado soñando o que he sido víctima de una horrenda pesadilla.

Arthur Conan Doyle
Piratas y mar azul

ARTHUR CONAN DOYLE nace en el mismo lugar y apenas ocho años después que Robert Louis Stevenson: Edimburgo, 1859. Tal vez por ello, cuando aparecieron en la prensa algunos de los cuentos que aquí se publican, fueron atribuidos a la pluma del autor de La Isla del Tesoro, en lugar de al padre de Sherlock Holmes. Pero es la experiencia de Conan Doyle como médico a bordo de un ballenero por las aguas del Ártico la que le confiere ese gran conocimiento de la vida marinera. A través de estas páginas el lector volverá a ser un adolescente viviendo aventuras arriesgadas, donde el ron y la sangre son derramados de igual forma sobre las tablas de la cubierta de bajeles siniestros o veloces bergantines. Se verá salpicado por las gotas saladas del mar Caribe, sentirá el calor abrasador del sol de los trópicos, y temerá por su vida cuando vea ondear contra el cielo azul la bandera negra de los piratas más crueles y despiadados.

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