Aquella mañana, por primera vez, Fähmel estuvo descortés con ella

Aquella mañana, por primera vez, Fähmel estuvo descortés con ella, casi grosero. La telefoneó a eso de las once y media, y ya el timbre de su voz le hizo presentir algo desagradable; no estaba acostumbrada a aquellas modulaciones, y precisamente porque sus palabras se mantenían perfectamente correctas, la asustó el tono de la voz: toda su cortesía quedaba reducida a fórmulas, como si, en lugar de agua, le hubiese ofrecido H2O.
—Por favor —dijo—, ¿quiere buscar en su escritorio la tarjeta encarnada que le di hace cuatro años? Con la mano derecha, Leonore tiró del cajón de su escritorio, empujó a un lado una tableta de chocolate, el paño de lana y el limpiametales, y sacó la tarjeta encarnada. —Por favor, lea en voz alta lo que dice la tarjeta—. Y ella leyó con voz temblorosa: «Estoy en todo momento a disposición de mi madre, mi padre, mi hija, mi hijo y el señor Schrella; no estoy para nadie más».
—¿Quiere repetir la última frase, por favor? —y ella repitió—: No estoy para nadie más. Y además, ¿cómo sabía usted que el número de teléfono que le di era el del hotel Prinz Heinrich? —Leonore no contestó—. Perdone, pero insisto en que se atenga usted a mis indicaciones aunque se las diera hace cuatro años…, por favor.
Ella no contestó.
—Fue una tontería… —¿Se había olvidado de añadir esta vez «por favor»?
Leonore oyó murmullos, luego una voz que gritaba «taxi, taxi», el silbido del guardia de la circulación, dejó el auricular, puso la tarjeta en el centro del escritorio y se sintió casi aliviada; aquella rudeza, la primera en el transcurso de cuatro años, resultaba algo así como un gesto cariñoso.
Cuando no podía fijar la atención o estaba cansada del ritmo extremadamente preciso de su trabajo, salía fuera a limpiar la placa de latón: «Dr. Robert Fähmel, Oficina de cálculos estáticos, cerrado por las tardes». Los vapores del ferrocarril, los gases de escape, el polvo de la calle, le daban cada día ocasión de sacar el paño de lana y el limpiametales del cajón, y a Leonore la encantaba prolongar aquellos minutos de limpieza hasta un cuarto de hora o incluso media hora. Al otro lado de Modestgasse, en el número 8, detrás de las ventanas polvorientas, podía ver las prensas que, incansables, imprimían cosas edificantes sobre papel blanco; las sentía trepidar y creía hallarse transportada a bordo de un buque que navegaba o que está a punto de zarpar. Camiones, aprendices, monjas; vida en la calle, cajas en la puerta de la tienda de verduras: naranjas, tomates, coles. Y en la casa contigua, ante la tienda de Gretz, dos aprendices colgaban, en aquel momento, un jabalí: la sangre oscura goteaba sobre el asfalto. Leonore amaba el bullicio y la suciedad de la calle. Un sentimiento de rebeldía le subía, por momentos, a la cabeza y la hacía pensar en abandonar el empleo; trabajar en cualquier tienda sucia, confinada en un patio interior, donde se vendieran cables eléctricos, especias o cebollas, donde un dueño desaseado, con los tirantes de los pantalones colgando, preocupado por los vencimientos, se permitiría franquezas que, por lo menos, se podrían rehusar; donde habría que sostener una batalla para obtener una hora de permiso para ir al dentista, donde se haría una colecta para el regalo de boda de una compañera, para comprar un cuadrito de bendición del hogar o un libro sobre el amor; donde las bromas groseras de los compañeros le recordarían a una que había permanecido intachable. Vida, y no ese orden inmaculado, ese jefe, impecablemente vestido e impecablemente correcto, pero que a ella le infundía miedo; Leonore sospechaba desprecio detrás de aquella cortesía de la que participaban todos cuantos tenían tratos con él. Pero ¿con quién tenía tratos, además de con ella? Hasta donde podía recordar, jamás le había visto hablar con nadie, salvo con su padre, su hijo y su hija. Jamás había visto a su madre, que vivía en otro sitio: en un sanatorio para enfermos mentales; y ese señor Schrella, que figuraba también en la tarjeta encarnada, jamás había preguntado por él. Fähmel no tenía hora de visita; a los clientes que llamaban por teléfono, ella estaba encargada de rogarles que se le dirigieran por carta.
Si descubría algún error en su trabajo, se limitaba a hacer un ademán como si tirara algo a la papelera y decía: «Bueno, vuélvalo a hacer, por favor». Eso no ocurría a menudo, porque los escasos errores que se le escapaban, los descubría ella misma. En todo caso, él no se olvidaba nunca de decir «por favor». Cuando Leonore le pedía una hora, un día, se lo concedía; cuando murió su madre, le dijo: «Cerraremos la oficina durante cuatro días… si le conviene una semana, dígalo, por favor». Pero Leonore no quiso una semana, ni siquiera cuatro días; solo tres, e incluso estos se le hicieron demasiado largos en el piso vacío. Al entierro y a los funerales compareció él, naturalmente, vestido de negro; asistieron también su padre, su hijo y su hija, todos con enormes coronas que colocaron personalmente sobre la tumba; escucharon el responso, y el padre, que la apreciaba, le dijo en voz baja: «Nosotros los Fähmel sabemos lo que es la muerte, estamos familiarizados con ella, hija mía».
Se mostraba tan comprensivo para todas sus peticiones que, a medida que pasaban los años, cada día se le hacía más difícil pedirle un favor. Fähmel había ido reduciendo las horas de trabajo; el primer año, Leonore trabajaba de las ocho a las cuatro; pero desde hacía dos años, su trabajo estaba racionalizado de tal manera que lo podía hacer perfectamente de ocho a una e incluso le quedaba tiempo para aburrirse y para prolongar hasta media hora los minutos de limpieza. Ya no se veía ni siquiera la más leve nubecita en la placa de latón. Leonore suspiró, enroscó el tapón de la botella de limpiametales y dobló el paño; las máquinas de imprimir seguían martilleando, imprimiendo incansablemente cosas edificantes sobre papel blanco; el jabalí seguía sangrando. Aprendices, camiones, monjas: vida en la calle.
Encima del escritorio, la tarjeta encarnada; impecable caligrafía de arquitecto: «… para nadie más». El número de teléfono, que ella, con gran esfuerzo, en sus ratos de ocio, ruborizándose de su curiosidad, había identificado: Hotel Prinz Heinrich. Este nombre había alimentado de nuevo sus sospechas: ¿qué hacía por la mañana, entre las nueve y media y las once, en el hotel Prinz Heinrich? Voz helada en el teléfono: «Fue una tontería». ¿Seguro que no había añadido «por favor»? Esta infracción a las normas de estilo la llenó de esperanza, la consoló de aquel trabajo que hubiera podido realizar igualmente un autómata.
Dos modelos de carta que no habían sido alterados en cuatro años, que Leonore había encontrado ya en las copias de su predecesora; una para los clientes que hacían algún encargo: «Les agradecemos su confianza, a la que procuraremos corresponder con la más rápida y correcta ejecución de su encargo. Atentamente le saluda». La segunda era la que tenía que escribir cuando enviaba las bases estáticas a los clientes: «Acompañamos los estudios estáticos encargados por usted para el proyecto de la casa X. Le rogamos gire a nuestra cuenta los honorarios, que ascienden a Y. Atentamente le saluda». Claro que le estaban reservadas ciertas variaciones; debía sustituir X por: Casa para un editor al pie del bosque, casa para un profesor a la orilla del río, puente del tranvía de la calle Holleben. Debía sustituir Y por los honorarios, que podía calcular perfectamente sola por medio de una simple tabla.
Había además la correspondencia con sus tres colaboradores: Kanders, Schrit y Hochbret, a los que tenía que enviar los encargos sucesivamente por orden de antigüedad. «A fin de que —había dicho Fähmel— la justicia siga su curso automático, y la suerte tenga unas posibilidades equivalentes»… Cuando le devolvían los estudios, tenía que remitir lo que había calculado Kanders a Schrit; lo que había calculado Hochbret, a Kanders; lo que había calculado Schrit a Hochbret, para que lo revisaran. Tenía que llevar el archivo, el libro de cuentas, tenía que sacar fotocopias de los dibujos y, de cada proyecto, una doble fotocopia en tamaño postal para su archivo particular; pero lo que más trabajo le daba era el franqueo de las cartas: pasar cada vez el reverso de un presidente Heuss, verde, rojo, azul, por encima de la esponjita, y colocar cuidadosamente el sello en el ángulo derecho superior del sobre amarillo; consideraba como una variación el poder pegar alguna vez un Heuss castaño, violeta o amarillo.
Fähmel tenía por principio no pasar más de una hora al día en la oficina; escribía su nombre debajo del «Le saluda atentamente», y debajo de las cifras de honorarios. Si llegaban más encargos de los que hubiera podido liquidar en una hora, rehusaba aceptarlos. Para estos casos tenía unas tarjetas ciclostiladas con el siguiente texto: «Por exceso de trabajo, nos vemos obligados a rehusar su muy estimado encargo. Firmado F.».
Ni una sola vez, cuando, por la mañana entre las ocho y media y las nueve y media, estaba sentada frente a él, le había visto realizar ningún acto humano íntimo; comer o beber; jamás le había visto acatarrado, y la ruborizaba solo pensar en cosas más íntimas que estas; el hecho de que fumara no compensaba la ausencia de las demás manifestaciones: el cigarrillo blanquísimo era demasiado inmaculado; solo la ceniza, las colillas en el cenicero la consolaban; esos eran por lo menos residuos, demostraciones de que se había consumido algo. Leonore había trabajado con jefes poderosos, hombres cuyas mesas de trabajo parecían puentes de mando, cuya fisonomía infundía pavor, pero incluso aquellos hombres poderosos habían bebido alguna vez una taza de té, un café, habían comido un bocadillo, y la visión de los poderosos en trance de comer y de beber siempre la había excitado: caían migas de pan, sobraban pieles de embutido y bordes grasientos de jamón; tenían que lavarse las manos, sacar el pañuelo. Una chispa de solidaridad aparecía en frentes de granito, que mandaban ejércitos enteros, se limpiaban bocas de rostros que, con el tiempo, serían vaciados en bronce, y más tarde, sobre pedestales, atestiguarían su grandeza a futuras generaciones. Fähmel, en cambio, cuando, a las ocho y media, salía del cuerpo del edificio posterior de la casa, no llevaba restos de desayuno y no estaba —como hubiera convenido a un jefe— ni nervioso ni concentrado en sí mismo: su firma, aunque tuviera que escribir su nombre cuarenta veces debajo del «Le saluda atentamente», se conservaba clara y hermosa; Fähmel fumaba, firmaba, raras veces miraba algún dibujo, tomaba el abrigo y el sombrero a las nueve y media en punto, decía: «Hasta mañana» y desaparecía. De nueve y media hasta las once se le podía llamar en el hotel Prinz Heinrich, desde las once a las doce en el café Zons, disponible solo para «su madre, su padre, su hija y su hijo… y el señor Schrella», a partir de las doce daba un paseo y a la una se reunía con su hija para tomar el almuerzo en el Löwe. Leonore no sabía cómo pasaba las tardes, las veladas; solo sabía que, por la mañana, a las siete asistía a misa, de las siete y media hasta las ocho desayunaba con su hija y de las ocho hasta las ocho y media estaba solo. Leonore se sorprendía cada vez al ver la alegría que demostraba cuando su hijo anunciaba su visita; cada vez abría la ventana, observaba la calle hasta el Modesttor, hacía traer flores, contrataba a una ama de llaves durante los días de la visita; la cicatriz que tenía encima del hueso de la nariz se le enrojecía con la excitación, mujeres de limpieza invadían el sombrío cuerpo de edificio posterior, sacaban botellas de vino y las dejaban preparadas en el vestíbulo para cuando llegara el trapero; las botellas se acumulaban, primero en filas de cinco, luego en filas de diez, porque el largo del vestíbulo era insuficiente: rígido bosque de estacas de color verde oscuro, cuyas puntas contaba Leonore ruborizándose de su curiosidad indebida: doscientas diez botellas vaciadas entre primeros de mayo y primeros de septiembre, más de una botella diaria.
Jamás Fähmel olía a vino, ni le temblaban las manos; el bosque de color verde oscuro se convertía en algo irreal. ¿Lo había visto efectivamente o existía solo en sus ensueños? Jamás había visto a Schrit ni a Hochbret ni a Kanders; vivían lejos uno de otro, cada uno en su pequeño nido. Solo dos veces se habían descubierto mutuamente un error: cuando Schrit calculó mal las bases de la piscina municipal, lo cual fue descubierto por Hochbret. Leonore se excitó sobremanera, pero Fähmel solo le pidió que identificara, entre las anotaciones en lápiz rojo el margen del dibujo, cuáles eran de Schrit y cuáles de Hochbret; y por primera vez se dio cuenta de que el jefe también era del oficio: durante media hora estuvo sentado a su escritorio manejando reglas de cálculo, tablas y lápices afilados, y luego dijo: «Hochbret tiene razón, la piscina se hubiera hundido antes de tres meses». Ni una sola palabra de reproche para Schrit, ningún elogio para Hochbret, y cuando —por única vez— el jefe firmó personalmente el visto bueno, Leonore le vio reírse; su risa le infundió tanto miedo como su cortesía.
El segundo error se le había escapado a Hochbret al calcular las bases estáticas del puente del ferrocarril encima de la Wilhelmskuhle, y esta vez fue Kanders quien descubrió el error, y Leonore volvió a ver a Fähmel —por segunda vez en el transcurso de cuatro años— sentado a su escritorio calculando. Tuvo que identificar otra vez las anotaciones en lápiz rojo de Hochbret y de Kanders; este incidente sugirió a Fähmel la idea de ordenar que los distintos colaboradores usaran colores distintos: Kanders rojo, Hochbret verde, Schrit amarillo.
Lentamente, mientras se le fundía en la boca un trozo de chocolate, Leonore escribió: «Casa fin de semana para una artista de cine»; mientras se le fundía en la boca el segundo trozo de chocolate, escribió: «Obras de ampliación de Societas, la más útil de todas las sociedades de utilidad pública». Por lo menos, los clientes se distinguían por el nombre y las señas, y los dibujos adjuntos le daban la impresión de que trabajaban en algo real: piedras y bloques de granito artificial, vigas, ladrillos de vidrio, sacos de cemento, todo eso se podía imaginar, mientras que Schrit, Kanders y Hochbret, a pesar de que todos los días escribía su dirección, continuaban siendo inimaginables. Jamás habían estado en la oficina, jamás llamaban por teléfono, jamás escribían una carta. Sin comentario alguno enviaban sus cálculos y estudios. «¿Para qué las cartas?, —había dicho Fähmel—. No se trata de coleccionar confidencias, ¿verdad?».
A veces, Leonore tomaba la enciclopedia del estante y buscaba el nombre de los lugares que escribía cada día en los sobres: Schilgenauel, 87 habitantes, de los cuales 83 católicos, famosa iglesia parroquial del siglo XII con un magnífico altar mayor. Allí vivía Kanders, cuyos datos personales figuraban en la póliza de seguros: treinta y siete años, soltero, católico… Schrit vivía más al norte aún, en Gludum: 1988 habitantes, de los cuales 1812 evangélicos, 176 católicos. Industria de conservas de pescado. Escuela de misioneros. Schrit tenía cuarenta y ocho años, casado, evangélico, dos hijos, de los cuales uno de más de dieciocho años. Leonore no necesitaba mirar el lugar de residencia de Hochbert, ya que vivía en un suburbio, en Blessenfeld, a solo treinta y cinco minutos de autobús, y muchas veces se le había ocurrido la idea estúpida de ir en su busca, cerciorarse de su existencia oyendo su voz, viéndole, sintiendo la presión de su mano, pero su poca edad —solo tenía treinta y dos años— y el hecho de que fuera soltero la hacían retenerse ante tal intimidad. Aunque la enciclopedia describía los lugares donde residían Kanders y Schrit, como se describe una persona en un documento de identidad, y de que Blessenfeld le era familiar, aquellos tres personajes seguían siendo inimaginables, pese a que cada mes llenaba sus pólizas de seguro, les enviaba giros postales, revistas y estadísticas; seguían siendo tan irreales como ese Schrella que figuraba en la tarjeta encarnada, para quien Fähmel estaba siempre disponible, pero que durante cuatro años no había intentado verle ni siquiera una vez.
Leonore dejó sobre el escritorio la tarjeta encarnada que había dado motivo a su primera falta de cortesía. ¿Cómo se llamaba aquel caballero, que había entrado en la oficina a eso de las diez y había pedido con urgencia, con mucha, mucha urgencia, hablar con Fähmel? Era alto, con el cabello gris, el rostro ligeramente sonrosado, olía a ágapes exquisitos y caros, llevaba un traje que apestaba a inmejorable calidad; aquel caballero reunía de tal manera los atributos de poder, prestancia y simpatía masculina, que resultaba irresistible; su título, que él murmuró sonriendo, sonaba algo así como ministro —consejero, director general, jefe de gabinete de un ministerio— y cuando ella negó saber el paradero de Fähmel, él le puso la mano sobre el hombro y dijo sin pensarlo un instante: «Vamos, guapa, dígame francamente dónde le puedo encontrar», y ella confesó, sin saber cómo, el secreto que tan a menudo suscitaba sus conjeturas, aquel secreto que tanto la preocupaba: «Hotel Prinz Heinrich». Entonces él murmuró algo acerca de que era condiscípulo suyo, y se trataba de un asunto urgente, muy, muy urgente, algo acerca de resistencia, de armas; al marcharse, dejó un aroma a cigarro puro, que una hora más tarde el padre de Fähmel todavía husmeó con asombro.
—¡Dios mío, Dios mío, qué tabaco este, qué tabaco! El viejo olfateó a lo largo de las paredes, acercó la nariz al escritorio; se puso el sombrero, volvió a los pocos minutos con el encargado de la tienda de tabacos, en la que compraba desde hacía cincuenta años, y ambos se detuvieron un momento en el umbral para husmear, anduvieron de arriba a abajo de la oficina como perros excitados; el encargado se metió debajo del escritorio, donde, por lo visto, se había conservado toda una nube de humo de cigarro, se levantó, se sacudió las manos, sonrió con aire de triunfo y dijo:
—Sí, señor consejero, era un Partagás Eminentes.
—¿Y usted me los puede facilitar?
—Claro que sí, tengo en el almacén.
—¡Ay de usted si el aroma no es el mismo que acabo de oler aquí!
El encargado de la tienda volvió a fruncir la nariz y dijo:
—Partagás Eminentes, me dejo cortar la cabeza, señor consejero. Cuatro marcos cada puro. ¿Cuántos quiere usted?
—Uno, querido Kolbe, uno. Cuatro marcos es lo que ganaba mi abuelo a la semana, y yo respeto a los muertos, tengo mi sentimentalidad, como usted sabe. Dios mío, este tabaco puede más que los veinte mil cigarrillos que mi hijo ha fumado aquí.
Leonore consideró un gran honor que se fumara el cigarro en su presencia; el anciano se arrellanó en el sillón de su hijo, que resultaba demasiado grande para él, y ella le metió un almohadón detrás de la espalda y le estuvo escuchando mientras se dedicaba a la más intachable de todas las ocupaciones: el franqueo. Despacio, pasar por encima de la esponjita un Heuss verde, rojo o azul, pegarlo con cuidado en el ángulo superior derecho de los sobres que se dirigirían a Schilgenauel. Gludum y Blessenfeld. Con precisión, mientras el viejo se abandonaba a un placer que parecía haber estado buscando en vano durante cincuenta años.
—Dios mío —decía—, por fin sé lo que es un cigarro, hija mía. He tenido que esperar a que llegara el día de cumplir mis ochenta años… pero, déjelo, criatura, no se excite de ese modo, claro que hoy cumplo ochenta años… ¿De manera que no ha sido usted la que ha comprado las flores por encargo de mi hijo? Está bien, gracias, ya hablaremos más tarde de mi cumpleaños, ¿verdad? La invito a la fiesta de esta noche en el café Kroner… pero dígame, querida Leonore, ¿por qué en los cincuenta años, dicho más exactamente son cincuenta y uno que llevo comprando en esta casa, jamás me habían ofrecido un cigarro como este? ¿Acaso soy avaro? Nunca lo he sido, usted lo sabe. Cuando era joven, fumaba mis cigarros de diez pfennig, cuando tuve un poco más de dinero los fumé de veinte y luego de sesenta durante muchos años. Dígame, hija mía, ¿qué clase de gentes son esas que andan por la calle con un puro de cuatro marcos en la boca, y entran y salen de una oficina, como si se tratara de un cigarrillo de una perra gorda? ¿Qué clase de gentes son esas que entre el desayuno y el almuerzo consumen tres veces el semanal de mi abuelo, y van dejando por ahí un aroma que quita el aliento a un pobre viejo como yo y le hace andar olfateando como un perro por la oficina de su hijo? ¿Cómo? ¿Compañero de escuela de Robert? ¿Consejero de Estado, director, subsecretario o quizás ministro? Seguro que le conocería. ¿Resistencia? ¿Armas?
Y de pronto un destello en sus ojos como si se hubiese abierto una ventanilla: el anciano se sintió transportado al segundo decenio de su vida, al tercero o al sexto, se encontró enterrando uno de sus hijos. ¿Cuál? ¿Johanna o Heinrich? ¿Sobre qué ataúd blanco echó puñados de tierra, sembró flores? Las lágrimas que asomaron a sus ojos, ¿eran las lágrimas del año 1909, en que enterró a Johanna, del año 1917, en que dio sepultura a Heinrich, o eran las del año 1942, en que recibió la noticia de la muerte de Otto? ¿Lloraba a la puerta del manicomio, donde había desaparecido su esposa? Lágrimas, mientras el cigarro se esfumaba en suaves torbellinos, que procedían del año 1902; el viejo Fähmel enterraba a su hermana Charlotte, para quien había ahorrado doblón sobre doblón para que lo pasara mejor; el ataúd se deslizaba chirriando sobre las sogas, mientras los niños de la escuela cantaban Torres, ¿a dónde ha huido la golondrina? agudas voces infantiles penetraban en aquella oficina impecablemente organizada, y el oído del anciano las percibía a medio siglo de distancia; solo aquella mañana de octubre del año 1902 era real. Niebla sobre el Bajo Rin, nubes de vaho dibujaban cintas sobre los campos de remolacha, por los vergeles de árboles frutales graznaban las cornejas como matracas de semana santa, mientras Leonore pasaba un Heuss encarnado por encima de la esponjita mojada. Treinta años antes de que ella naciera, unos niños campesinos cantaban: «Torres, ¿a dónde ha huido la golondrina?». Un Heuss verde por encima de la esponjita. Cuidado, las cartas a Hochbret llevaban franqueo de interior.
Cuando le sucedía eso, el anciano parecía ciego; Leonore hubiera querido ir rápidamente a la tienda de flores para comprarle un hermoso ramo, pero tenía miedo a dejarlo solo; el viejo Fähmel tendió las manos, ella le acercó cuidadosamente el cenicero, y él tomó el cigarro, se lo metió en la boca, miró a Leonore y dijo en voz baja:
—No vayas a creer que estoy loco, hija mía.
Leonore le apreciaba; solía ir regularmente a la oficina y se la llevaba para que, en sus tardes libres, se compadeciera de los libros guardados con tan poco esmero, al otro lado de la calle, arriba, encima de la imprenta, donde el anciano vivía en el «estudio de su juventud»; allí conservaba documentos revisados por inspectores fiscales, cuyas tumbas anónimas ya hacía tiempo que estaban en ruinas, desde antes de que ella aprendiera a escribir; resguardos ingleses de depósitos de libras esterlinas, cantidades en dólares, valores de propiedad de plantaciones en El Salvador; allá arriba removía balances polvorientos, descifraba estados manuscritos de cuentas bancarias que ya hacía tiempo que habían sido liquidadas, leía testamentos en los que el anciano disponía legados para hijos a los que sobrevivía desde hacía cuarenta años. «Lego a mi hijo Heinrich el usufructo de las dos fincas Stehlingers Grotte y Görlingers Stuhl, porque he observado en él aquella serenidad y aquella alegría en el crecimiento de las cosas que me parecen ser las condiciones previas indispensables para la vida de un campesino…».
—Aquí —exclamó el anciano blandiendo el cigarro en el aire—. Aquí dicté mi testamento a mí suegro, la tarde antes de marcharme a la guerra; se lo dicté mientras el muchacho dormía arriba; a la mañana siguiente me acompañó a la estación, me besó la mejilla —boca de un niño de siete años—, pero nadie, Leonore, nadie aceptó jamás mis regalos, todos volvieron a mis manos: fincas y cuentas en el banco, rentas e intereses de alquileres. Yo no pude regalar nunca nada, solo mi esposa lo supo hacer, y sus regalos fueron aceptados, y cuando, por la noche, estaba a su lado, a menudo la oía murmurar largo y tendido, suave como el agua fluía de su boca, horas y horas: ¿para qué, para qué, para qué…?
El anciano volvía a llorar, esta vez vestido de uniforme, capitán de la reserva, consejero secreto de estado, Heinrich Fähmel, con permiso especial para ir a enterrar a su hijo de siete años; la tumba de los Kilb se apoderaba del ataúd blanco; muros oscuros, y húmedos; y resplandecientes como los rayos del sol las cifras doradas que indicaban la fecha de la muerte: 1917. Robert, vestido de terciopelo negro, esperaba allá fuera en el coche…
Leonore dejó caer el sello, esta vez de color violeta; no se atrevía a franquear la carta para Schrit; los caballos, a la puerta del cementerio, resoplaban impacientes, mientras a Robert Fähmel, que solo tenía dos años, le dejaban sostener las riendas: cuero negro, quebradizo en los bordes, y el resplandeciente oro de las cifras 1917 brillaba más que los rayos del sol…
—¿Qué hace, en qué se ocupa, mi hijo, el único que me queda, Leonore? ¿Qué hace por la mañana de nueve y media a once en el Prinz Heinrich? Le permitieron que mirara cómo ponían la cebadera a los caballos. ¿Qué hace? Dígamelo, Leonore.
Tímidamente recogió el sello violeta y dijo en voz baja:
—No sé lo que hace allí, de verdad no lo sé.
El anciano se metió el cigarro en la boca y se retrepó sonriente en el sillón, como si nada hubiese ocurrido.
—¿Qué le parecería si la contratara en firme todas las tardes? Le pasaré a recoger; comeremos juntos y de dos a cuatro, o hasta las cinco, si quiere, me ayudará a mí a poner orden allá arriba. ¿Qué le parece, hija mía?
Leonore inclinó la cabeza y dijo: «Sí». Todavía no se atrevía a pasar el Heuss violeta por encima de la esponjita, a pegarlo en el sobre dirigido a Schrit: un empleado de correos sacaría la carta del buzón, la máquina estampillaría: 6 de septiembre de 1958, 13 horas. El anciano estaba sentado allí, volvía a estar al final de su octavo decenio, al principio del noveno.
—Sí, sí —dijo Leonore.
—¿Puedo considerarla contratada, pues?
—Sí, señor.
Leonore contempló aquella cara flaca, en la que en vano había buscado durante años algún parecido con la del hijo; solo la cortesía parecía ser un rasgo familiar común a los Fähmel; en el anciano, era más rebuscada, florida, era cortesía a la antigua usanza, casi señorío, no matemática cortés como en el hijo, que cultivaba la sequedad y solo en el brillo de sus ojos grises dejaba sospechar que hubiera sido capaz de afabilidades menos secas. El anciano utilizaba verdaderamente su pañuelo, mascaba su cigarro, le hacía a veces algún cumplido acerca de su peinado, de su tez; su traje, por lo menos, revelaba huellas de desgaste, la corbata siempre estaba anudada algo torcida, llevaba manchas de tinta china en los dedos, migas de goma de borrar en las solapas, lápices duros y blandos en el bolsillo de la chaqueta y, a veces, tomaba una hoja de papel del escritorio de su hijo y esbozaba rápidamente un ángel, un cordero de Dios, un árbol, el retrato de un conciudadano que pasaba en aquel momento por la calle. A veces, incluso le daba dinero para que fuera a buscar pasteles, le pedía que hiciera una segunda taza de café y la hacía feliz porque, por fin, podía enchufar el hornillo eléctrico para alguien que no fuera ella misma. Aquello era vida de oficina tal como ella estaba acostumbrada a vivirla: hacer café, comprar pasteles y oír contar algo verdaderamente consecuente: de las vidas que habían transcurrido allá detrás, en el otro cuerpo de edificio, de la gente que había muerto allí. Durante siglos, los Kilb habían buscado allí atrás vicios y luz, pecados y salvación, habían sido chambelanes del imperio, notarios, burgomaestres y canónigos; allí atrás se conservaba todavía algo de las austeras oraciones de los últimos prelados, de los turbios deseos de solteronas Kilb, de las penitencias de fervorosos jóvenes, en aquella oscura casa de atrás, donde ahora, en las tardes tranquilas, una muchacha pálida y de cabello oscuro hacía sus deberes escolares mientras aguardaba a su padre. ¿Quién sabe?, tal vez estaba él también en casa por la tarde. Doscientas diez botellas de vino vaciadas entre principios de mayo y principios de septiembre. ¿Se las bebía solo, con su hija o con fantasmas? ¿Acaso con ese Schrella que jamás había preguntado por él? Todo eso era irreal, menos real que el cabello rubio ceniza de la joven escribiente que, cincuenta años atrás, había estado sentada en ese mismo sitio y había guardado secretos notariales.
—Sí, se sentaba aquí, querida Leonore, exactamente en el mismo sitio en que está sentada usted ahora, se llamaba Josephine.
¿Acaso le había hecho también cumplidos acerca de su peinado, de su tez?
El anciano señaló sonriendo el lema que colgaba sobre el escritorio de su hijo, único superviviente de tiempos pasados, pintado en caracteres blancos sobre caoba: Llena está su diestra de dones. Lema de la incorruptibilidad, tanto de los Kilb como de los Fähmel.
—Ninguno de mis dos cuñados, los dos últimos varones de la familia, tuvo afición al Derecho; el uno se sintió atraído por los ulanos, el otro por la ociosidad, pero los dos, el ulano y el ocioso cayeron el mismo día, en el mismo regimiento, en el mismo ataque, junto a Erby-la-Huette; los dos cargaron a caballo contra el fuego de las ametralladoras, borraron el nombre de Kilb, se llevaron consigo a la tumba, a la nada, junto a Erby-la-Huette, vicios tan virulentos como la escarlatina.
El anciano se sentía feliz cuando llevaba argamasa en las perneras del pantalón y le podía pedir que le limpiase aquellas huellas. A menudo llevaba gruesos rollos de dibujos debajo del brazo, de los cuales Leonore nunca podía saber si los había sacado sencillamente de su archivo o si respondían a verdaderos encargos. El viejo sorbió el café, lo elogió, le acercó el plato de los pasteles y dio otra chupada a su cigarro. Su rostro volvió a iluminarse devotamente.
—¿Condiscípulo de Robert? En realidad, tendría que conocerle. ¿Seguro que no se llamaba Schrella? ¿Está usted segura…? No, no, ese no fumaría jamás esos cigarros, ¡qué tontería! ¿Y usted le ha enviado al Prinz Heinrich? Ya verá qué escándalo, querida Leonore, habrá sermón. No le gusta que le interrumpan las oraciones, a mi hijo Robert. Ya era así cuando niño: cariñoso, cortés, inteligente, correcto, pero si se pasaba de determinados límites, no perdonaba a nadie. No le hubiera importado cometer un asesinato. Siempre me dio un poco de miedo. ¿A usted también? Pero, hija mía, no le va a hacer nada por eso, sea razonable. Ande, vamos a comer, a celebrar un poco su nuevo empleo y mi cumpleaños. No haga tonterías. Si ya la ha reñido por teléfono, ya está liquidado. Lástima que no se acuerde del nombre. No tenía la menor idea de que siguiera tratándose con antiguos condiscípulos. Ande, vamos. Hoy es sábado, y a él no le importa que se marche más pronto. Yo me hago responsable de todo.
Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos. ¿Había estado verdaderamente solo media hora con ella? Acababa de sonar la décima de las doce campanadas previstas.
—No, gracias —dijo—, no me pongo el abrigo y, por favor, no vayamos al Löwe.
Solo media hora; las prensas ya habían cesado de trepidar, pero el jabalí continuaba sangrando.

Heinrich Böll
Billar a las nueve y media

Billar a las nueve y media es la historia de tres generaciones de arquitectos alemanes de Colonia. Heinrich, Robert y Joseph Fähmel. El primero, Heinrich, es el fundador de la dinastía, un arquitecto de origen humilde que se trasladó desde el campo a una gran ciudad a finales del siglo XIX para forjarse un nombre y un futuro. Robert es su hijo, un experto en estática y cálculo de estructuras que nunca ha construído un edificio. En último lugar y con mucho menos peso argumental aparece también el hijo de Robert, Joseph Fähmel, que acaba de comenzar a ejercer la profesión reconstruyendo la Abadía de Sankt Anton, la primera obra importante de su abuelo, destruida durante la II Guerra Mundial.
El padre construía y restauraba abadías, monasterios y demás obras de obras de arte de hormigón y ladrillo. Su hijo, el protagonista de este relato, es también arquitecto, aunque experto en estática y estructuras, pero al estallar la segunda guerra mundial, va a la guerra como oficial del ejercito. Su misión, aprovechando sus conocimientos, es volar construcciones. Cuando la guerra está perdida, aprovechando la incompetencia de su comandante volará las obras de arte que su padre alzo dentro de la propia Alemania. ¿Por qué? Se le revuelven las tripas cuando escucha que los aliados han bombardeado, han matado a dos mil personas, pero lo más relevante es que la abadía de San nosequién ha sido derruida. No soporta que se le dé más valor al arte que a las personas.
Su hijo no sabe nada de esto, no quieren contarle, metáfora de la Alemania salida de la guerra que prefiere no saber lo que hicieron sus antecesores. Puede que mejor sea no saber para seguir adelante. Pero de querer saber, mejor saberlo todo, no versiones simplificadas. Mirar de frente al pasado fue siempre la obsesión de Böll.
En Billar a las nueve y media se ofrece una visión aceradamente crítica de esa Alemania del siglo XX que, en aras de la gloria militar y de la prosperidad material, simbólicamente designadas en la novela como el «sacramento del búfalo», ha sacrificado y escarnecido tantas veces los principios de la moral y el respeto a la libertad de los hombres, simbolizados en el «sacramento del cordero».

Morrel e hijos

Morrel e hijos
El que hubiera abandonado Marsella algunos años antes, conociendo a fondo la casa de Morrel, y hubiese vuelto en la época a que hemos llegado con nuestros lectores, la habría encontrado muy cambiada.
En vez de ese aroma de vida, de felicidad y de holgura que exhalan, por decirlo así, las casas en estado próspero, en lugar de aquellos alegres rostros que se veían detrás de los visillos de los cristales, en vez de aquellos corredores atareados que cruzaban por los pasillos con la pluma detrás de la oreja, en vez de aquel patio lleno de fardos, retumbando a los gritos y a las carcajadas de los mozos, hallara a primera vista un no sé qué de triste, un no sé qué de muerto.
En aquellas oficinas sólo quedaban dos de los numerosos empleados. Uno era un joven de veintitrés o veinticuatro años, llamado Manuel Raymond, que enamorado de la hija de Morrel, permanecía en el escritorio, a pesar de todos los esfuerzos que hacía en contrario su familia. El otro era un viejo empleado en la caja; llamábase por apodo Cocles, apodo que le habían dado los jóvenes que en otro tiempo henchían aquella casa poco menos que desierta, y apodo en fin, que había sustituido tan por completo a su propio nombre, que según todas las probabilidades no habría vuelto ahora la cabeza si le llamaran por aquél…
Cocles permanecía al servicio del señor Morrel, habiéndose verificado en la situación de aquel hombre un cambio muy singular. Había ascendido a cajero y descendido a criado. No por esto dejaba de ser siempre el mismo Cocles, bueno, leal, sufrido, pero inflexible en cuanto a la aritmética, en lo cual se las tenía tiesas hasta con el mismo señor Morrel, aunque no conociese otra teoría que su tabla de Pitágoras, que se sabía de memoria, ya de corrido, ya salteado, y a pesar de cuantas artimañas se emplearan para hacerle cometer un error.
Cocles era el único que se mostraba impertérrito en medio de la general desgracia que pesaba sobre la casa de Morrel, pero no se juzgue mal de esta impasibilidad, que no era falta de cariño, sino todo lo contrario, una convicción invencible.
Así como las ratas, que según dicen, van abandonando poco a poco el buque sentenciado de antemano por las borrascas a irse a pique, así como estos animales egoístas cuando leva el ancla ya lo han abandonado del todo, así la turba de agentes y corredores que vivía de la casa del armador, habían ido poco a poco desertando del despacho y de los almacenes como ya se ha dicho, pero Cocles los vio marcharse sin pensar siquiera en la causa. Todo en él, repetimos, se reducía a cuestión de números, y como en los veinte años que llevaba en el escritorio de Morrel había visto siempre efectuarse los pagos con tanta exactitud, no comprendía que pudiera faltar aquella exactitud, ni suspenderse aquellos pagos, como el molinero que posee un molino en un río muy caudaloso no comprende que pueda secarse el río. Hasta la fecha, en efecto, nada había podido destruir la creencia de Cocles. Los pagos del fin del mes anterior se efectuaron con rigurosa puntualidad. Cocles había rectificado una equivocación de ochenta sueldos cometida por el naviero contra su bolsillo, y el mismo día se los había devuelto. Morrel, con una sonrisa melancólica, los tomó y los echó en un cajón casi vacío, diciéndole:
—Bien, Cocles: sois el non plus ultra de los cajeros.
Y Cocles se marchó reventando de orgullo, porque un elogio del señor Morrel, el non plus ultra de los hombres honrados de Marsella, lo apreciaba más que una gratificación de cincuenta escudos.
Pero desde ese fin de mes tan glorioso, había pasado el señor Morrel horas muy crueles. Para atender a aquellos pagos agotó todos sus recursos, y hasta había hecho personalmente un viaje a la feria de Seaucaire a vender algunas alhajas de su mujer y de su hija y una parte de su plata, temeroso de que el recurrir en Marsella a tales extremos hiciera dar por segura su ruina. Con tal sacrificio pudo salir del apuro la casa de Morrel, pero la caja quedó completamente exhausta.
Con su habitual egoísmo, el crédito iba alejándose de ella por los rumores que circulaban, y para hacer frente a los cien mil francos del señor de Boville a mediados del mes actual, y a otros cien mil que iban a vencer el 15 del mes siguientes, no contaba en verdad el señor Morrel sino con la vuelta del Faraón, cuya salida había anunciado un buque que acababa de llegar, y que había salido al propio tiempo que él.
Pero la llegada de este buque, procedente, como El Faraón, de Calcuta, fue quince días atrás, mientras que del Faraón no se tenía noticia alguna.
Este era el estado de la casa de Morrel e hijos, cuando en la misma mañana en que hemos dicho ajustó con el señor de Boville su importantísimo negocio el agente de Thomson y French, de Roma, se presentó en casa del señor Morrel.
Manuel salió a recibirle, y como toda cara nueva le asustaba, porque en cada cara nueva veía un nuevo acreedor que inquieto por la fortuna de la casa venía a sondear al comerciante, Manuel, repetimos, quiso evitar esta visita al señor Morrel, e hizo mil preguntas al recién venido, el cual le manifestó que nada podía decir al señor Manuel, pues necesitaba entenderse con el señor Morrel en persona.
Llamó el joven suspirando a Cocles, que apareció al punto, recibiendo la orden de llevar al extranjero al gabinete del naviero. Cocles salió y el extranjero le siguió.
En la escalera tropezaron con una joven muy linda, de dieciséis a diecisiete años, que miró al extranjero con visible inquietud. Cocles no reparó en esta mirada, pero sí, al parecer, el extranjero.
—El señor Morrel está en su despacho, señorita Julia, ¿no es verdad? —le preguntó el cajero:
—Sí…, creo que sí —respondió la joven vacilando—. Cercioraos antes, Cocles, y si está, anunciad a este caballero.
—Será inútil anunciarme, señorita; el señor Morrel no conoce mi nombre —respondió el inglés—. Este caballero sólo tiene que decir que soy el comisionista principal de la casa Thomson y French, de Roma, con la cual está en relaciones la de vuestro padre.
La joven se puso pálida y siguió bajando, mientras Cocles y el extranjero seguían subiendo. Ella entró en el despacho de Manuel, y Cocles, con una llave que poseía para entrar a todas horas en el de su amo, abrió una puerta situada en un rincón del rellano del piso segundo, condujo al extranjero a una antesala, abrió otra puerta, que volvió a cerrar detrás de sí, y dejando un instante a solas al comisionado de la casa de Thomson y French, regresó al punto, haciéndole señas de que podía entrar.
Halló el inglés al señor Morrel sentado delante de una mesa, palideciendo al contemplar las columnas de números de su pasivo.
Al ver al extranjero, cerró el señor Morrel el libro de caja y se levantó para acercar una silla; luego que le vio sentado, se volvió él también a sentar.
Catorce años habían cambiado al digno negociante a quien conocimos de edad de treinta y seis al principio de esta historia. Ahora frisaba en los cincuenta; sus cabellos habían encanecido, su frente, poblada de melancólicas arrugas, y su mirada, en otro tiempo tan firme, era a la sazón irresoluta y vaga, como si temiera a cada momento verse obligado a bajarla ante una idea o ante un hombre.
El inglés lo contempló con un sentimiento de curiosidad mezclado de interés.
—Caballero —le dijo Morrel, a quien parecía molestar el examen de que estaba siendo objeto—. Caballero, ¿deseáis hablarme?
—Sí, señor. Sabéis de parte de quién vengo, ¿no es verdad?
—De parte de la casa Thomson y French, según me ha dicho mi cajero.
—Os ha dicho la verdad. En todo este mes y el próximo necesita la casa de Thomson y French pagar en Francia unos cuatrocientos mil francos, y conociendo vuestra probidad, ha reunido todo el papel que corría vuestro, encargándome que lo hiciera efectivo a medida que venciera.
Morrel exhaló un profundo suspiro y se pasó la mano por la frente, cubierta de sudor.
—¿Entonces tenéis pagarés míos? —preguntóle al inglés.
—Sí, caballero, pagarés que importan una suma considerable.
—¿Cuánto? —preguntó Morrel con acento que en vano quería que pareciese firme.
—Ahí los tenéis —respondió el inglés sacando un legajo de su bolsillo—. Aquí tenéis un endoso de doscientos mil francos hecho a nuestra casa por el señor de Boville, inspector de cárceles. ¿Reconocéis deber esta cantidad al señor de Boville?
—Sí, caballero. Son unos fondos que colocó en mi casa al cuatro y medio por ciento hará pronto cinco años.
—¿Y debéis reembolsársela…?
—La mitad el 15 de este mes, y la otra mitad el 15 del próximo.
—Muy bien. Ved ahora valores importantes: treinta y dos mil quinientos francos, pagaderos a fin de este mes. Son pagarés vuestros que nos han traspasado sus tenedores.
—Los reconozco —dijo Morrel, poniéndose colorado de vergüenza al pensar que por primera vez en su vida no podría hacer honor a su firma—. ¿Es esto todo?
—No, caballero, que tengo aún unos cincuenta y cinco mil francos, traspasados a nuestra casa por las de Pascal y Wild y Turner de Marsella. Importan estas sumas doscientos ochenta y siete mil quinientos francos.
Era indescriptible lo que estaba sufriendo en aquellos momentos el pobre Morrel.
—¡Doscientos ochenta y siete mil quinientos francos! —repitió maquinalmente.
—Sí, señor —repuso el comisionista—. Ahora, pues —prosiguió después de una breve pausa—, no debo ocultaros, señor Morrel, que aun reconociendo vuestra probidad sin tacha hasta el presente, dícese por Marsella que no estáis en disposición de hacer frente a vuestros créditos.
A esta salida casi brutal, palideció Morrel.
—Caballero —dijo—, hasta el presente, y hace ya veinticuatro años que recibí la casa de manos de mi padre, que a su vez la había regentado treinta y cinco, hasta el presente ni una firma de Morrel e hijos se ha desairado en mi caja.
—Ya lo sé —respondió el inglés—, pero habladme de hombre honrado a hombre honrado: ¿pagaréis éstas con la misma exactitud?
Morrel se estremeció, mirando al que le hablaba así con una firmeza que antes no había tenido.
—A preguntas hechas con tal franqueza hay que responder necesariamente de la misma manera. Caballero, pagaré si mi buque llega sano y salvo, como espero, pues con su llegada recobraré el crédito que me han quitado las desgracias de que he sido víctima, pero si me faltase El Faraón, si me faltase mi último recurso…
Las lágrimas se agolparon a los ojos del desdichado armador.
—¿De modo que si os faltase ese último recurso…? —le preguntó su interlocutor.
—Pues bien —repuso Morrel—, mucho me cuesta decirlo…, pero acostumbrado ya a la desgracia, necesito acostumbrarme también a la vergüenza… Pues bien…, me parece que me vería en la precisión de suspender los pagos…
—¿No contáis con amigos que puedan ayudaros en esta ocasión?
Morrel se sonrió con tristeza.
—Bien sabéis, caballero —contestó—, que en el comercio no hay amigos, sino socios.
—Es cierto —murmuró el inglés—. ¿Luego no tenéis más que una esperanza?
—Una sola.
—¿Que es la última?
—La última.
—De suerte que si os sale defraudada…
—¡Estoy perdido, caballero, completamente perdido!
—Cuando yo me dirigía a vuestra casa, entraba un buque en el puerto.
—Ya lo sé. Un joven que me ha permanecido fiel, a pesar de mi desgracia, pasa mucha parte del día en un mirador de esta casa, con la idea de poder traerme alguna buena noticia. Por él me enteré de que había llegado ese navío.
—¿Y no es el vuestro?
—No, es La Gironda, buque bordelés, que viene también de la India, como el mío.
—Tal vez haya visto al Faraón y os traiga noticias suyas.
—¿Queréis que os diga una cosa, caballero? Casi tanto temo saber noticias de mi bergantín, como estar en incertidumbre… la incertidumbre encierra algo de esperanza.
Luego añadió el señor Morrel con voz sorda:
—Esta tardanza no es natural. El Faraón salió de Calcuta el 5 de febrero, hace más de un mes que debía haber llegado.
—¿Qué es eso? —dijo el inglés aplicando el oído—. ¿Qué es ese barullo?
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Qué ocurrirá ahora? —exclamó Morrel, palideciendo.
En efecto, en la escalera se oía un ruido extraordinario, gentes que iban y venían y hasta lamentos y suspiros. Levantóse Morrel para abrir la puerta, pero le faltaron las fuerzas, y volvió a caer sobre su sillón. Los dos hombres estaban frente a frente. Morrel temblando de pies a cabeza, el extranjero mirándole con profunda compasión. Aunque había cesado el ruido, Morrel al parecer aguardaba alguna cosa. En efecto, el ruido debía tener su causa y además un resultado. Al extranjero le pareció oír que subían muy quedito la escalera, y que los pasos, que eran como de muchas personas, se paraban en el descansillo.
Alguien introdujo una llave en la cerradura de la primera puerta, cuyos goznes se oyeron rechinar.
—Sólo dos personas tienen la llave de esa puerta: Cocles y Julia —murmuró el naviero.
Al mismo tiempo abrióse la segunda puerta, apareciendo la joven, pálida y bañada en llanto. Morrel se levantó temblando de su asiento, teniendo que apoyarse en el brazo de su sillón para no caer. Quería preguntar, pero le faltaba la voz.
—¡Oh, padre mío! —dijo la joven juntando las dos manos—, perdonad a vuestra hija el ser portadora de una triste nueva.
Morrel palideció intensamente y Julia se echó en sus brazos.
—¡Oh, padre mío! ¡Padre mío! —murmuraba—. ¡Valor!
—¿De modo que El Faraón se ha perdido? —balbuceó Morrel.
La joven no respondió, pero con la cabeza, que reclinaba en el seno de su padre, hizo una señal afirmativa.
—¿Y la tripulación? —inquirió Morrel.
—Se ha salvado —respondió la joven—. La ha salvado el navío bordelés que acaba de llegar.
El bueno del señor Morrel levantó las manos al cielo, con un sublime ademán de gratitud y resignación.
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó—. Al menos sólo me herís a mí con este golpe.
No obstante su impasibilidad, el inglés se sintió afectado por la escena; una lágrima humedeció sus ojos.
—Entrad —añadió Morrel—, entrad, pues me presumo que estáis todos a la puerta.
En efecto, pronunciadas apenas estas palabras, apareció sollozando la señora Morrel, seguida de Manuel. En el fondo de la antecámara se percibían las rudas facciones de siete a ocho marineros medio desnudos.
La vista de estos hombres hizo estremecerse al inglés. Dio un paso como para salirles al encuentro, pero se detuvo, ocultándose, por el contrario, en el rincón más oscuro del gabinete. La señora Morrel fue a sentarse en el sillón, cogiendo una de las manos de su marido, mientras Julia reclinaba la cabeza sobre el pecho de su padre. Manuel se había quedado en medio de la estancia, como lazo que uniese a la familia de Morrel y a los marineros de la puerta.
—¿Cómo sucedió? —preguntó el naviero.
—Acercaos, Penelón —dijo el joven—, y contadnos cómo ocurrió la desgracia.
Un marinero viejo, tostado por el sol del ecuador, adelantóse dando vueltas entre sus manos a los restos de su sombrero.
—Buenos días, señor Morrel —dijo, como si hubiera salido de Marsella la víspera o si llegase de Aix o de Tolón.
—Buenos días, amigo —contestó Morrel, no pudiendo menos de sonreírse, a pesar de sus lágrimas—. Pero ¿dónde está el capitán?
—Por lo que al capitán se refiere, señor Morrel, se ha quedado enfermo en Palma, pero si Dios quiere, aquello no será nada, y dentro de pocos días le veréis volver tan bueno y sano como vos y como yo.
—Está bien… Hablad ahora, Penelón.
Penelón mudó la mascada de tabaco del carrillo derecho al carrillo izquierdo, púsose la mano sobre la boca, volvió la cabeza para arrojar a la antesala una gran dosis de saliva negruzca, adelantó una pierna y contoneándose dijo:
—Poco antes del naufragio, señor Morrel, estábamos así como quien dice entre el cabo Blanco y el cabo Bojador, con una buena brisa sudsudoeste tras ocho días de calma y contraventeo, cuando el capitán Gaumard se me arrima, porque yo estaba en el timón, y me dice: «Compadre Penelón, ¿qué me dices de aquellas nubes que se van formando allá abajo?».
»Justamente yo las atisbaba en aquel momento.
—¿Lo que yo os digo, capitán? Pues creo que suben más de prisa que lo que deben y que son más negras que lo que conviene a nubes de buena intención.
—Yo también opino lo mismo —me respondió el capitán—, y voy a tomar mis precauciones. Tenemos muchas velas para el viento que correrá pronto… ¡Atención! ¡Eh! ¡Cerrad las escotillas! ¡Halad los foques!
»Ya era tiempo. No bien se había ejecutado la orden, cuando el aire se nos echó encima, poniendo al buque de costado.
—Bueno —dijo el capitán—, todavía tenemos mucha vela. ¡Carga la grande!
—Seis minutos más tarde estaba cargada la vela mayor, y navegábamos con la mesana, las gavias y los juanetes.
—¿Qué es eso, compadre Penelón? —me dijo el capitán—. ¿Por qué mueves la cabeza?
—Porque en vuestro lugar, es un decir, yo no haría tan poca cosa.
—Me parece que tienes razón, perro viejo —me contestó—; vamos a tener una bocanada de aire.
—¡Ah, capitán! —le respondí—. El que cambiara una bocanada de aire por aquello que pasa allá abajo, no saldría perdiendo, a buen seguro. Es una tempestad en regla, o yo soy un topo.
»Es como si dijéramos que se veía venir el viento como se ve venir el polvo en Montedrón. Afortunadamente se las había cara a cara con un hombre bien templado.
—¡Cada cual a su puesto! —gritó el capitán—. ¡Coged dos rizos a las gavias! ¡Largad las bolinas! ¡Brazas al aire! ¡Recoged las gavias! ¡Pasad los palanquines por las vergas!
—Poco era eso aún para aquellos sitios —dijo el inglés—. En su lugar yo habría cogido cuatro rizos, y me habría deshecho de la mesana.
Aquella voz firme, inesperada y sonora, estremeció a todo el mundo. El marino miró al que con tanto aplomo criticaba las maniobras de su capitán.
—Hicimos otra cosa, caballero —le contestó con algún respeto—. Cargamos la mesana y pusimos el timón al viento, para dejarnos llevar de la borrasca. Diez minutos más tarde, cargadas también las gavias, navegábamos a palo seco.
—Muy viejo era el buque para atreverse a tanto —dijo el inglés.
—Eso fue precisamente lo que nos perdió. Hacía ya doce horas que andábamos de aquí para allá dados a los demonios, cuando el barco empezó a hacer agua.
—Penelón, viejo mío —me dijo el capitán—, me parece que nos vamos a fondo. Dame el timón, y baja a la sentina.
—Dile el timón, bajé en efecto… ya había tres pies de agua… Vuelvo a subir gritando: ¡A las bombas! ¡A las bombas! —aunque era ya un poco tarde. Pusimos manos a la obra, pero cuanta más agua sacábamos más entraba.
»¡Ah! —dije al cabo de cuatro horas de trabajo—, puesto que nos vamos a fondo, dejémonos ir, que sólo una vez se muere.
—¿De ese modo das el ejemplo, maese Penelón? —me dijo el capitán—. Espera, espera un poco.
—Y se fue a su camarote a coger un par de pistolas y salió diciendo:
—Al primero que se aparte de la bomba le pego un tiro.
—Bien hecho —dijo el inglés.
—Nada hay que reanime tanto como las buenas razones —prosiguió el marinero—, sin contar que en este intervalo el tiempo se había ido aclarando y calmándose el aire. Sin embargo, el agua no cesaba de subir, poco, es verdad, unas dos pulgadas por hora, pero subía. Dos pulgadas por hora, ya veis, parece cosa despreciable, pues a las doce horas suman veinticuatro pulgadas, y veinticuatro pulgadas hacen dos pies. Dos pies, con tres que ya teníamos, sumaban cinco…, ¿eh? ¿Si podrá pasar por hidrópico un buque que tiene en el estómago cinco pies de agua?
—Vamos —dijo el capitán—, me parece que el señor Morrel no se quejará. Hemos hecho por salvar el barco cuanto estaba en nuestro poder. Pensemos ahora en salvar a los hombres. Muchachos, a la lancha, ¡pronto!
—Habéis de saber, mi amo —dijo Penelón—, nosotros queríamos mucho al Faraón, pero por mucho que el marinero quiera a su barco, quiere más a su pellejo. Conque no nos lo dijo dos veces. Y reparad que también el buque, lamentándose, parecía que nos dijese: «¡Idos pronto, pronto!». No se engañaba el pobre Faraón. Materialmente lo sentíamos hundirse bajo nuestros pies.
»En un instante echamos la chalupa al mar, y nosotros saltamos a ella.
»El capitán fue el último, o por mejor decir no lo fue, pues que no quería abandonar el navío. Yo, yo fui el que le cogí a brazo partido, y se lo eché a mis camaradas, saltando detrás de él. Ya era tiempo. No bien había yo saltado, cuando el puente se abrió con un ruido semejante al de las bordadas de un navío de a cuarenta y ocho.
»Diez minutos después se hundió por delante, luego por detrás, púsose a dar vueltas como un perro que quiere morderse la cola, y por último…, ¡adiós, mundo…! ¡Prrrrrrum…! ¡Adiós, Faraón!
»En cuanto a nosotros, estuvimos tres días sin comer ni beber…, como que ya hablábamos de echar suertes a ver a quién le tocaba servir de alimento a los otros, cuando vislumbramos a La Gironda. Le hicimos las señales consabidas, nos vio, se dirigió a nosotros y nos echó su chalupa y nos recogió. Este es el caso, señor Morrel, tal como ha pasado, a fe de marino, bajo la palabra de honor. ¿No es verdad, muchachos?
Un murmullo general de aprobación manifestó que el orador reunía todos los sufragios, así por lo verdadero del fondo, como por lo pintoresco de la forma.
—Bien, amigos míos —dijo el señor Morrel—, fuisteis valientes y muy bien me figuraba yo que no tendríais la culpa de esta desgracia, sino mi destino. Es voluntad de Dios y no culpa de los hombres. Decidme ahora, ¿cuánto se os debe de sueldo?
—¡Bah!, no hablemos de eso, señor Morrel.
—Al contrario, hablemos —repuso el naviero con una triste sonrisa.
—Pues bien se nos deben tres meses —añadió Penelón.
—Entregad doscientos francos a cada uno de esos valientes, Cocles. En otros tiempos, amigos míos —prosiguió Morrel—, hubiera yo añadido: Dad a cada uno doscientos francos de gratificación, pero estos tiempos son muy malos, amigos míos, y no me pertenece el poco dinero que me queda. Perdonad, y no por eso me queráis menos.
Penelón hizo un gesto de enternecimiento y volviéndose a sus compañeros, cambió con ellos algunas frases.
—En cuanto a eso, señor Morrel —añadió luego, trasladando al otro carrillo su mascada de tabaco, y arrojando a la antesala otro salivazo, que fue a hacer compañía al primero—, en cuanto a eso…
—¿A qué?
—Al dinero…
—Y bien, ¿qué?
—Que dicen los camaradas, señor Morrel, que por lo de ahora les bastan cincuenta francos a cada uno, que esperarán por lo demás.
—¡Gracias, amigos míos, gracias! —exclamó el naviero, conmovido hasta el fondo del alma—. ¡Qué gran corazón tenéis todos! Pero tomad los doscientos francos, tomadlos, y si encontráis un buen empleo, aceptadlo, porque estáis sin ocupación.
Esta última frase causó una impresión singular a aquellos dignos marineros, que se miraron unos a otros con aire de espanto. Falto de respiración el viejo, por poco se traga el tabaco, pero por fortuna acudió a tiempo con su mano a la garganta.
—¿Cómo, señor Morrel, nos despedís? —murmuró con voz ahogada—. ¿Estáis descontento de nosotros?
—No, hijos míos —contestó Morrel—, sino todo lo contrario. No os despido…, pero… ¿qué queréis?, ya no tengo barcos, ya no necesito marineros.
—¿Que no tenéis barcos? —dijo Penelón—. Pues construiréis otros…, esperaremos. Gracias a Dios, ya sabemos lo que es esperar.
—No tengo dinero para construir otros, Penelón —repuso Morrel con su melancólica sonrisa—; por lo tanto no puedo aceptar vuestra oferta, aunque me sea muy satisfactoria.
—Pues si no tenéis dinero, no debéis pagarnos. Haremos como el pobre Faraón, navegar a palo seco.
—Callad, callad, amigos míos —respondió Morrel con voz entrecortada por la emoción—. Os ruego que aceptéis ese dinero. Ya nos volveremos a ver en mejores circunstancias. Manuel, acompañadlos —añadió—, y haced que se cumplan mis deseos.
—¿Volveremos a vernos, señor Morrel? —dijo Penelón.
—Sí, amigos míos, por lo menos así lo espero. Id.
E hizo una señal a Cocles, que salió delante, seguido de los marineros y de Manuel.
—Ahora —dijo el armador a su mujer y a su hija—, dejadme solo un instante, que tengo que hablar con este caballero.
Y con la mirada indicaba al comisionista de la casa de Thomson y French, que durante la escena había permanecido inmóvil y de pie en un rincón, sin tomar otra parte en ella que las palabras que ya hemos dicho.
Las dos mujeres miraron al extranjero, de quien ya se habían olvidado completamente, y al retirarse la joven le dirigió una mirada de súplica, mirada a la que él contestó con una sonrisa que parecía imposible en aquel semblante de hielo.
Los dos hombres quedaron a solas.
—Ea, caballero —dijo Morrel dejándose caer de nuevo en su sillón—, ¡ya lo habéis visto! ¡Ya lo habéis oído! Nada tengo que añadir.
—Ya he visto, caballero —respondió el inglés—, que os viene otra desgracia, tan inmerecida como las anteriores. Esto me afirma más y más en mi propósito de seros útil.
—¡Oh, caballero! —murmuró Morrel.
—Veamos —prosiguió el comisionista—. Yo soy uno de vuestros principales acreedores, ¿no es cierto?
—Sois al menos el que posee créditos a plazo más corto.
—¿Deseáis una prórroga para pagarme?
—Una prórroga me podría salvar el honor, y por lo tanto la vida —repuso Morrel.
—¿De cuánto tiempo la queréis?
Morrel, vacilante, dijo:
—De dos meses.
—Os concedo tres —respondió el extranjero.
—¿Pero creéis que la casa de Thomson y French…?
—Eso corre de mi cuenta. Hoy estamos a 5 de junio.
—Sí.
—Renovadme entonces todo ese papel para el 5 de septiembre a las once de la mañana. A esa hora vendré a buscaros. (El reloj marcaba en aquel momento las once de la mañana.)
—Os esperaré, caballero —dijo Morrel—, y, o vos quedaréis pagado…, o muerto yo.
Renováronse los pagarés, rompiéronse los antiguos, y el desgraciado naviero tuvo por lo menos tres meses de respiro para allegar sus últimos recursos.
Acogió el inglés sus muestras de gratitud con la flema peculiar a los de su nación, y despidióse de Morrel, que le acompañó hasta la puerta, bendiciéndole.
En la escalera encontró a Julia, que hizo como si bajara, pero que en realidad estaba esperándole.
—¡Oh, caballero! —dijo juntando las manos.
—Señorita —respondió el inglés—, si en alguna ocasión recibís una carta… firmada por… por Simbad el Marino…, efectuad al pie de la letra lo que os encargue, aunque os parezca extraño mi consejo.
—Lo haré, caballero —respondió Julia.
—¿Me prometéis hacerlo?
—Os lo juro.
—Bien. Adiós, entonces, señorita. Proseguid como hasta ahora, siendo tan buena hija, que confío que Dios os recompensará dándoos a Manuel por marido.
Julia exhaló un grito imperceptible y púsose encarnada como una cereza, apoyándose en la pared para no caer.
El inglés prosiguió su camino, haciéndole un ademán de despedida.
En el patio halló a Penelón con un paquete de cien francos en cada mano, como dudando si debía llevárselos o no.
—Seguidme, amigo mío, tengo que hablaros —le dijo.

Alexandre Dumas
El conde de Montecristo


El conde de Montecristo (Le comte de Montecristo) es una novela de aventuras clásica de Alexandre Dumas (padre) y Auguste Maquet. Éste último no figuró en los títulos de la obra ya que Alexandre Dumas pagó una elevada suma de dinero para que así fuera. Maquet era un colaborador muy activo en las novelas de Dumas, llegando a escribir obras enteras, reescribiéndolas Dumas después. Se suele considerar como el mejor trabajo de Dumas, y a menudo se incluye en las listas de las mejores novelas de todos los tiempos.
Edmundo Dantés ha pasado veinte años encarcelado en el castillo de If. Allí conoce al padre Faria que le desvela la existencia de un tesoro oculto en la isla de Montecristo. Dantés huye de la prisión y encuentra el tesoro. A partir de ahora su objetivo es vengarse de las personas que lo encarcelaron. Tras un año en Oriente, regresa a Francia con una nueva identidad: el Conde de Montecristo.

fue coronado el hecho más grande de la navegación

Pero la nave no ha abordado todavía en las costas patrias. Se arrastra con sus gimientes junturas, lenta, cansada, prodigando las últimas fuerzas. ¡Pobre Victoria! De los camaradas que salieron en ella de las islas de las especias sólo quedan a bordo dieciocho, y de los ciento veinte brazos sólo treinta y seis trabajan, precisamente ahora que tanta falta hacen los puños vigorosos. Porque ya a punto de llegar al término, les amenaza una nueva catástrofe. Las viejas tablas del barco se desencajan y el agua se filtra sin interrupción. Intentan remediarlo por medio de una bomba. Pero no les sirve. Lo más eficaz sería echar al agua, como lastre inútil, algo de los setecientos quintales de especias, para evitar el calado excesivo. Pero Elcano no quiere desperdiciar los bienes del Emperador. Relévanse día y noche, al pie de las dos bombas, los hombres cansados en su áspera labor de presidiario, pero al mismo tiempo las velas exigen que alguien las cuide, y el timón alguien que lo gobierne, y alguien que ocupe los sitios de los vigías, y así sucesivamente las cien ocupaciones cotidianas. Llega el agotamiento. Los tripulantes andan titubeando como sonámbulos después de noches y más noches en sus puestos sin conocer el sueño, «tanto debizi quanto mai uomzni furono» —cansados como jamás lo estuvieron seres humanos—. Así escribe Elcano al Emperador. A pesar de lo cual, cada uno ha de hacer doble o triple servicio. Lo hacen, exhaustos, con la esperanza de la llegada. El 13 de julio salieron de Cabo Verde los dieciocho héroes; por fin, el 4 de septiembre de 1522, casi tres años después de haber salido del hogar, un grito ronco de júbilo parte de la gavia. Alguien ha avistado Cabo San Vicente. Para nosotros acaba la tierra europea en este cabo, mas para ellos, los navegantes que han rodeado el mundo, empieza allí Europa, el hogar. Va brotando de las ondas el áspero peñasco, a la par que el ánimo en su corazón. ¡Adelante! ¡Sólo les falta soportar dos días y dos noches! ¡Sólo dos noches y un día! ¡Sólo una noche y un día! ¡Sólo una noche, una sola noche… y por fin, todos se precipitan y se apiñan con un escalofrío de felicidad! Se ve una franja plateada que surca la tierra; el Guadalquivir, que desemboca en el mar junto a Sanlúcar. De aquí zarparon hace tres años los barcos conducidos por Magallanes: los cinco barcos con sus doscientos sesenta y cinco hombres. Ahora es un solo barco de poca monta el que llega. Ancla en la misma orilla, y dieciocho hombres salen de él dando traspiés, doblándoseles las rodillas, y besan la tierra patria, la bondadosa, la firme. En este 6 de septiembre del año 1522 fue coronado el hecho más grande de la navegación. El primer deber que cumple Elcano al pisar tierra es mandar una carta al Emperador con la mala noticia. Sus hombres cogen, entre tanto, con manos codiciosas el pan caliente y tierno que les brindan; hacía años que no habían sentido el tacto blando de la miga del bendito pan, ni gustado el vino, la carne, los frutos de su tierra. Mirábanlos todos impresionados, como si los vieran llegar del Hades. No quieren creer el prodigio. Pero apenas se han confortado caen pesadamente sobre la cama y duermen, duermen por primera vez toda una noche, como antaño, sin cuidados, con el corazón apretado contra el de su patria.
A la mañana siguiente, un remolcador arrastra al vencedor, al Victoria, Guadalquivir arriba, hacia Sevilla. Una vez rodeado el mundo, ya no tiene fuerzas el Victoria para luchar contra la corriente. Parten miradas y voces de sorpresa de los otros barcos, pues nadie tenía ya recuerdo del barco que, unos años atrás, había salido para lejanas tierras. Hacía tiempo que Sevilla, España, el mundo, creían naufragada, perdida, la flota de Magallanes, y ¡he aquí que el barco victorioso, trabajosamente, pero con orgullo, va hacia el triunfo! Ya resplandece allá la Giralda, el campanario blanco. ¡Sevilla! ¡Sevilla! Ya se dibujan la ribera, el Puerto de las Muelas, del cual salieron. Elcano da orden de hacer unas salvas de artillería, y éste será el último mandato de la expedición. Retumban las salvas anchamente sobre el río. Por las mismas bocas de acero fue saludada su partida de la patria. Los mismos cañones solemnizaron el descubrimiento del estrecho de Magallanes y el ignoto océano Pacífico; ellos elevaron voces de triunfo a la vista del desconocido archipiélago de las Filipinas y anunciaron con júbilo tronitoso el cumplimiento del proyecto de Magallanes a su llegada a las islas de las especias; ellos dieron el saludo de despedida a los camaradas de Tidore, cuando se vieron obligados a dejar atrás, en la lejanía mortal, el barco hermano. Pero nunca sus voces férreas sonaron con tal diafanidad y júbilo como ahora, que propagan este mensaje: «¡Estamos de vuelta! ¡Hemos cumplido lo que nadie alcanzó antes que nosotros! ¡Somos los primeros hombres de todos los tiempos que han dado la vuelta al mundo!»

Stefan Zweig
Magallanes
El hombre y su gesta


No sin razón los contemporáneos llamaron al viaje de Magallanes la gesta más maravillosa y el más grande acontecimiento humano registrado desde la creación del Mundo.
Más trascendental aún que el descubrimiento de Colón estimaron ellos el hecho de que, con insignificantes barcos, diera Magallanes la vuelta al Globo, demostrando por primera vez su redondez.
Emocionante como un relato de aventuras, el libro de Zweig —una de las biografías más logradas— ofrece, con el inolvidable retrato de un hombre intrépido, una ojeada sobre el mundo europeo en aquella hora de esplendor, cuando supeditó todos los océanos a una única e incomparable carrera de triunfo.
Precisamente por su juego de luz y sombra, la historia de la primera circunvalación de la Tierra, de tan inaudito valor, de tan sobrehumano sufrimiento, debía atraer a Stefan Zweig, que uniera a la seriedad de la investigación histórica el ardor de la intuición psicológica, para escribir una obra apasionante.


La piedra de afilar

La piedra de afilar
La sucursal que la Banca Tellsone había establecido en París ocupaba en el barrio de Saint Germain el ala izquierda de un palacio inmenso situado al fondo de un gran patio, y una recia y alta pared separaba este patio de la calle; en ella se abría, además, una puerta para carruajes de una resistencia a toda prueba. El noble a quien pertenecía este palacio lo había habitado hasta el momento en que huyó a toda prisa de la capital disfrazado con el traje de su cocinero rumbo hacia la frontera más próxima. Aunque podía compararse al ciervo aterrado que huye al oír el primer grito de la caza, no dejaba de ser este noble en su metempsícosis el gran señor que en otro tiempo, para llevarse el chocolate a los labios, exigía la cooperación de cuatro hombres robustos, sin contar el que lo fabricaba.
Después de su marcha, sus robustos criados se absolvieron del crimen de haber recibido su salario y se declararon dispuestos a cortarle el cuello en el altar de la naciente República Una e Indivisible de la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, o la Muerte. Su palacio había sido confiscado. Las cosas iban tan deprisa, y los decretos se sucedían con tanta rapidez, que el 3 de septiembre por la noche algunos emisarios de la ley habían tomado ya posesión del inmueble, lo habían adornado con una bandera roja y bebían aguardiente en sus lujosos salones.
En Londres un local semejante al que Tellsone ocupaba en el palacio de Monseigneur habría hecho que esta transformación se citase como un fenómeno extraordinario en la Gazette. ¿Qué habrían dicho, en efecto, la responsabilidad y la respetabilidad británica, al ver naranjos en el patio de una casa de banca y un Cupido sobre el escritorio? Esto existía, sin embargo, en París. Es verdad que Tellsone había blanqueado con cal al pérfido niño, pero se le veía aún con su ligero traje, suspendido del techo, desde donde (como a menudo hace) señalaba el dinero desde la mañana hasta la noche. En Lombard Street de Londres de este dios pagano, de la alcoba de cortinajes elegantes situada detrás de él, del espejo incrustado en la pared y de sus dependientes jóvenes y alegres capaces de bailar en público a la menor invitación, se habría seguido la quiebra; pero un Tellsone francés podía hacer excelentes negocios con esos excesos, y desde su origen ni un solo cliente había emprendido la fuga ante ellos ni había temblado por su fortuna.
¿Cuántas restituciones tendría que hacer Tellsone de ahora en adelante? ¿Cuánto dinero no reclamado quedaría en sus arcas? ¿Cuántas alhajas y vajillas de plata se oxidarían en sus escondrijos después de la muerte de quienes las habían depositado? Entre aquellas cuentas corrientes, ¿cuántas habría cuyo balance no se haría en este mundo? Nadie habría podido decirlo, ni siquiera el mismo señor Lorry, a quien estos interrogantes daban quebraderos de cabeza a todas horas.
El agente de Tellsone estaba junto a la chimenea (el invierno prematuro se hacía sentir), y en la bondadosa fisonomía del señor Lorry se veía una sombra más densa que la que podían proyectar los objetos que lo rodeaban. En su fidelidad al banco, del que había llegado a ser parte integrante, se había hospedado en el palacio y su habitación era vecina a los despachos. La casualidad permitió que lo protegiese la ocupación patriótica del edificio principal; pero ese hombre excelente no lo había calculado: con tal de cumplir con su deber, lo demás le era indiferente.
En el patio, frente a la habitación del señor Lorry, estaba la cochera del palacio, sostenida por una columnata, donde se veían aún las carrozas de Monseigneur; y en una de las pilastras, sobre un sustentáculo de hierro, dos antorchas ardían al aire libre y esparcían su resplandor rutilante sobre una enorme piedra de afilar, máquina tosca, traída del taller de algún carpintero. El señor Lorry, que se había acercado a la ventana, palideció al ver estos objetos, inocentes en sí mismos, y volvió a sentarse junto a la chimenea. Había abierto no solo las láminas de vidrio, sino también las persianas y volvió a cerrar ambas estremeciéndose de pies a cabeza.
A los rumores de la tarde que zumbaban en la ciudad, como sucedía todos los días, se sumaba de tanto en tanto algo que nada tenía de terrestre: un rumor indefinible, sonidos punzantes y desconocidos que subían hasta el cielo.
—¡Dios mío! —murmuró el señor Lorry, cruzando las manos—. Os doy gracias por no tener en esta ciudad ninguno de los seres que amo tanto. ¡Compadeceos, sin embargo, de los que están en peligro!
Muy pronto se oyó la campanilla de la puerta principal.
«¡Ya vuelven!», pensó el agente, escuchando sin querer.
Pero no se produjo una escandalosa invasión en el patio como esperaba, porque la puerta volvió a cerrarse lentamente y reinó de nuevo el silencio en el palacio.
La emoción febril y el horror que sentía aumentaban la vaga inquietud que va siempre ligada a la responsabilidad de un cargo importante. El señor Lorry se levantó —la caja y los libros estaban bien guardados— y se disponía a reunirse con los leales dependientes que velaban en el despacho de al lado cuando la puerta se abrió de pronto y entraron dos personas cuya aparición lo obligó a retroceder, sorprendido.
¡Eran Lucie y su padre!… Lucie con los brazos extendidos y el aspecto desesperado de los tiempos de desgracia.
—¿Qué sucede? —preguntó el señor Lorry con estupor—. ¿Qué significa esto, doctor Manette? Lucie, ¿por qué estáis en París? ¿Qué desgracia os ha traído?
Lucie, pálida, azorada y sin dejar de mirarlo, se arrojó en los brazos del anciano.
—¡Mi marido! —dijo con voz anhelosa.
—¿Vuestro marido, hija mía?
—Sí… Charles.
—¿Qué le ha sucedido?
—Está aquí
—¿En París?
—Hace algunos días… tres o cuatro, no lo sé… ya no tengo memoria. Una apelación a su sentido del honor le hizo partir sin decirnos nada… Lo prendieron al entrar en París y está en la cárcel.
Salió un grito del pecho del anciano y al mismo tiempo se oyó la campanilla de la puerta principal, y voces y pasos que se precipitaban con violencia en el patio.
—¿Qué estruendo es ése? —preguntó el doctor Manette, corriendo hacia la ventana.
—¡No abráis! —exclamó el señor Lorry—. ¡Doctor, en nombre del cielo, no os asoméis!
El doctor se volvió sonriendo y le dijo con calma:
—No temáis, amigo mío; soy para ellos un ser sagrado. No hay en Francia un patriota que, al saber que he estado en la Bastilla, pusiera la mano sobre mí sino para estrecharme en sus brazos o llevarme en volandas. El recuerdo de mi antiguo martirio me abrió libre paso en París y me ha permitido saber dónde estaba Charles y llegar hasta vos. No dudaba de mi influencia, y Charles se salvará como le he prometido a Lucie. Pero ¿qué ruido es ése?
—¡No os asoméis…! ¡Os lo suplico! Ni vos tampoco, ángel querido —dijo, rodeando con el brazo la cintura de la joven—. No os lo digo para que os asustéis, porque os juro que no tengo noticias alarmantes sobre Charles, y ni siquiera llegué a imaginar que hubiera venido a París. ¿En qué cárcel está?
—En La Force.
—¡En La Force!… Lucie, hija mía, si habéis sido alguna vez buena y animosa, y lo habéis sido siempre… os suplico que no os alarméis. Haced lo que voy a deciros, lo cual es mucho más importante de lo que podéis imaginar. Nada podréis hacer esta noche, porque os será difícil salir. Os lo digo en nombre de Charles y por su bien; sé cuán penoso es el sacrificio, pero entrad en mi habitación y dejadme solo con vuestro padre. Os lo suplico, obedeced; dejadnos solos pronto… en nombre de los que os aman.
—Ya sabéis, amigo mío, que soy obediente y dócil. Veo en vuestra expresión que sabéis que eso es lo único que yo puedo hacer. Sé que decís la verdad.
El anciano la abrazó y la condujo al aposento contiguo, cuya puerta cerró con llave. Cuando volvió al lado del doctor, abrió la ventana, alzó ligeramente las persianas, y los dos dirigieron su mirada al patio.
Habría allí reunidos más de cincuenta individuos de ambos sexos. Cuando el centinela les abrió la puerta, corrieron hacia la piedra de afilar y se pusieron a trabajar con ahínco. Habían llevado indudablemente para ellos aquella máquina para que pudiesen entregarse sin estorbo a su tarea.
Pero ¡qué personajes eran aquéllos! ¡Qué tarea la suya!
La máquina tenía un doble mango, y manejándolo con furia había dos hombres: su rostro, de largos cabellos que caían hacia adelante y volaban hacia atrás a cada vuelta de rueda, era más horrible y más cruel que el de los más bárbaros salvajes en su más bestial vestimenta. Llevaban cejas y bigotes falsos, y su espantoso semblante estaba todo sudoroso y ensangrentado, y desencajado por los gritos, los ojos dilatados y la mirada torva, enrojecida por la disipación y la falta de sueño. Mientras daban vueltas a la máquina azotándose la cara con la mata de pelo sobre los ojos, y sobre el cuello y los hombros, algunas mujeres les llevaban un vaso lleno de vino hasta los labios para que pudieran beber sin interrumpir su tarea. Y entre aquellas gotas rojizas de vino y de sangre y las chispas que brotaban de la piedra se creaba a su alrededor una atmósfera infernal. No se veía allí a nadie que no estuviese manchado de sangre. Unos, desnudos hasta la cintura, tenían el cuerpo y los miembros; otros, los harapos, y algunos más estaban diabólicamente adornados con cintas y encajes teñidos en el cieno ensangrentado. Los cuchillos, las hachas, las bayonetas o los sables, todas las armas que habían llevado para afilar, estaban rojas y húmedas. Pedazos de tela anudaban en la muñeca de algunos los aceros de filo embotado, pero, aunque el tejido era diferente, su color era igual; y cuando sus dueños los arrancaban de las chispas y volvían la calle blandiéndolos con frenesí, el tinte rojo que había desaparecido persistía en sus miradas, que un espectador no embrutecido habría querido petrificar con una bala aunque eso le costara veinte años de existencia.
Todo esto fue visto y no visto. El hombre que va a ahogarse o se halla frente al peligro vería un mundo en un minuto si lo tuviera ante sus ojos. Los dos amigos se apartaron de la ventana, y el doctor interrogó con la mirada a su amigo acerca de aquel espectáculo.
—Asesinan a los presos —dijo el anciano bajando la voz—. Si es cierto que tenéis la influencia de que hablabais antes, daos a conocer a esos salvajes y corred con ellos a La Force. No sé si será tarde pero no hay que perder un segundo.
El doctor salió precipitadamente y sin sombrero y llegó al patio en el momento en que el señor Lorry volvía a asomarse a la ventana. Sus largos cabellos canos, su rostro venerable y la confianza con que se abrió paso entre las armas llenaron de asombro a los espectadores, y en menos de un minuto llegó al centro del grupo que rodeaba la piedra. La máquina se paró, y hubo un momento de silencio. Después se oyó un murmullo que fue creciendo y al cual se unió la voz del doctor.
El señor Lorry vio que el grupo se movía, que veinte hombres rodeaban al doctor Manette y que salían del patio gritando:
—¡Viva el preso de la Bastilla! ¡Paso al preso de la Bastilla!
—¡A La Force a liberar al yerno del preso de la Bastilla!
El señor Lorry cerró la ventana, y se apresuró con el corazón palpitante a ir a ver a Lucie para decirle que su padre, auxiliado por el pueblo, corría a liberar a Charles Darnay.
Lucie tenía a su lado a su hija y a la señorita Pross, pero el señor Lorry no reparó en ellas hasta algunos minutos después, cuando, sentado junto a la chimenea, recobró toda la sangre fría que era posible recobrar después del horrible espectáculo que había presenciado. La pobre joven, presa del estupor, se arrodilló sujetándose de la mano del anciano como de su último apoyo. La señorita Pross había acostado a la niña. ¡Qué larga fue la noche al lado de aquella mujer desconsolada! ¡Qué larga fue, Dios mío! El doctor no volvía, y no se sabía si había triunfado o sucumbido.
Dos veces se oyó la campanilla de la puerta principal, dos veces invadió el patio la turba y dos veces dio vueltas la máquina haciendo brotar chispas de la piedra en medio del fragor.
—¿Qué es eso? —preguntó Lucie con terror.
—¡Silencio, hija mía! Se afilan aquí los sables de los soldados. El palacio es ahora propiedad de la nación, y sirve de taller para fabricar armas.
Sin embargo, la segunda invasión había sido más breve que las demás, y los afiladores habían trabajado con menos entusiasmo. Pocos momentos después empezó a brillar el primer albor de la mañana.
El señor Lorry se desprendió con suavidad de la mano de Lucie, se acercó a la ventana, la abrió con precaución y dirigió la mirada al patio. Yacía junto a la piedra de afilar un hombre tan ensangrentado que parecía un soldado tendido en el campo de batalla. Extenuado por la matanza, se levantó penosamente, lanzó a un lado y otro una estúpida ojeada y, descubriendo a la luz de la aurora una de las carrozas de Monseigneur, se dirigió bamboleándose hacia el suntuoso carruaje, subió a él, cerró la portezuela y se durmió sobre sus elegantes almohadones.
La tierra, esa máquina de afilar colosal, había dado la vuelta cuando el señor Lorry se asomó por segunda vez a la ventana, y el sol enrojecía las losas y las paredes del patio. Únicamente la piedra de afilar se distinguía en la atmósfera tranquila de la mañana, y tenía un reflejo rojizo que el sol nunca ha dado y que su luz no puede borrar.

Charles Dickens
Historia de dos ciudades


El Londres pacífico pero grotesco del rey Jorge III y el París clamoroso y ensangrentado de la Revolución Francesa son las dos ciudades sobre cuyo fondo se escribe esta inolvidable historia de intriga apasionante. Violentas escenas de masas, estallidos de hambre y venganza, espías y conspiradores, héroes fracasados y héroes a su pesar se mezclan en una trama artística y perfecta, llena de sorpresas y magistralmente elaborada por un Dickens en uno de sus mejores momentos creativos.
«Cuando representaba, con mis hijos, la obra de Wilkie Collins Profundidades heladas, di forma por primera vez a la idea central de esta historia. Sentí un gran deseo entonces de personificarla en mí mismo; y tracé en mi imaginación, con particular interés y cuidado, el estado de ánimo que requería su exposición ante un espectador atento.» Charles Dickens en el prólogo de Historia de dos ciudades.
Esta edición de Historia de dos ciudades incluye las ilustraciones originales de H. K. Browne («Phiz»), realizadas para su publicación en entregas en 1859.


de manera que al miércoles 2 de septiembre de 1752 le siguió el viernes 14 de septiembre

Todavía importante miembro del partido whig (liberal) y prominente intelectual durante esta edad dorada de los salones, Stanhope consultó primero con matemáticos y astrónomos. A continuación llevó la causa a los dirigentes de su partido, empezando por su viejo colega Thomas Pelham (1693-1768), secretario de Estado y futuro primer ministro.
Pelham, al principio, acogió fríamente la idea, como más tarde contaría Stanhope. «Se alarmó ante una empresa tan audaz —escribió Stanhope—, y me conminó a que no revolviera asuntos largo tiempo tranquilos, añadiendo que no le gustaban las novedades». Otra versión de este encuentro, debida al revisor y preparador de las memorias de Pelham, William Coxe, dice que el futuro primer ministro no se entusiasmó. «Al noble secretario le afectaba mucho la máxima favorita de sir Robert Walpole —escribió Coxe—, tranquilla non movere [no mover las cosas en reposo], para entusiasmarse por la propuesta, que probablemente agitaría los prejuicios civiles y religiosos del pueblo».
Para vencer esta inercia, Stanhope quiso poner en evidencia a sus paisanos, señalando a todo el que quisiera escucharle lo último que había escrito en una carta a su hijo: que además de Inglaterra, también Rusia y Suecia seguían sin calendario reformado. «No era, en mi opinión, muy honorable para Inglaterra seguir manteniendo un enorme y reconocido error, sobre todo en semejante compañía, el inconveniente del cual sentían igualmente todos los que tenían correspondencia con el extranjero, tanto política como comercial». Stanhope también llevó la propuesta a un medio que no había estado disponible para Cristóbal Clavio ni para John Dee a fines del siglo XVI: la prensa popular. Escribió con seudónimo varios artículos divertidos e informativos para un periódico londinense de la época, The World. El afable conde también habló del cambio en los salones londinenses de moda, en antecámaras parlamentarias, en salas de fumadores y fincas rurales.
Tras ganarse por fin el apoyo de Pelham y el de otros ministros de la corona, Stanhope presentó en 1751 un proyecto de ley para reformar el calendario en el Parlamento: «Acta para regular el comienzo del año y para corregir el calendario que se utiliza actualmente». En una carta a su hijo, escribió: «Había llevado un proyecto a la Cámara de los Lores para corregir y reformar nuestro actual calendario […]. Estaba claro que el calendario juliano fallaba y había sobrepasado el año solar en 11 días». Luego describía los preparativos del proyecto y su presentación, en parte como lección filial sobre cómo comportarse al presentar un tema complicado en público.
Me decidí, pues, a emprender la reforma, a cuyo efecto consulté con los mejores juristas y los astrónomos más hábiles y formé con ellos el proyecto en cuestión. Pero entonces comenzaron mis apuros, pues era yo quien debía presentar este proyecto, que necesariamente estaba a rebosar de jerga jurídica y cálculos astronómicos, en los que soy un completo ignorante. Sin embargo, era necesario hacer creer a los lores que yo sabía algo del asunto y hacerles creer de paso que también ellos, que tampoco tenían la menor idea, tenían alguna. Dada la situación, lo mismo habría podido hablarles en céltico o en esloveno tanto que de astronomía, y no me cabe duda de que me habrían entendido por igual, de modo que en vez de entrar en materia, me propuse otra cosa mejor, y fue agradarles en vez de instruirles. Les tracé pues una breve historia de los calendarios, desde el egipcio hasta el gregoriano, divirtiéndolos de vez en cuando con breves anécdotas […]. Como les gusté, creyeron que sabía de lo que hablaba y muchos dijeron que gracias a mí todo estaba ya claro para ellos, cuando Dios sabe que ni siquiera me lo había propuesto.
Stanhope había hecho bien su trabajo de base. El proyecto pasó por las tres versiones habituales y fue aprobado el 17 de mayo por unanimidad y sancionado por el rey Jorge II el día 22, tras lo cual Stanhope dijo en broma que fue su «estilo el que ayudó a la Cámara en este difícil asunto» y no el contenido de lo que había dicho sobre matemáticas y ciencia.
La ley ordenaba suprimir 11 días del calendario de Gran Bretaña y sus colonias, de manera que al miércoles 2 de septiembre de 1752 le siguió el viernes 14 de septiembre. El undécimo día se añadió porque en 1700 los gregorianos, según la regla del año secular bisiesto de Lilio, no habían observado el año bisiesto y no habían añadido un día. Esto significaba que el calendario juliano, que sí había añadido un día, tenía un desfase de 24 horas. La ley también ordenaba que en el futuro el año del calendario y la Pascua de Resurrección se observaran según el sistema gregoriano, y que el año empezara en Inglaterra el 1 de enero, en lugar del 25 de marzo.
Stanhope y el Parlamento se esforzaron por concretar los detalles del cambio y reducir al mínimo los problemas con los bancos, los contratos, las festividades y otros negocios públicos y privados. Por ejemplo, la ley explica que todas las fechas de tribunales, festividades, «reuniones y asambleas de todos los cuerpos políticos y administrativos», elecciones y responsabilidades oficiales sujetas a «ley, estatuto, constitución, costumbre o uso» debían «calcularse según el dicho método nuevo de numerar y medir los días del calendario anteriormente mencionado, es decir, 11 días antes que los días respectivos donde están ahora».
Semejantes disposiciones se aplicaron a mercados, ferias y lugares de comercio, «ya para la venta de mercancías o ganado, ya para contratar sirvientes o cualquier otra finalidad», y para alquileres, uso de propiedades, contratos, «entrega de bienes, ganado, manufacturas y mercancías». La ley también ordenaba que nadie pagase sueldos ni contara intereses por los 11 días perdidos. Ni siquiera quienes cumplían veintiún años entre el 3 y el 13 de septiembre de 1752 según el Viejo Estilo (tal era entonces la mayoría de edad legal en Gran Bretaña) tuvieron un respiro. Tampoco lo tuvieron los soldados a punto de ser licenciados del ejército, los criados coloniales a final de contrato o los delincuentes que tenían que salir de la cárcel. Todos tuvieron que esperar el adecuado número de «días naturales» que habrían transcurrido según el viejo calendario.
Durante los meses transcurridos entre la votación y la promulgación, el gobierno llegó a una inverosímil alianza con la Iglesia de Inglaterra, que finalmente se había puesto a favor de la reforma y adoptado un lema: «Estilo Nuevo, Estilo Verdadero». Esto se convirtió en la divisa de los predicadores de Inglaterra, que añadieron un detalle patriótico repitiendo lo que ya había dicho John Dee, que Roger Bacon, inglés de pura cepa, había estado entre los primeros que habían pedido la reforma, unos quinientos años antes.

David Ewing Duncan
Historia del calendario
El esfuerzo épico de la humanidad para medir el tiempo


Desde la primera fecha registrada, en el año 4236 antes de Cristo, la gente ha intentado organizar la vida según los movimientos del Sol, la Luna y las estrellas, y generalmente lo ha hecho mal.
La singular historia de la medición del tiempo abarca del más remoto calendario prehistórico al actual «efecto 2000»; de las misteriosas piedras de Stonehenge a las pirámides de Egipto, alineadas astronómicamente; de los observatorios mayas al reloj atómico de Washington, medida oficial del tiempo planetario desde los años sesenta; de Julio César a Omar Khayyam, Copérnico, Galileo y Stephen Hawking.
Nuestro calendario actual es anterior a la invención del telescopio, al reloj mecánico y al concepto del cero. ¿Por qué el papa Gregorio arregló el calendario suprimiendo diez días de un plumazo? ¿Cómo llegó el mundo a ponerse de acuerdo en qué día estamos?
Frente al tercer milenio, cuando nuestro reloj personal parece acelerarse y el tiempo se vuelve cada vez más precioso, este libro fascinante nos explica los secretos de ese milagro llamado calendario.



Marín Mersenne

Descubrir un número primo realmente grande no es fácil, de ninguna manera. Por ejemplo, más arriba yo dije que el 5.237 es primo. Supongamos que usted lo dude, ¿cómo haría para verificarlo? La única forma práctica consiste en probar todos los números primos que son menores que la raíz cuadrada de 5.237 y ver si alguno de ellos es un divisor. Esto es tedioso pero posible para el 5.237. Para números realmente grandes es prácticamente imposible… aunque no para las computadoras.
Es así como los matemáticos han buscado fórmulas que les permitan construir números primos. Estas fórmulas no tenían por qué darles todos los números primos que existen, así que no se las podría usar para probar si un número dado es primo. Pero podrían utilizarse para construir números primos de cualquier tamaño deseado, con lo cual la tarea de encontrar un número primo de tamaño récord se convertiría en algo trivial y perdería todo interés.
Sin embargo, jamás se pudo encontrar una fórmula semejante Hacia el año 1600 un fraile francés llamado Marín Mersenne propuso una fórmula que sirve a veces, pero que no siempre puede permitirnos construir un número primo. Esta fórmula es 2p - 1, donde p mismo es un número primo. (Espero que usted entienda que 2p representa un número que se obtiene multiplicando p números dos entre sí, de modo que 28 es 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2, o sea 256).
Mersenne sostuvo que la fórmula da números primos cuando p es igual a 2, 3, 5, 7, 13, 17, 19, 31, 67, 127 o 257. Esto puede verificarse para los números pequeños con bastante facilidad. Por ejemplo, si p es igual a 3, entonces la fórmula da 23 -1, o sea 7, que efectivamente es un número primo. Si p es igual a 7, entonces 27 -1 es igual a 127, que también es primo. Usted puede verificar la ecuación para cualquier otro valor de p que le interese.
Los números que se obtienen al remplazar p por números primos en la ecuación de Mersenne se llaman «números de Mersenne», y si el número resulta ser primo, se lo denomina «primo de Mersenne». Se los simboliza mediante la letra mayúscula M y un subíndice igual al valor de p. Así, M3 es igual a 7; M7 es igual a 127, etcétera.
Yo no sé qué método empleó Mersenne para decidir cómo obtener números primos por medio de su ecuación, pero cualquiera que fuera, se equivocó. Los números de Mersenne M2, M3, M5, M7, M13, M17, M19, M31 y M127, son efectivamente primos, o sea que Mersenne señaló nada menos que nueve primos de Mersenne. Pero, después de un cuidadoso examen, resultó que ni el M67 ni el M257, que Mersenne daba como números primos, lo eran en absoluto, Por otra parte, M61, M89 y M107, que Mersenne no puso en la lista de primos, si lo son, y esto hace un total de doce primos del tipo Mersenne.
Marín Mersenne nació cerca de la ciudad francesa de Oizé el 8 de septiembre de 1588. Mersenne fue discípulo del gran matemático Rene Descartes. Mientras Descartes entró en el ejército, ignoramos las razones, pues carecía de aptitudes para ello, Mersenne ingresó en la Iglesia, uniéndose a la Orden de los Mínimos en 1611. Dentro de la Iglesia prestó grandes servicios a la ciencia, de la cual fue un expositor apasionado. Defendió la filosofía de Descartes contra las críticas eclesiásticas, tradujo algunas de las obras de Galileo y también lo defendió.
El servicio más importante que Mersenne prestó a la ciencia fue la tarea poco común de servir de canal para las ideas. En el siglo diecisiete, mucho antes que existieran las revistas científicas especializadas, los congresos internacionales y aun antes que se creasen las academias científicas, Mersenne actuaba como vínculo humano entre los científicos de Europa. Escribió cartas muy extensas destinadas a regiones tan distantes como Constantinopla, informando a un corresponsal del trabajo de otro, formulando sugerencias nacidas de su conocimiento del trabajo de muchos, e instando constantemente a los demás a unírsele en el fecundo camino de la intercomunicación.
Se opuso a doctrinas como la astrología, la alquimia y la adivinación, y apoyó firmemente la experimentación. Como ejemplo práctico de sus opiniones, sugirió a Christiaan Huygens la idea ingeniosa de emplear un péndulo para medir el tiempo que emplean los cuerpos al desplazarse sobre un plano inclinado. Esto no se le había ocurrido a Galileo, que fue el primero en descubrir el principio del péndulo, pero que medía los tiempos de sus cuerpos rodantes empleando el sonido de las gotas que caían por un agujero practicado en el fondo de una lata. Huygens puso en práctica la sugerencia y así surgió el reloj de péndulo, que fue el primer reloj empleado para la investigación científica. Mersenne murió en París el 1 de septiembre de 1648.
En años más recientes, gracias al trabajo de las computadoras, se han hallado ocho primos de Mersenne más (según el número de abril de 1962 de Recreational Mathematics). Éstos son: M521, M607, M1279, M2203, M2281, M3217, M4253 y M4423.
Además, después de dicho artículo Donald B. Gillies, de la Universidad de Illinois, ha descubierto tres primos de Mersenne todavía mayores. Éstos son: M9689, M9941, y M11213.
El más pequeño de estos primos de Mersenne recientemente descubierto, el M521, se obtiene mediante la fórmula 2521 -1. Usted toma 521 números dos, los multiplica entre sí y luego resta uno. El resultado es mucho, pero mucho mayor que un googol. En efecto, es mayor que B-13.
Para no prolongar el suspenso diré que el número primo de Mersenne más grande que se conoce, el M11213, que creo que es el número primo más grande que se conoce hasta el presente, tiene 3375 dígitos y, por lo tanto, vale cerca de B-281 ¼. El googol comparado con esto, es una menudencia tan pequeña que no existe ninguna forma razonable de descubrir su pequeñez.

Isaac Asimov
De los números y su historia


Este libro nos proporciona una amplia información sobre los números, desde lo elemental hasta lo sorprendente, ya que discurre sobre cuestiones matemáticas y numéricas tales como: la importancia del cero, los únicos dos números que pueden entender las computadoras, qué significa realmente el infinito, la cuadratura del círculo, por qué los números imaginarios son reales, el tamaño real del Universo en protones, porqué el mundo está dividido en islas, y otras informaciones acerca de los números, desde lo elemental hasta lo esotérico y lo sorprendente.
Examina nuestro concepto del tiempo y el por qué de su estructura y proporciona un sintético panorama de la historia de la matemática y de sus figuras más notables.


45 y fin

45
Ésta es la conclusión de un relato en el que se negarán a creer las gentes más acostumbradas a no asombrarse de nada. Pero estoy curtido de antemano contra la incredulidad humana.
Fuimos recibidos por los pescadores estrombolianos con las atenciones debidas a los náufragos. Nos dieron ropas y víveres. Tras cuarenta y ocho horas de espera, el 31 de agosto, un pequeño speronare nos condujo a Mesina, donde varios días de descanso nos repusieron de todas nuestras fatigas.
El viernes 4 de septiembre embarcábamos a bordo del Volturne, uno de los paquebotes-correo de las mensajerías imperiales de Francia, y tres días más tarde desembarcábamos en Marsella con una sola preocupación en nuestra mente: la de nuestra maldita brújula. Este hecho inexplicable no dejaba de preocuparme profundamente. El 9 de septiembre por la noche llegábamos a Hamburgo.
Renuncio a describir la estupefacción de Marthe y la alegría de Graüben.
—Ahora que eres un héroe —me dijo mi querida prometida—, ya no tendrás necesidad de abandonarme, Axel.
La miré: lloraba al mismo tiempo que sonreía. Imagínense si el regreso del profesor Lidenbrock causó sensación en Hamburgo. Gracias a las indiscreciones de Marthe, la noticia de su partida para el centro de la Tierra se había difundido en todo el mundo. Nadie quiso creerlo, y cuando volvieron a verle, tampoco lo creyó nadie.
Sin embargo, la presencia de Hans y diversas informaciones procedentes de Islandia modificaron poco a poco la opinión pública.
Entonces mi tío se convirtió en un gran hombre, y yo en el sobrino de un gran hombre, lo que ya es algo. Hamburgo dio una fiesta en nuestro honor. En el Johannaeum tuvo lugar una sesión pública en la que el profesor hizo el relato de su expedición sin omitir más que los hechos relativos a la brújula. Aquel mismo día depositó en los archivos de la ciudad el documento de Saknussemm y expresó su gran pesar de que las circunstancias, más fuertes que su voluntad, no le hubieran permitido seguir hasta el centro de la Tierra las huellas del viajero islandés. Fue modesto en su gloria, y su reputación aumentó con ello.
Tanto honor debía suscitar necesariamente envidias. Las hubo, y como sus teorías, apoyadas en hechos seguros, contradecían las teorías de la ciencia sobre la cuestión del fuego central, sostuvo con la pluma y la palabra notables discusiones con los sabios de todos los países.
Por lo que a mí se refiere, no puedo admitir su teoría del enfriamiento; a pesar de lo que he visto, creo y creeré siempre en el calor central; pero confieso que ciertas circunstancias todavía mal definidas pueden modificar esa ley bajo la acción de fenómenos naturales.
En el momento en que estas cuestiones eran palpitantes, mi tío experimentó una verdadera pena: Hans, pese a sus ruegos, había dejado Hamburgo; el hombre al que debíamos todo no quiso dejarnos pagarle nuestra deuda con él. Le dominaba la nostalgia de Islandia.
—Farval —dijo un día, y con esta simple palabra de adiós partió para Reikiavik, adonde llegó felizmente.
Estábamos unidos de modo muy singular a nuestro valiente cazador de éideres; su ausencia nunca hará que le olvidemos aquellos a quienes salvó la vida, y desde luego no moriré sin volver a verle.
Para terminar, debo añadir que este Viaje al centro de la Tierra causó enorme sensación en el mundo. Fue impreso y traducido a todas las lenguas; los periódicos de mayor prestigio se disputaron sus principales episodios, que fueron comentados, discutidos, atacados y sostenidos con igual convicción, tanto en el campo de los creyentes como de los incrédulos. Cosa rara. Mi tío gozaba en vida de toda la gloria que había adquirido y hasta el señor Barnum llegó a proponerle «exhibirlo» a muy alto precio por los Estados de la Unión.
Pero un malestar, digamos incluso que tormento, dejaba un mal sabor de boca en medio de tanta gloria. Un hecho seguía siendo inexplicable: el de la brújula; y para un sabio, semejante fenómeno inexplicado se convierte en el suplicio de la inteligencia. Sin embargo, el cielo reservaba a mi tío una felicidad completa.
Cierto día, mientras ordenaba una colección de minerales en su gabinete, vi la famosa brújula y me puse a contemplarla.
Estaba allí desde hacía seis meses, en su rincón, sin saber las torturas que causaba.
De pronto, ¡cuál no fue mi pasmo! Lancé un grito. Acudió el profesor.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—La brújula.
—¿Y qué?
—Que la aguja indica el Sur y no el Norte.
—¿Qué dices?
—Mire, sus polos están cambiados.
—¡Cambiados!
Mi tío miró, comprobó, e hizo temblar la casa con un salto soberbio.
¡Qué luz iluminaba a la vez su espíritu y el mío!
—O sea —exclamó cuando recuperó la palabra—, desde nuestra llegada al cabo Saknussemm, la aguja de esta maldita brújula marcaba el Sur en lugar del Norte.
—Evidentemente.
—Así se explica nuestro error. Pero ¿qué fenómeno ha podido producir esta inversión de los polos?
—Nada más simple.
—Explícate, muchacho.
—Durante la tormenta, en el mar Lidenbrock, aquella bola de fuego que imantaba el hierro de la balsa desorientó nuestra brújula, simplemente.
—Ah —exclamó el profesor echándose a reír—, ¿entonces no fue más que una mala pasada de la electricidad?
A partir de ese día, mi tío fue el más feliz de los sabios, y yo el más dichoso de los hombres, porque mi bonita virlandesa, dejando su estado de pupila, ocupó su rango en la casa de Königstrasse en la doble calidad de sobrina y esposa. Inútil añadir que su tío fue el ilustre profesor Otto Lidenbrock, miembro correspondiente de todas las sociedades científicas, geográficas y mineralógicas de las cinco partes del mundo.

Jules Verne
Viaje al centro de la Tierra
Viajes extraordinarios


Durante siglos, un jeroglífico ha permanecido oculto entre las hojas de un libro; sin embargo cuando éste caiga en manos del profesor Lidenbrock, un fantástico viaje hasta entonces inimaginable, se podrá llevar a cabo: un viaje al centro de la Tierra.

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